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Pregón de Semana Santa San José de la Vega

Pregonera Encarna Recio Blanco

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24 Marzo 2012


Muy buenas noches a todos: Constituye para mi un honor ser la pregonera de vuestro querido pueblo San José de la Vega, y supone para mi humilde persona una gran responsabilidad, así como también una gran satisfacción. Quiero agradecer en primer lugar la confianza que ha depositado en mí la Junta de procesiones del Santísimo Cristo de la Agonía, así como a su presidente Don Santos Tortosa; a su Vicepresidente Don Cristóbal Arce, al Secretario David Carrillo y a su tesorera Maria José Martínez. Mi agradecimiento también a Don Gil José Sáez párroco de San José de la Vega que con tanto amor, esmero y dedicación ha trabajado para preparar vuestra Semana Santa. Y muchas gracias también a todas las personas que esta noche nos acompañan.

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En el año 2006 también tuve el honor de ser la pregonera de Beniaján mi querido pueblo, por tanto serlo por dos veces, creo que es una gran oportunidad, ya que no todos los dias tenemos el inmenso privilegio de ejercer de mensajeros.


Un pregonero no tiene porque ser una persona especial, basta con que sea un ser de buena voluntad: y eso me tranquilizó a la hora de aceptar vuestra invitación. Y aquí me tienen ustedes con esa voluntad hecha madera de un Cristo que fue crucificado en una cruz. Y con el caudal de mi emoción a cuestas, trataré de exponer mis sentimientos y el sentir doloroso y profundo al rememorar la pasión del Hijo de Dios hecho hombre.

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“…Desde hace dos mil años cuando ya la Cuaresma se va extinguiendo, y la primavera empieza a florecer, cuando el azahar perfuma nuestra huerta, cuando el rosal empieza a retoñar y el sol comienza a bordar la poseía en las terrazas. Cuando todo en una explosión de luz y color: los aires, los aromas, los sonidos… es entonces cuando se mezclan con el dolor y la pasión; con la vida y la muerte porque llega la Semana Santa y revivimos el tremendo drama del hijo de Dios”.

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Que les puedo decir que ya no hayan dicho los antiguos y grandes pregoneros que me precedieron y que han pasado por esta iglesia; como por ejemplo el que proclamó mi gran amigo Juan Tomás Frutos, en su grandioso pregón del año 2006 que decía: “... Nadie como los poetas experimentamos la tragedia, el drama, el dolor, la incomprensión en nuestras propias carnes…”. Y puedo asegurarles que estaba en lo cierto. En definitiva lo que hoy todos queremos es compartir la pasión de un hombre que dió su vida por la humanidad, por todos nosotros, para redimirnos de nuestras culpas.


¡Semana de dolor, pero también en la Esperanza de la Resurrección! La historia de Jesús fue dolorosa desde su nacimiento en un pobre pesebre, para darnos ejemplo de humildad, con un único mandamiento: el amor. Siete fueron las últimas palabras que Jesús pronunció en la cruz, recordemos ésta noche los últimos y trágicos momentos que padeció por todos nosotros. ¡Padre perdónalos porque no saben lo que hacen! fue su primera palabra. Cuando levantaron a Jesús clavado en la cruz empezaron a humillarle y un clamor de blasfemias e insultos se mezclaban con las risotadas de los fariseos. Cuando Él podía haber abierto la Tierra en aquellos momentos y no lo hizo. En aquel instante nos enseñó la necesidad imperiosa de perdonar incluso a nuestros enemigos.

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Cuantas veces los rencores saturan los corazones de tantas personas egoístas y carentes de generosidad: entre amigos, familiares, padres y hermanos que no tienen la capacidad del perdón.


La segunda palabra que Jesús pronunció a los ladrones que estaban a su lado también crucificados y que uno de ellos le gritó: ¡Si eres Hijo de Dios baja de la cruz! ¡Sálvate y sálvanos también a nosotros! Jesús dirigiéndole una suave mirada llena de misericordia hacia aquel desgraciado le dijo: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Desde la cruz ya nos estaba diciendo que nos tiene un paraíso reservado, aunque nosotros con nuestras acciones tan faltas de caridad, para con nuestros hermanos, lo estamos crucificando cada día. Creemos que nuestras cruces en la tierra son más pesadas que la suya, por los avatares que cada día tenemos que soportar y le suplicamos que no podemos cargar con el peso de tantos sufrimientos. Mirando su cara es cuando tenemos que comprender que la que portamos nosotros en esta tierra, es más liviana que la que Él cargó hasta el Monte Calvario.

