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Sutileza

MarĂ­a Zaragoza y El Rubencio


© de los textos María Zaragoza © de las imágenes El Rubencio


Sutileza El relato Sutileza fue publicado originalmente en la colección de novelas cortas Realidades de humo (Belacqva, la otra orilla, 2007) junto a otras dos historias, Realidad de humo y Cuna de Cuervos. Aunque en aquel volumen se publicaran tan sólo los textos originales, en su momento ya surgieron de la idea de realizar tres obras ilustradas a partir de ellas. Olvidando el formato del cómic tradicional e incluso el del álbum ilustrado, ir a buscar un formato personal, inspirado por la interpretación mutua del dibujante y la escritora. En 2009, por fin, la primera parte de este desmesurado proyecto vio la luz. De la mano de Parramón y el ilustrador Didac Pla, Cuna de cuervos fue la primera gran apuesta, de la que salimos vencedores, e incluso con traducción al brasileño incluida que parece haber sido un éxito. El experimento sigue su curso, tras mucha indecisión a la hora de escoger un nuevo dibujante adecuado a la trama oscura de Sutileza, María Zaragoza y El Rubencio tienen su gran encuentro. Por fin a Sutileza van a salirle alas. La combinación de colores planos, como desprendidos de los detalles superfluos, al igual que un recuerdo o una fotografía antigua, enmarcan a la perfección la crudeza y la crueldad, disfradas de inocencia, de la historia original. La obra que aquí presentamos cuenta la historia de una familia, la familia Rojas, mujeres que, generación tras generación, transmiten esa devoción católica y ese choque frontal con el ser madres solteras que las convertirá en blanco del fanatismo y la autodestrucción. Narrado a modo de cuento casi infantil, tenemos la historia de Alicia niña y adolescente, una criatura que vive con su madre Amparo Rojas, inocente, dulce, que quiere ser escritora y que mantiene una relación secreta y ambigua con un hombre que la sacó del colegio cuando era pequeña, un hombre cuya cara se confunde con el sol, un hombre que pretende protegerla de ella misma junto al río. Amparo Rojas, fanática católica, vive a la sombra de la culpa, la mortificación y una estatua de Santa Águeda con los pechos cercenados. La niña Alicia la ama y la teme a partes iguales.

Al mismo tiempo, en una acción paralela, asistimos al asesinato de Alicia a manos de su hija Ana. Asesinato que sólo podremos comprender si llegamos a él a través de las intrincadas calles de la ciudad de su infancia, a través de las historias de elefantes que repiten sus rutas por instinto como las personas repiten las historias que le cuenta el hombre cuya cara se confunde con el sol a la Alicia niña para consolarla. A través de las poderosas metáforas visuales de El Rubencio, la historia no se divide, sino que se enriquece y retroalimenta. Así, cada color utilizado remite a un sentimiento o a una sensación de calma, de miedo o de evolución. El río de la ciudad se tiñe de rojo, las estrechas calles de una ciudad de trazado árabe se llenan de elefantes, a las espaldas de los personajes, nacen alas que se van destrozando, como la inocencia se destroza con la comprensión y el destino se traza a través de nuestras propias acciones, sin camino para elegir, ni miedo al desenlace. De tal forma, el ilustrador utiliza los colores que le transmiten calma, los amarillos y azulados, para ese brillo de la infancia de Alicia que poco a poco se irá llenando de magenta hasta que el magenta lo domine todo. Sutileza es el don de lo femenino, y al mismo tiempo es la sutileza lo que hace que no nos demos cuenta de lo que nos amenaza hasta que no nos vemos atrapados en la poderosa red de las tradiciones familiares y sus supersticiones. Nuestra Sutileza es un cuento cruel, que sigue la más fiel de las tradiciones orales, sin filtros que lo dulcifiquen. Que incluso tiene moraleja, para quien quiera encontrarla...


