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Para entender el Cristianismo El Cristianismo es la religión fundada por Jesús y los cristianos, la comunidad de los fieles que sigue sus enseñanzas, recogidas principalmente en los Evangelios. Hoy es la religión más extendida en el mundo. Junto con el Judaísmo y el Islam, el Cristianismo es una de las tres grandes religiones monoteístas y con el Judaísmo, de la cual proviene, mantiene algunos rasgos comunes.

La Biblia Es el libro sagrado de judíos y cristianos, aunque difiere en varios aspectos según una y otra religiones. La Biblia cristiana consta de dos partes: el Antiguo Testamento y los 27 libros del Nuevo Testamento. El cristianismo considera como sagrados los libros contenidos en el Antiguo Testamento y los contenidos en el Nuevo Testamento. La primera parte del Antiguo Testamento es conocida como La Ley (Torá), y equivale a los primeros cinco libros de una Biblia cristiana.

Historia El Cristianismo nació por la predicción sobre la vida, enseñanzas, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. San Pablo y otros discípulos lo propagaron por el mundo y, a pesar de las numerosas persecuciones que sufrieron, pudo extenderse con rapidez, pues su doctrina predicaba el amor y la igualdad entre los hombres y a la promesa de una vida después de la muerte. Pronto aparecieron en su seno distintas corrientes, pero la mayor parte de los cristianos creen en la Santísima Trinidad (padre, hijo y espíritu santo) y en que Jesucristo fue concebido en el vientre de la Virgen María. Para todos sus creyentes la figura de Jesús y su ejemplo representan el amor y la fraternidad entre los seres humanos, por eso la regla de oro o mandamiento fundamental del Cristianismo se centra en el amor y el perdón, en la confianza en la salvación individual y en la vida eterna.

Celebraciones Los cristianos celebran y expresan su fe en un conjunto de ritos y de ceremonias, entre los que destacan los sacramentos, que son representaciones simbólicas de la actuación divina que los fieles realizan en distintos momentos de su vida: con el Bautismo una persona se convierte en cristiano y pasa a formar parte de la comunidad de creyentes. Con la Eucaristía, los cristianos recuerdan la muerte y resurrección de su fundador, por eso se reúnen los domingos en sus templos, las iglesias, para celebrarla. Además, celebran de forma especial los acontecimientos más importantes de la vida de Jesús en sus festividades religiosas: la Navidad, La Pasión y La Pascua. Junto a la figura central de Jesús y de su madre la Virgen María, los santos son considerados modelos de fe y de conducta ejemplar cristiana, y su santidad se manifiesta en los milagros.


Caín y Abel Cuando Dios expulsó a Adán y a Eva del Paraíso, éstos empezaron una nueva vida en la nueva tierra a la que habían sido expulsados. El lugar era muy distinto del Jardín del Edén en que habían vivido. Aquí los animales no se alimentaban solo de hierba, sino que se peleaban ferozmente y se comían unos a otros. Y tuvieron que luchar contra el frío, las tormentas, la sequía y los ataques de las fieras para conseguir los alimentaos con el sudor de su frente. La mujer, que tuvo que padecer dolor para engendrar a sus hijos, dio primero a luz un hijo, al que llamaron Caín, y, poco tiempo después, a otro, que recibió el nombre de Abel. Cuando ambos crecieron lo suficiente, Abel se hizo pastor de ovejas y Caín, labrador. Y los dos hermanos ofrecieron sacrificios a Dios. Abel sacrificó los primeros corderos de su rebaño y Caín depositó en el altar los mejores frutos de su cosecha. Dios aceptó con agrado el sacrific de Abel y se le mostró afable, pero no acogió con el mismo agrado el de Caín ni le dio la mejor muestra de gratitud. Y esto enfureció mucho a Caín, que era además el primogénito y no podía entender por qué era su hermano Abel el preferido a los ojos de Dios. Un día el mayor le propuso a su hermano dar juntos un paseo por el campo y, cuando estuvieron lejos de los suyos y nadie po¬día verlos, se precipitó contra él y lo asesinó. Al verlo, dijo Dios a Caín: -¿Dónde está tu hermano Abel? -No lo sé. ¿Acaso soy yo su guardián? ¿Por qué iba a saber dónde está ni qué le ha sucedido? Y replicó Dios: -¿Qué has hecho? He oído que la voz de Abel clamaba a mí. ¡Maldito seas! El suelo que has regado con la sangre de tu hermano no te dará ningún fruto por más que te afanes. Recorrerás errante y vagabundo tierras extrañas.


