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México, Distrito Federal, al día 29 de Mayo del año 2012

“Sabed pues que no vais a escuchar una conferencia, sino un ligero apunte de nociones ... ¡ojalá ... que ellas no sean inútiles a quien en lo futuro haya de discurrir sobre el propio tema para hacer la historia del arte en México!”(1)

Don Nicolás, (si me es permitido el atrevimiento) Bajo el evidente conocimiento de que no llegará a leer esta carta (y si me equivoco, por favor mande una señal), me dirijo a usted en el ánimo de reafirmar la utilidad de su texto de manera un tanto celebratoria a su trabajo y dedicación al desarrollo (desde varios ámbitos) de la arquitectura en México. Este, un análisis breve pero, ojalá, certero, no es más que una visión personal de mi presente arquitectónico visto bajo temas que me parecieron serían interesantes de comparar con sus “apuntes”(2). Seré directo: la profesión está en crisis. Muchas son las razones, pero una primera y más evidente es la de la falta de trabajo.

Verá usted que, tras el crecimiento industrial desde mediados del siglo XX(3), los procesos de urbanización tuvieron un auge inusitado. Sin embargo, y muy a nuestro pesar, fue el ingeniero quién suplió el trabajo de arquitecto, donde, hay que reconocerlo, lo ha sobrepasado bajo los criterios de productividad y efectvidad. Y es que, ¿quién en un medio donde el interés monetario es preponderado, decidiría gastar por incluir unas balaustradas imponentes u ornatos de gran factura si puede ampliar el valor del edificio incluyendo otros 30 pisos más por el mismo costo? Ante todo esto, muchos han encontrado solución en volcarse ante el carácter más utilitario de la profesión, pero por ello han fallado en la expectativa de la formación integral. Con mucho ahinco se han empecinado en reproducir a manera de técnicos las soluciones que fueron válidas en momentos anteriores o contextos diferentes. Este nuevo historicismo es reflejo de una añoranza que no hace más que reforzar el carácter individualista de la obra arquitectónica, dejando de lado cualquier motivación por aportar algo a la época en la que se inserta(4). Ellos muestran una obra de hechura e intenciones cuasi científicas, con solo la “vestimenta” artística que proporciona una fachada ornamentada y con ello pretenden aportar el carácter sensible a sus obras. Algunos más, han abogado por la supervivencia más básica y carente de ambición. Arquitectos que no son autores ya más, y que se conforman con (sobre)vivir bajo el yugo de supuestos “genios arquitectónicos”: personajes que se han vuelto más celebridades que profesionistas, y que profesan la doctrina del arte acartonado, destellante sólo en la formalidad más explícita y, por lo tanto, digerible.


Probablemente usted llegó a vislumbrar esto en sus últimos años de vida, pero como resultado más tangible nos encontramos ahora con ciudades llevadas hasta su punto de quiebre. Nos hemos atenido a vivir un espacio cada vez más reducido, lejanos ya de las maravillas urbanas de edificios con 4 fachadas, talud y tablero, arquitectura y ciudad. Nuestros panoramas citadinos reflejan una cornucopia de edificios de calidades estéticas dispares y en ningún momento consensadas. Y lo más preocupante es que a nadie parece aquejarle. Sí señor Mariscal, en nuestros días el racionalismo ha alcanzado un punto algido donde lo que la sociedad exige es el cumplimiento de sus necesidades primordiales, “lógicas” y primariamente utilitarias. La cultura y el nutriente artístico han pasado a un plano muy lejano. De repente, esa “necesidad imperiosa”(5) artística se hizo a un lado, y peor aún, se le tergiversó de manera penosa. Los edificios de la Santa María la Ribera que usted aborrecía (6) deslumbran ante los horrores de los núcleos urbanos actuales, matrices de máquinas del “habitar” que responden solo la mínima condición arquitectónica de la caverna. Y es entonces que me pregunto cual es el origen de esa falta de ambición que sigue negando nuestro potencial de “pueblo artista”(7). Al grueso de la población se le ha acostumbrado a vivir una arquitectura pobre en intenciones, pobre en contenido y tristemente manipuladora. Y sí don Nicolás, yo también pienso que la arquitectura es una plataforma educativa, puesto que, como usted mismo lo refiere, su carácter público y sensibilizador permiten “formar en el público el buen gusto, el amor a las artes”(8). Ya bien se ligaban las ordenanzas de la época del ensanche colonial en el siglo XVIII a una mejora en la calidad de vida y en el espíritu del citadino, con resultados favorecedores por lo general. El pueblo mexicano de esta era no exige buen gusto porque su formación artística es ya sea la de las medianeras, del eclecticismo trasnochado, o de los excesos de los destellos y la pretensión de nuevos “absurdos quiméricos”(9). Hemos perdido las nociones más básicas sobre el gusto, incluso en los planes de enseñanza del sistema educativo. Muy atrás han quedado los ejemplos de los Agea, las políticas de Cavallari(10), las intenciones de Vasconcelos, o la guía de un líder político que reconozca la trascendencia del nutrimento cultural.

