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El Salmón Revista de poesía

Primera entrega

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el nacional

papel literario sábado 3 de noviembre de 2007

Patología actual de la poesía venezolana Un grupo de novísimos poetas surge en la escena de las letras venezolanas. Han llegado con un proyecto bajo el brazo: El Salmón, un espacio para pensar y preguntar por la poesía, para leerla y debatirla. Papel Literario abre sus páginas al impulso de nuevas energías  Santiago Acosta y Willy McKey

G Santiago Acosta

(San Francisco, 1983) es Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, donde actualmente cursa la Maestría en Literatura Venezolana. Detrás de los erizos, su primer poemario, fue ganador del Concurso para Obras de Autores Inéditos 2007, promovido por Monte Ávila Editores.

Willy McKey

(Caracas, 1980) estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela. Tuvo una incursión breve en la edición universitaria con el colectivo experimental Imprima no Deprima y El Colgado (Premio al Mérito Estudiantil UCV - 2005). Su primer poemario, Vocado de orfandad, fue ganador del Concurso Literario de Fundarte 2007.

En un momento en que nuestra literatura vive una suerte de renacimiento de su narrativa, resulta oportuno preguntarse en qué estado se encuentra, más que la nueva poesía venezolana, la tradición poética nacional. El Salmón presenta una lectura sintomática de los espacios posibles para la legitimación de nuestra poesía. Existen al menos dos tipos de lectores de la poesía venezolana: el investigador académico o el crítico profesional, y otro más común que se conforma con lo que encuentra en las librerías

comerciales de la ciudad. El segundo siempre está satisfecho. Siente que los poemas son canciones para enamorar, para aprender a vivir o para cultivar el espíritu. Por lo general su gusto va dirigido instintivamente hacia el discurso poético que no oculta su sentido, que no pone en riesgo su propia capacidad de ser comprendido para echar luz sobre aquello que sólo puede nombrarse desde la oscuridad, desde lo hermético o el silencio. Aunque sea aventurado decirlo, el investigador académico o crítico profesional de la

poesía venezolana también está satisfecho. Su labor es importante y puede hablar con autoridad cerca del centro del minúsculo círculo de nuestra literatura, porque sabe y ha estudiado y lo ha leído todo. Sus quejas no tienen que ver con el día a día de la poesía venezolana; su incomodidad está en la historia y sólo se pelea con fantasmas. En el punto medio entre ambos existe un tipo de lector que aún no es tan disciplinado como el primero pero es mucho más entusiasta que el segundo. Para

él la poesía está entre la disciplina y el desorden, entre la “labor” y la afición, entre el interés y el escalofrío. Lee por la emoción, para probar el vértigo, la locura en las palabras, la espina en la voz. Quiere tener las obras completas de sus poetas más queridos, pero lo único que consigue son antologías cojas, cotas falsas, estantes vacíos. Este es el lector que más sufre con la situación de la poesía venezolana. No estamos hablando únicamente de la calidad de la producción actual; lo que en realidad nos incomoda


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es la ausencia de espacios de legitimación para la palabra poética, el olvido total en que caen muchos de nuestros poetas, el silencio y el desorden de las editoriales, revistas y suplementos y la lacónica presencia de la poesía en los eventos literarios y centros de especialización académica. Éstos son los síntomas que nos indican que la poesía ha quedado relegada casi a la región de lo accesorio, lo prescindible. * Colecciones notables como Altazor, de Monte Ávila, han perdido el concepto de tal manera que miden una voz joven como la de Domingo Maza Zavala con la misma vara que a Sánchez Peláez, Hanni Ossott o Luis Alberto Crespo. La excedida flexibilidad editorial de El perro y la rana torna confusos sus territorios de acción. Las iniciativas como la colección Pequeña Venecia desaparecen sin despedida. Las buenas intenciones de una editorial como El otro, el mismo se eclipsan en ediciones mal cuidadas y con pésima corrección (del mismo mal sufre bid&co). Afortunadamente, algo brindan Equinoccio, los poetas editores (como Enrique Hernández D’Jesús e Igor Barreto) y las librerías de viejo. Perdónennos cualquier olvido, pero más o menos así se arma una biblioteca básica de poesía venezolana. * Tiene un matiz de candidez encontrar en la Web los restos del archivo digital que una extinta Verbigracia dejó colgado como huella antropológica: “es un espacio periodístico consagrado a la revisión y debate exhaustivo y actual de las ideas en los distintos campos del saber”. Papel Literario es el último espacio tradicional para la revisión de la palabra literaria (y a veces la no-tanto), que precisamente por su naturaleza de suplemento no puede atender las dinámicas de la poesía con el detenimiento debido. Los espacios en las revistas independientes agradecen

