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El delicado oficio de la crítica literaria Temas para la discusión II C. Agustín Corti

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El delicado oficio de la crítica literaria Los duelos fruto de rencillas literarias ya no son usuales. La urbanidad u otros métodos han dejado atrás esta práctica para resolver las diferencias de opinión. En unos pasajes algo alucinatorios de su novela Los detectives salvajes, Roberto Bolaño recrea un duelo de espada – a primera sangre – entre Arturo Belano y el crítico literario Iñaki Echavarne. Varios personajes narran su experiencia algo borrosa o más bien absurda en relación a aquel duelo acaecido en las costas cercanas a Barcelona. La razón del mismo: una mala crítica de un libro de Belano que aún no había sido publicada pero que serviría al periodista Echavarne para desquitarse de una crítica demoledora que había recibido sobre una de sus reseñas literarias por parte de un poeta reconocido en el mundo de las letras español. El tejido narrativo creado por el escritor chileno, brumoso por excepcional, expresa sin embargo con cierta fidelidad los excesos y avatares que unen a escritores y periodistas del mundo de las letras. Los dos polos se atraen y se rechazan, comparten la materia de su voz y muchas de las formas de expresión y análisis. Pero nada puede resultar, no obstante, más diferente que la tarea de un escritor y la tarea de un periodista. Y sin embargo, el autor necesita la reseña de su libro para darse a conocer y llegar a un público cada vez más desorientado en un mercado bibliográfico creciente; el crítico, por su parte, posee como tarea rescatar la aguja del gigantesco pajar de las ediciones mensuales. El escritor y el crítico se vuelven íntimos. Cada palabra impresa en la página del suplemento cultural queda grabada en la memoria del escritor. El crítico se dirige al público pero también le habla al escritor de forma más personal, pues le da a entender algo que le es ajeno al lector normal del periódico. Pero no sólo sucede esto. El mundo literario presenta hoy día una serie de características que lo unen de manera particular al periodismo. Entre la dificultad para hacerse oír de los escritores, los intereses de grupos editoriales crecientemente poderosos y las afinidades ideológicas parece que el periodista literario posee un rol cada vez más complejo. Pero quizá esta situación algo alarmante esconda también otra cara del fenómeno: el hecho de que regularmente podemos acceder a una serie de críticas con gran nivel profesional, que unen a veces una gran destreza analítica al dominio de la forma periodística sin la cual la reseña literaria no podría sobrevivir. Varios aspectos de estas interrelaciones pueden resultar de interés: primero, se pueden analizar algunos aspectos de la crítica literaria en el ámbito periodístico. Segundo, se deben destacar la relación entre la práctica periodística y la literatura. Tercero y último cabría

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preguntarse por los límites y el lugar social de esta forma periodística, así como sus interrelaciones con el mundo editorial. El periodismo y la crítica literaria La crítica, como señala el investigador Martínez Albertos, pertenece a los géneros literarios distinguidos como comments. Éstos se caracterizan, según el profesor español, por no poseer la finalidad informativa de transmitir datos, sino por trabajar en base a informaciones de relativa actualidad analizando los hechos y sacando conclusiones de diverso tipo. Si bien esta clasificación emparenta la crítica literaria de un periódico con prácticas como el editorial, el comentario o la columna, el soporte más usual de dicha crítica, la sección o el suplemento cultural, hace que la misma aparezca acompañada de una gran variedad de otros géneros. En la sección o el suplemento cultural tienen también un sitio la entrevista, el reportaje, la crónica o la información noticiosa. Si observamos un suplemento cultural reconocido, como puede ser Babelia del diario El País de España, veremos que contiene diversas formas periodísticas. Dividido en secciones de Narrativa, Poesía, Arte y Música, puede contener también un tema de tapa presentado en varias formas periodísticas como un reportaje, alguna entrevista y la crítica de libros u otras manifestaciones artísticas sobre el tema en cuestión. La edición del 18 de febrero de 2006 de dicho suplemento presenta, por ejemplo, un especial sobre Ciudad Juárez (México). La misma, que trata sobre los crímenes a mujeres en la mencionada ciudad, contiene un análisis de Carlos Monsiváis, una entrevista al periodista Sergio González Rodríguez acerca de su libro sobre el tema, comentarios sobre fenómenos artísticos relacionados a los sucesos, una lista de links a páginas que tratan el tema en Internet, así como una noticia de libros y medios audiovisuales sobre el tema. Es decir, las formas de acercarse al fenómeno literario pueden ser variadas dentro del ámbito periodístico, si bien la reseña o crítica juega un rol protagónico y es a la que se le dedica el mayor espacio. Es asimismo usual la complementación temática apoyándose en otras formas artísticas o culturales. Como disciplina académica la crítica literaria persigue intereses determinados, tiene sus propios métodos de acercamiento a los textos – postestructuralismo, new criticism, estética de la recepción, deconstructivismo, poscolonialismo, etc. – y conforma ella misma una forma de escritura. El periodismo literario se apropia de estos modos de interpretar que exceden su ámbito y que, sin embargo, le son útiles. Cuál sea el método adecuado para exponer sus comentarios al texto es algo que le compete decidir al periodista.

