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Las Tres Gracias Emilia GarcĂ­a


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Emilia García


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stamos al final de la época veraniega y hemos decidido marcharnos. Las Tres Gracias ya no abrirá sus puertas la próxima temporada. Seguro que la pobre Elvira se lleva un mal rato cuando mañana llegue para recoger y no nos encuentre. Hemos pensado en ella, se lo merece, han sido muchos años los que ha pasado con nosotras, igual que Joaquín. También Carmen lo necesita. Hemos pensado en los tres. Ahora sólo me queda esperar a que el teléfono dé la señal convenida. Tres llamadas y lo descolgaré. Entonces sabrán que estoy preparada. Que todo está dispuesto. Amparo y Aurora no tardarán en llegar una vez que el reloj se ponga en marcha. Sin embargo lo que más me aterra es esta quietud que respiro con cada minuto. Debería haber dejado algo por ultimar, así, al menos, estaría ocupada. Ese ha sido mi reto


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durante años, mantenerme ocupada, tener algo entre las manos. Tejer, pulir las teteras, almidonar y festonear de bolillos las mantelerías, cuidar del jardín. Este pequeño jardín con el que alegramos la terraza de modo que las rosas y los geranios y los girasoles y las siemprevivas y la albahaca, los jazmines y los tulipanes diesen color a este trozo de arena que nos separa de la orilla. Este pequeño oasis bordeando la terracita es un regalo para los sentidos. Amparo y Aurora se reían siempre.

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-Soledad ¿Es que no puedes quedarte quieta? No. No podía. Si me quedo quieta me llevan los recuerdos. Los pensamientos me raptan y acabo concluyendo que mi nombre entero toma cuerpo y que ese cuerpo es el mío. Yo, Soledad. Solitaria


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siempre. Esto, claro, no se lo digo a ellas, si hasta a mí misma me sabe a traición cuando lo pienso. A traición y a desagradecimiento. Ellas han sido mi consuelo, el hilo que me ha mantenido unida al mundo de los vivos. Las manos que me han sostenido y las palabras que me han alentado. Pero ahora, ellas están igual que yo, cansadas y viejas. Apenas podemos sostenernos una en las otras. Las tres nos tambaleamos. Estamos agrietadas. Rotas.

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Lo que me asusta es esta inacción de última hora que parece preludiar la pasividad total, de cuerpo y alma. Aunque quizá sea eso lo que necesite. Lo que necesitamos. Descansar en paz. Puede que los lugareños nos echen de menos. Quizá durante algunos meses. Igual que los turistas que se acercan hasta Las Tres Gracias en busca de sus exquisitos postres, de su té frío que es una delicia, de su tocino de cielo. De su


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mermelada casera, de sus galletitas de chocolate y canela. Sí, puede que a algunos les invada la nostalgia, pero durará poco, el tiempo justo de encontrar otro chiringuito en el que dar cierto gusto al paladar. Eso sí, lo admito, como Las Tres Gracias ninguno. Aquí no servimos espetos de sardinas, ni paellas, ni gazpachos, ni cervezas, aunque bien rico y sabroso que esta todo eso. Pero, lo dejamos para los otros, los que ya estaban en la playa antes de que llegásemos nosotras y los que se han ido incorporando después.

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Aquí se viene a escuchar el sonido del mar sentado cómodamente ante un helado casero o una infusión de menta helada, y siempre acompañada por pequeñas delicias, todas hechas con el esmero y con la paciencia y la pulcritud que nosotras


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sabemos. Todo dispuesto sobre mesas de auténtica madera cubiertas con manteles de hilo blanco rematado con puntillas. Hilo, madera, cerámica, cristalería y cubiertos finos. Y estas vistas, flores, cielo y mar. Sin más sonido que el vaivén de las olas. Nadie sabrá de nosotras porque nadie nos espera en ninguna parte, porque hace ya mucho que dejamos de existir para las pocas personas que una vez nos conocieron.

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Ahora sólo tengo que esperar a que suene el teléfono. ¿Está tardando demasiado; o es que acaso soy yo la que está acelerada?


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Os conocimos de la manera más tonta y también de la más contundente. Estábamos sentadas ante una taza de chocolate humeante y de un plato con churros. Cada una en su mesa. Nadie se


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fijaba en nosotras nosotras mismas.

