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SAMHAIN Alejandra Allueva

Podemos entender el arte como el botón de rosa de la cultura,

y ésta como el brote de raíz de la tradición. El folclore está cargado de costumbres, creencias, supersticiones y leyendas que llegan de lo más profundo de la antigüedad hasta nuestros días, muchas veces edulcorado todo por el paso del tiempo, mezclado, revuelto e incluso con muy poco de lo que en un principio fuera su significado. Así, cuentan los historiadores que hace siglos, cuando moraban los celtas, éstos calculaban el tiempo de una manera distinta a la nuestra. Para ellos el año se dividía en dos estaciones principales (invierno y verano) partidas a su vez en cuatro festividades rituales: Imbolc (1 de febrero en el calendario moderno), Beltaine (1 de mayo), Lugnasadh (1 de agosto) y Samhain (1 de noviembre). Samhain, era la festividad más importante en la Irlanda precristiana, ya que significaba el comienzo de la estación invernal y a su vez el nuevo año, por esta razón la celebración se iniciaba la noche anterior y podía continuar hasta un día después. Este era un tiempo tremendamente espiritual para la población celta ya que aparte de significar un nuevo periodo de agricultura y trashumancia de ganado era el momento en que el mundo Sidh (mundo sobrenatural o “más allá” habitado por diversos seres mágicos y los Tuatha Dé Danann) y el real se encontraban más cercanos, tanto que en la víspera se abrían las puertas de ambos mundos permitiendo el paso de todas esas criaturas mágicas a éste lado de la realidad.


El tinte invernal que cubría la fiesta y dicha conexión entre los mundos hacía que toda la celebración cobrara un cariz más oscuro, cargado del miedo y el caos que creaba la llegada de los moradores del Sidh y acentuado además por posibles sacrificios, bailes, hogueras y numerosos rituales. Samhain también recordaba a los celebrantes su historia, ya que esta fecha solía ser el punto inicial de grandes y vistosas aventuras de los héroes celtas, como Echtra Nerai (La aventura de Nera) o la unión entre el dios Dagda (considerado padre de todos los dioses) y Morrigán (diosa de los demonios) para procurar la victoria de los Tuatha Dé Danann frente a los Formoré. Con la llegada de las tropas romanas, mucho de la tradición y el folclore celta fue absorbido y aquella noche mágica víspera de año nuevo pasó a ser la Fiesta de la Cosecha dedicada a una diosa extranjera, Pomona. Pero como todo con el paso del tiempo se disuelve y pierde color, con la llegada del cristianismo tal festividad celta romanizada volvió a sufrir otro cambio, esta vez en busca de execrar cualquier muestra de paganismo, pasando a ser la nueva fecha el Día de todos los Santos, que ya se celebraba los primeros días de Mayo. Ambas festividades impuestas sobre el Samhain tenían algo en común con él: la celebración romana se debía a la agricultura y la cristiana (o mejor dicho, católica) venía a ensalzar a los santos espíritus de los mártires, que al fin y al cabo estaban muertos, eran seres del más allá (aunque ciertamente no pertenecían al Sidh). Aparentemente olvidado el celtismo en Europa, la fiesta del Día de todos los Santos o All Hollows’ Eve se mantuvo, se extendió, echó raíces por donde pasó y con su llegada a Estados Unidos vino a llamarse Halloween, quizá por la dificultad de pronunciación o por simple evolución natural. Sin embargo, como todo se repite y la sombra del paso del tiempo amenaza con distorsionar la tradición (aunque ésta provenga a su vez de otra distorsión), All Hollows’ Eve, producto de la


