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MARIO CASTELLS Nació en Rosario, de padres paraguayos, en 1975. Forma parte del Centro de Estudios de América Latina Contemporánea de la Universidad Nacional de Rosario. Publicó el ensayo Rafael Barrett, el humanismo libertario en el Paraguay de la era liberal (en colaboración con Carlos Castells, 2010), el poemario Fiscal de sangre (firmado con el heterónimo Juan Ignacio Cabrera, 2011) y la crónica Trópico de Villa Diego (2014). Poemas suyos fueron incluídos en la antología Lenguaje. Poesía en idiomas indígenas americanos (2015). El mosto y la queresa fue una de las obras ganadoras del Concurso Provincial de Literatura “Ciudad de Rosario” 2012 (género nouvelle); esta es su segunda edición.


El mosto y la queresa


CASTELLS, MARIO El mosto y la queresa. 2a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2016. 112 p. ; 20x11 cm. ISBN 978-987-1912-53-7 1. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título CDD A863

Municipalidad de Rosario Secretaría de Cultura y Educación Primera edición: 2012 Segunda edición: 2016 © Mario Castells

© Editorial Municipal de Rosario Planetario Luis C. Carballo, Parque Urquiza (S2000BMF) Rosario, Santa Fe, Argentina. emr@rosario.gov.ar www.emr-rosario.gob.ar Diseño: Alonso Corrección: Giuliana Lanza Edición de 500 ejemplares Interior: papel boockcel 80 gr Tapa: cartulina 200 gr Títulos: tipografía Asap Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 Reservados todos los derechos ISBN 978-987-1912-53-7 CUIT 30-99900315-6 Impreso en la Argentina


El mosto y la queresa Mario Castells


Dedicado a Celeste Riveros, mi mamá; a mis tíos de la rama materna, los más grandes fabuladores que he conocido; a Carla, mi compañera, y a Carlos, mi hermano querido. Dedicado al Ñeembucú, el largo derramadero de agua.


Ours is essentially a tragic age, so we refuse to take it tragically. D. H. Lawrence

Allรก en aquel valle sembrado de azucena Emiliano R. Fernรกndez


1. La siesta era grácil, tibia entre los caminitos de la loma. Emigdio Rivarola caminaba entre los espartillos, rumbeando hacia el estero, llevando del cabestro un hermoso caballo criollo. Ejemplar tordillo con manchitas color maní desparramadas sobre la cara y el cuello, tenía largas crines, grupa ancha y pecho fornido, aunque era de mediana alzada. Pero lo más destacado, para mí, no era su porte sino que llevaba en la nalga izquierda, como otra mancha heráldica, la marca del propietario: ƸƦ. Lo que bien podían ser sus iniciales, eran para todo aquel que no tuviera mirada de niño en los ojos —yo no dejaba de contemplar a mi hermano con admiración— la conocida marca de Evaristo Rivero, el hacendado más fuerte de la zona. Emigdio gustaba de hablar y elucubrar solo; nunca dejaba que lo acompañe, siempre me insistía en que volviera a casa y a veces hasta me lanzaba 11


unos bodocazos con su hondita, pero yo lo seguía ocultándome entre los pajonales y el javorái. Más relajado, volvía a cantar o a hablar solo, riéndose de sus picardías. Tenía en mente conquistar a la hija de don Alejandro Irala, su Reinita. De cómo lo logró, trata en parte esta historia. Recuerdo que silbaba una polca muy animada que después, con los años, reconocí como “1° de Marzo”, de versos emilianore. Cruzó bajo las torres de alta tensión y se metió en la picada del Piraguasu- kósta, mientras que, oculto entre los espartillos altos, mi perspectiva se diversificaba por el juego de sombras y luces de la picada, por el efluvio de los nacientes de agua cristalina que bajaban hacia el estero. Avancé tras él con el sigilo de un yaguareté que prepara una emboscada, hasta que recibí el topetazo de la resolana y la luz cegadora del agua del Paso Guapo’y. La imagen del recuerdo se me ha congelado en el plano cenital del estero. Como estampido, sonó una zambullida. Desnudo, con el agua hasta las pantorrillas, Emigdio bañaba a su caballo y, luego de enjabonarlo y refregarlo con un cepillo, lo iba enjuagando con el agua que le arrojaba con una jarra de aluminio. ¡Oooh, porãcho! le decía, desenredándole las crines y acariciándole el lomo. Así, cansinamente, silbando y cantando, estuvo un rato largo. Luego de terminar, apoyó los labios junto a la oreja del animal y le dijo: Epyta ko’ápe, chera’ýto. Aháta 12


ajahu ha upéi jaha jeýtama rógape. Lo que en karaiñe’e equivale a: Esperame aquí, amiguito. Me voy a bañar y luego vamos nuevamente a casa. Emigdio corrió hasta que no pudo más y se deslizó ruidosamente por la galería de agua que rodeaban los embalsados de pirí. Ya en el canal, tomó aire y se zambulló profundamente. Al cabo de unos segundos emergió nuevamente. Para mayor seguridad y descanso, se acomodó junto a un travesaño del puentecito de madera que usan los parroquianos para cruzar a pie a la otra orilla. Sujeto de la tabla viscosa, rio y pegó un par de sapukáis alegres. Pensaba en su artimaña para la función y se hallaba demasiado. Yo aproveché para bajar la lomita y acercarme al caballo que comía mansamente el pastito tierno de la ribera. Luego de un silencio, escuché el ruido del chapoteo de un cuerpo en el agua. Alertado por otro estampido de zambullida, Emigdio había contemplado los nidos de yacaré. Se sobresaltó por demasía de vicio. Sabemos lo temibles que son los jakare kuru, se ponen muy celosas de sus huevos de cocodrilitos. Apurado, se sumergió y deslizó por el cauce como un lobito de río, emergiendo ya casi en la orilla. El tordillo lo contemplaba apacible, yo mucho menos. Él tosía agua. Antes que el coscorrón me cerrara los ojos para apretar llanto, pillé que a su boca le faltaba algo, no solo el aire. Había perdido el paladar.

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2. La pasión había prendido en él como de un tallo de rosa, luego de una cuadrera muy accidentada en la que el padre de su Reinita, mentado carreristo, se había tomado mal con un muchachito de Castillo Kue. La carrera, en la que había grandes depositadas, se realizó en las cercanías del templo de Potrero Esteche y ante la atenta mirada de miles de vecinos y visitantes, hombres y mujeres que montaban hermosos caballos enjaezados. Luego de varios intentos en que no se llegó a dar “rompida”, los ánimos estaban muy enervados. Se bebía mucha caña y se sucedían uno tras otro los tumultos que eran incontrolables para la pequeña partida policial compuesta de unos pocos agentes y varios tahachis mal alimentados, armados de viejos mosquetones de la guerra del Chaco. Empero, hasta ahí la trifulca no pasaba de insultos, guéi kaka, tóngo jepete y algún que otro guachazo mimbi. Cada pintado que se iba al suelo exaltaba a la concurrencia y prorrumpían los gritos, los vítores y las burlas. ¡Piiii puuu! ¡Nuestro júbilo! decía el finado Juan de Dios Benítez antes de meterle un trago de siete ñemoko al blankiju. Pero entonces, refulgieron los ojos de los caballos en la tarde. Un bochinche topetó contra la familia de Irala que estaba en ronda debajo de un inga mata e hizo caer a Ña Pabla, la mujer. En la bravata del viejo, que saltó furioso como un ñakanina, su treinta como 14


un toro candil abrió cancha entre los mitarusu. ¡¿Peñorairose piko, arriero hy’eguyre partida?! vociferaba con su 38 Emí en la mano y encaraba hacia los cachorros belicosos que estaban en cercanías. Cada vez que esta frase aparece en el corro familiar no puedo parar de reír. Debo aceptar que la he usado con amigos y enemigos, indiscriminadamente. Ty’eguyre es la parte del cuero de la panza que de tan fino es inútil para tiento o cualquier otra aplicación. ¡¿Quieren pelear, partida de inútiles?! convidaba el viejo. ¡Qué eficacia poética la del jopara y hay quien cree que es un habla vulgar e inculta! En fin, cundió el silencio y la dispersión. Un muchachón moreno, alto y desgarbado, aunque de rasgos simpáticos y con el cabello pajoso recortado a lo “cadete”, le dijo a su primo en voz no muy alta pero sí lo suficiente para descomprimir la situación con un chascarrillo: A la final, koa ko tuja’i oremuña vai paite. Maemína amo Taní Ovelar, ypaka’áicha odispara. (Este viejo, al final nos está echando de muy mala manera. Mirá allá, Taní Ovelar está corriendo como un ypaka’a.) ¿Qué estás diciendo vos, infeliz? retrucó el viejo, encarando fanfarrón hacia donde se encontraba este muchacho, de apellido Rondán. El joven retrocedió un poco y no atinó a alzar su revólver, lo que envalentonó a Irala tuja, pero como valla, el hermano del chistoso, apretó fuerte 15


su “herrumbre overo” y le echó puntería. Quédese donde está, viejo zafado, le dijo en un castellano con cierta entonación kurepi. Emigdio, que bebía del convite de los amigos, sintió el escalofrío del peligro en la piel. Al lado de Irala se sumaron varios parientes que sacaron sus armas; lo mismo, del lado de los hermanos Rondán: parientes y vecinos sacaron pistolas y revólveres. El gentío acorralado entre dos posibles líneas de fuego entró a rajar para los flancos y solamente las mujeres del concierto familiar de los bochincheros gritaban como macacos. En esa situación fue que Emigdio vio a su Reinita por primera vez, abrazada a su madre, diciéndole que atajara a su padre que se estaba jugando la vida. El peligro, no obstante, era superior al interés y mi hermano corrió a esconderse detrás de una empalizada de karanda’y que había quedado de una vieja fiesta patronal. Los tahachĩ se habían dispersado como apereás por el campo y solo el comisario Fretes trataba de calmar los ánimos. Sabía que cualquier cuete que explotara, causaba una desgracia y empezó con su prédica de juicio y paz. La amenaza empezó a escampar y se logró que se fuera alejando cada grupo sin vencedores ni vencidos; la hermana menor de Reinita, asmática, había sufrido un ataque y fue llevada entre las demás mujeres hacia el costado de un carro viejo en el que había estado funcionando el expendio de caña blanca. La acostaron al lado de la enorme rueda y 16


le hicieron fricciones en el pecho. La chica recuperó el aliento con el fin de la disputa. Emigdio, más interesado que curioso, se hizo el comedido, le hizo sutiles piropos a su amada que, sonriendo tímidamente, apercibió su intención. Ahora él ya estaba esperanzado.

3. A su regreso del Paso Guapo’y, largó el tordillo en el piquete y entró desesperado en el cuarto de mamá. Afortunadamente, ella trajinaba en sus quehaceres, cocinando un guisito de charque, fideos y porotos. El ruido de los patos marruecos era ensordecedor a esa hora de la tarde en que se apresta a bajar el sol. Yo me quedé en la hamaca, bajo la mata de mango, pasándome la mano por el chichón que todavía ardía en mi cabeza. Allí vi cuando Emigdio salió de la pieza. Había hurgado entre los baúles y hallado una vieja dentadura de mamá que, al probar en su boca, le quedaba chica. En un ataque de tozudez, se puso a raspar la prótesis en una piedra lija hasta que logró hacerla encajar entre sus dientes. Ahí recién su rostro ganó un poco en sosiego. Pilló luego que los dientes incisivos, los que eran de la prótesis, no quedaban bien fijos a los naturales y cuando hablaba se destrababan, cayendo hacia la lengua, molestando el ejercicio del habla. 17


La noche siguiente tenía que encontrarse con su Reinita en la función karape que se hacía, como todos los años, en casa de don Kicho Vera, compañía de Potrero Pindurã. No podía faltar a esa cita ni hacer el ridículo. Empezó a practicar cómo lucir los dientes, sujetándolos con la lengua al sonreír y hablando bajo sin abrir tanto la boca. Luego intentó cantar; lo hizo con recato y eso favoreció la idea de que había solucionado el inconveniente. Esa noche, Emigdio comió su habitual platillo de guiso y en la sobremesa, aprovechando el alejamiento de mi hermana, le pidió a mamá un préstamo de plata. Para demostración nomás, dijo. Le decía demostración al hecho de ufanarse; solía usar una camisa blanca casi transparente y poner su dinero en el bolsillo, un billete grande a la vista capitaneando un montón de vuelto sonsera debajo. Mi hermana Chiní, que había perdido varios vestidos en los amoríos de Emigdio, se ponía fastidiosa cada vez que esto pasaba y lo tentaba muy duramente. No hacía mucho había llevado de regalo a una de sus chika’i un par de quesos de mamá. Desde entonces le decía: ¡arriero jegusta kesu! (arriero que corteja a cambio de queso), y Emigdio se ofuscaba como un tonto, dándole el gusto. Esa noche, antes de escuchar la cantilena de plagueos con que se desataba cuando no conseguía lo que quería, mamá le dio el poco dinerito que tenía de la venta de un cordero a unos obreros del 18


ANDE y le instó a cuidar su platita. La cantilena que prefería utilizar mi hermano siempre rondaba en torno a lo mismo: Yo, acá, cuidando a una vieja y mis hermanos, ¡haciendo plata en la Argentina! ¡Qué injusticia, mi Dios! Chiní se argelaba demasiado. Emigdio no trabajaba en la chacra ni atendía los animales. Era un vago farrista. ¡Solo pedía! Diversión nomás era lo que le gustaba; invitar a sus cuates con caña. Mamá sabía que su hijo estaba esperanzado de una chica que no era de su misma condición y se quebrantaba en silencio, pero esa noche le preguntó: ¿Para qué, mi hijo, prestaste de tu padrino ese caballo? Si nosotros tenemos, no nos falta caballo. Está ese alazán malacara de tu hermano Roque, tan lindo. ¡Podés usar ese! Lo estoy amansando bien nomás para el pariente, mamita. La respuesta no satisfizo a mamá pero optó por dejarla pasar.

4. En una oportunidad mi hermano supo festejar a una chica de apellido Garcete, generación de estirpe violenta, famosa por abigeatos y hechos de sangre. Esta chica, Lidubina era su nombre, cau19


tivó a Emigdio casi como Reinita. Si bien no tuvo que pasar muchos sobresaltos ni engañar al padre presentándose como un muchacho de condición pudiente, la situación se le puso difícil cuando entró en trato con los hermanos. Lilú era una victoria regia, flor adecuada a un fangal como es el Potrero Po’i. Problemático el acceso a las poblaciones por falta de caminos, las familias que viven en parajes como estos son renuentes a la sociabilidad pueblera, crían una mentalidad muy cerrada. Como decía, esta chica era realmente bella y hasta angelical en su comportamiento. No dejaba de ser parte de esa comunidad y mostrar sus mismos valores, acuerdos y excomuniones. Pero su belleza era una epifanía si la ubicamos dentro del contorno de la zona. Tenía un rostro delicado y tierno; la sonrisa fácil le dibujaba hoyuelos mágicos a ambos lados de la boca, en el centro mismo de sus cachetes; sus ojos grandes eran de un color entre gris, marrón y verdoso; su cabellera castaña con tonalidades de miel clara, caía estrepitosamente lacia hasta promediar la espalda; su cuello largo era un paraje obligado para hospedar los besos —estoy traduciendo el relato de mi hermano—, al igual que el pecho esbelto de tortolita, con tetas armónicas e insinuantes. Bello trazado desde la cabeza a los pies, su cintura estrecha invitaba al abrazo y las caderas firmes y voluptuosas arrancaban menciones hasta de los muchachos más prudentes. 20


Al principio de su cortejo, sin embargo, halló dificultades que irían aumentando con el tiempo. Visitarla le llevaba varias horas de caballo, sin contar la hazaña de tener que cruzar en cachiveo un paso muy profundo donde el animal debía nadar un largo trecho. Aun así, lo más complicado comenzó, como ya dije, al tratar con sus cuñados, que de la mala aceptación primeriza cambiaron a boicotear el noviazgo cuando se enteraron que nuestra familia era de larga tradición colorada. De argelerías sin gracia como: ¡Liberales toman cerveza y colorados, queresa! que le gritaron en una fiesta en Isla Sola, pasaron a una amenaza más rotunda —siempre manteniendo el tono de broma—, cuando el hermano menor, ante la atenta mirada de la familia, le puso un revólver en el estómago y, haciendo girar el tanque del arma sin gatillar, le dijo: ¡Me vendieron un 44 falluto, cherovaja! Él, por su parte, ya tenía apalabrada a la chica para que saliera de noche junto a él, por lo que no se dejó intimidar. A la postre, al tanto quizás de los yacarés, esos encuentros sexuales clandestinos que Emigdio publicitaba con exagerado énfasis, sus cuñados le raparon la cola del caballo para vender su cerda y hasta pusieron una trampa para que se cayera, la que evitó por desconfiado, cambiando de camino. Pero esa es otra historia. Cerca de la navidad de aquel año 79, Emigdio ya había decidido que iba a dejar a Lidubina. No obstante, quería gozarla una vez más y decidió espe21


rar el año nuevo para darle su retiro. La chica, en verdad, más que cierta carga de ordinariez en los gestos y falta de afeites, no tenía faltas graves. Pero ya había decidido que la dejaría y la excusa sería un chisme gua’u. Por lo pronto, había quedado en visitarla en noche buena y el año nuevo lo pasarían juntos en Cerrito, que en esas fechas tiene su función patronal. Ha antes de que orrebosa mejor retirarme a tiempo…

