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José Sainz

Leiden y otros textos

POESÍA


José Sainz (Rosario, 1987) Periodista y corrector. Es coautor, junto a Gustavo Tomasi, del libro Sport Club Cañadense, 100 años (Cañada de Gómez, 2013).

Leiden y otros textos obtuvo el primer premio compartido en el Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana 2013, cuyo jurado estuvo integrado por Mario Ortiz, Mirta Rosenberg y Laura Wittner.


Leiden y otros textos


Sainz, José Ignacio Leiden y otros textos. 1a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2013.

36 p. ; 21x13 cm.

ISBN 978-987-1912-14-8

1. Poesía Argentina. I. Título CDD A861

Municipalidad de Rosario Secretaría de Cultura y Educación Año 2013 © José Sainz

© Editorial Municipal de Rosario Av. Aristóbulo del Valle y Callao (S2000AAI) Rosario, Santa Fe, Argentina. emr@rosario.gov.ar Maqueta: Alonso Armado: Lis Mondaini Edición de 500 ejemplares. Interior: papel bookcel 80 gr Tapa: cartulina 200 gr tipografía Asap y Sansita One. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 Reservados todos los derechos ISBN 978-987-1912-14-8 CUIT 30-99900315-6 Impreso en la Argentina


JosĂŠ Sainz

Leiden y otros textos


Leiden


Hace unos días que no les escribo ni los llamo, que no saben qué estoy haciendo ni dónde ni con quién. Hoy a la mañana, mientras desayunaba, tarde, en una waflería de Leiden, me acordé de cómo era antes. Me acordé de cuando intentaba saber todo lo que hacían ustedes, estaba obsesionado por el control, por la información. Pensaba que si sabía qué estaban haciendo y en dónde y con quién, iba a poder actuar en caso de que les pasara algo, si chocaban o se desmayaban o se peleaban con alguien. Salían mucho, a bailar, tomaban. Como yo no hacía nada de eso, como no conocía ese mundo sino que lo imaginaba, lo imaginaba mal, peligroso.

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Tus amigos, Martín, que jugaban al rugby, se la pasaban contando trompadas en los boliches, en los bares. Había uno que cada tanto aparecía con puntos en la boca, los ojos negros, la cara hinchada, como adentro de una media que le ampliaba el tamaño de todo, recién salido de una cirugía estética. Eso creía yo que pasaba todo el tiempo: la gente se partía botellas en la cara porque sí, porque es lo que hacen la noche y el alcohol. Entonces los llamaba, ustedes se acuerdan, a cualquier hora, al boliche cuando recién se empezaron a usar los celulares. Al principio teníamos uno solo y lo compartíamos, o lo compartían ustedes, que eran los que estaban en la calle, fuera de casa, un Samsung gris que trajo mamá un mediodía, en verano, y que sacamos de la caja, en la cocina, como si estuviéramos desactivando una bomba. Después, cuando cada uno tenía el suyo, los llamaba por separado, los llamaba del fijo, casi siempre del fijo, y les preguntaba qué iban a hacer, si volvían a dormir. Me desesperaba cuando no me atendían, me imaginaba buscándolos por días, me imaginaba gente llorando, me imaginaba un juicio contra la novia que los había matado, me imaginaba diciéndoles a papá y a mamá después de despertarlos, de meterme en la habitación, que todavía estaba pegada al living, al lado de la puerta de calle, de ver dos bultos imprecisos, medio deformes, que es como se ven un par de cuerpos bajo las sábanas en la oscuridad, desprolijos, cuerpos desarmados, durmiendo cada uno para su lado en la misma cama, como vi dormir siempre a papá y a mamá, 12


después de haber tocado a papá, que dormía del lado de la puerta, los dos perdidos en la oscuridad, que era más densa porque los muebles eran de madera negra, o casi negra, la cama, el placard, la cómoda, todo oscuro como la noche, todo colaborando con el dramatismo que le ponía a esas llamadas no atendidas, a mi falta de datos, a ese momento en el que la madrugada se terminaba y ustedes no habían vuelto, después de haberlo tocado, decía, de susurrarle, de hablar como si no hablara, un ventrílocuo al revés, moviendo la boca con tanto cuidado que a veces no me salía nada pa papi pa siempre la misma secuencia a veces tocándolo con la punta de un dedo al tiempo que pronunciaba una sílaba, a veces, al contrario, tocándolo entre un sonido y otro, después de hacer eso y de que papá, por fin, se despertara de golpe, como escapando de una pesadilla, como si el cuerpo se desprendiera del sueño antes que la mente, por puro instinto, después de que papá me buscara, con el efecto de la explosión flotándole en la cabeza, aturdido, recortado en ese espacio entre la cama y el placard en el que me ponía para despertarlo o para sacarle plata del cajón de la mesita de luz cuando quería pedir helado, algo que a veces, incluso, hacía esas noches en que más tarde lo iba a despertar porque ustedes no habían vuelto, después de que papá me buscara y me encontrara medio difuso, mal dibujado en ese pasillito 13


