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Daiana Henderson

Un foquito en medio del campo

POESĂ?A


Daiana Henderson (Paraná, 1988) Cursa la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó Colectivo maquinario (Santa Fe, 2011), Verão (La Paz, 2012), El gran dorado (Rosario, 2012) y A través del liso (Buenos Aires, 2013).

Un foquito en medio del campo obtuvo el primer premio compartido en el Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana 2013, cuyo jurado estuvo integrado por Mario Ortiz, Mirta Rosenberg y Laura Wittner.


Un foquito en medio del campo


Henderson, Daiana Un foquito en medio del campo. 1a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2013.

40 p. ; 21x13 cm.

ISBN 978-987-1912-13-1

1. Poesía Argentina. I. Título CDD A861

Municipalidad de Rosario Secretaría de Cultura y Educación Año 2013 © Daiana Henderson

© Editorial Municipal de Rosario Av. Aristóbulo del Valle y Callao (S2000AAI) Rosario, Santa Fe, Argentina. emr@rosario.gov.ar Maqueta: Alonso Armado: Lis Mondaini Edición de 500 ejemplares. Interior: papel bookcel 80 gr Tapa: cartulina 200 gr tipografía Asap. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 Reservados todos los derechos ISBN 978-987-1912-13-1 CUIT 30-99900315-6 Impreso en la Argentina


Daiana Henderson

Un foquito en medio del campo


Había que recuperar la sed Nos habíamos acostumbrado a ver el río de fondo de pantalla, como un póster viejo y desteñido. Tuve que venir a vivir al otro lado para recuperar la emoción. Las islas se ven diferentes, demasiado lejos para poder olerlas. El río corre en sentido contrario. Allá, durante la crecida podemos entrar despacio, juntando las manos adelante del pecho de rezar, abrirlas como una idea que se expande por las ramificaciones internas del cerebro, un entusiasmo repentino que arroja luz sobre todos los estados anteriores de infelicidad. Un perro echado, con los ojos apretados como si el sol le apuntara con un rayo, se está perdiendo el atardecer. Los skaters aprenden a caerse a nuestras espaldas. A veces pienso en ese momento tan raro. Era primero de enero después del mediodía –habíamos salido de fiesta la noche anterior– y vos decidiste ir hasta el club, solo, porque llamaste a tus amigos a la hora de la siesta y te dijeron que te dejaras de joder. Sé que no había un alma en la calle 9


y que bajaste todo derecho la avenida hasta el final. ¿Obtuviste alguna claridad en el camino mientras veías aparecer el río asomándose entre los álamos? Es que era una imagen tan común… Pero un año vimos a los rugbiers sudafricanos llegar a la costanera, apoyaron sus antebrazos inflados en la baranda e hicieron tiempo para largarse a llorar. O ibas caminando en automático, esa vez, un poco entumecido por la resaca, pensando en cosas livianas como quien va pateando una tapita de gaseosa. Te habrás acordado algo de mí? Estabas solo. No había nadie que te pudiera rescatar. Escuchame: tomate un segundo para mirar el río.

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Dicha Sigo encontrando cierta dicha en ir en bicicleta hasta tu casa. Remar no se trata de llegar a la isla, es disfrutar el trayecto –dijo Ricardo cuando nos enseñó. Cada desplazamiento tiene su clave sensitiva. Bajo los cambios para subir, después apoyo el peso del cuerpo en los pedales y me dejo caer en picada. Se entretejen nudos en los pelos cuando se ponen a flamear hacia atrás. Las construcciones van perdiendo altura, una estela de humo atraviesa el cielo dibujada con la punta de una fábrica. Aterrizo en la entrada de tu casa, las cosas andan bastante mal ahí adentro o en cualquier otro reducto que tengamos que compartir. Puedo aceptar que ya no nos queremos como antes, pero, si insisto, es porque la distancia fabricada entre nosotros es tan hermosa y delicada como ningún otro trayecto que conozca hasta ahora.