Critíca usted a Cavallari por sus implementaciones educativas(11) y yo difiero. Me parece que de haber integrado fielmente los enseres científico técnicos con la sensibilidad artísitica, probablemente hubieramos evitado las recientes tragedias urbanas que se dibujan en el panorama de las ciudades. En ese entonces se perdió por muchos años el interés en que el quehacer arquitectónico resolviera el llamado social de la época, por las limitaciones que les imponían obras poco dignificantes, cada vez más acotadas por las condiciones precarias de esos (y estos) días. Se hizo también caso omiso la importancia del conocimiento técnico y científico que requería el avance tecnológico en ese tiempo, enfatizando erróneamente la caracterización personal de los valores formales de la arquitectura. Este fénomeno se repitió en las épocas de la expansión urbana antes mencionada(12). Las generaciones que nos anteceden son de las de orgullosos “honorables arquitectos” que no hicieron más que entregarle a los actores que se prestaron a rendir los servicios necesarios de manera efectiva, lo que nosotros por despecho y deshonra nos hemos rehusado a desarrollar Creo firmemente que este desencuentro entre arquitectura e ingeniería no se habría dado de haber logrado encaminar una visión más abierta del panorama de la profesión en momentos futuros.


Si bien dichos términos son en si etimológicamente distintos(13), no me cabe el que cualquier profesión se mantenga indiferente ante la evolución de la sociedad a la cual sirve. Aún más, yo sí entiendo el arte como un proceso íntimamente ligado a las transformaciones sociopolítico-culturales, de la misma manera en que encuentro origenes claros en la arqueología a los movimientos historicistas decimonónicos(14) El ideal Helénico hace incapié en el carácter integral del humanista, del arquitecto-ingeniero-sociólogo-artista-científico. ¿Por qué limitarlos? Lo que en otras regiones del mundo (vidas que seguimos añorando) podemos analizar como un coexistir si no perfecto por lo menos más provechoso entre las diferentes disciplinas, aquí lo hemos convertido en una discusión dicotómica, pasional y, finalmente, estúpida.

Otros tantos pensamos que la solución a la problemática radica en darle nueva vida a lo vetusto. De nuestro mutuamente amado centro Histórico de la ciudad, muchos edificios han visto una favorable evolución en su uso y mantenimiento. La actividad arquitectónica en este rubro abarca tanto el remozamiento cabal de la morfología del edificio en los ánimos de Boito y Giovannoni (15), pero también la integracion (dichosamente armónica por lo general) de elementos arquitectónicos contemporáneos con el edificio antiguo. Hablamos ahora en términos como “recentralización”, “recuperación de espacios”, como resultado de un nuevo interés en vivir las dinámicas de una ciudad centríca, interconectada y adecuada a la escala humana, fuera de los abismos territoriales, de la extensión titánica de la periferia. Se trata de un movimiento de gran auge y grandes oportunidades tanto participativas como monetarias frente a la escazez. Desafortunadamente, pocos son los arquitectos que hoy en día son provistos del tacto, intención, cultura y conocimiento necesarios para intervenir (asi se le nombra a la actividad) de manera plausible y responsable. No nos han educado con esas intenciones. La visión de alternativas viene más de nuestra posición privilegiada del acceso a la información libre y variada, y de las intenciones propias que de las instituciones formativas. Solo es en ocasiones que podemos aferrarnos a los bastiones del aprendizaje efectivo y actualizado entre tanta niebla de mediocridad académica. Podría yo también declarar “¡Laboremus!”(16), pero, por más que le asegure que varios acudiriamos al llamado, serían nada más paliativos para un gran problema mucho más complicado. Se requieren de cambios más profundos para hacer frente a una masa acrítica, disoluta en la inercia de los métodos de enseñanza trasnochados, de la práctica profesional carente de visión responsable y desligada del geist de la época. Hemos dicho.

(1) MARISCAL, Nicolás, “El Desarrollo de la Arquitectura en México”, 1900, en La Crítica del Arte en México, Tomo III, ed. Ida Rodríguez Prampolini, México, p 540 (2) Ibidem, p 540 (3) MERCADO, Elia et al. “Problemática Habitacional y Formación Profesional”, 1998, México (4) DE BOTTON, Alain, “The Architecture of Happiness”, Penguin, 2006, London (5) MARISCAL, Nicolás, “El Desarrollo de la Arquitectura en México”, 1900, en La Crítica del Arte en México, Tomo III, ed. Ida Rodríguez Prampolini, México, p 541 (6) Ibidem p 547 (7) Ibidem p 542 (8) Ibidem p 552 (9) Ibidem p 542 (10) Ibidem p 545 (11) Ibidem p 546 (12) MERCADO, Elia et al. “Problemática Habitacional y Formación Profesional”, 1998, México (13) MARISCAL, Nicolás, “El Desarrollo de la Arquitectura en México”, 1900, en La Crítica del Arte en México, Tomo III, ed. Ida Rodríguez Prampolini, México, p 541 (14) MOLINA, Luis E. “Arqueología y restauración de monumentos históricos”, Boletín Antropológico, Año 23, 65, 2005, Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela, p354. (15) Ibidem. p355 (16) MARISCAL, Nicolás, “El Desarrollo de la Arquitectura en México”, 1900, en La Crítica del Arte en México, Tomo III, ed. Ida Rodríguez Prampolini, México, p 553



Carta a Nicolás Mariscal