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Tres características – aunque no sólo éstas – permiten marcar ciertas diferencias en el acercamiento al objeto: 1) El periodista escoge la materia en base a los criterios de selección de la información propios de su oficio. Si la crítica literaria académica posee intereses determinados a la hora de decidir qué texto o grupo de obras analizará, la relevancia del texto a criticar en el periódico se debe a la novedad o la reedición de un viejo trabajo, la entrega de algún premio literario, las efemérides – nacimiento, aniversarios o muerte de un autor – así como la presentación especial de algún género literario o movimiento como pueden ser la novela histórica o policial, etc. 2) Del lector del diario o semanario no se sobreentiende la competencia formal que se presupone en la lectura de un texto de crítica literaria. Esto lleva a que la crítica académica introduzca términos específicos de la disciplina – provenientes de la propia teoría literaria pero también de la lingüística, la filosofía y materias afines – mientras que la crítica periodística utiliza un lenguaje simple, con la menor cantidad de términos técnicos posibles y cuando introduce estos, generalmente, los explicita. La reseña le habla al público masivo y no al erudito o al entendido. 3) La crítica académica se expone generalmente en artículos de alrededor de unas veinte o treinta páginas en revistas especializadas, con un fuerte componente de fundamentación a través de citas, o en libros de mayor amplitud; el periódico, por el contrario, le dedica a un libro o fenómeno literario una o dos páginas, a lo sumo el espacio de una separata de mayor amplitud, donde deben, sin embargo, convivir los distintos modos de acercamiento al objeto. Si bien las citas no son inusuales en el artículo crítico, con el sólo nombre del autor o la obra basta, sin que sea necesario constatar el número de página o la fecha y el lugar de edición como en los trabajos académicos. En cuanto al contenido de la reseña o artículo crítico, las opiniones son variadas de acuerdo a lo que es deseable, si bien se pueden encontrar algunas constantes. García Templado explica que el contenido fundamental del artículo crítico comprende la situación del texto en referencia a corrientes estéticas, el análisis del contenido de acuerdo a una metodología (determinar los personajes, tiempo, lugar, técnicas narrativas, estructura y demás), así como la valoración de los resultados. A esto debe agregarse la ficha técnica con el nombre del autor y el libro, la fecha y el lugar de publicación, así como la editorial y, si es posible, el precio. Resumiendo: presentación, contextualización, análisis y juicio. Este último punto es el que provoca más confrontación. La valoración explícita de la obra produce un fuerte impacto en el futuro de un libro. Los lectores, en busca generalmente de una guía de lecturas, pueden espantarse ante una mala crítica y sepultar el futuro de un libro en cuanto a sus ventas. Si la crítica es buena puede, contrariamente, elevarlo a número uno en las listas de ventas. La reseña posee justamente un fuerte impacto en el mercado 4