lucha contra las festividades paganas, volvió a tomar un tinte oscuro, esta vez más cercano al infierno de la cultura cristiana, al pasar de celebrar la muerte martirizada de Santos católicos, a celebrar la noche de las brujas. Particularmente, entiendo que aquellos seguidores de otros cultos considerados paganos, como por ejemplo el Wicca (que sigue las creencias celtas) o el satanismo, tomaron esta fecha para elaborar sus rituales y celebraciones, y de ahí surge esa nueva deformación de la festividad católica. Ahora bien, actualmente Halloween, aunque es una fiesta importante en Estados Unidos, no parece ir más allá, no resulta más que una fiesta con un toque bastante comercial, dirigida más que todo al público infantil y sobre todo de carácter americano, ya que en Europa, pese al comercialismo extremo de dicha fiesta y su indudable origen celta, apenas ahora es que empieza a llegar. Sin embargo, la fiesta de Halloween no sólo tiene un pasado extenso y curioso, actualmente esta celebración viene cargada de otros símbolos cuyo origen es más difícil de concretar. Hablo de las lámparas de calabaza, los dulces y los disfraces, tres elementos sin los cuales hoy en día esta fiesta no sería nada. Es muy posible que toda esta simbología provenga también de la tierra celta por excelencia, Irlanda. Y es que, al parecer, allí nació una leyenda que cuenta la historia de un irlandés muy dado a la bebida llamado Jack, quien con astucia supo engañar al diablo para conseguir que éste no se llevase su alma. Con el paso del tiempo este hombre murió y siendo echado del cielo por sus malas acciones y su conocido vicio, y echado a su vez del infierno por la promesa que consiguió arrancar al demonio, se vio obligado a vagar eternamente en la oscuridad. Triste por su destino Jack marchó por las tinieblas comiéndose un nabo y al verlo el diablo le lanzó un carbón para que se iluminase el camino. El astuto Jack tomó el carbón encendido y lo metió


dentro de la cáscara del nabo siguiendo su paseo sin fin por la tierra. Según la tradición, los irlandeses, durante la víspera del Día de todos los Santos, debían encender velas dentro de los nabos para así guiar a sus difuntos seres queridos en el camino de vuelta a casa. Al emigrar a Estados Unidos, se dieron cuenta que la calabaza era más abundante para esta actividad, además de ser más amplia en su interior, por lo que cambiaron los nabos por esta otra hortaliza. Esta es la historia más conocida de las lámparas de calabaza o las Jack o’lantern. Pero además de colocar lámparas que guiaran el sendero a los del más allá, se cuenta que la población irlandesa también dejaba alimentos en las puertas de sus casas para que al llegar sus difuntos familiares se sintiesen bien recibidos con una suculenta bienvenida. Sin embargo, el miedo que producía que un ser desconocido se introdujese en sus casas les hizo pensar en la idea de las máscaras. Unas máscaras terroríficas adornaban sus rostros con la esperanza de que al pasar algún muerto que no era de la familia, siguiese de largo pensando que esa casa ya estaba ocupada por los verdaderos parientes. Todo esto también varió con la emigración irlandesa a Estados Unidos: las suculentas comidas pasaron a ser dulces y las máscaras pasaron a ser elaborados disfraces de numerosos personajes del horror. Claro que todas estas historias son parte de la cultura popular americana y es difícil confirmar si, a ciencia cierta, todos estos elementos que rodean la noche de Halloween han tenido vigencia en épocas más antiguas entre los pobladores de la mágica Éire *.

*Éire: Irlanda en irlandés moderno.


TRABAJO PENDIENTE Despertó sobresaltado y buscando el reloj, era tarde, se había dormido y tenía que entregar su informe a primera hora, aturdido quiso continuar su trabajo pero reparó en que no estaba solo, había una mujer sentada frente a su mesa mirándole tranquilamente - ¿Qué quiere, señora? Estoy ocupado - Ya no. - ¡Qué tontería! ¿No ve que estoy intentando acabar un informe? - Ya no. - Déjese de juegos y márchese, no tengo tiempo. - No, ya no. Ofuscado con la molesta visita decidió ignorarla y continuar, pero no podía hacer nada con esa mirada clavada encima así que volvió a encararse con la molesta visita - ¿Qué? - ¿Qué hora es? - Las cuatro. No me va a dar tiempo... - Mira bien.


Miró de nuevo su reloj de mesa, los segundos seguían siendo 21, quiso comprobar la verdadera hora con el ordenador, pero el ratón no se movió. - Maldita máquina, ¡se ha colgado! Rápido, dígame la hora, tengo que entregar esto sin falta. - Ya no - ¡Maldita sea! Ya no, ya no. ¡YA NO la aguanto más, dígame la hora y lárguese de una vez! - Es hora de irnos. - ¿Cómo dice? - Ya no tiene que entregar ese trabajo, su tiempo ya terminó. - Sabía que los de recursos humanos tenían una forma muy personal de actuar, pero esto es ridículo, tengo tiempo hasta el amanecer. - Ya no. - ¿Estoy despedido?- dijo dejándose caer en la silla con un nudo en el estómago. - No exactamente. - ¿Qué quiere decir con eso? - ¿No nota nada extraño?


