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l cuento es el punto exquisito donde acaba la poesía y empieza la realidad».

Henry James Henry James


México,

Índice

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verano, 2009

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2 Índice 4 Cuento, luego existo

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No estaba muerto, andaba por ahí...

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De vuelta al Zócalo en 8 minutos

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Acerca de las ventajas del ser mediocre

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Asunción

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Los ojos de Amira Bibanovic

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Trópicos subterráneos

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El infierno

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Verbalgia

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La importancia del condimento

Gustavo A. Ponce Lauro Cruz

Gustavo Mejía Pérez Molly Giles

Isaí Moreno

Nino Gallegos

Gerardo Gutiérrez Luis Pineda Villaseñor Juan Antonio Rosado

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Ю

Cuentearte Aarón Cruz

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Ceci n´est pas une pipe

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Café Popular

Patricia Conde

Adam Critchley

Ж


Υ

Φ 94 Cinescritura La ú l nos vtima y amo s 110

Colaboradores 111

En lo oculto del témpano: los asesinos de Hemingway Estrella Asse

102 Las íes y sus puntos El lado más bestia de la vida Susana Iglesias

El siete 112

DIRECTOR

Carlos López CONSEJO DE REDACCIÓN Daniela Camacho, Carlos Adampol Galindo, Javier Muñoz Nájera

Editorial Praxis, Vértiz 185-000, col. Doctores, del. Cuauhtémoc, c.p. 06720, México, df Ventas: 57 61 94 13 Colaboraciones: elpurocuento@editorialpraxis.com

Todos los derechos

de reproducción de los textos aquí publicados están reservados. Reserva de derechos para el uso exclusivo del nombre: 042006-100514362500-102.

eÑO

DIS

Carlos Adampol Galindo www.elpurocuento.com www.editorialpraxis.com

Esta revista no cuenta con apoyo de instituciones extranjeras o nacionales, de estado o privadas. Es una publicación libre, que se hace con el trabajo independiente de quienes aparecen en el directorio. No se establece correspondencia sobre textos no solicitados.


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No estaba muerto, andaba por ahí... Gustavo A. Ponce

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stábamos bebiendo los de siempre en una de las cantinas de siempre, el Mango’s, las Camelias o la Güicha, no me acuerdo, cuando entró Ramírez. Se sentó atropelladamente, se sirvió un trago generoso y se lo tomó de un solo; hizo las caras de siempre, nos vio con solemnidad y declaró: —Les cuento que se murió el Maíz. —Otra vez —dijo el Chato—. De seguro que está donde la

hermana, una señorona fina que viene a recogerlo o manda a los hijos cuando le avisan los de la talabartería que el Maíz está en las últimas. Se pasa un tiempo con ella y luego aparece bien recuperado y hasta chapudo. Un montón de veces nos han dicho que se murió y luego aparece bien alentado. —Yo propongo que nos echemos un trago a su salud —dijo Manía— y si después aparece nos echamos otro, y si ya no aparece, también. -Salud, pues —dijimos todos, y brindamos por la vida, pasión y muerte del Maíz. En eso, un gordo cachetón con nariz de cornocopia que estaba sentado en la mesa de la esquina y tenía como media hora de estarse tomando un cuto a sorbitos, como si fuera medicina o castigo, empezó a


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arriba; pero eso no le bastaba, por eso se puso a averiguar un par de cosas de su árbol genealógico para que nadie creyera que era de esos que no llegan al abuelo sin llegar al caite. A nosotros nos contó que su bisabuelo fue un tal Basilio Foguera, tan chaparrito que le decían Chisguete. Era español, o quizá portugués, y llegó a Guatemala huyendo de México después de matar a un cristiano. Se cambió el nombre a Braulio Figueroa y se estableció y formó su familia allá por oriente, cerca de El Salvador. Tuvo un hijo que tenía que encoger las canillas para no arrastrar los pies por el suelo cuando montaba a caballo,

Foto: Carlos López

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hablar. Seguro que era maestro, porque hablaba como al vacío, sin fijarse si alguien le ponía atención, y como no teníamos qué hacer ni de qué hablar, nos pusimos a oírle. —¡Qué brutos! —decía— ¡Cómo no le grabamos todas las babosadas que contaba, hubiera salido un libro completo! O hubiéramos hecho un video. Ahora hay que ver quién se acuerda de qué. Yo me acuerdo que el Maíz se creía la gran cosa sólo por no ser indio. Sí tenía planta de gachupín, pelón de la cabeza y peludo desde las orejas hasta los pies, al contrario de los indios, que sólo tienen pelo de las orejas para


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y para bajarse sólo las estiraba para quedar parado mientras el caballo seguía caminando. A ese le decían El Altísimo. Uno de los hijos de El Altísimo también se llamaba Braulio Figueroa y se fue a buscar fortuna a Santa Ana, donde se casó dos veces. Decía este Braulio, papá del Maíz y abuelo mío, que casándose con dos hermanas se ahorró una suegra. La primera vez que se casó no tuvo hijos, pero en el segundo intento tuvo una familia grande, porque en esos tiempos la gente se casaba para tener hijos, y fueron seis: Chita, Doris, Gloria, Lalo, Tina y Maíz, quien para fines legales se llamaba Francisco Enrique. Se han ido muriendo al revés, los jóvenes primero y los viejos después, las únicas que quedan vivas son las tres hermanas mayores: Chita, Doris, y Gloria, que es mi madre. El abuelo materno era un viejo loco que tenía sus centavos; la abuela se llamaba Luisa, pero todos le decíamos Mamabisa. Le dio varios hijos al viejo, pero no dormía con él: decía que le daba vergüenza, porque no estaban casados. Lo cierto es que en la casona del viejo loco los Figueroa vivían bajo el matriarcado de Mamabisa,

que mandaba a hijos, nietos y arrimados. Yo no sé por qué mi abuelo se regresó a Guatemala y dejó a la familia en Santa Ana. Mamabisa nunca se lo perdonó. Cuando empezó a enamorar a sus hijas le ofrecía café con leche y le decía El Míster por ser extranjero, pero, al final, Mamabisa decía que «Chapín y vaca, donde pone la pata pone la caca». Mi abuelo también era hostil con Mamabisa, pero no tan folclórico. Cuando se murió mi abuela, los Figueroa se trasladaron a Guatemala en busca de su papá, que como que no muy se acordaba de ellos, porque después se casó con Gilma y tenía otras dos hijas: Mery y Tanchito. Parece que tuvo otros hijos e hijas naturales —como que si los hijos de matrimonio fueran artificiales—. A saber qué se hicieron. El Maíz llegó a Guatemala muy pequeño, siempre se creyó guatemalteco y hasta dijo que iba a llegar a ser presidente. Cuando lo deportaron a El Salvador porque había perdido la cédula y de alguna manera supieron que era guanaco, se regresó en cuanto lo dejaron en la frontera, diciendo entre dientes que él no tenía nada que


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tenga en su gloria». El Maíz le decía «La Gloria, mi hermana», pero de un sólo jalón, como una sola palabra, «Lagloriamihermana». Aun después de casada anduvo preocupada por el Maíz. Siempre decía que ya estaba cansada de aguantar bolos y que la próxima vez lo iba a dejar que se muriera en la calle, pero cuando los de la talabartería le avisaban que el Maíz estaba malo nos mandaba a buscarlo. Nos lo llevábamos enrollado como un taco en una sábana vieja, le metíamos un buen trago y lo bañábamos para que después mi madre lo cuidara y le diera sus buenas regañadas. Mi padre también lo adoptó como si fuera su hermano menor o su hijo. Todos en la familia lo queríamos. Nos acostumbramos a su presencia intermitente desde pequeños. Aterrizaba en la casa cuando andaba de parada, entre una furia y la siguiente, y se incorporaba de lleno a la vida familiar haciendo mandados, bañando chuchos, enseñándole las tablas de multiplicar a la hija de la muchacha o lustrando los zapatos de todos. Más de alguna vez hizo una barrabasada, como cocinar filetes de exportación para dárselos al chucho o sobrealimentar hasta la muerte

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hacer en El Salvador y que los guanacos le caían mal. El otro día me encontré una foto del Maíz con el traje de marinerito, con su hermana Tina, en 1946, el año que llegó a Guatemala. Quién iba a decir que ese niño tan bien peinado iba a ser un gran bolo. En esa época conoció a su papá, y contaba que le dio miedo aquel señor alto, de anteojos, a quien no recordaba haber visto en su vida. Pero luego llegó a quererlo como a un verdadero padre. ¿Será cierto eso de que «la sangre llama»? En Guatemala conoció también al resto de la familia, al tío Juan y al tío Miguel, a los primos Guayo, Jeremías, Noy, Tono, Moisés y otro montón de parientes en los que el Figueroa se mezclaba con apellidos como Vidal, Hidalgo, Portillo... Nos hemos ido dispersando, pero todavía nos reconocemos como parientes cuando nos encontramos. Casi todos son bolos. Su hermana Gloria, mi madre, fue quien lo terminó de criar y siguió siendo una madre para él hasta el final. Es un ángel terrestre, esta doña Gloria, que ha criado y ha servido a propios y ajenos toda su vida. Será por eso que para desearle un bien a alguien dicen «que Dios lo


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a los pececitos en su afán de ayudar. A los chuchos los bañaba el sábado temprano, con agua fría, y les decía que eran chuchos burgueses, que ya los quisiera ver presos o enfuerzados con él en la Sierra Maestra consiguiendo su propia comida. Desde Mamabisa, en El Salvador, y mi bisabuela y sus hermanos en Guatemala, hasta el Mosca, mis demás sobrinos y mis hijos, cinco generaciones reímos de sus ocurrencias, nos apenamos por sus desgracias, le ayudamos y recibimos su ayuda. Pero sólo tres de estas generaciones lloramos su muerte: los más viejos se murieron antes. Quizá los que menos lo conocieron y menos lo quisieron son sus propios hijos, que abandonó cuando estaban muy pequeños. Aun así, dicen que llegaron al

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entierro. La sangre llama, después de todo... También decía que era un gran revolucionario. No tiene nada de raro, dicen que uno es del lugar donde pasó la adolescencia y que su corazón se queda como en órbita con los ideales y sentimientos de esa época. El Maíz pasó la niñez y la adolescencia en los 10 años de primavera en el país de la eterna balacera, por eso se consideraba un revolucionario y su grito de combate era «¡Viva Arévalo!». Tenía 22 años cuando Fidel tomó el poder en Cuba; se volvió admirador de Fidel y del Che y creyó que las revoluciones para liberar a Latinoamérica del imperialismo yanqui se iban a dar una tras otra en pocos años. Pronto llegaría el turno de Guatemala. Un montón de

Bebo porque encuentro en la bebida una mayor capacidad de sufrimiento y de piedad... Bebo para sufrir más intensamente». F edor Dostoievski


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fulano cualquiera, parecido a Cantinflas». La admiración, rayando en la idolatría, vino después, cuando el Che ya había dejado el pellejo en Bolivia y se había convertido en un símbolo del antimperialismo. Era bolo de la calle, acostumbrado a aguantar frío en las madrugadas cuando amanecía con las llantas pa’ arriba en las inmediaciones del parque Colón y también a aguantar calor y lluvia, hambre y suciedad. Se bañaba de vez en cuando en una poza del barranco que está al final de la zona 6, con bolos, putas y gente de los alrededores, todos en pelota, con algún alucinado oficiando como Juan el Bautista en medio de la algarabía. Pasaba largas temporadas en fuerza y a veces lo encontrábamos barbudo, sucio y hediondo, pidiéndole dinero a todo el que pasara, operación conocida en el mundo de los bolos como cobrar peaje, para comprarse el siguiente octavo. Nunca le tomamos una foto en esa facha, pero yo recuerdo la impresión que nos causaba, y la rapidez con la que mi madre le daba un billete y le echaba una bendición para que se alejara lo antes posible, supongo que para que nosotros no lo viéramos.