El 24 de diciembre, Emigdio partió a mediodía, bien temprano. Le dijo a mamá que pasaría a visitar al tío Kelí y después iría para lo de su chica y así mismo trazó su viaje. El tío Kelí era un hombre de visión; tenía heladeras, televisor; hacía andar a querosene las primeras y a batería el segundo. Su boliche era siempre el más concurrido de la región. También tenía un par de mesas de pool y billar. En casa del tío aprovechó para tomar un tereré helado y el viejo, que era mentado tallador, le comentó provocativamente un chisme de su enamorada. Al parecer había un primo de Lilú que era el promotor del boicot. ¡Sombrero ka’a nimbora’e! Ese es el que te mete cuernos. Ese es tu socio, Emigdio, se jactaba Kelí. Siempre la mujer es peligrosa, pariente. Emigdio digirió en silencio el naco de indignación, apaciguado por la frescura del tereré con 22


typycha koratũ, y luego de un rato siguió camino hacia Potrero Po’i. Voy a llegar medio temprano, entonces, chetio, le dijo. Capaz que ahí pille algo. Y sí, pue, respondió el viejo. Vaya por un camino distinto, no por donde siempre llega. Ahí capaz que va a encontrar algo. Antes que el sol tiñera de blanco el paisaje y echara su manto de tiniebla sobre los bosques y albardones lejanos, Emigdio entró a los cenizales. El sombrero de fieltro bien alón con caída magnificaba su metro ochenta y seis de estatura que ahorquetado sobre el caballo le daba la impresión de ser mayor. Usaba una camisa de Grafa color caqui, jeans americanos que le enviaba de regalo mi hermana Elvira que vivía en Buenos Aires, cinturón ancho con cartuchera para revólver con un 38 Éibar España que había heredado de papá. Emigdio lucía ese treinta como si fuera su santo abogado y aunque en un tiempo había sido una gran arma, ahora los años y el maltrato lo habían vuelto falluto. El problema que tenía era que solo servía para matar víboras, pues si se disparaba a media altura, ni qué decir hacia arriba, el espolón quedaba corto, no llegaba a golpear el casquillo de la bala, por lo que no reventaba el proyectil. Para abajo, sin embargo, se iba bien. Pensando vyresas, llegó a la vecindad. Flores amarillas, rosadas y blancas esparcían tonalidades entre pastos y espartillos. Sobre las quietas aguas de los charcos, flotaban los cedazos y nenúfares. 23


Haciendo caso de Kelí, dio un rodeo por entre unas plantaciones de rama. Un par de zigzags lo desatinaron un poco y queriendo volver al camino real, encontró a su chica. Estaba arrodillada detrás de unos setos bajos, frente a un ykua; limpiaba platos enlozados, cubiertos y cuchillos, utilizando la blanca arena y el tosco jabón negro de la fábrica Pilar. En esa tarea estaba cuando él se le acercó. Ella, como si estuviera citada en el lugar, le dijo: Hola, mi amor. Mas, al instante, su rostro se transformó, quedando muda. ¿Cómo apareciste por acá? Emigdio ya no quería saber nada. No sé cómo. La suerte me trajo, dijo con voz entrecortada y se acercó a ella como un animal en celo. Ella, presta, ni apeló al burdo recurso de la negativa. A un par de pasos, como alfombra, el césped inglés les sirvió de lecho. Sin el manto de oscuridad ni la prisa del miedo, hicieron el amor como nunca antes. Emigdio descubrió entonces la belleza que enciende en un cuerpo desnudo la luz del sol, los matices del rubor y los pliegues de magnificencia que testimonia el deseo en la epifanía de un calofrío a 40° de calor a la sombra. Mas, ni bien eyaculó, su anhelo se desvaneció por completo. Habían estado cogiendo pocos minutos pero Lidubina ya estaba preocupada por su tardanza. Sin dejar de besarlo, la explicó detalladamente. Había armado una treta para que él apareciera por 24


el camino de la lomita; mientras tanto se quedaría allí y aparecería más tarde. Emigdio, al verla tan segura y hábil en la perfidia, creyó más los chismes de Kelí y se puso hosco y callado. El deseo se había esfumado por completo. Ojalá no te haya visto nadie, le dijo ella al despedirlo. Convinieron eso y Emigdio salió en su caballo a buscar el camino real. Ya no tenía ninguna gana de pasar la noche buena en casa de “esos indios”, como les decía, hasta el caballo estaba tentado de volver hacia el valle. Pero, siguiendo el pacto, cruzó un pasito y tranqueó por el camino real hasta llegar a la casa de su novia. Salieron a recibirlo sus cuñados y suegros. Joviales como siempre, sus gestos auguraban una noche densa de bromas pesadas. Las mujeres ocuparon la mesa con sopa y chipá, asado de oveja y mandioca hervida y fueron colocando los servicios y cubiertos. Un cajón de Pilsen atado por una piola que colgaba del travesaño del aljibe se enfriaba en el agua helada del fondo del pozo y otros, más cerca o más lejos del brocal, esperaban también su turno. Desde la tarde, una luna redonda y luminosa presumía su belleza en el cielo diáfano. La intensa claridad se derramaba sobre los campos y esteros en un movimiento de muchas lucecitas que, titilantes sobre las aguas como las luminarias de Tañarandy, hacían que la luz del farol a querosene solo sirviera para congregar a una tropa de insectos de todos los carimbos. 25


Por suerte, la brisa suave y fresca que levantó al atardecer se había llevado los mosquitos, ñetís y demás alimañas. Esto favoreció la degustación de los platillos que con tanto esmero había preparado Ña Gabina, y con ello la conversación se volvió amena. Pero los cuñados, imposibles de dañinos, empezaron a chuparse una tras otra las botellas de Pilsen y contaban estúpidos chistes de Kachíke. Lilú vino a sentarse junto a él. Su vestido celeste con volados no lograba afearla en nada y sin embargo ya estaba decidido. Su rostro y su trato habían cambiado, lo cual era de entender, puesto que estaban en una situación protocolar. Emigdio comió hasta llenarse y luego, retirándose lejos de la ponzoña de los cuñados, se puso a conversar con el padre. Cerca de las 12 se retiraron hacia el patio de la casa, donde en una mesa más chica juntaban las botellas vacías y hacían humo con sus puchos. De pronto, empezaron a reventar los plomazos de distintos calibres en la vecindad. Escuchen a Ka’i Anastacio. ¿Ha upéva ningo ndahaéi Karai Rey? Sí, señor, ese es Ka’i Reynaldo. Reconocían a cada vecino por el sonido de su arma. Dialogando con estas, los Garcete descargaron su seguidilla de balazos. Emigdio, por su parte, ya tenía ganas de que terminase todo aquel sununu. Upéva ningo ndahaéi Ka’i Melitón fusil koli, preguntó Lilú. ¡Hataitei okapu! (¿Ese no es acaso 26


el fusil corto de don Melitón? ¡Demasiado fuerte dispara!) ¿Y vos cómo reconocés el disparo? preguntó Emigdio. Es que cada ave se distingue por su canto, dijo la madre. ¿Vos no tenés tu herrumbre, acaso? lo interpeló de repente Lilú. No me gusta disparar de balde, le respondió él. No seas pijotero. ¿Qué tanto vas mezquinar tu bala? Metele sí, le conminó, que está por nacer el Niño Jesús. Consciente de la limitación de su arma, Emigdio se hizo el tonto. Sacó el 38 y apuntó por debajo de la mesa hacia donde no se hallaba nadie y en dirección al suelo. Dálena, pya’ékena, ¡las 12 potáma! Emigdio hizo fuego con su revólver cuatro veces, levantando una polvareda alta como de zapateo. Piiii puuu, gritaban los carachas mientras Lilú, que había quedado a su lado, callada, vio cómo, de pronto, los reviros de plomo le habían hecho sangrar las piernas.

5. Emigdio fue acomodando sobre el lomo del tordillo las prendas del apero: bajeras, jergas y caro27


nas, basto, pechera y rabincho, las cinchas, los cojinillos teñidos con anilina de color naranja y el sobrepuesto. Vestido al estilo de los hacendados misioneros, se calzó, antes de salir, sus preciosas botas “Coquito”, un estreno para la ocasión, así como también el sombrero comprado en San Ignacio. Liado al cuello un delicado pañuelo negro, mi hermano aromaba el aire con su perfume importado. ¡Oh, cheruvichã! le dijo Chiní al verlo subir al pititi. Él ni respondió, apenas si mostró el rebenque a su caballo y este salió al trote, caminando chusquito. Vadeó el esterito y subió al arenal de la ruta acompañado por una nube de mosquitos que se levantaba de los cañadones adyacentes. Al llegar al cruce Cerrito-Laureles arrancó un galope parejito por el tramo de lodo compactado de Ñeembucumí y pronto llegó a Potrero Pindurã. En las cercanías del templo y ante la atenta mirada de los vecinos y visitantes, los componentes de distintas caballerías demostraban la destreza de sus jamelgos. Mas arribando al lugar, vio en el atrio de la iglesia a un grupo de chicas que repartían licor dulce y caramelo a los feligreses. Una de ellas era su amada, a la que saludó desde su montado con un leve gesto. Hacia un costado, las criaturas jugaban diversos juegos típicos: carrera vosã, locho. Ella contestó el saludo con una sonrisa preciosa y Emigdio siguió el paso hasta la casa de Leocricio Vera, donde se haría la función y en 28


donde ya sonaba la música. Inquieto, ni bien bajó del caballo, después de entregar sus calchas y su arma al dueño de casa, fue a pedir una raya de whisky a la cantina para aplomarse y no dejarse empujar por el deseo. El escenario se había armado debajo de una enramada de jazmines de lluvia. Acodado en la cantina, Emigdio se puso a mirar los aprestos para el inicio de la actuación. El equipo electrógeno hacía un ruido molesto allí donde estaba, por lo que se trasladó hacia el patio, esa limpiada cercada por tacuaras que servían además de palenques, y desde allí continuó bicheando el armado y puesta en marcha de la fiesta. Enseguida empezaron a sonar por los bafles las polcas de moda y las familias empezaron a poblar la pista. Entre cambio y cambio de cassettes, amenizando la fiesta, subió al escenario el conductor, don Trífilo Espinoza. Pasen y vean las cómodas y amplias instalaciones de la pista “Vy’a Raity”. En instantes nomás dará inicio la velada (y Trífilo teniendo que descifrar una letra diminuta) el grupo “Los Tragadores del Sur” con el cordión de Lucio Figueredo… y cantando a voces, el dúo Juan Robledo. Ndojapúi, legalmente. No miente ni un poquito, verdaderos Tragadores del Sur son esos tipos, se reía a su lado el profesor Ortiz, comentando con su dama los furcios de don Trífilo. ¡Dúo Juan Robledo, dúo solista!... ¡son formales, los perros! Y como acto central de la noche, directamente 29


de Asunción, luego de su regreso triunfal de Buenos Aires… Ni sus parientes les conocen. … el dúo Barrios-Velázquez. Fastidioso con los preparativos y con la risa del profesorcito, un señor pegó el grito discorde: ¡Música, compañero, o retiro a mi familia! y entonces retornaron los cassettes. Chéko siempre rohayhu jepevéro chekambia…

Emigdio acabó su raya de whisky y entró a impacientarse por la tardanza de Reina. Ella apareció tarde; venía con su padre, su madre y su hermana menor seguida del pretendiente. La vio entrar con un vestido de luna que le encandilaba la figura. Entonces todo lo demás dejó de tener importancia; su atención fue usurpada por completo. El rostro jovial y tierno de Reina se congració al saludar a la parentela; sus manos se ponían en forma de triángulo pidiendo bendición y él no podía dejar de adorarla. Su pollera blanca que caía hasta un poco debajo de las rodillas y sus pantorrillas blancas, realzadas por el porte de sus zapatos de taco alto con hebillas plateadas, le agregaban loor a sus pronunciadas curvas. En un momento, ella notó su estupefacción y le sonrió. Empujado por la concurrencia que entraba a abarrotar la pista, se corrió otra vez hacia la cantina y vio que su padre y toda 30


la familia iban a alquilar una mesa y varias sillas para cenar. Queremos pedirles, dijo Trífilo Espinoza, que hagan el favor de no arrojar ni perder el boleto de la entrada porque en breve estaremos rifando varios premios sorpresa entre la concurrencia. También anunciamos que hacia la final coronaremos a la Reina de la Noche. La intensidad de la función fue madurando con Los Trovadores del Sur después de que los habituales alcahuetes de la subseccional hicieran tocar la “Polca número 1” y la infaltable “General Stroessner”. El dúo de los hermanos Juan y Emilio Robledo continuó la velada con un repertorio de viejos éxitos del folklore. La pista se pobló de parejas, enamorados, esperanzados y pretendientes. No había discordias y el pelotón de policía que resguardaba la fiesta se mantenía más atento a la música que al control. Aunque no faltaban borrachos, no los había impertinentes ni cargosos. Emigdio con otro vaso de “Monje” se replanteaba cómo llegar hasta la mesa de los Irala e invitarla a bailar. Flojeaba ya por demás, pensando sonseras, cuando vio que el candidato de su hermana y un amigo las invitaban a salir a la pista. Reinita salió a bailar y fue el límite del quebranto. Por suerte, tan solo fueron dos piezas. Ella agradeció al muchacho y volvió a su mesa. Entonces él le dio su whisky a Juan de Dios que se ganaba tragos contando chistes, y se acercó a la mesa, saludando con un 31


“buenas noches”. Pidió permiso al padre de familia e invitó a Reina que, con un sí apenas audible, le tendió la mano y salió a la pista de baile con el inicio de los compases de la polca “Ñasaindy Poty”. Pyhare reju chekéra amoirũvo kunu’u apytépe…

Sin perder el decoro, Emigdio acercó su cuerpo al de ella y sujetándole la cintura con el antebrazo mantuvo el ritmo y la distancia. Quizás por miedo a tener una gran erección, quizás porque no se adentraban hacia el centro de la ronda de baile, donde se encubrían los amantes más fogosos, y permanecían a la vista de la madre, guardando la distancia convenida. El quebranto de casi haberla perdido en manos de otro galán le abrió a mi kapéto el ingenio y el castellano. Hace tiempo, señorita, que tengo un deseo que manifestarle, le dijo. Desde el día que la vi, siento el corazón exaltado por un amor como el que siento por usted. Aunque no me encuentre digno de su belleza, creo que no habrá mejor partido en el mundo que un corazón puro y enaltecido para el amor como es el mío. Pues de seguro que como yo ningún otro le va a querer. Porque el cariño que siento por usted, señorita, no es letra escrita en el agua. ¡Omongetaaaa hína! La clave de la retórica de Emigdio estaba sobre todo en la lectura de un viejo libro de cartas amorosas, de tan bastarda fama en el Ñeembucú y todo el Paraguay, aunque al variar 32


el fundamento tomó por recurso las poesías de Emiliano R. Fernández. Siendo además que en nuestro país no se pondera la cursilería ni causa risa, el acto de mi hermano habrá sido, me imagino, de una postulación y seguridad inaudita, digna del poeta de las selvas y los valles guaraníes. Solemne y gracioso pero efectivo, al gusto de chicas enclaustradas en pesadas tareas domésticas y con el imaginario amoroso aguzado por largas horas de radioteatros, serenatas y novelitas rosas. Embelesada por las palabras de Emigdio, Reina Irala se sintió como una flor lánguida entre sus brazos y no pudo resistir que la introdujera un poco hacia el epicentro de la ronda ni que su boca de perro besara su boca de pimpollo. Sin defensa, como ebria, era como uno de aquellos jazmines blancos que, a punto de despojar sus pétalos, manifestaba mejor los trazos de su belleza. Perfección cercana a la muerte que las chicas campesinas rozagantes y de generosos cuerpos imitaban de modelos demodés como las heroínas tísicas de la belle époque, la Dama de las Camelias o las descalificadas mujeres de los mamotretos de Vargas Vila. En tales infructuosas búsquedas, a veces, especialmente las más coquetas y pudientes, ponían todo su empeño. El maquillaje blanco debía combatir con soles y resolanas poderosas y para ayudar más a empalidecer la piel, algunas no dudaban en comer salteado. Unos minutos de pasión y nuestro gaucho sintió que su chica tenía un desvanecimiento… Aunque 33


no había perdido el conocimiento, estaba muy frágil y mareada. Ella le pidió que se quedaran a un lado de la pista pero ocultos de la vista de su familia, para no preocuparlos. Apenas pudo verse más repuesta, le pidió que la acompañara hasta su mesa. ¿Y qué me responde, mi Reinita? Mi padre es una persona muy rigurosa y debo consultar su parecer para que me deje festejar con usted. Voy a pedir permiso para que me visite, si quiere. Él asintió y la guio hasta su mesa. Más tarde la vuelvo a invitar, le dijo al oído. Hágame un gesto si se siente mejor. Sí, claro, mi amor, respondió ella. La felicidad le retumbaba ahora en el ego. Había algo mucho más dulce que vanidad brotando en su sonrisa; una energía vivaz le recorría el cuerpo, la misma que se apodera de todo enamorado cuando siente que ha alcanzado su cielo. Estuvo un rato largo mirándola con la satisfacción plena de verla a ella mirándolo también a él. Reina no tenía lengua ni oídos sino en sus ojos. Con miles de agujas saladas en la piel afiebrada, le respondía al deseo. Sentada entre sus familiares, con las piernas cruzadas, escrutaba ofreciendo entero su corazón. Obvia, lo miraba sin memoria, como una orilla inminente. Cuando él volvió a acercarse, lo hizo sin tantas cortesías. Ingresaba así al compromiso de noviar 34


sin solemnidades, desprevenidamente. Su padre ya estaba medio pícho rõ (tenía la verga olorosa de tanto orinar alcohol) y ni se dio cuenta pero sí su madre, que contempló indignada cómo el tenorio campañero se llevaba por segunda vez a la hija de sus entrañas hacia una ronda de baile que era un brete de arrieros y mujeres calientes. Reina y Emigdio fueron al fraseo del cuerpo con la misma ligereza que los arpegios de la polca kyre’ỹ. Besos fuertes en contrapunto y brazos prestos para ceñir la distancia del tiro entre un beso y un roce certeros. Ella, volviendo al tiempo del miedo, levantó las cejas y, sin dejar de besarlo, alejó su cuerpo tan solo un tiempo, el mínimo para decirle que su madre le inquiría volviese al recato de la mesa familiar. Emigdio volvió a besar sus labios fuertes y ella, contestando desde una cercanía de beso gordo, le echó sin percibirlo sus temblorosos dientes postizos, puesto que entraban en el giro de lo oscuro.