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Un horizonte curvo radiactivo Una mosca forma círculos alrededor del sombrero de paja. El labio superior se levanta como por un espasmo; el mismo mecanismo activa la cola del caballo, que pierde la paciencia y pega un piernazo, tratando de poner los puntos. Una paloma atraviesa el llano para traer un mensaje de excremento. Bajo la sombra del lapacho duerme el borracho. Tiene una panza florecida, hermosa. Los mosquitos vienen a pellizcarlo para ver si está vivo y avisarle que se acerca la hora. Debe emprender el regreso cuando el verdor suelta su perfume más íntimo. Conoce los trayectos de memoria, pero los caminos son sinuosos. No se debe tentar a la oscuridad. Es algo que no aprendieron los que tienen el dominio de la luz allá en la ciudad.

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El arte de contener la respiración Mi hermano desmayado en el fondo de la pileta olímpica del club es un recuerdo sordo. El Colo lo descubre y sale, cargándolo a la manera de Superman; sólo que en vez de llegar la prensa llega la ambulancia. Mi mamá le sostiene la cabeza, llora, de rodillas, ante la lástima de las demás familias. Tengo cinco años. Veo la boca de mi madre gesticular el nombre de mi hermano pero no escucho nada. Nos llevan a mí y a mi hermana a la oficina del presidente del club y nos dan seven up. Mi hermano sobrevive y, habiendo obtenido el título de campeón argentino, deja de nadar. Ya en casa, lo veo en la cucheta tan débil que ni ganas me dan de pelearlo. Con un tubo de papel higiénico y cartulina le hago un globo aerostático. Adentro del canasto estamos nosotros, decimos algo.

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Hasta los perros de la calle me reconocieron –dijo mi abuelo cuando volvió a Villaguay después de los años de ausencia. En la vereda, la mitad del árbol de espumilla que corresponde a su casa floreció, pero la mitad del vecino siguió verde. Una foto curiosa. Las uvas de la parra se adelantaron tres meses a la temporada de maduración. Que las plantas con su propio lenguaje le habían dado la bienvenida era algo –me dijo– que yo podía creer o no. Antes de irse, dejó un listado de recomendaciones a la abuela, de qué hacer tras su partida, sólo que se fue ella mucho antes, se estaba yendo hace rato pero como toda señora era muy discreta, hasta para morirse. Camino por las calles bajas, los jóvenes se codean ante la curiosidad de saber quién soy. Una vieja me intercepta en la diagonal de la plaza. “¿Vos sos hija de Nori?” “Sí” digo, me impone una sonrisa como de bingo, y sigue. Es posible que esta ciudad también me reconozca? Era muy chica cuando vine por última vez. Me preguntan si soy 14


la nieta de mi abuelo y sonríen, satisfechos, ante la afirmativa. Quienes no emigran se quedan vigilando las ramas genealógicas de las demás familias. Un hobby un tanto espeluznante. Mi abuela, a lo largo de seis meses, soñó con una escalera larga que, cuando llegaba arriba, no había nada. Tres días antes de morir, Horacio, su hermano muerto, le tendía la mano y la ayudaba a subir.

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Como una abeja orbitando alrededor del cerebro Un perro pasa por abajo de mi ventana, es el dueño de la noche y va a torearle a cualquier cosa que amenace con disputarle el protagonismo: motos zumbando como chicharras, borrachos que perdieron más que la salud, trabajadores traccionados a cafeína, gatos elásticos que demuestran su destreza. Cuando los dueños de casa se van a dormir, los perros domesticados se convencen de haber quedado a cargo de la ciudad y a veces se ladran toda la noche unos a otros, jactándose de eso. El cartel de neón en la vereda de enfrente –un círculo azul encerrando una E blanca– indica lugar disponible para el vehículo; a medida que se adentra en la noche su zumbido se intensifica hasta atravesar las paredes del cuarto y del cráneo. Excepto por esa mínima franja de luz que recorta la trama vertical de la madera, sería lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados. En casa de mis padres estaría escuchando las sádicas campanadas anotar una hora más en la empresa fracasada de dormir. 16


Acรก, a lo lejos, la bocina del tren. Como una tijera filosa a una seda negra la locomotora va cortando la noche.

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Vi nevar, en Rosario, y con sol A ver si alguien entiende lo que digo. Estábamos en el primer piso de un estacionamiento. Nos bajamos, encastrando las manos en los huecos de la ropa. Un señor pasó muy cerca con su auto, dijo algo que sonó como que estaba nevando en Fisherton, dijimos “¿qué dijo?”, “este tipo está loco”, miramos afuera y los copos perfectos descendían sobre los parabrisas, fue como una redención y me acordé de tantos libros y de tantas películas. Quise llamar a todos por teléfono, decirles que los amo. Necesito algo que me haga concha el corazón. Como cuando se te pega una canción espantosa y necesitás otra pegadiza para reemplazar esa pieza en tu cerebro automático. Necesito algo que me destruya.

