Issuu on Google+

LA VIDA EN ROSA

Emilia García


La vida en rosa Emilia GarcĂ­a


I

Descendiendo por los pĂĄramos de tus muslos he abierto con mis dedos aquella caja de mĂşsica. ÂĄInfantil recuerdo!

Y nos pasamos toda la noche girando. Uno frente al otro. De puntillas.


II

A rengl贸n seguido te precipitas en el aire. Un desnudo de agua pinta la sonrisa en el lavabo.

Sobre los buenos d铆as, el acorde de agujas de tu barbilla.

Yo quedo con un broche en el seno izquierdo. Una mariposa malva hija del desliz de tus dientes.


III Están floreciendo los besos y un dulce perfume sube por las escaleras.

Entre peldaño y peldaño se detiene el deseo.

Parece que quisiera sorprenderme así, en esta tibia promiscuidad con que a solas, dejo esparcidos por la casa los cosméticos.


IV

TĂş lates en la raĂ­z de mis manos. Si camino contigo hacia la medianoche, abrochada a tu abrazo. Si al borde de la caricia nos sorprende el mundo y la febril mirada de las ideologĂ­as se incrusta en la cerradura. Tu aliento todo entero me ocupa en el espejo pintĂĄndome la risa.


V

No arde la casa, amor, que rezuman las paredes de corales. Rojo vivo el silencio se delata.

Es tu ausencia el desmayo del espejo sobre tu imagen.

No arde la casa, amor. Es s贸lo, la hoguera sola de la tarde.


VI

VuĂŠlcame el espacio. Anula los muros y sus rojos desafĂ­os.

Que la tarde me encuentre a las puertas de su ocaso embriagada de luces.

Que las alas ligeras de la espera desplieguen los azules y en el parpadeo del vuelo te llegue mi boca colmada de risas.


VII

Esa inconsciencia tuya marcada levemente, cuando todo se apresura sobre el tierno relĂĄmpago De tus ojos.

AsĂ­, en el fuego del instante, contenido en la brasa que te ocupa, me recreo deshaciĂŠndote muy lentamente, queriendo eternizar el paladar en la fresa helada de un mes de agosto.


VIII

QuĂŠ pequeĂąas las horas cuando llega la noche y desprevenida, muestra al espejo mi figura.

Cuando me despido, ya rematadamente tierna abrazada a la cintura estrecha del dĂ­a.

Cuando me aturdo en el mar en llamas de la tarde y tus palabras me llegan con el viento y tus silencios me sacuden y me arrastran,


velero ya mi cuerpo en la tempestad de tus manos.

QuĂŠ pequeĂąas las horas cuando apago las ventanas y enciendo las rendijas de mi casa y doy cobijo al sol de tu sonrisa. A salvo ya del olvido. A salvo ya del tiempo. En el centro mismo de mi existencia.


IX

Mira esos corazones sordos y la algarabía con que exhiben los aplausos. Escucha cómo miran el vuelo del vencejo y el nido en las estatuas. Se han convocado y están mojados de prisas.

Cierra la ventana, amor. Deja que pasen. Corre las cortinas. Hoy es día de fiesta, sentémonos en la penumbra.


X

Voy a quitarme del todo los vestidos. Desechar uno a uno los adornos. Aquella cinta; los primeros pendientes; un día que anudé al calendario.

Voy a tirar por la borda el equipaje. Que me lleve la ola de tu boca y me guíe el timón de tu deleite a encenderte de besos la cintura. Y ya incandescentes y humanamente turbios, quedar para siempre navegando.


XI

Mar dentro. Cielo adentro. Tierra adentro.

Hasta el fondo diamantino de las cosas y los seres. Hasta el lunar ambarino del recuerdo. Hasta el abrazo que todo lo revela y lo disuelve. Quiero contigo ir al paĂ­s del otro lado. Ya hemos curvado el espejo amor. Nada nos detiene.


XII

La noche boca arriba con su sombra se inunda y perpetĂşa.

Uno tras otro los pasos desnudos del mar van cercando los cristales.

La sal sobre mis ojos heridos es un augurio del mundo celeste.


XIII

Sobre el giro perfecto de los dĂ­as asiente el junco besando la corriente.

Cristalina se acoge la luz al Ă­gneo contorno de las ondas.

Se estremece la flor. El agua asciende. Buscan las raĂ­ces el consuelo de las aves. Un beso y todo se sucede. El imposible es ya un mito derrotado.


XIV

Llámame a los ojos. Detén el pulso que en tu lengua late. Hay palabras que florecen en el vértice luminoso del sueño y se precipitan sobre la carne y la descarnan. Las que siento venir recién bañadas de algas. Recién surgidas del fondo.

Llámame a los ojos. Espárceme de llamadas la mirada.


XV

Podemos animar el gesto de la nube. La sed de plata que sufren lo solivares. El vuelo bordado en las cornisas, en el sueño sin vela de los visillos. Podemos abrazar gritos y naufragios. El oleaje duro y sordo de las negaciones, la confusión sobre la mesa y su amenaza de vacío. El dolor blanco y quebrado en el que agonizan las lágrimas.


Podemos caminar enlazados codo con codo, abrazados a la espina sin sangre del paĂąuelo del dĂ­a. A la llamarada de amor con que arde el horizonte y en esa hora roja y abierta dejar boca con boca que se deshojen los dĂ­as.


XVI

En nuestra casa no hay rejas ni contraventanas. Un silencio dulce se sienta a la mesa. Tenemos un lugar para el furor y la tibieza. Para la sed de amor y de agua. Tenemos un rinc贸n donde mimar los amaneceres de ojeras rosa , hijos de noches largas y de c贸mplices sue帽os.


XVII Si los días se despiden con pañuelos transparentes, con pañuelos de sangre, aquí me llega traspasada de latidos tu ternura. Si el péndulo de la noche reposa su ritmo oscuro y la aguja del deseo se perfila en el costado sin sueño de la luna, aquí tengo la sed y el oasis de tu cuerpo. Aquí estás, compañero, en el vientre de mi tiempo



La vida en rosa. Poemas