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Hablando con Linda Emilia GarcĂ­a


Hablando con Linda Emilia GarcĂ­a

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M

añana sí será otro día. Ángel cerró la puerta corredera lento, pausado, suave. Con un cansancio que no era

fingido, ni ensayado, ni provocado. Un cansancio que le venía de años de repetición, de hábito, de rutina. Años de acumulación de gestos idénticos todas las noches, una tras otra. Un último vistazo a las estanterías. Comprobar el cuadro de luces y los refrigeradores. Hacer la caja. Retirar la basura. Recoger los “papelillos de la risa”, doblarlos y meterlos en el bolsillo trasero del pantalón. Tomar nota de lo que haría falta para mañana, no, esa noche no. Desandar los escasos metros en que se movía a diario, dirigirse a la salida, cerrar las puertas, primero la hoja izquierda, anclando el pestillo, el de arriba, después el de abajo. Tirar hacia sí de la hoja derecha, buscar la llave correspondiente de entre el manojo que colgaba en el llavero – un delfín de bronce- girarla una, dos, tres veces. Alzar los brazos y tirar de la corredera. Todo igual, idéntico, recurrente. Solo que esta noche, sería la última. Mañana, sus pasos y su sonrisa, y sus chistes 2


no ocuparían ya aquel espacio. Mañana sí sería otro día. Uno nuevo, inaugural, de estreno. Por eso la demora, la exquisitez en los movimientos, la templanza y la contención del brazo que alza hasta asir el borde inferior de la puerta y la arrastra hacia abajo, hacia el fondo, hacia el punto exacto de su anclaje con la pieza metálica que sobresale del escalón, la otra cara de la cerradura, la que durante el día permanece escondida, a ras del piso y que ahora se eleva apenas unos centímetros sobre el suelo, los justos para esperar la pieza que le va llegando casi como en una caricia, y ya la sujeta, la abraza, metal con metal. Acople y beso que sella y encierra y sujeta una entrada. Un lugar custodiado por ella, infranqueable ahora gracias a esa unión, a esa fusión de hierro y acero. A salvo todo cuanto queda en su interior y que mañana será de otro. De otro o de otra que no será Ángel, porque Ángel ya ha cumplido su ciclo entre aquellas paredes que ahora yacen en la penumbra. Paredes que, en ocasiones, lloran. 3


Basta pasarles la mano, acariciarlas, para traerse consigo, pegada a la palma de las manos, a los poros, a la piel, el recuerdo de agua que encierran y que sólo a veces se permiten exhibir, advirtiendo o recordando o insinuando lo que allá en los cimientos de sus muros contienen. Ángel lo sabe y las ha acariciado y les ha hablado y se ha bebido, a veces también, el llanto contenido que resbala por sus superficies pintadas. Ángel ha cerrado la corredera y se palpa el bolsillo trasero del pantalón, allí donde lleva “los papelillos”. Ahora, ya afuera, habrá de dar la vuelta a la calle para volver a entrar por la otra puerta, la que accede al lugar que ocupa Ángel por las noches y que queda justo encima de la tienda. Su habitación, su cama, su equipo de música, su ropa. Lo justo, lo necesario, sin más adornos que algún póster en las paredes, alguna fotografía sobre la mesita de noche. Una habitación que siempre fue pasajera. Desde el inicio en aquella casa. Su casa que no era hogar, que había dejado de serlo desde hacía tiempo, desde que se mudaran sus padres y él se hiciera cargo del negocio familiar y 4


accediera a ocupar también aquella habitación. Dormir arriba, guardando la fuente y el fruto de su trabajo. Con el sueño ligero, alerta ante el más mínimo ruido. Su refugio. Su lugar de descanso. Su atalaya. Ángel dará la vuelta a la calle y subirá escasos metros para volver a abrir otra puerta. Sube despacio, gira la llave y espera unos segundos. Ya escucha el movimiento de Linda en el interior, la perra, cruce de pastor alemán. Alta, brillante, juguetona y mansa y fiel. Una alarma de nervios capaz de romper la noche con sus ladridos si alguien se acercara hasta esa puerta, hasta esos muros. Alguien extraño que no oliera como huele Ángel. Linda ya lo ha olido desde hace rato y se pregunta por la demora, los minutos de más que han transcurrido desde que Ángel apagara las luces de la tienda hasta este preciso instante en que el tintineo del llavero se hace perceptible y único. Linda sabe que está allí, que ya no tardará en aparecer ante ella. Cuando por fin la puerta se abra, cuando en lo oscuro de la noche la silueta de Ángel se recorte en el umbral, le 5


lamerá las manos, subiéndosele casi encima, alzando el hocico, aguzando más si cabe las orejas para escuchar su nombre – Linda, Linda – y le acompañará arriba un rato, hasta que Ángel le diga – venga, a descansar – y ella bajará fiel y obediente. Pero esta noche es distinta, Ángel se sienta en el primer peldaño de la escalera, sujetándola por el cuello, acariciándole el pelo fuerte y brillante, llamándola Linda más dulce que otras veces. Esta noche Ángel se encenderá un cigarrillo, allí, con ella, y le hablará de cosas bellas que Linda entiende y percibe como tales porque el timbre de la voz de Ángel se vuelve más tierno y más hondo, y le dirá que mañana también ella bajará la calle con él, y que a partir de ahora, la llevará al campo y a la playa todos los domingos, porque –se acabó el trabajar los domingos Linda, y se acabaron las guardas nocturnas. Saldremos de paseo con Eli, y podrás saltar, y correr y jugar hasta que te canses y, quien sabe, Linda, puede que hasta te salga novi-.