desde el que le hablaba, bajito, me imaginaba, decía, diciéndole primero a él, mamá tardaba más en despertarse, no era tan súbita, era como alguien recuperándose de una anestesia, en cámara lenta, atajando el mundo de a poco, siempre como despertándose después de veinte años, como despertándose en el futuro y tratando de entender las máquinas del futuro, el automatismo, esa limpieza con la que pensamos el futuro, con la tecnología deslizándose al servicio del hombre, siempre despertándose como si se hubiera dormido antes de la revolución industrial y se despertara en un mundo mac y tuviera que entenderlo, descifrarlo, meterlo dentro suyo, aprender a moverse en ese espacio transparente, amable, sin complejidades, diciéndole, decía, primero a él, que era casi de día y que ustedes no habían vuelto. Me imaginaba dándoles el principio de una noticia tirando a preocupante, un principio que podía no significar nada porque era producto de una deducción mía, que no pasaba las noches en la calle, que no atravesaba la noche acompañado de amigos o mujeres, que no volvía, de noche, medio doblado por el alcohol, con la noche impregnada en la ropa, con los ojos un poco perdidos, con la piel gastada, con la ropa cargada de roces, llena de electricidad, con el cuerpo apagado por el cansancio de la noche, con la alegría invisible del que hizo, de noche, algo a escondidas, medio prohibido, sin que lo descubran, yo no pasaba las noches fuera de casa, decía, yo no volvía, de noche, con la sensación de derrota o de oportunidad 14


con la que se vuelve de noche, con la juventud renovada con la que se vuelve, a veces, de noche.

Un par de años después, me acordé hoy, desayunando en la waflería, de vidrio y de madera, una waflería familiar, con muchas mesas, con manteles a cuadros como los que había en casa de la abuela, mirando el mar detrás de un poco de niebla, mirando, en realidad, el viento, que movía todo lo que había afuera pero que era, para mí, encerrado en esa jaulita, mudo, mirando el mar, decía, revuelto, a lo lejos, detrás de la última calle, o la primera, depende, detrás de una pared baja de contención, el mar, agitado por el otoño holandés, el día manchado de grises, brillos en ningún lado, empujando la nostalgia, el día, mientras desayunaba un café con leche que pedí con torpeza, que balbuceé y que tuve que señalar en la carta porque la moza era tan linda, tan discreta, intimidante en silencio, me acordé, decía, de que un par de años después, una tarde oscura, fría, como la que hace ahora acá, casi en el mismo lugar en el que le decía a papá que ustedes no estaban, le tuve que decir, apenas llegó de trabajar y colgó el saco, que mamá se había ido, y me acordé, esta mañana, de cómo papá se derritió delante de mí, de cómo sentí, mejor dicho, que papá se me derretía en los brazos.

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Esa mañana, me acordé hoy, mientras unos barriletes se agitaban violentos cerca del mar y yo intentaba ver cómo se movían los que intentaban controlarlos, qué baile raro hacían para aguantar un viento que se los podría haber llevado a ellos si no tuvieran los pies hundidos, eso lo supe después, un rato más tarde, cuando fui a la playa y vi que la arena era un colchón húmedo y grueso en el que todos se enterraban hasta los tobillos, mientras desayunaba, decía, me acordé de esa mañana, mamá volvió a casa de un viaje de quince días que había empezado seis meses antes, más o menos, cuando empezó a dormir arriba, en la piecita del fondo, cuando dejaron de cruzarse sin gritos y empezaron a discutir todas las noches, a veces también a la mañana, temprano, antes de irse a trabajar, los dos, mientras nosotros, o yo, mejor dicho, me preparaba para ir a la escuela, ustedes ya no iban, a veces a la madrugada, en medio de la noche, papá subía, taloneando, moviéndose rígido, como enojado, pasando como una sombra por delante de mi habitación, sin cuidado, empujado por la desesperación, bruto, retumbando como no había hecho nunca, con el corazón conectado a la casa, ustedes saben, papá se movía, se mueve, con sigilo, como si la casa fuera zona de guerra, un campo minado y él buscara evitar las explosiones o contenerlas, si acaso, se mueve, se movía, ya, desde siempre, con cautela, decíamos que resbalaba por la casa, que aparecía detrás nuestro como un fantasma, nos enterábamos de que andaba cerca cuando hablaba, en medio de la madrugada, entonces papá atravesaba la casa, más sólido que el resto del tiempo, más incapaz de quedarse en ese estado gaseoso con el que se movía, se mueve, en general, como si el enojo o la angustia 16


