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hacían, tal vez no me dejaran llevarla en coche a casa, y podrían llamar a nuestros padres. Y no podía permitir que eso ocurriera porque mi hermana contaba conmigo, y era la primera vez que alguien contaba conmigo para algo. Cuando me di cuenta de que era la primera vez que lloraba desde que le prometí a mi tía Helen no llorar salvo por algo importante, tuve que salir afuera porque ya no podía ocultárselo más a nadie. Debí de haber estado en el coche mucho tiempo, porque mi hermana al final me encontró allí. Estaba fumando un cigarrillo tras otro y llorando todavía. Mi hermana llamó con los nudillos a la ventanilla. La bajé. Me miró con curiosidad. Entonces, su curiosidad se transformó en enfado. —Charlie, ¡¿estás fumando?! Estaba enfadadísima. No te puedes hacer una idea de lo enfadada que estaba. —¡No puedo creer que estés fumando! Entonces fue cuando dejé de llorar. Y empecé a reírme. Porque de todas las cosas que podría haber dicho nada más salir de allí, había elegido el hecho de que yo fumara. Y se había

Las ventajas de ser invisible  
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