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Esa noche será una noche larga, sin prisas por descansar. Linda lo intuye cuando escucha – ¡Vamos a despedirnos de nuestros vecinos! Tú los conoces, pero ahora los vas a ver de otra manera. Los tengo aquí a todos –dirá Ángel palpándose el bolsillo trasero del pantalón– aquí y arriba, Linda, todos en papeles. Suben a la habitación y Linda se echa en el suelo, esperando, mientras Ángel abre los cajones de la cómoda y saca un álbum de fotografías que no es de fotografías, o quizá sí. Son los retratos que ha ido haciendo pacientemente, perfilando los caracteres y las costumbres y los miedos y los deseos y los olvidos y los vicios de sus hasta ahora convecinos y clientes. Consumidores diarios a los que él ha regalado sus horas y sus chistes y sus bromas y sus risas y que, en cambio y sin saberlo, les han ido proporcionando pequeños retazos con los que configurar y recrear sus vidas, pequeños retazos a los que llamaron los “papelillos de la risa”: Las notas de la compra.

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Todo empezó en una de esas noches largas de copas en El desván de Pepa cuando ya agotados los temas de siempre Ángel sacó a relucir la faceta casi de adivino que ejercía para sus vecinos con aquellas notas de la compra. Algunas tan enigmáticas e indescifrables que parecían pertenecer a una lengua ignota, lejana y antigua. O aquellas otras, tan escuetas y constantes que le permitían casi hacerse una caricatura de la vida de sus clientes a través de sus hábitos alimenticios y de sus compras cotidianas. Para ilustrar sus palabras sacó algunas de esas notas que aún llevaba encima, provocando el entusiasmo de Álvaro, el filólogo, como lo llamaban en el grupo debido a sus estudios, ya hacía tiempo acabados y de los que se enorgullecía con el título que había hecho enmarcar y que no era más que una pieza decorativa en su habitación; y que hasta ahora, no le había servido sino para envarar su tiempo entre las múltiples oposiciones a las que se presentaba y que poco o nada tenían que ver con los conocimientos adquiridos.

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Ya casi resuelto a su status de opositor permanente, Álvaro rajaba tanto del sistema educativo como del laboral, poniendo siempre el acento en la valía de muchos; entre los que él, seguro, se contaba; perdidos para siempre en el submundo de la burocracia administrativa. Entusiasmado con el hallazgo y ebrio de humo y güisqui, Álvaro pareció sacar aquella noche todos sus conocimientos filológicos comenzando por una perorata sobre la lengua y el habla y el argot y las desviaciones lingüísticas para concluir que, aquellas notas, a las que bautizaron como “papelillos de la risa” debido a la guasa que habían provocado, podían ser objeto de estudio y hasta de fuente para la tesis empezada y jamás concluida a la que Álvaro se entregó una vez acabados sus estudios, ya ni se acordaba de cuando. El resultado fue que le pidió a Ángel que por nada del mundo se desprendiera de aquellas notas, que se las pasara para que él pudiese realizar su estudio sobre esa “isla de habla local”

que

presumiblemente residía en el barrio. 9


Meses después, Álvaro comenzó a habitar aquel “submundo” burocrático de la administración, limitando sus conocimientos a estampar el sello de registro municipal sobre las solicitudes e instancias del ayuntamiento del pueblo, y ello, sin mediar esta vez oposiciones. Le bastó con acercarse a la sede del partido que gobernaba el municipio, cansado ya de postergar aquella boda que debía haberse celebrado años atrás con su novia de siempre. Le devolvió a Ángel sus notas, no sin antes indicar que aquello no tenía nada que ver con la filología, sino que obedecía a patologías diversas en las que, seguro, tendrían su objeto otras ciencias. Pero Ángel siguió conservándolas, ahora por iniciativa propia, entreteniendo sus noches con aquellos puzzles que constituían las notas, separándolas por clientes y hasta por fechas, realizando un catálogo exhaustivo con ellas, y colocándolas debidamente ordenadas sobre las páginas de aquellos álbumes.

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- “En el barrio, cada vez van quedando menos vecinos de los de antes. Muchos de ellos se marcharon allĂĄ, a la parte baja del pueblo y sus casas han sido habitadas por otros. El vecindario

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ha ido cambiando, pero los más antiguos, los genuinos, los villeros, los tengo aquí, Linda, junto a los nuevos. Todos han continuado comprando, no las compras grandes, que esas, las hacen en los supermercados, sino los olvidos. Las pequeñas cosas que se les escapan, o se les esconden y juegan con ellos, como duendecillos traviesos, allá en las grandes superficies; y cuando están acá arriba y abren las bolsas, se dan cuenta entonces de que el azúcar, o el café, o el azafrán, o la bebida, o el tabaco se les ha olvidado. Y vienen a nuestra tienda, Linda, y yo los atiendo a todos del mismo modo, al que compra más y al que compra menos, a quien necesita que le fíe hasta finales de mes y al que compra al contado. Para todos tengo risas y chistes, y algunas clientas, hasta cantan aquí, y hasta bailan al compás de mis palmas. Que yo creo que el rato que echan en la tienda les sirve de terapia y que, con mis cosas, hasta se olvidan del reuma.

