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OPINIÓN

IES Isabel de Castilla

La clase, la hoguera, la luz: una edad difícil.

H

ace poco pasé el fin de semana en una isla al norte de Holanda llamada Ameland. Era una excursión para estudiantes de intercambio, es decir, extranjeros. Una de las noches, el comité organizador –estudiantes holandeses– preparó una fogata en la playa. Llegamos en bici a un rincón desierto, escondido tras las dunas, y allí nos reunimos alrededor del fuego. Hacía frío. Eran las nueve y media. Estaba atardeciendo y aún había mucha luz. Alguien se había traído una guitarra y empezó a cantar, y nosotros con él. Éramos un grupo grande, unos cincuenta. Muchos de nosotros no nos conocíamos ni llegaremos a hacerlo. Pero en ese momento cantamos todos juntos, y pedimos más canciones, e hicimos lo posible para que el fuego no se apagase con el viento, lo posible para que el atardecer durara más. No es fácil sobrevivir al instituto. El instituto es un lugar difícil para una edad difícil, pero es el mejor lugar que conocemos para esa edad. Estar en clase era el único momento en que no pensaba en ello. Estar en clase se parecía a esa playa desierta entre las dunas donde, de pronto, tras mucho esfuerzo y madera acumulada, enciendes una hoguera e intentas que dure la luz. Estar en clase significaba que no importaba quién eras, ni cómo eras, ni quiénes eran o no tus amigos. Estando en clase, alguien salía al centro con una guitarra y cantaba y compartía la música. Desde entonces me gusta ir a clase. Estar en clase compartiendo algo es aún más importante que lo compartido. Es mantener el fuego. Crear el calor: la luz. Iluminar nuestras mentes mientras todos cantamos lo mejor que sabemos. Ser maestro tiene mucho de saber encantar, de crear un hechizo, de romper las barreras. Estar en clase significaba estar a salvo. Aunque después el fuego se acabase y la tarde cayera sin que supiéramos cómo detenerla. Aunque el hechizo se rompiera y nos dedicáramos a romper la magia y a olvidar el fuego. Aunque nos dedicáramos a destrozarnos en los escalones cubiertos de nieve temprana. Algo de aquellas llamas se quedaba dentro, con la promesa de que volvería al día siguiente a enseñarnos más melodías. En una edad difícil, la educación es imprescindible para la igualdad de oportunidades, el crecimiento personal, el autoconocimiento y la superación. Para saber estar en sociedad y ser uno mismo. La educación es un oficio artesanal. La educación es un lujo. A día de hoy, cursando mi tercer año de universidad, sé decir: me gusta ir a clase. Algunas de las personas que más me han inspirado en mi vida han sido profesores. Admiro que alguien tenga la paciencia y la generosidad de compartir su tiempo para enseñarme algo. Admiro que alguien sea capaz de transformar un aula y encender un fuego y ponernos a cantar. Pero, sobre todo, admiro al profesor que no sólo enseña qué es el fuego a un puñado de personas perdidas en medio de una playa, intentando que no se apague la luz, sino a los que también nos enseñan cómo hacerlo. Cómo encender nuestra luz. Laura de la Parra Fernández (antigua alumna)

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La clase, la hoguera, la luz: una edad difícil.  

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