- No... Estoy bien... ¿a dónde quiere llegar?- contestó cada vez más intrigado. - ¿No le resulta raro que haya alguien más en la oficina a las 4 de la mañana, que el reloj se haya parado o que el ordenador no se mueva? De pronto empezó a fijarse en los detalles, era un reloj digital, de haberse parado se apagaría, trató de moverlo pero estaba anclado a la mesa, también el ordenador, el ratón, ¡incluso su silla!, entonces miró a su interlocutora, ahora que se fijaba caía en la cuenta de su piel de porcelana, sus ojos de plata, las pestañas de tinta, los cabellos de nube y sus labios de sangre, era como una muñeca envuelta en brillante seda negra. - ¿Q... Quién eres? - Querido mío, tú sabes quién soy. Te están esperando, ¿nos vamos?- le dijo con cariño. - Vaya... creo que realmente no podré entregar mi informe.


DAR A VER Aar贸n Moreno Borges


La muerte de Erato Ilustración: David Borges Poema: Rubén Porto He vuelto a comenzar otro poema sin poder terminarlo. Las palabras se iban realizando sin que ningún obstáculo pusiera. Pero muere la musa antes de que el bolígrafo rubrique el momento. Una fecha sin sentido pues no existen los poemas de un día.

Mi musa suspira herida a mis pies. La observo. Ella no puede. Su semidesnudez enseña su tez cristalina al sol. Los jirones de su traje de tul señalan la violencia de su muerte.

Su corazón agonizante aún bombea. Me arrodillo ante ella y palpo el perforado pecho. La gota de sangre que ha resbalado desde mi propia pluma marca el punto final.


Juan Antonio Méndez García Transcurrían los primeros momentos del siglo XX. La gente celebraba en las calles del bullicioso Londres la llegada del nuevo siglo. Mientras en una buhardilla destartalada alcanzaba a dar sus últimos estertores un hombre humilde. Le acompañaban los pocos familiares y amigos que le quedaban. Llegado a este instante había creído conveniente dejar constancia de lo que aconteciera en aquella villa donde sirviera por tantos años. Dada la urgencia y la flaqueza de su ánimo decidió prescindir de los detalles de su propia vida. Pensaba para sí mismo que no merecía la pena dedicarse ahora a echarle la culpa a nadie de su desgraciada existencia. Comenzó su relato remontándose a cuando era tan solo un chiquillo. Uno más de aquellos harapientos huérfanos, abandonados a su suerte en la miseria. El destino hizo que tropezara con un adinerado caballero, éste le pilló literalmente con las manos dentro del bolsillo de su abrigo. No tuvo oportunidad de zafarse y salir corriendo a tiempo, aquel brazo grueso y poderoso le retuvo con tanta fuerza que no pudo por más que gritar. El primer golpe cayó inesperado sobre su rostro, ni tuvo tiempo a apartarse. Por un momento se sintió como el yunque al que golpeaba violentamente el herrero. Este trato inicial se repetiría a lo largo del tiempo, y a base de un maltrato continuado acabaría forjándose su actual carácter sumiso. Tras la primera y descomunal paliza que recibió se enteró de que tendría que afrontar un castigo mucho peor. Una condena que se extendería a lo largo de casi toda su vida. Formar parte del servicio de aquel hombre, un “ofrecimiento” que no pudo ser rechazado y ni mucho menos un mísero haragán como él podía atreverse a negarse. Pensó que para su consuelo sería mejor morir explotado en una rica mansión que acabar tirado en cualquier barrizal. Así empezó todo y bien poco sabía lo que viviría en aquella casa. Apenas contaba con diecisiete años cuando llegó a la comarca el peor otoño que se recordaba. Un tiempo infernal amenazaba con destruir cualquier signo de vida en cientos de millas a la redonda. El viento soplaba con tanta intensidad que en más de una ocasión pensaron que la casa saldría volando. Si no recordaba mal estaba ya muy entrado el mes de octubre y se habían adelantado los primeros vientos gélidos del invierno. Ese final de año se quedó en el recuerdo de todo el mundo por lo insólito de su extrema dureza. Muchos caminos quedaron cortados por causa de las incesantes lluvias que los desdibujaban, transformándolos en peligrosas trampas mortales. Era raro el día que lograsen vislumbrar el sol, parecía que vivían dentro de una inacabable y descomunal tormenta. Los rayos descargaban su furia sobre los campos y era común recibir el golpe fortuito de las ramas desprendidas. Este aciago panorama pareció empeorar justo la noche en que la señora de la casa tuvo a mal dar a luz a su primer hijo. En medio de aquel caos climático que les rodeaba y que les incomunicaba del mundo exterior, pues, aquella buena mujer había roto aguas en medio de fuertes fiebres e increíbles dolores. Sus desesperados gritos se dejaban oír


