El Viejo Topo | Número 455 | Diciembre 2025

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4 UE: De la larga marcha hacia su (auto) destrucción

POR MANOLO MONEREO

12 Volver a Marx Entrevista a César Rendueles

POR JAVIER ENRÍQUEZ ROMÁN

20 Recuperar el tiempo perdido trabajar menos para vivir mejor

POR JULEN BOLLAIN e IGNACIO GARAY

26 Clase e identidad nacional hoy

POR RAMON FRANQUESA

31 FILOSOFA, QUE ALGO QUEDA El futuro ya no es lo que era POR MIGUEL CANDEL

34 El retorno de la sombra POR ANTONIO MONTERRUBIO

Confucio & China: qué dice Xi Jinping De la segunda combinación al estado civilizacional

POR XULIO RÍOS

China y Estados Unidos: el callejón Wuyi

POR HIGINIO POLO

Milei: victoria electoral y ¿triunfo político?

POR JAVIER FRANZÉ

59 CINE: Yorgos Lanthimos: El heredero incómodo de una tradición subversiva

POR JAVIER ENRÍQUEZ ROMÁN

EL VIEJO TOPO , revista mensual. DIRECCIÓN : Miguel Riera Montesinos. CONSEJO EDITORIAL : , Javier Aguilera, Miguel Candel, Javier Enríquez, Manolo Monereo, Félix Pérez, Genís Plana, Miguel Riera Cabot DISEÑO : Elisa Nuria C. Edita: Ediciones de Intervención Cultural, S.L. (Barcelona). Imprime: Eprantia SL., ISSN Papel: 0210-2706, ISSN Internet 2938-7388. Depósito Legal B-40.616-76. Impreso en España. El Viejo Topo no retribuye las colaboraciones. La redacción no devuelve los originales no solicitados, ni mantiene correspondencia sobre los mismos. L os colaboradores aceptan que sus aportaciones aparezcan tanto en soporte impreso como en digital. La revista no comparte necesariamente las opiniones firmadas de sus colaboradores.

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UE: De la larga marcha hacia su (auto)destrucción

Hoy en día, Europa está sometida política, económica y militarmente a los intereses estratégicos estadounidenses. Por eso ha ignorado el drama de Gaza y planifica una futura guerra con Rusia. Extraviada, sin saber muy bien a dónde le conducen sus actos, vive una crisis de proyecto en el marco de una “gran transición geopolítica” de dimensiones históricas.

A la memoria de Juan Aguilera Galera, amigo y camarada de sueños y esperanzas

“Si Rusia es derrotada en Ucrania, la subyugación europea a los estadounidenses durará un siglo. Si, como creo, Estados Unidos es derrotado, la OTAN se desintegrará y Europa quedará libre” Emmanuel Todd, octubre de 2025

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La excepción no confirma la regla, la cambia. El riesgo que se corre es que los actores políticos básicos acaben repitiendo viejas fórmulas, conceptos que poco o nada dicen y que, como zombis, parasitan la academia, la esfera pública y siguen colonizando nuestro imaginario social, sobre todo de las élites, al servicio del poder. Ideas como democracia, fascismo, autocracia, derechos humanos, derecha/izquierda pierden su conexión con la realidad social y se convierten en obstáculos para nombrar lo que pasa y actuar, sobre todo actuar, consciente-

mente ante una realidad en mutación. Por eso, el discurso disciplinario se hace cada día más fuerte y la exclusión del discrepante se practica con tal fiereza que no deja espacio a la crítica. La esfera pública se estrecha y lo políticamente correcto se impone sin rubor, abiertamente.

La dramática situación del genocidio del pueblo palestino emerge con Gaza como cuestión humanitaria, desde la lógica de los derechos y el respeto al ordenamiento internacional. Es mucho más que eso. Pedro Sánchez ha encontrado un espacio que le permite sintonizar con una opinión pública cada vez más movilizada, arrinconar al PP y oponerse abiertamente a VOX. En este tema, el secretario del PSOE ha sido coherente: lleva meses defendiendo el reconocimiento del Estado palestino como tema central de su política internacional, perfectamente compatible, insisto, con su apoyo a la política de rearme impulsada por la señora Von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea) y por señor Rute (secretario de la OTAN) y, nunca se debe olvidar, al servicio de la estrategia político-militar de los EE. UU.

Lo fundamental, ¿realmente esta es la propuesta que ayuda a resolver el problema de la masacre diaria de un pueblo? A mi

juicio, se trata de una respuesta débil, simbólica, que no afronta el problema real. La clave es poner fin al asesinato diario de hombres, mujeres, niños, personal sanitario, periodistas. Reconocer un Estado palestino con una Cisjordania casi ocupada por colonos armados y protegidos por los militares judíos; con una Gaza militarmente sometida y con una población en vías de exterminio, es un brindis al sol y someterse a los que mandan, es decir, Netanyahu y Trump. ¿Reconocer a un Estado sin territorio? ¿Se lo devolverán los cascos azules de la ONU? Es la historia de Sánchez: posar, amagar, recomponer la figura y nunca enfrentarse al poder.

Lo que más sorprende no es que las élites dominantes justifiquen la matanza diaria o que intenten quedar bien ante una opinión pública cada vez más movilizada; no, lo que asombra es que la cuestión palestina no se relacione con la gran remodelación geopolítica del Oriente Medio, impulsada por Israel y por los EE. UU. y apoyada, sin reservas, por la Unión Europea. En su centro: Irán. Ambas cuestiones convergen en eso que se ha llamado la paz de Abraham. Resuelta la cuestión palestina, lo que viene es conseguir política y militarmente el cambio de régimen en el país de los persas. A eso se refería el canciller alemán Merz cuando solemnemente afirmaba que Netanyahu hacía el trabajo sucio por nosotros, por el Occidente colectivo.

Empezar por Gaza obliga a tomar nota de que la barbarie está ya entre nosotros y que la estamos normalizando. El Covid-19 cambió a nuestras sociedades profundamente. Nos hizo más obedientes, más sumisos y mucho más crédulos. El miedo, la inseguridad y el temor colonizaron nuestro sentido común y nos habituaron a desconectar del futuro, a vivir en un día a día eterno. Queda poco espacio para proyectos colectivos, para intervenir y ser sujetos del cambio social. Gaza, el genocidio de un pueblo heroico y con una fe en la vida única, está cumpliendo el papel de prepararnos para lo que viene, habituarnos a la muerte, a los bombardeos, al asesinato cotidiano de niños. Ahora es fácil poner distancia y pensar que aquello poco o nada tiene que ver con nosotros, que se trata de una excepción, de un hecho singular que expresa la maldad que llevamos dentro los humanos. La realidad es más concreta y tiene que ver con el poder.

balización. Durante años ha sido una palabra clave; todo lo explicaba. A ella se rendían todos los atributos de la economía, las necesarias e imprescindibles adaptaciones y, sobre todo, los urgentes y duros sacrificios en derechos sociales y sindicales. Globalización decía mucho y aclaraba poco. Como todo termino ideológico, aludía a fenómenos reales y, a su vez, eludía, imposibilitada, su conocimiento real. ¿Qué fue la globalización capitalista? Intentaba nombrar distintas transformaciones más o menos interrelacionadas entre sí que estaban modificando sustancialmente la realidad productiva, tecnológica, comercial y financiera; restructurando profundamente los marcos del poder estatal y cambiando los patrones básicos de las políticas públicas.

Se nos obliga a decidir entre variantes de un mismo proyecto neoliberal

La globalización fue siempre un proyecto centralmente político que: a) definía el lado económico-financier o del “Nuevo Orden internacional basado en reglas” impuesto por los EE.UU. y que modificaba a su favor las grandes instituciones internacionales (FMI; BM; OCM); b) imponía una política económica única (el llamado consenso de Washington) dirigida a cambiar de modo irreversible las relaciones entre Estado y sociedad y su inserción en una economía-mundo a su vez (teóricamente) abierta y liberalizada; c) en su centro, la financiarización de la economía, las transformaciones productivas y tecnológicas, y lo que se llamó la “gran duplicación”, es decir, la entrada en el mercado mundial de millones de trabajadores provenientes de los procesos socialistas; d) en definitiva, la globalización neoliberal expresaba lo que Luciano Gallino llamó “la lucha de clases desde arriba”, una forma de (contra)revolución de las clases económicamente dominantes para superar los límites que la sociedad, el Estado y el conflicto social impulsado por las clases trabajadoras fueron imponiendo a la dinámica depredadora del capitalismo, lo que Polanyi llamó su tendencia hacia un “mercado autorregulado” dirigido a mercantilizar el conjunto de las relaciones sociales.

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Si todo está en crisis, es poco lo que se puede explicar apelando a ella. Hay que concretar. El termino definitorio es glo-

El Acta Única y el tratado de Maastricht fueron el modo en que las clases dirigentes europeas se integraban en la incipiente globalización y el marco estratégico que creaban las condiciones para la aplicación de las políticas neoliberales. Hay que entenderlo: la derrota del fascismo fue también una derrota de los grandes poderes económicos y de las clases

políticas tradicionales. La palabra-resumen: miedo a la revolución. Las tropas soviéticas en Berlín, una izquierda protagonista de la resistencia frente a la barbarie, un movimiento obrero que se negaba a pagar los costes de la guerra y una cultura política fuertemente crítica del capitalismo liberal, culpabilizado, con razón, de la deriva fuertemente autoritaria de las distintas sociedades.

En Europa Occidental se fue construyendo un círculo político virtuoso que anudaba democracia de masas, Estado social y soberanía popular. No es este el lugar para analizar en su complejidad lo que más adelante también se llamó el Estado keynesiano-fordista; señalar que su efecto fundamental fue (lo indicó ya en los años setenta Giovanni Arrighi) propiciar la construcción de un fuerte poder contractual de las clases trabajadoras, favoreciendo su identidad como sujeto político-social y dotando a las instituciones estatales de instrumentos para regular el funcionamiento del capitalismo monopolista, especialmente las grandes corporaciones financieras. La crisis de 1973 fue una ruptura, definida por el conflicto social y por la reacción neoliberal; la segunda onda llegó con la desintegración del URSS y la disolución del Pacto de Varsovia. Las clases dirigentes entendieron muy bien aquello de que nunca hay que desaprovechar una buena crisis y lo hicieron a fondo, iniciando una (contra)revolución que consiguió todos sus objetivos fundamentales, al menos, aparentemente.

Su santidad Von der Leyen

senso, entre una derecha que lo era cada vez más y una izquierda que lo era cada vez menos, en defensa de la globalización neoliberal como el horizonte histórico de nuestra época.

Desde la crisis del 2008 las cosas han cambiado sustancialmente. Se podría hablar de una “acumulación de crisis” que cada vez cierra más y se dirige a la guerra con Rusia. Thomas Fazi lo ha analizado bien:

Si se observa con una cierta perspectiva histórica, se entiende que el proyecto desde el inicio estaba dirigido desmontar pieza a pieza los fundamentos del círculo político virtuoso anteriormente nombrado. La argumentación fue repetida sistemáticamente: los Estados nacionales ya no están en condiciones de cumplir sus tareas históricas, demasiado pequeños para resolver los problemas globales y demasiado grandes para solucionar los desafíos locales y regionales. La conclusión estaba al alcance del sentido común mayoritario: integrarse para sumar poder, modernizar el tejido productivo para incrementar la competitividad y mejorar la productividad de una Europa unida que se ampliaba. En su centro, una moneda única y un Banco Central independiente con la misión única de controlar la inflación. Todo ello para asegurar la viabilidad del “modelo social europeo”. Era el nuevo con-

La UE es esencialmente

una estructura de poder oligárquica

“La UE se vendió a los europeos como un medio para fortalecer colectivamente el continente frente a otras grandes potencias, en particular los Estados Unidos. Sin embargo, en el cuarto de siglo trascurrido desde que el Tratado de Maastricht marcó su nacimiento ha ocurrido lo contrario: hoy en día, Europa está más vasallizada, política, económica y militarmente a Washington –y, por tanto, más débil y menos autónoma– que en cualquier otro momento desde la segunda guerra mundial”

Al final, retorno lo que tenemos delante de nuestros ojos y no queremos ver. Europa, que es mucho más que la Unión Europea, es, desde la II Guerra Mundial, un protectorado político-militar norteamericano, especialmente Alemania y, en menor medida, Italia. Sus economías se han entrelazado estrechamente con los capitales norteamericanos, con las cor -

poraciones empresariales y con los grandes fondos de inversión. La Unión Europea ha generado una clase política extremadamente dependiente de los grandes poderes económicos y conglomerados mediáticos, se ha hecho mucho más homogénea y lo que se les obliga a decidir a los ciudadanos son variantes de un mismo proyecto neoliberal. Los pueblos que votan mal, es decir, que apuestan por políticas de izquierda, tienen que hacer frente al chantaje previo y posterior de unas instituciones que actúan como un poder supranacional, como un poder soberano, frente a las decisiones de unos gobiernos elegidos democráticamente. La crisis de la democracia constitucional y el ascenso de la extrema derecha tiene que ver centralmente con una realidad siempre negada, a saber, que la Unión Europea es esencialmente una estructura de poder oligárquica, que expropia la soberanía a los Estados y que convierte a los ciudadanos en meros espectadores de políticas que se deciden en lugares donde no llega la democracia ni el control popular.

PK=i~=ãáäáí~êáò~Åáμå=ó=ä~=ÖìÉêê~=Åçãç=~äíÉêå~íáî~=~=ìå~=råáμå bìêçéÉ~=Éå=Åêáëáë

Es tan vieja como la propia geopolítica entendida como ciencia y arte del poder estatal. Impedir una alianza estratégica entre Rusia y Alemania ha sido y es la política que para Eurasia han defendido el Reino Unido y los Estados Unidos de Norteamérica. Siempre han conseguido imponerla, ahora también. Alemania se militariza a marchas forzadas y pretende convertirse en la primera fuerza militar de una península que se cree un continente. Esta no es una cuestión menor, como sabían bien Haushofer, Mackinder, Spykman o Brzezinski. La geografía del poder marca la política y la mayoría de las veces, la determina. En el eje de todas las transformaciones y de todos los conflictos está la reorganización político-espacial de Eurasia.

La tesis que defendemos es la siguiente: las clases dirigentes de la Unión Europea eligieron la vía de la militarización de la política, de la economía, de la sociedad y de las relaciones

internacionales como dispositivo estratégico para superar la crisis del proyecto de integración supranacional; sabiendo que la resultante significaría, en muchos sentidos, una discontinuidad, una ruptura, con la forma-política existente hasta el presente. Se suele decir que la UE avanza y se consolida de crisis en crisis. Ahora es diferente y mucho más radical: lo que está en juego es el proyecto que unificó a las fuerzas políticas fundamentales, generó un amplio consenso social y, lo fundamental, que terminó siendo el instrumento más relevante (no el único) para desmontar las bases culturales, políticas y electorales de la izquierda en Europa.

Como suele ocurrir en los procesos reales, los hechos se suceden, los acontecimientos se encadenan y se generan estructuras de oportunidad que los actores políticos aprovechan, en un sentido u otro, para formular tácticas y definir estrategias. La UE vive una crisis de proyecto desde, al menos, 2008, agravada por el COVID- 19; todo ello, en el marco de una “gran transición geopolítica” de dimensiones históricas. Rusia podría ser un aliado determinante de una Europa autónoma o un enemigo creíble al que era necesario derrotar. Ayudó mucho la percepción (socialmente creada) del gran país euroasiático como un Estado decadente, tecnológica y económicamente atrasado, gobernado por una mafia de oligarcas, militarmente en proceso de desintegración. Borrell, siempre ocu-

¿Por qué la Unión Europea quiere continuar la guerra?

rrente, hablo de Rusia como una “gasolinera con armas atómicas “; ahora le queda rectificar y hacer oposición, todo requiere su tiempo, a las posiciones que él mismo defendió y que lo convirtieron en el ala más belicista de la Comisión Europea.

Emmanuel Todd ha definido con mucha precisión el momento que vivimos:

“Puedo esbozar aquí un modelo de la dislocación de Occidente, a pesar de las incoherencias de la política de Donald Trump, presidente estadounidense de la derrota. Estas incoherencias no son, en mi opinión, el resultado de una personalidad inestable, y sin duda perversa, sino de un dilema irresoluble para los Estados Unidos. Por un lado, sus dirigentes, tanto en el Pentágono como en la Casa Blanca, saben que la guerra está perdida y que habrá que abandonar Ucrania. El sentido común los lleva, por lo tanto, a querer salir de la guerra. Pero, por otro lado, ese mismo sentido común les hace presagiar que la retirada de Ucrania tendrá para el Imperio consecuencias dramáticas que no tuvieron las de Vietnam, Irak o Afganistán. Se trata, en efecto, de la primera derrota estratégica estadounidense a escala planetaria, en un contexto de desindustrialización masiva de los Estados Unidos y de difícil reindustrialización”

¡Amenaza de derrota estratégica de los Estados Unidos! Palabras mayores; se entiende todo. La posición de la Unión Europea y de la OTAN se organiza intentando gobernar esta contradicción del actual núcleo dirigente de los EE.UU. para convertirla en instrumento para impulsar la guerra contra Rusia. Las humillantes y disparatadas concesiones de la presidenta de la Comisión Europea hay que situarlas en esta lógica. Se cede ante Trump porque se necesita, se le necesita para poder vencer a Rusia; éste que lo sabe y se aprovecha de ello, bajo el principio de que deben ser los aliados los obligados a financiar la reindustrialización de los EE. UU. La resultante

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Putin y Trump, dos ases de la baraja

será una escalada económica, comercial y militar de fronteras poco definidas, pero extremadamente peligrosa

¿Qué está pasando realmente?: 1) Que las previsiones no se cumplieron. Las políticas de sanciones no solo no fueron eficaces para hundir la economía y las finanzas de Rusia, sino que terminaron por golpear seriamente al conjunto de la economía de la UE y, especialmente, a Alemania; 2) Rusia ha resistido razonablemente las sanciones reconvirtiendo su economía y su aparato productivo, realizando una eficaz política de sustitución de importaciones, favoreciendo el mercado interior, con el objetivo de construir un espacio económico más autosuficiente y menos dependiente de Europa y, es clave, más integrado con los países emergentes, especialmente, con los BRICS, plus; 3) El conflicto político-militar entre la OTAN y Rusia por intermediación de Ucrania, tampoco ha ido como se esperaba según las optimistas previsiones del Estado Mayor de la Alianza. Rusia lo está ganando y lo tiene donde lo quería, es decir, en guerra de desgate y de posiciones.

Ucrania se está convirtiendo en una máquina de triturar recursos humanos, económico- financieros, técnico-militares que hipotecan su futuro como sociedad y como Estado. Rusia también paga un alto coste, pero a un nivel diferente y con efectos soportables dadas sus condiciones político-militares, demográficas y su elevado consenso interno. No hay que olvidarlo, la economía rusa ocupa ya el cuarto lugar en el planeta y el primero en Europa, si la medimos en paridad de compra. La guerra modifica y cambia, en la derrota o en la victoria, las relaciones de fuerzas entre naciones y –se suele olvidar– dentro de ellas. Ucrania y Rusia ya no serán las mismas como estructura social, como Estado y cultura. Los cambios, además, son muy rápidos y apenas si se interiorizan en todas sus radicales dimensiones.

La pregunta hay que hacerla: ¿Por qué la Unión Europea quiere continuar la guerra? Habría que precisar más. ¿Por qué los “dispuestos”, “los voluntarios” quieren escalar en una guerra que saben perdida en su actual formato? Reino Unido (fuera de la UE), Alemania, Francia y Polonia forman el núcleo duro más comprometido con la continuación de la guerra y presionan, antes ya se dijo, fuertemente a unos EE.UU. que viven en una situación de emergen-

Kaja Kallas recibiendo a Zelensky en Estonia

cia, dispuestos a una reestructuración radical de sus estructuras de poder y de sus políticas de alianzas. Antes de seguir conviene detenerse un momento: ¿qué significa optar por la escalada en el conflicto?

Conviene no dejarse embaucar por la propaganda. Una “guerra limitada” es un tipo de conflicto armado políticamente muy controlado, con reglas no escritas y negociando, de una u otra forma, con la “otra parte”. No olvidemos que Rusia es una potencia nuclear de primer nivel y que los EE.UU. están por delante y por detrás de la OTAN y de Ucrania. Hay intercambio de informaciones, existen complicidades y, con matices, se intentan no superar ciertas “líneas rojas” siempre inestables y en redefinición permanente. A lo que aspiran los así llamados “dispuestos” es ir más allá de esas líneas rojas y generalizar el conflicto. Dicho de otra forma, dado que con este formato Rusia está ganando, cualquier negociación supondría situarse en un territorio favorable a Putin. La exigencia a Donald Trump es conocida: darle armas a Ucrania para que pueda golpear los centros estratégicos militares, energéticos y de toma de decisiones del país euro-asiático. El problema central, hay otros, es prever cuál sería la respuesta de la dirección política de Rusia. Lo dejamos ahí.

Las clases dirigentes europeas se comprometieron a fondo con Biden en darle al conflicto ucraniano una salida militar. A Rusia le dejaron –es un modo bastante normalizado de hacer política por parte de los EEUU– una única salida: la guerra o la derrota estratégica. El objetivo era el cambio de régimen y restarle a China un aliado fundamental. Este fue el consenso básico. Reconocer la derrota no parece posible y se prestan a continuar un conflicto donde Ucrania pone los muertos y la UE aporta financiación y armamento, velando siempre por los beneficios del complejo militar e industrial norteamericano. Los costes de la guerra han sido enormes y lo serán mucho más en el futuro. Será una combinación explosiva de planes de austeridad, reducción de derechos sociales y laborales e incremento sustancial del gasto militar, en un clima de creciente militarización de la sociedad y la política. Hipótesis subyacente: Rusia no se atreverá a usar el armamento nuclear. ¿Jugar a la ruleta rusa?

No se trata solo de negarse a asumir ante las poblaciones el fracaso de una política aventurera e irresponsable; es mucho más que eso: negociar con Rusia significaría poner en cuestión el famoso “Orden internacional basado en normas” y establecer una nueva arquitectura de seguridad en Europa, es decir, reconocer a la Rusia de Putin lo que le negaron a la URSS de Gorbachov. Hasta ahora, la UE y la OTAN nunca han tenido en cuenta las demandas del país euroasiático, sus inte-

reses nacionales y sus responsabilidades con las poblaciones de etnia y cultura rusa. Los portavoces del “partido de la guerra” argumentan que esto significaría volver a la antidemocrática política de las “zonas y espacios de influencia”. Habría que señalar que la influencia geopolítica depende del poder en un sentido amplio. Cuando realmente se tiene, condiciona a los actores y les obliga a responder, en uno u otro sentido, desde esos límites.