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María había visto como desnudaban a su divino Hijo sintiendo en sus carnes virginales el tremendo dolor. No la dejaron acercarse ni a su cuerpo. Me pregunto: ¿Cómo seria la última mirada de Jesús a su Madre?

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¡Mujer ahí tienes a tu hijo! ¡Hijo ahí tienes a tu madre! Era su tercera palabra.


“Al pie de la cruz María siente el dolor en sus carnes. Mirando al Cielo que llora… gotas de sangre”. ¡Qué madre cuando su hijo está enfermo no lo estrecha con fuerza entre sus brazos! ¿Y a que madre cuando su hijo muere pueden arrebatarla de su abrazo? ¡Virgen Dolorosa! Se refleja el sufrimiento en tu cara inmaculada. Al ver a tu hijo que muere con las espinas clavadas. Ni un beso pudiste darle para aliviarle sus llagas. Lágrimas de perlas finas por tus mejillas resbalan.

Cerca de la hora nona sobre las tres de la tarde, Jesús pronunció la cuarta palabra desde lo alto de la cruz:

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“¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Porqué me has abandonado?


Cuantas veces en nuestra vida hemos sentido un dolor y mirando al cielo hemos preguntando lo mismo que Él dijo a su padre. ¡Padre mío! ¡Padre mío! ¿Porqué me has abandonado? Cuando la enfermedad aparece de improviso en nuestras vidas; cuando un ser querido nos deja para siempre; cuando hay familias que padecen la desventura sin tener ni lo necesario para vivir, sobreviviendo sobre esta tierra con la cruz del desamparo. Levantamos nuestros ojos al Cielo y le hacemos la misma pregunta: ¡Padre mío! ¡Padre mío! ¿Porqué me has abandonado? Sin darnos cuenta que Jesús nunca nos abandona, de ninguna de las maneras, porque siempre nos abre las puertas para que entre por ella el halo de la Esperanza. Los renglones que creemos torcidos de Dios vienen precedidos siempre en línea recta, que tal vez antes no veíamos.

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Ni a los pájaros les falta un pequeño charco de agua para calmar su sed, ni a la pradera su gota de rocío; en cambio al Salvador del mundo le negaron un vaso de agua para calmar su sed.

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¡Tengo sed! Fue su quinta palabra. Y calmaron su sed con agua y vinagre.


Se acercaba el desenlace supremo. ¡Todo se ha consumado! ¡Todo está cumplido! Era su sexta palabra, acatando así la voluntad de su Padre, con el mismo sufrimiento de un ser humano. ¡Señor! en tus manos encomiendo mi espíritu. Fue su séptima y última palabra. Cuando Jesús estaba agonizando mirando hacia los cielos exclamó: ¡Te entrego mi alma Padre mío! Y expiró. Y fue entonces extraño, retumbaba la tierra, la tormenta clamaba, lloraban las estrellas. Jesús murió por todos nosotros. Es preciso tener un corazón muy duro o muy amortiguada la fe para no conmoverse profundamente al ver a Jesús crucificado y los dolores que Él padeció por nosotros en la cruz.

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El Salvador de todas las miserias. El Rey donde los más humildes compartieron su mesa.

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Un hombre que fuè tratado de una manera cruel humillante.


El amigo que siempre tiene sus manos tendidas ayudarnos.

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El fiel compañero de nuestro viaje en una tierra donde todo parece estar en el aire. Un aire enrarecido y contaminado por las guerras, el hambre, la incomprensión y las injusticias. Una tierra donde hoy en día se siguen ensalzando a los ladrones, a los traficantes, a los asesinos, a los cobardes y a los que paradójicamente, se les salva de cualquier castigo. Jesús de Nazaret por Semana Santa vuelve a recorrer las calles con la cruz a cuestas, con sus ojos de sueño y dolor entreabiertos. Con la túnica morada del desconsuelo, con su sueño de estrellas y de luceros abriendo los senderos de la pena y el dolor.

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A todos por igual : a los que viven a la vuelta de la esquina, a los que no tienen techo, a los que no tienen trabajo, y a esos seres tirados por las aceras por culpa de los corazones egoístas, que no saben de Tu existencia Señor. Fantasmas de países desangrados que nunca asisten a la gran fiesta de la humanidad, pero que también son hijos de tu pasión, de tu palabra que sólo habla de de paz, amor y justicia.

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Jesús el Nazareno… otra vez viene a vernos.