esos esfuerzos individuales que conservan la fe en el género… pero sufren en la distribución. Las revistas institucionales (por ejemplo, Revista Nacional de Cultura, Poesía) se anquilosan en un ejercicio excesivamente fraterno, más dedicado al abrazo que a la crítica. Las revistas culturales de alta circulación (Plátanoverde, Veintiuno…) maltratan al texto poético de formas diversas, siendo la más habitual esa manía reciente de ver al texto como un “elemento gráfico” y no como un discurso en funcionamiento. * Ser oyente de ponencias y lector de poesía son vocaciones que deben llevarse por separado en nuestro país. Salvo en las convocatorias editoriales para hacer bibliográfico y público el resultado de un concurso o las presentaciones de títulos (como Equinoccio, que en Papiros ha generado un nuevo espacio para todos los géneros literarios), pocas veces se puede poner en ejercicio una mesa que tenga la poesía como eje. Si se trata de un homenaje póstumo, siempre tardío, es seguro que se antepondrá el discurso elegíaco al crítico. * En la reciente VII Bienal de Literatura “Mariano Picón Salas” fueron siete las mesas dedicadas a la reflexión en torno a la narrativa: Horizontes de la nueva narrativa hispanoamericana; La voz de las escritoras venezolanas del siglo XX; Alrededor del cuento; Invenciones de la realidad; Nuevas poéticas narrativas (a la una), Nuevas poéticas narrativas (a las dos), Nuevas poéticas narrativas (y a las tres): tres mesas dedicadas a explorar lo novedoso en el universo del cuento y la novela. Para la poesía, apenas el trillado recital. Ni el debate para confrontar nuevas poéticas ni los horizontes de la nueva poesía hispanoamericana, por mencionar un espacio pensado con tanto interés para los narradores invitados a Mérida.

Cabe destacar que la bienal tenía como homenajeados a José Barroeta y Elizabeth Schön: poetas. Noticia aparte, Gabriela Kizer ganó con Tribu el Premio Internacional de Poesía “José Barroeta”, mientras el Premio Internacional de Novela Corta “Julio Miranda” fue declarado desierto. * Nos molesta el fetiche editorial que quiere estampar en todo la marca del siglo XXI, pretendiendo sacar de la nada una “nueva literatura”, como si ésta fuera un pálido conejo y el siglo XXI el fondo de un oscuro sombrero de mago. Las nuevas literaturas surgen cuando lo merecen, no importa cuánto las halemos por las orejas. * “Leer para comprender el mundo” es el eslogan de la Feria Internacional de Libro de la Universidad de Carabobo. Con base en él, debemos comprender el mundo como un lugar aún dividido por el asunto del género (no en sentido literario, sino en el estrictamente biológico). De nuevo los recitales colocan la palabra de la mujer de un lado y la del hombre del otro: la poesía femenina convertida en dimensión obligada (Edda Armas, Piedad Bonnet y Yolanda Pantin en un recital) y la paródica posición de lo masculino agrupada en otro día, otra hora y otro salón (el de las mujeres, incluso, estaba programado en el Salón Ida Gramcko). Ver el programa de las mesas en la VII Bienal Mariano Picón Salas (y el programa de cualquier cita literaria tradicional) delata que esta separación genérica de las autorías no es un accidente, sino un mal hábito en el cual, hay que decirlo, las autoras deben compartir las culpas. * Quienes se atreven a tocar el tema de los colectivos con honestidad (siempre en un café y nunca en una mesa de debate) emiten este galimatías: “no están dadas las condiciones”. Desde el grupo Tráfico y Guaire, entonces, no están dadas las condicio-

"A muchos nos resulta más que evidente el mal trato que recibe nuestra tradición poética. Las quejas que hoy presentamos (esta punta de iceberg) son incomodidades que aparecen en la cotidianidad de cualquier lector de poesía venezolana"

nes. Qué son las condiciones parece asunto tabú, pero la poesía sigue siendo inofensivamente individual, nunca gregaria, nunca común, ni siquiera generacional. A veces vuelve a surgir alguna manifestación de la figura del recital, ese viejo animal que se niega a morir (o quizá confundimos con obstinación lo que no es sino su último pataleo). Pero lo que debería ser una actividad constante se ha convertido en un mero capricho esporádico. Este resto es la única expresión de colectividad que nos queda en la poesía. Hay que reconocer que el recital es una fórmula manida, de orden social y pensada para los amigos. Aún así, los espacios prestos para este rito habitual de la palabra poética (hablamos del recital que no tiene la excusa del bautizo de un poemario) cada vez son menos, siendo las librerías los últimos rincones para la palabra no-oficial. Mientras los jóvenes narradores tienen una victoria en el grupo ReLECTURA, la poesía lo último que recuerda es esa mezcla de instalación y performance uniformado llamado Poetas en tránsito. No hemos tenido noticia de ningún grupo de poetas que presente una propuesta digna de atención, un colectivo

que considere seriamente la elaboración de una obra capaz de sobrevivir los límites del instante en que se produce, que no se evapore en un estéril tremendismo urbano. * La fraternidad es el pecado y la omisión su indulgencia. Las reseñas se han vuelto artimañas llenas de evasiones porque quien escribe es amigo antes que lector. Nuestra crítica ha devenido felicitación, gesto. Nos fascinamos cuando argentinos, mexicanos y españoles critican un verso de Montejo, la obra de J. R. Medina (más allá del “le debemos la Biblioteca Ayacucho”) o la orfandad editorial de Hanni Ossott. Vemos hechizados al extranjero mientras habla de su literatura nacional con juicios de valor fundamentados. Ingenuos, confundimos la honestidad con la audacia. ¿Cuándo aprenderemos que una reseña no es una contraportada? * A muchos nos resulta más que evidente el mal trato que recibe nuestra tradición poética. Las quejas que hoy presentamos (esta punta de iceberg) son incomodidades que aparecen en la cotidianidad de cualquier lector de poesía venezolana, en sus conversaciones de pasillo y de café, como una gruesa y amarga cola que se arrastra desde hace años. Por eso hemos decidido ocupar durante las próximas cuatro semanas un espacio, generosamente cedido por Papel Literario, para articular y dejar registro de una necesidad de releer, revisitar y reconocer nuestra poesía. A estas alturas no parece prudente tomar una actitud adánica frente a estos asuntos. El gesto renovador siempre esconde la intención de borrar la tradición de un plumazo. Quisiéramos remontar la corriente de nuestro patrimonio poético, por gusto, por saber dónde estamos parados y hacia dónde debemos (o pudiéramos) ir. Aún queda mucha agua por recorrer.