6. Dicen que pureó mucho luego. Reía feo en la oscuridad sin penar la falta de sus poderosos dientes incisivos. Sus acompañantes, una gran comitiva de kelembúchos ebrios y cansados, se fueron quedando en el trayecto, mientras él no paraba de ensoberbecerse por su conquista. No atinaba a 35


pensar que recién empezaban sus complicaciones. Mentir era una tontera pero armar una gran bola era otro cantar. Cuando el viejo Irala supiera que un soguécho, un zaparrastroso “pombero calcha” festejaba a su hija, no le dejaría visitarla más. Así, quizás por hartazgo, sus compañeros se fueron quedando en casas de parientes y amigos. Lo cierto es que nadie quería cruzar la picada Medina Kue, donde habían acribillado a López Díaz, famoso malevo de la zona, a esa hora. ¡Hípa nderevikua, chekapéto! ¡Cuide su culo, mi compañero! se burló Juandé antes de cruzar la tranquera y meterse campo adentro en dirección a la casa de su amigo Benito Mercado, más conocido en la zona como Benito Korasõ. En más de una vez se habían asustado mucho en esa picada y no quería pasar por lo mismo. Pero Emigdio, alentado por las ganas de llegar a casa para recordar a solas los besos de Reina, apuró su tordillo sin prestarle importancia al viejo rumor. Al fin y al cabo, más por lo que decía la gente, nunca había experimentado nada extraño en el cruce de la picada. Yo no soy una persona arruinada como vos… Yo soy un varón “jepode”, le gritó antes de rematar con un sapukái pendenciero. ¡Piii puuuu! En realidad ya le había entrado el miedo también. Ich, se quejó Juandé por su parte y en guaraní le recomendó: ¡Encomendate presto a San Antonio por no te encuentres con lasánima! El bello ñasaindy plateaba los campos con su 36


luz lechosa y la brisa suave refrescaba ya su cuerpo cansado. Antes de entrar a la picada, Emigdio desmontó para arreglar las calchas de su montado. Mecánicamente, sin pensar, tomó el cabestro y lo ató a unos setos bajos, al costado del camino. Acomodando las piezas de la montura y encinchándolas fuertemente, aparecieron en su pensamiento las viejas historias de espantos referidas a ese sitio y con ellas también un escalofrío en el espinazo, las leves descargas eléctricas que provoca el miedo. Renegando de ello, se ajustó el cinto, se caló bien el sombrero y subió otra vez al tordillo, espoleándolo apenas para cruzar la picada rápida pero tranquilamente. El caballo, apurado por la púa, se debatió entre el dolor, las ganas y la imposibilidad de moverse. Emigdio volvió a hincar las espuelas en sus verijas y nada resultó más que un intento frustrado del animal que relinchando alertó la presencia de una fuerza mayor, que le impedía moverse. Emigdio no pudo evitar que los cabellos se le erizaran. Como conjurando el miedo, se puso a rezar en silencio y, por casualidad, percibió entonces que la imposibilidad de mover el caballo estaba en su propia impericia. Entre las cinchas ajustadas, una rama de arbusto retenía irremediablemente al pobre animal. Se rio con una única carcajada pero se sabía sensible al temor, con lo cual decidió no postergar el viaje y cruzar la picada al galope, sin volver la mirada. El caballito, dócil y gracioso en el andar, ingresó 37


al lecho de tinieblas que se arremansaban en torno al monte ralo y el miedo de Emigdio se fue apaciguando. Al entrar se agachó todo lo que pudo para no chocar el follaje aunque, de igual modo, topó de frente con el ramaje bajo. Su sombrero firme y duro lo salvó del raspón. Continuó al trotecito y fue recuperando el tino. Plácidas volvían las sensaciones eróticas que había acuñado en el cuerpo durante el baile. Pero en la tentación del momento, la maldición de Orfeo se le presentó como un regalo inesperado; miró, no hacia atrás, sino hacia el flanco derecho y de reojo. Con la fuerza de un refusilo, vio que un aura blanca lo seguía. Volvió a enderezar la vista y sin permitirse pensar le hizo apretar el paso a su montado. Pero la tentación volvía y el aura blanca continuaba detrás de él, siguiéndole la estela del miedo como los mosquitos que identifican el aliento. Era una imagen blanca muy grande que se abalanzaba sobre él desde arriba y por atrás. Se sentía tan indefenso que cerró los ojos y dejó al tordillo galopar a matacaballo. Cuando reabrió los ojos, a los cien metros, sintió que esa presencia aún lo acechaba. El juicio se le nubló por completo. Rezaba torpemente todas las oraciones que recordaba. La sombra blanca, hecha de lechosa luz de luna y un tul de telarañas, se manifestó en su simpleza cuando a contraviento su sombrero cayó al suelo, mucho después de pasada la picada, cerca del cruce Cerrito-Laureles.

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7. Hacía 24 años que había nacido en San Antonio, Laureles, ayudado por la partera y maestra normal María de la Cruz Cabrera, su adorada tía, y nunca había pisado Pilar. Quizás sucedió así porque, antes, los caminos (luego vino la ingeniería militar de Yabebyry a estrechar las distancias) eran intransitables. Se dice que hasta Pilar se tardaba alrededor de cuatro o cinco días con sus noches en largas caravanas de carros tirados por bueyes. De tal modo, en su zona, la Argentina siempre estuvo más cerquita; nada más cruzar el Paraná se avizoraba otro panorama: las rutas asfaltadas acercaban a Corrientes como metrópolis, sus hospitales, mejores oportunidades de trabajo y estudio. Pero, como sabemos, el Paraguay es una porfía, y Emigdio, era porfiado de más. Con 15 años, había marchado a hacer el cuartel en San Juan de las Misiones, apurado de puro moro. En aquel tiempo no te servían ni un trago en la cantina ni te tenían por hombre, antes de tener tu baja. Así pues, con pocos años y ni sombra de vello facial, mi hermano fue al servicio militar obligatorio y, comisionado como escolta, en una oportunidad se subió a una avioneta rumbo a la capital, Asunción. Cuentan los “casos” que la descompostura de Emiyo, como le llamamos familiarmente, cuando el sacudón de la avioneta, tomada por una tormenta a la altura del lago Ypoá, le hizo devolver las butifarras que había 39


almorzado antes de salir; mientras que, al lado, una señora haciendo upa-lalá a su bebé de meses se reía y le ofrecía un bacín para que el recluta vomitara adentro. Otra vez Emiyo llegó a irse también a la Argentina. Pensaba ganarse una buena platita en la kochésa del algodón y partió hacia un pueblo chaqueño llamado Tres Isletas, donde un pariente lo había recomendado como cosechero a los colonos polacos para los que trabajaba. En aquellos tiempos, el Chaco argentino amontonaba a miles de braceros que luego seguían la hoja de ruta de las cosechas del norte. Pero, a según atestiguan las malas lenguas, en Pampa Vargas se enemistó jugando truco con una pareja de correntinos que le habían querido trampear y terminó hincándole varios jekutu con su lengua po’i a uno, tras lo cual tuvo que volver rapidito para el valle. Como enamorado y asiduo oyente de Radio ZP12 “Carlos Antonio López”, el programa “Tardes de Enamorados” que se emitía de lunes a viernes de 16 a 18 era su principal intermediario para mantenerse presente ante su amada. Por él, le mandaba versos (acrósticos en su mayoría) dedicándole canciones cursis. La radio en casa permanecía prendida durante todo el día. El radiograbador, un aparato marca Grundig que había dejado nuestro hermano Rodolfo cuando viniera a la fiesta patronal, era casi una reliquia para cada uno de nosotros. Le habíamos construido una antena alta con una tacuara y escuchábamos, de noche, radios de otros lugares 40


del mundo. Uno de mis entretenimientos de mita’i que más recuerdo fue la búsqueda en la onda corta de emisoras de radio extranjeras, pero eso de noche y cuando estábamos completamente solos, porque el comisario Fretes y el presidente de seccional, Don Celé Maciel, miraban con muy malos ojos a los que andaban por ahí buscando las noticias que los paraguayos enemigos del gobierno propalaban contra nosotros en el extranjero. De resultas, desde la mañana, mientras realizaba infatigablemente sus quehaceres, mamá escuchaba las polcas “de su tiempo”, como decía ella, y que nosotros reconocíamos como las que le recordaban a papá. Y así, mientras molía el maíz o el maní sancochado para el chuku’ílo, ella acompasaba su cuerpo, bailando con el recuerdo de mi padre, y al final metía un leve sapukái lleno de júbilo. ¡Era hermosa, la señora! Luego, desde el mediodía, cambiábamos el dial de la radio (mamá adoraba escuchar radio nacional o en todo caso la radio de Corrientes que pasaba los chamamés de Don Mario del Tránsito) y lo clavábamos en ZP12. Escuchábamos las noticias del programa “Tardes Campesinas”, una especie de radio so’o institucionalizado. Por ese medio sabíamos de las carreras que se harían, de quienes pedían a sus familiares les esperasen en la ruta con montados, del precio del algodón, de las convenciones del Partido Colorado, de los cumpleaños, los casorios y los entierros, de las novenas para los difuntos, de 41


los bailes sociales o las fiestas patronales con sus rezos, comilonas y bailongos. A cada rato sonaban las polcas tradicionales: “Colorado”, sobre todo, mucho menos, “18”, “Cerro”, “Olimpia” y la tan repetida “General Stroessner” que no parábamos de apreciar, especialmente esa parte que dice: “ha ñamuñamba umi ava tie’ŷme umi ndohaihuíva ku ñãne retã” que significa mucho más que “correremos a todos esos indios impertinentes que no quieren a nuestro país”; era una frase de gran contundencia viril, una frase mágica que nos encomendaba un despliegue de fuerza y patriotismo únicos. Cada vez que la cantaba quería ser parte de ese histórico escarmiento. ¿O qué se creían esos indios, que dejaríamos que fundieran nuestro amado Paraguay sin que lo defendiéramos como bravos paraguayos? Pero de repente nos espantábamos, cuando el locutor, dando un corte abrupto, decía: “¡Participación!”, y pasaba a contar de una muerte horrenda acaecida en un accidente o de un terrible homicidio. La radio se descompuso y Emigdio culpó a Chiní y a su poca atención a la hora de regar las plantas. La acusaba de haber echado agua sobre el aparato. Ella, aunque también disfrutaba de la música, vivía pichada con nuestro hermano porque no colaboraba en la chacra. Aceptó que podría haber sido ella, solo para enojarlo más. Pero mi hermano se sobrepuso al fastidio y la desazón y pasó a barajar la idea de llevar el radiograbador a Pilar para que 42


no lo tecniqueasen los akanẽ de Cerrito. ¡¿Para qué Pilar?! ¡Eso es carísimo, mamá! ¿Por qué piko no se le lleva a Bernabé nomás? ¿Qué va a arreglar ese negro pescador? le gritó Emigdio a Chiní. Pero mi hermano ganó fácilmente esa polémica e hizo el viaje pretendido solventado por las finanzas de mamá. Se topó de entrada con una ciudad que era apenas algo más grande que los pueblos que conocía y eso le resultó auspicioso. Aunque Pilar no fuera más que un par de barrios dispersos con muchos rasgos de villorrio, notó que los vecinos se sentían muy superiores en el trato. Queriendo averiguar un servicio técnico, recibió algunos reproches sobradores por parte de unos vendedores que lo instaron a comprar un aparato nuevo. Marcada con el estigma de ciudad comercial, plagada de macateros y contrabandistas hormigas, los pilarenses advertían fácilmente cuando un forastero es campesino, un koygua. Emigdio pilló entonces que los tipos querían venderle sus cachivaches. Por lo pronto, se relajó y, haciéndose el estúpido, se puso a preguntar y regatear gua’u. ¡Vaya a potirse! le dijo al final de un acalorado contrapunto a uno de estos carachas de calle Takuary, andando desde entonces con un gesto ordinario y gracioso, como de borracho provocador, soplando botellas. Pilar tenía esas cosas que le resultaban agradables y comunes y hasta esa soberbia citadina que 43


no era sino la misma bola que practicaban los puebleros de la zona. Emigdio gustaba además de ciertos gestos simples: la gente se saludaba intercambiando el “adiós”. En muchos otros sitios eso ya se había perdido, como en Asunción o en la Argentina. El aspecto mismo de Pilar era lindo para sus propios criterios: el gran arenal de la Avenida Irala con árboles que dividían la calle en dos carriles. El barrio San Lorenzo que apenas empezaba a poblarse, igual que los aledaños a Villa Paso del otro lado del arroyo Ñeembucú. El Barrio Obrero no era un barrio tan nuevo pero tenía muchos salpicones baldíos. Crucecitas era poco más que un descampado. Solo estaban bien poblados Loma Clavel, San Antonio, General Díaz, 12 de Octubre y los barrios del centro. A él le gustaron mucho los paseos por la costa del río Paraguay, los balnearios sobre el Ñeembucú, los jardines de los arrabales y los grandes caserones del casco céntrico. Al llegar, se alojó en el hotel de enfrente a la terminal de Pilar, propiedad de Amada Ortiz, una señora oriunda de Potrero Esteche, y decidió que quedaría a esperar el arreglo de su radiograbador y que no se lo encomendaría a los guardas de la empresa de transporte, como se acostumbraba. Así pronto apareció en su cabeza la idea de ir a ver cómo era eso de la radiofonía. Había visto allí en la esquina de Irala y Alberdi la sede de la radio con su gran cartel y antena. Salió del hotel “Malian” con la idea aún no definida. Le resultaba difícil 44


vencer totalmente el miedo a la exposición, pero ¿qué puede temer tanto un hombre enamorado más que perder el amor de su amada? El corazón le empezó a latir aceleradamente; ya estaba decidido. Iba a intentar hablar, pedir que le dejaran enviar una dedicatoria especial a su Reinita y a continuación le pusieran un tema de Los Iracundos, muy acorde. Cruzó perpendicularmente la calle y llegó a la esquina de Alberdi. Se metió en el predio de la radio y una persona que se hallaba en el recibidor lo detuvo con la primera pregunta censora. ¿Qué necesita, señor? Quiero presenciar el programa, le dijo en un castellano muy seguro. Dejarle un presente al locutor. El hombre lo miró con detenimiento. Habrá calculado que se trataba de un joven destacado de la campaña. Cosas que suceden a veces, no le vedó la entrada, tampoco preguntó cuál era el programa que pretendía presenciar. Al contrario, le indicó la manera de llegar hasta la sala auditorio y le pidió que guardara el debido silencio y esperara la pausa publicitaria para entablar comunicación con el conductor. Lo cierto es que, debido a una reestructuración de la programación, el horario del programa “Tardes de Enamorados” había mudado de grilla y empezaría a emitirse solo los fines de semana. Ahora, el espacio estaba ocupado por el programa del abominable locutor Onofre Salinas. Emigdio llegó al hall y vio el estudio ocupado por un conjunto musical compuesto de arpista, acor45


deonista, contrabajista y un dúo de guitarreros. Era la orquesta del dúo Barrios-Velázquez, el mismo que había actuado en la fiesta tan primorosa en que había estrechado vínculo con su amada. Por entonces, los músicos redundaban en la afinación de los instrumentos, mientras detrás, recostado contra un sillón, el afamado locutor desplegaba su arenga y publicitaba entre risas y chistes internos la presentación de los artistas en distintas pistas de Pilar y el interior del Ñeembucú. De repente, sin embargo, la aguda explosión de los fuelles calló las risas y chascarrillos de Onofre y dio inicio al ritmo valseado “Querida”. Querida eres tú la reina de mi corazón…