le endureciera las huesos y no lo dejara traspasar las paredes, como parece que hace, todavía, en medio de la madrugada, decía, subía y nos despertábamos por los gritos susurrados de los dos, y yo, que dormía abajo, subía, también, y miraba, desde ese cuartito vacío con el que empieza la planta alta, en el que empieza o termina la escalera, miraba, desde ahí, la piecita de mamá, al fondo del pasillo, angosta, sin puerta, y escuchaba, sobre todo, porque no se veía nada desde ahí, pedazos de cuerpos, recortes de cuerpos, cuerpos incompletos, lo que entraba en el marco de la puerta según dónde se paraban, escuchaba, decía, ruido, gritos, cosas que se rompían, y después, de repente, nos íbamos a dormir, de nuevo, como si nada, y al día siguiente sabíamos, por lo menos, que no se iban a pelear temprano, mamá esas noches, después de discutir, se acostaba tarde y se levantaba cuando nos habíamos ido, los tres, o se levantaba temprano, con la cara amontonada por el sueño, medio zombi, simulando normalidad, intentando hacernos creer, supongo, que la noche anterior no había pasado, se levantaba, mamá, temprano, dormida, y nos hacía el desayuno con torpeza, llevándose todo por delante, o no nos preparaba nada, se paraba en la cocina, al lado del horno, atajándose el cuerpo con los brazos por el frío que entraba por la ventana de la cocina que no cerraba bien, tampoco abría bien, teníamos que trabarla con una cuchara, mamá, entonces, por el frío, se abrazaba para que el cuerpo no se le salga y ponía la pava que había pasado la noche arriba con ella, que había, de alguna manera, dormido con ella, la pava grande, la única que teníamos, que todavía tenemos, la ponía sobre la hornalla y hacía ruido, medio desarmada, medio blanda la manija, se paraba y esperaba, mamá, contra la mesada, sostenida por el mármol, y hacía el mate, o cambiaba la yerba, 17


que venía también de la noche anterior, tiraba la yerba en el tacho de la cocina, debajo de la mesada, detrás de esas puertitas bajas, desvencijadas que habían venido con la casa y que ya habían empezado a pudrirse, tiraba ahí la yerba, en el tacho, cambiaba la yerba, agachada, de espaldas a nosotros, si estábamos en la mesa, y balbuceaba un poco, desde adentro del sueño, hasta que nos íbamos, medio tensos, decía, sabíamos que no se iban a pelear porque esas mañanas, si mamá se levantaba temprano, papá ya se había ido, tan temprano que quizás, al salir, fuera de noche todavía, tan temprano que cuando nos levantábamos no quedaba, de papá, ni la sombra, ni el temblor de la puerta, y fue así, me parece, hasta que mamá volvió a casa después de ese viaje, una mañana de sol pero fría, en invierno, sin clases, no sabía, yo, que mamá llegaba ese día, y se sentó en la cama que estaba debajo de la ventana y me dijo, tranquila, como no la había visto últimamente, que se iba a ir, esa mañana, que se iba a llevar sus cosas a la casa del tío, que había venido con ella en la camionetita blanca, que la esperaba, mientras me hablaba, en la puerta, el motor respirando, y que a la noche, me dijo, iba a volver a explicarle a papá, mamá y el tío juntaban las cosas con apuro, la ropa, sobre todo, del placard de la pieza de adelante, sábanas, las metían en la camionetita blanca, estacionada en la puerta de casa, y se iban, los dos, y papá no sabía nada y tuve que decirle yo, esa noche, y me acordé, hoy, de la cara de papá, rompiéndose líquida, cayéndose como no lo había visto nunca, y me acordé, también, de la puerta corrediza del placard, como un trueno, todo el lugar que sobraba, 18