El Salmón Revista de poesía

Segunda entrega

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Antologopatía, antologofrenia y antologofilia El análisis de la realidad editorial de la poesía venezolana es el eje de esta segunda entrega que El Salmón presenta como parte de su particular revisión sintomática del género que los ocupa. Papel Literario vuelve a ceder un espacio a la reflexión iniciada en nuestra pasada edición, difundiendo las nuevas lecturas de nuestro presente literario  Santiago Acosta y Willy McKey nadie le puede impresionar la afirmación de que muchos de nuestros más grandes poetas han caído en el olvido. Pero no hablamos sólo de la crítica literaria (que en su expresión más seria se esfuerza por explorar nuevos territorios), sino de las editoriales, que parecen no darse cuenta de que se han agotado los títulos de sus catálogos. En un país como el nuestro, cuya tradición literaria se ha formado a fuerza de tirajes reducidos, la reimpresión se convierte en una urgencia constante. Se sabe que las editoriales intentan combatir este problema mediante la elaboración de antologías poéticas, pero éstas en el fondo no suelen tener otro efecto que hacer que el lector extrañe lo que no ha sido incluido en sus páginas. Lo más común es que las antologías sean, más que un ejercicio de selección, uno de supresión arbitraria de poemas. Normalmente el compilador intenta justificar sus propias injusticias, aplicando la fórmula del “toda antología es siempre incompleta”. Si esto es así, ¿para qué seguir haciendo antologías?, ¿de qué nos sir-

A G "El lector, maniatado por la medi no tiene más remedio que conformarse con un libro trunco cuyos vacíos son imposibles de rellenar"

ve una selección de poemas?, ¿es que acaso creen que un poemario puede mutilarse sin que sufra el sentido de su mismo conjunto? El lector, maniatado por la mediocridad tiránica de ciertas editoriales, no tiene más remedio que conformarse con un libro trunco cuyos vacíos son imposibles de rellenar.Ya ni siquiera podemos recurrir a las bibliotecas públicas, llenas de cotas falsas y ausencias en los anaqueles. Una cosa es editar una selección de textos de José Antonio Ramos Sucre, Juan Liscano, Víctor Valera Mora o Rafael Cadenas, poetas cuyas obras completas pueden comprarse actualmente en varias librerías del país, y algo muy distinto es publicar una “obra incompleta” de un poeta cuyos libros están agotados. Existe por parte de las casas editoras el temor profundo (quién sabe si por razones comerciales) de ofrecerle al público una colección de obras completas de nuestros poetas. Por ejemplo, si Hanni Ossott es una poeta de un valor incalculable para nuestra tradición, ¿por qué Monte Ávila Editores, siendo capaz de recolectar todos sus poemarios, se limita a hacer

apenas una antología? Este volumen, aparecido recientemente en la colección Altazor, bien hubiese podido ser una obra poética completa, pero a alguien le pareció exagerado añadirle unas cien páginas más. Lo mismo ocurre (aunque no sabemos si por petición de los mismos autores) con las antologías de Reynaldo Pérez So, Carlos Contramaestre, William Osuna y Elizabeth Schön. ¿Para cuándo se va a dejar la publicación de las poesías completas de Ramón Palomares, Alfredo Silva Estrada, Guillermo Sucre, Eleazar León, Eugenio Montejo, Lucila Velásquez, Ida Gramcko, Caupolicán Ovalles, Gustavo Pereira o Juan Calzadilla? ¿Cuándo se reeditará a Hesnor Rivera, Emira Rodríguez, MiyóVestrini, Luis Fernando Álvarez, Enriqueta Arvelo Larriva, Pablo Rojas Guardia, Salustio González Rincones, José Tadeo Arreaza Calatrava, Igor Barreto, Jacinto Fombona Pachano o Luis Camilo Guevara, entre otros? Por estas y otras razones resulta tan satisfactorio para los interesados en la poesía venezolana poder disponer nuevamente de un material que hace décadas se encuentra agotado en las librerías. En este sentido, la editorial El

otro el mismo, dirigida desde Mérida por Víctor Bravo, ha desempeñado una labor importantísima para la poesía venezolana. Desde hace unos cuatro años, cuando comenzaron a aparecer en las librerías los primeros volúmenes, los lectores venezolanos recibimos con sorpresa y gratitud las obras completas de poetas como Luis Alberto Crespo, Reyna Rivas, Patricia Guzmán, Márgara Russotto, Armando Rojas Guardia y José Barroeta. Para muchos significó la posibilidad de leer por primera vez poemarios agotados desde hacía mucho tiempo. Se pierde de vista el valor que tiene para nuestra literatura una colección de poesía venezolana que se decida por editar obras completas y dejar atrás la vieja manía de compilar antologías. Pero pronto nos dimos cuenta de que los libros de El otro el mismo no habían sido preparados con suficiente cariño. Reseñas biográficas impresas en letra roja y oscura sobre fondo negro (Aún no, de Esdras Parra; Con el ala alta, de Patricia Guzmán); índices incompletos (Obra poética de Luis Alberto Crespo); y decenas de páginas repetidas (Obra poética de Márgara Russotto), y un pro-