Él sintió que la magia de la radio operaba ahora en su mente como el encanto definitivo que ejerce la noche en ojos desorientados. La pieza musical misma resumía ya la magia de un presagio. Su querida, como una estrella, era destinataria de una misiva. La reina (en realidad la letra decía dueña en vez de reina) de su corazón, estaría sin dudas oyendo la emisora. ¡¿Cómo desaprovechar la oportunidad?! Quizás con un poco de miedo y de placer, se aprestó a pasar al estudio pero justo terminó el tema y vio al locutor haciendo bulla, golpeando el plan de su mesa y chiflando, mientras otros arrimados aplaudían al conjunto. La voz aguardentosa de Onofre se tornó más kachi’ái y 46


empezó a nominar a los amigos que hacían posible la “aventura musical” (así la llamó) de estos afamados cantores populares en su gira departamental. Emigdio no pudo constatarlo pero hay quien dijo, de esos arrimados que eran muchos, que el locutor aplaudía contra la mesa pero, en vez de usar las palmas de las manos, lo hacía estampando su verga como garrote sobre la tabla del escritorio, lo cual prolongaba el ejercicio de risotadas ordinarias que colmaban la sala. Lo cierto es que al ver la cantidad de kuetinchos arracimados al locutor, y anticipándose a la “polca para enojar toros” que ya exhortaban los badulaques, Emigdio se coló entre la concurrencia, donde luego bregaría, ayudado por algún músico o por él mismo, para que Onofre saludara de su parte a su pueblo Laureles y a su adorada novia Reina Irala. Así pues, con esa disposición, se metió entre esas personas como un wing chuleando y en línea diagonal hacia el arco, cuando un hombre grandote y deslenguado le dijo: ¿Mamópa reho, hijo? Y tomándolo del hombro, le volvió a mostrar el camino a la puerta… Pero no, chénte ko… Emigdio intentaba articular la frase en un español severo y concreto, quería tramar sus argumentos como un discurso exhortativo, pero la mole arisca e imponente le volvía a señalar con una brusquedad nada histriónica el camino de la puerta. ¡Ndeee, Onofre, chamigo! vociferó y, ante el chistido exasperado del locutor, la expulsión se concretó en un llaveo de brazo que casi le 47


desprende el miembro derecho del hombro y la muñeca. El agente (supo luego que era un agente de apellido Escobar) lo escoltó el breve trecho hasta la vereda de calle Alberdi y lo soltó con un par de insultos vulgares referidos a su origen y la vulva de aquel ser mítico de la cultura guaraní. A la salida del edificio de ZP12 supo que había encontrado el límite a la provocación y que eso de andar por la ciudad soplando botellas con suerte terminaba con un fuerte dolor en las articulaciones del brazo y otras veces, menos afortunadas que esa, con un conteo de tejuruguái o tóro rembo sobre el lomo y varias noches en el calabozo de la alcaidía. Su tristeza era ahora física y le quedaban pocas cosas por hacer más que ir a dormir y esperar —con suerte— al día siguiente para ir a buscar su radiograbador y volverse al valle. Empero, se metió en el mercadito de la terminal y pidió una Pilsen. Allí dos parroquianos hablaban del quilombo de Pachín y el so’o viejo de una puta encarnacena y se les sumó al corro para preguntarles sobre el lugar. Como rúbrica para el ejercicio de sosiego viril, el cielo se encapotó totalmente y empezaron a retumbar pausada pero largamente las baterías de truenos preanunciando la lluvia. Emigdio siguió las instrucciones de los parroquianos, repartidores de bebidas, y se dirigió hacia el bolicho de Pachín, enclavado en el corazón del Barrio Obrero. De esa decisión, más que de la clausura de la ruta por tres días, debemos la pérdida 48


del radiograbador, la plata de mamá y la vuelta de Emigdio por sus propios medios y a pie desde Pilar hasta San Antonio. Agotado y desahuciado, con la cara interna de los muslos en carne viva, Emigdio articuló ahora exitosamente su trama de excusas. El radiograbador había quedado en la casa service de Pilar en espera de su retiro, un caso de robo del que fue víctima en la calle le quitó la posibilidad de hacerlo, y la poca solidaridad de la empresa de transporte que no había querido expenderle al fiado el pasaje lo había condenado a caminar los 100 kilómetros, con el resultado obvio que nos planteaban sus afligidas palabras. Paspado hasta el apellido, apenas podía caminar, hecho que mi hermana —y yo también— disfrutamos con algo de malicia, pero que mamá, exagerando, colmó con atenciones de todo tipo. A la media semana siguiente, recuperado de su malestar, la vecindad ya estaba enterada de varios sucesos de su estadía en la capital departamental. Fue así que varios días después, entrando en “Karai Octubre”, aquel boliche de tablas de perniciosa fama, Emigdio se encontró a todo el plantel de la casa tomando su habitual guarimi. La ronda se constituía con Benito Korasõ, Juandé, Ramón Galleta, Antonio Kirito, Víctor Chipa, Cho Kola y Pato revi, un mitarusu cuartelero de permiso. ¿Mba’eichapa péne ka’aru? ¿Qué dicen los amigos? saludó Emigdio con su habitual tonito 49


pureli de antes de chapucear. ¿Sabían ustedes de mi viaje por la capital departamental? preguntó. E’a… ¡Allí estuve, lékas! dijo casi a los gritos, urgiendo al bolichero para pagar una vuelta. ¿Conocen ustedes la ciudad de Pilar? Sí, señor, nuestra capital departamental, corroboró sin esperar respuesta. La verdad que me impactó, continuó monologando. ¡Cómo se ve su progreso! Se nota que el gobierno la está favoreciendo (se corría la bola que una novia de Stroessner era responsable de eso). Estuve en la radio ZP12… ¡¿conocen la radio “Carlos Antonio López”, no?! Solo por la voz de Miguel Ángel Rodríguez, eh… ¡¡¡Por el éter!!! Jajaja… Desde el vértice sur del Paraguay… (dijo esto remedando el vozarrón del locutor). ¡Qué puta, ese Miguel Ángel! Estuve con él. Formidable el tipo. Caminamos por calle 14 hasta la catedral. Me mostró la radio y luego fuimos a comer a un restorán. Todo asfaltado el camino. ¿Conocen el asfalto ustedes? ¿Vieron alguna vez una calle asfaltada, mis amigos de Dios? Ahí lo que querés podés encontrar. Una ciudad es ciudad porque tiene asfalto. Eso es vida en sociedad, ¡vida de alta quilática! Nosotros todavía somos como indios, compañeros. Viendo el encanto de Emigdio, los muchachos empezaron a molestarse. ¿Ajépa ndohejái ndéve, amo Pilárpe, nemoaguĩ la “mitrógeno” radiohápe? (¿Es cierto que allá en Pilar no te dejaron acercar al “mitrógeno” en la radio?) le preguntó intempestivamente Benito 50


Korasõ. El acento burlesco en la palabra “mitrógeno” en vez de micrófono, era decisivamente provocador. ¡¿Mba’e aña “mitrógeno”, arriero kelembu?! ¡¿Qué “mitrógeno” ni qué diablo, arriero plaga?! respondió Emigdio indignado por la chicana del borrachín, que ruborizándose, poniendo cada vez más roja su nariz de beodo, explotó en una carcajada. ¿Sabés lo que es “mitrógeno”? ¿Nde, Kirito, reikua’ápa nde mba’emotepa la “mitrógeno”? Naháni, chamigo. Mitrógeno es: ¡UNA PALABRA! ¡Nuestro júbilo! sentenció Juandé, haciendo como si alzara la fusta renunciando a pegarle más a su caballo, señalando que, con esa respuesta, el guaino Korasõ había ganado la carrera a Emigdio por excesiva ventaja.

8. La visita fue trabajada por Reinita con afán de apicultor. Primero fue destrabando el cerrojo de su madre que algo sabía de este muchacho pretendiente. La vieja, acostumbrada como estaba a argumentar y levantar chismes, adujo un lejano vínculo de parentesco con los Rivarola, lo cual era suficiente como para cerrarse herméticamente al 51


noviazgo, puesto que ¿quién era si permitía que su hija, negando su crianza de familia de bien, acorde a los mandamientos de Jesucristo, Nuestro Señor, se enredase con un pariente? Ella, por su parte, descubrió que los orígenes de ambos lados de la familia eran de otra región, más cercana a la zona de Guardia Cué y Yabebyry y no de la zona de San Antonio, Yataity e Isla Sola. También refutó con mucho cuidado los impedimentos de clase social. Emigdio era de una familia constituida con tierras y hacienda, le dijo, además de no ser borracho ni estar señalado como cuatrero ni de acometer pendencias. Pero casi quedó sin respuesta cuando la madre le confesó sus pretensiones de que se casara con un hombre de estudio. Sin saber cuánto de verdad había en la mentira, le dijo a su madre que Emigdio estaba por empezar a estudiar periodismo, que era verdaderamente el bichito que le había picado luego de ser desalojado de ZP12. Él hace rato, mamá, se graduó de bachiller. Y ciertamente Emigdio había estudiado en Cerrito; sus profesores, cuates de chupitéi, lo habían amparado y ayudado con las calificaciones, aunque no todos. Por ello adeudaba aún varias materias: castellano e historia, no recuerdo. Nada de esto sabía la señora ni tampoco su misma novia pero la bola sirvió para ganar tiempo y empezar la tarea de convencer entre ambas al viejo Irala. Así pasaron semanas en las que se encontraban clandestinamente por calles y almacenes de Laure52


les, como también en los alrededores de la iglesia. De a poco, la madre fue desistiendo de su porfía y prefirió ir cortando esos encuentros y las habladurías de la gente. En breve logró que Irala diera el permiso, con lo cual evitaban también otros riesgos como la fuga, recurso tan común por entonces para convencer a padres cerrados. Muchos arrieros pelados, avivados, se habían valido de ese ardid para conseguir matrimonios convenientes con chicas de familias pudientes. Se perdían un tiempo entre los potreros, deambulando por las casas de familiares pobres con sus novias ricas y, al ser encontrados por las partidas de familiares, tomaban el compromiso de casorio y sorteaban los inconvenientes del desprestigio o los balazos. Reina no pasaba de ser miembro de una familia de medianos propietarios, solo un poco más elevada que la de Emigdio, aunque la dote de ella se basaba más en su belleza y refinamiento, con lo cual se había impuesto entre los laureleños como codiciada prenda. La historia de Laureles se inició en el año 1790, cuando el Gobernador del Paraguay, coronel Joaquín de Álos y Bru, decidió la fundación de una población que estuviera bajo el control de la Congregación de San Francisco de Asís; los franciscanos, el 23 de enero del año 1791, construyeron el templo religioso en honor a la Virgen del Rosario, que sería desde entonces la santa patrona del pueblo. Y Laureles se desarrolló en torno a este 53


templo que, en su típica edificación franciscana, albergaba bellas imágenes religiosas y un hermoso altar de estilo jesuítico que probablemente haya pertenecido a alguna de las iglesias de las reducciones de la Orden de San Ignacio de Loyola. Mas la fisonomía toda de Laureles tenía un toque franciscano parecido al de los pueblos más antiguos del Paraguay. Aquel primer sábado de octubre a primera tarde, en vísperas de la fiesta patronal, Emigdio entró victorioso a la casa de la familia Irala y al viejo pueblo de potentados ganaderos. Espléndidamente vestido para la ocasión, bajó del montado y ató el cabestro al palenque de la acera. La casa estaba en el casco histórico, lugar tradicional del pueblo que conserva casi intacto su estilo de “plaza jere”, con construcciones coloniales dispuestas alrededor de la gran plaza central y la iglesia, y que poseen corredores pegados formando largas y hermosas recovas. Él percibió concretamente que esa llegada era un triunfo en varios sentidos además del sentimental. Al pisar el umbral de la vieja casona, los presentes se levantaron al mismo tiempo. Allí estaban Don Irala, el padre de familia, su señora Ña Pabla, su suegra, Reina y su hermana menor Francisca. ¡¡¡Buenas tardes!!! saludó con voz decidida, napoleónica. Buenas tardes, respondieron todos. Reina se allegó hasta él y lo saludó cariñosa54


mente, invitándolo a pasar. Su vestido blanco, largo y floreado reverberaba bajo el sol cayendo a plomo. Mediante un amplio gesto presentó a sus padres con su novio. La escena, entre solemne y ridícula, se desintegró en breve. Irala hizo un chiste para aflojar la tensión y lo invitó a sentarse y compartir el tereré. Prontamente se aflojaron y Reina fue a preparar el refrigerio. Antes había acercado una mesita cubierta con un mantel de aopo’i bordado con motivos florales en el que seguramente sería agasajado con tereré helado. La radio encendida estaba clavada en el dial de Radio Arapyzandú, de San Ignacio. Esta es mi casa, como ve, y mi familia, señor… Rivarola, apuntó Emigdio. Emigdio Rivarola ko cheréra completo. ¿De dónde es su familia? Sanantoniogua. Familia Rivarola… Mi madre es la viuda de Benjamín Rivarola. Hee… Conozco, dijo aunque parecía dudar. Allí Irala vio su montado y empezó a elogiar su porte. Reconoció la marca aunque no sabía quién era el dueño. ¿Ese caballo es suyo? Sí, señor. ¡Hermoso ejemplar! Me hace recordar uno que tuvimos cuando jóvenes con mi hermano Aparicio, el finado. Muy hermoso. ¿No quiere dejarlo en la sombra de nuestro patio? Sí, gracias. 55


Don Alejandro requirió a un secretario que tenía en la casa para los quehaceres domésticos que lo llevara para el patio, debajo de los mangos. Criar caballos es mi principal labor. No para correr. Digo, no solamente para correr, aunque tuve un parejero de buen andar pero me lo mató un kyryry’o, víbora de porquería. ¡Qué lástima! Sí, en verdad. El silencio placentero que se forjó luego inscribió en su ego el goce de un pequeño acierto. Le decía, estimado, dijo Irala volviendo al tema que los juntaba, que esta es mi familia. Usted sabe que para un padre de familia lo primordial es el respeto. De obtenerlo por mérito se encarga él y su compañera esposa. Cierto. Entonces quiero que sepa que de ese mismo respeto exigido a los demás, usted será desde ahora responsable. No es una imposición ni una amenaza, creo, decirle esto sino un aviso de amistad que rige para todo el tiempo. Por supuesto que sí, señor. Yo tengo mis delicadezas, mi estimado. Y una, la principal, es para con mi sangre. Así que le pongo al tanto de que las visitas las tendrá restringidas a ciertos días y horas, por lo común el fin de semana, los sábados a la tarde, y que esos encuentros para que los novios se conozcan se darán ante la mirada y el control de mi señora esposa. No nos gustaría 56


vernos enredados en habladurías ni calumnias y espero no tener que escucharlas. De ninguna manera, señor Irala. Reinita apareció con la jarra del tereré y se sentó en una silla contigua a la suya. Bueno, chamigo. ¡Un gusto! Y permiso. Las indicaciones del padre de Reina habían sido menos amenazantes que muchas otras que había tenido, por lo cual el ánimo un poco tímido, habitual en las primeras citas, se difuminó en el diálogo del tereré. Era su novia una chica instruida, de buena conversación, como dicen las personas de antes. Los padres no se alejaron mucho pero eso tampoco fue algo poco habitual para una primera cita. Emigdio trató de involucrar a Ña Pabla en el corro de la charla. Hablaron de sus pretensiones de estudio, de la proximidad de las fiestas patronales, de su mamá Ña Eugenia. Solo la hermana se mostraba evasiva, pero él entendió que ello se debía a una especie de desaprobación de muchacha kuli que aspiraba a un partido más alto que el de su hermana. Emigdio no le peló; al fin y al cabo, había logrado entrar a la casa de los Irala con relativa facilidad. Ahondar en el amor era ahora la consigna y no indagar aún los límites. Pero, iluso, los límites estaban señalados en sus mentiras y silencios y en el interés de progreso social que pretendían los padres de su chica. De modo que si bien, externamente, su intencionalidad apuntó el norte de intimar con la familia, Emigdio se ence57


rró íntimamente en el parloteo constante de los detalles dudosos. Hundiéndose en la lentitud del desinterés atento, bebió con su chica varias jarras de tereré. El padre volvió a aparecer en la ronda ya bien de tarde y le convidó un vasito de caña con miel y jata’i para tapar el refresco. Antes de salir de la casa, la vejiga le explotaba pero prefirió no acudir al baño ajeno. Una mala impresión se rubricaba siempre con una letrina asquerosa. Decidió mear por el camino. Los besos y la consecuente erección fortificaron su dolor, agregándole una innecesaria hinchazón de los testículos. Victoria pírrica, allá último. Pensar es insalubre, se dijo él. Minimiza siempre los logros.