La OTAN decide hoy la dirección estratégica de la UE

La Unión Europea ha actuado como si Rusia no tuviese intereses que defender o que estos no fuesen relevantes; es más, en paralelo con la OTAN, ha ido practicando y definiendo una política dirigida a reducir, a recortar sustancialmente su peso y respaldo en una zona, sobre todo en las antiguas repúblicas ex soviéticas, con la que tenía vínculos profundos. Robert Kagan, ahora en el equipo de la Sra. Clinton, lo argumentó con su acostumbrada claridad no hace demasiado tiempo: los EE.UU. ganaron una guerra mundial contra la URSS y el campo socialista; sólo ellos tienen el derecho y están obligados a tener “zonas y espacios de influencia” y los vencidos tiene que asumirlo. Y si no, asumir los riesgos por una conducta transgresora del orden establecido. Poder de definición y poder punitivo siempre lo han tenido los EE.UU. y, por delegación, el Estado de Israel.

Estamos en los límites y los dirigentes europeos nos invitan audazmente a dar un salto hacia adelante. La disyuntiva es radical: escalada militar o una paz realista, posible. La primera, nos conduce a la guerra y a sus variantes nucleares; la segunda a la autonomía estratégica. Al final, la historia vuelve. La pregunta decisiva: ¿qué Europa queremos?, ¿aliada subalterna de los Estados Unidos o sujeto geopolítico independente? En el medio, la Unión Europea. Hoy sabemos, algunos lo venimos defendiendo desde el principio, que la UE es el modo neoliberal y subalterno de construir Europa contra los Estados nacionales, la democracia constitucional y los derechos sociales. Un tratado de paz y cooperación con Rusia es condición previa para una Europa liberada, autónoma, capaz de ser parte activa del nuevo orden internacional multipolar en construcción. La OTAN es hoy la dirección estratégica de la Unión Europea; ésta se ha ido convirtiendo en su brazo político; en su eje organizador, los intereses político-militares norteamericanos. Las clases dominantes, para salvar su “Europa”, la UE, se preparan activamente para la guerra contra Rusia. Ese es hoy el problema central ■

Volver a Marx

Entrevista a César Rendueles

César Rendueles (Girona, 1975) es sociólogo, investigador en el CS IC y profesor en la Universidad Complutense. Se trata de un pensador fundamental para entender los malestares de nuestro tiempo. Su trabajo, que bebe de una tradición marxista revitalizada y crítica, analiza las contradicciones del capitalismo tardío, el fetichismo de la mercancía y la crisis de los proyectos emancipatorios.

—Tu último libro se titula “A la sombra de Marx”. En un contexto de capitalismo desbocado y crisis ecológica, ¿por qué es más necesario que nunca volver a Marx, y qué Marx hay que recuperar?

Supongo que la suerte pública de cualquier autor o de cualquier teoría tiene un poco de sentido histórico y un poco de azar. Marx ha sido siempre una figura muy guadianesca por ambos motivos. El renacer actual del interés por su obra es algo que ya ha pasado antes. Yo puedo hablar desde mi perspectiva generacional, que seguramente a la gente más joven les resultará ajena y lejana. A partir del 89 y la caída del bloque soviético, en esos años salvajes de globalización neoliberal, los estudios marxistas y en general la presencia pública de la tradición marxista decayó muchísimo. Se consideraba, incluso por parte de la izquierda, una herramienta intelectualmente respetable pero poco útil políticamente. Para ser justos, creo que era un diagnóstico razonable: el marxismo no servía para interpelar a la gente, generaba mucho rechazo. Y, además, estaba muy asociado al largo ciclo político pasado, que se remontaba al 68 y que se había saldado con una derrota evidente. Había una sensación, bastante realista, de agotamiento. Hoy estamos un poco en la situación inversa. Creo que hay gente muy joven que vuelve a un marxismo más o menos tradicional precisamente para buscar alternativas teóricas y políticas al ciclo populista, que también se saldó con

una derrota y que ha dejado un regusto amargo. Realmente el renacer actual del interés por Marx comenzó casi desde el minuto uno de la Gran Recesión, aunque no tuviera repercusiones políticas tan evidentes como ahora. A partir de 2008 se produjo una especie de efecto rebote y aumentó mucho la legitimidad pública de discursos de inspiración marxista. Yo lo interpreto como una especie de revancha del siglo XX. En los años 90 se nos dijo que todos los grandes conflictos del pasado habían quedado atrás, que estábamos en una nueva era en la que el libre comercio y la digitalización iban a globalizar la paz y la prosperidad. Pero lo que ha pasado es que todas esas tensiones que se trataron de enterrar nos han estallado en la cara en las dos últimas décadas. Vivimos una especie de retorno de lo reprimido político. Así que también es lógico que mucha gente se interese por las perspectivas con las que en el siglo pasado la tradición marxista abordó el conflicto social vinculado a la desigualdad de clases o al imperialismo o a las tensiones geopolíticas.

Sobre qué Marx recuperar... Lo que pasa con Marx es lo mismo que con cualquier autor clásico: intentar acercarse a él es un poco como si se te cayera una biblioteca encima de la cabeza. Y escribir sobre marxismo hoy tiene algo de «rascar lo pegado de la olla», por así decirlo. Después de miles de interpretaciones a lo largo de 150 años, algunas buenísimas y otras deplorables, lo que tenemos son muchos Marx. Creo que cual-

quier aproximación al marxismo tiene que partir del reconocimiento de esa pluralidad, que es completamente insuperable. Ni vale cualquier Marx, ni vale un único Marx. Me parece que eso permite acercarse al marxismo con más tranquilidad y evitar algunas discusiones dogmáticas bastante idiotas. Suelo decir algo que alguna gente se toma como una provocación: no conozco un solo problema teórico o político para el que la herencia de Marx sea imprescindible. Conozco muchos problemas para los que Marx es muy importante, sin duda, pero en ningún caso es la única opción. Hay teorías de la explotación o de las clases sociales no marxistas y algunas son muy buenas. Como hay teorías de la cultura capitalista buenísimas no weberianas. Las ciencias sociales son así, hay que aprender a convivir con esa diversidad. Algunos sentimos preferencia –en parte racional y en parte afectiva– por los estudios marxistas, pero no son la única respuesta ni tampoco siempre la mejor a los problemas que nos preocupan. Quien no se sienta cómodo con esa realidad de eclecticismo teórico haría mejor en dedicarse a otra cosa. No estoy planteando una especie de pluralismo fofo, en plan, vamos a llevarnos todos bien. El diálogo posible con otras tradiciones teóricas es la condición de que el marxismo pueda imponerse –hasta cierto punto, claro–con sus argumentos sobre ellas. A veces en los círculos marxistas se respira una ansiedad que se traduce en una vehemencia completamente innecesaria. Sobre todo, porque esa virulencia no produce herramientas útiles para abordar las urgencias políticas.

Dicho esto, yo me siento particularmente cómodo con los estudios marxistas cercanos a la historia. Pienso en la historiografía marxista británica, claro, pero también en la que se ha producido en España, Francia o Italia. Creo que los historiadores lo han hecho particularmente bien integrando una perspectiva materialista en su trabajo de una forma capaz de establecer un debate fructífero con otras miradas y, por eso mismo, capaz a veces de imponerse científicamente a ellas. Para mí es un modelo al que aspirar desde la sociología, la economía o la filosofía. Este volumen, A la sombra de Marx, encaja en ese intento de normalización de Marx dentro de las ciencias sociales. Es un libro con un claro sesgo analítico, a veces muy academicista y quizás un poco cursi, pero que a mí me sirvió en su momento para dejar de pensar a Marx como una excepción científica, alguien incapaz de dialogar con otras escuelas. El resultado puede ser un poco equívoco, parece que me adscribo a esa tradición filosófica cuando no es necesariamente el caso. Mi interés final es defender el papel que puede jugar el marxismo dentro de las

ciencias sociales y pensar qué efectos políticos pueden tener esos conocimientos.

—Sigamos por el sueño y la decepción. Han pasado años desde el 15M. Muchos de aquellos indignados sienten hoy una profunda desilusión. ¿Qué pasó? ¿Dónde crees que se malogró aquella energía transformadora?

—El 15M transformó a muchísima gente, incluido a mí. Transformó mi manera de entender la política y mi comprensión de este país. Crecí políticamente en los años 90, una época complicada, de derrota brutal del sindicalismo y de todo el campo de la izquierda, de cambio definitivo de la estructura productiva de este país, de extensión del neoliberalismo a la vida cotidiana... Creo que somos una generación con un lastre biográfico y político amargo. Por eso, que apareciera algo tan inesperado como el 15M hizo que sobrerreacionáramos depositando demasiadas esperanzas en aquello.

Ahora, a veces, se pierde la perspectiva. El 15M empezó con la crisis económica ya muy avanzada, después de varios intentos de movilización fallidos y de que quedara patente la incapacidad de los partidos de izquierdas y los sindicatos para articular una respuesta al austericidio. Y de pronto, de la nada, surge un movimiento ciudadano muy huérfano políticamente. Hubo un cierto elogio de la «virginidad política» un poco absurdo, pero sí es cierto que la necesidad de autoeducarse de forma muy espontánea ayudó a renovar las formas de intervención y animó a mucha gente a participar. A pesar de todo lo que pasó después, merece la pena poner eso en valor. Aunque sólo sea porque da esperanzas de cara al futuro: si pasó entonces de forma tan inesperada, puede volver a pasar.

El marxismo vuelve para buscar alternativas al ciclo populista

Lo que vino después fue un ciclo político y electoral muy emocionante pero que, en fin, fracasó y tenemos que reconocerlo así. Se ha terminado. ¿Qué falló? Para mí, por encima de todo, faltó organización. Es paradójico porque los nuevos partidos tenían una presencia enorme en la vida de la gente afín, daba la impresión de que no hablábamos de otra cosa. Ahora lo veo como una especie de sobrecompensación de un problema estructural de falta de organicidad: hubo mucha energía política, mucha efervescencia y entusiasmo, pero pocas reglas claras que definieran el papel de los cuadros y de las bases, que potenciaran la articulación territorial... Creo que al final descubrimos que, por mucho que criticáramos la partitocracia, hay elementos indispensables e insuperables en el partido tradicional. Al final, el propio 15M tuvo algo de performance democrática, a veces muy emocionante pero también disfuncional, que desembocó en

las dinámicas plebiscitarias de Podemos y otras iniciativas electorales.

Con los ayuntamientos del cambio pasó algo similar: no tenían cuadros políticos, tampoco técnicos. Dependían de gente muy inteligente y con buena voluntad, pero con mucha dificultad para intervenir en instituciones muy complejas. Fueron aprendiendo sobre la marcha, cuando ya casi estaban de salida. Pero es que tampoco la ciudadanía estaba suficientemente articulada para respaldarles y exigirles. Los ayuntamientos del cambio no tuvieron detrás una masa de gente organizada que les dijera: «habéis prometido esto, cumplidlo, y cuando os ataquen os defenderemos». Tampoco es algo nuevo que se pueda achacar a las nuevas fuerzas progresistas. Esa es la herencia de la Transición española. Los partidos de izquierda europeos –comunistas, socialdemócratas, laboristas…– que consiguieron dar la batalla hasta los años 70 u 80, tenían dos cosas: una estructura orgánica sólida y una masa de militantes y simpatizantes a los que podían movilizar y que les respaldaba. En España, la ratio de militantes y votantes siempre ha sido ridículamente baja comparada con otros países. Eso implica una manera de ver y hacer la política estructuralmente muy peculiar. En España la transición a la democracia fue una transición a la democracia de audiencias

—Y claro, eso implica una manera de ver la política, hacer la política estructuralmente en este país muy peculiar, por lo que me estás contando. ¿Sigues creyendo de alguna manera en lo institucional?

—Sí, absolutamente. Yo creo que la gran victoria del neoliberalismo no fue sólo mercantilizar nuestras sociedades, sino desinstitucionalizar, destruir las organizaciones de mediación

entre individuos, Estados y mercados. Cuando hablo de instituciones no me refiero solo a las organizaciones públicas o estatales, sino a toda clase de organizaciones que articulan a la ciudadanía y permiten la deliberación en común: sindicatos, asociaciones de madres y padres, cooperativas... lo que sea. Eso es lo que arrasó el neoliberalismo, y eso es lo que impide que cuando aparecen alternativas tengan mayor fuerza, presencia y resiliencia.

En el 15M se veía: nos organizábamos, pero votábamos individualmente, sin un proceso de deliberación profundo. A veces votábamos cosas absurdas porque no teníamos la capacidad de hablar con los demás y razonar en común. Yo soy un defensor a ultranza de la institucionalidad como un requisito indispensable de la democracia, incluso de la democracia directa. Si no tienes algún filtro institucional, la democracia al final se convierte en una especie de mercado político donde mandas tu carta a los Reyes Magos.

Es un poco la otra cara de lo que suele defender, también con razón, Amador Fernández-Savater. Creo que él incide mucho en la potencia de la espontaneidad colectiva. Yo, que soy más conservador, tiendo a subrayar más la importancia de la institucionalidad, aunque soy consciente de que, si no existe esa pulsión ingobernable, una institución se convierte básicamente en una jaula de hierro burocrática. Creo que yo le doy vueltas a cómo canalizar esa energía popular y él le da más vueltas a cómo potenciarla. Es un poco como en esos problemas de ingeniería en el que los intentos de crear un motor más potente tienen como contrapartida inevitable encontrar un sistema de frenado más seguro.

Siguiendo con el desencanto, parece que en todas partes es la extrema derecha quién está canalizando ese descontento, con proyectos profundamente reaccionarios. Un sentimiento que, a priori, debería haber canalizado la izquierda. ¿Por qué crees que está pasando esto?

A ver, yo soy muy polanyiano [Karl Polanyi]. No me gustan mucho los paralelismos con los años 30, porque llevan a comparaciones forzadas y a ver un pequeño Hitler por todas partes. Las cosas son más complejas. Pero sí me parece útil la idea de Polanyi de que cuando fracasan los procesos de mercantilización –los intentos de sustituir la soberanía nacional por instrumentos mercantiles, como pasó con el neoliberalismo– surgen procesos de repolitización. La gente, en todos los niveles, busca herramientas para intervenir, para recuperar el control de sus vidas.

Eso abre un abanico de opciones políticas y éticas muy amplio, desde proyectos emancipadores e igualitarios hasta atrocidades reaccionarias de extrema derecha. Es lo que pasó en los años 30, que hubo un abanico de repolitización que abarcó desde proyectos revolucionarios hasta el nazismo. Yo creo que lo que hemos vivido desde 2008 es un poco eso: primero, una oleada progresista mundial que asustó muchísimo a las clases altas (en Grecia, España, el Mundo Árabe, Estados Unidos, algunos países de América Latina...). Pero tras la derrota (no el fracaso) de ese movimiento, hemos experimentado un proceso reaccionario pendular.

Esto tiene que ver con muchas cosas. En primer lugar, con que las élites económicas han aceptado a las opciones de extrema derecha como un compañero de viaje respetable. Durante mucho tiempo la derecha radical estuvo contenida, al menos en Occidente porque las clases altas preferían otras alternativas. Ahora han decidido que, en ciertas condiciones, son perfectamente aceptables. Ese es el gran cambio que hemos experimentado. Este movimiento pendular tiene características diferentes en cada país, claro. En España, el detonante pudo ser la reacción al procés en Cataluña; en otros lugares ha sido la crisis económica, el antifeminismo o las guerras culturales. Pero creo que en todos los casos hay un punto de rencor, de revancha respecto a esa primera oleada progresista.

Querría añadir algo que me parece importante, aunque me resulte incómodo y sea un poco antipático. Es algo que a mí mismo me cuesta mucho asumir pero la verdad es que fuera de España muchísima gente ve nuestro país como una excepción a nivel global, un poco como Nueva York dentro de Estados Unidos. Se nos ve como un país que de momento ha podido resistir la tentación reaccionaria. Y hay algo de verdad en ello. España ha liderado desde hace años al menos algunas políticas progresistas: las leyes de matrimonio igualitario, la oleada feminista, el municipalismo, el apoyo a Palestina... Internacionalmente se nos ve de una manera muy distinta a como nos percibimos nosotros, los progresistas de aquí, que solemos subrayar las limitaciones de los gobiernos de izquierda y nuestra frustración con su impotencia. Esto es importante recordarlo, no para hacerle un monumento a Pedro Sánchez o para ser menos beligerantes con nuestras exigencias, sino para entender que tenemos cierta responsabilidad histórica que va más allá de nuestras fronteras.

En España, vemos cómo Vox se ha consolidado. ¿Es sólo un síntoma de la «españolización» de una tendencia global o hay factores específicos de nuestra Transición y nuestra democracia que lo explican? ¿Y por qué los más jóvenes parecen tan fascinados con estas “ideologías”?

—Respecto a los jóvenes y la extrema derecha... Las encuestas muestran que hay un apoyo considerable a Vox entre los jóvenes, es verdad. Pero creo que hay que matizarlo también. Sigue habiendo mucha gente joven progresista. Creo que han pasado dos cosas: una, que durante mucho tiempo la gente de extrema derecha, joven o adulta, tenía más pudor a la hora de manifestar sus ideas. Nadie quería quedar como Martínez el Facha. Desde hace unos años, ese dique de contención basado en la presión social se ha roto. La segunda es que ese ascenso de las opciones radicales responde, en buena medida, a una pelea entre las derechas. Los bloques ideológicos en España están muy cerrados, no creo que haya habido un trasvase significativo desde la izquierda a la derecha. Lo que pasa es que la gente joven de derechas vota a Vox porque es la opción joven de la derecha. Si no votaran a Vox, seguramente votarían al PP o no votarían. Cuando se dice que un grupo de edad se ha hecho más de derechas puede significar dos cosas muy distintas. Que más gente se declara de derechas o que los que son de derechas se han hecho más extremistas. Y si es lo segundo tampoco tiene mucho sentido comparar con una época en la que todo el espectro de la derecha se concentraba en un único bloque electoral.

No quiero restar importancia a este momento «dulce» de la extrema derecha y su capacidad de interpelar a gente muy

joven, que es muy grave. Pero a veces se magnifica. Los jóvenes de hoy son, en general, mucho menos machistas, menos homófobos y más igualitarios que los de generaciones anteriores. A veces hay cierto catastrofismo y búsqueda del titular fácil que no se corresponde con la realidad. Viendo cómo está la situación en otros países, como Italia o Estados Unidos, donde se ha normalizado la derecha radical, yo soy un poco precavido con esos diagnósticos catastrofistas, no sólo porque no me los crea del todo, sino porque creo que tienen efectos políticos negativos.

—Hablemos del «fracaso» de las fuerzas que pretendían canalizar aquel impulso del 15M, como Podemos y, ahora, Sumar. ¿Se trató de errores tácticos o de un problema más estructural? ¿Crees que hay institucionalmente alguna esperanza en los próximos años?

—Creo que hay que intentar ser realistas, pero también generosos. Hay que verlo como un fracaso respecto a lo que se podía haber construido: una gran fuerza a la izquierda del PSOE, tal vez las condiciones para un Gobierno del cambio que transformara este país. Esa posibilidad fue muy breve pero real y fracasamos colectivamente. Pero cuando oigo a alguna gente explicar con mucha seguridad cómo habría que haber hecho las cosas para tener éxito me parece que deliran. Se dedican a fantasear olvidando las condiciones imposibles en las que esos proyectos surgieron.

Yo sí me acuerdo de cómo fue aquello: había que construir de la nada organizaciones muy novedosas con implante popular y, al mismo tiempo, concurrir a un calendario electoral imposible con una presión en contra mediática, política, judicial y policial salvaje. Inter na mente, se padeció una dependencia enorme de los liderazgos televisivos y mediáticos. Ahora es fácil criticarlo, pero Podemos dependía absolutamente de esas caras visibles. Sin ellas, los resultados electorales hubieran sido mínimos. Eso, claro, alimentó el narcisismo y el autoritarismo de personas de suyo predispuestas a ello, generando una especie de proceso de selección negativa. Eran circunstancias infernales, con un calendario electoral horrible y una dependencia real de esos liderazgos.

muertos más podría haber habido si se hubiera gestionado todo como se gestionó en Madrid con Ayuso, la región líder en mortalidad de Europa? Me entran sudores fríos. Ya no es sólo lo que se haya podido hacer, es lo que se ha evitado. Estoy agradecido a quien lo está intentando. Pero también tenemos que ser conscientes de que estas son herramientas con fecha de caducidad pasada y que necesitamos pensar en alternativas. Desde ahí es muy difícil construir lo que necesitamos no sólo para transformar el país, sino para resistir el peligro inminente de la derecha radical y el autoritarismo.

—¿Qué errores crees que no deberían volver a cometerse?

—Hay toda una serie de maneras de hacer que no dan más de sí, han generado un cansancio enorme, desconfianza y una incapacidad para movilizar. Estamos todos hartos de nosotros mismos porque ha sido un ciclo muy intenso, muy cansado, con un coste personal y político muy grave. Lo que veo es que repetimos los mismos errores: ocurrencias, discursos que están bien pero que dependen mucho de que encuentren un impulso mediático, de que creen polémica y arrastren de golpe a mucha gente. Eso es imprescindible en el tipo de democracias en las que vivimos, lamentablemente. Pero si no va acompañado de un proyecto popular capaz de manejar tres velocidades (guerra mediática, presencia institucional y desarrollo de organización) va a acabar mal.

Debemos resistir el peligro inminente de la derecha radical y el autoritarismo

Hay, por supuesto, proyectos de izquierdas que siguen teniendo fuerza, pero están muy pegados a sus territorios: en el País Vasco, Cataluña, en Valencia, en Madrid, en algunas ciudades dispersas... El problema es que eso puede servir para unas autonómicas o para unas municipales, pero no necesariamente para alimentar una fuerza del cambio en todo el país. Estratégicamente, esos partidos no tienen nada que ganar y sí bastante que perder en un proyecto compartido. En fin, confío, en que aparezca gente más joven que nos jubile a los que tenemos ya cierta edad y tome el relevo con más ideas.

Luego no se supo, no se quiso o no se pudo construir una organización sólida y con implantación territorial. Y lo que ha ido quedando es muy complicado de gestionar. Desde el reconocimiento del fracaso, también quiero ser justo con la gente que intenta seguir teniendo presencia en las instituciones. Les estoy agradecido porque pienso en la alternativa: imagina haber tenido al PP con Vox durante la pandemia. ¿Cuántos

—Has criticado lo que llamas la «ideología meritocrática». Esta meritocracia, creo recordar que has explicado en alguna entrevista, nos hace infelices incluso a los «ganadores». ¿Puedes explicar esta paradoja?