Maria Zaragoza (Madrid 1982) Reside desde los siete años en Campo de Criptana, Ciudad Real. Empieza la carrera de Psicología. Recibe diversos premios de relato con obras como La ninfa del bosque, Siete historias de amor imposible, Helena Destino, Cuentos humanos o Querido desconocido. A los diecisiete años publica su libro de cuentos Ensayos sobre un personaje incompleto (Tau, 2000). En 2007 publica su colección de novelas cortas Realidades de humo (Belacqva, 2007). En 2008, interesada por el arte experimental, participa en el proyecto EnfrasK2, con los relatos Espacio, Zootrópica y Mi breve vida. Tiempos gemelos (La otra orilla-Belacqva, 2008) es su primera novela. Ha realizado la novela gráfica Cuna de cuervos junto a Didac Pla, (Parramón, 2009). Es miembro de la asociación cultural Camarote. En el año 2010 obtiene el XV Premio de novela Ateneo joven de Sevilla por su novela Dicen que estás muerta (Algaida 2010), el premio de relato “Arroz negro” del BCN Week por el cuento Una bota de postre, el premio “El Buscón” adscrito al XXX certamen poético de la orden literaria Francisco de Quevedo de Villanueva de los Infantes con el poema La canción de Sylvia y una de las ayudas de la I edición de la convocatoria de ayudas para el fomento de la creación literaria de la junta de comunidades de Castilla la Mancha por el proyecto El humano David. En 2011, su relato La moraleja de Caperucita Roja es premiado en el concurso de cuentos noble villa de Portugalete con el segundo galardón. Su nouvelle Contanza Barbazul es publicada en la colección digital “Bichos” (Sigueleyendo). Y su novela Los alemanes se vuelan la cabeza por amor recibe el LVIII Premio de novela Ateneo Ciudad de Valladolid (Algaida 2012). Pertenece a la tercera promoción de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, beca que le fue concedida en el curso 2004-2005. Participa asiduamente en revistas culturales digitales como Panfleto calidoscopio o Granite & Rainbow. Asimismo sus relatos han aparecido en Revista Kafka, Bote de Colón, Afinidades narrativas o Cuadrado de escritores. Ha escrito artículos para revistas como la de los patios de Córdoba o Grund Zine y ha participado en numerosas antologías de relato como PervertiDos (Traspiés 2012) o Naufragos en San Borondón (Baile del Sol, 2012).


El Rubencio (1977) Finaliza sus estudios sobre ilustración en la Escuela de Oficios y Artes Aplicadas nº10 de Madrid, en 1998. Comienza a trabajar en animación 2D. en el año 2000 pasa a formar parte del studio “Tábano Arts and animation films”, participando en películas como ”La isla del Cangrejo”, “el CID, la leyenda” o “El sueño de una noche de San Juan” premios Goya de animación 2000, 2003 y 2005 respectivamente . A partir del 2005, atraido por el lenguaje de la ilustración y la comunicación visual trabaja como ilustrador free-lance para editoriales como Pearson Educación (España), Santillana. Mc Graw-Hill interamericana, Anaya educación, Anaya infantil y juvenil, con la novela juvenil La historia Robada de Carmen Gómez Ojea o Hachette Livre (Francia) con Le tour du Monde en 80 jours de Julio Verne. Colabora con asociaciones como CEAPA en sus publicaciones de formación y educación para familias por su gran labor educativa y su repercusión social. Publicando libros ilustrados como No le cuentes cuentos , comic como DESExO, historias sobre sexualidad, o recopilaciones como Cuentos para prevenir, através de la educación emocional, entre otras publicaciones.

www.elrubencio.com www.elrubencioblog.blogspot.com


Pidió su falda más elegante y también que la maquillaran. Allí la vieron sus amigos por última vez, muerta como viva, muerta. Yann Andréa Steiner, Marguerite Duras


Sutileza

MarĂ­a Zaragoza y El Rubencio


Alicia solía ir de la mano de un hombre que decía que había que saber botá-

nica para ser escritor. Ella no estaba de acuerdo, pero nunca lo dijo. Esa clase de voz no podían tenerla las mujeres. Pronto aprendió a estar callada.

-La ciudad está llena de poetas. –Dijo el hombre- Hay más poetas que gente

que no lo es. Das una patada a una piedra y alguien te recita desde abajo. Es de locos.

-La poesía es hermosa. –Dijo Alicia.

-Lo sé. La ciudad es un inmenso cementerio de elefantes. Tú no los ves, pero

los fantasmas de los poetas van a morir al río.

-¿De elefantes?

-Hay tres seres verdaderamente conscientes de su propia extinción vital: el

elefante, el ángel y el poeta. A veces, hasta se puede ser las tres cosas al mismo tiempo.

El hombre la había sacado un día del colegio con una excusa burda. La maes-

tra volvió los pies, y la mirada, y el cuerpo entero. No quiso saber nada. El hombre había pagado. Muy bien. No diría nada a la madre. No, claro que no. Dejaría que aquel simpático hombre se la llevase sin más. No haría preguntas. Ni esa ni las otras veces.

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La ciudad es una herida abierta por el río que la atraviesa y divide. Un río que

habla de verde, blanco, naranja y miel. Que habla del silencio, de lo consentido sin hablar. De conciencia de un dios que mira, juzga y condena. Aunque cada vez menos. La ciudad ha matado a Dios en algún momento, y las casas y las ermitas todavía no lo saben.