del fondo del placard, me acordé, que no sabía cómo era, que no había visto, tapado como estaba por la ropa de mamá, y de papá perdiéndose, apurado, medio vestido, en pantalón y medias, como si hubiera perdido, en ese momento, también, la ropa, con la camisa desabrochada, como si hubiera perdido, de repente, en una frase, la mitad de lo que llevaba puesto, perdiéndose, decía, me acordé, en el pasillo, primero, en la escalera, después, perdiéndose, papá, en la garganta de la escalera, me acordé, hoy a la mañana, y no supe, tampoco, qué hizo arriba, esa noche, antes de bajar, medio vestido, medio desnudo, porque no subí, esa noche, con él, como hacía siempre, pero me di cuenta, hoy a la mañana, de que cuando bajó, papá, ya era otro.

Ustedes no estaban, esa noche, yo los extrañé y quise que llegaran rápido, que volvieran, que me ayudaran a reensamblar a papá, o a evitar, al menos, que se siga desarmando, sentado en la cama, la pieza junto al living, las luces prendidas, yo, en la puerta de la habitación, justo debajo del marco, donde hay que ponerse durante los terremotos, hoy a la mañana, en Leiden, cuando salía de la waflería, del calor, del estado amniótico de la waflería casi sin gente, como el pueblo vacío, un pueblo costero en otoño, un pueblo lleno, apenas, y no tan lleno, por los locales, que no son muchos, me pareció, hoy, saliendo, yendo a la playa, dejando atrás a la moza, amable, no dócil, amable, alta, medio imponente como mi psicóloga, rubia, también, el pelo atado, discreta, dejando atrás la waflería sin movimiento, sólida contra el viento que agitaba, cuando salí, todo, mientras me acordaba, hoy a la mañana, de lo rápido que llegaron, por suerte, los dos juntos, de casualidad, a tiempo, 19


y de nosotros diciéndole no sé qué cosa a papá, sentados en la cama, ustedes, o al menos uno y otro en una silla, supongo que en una de esas sillas cuadradas, feas, de asiento blanco que habíamos traído del departamento de calle Cerrito, que no se usaban, casi nunca, incómodas como eran, y que aparecían cada tanto en la pieza de papá, arruinados, los cuatro, esperando a mamá, que no vino, esa noche, a explicar nada, no sé qué le dijimos a papá hasta que llamó mamá o llamamos nosotros y hablaron por teléfono y papá le pidió, sentado en la cama, al borde, cayéndose, que vuelva, más que nada, a intentar arreglar algo, mamá quería ponerse de acuerdo, dijo, y no era ponerse de acuerdo lo mismo que arreglarse.

Andando por el pueblito, cerca del mediodía, por la avenida, puro viento, mirando un hotel gigantesco, como de otro siglo, grande como el pueblito, más vacío que el pueblito en otoño, me acordé, en medio del frío, con una remera de mangas largas, la campera en el bolso, colgando de la tira del bolso, con el viento entrando por la remera, por los puños estirados de la remera, por usarla siempre arremangada, los puños estirados, dos túneles de acceso, esos huecos, para el viento, me acordé, por el frío, de esa noche, los tres mirando a papá, en la cama, rogando, por teléfono, por favor, Susana, decía, todo roto, y no supe, 20


hoy a la mañana, mientras me acordaba, qué hicimos, después, cuando entendimos, cuando vimos, más que nada, que no iba a volver, mamá, de la casa del tío, que se iba a quedar en la piecita de la terraza, helada, la piecita del fondo de la terraza, perdida, esa noche, también, y el resto de las noches hasta que se mudó, no supe, decía, qué hicimos esa noche, si comimos, si cocinó alguien, si alguien, si acaso, lavó los platos, esa noche, si dormimos, si papá durmió, si alguien lo vio dormir, si alguien vio, esa noche, el hueco, en la cama, si alguien lo escuchó decir algo, si es que dijo algo, esa noche, si alguien sabe, quiero preguntarles, si papá empezó a quedarse callado esa noche o si se quedó callado del todo, de repente, todo junto, si alguien sabe cómo hicimos, al otro día, para levantarnos, para levantarse, papá, las ruinas del terremoto, qué dijimos, al otro día, si dijimos algo, les quiero preguntar, desde hoy a la mañana, desde que vi los barriletes, la gente hundida en la arena, el mar, antes de volver al hostel, de buscar la mochila, de irme, esta mañana, cerca del mediodía, del pueblo, a otra parte, de salir a la ruta rodeada de flores, de lagunas, de molinos, antes de irme, esta mañana, decía, me acordé de ustedes, de papá entrando a mi pieza, muchas mañanas, a llorar, vestido de traje, de nuevo, me acordé, hoy a la mañana, y les quiero preguntar si saben si es cierta esa imagen hoy, saliendo de la waflería, del hostel, de Leiden, del frío, 21