—La meritocracia es el elitismo que aparece en sociedades formalmente democráticas y de mercado en las que la opción de una aristocracia tradicional ya no es viable. Es, en realidad, una popularización de la teoría de la circulación de las élites de Pareto y otros teóricos críticos de la democracia de principios de siglo XX. Crearon un proyecto elitista compatible con

El Viejo Topo 455/ diciembre 2025 / 17

sociedades industriales modernas: un sistema de privilegios formalmente abierto, donde cualquiera puede llegar a lo alto, pero manteniendo toda la estructura de desigualdad económica, de prestigio y de estatus. Esto, por cierto, ha tenido también su versión de izquierdas. Es un poco antipático recordarlo, pero en el marxismo del periodo de entreguerras, por ejemplo, con Gramsci, estuvo muy presente la idea de una selección meritocrática de los intelectuales del proletariado, de que las instituciones educativas tenían que desempeñar una función selectiva de la élite dirigente de los trabajadores. Los momentos de mercantilización son muy propicios para que prosperen esos discursos meritocráticos. Son muy compatibles con la idea de que lo importante es establecer una igualdad en el punto de partida, pero en ningún caso poner límites a las recompensas que cada cual pueda obtener en la competición social. Es algo que pasa mucho hoy. Cuando hablas con gente joven, a veces son muy igualitarios en el sentido de que reconocen que la igualdad de oportunidades es mentira, que la educación no iguala, que el mercado de trabajo está trucado... Pero la idea de que haya que poner límites a lo que uno puede llegar a ganar, a ser millonario o tener un Ferrari, hace que les explote la cabeza. No forma parte de su medioambiente cultural.

gente de derechas, con la idea de decirles: «tú también vives peor con la desigualdad». Hubo un tiempo en que algunos ideales igualitaristas fueron relativamente transversales en muchos países occidentales. Un poco como pasa hoy con la libertad de expresión, era algo que compartían, con sus propias versiones, la izquierda y la derecha. Algo de eso queda. Mucha gente considera que un cirujano debe ganar más que un peón, pero cuando les pides que digan cuanto más creen que debería ganar, muy poca gente defiende diferencias abismales. La gente tiende a ser más igualitarista de lo que ella misma se cree.

Sigue habiendo mucha gente joven progresista

—Por último, hay una anécdota que sueles repetir, sobre Kurt Vonnegut y una fiesta a la que asistió, en la casa de un millonario, donde le dijo a su acompañante: “yo tengo algo que él no tiene… suficiente”. Creo que gran parte de tu obra es una reflexión sobre, lo que podríamos llamar, la “buena vida” o la búsqueda de la “buena vida”. ¿No es así?

La meritocracia es una fuente de malestar sistémica para los perdedores, porque se te culpabiliza de tu situación. Lo vemos muy bien en el sistema educativo: se culpa permanentemente a los chavales que se quedan atrás. Cuando el problema fundamental del sistema educativo en España no es la falta de excelencia, como a veces se dice, sino la enorme cantidad de niños y jóvenes a los que se abandona a su suerte, el llamado fracaso escolar. Pero, paradójicamente, la meritocracia también tiene efectos negativos entre los ganadores. Por ejemplo, las sociedades con más desigualdad tienen menor esperanza de vida, incluso entre las clases altas. En sociedades ricas pero desiguales, como Estados Unidos o Inglaterra, la esperanza de vida es menor que en sociedades más igualitarias, aunque sean más pobres. La desigualdad nos hace vivir peor a todos. Si lo piensas, tiene sentido. A todos nos cuesta tener a alguien por encima, pero tampoco nos sentimos cómodos teniendo a gente por debajo. La desigualdad genera desconfianza, miedo... Es algo que vemos en España, uno de los países más seguros del mundo, pero donde mucha gente está agobiadísima por la delincuencia. Esas sensaciones de mala vida y desconfianza son muy transversales; las padece más la gente de clase baja, pero a la gente de clase alta también les hace vivir una vida empobrecida.

Escribí mi libro sobre la igualdad pensando en dirigirme a la

—Sí, absolutamente. Una de las cosas que me motivó a escribir sobre la igualdad es esa idea del vínculo entre vivir entre iguales y la buena vida. La oleada feminista de hace unos años creo que fue muy ilustrativa en ese sentido. Muchos hombres comprendieron que se vivía mejor –con tu pareja, con tus familiares, con tus vecinas– como iguales. Que tener privilegios machistas conducía a una vida empobrecida y en cierto sentido humillante. Que esa pérdida de privilegios no era una pérdida, sino una ganancia conjunta. Pienso que esa imagen de la degradación a la que conduce el privilegio es muy visible hoy en los superricos: cómo viven, cómo piensan, cómo sienten... Tienen vidas de juguete. Visten como payasos, piensan como payasos. Mira, por ejemplo, a Elon Musk... ¿quién quiere vivir así, como un patético politoxicómano racista al que todo el mundo odia, empezando por su hija?

Esto me parece una herencia muy importante de las tradiciones emancipatorias que a veces se nos olvida. Creo que fue Manuel Sacristán el que, en una entrevista, dijo aquello de «Los comunistas también somos cerdos de la piara de Epicuro». No lo entiendo tanto como una reivindicación del hedonismo sino de la buena vida, como algo que tenemos que construir colectivamente y que los socialistas podemos ofrecer como proyecto a una gran mayoría social. Es algo que se está debatiendo mucho en el ecologismo contemporáneo, que a veces tiene un tono catastrofista y moralista. La cuestión no es si hay razones o no para el pesimismo, sino que así no se construyen mayorías para el cambio social. No se convence a la gente recordándoles que van a vivir mal sino ofreciéndoles una manera de vivir mejor ■

Recuperar el tiempo perdido trabajar menos para vivir mejor

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Actualmente vivimos en una época en la que el trabajo remunerado se ha comido nuestro tiempo de vida. Y, lamentablemente, esta no es solo una metáfora dramática. El reloj es el nuevo yugo y la productividad se ha vuelto la vara de medirlo todo –hasta nuestra propia dignidad–. Para las personas que no nacimos con un contrato firmado por el capital –o para quienes nos rebelamos ante ese contrato–, la reducción de la jornada laboral adquiere dos valores; por un lado, un valor simbólico y, por otro lado, un valor material. Es por ello que apostamos por recuperar tiempo para respirar, para cuidar, para pensar y, en definitiva, para vivir.

Este debate, además, no es un debate utópico. Hoy en España y en otros países ya circulan propuestas ambiciosas que no solamente aspiran a reducir la jornada laboral de 40 a 37,5 horas semanales –tal y como lo ha hecho el Gobierno de España–, sino que se expresa la necesidad de avanzar hacia semanas de cuatro días de trabajo remunerado (jornadas de 32 horas semanales) sin reducción de salario. Pero para que todas estas políticas no queden en mero maquillaje progresista, estas deben articularse con verdaderas garantías, con políticas complementarias y con un cambio cultural profundo. En este texto reflexionamos, con un tono crítico y político-social, sobre qué permitiría una reducción de la jornada laboral y cuáles serían sus líneas estratégicas para que realmente valga la pena –y no termine siendo una trampa.

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Desde las revoluciones industriales hasta nuestros días, el capital ha convertido el tiempo en mercancía. Se compra y se vende. Se alquila y se expropia. Se nos ha enseñado que cuanto más trabajes, más vales en esta vida. Sin embargo, la dinámica real es una bien distinta. Con los nuevos avances tecnológicos y organizativos, son muchas las actividades que operan con rendimientos altamente crecientes. Pero, ¿cuál es la parte del excedente que regresa al trabajador en tiempo libre, ocio y salud? Es mínima. Por eso, discutir sobre la jornada laboral es discutir quién decide sobre nuestro tiempo de vida.

El contrato social del siglo XX, que concedía unos márgenes de bienestar bajo la amenaza permanente del desempleo, en el siglo XXI está totalmente resquebrajado. Cuando la precariedad, la gig economy, la flexibilidad –impuesta–, el teletrabajo caótico y el burnout dominan la escena, ya no es suficiente con reformas estéticas. Con reformas mínimas que solamente sirvan para parchear agujeros del sistema. Es necesario y urgente recuperar el principio tan radical como democrático de que el tiempo es un derecho humano, no solo un coste salarial. Además, si el tiempo es un derecho, la organización del trabajo debe permitir vivir y cuidar, no solo producir. En este sentido, la imposibilidad de conciliar es una de las dimensiones más evidentes del fracaso del modelo actual. Un modelo donde el trabajo remunerado lo invade todo. Lla-

trabajo

madas fuera de horario, mensajes de WhatsApp laborales a la hora de cenar, reuniones en horarios imposibles o jornadas partidas que se extienden en el vacío. Quienes tienen hijos e hijas, personas dependientes, obligaciones de cuidado o simplemente aspiraciones más allá del empleo sufren aún más este sometimiento. La conciliación ya no es un beneficio necesario para todas, sino una emergencia social.

Reducir la jornada laboral es, por tanto, una respuesta a esta crisis civilizatoria. No solo para ganar tiempo, sino para reconquistar espacios que nos fueron arrebatados. Espacios de reproducción, de descanso, de política y de comunidad. Desde luego que, si la vida buena vuelve a ser un objetivo, que este no sea solamente un eslogan corporativo.

Un argumento habitual de quienes están en contra de la reducción de la jornada laboral es que bajará la productividad. No obstante, ese argumento solo tiene sentido en un modelo que nunca redistribuye el excedente y que considera que la productividad no puede mejorar. En cambio, tal y como se ha podido observar en diversos experimentos, reorganizando procesos, eliminando lo superfluo (reuniones, burocracia), concentrando esfuerzos y priorizando lo esencial, se puede sostener –e incluso mejorar– la productividad a la vez que se

suprema del valor humano. Ese es un terreno de juego farragoso en el que quieren meternos. Si reducir la jornada mejora la calidad de vida, la salud mental y el bienestar de la clase trabajadora, esos logros no se reducen –ni deben reducirse– a cifras de producción.

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El Gobierno español, en su proyecto para reducir la jornada laboral, propone pasar de 40 a 37,5 horas semanales (es decir, alrededor de 1.820 horas anuales a 1.712 horas) sin recortar salario. La idea principal es que ese recorte se reparta en semanas de 5 días, bajando cada día la carga horaria. Esa reforma fue aprobada en Consejo de Ministros, pero rechazada por mayoría en el Congreso en septiembre de 2025.

Esta propuesta, como medida transicional es útil. Implicaría menos horas de trabajo, reduciría el desgaste y, sobre todo, abriría puertas al debate. A un debate que tiene límites, ya que seguiríamos en el marco de los cinco días y sin romper la centralidad del empleo como eje totalizador. Y que caiga una iniciativa ni mucho menos cierra la discusión. Simplemente desplaza el foco a la pregunta relevante: ¿Cómo lo hacemos bien y con qué resultados? Aquí es donde sube la ambición y donde podemos observar y aprender de lo que se ha hecho en diversas experiencias piloto a lo largo del mundo.

Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, quiere reducir la jornada laboral en Francia a 32 horas semanales

trabajan menos horas. Es decir, el obstáculo no es técnico sino político-organizativo. Se trata de cómo trabajamos y de cómo se reparte el beneficio.

La clave, aun así, no es que la productividad sea la medida

Un proyecto piloto realizado en más de 141 organizaciones a lo largo de seis países, muestra que la semana de cuatro días (32 horas, salario constante) reduce el burnout, mejora la satisfacción y la salud mental, con tres mediadores clave: mayor capacidad percibida para trabajar, menos problemas de sueño y menos fatiga (Fan et al., 2025). En el mayor plan piloto empresarial hasta la fecha en el Reino Unido (61 empresas, alrededor de 2.900 personas), la mayoría de compañías mantuvo el modelo tras seis meses por mejoras en bienestar, retención y estabilidad de ingresos (Lewis et al., 2023). Resultados en la misma dirección podemos apreciar a través de los pilotos islandeses (35-36 horas sin pérdida salarial), donde la productividad y la prestación de servicios se mantuvieron o mejoraron en la mayoría de los centros (Haraldsson y Kellam, 2021).

A la luz de la literatura académica, el balance general es esperanzador, pero conviene implementarlo con método. La revisión sistemática más amplia hasta la fecha (31 artículos

género y cuidados, y estableciendo comités de revisión periódica y cláusulas de reversibilidad. Si se hace de esta manera, los resultados obtenidos hasta el momento nos permiten enviar un mensaje claro y positivo. Y es que la semana de cuatro días funciona cuando se hace bien –con diseño organizativo, negociación colectiva y evaluación– y ofrece una vía factible para trabajar mejor y vivir mejor (Fan et al., 2025; Lewis et al., 2023; Haraldsson y Kellam, 2021; Campbell, 2024).

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específicos sobre la reducción de la jornada laboral a cuatro días semanales) encuentra efectos favorables en moral, satisfacción y rotación, a la vez que subraya que pueden aparecer tensiones de programación, intensificación de la medición del desempeño y del desgaste de algunos beneficios si no hay un rediseño sostenido en el tiempo (Campbell, 2024).

Este enfoque de cautela constructiva coincide con algunos estudios cualitativos realizados. En la empresa Perpetual Guardian, por ejemplo, el resultado general fue positivo, pero también se observó un refuerzo de prácticas de control si la reducción no va acompañada de negociación y criterios claros de carga de trabajo (Delaney y Casey, 2022). La literatura sobre flexibilidad apunta, además, que puede ocurrir que hagamos más con menos si no se consigue pasar de horas a objetivos (Kelliher y Anderson, 2009).

Dicho esto, hay bases sólidas para seguir siendo propositivos. Los meta-análisis de semanas comprimidas muestran mejoras consistentes en satisfacción y evaluaciones de desempeño –aunque los incrementos en productividad “dura” dependen del sector y del rediseño– (Baltes et al., 1999). También en lo relativo a salud laboral, donde en general coinciden en un menor estrés y mejor sueño cuando la reducción se acompaña de autonomía y desconexión digital (Voglino et al., 2022).

Desde un punto de vista metodológico, una forma sencilla de hacer la medición sería evaluando ex ante y ex post con indicadores objetivos –entregas, calidad, márgenes– y subjetivos –burnout, sueño, satisfacción–, incluyendo métricas de

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Para que la política de reducción de jornada laboral no sea puro maquillaje, esta debe convertirse un mayor derecho efectivo al tiempo. Y eso empieza por lo evidente. Es decir, por menos horas sin menos salario. Cualquier rebaja retributiva convertiría la medida en un filtro clasista más, ya que quien tiene poder de negociación la sortea y, quien no, la paga. En este sentido, la bisagra es la negociación colectiva. Avanzar en fijar un nuevo tope horario en convenios, definir a quién aplica y cómo se despliega por categorías y turnos, establecer límites de carga y mecanismos de control y prever cláusulas de revisión que permitan corregir desajustes en diversas coyunturas. Tal y como hemos visto en el apartado anterior, cuando el diseño es serio y está bien ajustado, los resultados se sostienen. Cuando no lo es, se abre vía libre para la intensificación o el trabajar igual en menos tiempo. El segundo pilar es el propio rediseño del trabajo. No es suficiente con recortar horas sobre organizaciones que siguen midiendo la presencialidad. Debemos migrar hacia objetivos y procesos limpios. Es necesario avanzar hacia la eliminación de burocracia replicada, acotar agendas, proteger ventanas de concentración, ordenar y documentar procesos, automatizar todo aquello que no aporta valor y, sobre todo, formar a los equipos para las nuevas realidades y rutinas. De las experiencias que se han realizado, las que mejores resultados han obtenido han sido las que han actuado a través de esta cirugía fina y no por heroísmos individuales.

Tercero, pilotos con evaluación y reversibilidad. Y con esto no nos referimos a seguir haciendo pilotos para ver si funciona o no. Eso ya lo sabemos. Nos referimos a la posibilidad de establecer un arranque escalonado, con línea base y segui-

Sanna Marin, Ex primera ministra de Finlandia, propone semana laborales de cuatro días

trabajo

El filósofo André Gorz (1923-2007) fue uno de los principales teóricos que defendió la reducción de la jornada laboral

miento mensual durante, por ejemplo, el primer trimestre, para poder así ajustar plantillas, calendarios y cargas antes de la consolidación final. En línea con lo observado, gran parte de los beneficios pueden atenuarse si no se mantiene el diseño. Por eso, siendo tan necesario, medir y corregir es parte de la política, no un apéndice.

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En cuarto lugar, resulta imprescindible realizar una adaptación sectorial sin exclusiones. En servicios continuos como sanidad, emergencias, transporte u hostelería, la clave es la ingeniería de turnos. Es decir, rotaciones, días de solape, refuerzos de plantilla y calendarios previsibles. La experiencia islandesa lo deja meridianamente claro: reducciones modestas en muchos centros, pero cobertura ampliada por negociación y mantenimiento de la prestación.

Finalmente, creemos que no nos podemos olvidar de los apoyos públicos y salvaguardas. Un programa ambicioso va a necesitar de fondos de transición para pymes y economía social orientados a avanzar en digitalización útil y formación. En ese sentido, ciertos incentivos fiscales condicionados a mantener empleo estable e igualdad salarial pueden ser claves. Asimismo, no podemos olvidarnos de la necesaria aseso-

ría técnica para reorganizar sin improvisación. Y, sobre todo, apostar decididamente por derecho real a la desconexión para que las horas liberadas no se colonicen con mensajes nocturnos o guardias informales.

Con estos cinco pilares, la reducción de la jornada laboral deja de ser un gesto simbólico y se convierte en política de sentido común. Política que mejora la salud y el clima laboral, sostiene resultados cuando se rediseña y reparte tiempo. No es un salto de fe, sino un proyecto de diseño institucional que permita mantener los salarios intactos, con una negociación colectiva que marque el terreno de juego, un rediseño operativo que elimine paja y no grano, una evaluación eficiente con datos y posibilidad de corregir, adaptación sectorial y apoyos públicos para que nadie quede atrás. Si se consigue que todas esas piezas encajen, tal y como sugiere la evidencia empírica a nuestro alcance, conseguiremos reducir el burnout, mejorar el bienestar de los y las trabajadoras y resultados positivos sostenidos en el tiempo. No se trata de hacer lo mismo en menos tiempo, sino de hacer mejor lo que importa y devolver a la gente algo que nunca debió perder: tiempo propio para vivir.

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Reducir la jornada laboral es una política de democracia material. Una política que devuelve tiempo –ese bien común escaso– a quienes lo han visto colonizado por la lógica del ren-

dimiento. No es un simple gesto estético, sino una forma de redistribuir el poder cotidiano, donde podamos decidir cuándo cuidamos, cuándo participamos y cuándo descansamos. Cuando el tiempo propio está garantizado, la ciudadanía es más libre para ejercer derechos, para sostener vínculos y para implicarse en la vida pública sin tener que hipotecar su salud. Esa es la medida de una sociedad decente. No cuánto produce por hora, sino cuánta vida no subordinada a la producción permite a su gente.

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Ahora bien, para que esa libertad sea real y efectiva y no un mero privilegio, la reducción de la jornada laboral debe acompañarse de una base de seguridad material. Y la renta básica cumple ese papel al asegurar ingresos que blindan la autonomía frente a la precariedad. Ingresos que fortalecen la negociación colectiva a la vez que hacen viable formarse, emprender o cuidar sin miedo al vacío. Menos horas de trabajo remunerado con salarios intactos y un suelo de ingresos garantizado. Esa combinación es la que con-

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vierte el eslogan en una política transformadora. Trabajar menos para vivir mejor y vivir mejor para decidir más. Hoy más que nunca necesitamos nuevas narrativas que rompan con el dogma del trabajo total y con la idea de que solo valemos si producimos. Ajustar horarios y redistribuir el tiempo constituyen un primer paso en esa dirección: el inicio de una economía al servicio de la vida, una economía que desplace su centro de gravedad del beneficio al bienestar, de la acumulación a la sostenibilidad, de la productividad al cuidado, del vivir al buen vivir. Narrativas que celebren el tiempo compartido, el descanso, la cooperación y la fragilidad como parte esencial de lo humano. Junto con cambiar las normas del trabajo, debemos transformar también el imaginario que las sostiene. Frente al mito del progreso sin límites, urge construir una ética del cuidado, de la interdependencia y del límite; reconocer que vivir bien no significa crecer más, sino cuidar aquello que nos permite seguir viviendo. Y es que de eso se trata, en última instancia: de recuperar el tiempo para vivir y con él la posibilidad misma de la vida buena■

Baltes, B. B., Briggs, T. E., Huff, J. W., Wright, J. A., y Neuman, G. A. (1999). Flexible and compressed workweek schedules: A meta-analysis of their effects on work-related criteria. Journal of Applied Psychology, 84(4), 496–513. https://doi.org/1 0.1037/0021-9010.84.4.496

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Artículo ilustrado con obra de Diego Rivera

Clase e identidad nacional hoy

Solo con un debate sincero y honesto puede superarse el actual desconcierto. Y eso es lo que hacen, aquí y ahora, Moreno Pasquinelli y Ramon Franquesa. Un debate al que invitamos que se unan otras voces. Vivimos tiempos de crisis; hora es ya de que avancemos.

Aquello que nos fractura nunca nos sacará del arroyo

Sirvan estas líneas para responder a los comentarios presentados sobre mi artículo del pasado setiembre1 en esta revista por el amigo Moreno Pasquinelli2. En un debate realizado a miles de kilómetros y en lenguas distintas, aunque hermanas, no es siempre fácil delimitar acuerdos y diferencias. En primer lugar me gustaría resaltar aquello en que estamos de acuerdo. Efectivamente las clases populares ne cesitan mitos, relatos, argumentos para cohesionarse como colectivo social. Cómo Marx sostenía, un trabajador individual, aislado en su vida cotidiana, percibe a los otros trabajadores como su mayor enemigo pues compiten por su puesto de trabajo. Solo cuando la clase trabajadora se articula conscientemente (se convierte en clase para sí), tomando consciencia de su situación y de su potencial como colectivo es posible que la ventaja de su enorme número se convierta en superioridad efectiva frente la clase que les explota. Promover ese salto cualitativo requiere recurrir a luchas concretas por lo más inmediato (mejorar las condiciones laborales) que construyan hábitos de solidaridad y auto-reco- nocimiento, pero también dotarse de

elementos culturales compartidos en el plano de lo simbólico que les permitan reconocerse como colectivo. Efectivamente, los aspectos culturales tienen una enorme importancia, porque ayudan a articular un colectivo que de otra forma es disperso y plagado de contradicciones internas de todo tipo (cultura, sexo, edad, especialidad, etc.). No podemos esperar que la clase se articule espontáneamente en un instrumento para sí, sino que es necesaria la propuesta política y organizativa que contribuya a construir ese salto cualitativo.