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Equilibrio Papá aflojó los tornillos para que aprendiera a andar sin las rueditas. Ella me llevó a la vereda de tierra que rodea al hipódromo, justo enfrente de casa. Y cuál es la necesidad de aprender a sostener mi cuerpo todo de nuevo. Le hice prometer que no me soltaría por nada del mundo; giraba apenas mi cuello para ver que ella siguiera ahí, corriendo justo detrás mío, agarrándome de la parte baja del asiento. “Yo no te suelto –me decía–, yo no te suelto”, pero para ese entonces ya estaba pedaleando sola y no me daba cuenta de cómo ella se alejaba de mí, aun quedándose quieta entre los troncos viejos y gruesos. Me enojé tanto cuando me di vuelta que rechacé ese objeto a un costado de la vereda y quise volver a casa. Ahora voy esquivando colectivos, 19


haciendo finitos, calculo el tiempo exacto para pasar en rojo y no morir en el asfalto, pero así y todo no voy a reconocerlo. He decepcionado muchas veces a mi madre y sé que seguiré haciéndolo. No hay lugar en el mundo para dos personas iguales, ni siquiera lo hay en una casa, y por eso me fui apenas terminada la escuela. Pero es necesario para que mamá aprenda. El equilibrio se fabrica con la distancia, si nos quedamos quietas seguramente nos vamos a caer. Ahora rebobino el cassette y resulta que soy yo la que se aleja mientras ella se queda parada, palideciendo bajo el sol de un domingo. Pero yo no te suelto, mamá, yo no te suelto.

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Las ganas de estar solo y después no acordarse cómo Estar en silencio es tener conversaciones imaginarias: lo que le diría, lo que le voy a decir, lo que le hubiese dicho si. Cuando nos volvimos a ver estabas contento, habías logrado limpiar el ruido de los últimos encuentros y sintetizar: el cariño subyace y sobreyace. Un beso en la frente, y entonces sí: “Me llevo de vos las más hermosas palabras”. A la noche sentí que flotaba cuatro centímetros sobre el colchón. El vecino flogger tardío y sucio del que nos reíamos por pasar horas en la misma posición, mientras nosotros la cambiábamos mil veces, se veía tan feliz a la luz de la computadora.

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Cuerdas vegetales El abuelo me enseñó a atrapar el aire con las flores acampanadas de la enredadera: cerrarlas por ambos extremos –una bolsita de pétalos– y comprimirlas en un movimiento ágil y rápido para que haga una pequeña explosión, un sonido simpático, semejante al del corcho cuando es eximido de su compacta espera. Nadie recuerda cómo era la canción que el abuelo improvisaba después de abrirte un secreto brillante, hacerte así en la cabeza y desplazarse con la manguera para hacer florecer otro sector.

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Espejo Cuando los conocí me costaba distinguirte a vos de tu hermano mellizo. Después las diferencias se hicieron abismales. En una especie de código grupal nos jactábamos, frente al desconcierto de otros, de poder reconocerlos incluso de espaldas, mismo pelo, misma estatura, igual vestidos. Son idénticos!, decían, dos gotas de agua! A nosotros los detalles se nos volvían tan grotescos que, llegado un punto, ya nos costaba encontrar similitudes. Vos te dabas cuenta de que estábamos en un momento de riqueza que no volveríamos a abarajar? Y te dolió cuando pegaste el estirón? Yo no vi nada de eso, estaba en otra. Te fuiste a la edad en la que algunos dicen que dejamos de crecer, aunque seguimos, después de eso. Y crecer es mutar, deformarse, así que, en esa transformación, algo de nosotros muere, también. Ahora tu hermano se mira al espejo y no se reconoce.

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Leña El viejo junto a la ventana emprende el último viaje: va hacia el pueblo de su hermano que se está muriendo. No se ven hace cuarenta años pero resuelven, al final de sus vidas, formar una sociedad para la muerte. Ella acaba de tener un bebé y decide regalarle un futuro resguardado de las amenazas de su marido. El hombre al final del vagón se encuentra en el primero de tres viajes que tendrá que hacer, cargando con las esperanzas de conocer a su hijo después de nueve años de ausencia voluntaria. Una locomotora promedio puede arrastrar un máximo de 2.200 toneladas. Si las ilusiones se materializaran no andarían los trenes.

