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—Sí —dije. Entonces, pensé en algo para cambiar de tema. —Oye, papá. ¿Echan hoy partido de hockey? —Sí, pero solo puedes verlo conmigo si no me haces ninguna de tus preguntas tontas. —Vale, pero ¿puedo hacerte una ahora, antes de que empiece? —No lo sé. ¿Puedes? —¿Me dejas? —pregunté, corrigiéndome. Gruñó. —Adelante. —¿Me recuerdas cómo llaman los jugadores al disco de hockey? —Galleta. Lo llaman galleta. —Guay. Gracias. Desde ese momento y durante toda la cena mis padres no nos hicieron más preguntas sobre nuestro día, aunque mi madre dijo cuánto se alegraba de que mi hermana y yo estuviéramos pasando más tiempo juntos. Aquella noche, después de que nuestros padres se fueran a dormir, bajé al coche y saqué la almohada y la manta del maletero. Se los

Las ventajas de ser invisible