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Estos son los papelillos de la Japonesa. La llamo así, Linda, porque

hace

falta

haber

estudiado

criptografía

para

desentrañar lo que la Japonesa quiere decir en esas notillas. Para ella no hay problemas. Es una maestra del reciclaje. Lo mismo le da escribir en la esquina arrancada de una página del periódico que en el revés de una receta médica. En un trozo de hoja del bloc de su hijo, con la tabla de multiplicar de fondo, que en un pedazo de cartón. En cualquier lugar vierte su letra menuda y temblorosa, si es que le podemos llamar letras. Signos sí son, pero me pregunto con frecuencia al código al que pertenecen. Y aquí estoy yo, Linda, descifrando, aguzando la vista como tú las orejas, tratando de unir un trazo con otro, completando las redondeces, incorporando una erre allá donde supongo debería haberla, rescatando el trazo horizontal de la te que ha debido de perderse más allá del soporte utilizado. Y lo consigo; ya lo creo que lo consigo; igual que consigo entenderla cuando habla, algo que ni siquiera su marido creo que haga.

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La Japonesa gasta un menú tan desordenado como su caligrafía. Ella sí lo compra todo aquí, porque es a finales de mes cuando paga. No es mala mujer la Japonesa, el desorden le viene de nacimiento. Una vez me contó, Linda, y se me ponen los pelos de punta, que de chica, la tuvieron encerrada durante años, sin hablar apenas con nadie. Menos mal que se hizo cargo de ella su madrina, que si bien no pudo llevarla a la escuela –entonces no había escuelas especiales, o por lo menos, no las había para gente pobre, que los ricos siempre han sido harina de otro costal– sí que la sacó de su encierro. Pero nunca aprendió a hablar correctamente, y mucho menos a escribir, que ya tiene méritos hacer cuatro garabatos con la vida que ha llevado. Por eso yo me esfuerzo en descifrar sus mensajes, los que manda con Antoñito, el menor de sus hijos, y es que le da vergüenza venir ella todos los días y decir –apúntamelo Ángel– ¡Como si no hubiéramos llegado a ese acuerdo! Sin embargo, a finales de mes sí que le gusta venir a ella. Lo hace con su cesta grande, como las de antes, porque la Japonesa no acarrea con bolsas de plástico. Su enorme cesta de junco. Su gran 14


monedero de material duro. Sonriente y seguro que haciendo un esfuerzo enorme; pensando bien la frase, repitiéndola para sus adentros desde su casa hasta aquí, para soltarla nada más llegar, sin importar que esté despachando a otra, sin aguardar turno –“Ae quitivi apagá”– y yo le sonrío y le digo –venga, mujer, que ahora mismo te atiendo, ¿una cervecita?– Y la invito, Linda, y se sienta sobre la caja de leche, y coge la botella sonriendo, enseñando los dientes picados y sin pudor. Agradecida. Ella es buena”.

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L

a calle Santa Inés se vuelve casi perceptible por el taconeo corto y nervioso y agitado que ahora, pasadas las doce de la noche, se

agarra al asfaltado, demasiado pulido por las friegas de las mujeres que cada mañana refrescan y adecentan los portales y las entradas. El taconeo se detiene a intervalos, como buscando el piso firme, el agarre seguro antes de dar el siguiente paso. Pasos que temen el traspié, el resbalón quizás. Demasiado pendiente la calle y demasiado bruñida. Pero son pasos que se saben los entresijos del suelo, las escasas rugosidades en las que asegurarse, los tramos donde es posible la rapidez aun a pesar de la escasa luz. Son pasos que se escapan, que van por delante o que quieren ir por delante de la mujer que los guían, o a la que ellos guían. Mujer casi joven que sale de la casa que ha dejado vacía, como todas las noches, y a la que ya no volverá sino al amanecer. Linda levanta la punta de las orejas.

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- “No te preocupes Linda, esa es Julia. Va a lo suyo. Ya sabes. Estos papelillos son de ella. Los papelillos de Julia no son como los demás. Ella me los da en mano, – toma Ángel, prepáramelo, que yo vuelvo en un rato – y se va a la peluquería de Antonia, a que le arreglen el pelo, o le hagan la manicura, porque Julia siempre va impecable. Dice que es por su profesión, como a ella le gusta llamarla. Una profesional del placer. Seguro que sueña con hombres ricos y educados y bien vestidos y que huelen a colonia como ella, que huele a gloria, Linda, que no se merece a 17


los parroquianos que se les echan encima noche tras noche. Que hay que tener estómago para eso. Nunca la vemos por las mañanas, sólo después de las cuatro es cuando Julia sale de su casa, eso sí, limpia y perfecta, bien vestida, y maquillada lo mínimo, que hasta tiene un aire más juvenil de lo que por edad le corresponde. Por edad y por trote, Linda, que trote sí que lleva la pobre. Sus notas son una delicia. Todavía me río cuando recuerdo la primera vez que Julia me dijo – ponme esto, que ahorita vengo– y me entregó aquel papelito doblado hasta el límite que ponía, eso sí, con una letra muy coqueta y hasta con una margarita dibujada. “Hoy: paella y ensalada”. Se me debió de poner cara de bobo, y así estuve todo el rato hasta que llegó, con las mechas recién puestas, después de dos horas, preguntando por lo suyo. Me dijo que ella no perdía el tiempo escribiendo cantidades ni ingredientes, que para eso estaba yo –tú ponme lo que veas, que seguro que me sale una 18