La madre se daba golpes en el pecho. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Enajenada de religiosidad. Alicia, con sus ocho años de tul y calcetines de hilo, la imitaba. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Unas lágrimas caían en la pechera del vestido de la madre. La niña le tendía un pañuelo con las iniciales bordadas.

A.R.

El cuarto huele a cerrado, a miedo en los ojos, a ojos de gato, a algo quemándose en el vecindario, a cansancio, a recuerdos, a cajas de madera antigua con historias que se repiten en ciclos perfectos, a corazones rotos. A culpa.

-No la escuches. –Decía el hombre- Nunca. Te hará hacer cosas terribles.

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El hombre notó diferente a Alicia. Le acariciaba el contorno del sexo distraí-

damente y la miró sin querer. Entonces lo apreció. Alicia estaba angustiada. Su rostro no dibujaba el éxtasis de las demás ocasiones en las que la penetraba con los dedos. Parecía preocupada.

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-¿Te pasa algo? –Preguntó sin sacar el índice del cuerpo adolescente.

-No mucho.

-Si quieres me aparto.

-No, está bien.

Se hizo el silencio entre los dos. Esta vez roto, casi de inmediato, por Alicia.

-¿Conoces a mi madre?


Ana tiene menos suerte. Al menos en lo que al cuchillo se refiere. No sale. Se

resiste a ser arrancado del cuerpo de la madre. O quizá es Alicia la que no está teniendo suerte, porque el cuerpo atravesado, al fin y al cabo, es suyo.

La ciudad está fría. Dicen que es la ciudad más calurosa del país y que el sol

quema más allí que en ningún otro sitio. Sin embargo, en esta noche en la que se está intentando asesinar a un ángel, el frío invade los huesos, completa los huecos entre los dedos de Ana, aferrados al mango. El cuerpo se tensa contra el objeto. La falda baila mecida por el impulso. Los ojos de gata se aprietan. Desaparecen del rostro.

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Alicia - 8 años, “El Sol” Alicia fue mucho tiempo de la mano de aquel hombre desde que la sacara del colegio un martes para no volver a llevarla nunca. Era una niña rubia con trenzas delicadas desmayadas en los hombros cubiertos de uniforme. Le cogió la mano. Si hubiese sido diferente, quizá más lista, hubiese preguntado quién era el hombre que sabía llamar a todas las flores. Quizá no hubiese cogido su mano. Quizá hubiese huido.


amparo rojas - Madre de Alicia, “La Luna”. La madre rubia, pálida, mortificada y hermosa, que sólo salía los domingos para ir a la iglesia, se santiguaba al entrar y al salir. Pero jamás comulgaba. Se daba golpes en el pecho. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Enajenada de religiosidad. Alicia, con sus ocho años de tul y calcetines de hilo, la imitaba. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Unas lágrimas caían en la pechera del vestido de la madre. La niña le tendía un pañuelo con las iniciales bordadas, A.R.


Alicia - 13 años, ... Alicia empezó a no ponerse ropa interior para los encuentros y a pintarse la boca con un pintalabios que robó a una amiga. Se sabía deseable. Sabía el valor de su carne, porque los muchachos le hacían continuas proposiciones deshonestas que ella rechazaba sin más. Ellos empezaron a llamarla la pequeña beata. Alicia, en su fuero interno, se reía de lo equivocados que estaban. Pero nunca les sacó del error diciendo que ella sólo deseaba a uno.


Alicia - Adulta, madre de otro angel. La sangre rueda por la comisura de la boca de la mujer. Los ojos están desencajados de sorpresa ante el dolor. No por las consecuencias de ese dolor insoportable, sino por el dolor en sí. Intenta llamar a Ana, pero ya no le sale la voz. Sólo un boqueo patético. Alicia se pregunta si la sangre dejará de brotar cuando ella muera. Si no saldrá eternamente de su cuerpo, inundando la casa, ahogando a su hija, extendiéndose por la ciudad. Volviendo el río rojo.


Ana - Hija de Alicia , Ángel y gato. La niña es rubia. Tiene esa clase de ojos transparentes que reúnen a la vez toda la gama de verdes y grises. El resultado es amarillo, misteriosamente. Su cara es gatuna, pícara, asustadiza. Su expresión huye de sí misma a cada momento. Nunca permanece fijada en la retina como una fotografía. Se esconde. Se llama Ana y hace poco era más niña. Ya está en edad de llevar el pelo suelto y lo tiene manchado de sangre seca. Los ojos amarillos se abren en intermitencias.


Amparo Rojas, fanática católica, vive a la sombra de la culpa, la mortificación y una estatua de Santa Águeda con los pechos cercenados. La niña Alicia la ama y la teme a partes iguales

Los elefantes y los ángeles se dejan morir en esta ciudad laberíntica.


Sutileza. Comic Book presentation