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Cuando ambos levantaron la vista de la lectura, se quedaron callados. Nadie sonrió ni lloró ni hizo nada. Nos quedamos sencillamente allí, con el alma al descubierto, mirándonos mutuamente. Sabían que decía en serio lo que había escrito en las tarjetas. Y yo sabía que significaba mucho para ellos. —¿Qué dicen las tarjetas? —preguntó Mary Elizabeth. —¿Te importa, Charlie? —preguntó Patrick. Negué con la cabeza, y ambos leyeron sus tarjetas mientras iba a llenar mi taza de café con vino tinto. Cuando volví, todos me miraron, y les dije: —Os voy a echar mucho de menos. Espero que os lo paséis fenomenal en la universidad. Y, después, empecé a llorar porque de repente me di cuenta de que se iban a ir todos. Creo que Peter piensa que soy un poco raro. Entonces, Sam se levantó y me llevó a la cocina, diciéndome por el camino que todo estaba «bien». Cuando llegamos a la cocina, ya me había calmado un poco. Sam dijo: —¿Sabes que me voy dentro de una

Las ventajas de ser invisible  
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