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excepción

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Parecíamos una imagen que se hubiese multiplicado por tres. No por el parecido físico, que no nos parecemos en nada, a no ser por nuestro escaso atractivo. Lo que nos unía era nuestra soledad, nuestro desamparo, la opacidad que parecía fluir en torno nuestro.

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Las tres nos habíamos quedado solas. Las tres habíamos descubierto que ya no éramos gratas ni para nuestros maridos ni para nuestros hijos, ya mayores, casados, lejanos, para los que las madres éramos un futuro estorbo. Con sesenta y cinco años recién cumplidos, simplemente se nos había dicho “ya no te quiero” Y ya está. Ya no te quiero. Y ese ya no te quiero nos golpeaba a las tres en las sienes y se hacía agua en los ojos y en el


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paladar. El chocolate se enfriaba por segundos. Aquello fue lo que nos unió, aquel tétrico y bochornoso espectáculo de tres señoras ya entradas en años gimoteando como colegialas. Aquel trío de hipidos y narices enrojecidas.

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Acabamos juntando las sillas, compartiendo mesa y consolándonos, apurando los churros ya mustios, dando rienda suelta al pesar que aquella tarde de agosto, una parecida a esta, nos consumía por dentro. Descubrimos que teníamos otras muchas cosas en común. Aurora siempre ha sido la más aguda – Mirad, pero si parecemos “Las Tres Gracias”. Gordas, feas y solas.- Eso nos hizo reír. A partir de ese momento fue así como nos llamamos entre nosotras. A los pocos meses de conocernos pudimos disponer del dinero necesario para dejar aquella ciudad y venirnos aquí,


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a este pedacito de costa, a este rincรณn del Mediterrรกneo y comenzar una nueva vida, No ha estado mal.


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mparo es grande. Tiene un corazĂłn como una catedral. QuĂŠ digo, ya quisieran las catedrales poder albergar los buenos sentimientos que se alojan en el pecho de Amparo. No hay un necesitado en el lugar


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que no haya pasado por Las Tres Gracias por voluntad de Amparo. Siempre había algo a mano para socorrerles. Una mano siempre abierta para dar, para ayudar. La sonrisa bien dispuesta en sus estrechos labios. A todas horas la palabra de consuelo. Ella es la que más ha callado de las tres, la que menos se ha quejado. Lloró justo lo necesario y cuando se repuso, tuvo claro lo que sería su vida a partir de entonces –Hay que darsedecía- No somos las únicas en el mundo, gracias a dios-.

No, Amparo no estaba sola, no está sola. Todo cuanto daba se le multiplicaba en cariño, en miradas en abrazos. Amparo ha sido nuestro espejo, el de Aurora y el mío. Si nos encontrábamos abatidas nos bastaba con mirarla a ella; solícita, capaz, amiga y amigable, organizando


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campañas interminables para solucionar los problemas de los demás. Sólo nos bastaba mirarla para darnos cuenta de nuestra pequeñez, de nuestro miserable egoísmo; de nuestra estrechez de mente, de nuestro pequeño corazón. Y nos arrebataba el pudor. Dejábamos lo que estuviésemos haciendo o pensando o sintiendo en ese momento para acudir junto a ella y su llamada de atención sobre aquellos pobres niños a los que habría que vestir esa temporada. De la joven pareja de recién casados, sin techo y sin familia. De los mendigos que dormían en la playa. De los jóvenes, más muertos que vivos. Puro huesos, ojeras, delirio. Para todos tenía Amparo. Nosotras nos sumábamos gustosas a su actitud bienhechora y tratábamos de emularla. En definitiva, era una manera como cualquier otra de decirle que hiciera lo


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que hiciera, nos tendría a su lado. Ella lo había sabido siempre. Aurora es y ha sido la más divertida. Tenía a punto la palabra precisa; el comentario mordaz y audaz a la vez. La gracia. La comparación certera. Aurora tiene el don de la palabra. Inteligente y fresca. Fue ella la que lo propuso, la que lo dejó ir así como si nada: - ¿Y si nos vamos? ¿Y si nos fuéramos? ¿Quién puede tener el coraje de pedirnos explicaciones. Acaso no hemos hecho ya todo lo necesario; no os sentís ya satisfechas? Vámonos ahora que todavía estamos algo enteritas ¿O es que pensáis que vamos a quedarnos para los restos? ¡Que hace ya rato que olemos a rancio, niñas!