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sábado 10 de noviembre de 2007 papel literario

ceso de corrección plagado de fallas son algunos de los gazapos que pueden encontrarse sin esfuerzo en los tomos de poesía. Además de echar de menos un mayor cuidado por parte de los editores de El otro el mismo, se nos hace difícil comprender el criterio con el cual seleccionan a los autores que serán publicados. ¿Por qué José Antonio Castro, Joaquín Marta Sosa, Rafael Arráiz Lucca y no Ramón Palomares, Alfredo Silva Estrada o Francisco Pérez Perdomo? No decimos que los primeros no lo merezcan, pero se nota un desequilibrio alarmante en la lista de prioridades de dicha editorial. El único diagnóstico posible es la torpeza editorial como estigma nacional. Por eso mencionarle a cualquier crítico el nombre de Luis García Morales es revivir una memoria sorprendida; por eso conocer Linos, de María Clara Salas, o Cruce de caminos, de Eleazar León, o La mirada, de Guillermo Sucre es prácticamente imposible; por eso Igor Barreto sólo consigue complicidad en su hermoso gesto tanatorio de Los amigos del Santo Sepulcro (quizás los títulos de poesía mejor editados en la oferta librera nacional); por eso conseguir un ejemplar de Guayabo de Gabriela Kizer, editado por Enrique Hernández D’Jesús en Colombia, es una aventura imposible. Reconozcamos de una vez que no es un asunto que se limita al olvido de la poesía de años atrás, sino una tara que arrastramos, un lastre aojado, un mal hábito que hace sufrir al género. Todo aquel que tenga conocimientos básicos de edición y estándares internacionales sabe que un tiraje de mil ejemplares no es suficiente para que un libro se considere “editado”. Para los efectos

implacables de la mercadotecnia, la mitad de la literatura venezolana no existe. Mientras eso sucede, las editoriales estadales ponen en evidencia un apetito pantagruélico que es capaz de editar hasta un libro por día, pero incapaz de articular un verdadero esfuerzo conceptual e investigativo que logre estructurar —sin la habitual diáspora de series, colecciones y obras mutiladas— nuestra tradición poética. En tiempos que se pretende la integración latinoamericana, no tenemos más que una biblioteca básica de autores (con todos los pecados de los cuales ya hemos acusado a las antologías) para acercarnos al resto de las literaturas latinoamericanas: eso en un país que concibió la Biblioteca Ayacucho. Por otro lado, se pierden oportunidades maravillosas para estimular la curiosidad de un público posible que haga “viable” la reedición de estas voces olvidadas. En este mismo suplemento, en la pasada edición del 20 de octubre, Antonio López Ortega da cuenta de un dossier de literatura venezolana hecho por él y que —enhorabuena— publicó la Hofstra Hispanic Review. Allí, López Ortega señala que nuestra poesía “goza de una proyección editorial creciente, lo que ha traído consigo una valoración crítica que no se conocía y que hoy depende en gran medida de factores externos”. Diferimos: él se maravilla con una edición de Siruela de Las formas del fuego de J.A. Ramos Sucre, con Sánchez Peláez en Lumen (obviando la curiosa presencia en esa colección de José Ramón Medina, título que por cierto la filial de Random House no tiene ofertado en su página Web, como si sólo se comercializara acá en el país), con Eugenio Montejo

y Rafael Cadenas en Pre-Textos, más la honra merecida, extranjera y tardía a la poesía de Hanni Ossott y José Barroeta. Eso, al parecer, es algo con lo que la poesía debe pavonearse delante de cualquier otro género literario. Obvia López Ortega que Alfaguara y Random House Mondadori tienen oficinas en el país y están editando las novedades de nuestros narradores, mientras los gestos que ha tenido la maquinaria editorial trasnacional referida en su dossier tienen sólo dos voces vivas: Cadenas y Montejo, teniendo el primero cerca de quince años sin publicar poesía. De nuevo la fascinación por los espacios de legitimación en ultramar y la mención somera de lo que filiales editoriales han hecho por la narrativa de nuestro país (iniciativas que han beneficiado, entre otros autores, al propio López Ortega). El resumen publicado en Papel Literario del referido dossier es más una lista de lo que se puede conseguir en las librerías y no de nuestra literatura: se hace de 14 narradores (10 de ellos vivos y escribiendo) y 11 poetas (6 de ellos muertos) para definir el gentilicio. Incluso, es la voz de María Antonieta Flores (1960) la referida como “una de nuestras más jóvenes escritoras”, injusta muestra de la nueva poesía si consideramos que la selección de López Ortega incluye un relato de Rodrigo Blanco Calderón (1981). Y allí un síntoma compartido con la narrativa: la publicitada obra de Blanco Calderón (ganador del Concurso para Obras de Autores Inéditos 2005, de Monte Ávila Editores) debe parte de su éxito a cuidar la condición de inédito como un tesoro, pues ésa es la única estrategia posible de los novísimos es-