paella buenísima– Así que, en pocos minutos, me dispuse a guisar mentalmente la paella colocando sobre el mostrador las gambas, los pimientos, los tomates, los calamares, el pollo... junto con los avíos para la ensalada. Le cogí el punto enseguida. Y ya da igual que ponga “espaguetis y jamón; arroz blanco y fruta; ternera con champiñones o pollo al ajillo”. Yo le pongo lo necesario, y le varío el tipo de fruta o le pongo lechuga y tomate y maíz y atún y aceite, si le toca ensalada. Otras, le cambio la lechuga por las endibias, o el atún por el queso y le meto algún yogur –que tienes que tomar leche Julia, hazme caso–. Y Julia se ríe y me dice siempre zalamera –¡ ay, pero que ángel eres! ¡Cómo me cuidas! – Y eso sí, a final de semana, se espera un ratito a que le ponga la compra en su bolsa transparente, esa que lleva decorada con amapolas, y me paga de manera religiosa. Nunca pone peros. 19


Los viernes es cuando varía la compra, y entonces escribe: “mis cositas”, y yo, en esas “mis cositas” entiendo que a Julia se le ha debido acabar la laca de uñas y que va a necesitar otra y le busco el color que más le favorece. O que debe de andarle cerca la regla y necesitará compresas y que la colonia ya debe estar en las últimas, y así, le voy reponiendo el neceser. Pero lo mejor es que cuando ve lo que le he apartado, siempre me mira con arrobo. Tú eres un poco brujo –me dice– justo me pones lo que me hace falta. Así es la Julia, Linda, como una niña. Y no protesta si le cambio el jamón cocido por el serrano y le tercio la ternera por el pollo, o le meto alguna lata de lentejas o judías, que aunque no estén como hechas en casa, le calentará un poco el estómago, digo yo, que también hay que comer caliente aunque sea de tarde en tarde. Si incluso cuando quiere aspirinas no lo pone en la nota, en su lugar me escribe “me duele la cabeza” o “tengo el estómago revuelto”, y yo, si no tengo el

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remedio a mano, envío al niño del Corto a la farmacia, y de paso, le preparo un botiquín: algodón, alcohol, tiritas... Casi me siento como un padre o como su hermano mayor, y eso que ella me saca años. Pero, es tan dulce; es tan inocente, que me da pena Linda, me da pena sentir que noche tras noche a la Julia se le va la poca juventud que aún le queda en ese garito de mala muerte, soportando cualquiera sabe a quiénes y qué hechuras y qué sudores y olores habrá de tragarse. Ella vale mil veces más que todos los honrados casados que se la llevan al huerto. Ella es mil veces más honesta y mil veces más limpia de cuerpo y de corazón que todos ellos juntos, junto con todas sus mujeres”

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E

nmarcada en la ventana, los contornos de Santa María la Mayor se van precisando. Vigía nocturno del barrio apenas

iluminado de no ser por esa luna que se eleva ahora sobre el cerro. Amanecer nocturno y dorado y mágico. La dama de noche está totalmente desvelada y le invade los sentidos embargándolo de amor y deseo de vida nueva. Vida nueva que ya casi ha comenzado. Que comenzó cuando conoció a Eli y se quedó a vivir en la fuerza sin fin de sus ojos, en la frescura de su voz y en la tibieza permanente de sus manos. Y ya dejó de sentirse perseguido por el desconsuelo, por aquella tristeza que a veces le asaltaba y que nunca supo de donde le venía. 22


La silueta de la iglesia siempre le reconforta. Cuando niño, en ella no se ofrecían misas. Cualquiera podía subir hasta el campanario sólo por ver el pueblo desde arriba. Ángel lo hacía, reconociendo las calles y hasta las gentes que paseaban por ellas. Jugando a buscar entre los tejados próximos aquel que le pertenecía, el que le aguardaba después, cuando ya cansado de juegos y correrías, regresara junto a sus padres y hermanos. El tejado reposando sobre los muros de piedra que era su hogar. El mismo tejado que a pesar de los años todavía continúa alentando aquellas paredes que, en ocasiones, se dan al llanto y que no hace mucho, fueron testigos de idas y venidas, sofocando bromas y peleas de hermanos. Desde la torre de la iglesia, Ángel jugaba a adivinar quienes entraban en su casa, en la tienda, y hasta qué llevaban bajo el brazo o en la bolsa. Por eso su arrobo ante la visión casi fantasmal ya de

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Santa María la Mayor, reconociéndose en ella, oteando, atisbando, casi adivinando los nombres de quienes pasaban por las calles allá abajo, con el solano de agosto, o en las tibias tardes primaverales. Hombres, mujeres y niños. Y Ángel les ponía nombre desde arriba, los podía reconocer por la forma de caminar, y hasta se adelantaba a sus pasos, conocidos, repetidos e insistentes. Le parecía mentira, desde sus pocos años, cómo la vida se copiaba a sí misma un día tras otro. A la misma hora, una ventana que se abría para dejar ver a la misma niña de siempre que se dejaba ir tras las terrazas. Espacios abiertos ocupados a veces por algún muchacho criador y amante de palomas. Palomares, miradas que vuelan tras los vuelos. Ángel sabía que la niña estaba completamente abandonada, que utilizaba aquella ventana para escaparse, para fundirse mirando sin mirar, traspasando todo cuando recorría con la vista. ¡Qué lejos la niña de todo cuanto le rodeaba! Casi desaparecida, Casi transparente.

