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4F • Jueves 25 de julio de 2013

ENFOQUE

COMPASIÓN: UN TEMA PASADO DE MODA Agencias México

Quizás lo que nos falta a los seres humanos hoy es un poco de compasión. ¿Es algo que hemos dejado de sentir debido a tanta tragedia que a diario escuchamos? ¿Nos hemos acostumbrado? ¿Nos hemos hecho insensibles? ¿Cómo hablar de la compasión? Es un tema pasado de moda y cursi. A nadie le interesa. Nuestro enfoque está en otras direcciones, “mejor escribe sobre cualquier otro tema más taquillero”, me dice una voz dentro de mí. Sin embargo, recuerdo una definición que me encantó, dada en alguna clase por mi querido amigo y maestro Germán Dehesa, de quien aprendí tanto: “compasión es hacer tuya la pasión de otro.” “Suena bien, ¿no? Pero, ¿Por qué pocas veces la sentimos? ¿O la sentimos unas veces sí y otras no? A respecto, se realizó un experimento en el seminario de teología de la Universidad de Princeton, en el que se pidió a un grupo de alumnos que, a manera de ensayo, impartieran en otro edificio de campus una plática sobre la parábola del buen samaritano, la que narra la historia de un hombre que se detuvo en el camino para ayu-

dar al necesitado. Lo curioso es que al salir del edificio, cada uno de ellos pasó frente a un hombre doblado que claramente padecía un dolor agudo. ¿Alguno se paró a ayudarlo? No. ¿Les afecto? Tampoco. Ese es el predicamento en nuestras vidas, dice Daniel Goleman. Lo que sucede es que, al estar absortos, con prisa y con la atención puesta en varias cosas a la vez, no somos empáticos con el sufrimiento del otro. Por otro lado, me tranquiliza saber que una conocida rabino como Jackie Tabick predica que, en efecto, hay que tratar de entender la pena del otro y ayudarlo, pero hay límites. Hay que tener compasión de manera que podemos ayudar sin tomar toda la responsabilidad; entender nuestro nivel de energía, nuestra situación y encontrar el propio equilibrio sin sentir culpa. Sin embrago, hay que actuar, practicar la compasión en el día a día. Si te das cuenta, el sólo hecho de apagar la computadora, el celular y además dispositivos electrónico, para prestarles atención al otro, es una forma de empezar, de conectarnos. Por ejemplo, cuando conoces a una persona, ¿te has percatado de cuanto tiempo tardas en hacerle una pregunta que contenga la palabra “tu”? Si, un

simple “¿Tú cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo vas?” Te invito a que hagamos juntos un esfuerzo para conectarnos con los seres cercanos y evitemos que este tema de la compasión se vuelva tan pasado de moda que ya nadie se acuerde de él. “Solo cuando estoy dispuesto a ver con ojos de compasión al otro, podré tener compasión conmigo mismo.” MARIANNE WILLIAMSON ¿ERES “NOMOFÓBICO”? Al salir de una complicada operación de la columna vertebral, los camilleros la cargaron con todo cuidado para pasarlo de la camilla a su cama. Su cuerpo todavía no tocaba las sábanas, cuando Joaquín, con voz pegajosa producto de las tres horas de anestesia, pronunció la siguiente frase: “¿Me pasas mi celular?”; como pudo lo encendió y empezó a girar la bolita de su Blackberry. Para Joaquín cuatro horas fueron una tortura, no por los riesgos ni los trastornos que la operación implicó, sino porque estuvo alejado del mundo, de internet, de las noticias, de su trabajo, de sus mails, de los mensajes de texto, de twitter y demás dependencias provocadas por el gadget indispensable de hoy: el celular.

