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Después de la anécdota, esto fue lo que pasó: —¡Dios mío! Mira esas gradas. Cuánta gente negra... Mi hermano le cortó. —Vale, abuelo. Vamos a hacer un trato. Si nos avergüenzas otra vez, voy a llevarte en coche de vuelta a la residencia y no verás nunca a tu nieta dar un discurso —mi hermano es muy duro de pelar. —Pero entonces tú tampoco verás el discurso, señor importante... —mi abuelo también es muy duro de pelar. —Sí, pero mi padre lo está grabando todo. Y puedo arreglármelas para conseguir ver la cinta, y tú no. ¿Verdad? Mi abuelo tiene una sonrisa muy rara. Sobre todo cuando es otro el que gana. No dijo nada más sobre el tema. Solo empezó a hablar de fútbol y ni siquiera mencionó que mi hermano jugaba en un equipo con chicos negros. No te imaginas lo mal que lo pasamos el año pasado, ya que mi hermano estaba en el campo graduándose en vez de en las gradas parándole los pies al abuelo. Mientras hablaban de fútbol, estuve

Las ventajas de ser invisible  
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