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muchachos de esta generación sacrificaron sus aspiraciones personales y sus vidas en aras de esta revolución que nunca llegó; se fueron a Cuba y al regresar los mataron o huyeron a otros países. Pero el Maíz no fue uno de ellos. Él y otros comandantes de la Sierra Maestra se dedicaron a chupar y a componer el mundo con sus batallas imaginarias sobre las mesas de las cantinas, jurando que darían la vida a cambio de que Fidel gobernara Guatemala, aunque sea unos meses. Allí se le fueron la juventud y la energía que quizá hubieran hecho de él un revolucionario de verdad y no sólo un bolito revolucionario. Eterno estudiante de derecho, antimperialista de los años 60, entendía la revolución un poco como nuestros próceres entendieron la independencia: quitarse de encima a los que nos están jodiendo desde arriba, para poder seguir jodiendo a los de abajo sin tener que compartir las ganancias. Conoció en Guatemala al argentino que después se convertiría en el Che, pero en esa época el tipo era uno más. La única impresión que le produjo este encuentro la resumió diciendo: «yo lo que vi fue un


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El guaro lo atrapó desde joven. Nosotros somos débiles contra el guaro, porque el Maíz no es ni el primero ni el último de los alcohólicos de la familia. Lo cierto es que sólo se detuvo dos veces: cuando le dio tuberculosis y estuvo a punto de morirse, y cuando, ya viejo, sabía que si se ponía a chupar se las iba a tener que ver más temprano que tarde con la huesuda. Hablaba del guaro como si fuera una persona, alguien que puede ser amable, indiferente o cruel con uno; alguien de quien algunas personas se enamoran y con quien mantienen apasionadas relaciones que terminan por destruirlos. Sentía amor, respeto y miedo por el guaro. Fue el guaro lo que acabó con sus sueños de ser abogado y revolucionario; lo llevó de bote en bote por las cantinas, las calles y las cárceles y acabó con su librería y su familia. Pero sobrevivió todos esos años de borrachera y abandono gracias a su propia constitución física, a la suerte y a la ayuda oportuna de amigos y parientes. Vivió para contarla y contó, muchas veces, su vasta experiencia en las garras del guaro. En los últimos años era una especie de apóstol en los grupos

de alcohólicos anónimos. Ya no era bolo, sólo alcohólico. A saber cómo hizo para llevar la cuenta, pero él decía que cuando cumplió los 50, lo habían metido 53 veces al bote. Buen promedio. Algunas carceleadas fueron de oficio, como cuando el rey de España visitó Guatemala y la policía salió a recoger bolos, mendigos, putas, chuchos y cualquier otro elemento que afeara el paisaje, para ocultarlos a la vista de su majestad. Hacían algo parecido para feriados y fiestas importantes, y más de alguna vez el Maíz pasó la Nochebuena en la tigrera, calabozo en el que compartían alegrías y tristezas los desgarbados habitantes de las calles capitalinas que no eran dignos de mostrarse en público en tan importantes fechas. Otras carceleadas fueron «por actos inmorales en la vía pública», como la vez que se puso a orinar en la calle y, a instancias de una vieja escandalizada, un policía le puso las chachas sin darle tiempo a la operación de sacudir y guardar. Recorrió buena parte del centro de Guatemala con las manos a la espalda y las partes al aire. Y más de alguna vez fue por impetuosos escándalos revolucionarios, desafinados gritos


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cada vez que los capturaban. Allí encontró a viejos amigos, conoció a otros, y se encontró a más de algún pariente que le rogaba, por lo que más quisiera, que no contara que lo había visto jalado. Hasta en Pavón era popular: no costaba mucho dar con él porque todos le conocían, gozaban al oír sus historias, se sentían apoyados y comprendidos porque el Maíz creía en su inocencia y, de vez en cuando, heredaban las chamarras, gorras, cepillos de dientes y otros enseres que mi madre le enviaba cuando caía preso y que siembre quedaban en manos de los muchachos, a pesar de la recomendación de que los trajera de regreso, que no los dejara en el bote. Siempre estaba leyendo algún libro, además de devorar todos los periódicos y revistas

Cierra tu libro y piensa. Mira impasible al Cielo y a la Tierra. Da al pobre la mitad de tus bienes, perdona las ofensas, no le hagas daño a nadie y apártate a un rincón si quieres ser dichoso». Rubaiyat, Omar Khayyam

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de «¡Viva Arévalo!» o por ir a insultar a los diputados porque los galgas andaban persiguiendo salvadoreños y entonces sí le dio por sentirse guanaco e ir a reclamarle a los padres de la patria en el mismísimo Congreso su falta de solidaridad con los hermanos salvadoreños. En algún lugar de la novena avenida había un poste con un balazo que, según el Maíz, le habían disparado a él durante un arresto particularmente violento. Al principio, las carceleadas eran de un par de días. Policías como Galápago capturaban a los bolos en las calles y se los llevaban al bote en fila india, amarrados con un lazo, para que les pasaran la borrachera y la goma y luego los dejaban ir. Después la cosa se volvió más seria y los bolos escandalosos como el Maíz pasaban un mes en Pavón


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que encontraba. Hasta el fin de su vida afirmó que su verdadera vocación era la de librero, porque se sentía bien con los libros. Y eso que el intelectual de la familia no era él sino Lalo, el poeta. La época de la librería Maíz fue quizá la más feliz de su vida. Había dejado de chupar, había sobrevivido a la tuberculosis, montó ese negocio en el que se sentía a gusto, compraba todos los periódicos y pagaba lustre y café para todos los asiduos, bolos en parada como él. Se casó y tuvo tres hijos: Tania, Yuri e Ivonne. Allí, en la librería Maíz, tuve mi primer trabajo: en las vacaciones de 1971 yo fui el encargado de la fotocopiadora. Por Q5 a la semana, más café y postre a diario, iba de lunes a sábado a vivir en ese ambiente tan diferente de todo lo que yo conocía, donde los libros y las ideas eran apreciados y los ricos y el pisto despreciados, donde se hablaba de la cárcel, de los burdeles, de la calle y las cantinas con un toque de orgullo, heroísmo y nostalgia, donde las malas palabras no eran malas y ser bolo, pobre o desgraciado no era motivo de vergüenza. De paso aprovechaba para ver a mi abuelo, que ya tenía como 80 años y pasaba

mucho tiempo haciendo planes para conseguir trabajo con su hermano Miguel, hablando con los bolos que frecuentaban la librería y piropeando a las alumnas del Sagrado Corazón que pasaban por enfrente a la hora de salida. También me deleitaba buscando libros, oyendo las historias que contaban Lanuza, el coche Saldaña, el Petenero, Teca, Chito, un cachetón colorado que se enojaba cuando le decían Santaclós, un periodista flaco que cuando se emborrachaba se volvía ladrón y otros personajes del mundo del Maíz. Quizá cuando yo sea viejo pueda poner una librería en la que mis amigos puedan llegar a platicar, a hablar grandezas y pequeñeces, a compartir su vida con algún joven que empieza a conocer el mundo. ¿Por qué habrá sido que todo se vino abajo? De repente el guaro irrumpió en su vida de nuevo, su mujer se consiguió otro (¿o fue al revés?) y se acabaron la librería y la familia. Como el lobo de Gubbia, desapareció, tornó a la montaña. Muchos años después, el Maíz me contó que un día cualquiera, leyendo en la librería, sintió una inmensa soledad. Se sintió solo en el universo, salió a buscar compañía y


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Y cuando estaba en parada era obsesivo con la limpieza, todo el día pasaba lustrando zapatos y lavándose las manos. Y las paranoias, convencido de que la muchacha le robaba todo. A lo mejor se volvió loco por leer demasiado, como le pasó a Don Quijote. Varias locuras metidas en una sola persona. Cuando una camioneta lo atropelló y lo arrastró a media borrachera, despertó en el Hospital General con tubos en la nariz y en las venas, electrodos aquí y allá y aparatos con pantallas y lucecitas a su alrededor. Concluyó que había sido secuestrado por los extraterrestres, convicción que se vio reforzada por la presencia de una enfermera fea y hostil. Ésa era su forma de interpretar las cosas. Almacenaba en su cuarto una cantidad increíble de ropa, sacos, zapatos, gorras y suéteres, producto de la generosidad de amigos y parientes, y cerraba el cuarto a piedra y lodo porque estaba convencido de que la muchacha le iba a robar todo. Las cosas desaparecían porque él las regalaba y luego lo olvidaba, pero estaba convencido de que sus sacos, sus gorras y sus calcetines los usaba el marido de la Marta.

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la encontró en el guaro maldito. Estaban solos en el universo, el guaro y él. ¿Sería Maíz descendiente de alguno de los Aurelianos; estaría condenado a la soledad? Cómo nos daba risa oírlo hablar solo. No como esos que andan con sus aparatos manos libres o hablan con la fulana que va agachada en el carro para que no la vean al entrar al motel, sino como un loco de verdad. Dormido o despierto, en el baño o en la sala, uno le oía preguntar y responder, discutir, enojarse y regañar o contarse chistes y reír a carcajadas. Puro loco. Decía que había heredado la locura de su abuelo guanaco; que desde el principio él sabía que iba a ser loco porque hasta físicamente se parecía a ese viejo, y se sentía hasta orgulloso de ser «el loco de la familia», puesto que ahora ha heredado mi sobrino el Mosca. Nunca le diagnosticaron locura ni lo trataron por eso. Más que loco, era un inadaptado, alguien que veía el mundo de otro modo y no tenía pelos en la lengua para decirlo. Pero también tenía su propia forma de ver la realidad, todo se le olvidaba y nos contaba una y otra vez la misma historia, ¡qué mulada no haberlo grabado!


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Cosas de viejo, diría yo, más que de loco. Pero a él y a la familia nos gustaba más pensar que era loco. Vio la muerte de cerca varias veces y nunca le tuvo miedo. Se burlaba de la gente que ante la muerte de un ser querido se preguntan por qué tenía que morirse, preguntando a su vez: ¿y por qué no?, ¿qué tiene de especial ese pisado, cree que porque es rico o bonito o porque las tías tienen pisto y le han prometido heredarlo no se va a morir? Siendo, a fin de cuentas, un superviviente en un ambiente en el que la mayoría de sus aleros murieron jóvenes —con la honrosa excepción de don Martín de León, alias El Latino—, no le intrigaba la muerte, sino la vida. Constantemente se preguntaba por qué no se había muerto y cómo su misma hermana, Tina, quien llevó una mejor vida porque al fin y al cabo no se quedaba tirada en la calle, se murió antes. Le llegó la hora cuando no la esperaba. Decía que un viejo se muere en cualquier momento y por cualquier cosa, «hasta por un pedo, porque se lo tira o porque no se lo tira». Él creía que se iba a morir cualquier día o cualquier noche mientras dormía, sin sentir el paso de este

mundo al otro. Pero tuvo una larga agonía, el cáncer le quitó en vida lo que más le gustaba: fumar, tomar café y hablar babosadas. En los últimos meses no pudo hacer nada de eso. Cuando lo vi por última vez estaba deteriorado y sufría un poco por el dolor físico y mucho porque no podía hablar, ni comer, ni tomar café, ni fumar. Pensé que la muerte iba a ser un alivio; él mismo decía: «Hay dolores tan grandes en la vida, que sólo con la santa y puta muerte se remedian». Lo cierto es que cuando acababa de cumplir los 71, se murió. No fui a su entierro. Ya con las maletas en el aeropuerto, no pude comprar el boleto porque «se cayó el sistema», y la señorita del mostrador, con su gélida sonrisa de dientes perfectos, me informó que no podría venderme el boleto, que la empresa lamentaba cualquier inconveniente causado por el desperfecto, que agradecía mi preferencia y esperaban servirme con la eficiencia de siempre en otra ocasión. Disculpe y que pase el siguiente. Empresa cabrona. Menos mal que Byron, el Chino, Edgar y Guayo estuvieron allí y yo de alguna manera viví los últimos momentos y acompañé al Maíz


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Claro que esos personajes de película hacen cosas extraordinarias, como batir ejércitos de cientos de hombres ellos solitos, desquiciar ejércitos, policías, alguaciles y capitanes eternamente frustrados por las pícaras hazañas de los bandidos que, además, se dan el lujo de reír con esas dentaduras perfectas, como anuncio de Colgate, mientras huyen de sus perseguidores. Las hazañas del Maíz fueron pleitos imaginarios en mesas de cantina de la Sierra Maestra. Los niños bien, educados en la hipocresía del «eso se hace, pero no se dice» y otras por el estilo, veían en este irreverente personaje la liberación de los propios complejos, y mal que bien aprendieron que al pan se le llama pan y al vino se le llama vino. Aunque más de alguno se ruborizó y trató de convencer al Maíz de moderar su vocabulario, lo que logró fue otra llaga en sus tímpanos prejuiciosos. El Maíz también tenía algo de Lazarillo de Tormes y de todos esos personajes de la novela picaresca a los que la vida lleva y trae, no siempre de manera amable, por las más increíbles aventuras, y a pesar de todo, salen de los apuros. A veces les va bien, a veces mal, pero

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hasta su última morada a través de ellos. Me contaron que mi madre hizo enrollar alrededor del ataúd una manta con el rostro del Che que el Maíz tenía en la pared de su cuarto, con lo que mató dos pájaros de un tiro: le dio el último gusto al difunto y se libró de una vez del Che, personaje que nunca fue de sus simpatías. Siempre me llamó la atención que el Maíz fuera tan popular y conocido. ¿Por qué tanta gente sentía cariño y admiración por él? ¿Por qué más de alguno lo envidiaba? Para mí que su popularidad se debía a su rebeldía, su irreverencia y su alegría. En estos pueblos eternamente aporreados, acostumbrados a agachar la cabeza ante el poderoso del momento, sean estos los españoles, los gringos, el fmi o el Vaticano, la gente añora el momento en que alguien se rebele y se anime a protestar y a decir alguna grosería, aunque sea frente al espejo, para mostrar su inconformidad con el yugo, y mejor si lo hace alegremente. No en vano hemos admirado a los bandidos justicieros como Robin Hood, Chucho el Roto, El Zorro o Pie de Lana, y a todos los que de una u otra manera se negaron a agachar la cabeza.