9. De amar estudiaba todas las posibilidades. Había tenido suerte hasta entonces, como en los bolos de año nuevo en Cerrito. Emigdio repetidamente ganaba. Pero hasta en las victorias fáciles hay implicancias nocivas. La memoria del amor como una obstinación de anticuario es algo que mantuvo hasta sus últimos años y en ella yo descubrí mi vocación de espía. Por ella reinvento quizás una nueva vida, todos los días, menos ordinaria de la que he tenido. Y me percato también de cuánto me gusta creer en esa clase de mentiras cuando 58


con ellas voy desatando las diferencias. El brujo y su magia, me lo explicó un día Darío Castelví, un cuate. Eficacia simbólica, me dijo y esa frase me quedó para siempre en la cabeza. Redundar en la suerte es gastarla. Así gastó la suya. A días de la función, Emigdio congregó a viejos cantores y músicos amigos de los potreros de cercanías y fue a dar serenata a su amada. La orquesta no improvisaba para cantar ni tampoco para tomar y comer. Llegaron de noche al pueblo y cenaron un gallo ajeno en casa de Otoniel Ortiz, su pariente. Luego de guitarrear largo en casa de Oto, los músicos siguieron el camino delgado entre preanuncios de truenos. Llegaron frente a la fachada de la casa de Irala y se acomodaron en abanico. El arpista Rubito Barrios, Crispín López en acordeón a piano y las dos guitarras ejecutadas por los auténticos “tragadores”, el dúo Alipio Fernández y Toribio Ayala, arrancaron la serenata, alentados por Emigdio, que les sostenía la botella de “Gotas de Oro”. Seguros del éxito de su empresa, esperaron a que los dueños de casa los recibieran y agasajaran. En la primera pausa, luego de terminada la “Serenata chu’i”, empezaron las bromas en voz baja. Iniciando el segundo tema, nada, ni una luz, ni una voz. Lloraban y ladraban perros. De repente, cuando ya las bromas se hacían más pesadas y el humor de Emigdio más cerrado, un hombre exhortó a los muchachos se marcharan de inmediato. Entre incrédulos y enojados por la mala 59


manera de expresarse de aquel cristiano —Emigdio no reconoció su voz como la de Irala tuja—, los músicos se pusieron a tergiversar las letras de la música que entonaban. De pronto, una silueta humana se dibujó en la oscuridad, sacando medio cuerpo por la ventana y haciendo un par de disparos al aire. Era el mismo hombre pero no era Irala. En los muchachos ganó la dispersión. Cuando se volvieron a reagrupar, las risas no atenuaron la desazón de Emigdio. ¡¿Qué habría pasado?! se preguntó en voz alta. Está loco de remate ese tuja’i arruinado. Pero, ¿por qué se iba a ofender así? Le estaba llevando una serenata nomás. Parece que no le gusta la música, le dijeron. Vamos otra vez con Ortiz. Para otras culturas, la lechuza es un ave que simboliza el juicio, la razón. En tierras guaraníes, sin embargo, el chistido del suinda es un mal augurio. A los pocos días, la segunda visita de Emigdio se malogró entre el tronar de bombas y sonidos de bandita, tras las bambalinas de la fiesta patronal. Centenares de personas en clima de fiesta, vestidas de manera acorde, bebían, gritaban, bailaban. Si bien un gran contingente de policías resguardaba la festividad, estas patrullas trataban de permanecer desapercibidas para la concurrencia puesto que eran las preferidas de los kambara’angaes para descargar sus burlas obscenas. Los ganade60


ros más potentados y otros habituales vyrochuscos desenfundaban sus revólveres cada vez que sonaban los himnos partidarios y las loas al único líder y disparaban al cielo hasta descargar el total de los proyectiles del tambor. El mismo presidente de seccional los avalaba, con lo cual hasta los más carachas se sentían inmunes al fuego de la ley, como en día de San Juan. Ya se quemarían días después en el tatapy del cobro, cuando las partidas policiales fueran a sus hogares a demandar la cuenta de los balazos y otras faltas cometidas en la función. Aunque eso, desde ya, solo a los pobres diablos engreídos y a su debido tiempo. Emigdio llegó a media tarde, con el pleno del sol cayendo sobre el lomo de los jóvenes atletas que se desnudaban en los lindes de la plaza, preparándose para iniciar el partido final del torneo entre el equipo del pueblo y el de la compañía Costa Puku. Relajado sobre el caballo fue mirando y escuchando los entretelones del partido. Caballerías por todas partes daban más colorido de fiesta grande a la jornada. Por los pañuelos con que se paseaban algunas chicas, se notaba que no hacía mucho había terminado la corrida sortija. En la sombra, junto a la iglesia, aún quedaban feligreses de la misa de la mañana que dialogaban con un grupo de misioneros, diáconos y monjitas de origen extranjero. Una de ellas, una monja española, alertaba contra las malas costumbres de las fiestas paganas, que propician todo tipo de actos ajenos a la civilidad y al 61


comportamiento honorable. Miren si no qué desvergonzados esos muchachos, dijo, señalando a los futbolistas, todavía en paños menores. ¿Cómo les permiten desnudarse delante de mujeres y niños? Y encima enfrente de la iglesia. ¡Es un despropósito! Etcétera, etcétera… Vúrro rembo! gritó más fuerte Benito Korasõ, completamente borracho. Tembo ha plata yvyvy ijáramante ohechãuka. (La pija y el oro de entierro solo se muestran al que será su dueño.) El estallido de risas de la concurrencia marcó un relax en la incomodidad que sentían las autoridades por este señalamiento de impertinencia pública realizado por la monja extranjera. Al fin y al cabo eso era lo de menos, ya vería —si es que no lo había visto— a los varones de toda condición social y cultural orinando en cualquier parte y sin ningún pudor. Más allá de eso, aunque con rudimentarios conocimientos de guaraní, la monjita no pudo revelar el sentido pleno del refrán y quedó un poco pichada con las risotadas. La música no se detuvo ni un momento y mucho menos los cohetes y vivas al Partido Colorado, aunque sí los desnudos en el vestuario sin biombo ni cortaderas. Las chicas aparecieron de pronto cuando la improvisada cancha de la plaza congregó a todos los futbolistas de cada equipo y se convocaron también a las autoridades. Habló un profesorcillo con debilidades de orador latino, ponderando las virtudes bravías de los equipos contendores y 62


agradeciendo a las autoridades parroquiales y políticas por la fiesta. Allí, entre los “cierto”, bufonadas típicas de burladores plebeyos, Emigdio divisó a su chica. Elegante y hermosa como siempre, la rodeaban otras mujeres del entorno familiar. Sin apurarse mucho, queriendo ver la posibilidad de encontrarla en un espacio menos concurrido, fue lentamente encaminándose con su caballo hacia el otro lado de la plaza. Él se bajó delante de ella que estaba acompañada de la hermana y le cerró el paso cariñosamente, intentando capturar un beso. Hola, bella. ¿Acaso no me vas a saludar? ¡Ay, mi amor! No quieren ni que hable contigo. Hay problemas con papá, le dijo ella sobreactuando la escena. Me dijo que pilló tu mentira y que no quiere verte más por casa. ¡¿Qué sucedió?! Sí, alguien le mal informó de ti. Vamos, le dijo la hermana, tironeándola del brazo. Mamá está mirándonos. Sí… No sé qué decirte… hablemos más tarde. Voy a escaparme para conversar contigo. Una sombra se dibujó en sus ojos. Confirmaba a medias algo que suponía desde el incidente de la serenata. Subió nuevamente a su caballo y se apeó junto a las carpas donde se hallaban las cantinas, el expendio de bebidas. Casi sin voz, pidió una botella de Arí etiqueta negra y un vaso. Cantó un gallo de grito ronco y él recordó el caso de su tío 63


Juan Rivero que señalaba que ese canto se escuchó por vez primera en el monte Sinaí y que pone en aviso de los cierres laqueados de la suerte, el inicio del infortunio. Allí nomás, plagueándose en silencio como un enfermo, siguió dándole parejo a su aperitivo fuerte. Terminó el partido y arrancó la famosa serenata corrida con banda de música y baile a lo yma. Muchas chicas lindas pasaban frente a él, sonriéndole con gracia. Pero en su estado de ebria lucidez era poco afecto a actuar, mucho menos a bailar. Quería encontrar a Reina y aclarar el problema. La tarde se apagó como un pabilo de fósforo. Con la oscuridad y el bullicio, la noche fue secretando los excesos. En un cruce con un kambara’anga zafado, Emigdio se plantó retobado, con guacha y revólver, pero lo calmaron los parroquianos sin que el incidente llegara a mayores. El macaneo y la insistencia de la dueña de la carpa lo corrieron del lugar. Ahora todo el pueblo era una gran caballeriza y pista de baile. Deambulando sin rumbo y bebiendo a propia costa y de convite, su borrachera lo fue llevando a un interregno entre la somnolencia y el delirio. En un momento, intentó subir al campanario de la iglesia para tocar el viejo repique que le había enseñado Clemente Rivero, el gran cruzado católico de Puente’i. Pero para su suerte, Benito y Juandé acudieron en su auxilio. Unos policías querían arrestarlo; ya lo estaban por 64


reducir, pero ellos se comprometieron a llevarlo a su casa. Tenía la ropa sucia de haberse caído sobre bosta equina y el dinero en bollitos dispersado por distintos bolsillos. Ya su furor pendenciero había mermado. Se colgó de sus amigos y pidió a gritos ver a su chica. Alojados en la pensión “Ykua Laurel”, lo arrojaron entre jergas y vinchucas y le pidieron encarecidamente que durmiera. Recuperando en parte el tino, Emigdio pidió encontraran su tordillo para que pudiera irse. Ellos le instaron a que se quedara y le prometieron hacerse cargo de encontrar su caballo, lo cual cumplieron prontamente. El pobre animal vagaba desahuciado por la noche, pelado de montura y correajes. Benito lo llevó hasta el patio de la pensión y lo dejó junto al suyo mientras Juandé fue a mirar si no encontraba tiradas por ahí otras pertenencias de su amigo. Sabía que difícilmente encontraría algo pero indagó entre los puestos de feria y cantinas sin hallar cosa alguna. Al rato desistió, se reencontró con Benito y se fueron juntos a bichear el baile. Emigdio se despertó de madrugada bañado en sudor, marcado el rostro por las jergas de las monturas. El calor era insoportable y también la sordidez de sentirse impedido, sobrepasado por la borrachera. Un primer vómito pintó las paredes de la pieza, el segundo aterrizó en las calchas de Benito. Se irguió urgido, trastabilló y se chocó contra una puerta de madera lastimándose el labio. Salió al corredor interno de la casa, vislumbró en el 65


fondo del patio trasero, entre unas pocas matas de citrus, la ansiada letrina. Cacheteado por la brisa y la noche, fue hundiendo sus pasos en firme y en blando, en una especie de zanjita de agua turbia, maldiciendo y quejándose del dolor de vientre. Llegó al escusado y vio en el piso un simple orificio labrado entre troncos de palma estaqueados al nivel de la superficie del terreno. A un costado, un gancho de alambre servía para colgar el rollo de papel. En él Emiyo dejó su pantalón, pero no le sobró juicio para acordarse de quitar también el anatómico.

10. Encerrado en su habitación, salía poco y comía a contrahorario. Mamá, por supuesto, se inquietó en demasía. La desazón que embargaba a Emigdio era profunda. Se levantaba desganado, tomaba la escopeta y se iba a mariscar al monte sin hablar, comunicándose con nosotros a través de monosílabos. No salía a ningún lado, ni siquiera al boliche. Sus mismos amigos, talladores acérrimos, no lo molestaron; al contrario, vinieron a preguntar por él. Pero Emigdio no quiso atenderlos y se ocultó de ellos. Pocos días después, nos provocó una sorpresa mayor cuando, sin que nadie se lo impusiera, tomó la azada y el machete, marchó hasta las cha66


cras de la costa del manantial y se puso a carpir los invadidos surcos de maíz y rama que nosotros, por sobrepasados, no habíamos llegado a carpir. Agradecimos a San Antonio e hicimos muchas alusiones a la providencia pero mamita, tan abierta para los chistes sarcásticos, mantuvo la mirada entristecida, entendiendo que en ese penar de Emigdio caminaba una partida. Permaneció callado unos días pero una mañana volvió a ensillar su tordillo pititi y salió sin dirección. Regresó de tarde y sin caballo. Acercado por un camión de reparto, lo vimos bajar frente a la tranquera y venir con su camisa al lomo, silbando. A la noche, mientras mamá llenaba su servicio con un delicioso vori-vori, le comunicó que había pedido prestado dinero y se marchaba para la Argentina. Un cuate de Cerrito le había convidado ir juntos a trabajar a Mar del Plata, donde ya tenía su casa. Me voy con Milcíades López, mi amigo el hu’i, el negrito. Para el fin de semana me voy, mamita… Él se tiene que reintegrar al trabajo. Me voy con él nomás. Pero para qué mi hijo pediste prestada plata al pariente, si yo tengo. No te preocupes, mamá. El viejo me dio este dinero (lo mostró en el mismo instante) en pago por haberle amansado su caballo. Me dijo que me apreciaba de corazón como a un hijo y que agarrara el dinero si no quería enojarlo. 67


¿Y por qué no te vas a donde están tus hermanos? Tengo que hacer la mía, mamita. Y hacer la que me sirva. Sus miradas se cruzaron y ella reconoció el sentido de sus palabras. Luego, a la noche, mamá le dijo a mi hermana, que también se preocupaba por él aunque simulara no estarlo, que Emigdio estaba lastimado en su hombría, que temía que él estuviera amando a una mujer pérfida y coqueta. A la mañana siguiente, el sol lo encontró despierto, sosegado y risueño. Emigdio enyugó los bueyes y salió para la chacra; cuando volvió, hacia la media mañana, trayendo el carro repleto de mandioca y batata, nuestra sorpresa fue plena. Era la hora del tereré y al poco tiempo de soltar los bueyes, apareció por casa el negrito Milcíades. Chiní y yo les preparamos el tereré; ellos se sentaron en unos sillones de trama y conversaron mucho, recostándose contra las matas de mango. Tomaron un par de jarras y taparon el refrigerio con unas copitas de guaripola. Hablaron del viaje, de la ciudad y del trabajo pero no de mujeres ni cosa cuestión tie’ŷ. Antes de despedirse, su amigo le pasó una esquela. No la leí aunque sé qué dice. Y tampoco te puedo aconsejar qué hacer, amigo, le dijo. Entonces se trepó a su alazán y se despidió con una frase habitual pero cargada ya de un pesado sentido evangélico: ¡Que Dios te ilumine! 68


Querido Emigdio: Mi amor, he sabido ayer que por mi causa planeas irte a la Argentina. No lo hubiera creído de no ser que me lo ha dicho una preciada amiga que conoce a tu amigo Milcíades López. Gracias a ellos he sabido tu secreto. Estos días sin ti han sido para mí un quebranto mayor y más aún desde entonces. Me duele en el corazón que no hayas pensado que yo también sufro con nuestra separación. Estoy enojada contigo, no voy a negarlo, pero a la vez sé que eres tú mi única esperanza para salir de esta situación de zozobra en la que me encuentro. La situación es que me han comprometido con el hijo de un amigo de mi padre. Al parecer es alguien de quien él se siente muy agradecido y en deuda diría. Plutarco Toñanez, este señor, vino hace unas semanas a mi casa con su hijo. Son gente oriunda de San Ignacio, pero viven en la ciudad de Luque, en cercanías de Asunción. Desde un principio, como si fueran dueños de mi casa, su actitud fue muy confianzuda. No sabía yo cuál era la intención de este hombre ni mucho menos la de su hijo que, por otra parte, me dio la impresión de gustar más de salir de marisca o a beber caña que de cortejarme. En un momento hasta pensé que mi padre me había prometido a ese viudo desagradable y violento. En eso sucedió lo de la serenata. El que disparó fue Talco (marcante que deriva de Plutarco) aunque avalado y justificado por mi padre. Al día siguiente, papá me comunicó 69


que no permitía que continuara nuestro noviazgo porque eras un mentiroso que había faltado el respeto a su familia. No dijo más pero a la tarde, en la intimidad, me pasó a comunicar su deseo de que festejara con el hijo de su compadre y enfatizó que esperaba yo no me negara puesto que era el deseo sincero de un padre amoroso que nunca se había faltado conmigo. Sé que actúo con el alma y por eso tengo la certeza de que no me equivoco. Quizás hemos fallado en mentir a mis padres, por ingenuos creímos que existen atajos de los que se pueden valer los amantes puros como nosotros. Todos los buenos ejemplos niegan este procedimiento. Nunca los amantes pudieron ser felices sin pelear duramente para conseguir su felicidad. Por eso, aun desde mi enojo yo te impulso, mi amor, y te ruego. Si es que sientes algo de todo el amor que me prometiste y que yo tanto creí, no bajes los brazos. Ayúdame a volver contigo. Ayúdame a vencer los obstáculos que interponen los demás a nuestro destino. Quiero verte, estrecharte contra mi corazón para que lo escuches latir. No miento, te amo Emigdio. Tuya, Reina Postdata: Sé que los Toñanez están comprando hacienda por la zona de Isla Sola y por los potreros de Cerrito. No te les rebeles, amor, ten cuidado. Te lo pido encarecidamente. Dios es grande y todo lo ve. Él escarmentará a esta mala gente. 70


11. El camino al Potrerito estaba húmedo y resbaloso. Nomás al irse su amigo, mientras él se extasiaba releyendo la esquela, como un zaino tapado que se hace moro, había “rompido” el cielo y se largó un chaparrón violento. Ahora, el escrito le había hecho retoñar su fe en el amor de Reina. Y como si fuera poco, ese sentimiento aguijoneado por el pedido de lucha que le hacía, se acompañó de un repentino y pesado odio a estos Toñanez que mencionaba en la carta. Sabía que tenía que prepararse para enfrentar a un badulaque mbaretécho y que sin duda tendría que ser tan valiente como astuto. Ahora, por lo pronto, debía empezar por el principio y eso era cambiar el treinta falluto que alzaba en la cintura por otro que le brindara buena defensa. No se podía permitir la derrota; tenía que adquirir un revólver nuevo. Entre lo que le darían por su viejo Éibar España y la platita que había prestado de don Evaristo quizás obtenía un 38 de calidad. Sin pensar más, luego de amainar, Emigdio salió de casa con dirección al potrero. En ese inhóspito lugar vivía un famoso armero correntino que se había amancebado con una paraguaya de apellido Arriola, mujer que solía venir todos los inviernos a casa para ayudar a trozar la mandioca y preparar el almidón. Antonio Ledesma se llamaba el “gente viejo”, le decían Antonio Karaja, y le gustaban de más las armas. 71