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- “Dicen que Irene, de joven, estuvo enamorada de Juan. ¡Qué mujer más triste! Siempre anda como medio perdida, como extraviada. Fíjate, Linda, que en más de una ocasión ha entrado en nuestra tienda y, después de aguardar turno, cuando por fin le toca pedir, se queda en suspenso, en blanco, con la vista prendida en algún punto. En un lugar que no está aquí, como si hubiera abierto algún agujero invisible allá a donde mira y se colara por él. Si hasta tengo que chasquear los dedos – ¡ Venga,

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Irene, que te toca!– Siempre fue muy extraña, desde pequeña, pero, al parecer, la melancolía y la tristeza se le agravaron cuando Juan comenzó a salir con Susana. Después, cuando se casaron, Irene ya no volvió a abrir la ventana nunca más. Aprendió a irse sin tener que mirar a los cielos. Estuvo un año sin salir, encerrada a cal y canto hasta que la paciencia y el amor de los padres llegaron al límite y una buena mañana, la sacaron a la puerta de la casa, tal y como estaba, sentada en la mecedora, en camisón, sucia y despeinada. El contacto con el sol y la luz o quizás la vergüenza de verse así expuesta la hicieron reaccionar pero no consiguieron atajar su melancolía. Es una mujer que sólo aspira a desaparecer. Si hasta lo que come parece escogido para acentuar su transparencia. Hasta te puedo decir de qué color es su menú, Linda, que el menú de Irene es de color blanco. Si no, fíjate en lo que compra: yogur desnatado y natural, coliflores, espárragos, corazones de alcachofas, apio blanco, requesón y queso fresco, arroz, leche, 26


pescada, pollo, uvas y melón en verano, plátano o manzana en invierno. De verdad, Linda, que no sé que le hace Juan a las mujeres, porque si ésta se afana en la limpieza de espíritu, la otra, su mujer, se desvive por mantener reluciente su casa. Pero para mí, que Juan pasa muy mucho de limpieza, ya sea de casa, de cuerpo o de espíritu. Eso lo sabe él y los amigos invisibles con los que se toma cada noche una botella, cuando no dos. Cuentan que fueron Juan e Irene los que encontraron los cuerpos, cuando eran apenas unos adolescentes y, algunas tardes, se iban a jugar al viejo aljibe”.

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D

entro de poco, apenas unos minutos, la iluminarán, y Santa María la Mayor recobrará la vigencia del hoy, de este mismo

instante en que ya no hay niños en su campanario. Es una luz amarillenta que alerta de su presencia, que grita que aún sigue allí, dando la mano a la alcazaba, coronando el barrio en ese abrazo de piedra y soledades levantado por los hombres. La iglesia cristiana rehecha sobre los cimientos de la antigua mezquita. Lugares para la oración de dos culturas que se entremezclan, sacrificada y devorada una por la otra, pero no vencida, no muerta. Ya está, a la hora exacta, las tres de la madrugada, rescatada de la liviana negrura de esta noche de luna. Los contornos de Santa María se encienden y el barrio parece resurgir de un sueño antiguo para reclamar su belleza. Una belleza que vive a contraluz. La belleza que le niegan durante el día. La belleza que le han negado desde que Ángel tiene memoria.

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- “Remedios es la mujer más vieja que conozco. El día que su nieta y Juan se perdieron anduvo como loca recorriendo todas las calles, llamando a Irene, preguntando a los vecinos, llorando de puro miedo, hasta que alguien le dijo que la habían visto por allá arriba, cerca de la fortaleza, correteando con Juan. Entonces eran unos críos. El no debía tener más de catorce y ella aún no había cumplido los trece. Esto lo sé, Linda, porque Remedios me lo ha contado ni me acuerdo de las veces. La pobre también debió de perder algo la cabeza ese día. Dice que subió la calle Real, a pesar de sus pocas fuerzas y del dolor de sus piernas, siempre llamando a gritos, temiendo lo peor. Los encontró sentados y temblando al pie del viejo aljibe, el que dicen que abastecía antiguamente de agua a todo el barrio y que, según cuentan, se comunicaba con los pozos que había en muchas de las casas. Un aljibe desde hacía siglos seco y sellado, pero en el que los niños lograron encontrar un hueco por donde meterse.

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Tampoco era de extrañar, estaba en estado ruinoso, nadie le hacía caso, ni siquiera se acordaban de lo que era hasta que sucedió aquello. Lo cierto es que Remedios encontró a los niños temblando de miedo, sucios y llenos de lágrimas y que Irene no hacía más que repetir “ya sé por qué lloran las paredes”, medio ida ya; y que Juan tenía los zapatos y la cara y los ojos llenos de barro. Habían bajado por el aljibe, y fíjate lo que son las cosas, Linda, porque sin pretenderlo descubrieron el acceso a un pequeño cementerio, una especie de foso donde yacían alineados los esqueletos de pequeños cuerpos. Esqueletos de recién nacidos dispuesto simétricamente a lado y lado de aquella especie de panteón. Menudo revuelo se formó. Llegó la policía y llegaron los entendidos y vaciaron aquella cripta excavada allá a donde hubo agua, pero callaron y sellaron otra entrada, la que