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Migración Las nubes de la noche son impuras, tienen el corazón manchado. Desconozco la simbología climática, por lo tanto: mañana tal vez encuentre el piso del patio mojado, pero tal vez no. Lo mismo la brisa va a hacer bailar los juncos como a niños de un coro. La luna gorda amamanta las superficies más suaves, las lustra con su leche, dejándolas brillantes. Los patos sirirí apuntan hacia allá, guiados por la estrella mayor, emiten su pitido anunciando el trance. Una vez al año, las golondrinas eligen esta ciudad para desplegar su coreografía. La gente se acerca a verlas cubrir el barroquismo blanco de la catedral en la celebración del linaje. Después, revolotean hacia un árbol y otro de la plaza, como poniéndose al tanto de los ramajes de la genealogía. Jamás llega una camada de golondrinas descolgada, ya finalizado el festejo. No fijan una fecha, simplemente la saben.

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Alternativo El abuelo no quiso que lo veamos durante la semana en que anduvo sin los dientes postizos. Una vez lista la prótesis nueva, fue a testear la calidad con el locro que hicieron en casa. Después de la sobremesa puso su mano gigante en mi espalda y lo vimos irse por la puerta, desde la cocina. Otra vez se fue el abuelo sin decir, prácticamente, palabra. Sus cortas y escasas enunciaciones no me alcanzaron para memorizar su registro. Como nos acostumbran las películas, uno esperaría que, al final, usara la voz por todo lo que no lo hizo durante su vida. Pero no, le dijo a mi hermano “dejá, ya está” mientras le daba un infarto y la fue a enterrar como un tesoro.

26


Camino abajo Escapábamos por las ventanas, los patios traseros, uniéndonos camino abajo a la hora de la siesta. Ese era nuestro delito. Llegar a la orilla filtrando piedras chatas para hacer sapito. Un arte primitivo se gestaba al ras del agua. Ahora estamos todos lejos, desparramados en un mapa junto a ríos desconocidos. Los huesos se nos fueron estirando, la mayoría de nosotros sobrevivimos. Años verde limón, dulces, fragmentados en fotogramas. Juan me dijo “al final todo se reduce a eso”. Alejarse de los padres en los momentos en que no están despiertos.

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Panchito Vemos la carne oracular sobre el fuego, señales de humo hipnóticas para las criaturas que rodean el milagro de la combustión se elevan hasta el cielo y llenan nubes constipadas en retirada. Uno fue a mear a la oscuridad entre los árboles del fondo, justo sacan una foto con flash y sale; apenas contrastada de los troncos su silueta se dibuja contra la noche. Es perfecto: las nalgas redondeadas, carne animal y carne humana se mezclan con los humos, la metáfora, está ahí, Panchito meando entre los árboles y no lo vemos. Si aguzo el oído puedo escuchar, todavía, el chorro de pis escurrirse por las complicaciones del tronco. Es eso: la meada y la cerveza, calentándose después de la helada que plastifica el pasto, se desperezan con la luz y empiezan a soltar su olor. Juanjo se bronceó la mitad de la cara porque durmió con la puerta de la carpa semiabierta. 28


Hubo un día en que vino la tormenta, cada uno sostenía una varilla, una montaña de bolsos en el centro, el parque se convirtió en un río, qué vértigo que desaparezca el horizonte, la conservadora bailaba con soltura entre los troncos, como si le hubieran salido piernas y las estuviera probando, liberada de una vez por todas de nuestros abusos. Pero ahora ya lo superamos. Estamos prestando atención a lo que hacemos con el silencio. Marie y Lucas se pusieron de novios cubiertos por un manto empolvado de estrellas. Yo me calenté las manos poniéndolas al fuego como una pantalla. Todos aportamos a la escena, aunque nos quedemos colgados y quietos. ¿Para quién? ¿Quién nos mira? ¿Panchito que está haciendo pis? Bueno, no, porque está de espaldas. ¿Y quién viene desde allá haciendo crujir las ramitas? Son Mariana y Sergio, se atropellan para hablar, que vieron una luz enceguecedora, dicen, potente, un rayo, un flash. Demoramos un rato en tomarlos en serio, es lo mismo que cuando tu abuelo te dijo haber comprobado 29