Coincidimos en que lo que define y delimita a la clase trabajadora, es verse sometida a la extracción de plusvalía y la desposesión de la riqueza que genera con su trabajo asalariado, sea más o menos cualificado.

También coincidimos en que el adversario trata de construir su propio relato, para con sus propios mitos encubrir la contradicción principal capital/trabajo con velos de todo tipo, uno de los cuales es efectivamente el mito de la innovación tecnológica, ahora en su última versión con la Inteligencia Artificial. Sin embargo, ello no supone coincidir en que tengamos que construir una alternativa simétrica a ese discurso, que puede enfangarnos en debates tecnológicos, oscuros a la

1 Ramon Franquesa, Sobre la articulación del nuevo sujeto emancipador. El Viejo Topo 452 setiembre 2025

2 Moreno Pasquinelli, Nación, soberanía e inmigración. El Viejo Topo, num 454 noviembre 2025

mayor parte de la población, algo que puede ocurrir cuando se conduce el debate a cuestiones que escapan a la comprensión popular.

Las matizaciones aparecen al definir el relato, la construcción cultural (acompañada a veces de mitos) que puede unir y cohesionar a las clases populares. Por principio no hay nada a priori bueno, ni malo, en su articulación. Puede construirse de formas muy diversas que pueden incorporar creencias compartidas, tradiciones culturales, símbolos, etc. que en un tiempo y lugar resulten útiles para el propósito de la cohesión del colectivo trabajador.

En la historia de los movimientos de resistencia al capitalismo, frecuentemente mitos nacionalistas han contribuido a crear esa cohesión. En particular en el periodo colonial, en que una metrópoli trataba de imponer su sistema económico y su cultura, apelar a ese elemento resultó útil y eficaz para articular a las masas expropiadas colonizadas. Por ejemplo en China, Cuba, el Rif o Libia. Pero observemos que en términos generales, la identidad nacional en esos momentos y lugares incluía a la totalidad del colectivo social objeto de explotación. Es decir, las víctimas de la colonización eran un sujeto nacional o colectivo que se autoreconocía como colectivo nacional frente a la colonización3.

Mi propuesta es encontrar caminos (reivindicativos y culturales) que permitan unir a la clase trabajadora. No se trata, como parece que interpreta Moreno, que yo esté proponiendo como tarea convertir “una basura plebeya en una clase social”. Quien ha creado la clase en el sentido económico ha sido el capitalismo nacional e internacional, tanto en España como en Italia. La cuestión radica en que esta clase heterogénea (como siempre) se reconozca en sí misma como tal.

Y en este sentido, mi tesis es que hoy en Europa y especialmente en Europa Occidental (donde nos hallamos), recurrir al nacionalismo identitario puede ser problemático, al hallarnos ante una realidad muy distinta a la de la colonización en su momento. El Modo de Producción Capitalista en su etapa global ha provocado una masiva emigración de la Periferia al Centro mediante guerras, robo de tierras y recursos, destrucción de las economías tradicionales, etc. que ha obligado a huir de sus tierras originales a millones de personas, que para evitar su exterminio se dirigen al Occidente global. Ello ha resultado funcional para dotarse de mano de obra barata en el propio Centro, conformando una masa de trabajadores acul-

turizada y sometida, que se ve objetivamente confrontada en el mercado de trabajo con los trabajadores indígenas del Centro.

Tratan, y consiguen, generar un doble mercado de trabajo, donde inevitablemente al final se acaban imponiendo las peores condiciones a todo el conjunto de trabajadores, como fácilmente podemos comprobar estadísticamente que ha sucedido en nuestros países en los últimos 30 años.

Recurrir a la identidad nacional en este contexto en que un 20% son gentes trabajadoras emigrantes supone: a) romper la unidad de la clase explotada económicamente (la que existe objetivamente) en un territorio; b) acentuar las contradicciones existentes en lugar de superarlas; c) divergir en la construcción de un mito compartido, de una cultura articuladora de la clase para sí.

Por supuesto es mas fácil promover el discurso nacionalista que el de clase, con todos los incentivos que ello puede suponer a corto plazo, por ejemplo en resultados electorales. Pero ello no debería hacernos perder de vista que es un callejón sin salida, un camino que lleva la simiente de la confrontación interna y por tanto a la esterilización de las posibilidades de cambio real desde abajo, obstruyendo la unión fraternal de todas las víctimas del sistema.

Me gusta inspirarme en las diversas tradiciones del marxismo. Rehuyo las polémicas sectarias que han trufado nuestro camino entre diversas familias, que en lugar de aprender didáctica y dialécticamente de cada experiencia, se regodean en afirmar las excelencias de su tradición y en difamar, desconocer e insultar las demás. Comparto con Marx considerar que nada humano nos es ajeno y mucho menos nada revolucionario. Por tanto, en la búsqueda de soluciones considero positivo inspirarse en todos aquellos que impulsaron y lograron cambios sustanciales ya fuera creando la I o la II Internacional, acabando con una revolución la Gran Guerra, construyendo el Ejercito Rojo, derrotando a los nazis o transformando países enteros de América Latina o Asia a lo largo del siglo XX. En mi manera de entender las cosas, hoy se trata de dejar de construir capillas de cada proceso del pasado y tratar de leer, aprender, repen- sar cada experiencia para inspirarnos y construir un futuro a partir de las condiciones del siglo XXI.

Ahora bien, en ningún caso me siento vinculado a charlatanes y profesionales de la creación de confusión en la confu-

3 Observemos al margen que ello no era siempre exacto con los parámetros europeos de nación. Un “estado” colonial se componía de grupos distintos a veces de lenguas, religiones, creencias. Frecuentemente su construcción como “nación” que aspiraba a ser soberana, se basaba, más que en la identidad propia, en la confrontación con la nación opresora que enviaba tropas y misioneros para someterlos.

sión, especialmente de personajes como Laclau, que pasarán al basurero de la Historia sin haber legado ni un solo paso adelante para las clases populares, no dejando más que elucubraciones mentales que han contribuido a difuminar la naturaleza del conflicto de fondo. En este sentido, amigo Moreno, casi te diría que la duda ofende si sugieres inscribirme en la estela de un charlatán de feria que no tiene en su haber ni una mísera subida de salarios o mejora de condiciones de vida, ni para una ínfima parte de la clase trabajadora.

Hablo de heterogeneidad para recomponer a la clase trabajadora, que aunque hoy es diversa, no es imposible de cohesionar en toda su diversidad cultural. Entre otras cosas porque el adversario no ceja en aumentar el grado de explotación y opresión, lo que facilita superar los conflictos y diferencias entre las gentes trabajadoras.

Es cierto que para construir una alternativa hoy tenemos más preguntas que certezas, pero sí algunas propuestas o líneas de trabajo que la práctica social nos está demostrando que son útiles y que creo debemos destacar para avanzar en estos tiempos oscuros:

1) Construir la unidad de la clase, requiere êÉëéÉ

í~ê=Å~Ç~=äÉåÖì~I=íê~ÇáÅáμå=ó=Åìäíìê~=ÇÉåíêç=ÇÉ=ä~=Çá= îÉêëáÇ~Ç, sin renunciar a polemizar con los aspectos retrógrados de cada una de ellas, valorando su diversidad en lo positivo que portan como parte de la cultura construida por la Humanidad. Cualquier comportamiento de desprecio, de insulto, de superioridad respecto cualquiera de las identidades diversas que nos componen es contraproducente e inaceptable. Debemos abandonar las ideas de imposición, de reclusión en colectivos cerrados o ghetos y construir colectivamente una cultura de integración y lucha por un futuro compartido y no a costa de ninguna cultura o sentimiento de pertenencia.

2) En la solidificación de una nueva identidad compartida, hay que éçåÉê=éçê=ÇÉä~åíÉ=~èìÉääçë ~ëéÉÅíçë=èìÉ=ëçå=Ñêçåí~äãÉåíÉ=ÅçåÑäáÅíáîçë=Åçå=Éä ëáëíÉã~=Éå=Éä=éä~åç=ÅçíáÇá~åç: condiciones de trabajo, derechos sociales (sanidad, educación, pensiones) y derechos políticos y cívicos como personas ante el poder omnímodo del capital y sus transnacionales. Y hay que incluir a todos en los derechos conquistados, la mejor manera de soldar la unidad de clase. En Europa Occidental algunos empezaron por aceptar una doble escala salarial entre jó venes y viejos, y ahora pretenden llevarnos a aceptar condiciones distintas por lugar de nacimiento, profundizando las divisiones en el seno de la clase trabajadora.

3) bëíìÇá~ê=~=äçë=Åä•ëáÅçë=ÇÉä=Å~ãÄáç=êÉ=îçäìJ Åáçå~êáçI=ÉëíìÇá~ê=ä~ë=ëçÅáÉÇ~ÇÉë=ó=ëìë=Åçå=íê~=ÇáÅ= ÅáçåÉë, pero no para elucubrar en una torre de marfil en que nos complazcamos de habernos conocido, sino para internar intervenir en la realidad social para transformar las tensiones presentes en pasos hacia adelante en la rearticulación de la clase trabajadora en su nueva complejidad. Y ello aunque sea para dar pequeños pasos y avances, porque cada pequeña victoria refleja haber encontrado una senda adecuada para recuperarnos en la resistencia y para ir hilando retales de la gran bandera que un día, reconstruida en toda su grandeza, levantará la clase trabajadora para superar este sistema.

Es la misma realidad, la misma vida, la que nos aporta solu-

ciones. Permitidme señalar algunas de esas posibles vías de recuperación:

Las nuevas tecnologías individualizan y rompen tejido social y productivo, pero a la vez aportan ãÉÅ~åáëãçë=èìÉ=åçë ~óìÇ~å=~=çêÖ~åáò~êåçë. Las reuniones on line ahorran tiempo y recursos entre personas separadas por cientos de kilómetros. Las publicaciones electrónicas abaratan su producción (libros, revistas, películas) pero no resuelven la asimilación por la censura en las redes y las fake news. Sin embargo, es posible a nivel local articular espacios comunes como círculos de lectura, asambleas locales que se reúnen en la calle, acciones de visibilización y socialización entre la gente trabajadora.

jar a las masas en esa dirección por un tiempo, pero radicalizar en esa forma la opresión, ayuda a cohesionar a la clase. Quien pretenda secuestrar a los jóvenes para volver a llevarlos a la guerra, les empuja a que superen sus rencillas y diferencias: van a morir tengan la orientación sexual que tengan, usen una u otra lengua o prefieran comer cerdo o cacahuetes transgénicos.

Finalmente, coincidimos en que sin duda es necesario un sujeto político que empuje, dé orientación y ayude a articular ese proceso. El problema aquí es que las clases dominantes son perfectamente conscientes de ello y han creado un entramado institucional que actúa como cajón de arena en el proceso de su articulación. La sacralización de la política institucional como único espacio de hacer política, la dificultad para articular organizaciones políticas de militantes (por la atomización social y la consagración del individualismo, el control de la comunicación en los procesos electorales que convierten a los candidatos en esclavos de esos medios, la intermediación de ONG’s y financiación siempre condicional y un largo etcétera), hace que con frecuencia la creación de ese espacio se convierta en una especie de trabajo de Sísifo en que cada nuevo intento se frustra en la deglución por el sistema del sujeto potencialmente alternativo. Para no entrar en terrenos más cercanos a nosotros y sensibles a los posibles lectores, baste observar la trayectoria de Syritza y Alex Sipras en Grecia, donde la debilidad de los dirigentes y de sus estructuras orgánicas, frustró una potencial ruptura y condenó a una dura derrota a la clase trabajadora griega.

Hoy ãÉÅ~åáëãçë=ÇÉ=äìÅÜ~= como la huelga para bloquear a la clase dominante, resultan más complejas de ejecutar porque han desaparecido los grandes centros de trabajo, pero en América Latina, o en Francia los chalecos amarillos, las gentes han mostrado que se puede parar la producción ocupando los nudos estratégicos de la logística industrial, incluso con alguna ventaja porque al bloquear una autopista o un puerto cientos de personas trabajadoras en distintos lugares y formas, al poder le resulta mucho mas difícil reprimir amenazándoles con despidos (como ocurría en las grandes empresas de hace 50 años) o con disolverlos cuando la movilización se generaliza a todo el territorio.

La deriva hacia Éä=åÉÖçÅáç=ÇÉ=ä~=ÖìÉêê~ amenaza (tal como ocurrió en 1914) a la clase trabajadora no solo a seguir perdiendo con la plusvalía tiempo de su vida, sino la misma vida. Cierto que algunos mitos en manos del poder pueden empu-

Pero que el sistema haya ido superando los embates de la clase trabajadora no indica que su dominio vaya a ser eterno. De cada proceso hay que extraer experiencias y no solo de los fracasos, sino también observando cómo en condiciones muy difíciles, se logró acumular fuerzas. Ello también nos sugiere que hay que contar con el mayor número posible de activistas y militantes que hayan trabajado en esta dirección en el pasado, no viendo en ellos traidores o fracasados, sino gentes que tuvieron el valor de luchar y la oportunidad de aprender de sus fracasos.

Es con ellos y con las nuevas generaciones que se ven arrojadas a vivir en peores condiciones, que será posible construir, sobre procesos reales de resistencia, un nuevo sujeto capaz esta vez de vencer a un sistema cada día más agónico y decadente.

Como sugería algún clásico: e~ó=ìå=Öê~å=ÇÉëçêÇÉå=Ä~àç=Éä ÅáÉäçI=ä~=ëáíì~Åáμå=Éë=ÉñÅÉäÉåíÉ ■

bä=Ñìíìêç=ó~=åç=Éë=äç=èìÉ=Éê~

En el pasado el futuro se observaba con ilusión. Actualmente, el futuro se observa con desánimo. La tendencia histórica es distinta, pero si algo ha cambiado es que ahora ya no estamos dispuestos a disputar el porvenir. Sólo lo esperamos.

Partamos de la base de que el tiempo sólo tiene un sentido: el que corresponde al orden causal, que va del pasado al futuro pasando por el presente, nunca al revés. Así que, por muy sugerentes que resulten ficciones literarias o cinematográficas como las series de televisión «El ministerio del tiempo» o «Outlander» (sugerentes por la reflexión que pueden suscitar acerca de la complejidad, aleatoriedad e imprevisibilidad última de los hechos que componen las secuencias históricas, tan férreamente atadas a las relaciones causa-efecto pero tan jalonadas de continuas bifurcaciones como los senderos del jardín poetizado por Borges), lo cierto es que el tiempo (como el cambio, del que el tiempo no es más que la medida o el núme-

ro) sólo va en un sentido, siguiendo lo que los físicos llaman «la flecha temporal», que es la manera poética de decir que se trata de una magnitud estricta y esencialmente vectorial. Por supuesto que es posible «viajar en el tiempo», y lo hacemos continuamente: pero siempre en el mismo sentido.

Entonces, ¿a qué viene nuestro título? Pues viene a que, más que del tiempo como parámetro de la física, vamos a hablar del tiempo como dimensión de la conciencia humana.

Ordinariamente se dice que vivimos exclusivamente en el presente. Que el pasado es lo que ha dejado de existir y el futuro lo que no existe todavía. En realidad no es exactamente así.

¿Nos arrollará el futuro? (Dziga Vertov, 1929)
QUE

Para empezar, eso de vivir en el presente es una extrapolación abusiva: el presente propiamente dicho, estrictamente considerado su carácter instantáneo, análogo al inextenso punto geométrico, como simple límite entre el pasado y el futuro, sin duración propia, no se ve cómo pueda contener algo tan denso y cargado de sensaciones y cualidades como eso que llamamos «vivencia», o sensación de vivir. Y, en efecto, no puede.

La juventud tendrá peores condiciones de vida que sus padres

incita a un tipo de consumo que busca la gratificación inmediata y desincentiva toda forma de ahorro/inversión que no prometa elevadas tasas de retorno en el menor plazo posible, hace que una masa creciente de personas sin más recursos que su fuerza de trabajo viva literalmente «al día».

Lo que ocurre es que en realidad vivimos a caballo entre el pasado, que como tal ya no existe pero pervive en la memoria, y el futuro, que aún no existe pero que anticipamos imaginariamente me diante la ex pectativa.

Pues bien, a eso último hace referencia nuestro títu lo: al contenido cualitativo que la imaginación de am plios sectores de la pobla ción humana actual da a sus expectativas de futuro. Y pa rece que esas expectativas no son tan halagüeñas como las que animaban a genera ciones algo anteriores.

Múltiples indicadores so cioeconómicos apuntan a que en muchos países, em pezando por el nuestro, las generaciones actuales ten drán (tienen ya) en general peores condiciones de vida que sus padres. Por ejem plo, estadísticas recientes señalan que la renta media de los jóvenes evoluciona en sentido opuesto a la de sus mayores: mientras la de és tos sube algo, la de aquéllos des ciende. Eso, junto a otros factores más pura mente culturales y subjeti vos, inducidos en gran me dida por el sistema econó mico, que con niveles sala riales relativamente bajos

Pero los factores puramente económicos no son los únicos que tienden a hacer que el futuro sea una caja en la que, a diferencia de lo que ocurría, por ejemplo, en el siglo XIX, cada vez se depositen menos ilusiones. El horizonte empezó a nublarse, sin duda, a raíz de la Gran Guerra de 1914-1918. Pero la Revolución Ru sa supuso para mucha gente un nuevo amanecer de esperanzas, no todas infundadas (sobre todo porque no dependían de la benevolencia de dioses, reyes ni tribunos, sino del es fuerzo colectivo de los propios esperanzados). A partir de ese momento se fueron alternando fases de optimismo con terribles fases de depresión, como el de vastador tsunami nazifascista y bélico que asoló el planeta desde mediados de los años treinta hasta mediados de los cuarenta, seguido de un nuevo brote de confianza en el futuro que iluminó los años cincuenta y sesenta, en que a la ominosa sombra proyectada por la espada de Damocles de la Guerra Fría se contraponía el auge del estado del bienestar en los países industrializados, el imparable movimiento descolonizador y el llamado espíritu de Bandung. Luego es bien sabido lo que ocurrió: los herederos de la Revolución de 1917 y de prácticamente todas las que siguieron no supieron o

Vista futurista de Nueva York (Richard Rummel, 1911)

no pudieron gestionar su herencia y acabaron perdiéndola. Y el sistema del capital, viéndose libre de amenazas, se vino arriba y fue por todas.

No en todo el mundo predomina el mismo pesimismo

Probablemente no en todo el mundo predomina hoy día el mismo pesimismo que por estos pagos, porque parece que asistimos a un nuevo brote de esperanzas en el llamado Sur Global, que si bien no pinta muy proclive a imitaciones de lo de 1917, sí parece tener clara la necesidad y la posibilidad de librarse, si no del capitalismo en general, sí al menos de su atosigante versión imperialista. Y si sigue habiendo en esa parte del mundo gente que se olvida de ello, ahí están Trump y los chalados de la UE con sus locos cacharros armados para recordárselo.

Sea como fuere, la visión negativa del futuro no es sólo efecto, sino también causa de la situación actual. Al privar a la gente de la posibilidad material de «hacer planes» y condenarla a vivir al día, por muchas loas que se eleven a las maravillas prometidas por los avances tecnológicos, lo cierto es que, sobre la puerta del paraíso anunciado, si uno se fija bien, puede leer lo mismo que sobre la puerta del infierno de Dante: «abandonad toda esperanza los que entráis». Y sí, los mismos que llaman a eso «paraíso» dicen que abandonemos la esperanza de ir más allá de él: la famosa TIA thatcheriana (y felipista): «There is no alternative». Se pretende que, mientras sonreímos, en el fondo seamos pesimistas. Que digamos, como la

tonta publicidad al uso, «el futuro ya está aquí» y, a ser posible, añadamos: «¡qué bien!»

Por cierto, el avance tecnológico llamado IA, en sus últimas versiones, tiene todas las características de ser, desde el punto de vista financiero, la enésima burbuja de la serie iniciada en los noventa con las empresas punto-com. La producción de los sistemas de IA generativa más avanzados, esos que casi parecen «humanos», requieren unas inversiones en obtención y ordenación de datos cuya recuperación a corto plazo exigiría imponer a los usuarios unos cánones que reducirían drásticamente su difusión. Y todo ¿para qué? Para tener, como ha dicho algún técnico en la materia, «un loro estocástico». Es decir, un mecanismo imitativo basado en billones o trillones de datos estadísticos que, en el fondo, sólo puede ofrecer resultados «probables», pero no necesariamente exactos.

Pero el gran equívoco que lleva al pesimismo a tanta gente es que se la ha acostumbrado a ver el futuro como algo que simplemente se espera. Así, como es natural, el cúmulo de elementos negativos presentes hoy (que son reales y objetivos) conduce a esperar lo peor para mañana. En cambio, en la época de las grandes expectativas (siglos XVIII y XIX), había mucha gente que, viviendo peor que hoy, confiaba en el porvenir. ¿Por qué? Porque pensaban (y tenían razón) que el futuro no es sólo lo que se espera, sino también y sobre todo lo que se construye ■

El retorno de la sombra

Algunos pensaron que Trump, no siendo un candidato marioneta, podía ser más prudente y menos belicista que otros presidentes. Sin embargo, hoy el mundo no es un lugar más seguro que ayer. Son tiempos cada vez más oscuros.

Que la historia está lejos de ser un largo río tranquilo, un proceso continuado de progreso y perfeccionamiento, no requiere demostración. En múltiples ocasiones ha hecho gala de su sobrada capacidad para echar el freno y dar marcha atrás. El colapso del mundo micénico, en torno a 1200-1100 a.C., sumergió a Grecia en una Edad oscura que se prolongó hasta la aurora de la época arcaica (s. VIII a.C.). Incluso la escritura desapareció. La caída de Roma acarreó un serio retraso que duró siglos. Hace ya mucho tiempo que la Edad

media en su conjunto ha sido rehabilitada de su condición de época tenebrosa sin el menor atisbo de luz. Indudablemente, el eclipse no persistió mil años, pero existió.

No hace falta que una civilización se derrumbe para que los infortunios de los más se incrementen hasta límites que ni sospechaban años atrás. El establecimiento de los Estados absolutistas en el oeste de Europa dio la puntilla al modo de producción feudal y significó la desaparición de la servidumbre, a la par que el desarrollo de una economía cada vez más

Trump ordena iniciar pruebas nucleares

urbana. En el este del continente, sin embargo, «el Estado absolutista era la máquina represiva de una clase feudal que acababa de suprimir las libertades tradicionales de las clases pobres» (Anderson: El Estado absolutista).