bibliográfico. En la historia de la literatura no faltan sin embargo ejemplos de clásicos que han tenido muy poco éxito de críticas y de ventas, como fue el caso de la novela Moby Dick del escritor norteamericano Herman Melville, así como best sellers que han sido olvidados pocos años después de su aparición. Es por eso que la tarea del crítico posee también sus zonas oscuras o de incertidumbre, como veremos más adelante. Es evidente que para poder realizar la tarea se necesita, por lo tanto, una cierta formación en materia literaria. De ahí que gran parte de los críticos literarios provengan o bien de los estudios académicos relacionados con la filología – para los libros técnicos o filosóficos también de las correspondientes disciplinas – o bien del propio oficio de escritor. En este sentido resulta característico de esta parcela del periodismo que los redactores no provengan de las Facultades de Ciencias de la Información, sino más bien de otros ámbitos afines a la palabra. Profesionalmente, el crítico literario no realiza las tareas usuales de un reportero de noticias y, dependiendo del periódico, trabaja muchas veces como externo. En el caso de los escritores, muchas veces las firmas asociadas a algunos medios poseen un renombre que va más allá de su participación en el periódico; es, contrariamente, el autor el que aporta su cuota de popularidad al medio, como puede ser la participación de escritores con renombre tal como Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa, Kim Monzó, Ricardo Piglia, Tomás Eloy Martínez o Javier Marías. Éstos, sin embargo, no realizan las reseñas habituales asociadas a la novedad del mundo editorial. De este otro tipo de crítica se encargan el personal de planta o colaboradores más regulares. Una relación fructífera y problemática El escritor mexicano Octavio Paz contaba alguna vez que el poeta chileno Pablo Neruda le había dicho que si quería dedicarse a la literatura tenía que convertirse en periodista o diplomático. Si bien Paz optó por la segunda opción, la mayoría de los autores eligen la primera. Las razones no resultan empero tan claras. Primero que nada se debe precisar que el periodismo al que se dedican generalmente los escritores es el de la prensa escrita, aunque a veces también participan en los medios audiovisuales. Las razones parecen obvias: la información escrita necesita profesionales que dominen la palabra y puedan expresar hechos, situaciones o ideas de forma clara. Por su parte, los literatos han visto a lo largo de la historia el periodismo como una extensión de su trabajo con el verbo. Muchos, sin embargo, como un mal necesario para poder dedicarse a su tarea. A veces, la lucha por la autonomía artística – el escritor desea dedicar todo su tiempo a su creación – se ve reñida con las labores de la información.

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Es evidente que el registro del periodismo impone formas que no condicen con ciertas normas estéticas del mundo literario. La tendencia del pasado siglo ha sido empero justamente la de un mayor reconocimiento de estos aspectos que se rechazaban como impropios del decir literario. No sólo el ritmo y las formas del habla cotidiana o regional se vuelven materia poética, sino que también se introducen estructuras de otros géneros y formas de decir el mundo. El periodismo no queda, por supuesto, ajeno a esta apropiación. Más complejo es quizá determinar qué aprende hoy el periodismo de la literatura. Para poder indagar este aspecto de manera más clara conviene repasar algunos aspectos históricos y actuales de dicha relación. Al menos desde el siglo XVIII el periodismo ha sido una de las formas de expresión masiva de fenómenos literarios, ya sea de la poesía, el ensayo y, en el siglo XIX, de la ilustre novela folletinesca. Las novelas por entregas crean en esa época verdadero furor en el público, que espera ansioso, con la salida de cada nueva entrega, la continuación de las historias. Su representante español más saliente, Benito Pérez Galdós, fue periodista desde edad temprana. Pero no sólo el folletín, sino también el artículo aspira a un rango literario, como puede ser el caso de la obra de Leopoldo Alas “Clarín” o de Mariano José de Larra con sus Artículos de Costumbres en España. En América Latina, las grandes figuras del Modernismo, que iba a cambiar para siempre el panorama literario y espiritual del continente latinoamericano, encuentran también su forma de expresión en los periódicos: el poeta Rubén Darío se gana la vida como periodista desde su adolescencia, el cubano José Martí propaga sus ideas a través de la prensa y gran parte de sus escritos están ligados al periodismo. El uruguayo José Enrique Rodó utiliza activamente el periodismo para la expansión de sus pensamientos sobre la educación espiritual plasmadas en Ariel, quizá el libro más influyente del fenómeno continental del Americanismo. Lo que podría parecer, sin embargo, una relación simple de mutuas influencias, presenta por otra parte una lucha por los límites y las diferencias de ambas formas de expresión. Innumerables son los escritores que han actuado en el mundo del periodismo y bebido de él para sus obras literarias. Además, con el desarrollo del Nuevo Periodismo la literatura se introduce formalmente en el mundo periodístico, estrechando aún más los vínculos entre ambas formas de escritura. El escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez ha dicho a este respecto que “todos, absolutamente todos los grandes escritores de América Latina fueron alguna vez periodistas. Y a la inversa: casi todos los grandes periodistas se convirtieron, tarde o temprano, en grandes escritores. Esa mutua fecundación fue posible porque, para los escritores verdaderos, el periodismo nunca fue un mesomodo de ganarse la vida sino un recurso providencial para ganar la vida”. 6