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Irnos sí. Antes de que nos lleven. Antes de que se nos adelanten los temblores, los dolores, el olvido.


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Todavía resuenan en mis oídos las palabras de Amparo: Si estamos las tres de acuerdo nos vamos; pero antes tenemos que dejarlo todo en orden. En Las Tres Gracias no estamos solas. Y yo asentí. Yo voy con vosotras al fin del mundo. Aquella noche creo que las tres dormimos como niñas.


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inguno de los nuestros – que ironía- hizo jamás nada por ponerse en contacto con nosotras. Y en el fondo, lo agradecemos. Ya les dimos todo cuanto pudimos.


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Tampoco les hecho nada en cara. Es sólo cuestión de valores y ellos tienen los suyos bien definidos. A qué cartearse o llamar a alguien que se fue a algunos cientos de kilómetros, que un buen día les dijo que vendía el piso con el que ellos, en secreto estaban contando. Quizá para un coche nuevo o para dar un respiro a la hipoteca de sus casas. A mí el piso me costó años de limpieza, de hacer comidas, de lavar ropa, planchar, estar pendiente de sus colegios, de sus clases, de sus deberes. Noches de insomnio pendiente de aquella fiebre; escuchando atenta sus respiraciones; enfriándolos a altas horas de la madrugada. Velando sus sueños cuando por fin descansaban. Treinta tantos años de ama de casa de los que ni me avergüenzo ni reniego; aunque hubiese tenido oportunidad no habría podido trabajar fuera. No mientras ellos eran pequeños. Después, ya el tiempo y la naturaleza de mis labores


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habían causado estragos. Cómo competir con jóvenes más capaces, mejor preparadas, más resueltas. Pero les di todo cuanto pude. Mi juventud y mi amor sin reservas. Pedirme el piso era demasiado.


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quí también hemos cumplido. Las tres lo sabemos. Llevamos casi veinte años juntas. Ya hace mucho que no podemos tirar de todo. Para eso están Elvira, Carmen y Joaquín. Elvira sirve las mesas y Joaquín se encarga de la barra. Carmen está con nosotras, en la cocina. Nosotras la hemos


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ido instruyendo, la hemos hecho una buena repostera.

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Antes, la cocina era nuestro espacio, pero el tiempo no pasa en balde. Las manos, un buen día comienzan a temblar un poquito y, al poco, ya son irrefrenables, se desbocan. La vista se nubla y flaquea, y, sobre todo, la memoria. La memoria es lo que más nos duele. Que lleguemos al extremo de no saber qué hicimos unas horas antes. Hace tiempo que comprobamos la inquietud que muestran algunos de los que llegan hasta Las Tres Gracias y, mientras saborean el té junto a esos pequeños caprichos que horneamos, han mirado, por casualidad, a la cocina y nos han visto. En sus ojos, yo he visto, y ellas también, cómo se perfilaba la pregunta ¿qué harían esas ancianas en la cocina?


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Hemos advertido la arruga de disgusto que ensombrecía sus frentes, el gesto de desagrado y la acritud en sus labios. Les hemos leído el pensamiento: Ese no es lugar para viejas. Por eso, desde hace tiempo, la puerta de la cocina permanece cerrada, para que nadie nos vea. Todos piensan que Elvira, Joaquín y Carmen son los que regentan el chiringuito del té, como lo llaman algunos.

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Carmen es despierta y primorosa, le fuimos anotando todas las recetas hasta el mínimo detalle y ella las sigue al dedillo. Siempre cariñosa. A ella también la echaremos de menos. Los tres se comportan de maravilla. También se preocupan. Saben que Aurora se pasa las noches en vela con los dolores.


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Amparo y yo parecemos más fuertes, pero es sólo apariencia. Ambas sabemos que todo se desmorona. Nuestra temporada se acaba.

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He cargado las copas de bohemia en la barquita, el champán y las chocolatinas. Nos despediremos con un buen festín. No hay luna esta noche. Sólo estrellas, miles de estrellas y este mar quieto, en calma, esperándonos.