En consecuencia, al este del Elba, sucesivas generaciones de campesinos consumieron sus vidas acechadas por la miseria, el hambre y las epidemias, condenados a una muerte precoz. Así, la Amanda Woyke, cocinera de la servidumbre, creada por Günter Grass en El rodaballo y real como la historia misma. Nacida sierva en 1734, verá perecer de inanición a sus tres hijas pequeñas, una más de las innumerables tragedias que jalonaron su desdichada existencia.

Lloró durante tres días de marzo limpios como la porcelana, hasta que su planto, filtrado, fue solo un iiih.

(Y también en otras chozas de Zuckau, Ramkau y Kokoschken, donde a alguien se le había muerto alguien de hambre

se lloraba así: ihhh…).

Nadie se preocupaba por eso.

Como si no pasara nada, echó brotes el sauce.

La Revolución industrial puso las bases de un progreso material acelerado que culminó en la Sociedad de Consumo y Espectáculo. Pero no todos disfrutaron de sus beneficios, ni mucho menos. Y eso incluso en el mismo centro del proceso.

La clase media triunfante y aquellos que aspiraban a emularla estaban satisfechos. No así el trabajador pobre –la mayoría, dada la naturaleza de las cosas– cuyo mundo y formas de vida tradicionales destruyó la Revolución industrial, sin ofrecerle nada a cambio (Hobsbawn: Industria e imperio)

En nuestro día a día, donde el tecnofeudalismo se va imponiendo mientras se eclipsan los derechos sociales, laborales, ciudadanos y aun humanos, esta frase es de palpitante actualidad. Y los paralelismos no se limitan a aspectos tangibles, con una creciente legión de trabajadores abocados a la precariedad y la

estrechez. Igual que entonces, cualidades asociadas a determinados oficios como el saber hacer, la tradición, el orgullo de la obra bien hecha, el valor de la experiencia o una cierta moralidad se han evaporado. La monotonía y la rutina, los ritmos impuestos son incompatibles con casi cualquier labor creativa y gratificante. Ni siquiera la vocación es capaz ya de compensar el carácter alienante del trabajo.

Sociedades al completo pueden caer en una locura colectiva autodestructiva. El suicidio de Europa culminado en el periodo 1914-1945 es una muestra excelente. En apenas treinta años, dos guerras al por mayor y otras de extensión limitada segaron millones de vidas de combatientes y civiles. La miseria se ensañó con las poblaciones. Las epidemias hicieron su agosto, el hambre resultante del paro y la guerra diezmó países enteros. Pero si la catástrofe material fue de dimensiones desconocidas hasta entonces, el apocalipsis moral se reveló aún más funesto. Proliferaron los fascismos, con el fervoroso apoyo de grandes masas. La intolerancia y el odio se propagaron como la peste. Todas las líneas rojas éticas fueron cruzadas, incluso borradas del mapa. Por si la monstruosa cantidad de víctimas de tantos desmanes no fuera suficiente, se alcanzó el non plus ultra de la abyección. Se puso en práctica un programa destinado a exterminar a los miembros de una serie de minorías por el simple hecho de pertenecer a ellas. Judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, opositores políticos fueron perseguidos, cazados o aniquilados ante la indiferencia distraída o el aplauso más o menos entusiasta del populacho. No es creíble que no supieran. Sí que sabían, pero no les importó. Y esto sucedió en países con altísimas cotas de alfa-

Miembros del Gobierno de Estados Unidos

betización, notables niveles educativos y culturas deslumbrantes. El experimento funcionó en su día; luego, dadas condiciones similares, es perfectamente reproducible. Deberíamos andarnos con cuidado. El Mal no habita ya en el lejano corazón de Mordor. Está cerca de nosotros –en no pocos casos, dentro–.

Asistimos, entre atónitos y desencantados, a un proceso de cristalización del mal que, a corto plazo, parece imparable. De los trágicos fenómenos con los que nos toca convivir, el más funesto a largo término es la propagación viral del espíritu de la servidumbre voluntaria. Enloquecidos profetas hacen las delicias de grandes y chicos profiriendo eslóganes ultraliberales que condenan a la pobreza al grueso de la población mundial. Sabido es que la crítica inmisericorde de las nuevas hor nadas humanas po r quienes dejaron muy atrás su mocedad es un lugar común de venerable antigüedad. Aún así, es difícil negar que hoy una porción no desdeñable de ellas –en particular masculina– enarbola ideas, actitudes y conductas que solo pueden calificarse de nefastas. Cierto es que tampoco en otras generaciones todos, ni siquiera la mayoría de sus miembros, estuvieron movidos por los generosos valores que líricamente se atribuyen a la juventud. Esto no quita que la situación actual sea extremadamente preocupante y presagie, de no cambiar, un futuro poco halagüeño para el planeta y sus pasajeros. Entre el enfervorecido público de los gurús del Egoísmo Salvaje se sitúan en las primeras filas muchos de quienes sufrirán, tarde o temprano, las consecuencias de sus actos. Pero nada parece capaz de detener la marcha hacia el desastre de una humanidad atrapada en su bucle melancólico. Creencias irracionales, prejuicios tribales o sumisiones incondicionales que creíamos desvanecidos en las tinieblas de la historia aparentan haberse conservado en nitrógeno líquido para resurgir ahora, tan frescos, en este invierno de nuestro descontento. La crisis de la conciencia moral, la parálisis de la facultad de

Se propaga el espíritu de la servidumbre voluntaria

juzgar, la capitulación del pensamiento, el agostamiento del sentido y la sensibilidad asedian la ciudadela de la dignidad humana. Derribados sus muros, quedará a merced de los nuevos bárbaros. Una audiencia cada vez más amplia y enardecida alterna las loas al amo con el odio al desvalido, hace profesión de intolerancia, rinde culto de latría al malismo. La ignorancia y la inhumanidad amenazan con asfixiarnos, no solo metafóricamente. Es momento de actuar, y no de limitarse a discutir sobre si estamos ante un renacer del fascismo o ante un totalitarismo de nue vo cuño. Esto recuerda demasiado la discusión de los conejos acerca de si sus perseguidores eran galgos o podencos. La cuestión es que el Mal con mayúscula, a la par radical y banal, ha regresado, ar ma do hasta los dientes. «Siempre después de una derrota y una tregua, la Sombra toma una nueva forma y crece otra vez» (Tolkien: El señor de los anillos).

El objetivo es asentar un poder cada vez más autoritario

El atoramiento de la indignación, último latido de la ética, parece una evidencia. Presenciamos impasibles un desfile incesante de injusticias monstruosas, estremecedoras catástrofes y masacres devastadoras, con o sin coartada bélica. Dedicamos la misma indiferencia a las imágenes de ahogados en el Mare Nostrum convertido en solar de la muerte líquida y las de cadáveres despanzurrados por bombas, misiles y miseria moral. Nada tiene el vigor suficiente para sacarnos de nuestra zona de confort, a la cual nos aferramos con uñas y dientes. Somos la confirmación a gran escala de la validez del axioma neurocientífico que sostiene que al cerebro no le importa la verdad, sino la supervivencia. Si necesita crear un relato que justifique cualquier atrocidad, no le temblarán las neuronas. Y en todo caso, no dudará en dirigir la atención hacia otro lado con tal de ahorrarse el dolor o la angustia. Allá donde mora el emperador y donde, por ende, se corta el bacalao, comienzan a proliferar signos de un autoritarismo con vocación autocrática. En apenas seis meses de ejercicio, el

El show de Trump es más falso que el de Truman

gobierno Trump bis ha traspasado innumerables límites morales, legales y constitucionales. Lo menos que puede decirse de la troupe circense que escolta al César es que su virtud es de lo más distraída. Forofos de la mentira, la calumnia, las fake news y los hechos alternativos, habitan una realidad paralela a la cual pretenden teletransportar al grueso de la población, idealmente a la sociedad en su conjunto. Una parte considerable vive ya en esa Matrix corregida y aumentada que es el show de Trump, mucho más falso (y letal) que el de Truman. El destino de los réprobos –a pesar del biopoder, la psicopolítica y el tecnototalitarismo, los habrá– será poco envidiable. Tenemos delante a un tipo que amenaza con detener a todo un gobernador de California por el delito de no bailarle el agua. Los ignorantes atrevidos son legión en su gabinete, desde el vicepresidente hasta los inenarrables secretarios de Defensa o Sanidad. El antivacunas militante y conspiranoico de Robert F. Kennedy ha despedido a los diecisiete miembros del comité asesor sobre las vacunas para sustituirlos por expertos que comparten su pensamiento mágico y su ideario paleopolítico. Pero seguramente el elemento más representativo de la vileza de las políticas trumpianas sean los pogromos contra los inmigrantes, persecuciones, arrestos y deportaciones arbitrarias –y a menudo ilegales– que cuentan, no lo olvidemos, con el beneplácito entusiasta de nutridos contingentes ciudadanos. Ya se sabe: primero se llevaron a los mexicanos, pero como yo no era mexicano…

Estados Unidos refuerza los que ya existen en otros países, haciéndolos aún más atrevidos y opresivos. Y facilita enormemente el advenimiento de otros destinados a durar. La sombra amenaza de nuevo con devorarnos.

Las sociedades pueden caer

en una locura

autodestructiva

Muchas son las entidades tenebrosas que se han dejado sueltas en los últimos tiempos. Pero la Princesa de las Tinieblas es la Mentira. Los hechos se ocultan, se transforman, se invierten. La historia se reescribe constantemente ante nuestras narices. Hasta los testigos presenciales terminan creyendo a pies juntillas la versión amañada y autorizada. Todo dato, suceso o cifra puede ser vilipendiado, menospreciado, disimulado o negado si afecta a la imagen del poderoso. Simétricamente, infundios sin pies ni cabeza mutan en dogmas de fe cuando contribuyen a la eliminación de los réprobos. Por racionales y sapiens que insistamos en creernos, confiar en las buenas artes del Sistema Nervioso Central para actuar como estabilizador automático sería un error de bulto. Si nuestro cerebro necesita relatos a modo de alivio, queda muy lejos de su ánimo el contrastarlos con fuentes fiables.

Creer que estamos ante un simple puñetazo en la mesa, una subida de la testosterona, una exhibición de fuerza de cara a la galería, sería pecar de ingenuidad. Todo esto responde a una estrategia orquestada a fin de polarizar a la sociedad, justificando así la implantación de medidas de excepción. El objetivo es asentar un poder cada vez más autoritario y sin contrapeso alguno.

La humanidad está atrapada en un bucle melancólico

Apenas jurado su cargo, el magnate-presidente ya insinuó que la prohibición constitucional de un tercer mandato se le daba un ardite. El programa de control del poder judicial sigue en marcha, al igual que los de establecimiento de un cuasi monopolio mediático o el aplastamiento de la disidencia intelectual y universitaria. Su olímpico desprecio a las reglas democráticas, las normas legales y los imperativos éticos reflejan un insaciable apetito autocrático. Su sueño poco secreto es convertirse en caudillo del MAGA de los mil años. A su vez, esa es la pesadilla de millones de sus conciudadanos y de tantos en el resto del mundo. Pues un gobierno autoritario en los

Bajo el Sol negro de la mentira prolifera una tenebrosa jun gla de intolerancia y odio. A su sombra se reúnen hordas cada vez más nutridas de orcos y demás criaturas malignas. Todos ellos, incluidos los más orgullosos, como los horripilantes Espectros del anillo, son meros sirvientes, piezas de ajedrez desechables en el Gran juego del Señor Oscuro. Este cuenta con que sus sofisticadas artes nigrománticas serán suficientes para hacerle dueño no ya de la Tierra media, sino del planeta entero. Pero no descarta, si lo considera oportuno, recurrir a terapias más agresivas. Estas vísperas recuerdan otras pasa das.

Oído en un café: un joven nazi sentado con su novia […] está borracho. «Sí, sí, ya sé que ganaremos, de acuerdo», exclama impaciente, «pero no basta». Y golpea la mesa con el puño: «¡Tiene que haber sangre!». La muchacha le tranquiliza […] «Pero claro que la habrá, cariño», le arrulla apaciguadora, «el Jefe lo ha prometido».

Estas frases proceden de «Diario berlinés (Invierno, 1932-33)», el capítulo que cierra Adiós a Berlín de Christopher Isherwood. Unos días después, Hitler fue nombrado canciller ■

Karl Marx y Confucio

Confucio & China: qué dice Xi Jinping De la segunda combinación al estado civilizacional

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Uno de los conceptos claves del mandato de Xi Jinping es la “segunda combinación”, una formulación ideológica central dentro de la actual etapa del pensamiento político chino. Se le considera parte integrante de las “dos combinaciones”, un marco formulado por el propio Xi para definir la evolución del marxismo en China.

La idea de las “dos combinaciones” se refiere, de una parte, a la adaptación de los principios básicos del marxismo con la realidad concreta de China, un precepto que se remonta a Mao Zedong y resume la adaptación del marxismo a las condiciones chinas, lo que dio origen al “socialismo con características chinas”. La “segunda combinación” sugiere combinar los principios básicos del marxismo con la cultura tradicional china. Esta es la innovación ideológica introducida por Xi Jinping.

El significado y las implicaciones políticas de esta formulación no son menores. Lo que Xi plantea es integrar el marxismo con los valores, la filosofía y las tradiciones culturales chinas (Confucio, el pensamiento legista, la armonía social, etc.). De esta forma, ansía reforzar la legitimidad cultural e ideoló-

gica del Partido Comunista de China (PCCh), presentando su pensamiento como una síntesis entre marxismo universal y cultura nacional. Es así como pretende promover una “sinización” más profunda del marxismo, es decir, un marxismo que ya no solo se adapta a las condiciones sociales y económicas de China, sino también a su identidad civilizatoria, sugiriendo un proyecto ideológico que busca construir una base cultural y moral propia para el socialismo chino del siglo XXI.

La aplicación de este enfoque de la “segunda combinación” en la política contemporánea china abarca numerosos ámbitos. Por ejemplo, en el plano ideológico y educativo, Xi ha promovido que la educación ideológica en China combine el estudio del marxismo con los valores del confucianismo y otras tradiciones clásicas. En sus discursos sobre la juventud (como el pronunciado en la Universidad de Beijing en 2021), instó a los estudiantes a “absorber la sabiduría del marxismo y la esencia moral de la cultura china”. En los nuevos manuales escolares se introducen textos clásicos como los Analectas de Confucio junto a extractos del Manifiesto Comunista. El objetivo es formar una “base espiritual” propia para el socialismo

chino, no dependiente de ideas liberales.

En la moral pública y la ética social, Xi recurre a la “segunda combinación” para vincular el socialismo con características chinas a valores confucianos como la armonía, la rectitud, la benevolencia o la lealtad. Cuando en 2022, el Comité Central del PCCh publicó directrices sobre “la construcción de la moral socialista”, se citan expresamente dichos confucianos para definir la virtud ciudadana. Campañas en torno a “la civilización espiritual socialista” reinterpretan la ética tradicional para reforzar la autoridad moral del Partido.

en cuenta la preocupación por el orden social y la ética: a diferencia de la filosofía griega, que se centró mucho en la metafísica y la epistemología, el pensamiento chino clásico estaba primordialmente preocupado por una pregunta: ¿Cómo podemos vivir en armonía y crear una sociedad estable y próspera? Las cuestiones sobre el gobierno, la moral, las relaciones humanas y la conducta correcta eran centrales.

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En la política cultural y patrimonial, Xi ha insistido en que la cultura tradicional china es “el alma de la nación”, y su revitalización es parte del “gran rejuvenecimiento nacional”. En el informe al XX Congreso del Partido (2022), Xi vinculó la herencia cultural milenaria con la continuidad del socialismo, afirmando que “sin una base cultural sólida, el socialismo chino perdería sus raíces”. Ahora, el PCCh promueve proyectos de restauración de templos, festivales tradicionales y estudios clásicos como parte del “marxismo sinizado y contemporáneo”.

Más allá de la política interna, en la diplomacia y el discurso internacional, esta idea de la “segunda combinación” también influye en cómo China se presenta ante el mundo. La “Xiplomacia” enfatiza conceptos como la armonía entre civilizaciones y la comunidad de destino compartido para la humanidad, ambos inspirados en ideas tradicionales confucianas. En foros como el G20 o la ONU, Xi cita proverbios chinos junto a referencias marxistas para mostrar una visión “propia” de la modernidad y el orden mundial.

En el pensamiento del PCCh, Xi ha dicho que la “segunda combinación” es la clave para la innovación teórica del marxismo chino contemporáneo y para que este disponga de raíces más profundas.

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Cuando hablamos del «pensamiento clásico chino» nos referimos al conjunto de sistemas filosóficos, escuelas de pensamiento y obras fundamentales que se desarrollaron en China durante un período conocido como la «Era de las Cien Escuelas de Pensamiento» (770 a.n.e.-221), que abarca principalmente la dinastía Zhou y culmina con la dinastía Qin. No es una sola doctrina, sino un rico y diverso ecosistema intelectual que sentó las bases de toda la cultura, política, ética y cosmovisión china durante más de dos milenios.

Entre sus características principales, es indispensable tener

Conceptos como armonía, formulada como ideal supremo frente a la idea de confrontación, eran aplicados en la sociedad, en la familia, con la naturaleza y dentro de uno mismo. El enfoque está en el mundo humano y la vida presente. Lo divino y lo sobrenatural, aunque existían en la cultura popular, no eran el centro del debate filosófico. Los pensadores se ocupaban de la vida práctica y la conducta moral. Se tiende a ver el universo como un todo interconectado, donde las partes se definen por sus relaciones con las demás (por ejemplo, la relación entre gobernante y ministro, o entre padre e hijo). Igualmente, la importancia de la tradición y los antepasados conminaba a valorar el conocimiento de los antiguos sabios y gobernantes como modelos a seguir.

Aunque ciertamente ha habido más, como la Escuela de los Nombres (lógica y paradojas) o la Escuela del Yin-Yang y los Cinco Elementos, crucial para la medicina tradicional, las escuelas de pensamiento más influyentes nos remiten a las «Cuatro Escuelas» principales que definieron el pensamiento clásico: el confucianismo, el taoísmo, el legismo y el mohísmo. Probablemente, es el confucianismo el que ha logrado una mayor visibilidad global. Las ideas centrales que transmite nos remiten a la benevolencia, la importancia de los ritos, la piedad filial, el ideal ético, la virtud como inspiración. Por el contrario, el taoísmo, centrado en el Dao, el camino, invita a actuar en armonía con el flujo natural de las cosas, no en contra. Apela a la simplicidad, la naturalidad y la relatividad. El legismo, abunda en un código de leyes claras, escritas y aplicadas por igual a todos. Fue esta filosofía la que permitió a Qin Shi Huang unificar China, promoviendo métodos y artes para que el gobernante mantenga su poder. Finalmente, el mohísmo contraría el amor jerárquico alentado por Confucio, apela al utilitarismo público o se opone a la guerra.

El pensamiento clásico no se extinguió. Durante la dinastía Han, el confucianismo se estableció como la ortodoxia estatal, pero absorbiendo ideas del legismo (en la estructura del estado) y del taoísmo (en su cosmología). Estos conceptos han moldeado la mentalidad, los valores familiares, la ética laboral y las relaciones sociales en China y gran parte de Asia Oriental

(Corea, Japón, Vietnam). Y hoy día, conceptos como la armonía, la piedad filial, el guanxi (relaciones) y la búsqueda de un equilibrio entre acción (confuciana) y no-acción (taoísta) siguen siendo extremadamente relevantes para entender la sociedad china contemporánea.

El pensamiento clásico, por tanto, es el fundamento intelectual y moral de la civilización china, un diálogo milenario entre diferentes visiones sobre la vida, el buen gobierno y la relación del ser humano con el cosmos.

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La relación del PCCh con el pensamiento tradicional chino ha sido muy cambiante, pasando de la ruptura casi total bajo Mao a una recuperación y reinterpretación bajo Xi.

Durante el periodo maoísta (1949-1976), el pensamiento tradicional chino –especialmente el confucianismo– fue visto como un obstáculo para la revolución socialista. La tradición feudal debía ser destruida. El confucianismo, con su énfasis en la jerarquía, la obediencia y la armonía social, se interpretaba como una ideología de clase dominante (de los terratenientes y de la vieja élite). Las campañas políticas estuvieron al orden del día en el maoísmo, como el Movimiento de Reforma del Pensamiento (1951-1952), que promovía la “reeducación” ideológica de los intelectuales, alejándolos del confucianismo y el taoísmo. Pero fue durante la Revolución Cultural (1966-1976) cuando se experimentó el momento de mayor agresividad, con el lanzamiento de la campaña “Criticar a Lin Biao y a Confucio” que derivó en que templos, tumbas y textos clásicos fueron destruidos o prohibidos. La cultura tradicional se identificó con el viejo orden feudal, en absoluta contradicción con el impulso revolucionario promovido por el maoísmo.

Desde los primeros años de la República Popular (1949 en adelante), Confucio fue presentado como la encarnación del pensamiento feudal, ese esquema de ideas que mantenía al pueblo encadenado a la servidumbre, impidiendo el progreso y sosteniendo el poder de los terratenientes. Para Mao, la historia de China debía entenderse como una lucha de clases milenaria, donde Confucio representaba a las clases explotadoras. El confucianismo era visto como una ideología de la conciliación, contraria a la “lucha revolucionaria”.

El movimiento “Criticar a Lin Biao y a Confucio” (19731975) fue la campaña política más dura contra la tradición china. Lin Biao, antiguo aliado de Mao y figura militar

Confucio está presente en la China de hoy

poderosa, murió en 1971 tras un intento fallido de golpe. Mao necesitaba reconstruir su autoridad y lanzó esta campaña para equiparar a Lin Biao con Confucio, ambos presentados como enemigos del pueblo y del progreso. La consigna era: “¡Abajo Confucio y todos los que, como él, quieren restaurar el antiguo mundo!”

Durante la Revolución Cultural (1966-1976), la lucha contra Confucio se convirtió en una guerra contra toda forma de herencia tradicional. Mediante una ruptura deliberada con el legado cultural chino, el PCCh quiso construir una nueva cultura socialista basada exclusivamente en la ideología revolucionaria y crear un hombre nuevo socialista, sin vínculos con el pasado imperial ni con las jerarquías morales confucianas. Al acabar la Revolución Cultural, se había erradicado el confucianismo como referencia ética y educativa. Pero también se había debilitado el sentido de identidad histórica de la sociedad china.

Después de Mao, los líderes posteriores reconocieron que esa ruptura había dejado un importante vacío espiritual y moral. Este hueco fue uno de los motivos por los que Deng Xiaoping, al asumir el poder en 1978, promovió una rehabilitación gradual de Confucio como parte del “patrimonio cultural” de la nación. Deng apeló a la necesidad de “recuperar lo valioso del pasado”, sin abandonar el marxismo. En la misma etapa denguista, líderes como Jiang Zemin y Hu Jintao promovieron una cultura nacional “armoniosa”, reinterpretando a Confucio y presentándolo como símbolo de estabilidad y

orden moral. Entonces se reabrieron templos, se reeditaron los clásicos y el confucianismo fue parcialmente relegitimado como patrimonio cultural (no como doctrina política).