hasta en los cuartos de los atemorizados criados. No se sabe si fue el tiempo o la excitación lo que le hizo enfermar y acelerar el ritmo normal de su embarazo. Lo que estaba claro es que en aquella mansión y con este increíble panorama parecía que vivían todos inmersos en una pesadilla. La figura del señor se hizo, si es que eso era posible, mucho más amenazadora y desafiante que nunca. Sólo él mantuvo la calma en todo momento, con voz firme daba ordenes e instrucciones de lo que se debía hacer. Dio la casualidad de que también esa noche su mejor yegua estaba de parto, por lo que los criados corrían como locos de aquí para allá. El señor intentaba con mano firme poner orden en todo momento. Se le veía seguro y siempre manteniendo el control. Quizá eso era lo que más atemorizaba a todos los sirvientes, nunca se sabía en qué momento cambiaría su humor, podía ser tan imprevisible como el tiempo que les acosaba. Dada la situación de esa maldita noche y la urgencia del momento el señor decidió atravesar él mismo los montes al galope. Su única esperanza era ir en busca del médico del pueblo, dejando en nuestras manos la seguridad de su hacienda, y pobre de aquel que le fallara. Nadie osó persuadirle de la locura de su idea. Más de uno se lo imaginó descalabrado en el camino tras golpearse con alguna rama baja. Quizá con suerte perdiera la senda, apenas visible por el mal tiempo, y acabara cayendo por un acantilado. Tanto era así que apreciaban las esforzadas “bondades” de su dueño y señor. Sólo deseaban su vuelta los que apreciaban a la señora por encima de su propia vida. Aquella dulce flor se había consumido sin rechistar al lado de un hombre que la repudiaba, que la humillaba constantemente, y que jamás la había amado. Sólo un matrimonio arreglado en la infancia podía explicar aquella unión que iba contra natura. Dos personas condenadas a compartir el calvario de su existencia. Por la cabeza de los poderosos Dammere sólo había pasado la posibilidad de juntar con un matrimonio las fértiles y extensas tierras de las dos ramas de la familia. De ahí a forzar el casamiento de los dos primos fue tan solo un pequeño paso. El orgulloso e indomable Lord Willhem Dammere, arisco y solitario, celoso de su intimidad y más preocupado por su herencia que por otra cosa acabó emparejado con aquella pobre cría que no sabía nada de la vida. La diferencia de edad no ayudó a consolidar la relación y se acostumbraron a evitarse, ni siquiera dormían en la misma habitación. Él únicamente acudía a ella de vez en cuando para desfogar sus más bajos instintos, seguía de una forma retorcida e inhumana el mismo calendario de cría de sus caballos. La señora languidecía a cada día que pasaba, sumergida en su mundo particular y volcando sus pocas fuerzas en llevar la casa, era la única que siempre tuvo una palabra amable para el servicio. Willhem Dammere volvió ileso de su aventura a través de la tormenta, su semblante se había transformado de una manera inexplicable, se le notaba cambiado, muy callado. El cambio más aparente era su pelo, parecía más largo y desarreglado que de costumbre. Se le veía también mayor, incluso se diría que cansado. Todos lo achacaron a la dureza del trayecto hasta el pueblo, aquello debía agotar incluso al más valiente. No en vano el médico que había venido con él no dejaba de contar aterrorizado lo que les había costado llegar con vida hasta allí, no se explicaba cómo había podido ingeniárselas el señor para