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Nos iremos desnudas. Así haremos nuestro último viaje entre risas. Nos reiremos de la flacidez y de las arrugas de nuestros cuerpos. De nuestros sexos ajados y desmemoriados. De nuestras encías incompletas. Nos reiremos de todo y de todos. Sí, en esta noche también me reiré de mi antigua juventud, de cuando me creía bonita, amada y deseada.


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i corazón quiere gastarme una mala pasada bombeando antiguas sensaciones. Empiezan a latir imágenes de antes. Dolores de antes, los más terribles, los que jamás he podido doblegar con analgésicos o tranquilizantes.

Me estoy acordando de ti, no se trata de añoranza, no. Sólo el recuerdo, la sensación de que se me quedaron cosas en el tintero y me entran unas ganas terribles de poder decirte lo que me callé entonces. De gritarlo fuerte, no para que me oigas, sino para que se te quede grabado entre las arterias y tengas que sentirlo con cada latido si es que todavía late ese corazón tuyo.


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También a ellos, a los hijos, los que se reunieron igual que cuervos para decirme que qué locura, que qué iba a hacer yo con el dinero del piso, que ellos me buscarían una residencia, un lugar tranquilo y agradable para descansar. ¡Descansar! Cómo si a los sesenta y pocos años ya no pudiese hacer nada más que esperar a la muerte. Sí, también a ellos me gustaría decirles cuatro cosas. Pero a qué. No vale la pena. Se quedaron con un palmo de narices. Ellos y sus parejas. Pero las palabras dirigidas a ti sí que me han estado quemando por dentro. Que ya no me querías. Cómo me ibas a querer si en tu vida has sido incapaz de querer a nadie que no fuese tu propia persona. Tu trabajo, tus reuniones, tus amantes. Hasta el reloj marcaba las horas que tú querías y necesitabas. Para los demás no


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contaba el tiempo, ni el de espera ni el de sufrimiento. Si ni siquiera cuando los hijos eran pequeños te preocupabas de ellos. Tú nunca sabías donde estaba el termómetro, ni los pañales, ni tan siquiera sabías calentar el biberón. Si te sentabas a la mesa incapaz de saborear uno sólo de los platos que te preparaba. Si te metías en la cama como una mala bestia. Sin lavarte. Oliendo todavía a otra.

Lo que me dolió no fue que me lo dijeras. Lo que me dolió y todavía me duele es no haber sido yo la que aquella noche te desnudara y te pusiera ante el espejo para que advirtieras la flacidez total y la palidez de tus carnes. Lo que tú hiciste. – Mírate bien. ¿Cómo te voy a querer? Tú y tu simpleza y tu brutalidad y tu zafiedad sin límites.


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Con ellas he tenido lo que jamás me diste. Compañía, amistad, colaboración, complicidad. Ellas sí merecen mi amor y mi respeto; aunque, a veces, y es algo que no puedo evitar, la soledad de mi nombre se crece y me hace sentir que es ella la que me habita y me lleva.

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Corro hacia la barra. El teléfono ha sonado. Me paro justo delante, esperando un pitido, otro más. Ya está. Descuelgo. En media hora justa habrán vuelto del pueblo. El farmacéutico les habrá dado la medicación sin receta. Siempre lo hace. Ya está acostumbrado a nuestros males y les ha servido nuestro remedio. El remedio para las tres.


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Me siento excitada y nerviosa como cuando cogimos aquel tren en aquella ciudad sin nombre. Cuando hicimos el viaje que concluy贸 aqu铆, en este rinc贸n costero.


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La carta de despedida está sobre la caja registradora. Para Elvira, Carmen y Joaquín. Les decimos que nos marchamos, que hemos acumulado algunos ahorros y que tenemos concertada una residencia buenísima. Que si no nos despedimos personalmente es porque nos daría muchísima pena y nuestros corazones no están para sobresaltos. Que les escribiremos.

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Les dejamos Las Tres Gracias y nuestro piso del pueblo a condición de que si quieren seguir con el chiringuito, le cambien de nombre. Lo tenemos todo preparado. Ni siquiera encontrarán la barquita. Mañana, cuando no la vean, creerán que la han robado. Nadie se imaginará que allá, en alta mar, hubo fuegos artificiales.


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Las Tres Gracias ya no volverรกn a abrir sus puertas.


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Tres mujeres y un relato

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