El denguismo en su conjunto, reinterpretó el confucianismo destacando su valor patrimonial. El propósito era reforzar la cohesión social y la identidad nacional durante la apertura económica y evitar que el vacío ideológico del posmaoísmo se llenara con influencias “occidentales”. El confucianismo pasó de ser considerado “enemigo de clase” a “recurso moral”.

Jiang Zemin (1989-2002) continuó la apertura, pero con mayor énfasis en la unidad cultural y la “civilización espiritual socialista”. Se promovieron valores como la armonía, la familia y el orden moral, de raíz confuciana. En los años 90 se celebraron congresos académicos sobre Confucio.

Por su parte, Hu Jintao (2002-2012) introduce el concepto de “sociedad armoniosa”, directamente inspirado en Confucio como ideal social. Los programas educativos y mediáticos se abonaron a la promoción de valores como la cortesía, la honestidad y la estabilidad familiar. Las celebraciones tradicionales y el estudio de los clásicos ganan terreno. El propósito es frenar el deterioro moral causado por las reformas y el materialismo y presentar un socialismo ético y ordenado. Aunque no sin tensiones, el confucianismo se normaliza progresivamente dentro del discurso político oficial.

También bajo Hu comienzan los Institutos Confucio (desde 2004), como instrumento de diplomacia cultural. La cultura tradicional pasa a ser la marca internacional de China, reforzando su “poder blando” (soft power) y el confucianismo reaparece como símbolo de “cultura nacional” compatible con el socialismo.

Xi (2012 en adelante) da un paso más: no solo rehabilita la tradición, sino que la integra dentro del marxismo, proclamando que ambas no son contradictorias, sino complementarias. Xi afirma que sin esa herencia –Confucio, Mencio, Laozi– no habría civilización china ni base moral para el socialismo. No es coexistencia de marxismo con la cultura tradicional, sino fusión de ambas.

A partir de entonces, se normalizan, por ejemplo, las citas confucianas en discursos oficiales y se aboga por una relectura moral de los clásicos: Analectas, Mencio, Gran Saber (Daxue), instituyendo las campañas educativas que enseñan a “amar al país y a la familia”, un principio confuciano adaptado al socialismo.

En última instancia, lo que Xi pretende es dar al socialismo

chino una raíz civilizatoria propia y una legitimidad histórica adicional. En ese afán de crear un marxismo sinizado y culturalmente seguro, capaz de sostener el “rejuvenecimiento nacional”, el confucianismo deja de ser “pasado feudal” y pasa a ser base moral del socialismo contemporáneo.

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Xi Jinping combina elementos de ambos, pero su práctica política y su concepción del poder son más legistas que confucianas, aunque recurra al confucianismo en el plano discursivo y moral.

En efecto, Xi ha promovido la rehabilitación del confucianismo como parte del “renacimiento cultural chino”. Habla de valores como la armonía, la familia, la moralidad pública, la lealtad al Estado, y el orden jerárquico. Ha impulsado la enseñanza de Confucio, las escuelas tradicionales y redoblado los Institutos Confucio en el extranjero. En sus discursos, cita a Confucio con frecuencia para legitimar la idea de una China con “sabiduría propia” y continuidad civilizatoria. En este sentido, el confucianismo de Xi sirve para construir legitimidad moral y cultural.

Sin embargo, el núcleo de su ejercicio del poder tiene una lógica claramente legista, heredera de pensadores como Han Feizi, abogando por la centralización absoluta del poder (el Partido está por encima de todo), la primacía de la ley y la disciplina sobre la moral individual, instituyendo una “jaula de regulaciones”; el control y vigilancia de las diversas formas de corrupción, el sistema de supervisión disciplinaria y la política de control social son instrumentos legistas.

La idea de que el gobernante debe usar la ley como herramienta de control, no como límite a su poder, es 100% legista y sirve para construir control político e institucional. Xi Jinping combina ambos marcos en una sintetización funcional: si el confucianismo legitima moral y culturalmente el poder (armonía, tradición, ética, jerarquía), el legismo lo hace operativo y eficiente (disciplina, control, eficacia, castigo).

Chinese Power» (2011), uno de los teóricos más influyentes del “realismo moral” en relaciones internacionales, interpreta que la fuerza de China depende de combinar moral confuciana (deber, rectitud, benevolencia) con estrategia legista (orden, disciplina, ley). En su lectura, Xi busca restaurar un liderazgo moral, pero sin abandonar la coerción legista necesaria para mantener el orden. Yan no lo califica de “más confuciano” o “más legista”, sino de síntesis pragmática entre ambos.

Zhang Weiwei, autor de «The China Wave: Rise of a Civilizational State» (2012), defiende abiertamente el modelo de Xi como una continuación moderna del confucianismo estatal. A su juicio, el PCCh cumple hoy el rol del soberano confuciano, guiando moralmente al pueblo. No obstante, su lectura es más ideológica que analítica: justifica el modelo con el argumento de que la armonía necesita una autoridad fuerte. Zhang lo considera un confucianismo autoritario, no legismo puro.

La profesora Elizabeth Perry (Harvard University) destaca que Xi ha resucitado los métodos y discursos del legismo clásico: disciplina, control, sanción, y la idea de una ley subordinada al Estado. Sostiene que el “renacimiento confuciano” es más estético y simbólico que estructural: su función es cultural, no institucional. Para ella, Xi es esencialmente legista, con una fachada confuciana.

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François Jullien, sinólogo y filósofo francés, en su análisis de la eficacia estratégica china (inspirada en Han Feizi) considera que se aplica muy bien al estilo de Xi: una política de control indirecto, adaptativa, que busca moldear el entorno. Xi actuaría más como un estratega legista que como un moralista confuciano.

Xi Jinping, por tanto, combina el confucianismo como legitimación moral y el legismo como lógica de gobierno. Pero, en la práctica del poder —la disciplina partidaria, el control social, la subordinación de la ley y el castigo ejemplar— predomina claramente el legismo.

Daniel A. Bell, autor de «The China Model: Political Meritocracy and the Limits of Democracy» (2015) considera que el sistema de Xi se presenta como meritocrático y confuciano, pero con tensiones evidentes. En su opinión, Xi invoca el confucianismo como ideal moral y legitimador, reivindicando la armonía social y la virtud del gobernante, pero su práctica política tiene rasgos legistas (control jerárquico, centralización, uso instrumental de la ley). Bell lo resume como un “modelo confuciano con instrumentos legistas”.

Yan Xuetong, autor de «Ancient Chinese Thought, Modern

bëí~Çç=Åáîáäáò~Åáçå~ä=ó=åìÉî~=Ñçêã~=ÇÉ=Åáîáäáò~Åáμå=Üìã~å~ Pero el eco de esta acepción es mucho más amplia y de mayor calado. Se incrusta, en primer lugar, en la idea del “estado civilizacional”, basada en el argumento de que la larga historia de China y su profunda conexión con el pasado son incomparables a las de cualquier otra sociedad.

Si bien es verdad que la noción de «estado civilizatorio» está ausente del discurso oficial del partido, ha sido promovida intensamente por varios pensadores con estrechos vínculos

con la cúpula durante la última década. Uno de los principales impulsores del término ha sido Zhang Weiwei, director del Instituto de Estudios Chinos de la Universidad de Fudan, quien en mayo de 2021 dirigió una sesión de estudio colectivo del Buró Político sobre la comunicación externa del país instando a la construcción de un «sistema de discurso y narrativa china» distintivo.

Zhang ha indagado en la explicación de qué distingue a China de otros estados. El «estado civilizacional» chino moderno, escribió, integra las fortalezas tanto de los «estados civilización» como de los «estados nación» y se caracteriza por los «cuatro súper» y los «cuatro únicos», refiriéndose en el primer caso a la enorme población de China, su vasto territorio, su larga tradición histórica y su profunda sabiduría cultural; y en el segundo a su idioma, política, sociedad y economía únicos.

Zhang Weiwei fue uno de los primeros en promover dentro de China la idea del “estado civilizacional”. Instando en contra de la adopción del «modelo occidental» en oposición al «modelo chino», Zhang dijo que el abandono de este último significaría perder «la mayor ventaja de nuestro ‘estado civilizatorio’, una fusión de una antigua civilización ininterrumpida de 5.000 años y una superpotencia moderna.

Ese discurso civilizacional se volvió central para la construcción de la legitimidad política del PCCh en los últimos años, combinando el argumento del «estado civilizacional» con el discurso político prevaleciente que afirma que China, bajo el PCCh y basándose en tradiciones antiguas, ha llegado a ser «una nueva forma de civilización humana” que pretende enriquecer al mundo bajo la «Iniciativa de Civilización Global» de Xi Jinping, ofreciendo apoyo histórico-cultural a nivel retórico para la apuesta de China por el liderazgo internacional.

reconocido por la comunidad internacional.

La cuestión de los sistemas de valores culturales y la influencia global, es indispensable para materializar el «gran rejuvenecimiento» prometido por Xi Jinping, pero requiere de un marco teórico sólido para competir a nivel mundial.

La lógica detrás de esto podría resumirse esencialmente de la siguiente manera. De una parte, el desarrollo de China bajo el PCCh durante el siglo pasado, desde la miseria y la vergüenza hasta la centralidad global y el poder económico, ha sido un éxito inequívoco: la modernización al estilo chino. En segundo lugar, el proceso único de modernización creado y demostrado por el PCCh, que siempre tuvo en su núcleo las fortalezas de una civilización antigua y del marxismo adaptado localmente, ha dado lugar a algo enteramente nuevo en la historia humana y distinto de los modelos centrados en Occidente que hasta ahora han guiado al mundo: una nueva forma de civilización humana.

Por último, el hecho de los éxitos demostrados del PCCh y la resultante “nueva forma de civilización humana” (no occidental ni liberal) muestra no sólo que su liderazgo debe continuar en el país, sino que China bajo el PCCh es una potencia líder natural para el mundo multipolar emergente, dotándose de un mayor poder blando cultural.

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Sun Zhengyu, profesor de filosofía en la Universidad de Jilin, ha sugerido que “el socialismo con características chinas no solo es un tema para el desarrollo en la China contemporánea, sino que también tiene un significado y valor positivos para construir una nueva forma de civilización humana”. Sun habla en términos elevados sobre el papel de la filosofía china: “La filosofía china contemporánea debe mantenerse a la altura de los tiempos y ser precursora del pensamiento”, señala, “para promover el cambio de la civilización humana a través de la innovación conceptual”.

China ha mejorado su poder duro, como la economía y el ejército, pero es más débil en poder blando, como un sistema de valores culturales que pueda conducir a una nueva forma de civilización humana y un sistema político ampliamente

Esta nueva lógica de construcción de legitimidad ha sido esencial para Xi Jinping, en particular, mientras consolidaba su poder y se preparaba para un tercer mandato como máximo líder de China. Tras el XX Congreso (2022), la «nueva for ma de civilización humana» se ha convertido en un elemento fundamental del discurso del PCCh, presentándose como la culminación de las lecciones del milagroso desarrollo de China, arraigado en la ingeniosa combinación de la antigua civilización del país y su pensamiento político y económico marxista.

Las principales afirmaciones de la noción de una “nueva forma de civilización humana” se relacionan con la legitimidad del PCCh bajo el liderazgo de Xi Jinping. El concepto se ha vuelto central durante el tercer mandato de Xi para hilar las nociones más amplias del poder blando chino. En definitiva, la “nueva forma de civilización humana” de China puede entenderse tanto como un conjunto de valores que legitimen su liderazgo en el país, como igualmente, un conjunto coherente de valores aspiracionales que sirvan a los intereses estratégicos de China, en particular en el Sur Global.

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En origen, los movimientos modernizadores del siglo XIX

en China no eran inherentemente contrarios al pensamiento clásico o tradicional. De hecho, su planteamiento inicial era precisamente salvar la esencia de la tradición china adoptando la tecnología occidental. Sin embargo, con el tiempo, este proceso llevó inevitablemente a una crisis y una reevaluación forzosa de ese pensamiento tradicional.

Hay una primera fase, inicial, a partir de las Guerras del Opio y la Rebelión Taiping, cuyo lema es «Aprendizaje de las técnicas extranjeras para repeler a los extranjeros», es decir, utilizar la tecnología de Occidente sin renunciar a las bases culturales propias. Entonces, el sistema de valores confuciano, la estructura política imperial, los clásicos literarios y filosóficos, y la superioridad cultural inherente de China era considerado inmutable e intocable. Por el contrario, la tecnología militar e industrial occidental (barcos de vapor, ferrocarriles, armas, fábricas) era solo un «instrumento» para fortalecer a China y expulsar a las potencias extranjeras.

En este enfoque podríamos incluir el Movimiento de Autofortalecimiento (1860-1890) liderado por figuras como Li Hongzhang y Zeng Guofan, cuyo objetivo declarado era «salvar la dinastía Qing» y, por extensión, el orden tradicional que representaba. En esta fase, no había un rechazo al pensamiento clásico. Al contrario, se creía que la tradición china era el «alma» y la tecnología occidental solo el «cuerpo».

A medida que estos esfuerzos técnicos resultaron insuficientes (como quedó dolorosamente claro en la Guerra SinoJaponesa de 1894-1895, donde China fue derrotada por un Japón que sí se había modernizado de forma integral), los intelectuales comenzaron a cuestionar si el problema no era solo técnico, sino también cultural y político.

El Movimiento de Reforma de los Cien Días (1898) liderado por intelectuales como Kang Youwei y Liang Qichao, fue un salto cualitativo. Ya no se conformaban con la tecnología. Propusieron reformar el sistema político en una monarquía constitucional, modernizar el sistema educativo y basarse en modelos institucionales occidentales. En ese contexto, Kang Youwei reinterpretó los clásicos confucianos para argumentar que el propio Confucio había sido un reformista, intentando así usar la tradición para justificar el cambio. Sin embargo, para los conservadores de la corte, esto era una herejía y una traición al verdadero confucianismo. La emperatriz viuda Cixi aplastó el movimiento.

La Rebelión de los Bóxers (1899-1901) fue la reacción violenta y anti-extranjera desde la tradición más ortodoxa y popular, apoyada por la corte. Su fracaso demostró de manera definitiva que el aislacionismo y el rechazo total a la modernidad no eran una opción viable.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la situación era crítica. El fracaso de las reformas moderadas convenció a una nueva generación de que el problema era el sistema en su totalidad. Cuando la Revolución de Xinhai (1911) liderada por Sun Yat-sen derrocó a la dinastía Qing y estableció la república, este acto fue, en sí mismo, la negación más clara del pensamiento político tradicional basado en el «Mandato del Cielo» y el emperador.

Más tarde, el Movimiento de la Nueva Cultura (1915-1920s) fue el punto culminante del rechazo explícito al pensamiento tradicional. Intelectuales como Chen Duxiu, Li Dazhao y Lu Xun argumentaban que para salvar a China, había que erradicar el «cáncer» del confucianismo, que consideraban la causa de su atraso, sumisión y debilidad. Promovieron la «ciencia» y la «democracia» como valores totalmente nuevos para reemplazar a los antiguos.

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El PCCh lidera un largo tránsito de reflexión que se remonta al siglo XIX acerca de identidad y modernización. No es solo que su despensa ideológica avance en una dimensión ecléctica sino también la construcción de su legitimidad y de los valores estatales que deben acompañar a la gran potencia del siglo XXI. A la par que reivindica el marxismo, Xi reconcilia al PCCh con los valores más profundos del país ■

Xulio Ríos es fundador y asesor emérito del Observatorio de la Política China. Su última obra: “Marx&China. La sinización del marxismo” (Akal, 2025).

Xi Jinping

Milei: victoria electoral y ¿triunfo político?

Ganó contra pronóstico, a pesar de una sucesión de escándalos de corrupción y derrotas políticas previas. En verdad, ¿ganó? ¿O simplemente perdió el peronismo? ¿Y ahora, qué? ¿Hasta cuándo es sostenible una política basada en el clientelismo y el constante recorte del gasto público?

Las elecciones legislativas nacionales del pasado 26 de octubre arrojaron un resultado sorpresivo: la victoria nítida del gobierno de Milei (40%) sobre la oposición peronista (31%). Si bien el resultado era incierto, la victoria oficialista causó asombro porque el gobierno llegaba muy tocado a los comicios, que se transformaron en un plebiscito sobre el presidente. Milei ganó en 14 de los 25 distritos electorales, incluida la muy significativa Provincia de Buenos Aires. La participación, sin embargo, fue la más baja desde la recuperación de la democracia en 1983 (un 68%).

Ningún gobierno desde 1983 había arribado tan desgastado a unos comicios de medio término. Estas elecciones suelen ser utilizadas por el electorado para hacerle saber al oficialismo su opinión sobre el rumbo emprendido, pero teniendo en cuenta que un voto contra el presidente y su partido no pasa de representar en el peor de los casos un llamado de atención. En este caso no era así en virtud de la pérdida de iniciativa política que Milei venía experimentando desde principios de 2025, más precisamente tras su discurso del 23 de enero en el Foro de Davos, adonde llegó exultante tras su primer año de gestión.

Durante su primer año de gobierno, Milei mantuvo la forma de hacer política que lo llevó en tiempo récord de las tertulias televisivas a la primera magistratura: una frenética carrera hacia adelante, duplicando siempre la apuesta para transformar las estructuras sociales y económicas vigentes, resultado de lo que él entiende es la hegemonía populista basada en la noción de justicia social, que califica de “aberración”. Aunque no tan explícitamente, Milei también ha incluido a la demo-

cracia como parte del problema o, al menos, no la ha identificado como parte de la solución. Su referencia histórica es el país pre-democrático del siglo XIX, agroexportador y receptor de inmigrantes, dominado mediante el fraude electoral por una élite económicamente vinculada al mercado mundial. Milei llegó a señalar el inicio de la decadencia argentina en 1916, año de las primeras elecciones democráticas limpias y libres, ganadas por el líder nacional-popular Hipólito Yrigoyen, del Partido Radical. Milei dudó ostensiblemente en campaña cuando se le preguntó si creía en la democracia; respondió que era un sistema que tenía muchos problemas. Afirmó asimismo que practicaba boxeo contra una foto del ex presidente Raúl Alfonsín, quien iniciara la transición democrática en 1983 y promoviera el Juicio de las Juntas Militares por terrorismo de Estado. Asimismo, Milei repitió el discurso de la dictadura acerca de la represión ilegal, sosteniendo que en el país había habido “una guerra” y que en ella había habido “algunos excesos”. También cuestionó el número de 30 mil desaparecidos.

El gobierno de Milei profundiza la desigualdad social entre una minoría cada vez más rica y una mayoría más vulnerable y desprotegida, merced a la destrucción planificada de los restos del Estado social y la desregulación de la actividad económica en favor de los más poderosos. Su recorte del gasto público ha recaído en los jubilados (con recortes entre el 25% y el 43%), la universidad (35%) y la ciencia (50%), no sobre los “privilegios de la casta política”, como prometió –motosierra en mano– durante la campaña. Ya como presidente, Milei sostuvo con orgullo “amo ser el topo que destruye el Estado

desde dentro, es como estar infiltrado en las filas enemigas”. En realidad, ha cumplido con una parte de ese programa, la que atañe al gasto social, excepto el dedicado a los sectores más precarios, pues ha aumentado la Asignación Universal por Hijo (más del 100% real en noviembre de 2024), creada por el kirchnerismo y destinada a los padres, madres o tutores (2,3 millones en marzo de 2025) que estén desempleados o en la economía informal, para cubrir las necesidades básicas de sus hijos menores de 18 años (4,1 millones en marzo de 2025) y asegurarles la escolarización y la salud. Pero mantiene por supuesto al Estado como guardián y benefactor de los más ricos a través de exenciones y blanqueos impositivos, y una represión violenta y desproporcionada de la protesta social. El único logro que exhibe es el de haber bajado la inflación del 12,9% (noviembre 2023) al 1,9% mensual (octubre 2025), tras una inicial devaluación que la elevó al 25.5% en diciembre de 2023, y merced a una recesión inducida. El gasto público fue recortado en un 26,4% durante 2024 comparado con 2023, generando un superávit del 0,3% del PIB contra el 4,4% de déficit de 2023. Las partidas afectadas han sido los subsidios a la energía y el transporte, las transferencias a las provincias, la inversión en obra pública (prácticamente paralizada), el gasto en educación y ciencia, y el empleo público (casi un 10% menos de puestos de trabajo).

Además, Milei ha mostrado un profundo desprecio por la convivencia democrática, insultando a propios y ajenos ante la mínima crítica o diferencia. Esto lo ha llevado a, por ejemplo, agredir verbalmente –en nombre de su derecho a la libertad de expresión– a un niño autista de 12 años que había narrado en medios y en redes sus dificultades ante la falta de asistencia estatal. Milei dio su discurso de toma de posesión de espaldas al Parlamento, al cual llamó poco después “nido de ratas”. Ha incumplido abiertamente decisiones del poder legislativo relativas al financiamiento de la discapacidad, la universidad y el Hospital Garrahan, centro pediátrico público de referencia de Latinoamérica, dedicado a la cura y a la formación e investigación en patologías de alta comple jidad (trasplantes, tratamientos oncológicos avanzados y cirugías cardiovasculares complejas). El gobierno de Milei también restituyó las antiguas denominaciones –hoy inaceptables para la sociedad– para las personas con capacidades diferentes. El presidente llegó a decir que el Estado era el “pedófilo en la guardería con los niños envaselinados”.

Todo esto sin embargo no le impidió seguir avanzando durante ese primer año de gestión. La pregunta clave es cómo resultó una opción atractiva para tanta gente, no sólo durante la campaña, sino ya en el gobierno, que hoy se ha visto refren-

dado. Entre los elementos que pueden explicar esta situación parece no poder descartarse el fracaso de las otras alternativas políticas existentes y con posibilidades reales de ganar una elección. El segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (2011-2015), el primero de Mauricio Macri (20152019) y el del peronista Alberto Fernández (2019-2023) fueron percibidos mayoritariamente como gestiones en distinto grado fracasadas. El país no crece económicamente desde 2011, lo cual es importante porque Argentina no cuenta con mecanismos fiscales progresivos, por lo que si no crece, no redistribuye. Esos fracasos agotaron la baraja de orientaciones existentes: la kirchnerista “pura”, la de un neoliberalismo gradualista y la del kirchnerismo “blando”. Frente a esto, la figura de Milei comenzó a distinguirse como aquello inédito en la democracia argentina: la afirmación de una fuerza promercado radical y combativa.