si se acuerdan, les quiero preguntar, lo mismo que yo, si creen que mamá y papá también se acuerdan, si creen que todos podemos, al menos, ponernos de acuerdo en algo, esa noche.

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Un telĂŠfono


Me veía por una ruta angosta, intacta, rodeada de árboles y de ese césped de sueño que se ve en las publicidades, cortito, brillante y parejo, ese césped bañado y peinado que creí que no existía. Me veía andando por ahí y pensaba que eso era Suecia en primavera. Había visto un video en internet de un tipo que iba de Estocolmo a Marruecos en bicicleta y me quedó esa imagen dando vueltas, entonces cada vez que pensaba en contarles eso a ustedes me veía a mí andando por esa ruta entre los árboles, de espaldas en ese paisaje prolijo. Me parecía que era muy probable que eso fuera Suecia, un pedazo perdido, un descuido sueco, porque siempre pensé que Suecia era una cinta transportadora con embajadores simpáticos y aire acondicionado en todos lados, un país donde la nieve se mete sola en la bañera cuando se embarra. Me veía en esa ruta, en ese paisaje apenas cálido, cosiendo pueblitos todos iguales, parando en alguno y llamándolos después de marcar un logaritmo. Me imaginaba, esa tarde, hablándoles de este paisaje, de mí buscando este paisaje como lo busqué hoy, contándoles todo, la ruta verde, Suecia en primavera, pero no la historia de Lisa. 25


Ustedes no saben nada de eso porque nunca se los conté ni me lo preguntaron, no saben los detalles de ese encuentro y no está mal que no los sepan, no creo que importe que no los sepan, pero yo quiero compartirlos, hoy, y por eso busco un teléfono, como imaginé, esa tarde, que buscaba un teléfono en este pueblito impronunciable, hecho de consonantes. Creo que algunas cosas de esa tarde pueden servir para entender algo, para aclarar algo, para que ustedes confirmen algo o se enteren si es que no lo imaginaban, aunque yo creo que sí, por eso se los quiero contar, para que sepan que yo sabía lo que imaginaban ustedes. No era muy difícil sospechar que tenía miedo. Esa tarde, al principio, le tuve que decir a Lisa que tenía miedo. No debe haber teléfonos en este pueblito, esto no me lo imaginé esa tarde en la que me vi andando por el pasillo lleno de árboles, la ruta limpia, como recién hecha, tan nueva que parecía que no habían soltado los autos. Hoy, cuando anduve por esa ruta, no pasó ninguno y pensé que estaba hecha a partir de mí, parecía una extensión de mí mismo, plagiada de lo que imaginé esa tarde, y pensé, antes de llegar al pueblito, de buscar el teléfono, por pensar algo, aburrido como estaba en ese paisaje sin pliegues, al que no tuve que descubrirle nada, que ese paisaje, esa ruta, era una obra mía.

No saben de la imagen de Lisa despegada de mi cuerpo, lejos de mi cuerpo, respirando frente a un espejito en el fondo, otro espejo, a la altura de la cara, empañando ese espejo, desnuda, el cuerpo suelto, de espaldas, la piel oscura, la canilla abierta, juntando agua en los dedos, mojándose los dedos, llevando la mano hacia atrás, metiendo, mojada, entre las piernas, la mano, limpiándose, repitiendo ese gesto, diciéndome algo 26


mientras tanto, hablándome por el espejo, perdidas, las palabras, contra el espejo, sin reflejarse, sin proyectarse en el espacio entre nosotros, muda, Lisa, las palabras perdidas, y mudo, yo, perdido en ese gesto, atrapado en ese gesto, Lisa de espaldas, los dedos húmedos, separando apenas las piernas, los talones en el aire, llevando la mano desde atrás, por abajo, borrándome, Lisa, como a cualquiera.