Entonces se lamentó Caín: -El castigo que me impones es demasiado terrible para poder soportarlo. Si tengo que marcharme de aquí, lejos de tu presencia, y recorrer tierras extrañas, el primero que se cruce conmigo podrá asesinarme. -No -respondió Dios-. Aquel que se atreviera a matarte pagaría su crimen siete veces. Además te pondré una señal para que nadie se atreva a tocarte. Cuando Dios le puso la señal, Caín salió de aquellas tierras y fue a refugiarse Nod, una región situada al este del Jardín del Edén. Eva parió un nuevo hijo varón y le puso de nombre Set, porque Abel había muerto y Caín andaba errante por tierras extrañas. Tenía Adán ciento treinta años cuando su mujer lo engendró. Y aún vivió otros ochocientos años, engendró hijos e hijas antes de morir. Tenía Setciento cinco años cuando engendró a Enós. Este tuvo muchos hijos y muchos sucesores hasta que nació Noé. «Este nos consolará de nuestras penas y de la fatiga de nuestras manos», dijo su padre.


El Diluvio Universal Vio Dios que la tierra se estaba corrompiendo y llenando de violencia y que el hombre no pensaba en otra cosa que en hacer el mal, así que se enfadó mucho y se arrepintió de haberlo creado. «Voy a exterminar de la faz de la tierra todo lo que he creado, el hombre, los ganados y hasta las aves del cielo, porque me apena haberlos hecho.» Pero había también en la tierra un hombre justo, llamado Noé, que seguía las layes del Señor, y sólo él era considerado bueno a sus ojos. Un día Dios se le apareció y le dijo: -He decidido exterminar a todas las especies vivientes porque la han llenado de maldad y de violencia. Cons¬truye una nave de maderas resinosas y calafatéala por fuera y por dentro con betún. Que tenga tres pisos y mida trescientos codos de longitud, cincuenta de anchura y treinta de alto. Debes cubrirla con una techumbre de madera y abrirle una puerta a un costado. Hizo Noé lo que Dios le había ordenado y, cuando el arca estuvo terminada, le dijo el Señor: -Entra en el arca con los tuyos, porque eres el único hombre justo que he encontrado en estos tiempos y contigo estableceré un nuevo pacto. Mete también en el arca una pareja, macho y hembra, de todas las especies, a fin de que no desaparezcan para siempre de la faz de la tierra. Y acumula suficientes alimentos para todas ellas. Dentro de siete días haré llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches y exterminaré a todos los seres que he creado.


Entró Noé en el arca con sus hijos Sem, Cam y Jafet, con su mujer y las mujeres de sus hijos, y con una pareja de cada una de las especies que pululan, reptan o vuelan sobre la tierra. Luego Dios cerró la puerta del arca detrás de Noé. Una semana después saltaron todas las fuentes del gran abismo, se abrieron las compuertas del cielo y estuvo descargando la lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches. Crecieron las aguas y levantaron el arca, que se mantuvo flotando en la superficie. Tanto subió el nivel de las aguas que quedaron cubiertos los montes más altos que hay debajo del cielo. Todo cuanto respiraba, todo cuanto se movía sobre la tierra murió, desde los hombres hasta los ganados y las aves del cielo. Las aguas inundaron la tierra por espacio de ciento cincuenta días. En ese tiempo, sólo sobrevivieron Noé y los que estaban con él en el arca. Cuando Dios se acordó de Noé y de los suyos, hizo cruzar un viento por la tierra y las aguas decrecieron. Se cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo, cesó la lluvia y, poco a poco, las aguas volvieron a su cauce. En el séptimo mes, el arca quedó varada sobre los montes de Ararat, y, en el mes décimo, asomaron las cimas de los montes. Cuarenta días después de aquel diluvio, Noé abrió la ventana que había hecho en el arca y soltó al cuervo, que estuvo yendo y viniendo, porque no tenía dónde posarse. Después soltó a la paloma, que regresó también al arca, porque aún reinaba el agua sobre la superficie de la tierra. Noé alargó el brazo, la cogió y la meti de nuevo en el arca. Esperó otros siete días y la soltó de nuevo. Y esta vez la paloma no regresó hasta el anochecer y cuando lo hizo, traía en el pico una ramita de olivo. Siete días más tarde Noe vio que la superficie del suelo estaba seca. Entonces Dios le habló así:


