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NN A Marlenita

S

entado a orillas de una playa, la brisa del mar murmurando en mi rostro, me encontraba yo lanzando piedras al mar, pensando en los días que había pasado yo allí, no recuerdo ahora cuántos, ni aún si estuve alguna vez en ese lugar. Sí. Ya estuve aquí en varias ocasiones; recuerdo el muelle que se interna en el mar unos doscientos metros, una plaza que recorrí cuando niño –todavía siento el frio de esa sierra- con una estatua de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, y en el oeste de ella una iglesia, grande, de la época colonial, echa de sillar, blanca. Una canción suena en mis oídos, no sé cómo se llama, pero suena bien. Recuerdo haber recorrido en varias ocasiones esas calles pavimentadas de piedras, las casas de piedra pircada, buscando una cosa, algo que quizás no se me haya perdido, pero con afán, sin sosiego, buscándola sin preguntarme por qué, a donde ó quién. De pronto, el atardecer me atrapa, hipnotiza. El cielo sin nubes deja ver totalmente el Sol rojo-naranja-amarillo, el cielo rojo, las olas del mar suben hasta mis pies descalzos, los lamen suavemente y regresan a su inmensidad. Al fondo, en el mar, un bote, ¿de un conocido?, se pierde en el horizonte junto al Sol. Ya no hay brisa, ni un soplo de pájaro siquiera.


Siempre que me despierto me miro al espejo y pienso: cada día, más viejo. No es vanidad. Es miedo. Siempre que me despierto no logro recordar lo soñado, lo intento y nada. El solo hecho de despertar me convierte en un ser amnésico, esquizofrénico. No sé quien soy ni de donde he salido. Mi vida se reduce a solo tres días atrás, cuando desperté en esta cama, cuando una mujer vestida de verde, con guantes quirúrgicos y mascarilla, me decía que me calmara que el dolor pasaría, que me quedaba aún mucho por vivir. Me pregunto para qué. Desde entonces han pasado por esta cama cirujanos, psicólogos, cardiólogos, y unas personas que buscaban a un hijo suyo, desaparecido, según escuché, desde hace un mes. Y, también, desde entonces no recuerdo el motivo de mi postramiento, de donde soy ni mi nombre. Solo tengo epifanías. Pero todas son confusas, de tiempos inverosímiles, de recuerdos que no deben ser míos, de recuerdos sin tiempo, sin rostros, solo lugares, solo sueños. Espero la noche ó las dosis de sueño que imparte la enfermera a todos los de esta habitación. Afuera, a lo lejos, perece haber una ciudad, una avenida quizás, no transitan muchos autos, solo de vez en cuando escucho el estruendo de un claxon. No me he movido para nada de aquí. Hay cuatro camas, pero solo están ocupadas tres. Todas con cortinas que impiden ver a los pacientes, que me impiden conocer, hablarle a alguien. No puedo pensar en nada más que en nada. No tengo recuerdos de despierto. Cierro los ojos esperando dormir, pero me lo impiden el dolor y el hambre, ando a puro suero. A lado de mi cama hay una ¿mesa de noche? pequeña. Allí está el espejo en el que me miro todas las mañanas, dicen que fue lo único que pedí, pero ahora solo quisiera salir un momento a caminar, a dormir a lado de esa carretera, quisiera recordar.


- No te he visto antes –Le volví a contestar. Pero ella insistió. Yo sí. Te he visto varias veces, te he encontrado en mis sueños siempre, te veo detrás del espejo, mirándome, triste, acongojado por algo. No me atrevía a preguntarte nada, me complacía tu presencia, que me vieras desnudarme en la penumbra gris, bajo la tenue luz que baja del cielo sin nubes que ahora nos cubre como una manta, que ahora nos envuelve y nos acurruca entre sus brazos de viento. Y yo, sí, ahora te recuerdo, estas a lado mío como una danza élfica que suena como cataratas de agua cristalina. Estás pero no estás. Sólo te siento ahora. Es como si te disolvieras, como nos. Ahora somos uno, soy uno, ella es una. Enciende un cigarrillo y lo presiona fuerte entre sus dedos, aspiro fuerte, me elevo, el humo ingresa a sus pulmones y sale por mi nariz, un humo negro, debe ser el color que se logra de nuestros corazones. Mi, su, respiración se acelera, siento su corazón latir tan rápido junto a mi pecho, se va a salir, ella presiona su pecho, respira hondo y otra chupada al cigarrillo, lo tiro al suelo y la abrazo fuerte: cuéntame porque no te puedo recordar, dime porque nuestros recuerdos se borran allá afuera, tras cerrar la puerta gris del sueño, y abrir la nebulosa del día, maldito día. Sus piernas se amarran a las mías, sus brazos, sus cabellos, su nariz, su Venus, su boca. No lo sé, a mí también me cuesta recordarte aquí en nuestro sueño, es como si fueranos una memoria RAM; que se destruye al apagarse, solo dejando pequeños vestigios de algo ocurrido, que nos ayudan a recordar de a pocos. Entonces somos recuerdos del olvido, somos dos almas destruidas que se recuperan de a pocos, que quizás pierden su esencia a cada noche. Eso puede ser cierto, creo que cada noche me cuesta más recordarte, es por eso que el dibujo tuyo, de tu silueta, que está allí en la mesa de noche, ya no se parece a ti. Lo miro. Ese soy yo, ese era