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siempre están alegres. El sello del Maíz era la alegría con la que contaba las aventuras, propias y ajenas; las miserias del alcoholismo, la prostitución y la pobreza, las tragedias cotidianas, los vicios de la sociedad, la violencia de las cárceles... todo lo contaba con alegría, como lo había vivido. Cuando lo atropelló el bus y lo arrastró, no sólo salió vivo, sino que con el tiempo se recuperó por completo y convirtió el hecho en una historia de ciencia ficción, con extraterrestres y todo. La nariz leonina se la ganó por piropear a la novia de un forzudo, diciéndole que tenía «ojos de vaca envenenada», a lo que el forzudo respondió con tremenda trompada; seguramente no tenía vocabulario para responder en español. Pero no fue ese el único sopapo que recibió: una vez le hizo trampa a un ciego, bebiéndose él solo el octavo que habían pagado entre los dos. Cuando se encontraron de nuevo, el ciego le pasó la mano por la cara, su forma habitual de reconocer a las personas, pero en esta ocasión, además, estaba midiendo la distancia para darle al Maíz una buena trompada por sinvergüenza. La hinchazón le duró poco tiempo, la alegría de

contar la aventura no terminó jamás. Y como a pesar de tantas peripecias logró llegar a viejo, tuvo tiempo de reinventar y contar lo que le pasó, lo que imaginó, lo que les pasó a otros, todo mezclado en una sola historia que ahora es la de él. Siempre tenía público entre parientes, amigos, medio amigos y desconocidos. Nosotros no estamos muy convencidos de que la muerte signifique que un ser querido se ha ido para siempre. Vivimos con la impresión de que los muertos andan todavía entre nosotros y participan de nuestras vidas y hasta pueden comunicarse con los vivos, para bien o para mal. Mas de algún instruido dirá que esas son supersticiones de gente ignorante y atrasada. Habría que preguntarle si se anima a pasar la noche en el cementerio, solito. La verdadera muerte ocurre cuando uno desaparece de la memoria de los vivos. Así que el Maíz tiene todavía bastante rato, hasta que lo olvidemos nosotros, nuestros hijos, nuestros sobrinos y los otros que lo conocieron. Pensándolo bien, tal vez no está muerto, sólo está fondeado.


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Lauro Cruz

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Para Carlos López, digno sobreviviente en el submundo de la edición

abeando mi abstinencia como bestia en brama y husmeando con la urgente necesidad de un acostón y de encontrar algún lúbrico oasis donde terminar con mi fastidiosa sequía sexual, visité El Café de Nadie, en Jalapa, esquina San Luis; el nombre me pareció muy ad hoc para un escritor mundialmente desconocido como yo. Al subir las ruidosas es-

caleras de madera, las polillas comenzaron a protestar al sentirse perturbadas por mis ansiosos pasos. Muy pronto me di cuenta por qué. El recinto estaba acogedoramente desierto, aunque sus

Ilustración: Zhou Mlh

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De vuelta al Zócalo en 8 minutos


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paredes estaban atiborradas de obras al óleo y dibujos de mal gusto. Deben ser del dueño, pensé, o de algún amante de él porque, de otra manera, esto no estaría ofendiendo la vista de los visitantes. Más tarde, al conversar con el dueño, un argentino radicado en México, pude percatarme de algunas cosas. Claro, el tipo era insoportable; volví dos veces más por aquel lugar, pero siempre hacía honor a su nombre: no había nadie; ni Dios se aparecía por ahí. En otros cafés pude entablar conversación con damas a las cuales no les fui tan indiferente y eso levantó mi muy alicaída autoestima, pero cuando descubrían en mis anteojos a la Lennon las asquerosas intenciones de perro insaciable y en mi larga y lacia cabellera la urgente necesidad del intercambio de fluidos corporales, el encanto se rompía, como en los cuentos de hadas. Pero donde pude percibir mayores posibilidades de éxito fue en el Hexen-Café (lugar de brujas, según sus guapas meseras). Pues para ser brujas, están bien buenas, pensaba yo, al realizar mis lecturas en aquel mágico lugar, y las apunté en mi lista de futuras víctimas. Incluso

las obras expuestas gozaban de una descarada lozanía artística. En el Hexen encontré almas mucho más sensibles que en ningún otro lugar. Un martes de octubre, harto ya de mis nulos resultados, me puse a departir con tres jóvenes poetas que ese día visitaban casualmente el café, prodigando elogios mutuos a sus respectivos trabajos. De entre ellos, sobresalía un joven no sólo por su inentendible poesía, sino también por sus ínfulas coyoacanenses. ¿Y tú, güerito, qué andas haciendo con estos pinches mugrosos?, pensé preguntarle, pero luego lo olvidé, pues en la mesa de al lado había una mujer de escasos veintiséis años que poseía muy apetecibles carnes en todo su cuerpo, propias de una teibolera: senos exuberantes que parecían asfixiarse en aquel tremendo escote, cabello largo con algunos mechones dorados que saltaban sobre su aura como chispas de divinidad y unas piernas sin medias que mostraban, a mi lasciva mirada y sin ningún recato, la hermosura de su piel apiñonada, invitándome a toquetearlas. La reunión con aquellos jóvenes poetas fue de franca camaradería, pero de muy poca ilustración literaria, pues mi


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betyquiroz69@hotmail.com. Esto para mí fue como una invitación a cometer alguna fechoría o, por lo menos, a masturbarme cibernéticamente, como lo hacen hoy en día millones de jovenzuelos. Al regresar a la mesa, me despedí de los poetas. —Debo llegar a lavar los platos usados en la comida —dije muy serio. Eso sí les dio mucha risa. A mí no me pareció tan simpático, pues para un solitario como yo, las labores en el hogar son algo cotidiano. Antes de llegar a mi departamento a realizar las tareas «propias de mi sexo», me detuve en un café internet, anunciado con letras rojas de neón, como un antro, y escribí a Granescote: «Hola, hermosura, soy tu fan núm. 1. Me alegra mucho que mis miradas lujuriosas hayan vencido tu indiferencia de cortesana. No sólo me alegra, me produce un orgaaaasssmo. Dame una fecha y un lugar y ahí estaré, tan puntual como un clásico inglés. Sólo me conformaría con olerte (¡mmmm!), contemplarte (¡mmmm!) o admirarte (¡mmmm!), pero si tu lascivia me lo permite (¡¡¡mmmmmmmmmmmmmmm!!!). Ya sé que dirás que soy un presumido, pero

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corto y desgastado entendimiento no comprendió la complicada y profunda estructura de su poesía. La verdad es que tampoco les puse mucha atención, pues sólo tenía ojos descarados para aquella hermosa mujer que no paraba de besar a su atolondrado acompañante. Más tarde, cuando la pareja se disponía a partir, acompañados de mi desencanto, la bella mujer dejó caer al piso, con la malicia propia de una niña precoz, muy cerca de mí y sin que su acompañante se percatara de ello, un pequeño papel. Los bates, absortos en la perfección de su vanguardia poética, ni por enterados se dieron. Fingiendo un ataque de tos, me agaché, cogí el papelito, me disculpé con los integrantes de la mesa y me dirigí al excusado. —Voy a descargar el lagarto —dije, recordando una película de Tarantino. Nadie volteó siquiera a verme. Tan jóvenes y con tanta falta de sentido del humor, pensé, triste. El papelito era de color rosa y olía a perfume de mujer necesitada, ¿o era un simple mortal ávido de sexo quien leía aquello? Contenía un dato que echó a volar mi imaginación:


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hasta ahora ninguna mujer se ha quejado de mi lengua viperina. Bueno, después de hartarte de tantas emes, le envío un gran beso a tu delicioso escote... y otro a tu entrepierna. Ahora me voy a intentar conciliar el sueño, aunque sé que es imposible, pues tu malicia de ángel perverso me lo impedirá. Muchos besos». Después de aquel sublime y sugestivo mensaje, poblado de onomatopeyas, ahora había dos posibilidades: a) que a vuelta de correo electrónico me enviaran a darle de besos en la entrepierna a mi chingada madre y b) que se abrieran las puertas del paraíso de la lujuria, para dar paso a la libido y al intercambio de secreciones corporales. Para mi fortuna, el inciso b) resultó victorioso. Al día siguiente, respetando a mi madre, Bety me contestó: «Como me lo imaginé, eres un pinche guarro. Sin embargo, tendrás una oportunidad de demostrar esas capacidades de las que tanto alardeas. Espero que no sea yo la primera mujer que se queje de ti. ¿Conoces el Lau’s, en Madero, a dos calles del Zócalo? Ahí estaré hoy a las siete de la noche. Espero que el clásico inglés que traes dentro de tu chilanga ralea haga honor a su

fama; no soporto los retardos. Llevaré la misma ropa que ayer, pero iré sin calzones. Un beso de diez minutos». —¡Ah, cabrona! ¡Ah, cabrona! —exclamé jubiloso después de leer aquello y continué—. Dejaré descargar sobre ti toda mi artillería pesada acumulada durante... ¿cuánto tiempo tengo sin coger? Sin importarme los pormenores de mi ayuno sexual, me dediqué durante todo el día a prever los detalles para mi encuentro con aquella hermosa mujer y decidí enumerar las acciones a seguir: Punto número 1. Dejar la fiel y desgastada mezclilla y utilizar el único pantalón de pana que había en mi ropero. Punto número 2. Echar mano de todos los ahorros (un caballero inglés jamás permitiría que una dama pagara la cuenta) y Punto número 3. Llegaría, cuando menos, a las siete menos diez. Todo el día anduve errando y vagando como sonámbulo (algunos me hicieron notar que andaba como pendejo, pero no caí en provocaciones): durante el desayuno derramé una taza de café sobre el pantalón de un


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En los pasillos encontré una gran cantidad de gente y prisas características a esa hora del día: muchedumbre silenciosa con la mirada clavada en el piso; otros, viendo hacia adelante, como buscando su destino, afectados aún por la angustia y el recuerdo del pesado ambiente de trabajo en la oficina; mujeres remolcando a sus hijos de la mano respondiendo con oídos sordos a sus acaloradas protestas y culpándolos por su desgracia; ancianos arrastrando pesadas bolsas que contenían la indiferencia de los hijos y jóvenes que mostraban orgullosos su despreocupada precosidad a los transeúntes, propinándose largos besos al estilo de Gael García y la Vanessa Bauche, semiescondidos en cualquier resquicio de los pasillos. ¡Viva México!, pensé al contemplar tanto folclor y descubrir el tumulto esperándome en los andenes. Procuré pasar, deslizándome entre la gente, a los primeros lugares y colocarme lo más cerca posible del vagón, pero tropecé con alguien. —Órale, cabrón, no empujes —me gritó un jovenbúho-malencarado, abriendo los ojos desmesuradamente, provocando que sus lentes de

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camarada y recibí las primeras mentadas de madre del día. Bien merecidas. Más tarde, al salir a la farmacia a comprar aspirinas, olvidé salir con las llaves del departamento y al regresar tuve que romper un vidrio de la ventana para poder entrar. Luego, al intentar planchar la única camisa decente que tenía, olvidé la plancha sobre ella y así, cosas bonitas. Imposible comer. El recuerdo de aquella perfecta figura no sólo me había quitado el hambre sino hasta el modito de andar. Al llegar las cinco de la tarde, la tensión y el nerviosismo habían llegado a su clímax. Cometiendo algunas otras tonterías, debido a mi embotamiento, quedé casi listo a las seis treinta. Bañado, perfumado y luciendo una cabellera relamida, debido a las grandes cantidades de gel que me apliqué durante el largo rato que pasé frente al espejo, llegué caminando a las seis cuarenta de la tarde a la estación del metro Balderas, pues yo vivía a tres cuadras, con la ilusión y la sonrisa de un estudiante al inicio de cursos reflejada en el rostro y con la imagen del escote de Bety recorriendo mis entrañas.