-Sal del arca tú, y contigo tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos. Sacad a todos los animales que os acompañan. Salieron todos del arca y Noé erigió un altar a Yahvé y le ofreció sacrificios. El aroma de estos sacrificios fue tan grato a Dios, que bendijo a Noé y a los suyos diciéndoles: -Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra. Infundiréis te¬mor a todos los animales, a todas las aves del cielo, a todo lo que repta por el suelo y a todos los peces de la mar. Todo lo que se mueve y tiene vida yo os lo doy y os servirá de alimento. Sólo os prohíbo que comáis la carne con su alma, o sea con su sangre. Y a todo el que derrame la sangre del hombre, sea un animal o sea otro hombre, yo le pediré cuentas, pues yo he hecho el hombre a mi imagen y semejanza. Luego les dijo a Noé y a sus hijos: -Voy a estableces un pacto con vosotros y vuestra futura descendencia, y con toda alma viviente que os acompaña: los ganados, las aves y las alimañas que hay entre vosotros, todo lo que ha salido del arca. Un pacto por el que ya nunca volveréis a ser destruidos por las aguas de un diluvio. Desde ahora se sucederán el calor y el frío, el verano y el invierno, el día y la noche. Y como señal de este pacto, pondré mi arco iris sobre el cielo. Así que cuando haga llover aparecerá el arco iris entre las nubes y eso será la señal del acuerdo que tengo con todos los seres que pueblan la tierra.


El árbol de Navidad

Cuando en Belén nació Jesús, todas las cosas del mundo sintieron gran alegría. Y hasta los árboles se pusieron a hablar aquella noche. Muy cerca del portal había una palmera, un abeto y un olivo, que veían cómo pastores, reyes y otras gentes iban y venían para adorar al recién nacido y le llevaban regalos. También a ellos les entraron ganas de ofrecerle algún regalo de bienvenida. -Yo le daré la palma más grande que tengo -dijo la palmera-. Y la pondré sobre la cuna para abanicarlo suavemente. -Pues yo prensaré mis aceitunas para ungir con el aceite sus piececitos -dijo el olivo. -¿Qué podré darle yo? -murmuró el abeto bastante triste. -¡ Tú -le contestaron los otros-, tú nada puedes darle! Las agujas de tus ramas pincharían sus deditos tiernos y tus lágrimas están pringosas de resina... -¡Tenéis razón! -contestó muy triste-, ¡No tengo nada tengo que merezca ser ofrecido al hijo de Dios! Pero un ángel que andaba cerca y lo escuchó todo, tuvo piedad del pobre abeto tan humilde y tan triste y se propuso ayudarlo.Cuando en aquel cielo oscuro de diciembre ya empezaban a brillar las estrellas, el ángel fue pidiendo a unas y otras que bajaran a ponerse sobre las ramas verdes del abeto. Y cuando todas bajaron alegremente, el árbol quedó preciosamente iluminado. Los ojos azules del Niño Jesús enseguida se posaron llenos de alegría en el precioso árbol, resplandeciente de luces. Pasados los años, muchas personas, que sabían esta leyenda, tomaron la costumbre de poner en sus casas un abeto todas Navidades y lo adornaron con velas encendidas y luces para que se pareciera a aquel primer abeto de Belén que tanto gustó al Niño Dios. Ésta fue la recompensa al abeto como premio a su humildad, pues desde entonces no ha habido otro árbol más iluminado ni más orgulloso de ser contemplado por los ojos inocentes y brillantes de los niños en las fiestas navideñas.


El petirrojo Hace mucho tiempo existió un pájaro cuyo plumaje pardo de sus alas contrastaba con el blanco brillante de su pecho, que le daba un aspecto precioso. Un buen día vio que, sobre la cima de una pequeña colina cercana a su nido, se alzaron tres cruces, en las que tres hombres sufrían el cruel tormento de la crucifixión. El pajarillo se acercó con la curiosidad tímida de las aves ante las personas. Al descubrir sus ojos el sufrimiento de aquellos tres hombres, le llamó la atención el que ocupaba la cruz central. Su cuerpo estaba lleno de heridas, sus rodillas eran una llaga, una corona de espinas gruesas hacía sangrar su cabeza y la sangre goteaba de la frente del crucificado. Aquella ave revoloteó asustado del águila, y con mis se armó de

nunca había contemplado el dolor tan de cerca. Por eso hasta su matorral sin saber qué hacer. “Si yo fuera hermano pensó, arrancaría los clavos que perforan sus manos garras ahuyentaría a sus verdugos”, pensó. Entonces valor pensando que tenía que hacer algo. Cuando emprendió su vuelo hacia la cruz donde sufría el hombre de la corona de espinas, parecía que el corazón que iba a estallarle dentro del pecho. Se posó con cuidado sobre la cruz, observó de cerca al hombre y escuchó su respiración acelerada y jadeante.


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