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SOBRE LA CUESTION DEL METODO EN EL DEBATE MODERNIDAD-POSTMODERNIDAD

RESUMEN: Se trata de indicar el distinto papel atribuido al método en la filosofía moderna y en la filosofía postmoderna. De cuestión nuclear pasa a ser «cuestión superada». En este escrito se argumenta la optimalidad de un pluralismo metodológico y, por lo tanto, de la conveniencia de revisar, por una parte, la tendencia moderna a la absolutización de un método y, por otra parte, el rechazo postmoderno de método y de fundamentación. SUMMARY: We would like to indicate the different role assignated to the method by the modern philosophy and by the postmodern philosophy. In the first one, it was the most important question, but, now, in the second one, it is of secundary nature. In this writing we argue the optimality of the methodological pluralism and, so, of the convenience of reviewing, on the one hand, the modern tendency to make absolute one method and, on the other hand, the postmodern rejection of the method and the fundament. Es ya un tópico el relacionar la modernidad filosófica con la temática del método. La modernidad inaugura la insistencia prioritaria en la idea del método (Descartes, Hume, Kant, Hegel...). La postmodernidad, en cuanto rechazo -o superación- radical de la modernidad, es, pues, un rechazo del método como cuestión nuclear. Y, en buena medida, este rechazo explica que, en estos momentos, insistir en el tema del método sea prácticamente lo mismo que la reivindicación de una «inactualiciad». Para situar la cuestión, debemos, en primer lugar, reconocer que el


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debate sobre la postmodernidad es un debate confuso; y lo es en la medida en que el término «postmodernidad» se utiliza en contextos y con acepciones notabllemente diferentes. La postmodernidad no es un movimiento homogéneo. Sin embargo, ello no hace imposible encontrar una cierta orientación común. Desde la herencia de Nietzsche y de Heidegger, los defensores de una época «postmoderna» pretenden anunciar el final del racionalismo occidental. El proyecto de la modernidad -dicenha fracasado, y con él las grandes filosofías de la historia que lo sustentaron. A pesar de que, paradójicamente, uno tiene la impresión de que, a veces, es como si en ciertos discursos postmodernos se manifestara una especie de «hegeliana necesidad» de afirmar que ya se ha «superado» la modernidad y se está en lo postmoderno. Se conviene en que es principalmente Nietzsche quien por primera vez pretende miniar y hacer saltar el racionalismo occidental; en este sentido, este autor representaría la plataforma de entrada de la postmodernidad, el punto de partida de todas las negaciones de la razón. Por otra parte, también el influjo de Heidegger habrá de hacerse notar: En la «filosofía de la deconstrucción» (Den-ida), en la tematización de la postmodernidad (Lyotard) o en el «pensamiento débil» (Vattirno, Rovatti). En general -y conscientes de correr el riesgo de tratar como homogéneo lo que no lo es-, la postmodernidad representa una cierta sensibilidad que se opone a los programas de fundamentación. La crítica a una razón moderna totalizante, identificadora y sistemática, cuyas debilidades han ido siendo descubiertas paulatinamente por los «filósofos de la sospecha», abona la opción por el fragmento, la diferencia, el descentramiento. En un universo descentrado, la cuestión del fundamento carece de sentido. Mientras sigamos pensando al ser y al hombre metafísicamente, como dotados de estructuras estables, que exigen que el pensamiento y la existencia estén fundados intemporalmente, el pensamiento no podrá vivir de un modo positivo la edad postmetafísica, que es la postmodernidad. Se trata, pues, de optar por un pensamiento débil y no por un pensamiento fuerte, fundamentador. Se trata de tomar en serio el nihilismo, que es, siguiendo a Nietzsche, aquella situación en que «el hombre se aparta del centro hacia la X», reconociendo la falta de centro y de fundamento como elemento constitutivo de la propia condición. Son muy expresivas estas palabras de Vattimo en las que se subraya, además, y de manera muy contundente, el rechazo por parte de la postmodernidad de la esencia del planteamiento crítico moderno y, en definitiva, de cualquier proyecto critico, en la medida en que éste presupone siempre la idea de la verdad y de la fundamentación: «Según Nietzsche, se sale realmente de la modernidad con esta conclusión nihilista. Puesto que la noción de verdad ya no subsiste y el fundamento ya no obra, pues no hay ningún fundamento para creer en el fundamento, ni, por lo tanto, creer en el hecho de que el pensamiento deba «fundar», de la modernidad