evento

Diálogos no fraternos Queremos remontar la corriente de nuestro patrimonio poético: por gusto, por saber dónde estamos parados y hacia dónde debemos (o podemos) ir. El Salmón. Revista de poesía, inicia una serie de Diálogos no fraternos, con la intención de invitar a la revisión colectiva y pública de la tradición poética venezolana y nuestra actualidad. Lejos de las ponencias catedráticas y del manido recital, queremos que la dinámica natural de estos encuentros sea una conversación honesta, abierta, franca. El primer diálogo será una aproximación a lo que fue el proyecto poético del grupo Guaire, las circunstancias que lo motivaron y un cuestionamiento crítico al pasado y presente de sus obras. Los poetas Rafael Arráiz Lucca, Alberto Barrera Tyszka y Leonardo Padrón —miembros del grupo que motiva este primer diálogo— conversarán con los jóvenes escritores Santiago Acosta, Willy McKey, Edmundo Ramos Fonseca, Ricardo Ramírez y Giuliano Salvatore. Futuras entregas esperan hacer posible los encuentros con el grupo Tráfico y el colectivo Poetas en tránsito. Diálogos no fraternos: el proyecto poético de Guaire Sábado 17 de noviembre. 10:00 a.m. Sede de El Nacional. Los Cortijos

critores. Sólo así, en caso de triunfar en alguna de las diversas convocatorias que se abren para quienes conservan su virginidad editorial, es posible captar el interés de alguna editorial para un segundo título. El otro camino, la vía ajena al concurso, la obra poética presentada sin los debidos mecanismos de legitimación de un jurado, o sin padrinazgos, sufre un camino accidentado. Editar, entonces, cuando no es un premio es casi un favor. Por eso, si existe algo editorialmente parecido al éxito que describe López Ortega en su dossier, es que académicos y editores foráneos encontraron unas voces poéticas de altísima calidad que, gracias a nuestro descuido editorial, aún conservan casi intactos sus filones

potenciales de trabajo, de exploración y de fascinación. Pero sólo con una oferta editorial decente será posible trabajarlas acá, en casa… mientras, seguimos dependiendo “en gran medida de factores externos”. Todos han muerto, la obra poética de José Barroeta editada por la casa catalana Candaya, es un ejemplo fiel: cualquiera de las reseñas disponibles en la página Web de una editorial que trata con tanto cuidado a sus autores puede resultar un hallazgo para un estudiante de Letras, a quien la academia y su pénsum puede dificultarle aún más el acceso a la poesía nacional. Pero ya eso sería salir de las aguas de la edición para nadar en las de la academia. Y esa materia merece otra entrega.


ab cd ef Estrabismo académico gh ij kl S mn op qr st uv wx yz

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El Salmón. Revista de poesía Tercera entrega

En esta nueva entrega de El Salmón la discusión se centra en las relaciones actuales entre poesía venezolana y academia, a través de una lectura de los síntomas que se aglomeran en los espacios de enseñanza literaria del país  Santiago Acosta y Willy McKey

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papel literario sábado 17 noviembre de 2007

papelliterario@el-nacional.com Director: Nelson Rivera. Investigación, Coordinación Editorial: Diajanida Hernández, Virginia Riquelme. Diseño y diagramación: Eduardo Medero / Mónica Mata / Ingrid Contreras. Corresponsales: Diómedes Cordero, Barcelona / Marinella Franco, Madrid / Marina Gasparini, Venecia /Michelle Roche, Nueva York.

i se le pregunta cómo fue la enseñanza que recibió en cuanto a poesía venezolana a alguien que haya pasado por las escuelas de Letras de la UCV, UCAB, ULA o LUZ, o por cualquiera de las maestrías en literatura que pueden cursarse en el país, la respuesta siempre es tibia. El denominador común son las lecturas superficiales, incompletas, dispersas. La Escuela de Letras de la UCAB propone un atractivo paseo de tres años por toda la literatura venezolana. En el programa de estos cursos se mezclan ensayo, narrativa y poesía, señalando minuciosamente escritores, períodos, libros y grupos literarios que se tratarán durante el año. Pero la realidad es otra: según el fiel testimonio de los alumnos, los cursos nunca cumplen con lo que dice el programa y las lecturas que se realizan no son demasiado iluminadoras. En la ULA la situación es casi un calco: poesía de independencia, malqueridos siglos XVIII y XIX, vanguardias poéticas y poesía de los años 60: todo por llegar a la narrativa contemporánea. Algunos docentes audaces se atreven conTráfico y Guaire (incluso, con la poesía de Marta Kornblith o Gonzalo Fragui) sin lograr sentar un precedente. La estructuración cronológica es una traba evidente para quien está comenzando a conectarse con la palabra poética. Ya Rafael Cadenas propuso, en En torno al lenguaje, que la literatura no debía enseñarse en orden

cronológico, no porque él tuviera algo contra la lógica continuidad del tiempo, sino por una cuestión de afinidad: para el lector joven será más fácil entenderse con Víctor Valera Mora oYolanda Pantin antes que con José Antonio Maitín. Entonces, ¿por qué obligarlo (en un claro afán positivista) a empezar por Andrés Bello, con la absurda excusa de que sin haberlo leído no entenderá de dónde salen las nuevas voces? El viaje inverso puede resultar mucho más revelador que un lento proceso histórico que parte arbitrariamente desde la invención de nuestra identidad. ¿Cuánto se ganaría al descubrir una tradición, antes que revisar darwinianamente nuestro genoma poético en filiaciones, evoluciones y descendencias? Otra común tara pedagógica en UCV, ULA y UCAB es que los docentes asignen una cadena de exposiciones a los alumnos a la hora de resolver la poesía nacional, liberándose así de gran parte del trabajo y convirtiendo el curso en una aburrida sucesión de ponencias. No usemos, a estas alturas, la excusa del aprendizaje colectivo en una realidad académica donde la clase magistral es evidentemente más enriquecedora que el seminario y el taller. La Escuela de Letras de la UCV se ha caracterizado por ser más abierta a las disciplinas paraliterarias, así como a los nuevos fenómenos y problemas de la literatura en el mundo. Pero no debe confundirse con libertad la ausencia de rigor. Lo que muchos agradecimos mientras hacíamos la carrera ahora lo percibimos como lagunas en