No todo son, sin embargo, coincidencias. Porque también han sido muchos los escritores que han despreciado el periodismo. Jorge Luis Borges manifestaba de forma irónica que en un periódico se escribe para el olvido. Otros autores han arremetido contra la falta de rigor formal, por una parte, y contra la tarea de crítica – o la falta de ella – en relación a la literatura, por otra parte. El escritor Manuel Vázquez Montalbán manifestaba en 1998 que “en España casi no existen medios críticos válidos y la crítica periodística, salvo contadísimas excepciones, se divide entre partidarios de los socorros mutuos, seguidores de las sectas intocables y guardianes de los códigos herméticos más selectos y un reducido grupo de comunicadores de los que se ha publicado, honradamente aplicados a transmitir una lectura descodificadora”. Hay además otro aspecto interesante: Cierta literatura de los últimos años ha transitado entre ambos mundos, introduciendo aspectos característicos del reportaje periodístico en la novela e incluso otros elementos como la entrevista. Un claro ejemplo de este tipo de escritura ha sido el exitoso Soldados de Salamina del escritor español Javier Cercas, un libro que se estructura como una investigación periodística y crece a su vez desde las necesidades del periodismo. El estilo, por lo tanto, delata una estética más cercana al mundo de las rotativas o, mejor, ciertas formas del periodismo se convierten en estética literaria. Este rescate es posible gracias a una cierta crisis de la novela tradicional, a que sus límites se han desdibujado y la relación con otras formas se ha vuelto más fluida. El escritor catalán Eduardo Mendoza, que hace algunos años encendió la polémica en España declarando la muerte de la forma tradicional de la novela, resaltaba en una entrevista realizada a mediados de 2006 por el diario El País que el mencionado libro de Javier Cercas era una muestra de este hecho: un libro que se quiere crónica periodística y a su vez no deja de ser una novela. Otro ejemplo podría ser la obra de Enrique Vila-Matas, mezcla de ensayo, diario o crónica. Santa Evita, obra del citado Tomás Eloy Martínez, introduce incluso un guión técnico-literario en uno de sus capítulos. Si se observa la relación entre periodistas y autores, se puede constatar una interdependencia mutua, que no deja, sin embargo, de depender de las inclinaciones estéticas personales. Si la literatura introduce, como describe el investigador Félix Rebollo Sánchez, nuevas formas de escribir y decir que han ensalzado al periodismo escrito a lo que es hoy, éste le ha devuelto a la literatura sus favores. La necesidad de estar en contacto con la actualidad y con los sucesos del mundo cotidiano constituye una cantera inagotable de temas y situaciones de las cuales la narración hace uso. La práctica estilística que condice escribir diariamente adecuándose a la velocidad y a las limitaciones de espacio propias de un periódico obligan a adquirir destrezas lingüísticas que pueden resultar útiles para la literatura. También los géneros periodísticos, como 7