Hincando con un palo a cada lado para nivelarse mientras se desplazaba por los puentecitos resbalosos, simples tablas sostenidas por horquillas a poca altura del agua, llegó al montecito en que se hallaba la propiedad de Ledesma. Potrerito. No había mejor designación para el lugar. Era un hoyo húmedo y boscoso, rodeado de los miasmas de un estero empantanado. Cruzando una cerca de cañas, que hacía las veces de alambrado para que no ingresaran animales domésticos, se topó con nuestro primo Juan Ignacio que marchaba destino al rancho de don Eleuterio Cano para comprar postes. Luego nos enteraríamos que, más que postes, de allí se procuraba su compañera. Lo cierto es que ambos se saludaron con gusto y al momento de compartir el “líquido elemento”, la guaripola que Juan preparaba clandestina y esmeradamente, Emigdio no solo le comentó su motivación por adquirir un arma de Ledesma sino también le adelantó el destinatario del escarmiento que preparaba. ¡A ese Talco Toñanez kuetincho, o a su junior, les voy a arreglar bien el poncho, pariente! ¡En cualquier momento! Háke ra’e… ¡Ese Toñanez es un choro grande, Emiyo! Le vendió medio carrizal a un coronel… Dice que lo paseó por helicóptero y le mostró el campo y después que le vendió, el milico se fue a ver su estancia y encontró que era todito río Paraná. Ese es un manguruyú, chera’a. Tavyron 72


kolíro. Cuate de Mario Audo, nde loco. Y yo soy amigo de Dios padre, pariente. Se va a tener que estribar bien fuerte esta vez porque se contrarió con un macho. Antes de entrar a la casa de Ledesma, se despidió de Juan y combinaron el tiempo que se tomarían cada uno para volver y cruzar juntos el estero. Solía pasar que si alguien cruzaba primero dejaba el cachiveo en la otra orilla y los del otro lado debían usar los rústicos puentecitos o ir pisando el embalsado, caminando sobre el embalsado lleno de plagas. Nos vemos a la vuelta y vamos juntos, le dijo Juan. Néi… le respondió expeditivamente mientras ingresaba a los lindes de la casa del armero. ¡Buenas tardes! Adelaaaante. Ledesma salió del pequeño galponcito en el que realizaba cotidianamente su oficio y saludó con efusividad. Había sido muy amigo de papá y tenía buena disposición con la familia por lo que se mostró mucho más jovial de lo que era comúnmente. Trabajaba de talabartero y también de armero. Se destacaba en ambos oficios y los encargues que le hacían eran suficientes para no trabajar en la chacra. De tal modo que las pocas capueras que existían en su lote eran cultivadas por sus cuñados, sus más cercanos vecinos. Pero uno no puede ser amable con la gente 73


porque luego creen que es una obligación de parte. ¡¿O no?! ¡¿Verdad que sí?! Yo tengo que comprar el queso, la miel, la caña de mis cuñados a precio de boliche. Me mezquinan bastimento y siembran en mi tierra. ¡¿Dónde se ha visto eso?! Abusiva es la gente, mi estimado... Pero bueno, usted viene por un encargo seguramente. Sí, así mismo es. Emigdio sacó su viejo revólver y se lo pasó al armero que lo aferró con firmeza. Abrió el tambor, apretó el gatillo, se fijó en el espolón. Hee… así como está esto ya solo sirve para garrote, mi estimado. Pero si me da un tiempo yo se lo dejo nuevo como de fábrica. No, está bien, señor. No es para arreglarlo que venía. Quería ver si usted que conoce de armas y suele tener algunas, no me conseguiría una buena para mí. En pago no solo dejarle este herrumbre que fue de mi padre sino una platita más para equiparar, señor. Y además tengo algún otro animalito que puedo vender por si acaso. Quiero un arma que me defienda bien, don Ledesma. Me dijeron que usted tiene varios Emí-güeson y que nadie como usted para reconocer un arma que es de valía. ¡La pinta! ¿Te vas a desprender de un recuerdo como este, que perteneció a tu padre? Sí, señor. Por ser usted entonce, estimado, te voy a vender un arma buena; un arma que no solo es defensa 74


sino que también es prenda. Pero de ya te digo que tiene su coste. Yo ko no alzo otra cosa que no sea Emí. Y tengo de varias clases. Pero yo quiero un Emí legítimo, señor. Y claro, mi estimado. Yo solo tengo legítimos. Venga para adentro del tallercito que le muestro… ¡Vamo’ a ver la libro! Para empezar, este. Treinta y ocho Emigüeso legítimo, lustre blanco, cabo de nácar, marca a la derecha, decogotado, de 5 disparos, estilo lechucero, como se dice en Corriente. El gesto de Emigdio no fue aprobativo, no le gustaban para nada los revólveres descogotados. O si no, este otro: 38 legítimo también… caño largo, lustre overo, cabo po’i con cachas de madera y los diamantes originales. O este, este es RE-legítimo, che iru. Trade Mark… (el correntino se puso a deletrear) S&W Springfield, USA, lustre negro que no avisa de noche. Tamaño 648 × 486. Este revólver, mi amigo, es imposible que falle. Una vez se me cayó en el estero y estuvo perdido por varios días. Lo volví a encontrar de casualidad, rastrillando el lugar. La memoria de mi madre no me deja mentir… lo alcé y disparé todo el tambor completo. Ni una bala me falló. Podría haber fallado pero como le pongo bala cara, se fue todito. No se quedó ni un solo proyectil en el tambor. Es una seguridad que no brinda ni siquiera un hermano, amigo Rivarola. Este treinta es mejor que la propia sangre. Pero yo quiero el mejor que usted tenga, don 75


Ledesma, le dijo Emigdio. El hombre hizo un silencio y luego de pensarlo, quizás intuyendo que se lo debía a mi padre, se levantó y sin decir nada fue a la casa y volvió en seguida. Venga, le dijo a mi hermano desde el umbral de la puerta de su tallercito. Vamos para el tacuaral. Salieron del tallercito y cruzaron el naranjal. Llegaron al montecito y allí sacó la reliquia. A este sí que lo quiero como a un hijo. Este es un REQUETEQUETÉ. No hay mejor arma que esta en el mundo. Única, como el santo sudario. Por amistad se la puedo vender pero ya mismo le digo: ¡no voy a hacerle precio! Luego de tasarle el arma, Emigdio bajó sus pretensiones y se quedó con el “re-legítimo” que ya era más de lo que hubiera podido aspirar. Cuando caía la tarde, como habían acordado, apareció Juan Ignacio por la casa. Amigo también del armero, este los convidó con un trago de “Parapití” y quedaron unos minutos más hablando zonceras. Cuando tomaron el camino ya no se veía nada, había oscurecido del todo. ¡Puta, chera’a! ¿Cómo es que no traje mi linterna de 8 elementos? Con la obscuridad, el camino se bifurcó en racimos de pequeñas picadas, estrechas sendas trazadas por hombres y hacienda. Ninguno de los dos era baqueano mariscador ni se orientaba correctamente de noche en el potrero. Para mayor infortu76


nio, Capullo, el perro de Juan, siempre niño para las niñas, había quedado por el camino. ¡Pe jagua tembo! Con el primer augur de desatino, la respuesta optimista de los primos fue prenderle unos tragos al blankiju hasta acabarlo, pero la brújula seguía sin dar norte. Estaban completamente perdidos. Empezaron a caminar, no obstante. Capaz que terminamos en Kósta’i, pariente. Capaz nomás. Y sí py… ¡¿con todo lo que ya caminamos?! Pero el camino no los llevaba a ningún lado y siempre volvían a aparecer junto a la misma mata de lapacho blanco todavía florido. El esfuerzo y el alcohol les trajo una sed abrazadora y entre medio de pantanos estancados el agua no era pura. Siguieron otros caminitos pero no había caso… Los grillos cantaban monótonamente, indolentes. Hacía más de hora y media que estaban dando vueltas. Borrachos y temerosos tomaron la casualidad como un signo de la intercesión maligna. Un grito exasperante les erizó, de pronto, los cabellos. Era la Cruz del Monte que anunciaba mal tiempo. Vamos por ahí, dijo entonces Emigdio en dirección al alarido. Pero no, ch’amigo. Por ahí volvemos al Potrerito. Lo que sea, tengo mucha sed… Hm… Vamos sí qué, exhortó él, tomando el camino con el que salieron, después de un breve trecho, al 77


Paso Guapo’y. Contentos de haber hallado el trayecto indicado, poco les importó no encontrar el cachiveo en la orilla. El agua llena de herrumbre no era buena para beber por lo cual se lamentaron otro poco más, pero sabían que del otro lado, en cercanías del paso, estaba el pozo de Ña Esperanza. Pasaron el estero rápidamente pisando el embalsado. Casi se hunde Juan al pisar una parte no firme. Cuando llegaron a la orilla fueron directamente hacia el ykua de Ña Esperanza y se agacharon a beber. Tendido de bruces sobre el turbio espejito de agua, Emigdio apartó unos sapos para sorber el preciado líquido. Ndeee, Juan, estos kururu son raza percherón, eh. No te quejes, respondió Juan. Antes suplicá que Cándido puku, de regreso de la casa de Ña Esperanza, no se haya lavado las bolas.

12. La noticia se venía esparciendo con la rapidez de una epidemia, al ritmo de la voracidad terrateniente de esta familia que no paraba de comprar lotes a lo largo de la costa del Paraná. Sucedió en principio que, sin decir nada, aparecía Talco escoltado por partidas policiales y sus propios malevos, esgrimiendo títulos de propiedad de tierras que 78


eran públicas desde siempre. Y así empezó nomás el bochinche. La gente de la región dejó de dormir siesta y se puso en alerta total. Hasta los que tenían sus títulos en regla zozobraban porque el tipo era por demás prepotente. Su última adquisición había sido la estancia del viejo Dr. Oliva que, con sus más de 8000 hectáreas, se extendía desde la ruta, con ingreso principal en la compañía Yataity, Laureles, y fondos en San Salvador, Puente’i, jurisdicción de Cerrito. Esto produjo que muchos viejos pobladores sin títulos fueran conminados a desplazarse, cosa que, desde ya, pocos aceptaron. Muchos vecinos sintieron que estos manguruyúes, que no tardaban en alambrar y poblar de blanco ganado Nelore sus campos, los arrinconaban descaradamente y que esa hostilidad que ejercían sobre ellos y los que se resistían a vender o a salir de sus tierras, ocupantes seculares de esos lotes, tomaría un cariz más violento. Eso desde ya no le gustaba nada al caudillo de Cerrito, Eliezer Arce, quien, muy preocupado desde siempre por la paz y tranquilidad de la familia colorada, no tardó en salir en defensa de sus correligionarios. Nada de raro tuvo entonces que el abigeato hiciera estragos en los nuevos establecimientos de Toñanez ni que este respondiera creándole a Arce una nueva fracción en el seno del partido. Con el “cabreto” evidentemente más corto, en víspera de un 11 de septiembre, Arce entregó su ofensiva y Talco salió ganador. Pero la angus79


tia creciente de la gente del lugar desaparecería pronto con otros sucesos terribles. La atención de los vecinos no solo se clavó en el fútbol, el precio del algodón y los últimos discursos del excelentísimo en “La voz del Coloradismo”. También estaba latente el odio hacia este personaje y los perros preparaban en silencio los posibles pasos de un guasu api. Emigdio supo que podía descargar su saña y, de paso, potenciar sus ingresos, atentando contra la propiedad de Toñanez, cuatrereándole el ganado. En esa coyuntura y con la mano de obra calificada que contaba entre sus mismos amigos armó su gavilla. El plan se pergeñó en los márgenes de un torneo de volley paraguayo que se disputó en el boliche. La banda se conformó con un plantel de primera que no diferiría más que en un solo nombre. Los componentes, prima facie, fueron: Emigdio, el ideólogo, Juandé, su lugarteniente, Corazón, el hurrero del grupo, y Juan Ignacio, nuestro primo, que infirió era posible un abigeato sin complicaciones (él era bien baqueano en ese tipo de latrocinios). Pero al final, debido a este agenciamiento reiterado de Juan por carnear animales ajenos, fue detenido, trasladado a la capital departamental y encerrado en la alcaidía por casi un año. Su novia, la hija de don Leú, el famoso médico yuyo, nos contó que, para humillarlo, los policías lo paseaban esporádicamente por las calles de Pilar con la cabeza pelada como una lata y emponchado con los cueros de las 80


vacas robadas. Eso era de esperarse; no había otro destino para un cuatrero pobre y sin amigos seccionaleros. Demasiada fortuna había tenido sí qué; algunos ricachones (feroces ladrones de ganado sin excepción) acostumbraban degollar a los cuatreros junto al animal carneado, para escarmentar zorritos. La pena que recayó sobre Juan les advirtió que la empresa no sería tan fácil como pensaban. No sería ir y lazar un par de vacas viejas, trasladarlas hasta una islita y cortarles el pescuezo; abrirles el cuerpo a puro cuchillo y serrucho y trozarlas rápidamente para llevar la mejor parte. La cuestión tendría que ser bien planificada y segura. Aquella noche oscura, casi sin luna, que habían decidido dar el golpe, se presentó otro imprevisto. Después de varios días de estar memorizando planes, cambiaron sobre la marcha por causa de la ayuda imprevista de un primo de Korasõ, vecino de Paso Tajy. Este les brindó colaboración y puso al servicio de ellos su canoa de pescador con un motor fuera de borda Johnson 15 HP. Pero en vez de dejar la acción para el día siguiente, como convenía, los muchachos se impacientaron y de allí nomás se trasladaron por el camino real hasta los lindes de la estancia Oliva-kue. Ya en el lugar, cortaron el alambrado de 6 hilos y se aseguraron el salvoconducto para evitar un tramo del camino real. Allí observaron que el ganado no era para nada manso sino al contrario, bien sagua’a. Después 81


de buscar tiro sin éxito, hallaron un par de vaquillas rezagadas, despegadas del resto, dos para ser más preciso. Ahí nomás las lazaron y trasladaron hacia una isleta cercana. Eran dos criollas gordas. Las mataron y trozaron a puro cuchillo y serrucho, alzando cada uno una parte al lomo del caballo. De regreso a casa de Cantalicio, así se llamaba el primo de Corazón, subieron la carne a la canoa y se la llevaron para la venta al carnicero yryvu de Cerrito. En ese viaje ya solo estuvieron Emigdio y el dueño de la canoa. De regreso, mientras tanto, los demás volvieron al pago y esperaron los guaracas de la repartija. ¡Una vuelta de Arí para todos que paga Talco Toñanez, chamío! ¡Piiiiipuuuu! gritó Emigdio convidando a los amigos, días después, en el boliche “Kara’i Octubre”. Pero la publicidad del hecho no le valió el recrudecimiento de una enemistad ya consagrada por el amor sino el surgimiento de otra. Para su suerte, la nueva enemistad ganada de carambola fue la de un lacayo de Toñanez. Las vaquillas que habían carneado eran de “Lui” Palau, apodado mandi’o rõ, mandioca rancia, un poblador de la zona que había pedido amparo para dejar sus lecheras en campo de aquel a cambio de servirle como changarín o bufón, según el caso. El tipo era por demás de pobre y no sembraba ni siquiera unos liños de rama. Un arriero caracha que vivía en una casa de estaqueo y del que se sospechaba era luisón. Y aun si no lo era, lo pare82


cía. Puerco como pocos, se había agenciado mujer quién sabe cómo y, lo que es peor, tenía un par de cachorros que desde el robo de sus vaquillas no tomaban leche. No había duda que entre la plaga de hacienda arisca que criaban los Toñanez y las lecheras mansas del luisón, había un contraste notable. Debía haberlo imaginado. Como también debía haber sabido que no hay enemigo chico y haber sido más prudente. Nadie de ellos pensaba tampoco que ese arriero inútil mataría a Juandé a la salida de una fiesta liberal en Blanco Ñu, tiempo después.