alcanzar el pueblo. Algunos incluso dijeron que debido a toda la confusión de aquella noche la situación se exageró a medida que se recordaba la escena. En este momento del relato el moribundo criado agarró con fuerza la mano de su hija a su lado y le aseguró que sólo él se había percatado del mayor y verdadero cambio en su señor. Había visto el miedo por primera vez en la mirada de aquel hombre, y no por la posibilidad de perder la vida a causa de un viaje incierto y peligroso sino más bien el terror que se sufre al saberse irremediablemente condenado. La noche en cuestión murieron la señora y la yegua que estaba de parto, ambas entre insufribles espasmos de dolor. La primera dio a luz un niño enfermizo, débil y pálido, y la segunda alumbró un poderoso semental, tan oscuro como el carbón. Contrastaba la blanquecina y mortecina piel del chiquillo con la inmensa negrura de la tez del animal. Crecieron prácticamente juntos, no se sabe qué misteriosa razón unió a dos seres tan diferentes, pero resultaron ser del todo inseparables. El carácter del chico era dulce y refinado, amable y atento, muy parecido a su madre. No era muy agraciado, ni presentaba especiales talentos, pero era, sin duda, un jinete envidiable. O al menos eso parecía, ya que jamás montó otro animal que no fuera aquel intratable caballo. Éste parecía proteger al chiquillo, lo rondaba continuamente y no permitía que otra persona osara acercarse a él. Durante estos años el señor vivió casi recluido en la casa, lejos de su hijo y de la tumba de su esposa, se centraba únicamente en atender el negocio familiar. Se notaba que sufría, pero no por su perdida, más bien parecía lamentarse de seguir vivo. Una noche se le escuchó muy acalorado recorriendo la casa de un extremo a otro, gritaba desconsolado frases incomprensibles y agitaba las manos en alto espasmódicamente. Parecía hablar con alguien, pidiendo algo. Nadie se atrevió a salir al pasillo, aún le tenían miedo. A la mañana siguiente encontraron su cuerpo inerte en el fondo de un barranco, y allí, junto a él, en la arena de la playa yacía también el cuerpo destrozado del semental. Muchos hubiesen jurado sobre la biblia que se había lanzado al abismo a sabiendas de que moriría, simplemente para llevarse con él la vida del animal. Lo que nadie se podía explicar es cómo había logrado forzar al caballo a que lo dejase montarlo, quizá esa osadía había sido la causa de su perdición. El joven señor quedó apenado por la noticia, no tanto por la muerte de su padre. Se volvió cabizbajo y reservado, parecía que le habían quitado una parte de su ser. No salía de casa de día y por las noches se alejaba caminando, sin la compañía de nadie. Volvía temprano, cuando cantaba el gallo, y se limitaba a tenderse en el establo, en el mismo lugar donde viviera su añorado y único amigo. Los siguientes años transcurrieron de la misma forma y el declive de la propiedad se hizo cada vez más patente. El joven señor delegaba en manos de sus abogados los asuntos de la hacienda y poco a poco perdía toda su fortuna. Los pocos empleados que quedaban en la finca permanecieron leales por el respeto que les merecía la memoria de la señora Dammere. Cuando el chico cumplió los dieciocho años la cosa empeoró. Cada vez se le veía menos por la casa y sus salidas eran mucho más regulares y largas. Habían


días que no se sabía nada de él, llegaron a ser hasta semanas. Se especulaba con la posibilidad de que algún día decidiera seguir el mismo destino desafortunado de su padre, pero siempre volvía. Ese mismo invierno surgieron los primeros problemas en la comarca. Se incendiaban propiedades sin causa aparente, desaparecía gente y muchos hablaban aterrorizados de una presencia fantasmal en los bosques. Un día encontraron al lado de un cercado a un hombre, parecía que le hubieran pasado por encima un escuadrón completo de caballería y su piel presentaba múltiples síntomas de quemaduras. Se especuló con que fuese el misterioso “fantasma” que quemaba los sembrados y que en un despiste había asustado con el fuego a su propio caballo, provocándose la muerte de una manera accidental. Su rostro era del todo irreconocible, así que mucha gente se acogió a esa descabellada teoría. Pero más tarde aparecieron otras víctimas en similares circunstancias, precisamente muchos de los que se había denunciado su desaparición. La desesperación se apoderó de la comarca cuando se pudo determinar que el primer cadáver pertenecía al párroco del pueblo, un inofensivo y devoto octogenario que gustaba de pasear bajo las estrellas. Pronto se organizaron las primeras batidas por toda la zona para determinar quién o quienes podían estar cometiendo tales atrocidades. Sólo sabían que buscaban a uno o varios jinetes que presumiblemente portaban antorchas para sembrar el pánico entre las pobres gentes. El invierno hizo mucho más complicada la búsqueda. Estaban cayendo las primeras nieves y rodeados de aquella inmensa espesura blanca cualquier sombra se tornaba amenazadora. Con la primera luna llena de diciembre dieron por fin con su misterioso asesino. En la distancia divisaron una montura que se alejaba de ellos, dejando tras de sí una ligera estela de fuego. Lo persiguieron durante horas sin lograr reducir la distancia, pero tuvieron la suerte y la destreza de acorralarlo en una zona que le ofrecía como única salida una inmensa caída al mar. En el mismo punto donde saltase Lord Willhem Dammere se precipitó al vacío y se estrelló contra las rocas. Algunos de los perseguidores durante un momento dudaron si acercarse o no al borde, temían haber estado persiguiendo a un verdadero fantasma. Unos pocos atrevidos se asomaron y creyeron ver el cadáver de un gran caballo negro con las crines llameantes. Pero cuando lograron bajar a la playa descubrieron sorprendidos el cuerpo desnudo y muerto del joven Dammere. Ni rastro de la montura por ninguna parte. El viejo parecía haber terminado su relato e intentó incorporarse para poder mirar a los ojos a todos sus oyentes. Aquello le venía atormentando durante años y ahora que estaba en su lecho de muerte sabía por fin lo que había pasado, ahora lo comprendía del todo. Encontraría la paz tras su revelación. Antes de morir dijo: “Ese maldito loco, orgulloso y prepotente egoísta… Aquella condenada noche cuando cabalgaba se acercó tanto a la muerte que pudo susurrarle al oído, pactó con ella y con el mismísimo diablo. La salvación de su único hijo no le pareció suficiente y pidió que se salvara también el pequeño potro. Lo que no se esperaba es que nunca jamás a cambio de un alma se pueden salvar dos. Y no se puede vivir sin alma.”