se mencionaba antes, pueden jugar un rol en la elaboración de una novela. Para que un género periodístico se convierta, sin embargo, en un recurso estético, se requiere de una reflexión en un plano superior al de la práctica periodística. Mientras que el periodista adecua el material informativo que posee y decide el género adecuado en base a la novedad, el interés, y demás criterios propios de la práctica periodística, así como a la disponibilidad del espacio y la planificación de la edición, el escritor, por su parte, debe analizar por qué le puede ser útil tal forma y posee una mayor libertad en relación a la utilización de la misma. El profesional de la información debe utilizar los géneros periodísticos; el escritor puede servirse de ellos para decir algo que no puede expresar de otra manera. En este sentido, el género periodístico daría una voz a la literatura, permitiéndole configurar los hechos de un modo que con otros recursos sería imposible. La lucha por el espacio En el mercado editorial español se publicaron en 2005 más de setenta y cinco mil libros, apenas algo menos que en 2004. Si se calcula la producción diaria obtenemos más de doscientos cincuenta libros por día. Atendiendo únicamente a la cantidad de la edición en el apartado de creación literaria, ésta asciende a más de tres mil quinientos libros por trimestre. La posibilidad de que alguno de estos volúmenes encuentre un espacio en las codiciadas líneas de un periódico resulta, pues, casi nula. Uno se puede preguntar cómo hace el periodista para seleccionar entre tanta cantidad de títulos. ¿Cuál elegir? ¿En base a qué criterios? ¿Qué espacio otorgarles? Se puede agregar a esto además la producción bibliográfica latinoamericana, con sus grandes centros editores en México D.F. y Buenos Aires. ¿Cómo tener un panorama general sobre este mundo? ¿A quién oír? ¿Con qué finalidad realizar una reseña crítica? El porcentaje de libros publicados que llegan a las estanterías de las librerías resulta también mínimo por lo que resulta extremadamente complejo guiarse en este laberinto. En primera instancia existe el universo de los mercados nacionales. A un periódico de Ecuador, por ejemplo, poco le importa reseñar un libro aparecido en Costa Rica o España que nunca llegará a las librerías de Quito. El campo de elección se determina entonces por la accesibilidad a los títulos, hecho que depende de diversas variables socioeconómicas. De esta forma podemos encontrar en los ámbitos nacionales un equilibrio entre la reseña de títulos nacionales y de aquellos que atraviesan fronteras. Los polos de expansión comprenden, sin embargo, un mapa algo desparejo. Internacional posee aquí un significado asimétrico. Se puede considerar normal que en Bolivia se reseñe un libro publicado en Buenos Aires o Barcelona, 8


mientras que resulta mucho más extraño que un diario porteño recoja un título publicado en La Paz. Lo mismo sucede con España. Difícilmente encontraremos en el suplemento Culturas de La Vanguardia una reseña sobre libros publicados en América Latina ya que el perfil de dicha separata posee una fuerte tendencia catalanista y un interés más bien secundario por la literatura latinoamericana. En segundo lugar, los grandes centros editoriales en lengua castellana se encuentran en Barcelona y Madrid, que dominan además en conjunto el 69% del mercado interno español. Las grandes editoriales de estas ciudades reafirman asimismo su presencia en el mercado internacional de lengua hispana por medio de filiales en algunos países de América Latina. Por lo tanto, el flujo editor parte más bien de la península hacia el otro lado del océano. Una gran excepción constituye, por ejemplo, la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica (FCE), una de las casas editoras fundamentales de dicho mercado, también representada en España. Nos engañaríamos, sin embargo, si pensaramos que este hecho expresa algo así como un dominio cultural de España sobre los otros países latinoamericanos. Justamente en el ámbito de la creación literaria, resulta usual la participación de los creadores de diversos países en los catálogos de las casas editoras del país ibérico. La resonancia pública que reciben autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Isabel Allende en España puede equipararse, si no es que supera, a la que reciben los propios autores españoles. Estos mismos son editados igualmente por editoriales multinacionales que aseguran la distribución inmediata en todo el mercado potencial. Ahora bien, estos autores reciben una gran atención debido a que están a su vez representados por grandes editoriales que pueden darse el lujo de imponer su presencia de diversas formas. Pertenecen a un grupo minoritario que no resulta representativo de la situación de los creadores literarios en América Latina. Los autores pueden darse a conocer de diversas maneras. Uno de los modos concretos que un escritor posee para adquirir renombre yace en los premios literarios. En una entrevista aparecida en la revista Ñ, el suplemento cultural del diario argentino Clarín, la agente literaria Carmen Ballcells – representante de los ya nombrados García Márquez, Vargas Llosa y Allende – reconocía que los premios literarios comerciales, es decir, aquellos que pertenecen a una editorial determinada como los premios Planeta, Alfagura o Herralde, “tienen la enorme ventaja, para la editorial, de que el premio ocupa un número de páginas importante en la prensa y espacios en todas las televisoras y radios, que tienen mucha más eficacia que los anuncios”. Agregaba respecto a la publicidad que ésta posee un bajo impacto en las ventas de un libro y tiene costos demasiado altos. De esta forma, la atención que obtiene una obra premiada por cualquiera de 9