Si por un lado Milei se presenta como un economista tecnócrata (se hace llamar doctor aunque es licenciado por una uni-

versidad privada de nulo prestigio), que detesta la política y se limita a aceptar y aplicar, en virtud de ese saber, las leyes del mercado, por otro capta un rasgo crucial de la política argentina, su beligerancia. Ésta se compagina bien con su apología del emprendedurismo en un país donde –siempre según su relato– el Estado no hace más que coartar la iniciativa individual privada. Milei podría ser caracterizado como un populista de derecha, en tanto señala a una minoría dominante e insensible, la casta, que ha moldeado la institucionalidad (y sobre todo el Estado) en su beneficio. Esta casta –siempre según Milei– enarbola la bandera de la justicia social para atraerse el favor popular, pero en realidad no sólo roba a los privados a través de los impuestos para sostener demagógica-

Cristina Fernández

mente la maquinaria clientelar, sino que también oprime al pueblo que dice beneficiar tomándolo de rehén e impidiéndole que libere sus fuerzas emprendedoras. Todo ello redunda en déficit fiscal, que para perpetuarse el populismo tapa emitiendo moneda, lo cual finalmente trae inflación y pobreza, concluye esta narrativa libertaria.

Milei:

“No odiamos lo suficiente a los periodistas”

Milei por lo tanto nombra también a un pueblo oprimido por la casta. Ya no es el pueblo del nacionalismo popular argentino clásico, conjuntado y orgánico, cuya columna vertebral era la clase trabajadora, sino más bien una colección de individuos damnificados por la casta, relativamente aislados entre sí debido a la precariedad y descomposición social, que no se caracterizan tanto como aquel pueblo por actuar como uno demandando derechos o cuidándose a través de una solidaridad mutualista, sino por su voluntad de emanciparse de la tutela estatal para emprender. A diferencia del pueblo nacional-popular y/o progresista, es una suma de individualidades egoístas que va contra el Estado esclavizador. Milei ha representado esta rabia autoliberadora precisamente como un proceso de transformación personal: dejar de ser cordero (del Estado) para devenir león (en el mercado).

fuerza política depende más de quién tiene la iniciativa que de la cantidad de parlamentarios con que cuente. Al resto de partidos les resulta difícil, salvo que sean claramente opositores, negarle apoyo a un presidente sostenido por el favor popular. Milei sacó partido de esto.

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Como dijimos más arriba, a principios de 2025 Milei comenzó a perder terreno más por errores propios que por mérito de la oposición. En el mismo discurso de Davos se pasó de frenada, si es que esto es posible en Milei, al acusar a los homosexuales de pedófilos (es notoria la recurrencia de este tipo de imágenes en el discurso presidencial). Este estilo presidencial, además de sus efectos antidemocráticos, le sirve para escenificar su voluntad de combate contra el kirchnerismo y el progresismo (y lo que llama la “agenda woke” en general), y para estar siempre en el candelero –como mandan hoy las redes sociales– manteniendo a la defensiva, siempre escandalizada y preocupada, a la oposición.

Milei:

“Amo ser el topo que destruye el Estado desde dentro”

Durante su primer año de gestión, la atmósfera política nacional y también mundial resultó propicia para el estilo de Milei y su programa. El triunfo de Trump en noviembre de 2024 le significó un espaldarazo. Ni siquiera su exigua cantidad de parlamentarios resultó un obstáculo para avanzar en su revolución contra la democracia social. El otro partido de derecha, liderado por el ex presidente Macri, le prestó su apoyo, y no pocas de sus figuras directamente se pasaron al oficialismo. Milei consiguió también que diputados de otros partidos, especialmente del radical, colaboraran con su gestión en nombre de “la gobernabilidad”. La principal oposición, el peronismo, ejerció como tal pero no tuvo una unidad de acción debido a sus batallas internas, sobre todo alrededor de la continuidad del liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner o de la renovación encabezada por el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Ni siquiera la condena a Cristina Fernández y su prisión domiciliaria logró aglutinar voluntades y resolver la cuestión. Argentina es un país presidencialista, por lo que la

El 14 de febrero de este año, Milei promocionó a través de sus redes sociales –tiene 3,8 millones de seguidores sólo en X– la criptomoneda $LIBRA, con lo cual atrajo a unos 40.000 inversores. Este aumento de la demanda incrementó en pocas horas un 1.300% el valor, llegando a US$4.000 millones, para desplomarse luego en pocos segundos. Esto podría ser una estafa, conocida como «rug pulling» (“tirar de la manta”), consistente en crear una criptomoneda, promocionarla intensamente contratando a personajes notorios para atraer inversores y luego los desarrolladores, dueños de la mayoría del paquete accionario, lo venden en el pico de la demanda para hacerse con las ganancias (en este caso, unos US$90 millones, más del 80% del dinero circulante), causando el desplome del valor haciendo que miles de personas pierdan el dinero invertido. De ahí el nombre de la maniobra. Unas horas después, Milei borró el tuit argumentando que no estaba al tanto del proyecto –por cierto, llamado «Viva la libertad Project»– y que no iba a seguir dándole “difusión”. El presidente usó deliberadamente esta palabra para resignificar su acción, que había consistido en verdad en darle promoción. Luego se supo que Milei había mantenido reuniones con Julian Peh en octubre de 2024 y con Hayden Mark Davisen enero de 2025, principales impulsores del “emprendimiento”. No era la primera vez que Milei participaba en asuntos como éste. En febrero de 2022, siendo diputado, elogió en X el activo digital de la empresa de videojuegos Vulcano, de Mauricio Novelli, asociado con $LIBRA. Poco después de su tuit, $VULC perdió todo su valor.

Este hecho causó revuelo. Milei intentó responder conce-

El Viejo Topo 455/ diciembre 2025 / 55

diendo al día siguiente una entrevista a uno de sus periodistas amigos, en la que se desvinculó –como era esperable– de la operación, sin dejar de afirmar que si uno va al casino y pierde, no puede quejarse.

El escándalo de la criptomoneda puso por primera vez a la defensiva a Milei, quien no obstante, fiel a su modo de hacer política, redobló la apuesta –nunca mejor dicho– y usó la situación para seguir señalando a medios y periodistas críticos como “ensobrados”. Uno de sus acrónimos preferidos en re-

des es NOLSALP: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”. Este recurso argumental de transformar toda crítica en síntoma de un interés de casta perjudicado por el gobierno comenzó a resquebrajarse. El caso de la criptomoneda Libra, a pesar de ser enmarañado y pertenecer a un mundo lejano para la mayoría de la población, impactó en la imagen de Milei, que ahora aparecía ligado a los usos de la política tradicional. Pero el caso de presunta corrupción que más conmovió al gobierno y a la sociedad estalló en agosto de este año, cuando se difundieron grabaciones atribuidas a Diego Spagnuolo, exdirector de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), muy cercano a Milei, al punto de ser su abogado personal. En esas grabaciones Spagnuolo señalaba la existencia de un presunto acuerdo corrupto según el cual el laboratorio Suizo Argentina cobraba sobreprecios al Estado por los medicamentos para las personas con capacidades diferentes a cambio de una mordida del 3% que se llevaba Karina Milei, hermana y brazo derecho del presidente. El caso no sólo conmovió por la corrupción en sí, sino también por el organismo involucrado, pues –como vimos– el gobierno no sólo incumplió la ley de

emergencia para la discapacidad, sino que desde su inicio ha esparcido una sospecha generalizada sobre la asignación de recursos a personas con discapacidad, lo cual usó para justificar recortes y obligar a los receptores a personarse para confirmar su discapacidad (esto si habían recibido la citación, que en muchos casos se enviaba a domicilios inexistentes). Si algo ha caracterizado al gobierno de Milei es la crueldad con los más vulnerables (jubilados y discapacitados). Preguntado por ello, el presidente se ufanó de ser cruel “con los kukas” (kirchneristas). El caso Andis está siendo investigado en la Justicia, lo cual para muchos es sinónimo de que caerá en el olvido.

El escándalo de los medicamentos profundizó el impacto del caso Libra al desgastar la imagen de Milei como lo opuesto a la vieja política y a la casta. Luego de varios reveses en el Parlamento entre agosto y octubre, cuando la oposición logró revertir el veto presidencial a varias leyes importantes, como las de financiamiento universitario, de emergencia pediátrica y de emergencia en discapacidad, vinieron las elecciones legislativas de la Provincia de Buenos Aires, histórico bastión del peronismo y distrito más poblado del país (38% del total). En abril de este año, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, decidió separar los comicios para renovar la cámara de diputados de la Provincia de la elección legislativa nacional, prevista para el 26 de octubre. La razón fue evitar que la entonces todavía presumible victoria de Milei en la nacional provocara un efecto arrastre y mermara el poder del peronismo en la Provincia. Es decir, fue un gesto defensivo de Kicillof. Pero la convulsa y cambiante coyuntura política argentina hizo que cuando se abrieron las urnas el 7 de septiembre, la aspiración inicial de no perder se transformara en una neta victoria del peronismo (47,28%) por unos 14 puntos sobre el partido de Milei (33,71%).

Pero todavía quedaba un golpe más que iba a recibir el gobierno de Milei, de similar envergadura al de los medicamentos. José Luis Espert, un economista liberal que ha hecho de la “mano dura” y de la “limpieza” sus emblemas, era el principal candidato de Milei a las elecciones legislativas nacionales al ser el número uno de la lista por el principal distrito del país, la Provincia de Buenos Aires. Muy cercano al presidente, conocido por su prepotencia y desprecio hacia los dirigentes opositores, fue acusado por el abogado, docente universitario y destacado dirigente social peronista Juan Grabois, de haber recibido en 2020 una transferencia de 200.000 dólares del empresario Federico Machado, detenido

Axel Kicillof

Nadie ha logrado tal recorte del gasto público sin estallido social

en Argentina desde abril de 2021 e investigado en Estados Unidos por narcotráfico y lavado de dinero. A finales de septiembre, la justicia del Estado de Texas, que investiga a Machado, informó que el 1 de febrero de 2020 Espert había recibido ese giro en su cuenta bancaria. Después de varios días dando “explicaciones” que no hicieron más que consolidar las sospechas, a veinte días de las elecciones Espert –pese a recibir el apoyo explícito del presidente Milei, quien lo ratificó como candidato– se vio forzado a renunciar a su candidatura. Pese a ello, las boletas para la votación llevaron la foto de Espert, ahora imputado por la justicia argentina. Contra todo pronóstico, esa boleta –si bien representando a otro candidato– triunfó en la Provincia de Buenos Aires por 0,33% de diferencia ante el peronismo, que seis semanas atrás había ganado por unos 13 puntos de diferencia sobre el partido de Milei.

A esta sucesión de escándalos de corrupción y derrotas políticas, en las semanas previas a las elecciones a Milei se le sumó la principal señal de emergencia para cualquier gobierno argentino: la amenaza de lo que en Argentina se llama una “corrida cambiaria”, esto es, que por desconfianza en el gobierno la población busque masivamente y en tromba pasarse del peso al dólar a fin de proteger sus ahorros. Desde el inicio, la política económica del gobierno depende exclusivamente de disponer de una cantidad de dólares para alimentar una economía que no confía –hace décadas ya, salvo momentos más bien excepcionales– en su moneda debido a la inflación y la inestabilidad política. El recuerdo del corralito del 2001 está, además, todavía fresco.

Muchos analistas, algunos pro-mercado, afirman que no hay tal plan económico sino sólo una ingeniería financiera especulativa (el llamado “carry trade”) para evitar la compra masiva de dólares y la estampida de los precios. Eso se hace a costa de las reservas y, cuando éstas se agotan, con endeudamiento externo. De hecho, el gobierno ha decidido que la economía argentina funcione asistida artificialmente por el FMI, el blanqueo impositivo y, ahora, la compra de pesos por parte del Tesoro norteameri-

cano por 40 mil millones de dólares (un “swap” de divisas). Lo que Milei y sus votantes más fieles rechazan hacia adentro, esto es, que los sectores populares no tengan “cultura de trabajo” y vivan asistidos por el Estado, lo han establecido como sistema de (sobre)vida para el país, que vive del auxilio financiero externo, sin plan productivo alguno para obtener recursos genuinos.

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Esto muestra la magnitud del impacto y la sorpresa del triun fo nacional, y sobre todo en la Provincia de Buenos Aires, de Milei. La pregunta del millón es cómo lo logró, qué razones hubo para que, sobre todo los sectores populares, lo apoyaran.

Paradójicamente, toda esa debilidad del gobierno pudo ser lo que le haya jugado a favor, sobre todo entre los sectores populares, que son los que más sufren la precariedad, la vulnerabilidad y el abandono estatal de la política de Milei. En efecto, la debacle financiera que se esperaba el lunes tras una presumible derrota electoral del gobierno es probable que haya obrado como alerta para el voto popular, en virtud de las posibles consecuencias. Como en los ’90, el tímido freno a la inflación es de por sí un alivio para los sectores de menores ingresos, los más castigados en una economía permanente-

mente indexada. En este sentido, el lema opositor “frenar a Milei” terminó significando, inopinadamente, corrida banca-

ria, inflación y sus bien conocidas en Argentina secuelas de estallido social y pobreza. El gobierno supo jugar bien sus cartas en la última semana, cuando el presidente y el ministro de Economía entregaron su suerte a la ayuda que Estados Unidos, a través de Trump y el Tesoro, se comprometió a dar a la Argentina si el oficialismo ganaba.

El voto popular rescató a Milei el domingo 26 de octubre. Pero esto no asegura nada. En Argentina, merced a su “pasión por la igualdad”, todos los sectores sociales se movilizan porque se sienten parte de la comunidad política. Esto, sumado a las múltiples carencias y demandas insatisfechas, hace que los gobiernos se jueguen su suerte día a día. Además, los especuladores que dominan las finanzas aprovechan cualquier malhumor social para inducir una corrida bancaria y obtener ganancias, descalabrando al gobierno de turno.

El voto popular rescató a Milei

El objetivo inmediato de Milei es subsistir usando las reservas y el dinero del endeudamiento para vender dólares baratos hasta una potencial reelección en 2027. Pero, como ya habrá adivinado el lector, dos años en Argentina son una eternidad. El objetivo de largo plazo de Milei es revertir el imaginario político igualitario y nacional-popular que hunde sus raíces en las experiencias yrigoyenista y peronista del siglo XX. Una juventud para la cual todo aquello es prehistoria y que vive un presente por definición precario y al borde del precipicio social, dejada de la mano del Estado, parece ser –además de los grandes ganadores de este modelo– su base de apoyo. El trabajo informal asciende al 43,2% y entre los jóvenes de 18 a 24 años llega al 57%. El establishment parece menos preocupado por la suerte de Milei que por que termine el trabajo sucio que ha emprendido: nadie ha logrado tal recorte del gasto público sin estallido social. Esto para los sectores dominantes es clave, al punto que incluso han relegado sus quejas por las “malas maneras” que históricamente achacaron al peronismo. Por su parte, la oposición debe resolver no sólo sus disputas internas por el liderazgo, sino también actualizar su programa. Lo único bueno que puede dejar Milei para una fuerza transformadora e igualitaria es asumir la responsabilidad que le corresponda en este proceso y pensar sobre todo en la necesidad de fortalecer el Estado profesionalizándolo y dotándolo de un sistema impositivo progresivo, pues confiar única y exclusivamente la redistribución de la riqueza a un nacionalismo económico industrializador puede resultar para el electorado, sobre todo el joven, una consigna vacía, tal como hacen las diversas derechas con el endiosamiento del mercado.

Otro asunto que las fuerzas nacional-populares deben pensar es volver a las políticas sociales universales, a fin de evitar la estigmatización clasista de los sectores medios y altos sobre los que las perciben.

Ni la tradición nacional-popular, ni la progresista parecen tener claro un proyecto de país. Concretamente, cómo reconstruir una democracia social. Ni siquiera parecen tener un diagnóstico de la desigualdad en Argentina. En realidad, poco se habla de la desigualdad como tal, sino más bien de la pobreza y la exclusión. El reverso de esta moneda es situar el “crecimiento” como única fuente de redistribución. En eso la derecha ha ganado ya la batalla cultural que ahora tanto menciona.

Harían bien las fuerzas nacional-populares y progresistas en atender a otras experiencias mundiales de redistribución y abandonar la a menudo autocomplaciente “excepcionalidad” argentina. Haría bien Milei en estudiar de verdad el siglo XIX argentino, para entender a una élite liberal-conservadora oligárquica, sí, pero capaz de pensar un proyecto de país que acabaría desbordando, por la fuerza de su propia lógica, la estrechez con la que había sido planteado.

Milei ha ganado, pero hasta ahora no ha demostrado saber ganar. El empate hegemónico argentino sigue y no se deshace, como piensan el presidente y su séquito, rindiendo a las fuerzas opositoras, obligándolas a confesar su error político y su deformación moral, ni –como parece soñar su ministra del Interior– persiguiéndolas a palos. Ganará quien convenza, no quien venza. Argentina, un país muy politizado, depende de la política que pueda producir. No podía ser de otro modo ■

de una tradición subversiva Cine

heredero incómodo

Yorgos Lanthimos: v El

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En el panorama cinematográfico contemporáneo, pocos autores generan una expectación y un debate tan intenso como el griego Yorgos Lanthimos. Su nombre se pronuncia con una mezcla de admiración, perplejidad y, a veces, incluso incomodidad. No es un cineasta para públicos pasivos; es un arquitecto de realidades distorsionadas que nos interpela desde la extrañeza. Para entender la magnitud y la naturaleza de su proyecto artístico, es útil, y casi necesario, trazar un linaje. Un linaje que lo sitúa en proximidad creativa con tres titanes de lo subversivo: David Lynch, David Cronenberg y Luis Buñuel. Sin embargo, Lanthimos no es un mero epígono; es el heredero que ha aprendido el idioma familiar para escribir su propio y peculiar manifiesto.

Su cine es diferente, innovador y profun-

damente diferencial. Es un cine que opera bajo una lógica propia, una gramática visual y narrativa que desmonta los convencionalismos del realismo psicológico para construir universos donde lo absurdo, lo violento y lo grotesco se erigen en espejos deformantes de nuestras propias convenciones sociales, miedos y deseos.

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La conexión más inmediata que muchos espectadores establecen al adentrarse en el mundo de Lanthimos es con David Lynch. Ambos comparten una fascinación por lo que se esconde bajo la superficie pulcra y ordenada de la normalidad. Lynch explora el subconsciente, los sueños y la podredumbre moral en ciudades idílicas como en Twin

Lanthimos, premiado en el Festival de Venecia por Poor Things (2023)

Yorgos Lanthimos:

heredero incómodo de una tradición subversiva

Por Javier Enríquez Román

Peaks (1990) o Terciopelo Azul (1986). Lanthimos, por su parte, aplica un método similar, pero con un enfoque más estructural y menos onírico.

Mientras Lynch sumerge al espectador en una lógica de pesadilla, Lanthimos construye pesadillas con la lógica fría y burocrática de un manual de instrucciones. Películas como Dogtooth (2009) son el ejemplo perfecto. La familia que habita esa casa no es el resultado de un trauma sobrenatural, sino de un sistema de control meticulosamente diseñado. El padre ha creado un microcosmos con reglas lingüísticas y sociales arbitrarias, un mundo que, aunque chocante, funciona con una terrible coherencia interna. Aquí, la herencia de Lynch se manifiesta en la sensación de que la realidad doméstica es una fachada frágil que puede desmoronarse en cualquier momento, revelando una violencia y una perversión latentes.

La diferencia radica en la textura. Lynch es barroco, sensual y musical; Lanthimos es minimalista, ascético y silencioso. Los diálogos en Lanthimos, entregados con una cadencia plana y antinatural, son una herramienta de alienación tan poderosa como los murmullos inversos en Twin Peaks. Ambos directores nos niegan la calidez emocional convencional, obligándonos a observar el comportamiento humano como un entomólogo observaría a los insectos: con una curiosidad clínica y desprovista de juicio.

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Si Lynch es el maestro de la psique distorsionada, David Cronenberg es el poeta de la carne rebelde. En su cine, el cuerpo es el sitio donde se libran las batallas entre la tecnología, el deseo, la identidad y la enfermedad. Lanthimos adopta esta premisa y la lleva a un terreno más social y conductual.

En The Lobster (2015), la premisa es puramente cronenberguiana: en un mundo donde

la soltería está prohibida, aquellos que no encuentran pareja en un plazo determinado son transformados en el animal que ellos elijan. El cuerpo se convierte en la moneda de cambio última, en la consecuencia física de un fracaso social. La película explora la tiranía del acoplamiento y la manera en que internalizamos las normas sociales hasta el punto de que nuestra propia biología está en juego. Es una idea que resonaría profundamente en Videodrome (1983) o Crash (1996), donde la fusión entre lo humano y lo tecnológico (o, en este caso, lo animal) redefine la identidad.

Poor Things (2023) es quizás la culminación de este diálogo con Cronenberg. La historia de Bella Baxter, una mujer con el cerebro de su hijo nonato es un experimento radical sobre la naturaleza frente a la crianza, la liberación sexual y la autonomía corporal. El cuerpo de Bella es, literalmente, un campo de batalla: es un collage quirúrgico, un objeto de estudio para el Dr. Godwin Baxter (un claro referente al científico loco de la tradición body-horror) y, finalmente, el vehículo para su propia y caótica evolución. Al igual que Cronenberg, Lanthimos no retrocede ante lo grotesco o lo biológicamente inquietante; lo abraza como la expresión más pura de la condición humana.

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Quizás la influencia más profunda y estructural en la obra de Lanthimos sea la de Luis Buñuel. El maestro surrealista español hizo de la lógica del absurdo un arma letal para criticar a la burguesía, la religión y las convenciones sociales. Buñuel no pretendía que sus imágenes oníricas fueran interpretadas de manera literal, sino que buscaba, a través de la yuxtaposición ilógica, desenmascarar la hipocresía de lo «civilizado».

Lanthimos es el heredero directo de esta tradición. Sus películas están repletas de rituales sociales absurdos que los personajes realizan con una solemnidad mortecina. En The Favourite (2018), la corte de la reina Ana de Gran Bretaña es un microcosmos de frivolidad, manipulación y poder donde las carreras de patos o los lanzamientos de naranjas adquieren una importancia desmesurada. Es el mismo espíritu que animaba El Ángel Exterminador (1962), donde la alta sociedad se ve atrapada en una sala por una razón inexplicable, revelando su verdadera naturaleza primitiva.

El humor en Lanthimos es, como en Buñuel, negro, seco y profundamente incómodo. No se ríe con los personajes, se ríe de su patetismo y de los sistemas que los constriñen. La secuencia de The Killing of a Sacred Deer (2017) en la que el cirujano Steven (Colin Farrell) le cuenta a su hijo una anécdota trivial y perturbadora sobre su reloj, es puro Buñuel: un non sequitur que expone la desconexión emocional del personaje y la absurdidad de la comunicación familiar.