Eso pensé esa tarde. Eso es lo que quería contarles esa tarde, lo que quiero contarles ahora, tengo la sensación de que si entienden eso van a entender lo que me pasó esa noche, lo que entendí yo esa noche, pero sigo sin encontrar ningún teléfono en el pueblito, aunque una señora en la puerta de una casa de madera, la casa, de mentira, la señora, con las arrugas organizadas, como ensayadas, elegidas a propósito, fracasando, las arrugas y la señora, en ese esfuerzo por parecer mayor, alta, rubia, blanca, sueca, espigada como la moza, angosta también como la moza, parecida, también, a mi psicóloga, unos años mayor que las otras, la señora, pero del mismo estilo, armada con las mismas piezas pero en una versión anterior, primaria, beta, la señora, uno punto cero, el prototipo del resto de las mujeres altas, rubias, de este viaje, la primera de la serie, sin editar, en bruto, con las marcas de la edad más visibles que en las otras, la moza y mi psicóloga, que son, no en ese orden, otros momentos de la vida adulta de esta mujer, mi psicóloga detenida en el medio, madura pero joven por todas partes, en el medio de la historia, mejorada, atravesada por la experiencia, con las marcas del tiempo apenas visibles, y la moza, en el otro extremo, en la otra punta de la vida adulta de esta señora que me acaba de 27


decir, en un inglés de piedra, que cree que hay un teléfono en una hostería que está para allá, a dos cuadras, pasando un vivero, derecho por esta calle impecable, recién asfaltada, amable como la moza, recién arrojada a la vida adulta, ajustándose, optimizándose por minuto, la moza, la vida joven de esta señora, como si fueran, ellas y mi psicóloga, momentos de la vida de la misma persona, tan parecidas, las tres, entre sí, que se puede suponer que la nena rubia que fueron sigue encerrada en la infancia, repitiéndose, sin saber que ya creció, que hay futuros y pasados de la vida de uno dando vueltas, la vida de uno sucediendo por ahí al mismo tiempo, lejos de uno, sin que uno sepa, muchas vidas de uno al mismo tiempo, el tiempo todo entero, en simultáneo, como si la vida de uno no dejara de pasar nunca en ninguna parte, como si las etapas no se absorbieran unas a otras, como si no se fundiera, la vida de uno, dentro de sí misma, como si cada momento de la vida de uno no implicara perder el anterior sino apenas soltarlo y alejarse, como si eso estuviera pasando desde siempre y uno tuviera un futuro en la puerta de una casa sueca, de madera, ahora, escuchando decir a una señora que allá, dos cuadras por esta calle, puede haber un teléfono, que quizás funcione, si funciona todavía la hostería.

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Memoria del cuerpo


Una noche no siento el cuerpo, que se adormece de dolor. Empapo el colchón de la cama inferior de una cucheta que vive con mi familia desde antes de mudarnos a esta casa. Mi familia es mi familia. Estoy en calzoncillos blancos. Soy chico por todos lados, no dejé de ser rubio. La fiebre sube hace días. Mi papá aparece por el extremo de la cama en el que van los pies. Todavía tengo los pies. La luz de ese recuerdo es amarilla. La cucheta ocupa la pared de la puerta. Mis hermanos y yo compartimos el dormitorio, que parece grande. Hay un armario, los muebles no hacen juego, el empapelado empieza a nublarse. Creo que mi papá me lleva al baño. Después estoy en una cama enorme que no es mía y el mundo es verde y blanco.

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Se me oscurece el pelo, también crece. Siento las piernas rígidas. Mi mamá me dice que no las tengo. Me ponen vendas y férulas en cada una. Todo está teñido de bordó, que es el color del desinfectante. Parece sangre, pero no creo, supongo que dejo de tener, porque llevan mucho tiempo sacándome un poco cada mañana. Mis abuelos viven, mis padrinos me visitan. Todos me regalan juguetes, ropa, plata. No sé para qué me regalan plata. Durante un almuerzo me explican que es papel sucio, que puede hacerme mal. Y lo mismo los diarios, que manchan. La tinta es un problema. No puedo tocar la plata, tampoco usarla. No puedo salir de acá, de esta cama blanca que hace ruido. Tengo las defensas bajas. Como mucho. Me bañan y se moja todo, pero no hay quejas. El agua sale de una esponja que me recorre el cuello y la espalda y choca contra la sábana de plástico que usan para no arruinar el colchón. Me gusta el ruido que hace, como granos de tierra golpeando una caja de madera. El piso es una mugre cada vez que me limpian. Tengo tubos conectados a los brazos y a la garganta.