¿ C a n s a d o d e q u e e l l i cá n t r o p o d e l v e ci n o r e v u e l v a t u bas u r a? ¿ Ha r t o d e l a s v i s i t a s v a m p í r i ca s a a l t a s h o r a s d e l a n o ch e ?

Todo esto forma parte del pasado

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El beso

Ariane DĂŠniz Sieling


Escenas de cementerio Fotografías: Amiz Texto: Rubén Porto


CORRE CAPERUCITA


FRANCESCA WOODMAN: “Y UN DÍA MÁS DESPERTÉ SOLA EN ESTAS SILLAS BLANCAS.”

Aarón Moreno Borges

“El niño es el sujeto creador del saber.” ­ Rogelio Botanz, músico y profesor. “Me retrato a mi misma porque paso mucho tiempo

sola… y porque soy el motivo que mejor conozco.” ­ Frida Kahlo, pintora.

“Si una obra se convierte en algo demasiado legible, no es arte, sino propaganda.” ­ Andrés Serrano, fotógrafo.

Retrato de Francesca Woodman

“El cuerpo cuenta cosas que tienes que escuchar y

saber transmitir.” ­ Masu Fajardo, performer.

“Coged las rosas mientras podáis, Veloz el tiempo vuela.

La misma flor que hoy admiráis,

mañana estará muerta.” ­ Walt Whitman, poeta americano.

En diez palabras comienza y termina todo. Su vida está en todas sus fotos, a

pesar de que nunca son narrativas.

Entender a Francesca Woodman no es fácil. De Helena Bertelius, creativa, leí alguna vez: “En el arte se generan

imágenes que en el fondo son violentas

Autorretrato a los 13 años

por su aplastante evidencia. La evidencia de ser el espejo de nosotros mismos.” Esto empataría con la volubilidad de Francesca porque su presencia “es como la tarántula en


su momento de seducción.” Fernando Castro Flores, crítico de arte, esboza su parecer: “Su corporalidad se integra en

estancias inquietantes. Pretende desnudar sus obsesiones. Todo ello con la idea de la

ausencia, la melancolía, la ansiedad. Su

One thing an angel #1

obra es una biografía cifrada.” Y en

palabras de Rubén Martínez, gestor cultural: “Los verdaderos creativos se mueven por motivaciones internas, no por dinero.” En definitiva, por sus obras la conoceréis.

Francesca, es generación espontánea, remueve por dentro a través de sus fotografías,

con su abnegación, su entrega y su desespero. Despliega una mirada como espacio de

posesión, sólo por eso ya merece la pena conocerla, su vida y obra. Es sumamente genial pervertir el orden habitual. Si te pasas, ya no vale. Se expuso totalmente para

desaparecer, y aún así está, huelen sus fotos, la ves y te comunica: tic­tac, tic­tac, tic­ tac…

Francesca Woodman nació el 13 de abril, en 1958 en Denver (EEUU) y se suicidó a los 22 años en Nueva York, tras una depresión (motivo de una ruptura sentimental y de las malas críticas hacia su obra). El 19 de enero de 1981 derritió la vida, tirándose de la

ventana de su estudio en el East Village neoyorquino para convertirse, o eso se dijo, en

una artista de culto. Memoria cultural, así es Francesca, la vulnerabilidad de un cuerpo,

de un yo en la apabullante contemporaneidad. “Lugar otro y real que alberga lo imaginario” ­ dice la Heterotopía ­ “El principio de la realidad vigente.” Aquella

noche sigue envuelta en el misterio. Antes de suicidarse, en una carta a un amigo

de

la

escuela,

escribía

las

siguientes palabras: “Y un día más desperté sola en estas sillas blancas. Un instante entre muchos, una transición hacia otra historia. Todo lo demás es un

universo sugerido. Un cuento misterioso y evocador. Fin de la historia.”