nuestra formación. Al menos así era hasta la reciente renovación del pénsum que, esperamos, remediará algunas fallas. Los postgrados de la ULA, de la USB, el Instituto de Investigaciones Literarias y la Maestría en Literatura Venezolana de la UCV son algunos de los entes que más han hecho por remediar estos problemas. Sin embargo, y quizá por falta de docentes dedicados a la poesía venezolana, la maestría ucevista sólo ofrece una materia dedicada al tema y por lo general se sufre para conseguir quien la imparta. Mientras los territorios de la narrativa se encuentran cubiertos por especialistas como Carlos Sandoval y Ángel Gustavo Infante, la asignatura Poesía no cuenta con un profesor de la misma estatura académica y dedicado realmente al género. Estas cojeras viven poniéndose en evidencia: quien desee hacerse una idea del proceso histórico de la poesía venezolana sólo conseguirá en las librerías el libro de Rafael Arráiz Lucca El coro de las voces solitarias que, según la guasa académica y silente, es de escritura torpe y datos poco confiables. Hay que reconocer que Arráiz Lucca es el único que se ha aventurado en años a publicar una historia completa de nuestra poesía, demostrando que es el último investigador verdaderamente ambicioso que queda vinculado al tema. ¿Pero quién tiene la responsabilidad de responder los supuestos desaciertos de este título? Su aparición merece una réplica inmediata de la propia academia

pero, estrábica como está, es incapaz de focalizar en la dirección correcta ¿Quién da el paso al frente con la verdad nacional puesta en formato editorial? ¿Nadie más se atreve a levantar nuestra historia poética? Otros esfuerzos están en La sociedad de los poemas muertos de Jorge Romero León (uno de los pocos títulos salidos del cuerpo docente de la Escuela de Letras UCV), el heterogéneo Nación y Literatura (que advertimos no es un estudio de literatura y nación) compilado por Carlos Pacheco, Luis Barrera Linares y B. González Stephan, y Al filo de la lectura, de Javier Lasarte. Combinados pueden dar una fragmentaria idea de la historia de nuestra poesía. De nuevo el suspiro: queda de parte de los lectores y alumnos tomar las riendas de su propia formación para sortear las dificultades que propone el estudio de nuestra poesía. Talanqueras institucionales, editoriales, académicas y hasta burocráticas siempre han sido características de nuestra nación. La poesía no se salva del contexto en que nació. El evento Diálogos no fraternos: el Proyecto Poético de Guaire, pautado para hoy sábado 17 de noviembre, ha sido postergado por razones de orden mayor. La primera edición de esta serie de conversaciones, con la presencia de los poetas Rafael Arráiz Lucca, Alberto Barrera Tyszka y Leonardo Padrón en diálogo abierto con jóvenes poetas, se llevará a cabo la primera semana de diciembre, dándole una debida difusión que alcance al público interesado. El Salmón. Revista de poesía


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El Salmón. Revista de poesía Cuarta entrega

Lejos de lamentarse nostálgicamente por lo que es inevitable, El Salmón prefiere, en esta nueva entrega, reflexionar sobre la desaparición de los colectivos poéticos y la institucionalización de las revistas literarias  Santiago Acosta y Willy McKey

el nacional

papel literario sábado 24 noviembre de 2007

papelliterario@el-nacional.com Director: Nelson Rivera. Investigación, Coordinación Editorial: Diajanida Hernández, Virginia Riquelme. Diseño y diagramación: Eduardo Medero / Mónica Mata / Ingrid Contreras. Corresponsales: Diómedes Cordero, Barcelona / Marinella Franco, Madrid / Marina Gasparini, Venecia /Michelle Roche, Nueva York.

n lugar de un código de ideas estáticas, la noción de “poética” puede funcionar como un ejercicio móvil, transfigurable y potencialmente transfigurador. Es, entre otras cosas, un medio para evaluar lo establecido con la finalidad de defenderlo o proponer algo: una nueva sensibilidad, una nueva temática, una nueva literatura. Por estas y otras razones, la mayoría de los manifiestos, grupos y revistas literarias de Venezuela han compartido esa forma brusca de tomar posición en un momento de crisis estética, ya sea para respaldar una corriente dominante, acabar con ella o frenar los cambios que se asoman. Asimismo, estos espacios han sido un territorio fértil para la experiencia grupal, gregaria, ésa que se impulsa a sí misma a través de lo público, la reacción y la polémica. No es fácil explicarse por qué se ha extinguido esa necesidad colectiva de enfrentarse a los problemas de la literatura valiéndose de la crítica y la poesía para la denuncia y el contrapunteo. Quizá se haya puesto en evidencia que la idea de escribir poesía en grupo esconde una gran contradicción: por más poderoso que pueda ser el impulso de lo colectivo, las obras verdaderamente significativas nacen de la criba individual, diferenciada. Los grupos existen para dar vuelo a ese vaivén que los críticos se empeñan en llamar proceso. En la base de manifiestos, grupos y movimientos, las revistas han funcionado como terreno común, un sue-