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descubrieron en su correría Irene y Juan. El hueco que daba a otro hueco más largo, el que anduvieron a gatas llenándose de barro, palpando y respirando y saboreando el barro en ese túnel que seguro les pareció que no tenía fin hasta que llegaron a la parte central de la iglesia, donde debió estar el altar mayor. Ni Irene ni Juan volvieron a ser los mismos desde entonces. Yo creo que Susana, La Bienhecha, se desvive por la limpieza sólo por quitarle al marido el sabor a barro y el recuerdo de Irene que todavía debe quedarle. Mira Linda, aquí tenemos sus papelillos. Mira su caligrafía de niña de colegio privado, la redondez y la firmeza y el grosor de sus trazos. Sí, claro que sabes quien es, la que sube la cuesta cargada como una mula, agobiada, roja por el esfuerzo, resoplando por dentro, con las venas del cuello justo a punto de estallarle, pero con esa sonrisa enmarcada en dientes blancos, artificial y fingida. Hasta el cuello de bolsas con las últimas ofertas del supermercado, pero en su casa sólo se cena sopitas 31


de avecrén, coca-cola y mucha lechuga. Eso sí, modelitos no le faltan, de rebajas, claro, pero uno a diario, que las demás vean y aprecien que quien puede; puede. Y ella cree que puede porque tiene ese trabajo de oficina que le permite mirar por encima del hombro a las demás. A la tienda siempre viene la niña, la mayor, la que se le van los ojos detrás de la charcutería y de los pasteles. Pobre niña, Primero la infla como a un globo y después, apenas cumplido los nueve, avecrém y lechuga y mucha coca-cola. La Bienhecha presume de casa lo mismo que presume de trabajo y de coche. Todo dice hacerlo a la perfección, que abuela no le falta. Pero todo a su alrededor huele a falso, a hueco, a imitación. Todas las noches el mismo pedido, ni una sola nota en la que algo varíe. Los mismos trazos, hasta el mismo tamaño de los signos, la misma abertura de las aes, el punto exacto, en el mismo lugar y a la misma altura sobre las ies, que si no fuera, 32


Linda, porque yo me quedo con las notas, diría que es la misma, que la guarda para ahorrar papel. Pero en éste, el que corresponde al día 23 de octubre del año pasado, aquí se permitió un garabato, un borrón. Debajo de la coca-cola quiso poner otra cosa, introducir una variante, darse un respiro. Pero se contuvo. Ese día, Linda, La Bienhecha avivó mi curiosidad. Es a partir de entonces cuando empecé a fijarme en ese calendario intenso y tenso al que se somete; en sus manos pequeñas y rechonchas de uñas casi comidas y piel desgastada por los productos de limpieza. Esas manos de las que se avergüenza y esconde como si fueran su pecado. Manos de freganchina, manos que huelen a lejías y a amoniaco y a quitagrasas. La Bienhecha cuando no está en la oficina está fregando, escamondando la casa de arriba abajo. Y digo yo, Linda: ¿quién puede presumir tanto de casa y no permitirse descansar en ella? La casa de La Bienhecha es todavía menos hogar que esto nuestro, Linda, porque su casa, es 33


una casa levantada a base de falsedades, de miedos, una casa que quiere perfumarse como un hogar pero que sólo huele a desinfectante. ¿Qué crees que lleva en las bolsas que arrastra consigo una vez por semana? Productos y más productos de limpieza, que desde que le descubrí el garabato me fijo cuando pasa por la puerta y eso es lo que veo, lo que adivino. No las redondeces de la fruta, no la humedad de la carne o el pescado, no los olores de las hortalizas, no la esbeltez de una buena botella de vino, la delicada proporción esférica del queso, no. Lo que veo son aristas. Aristas y picos que sobresalen rompiendo la piel de fino plástico de las bolsas. La arista seca y los vértices hirientes de las cajas de detergentes, el amarillo opaco de las botellas de lejías, el hedor a amoniaco que exhala a su paso. Tanta limpieza, Linda, no es posible a no ser que crea que tiene algo muy sucio que limpiar, y esa suciedad, para mí que no está ni en los suelos, ni en la superficie de los muebles o de los azulejos, ni en las baldosas de los sanitarios o las cocinas, esa 34


suciedad debe estar más adentro, en la propia vida de La Bienhecha, como todo el mundo la llama sin que ella lo sepa. Si hasta sus papelillos son blancos, limpios, impolutos, arrancados de uno de esos tacos de papel de notas que usan en las oficinas. Pero míralo, Linda, éste, el del día 23, con su borrón. Después supe que el 22, su marido no durmió en la casa limpia y desinfectada. Que estuvo en un viaje de negocios, diría ella. Pero lo cierto es que lo encontraron medio muerto, meado y cagado encima y con más alcohol en la sangre que botellas tenemos en la tienda. Este es un barrio de pobres, Linda, pobreza que no es sólo vacío en los bolsillos.

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E

n la plaza se produce un baile de luces alrededor de la única farola levantada en su centro, un crepitar de luciérnagas que

revolotean y chocan y se confunden con los haces ocres que despide la bombilla desgastada y vieja. Linda se distrae y mira, alzándose a la par de Ángel, conmovidos los dos por el despiste de los insectos. Atraídos también por el crujir de vida que se ha instalado entre los contenedores, al pie de la farola. Y la plaza, que aparecía dormida y apagada se desvela ante esa presunción de ruido. Alguna persiana se alza, otras luces que se encienden en el interior de las casas, como si nadie durmiera, como si todos velaran. Empiezan a oírse llantos de niños.