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Benito Abusadito se opacaran, lanzándome una mirada asesina y ofendiéndome con su aliento de salario mínimo. No le respondí y reculé unos pasos, pues en ese momento no tenía tiempo ni ánimos para pegarle a nadie. Llegó el primer tren. Imposible abordarlo. La turba, desbordando ansias y desesperación, se abalanzó sobre él, como si dentro hubiera ofertas de temporada, y me dejó fuera. Espero el otro, me dije, aún tranquilo. Tengo tiempo. Tres minutos después, llegó el otro vagón. Para esos momentos, yo me encontraba en el mismo lugar que cuando llegué por primera vez a los andenes. La escena se repitió. Loco frenesí, empujones, torteadas, zapatos al aire, trompicones, maldiciones y gritos de protesta de algunas mujeres necias que no entienden que los primeros vagones son para ellas. Tampoco pude entrar. Me comencé a desesperar. Para el tercer tren en escena ya estaba decidido a permanecer en los límites del andén, es decir, un paso más allá de la raya amarilla. Cuando alguien se acercaba intentando robarme mi posición, mañosamente me adelantaba, conservando mi lugar. Por fortuna, esta vez el tren

no tardó tanto; sin embargo, el tumulto ya había adquirido las mismas proporciones que a la llegada del tren anterior. La gente parecía emanar de la luz de las lámparas, del suelo, de las escaleras y de las paredes; era una verdadera marabunta. No entré en el tercer vagón, me metieron. Entonces sufrí las vejaciones que amablemente me prodigaba el remolino de la multitud. Sentí su desesperación en mis nalgas (si fuera gay, este sería el lugar ideal, pensaba); pude oler su necesidad por llegar a ducharse y también percibí con el olfato los rezagos de frijoles con epazote de la comida corrida. Aunado a todas estas desventuras, la ventilación no funcionaba. ¡Viva México y sus funcionarios!, repetí para mis adentros, al fin que ellos viajan cómodamente en sus autos último modelo. En la estación Juárez, no bajó ni un alma, pero aumentó el olor a gases de diferentes tipos: chicharrón en salsa verde, mole de olla y lentejas con tocino, entre muchos otros que pude reconocer. Castigo divino. ¿Quién me manda ser tan pobre?, me recriminé. Al llegar a Hidalgo salí del vagón, aprisa y cómodo, llevado en vilo por la misma muchedumbre


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medio del grupo. Ya es de conocimiento popular la forma que se sube a estos vagones. Esta vez el tren sólo tardó unos segundos. Aflojé el cuerpo y en tres segundos ya estaba hasta el fondo del vagón, cargado amablemente por la turba. Confiado, optimista y alegre, ya me relamía los bigotes de la libido al pensar en mi encuentro con aquel oasis de perfectas dimensiones. Por fin terminaría mi ayuno sexual. Ahora podría dejar descansar a la zurda. Bellas Artes y Allende sólo me produjeron algunos sofocos y descubrí con horror que ya me estaba acostumbrando a la hediondez de la comida corrida. Pero, al llegar al Zócalo, comenzó la debacle. Además de que algunos necios intentaron abordar lo inabordable, pues el vagón estaba a reventar, impidieron la salida de todos los que teníamos que bajar. Los gritos de desesperación se escucharon de diferentes ángulos: —¡Háganse a un lado!, ¡dejen bajar!, ¡qué bárbaros!, ¡ay, oigan, no sean brutos!, ¡bajan, bajan! Yo era uno de ellos, pues la puerta aún se mantenía abierta. Cuando ya casi lograba mi objetivo, imaginando que mi bella Bety estaba fuera del vagón

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que me invitó a entrar en Balderas. Ahora estaba retrasado para mi cita, ya eran las siete menos diez. Bueno, me dije, en dos minutos llegaré al Zócalo, es decir, con ocho minutos de anticipación. La gente continuaba brotando de los mismos lugares que en la estación Balderas, indiferente a mí y a todo su entorno. Algunos se detenían a comprar golosinas, el periódico o películas piratas exhibidas en el suelo, para después continuar su camino, apresurados y en silencio, como empujados por una fuerza extraña. Para esos momentos ya me había olvidado de la impasibilidad y de la flemática actitud que adquirí al salir de mi casa, pues pensaba que llegaría tarde si no me apresuraba. Al llegar a los andenes de la línea dos ya me esperaba otro gran número de gente, sólo que de espaldas a mí. Me recordaron al enorme grupo de pingüinos que se protegen del frío y las tormentas de nieve colocando sus cuerpos lo más juntos posible; yo era el pingüino último, que merodeaba alrededor de la gran masa intentando colarme por algún resquicio. Tomando como experiencia lo sucedido en Balderas, mañosamente me coloqué en


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estirando las manos y tratando de jalarme, sucedió algo bochornoso, propio de las películas de Tin-Tan: algún malvado o distraído me pisó el zapato izquierdo y me lo zafó. Fue un instante, largo e interminable, durante el cual la vida sucedía en cámara lenta. Aún alcanzaba a salir del vagón, aunque sin un zapato. Imaginé la ridícula escena llegando ante aquella beldad calzado sólo con el zapato derecho y el calcetín del pie izquierdo riéndose a carcajadas de mi cara de imbécil. Decidí quedarme y recuperar aquel maldito zapato. Las puertas del vagón se cerraron y el tren continuó su marcha. Chequé mi reloj. Faltaban ocho minutos para llegar puntual a mi cita. Sin poder agacharme, comencé a tantear el piso del vagón con el pie descalzo. Mi calcetín saludó a varios zapatos. Sus dueños me miraron con rabia y desprecio. «Es que... perdí un zapato», me disculpaba, ruborizándome y sintiéndome doblemente imbécil. Antes de llegar a la estación Pino Suárez mi pie izquierdo localizó al extraviado quien, alegre como un niño al ver llegar a su papá a la salida de la escuela, corrió hacia él y se colocó en su lugar. Ahora ya estaba completo.

Ya podía llegar nuevamente ufano, guapo y simpático ante mi escultural Bety-gran-escote. Esto nuevamente alimentó mi libido. Sentí una leve punzada en mis genitales. Chequé otra vez mi reloj. Faltaban seis minutos para las siete. Al llegar a la siguiente estación, aventé y arrollé a cuantos aparecieron en mi camino, como si llevara bajo el brazo un balón de futbol americano y estuviera en la zona de anotación, ganándome varias mentadas y golpes de los afectados, pero nada me detenía entonces. Al salir del vagón corrí, corrí y corrí imaginándome que la muchedumbre ofendida me perseguía y eso me avivó al bajar, casi volando, las escaleras para llegar al vehículo que me llevaría de vuelta al Zócalo. Pero como un terrible presagio, el tren tardó más de lo debido. Apareció a las 6:57. Quise tener alas, pero, ¿de qué me servirían las alas, si no sé volar?, pensé en mi desesperación, capaz que me estampo en un poste de luz o en un edificio alto, a veces soy tan pendejo.... La llegada al Zócalo me devolvió la confianza y nuevamente empujé a la gente sin importarme las mentadas del personal y salí corriendo con


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Si la hubiera abordado aclarándole que yo era quien recibió su mensaje y que era conmigo con quien había pactado aquella esperanzadora cita, tal vez me habría hecho sentir tan imbécil como si llegara descalzo y sin calcetines a aquella cita de frustrado amor. Sólo me dediqué a admirar su ondulante figura y a imaginarme su sexo descubierto y sin pudores esperando ser atendido por la enjundia de un poeta cuya juventud, con seguridad, le proporcionaría el placer en las cantidades adecuadas para tan alta estirpe. Su rítmico andar, enarbolando aquellas hermosas nalgas que me lanzaban una mirada desdeñosa, seguido de mi desgastada vista, se perdió al dar vuelta en Isabel la Católica. En ese momento comenzó a soplar un viento frío, muy frío que abofeteó mi rostro, ofendió a mi cuerpo deforme y sudoroso y me regresó a mi avejentada realidad. La Luna, en todo lo alto, resplandeciente como pocas veces y colgada de las marquesinas de los edificios, me invitó a caminar de regreso a casa, sosteniendo con fuerza las frustradas ilusiones de mis cincuenta años en los bolsillos de mi único pantalón de pana.

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la esperanza de encontrar a mi futura amada. Sólo tenía 90 segundos para llegar a mi cita de amor. De la estación Zócalo al número 69 de la calle Madero, lugar donde se encontraba el Lau’s, sólo me separaban unos doscientos metros. Otra vez corrí como perseguido por mi destino. En mis orejas retumbaban las palabras de aquella belleza: «No me gustan los retardos» ¿o habrá dicho los retardados? No sé. La desesperación se había apoderado de mí. Llegué a aquel antro ochenta segundos después de la hora. Bety ya había pagado su consumo y se disponía a salir del lugar. Llevaba su molestia colgada de las cejas. Al verme, ni siquiera se inmutó. Esto confirmó un vago presentimiento que me asaltó desde el momento en que me dirigí al retrete del Hexen-Café para revisar aquel papelito rosa que contenía su mail y que olía a mujer intolerante. ¿Y si el mensaje no era para mí? ¿Lo había tirado en aquel lugar con la esperanza de que lo recogiera el poeta joven al cual llamaban sus amigos el 100% guapo, que por estar embebido en la ininteligible lectura de sus poemas no se percató de sus intenciones?


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Acerca de las ventajas del ser mediocre Gustavo Mejía Pérez

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ntes de hacer el amor con una mujer que no le gusta, piensa: Mediocre, digna palabra para insultar a un amigo que murió años después de salir de la secundaria. A ciencia cierta no sé cuál es su origen etimológico ni su significado primigenio, sólo sé que me suena a medio, término medio, como una carne que está parcialmente cruda, en la que se disfruta el sutil sabor del fuego mientras entre los dientes aún fluye la sangre como último vestigio de lo que es la vida. El justo medio, como el propuesto por Aristóteles, aunque, pensándolo bien, si era justo y medio, pues no era tan justo, quizá más bien, mediocre. Es sabido, porque eso dicen (Donoso), que la idea del filósofo griego estaba más bien cerca de la prudencia, una prudencia, sana: puede ser muy inteligente, pero si no tiene prudencia, es un idiota. Ahora que si intentamos recordar las condiciones en las que se supone vivió Aristóteles, bajo el cobijo de los gobernantes y maestro de Alejandro Magno, la prudencia no aparece como la mejor opción de vida; ante la opulencia parece más fácil caer en los excesos: de la carne (por supuesto), del poder, de la arrogancia: mira que decir que sólo los filósofos y ricos (como él) podían acceder al mundo de las ideas, de los dioses. ¡Qué formas tan sutiles usa la modestia para manifestarse! La modestia. Un profesor (con aspecto de gnomo: parcialmente enano o empequeñecido por la edad, con amplia quijada, caminar oscilante y bastón) decía que la modestia era para los pendejos. Mis recuerdos infantiles, plagados de telenovelas, películas de semana santa (y de luchadores) y conversaciones


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Esto de no excederse está por todas partes. Qué tal eso de: a las mujeres ni todo el amor ni todo el dinero. Claro, suena prudente (casi hasta lógico), pero, ¿quién dijo que el hombre es prudente y lógico? Aristóteles dijo algo así como que el hombre es el único animal racional. Lo de animal ni se discute, la otra parte, me suena dudosa. Porque de que somos

Ilustración: Vico

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familiares, me dicen que eso de la modestia es una virtud; por eso Cristo no arrasó con todos sus enemigos, ni los humilló; por eso los galanes tenían grandes autos y vivían en bellas mansiones y no les importaba enamorarse de la pelada de Verónica Castro; por eso El Santo usaba máscara. Ni tanto que alumbre a El Santo…


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animales, ni cómo hacerse a un lado, quizá (y sólo quizá) somos un poco más sofisticados (ridículos, inoperantes) en nuestros comportamientos. Es cierto, no orinamos para marcar nuestro territorio ni limpiamos a nuestros hijos (bueno, sus hijos) con la propia saliva, pero elaboramos discursos como grandes plumas brillantes para pavonearnos frente a la hembra deseada; las mujeres caminan contoneándose si algún macho apetecible (o inútil, da igual) ronda cerca. ¿Qué es el cortejo? Una danza, una serie de acercamientos y alejamientos destinados fatalmente (afortunadamente) a la cópula. La cosa es que si uno no pasa del punto medio, no llega ni a la estación del metro, ni al orgasmo, ni al amor. Pues bien dice (y dice bien) Silvio: «la cobardía es asunto de los hombres no de los amantes; los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias…». ¿Y qué con la cobardía? No lo sé de cierto, pero supongo que debe de haber una relación casi marital entre la cobardía y la mediocridad. ¿Por qué el mediocre no se atreve a hacer eso que desea, aquello que lo sacaría de la media, que lo llevaría a los extremos, a destacar? Por miedo,

que no por medio, o puede que sí. Aquí surge algo interesante, se abre una posibilidad, una escapatoria, un agujero: el mediocre (¿cobarde?) puede desear. Hegel decía que de lo único que los seres humanos podemos tener conciencia es de nuestro deseo. Extendamos la hipótesis: el mediocre tiene deseos, ¿qué hace con los deseos (con sus deseos)? Demos respuestas hipotéticas (lejanas a la realidad, ficticias, muy probablemente falsas): los transforma en úlceras gástricas y en cáncer (puede que le guste la astrología, que lea los horóscopos); se hacen pequeños hasta casi desaparecer y pasar desapercibidos; los ahoga: en alcohol, en llanto, en camas otoñales; los encierra, los guarda, los diseca, los colecciona; no los ve, se le escapan; los libera (escribe, baila, trabaja como carnicero, atropella a personas por las noches, se pone los tacones de su mujer cuando la casa está sola); los degüella, los quema, los entierra. Es posible que haya otra opción: que se muera o que sus deseos lo maten. Si se han dado cuenta, hasta el momento sólo me he referido a él, el mediocre, el cobarde. Que no se piense que esto es misoginia, no lo es, no hablo de las


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Cuauhtémoc Cárdenas. ¿Qué más? Vayamos con la constitución física: no debe ser ni muy gordo ni demasiado flaco, no debe rebasar el promedio de estatura que predomine en la población donde se desenvuelve; unos centímetros más en la altura o en el grosor podrían ser fatales, quedaría a disposición de los apodos más inolvidables como El Charmín o La Enredadera, lo que arruinaría su anonimato. El anonimato, otro punto esencial en el mediocre, debe tener la fabulosa capacidad de pasar inadvertido, a excepción de que alguien más necesite o quiera pasar junto (o sobre) él. Por ello quedan descartadas de su lista de comportamientos y características: las hazañas, los grandes amores, los temores excesivos, las enfermedades extrañas, los altos y bajos promedios en la escuela, las habilidades especiales, la belleza y la fealdad en sus extremos, la competencia, las contradicciones demasiados profundas, los coqueteos y los toqueteos, los asesinatos, las desagracias, la sobrevivencia a catástrofes naturales, las nuevas ideas, los bailes exóticos, los viajes no programados, las amantes y las borracheras, entre otras.