13. El tiempo corre sin interrupción, sin embargo. La primavera dio paso al verano. Un nuevo concierto de cigarras dirigía el ritmo de esas siestas que, superando los 35°, ya empollaban sandías. Emigdio había ido al cerro a visitar al dentista que la propaganda radial anunciaba atendería ese día y el siguiente, 22 y 23 de diciembre. No quería penar dolor de muelas en las fiestas y aprovechó el viaje para hacer otras compras banales: balas, pirotecnia, un sol de noche para mamá. Tenía dispuesto no tardarse pero en el camino supo, por informe de un cuate que trabajaba en el ANDE, que en el boliche del cruce, Toñanez junior aperitaba lo 83


más pancho. Endomingado y cabalgando sobre un caballo bayo con riendas, pecheras y rabinchos adornados de plata, el escarmiento se ceñiría a la gala. Puso su revólver debajo del cojinillo de cuero de oveja y esgrimió con fuerza el cabo de su fusta. Hizo galopar suavemente al animal y un poco antes de llegar al cruce lo frenó, altivo. Allí vio a su adversario en el mismo momento en que montaba su alazán pura sangre. Ahí nomás, pensando acaso que Toñanez no tenía noticias de su existencia, apretó bien la guacha e hincó espuela a su caballo que saltó apenas, registrando bravura. Dudó si darle de comer el caño de su treinta o cruzarle el rostro de un fustazo, si humillar fiero a su enemigo o pegarle como a una vaca corsaria hasta dejarlo sin sentido, echado en el suelo. Pero el caso es que aunque hubiera pocas posibilidades de que Toñanez supiera de él, sabía todo lo que hacía falta. Por trascendidos que no necesitan prueba alguna ni fuentes confiables, estaba alerta de que un muchachote de San Antonio era su contrario fatal. Radio so’o que le dicen. Y al verlo trotar chusquito hacia él, se preparó para la embestida. Oh ba… taaataaataaa… ¡¿Entonces vos sos el Hilario Toñanez?! Nde ningo ra’e la Hilario Toñanez, le gritó Emigdio ya en cercanías, arrimándose desde atrás y metiéndole el caño de su 38 Emí re-legítimo entre las costillas. Acá está un macho que quiere arreglar cuentas! Toñanez, sin electrizarse, quizás resignado, se 84


volteó y lo miró directo a los ojos… Yo soy, así es mi amigo… Dispare usted primero, que después me toca a mí… Apercibió prontamente entonces que su contrincante también lo tenía medido con la puntería de su pistola 9 mm entre el estómago y los testículos. ¡Veremos quién de los dos muere primero! La invitación no era tentadora. En el umbral de la desgracia, la complicidad amistosa de los caballos los mantuvo pegados, casi melosos, como cortejándose. Ninguno de los dos hombres podía dejar de echarle puntería al otro pero tampoco nadie se animaba a cerrar el pleito haciendo reventar los plomazos sobre el cuerpo del prójimo. Quizás si una perdiz o una víbora hubiesen asustado a uno de los animales, la cosa se habría definido con algo más que palabras y silencios. Nadie podía tampoco aflojar sin humillarse. Perder la cercanía o la concentración le podía costar la vida a alguno. Emigdio intentó hablar pero la indignación tampoco le dio permiso. Hasta que llegando al portón de don Nonito, antes de continuar en la misma línea, ya que en proximidades se hallaba el puesto de policía de la jurisdicción, frenó el acompañamiento y se metió campo adentro en dirección del conocido almacén de don Bullón. Nadie dijo nada, Emigdio volvió a guardar su arma entre los cojinillos y Toñanez tampoco descerrajó tiro alguno ni largó de lejos su amenaza. El pacto tácito decía que la próxima vez alguien tendría que ganar y otro que perder porque 85


en el amor como en la guerra nunca hay empates. Sí, el tiempo corre sin interrupción, como dice Flaminio, y un golpe de suerte cambió el orden del juego. Una constelación de sucesos menores dieron inicio al nuevo año 1982, promovieron una pelea mayor entre el hombre fuerte del coloradismo laureleño, Celé Maciel, y don Plutarco. Al parecer, el poderoso burlador se tomó con un pariente de Ka’i Celé y le quitó de manera muy desprolija un campo de herencia familiar. La cuestión llegó, debido al peso de ambos contendientes, al plano de la justicia (tan cavernario por entonces) pero, un poco más arriba, en el plano de la cotidianeidad, la pelea implicó para los Toñanez un repliegue público y un creciente perjuicio económico. La población apoyaba sin dudar a su caudillo y eso le significó un retroceso a Toñanez. A tal punto que el mismo Ka’i Alejandro decidió distanciarse del compadre. Plutarco no pudo hacer más que marcharse de Laureles; un estafador no puede operar sin estar a resguardo en la credulidad de la masa y este ya había hecho demasiadas macanas en toda la comarca. Levantó campamento y se fue a sembrar estafas y acuñar dinero en otras fronteras. En poco tiempo crearía una de las mayores empresas fantasmas del Ente binacional “Yacyretá”, donde con esmerado afán ayudaría a erigir el tan mentado Monumento a la Corrupción. Esta situación favoreció radicalmente los propósitos de mi hermano. Si bien Hilario no partió con el padre y las intenciones de seguir el noviazgo 86


con Reinita se fortalecieron, él también fue alcanzado por el desprecio de la gente. Se supo de él que era marica y drogadicto. A lo que se añadió el fundado rumor que lo señalaba como cabecilla de una banda de contrabandistas de autos “mau” que pasaba los coches por la zona de Guardia Cué, a mitad de camino entre Laureles y Yabebyry. Emiyo acrecentó los encuentros clandestinos con Reina y ella enfrentó directamente a su padre, negándose a seguir noviando con el malevo. Pero el encuentro de toros estaba a la vuelta de la esquina y solo la fortuna, al final, lograría evitarlo. Días después, la camioneta de Hilario sería emboscada por una banda de sicarios en cercanías de la arribada del Paso Kurusu. Su cadáver florido, con varios boquetes de perdigones, fue fotografiado con golosa morbosidad y salió en la primera plana de un reconocido magazín nacional. El final de la suerte de Hilario y la partida de Plutarco serían comentario obligado pero por breve lapso porque al año, poco menos, la némesis de la naturaleza sacudiría el cuerpo social con un temerario escarmiento.

14. Ahora la miraba desde otra orilla del cuadrilátero de la plaza y modulaba su barbilla con una caricia 87


dubitativa. Los pinos de la acera se movían como bailarines ciegos agitados por el viento norte. En breve iría nuevamente a enfrentar a los padres e intentaría rehacer el cultivo del respeto después de tanto maltrato injusto. Ya ni vestía como un noble ni alardeaba un caballo de eximio porte. Desde hacía rato, disfrutaba con su amigo Juandé de una deliciosa cerveza mientras oteaba —sin que ella se percatara— las delicadas pantorrillas de su novia. Aún no la había gozado, pero los cruces en la clandestinidad le habían dejado entrever lo delicioso de su cuerpito manso. En anticipo había besado su cuello, rodeado su cintura y hasta olido el perfume de su piel. Había palpado el surco de su conchita humedecida por la fricción y el deseo y ahora sentía que la proximidad del premio era un obligado acontecer. Si su padre se oponía, la robaría. ¡Ya estaba decidido! Poco después y medio picado, Emigdio se presentó en la casa de los Irala. Buenas tardes, gritó desde el umbral de la puerta. Buenas tardes, dijeron su suegra y sus dos hijas. La jornada se desenvolvió con rapidez. Su novia, como la última vez, había preparado una mesa con mantel. Emigdio, como la vez que se midió con la ciudad de Pilar, tenía el gesto marcado en el rostro del que está soplando botellas. Así es que no quiso arrancar con el tereré y le pidió a su chica si no le traía un plato con galleta coquito. Tenía que tapar la cerveza que le sacaba pequeños eructos silenciosos. 88


¿Tenés miel de caña? le preguntó. Había visto el queso y le vinieron ganas de probar un platito de eíra kesu. Claro… Reina estaba al tanto de que la jornada no iba a ser tan simple. De todas maneras respondía muy disciplinadamente a los requerimientos de su novio y ya no tanto a los designios de su madre. Irala, por su parte, se mantuvo al margen, parecía un poco pichado. Hablaron largo rato en voz baja, mientras terminaba el platito de queso y miel y se besaron sin importunarse de la proximidad de la madre. Sin parar, Emigdio aniquiló también la bolsita de medio kilo de galleta coquito y acabó con dos termos de mate. De tanto esperar ese momento se le había vuelto costumbre. No mucho después, se paró y buscó a don Irala y a su mujer para pedir la bendición. Tenía una propuesta distinta a la del principio; sabía que no sería aceptada así nomás pero de puro pendenciero quería probar la convivencia sin casamiento. Don Irala, con todo respeto le quiero pedir la bendición para que Reina pueda viajar conmigo a la Argentina. Somos jóvenes y creo que nos merecemos prosperar sin recaudos, lejos de las habladurías y los peligros que acá nos acechan, dijo. Irala no atinó a decir palabra, acaso solo gesticuló dubitativamente pero entonces tomó la punta Ña Pabla: ¿Usted quiere decirnos que quieren casarse e 89


irse a la Argentina? Si es así, podemos acelerar los requerimientos para el casamiento, mi hijo. Por ahora, desde la partida del Padre Romero, viene un sacerdote de San Ignacio así que… La verdad es que yo pensaba, y ya lo he tratado con Reinita, darnos el tiempo de convivencia que necesitamos para decidirnos a comulgar con el santo sacramento, señora. Más que una mueca de novedad inesperada, la gesticulación de la suegra se tornó férrea. Sulfurada de pronto, levantó la voz y clausuró el diálogo. ¡¡¿¿Quién se cree usted que somos, infeliz??!! Mi hija no sale de mi hogar si no es casada, como Dios manda. Naimo’áingo che, respondió mi hermano. Dudando en qué idioma expresar su enojo, primeramente lo hizo en guaraní pero, dándose ínfulas, siguió en castellano y terminó en jopara… ¡En esta época!... Vinieras a insultarme, señora Pabla Albornoz… ¡Con tu mucho 6° grado! Los gritos le marcaron a Emigdio el camino de partida que fue seguido por su novia. Su padre la conminó a que se quedara en donde estaba pero ella no hizo caso. Anticipándose a otra escena perturbable, mi hermano se frenó y se dirigió a Irala, que al verlo plantado y decidido, como le pasara con aquel muchacho en la cuadrera, aflojó el ímpetu. Señor, no he querido faltarle el respeto a nadie pero también lo exijo para mí. No voy a tolerar que 90


me maltraten de ninguna forma. Vine acá a proponerles algo que por la vía de los hechos es posible. Su señora de usted es muy cerrada. Si es que tanto le preocupa que hagamos las cosas con todas las de la ley, me puedo comprometer a casarme por juzgado civil pero no voy a esperar mucho tiempo para marcharme. No puedo permitirme gastos innecesarios ni tampoco los quiero permitir. No necesito aparentar ante nadie y menos ante los badulaques de este pueblito infame. Irala entendió el mensaje, no se puso tauro ni nada, pareció contento de la forma en que le hablaba ese muchachote que se estaba convirtiendo en su yerno. En postura seria pero relajada le respondió: Muy bien, mi amigo. Me parece que su postura es de un macho. Pero debe entender que para sacar a una hija de su entorno familiar deben existir seguridades. Estoy a favor de que se casen por civil y que en un futuro próximo lo hagan por iglesia. Arreglemos así y listo. La negociación le resultaba tan extraña como también la simpleza y cordialidad en el trato con sus suegros. El arreglo con Irala le motivó entonces otros arreglos. Eloy Zampí, juez de paz de Laureles, era amigo último de nuestro finado padre. De la misma lechigada, como se decía, habían hecho juntos el cuartel. Emigdio sabía que podía contar con él para lo que sea. Antes de develar lo que hacía tan horizontal y solidaria la tratativa de 91


casamiento con Reinita, él fue a consultar con el viejo y trateó una farsa con libro hu para engañar a sus suegros. Encontrándose clandestinamente con Reinita en mitad de semana le contó del engaño para que ella no fuera inocente. Nadie sabía de la treta entonces, ni mi familia a la que ya había comentado de la celebración por civil y a la que había involucrado en la logística puesto que no era sino en casa de nuestro hermano Roquiño, allá en Buenos Aires, donde vivirían cuando se marchasen a la Argentina. Mamá y Chiní planificaban la fiesta familiar y preparaban todo para el karuguasu de la boda. Hasta se andaban procurando ropa adecuada con la Silvina Lobo que era buena modista. Caminaron juntos un trecho pero él ya intuía los tropiezos de su chica. Algo importunaba en su conciencia. Emigdio le ciñó el talle y buscó la boca para el beso. Sos hermosa, musitó yendo hacia ella, cerrado, frente al pretil de los helechos de un chalet de nuevo rico. Noooo, dejame… No estoy siendo justa contigo. Ella se alejó un poco pero permaneció a su lado. Necesitaba hablar pero su voz temblorosa se deslizaba en ripiosos impedimentos. Nunca me había trastornado tanto la estación, dijo, sonándose la nariz. Quizás fuese que la vigorosa generosidad de las flores contribuyera no solo a embellecer la música transparente del cielo, sino su alérgico estado de resfrío. Pero no, no era eso. 92


Su voz temblaba y una intensa excitación interior iluminaba su cara. Emigdio estaba persuadido de que esta mujer tenía la hermosura de todos sus miedos. La belleza me insulta, me desgarra. No conviene ser bella, es una mala prenda. No solo se desvanece en breve, no perdura, sino que muchas veces te destruye como el fuego. Viéndola angustiada, él tomó sus manos y las besó con un gesto simple. No, no hagas eso, gritó rompiendo en llanto. El barquinazo histérico le hizo morder el bocado. ¡¿Qué te pasa?! le preguntó en guaraní. Ella miró a su alrededor; la siesta vestía un tul entre rosa y dorado. El verano otra vez le impedía respirar bien. El clima tórrido no era acorde para soltar la historia del feto. Gracias a mi desgracia, pude encausar mi vida. Yo tampoco quiero mentir, Emigdio. Hay algo que debo confesar. No puedo casarme contigo. Esta mentira no puede prosperar. Emigdio no entendía nada. Nuevamente sus planes se desfiguraban por una violenta cachetada del azar. He sido mancillada. Hilario me violó la nochecita de Navidad. ¿Qué estás diciendo? Me subí a su camioneta. Iba con su padre. ¡¿Te subiste?! Dio un rodeo; dejó a Talco en casa de Orué; 93


luego cambió el trayecto. Me llevó hasta el Piraguasu y me violó. Quieto y mudo como una lechuza en su poste, Emigdio esperó el final de un relato que permanecía en ciernes. A sabiendas que el dolor abortaba sus peores efectos, Reina pareció relajarse y su rostro tomó un color mate, claro y sombrío a la vez. Entonces, Emigdio despertó a un miedo insuperable; el corazón acelerado, remedaba los mandobles que su quijada descargaba con furia sobre las muelas. ¡¿Estás embarazada?! El odio lo enardeció. En aquellos días se habían prometido balas, recordó. Hilario, en venganza, las había descargado sobre su mujer. Claro que nos vamos a casar, le dijo, enojado. Ese infeliz es pastel mandi’o de los gusanos. Yo me haré cargo de esa criatura, por supuesto aje. Para siempre, soy su padre.

15. La noticia del embarazo le liberó el rechazo por su suegra, a la que culpó de ser la instigadora de la celada para casarlo. Pero tal como se había comprometido, mantuvo el secreto muy prudentemente guardado. No lo contó ni a los amigos ni a la familia. Mamá misma no supo hasta mucho 94


después que su nietecito no llevaba su sangre. En revancha, sin embargo, Emiyo proyectó su menosprecio por Ña Pabla, tratándola abiertamente de mala manera. Así pues, prosiguió la farsa Zampí casi sin cambios pero a la noche, en plena fiesta, sus zafadurías hacia la vieja se tornaron pesadas e hicieron reír a toda la concurrencia. Estuvo muy kachi’ái, y como no podía ser de otro modo, Chiní le puso contradúo al argelamiento de la señora. Salvo eso, nada fue distinto. Hubo flashes y bailongo, sopa y chipá, asado a la estaca para la comitiva. Hubo borrachos, alegría y abrazos en familia. Despedidas y casos para renovar el orden cíclico de la talla. Aunque tomó la historia prestada de Reina, también ese día Emigdio empezó a ajustar cuentas con su esposa. Hosco y callado en la convivencia, se explayaba despótico, mal hablado en el gineceo. En sus últimos tiempos, poco antes de fallecer, mi hermano me contó el comienzo de la denigración. Aquella noche, Reina lloró junto al altarcito de la Virgen del Rosario y se le encomendó como una niña escuelera. Emiyo estaba en pedo, la bronca le hacía callos en el picho y ella estaba atemorizada. La pieza contigua a la de Ka’i Alejandro y Ña Pabla se improvisó como habitación nupcial. Al verla arrodillada, él la tomó del pelo y la hizo levantar. Le habría pegado, era el momento de hacerlo, me dijo, pero no lo hizo. Todo ese ímpetu lo volcó en el coito, al fin de cuentas la putita era su esposa. Ella 95


aceptó su mando y se entregó sumisa al capricho de su marido. Emigdio se quitó el jean y, exhortándole de manera muy precisa con un movimiento seco, le mostró por dónde empezar. Reina se le aferró a la verga como si fuera el último lugar de donde una persona se sostiene para no caer al vacío. Forzada, la chupó desaforadamente, sin método. Chocando los dientes contra el prepucio, la sobó fuerte contra los labios. Pero la verga dura no quería bendecir ese maltrato que la afianzaba. Emigdio se la metió por la boca como si estuviera penetrándola, provocándole arcadas. Ella agarró ritmo, llegando a espasmos de vómito en los sacudones rabiosos que la ahogaban. Ganado por la saña, él la amarró del pelo, estribando fuerte su miembro en la boca pérfida. Lagrimeando, Reina vio que necesitaba más que nunca sentir la adrenalina del sexo. Así lo demostraba ahora su conchita mojada como un zoquete de carne en el caldo del puchero. Emiyo la desnudó a lo bruto y le penetró en pose de perrito un buen tiempo, despachándose con un mombary estrepitoso. Al terminar, se desmayó en la cama y se durmió completamente desnudo, esperando que a la mañana siguiente su suegra le diera la gratificación de verle el pícho diminuto y lánguido después del uso. Cruzaron a la Argentina por Cerrito, el 1° de abril. Al día siguiente, en un parte de resaca, un 96


correntino pendenciero, General y Presidente de la República Argentina, declararía al pueblo la recuperación de las islas Malvinas. ¡Bravuconada digna de un chamamé de Millán Medina! Quién diría, el mundo estaba cambiando la piel. Don Alejandro los acompañó hasta el cerro y se despidió muy cortésmente de los dos. Ya la madre, vengando el repertorio de agravios de Emigdio, se había despedido por mensaje radial: “Un saludo musical para la joven pareja que hace poco contrajo enlace matrimonial en la localidad de Laureles y parte rumbo a la Argentina — dijo el locutor de ZP12—. Con este tema, su padre Alejandro Irala Samaniego, su madre Pabla Albornoz de Irala y su hermana Francisca Irala Albornoz, les desean un feliz viaje”.