estas instituciones constituye un buen negocio para la editorial. Sin embargo, no todo funciona de manera ideal respecto a los premios literarios. Éstos han sido cuestionados muchas veces porque suelen parecerse más a una elección arbitraria que a un verdadero proceso de selección de originales anónimos. Balcells describía en la citada entrevista que la editorial sale, por medio de sus directores literarios y si es que entre las obras presentadas no encuentran un autor que les plazca, a la búsqueda de autores que “cree ideales para ganar”. Una vez que se da a conocer al ganador, es el periodismo el que se encarga de divulgar el trabajo de los ganadores. Esta práctica del mundo literario forma parte de los sucesos regulares que recogen las secciones o separatas dedicadas a la cultura. Otra forma es la entrega de ejemplares a los periódicos o las presentaciones de un libro destinadas fundamentalmente a los periodistas. El profesional de la información recibe en la mesa de su medio los nuevos títulos directamente de las editoriales o también tiene la posibilidad de solicitar un libro que le interese para su recensión. Para una editorial resulta más rentable otorgar ejemplares que luego servirán para divulgar la obra que invertir en propaganda. En una entrevista con Franciso Ángeles para la revista digital El hablador, el crítico literario Javier Ágreda del diario La República de Perú comenta que “las editoriales grandes presionan mucho para que se comente sus libros. Las respeto porque son las que brindan el material que permite realizar el trabajo. Además, no cuestiono su línea editorial, porque son empresas y su objetivo es obtener ganancias. No le veo nada de malo a ello. Pero es cierto que ejercen presión para que se hable de sus libros”. El crítico literario se enfrenta entonces ante los intereses de una empresa que pretende imponer su producto en el mercado. Sin embargo, el profesional de la información tiene la libertad y el deber de realizar un análisis independiente. Los límites, sin embargo, no son tan claros. El panorama cultural dentro del que se mueven los hilos de la trama literaria es, aún en las grandes capitales, relativamente reducido. Sucede a menudo que de la tarea independiente que debería constituir la crítica, se pasa rápidamente a un terreno donde se terminan imponiendo los compromisos. Muchos son los autores que se quejan de que la crítica periodística no hace más que alabar las obras de los amigos y criticar despiadadamente o ignorar las de los enemigos. Hay otros que prefieren reseñar los libros de una editorial afín a una edición de autor; las posibilidades de las empresas editoras más pequeñas de que sus títulos sean objeto de la crítica es así bastante menor que el de las grandes editoriales. Más arriba se hablaba de que en la actualidad podemos acceder, a pesar de las grandes concentraciones editoriales, del amiguismo, los favores y rencores, a un periodismo literario con un gran nivel. Claro está que existen grandes empresas periodísticas que pueden permitirse la 10