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mujeres porque las mujeres no pueden ser mediocres; cobardes tal vez; mediocres, nunca. Las mujeres son irremediablemente feas, bonitas o simpáticas; son monstruosas, lívidas (y libidinosas), morenas, gordas, rubias, esqueléticas, certeras, sinceras y mentirosas (mienten, eso lo comparten con los hombres), inocentes y perversas… Pueden volar o permanecer sentadas, existen las que jamás se levantan de la cama (o que por lo menos eso desean), soñadoras, las mojigatas, las que saben, las que no saben, las ignorantes y las que no quieren saber. Hay mujeres contundentes, hay mujeres combinadas, mujeres que parecen muchas, mujeres que son (quieren ser) sólo una, hay mujeres desmembradas, elásticas y rígidas, pero jamás mujeres mediocres. La prueba irrefutable de esto es que no hay mujer que no sea pretendida por alguien (hombre, mujer, dios del olvidado Olimpo). Continuemos. ¿Cómo debe (porque debe) ser un mediocre? Primero que todo debe ser un cobarde, cuidado con esto, la ley conmutativa no aplica a este caso: no todo cobarde es un mediocre. Hay cobardes heroicos como Ignacio Zaragoza o


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Como podrán notar, la mediocridad exige una disciplina difícil de alcanzar; sin embargo, existen los mediocres. ¿Cómo identificarlos? No se les puede identificar: si son realmente mediocres, pasan desapercibidos. Ha llegado el momento de terminar (aunque temo que me quedaré a medias). ¿Cuáles son las ventajas de ser mediocre? Porque han de saber que esta forma tan perfecta (medianamente perfecta) de vida tiene sus recompensas. Ventajas del ser mediocre: 1. Tiene y provoca menos sufrimiento. Si no es importante para nadie (ni para sí mismo), sus dificultades (medianas), sus dolores y finalmente su muerte no afectarán a nadie; tendrá tan poca importancia que no habrá que prestarle atención ni lágrimas. 2. No crea nada. Hay tantas cosas y personas en el mundo que para qué necesitamos a alguien más, y lo que es peor, alguien diferente. 3. La mediocridad es el acto más altruista de todos: no genera más basura, no provoca ni causa conflictos, ni se involucra en ellos: la paz idílica. 4. Como también sus sentimientos son medianos, no será capaz de sentir ni amor, ni odio (sentimientos tan vastos), quizá sólo aniden en él la envidia o el rencor, pero serán sentimientos tan prudentes que no provocarán alteración alguna en el transcurso de los días. 5. Los mediocres son económicos: no gastan todo lo que tienen ni ahorran todo lo que pueden: no piden las comidas más caras de las cartas ni regalan los obsequios más ostentosos. Seguro las ventajas pueden seguirse enumerando, pero seguir haciéndolo nos acercaría a un extremo, a la orilla y para qué caernos si aquí, desde la superficie, todo se ve tan bonito. Después, mira cómo la mujer entra en la cama mientras en su cabeza piensa: sí, hubiera sido bueno escribir esto, hasta parece texto de Cabrera Infante, pero… para qué. También pude haberme cogido a otra mujer, pero ésta es la que tengo y hay que cumplir.


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Asunción Molly Giles

Traducido por Hilda Venzor

M

ary había tenido suficiente. Los niños —¡¿niños?! Seth tenía cuarenta y Stefani cuarenta y uno— habían estado peleando desde San Cristóbal. «Tú eres». «No lo soy». «Sí, tú eres». Sentada en la parte trasera del estrecho auto rentado, Mary traducía al español por la suavidad y belleza del lenguaje sus insultos que iban y venían, pero su pulso todavía latía con impaciencia y su estómago se revolvía. —¿Podrían callarse los dos? —dijo al fin—.

Se supone que esto es un viaje divertido. —Madre —Stefani le advirtió. Mary se encogió de hombros y apagó su aparato auditivo. Ella notó que Seth tenía un gran lunar gris

Ilustración: Laura Quintanilla


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en la parte trasera del cuello que temblaba cuando gritaba, y Stefani giraba su cabello como un caballo espantándose las moscas. Habían sido una hermosa pareja cuando recién se casaron, pero ahora eran una pareja demacrada, adúltera y materialista. No era su culpa. Tampoco su problema. «No necesitas un carro más grande», leyó Mary en los labios de Seth mientras se volteaba de perfil, el lunar rebotando; «necesitas una pinche camioneta UHaul». Y Stefani, igual de poco imaginativa, también replicaba: «Lo que yo necesito es un hombre que no sea un pinche miserable». Si no hicimos nada bien, pensó Mary, al menos el padre de Stefani y yo sabíamos cómo pelear. ¿No sabía Stefani que Seth consiguió este auto de renta en una ganga? ¿No sabía Seth que Stefani compraba compulsivamente? Mary se sentó apretada entre maceteros para jardín, una rejilla de hierro forjado para vinos que había sido de alguna manera quemada para hacerla parecer rústica, una pila de tapetes tejidos, tres hamacas, y algunos espejos extremadamente puntiagudos que, amontonados en el asiento a un lado de ella, reflejaban su cara al revés, haciendo de su ligera barbilla doble un

monstruo triple y todos los pelos en ésta como largas cerdas de plata de jabalí. Lamentaba su reflejo, recordando al guapo lanchero viejo que le había guiñado el ojo mientras remaba llevándola a ella y a los niños a través del lago ahogado en lilas flotantes. Se volvió hacia la ventana. Las montañas en esta parte de Chiapas eran exquisitas. Azul humeante. El aire afuera, pensó nostálgica, probablemente olía a ese humo —humo azul de madera del fuego de las cenas, pequeñas buenas cenas de maíz tostado y pollo marinado en limones y chile; ella nunca aspiraría esos aromas porque Stefani insistía en mantener las ventanas cerradas, el aire acondicionado encendido—. Acelerando, Seth giraba alrededor de fornidas mujeres mayas vestidas con blusas bordadas caminando en fila india por la orilla del bosque, hombres de piel oscura regresando en bicicletas a sus villas. De vez en cuando unas cuantas chozas aparecían y desaparecían. Mary saludaba a los niños que estaban en los patios polvorientos con sus perros y sus cerdos, pero ellos no le devolvían el saludo —¿por qué habrían de hacerlo? Era sólo otra vieja americana que pasaba—.


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«Te dije que no te comieras esos plátanos machos». Era Stefani, gesticulando. «Estaban fritos en manteca de cerdo. Pero claro, tenías que comértelos». —Estaban deliciosos —dijo Mary—. Stefani torció la boca y volvió a su asiento; Mary, con la mano en el estómago, también hizo una mueca. Los plátanos no estaban buenos. Estaban grasosos e inmaduros, sólo se los había comido por despecho a su hija sabelotodo, quien no había comido otra cosa que PowerBars desde Mérida. Había sido una tonta por haber traído a Stefani y a Seth a México. Sólo porque ella había pasado los años más felices de su niñez aquí —años antes— no significaba que ellos disfrutarían lo que ella había disfrutado: la suave tibieza del sol de las montañas, los colores en la tierra del cielo al amanecer. Sonrió, recordando la viva comunidad de artistas expatriados en la que sus padres la habían criado. Fue una niñez de flores, fuentes y fiestas que no cambiaría por nada. Encendió su aparato auditivo y se inclinó hacia delante, esperando distraer a los niños con una historia de los años felices de su niñez, pero un nuevo cólico la detuvo.

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Su estómago hizo un decidido movimiento. «Necesitaré ir al baño pronto». Con su telex apagado, ella no podía decir qué tan fuerte era su voz; no muy fuerte, aparentemente, porque ninguno de los dos pareció ponerle atención, aunque Seth, frunciendo el ceño, hizo un movimiento hacia afuera con la mano como diciendo: no gasolineras, no pueblos, no arbustos. El camino se curveaba y subía, vueltas y vueltas entre las nubes. Mary se frotó el estómago y se recostó en el asiento. Siempre había amado los viajes en carro; era una buena viajera. Hasta ahora, San Cristóbal había sido su ciudad favorita y la catedral su lugar favorito, donde, arrodillada, había celebrado el Festín de la Asunción esa mañana con hermosas mujeres de piel morena en huipiles bordados, hombres en sarapes rosas, hombres de negocios en camisas de poliéster, soldados adolescentes, niños y una camioneta llena de turistas franceses parlanchines. Pero alguna fruta que le había comprado a uno de los vendedores con chal en las escaleras de la catedral no estaba cayéndole bien. Podía sentir un fluido maligno y oscuro que empezaba a burbujear dentro de ella. «Me estoy enfermando», anunció.


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Frunció los labios y apretó sus nalgas, tratando de suprimir un insistente pedo, pero éste salió de todas maneras, miró a Stefani y a Seth voltear a acusarse uno al otro y después, en una impotente ráfaga de vergüenza, sintió sus intestinos aflojarse completamente e inundar sus pantalones y el picoso tapete de lana en el cual había sido forzada a sentarse por falta de espacio. Horrorizada, dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. —¡Está muerta!— gritó Stefani. —¡Ay, por Dios! Bueno, era buena idea. Mary mantuvo los ojos cerrados. —¡El olor!— Seth viró tan bruscamente que uno de los espejos se ladeó y le raspó el brazo a Mary. —No puedo soportar el olor. —Mi madre está muerta ¿y lo único en lo que puedes pensar es en el olor? —No me gusta el olor de la gente muerta, ¿está bien? ¿De acuerdo? No tiene que ver nada con tu madre, es el olor en sí mismo. —¿El olor en sí mismo? ¿Disculpa? ¡Es de mi madre de quien estamos hablando! —Bien, ¿qué quieres que haga? ¿Qué vamos a hacer? Dime qué hacer.

—Tenemos que encontrar un hospital. —¿Cómo? —No lo sé. Tenemos que encontrar a un mexicano y pedirle ayuda. —No hablamos español. Sólo tu madre habla español. —Sólo mi madre hablaba español. —Lágrimas. Después, — estamos en el medio de la nada. —De verdad no puedo soportar el olor. Frenos. Seth vomitando a un lado de la carretera, Stefani rogándole que se serene. Mary abrió los ojos. Estaba oscuro. Estaba sorprendida. No se había dado cuenta cuánto tiempo había pasado. Quizá de verdad estaba muerta. Pero no, podía olerse a sí misma. No era para tanto. Sólo mierda natural, humana. No se sentía tan mal tampoco, su trasero y muslos enfriándose alrededor como un baño de lodo en un spa. Aun así, era humillante. Como la vejez, era humillante. Tan humillante como ir en el asiento trasero al cuidado de niños. —No puedo manejar con ella en el carro— dijo Seth. —No vamos a dejar a mi madre muerta a un lado del camino porque, en primer lugar, pagó por este viaje, si bien recuerdas.


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gustaba. Probablemente hasta se querían. «Yo soy a la que ellos no quieren», pensó Mary. Sólo soy una vieja inconveniente con una conveniente cuenta en el banco. Empezó a llorar, después se dejó llevar de nuevo por la belleza del cielo nocturno sobre ella y, finalmente, a pesar de las sacudidas debajo de ella, se quedó dormida. Despertó cuando el carro frenó. Luchando para levantar la cabeza, vio que se habían detenido ante un pequeño puesto polvoriento que estaba sólo en la orilla del bosque, iluminado con focos rojos y verdes como en Navidad. Oyó a los niños salir del carro y correr hacia el puesto. Esperaría hasta que regresaran, les confesaría la verdad, y luego podrían todos volar a casa de nuevo y olvidar esa pesadilla. Pero los minutos pasaron. Y más minutos. Y más. Finalmente, Mary desató las cuerdas de la hamaca y se sentó. El frente de la tienda estaba lleno de los mismos tapetes de lana brillantes que Stefani había estado buscando. ¡Está de compras!, pensó Mary. Maldita. Está comprando y Seth está regateando, y estarán ahí por horas. Se deslizó por el carro hacia el asiento del conductor.

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—Estaba pensando —tartamudeó Seth— podemos amarrarla a la parte de arriba del carro. —¿Hacer qué? —Envolverla en el tapete y atarla arriba del carro. Hasta que lleguemos a un teléfono. Silencio. —Es la única manera en la que podré manejar, cariño. Mary abrió la boca para protestar, pero nada salió. Aturdida, no se movió, se puso rígida como el cadáver que se supone que era mientras que, molestos y con náuseas, las dos personas que más había amado en el mundo la envolvían en el tapete, la izaban y la amarraban al techo del carro con una cuerda de una de las hamacas. Cuando se metieron al carro y empezaron a manejar, abrió los ojos y miró las estrellas. Ahora podía oler el humo, el aroma profundo de los pinos y sentir el viento fresco. Nunca se había sentido tan libre, tan sola, tan invisible, tan enojada. Sabía que abajo su hija y su yerno estarían todavía peleando. Habían peleado por la casa que ella les había comprado, el trabajo dental por el cual ella había pagado, las deudas que ella había liquidado. No les importaba pelear. Les


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Sacó el juego de llaves extra de la guantera, encendió el carro y empezó a manejar. Durante kilómetros, no se permitió reír, pero una vez que empezó, no podía parar. Podía imaginarse a los niños cuando salieran y encontraran que el carro no estaba. Pensarán: «algún mexicano lo ha robado con el cuerpo de mamá arriba». Empezarán a pelear acerca de quién tuvo la culpa. —¡Mía! —pensó Mary, jubilosa—. ¡Mía, toda mía!