¿Pero donde está Señor esa justicia que esperan los que mueren cada día? ¿Los marginados de una sociedad perversa? Parece que se nos ha olvidado el mensaje que Jesús vino a darnos. Cuando Él protegió a los débiles, a los necesitados y a todos aquellos que por una causa o por otra necesitaban el abrazo amoroso del consuelo. Cuando la soledad se queda a vivir en la cuneta; cuando los pies descalzos y llagados buscan el refugio de la solidaridad; cuando la noche abre las puertas de la sin razón… ¡Es cuando más te necesitamos! Por nuestras calles y por estas fechas asoman los penitentes con cirios y túnicas moradas, con el único propósito de acompañar el duelo. De acercarnos a su pasión tan cruel. Y al mirar sus ojos en el dolor prendido y al verlo abrazado al vil madero, muchas preguntas afloran a mi mente.

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Pusieron en su frente de luz inmaculada las espinas, cargó con el peso del madero.

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¿Porqué Señor siempre te culpamos de nuestras desgracias? Viendo tu preciosa sangre derramada es cuando encuentro las respuestas.


Y en la noche de estruendo y de agonía, tuvo la generosidad de decir a su Padre que nos perdonara. ¡Perdónalos Padre! porque no saben lo que hacen. Me asombra ver que en muchos lugares aún siguen vitoreando a Barrabás, mercadeando con los seres indefensos; izando las banderas del egoísmo; flagelando los principios fundamentales a los que todo ser humano tiene derecho, y así día a día, vamos conociendo más de cerca la cara de la muerte. Pero cuando los puños robustos de los poderosos apalean a los indefensos, es cuando tenemos que hacer su palabra social. Y como dice S. Pablo la verdad nos hará libres. Hay que romper las barreras para poder caminar. ¡Señor! Ayúdanos a tener la fe viva. ¡Apártanos a tantos judas de nuestros caminos! Sicarios de pistolas ennegrecidas por el odio y el rencor, visitantes de la muerte que aparecen sin tu permiso. Entonces es, cuando más te necesitamos.

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Vida y muerte lucharon en singular batalla. Murió el que es la vida y triunfante se levanta.

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Pero al tercer día… amanece la Gloria.


Maria Magdalena acompañada de otras mujeres caminaba hacia el sepulcro en la mañana y ¡Oh! Milagro…la sepultura estaba abierta. Jesús había resucitado. Jesús ha vencido a la muerte. La visión del sepulcro vacío con las vendas por tierra y al anuncio del Ángel que explica lo que ha sucedido. La muerte no tuvo la última palabra, Jesús había resucitado tal y como lo anunció. Con su Resurrección ilumina nuestra existencia y llena de esperanza nuestra vida, todos nosotros somos testigos y eso significa que debemos entregarnos por entero a servir y a venerar a Cristo vivo, y presente en todos nuestros hermanos. Significa no pasar de largo ante las necesidades y problemas que nos rodean, así como darles solución en la medida de nuestras posibilidades; brindando alegría, gratitud y ternura a todos aquellos que nos encontremos en nuestro camino.

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Aunque la vida nos duela nunca es demasiado tarde para recomenzar.

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Que su Resurrección nos sirva para ser más solidarios con aquel que nos necesita, consolar al triste, acompañar al enfermo y darnos cada día, que es en definitiva el mensaje que Él vino a darnos.


¡Semana Santa! Dias de dolor y de fe, de recogimiento, de mirarnos por dentro y comprender que cuando un hombre porta en su corazón la fe nunca está solo. “Las almas que sin ver en Él confían… son bienaventuradas” Podremos cambiar las letras, las palabras las formas, pero siempre será la misma historia: de la pasión, muerte y Resurrección del Mesías, cuya consumación cambió el rumbo de la historia. ¡Señor! por tu inmenso poder hoy más que nunca, quisiera demandar en éste humilde pregón la Paz.

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Paz para todos. Vivos y muertos. Para las naciones. Para la tierra Y el Universo.


Si algo de lo expresado no ha sido acertado para ustedes, de cualquier manera y del juicio que ustedes hayan hecho de mis palabras, les diré que todas ellas son parte de mi corazón y de mi alma. Esperamos impacientes Señor el día en que podamos mirarnos en tus ojos y saborear el infinito amor que a todos nos tienes reservado; y comprobar entonces que la muerte de Tú Hijo no ha sido en vano.

¡Aquí tienes Cristo Resucitado nuestras manos tendidas hacia Ti! Demandando Tú perdón por el ultraje y nuestras ansias de saber… que fuimos perdonados.

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Encarna Recio Blanco 24 -03-2011

Pregón de Semana Santa 2012 San José de la Vega  

Pregón de Semana Santa San José de la Vega

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