16. La historia de Emigdio Rivarola es una retahíla de anécdotas impertinentes. Desde hace un tiempo, forzado por el apego a su memoria, he venido elaborando un relato con fragmentos de sus casos. Primero traté de hacer una exégesis de sus valores positivos, pero pronto vi que el encubrimiento no le hubiera hecho justicia a su historia de vida. Eso fue cambiando, como habrán leído. Hasta aquí he escrito, narrado y actuado este relato, poseído por 97


el recuerdo que a veces reinventa los detalles. En él he brindado una parte muy ínfima de lo que fue su vida… así y todo: el mosto y la queresa. Sus historias juveniles de Tenorio malogrado. Sus egoísmos más burdos y despiadados. Por último, su vida lejos de la patria. Ese joven ingrato, haragán y caprichoso, se convirtió en la Argentina en un obrero calificado. Lo digo para confrontar abiertamente y no abonar con una media verdad la teoría del cretinismo secular de nuestro pueblo, esa befa pergeñada por los puercos liberales. Carpintero cementista y contratista de obras, su vida giró en 180 grados. Su matrimonio con Reina Irala duró más de lo debido, 7 años, y acabaron separándose en el 89, de común acuerdo. Tuvieron otro hijo, Alejandro, mi ahijado. Daniel, el mayor, de quien ya sabemos los pormenores del origen, es hoy un muchacho excelente, muy afectuoso y apegado a su familia. A inicios del 83, la gran inundación, la mayor de que se tenga memoria en el Ñeembucú, reformuló los lazos de solidaridad en nuestra región. Miles de familias perdieron todas sus posesiones. El pueblo Cerrito desapareció bajo las aguas y ni qué decir Pilar, la capital departamental, que luego de una lucha épica contra el río, fue doblegada hacia mediados de mayo, lo que obligó a la población a un doloroso éxodo. Dios nos guarde, destruidas las defensas y con el Paraguay avanzando por sus calles, ZP12 transmitía mensajes de auxilio, solicitando ayuda para la evacuación de los vecinos. 98


Recuerdo con mis ojos de cachorro aquel tiempo. Desde la loma en que se hallaba mi casa, loma que a su vez estaba rodeada por un pequeño manantial que se había convertido en una laguna amenazante, veíamos todo el campo anegado; y como si fueran termitales, viejos tacurúes, los cadáveres de los animales, esparcidos por el campo. Allí mismo donde se acostaban las lecheras, quedaban postradas, listas para morir. De casi cien animales, mamá pudo salvar diez o doce y ella era la menos perjudicada. La gente ya no sabía qué hacer para preservar su ganado. Los sembradíos, por su parte, habían quedado sepultos también bajo las aguas. Y como una maldición temeraria, el invierno no daba tregua y seguía lloviendo. Llanto y muerte por todas partes, en todos los hogares. Por si fuera poco, estaban los desplazados que se procuraban de comer atracando las dañadas casas ajenas. Mi mamá se preocupaba mucho de los malvivientes que asaltaban nuestro hogar a cada tanto y se llevaban sus gallinas. Los del potrero más que nada, eran los más cerrados y no paraban de matarnos los perros. Yo sentí tanto al Terry, que era el mío, un mariscador nato. Pero mamá temía más de que hicieran algo contra nosotros: Chiní era una jovencita ya madura, tenía 17 años y yo era muy chico para defenderlas, solo contaba con 11 años. En aquel tiempo aciago, aislados del exterior y reconcentrados en la conservación de lo poco 99


que nos restaba, Emigdio nos vino a rescatar. Enviado en misión por mis otros hermanos, apareció una tarde a caballo, venido desde Laureles. Me acuerdo que me trajo de regalo una casaca de River Plate, que es, hasta hoy, mi cuadro de fútbol en la Argentina. Trajo también suficiente bastimento y algo de forraje para que mamá no penara por sus animalitos de corral. Con sus cuates escarmentaron a los ladrones que andaban creando perjuicios en la zona. Y la situación se alivió bastante. Asimismo, por las noches, escuchábamos juntos la radio. Todo el litoral argentino estaba en la misma situación: Resistencia, Santa Fe donde la furia había sepultado miles de hogares y hasta arrasado puentes y caminos. Por ello, viendo que la desgracia continuaba y que el agua no paraba de despenar la hacienda, mi hermano le conminó a mamá a que le dejara llevarme. Le propuso además que se mudaran por un tiempo a Laureles con sus suegros; ellos tenían un lote en terreno alto en Ka’arogue. Mamá no quería dejar su casa ni que Emigdio me llevara para la Argentina. Pero la situación se agravó y hubo que tomar decisiones. Chiní tuvo un ofrecimiento de trabajo y se mudó para San Ignacio; mamá decidió quedar entonces velando solita por su casa y sus cosas y no aceptó mudarse, pero dejó que Emigdio me llevase a Buenos Aires. Ayudados por él, que le dejó una plata que venía ahorrando (el importe de un auto que había vendido sabría yo después), mamá 100


costeó el alquiler de un tambo donde alojó sus pocas lecheritas. Así entré a este país, ilegalmente, sin documentos. Descorazonado, me uní a él como el piri del embalsado al curso de agua prístina que corre por debajo, lo que significa que estoy unido indudablemente a él, soy parte suyo, pero un poco superficialmente. En la Argentina terminé mi primario, hice estudios secundarios y también entré a la universidad. Soy arquitecto desde el año 2000. Vivo en la ciudad de Rosario, donde se mudó mi hermano con su familia en el 86 y recién volví al Paraguay en vísperas de San Blas, el 3 de febrero del año 89. Mamá falleció por el 91, de una pancreatitis, con 60 años. Mis hermanos vendieron sus partes de la herencia familiar; Emiyo no quiso y preservó un tiempo más su tierra. Como yo aún era menor, lo elegí de tutor y mantuvimos nuestras parcelas juntas. Conviví con él todos esos años, y ni la llegada de la edad adulta ni la diferente manera de ver la vida nos puso en veredas distintas. La pena del destierro es viejo tema en la historia. Su origen se remonta a la sociedad griega antigua donde se lo ejerció como castigo político. Ahora también sé que hay algo de nuestros mitos guaraníes que une esa condena a nuestros comportamientos sociales. Peregrinamos en torno a nosotros mismos. El destino trágico persiste pero lejos del patetismo de la tragedia. Sé que muchos 101


compatriotas, no importa las cifras que los demógrafos sustenten según estimaciones más precisas que las mías, vivimos en esta patria prestada casi mejor que en ninguna otra parte. Al fin de cuentas, el exilio pega blando en un país que también sentimos nuestro, y más allá de algunos idiotismos xenófobos menores, no hay limitaciones para que nos desarrollemos como cultura. Pero sí podemos ver que ese resquebrajamiento, esa herida de nostalgia que supura, nos hace a los paraguayos —los más nostálgicos de todos los extranjeros de esta tierra y no necesitamos redundancias para probarlo— extraños personajes estoicos. Armados de la risa y de un idioma dulce que pocos entienden, nos mantenemos firmes y fuertes ocultando quebrantos. La pena de Emiyo, un hombre realmente jovial, supuró como la herida de Filoctetes, un sábado a la tarde cuando, delante de un testigo cabal de su poco compromiso con el trabajo agrícola, confesó: Yo no sé por qué, che hermanito de Dios, vine a parar a este lugar… si a mí me gustaba ver los campos verdes de septiembre; el sol de primavera; las blancas playas de la laguna Sirena y las chicas jugando vólio. Soy un excelente constructor dice por mí el tano Gerardi, empresario de la “alta aristocracia”. Pero, ¿vos sabés que no? Yo soy un campesino ñeembuqueño… del Pikyry al Piraguasú, caminando o a caballo por el cenizal, yo soy de los esteros. En nuestra familia nos vamos rápido al 102


hoyo; ojalá pueda volver antes de que me muera y vivir unos años otra vez en nuestro valle. Tomamos cerveza sin parar, más de diez botellas. Nos rompimos por la mitad, escuchando los viejos lloros de Pérez-Peralta que él tanto gustaba cantar. Emiyo era hipertenso y esa misma noche un accidente cardiovascular lo dejó semi impedido. Entristecido, con su vida sin motivaciones, la muerte no se hizo esperar. Emigdio Rivarola falleció lejos de sus esteros a fines del 2006, sus restos reposan en el Cementerio La Piedad.

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Glosario Los nombres propios y geográficos citados en esta obra aparecen escritos y acentuados en su forma histórica. Para las palabras y frases en guaraní que figuran intercaladas en el texto castellano se han adoptado las siguientes reglas ortográficas propias de la lengua guaraní: 1º Todas las palabras que no llevan tilde son agudas. 2º La palabras graves y esdrújulas llevan tilde en la sílaba tónica. 3º La tilde nasal comporta el acento tónico. El alfabeto guaraní consta de 33 signos que a su vez representan la misma cantidad de sonidos, y son: A / ã / ch / e / ẽ / g / h / i / ĩ / j / k / l / m/ mb / n / nd / ng / nt / ñ / o / õ / p / r / rr / s / t / u / ũ / v / y / ỹ / ‘ (pusõ) Vocales aeiouyãẽ ĩõũỹ Las vocales “a”, “e”, “i”, “o”, “u” suenan como en castellano, la vocal “y” (y= agua) es gutural. No es consonante (ye) como en castellano ni equivale a la “i” latina. Las demás vocales son nasalizadas mediante la tilde nasal (~). La “ỹ” es guturonasal. Consonantes ch g h j k l m mb n nd ng nt ñ p r rr s t v ’ (pusõ) En guaraní se leen agregándoles la letra “e”. Ejemplos: le, me, re, se, etc. En castellano se leería: ele, eme, ene, ere, ese. Uso de la H La consonante “h” en guaraní suena aspirada casi como la “j” castellana. Ejemplos: heta (jetá)= muchos; hendy (jendý)= resplandor. Uso de la J La “j” se lee como la “ye” castellana. Ejemplos: jagua (yaguá)= perro; juru (yurú)= boca. 105


Uso de la K La “k” sustituye a la “c” y la “q” del castellano. Ejemplos: karugua (caruguá)= pantano. Uso de la G La “g” se lee “gue” como “guerra”. Conserva su sonido con todas las vocales. Ejemplos: guata (guatá)= caminar; gue (güé)= apagarse. Uso del ’ (pusõ) La última consonante se llama “pusõ” (’), se lee acentuando la última vocal: pu= sonido; so= soltar, separar. Representa una suspensión de la voz. Ejemplos: so’o (soó)= carne; ñe’e (ñe-é)= palabra. Uso de la tilde En guaraní casi todas las palabras llevan acento en la última vocal y no se tildan. Ejemplos: tape (tapé)= camino; mboka (mbocá)= revólver. La tilde se usa solamente cuando la vocal acentuada no es final. Dada la relación de bilingüismo y diglosia existente en el Paraguay, en varias oportunidades que escribo el habla popular utilizo el idiolecto conocido en el Paraguay como jopara (variante muy popular del guaraní paraguayo, marcada por su avanzada castellanización a nivel del léxico), que no es más que el fondo que remonta a superficie de la relación de tensión y beligerancia entre ambos territorios lingüísticos. He tratado de zanjar en la escritura una serie de problemas que atañen a la complejidad surgida por la interpenetración de estas lenguas en el habla, no sé con qué éxito. A esta complejidad (de hispanismos en guaraní y guaranismos en castellano), se le suma una serie de arcaísmos del castellano y un tímido intento de aprehender el nuevo jopara forjado entre el guaraní paraguayo y un acotado lunfardo rioplatense que es el que hablamos los miembros de la colectividad paraguaya en Argentina o kurepiguayos, como familiarmente se nos conoce. Teniendo en cuenta la cantidad de estos materiales lexicales mixtos, he 106


decidido no destacarlos en el texto con itálicas ni otro rasgo sobresaliente. Debido a ello —a favor de la inteligibilidad del texto— agrego el siguiente glosario. Akanẽ: (lit. cabeza hedionda) necio, bruto. Aopo’i: (lit. tela fina) tejido paraguayo. Argelamiento: acción de argelarse, picharse, indignarse, enojarse. Blankiju: caña blanca ordinaria. Cabo po’i: cabo fino. Cachiveo: embarcación rústica, pequeña, de tronco labrado. Capuera: chacra, sementera. Carnicero yryvu: (lit. carnicero cuervo) comerciante que compra reses a los cuatreros. Carreristo: apostador de cuadreras. Cheiru: mi compañero. Cherovaja: mi cuñado. Chera’a: mi amigo. Cheruvichã: mi jefe. Chetio: tío. Chika’i: noviecita. Chusquito / chusquillo: dícese de la persona elegante y algo engreída. Chuku’ílo: maíz y maní sancochado molidos con azúcar. Emilianore: que fue de Emiliano (en referencia a Emiliano R. Fernández, poeta popular, máximo exponente literario del bilingüismo paraguayo). Función karape: (lit. función petisa) fiesta patronal de un santo de la campaña. Guaripola / guarimi: bebida realizada con la mezcla de caña blanca y miel, a la que se le suma algún fruto, como el de la palmera jata’i o guavira. Guachazo mimbi: (lit. fulgor de un guascazo) rebencazo. Guasu api: (lit. tiro al venado) emboscada con arma de fuego. 107


Gua’u: falso, impostado. Guéi kaka: (lit. bosta de buey) golpe con la palma de la mano abierta. Háke ra’e: ¡cuidado con eso! Ikachi’ái lo mitã: son impertinentes los muchachos. Inga mata: árbol ingá. Jakare kuru: cocodrilo empollando. Javorái: herbazal. Jekutu: puñalada. Jepode: (lo mismo que mbarete pero sin la connotación política) fuerte, valeroso. Kachi’ái: desubicado, impertinente. Kapéto: amigo, compañero. Karaiñe’e: (lit. habla del señor) idioma castellano. Karape: petiso, pequeño. Kambara’anga: disfrazado de pardo, payaso de las fiestas populares del Paraguay. Karaja: macaco, mono aullador. Karanda’y: variedad de palmera. Karuguasu: comilona. Kochésa: cosecha. Koygua: campesino; por extensión, persona poco educada, ignorante y tímida. Kuetincho: (guaranismo en castellano paraguayo) arruinado, poco valioso. Kuli: persona ostentadora y de fineza sobreactuada. Kurépa / kurepi: (lit. piel de chancho) definición antaño despectiva del ciudadano argentino. Kururu: sapo. Kurusu: cruz. Lékas: (guaranismo en castellano paraguayo) amigos. Lengua po’i: lengua fina. Libro hu: libro negro, registro de los casamientos. Lovope: lobo de río. Luisón: lobizón. Macatero: vendedor ambulante. 108


¿Mamópa reho, hijo?: ¿adónde vas, hijo? Marisca: cacería, pasar revista de las trampas dejadas en el monte. Mau: (castellano paraguayo) ilegal, trucho, falopa, etc. ¿Mba’eichapa péne ka’aru?: (saludo) ¿cómo están pasando su tarde? Mbarete / mbaretécho: fuerte, valeroso, aunque la designación ha tomado políticamente una connotación más cercana a poderoso, prepotente. Mita’i: niño. Mitarusu: muchacho. Mombary: eyaculación. Naimo’áingo che: yo no pensaba… Ndojapúi: no miente. Ñakanina: víbora constrictora. Ñasaindy: término metafórico del lenguaje común que refiere al plenilunio y proviene de “ojo del diablo que ilumina”. Ñemoko: trago. ¡Omongetaaaa hína!: ¡y le hablóooo (cortejó), pues! ¡Pe jagua tembo!: ¡ese perro verga! Pichado: (guaranismo en castellano paraguayo) lo mismo que argelado. Pícho: pene. Piri: variedad de la especie conocida en otras regiones como totora. Po’i: delgado, angosto. Polca kyre’ỹ: polca rápida, galopa. Polca número 1: se trata de la conocida polca partidaria de la ANR (Asociación Nacional Republicana), Partido Colorado. Pombero calcha: zaparrastroso, frase chistosa que apela al imaginario popular, ya que para los campesinos el pombero (duende nocturno de carácter aindiado, afecto a la bebida y la vida sin compromisos) es un ser elemental y precario. Porã / porãcho: lindo. 109


Puku: largo. Pureli / purear: fanfarrón, fanfarronear. Radio so’o: mentidero, red del chisme. Sagua’a: arisco, salvaje. Sanantoniogua: natural de San Antonio. Sapukái: grito. Soguécho: pobretón, sin dinero. So’o viejo: carne vieja (a veces con connotaciones sexuales). Sununu: alboroto, asonada. Tahachĩ: policía conscripto. Tallador: bromista mordaz, sarcástico, chismoso. Tatapy: fogón. Tavyron kolíro: (lit. estúpido-corto) expresión que refiere a las personas que actúan de manera arrolladora y poco juiciosa. Tejuruguái: cola de lagarto, especie de látigo. Tie’ỹ: zafado. Tóngo jepete: golpe de puño. Tóro rembo: verga de toro, especie de látigo. Tuja / tuja’i: anciano, ancianito. Typycha koratũ: remedio-yuyo utilizado especialmente en el tereré. “Vaya a potirse”: (frase chistosa, mezcla de español y guaraní hispanizado) ¡vaya a cagarse! Vori-vori: comida típica, sopa de gallina con pequeñas bolitas de harina de maíz y queso. Vyresas: (guaranismo en castellano paraguayo) tonterías. Vyrochuscos: (guaranismo en castellano paraguayo) persona que se tiene por más de lo que es. Ykua: manantial. Yma: antiguo. Ypaka’a: gallineta de agua. Zoquete: (castellano paraguayo) porción, presa de carne del puchero o el guisado.

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El mosto y la queresa se diagramรณ y compuso en emr y se terminรณ de imprimir en Artegraf, Garay 3510, Rosario, Argentina, en abril de 2016.


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El mosto y la queresa de Mario Castells  

Entre la épica y la picaresca, la obra relata las aventuras de Emigdio Rivarola y al mismo tiempo pinta, más ambiciosamente, la vida de una...

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