que había otro cielo lleno de pájaros. Tuviste que tragarte tus certezas, nos hemos aferrado a tantas idioteces que por qué no les vamos a creer a ellos. No es una cuestión probatoria, sino de mérito. Los sentamos, les damos un choripán, un vaso térmico con cerveza adentro. Todo está en este momento. Ahora. Podríamos ponerle freno de mano al planeta, quedarnos acá y no nos perderíamos de nada. El fuego se devora una porción más de tronco y lo hace fosforecer. Ya nos cansamos de escuchar eso de que el sol siempre está pero no lo vemos. Panchito es el sol, carajo. Riega con ese agua dorada una colonia de hormigas que recibe la lluvia con el espíritu abierto como en una fiesta electrónica en la que se quiere abrazar el cielo y no se puede. Las hormigas somos nosotros. Seguí meando, Panchito, te prometo un porrón cada vez que vuelvas para que recargues la vejiga. Seguí porque es lo que vos sabés hacer. Seguí meando y no parés nunca.

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Roedor El niño sacó la dentadura postiza y llenó de monedas el vaso de agua, a la orilla de la mesa de luz de su abuelo. Estaban más doradas que ninguna, como pulidas. Miento. Yo no lo vi, solamente me lo contaron y estoy segura de que, además, la anécdota es mentira. Pero dejen que me quede con la filmación mental de las monedas expulsando finos hilos de luz que se atan a las puntas del sol. No me quiten eso.

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Apagón El apagón provocó la muerte de los semáforos y el consecutivo caos embotado. Los autos quedan tanteando la oscuridad a las puteadas y los bocinazos. Vemos caer en espiral las brasas de cigarrillo que les enviamos desde arriba. Después de varias horas, la avenida logra despejarse, respira el asfalto como la pileta honda del club a la noche en verano, momento en que el cuidador, a solas con ella, se encarga de medirle el empacho, medicarla, acariciarla con el sacabichos, despacio, como a una yegua cansada de correr las carreras. Lo que más reconforta a las yeguas es que les mojen las patas. Cuando era chica, a la noche, cruzábamos la calle y desde afuera del hipódromo podía verlas felices, casi sonriendo como unicornios drogados. Una linterna se asomaba a veces entre árboles y caballos durmiendo parados, y nos daba miedo. Vi que tiraron todo abajo: van a hacer un shopping 32


donde estaba la pista. De noche resplandece el nuevo tractor de la municipalidad. Dicen que había familias viviendo clandestinamente en esos terrenos gigantes y los hicieron desaparecer. Ahora aparece, algunas noches, una linterna entre los árboles, y se asustan otros. El fondo de la oscuridad empuja los pensamientos para que trepen. ¿Cuál es el principio que activa el funcionamiento de las ciudades? Una amiga nació en medio de un corte de luz, las enfermeras sostenían farolitos con velas. Las cosas que urgen son las únicas necesarias: la madre de mi amiga dio a luz en la oscuridad. En el campo los cuentos tenían todos que ver con luces: el inagotable recurso turístico de la luz mala; la vez que Chiche se levantó y una ráfaga potente iluminó toda la casa, al otro día: vacas mutiladas y otros indicios de fuerzas extrañas. Los chupacabras y otros fenómenos sobrenaturales suelen tener mucho raiting en ciudades como Paraná. 33


Los chicos dicen que vieron en el medio del monte un animal gigante que no era ni un perro, ni un caballo, ni un puma y salieron cagando. Fue en la época en que estaba de moda salir en el noticiero local contando haber visto al lobizón en situaciones bizarras. Les gusta revivir eternamente momentos como ese, cuando terminamos de comer el asado y los mosquitos parece que terminaron la previa y vienen a buscar bardo a donde se amontona gente. –Si apuntás con un reflector potente –dice el flaco– las lechuzas caen secas al piso. ¿A qué sentimiento se parece eso que por un rato las inmoviliza, las endurece? Las preguntas serpentean el oído como los mosquitos, hasta que alguno las espanta pidiéndome que le pase la coca. Los cubos de hielo crujen en el vaso, las brasas fosforecen todavía en la parrilla; los dos se desintegran en un mismo proceso. El gordo Melini hunde su cara en la pantalla del celular, que se agranda paulatinamente en cada reencuentro. –Para qué mierda te juntás, gordo, si estás dele que te dele con la porquería esa. 34


