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Elizabeth nunca habla de cosas así. Cuando terminó con el fuego, puso el disco y se acercó a mí medio bailando. Dijo que estaba entrando en calor, pero que no se refería a la temperatura. Empezó la música, y ella chocó su copa con la mía, dijo «salud» y tomó un sorbito de brandy. El brandy estaba muy bueno, por cierto, pero sabía mejor en la fiesta del Amigo Invisible. Nos acabamos la primera copa muy rápido. El corazón me latía a toda velocidad, y me estaba empezando a poner nervioso. Me pasó otra copa de brandy y al hacerlo me tocó la mano con mucha suavidad. Después, deslizó su pierna sobre la mía, y me quedé mirando cómo se balanceaba. Entonces, sentí su mano en mi nuca. Moviéndose lentamente. Y mi corazón empezó a latir como loco. —¿Te gusta el disco? —me preguntó en voz muy baja. —Mucho —era verdad, además. Era precioso. —¿Charlie? —¿Ajá? —¿Te gusto yo?

Las ventajas de ser invisible