«

Hubiera dado cualquier cosa por ver sus caras. Pero ése era el problema de estar muerta: no podía andar paseando y disfrutando de las cosas. Sólo tenía que regresar al hotel del lago de las lilas, lavarse, comprar alguna ropa bonita y encontrar a ese lanchero guapo. Después, llamaría a su abogado en Estados Unidos, cambiaría su testamento, compraría una casa aquí en las montañas y se asentaría por fin a vivir la vida que siempre había querido vivir.

A esa bóveda inmensa a la que llaman cielo, bajo la cual vivimos y morimos los hombres, no intentes levantar tus ojos implorantes. No dudes que ella gira, como tú y yo, impotente». Rubaiyat, Omar Khayyam


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Isaí Moreno

L

es pregunto a ustedes si pueden oírme, les pregunto si no es ilusión mía que observan mi cuerpo yaciente en esta cama, recibiendo ... con dificultad cada aspiración que congela mis pulmones... sólo gracias a que me duele cada respiro sé que sigo viva pretendiendo contarles esto, a pesar de que no pueden escucharme… vean en mis ojos lo que este

tubo de látex, atravesando mi garganta, me impide decir; o es acaso que me he quedado muda por la impresión de saber que en el instante de un parpadeo caben la vida y la muerte juntas, o porque vi una estrella alejándose de mí o desplomándose entre la

Ilustración: José Antonio Platas

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Los ojos de Amira Bibanovic


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blancura de estas sábanas limpias que me envuelven… pero contemplen mis ojos, cada parpadeo es el intento por musitar que hace unos días estaba aquí mismo, con mi padre al lado, hablándome tan suave que, para percibir su voz, había que poner alertas los dos oídos, pero resultaba suficientemente audible para no dejarme dormir cuando no debía; véanlo, aún permanece aquí, tomando mis manos, observen su sonrisa dulce cuando me contempla y acaricia mis cabellos, así estaba hace horas o días; y yo hundida en el silencio… a mí siempre me ha gustado el silencio —pero no el que entonces empezaba a rodearme, amenazando con aprisionar mi alma cuando la estrella se alejaba mientras mi cuerpo era transportado en un vehículo con la sirena encendida—, aunque mi padre supo, como lo supe yo, que no quería estar en ese silencio… sé que es una gran tontería no tener cuidado al atravesar una calle, aunque después de haber sido arrollada por un auto a nadie se le dice que ha sido una tontería... la sirena sonando me lo daba a entender, pese a que su ulular parecía hundirme más en mi propio silencio… ¿saben?

en eso me parezco a mi madre, y ella a mi abuela, quien también solía callar lo que pensaba; se dice que mi madre era una mujer insensible, pero era más bien silenciosa; cuando iba por una calle se detenía fingiendo que miraba los objetos del escaparate en un establecimiento, aunque en realidad estaba escuchando alguna melodía de la radio puesta por los empleados y esperaba a que la música terminara antes de irse de ahí, caminar por las calles y perderse entre la gente... así mismo iba yo, distraída por las notas que llegaban a mis oídos desde la acera opuesta: una canción jubilosa que me transportaba a momentos felices... ...y luego, puesto que en la ambulancia no dije nada, mi padre creyó que era porque no acostumbro hablar —ella también se lo calló, mi madre, guardó silencio cuando no quiso decirle a mi padre que ya no le provocaba esa fiebre que causa el roce nocturno de los cuerpos, y de tanto guardar silencio se fue quedando como muda hasta que las calles se la tragaron: un día salió y no volvió nunca a nuestro lado, se fue como los recuerdos gratos, por ello suele decirse que era insensible, más que por


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ustedes utilizan para analizar los reflejos; el resplandor me lastimó, pero quise seguir mirándolo, aferrarme a él como a la vida: imaginé su brillo que se alejaba, incorporándose al de las estrellas e iluminando un prado floreciente; las voces de ustedes se confundieron, las escuchaba lejanas hasta que de entre ellas surgió la de mi padre; percibí su rostro mirándome con solicitud y de ello es de lo que quiero hablarles, porque fue cuando sentí que ese silencio que no me gustó se adueñaba nuevamente de mí: cada uno de mis parpadeos era más pesado que el anterior, no quería cerrar los ojos ni deseaba dejar de respirar; él me decía: «prométeme que vas a estar bien, hija, asegúrame que esos bellos ojos que tienes no van a cerrarse nunca, hazlo por mí»... y yo quise prometer algo aunque me fue imposible hacerlo, me costaba más abrir los ojos después de cada parpadeo; en uno de ellos me vi a mí misma soplando las velas de una tarta de cumpleaños, en otro, más largo, sentí como si flotara encima de esta sala y los contemplase a ustedes desde arriba, alrededor de mí con sus batas blancas; en otro parpadeo, la ciudad entera: observé a las palomas

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abandonar a mi padre por desentenderse de mí—, pero decía que ella se callaba como lo hice yo en el vehículo que me trajo hasta aquí, cuando lo que me rodeaba empezó a volverse taciturno y mis pulmones parecieron cerrarse y pude haber dicho a mi padre que lo necesitaba, que quería respirar, mas no podía... después me desvanecí pensando en lo que él habría dicho: «eso no se hace, hija, nunca te calles lo importante»; lo habría susurrado con la ternura con que me hablaba al peinarme de pequeña, mientras ante el espejo me indicaba cómo hacerme yo misma las coletas: «debes tomarte con una mano el cabello y alisarlo con la otra, así, luego te pasas el peine mojado»... ...pero les decía que me desvanecí y cuando abrí los ojos me encontré sobre esta cama; la estrella de la que les hablo se alejaba, a la distancia podía escuchar una voz como la de alguien que me guiaba para no perderme y dije, creo que pregunté, aunque no me oyeron: «¿aún está la estrella aquí?», a lo que uno de ustedes, que ahora me observa con atención, replicó: «está volviendo en sí, ha reaccionado al destello de la linterna», esa misma luz que


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comiendo semillas que la gente les lanzaba en la fuente pública, los aleteos de las aves eran como el viento que acaricia las copas de los árboles, como un soplo en el oído susurrando secretos sobre la bondad, la belleza, la gloria... y quizá en el parpadeo que duró más —porque tal vez me dormí—, ahí vi al mundo suspendido de un hilo de araña muy delgado, colgando ante el vacío; podía notarse lo frágil de aquel hilo blanco, casi transparente, más débil entre más tiempo me dormía, abrí los ojos a la realidad y el cansancio volvió a cerrármelos… a cerrármelos… a cerrármelos... entonces me rodeó un océano helado, oscuro, un lugar donde no quise hallarme, de ningún modo lo quise, me costó un esfuerzo mayor abrir los ojos para encontrarme con los de mi padre, cálidos... ¿saben?, mis ojos se parecen bastante a los de él —es posible que lo hayan notado—, no los cerré en ese instante sino que permanecí de ese modo todo el tiempo que pude; la voz de él me preguntaba desde una distancia ingente: «¿me oyes, hija?, ¿me escuchas?, sólo haz un esfuerzo por contestarme con tu mirada, si me oyes da un parpadeo, uno solo», y yo lo di, despacio, aunque con

mucho esfuerzo; ahí estaba otra vez el océano, inmenso, frío, triste; yo flotaba en la superficie de sus aguas, donde cada oleaje traía más frío consigo —eso era la muerte— y deseé alejarme, abrir los párpados para ver la luz... mi padre me decía: «ya sé que me escuchas, hija, procura resistir», repitió como repite ahora: «no dejes que tus lindos ojos se cierren para siempre», y por complacerlo prometí esforzarme, aunque también por miedo a esa agua sin fondo de la muerte que parecía atraerme... así lo presentí, que todo se hundía después de unos instantes en ella; me imaginé como un buzo que sin remedio va siendo arrastrado hasta el fondo de las aguas por su propio tanque de oxígeno, hacia una profundidad tal que las mismas burbujas de aire que expulsa se hunden con él en lugar de ascender a la superficie, pero mi temor era más grande porque me dije: «si cierro los ojos, con mi padre mirándome de ese modo, entonces lo atraparé en un parpadeo y se irá conmigo a ese océano oscuro, batirá los brazos como yo en un intento desesperado por flotar y ambos nos hundiremos... temí tanto por él, no permitiría que entrara en una muerte que no


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suspendiendo al mundo; esta vez era más frágil: con mi sueño se debilitaba, el hilo se estiraba peligrosamente, no pude asociarlo con nada en mi interior sino sólo con la sospecha de que tenía una realidad propia, grité, pero ustedes no escucharon mi voz que se atascó en el tubo en mi garganta… ahora puedo oír la tonada proveniente de un radio que tal vez ustedes han encendido, esa misma que escuchan como yo y que me mantiene otra vez despierta —qué curioso, se trata de la misma melodía que me distrajo en la calle—… contemplo los aparatos conectados a mí, siento la mano de mi padre tomando con firmeza la mía, los distingo a ustedes mirándome, y quisiera decirles que aún tengo mucho sueño, desearía dormir y descansar ahora que escucho que quieren revisar otra vez mis reflejos poniendo esa luz intensa ante mis ojos: sí, la veo muy bien, dicen que es la de una pequeña lámpara, aunque a mi parecer sigue siendo el destello de una estrella que da vida a mi vida para decirles lo que me falta... ...les expondré por qué continúo aún en el intento de la vida: en el estado en que me encuentro se toman sólo las

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le correspondía, así que respiré profundo, me esforcé por no cerrar los ojos: de ellos salieron lágrimas por el esfuerzo de mantenerlos abiertos, de seguro ustedes han escuchado lo que hace un momento ha dicho mi padre: «hija, si te das cuenta de dónde, estamos parpadea una vez; si no, hazlo dos veces»... su voz sonaba perdida en el tiempo, la recordé al llamarme a comer mientras yo, pequeña como era, corría por el jardín y me raspaba las rodillas con el césped; en el recuerdo había cierta calidez que me confortó y quise suponer que ese océano helado que había aparecido tras mis párpados era una imagen de mis temores: no podía ser la muerte porque esa no debe tener forma o apariencia... con valor, aún dudando, cerré los ojos una vez, una sola, para que mi padre supiera que le entendía —en ese instante, pequeño o largo, sentí la profundidad del sueño que me atrajo para adentrarme en su hondura, creo que me desvanecí durante un rato, porque al abrir los ojos estaban encendidas las luces de este cuarto, blancas como la ropa de ustedes—... desperté por una visión en la que apareció de nuevo y con insistencia el filamento de arácnido


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decisiones más importantes, como lo que hago ahora si es que esto no es hablar... es difícil ir reuniendo las palabras —no sé si lo comprenderían, porque son como el agua que se escapa de los dedos cuando queremos beberla con la mano—, si tratara de darme a entender con más claridad fracasaría en mi propósito y no es eso lo que deseo, lo que quiero explicarles es la razón por la que he puesto la totalidad de mis fuerzas en sobrevivir: lo que me ha hecho permanecer despierta es una inquietud por ustedes que siguen luchando conmigo, quiero salvarlos, deseo

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con toda mi voluntad impedirles la caída, porque tengo la inexplicable certeza de que al cerrarse mis ojos sin remedio, la gravedad de las circunstancias no consistirá en dejar de ver, sino en seguir viendo, y quiero evitar el fundirme con otra realidad ajena sobre la que no tendré control alguno: estoy segura de que ante mí reaparecerá el hilo de araña y en él suspendido el mundo ante el abismo, y a medida que me diluya en un increíble arrullo, interminable, el hilo que sostiene al mundo se irá debilitando más, cada vez más, hasta romperse...