yo. Debiste serlo, la primera vez que te vi te dibujé en ese papel, no sé de donde se me ocurrió, solo lo hice. ¿Pero, entonces qué pasó? Se va desvaneciendo a cada noche, cada vez que entro aquí se borra algo, es como si se me olvidara recordarte. Yo también, creo que me debe pasar lo mismo, aún me cuesta recordar las otras noches, pero tengo vagas imágenes: siento tus pasos en una calle empedrada, caminando lento, como en procesión. «Te siento en el muelle, respirando detrás de mí, tu aliento a naturaleza, a campo recién mojado por la lluvia, tu piel tersa me toca, me seduce y te veo en el mar, escondiéndote junto al Sol, y entrando junto a las estrellas, te huelo en la brisa del mar, me asfixias y salgo por la puerta gris». Recorro la habitación. De techo cielo, estrellas, la luna, de paredes de granito y caliza, ventanas con cortinas de rosas blancas, una puerta al final al frente mío, un ropero con un espejo grande y un cajón al pie de la cama y una mesa de noche con una lámpara apagada, y el dibujo que ya no se parece a mí, sino a una cosa sin forma, pusilánime. ¿Qué guardas en ese ropero? Nunca lo vayas a abrir, allí dentro vive algo. Una vez lo abrí y lo cerré antes de ver algo que no habría querido. Pero usas sus cajones. Si, allí guardo dibujos, de otros que ya se olvidaron siquiera de cómo entrar aquí. De la misma manera en que yo entro, detrás del espejo, entonces debo venir de detrás del ropero, de donde no quieres que vea. No, el espejo funciona de otra manera. Sus manos me escudriñan las entrañas, buscan en mis tripas, en mi estomago, saca algo de mí. Ya no existen, ahora solo vagan allí afuera, deambulan por las calles empedradas, se sientan frente al mar a tirar piedras, y algunos se meten hacia las profundidades, a la oscuridad del océano. ¿Cuánto tiempo llevas soñando conmigo? Tú sueñas conmigo. Entonces no eres real, quisiera que fueras real. Si lo soy, vivo en una ciudad de casas blancas como la nieve, una cordillera la rodea, subí varias ve-


ces a sus montañas para presenciar el atardecer. ¿Te gustan los atardeceres? Sí, me fascinan. Recuerdo los atardeceres frente al mar, allí donde te vi. Yo estaba sentado en la arena lanzándole piedras al océano. Su mirada se aparta de mi rostro, se aleja poco a poco, como en cámara lenta. Te vi saliendo de la playa, desnuda, me miraste y te fuiste. Su rostro se palidece, y explota como una burbuja. Cuéntame más de ti. Está frente al espejo, alisándose los cabellos con un peine, cantando una canción hermosa. Soy de aquí y de allá afuera, vivo en una casa en una calle que lleva el nombre de un poeta famoso. De cuatro habitaciones, una cocina, un comedor y un jardín hacia el fondo, donde crecen enredaderas y un manzano que está allí desde que tengo uso de razón. Mi madre me grita, me golpea, pero mi padre es bueno, aunque lo veo pocas veces, el trabaja lejos, viaja mucho. ¿Y tienes hermanos? Si una hermana, menor que yo, es hermosa. Espero la noche para echarme a la cama y dormir, y soñar contigo; tú eres lo único que no me desquicia. Te preguntas, porque aquí todo parece tan fuera de tiempo, tan sin sentido, todo un recuerdo vago, porque los sueños tienen que ser así. Te levantas y ves por la ventana, allí afuera: una ciudad, casas, un puerto, ¿Por qué el puerto? ¿Por qué la playa?, la plazuela, la iglesia, y una cordillera rodeando la ciudad, parece como si en cualquier momento se viniera abajo y nos sepultara, le digo. Sí, eso es parte de mi sueño, yo puse esas montañas para poder subir alguna vez y ver el atardecer de mi sueño. ¿Quienes viven en esas casas? Están otros que sueñan. Pero sueñan cosas diferentes, ven otra ciudad y en lugar de mar algunos ven campiñas, arenales o pantanos, y para algunos debe ser de día y para otros de noche. Para nosotros apenas y está cayendo el Sol. Pero para todos, la habitación es la misma. ¿Y si alguien abriera el ropero? Entonces no quiero ni imaginármelo.