Sus padres tardaron años en metabolizar, cicatrizar y convivir con el dolor. Sólo en 1986, a partir de ese año, organizaron la primera exposición fotográfica póstuma

en memoria de su princesa. Los primeros años sólo exhibieron las imágenes que la propia Francesca había

revelado y elegido, pero tras ver el interés que despertaban, accedieron a positivar nuevas piezas,

aunque con cuentagotas. Su legado artístico se compone de unas 800 fotografías a pesar de su corta vida.

Untitled

Providence, Rhode Island

1975­1978, EEUU

Francesca se analiza, pero no se cuenta, ni se revela.

La historia del arte es algo que los artistas descubren y ante la cual intentan reaccionar. Woodman no fue un

genio inculto que brotó de repente. Su gran capacidad fue transformar su compromiso con

la historia del arte y sus influencias en imágenes que eran algo más, no sólo simples imágenes. Obtuvo

de

sus

padres

(ambos

artistas

reconocidos) sus primeras influencias, de tal

forma que, desde pequeña, lo conceptualizó no sólo como un modo de vivir, sino más bien

como un modo de pensar. Pasó gran parte de su infancia entre Estados Unidos e Italia. En la

campiña florentina vivió en una granja con sus padres: Betty Woodman, ceramista y escultora, y George Woodman, pintor y fotógrafo.

La niña del ojo, enraizamiento creativo, de la perspectiva del arrebato, colgada en plena

pausa, dejarse hacer, jamás hacer sin más.

Fotograma cauterizador en un vacío por todas

Francesca Woodman

Providence, Rhode Island 1975­1978, EEUU

partes. Eso evoca Francesca. Si bien sus imágenes revelan una fascinación estética por

la muerte y la decadencia, materializada en casas decrépitas, flores secas y paredes desconchadas, sus imágenes no sólo se mantienen ajenas a la desesperación que precede un suicidio, sino que rezuman vitalidad, energía, poder y ansia de


experimentación. Como muchos artistas, que descubren el arte a temprana edad, cayó bajo la influencia del surrealismo, siendo la unión gótica de sexo y muerte un tema constante en su trabajo. Juventud y ambigüedad se dan de la mano.

“Un día más desperté sola en estas sillas blancas” ­ Francesca Woodman nació para

morir, una mancha roja en papel claroscuro. Púber, pupilla estimulante. Su interés por

la fotografía surgió a una edad muy temprana, con solo 13 años queda claro un estilo

Self­deceit #1, 1978, Rome, ITALY

propio indiscutible, y mucho potencial por delante. Esa luz…ahí empezó con sus primeros trabajos, ya adoptando un estilo característico, casi siempre fotografiando en blanco y negro. Su obra consiste en retratos de mujeres en blanco y negro, siendo ella

misma la modelo en muchas ocasiones. El cuerpo es uno de los temas centrales de su fotografía; las figuras humanas aparecen borrosas, perdidas en la sombra, parecen

formar parte de las salas invadidas por el deterioro. El encanto de la vieja casa donde

vivió en Italia tuvo gran influencia en las ambientaciones que escogía para tomar sus fotografías; techos altos, paredes descascaradas, muebles viejos. Su visión no tiene nada

que ver con la fotografía de guerra de Robert Capa, el espíritu documental de Cartier­ Bresson o las inquietudes de Diane Arbus. Pero nunca llegó a ganarse la vida como fotógrafa. La artista se formó en Italia e intentó dedicarse profesionalmente a la

fotografía a su regreso a Nueva York, pero los editores de moda rechazaron su trabajo Eso sí, su universo estaba hecho de estudios y crecimiento, artístico y personal, recibió una formación artística muy completa, de ahí los ecos surrealistas de sus imágenes. Hablaríamos más de una unión al género autodidacta y a la experimentación. Abstracción; transición hacia la figuración, como muchos artistas de la época reflejan.


Pero Francesca iba a más, un paso por delante a tan temprana edad.

Alcanzó la fama póstuma con sus fotografías en blanco y negro donde la principal

modelo

excepciones.

