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Giovanni, se preparaban en una u otra. Cuando se anudaba el delantal siempre alguno se ofrecía a ayudar. O a estorbar; porque lo que perseguíamos era estar cerca del primer semolín salido de la sartén sin esforzarnos demasiado. Comenzaba la acción preparando la pasta, llevando a ebullición un litro de leche que hacía hervir con 100 gramos de manteca y 100 de azúcar, a las que añadía ralladura de cáscara de limón que hacía exhalar a la cacerola efluvios cítricos y dulzones que inundaban la cocina. Sacaba la cacerola del fuego y agregaba en forma de lluvia 250 gramos de sémola y un huevo, revolviendo bien. Luego enmantecaba una fuente rectangular, echaba ahí la crema espesa y la alisaba con una espátula dejándola muy pareja ante nuestros ojos infantiles maravillados. Mientras el preparado se enfriaba, a veces en la mesa del patio bajo nuestra atenta mirada, la tía preparaba el aceite y lo ponía a calentar. Esa espera nos parecía interminable, y generalmente servía para que alguno desistiera y se fuera a jugar. Luego volcaba en la gastada mesa de madera de la cocina, la misma de amasar tallarines amarillos con huevos de campo y preparar ravioles rellenos con verduras de la huerta, la masa fría solidificada y la cortaba en rectángulos parejos, mientras espantaba nuestras manos –no siempre bien lavadas- que rapiñaban trocitos con rapidez. Cada uno era pasado por huevo batido y rebozado en pan rallado, y desde allí iba directo a la fritura. Con regocijo festejábamos el crepitar del aceite caliente en el que caían los primeros semolines, siempre a distancia prudente porque solía salpicar gotitas tan pequeñas como hirvientes. De allí al atracón sólo distaba el tiempo que tardaba en haber cantidad suficiente para los tres, que aguardábamos hipnotizados la fuente con la montaña de rectangulitos dorados y fragantes espolvoreados con azúcar molida. Apenas se posaba la fuente en la mesa comenzábamos a engullirlos con placer quemándonos los dedos sin esperar la leche si era hora de la merienda. Era el momento gozoso de comer cada semolín tierno por dentro y crocante por fuera, disfrutando sin las restricciones dietéticas que llegarían después. Hoy la tía María Elena ya no está. He visto en televisión una versión de la receta de un cocinero español que la llamó “leche frita”, pero para mí siempre serán los semolines de la tía. En los días grises y fríos de otoño en que intenté replicar la nostálgica receta para brindar a mis hijos algo propio de mi niñez, no pude conseguir nada parecido. Pero tampoco yo soy la misma. ¿Será por eso?

Marcela M. Zurbriggen 124

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Aromas Santafesinos  

“¡A comer...! Este llamado convocaba a la familia después de un arduo día de trabajo; todos alrededor de la mesa que presidía el jefe de la...

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