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- “El niño de Mariola ya tiene seis meses. Lo sé por los pañales. Mira, Linda, el último que compró, hace sólo dos días, lo pone aquí, de su puño y letra, en este trocito arrancado a un sobre del BBV, junto a “cuatro lata de pesi” “un paquete pañale varato pa sei mese”. Mariola fue al colegio, te lo juro Linda, estaba en mi misma clase en primaria. Un día le dije, porque Mariola le pone la coletilla de “varato” a todo lo que compra, – Mariola, ¡que barato se escribe con be! – ¿y sabes qué me respondió? que qué tontería, que si era barato tendría que escribirse con la be chica. Pero no creas que es tonta ni mucho menos, que defenderse se defiende mejor que muchos que han estudiado lo suyo. Fíjate que ha conseguido pagas hasta para las piedras de su casa. Y es que a Mariola, en cuestión de dinero, no hay quien le enseñe ni quien le gane.

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Lástima que esa habilidad no la tenga también para otras cosas, porque lo que es educar a sus hijos, o no le pone ganas o no le llega el entendimiento. Manolín ha cumplido seis meses, pero espérate, Linda, espérate a que tenga un par de añitos; que el otro, Juanito, con tres años ya le daba patadas, y aunque no supiera

hablar muy bien lo que es “puta” y “cabrón” son

palabras que bordaba; y las sigue hilando fino. Tampoco me extraña, es lo único que escucha: “el cabrón de tu padre” o “la puta de tu madre”. Esas son las lindeces que se dice el matrimonio. Si Manolín sigue llorando tendremos ocasión de escucharlas también esta noche. Aunque a ellos les da igual la hora ni quién esté delante, ante lo más mínimo: puta y cabrón. Pero ahí están. Juntos y revueltos. Y ahí siguen. Sí, Linda, este es un barrio de pobres. Pobreza alimentada y consentida y hasta mimada durante tanto tiempo, que aún hoy que no hay casa donde no haya coche – en alguna más de uno –

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y que no hay electrodoméstico o nuevo aparato que se incorpore al mercado que no suba la cuesta hacia arriba. Aún hoy, que resulta casi imposible encontrar una familia donde no entre sueldo y “paro” a la vez, la pobreza se palpa. Es una pobreza que no llegó a entender, que parece arraigar y crecer dentro del cuerpo y se adueña de la vida de muchos de nuestros vecinos. Personas que viven sin aprietos aparentes, que compran, se cansan y tiran, y vuelven a comprar; y andan siempre queriendo algo y no saben qué. Todo se desecha con facilidad. Esto me da miedo, Linda, miedo y vergüenza. Lo primero porque se me antoja una enfermedad, una de esas que acaba entre grandes dolores, con los cuerpos consumidos, devorados en sí mismos. Ojalá me equivoque y sólo sean cosas mías, pero me parece malsano. Hasta puedo oler la podredumbre, sentir primero los pellizcos, los tirones, después los desgarramientos internos.

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Miedo y vergüenza, Linda.

Aquí tiramos demasiado. Nada se

conserva. Todo tiene una vida demasiado corta; justa; medida por el cansancio de los ojos y de las manos. El hartazgo propiciado por la simple vista. Y así, nos cansamos de ver un mueble y lo sustituimos enseguida. Igual queremos hacer, y de hecho hacemos, con las personas. Jacinto debió de cansarse de vivir solo y, al final, se decidió por aquella residencia a donde sus hijos se afanaron por meterlo. Dos hijos y tres hijas, Linda, y todos se fueron yendo nada más casarse a casas grandes y bien secas. Casas soleadas y con jardines y barbacoas y hasta piscina, pero sin una habitación para Jacinto. Sin un rincón donde Jacinto pueda dormir la siesta mientras se balancea, tranquilo, en su mecedora favorita. Sin un lugar donde Jacinto pueda oír reír a sus nietos o contarles todas esas historias que se contaba para sí, cuando hastiado quizás de hablarle a los muros húmedos, de relatar

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sus batallas a los niños invisibles que habitan en el subsuelo del barrio, se sentaba bajo la farola de la plaza, a la sombra de los contenedores de basura, para poder gritar su pasado al barrio entero; al amparo de las cervezas que consumía nada más hacerse el día; hasta que volvía de nuevo a su cuchitril húmedo donde rezuman las lágrimas de los niños que escondía el aljibe. Los niños que escondía el vientre de la iglesia. El pecado del mundo. Porque desde que Irene cayera en su infinito letargo de tristeza repitiendo una y otra vez “ya sé por qué lloran las paredes”; todo el barrio se apresuró a asegurarse de que no había comunicación entre el histórico aljibe y sus viviendas. Sólo unos pocos descubrieron que corría agua, mucho tiempo atrás, por sus cimientos; que sus casas habían contenido pozos. Un milagro y una suerte en otros tiempos. Una desgracia cuando se descubrió el asunto. La casa de Jacinto, como la de Irene, como la nuestra, tenía pozo, Linda. Ahora tú también sabes por qué lloran las paredes.

