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qwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyui opasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfgh jklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvb nmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwer “SÓLO QUERÍA UN CAFÉ” tyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopas dfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzx cvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmq wertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuio pasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghj klzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbn mqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmqwerty uiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdf ghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxc vbnmqwertyuiopasdfghjklzxcvbnmrty uiopasdfghjklzxcvbnmqwertyuiopasdf ghjklzxcvbnmqwertyuiopasdfghjklzxc Por

Juan Vela


Tenía tiempo de no verle. Una tarde de marzo, con vientos de llovizna, una noche muy fresca, como de esas cuando se siente que va muriendo el invierno y una primavera está próxima a ser concebida. “Necesito un consejo tuyo”, escuché tras el auricular de mi teléfono, había mucho ruido, seguramente llamaba de la calle para que no registrara su número. Me dio lugar, hora y fecha, para después, sólo después, tomar por importante algún asunto que tuviera pendiente; “¿Puedes?” preguntó, haciendo ese tono tan suyo cuando quiere algo. “No tengo de otra, el martes será”, contesté entre sarcástico y verdadero. Faltaban unos cuantos días para el encuentro, sinceramente tenía tiempo que no pensaba en ella, no había rencores, ni hubo escenas dramáticas al rompimiento, rompimiento que formalmente no fue ya que nunca pasó algo serio entre nosotros, aunque siempre fue un misterio para mí. No tuve tiempo para confirmarle y sabía que ella nunca lo haría, siempre era muy organizada, a pesar de que mi mundo era un desastre tenía que ponerme a la altura de las circunstancias, el plan fue elaborado, llegar al lugar antes que ella. No resultó, mi nueva personalidad emprendedora y gestora de planes meticulosos nunca funcionaría con ella: Me duché, salí corriendo al aeropuerto, fui al trabajo, salí a comer y me dirigí a dar clases de etimología griega y latín I, puro amor al arte ciertamente, entre el material de apoyo y las copias que entregaba me sobraba una miseria que no cubrirían ni la gasolina ni el pasaje público de una semana. Fue una clase de locura, tanto que olvidé mirar el reloj, al encontrarme en un aprieto de tiempo decidí concluir la clase a pesar de las peticiones de explicación de esto y de aquello, guardé mis cosas, firmé de salida y prácticamente corriendo emprendí el viaje. Me encontraba a algunas calles del lugar planteado en el centro histórico. Ella ya estaba esperando, con una taza de capuchino a la mitad, un cigarrillo, parecía nerviosa, eso llenó mi seguridad masculina; “se metió en algo que no puede controlar, me necesita para que YO lo solucione, soy yo el único que puede ayudarla, no sabe qué hacer, ahora sí se la voy a cobrar caro”… Pero mi sensible forma de ser no pudo contener sus pensamientos y me remontó a otro tiempo: Su tiempo. Cuando caminamos de la mano, cuando sus brazos y los míos, cuando mi boca en sus labios, y su risa, sus ojos, sus manos… “Disculpa la tardanza… yo”… Me excusé como pude, con detalle y la pura verdad, sentí que hablé una eternidad, sólo de mí, quería que supiera cuánto había hecho


con la vida que dejó tendida en el olvido: “Mi proyecto así, la oficina estuvo muy bien, un americano por favor, fíjate que también hice esto, doy clases de Latín y Griego por aquí, me va de maravilla”… Aunque mis pensamientos me detuvieron y tocaron fuertemente la neurona de la atención, si es que hay alguna o millones de ellas, “Necesita que le ayudes”, sentí en mis adentros. “Ya hablé mucho, le pondré azúcar a mi café y escucharé para qué me has arrastrado contra mi voluntad aquí” Reí, no por quedar bien y mucho menos por bromista, estaba nervioso. Tomé mi cuchara y me dispuse a escuchar. “Yo…” aclaró su garganta “Quería pedirte un gran favor. Acabo de tener un problema con el que salía” ¿No puede tener un poco de tacto? Seguí escuchando. “Y pues… me dejó prácticamente en la calle desde ayer, no he podido sacar mis cosas. Ya no quiere nada conmigo, me gritó y me humilló frente a sus amigos, me quitó el radio, mi celular, mis tarjetas, mi ropa” ¿De verdad eran de ella? “Sólo me utilizó para tener mujer en su cama, me prometió y me juró que nos casaríamos, que íbamos a vivir felices para siempre” El dinero siempre es el problema y la intermitente felicidad vacía, tanto como el papel que firma uno cuando se casa ¿En realidad esas letras unen a la gente para siempre? “Siempre dijiste que si necesitaba algo acudiera contigo y…” Respiré hondo, exhalé suave. Parte de mí, sentía la necesidad de pagar la cuenta, desearle mucha suerte y retirarme de inmediato. La herida ya había cerrado, la cicatriz marcaba el tiempo que lloré y bebí hasta perderme, de buscarle… pero el dolor que proviene desde dentro, la secuela de un gran golpe que deja sus estragos en el interior aún ardía, como la hemorragia interna, tan sigilosa y escondida, que no se percibe a la vista. “Yo no tendré dinero, ni tengo palabra, si alguna apoyo fue sincero, tengo buena vista al centro. bienvenida.”