contratación de críticos que realizan su tarea con profesionalismo. Desde hace ya algunas décadas la crítica periodística ha pasado de una mera descripción de la obra y los datos sobre el autor, a presentar un texto más complejo. Éste puede hacer uso de diversas formas de análisis, contextualizar al autor dentro de corrientes literarias o artísticas o analizar el valor de la obra en base a una cantidad de información crítica disponible antes impensable. Si bien en España la crítica literaria debió refugiarse durante el franquismo en las revistas exclusivamente literarias, alejadas por lo tanto de un público masivo, en otros países de América Latina pudo actuar con mayor soltura en la prensa hasta la seguidilla de dictaduras que asolaron al continente a partir de los años setenta. Críticos como los uruguayos Ángel Rama o Emir Rodríguez Monegal formaron parte de una generación activa tanto en el mundo académico como en el periodismo. Ambos formaron parte del mítico semanario Marcha de ese país, una referencia en materia cultural. Así se refiere a ambos el historiador de la literatura José Miguel Oviedo: “La crítica literaria es una actividad que, entre nosotros al menos, rara vez cobra un papel protagónico. Desde fines de los años cincuenta ocurrió algo excepcional: a través de periódicos, revistas, libros, centros de investigación y universidades, dos críticos uruguayos pasaron a ocupar un primer plano que pocos podrían ignorar o discutir”. Justamente en estos dos personajes encontramos un rasgo típico del universo iberoamericano, quizá no tan saliente en otras tradiciones: la participación de los intelectuales, ya sean escritores o profesionales, en el ámbito periodístico. Si bien este fenómeno puede haber mermado con la creciente especialización del conocimiento en el terreno universitario, todavía se puede constatar un intercambio activo entre los universos de la creación, la investigación académica y el periodismo. Que este hecho no puede más que enriquecer la propuesta periodística relacionada a la literatura es un hecho; si atendemos, por ejemplo, a la participación de investigadores como Beatriz Sarlo en los periódicos La Nación y Clarín de Argentina, o a la de escritores establecidos en las páginas de los suplementos culturales del ABC o El País de España, no se puede más que constatar que estos grandes medios de prensa cuentan con la posibilidad de brindar al lector una crítica y análisis de gran calidad. En lo que respecta a la reseña literaria, el lector tiene también hoy grandes posibilidades de acercarse al mercado del libro por medio de un juicio crítico acompañado de la valoración de la obra. La oferta editorial excesiva pasa al menos por un tamiz, más o menos justo, pero en todo caso con un dominio de la materia a tratar. Más útil que la mera presentación de los títulos y la descripción de los contenidos de un libro, la reseña juega el papel fundamental de informar – aunque más subjetivamente que en los géneros de la noticia – sobre las novedades que el lector puede encontrarse en la librería y de guiar al lector en su elección. De esta forma se construye 11


también un diálogo con la creación literaria para el cual no puede existir mejor ámbito que el del periodismo. Bibliografía Ángeles, Franciso, Crítica literaria periodística, en El Hablador, No. 10, www.elhablador.com, 2005. Ayen, Xavi, Entrevista a Carmen Balcells, Revista Ñ (diario Clarín, Argentina), 29/07/2006. Bonet, Lluís y De Gregorio, Albert, La industria cultural española en América Latina, en Las industrias culturales en la integración latinoamericana, ed. por Néstor García Canclini y Carlos Juan Moneta, México D.F., Grijalbo, 1999. Bolaño, Roberto, Los detectives salvajes, Barcelona, Anagrama, 1998. Borges, Jorge Luis, El informe de Brodie, Barcelona, Plaza y Janés, 1971. Martínez Albertos, José Luis, Curso general de redacción periodística, Madrid, Thomson, 1991. Oviedo, José Miguel, Historia de la literatura hispanoamericana, 4 vol, Madrid, Alianza, 2001-02. Ramiro Quiroga, Juan Carlos, La apuesta por el periodismo literario, en www.letras.s5.com, 2005. Rebollo Sánchez, Félix, La crítica literaria y teatral, en Movimientos literarios y periodismo en España, ed. Por María del Pilar Palomo, Madrid, Síntesis, 1997. Rebollo Sánchez, Félix. Literatura y periodismo hoy, Madrid, Fragua, 2000. Saad, Anuar y De la Hoz Simanca, Jaime, El periodismo literario, en Sala de Prensa 37 (www.saladeprensa.org), Noviembre de 2001, Año III, Vol. 2, 2001. Documentos: Panorama de la edición en España, Ministerio de Cultura de España, www.mcu.es.

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Periodismo y crítica literaria  

Explicación del periodismo especializado en crítica literaria.

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