- Yo estoy aquí, con el mismo sueño doce años. - Yo no lo recuerdo –No recuerdo nada en verdad, pienso. ¿Cuántos años tienes? Voy por los veinte. Eres hermosa. Así es como me veo, no me he cambiado nada, algunas se cambian la figura, los ojos o lo más común, la nariz. Pero yo no, nada, igualita. Recuerdas tu vida allá afuera, detrás de la puerta gris, cuéntame más, como puedo hacer para no olvidar quien soy, como para no olvidarme en el olvido y quedar por completo olvidado en tus retratos. No lo sé, de otra forma evitaría que todos hayan desaparecido… Mi rostro palidece ante la sola idea de vivir, de salir de este lugar. El sueño de anoche fue… Lo recuerdo creo, ahora sí. La enfermera viene hacia mí y, como siempre, me da los buenos días, me pregunta, como broma y como confidencia, si ya recordé algo. Esta vez le digo que sí, que recuerdo el sueño de anoche, o al menos creo recordarlo. Le cuento todo, de principio a… pero cuando llego al final, no lo recuerdo, «debiste despertarte, así suele pasar». Me dice que pronto me darán comidas solidas, que por ahora ya puedo tomar jugos, me sonríe. Le pregunto por ella, por mí, ¿Qué sabe de mí, que me pasó, porque estoy aquí, porque no recuerdo nada? Me cuenta que es de una ciudad muy cerca de aquí, tiene un esposo y dos hijas preciosas, estudió enfermería por que le gustaba ayudar a los enfermos, a curarlos. ¿Te gustaba? Me sigue gustando, no cambiaria mi vida por nada del mundo. ¿Y la mía, mi vida, que hay de mi vida? ¿Tuve siquiera una? Te encontraron en la carretera que va a la ciudad, tenías dos piernas rotas, hemorragias internas, la cabeza rota, dos costillas lesionadas, ibas a morir. Debieron dejarme morir. Pero ya te estás curando. Y cuando eso suceda podrás salir. ¿Cómo vivir sin recuerdos? No soy nadie. Y en ver-


dad ya lo creo. ¿Nadie me ha buscado? Nadie, nada, pusieron fotos en las noticias, en los parques avisos, pero nada. NN es la palabra técnica. Ella se levanta, tiene que ir a ver a otros pacientes, se despide, no volverá hasta dentro de unas cinco horas a revisar que esté bien. Solo de nuevo, pienso en ese mar, en ese muelle, en esa plaza, en esa canción. ¿Pueden decirme algo más esos sueños? Quizás sí, quizás solo son sueños de un pasado lejano, de un pasado en el que ya no existo. A veces me pareces una ilusión y a veces eres tan real que no parece un sueño, quisiera besarte, abrazarte, desvestirte. Ella lo mira por el espejo mientras se alisa los cabellos con los dedos. Su boca me susurra algo a los oídos, me derrito y caigo rendido. Quisiera saber más de ti, que me cuentes de dónde eres, que haces, porque nos pasa esto cada noche, porque solo nosotros dos aquí en la misma habitación siempre. Si tan solo pudiera. Yo te recuerdo, pero a veces me parece otro tiempo, ¿Qué año es ahora? No lo sé. De nuevo nos perdemos en nuestros cuerpos, me pierdo en sus ojos color avellana, sus labios rosados, ¿Rímel? Si pudiera recordar algo de lo soñado, si tan solo pudiera recordar tu rostro. El techo se desploma, estrellas fugaces caen, una directamente en la habitación, la atrapo. Nunca vi una tan cerca, brilla como tus ojos, me mira, la miro, es verdad, te amo. Despierto. La habitación esta oscura. Se oye un quejido en alguna habitación. Siento unas ganas enormes, locas de escaparme de aquí, pero la impotencia, el recuerdo, la certeza de no poder mover nunca más mis piernas me llena el pecho de odio. Lloro. Quiero seguir el camino que tomaba esa noche, hace diez días. Tenía la certeza de haberla encontrado por fin, de que ya todo iba a tener


sentido. Aunque desde el principio todo me parecía estúpido, loco. Ahora no se qué creer. Pienso en ella, en el sueño, pienso, ¿Recuerdo? Lo que estaba haciendo, lo que debí estar haciendo esa noche, hacia donde me llevaba mi viejo VW. Estaba buscando mis recuerdos.

-NN  

Primer cuento de una seria de varios. Espero que todo al final tengan un sentido.

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