–Vos porque ahora estudiás Letras y te hacés el hippie –le respondía, y Joaco se quedaba callado. Éramos diferentes y amigos. Ahora somos cada vez más diferentes y aunque nos vemos poco de amigos seguimos igual. Joaco cuenta el cuento de Landriscina: un gaucho en un camino de tierra veía a la luz mala acercarse… acercarse… y terminaba atropellado por una moto. El gordo Melini le dice que lo cuenta muy mal. Clavo mis ojos como escarbadientes en las estrellas que más se esfuerzan por destacarse del cielo violeta. –No sabés cómo se ve esto desde el monte –me dice el flaco. Y sí sé, pero no le digo porque ese lugar en el grupo lo ocupa solamente él. Tampoco le digo las otras variaciones de la luz que conozco: que un foquito en medio del campo es importante, que los ojos de los animales brillan verdosos, que si uno se queda un rato en lo oscuro empieza a verle los bordes, que la luna deja a los charcos plateados, que si tenés una buena linterna podés alumbrar el cielo como los helicópteros cuando buscan un prófugo. El gordo se golpea violentamente la pantorrilla 35


sin sacar los ojos de donde los tiene y el flaco prende un espiral. En espiral vemos caer las brasitas del cigarrillo y, cuando llegan abajo, ya no hay nadie. Las bocinas, los zumbidos urbanos descienden poco a poco hasta neutralizarse, como un rocío que al llegar la noche la tierra llama hacia sí. Esos sonidos constantes que naturalizamos, recién los descubrimos cuando se apagan. Las calles están en silencio, todo es más hermoso bajo su luz natural. La ciudad en estado puro.

36


Índice

Había que recuperar la sed

7

Dicha

9

Un horizonte curvo radiactivo

10

El arte de contener la respiración

11

Hasta los perros de la calle me reconocieron

12

Como una abeja orbitando alrededor del cerebro

14

Vi nevar, en Rosario, y con sol

16

Equilibrio

17

Las ganas de estar solo y después no acordarse cómo

19

Cuerdas vegetales

20

Espejo

21

Leña

22

Migración

23

Alternativo

24

Camino abajo

25

Panchito

26

Roedor

29

Apagón

30


Un foquito en medio del campo se diagramรณ y compuso en emr y se terminรณ de imprimir en Borsellino Impresos, Ovidio Lagos 3653, Rosario, Argentina, en noviembre de 2013.


COLECCIÓN FELIPE ALDANA / POESÍA Enrique Gallego Sacudiendo el árbol del patio trasero, 1996 Rubén Manfredi Claque-D, la araña, 1996 Carlos Piccioni Desde el agua y el aire, 2000 Gabriela Saccone Medio cumpleaños, 2000 Pablo Makovsky La vida afuera, 2000 Beatriz Vignoli Almagro, 2000 Sonia Scarabelli Celebración de lo invisible, 2003 Daniel Pérez Puerto de los cangrejos, 2003 Ada Torres Atril, 2005 Francisco Garamona Aceite invierno, 2005 Gregorio Echeverría Miseria blues, 2007 F. Simeoni-F. Marquinez Cavidades del recreo, 2007 Marcelo Rizzi Casa incompleta, 2007 Leandro Llul Disonancia del jardín, 2009 Florencia Volonté Tierra del norte, 2009 Patricia Suárez Ligera de equipaje, 2011 Paz Georgiadis No sólo los pájaros comen alpiste, 2011 José Sainz Leiden y otros textos, 2013 Daiana Henderson Un foquito en medio del campo, 2013 Cleffa Takahashi 101: Memorias de un pianista, 2013


Daiana Henderson

Un foquito en medio del campo Igual que las ciudades, los sujetos crecen y se transforman. Las diferencias entre los mellizos se vuelven abismales y en la pista del hipĂłdromo, donde se corrĂ­an las carreras, asoman los cimientos del futuro shopping. Estableciendo sutiles correspondencias entre las imĂĄgenes y los pasajes narrativos, la mente se mueve por los versos como una linterna entre los ĂĄrboles.


Un foquito en medio del campo de Daiana Henderson