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no se saldrá en virtud de una superación crítica que sería un paso dado todavía en el interior de la modernidad misma».' Hay que pensar sin un punto de partida ni un punto final absolutos; conseguir que el juego sustituya al sentido. El postestructuralismo aparece como una revuelta contra la racionalidad desde los márgenes, lo fortuito, la diferencia y la dispersión. Hay que pensar desde lo no idéntico y lo no asimilable, mediante conceptos que no se dejen atrapar por el sistema, que estén en los márgenes, en el 'entre'. No existen elementos, sino trazas, tejidos... Foucault propone «no imaginar que el mundo nos ofrece una faz que nosotros sólo tendríamos que descifrar; el mundo no es cómplice de nuestro pensamiento; no hay una providencia prediscursiva que lo predisponga a nuestro favor. Es preciso concebir el discurso como una violencia que hacemos a las cosas, en todo caso como una práctica que les imponemos y es en esta práctica donde los fenómenos del discurso hallan su principio de reg~laridad».~ La forma de nihilismo que frecuentemente impregna planteamientos postmodernos tiene un carácter apacible, tolerante, no violento. Es un buen ejemplo el caso de Vattimo. Su «pensiero debole» sustituye a las categorías tradicionales de la ontología (ser, verdad, fundamento, absoluto...) consideradas como expresiones de dominio y de violencia por categorías «más débiles» como la diferencia entre los entes, su historicidad, su eventualidad, la decadencia, la crisis... En lo referente a la esfera de la práctica, no solamente no se cree en la posibilidad de motivar racionalmente las propias elecciones, es decir, de justificarlas por los fines o por valores fundados racionalmente, sino que se considera más válida, desde el punto de vista moral, una decisión infundada, o fundada únicamente sobre ella misma, considerada como expresión de una absoluta libertad. En fin, si las totalidades ofrecidas por la modernidad han resultado ser el producto patológico de una hybris de la Razón, ahora ya no se ofrece una nueva síntesis sino que se decreta el sincretismo de la razón, la fragmentación del sentido, la desconexión entre los diversos saberes y dominios científicos, la imposibilidad de justificar la acción y establecer la legitimidad política.

Resulta bastante significativa y sintomática la posición de Habermas: la razón occidental, la modernidad europea, ha conocido fracasos y

1 VATTIMO, G., El fin de la modernidad; Barcelona, Gedisa, 1986, p. 147-148. 2 FOUCAULT, F., L'ordre du discours; Paris, Gallimard, 1971, p. 55.


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fuertes patologías, pero constituye un proyecto inacabado. En particular: el pensamiento ilustrado no está agotado. Aquellas viejas formas de representación de la experiencia que dejó abierta la ilustración: ciencia, moral, arte, pueden haberse separado e institucionalizadocomo cuestión de expertos frente a la praxis comunicativa de la vida social cotidiana para la cual habían surgido, pero ello no obsta para que continuemos indagando en los elementos emancipatorios de aquel proyecto ilustrado, que haga posible una nueva racionalidad. Al mismo tiempo, Habermas ha desarrollado en toda su obra una reconstrucción del sujeto de la modernidad transformándolo en un sujeto dialógico. Desde la perspectiva habermasiana, estos tres elementos son los que deben ser recuperados para una prosecución de la modernidad: una evaluación positiva -a la vez que crítica- de la racionalidad y de sus progresos; una profunda confianza en la democracia y en su justificación republicana; y la convicción de que las cuestiones éticas (entre otras las cuestiones relativas a la justicia y a la libertad) son cuestiones esencialmente susceptibles de ser discutidas argumentativamente. En efecto, una de las grandes preocupaciones de Habermas es la de abrir un espacio de racionalidad práctica: aquella donde las cuestiones éticas y políticas pueden ser discutidas y donde la cuestión de las normas sea objeto de elección democrática y razonada. Ocurre, ciertamente, que la ética está, con frecuencia, ausente de las reflexiones postmodernas. Era de esperar que, respecto a este planteamiento de Habermas, el punto más atacado por los postmodernos fuese la confianza puesta en el progreso de la racionalidad. Esta, denuncian en efecto, aparece muy a menudo como totalizante. R. Rorty piensa que Habermas nos propone todavía, con la voluntad de salvar la modernidad, un «gran relato»: el de la emancipación, del progreso, de la realización tema de la aut~nomía,~ de los ideales de la Ilustración, serían los capítulos de ese relato.

Después de caracterizar, de una forma ciertamente esquemática e imprecisa, lo que podría ser el común denominador de las postmodernidad y una de las propuestas todavía modernas, creemos poder introducir, sin más, nuestro parecer - q u e esperamos «justificar y argumen-

3 Sin embargo, no falta en Habermas el reconocimiento de la necesidad de que la razón reciba hoy algunas aportaciones importantes de la tradición judeo-cristiana: el reconocimiento del hombre como sujeto insubstituíble, la idea de la libertad, entendida no como un destino indiscernible, sino como una suerte y una posibilidad, y el concepto de historicidad. Cf. Habermas und die Theologie, ed. E. Arens, Frankfurt, 1988.

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