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A Jacinto la muerte de su mujer le achicharró el corazón; y desde entonces no podía dormir por las noches. Se las pasaba en vela hablando a su mujer muerta. Pidiéndole perdón por las horas no compartidas, alimentando su propio llanto con el de las paredes de su casa. Pero todo tiene su límite, Linda, también la tristeza que, o se vence, o se doma, o acaba en locura o en muerte. Yo no sé si lo de Jacinto era locura. Sólo sé que su tristeza no ha sido ni vencida ni domada. Ya hace dos meses que los

de la asistencia social se lo llevaron a la

residencia. Aquí guardo sus notas. Todas escritas en el envés de recetas de la seguridad social: “cerveza y aceitunas” que ese era todo su alimento, Linda. –Abuelo, le decía, cuando a las once de la mañana ya había pasado de la segunda botella – ¿no le apetece mejor un zumito?– ¿Sabes lo que me respondía, Linda,? Que el zumo estaba dulce –yo quiero agua amarga, niño, agua amarga; deja los dulces para ojos que no hayan visto– y es que Jacinto bebía con la mirada y su mirada se había amargado de puro dolor y de pura soledad. 42


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A

vanza la noche ya casi cumplida y el sueño y el descanso o, puede que las pesadillas y los dolores se habrán cernido sobre

el barrio. Gradualmente se perfilan las ventanas que han velado cerradas, a pesar del calor, a pesar del aire casi caliente que se respira. Un aire africano que lleva y trae nostalgias de arena y caravanas, de cuentos y canciones y también de abatimientos y de pesares de nómadas. Y cómo no, semblanzas de pobreza, de días y más días eternos en el afán de procurarse lo más mínimo para subsistir, para no dejarse llevar por la corriente oscura del abatimiento y del desencanto. Aires de un ayer en el que no cabía el consuelo. Un aire capaz de evocar otras latitudes, otras lenguas. Aires que se mezclan con los aires que exhalan las macetas en las terrazas. Los jazmines revividos.

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- “Las únicas ventanas que permanecen abiertas son las de ellos, los que llegaron hasta aquí hace poco, Linda, los que vinieron al amparo de este barrio resguardado por los muros de la fortaleza y la estampa reconstruida de la alcazaba. Se ve a las claras que aquí se encuentran como en su segunda casa, aunque algunos hayan dejado a sus seres queridos atrás; pero aquí, tienen la ilusión de continuar un poco allá todavía. En este espacio tan parecido al de ellos, entre estas calles serpenteantes y empinadas y estrechas. Entre estas plazas cubiertas de naranjos, entre estos olores dulces y blandos que se adentran, 45


sin que los poros opongan resistencia y traspasan la piel y se hacen carne y urgencias de amores. Deseo de compañía, del beso, de la mano, de la caricia o de la palabra. Aires y aromas que rechazan la soledad. Es por eso que la soledad, aquí, duele tanto. Es un dolor que se incorpora a la sombra misma, a los ojos y al andar. Dolor de estar vivo y anhelando otro cuerpo. Chadlí padece de ese mal y Ana lo sabe. Es curioso ver cómo coinciden, como se buscan a diario sin aparentar buscarse. Los ojos de Chadlí se beben las ventanas de la casa de Ana. Lo hace despacio, avanzando con ese aire entre ensimismado y ausente que sólo abandona cuando ya está cerca; entonces acelera el paso mirando de soslayo a la altura de su puerta, esperando encontrarse con los ojos de ella, con la mirada de ella, quizás con una sonrisa, quizás con el regalo de su voz, de esa voz casi quebrada con que Ana reproduce las canciones de moda. Ana

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tiene un repertorio casi ilimitado, pero a esas horas, cuando sabe que Chadlí pasará por su puerta, son las canciones de amor las que ella canta. Quejas y deseos de amores que él, seguro, entiende. Palabras de otros que ya son de los dos

y que

formarán parte, ya lo forman, de su vida, de su futuro juntos. Porque Ana y Chadlí son el uno para el otro. Te lo digo yo, Linda. Puedo sentirlo. ¿Lo sientes tú ahora? Míralo, toda la noche en vela, allá en su azotea, con la blusa blanca, resplandeciente, señalando su presencia, su querencia. Hablando en silencio con esa actitud de espera. Por momentos parece que fuera a elevarse junto a esa brisa que le hincha la camisa confundiéndose con el ritmo de su respiración. Respiración que no es más que la aspiración del perfume de Ana, del aroma real y soñado que le llega de Ana.

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También ella está allí, en su habitación, a oscuras, tras la ventana, iluminada apenas por la lumbre de su cigarrillo. Esperando y temiendo. Los dos lo saben. No sólo se han cruzado las miradas y las ansias y los deseos de Chadlí y Ana. Con ellos se han cruzado los gustos, Linda, que ahora Ana cocina de otro modo, y hasta pregunta por cilantro y otras especias que, hasta hace poco desconocía; y compra revistas de cocina marroquí, que se las vi no hace mucho, en el bolso, mientras sacaba el monedero para pagarme aquellas cajas de té que me encargó. Esto tiene el amor, que al fin y al cabo no es más que mestizajes de gustos. Mestizaje y nada más Linda. Yo creo que otra noche como esta y Chadli y Ana se deciden. Que está el aire que quema.

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Pero, ya está casi amaneciendo, Linda, y ni siquiera te he dejado dormir. Seguro que estás cansada. ¿Sabes? Álvaro tenía razón. Estas notas, estos “papelillos de la risa” como los llamamos, no tienen nada que ver con la filología. Como él dijo, en ellos se pueden descubrir patologías diversas: el amor, los celos, el miedo, la inocencia, la soledad, la pobreza de espíritu, la bondad, la esperanza... pero, no se lo vamos a decir a nadie. Dentro de un rato, todo esto irá a la papelera. A fin de cuentas, son sólo papel. Lo que de verdad importa, lo que merece la pena, está ahí afuera; en esas casas, en el barrio, en las gentes. Y también aquí, Linda, en el fondo de nuestras entrañas, preciosa. Y ya no te entretengo más, bonita, que tengo mucho por recoger. Ya sí es otro día.

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A mi hermano テ]gel. 2005

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Linda

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Hablando con linda  

Relato dedicado a mi hermano Ángel

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