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Me dan una pelota de goma para que tumbe unos muñecos que están parados en una punta de la habitación, sobre el mosaico salpicado. Tiro cien veces, los tumbo a todos. Mi abuelo me premia con plata, que sigo sin poder tocar. La guardamos en una alcancía de metal adornada con gatos. Miro películas en cassette. Tomo cocacola en lata. Mis hermanos son hombres en miniatura junto a mi cama. Mis primas son jóvenes, se visten de Disney. Los días en que me toca operarme, me mojan los labios con una gasa húmeda. El mundo es seco, se marchita, se rompe. Los ojos de mi papá aparecen entre un barbijo y un gorro verde. Se acerca a decirme algo, y por detrás se asoman los vidrios circulares de la puerta del quirófano. Estoy quieto antes de que me pongan una máscara fría que silba como una pérdida de gas. Me duermen. Estiro un brazo cuando la camilla entra en el ascensor y me golpeo con la puerta. Es un reflejo, un impulso, una acción guardada en la memoria del cuerpo, como si me hubiera quedado un tiro con la pelota. Mi psicóloga pasa muchas horas conmigo. Tiene rulos y una vez me sube a los hombros y me pasea. Soy chico, no peso nada, ya doblo las rodillas.

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Alguien me dice que la aguja que va a atravesarme la piel pincha como un mosquito y nada más. Dice mosquito y nada más. Las enfermeras me tratan bien, se ríen mientras limpian. Hay revistas. Creo que no sé leer. Me dicen que no pueden traerme a mi perra Aymará, y que en todo caso tendrían que entrarla por la ventana. No estamos en un piso alto, pero a mí me parece que hay un precipicio después del vidrio. La recepcionista se llama Marisa y a veces me alza. Siempre usa una camisa rayada y una pollera azul. Es rubia, alta, me quiere. No sueño. Nadie llora. Me gusta cuando se hace de noche y apagan las luces y parpadea el televisor. Voy al baño en envases de plástico que llevan y traen. Me cuidan con cremas para que no aparezcan escaras. Siempre estoy sentado o acostado y la piel de los injertos puede desacomodarse o sufrir por la fricción. Me dicen que voy a caminar. No me impresiono cuando me veo por primera vez. Las cortaron a la misma altura. Me tranquiliza la simetría.

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Ă?ndice

Leiden

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Un telĂŠfono

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Memoria del cuerpo

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Leiden y otros textos se diagramรณ y compuso en emr y se terminรณ de imprimir en Borsellino Impresos, Ovidio Lagos 3653, Rosario, Argentina, en noviembre de 2013.


COLECCIÓN FELIPE ALDANA / POESÍA Enrique Gallego Sacudiendo el árbol del patio trasero, 1996 Rubén Manfredi Claque-D, la araña, 1996 Carlos Piccioni Desde el agua y el aire, 2000 Gabriela Saccone Medio cumpleaños, 2000 Pablo Makovsky La vida afuera, 2000 Beatriz Vignoli Almagro, 2000 Sonia Scarabelli Celebración de lo invisible, 2003 Daniel Pérez Puerto de los cangrejos, 2003 Ada Torres Atril, 2005 Francisco Garamona Aceite invierno, 2005 Gregorio Echeverría Miseria blues, 2007 F. Simeoni-F. Marquinez Cavidades del recreo, 2007 Marcelo Rizzi Casa incompleta, 2007 Leandro Llul Disonancia del jardín, 2009 Florencia Volonté Tierra del norte, 2009 Patricia Suárez Ligera de equipaje, 2011 Paz Georgiadis No sólo los pájaros comen alpiste, 2011 José Sainz Leiden y otros textos, 2013 Daiana Henderson Un foquito en medio del campo, 2013 Cleffa Takahashi 101: Memorias de un pianista, 2013


José Sainz

Leiden y otros textos El libro se organiza a la manera de un tríptico asimétrico, en verso, prosa y versículo. Un narrador obsesivo vuelve, desde un presente lejano, a distintos estadios y episodios de su conciencia autobiográfica. Alimenta, a partir de una intuición poderosa, una teoría de la simultaneidad de las edades, como si las etapas de la vida no se fundieran unas en otras, sino que continuaran existiendo separadamente.

Leiden y otros textos de José Sainz  

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