La esperanza terrena se desvanece pronto, como el humo. Si se realiza, es parecida a los copos de nieve que caen en las arenas del desierto. Fulguran un instante y se funden». Rubaiyat, Omar Khayyam


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Nino Gallegos

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uando despertó y se asomó por la ventana para ver qué tanta era la claridad matinal con el sol saliente, ve que el puerto se ha alejado con el mar de la ciudad, quedando los barcos varados en el arenoso lodazal de los muelles. Era sábado, teniendo que trabajar en el taller de los sueños hasta el mediodía. Después, unas cervezas con los compañeros del taller con abundante botana

Ilustración: Aldo Flores

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Trópicos subterráneos


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de mariscos. A nadie de la ciudad le extrañaba que el puerto y el mar se alejaran porque era cuestión de la marea baja con la marea alta, no de un mecanismo hidráulico operado por la mano humana ni de Dios y sí de la Luna. Escuchó que le hablaban su padre y su madre desde el cementerio Ángela Peralta, despidiéndose de los amigos del trabajo y dejarlos encantados con las ballenas, sacándolas de la hielera, una tras otra, hasta que la hielera, con su alberca de agua dulce, con cubos de hielo se deshelara sin siquiera un borracho dentro, porque todos estaban sentados alrededor de ella, conbebiendo y sobreviviendo en ese naufragio de mar ámbar. «De acuerdo, compa, que le vaya bien con sus padres», le dijo el más cercano y que sabía de su orfandad de hombre solo, porque ni padres ni hermanos ni esposa ni hijos. Nomás se asoma solo por la ventana. Cuando sale del patio arbolado del restaurante familiar en la avenida Barragán no le da importancia a tanto botadero de barcos grandes, medianos y lanchas con los motores fuera de borda, dándose las gaviotas y los pelícanos una atragantada de peces que se

deslizaban y saltaban para no ser atrapados por las aves, venciéndolos más el cansancio y la falta de oxígeno que los picotazos de esos animales alados, hundidos hasta el pecho de sus enlodados plumajes. En bicicleta y pedaleando a fondo, ha llegado al cementerio; bajarse y cargar la bicicleta a un lado de él como si la llevara a visitar a una muerta de ella: «Benicia de Friccius, 1900». Mientras él va a la tumba de sus padres, deja la bicicleta apoyada con el pedal derecho sobre la base de la lápida de Benicia, las deja solas para que puedan decirse lo que los rayos de las llantas y los huesos de la carne se han venido diciendo cuando Benicia la montaba y se paseaba por las Olas Altas del puerto. Fue en ese año fatal de 1900 cuando Benicia de Friccius compitió para el reinado del carnaval con una estadunidense, Wilfrida, Winnie, Farmer, ganándole la gringa, que entró triunfante en un tranvía jalado por mulas, acompañada por Teodoro Maldonado, sus chambelanes, ministros de la alegría y todo un cuerpo diplomático de opereta. También el martes de carnaval Winnie desfiló montada en un bello corcel negro, ya que era


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emergiendo de entre los muertos con sus blancos huesos, levantándose ese polvo antiguo tan enamorado de las lápidas finas y ásperas, esparciéndose por encima, echándose por abajo y levantándose por arriba de ellas. Sí, es un polvo enamorado que una vez enfermó y murió de peste bubónica y viruela. No era un polvo romántico, era un polvo enamorado, un Narciso que se contempla en las lápidas de las tumbas. Un polvo enamorado de Benicia. El silencio en el cementerio con el sonido del viento es el polvo enamorado que no deja de revolotear como un Narciso alado que se posa en donde mejor mora, esparcido o concentrado, pero nunca disperso, es el polvo del silencio y el polvo del viento, atrapado a veces en las ramas y las hojas de los árboles, sin faltar el viento para bajarlo o la lluvia para lavarlo y escurrirlo tierra abajo, de donde siempre ha emergido, de los huesos blancos. Cuando él tomó la bicicleta por los manubrios y salió con ella del cementerio, el polvo enamorado regresó patinando sobre la pátina de la lápida de Benicia, esparciéndose en un abrazo renovadamente enamorado, sintiendo la bicicleta un

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una ágil montadora y cabalgadora de caballos, mientras Benicia apenas montaba en bicicleta. Esto, lo de la bicicleta en competencia con los caballos, fue lo que le ayudó ganar a Wilfrida y causarle una fricción en el alma y en la orgullosa belleza de la originaria de Trieste, que decidió suicidarse en sus juveniles años y apenas empezando el siglo xx, no enterándose casi nadie de su muerte y luego ser sepultada discreta y anónimamente por un séquito de desconocidos, los cuales, después de las no pomposas pompas fúnebres, se disfrazaron para asistir al baile de disfraces que se llevó a cabo en el Círculo Benito Juárez. Con la canción de los tiempos, Benicia de Friccius, la bicicleta y él siempre se han encontrado en el cementerio Ángela Peralta, pues cuando él ha estado el tiempo necesario de visita con sus padres regresa por la bicicleta y espera que ella también termine su visita, recargada sobre la lápida de Benicia, él sentado a un lado de la tumba y fumar un cigarro mientras la bicicleta y Benicia... El silencio en el cementerio con el sonido suave y ondulante en las ramas y las hojas de los árboles es meditacional y espiritual,


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temblor alámbrico en sus rayos y Benicia un tremolar en sus huesos blancos; sintiendo él ese enamoramiento propiciado más por un Cupido que un Narciso entre la bicicleta y Benicia. La bicicleta salió del cementerio con un chirrido de llantas, los rayos tensos y los manubrios duros sin poder maniobrarlos. Tan así iba él con la bicicleta —¿distraída ella o distraído él?— que estuvieron por atropellar a un perro callejero, que al ver que se le iban a echar encima soltó unos ladridos lastimeros de advertencia, y al ver y escuchar que no lo vieron, y menos lo escucharon, prefirió correr y salvarse del atropellamiento, pasando él y ella como si nada estuvo por suceder; ella con el reguilete, él con el sombrero a todo lo que daba la velocidad con el viento a favor, calle abajo y en sentido contrario. Cuando llegaron a la plazuela del Burro y vieron el reloj empotrado en la fachada frontal de la escuela primaria Miguel Hidalgo, él supo que era una hora atrasada y avejentada, tal vez por un cambio atrabiliario del tiempo que no tenía relación con el tiempo viejo y sí con el tiempo moderno. Era tiempo de poner el tiempo a tiempo.

Fue entonces que él recordó llamarse Amancio. Así, sin más referencia a su orfandad y soledad, gracias al recuerdo, vagabundo en la pila bautismal de la memoria, la bicicleta tiene un dueño que recupera el nombre que los compañeros del taller de los sueños le habían escamoteado o borroneado con el sobrenombre de El Solo. «Aguas, que ai viene El Solo. Cállense, porque está por llegar El Solo. Ai dejen a El Solo hablando solo. El Solo y su alma. Pobre de El Solo que vive solo, y ni quién lo acompañe en su soledad». Era un sobrenombre pesado de tanta soledad. En cambio Amancio —le dolió recordarlo porque en el origen de su latinidad no era más que amante forzado de esa soledad que ha podido sobrellevar de la casa al trabajo y al cementerio pedaleando, de ida y de regreso en la bicicleta—, los compañeros del taller de los sueños, aunque es un taller de tapicería y a Amancio le gusta llamarle así porque a él le toca desnudar y no desbaratar los muebles de sala y los asientos de automóviles que van a renovar con el pedido y el pago de los clientes, Amancio dibuja en ratos en que no tiene trabajo sobre


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pliegos de papel estraza, procurando crear diseños de tiempos y espacios inveterados con motivos dibujísticos a lápiz, plumas y plumoncillos de colores con algo de jazz y blues. Ha dibujado cientos y se los lleva enrollados a casa, a escondidas, porque no se anima a enseñárselos a nadie, para que no se burlen los compañeros del taller de tapicería al que él llama El Taller de los Sueños.

El agua se quejaba porque, para llevarla al monte, la extrajeron del mar. Y éste le dijo: “Aunque vagues mil años, dejarás algún día de ser gota extraviada: volverás a mi seno“». Rubaiyat, Omar Khayyam


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El infierno

Gerardo Gutiérrez

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aló el gatillo. Sonó el disparo. Enseguida, brumas huecas. Vacío. Tres segundos después, despertó. Estaba en el infierno. Para su asombro, descubrió que ese lugar no era un terrible laberinto de ogros, bestias fornicando y cuerpos desollados. Por el contra-

rio, todo irradiaba felicidad, alegría lúbrica, templanza mordaz. Había mujeres desnudas, cierto, pero no eran adúlteras desterradas, ni ladronas, ni prostitutas. Eran simples doncellas cuya muerte las había sorprendido en medio de un rapto amoroso. También había

Grabado: Iris Schabert


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oyentes terminaban asqueados, devorados por lo vicioso, hueco y falso de sus palabras. Una tarde cualquiera decidió pegarse un tiro en la cabeza. Fue su alivio. Cuando despertó, pensó que se aburriría en el infierno. Mas no fue así. De inmediato fue llamado a comparecer ante los mandos superiores, quienes le impidieron sermonear. Uno de ellos, de barba puntiaguda hasta el suelo, habló a nombre de los otros nueve. Le pidió que diseñara la planeación estratégica y la visión a mediano plazo del infierno. Nadie lo había hecho antes. A nadie se le había encomendado una tarea semejante. No tuvo más remedio que aceptar. Le dieron toda clase de insumos: documentos, cifras, datos, contabilidad de ingresos. Por supuesto, no había egresos.

Descubrir quise en vano el Cielo y el Infierno más allá de la Tierra y aun del infinito. Pero una voz me dijo: “¡Necio! Cielo e Infierno, hasta el fin de los siglos, viven sólo en ti mismo”. Rubaiyat, Omar Khayyam

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hombres ilustres departiendo felices con botellas de cogñac importado. Un niño jugaba eternamente con su pelota. Un hombre cortaba el pelo a un hijo de vecino. En su semblante había un guiño de felicidad contenida. Se miraba al espejo y dejaba correr una lágrima al recordar el momento en que había sido llevado agonizante al hospital. Desde el segundo día de estancia en el infierno comprendió que sus días en la tierra los había malgastado en quimeras de sueños ajenos. Un tratante de marketing acostumbrado a negociar, persuadir y vender. Todo en aras de un éxito que nunca llegó. Durante años había creído en la nobleza de su labor, pero al final descubrió que en realidad desperdició increíbles cantidades de tiempo en arengas tan inútiles como absurdas. Sus


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Verbalgia

Luis Pineda Villaseñor

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sa mañana, desde la cama y todavía somnoliento, verbalicé que te verbalizaba, verbalizándome. La cacofonía fue tan poderosa que un retortijón literario —síntoma al que mi deformación médica obliga a nombrar con propiedad: verbalgia— me obligó a correr al retrete y desalojar una aguada verborrea que se acompañó de pestilentes faltas de ortografía y sonoras rimas. Jalé la palanca para enviarlas civilizadamente al lugar común.

Agobiado por estas miserias, creí haber leído en el Reforma un aviso en el que Casa Lamm ofrecía una posible esperanza a mi casi desahuciada dolencia. Acudí a su consulta externa en donde, con sospechosa amabilidad, advirtieron de los elevados costos que la atención de mi caso ameritaba y que con seguridad se haría necesario solventar gastos adicionales en materiales terapéuticos y optativas consultas. Quedó muy claro que la institución no tiene vocación para la asistencia social y mucho menos para la beneficencia. No me importó el precio; imploré su inmediata intervención. Sin costo, a manera de galantería —seguramente por el lastimero aspecto que mostraba— ofrecieron una consulta gratis, ni más ni menos que con la directora de la benemérita institución. Gustoso y esperanzado, me presenté a la cita. La eminente autoridad escuchó con atención el relato de mis dolencias. Muy segura de su ojo clínico explicó: —Tu caso ya no puede atenderse en los niveles básicos; se van a requerir especialistas. Ordenó que fuera admitido en terapia intermedia: la maestría en creación literaria.


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obligó a mostrarlo públicamente desnudando mis pestilentes escritos en una clase con sus alumnos. Ante sus pupilos y desde un proyector que conectó a su estetordenador, me auscultó. Diagnosticó que mi caso no era agudo ni grave, con claridad encajaba en la categoría de esdrújulo. Lo primero que

Ilustración: José Luis Corral

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Desde las primeras consultas detectaron un signo ominoso en mi verbalgia: se manifestaba una muy avanzada ortografiopatía. Me enviaron a consulta con el doctor A. El facultativo analizó con detenimiento hasta los mínimos detalles de mi vergonzoso síntoma y, para colmo, me


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detectó fue que deformaba la forma y tal reforma era un fondo inadmisible, peligroso. Prescribió un ayuno de comas que sólo debía suspenderse después de un punto y seguido. Señaló con un indicador láser dos puntos: el primero, que mi padecimiento se originaba en el crónico abuso del gerundio, añejo vicio que, causando un enfisema, estaba creciendo, modificando, alterando y dificultando mi escritura y progresivamente la había ahogado; el segundo era la evidente obesidad que me había provocado la desmedida, descontrolada, exagerada, irreflexiva e innecesaria aplicación de adjetivos, los que «al no aportar, matan» el flujo de mis ideas, obstruyendo, persistentes y obstinados, su circulación, llevando mi caso a una esclerosis creacionista. Tal como la describió el célebre doctor Huidobro, acotó, inspirado. Todos me miraban cual paramecio bajo microscopio. Compadecido de mi escuálida literatura, me mandó a un punto y coma; una dieta ausente de las nocivas grasas que aportan los best-sellers animales. Me prohibió tres puntos y los mencionó seguidos: comics, telenovelas y

tabloides. Su sabiduría borró las interrogaciones del alumnado. —¡Sobrevivirá! —exclamó admirado. Cercano al colapso, sólo ansiaba entre comillas que la consulta terminara. Enfático, dijo para concluir su cátedra: —Punto final. En seguida fui llevado en una camilla forrada de letras con el doctor Ele, experto en detectar narradores, los que, como es sabido, son los agentes causales, o mejor dicho, con mi poco reiterada escritura, son: la etiología perniciosa de la literatura. Sonriente, vio cómo ingresé a su cubículo. Inició la consulta advirtiendo que me iba a aplicar una estrategia infalible de cinco etapas —¿dijo preguntas?—. Yo estaba aturdido. Lo que quedó registrado en mi memoria fue su acento de voz: sonaba parecida a la de Girondo, Cortázar, tal vez Borges, todos ellos famosos galenos que dirigieron clínicas literarias. Me los habían recomendado, pero me pareció muy difícil atreverme a consultarlos. De un modo inesperado, el doctor Ele ordenó que proporcionara una muestra de mi verborrea, la frescura de la alícuota era indispensable, por lo que había que emitirla ahí mismo,


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tenían el mismo efecto. Apresurado, acudí a la bibliofarmacia de la Casa Lamm, en donde me informaron que, por indicaciones del propio doctor Ele, sólo se podían vender de una en una las prodigiosas inyecciones; explicaron que era conocido su poder adictivo y la intoxicación por sobredosis de elementos literarios tan puros podía ser mortal. Adquirí un poco decepcionado la fraccionada imitación y me la apliqué ahí mismo. El efecto fue inmediato, salí al patio de la Casa Lamm, excitado por un agradable, pero ficticio placer literario. Me detuve en el centro de la plaza Juan José Arreola y desde ahí, con místico fervor propio de un auto sacramental, exclamé: —¡Confieso que he narrado, pero ya no lo volveré a hacer! Subsecuentes análisis llevaron al doctor Ele a concluir que manifestaba una muy fuerte autodiégesis subjetiva, ubicable, en la qué sólo yo podía narrar mis ideas a base de disparates. Mi literariopatía parecía ser de cuidado. Sugirió un psicopoético análisis. Me canalizó con su colega, la prestigiada psicopoeta Eme Pe.