Se

era

ella,

identificó

salvo

con

el

surrealismo y el futurismo, que desde entonces

ganaron

presencia

en

sus

fotografías, así como la decadencia,

representada en las paredes desnudas y los

Self­deceit (series of 5) 1978 – 1979, Rome, ITALY

objetos

comenzaron “Francesca

antiguos

a

poblar

escribía

que sus

cosas

también

sobre

apunta George, su padre, en pequeños

Temática diversa; mujeres perdidas en los bosques o en una habitación anodina, una especie de ninfa

contemporánea en la orilla de un

río, personajes misteriosos tapados tan sólo con una máscara de conejo, realizadas

con

exposiciones largas y ejercicios de estilo.

Reciprocidad emocional,

Experimentación.

entre

persona

persona genital. Francesca

persona

anodina

Woodman

y

vivió

convencida de que tenía un destino.

Para muchos está cifrado en sus

fotografías, para otros está oculto

su

mundo personal, que viajaba con ella…” ­ diarios.

instantáneas

trabajos.

From Space Providence, 1975, EEUU


en ellas. Francesca se suicidó en 1981 a los 22 años, saltando al vacío desde una ventana de su estudio en Manhattan. Tan sólo ella conoció los motivos reales que le llevaron a

acabar con su vida. Días antes entregó una carta a un amigo en la que decía: “Mi vida en

este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones en vez

de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas.”

Más que retratar su cuerpo (“convertir lo vulgar en excepcional y lo vacío en

significante” ­ Masu Fajardo, performer), Francesca retrató su mente. Sus miedos, los sentimientos, el desasosiego y la

It must be time for lunch now 1979, New York, EEUU

angustia que siempre la acompañaban. En

sus diarios se descubre su fragilidad, su relación con las drogas y los desamores,

pero sobre todo una ambición desmedida.

Francesca era hermosa, vivaz y atractiva. Era también sumamente demandante: de sus

amigos, de sus amantes y de ella misma. Necesitaba y esperaba el reconocimiento público, que sólo vino después de su muerte, la inherente paradoja de su vida.

A pesar de su breve vida Francesca Woodman tuvo una gran influencia en las generaciones posteriores de fotógrafos. La observaremos, si prestamos atención, en los amaneceres con halo, en los remolinos en el aire y en las olas de un mar de nubes.

Fuentes consultadas:

http://es.wikipedia.org/wiki/Francesca_Woodman http://elblogdesibyla.blogspot.com http://www.lomography.de/

http://www.artnet.com/artists/francesca­woodman/ http://giantwavecrests.blogspot.com

http://www.elpais.com/articulo/portada/espejo/roto/elpepusoceps/20080316elpepspor_4/Tes


Muñeca de Porcelana Me aterra mirar tus grandes ojos fijos, indolentes, reminiscencia de un alma escondida tras palabras vacías, esencia inerte de la voz que las pronuncia. Vacuos sonidos, destellos de alguna verdad incompleta, tan efímera como esa sonrisa impresa en tus facciones. Espejo del desasosiego de un alma marchita que golpea gota a gota salando las entrañas ¿Cuánto de ti, muñeca, soy yo ahora? ¿Cuánto de mí esconde tu rostro inmutable? Salvadora Luján

fía: Fotogra

Alejandr

a Alluev

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Un baile con la muerte Ana BelĂŠn GonzĂĄlez Herrera


EAU D'MORT Un paseo por el parque...

Una cena romรกntica...

Una velada a la luz de la luna...

...Todas las noches pueden ser Tu Noche...

Eau D'Mort. La esencia de los No Muertos.


Dentro del Vagón cabe todo tipo de arte, por eso te invitamos a participar enviándonos tu aportación desinteresada (escritos, ilustraciones, fotografías, etc.) a elvagondelasartes@gmail.com. Se aceptará todo tipo de expresión artística siempre y cuando sea inédita. Entendemos como inédito todo lo que no haya sido publicado, tanto física como digitalmente. En cuanto a las aportaciones escritas, no deberán superar las tres páginas. Las aportaciones fotográficas e ilustraciones tendrán que enviarse en formato JPEG sin que sobrepase 6 MB por archivo. Los colaboradores podrán enviar hasta cuatro originales de los cuales sólo se publicará uno. El comité editorial valorará las aportaciones y hará la selección. Se contactará, mediante correo electrónico, con los autores de los trabajos elegidos para su publicación en la revista y para posibles correcciones.


Pr xima estaci n . . .

Hasta pronto . . .

El Vagón de las Artes Nº3  

Tercer número de la revista cultural El Vagón de las Artes.

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