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que Bill había llamado a casa y se lo había contado. Y me sentí fatal. Había sido por mi culpa. Mi hermana estaba llorando. Mi madre estaba muy, muy callada. Mi padre fue el único que habló. Dijo que mi hermana no podría volver a ver nunca más a ese chico que le pegaba, y que iba a tener una charla con los padres del chico esa noche. Entonces mi hermana dijo que la culpa había sido suya, que lo había estado provocando, pero mi padre dijo que aquello no era excusa. —Pero ¡lo quiero! —nunca había visto a mi hermana llorar tanto. —No, no lo quieres. —¡Te odio! —No, no me odias —mi padre a veces puede ser extremadamente tranquilo. —Él lo es todo para mí. —No vuelvas a decir eso de nadie nunca más. Ni siquiera de mí —esta vez habló mi madre. Mi madre elige muy bien cuándo toma partido y, si hay algo que puedo decir sobre mi familia, es que cuando mi madre interviene,

Las ventajas de ser invisible