lo desde donde levantarse hacia ese mismo espacio de individualidad que legitima aquellas propuestas que nacieron de la experiencia colectiva inicial. El ejemplo típico es el mítico número único de la revista válvula, gracias al cual escritores como Antonio Arráiz, J. A. Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Miguel Otero Silva y Uslar Pietri encontraron sitio para la voz. Antecedentes como Cosmópolis, Alborada y la experiencia de Ramos Sucre y Cruz Salmerón Acosta con la revista Broche de oro, sumados al hito de válvula, ponen en evidencia un síntoma: los colectivos no intoxican las obras de quienes los conforman, sino que sirven como espacio eficaz para decir en común y no decir lo común, al menos cuando la palabra que eclosiona consigue en sus afueras sed de ella. ¿No fue Viernes lo que permitió divulgar a Rilke, Rimbaud, Valéry y Eliot, por agradecerle algunos? Allí estaban voces como las de Pablo Rojas Guardia, Luis Fernando Álvarez y Vicente Gerbasi, pero también la revisión que entonces resultaba imperiosa (cada manada conoce sus urgencias). Los colectivos que en algún momento lograron introducir cambios en la temática dominante (pensamos en Tráfico y Guaire, por ejemplo, que trajeron el muy necesario sentido de lo cotidiano, urbano y prosaico) pierden su valor si se estatizan en un mismo ejercicio poético por temor a contradecirse. Una vez que han logrado mitigar los problemas que denunciaban como grupo, no queda nada contra qué oponerse, por lo que pierden vigen-

cia de manera natural. Esa vuelta de sus integrantes a la tradición que criticaban, el pacto con el silencio en otros casos, gestos que muchos han visto como una traición, quizá revelen un verdadero dinamismo, una búsqueda más genuina y profunda de la palabra poética. Salvo las revistas como Babel, de Juan Riquelme, o Ateneo, de Emilcen Rivero (que no dejan de aparecer en los anaqueles de las librerías, mostrando con insistencia voces nuevas y repasando las otras), el espacio hemerográficamente posible está anquilosado. La gestión de la palabra poética está minada de asuntos que individualizan. El poeta de la actualidad se muestra agorafóbico y dependiente del favor editorial. Ya no habrá Contrapunto (ni Andrés Mariño Palacios comulgando con Héctor Mujica, José Ramón Medina, Pedro Díaz Seijas, Antonio Márquez Salas, Eddie Morales Crespo, Alí Lameda, Ernesto Mayz Vallenilla o Luz Machado), sino individuos micropublicados en la extinta revista Imagen. Ya no Cantaclaro (ni Miguel García Mackle, Jesús Zambrano o Leopoldo Sucre Figarella) sino algunos poemas de Daniel Molina o María Antonieta Flores sueltos en Papel Literario. No Apocalipsis o Cuarenta grados a la sombra (ni Miyó Vestrini, ni Hesnor Rivera) sino Cifra nueva de la ULA. Nunca más Sardio, El Techo de la Ballena o Tabla redonda (con Adriano González León viendo mecanografiados frescos de Guillermo Sucre, Luis García Morales, Elisa Lerner, Salvador Garmendia, Rodolfo Izaguirre y Efraín Hurtado; o

Juan Calzadilla junto a piezas de Francisco Pérez Perdomo, Edmundo Aray, Jacobo Borges y Carlos Contramaestre; o Rafael Cadenas acotando inéditos de Jesús Sanoja Hernández, Arnaldo Acosta Bello, Eduardo Acevedo y Jesús Enrique Guédez), sólo reseñas añejadas en la Revista Nacional de Cultura. Después de La Pandilla de Lautréamont; ¿debemos conformarnos con Poetas en tránsito? Propuestas poéticas interesantes de voces jóvenes que son afectas al pensamiento que hoy es Gobierno se han institucionalizado en el ejercicio editorial del Estado. Todo esto le dificulta al poeta, como diría Rafael Cadenas en En torno al lenguaje, ser un elemento ajeno al poder: ser contraste. Nunca el papel ni la posibilidad hemerográfica: efímeros poemas (y poetas) sueltos, placebos para el ego scriptor. La institucionalización ha mermado el poder confrontacional de las revistas literarias. Lo grupal por sí solo no es suficiente para conformar una obra poética significativa, ya que si ésta no trasciende los límites de lo gregario en un viaje inverso hacia la particularidad termina por diluirse en un vacío impersonal incapaz de transformar(se). Pero decía José Barroeta, en La Hoguera de Otra Edad (1982), que el cambio de una literatura se relaciona con las transformaciones de una sociedad. Como asegura Ángel Rama, en su Antología de El techo de la ballena (1987): el terrorismo ha concluido su ciclo y debemos convivir (reconciliados, agregaríamos nosotros) con lo que se intentó derribar.


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elsalmonrdp@gmail.com

El Salmón. Revista de poesía Quinta entrega

En esta quinta y última entrega, y luego de un repaso sintomático de la actualidad de la poesía venezolana, El Salmón presenta una posible estrategia para crear una publicación alternativa que responda a las necesidades que este colectivo entiende como urgentes. Sin pretensiones adánicas ni parricidas, esta promesa de lectura  Santiago Acosta y Willy McKey

el nacional

papel literario sábado 1º diciembre de 2007

papelliterario@el-nacional.com Director: Nelson Rivera. Investigación, Coordinación Editorial: Diajanida Hernández, Virginia Riquelme. Diseño y diagramación: Eduardo Medero / Mónica Mata / Ingrid Contreras. Corresponsales: Diómedes Cordero, Barcelona / Marinella Franco, Madrid / Marina Gasparini, Venecia /Michelle Roche, Nueva York.