casas lujosas, ni carros del año. Pero vez te dije que en mí podías encontrar un coche modesto, un departamentito con Si eso es suficiente para ti, eres

No había nada más que hacer. Terminamos nuestro café con algo de apuro y partimos. “El hecho de que una mujer me haya deshecho por dentro no quiere decir que tenga que ser descortés” pensé mientras le abría la puerta de coche. El camino fue turbio, no hallaba la musicalización de fondo ante esta situación, cambiaba las estaciones de radio a los tres segundos de haberlas sintonizado, me sudaban las manos. Ella iba distraída, pensando quizás en sus pertenencias, o en el otro hombre que le había mostrado el cielo desde el telón de fondo de una tierra reseca y sin una triste flor que recoger. Es curioso cómo reaccionan las mujeres cuando están bajo presión. Estaba desvelado de por sí y entre “qué bonito departamento… puedo


pasar a ducharme… prepara esos sándwiches tan ricos que sabes hacer… buenas noches, dormiré en la sala para no molestarte…” Una fuerza que sencillamente desconozco hizo que amaneciera en mi amplio sillón donde suelo ver películas con… “Buenos días, tronco. Aún no se te quita esa costumbre de dormir tan profundo” ¿No podía recordar, mejor, que hago buenas pastas o que bajo al pueblo genital de una manera extraordinaria? No había pasado ni un día y ya estaba recalcando mis defectos, “Después de haber desempolvado el pasado durante media noche ¿quién va a escuchar el reloj?” Tomé una ducha y concluimos nuestro desliz bajo el chorro de agua caliente. Preparó un desayuno, si le podemos llamar desayuno a un plato de cereal y dos hot cakes medio quemados con café desabrido. “Es tu casa toma lo que quieras, regresaré como a las dos de la tarde para ir a comer algo”. Algo en mí había cambiado, aunque estaba desvelado, sonreí a todo el mundo, desde el señor Ramón del puesto de periódico hasta mi austero jefe. Puros malo chismes de lenguas de doble filo me habían contado en el trabajo y pese a eso sonreí aún más. Cerré un importante negocio con un hombre muy pesudo y proporcioné un buen consejo al mismo tiempo “Hombre, dale tiempo al tiempo. Créeme que la espera en calma es una maravilla. Tómate unos whiskys, fúmate un cigarro, distráete y verás que ser paciente te recompensará”. Quizá un consejo muy sarcástico, ya que era directamente culpable y además la compañía, del sufrir de este sujeto, “mi obra de caridad del día ya fue realizada”. No volví a pensar en ella hasta la una y media de la tarde, justo cuando regresaba, una paranoia extraña, un miedo absurdo y volátil me asfixiaba dentro del auto “Regresaré al departamento y ya no la encontraré, seguramente aquél hombre la había mandado a buscar con alguno de sus matones, o quizás fue él mismo, no le gustaría perder a una mujer que mira como trofeo nomás porque sí”. Abrí la puerta. “Ordené una pizza, ya sabes que no me gusta mucho la cocina, destapé un vino y he puesto la mesa. Ven ya, que tu sueño se retrasa demasiado pero tu estómago es todo un reloj biológico cuando se trata de comida”. Tenía razón y me asustó un poco que lo recordara. Si no fue por falta de cariño, ni por atenciones, ¡vaya! Ni siquiera porque no tuviera con qué mantenerla y viviera aún con mi madre ¿Qué carajos fue? Porqué si recuerda muy bien cómo soy, mis defectos, mis virtudes, mis costumbres y los detalles, porqué saltar del barco así. No tiene sentido. El vino nos puso románticos, “Lo tomé de tu cava debajo de la barra, decía 1978. Lo único que recuerdo que me enseñaste de vino es que mientras más viejo es mejor” Reí muy en mis adentros, la botella era una edición especial de la casa que tardé años en encontrar “la guardaré para una ocasión especial” me dije al ponerla en ese lugar, ¿era verdaderamente una ocasión especial? No podía hacer nada de todas maneras, me dispuse a disfrutar quinientos pesos por copa vino. El atardecer del centro histórico