Este cuadro que presencié es evidencia de uno de los síntomas que delatan a una aflicción peculiar de siglo XXI denomina “nomofobia”, padecida por más de cincuenta por ciento de los usuarios de telefonía celular de acuerdo con los estudios, la mayoría son hombres. Nomofobia es el miedo a quedarse sin contacto vía celular. El termino se debe a un anglicismo que abrevia: “No-mobile pone phobia”, acuñado durante un estudio solicitado por la UK Post Office y realizado por YouGov, una base de investigación británica, para determinar los tipos de ansiedad que padece los usuarios del pequeño aparato. El estudio se realizo en el Reino Unido y si bien se interrogó a más de 2,100 personas, los expertos concluyeron que el trastorno lo padecen más de 13 millones de ingleses; y por lo que se puede observar en nuestro acontecer diario, ha tomado los niveles de una pandemia mundial. Sin importar en qué país nos encontremos, basta observar cómo hombres y mujeres, de todas edades y nivel socioeconómico, chocan o se tropiezan en la calle por caminar distraídos y atrapados en su celular. Ya sea en el dentista, a punto llegar al altar o en medio del mar, las personas estamos con el aparato pegado a la oreja. No podemos salir de casa sin antes palparnos los bolsillos del pantalón, revisar el cinturón a la bolsa, la mochila el portafolios para asegurarnos de traerlo. En el restaurante, antes de abrir el menú, colocamos al rey de la tecnología portátil en el centro de la mesa, donde compartiría su dominio con otros. En el momento en que el avión toca tierra se escucha una sinfonía producía por los celulares al encenderse. Y para muchos resulta indispensable colocarlo en la mesita de noche, por

si acaso. Causas que desatan la nomofobia • La poca pila y la imposibilidad de recargarla. • Una señal que diga: “No celulares.” • Poca intensidad de la señal, marcada en pantalla por las barras. • Estar en una zona con mala cobertura o sin ella. • Perder u olvidar el celular. • Pensar en la posibilidad de perder el celular. • La descompostura del celular. • Cuando te lo roban o piensas que te pueden robar. • Cualquier situación que impidan usar el celular como una misa, una clase, un concierto o un momento con la pareja. • Pensar que te quedarás sin alarma para despertar. • Darte cuenta de que ignoras todos los números de teléfono de tus contactos, incluso el tuyo. Los síntomas • Sentir un nudo en el estómago. • Sensaciones de estar perdiéndose de algo, de estar desconectado del mundo. • Ansiedad y pánico. • Inquietud en general, decaimiento y depresión. •Miedo a estar solo. Hay quienes afirman que quedarse sin celular les parece una pesadilla, “debo ser nomofòbico,” dicen; sin embargo, con todo esto me pregunto cómo vivíamos hace diez años cuando no contábamos con este maravilloso servicio; cómo hacíamos para saber dónde se encontraban nuestros hijos y para contactar a los clientes. Si, nadie lo duda, lo que había que reflexionar es esa frase cada vez más escuchada: “Nos conectamos más con las personas lejanas que con las cercanas.” Por lo que de una cosa estoy segura: antes de calidad de comunicación con las personas cercanas era mejor. La clave para estirar el tiem-

po es estar más profundamente en el presente. LAS REDES SOCIALES: UN ASUNTO DE EGOS Las personas pasan un promedio de 2.27 horas promedio en las redes sociales (según un estudio de la revista Newsweek). A este incesante deseo de estar en línea, los científicos le llaman “conciencia del ambiente”. ¡Y es un síndrome contagioso! Pero además, es un asunto de egos. ¿Asunto de egos? Sí, porque entre más seguidores tienes, ya sea en Facebook, Twitter, Linkedin, y demás, mejor te sientes por cierto, mi Twitter es @gaby_vargas (hablando de egos). Y también tienes el poder de dar unfollow (deja de seguir) a quien por alguna razón no te convence. Ah, como no queremos que eso nos lo haga a nosotros, posteamos (subimos) frases, ponemos links a contenidos de calidad, chistes, notas periodísticas y reflexiones que atraigan a los demás para provocar que los quieran reenviar a otros, y así aumentamos el número de nuestros seguidores. Sin embargo, el tema va más allá de esto. El hecho de que las personas en general pasemos más de cinco horas al día conectados a la red, a cualquier sitio, con alguien allá afuera y por la razón que sea, representa casi el cincuenta por ciento de nuestro tiempo útil del día. Esto modifica por completo la forma en que nos relacionamos aquí y ahora con nuestros seres queridos, con el tiempo que dedicamos a la lectura o a convivir con los amigos. ¿Significa eso que estamos conectados? “Es la pantalla la que nos da la impresión de compañía permanente, de que no hay soledad.” FEDERICO REYES HEROLES

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