os espacios alternativos siempre han sido una necesidad de la literatura. La legitimación de la palabra vinculada a la poesía (tanto la creadora como la reflexiva) puede darse a través de órganos distintos a las instituciones, las cuales en la mayoría de los casos condicionan y limitan el poder potencialmente confrontacional —y por lo tanto renovador— de la reflexión literaria. Sin embargo, en un país como el nuestro es cada vez más difícil el nacimiento y subsistencia de estas vías alternas de legitimación. Son pocas las revistas independientes que logran mantenerse en el tiempo sin desaparecer o rendirse ante el poder monetario de las instituciones. Pero lo alternativo no está obligadamente ligado a la independencia monetaria. Su cualidad de “otro”, su alteridad, radica más bien en el camino que ha decidido navegar. La reflexión en torno a la poesía debe despabilar. Si las editoriales no se incorporan más allá del elogio, que los prólogos queden para los necios. Si partimos de la creencia de que la poesía no es criticable nos estancaremos en una ausencia de criterio que sólo podrá llevarnos al silencio, ese silencio que se nota en la propia sustancia del cacareo, del bullicio adulante que paraliza el crecimiento, el desarrollo de la palabra poética. Creemos que la poesía, como todo arte, es criticable. Nuestra poesía está esperando, serena, al lector ansioso y arriesgado que sepa

“El Salmón quiere ser un espacio para la legitimación de la palabra que nos precede, la nunca reeditada, la editada, la inédita y la palabra que reflexiona en torno a todas ellas"

sacar de ella lo que tanto nos debemos. Queda una historia por ordenarse, hay diálogos pendientes, confrontaciones urgentes, reclamos inevitables y aplausos en deuda. ¿Para cuándo, si no ahora? En nuestra realidad literaria, son pertinentes nuevos diálogos en los cuales la fraternidad no se ponga por delante de la franqueza: que el culto se rinda a la palabra y no a la amistad. Mesas que atiendan las nuevas poéticas junto a proyectos editoriales que revisen las obras olvidadas; talleres abiertos a la revisión franca; cuestionamientos sinceros a la línea cronológica de nuestra poesía; la renuncia a la omisión para la puesta en evidencia. Que las plumas que articulan favores en lugar de verdades lo piensen dos veces antes de poner en riesgo el prestigio por el favor de un amigo. Si hemos decidido empren-

der la arriesgada aventura de una publicación dedicada a la poesía venezolana no es con ganas de voltear las miradas hacia nuestras firmas: ha sido por sed, por hastío de quejas privadas acerca de asuntos que deberíamos atender como públicos y sobre papel. Ha sido por un respeto reverencial a la tradición poética venezolana. Sentimos la necesidad de revisitar nuestro patrimonio poético para ventilarlo, exponerlo, sacarlo del anaquel polvoriento para que dé un paseo y se le ilumine la pelambre. Con sólo visitar una librería de viejo o echar una ojeada a un antiguo manual de literatura venezolana, una antología heterodoxa, una recopilación de ensayos inusuales, podemos encontrar huellas dispersas de admirables, raros o hilarantemente mezquinos poetas olvidados que vale la pena reanimar. Resulta doloroso contemplar cómo se tamiza la poesía venezolana, casi sin querer, como si nadie fuera culpable. Queremos leer, pero leer en serio: abrir un espacio en el cual la palmadita fraterna en la espalda no sea un requisito; donde la polémica sea posible sin tremendismos; donde los nombres olvidados por las editoriales y las nuevas voces puedan, al menos, mostrarse; páginas en las cuales plumas cuidadosas puedan ejercer el hoy intoxicado oficio de la crítica con las licencias necesarias para que la honestidad (de la lectura fundamentada, no la convertida en favor o reproche) sea el único lugar común. No debemos confundir el silencio de los lectores con la aprobación.

Hay que avivar la voz. El manido recital no merece estar reducido a ser la parte más aburrida del bautizo de un libro. Es justo devolverle su carácter político, su dinámica contrastante. Ya no más el acto entre el mismo número de amigos que comprarán el libro a la salida, sino el poema esperado y adviniendo. La poesía recitada no amerita del lomo ni del permiso editorial: se basta a sí misma cuando consigue mover gente hacia ella. El Salmón quiere ser un espacio para la legitimación de la palabra que nos precede, la nunca reeditada, la editada, la inédita y la palabra que reflexiona en torno a todas ellas. Más que pretender crear un espacio nuevo, pensamos que hace falta resucitarlo, librarlo del vacío que se le ha ido acumulando encima. Así, quisiéramos ser rescatistas más que pioneros, recreadores más que inventores. Nuestro deseo tampoco es quedarnos en la candidez de un gesto que nos defina bajo la etiqueta vaga de una generación. Las páginas de esa revista que hemos pensado prefieren gestar antes que generar: ser colectividad lectora; abrir espacios para despertar las dinámicas posibles de la palabra; atender la poesía desde la multiplicidad; advertirla, anotarla y opinarla. Pero sólo prometemos una tarea: vamos a leer. Leernos, leernos, leernos y aprender que la puesta en tensión de las ideas no tiene nada que ver con la traición, sino con la inteligencia. La alternativa, y nunca la polémica por la polémica. No este silencio.


Papel Literario. Noviembre 2007  

Los cinco artículos que aquí aparecen fueron publicados en el diario El Nacional durante el mes de noviembre del año 2007. En ellos se discu...

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