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Decir que Lanthimos se parece a Lynch, Cronenberg o Buñuel sería una simplificación. Su verdadero genio reside en cómo ha fusionado estas influencias en un estilo único e inconfundible. ¿Cuáles son los pilares de su cine diferencial?

El Lenguaje como Pared: Los diálogos en Lanthimos nunca son un vehículo de expresión emocional genuina. Son un instrumento de control, una forma de repetir consignas o de navegar un mundo cuyas reglas no se comprenden. La entrega monótona y deliberadamente antinatural de los actores (especialmente en su etapa griega) crea una barrera que nos impide identificarnos emocionalmente, forzándonos a un análisis intelectual y crítico.

El Ritual sobre la Emoción: Sus personajes no actúan por impulsos emocionales internos, sino en respuesta a sistemas de reglas arbitrarias. Ya sea la búsqueda de pareja en The Lobster, el sacrificio en Sacred Deer o la lucha por el favor real en The Favourite, sus acciones son performances dentro de un ritual social absurdo. Esto convierte sus películas en alegorías potentes sobre cómo nos comportamos en sociedad.

El Encuadre Desapegado: La cámara de Lanthimos, a menudo en colaboración con el fotógrafo Robbie Ryan, es fría y observacional. Utiliza amplios angulares que distorsionan los espacios, creando entornos claustrofóbicos e incómodos. Los planos fijos y los movimientos de cámara lentos y deliberados

refuerzan la sensación de que estamos siendo testigos de un experimento científico. No hay lugar para el subjetivismo romántico; solo la cruda presentación de los hechos.

La Violencia de lo Cotidiano: La violencia en Lanthimos rara vez es espectacular. Es fría, abrupta y aceptada con una pasmosa normalidad por los personajes. El golpe en la nariz de Dogtooth, la auto-flagelación en The Lobster o la parálisis en Sacred Deer no se presentan con el clímax dramático del cine de género, sino como consecuencias lógicas y esperadas dentro de los sistemas perversos que rigen sus mundos.

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Yorgos Lanthimos no ha surgido de la nada. Se inscribe en una poderosa tradición de cineastas que han utilizado la distorsión, lo grotesco y lo absurdo para cuestionar los fundamentos de la realidad, la identidad y la sociedad. De Lynch toma la intuición de que lo siniestro anida en el hogar; de Cronenberg, la convicción de que el cuerpo es el documento último de nuestra condición; y de Buñuel, la certeza de que la herramienta más afilada para criticar las convenciones es la lógica del sueño y el sinsentido.

Sin embargo, al amalgamar estas influencias con una voz tan personal, disciplinada y coherente, Lanthimos ha conseguido lo más difícil: ser un clásico moderno. Su cine, aunque incómodo y a menudo desafiante, es un recordatorio necesario de que el arte cinematográfico no tiene por qué ser un espejo que refleje fielmente nuestra realidad, sino un prisma que la fracture para revelar sus contradicciones más profundas. Es el heredero incómodo de una tradición subversiva, y en sus manos, el futuro del cine de autor parece estar en las más capaces y perturbadoras ■

LA

INSURGENTE

“LA PALABRA QUE CONSTRUYE EL MUNDO” (2025)

Pier Paolo Pasolini. Altamarea, Madrid. 208 páginas.

La palabra que construye el mundo, de Pier Paolo Pasolini, no es un libro más; es un arsenal de ideas, un campo de batalla lingüístico e ideológico. Esta recopilación de ensayos, artículos y intervenciones, publicada con exquisito criterio por Altamarea, ofrece una puerta de entrada privilegiada al cosmos mental de uno de los intelectuales más lúcidos e incómodos del siglo XX. Lejos de ser una reliquia del pasado, su pensamiento reverbera con una vigencia alarmante, interpelando directamente las contradicciones de nuestro presente.

La labor de Altamarea es, desde el primer momento, encomiable. En un panorama editorial donde Pasolini suele estar fragmentado en piezas sueltas (poesía, cine, narrativa), esta colección de textos “no ficcionales”, en su mayoría críticas literarias, permite apreciar la feroz unidad de su proyecto. La edición y traducción, cuidada al detalle, logra capturar la cadencia apasionada y a menudo profética de su prosa, un híbrido perfecto de rigor académico y fogosidad panfletaria.

El título del volumen no podría ser más acertado. Pasolini ejerce aquí la palabra no como decoración, sino como un acto de construcción (y de demolición). Cada texto / crítica es un ladrillo en su particular y obsesiva tarea: descifrar los mecanismos del poder y defender la existencia de realidades que el nuevo mundo

Libros

homogenizador quería (y quiere) borrar. El autor de Una vida violenta (1959) atraviesa sus críticas y reflexiones literarias, fascinantes por sí mismas, para reflexionar sobre la desaparición de las culturas campesinas y preindustriales ante el avance de un neocapitalismo devorador.

Pero el libro no es solo un monumento a la lucidez crítica; es también un testimonio de amor. El amor por un lenguaje puro, no corrompido, que para él residía en el friulano de su juventud, un idioma “anterior” a la estandarización. El amor por los cuerpos y las sexualidades marginadas. El amor, en definitiva, por todo aquello que el poder hegemónico excluye. Su defensa de lo sagrado y lo real frente a la falsificación consumista es un grito de resistencia que encuentra eco en nuestras propias luchas contemporáneas por la diversidad ecológica, lingüística e identitaria.

impecable edición, es aceptar una incómoda y urgente invitación: a pensar contra la corriente, a nombrar el mundo para salvarlo de su obliteración.

La palabra que construye el mundo es, por tanto, una obra necesaria. Altamarea no solo ha recuperado textos fundamentales; ha restituido la voz de un Pasolini total, un intelectual orgánico que se negó a ser especialista de nada para poder cuestionarlo todo. En una época de pensamiento débil y consensos prefabricados, la furia lúcida y la desesperación amorosa de estos textos no son solo una lección de crítica cultural; son un manual de instrucciones para no rendirse. Leer a Pasolini hoy, gracias a esta

Pasolini hace aquí más literatura que en otros lugares. En lo que puede parecer otra colección (más) de críticas culturales, siguiendo esquemas literarios convencionales, se revela un volumen obsesivamente impregnado de la idea metalingüística. Y es precisamente en el momento en que Pasolini se hace más voluntariamente “literario” cuando puede permitirse un “desprecio” por la literatura que hasta ahora nunca había mostrado, convirtiendo estos textos (exquisitos) en herramientas en su lucha como periodista sin complejos, y de gran andamiaje cultural (lo que sería una rara avis hoy en día), contra una sociedad anestesiada y comprada por el capital más barato, que tanto le repugnaba.

Pier Paolo Pasolini

Libros

EL NARCISO COLECTIVO

“LO

SABES AUNQUE NO TE LO HE DICHO” (2025)

Candela Sierra. Astiberri, Bilbao. 160 páginas.

Hablas con una amiga en un bar. Te cuenta que se ha echado novio y entonces observas que su silueta va desapareciendo ante tus ojos. Un padre y un hijo conversan, pero no se entienden. El hijo quiere saber todas las respuestas a las grandes preguntas, pero el padre no está dispuesto. Cuando nadan en la piscina, uno lo hará en la superficie y el otro en el fondo. Una joven entierra sus problemas bajo la alfombra, los barre con una escoba como si fueran polvo. Esa alfombra se convierte por arte de magia en un mar. Ese mar tiene una caracola que nadie escuchará porque está sepultada bajo esa alfombra, bajo ese mar. Una muchedumbre se arremolina en torno a un escaparate de una tienda de espejos. Todos luchan por observar su reflejo. Al lado, hay una nube de polillas revoloteando en una bombilla, golpeando tontamente el cristal. Una pareja es testigo de la situación y juzga a la masa del escaparate, prometiéndose que ellos no son así. Entonces, observamos el planeta Tierra desde el espacio. En esa totalidad vivimos todos.

Estos cuadros de costumbres forman parte del mosaico que ha confeccionado Candela Sierra en su último cómic, Lo sabes aunque no te lo he dicho, publicado por Astiberri y galardonado con el Premio Nacional del Cómic 2025. Este retrato coral nos trae temas con los que sen-

tirnos identificados: incomunicación, falta de compromiso, egotismo, precariedad, adicciones varias, soledad, problemas de salud mental, mentiras. Sierra moldea un yo colectivo, una historia de historias, breves fragmentos de vidas que van formando un inmenso narciso colectivo. La narradora es rabiosamente coral, tanto en bocadillos y diálogos como en cartelas y corriente de conciencia. Hay un cuidado especial en que el lenguaje no solamente sea creíble y oral, si no múltiple, diverso y rico. Cada personaje habla de forma distinta. La deconstrucción secuencial, saltando de una historia a otra, provoca que la obra tenga un ritmo acelerado, acuciado por la coralidad. El protagonista de la siguiente historia se cuela brevemente en la última viñeta de la historia anterior, como una suerte de figurante, creando así una fluidez interdependiente entre las historias sin apenas disolución de continuidad de las teselas que conforman este mosaico. Además, Candela tiene una obsesión por hacer retratos muy pormenorizados de cada uno de los personajes: rasgos faciales, peinados, vestuario, espacios costumbristas… Todos los personajes son diferentes o al menos están tratados con singularidad y realismo. No es fácil hacer tantos personajes variados, hay que poseer el virtuosismo técnico de Candela para ello. Gracias a esa diversidad morfológica podemos vernos representados, reflejados, tanto a nosotros como a personas de nuestro etorno.

Podría ser una obra magnífica para

retratar a los Millennials, una representación generacional sin recovecos, con todas nuestras pesadillas, manías y vergüenzas. Lo sería si no fuera porque el cierre se queda un tanto flojo y abrupto. Está tan trabajada la narrativa coral, la voluntad poliédrica del personaje colectivo, que echo en falta un cierre global que aglutine esa reflexión sobre quiénes somos. La autora nos deja cuando abandona al último personaje del Frankenstein colectivo. Y el torrente de vidas y experiencias se queda sin cerrar, salvaje, sonando en el fondo. Quizá variando el orden de historias hubiera conseguido un sentido más amplio. Quizá esa página donde se sucede la escena del escaparate de espejos y polillas hubiera sido un cierre más significativo. O quizá Candela quería que nos quedásemos así, sintiendo el torrente de vidas sin cerrar.

Ignacio Nava Laiz
Candela Sierra

Libros

DE LA RETAGUARDIA AL FRENTE

“COMUNISMO. UN FANTASMA PARA EL SIGLO XXI” (2024)

Carlos X. Blanco

Editorial EAS, Alicante. 218 páginas.

Dicen que los más ancianos del lugar recuerdan aún el verdadero significado de la palabra. Comunismo. Actualmente desvirtuada o corrompida, en un pasado no tan lejano esa idea política impulsaba a las masas con la suficiente fuerza como para pretender transformar el mundo. Carlos X. Blanco no es que conozca lo que significa por anciano, pero sí por sabio es capaz de fortalecer teóricamente el anhelo de comunismo.

Más próximo a la Teoría Social que a la Política, nos encontramos ante un libro riguroso, en ocasiones demasiado denso como para ser accesible a un público amplio, pero muy recomendable para pensar en serio los fundamentos conceptuales que deben inspirar una práctica política orientada por la divisa del comunismo.

El libro se compone de cuatro capítulos, además de un anexo con una serie de ensayos donde se tratan los siguientes temas: la digitalización de la enseñanza, y el imperio de las empresas tecnológicas; el concepto de la totalidad social, a partir del cual se exponen las determinaciones sociales esenciales y se arguye la relación entre la base y las superestructuras; la producción capitalista y su afectación sobre el medio social y ambiental; el patriarcado y el feminismo revolucionario. La selección de los ensayos corre a

cargo de Fernández-Cruz Sequera, prologuista de la obra. Aunque es posible que algunos de los planteamientos que fueron redactados tiempo ha no resistieran intactos la evolución del pensamiento del autor, en correspondencia con el desarrollo de ciertos fenómenos.

En lo que refiere al primero de los capítulos que inicialmente vertebran la obra, el autor fija el núcleo filosófico del marxismo. La economía política, en tanto que crítica de ideologías parciales, otorga al marxismo su sentido revolucionario. Se trata de una forma ideológica superadora, a razón de su potencial movilizador, de esas otras ideologías parciales.

En el segundo capítulo, el autor se sirve del texto fundacional del comunismo concebido por Marx y Engels para acometer una crítica tan mordaz como certera de las dinámicas identitarias y globalistas que caracterizan la izquierda contemporánea. Para entender por qué “la izquierda está odiando al pueblo, y el pueblo está odiando a la izquierda” , Blanco nos describe el funcionamiento actualizado del sistema de dominación del Capital sobre la sociedad.

En el tercer capítulo, el autor propone una síntesis de planteamientos marxianos y foucaultianos para explicar el Poder en términos de a) control, dando cuenta de la diversidad de tecnologías empleadas con ese fin desde los inicios de la humanidad civilizada; b) sometimiento, una situación de control asimétrico estabilizada, en la que la libertad de unos sujetos queda restringida por medio de las operaciones de otro; y c) dominación, un sometimiento específi-

camente político, por medios institucionales, entre sujetos cuyos intereses son antagónicos.

Por último, en el cuarto capítulo se apuesta por un proyecto ecosocialista. A partir de una dialéctica entre el hombre y la naturaleza, que tenga en consideración la evolución de los flujos y balances de materia y energía, se llega a la conclusión de que “la lucha ecologista es, y debe ser, una lucha de clases”.

A fin de cuentas, una obra a tener en consideración. Nos dispone de apreciaciones ontológicas y pautas epistemológicas para reconciliarnos con la capacidad teórica (y práctica, al fin) del comunismo. Sin que dejemos de tener en cuenta que, «aunque [el derrocamiento del capitalismo] debe ser internacional, es en el marco del Estado-nación donde cada proletariado debe convertirse en sujeto revolucionario, capaz de calcular los tiempos, los medios, las correlaciones de fuerza, los marcos legales, etc.”.

Si el comunismo (la “expresión más decidida y acabada del socialismo”, en palabras del autor) puede ser un fantasma para el siglo XXI, no será por quienes, desde la actual izquierda liberal, se atribuyen espuriamente ese ideal político. Tampoco por las reformulaciones posmodernas ideadas por una camarilla de académicos. El comunismo solamente puede volver a asustar a los amos del mundo si, como se muestra en la fotografía de la cubierta, empuñamos la gran espada con que librar la batalla de las ideas en la retaguardia, para disputar la política en el frente.

Libros

CONTRA EL OLVIDO

“LA REPÚBLICA DE LA VERGÜENZA.

CÓMO IRLANDA CASTIGÓ A LAS MUJERES

DESCARRIADAS Y A SUS HIJOS” (2025)

Caelainn Hogan

Errata naturae, Madrid. 326 páginas.

Parece que hablamos de tiempos remotos, pero no es así. Parece que la periodista irlandesa Caelainn Hogan hubiera decidido internarse en un pasado oscuro y recóndito para rastrear viejas costumbres olvidadas, antiguas tradiciones caducas que hacen sonreír a los más jóvenes. Pero no es así. Hogan escribe sobre el pasado reciente de un país católico llamado Irlanda. La república de la vergüenza. Allí, la complicidad del Estado y de la Iglesia católica promovió durante decenas de años la creación y mantenimiento de una red de instituciones gobernadas por órdenes religiosas que, con la piadosa excusa de socorrer a las mujeres descarriadas, se dedicaba a ocultarlas, explotarlas y castigarlas por su comportamiento pecaminoso. Por haber follado. ¿Cómo y por qué ocurría todo eso? ¿Cómo vivieron esa experiencia las mujeres sometidas, los hijos adoptados, apartados de sus madres en muchas ocasiones sin su consentimiento?

Caelainn Hogan decidió investigar esa república insana y opresora, esa sociedad hipócrita y represiva, esas vidas truncadas, sometidas al escarnio público y obligadas al silencio. Recluidas, explotadas, despreciadas. Quedar embarazada fuera del matrimonio era en Irlanda, un país en el que no solo estaba prohibido el aborto, sino en el que la venta de preser-

vativos sin receta no se autorizó hasta 1985, una mancha tal que mujeres y familias intentaban ocultarlo casi a cualquier precio. El Estado prefirió dejar en manos de la Iglesia la “solución” del problema, y las Hijas de la Caridad tomaron las riendas. Esas riendas condujeron a una mortalidad infantil elevadísima en las casas de acogida, a adopciones consentidas o no, a reclusiones de mujeres clasificadas en función de su promiscuidad, y a trabajos forzados, como los que se producían en las lavanderías de la Magdalena. El detonante que disparó las alarmas tardó en llegar. Fue en 2014 cuando se descubrió en uno de los antiguos hogares, en Tuam, una fosa infantil con cientos de cadáveres sin identificar. Por fin había llegado el momento de mirar atrás, asumir responsabilidades y explicar esa historia de miedo, soledad y violencia. Se crearon varias comisiones, el Gobierno intervino y los supervivientes aún esperan respuestas u ofrecen excusas. Pero ya es tarde. Siempre es tarde en estos casos.

Caelainn Hogan

landa, pero esa república es una república mucho más amplia que se extiende geográfica y temporalmente. El control de la sexualidad femenina, la moralina, la hipocresía, el cinismo, la cobardía y la intervención indebida de las iglesias en las decisiones gubernamentales, no son vestigios de un pasado que solo los archiveros recuerdan.

Caelainn Hogan ha recuperado toda la información disponible sobre esa infame república. Ha acudido a los antiguos hogares, ha entrevistado a quienes conocieron todo aquello, religiosos y recluidas, ha contactado con algunos de los hijos ilegítimos que fueron dados en adopción, y ha compuesto un sólido, documentado y triste libro que debiera avergonzarnos a todos. Hogan habla de Ir-

Es la realidad a la que se siguen enfrentando muchas sociedades contemporáneas. Hay que mirar atrás para avanzar mejor, para consolidar lo ganado y no correr el riesgo de perderlo. Hogan en este oportuno libro, nos recuerda la importancia de la libertad, pero también del arraigo; de la autonomía y la independencia, pero igualmente de los cuidados y la proximidad. La república de la vergüenza es una denuncia de la falsa caridad, de la dominación y el despotismo. Y un alegato a favor de la memoria, del pasado colectivo y del control de la propia vida. Sin vergüenza.

EN BÚSQUEDA DE UN ANTÍDOTO SALVADOR

“SÓCRATES Y LA CICUTA. LA PENA DE MUERTE Y EJECUCIÓN DEL MAESTRO DE FILOSOFÍA” (2024)

Juan Carlos Ruiz Franco Autobiografía, Barcelona. 223 páginas.

“Una vida que no es examinada no merece ser vivida”. Sócrates, que examinó su vida en numerosas ocasiones, es el protagonista de este nuevo libro de Juan Carlos Ruiz Franco. Novela históricofilosófica sobre uno de los grandes temas y momentos de la historia de la filosofía. Al alcance de cualquier lector, independientemente de sus preferencias y saberes filosóficos.

Un apunte sobre el autor. Nacido en Madrid en 1967, profesor de filosofía, traductor y escritor. Son seis los libros publicados por él y casi cien los volúmenes traducidos. Tras El bastardo de Marx, que tenía carácter experimental, ésta es su segunda novela. Con ella, recojo sus palabras, se quiere dar impulso al género de la novela históricofilosófica. Poco debo adelantarles. En la contraportada se dan algunas pistas sobre la trama.

A Sócrates se le ha condenado a muerte; sus amigos buscan un antídoto que contrarreste los efectos de la cicuta, el veneno con el que le llevará la muerte. Simultáneamente, un grupo de espartanos emprende un viaje para llevar al rey de Persia un tesoro y convencerle para ayudarles en la tarea de arrasar Atenas y acabar con la, para ellos, perniciosa

influencia que su régimen político, la democracia, ejerce sobre todas las ciudades-estado helénicas. Ambos grupos, sin haberlo esperado, coinciden en Sínope, donde el rey de Persia había acordado reunirse con ellos.

Ruiz Franco nos advierte que algunos personajes de la novela son históricos y que otros son inventados. De los primeros, de los históricos, “algunas de sus acciones son reales y otras son ficción”, licencias que se toma el autor, como es razonable. El lector, prosigue el autor, “debe tener en cuenta que esto es una novela, y por tanto literatura; no un tratado de historia ni una biografía.”

El lector impaciente, nos advierte también el autor, ávido de aventuras, “puede comenzar la lectura por el capítulo 7” (son 19 en total más un epílogo) y “volver atrás cuando lo desee para obtener información sobre Sócrates”. Sin embargo, añade su autor, y nosotros con él, “recomendamos leer los seis primeros capítulos antes de comenzar el séptimo” para conocer bien la figura de Sócrates y los detalles del proceso penal al que se le sometió.

En el epílogo, fuera ya de la narración, Ruiz Franco expone algunas de sus consideraciones sobre la gran figura filosófica de Sócrates y algunas de sus posiciones filosóficas: “la filosofía ayuda a llevar una vida buena. Como en el caso de Sócrates, hace posible una actitud serena y prudente. En su deseo de hacer el bien, proporciona información que contribuye a nuestra plenitud y no solo a ser felices de cualquier modo”. La filosofía ayuda mucho a conocerse a sí mismo, algo para lo que hay que sondear las profundidades del propio espíritu.

A Sócrates, añade su autor, siempre se le recordará como alguien que “dio su vida por la filosofía y se negó a escapar de la prisión para dirigirse a otra ciudad porque cumplió las leyes de su patria. Su figura nunca se olvidará gracias a los testimonios que sus amigos y seguidores dejaron sobre él: especialmente los diálogos de Platón y las obras que le dedica Jenofonte son eternos testimonios sobre su labor”. Su legado “será inolvidable, y tendrá su propio lugar en el grupo de las figuras más relevantes de nuestra disciplina”. Y no solo eso, sino que “se le recordará como el primer mártir de la Filosofía”.

Juan Carlos Ruiz Franco

EL VIEJO TOPO

La razón y sus enemigos

Sobre el "mal francés" y la condición reaccionaria de la posmodernidad

En la cultura y el pensamiento se ha ido imponiendo todo lo que desmantelara las pretensiones de transformación y cambio en el aspecto social. En este sentido, la Escuela de Frankfurt, primero, y el pensamiento francés de la posmodernidad, después, han legitimado el capitalismo cognitivo como el único escenario social posible. Desmontar pensamientos utópicos o emancipadores resultaba crucial, pero especialmente deshacer las esperanzas inherentes a la izquierda y el progresismo.

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El Viejo Topo | Número 455 | Diciembre 2025 by elviejotopo - Issuu