de la ciudad nos acompañó, unas canciones viejas, un disco que había grabado para ella y nunca le di, además me convenía comenzar el cachondeo temprano para no sufrir de sueño en la jornada de trabajo. Tres semanas enteras pasaron desde aquella llamada. Es sorprendente la defensa que uno puede crearse, la armadura tan sólida que puedes forjar después de que te atraviesa la espada hiriente del olvido. A pesar de todo la quería bastante, diferente, pero ya no era el mismo afecto, no con tal intensidad. Comimos juntos, nos duchamos juntos, reímos, cantamos y muy buen sexo tuvimos. Aunque sabía en mis adentros que no duraría para siempre, “¿Qué sientes por mí, ahora que he regresado?” No pude evitar ahogarme con el humo del cigarro, eso no debería permitirse después de haber tenido el tercer orgasmo de la noche, es como un golpe directo al escroto en una final de boxeo. Me encontraba en el aeropuerto con un gran cartel rojo y letras grandes con marcador permanente “Bienvenida” decía el cartelón, unas flores en la mano. Le abracé fuerte, la besé en los labios, le preparé pasta boloñesa como tanto le gustaba y destapé un vino de 1978, pues era una ocasión especial. El atardecer del centro histórico de la ciudad nos acompañó, unas canciones viejas, un disco que recién grabé para ella, me convenía comenzar el cachondeo temprano para terminar a altas horas de la madrugada en completa desnudez bajo las sábanas. Encendí un cigarrillo. “¿Qué tal tu viaje, amor? Te extrañé tanto, aquí todo estuvo muy tranquilo, ya sabes, el trabajo… Me encontré con una amiga en la cafetería por la tarde que fui a dejarte para que tomaras tu vuelo…” “¿Entonces ya no sientes nada por mí?” No fue la pregunta lo que me sorprendió sino la respuesta que le di a la mujer que fue el primer amor de mi vida, a la mujer que me dejó llorando en el nuevo departamento que había comprado para compartir con ella, la que se fue pensando que yo no le correspondía, que tenía en mente otros mundos a distancia, a la mujer que en realidad no sabía lo que quería y que me acompañaba dos noches atrás del lado donde el día de hoy yo dormiría “No lo tengo claro”. “Fíjate que lo he pensado muy bien, amor. Me encanta este lugar”. Sonrió por la decisión que había tomado, me besó y volvimos a la acción bajo las sábanas. Encendí un cigarro “Entonces mañana pediré el jacuzzi que quería”, me pareció una buena idea. El tiempo siempre nos trasporta a otros momentos, otras etapas de una sola vida, fluye como caudal de río desenfrenado, con la medida necesaria, gota a gota o a mares enteros. El presente es lo que debe vivirse, respetarse, aferrarse a él con todas nuestras fuerzas con quien te acompañe para despertar juntos una linda mañana. “La vida da muchas vueltas” no lo entendí enseguida, me lo


dijo la mujer a mi lado dormía, cansada de su viaje, mientras fumaba mi cigarro. Desperté, recibí el desayuno en la cama, mi favorito, huevos con machaca, una taza de café perfecto y un vaso de jugo. Contesté un par de llamadas “Felicidades por el negocio de ayer. El comprador ha depositado…” “Gracias por tu consejo. Precisamente ayer me serví dos copas de whisky, encendí un cigarro y ¡Oh, sorpresa! El problema se resolvió tras llegar un taxi a media noche. ¿Podría invitarte a tomar un trago?” No era necesario “Hombre, la satisfacción del cliente es lo más importante… Que tenga un buen día” “Hace algunos mares de distancia tú eras mi vida, todo cuanto tuve te lo di. Te pedí tiempo para demostrarte que podía cumplir tus expectativas y ahora, por azares del destino, hoy ya no te pido que te quedes. Mi vida está muy tranquila y quiero disfrutarla gota a gota con la mujer que ahora está a mi lado” le dije mientras esperaba un taxi con tarifa exorbitante hasta la colonia del otro lado de la ciudad, donde sólo hay casas con seis recámaras y amplios jardines. Pagué el taxi, era lo último que podía hacer por ella. “Te doy mi número de celular” me dijo, “No creo que necesite llamarte. Además me mudaré este fin de semana a un lugar más apartado del bullicio, donde, seguramente, tampoco necesites mi dirección”. Una gota brillante rodaba en su lagrimal, subió la ventanilla del taxi y me miró por última vez.


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