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en público, ante la presencia de otros compacientes. Sentí alivió por saber que al menos llevaba algo de papel. Los primeros minutos no salía nada, a pesar que pujaban los verbos. De reojo miré al resto de mis compañeros de dolor: estaban sentados, tranquilos, algunos hasta separaban las piernas, arrojaban cómodos sus verbalizaciones. Esto me animó y de la vergüenza pasé al cinismo. Pensé: si a ellos no les importa que los miren en tan íntimos trances, a mí menos. Evacué una generosa muestra de verborrea. Como resultado del análisis, dictaminó el experto doctor Ele, se descartaba por completo el síndrome de Agota Kristof. Me tranquilizó saber que la esquizofrenia de doble yo narrador estaba ausente. Lo que se había detectado eran sospechosos indicios de un narrador oculto, tal vez una segunda etiología. Se hacía indispensable profundizar en los estudios. A manera de paliativo, me prescribió unas inyecciones literarias que eran imposibles de encontrar en el mercado normal de las biblioboticas. Pero él podía proporcionar unas copias fieles a la fórmula original —de plano ilegales—, pero, me aseguró,


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Debo confesar que busqué referencias de ella en internet antes de decidirme a entrar a su consultorio. Siempre había desconfiado de tales especialistas. Pensaba que la psicopoesía era cosa de mentes desviadas, iluminadas o de plano desquiciadas. No creía tener tales anomalías. Según yo, lo mío era un vulgar caso de verborrea presenil. Alucinado por mis irracionales temores, fui conducido al consultorio-taller de la especialista. Quedé petrificado al verla: parcialmente ocultos por un antifaz bifocal, sus ojos de hipnotizada cobra hicieron una radiografía de cuerpo entero de mi anémica condición. Cercano ya a una crisis de paranoiopoesía miré asombrado: de su boca emanaba, deleitándola, una fantasmal neblina. Tras un acceso de tos, dijo: —Mis literoterapias son a base de talleres en grupo. No me importa cómo le hagas, pero a güevo tienes que presentar un poetexto diferente en cada sesión. Así que tú decides si te quedas o… (señaló la puerta).

Para la siguiente sesión llevé un —según yo— poetexto:

Soñé

que te soñaba soñándome. No me gustó soñar que soñaras despertarme.

—Repítalo —dijo la eminencia. Soñé, que te soñaba, soñándome. No me gustó soñar, que soñaras despertarme. Miré un espeso silencio. La psicopoeta se quedó pensativa. Convencida, recitó su oráculo fatal: —Verbopatía idiopática simple. Tu caso no es peligroso —agregó—. Requiere de un prolongado tratamiento. Debes recluirte indefinidamente en talleres de escritores incurables. Decidí tomar una segunda opinión.


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Juan Antonio Rosado

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ecorro el departamento. Un amplio charco de orina frente a la cama de mi hija menor emana un tufo que envuelve la recámara; intenta acaparar mi mente para hacerme olvidar el desastre.

Al ponerle fin a su griterío, mi familia salió con los rostros rojos de cólera, dejándome solo en esta estancia derruida, con estos muebles que apestan a humedad vieja, a podrido. ¿Volverán? ¿Me habrán abandonado para siempre? Frente al espejo del baño, la palidez de mi semblante contrasta con las profundas y casi amoratadas ojeras que a la vez hacen resaltar el marrón claro de mis ojos. Mis labios, gruesos y partidos, ni siquiera pueden pronunciar una queja ni una mentada de madre; ningún insulto. ¿Me preocupa? No... me da lo mismo, aunque no haya probado alimentos desde esta mañana, cuando mi mujer y mis hijos salieron azotando la puerta y gimiendo que yo era un cerdo, que les daba asco. ¿Quién habrá azotado la maldita puerta? ¿Por qué no corrí tras ellos? Ya son Ilustración: Chungtar Chong López casi las once de la noche,

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La importancia del condimento


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pero sé que volverán. Lilia necesita su masaje: «¡Usa bien las uñas!». Oigo esa voz a cada rato. Me persigue intentando agusanar lo poco que me queda de sensatez. ¿Me queda algo de sensatez? ¿Hasta qué punto las emociones contradictorias y las humillaciones pueden afectar la inteligencia, si es que alguna vez existió? Intentaré repasar algunos hechos de mi vida; lo que he experimentado desde que me casé con Lilia y tuve a esos... hijos. ¿Puedo llamarlos así todavía, después de lo que ocurrió esta mañana? No sé. Empezaré por el día de ayer. ¿Qué pasó ayer? El hastío debilitaba mis ánimos, deleitaba mi masoquismo y amenazaba con apartarme de la poca cordura rescatada de entre los rastrojos de lucidez prematrimonial. Recuerdo la viveza de ese fastidio en las imágenes repulsivas de Sergio, mi socio, cuando empezó a reprocharme el déficit en la empresa: —¡Nunca debí aceptarte, cabrón! La larga tenia de frases violentas que lanzaba para hacerme sentir culpable se volvía más enérgica en la medida en que mi silencio se prolongaba, como si cada vocablo lo esperara para

alimentarse de él y alargar así el maloliente gusano hasta la sensación de infinitud. Me figuré que mi socio, con su cara redonda y su ridículo bigotito gris, llegaba al extremo cuando, de la alcantarilla de su rostro macilento, surgían enunciados que se adherían al aire como ventosas. Sí: las ventosas de esa tenia podrida. Sus injurias alcanzaban lo más intocable de mi intimidad, ardían en el ambiente, retumbaban ante la docena de oyentes agrupados junto a la puerta. A zancadas, Sergio retrocedía y avanzaba en grotescos vaivenes. Sus dedos, como puntas filosas, me acorralaban, herían el aire entre gesticulaciones. Muecas bestiales se apilaban sobre ademanes estentóreos, saltaban de su cara como impulsadas por resortes candentes. Una señora enrojecida escudriñaba sus labios con la mirada. Yo quería cerrar la puerta, pero estaba descompuesta. —¡Ya se propasó! —profirió un hombre, pero al instante se arrepintió de haber intervenido. Otros hacían comentarios sobre el clima o aludían a alguna noticia reciente; pretendían engañarnos con que no escuchaban. Mi paciencia me sorprendió por un momento, pero mi enfado resurgió. Por fortuna, me


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—Cállate, nos va a oír. —Mira qué color tiene. —No me importa. Bajo humo y cielo, mi estómago rechinó hasta subir en el autobús, donde revolvió su jugo gástrico como lavadora defectuosa. El calor era insoportable. Me concentré en la ventanilla, sin mirar restaurantes ni edificios. La gente atestó el pasillo. Comprobé la miseria de los niños callejeros, con sus miradas de adultos amargados; de los tragafuegos que olían a gasolina todo el tiempo; de los limpiaparabrisas que enjabonaban coches, pero nunca se bañaban; reconocí a las marías traficantes de dulces o de muñecas de trapo. Todo eso me daba más y más hambre. A la mitad del trayecto, el conductor atropelló a un perro. Su dueña, robusta y adiposa, lo llevaba de una larga correa. El animal husmeaba un papel que acarreaba el viento y cruzó la avenida tirando con fuerza de la señora. El caniche se interpuso entre las ruedas del autobús que, tras un salto violento, frenó en seco. Todos escuchamos aullidos desgarrantes que se prolongaron por varios segundos y se mezclaron con los gritos y lamentos de la mujer.

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dio hambre y olvidé todos los reproches e injurias. Salí con paso veloz. Llevaba dos días sin saciarme, a causa del trabajo. ¡Y aun así, el imbécil de Sergio osó reprocharle a mi pereza los malos negocios! ¡Pobre pendejo! Si yo lo abandonara, la pinche empresa quebraría. —¿A quién más se deben los malos negocios? ¡Sólo tú eres el responsable y te costará, cabrón, te costará...! ¡Pobre güey! Es increíble la cantidad de farsas que los miserables inventan para hacer miserables a los demás. En realidad, una sola farsa. Se hincha progresivamente y estalla como un apéndice. Como el cuchillo de pedernal contra el pecho del sacrificado, se impacta en la vida cotidiana; otras veces se reduce y oculta su esencia tras un rencor o una sonrisa hipócrita. La farsa sin más: eso es. Me marché de la oficina poniéndole puntos suspensivos a mi socio, y a la gente, signos de interrogación. Recorrí el pasillo hasta llegar al elevador. Cuando se abrió la puerta, no sé qué notaron los pasajeros, pero me volví blanco de sus miradas durante casi todo el trayecto hacia la planta baja. —Parece turbado, pobre hombre.


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—¡Hijo de la chingada! —gritó al conductor —¡Infeliz! El chofer apagó el motor y abrió la puerta delantera. Todos vimos pasmados a la señora con el cadáver del perro. Lo arrastraba a tirones mientras insultaba con aspavientos y señas obscenas. —¡Cabrón! ¡Ciego de mierda! ¡Puto! Me comían los retortijones con el hambre en el pecho, donde empecé a sentir el estómago. Antes de que el chofer pudiera encender el motor, ya la matrona, sin abandonar a su perro, se había subido al vehículo. —¡Desgraciado! —su histeria creció— ¡Te voy a matar! —¡Ya cálmese, ñora! —El hombre trató de tranquilizarla, lo mismo que dos pasajeros entrometidos. —¡Cálmese, doña, cálmese! —¿Y a ustedes qué carajos les importa? —increpó la mujer, que de súbito recogió el cuerpo del animal y lo arrojó contra sus caras con violencia. La gente se revolvió y, por fin, formó una hilera que fue saliendo por la puerta trasera. —¡Vieja loca! —¡Tu madre, pendejo! —la coprolalia rebasaba lo tolerable. —¡Vieja chiflada!

—¡Tu madre, puto hijo de mierda! Hasta donde miré mientras me alejaba, la mujer, el conductor y los pasajeros agredidos continuaban discutiendo, con el cadáver del animal a sus pies. Los demás caminamos hacia la próxima parada. Ese lapso permitió a mi estómago recuperar su lugar habitual. El siguiente autobús tardó. El hambre se distanciaba. Llegué a casa fatigado y sobre la mesa... —¡Sopa de cebolla! —exclamé ante el platillo que Lilia, justo por mi insistencia, no preparaba desde hacía años. Después de tanta resignación, ayer decidió cocinarlo. Mi alegría resonó en palabras amorosas que mi mujer escuchó desde la cocina y hasta olvidé contarle lo que ocurrió en el autobús. Sumergí la cuchara, la llevé a mi paladar impaciente y en el acto sentí roces molestos que me obligaron a ver el contenido del caldo. Puse una muestra sobre la mesa y me percaté de que mi esposa lo había condimentado con una generosa cantidad de uñas que se confundían con la cebolla. «He aquí —me dije— la clase de torturas con que se nutre mi familia». ¿Mi


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—¿Para qué? —Es que... —al notar la espontaneidad con que empezaba a justificarse, lo interrumpí. Le di el dinero y más tarde me contó la hazaña. —Te fue bien —le dije—. Tu hermana mayor ya había hecho lo mismo. —¡Cuéntame, cuéntame! —No tuvo la misma suerte. Un chimuelo con orejas de coliflor y ojos pequeños y un calvo de nariz chata con las orejas muy grandes la cubrieron con sus sacos. El calvo la apartó de la gente y aparentó conocerla: —¡Pero qué haces aquí, niña tonta! ¡Dije que te quedaras en casa y que no me siguieras! Disculpen, es retrasada mental. Le cubrió la boca y después de entregarle su saco al chimuelo la condujo al otro lado de la calle, donde se ocultó con ella entre dos camiones de carga. Empezó a manosearla. El hombre se bajó el cierre del pantalón y se sacó el pene. —Te haré gozar, niña. ¡Vas a ver qué rico! —¡Déjeme!, ¡suélteme!, ¡suélteme!, ¡me lastima!, ¡déjeme! —¡Silencio!, si no quieres que te mate.

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familia? ¿No vivo acaso en un manicomio? Estoico y paciente continué con la sopa de uñas y cebolla. Pensaba en la afición de Lilia por las uñas cuando mi hija más pequeña dejó su muñeca en el piso, se trepó a la mesa, se subió la falda y, en cuclillas, orinó mi caldo. Dejé que lo hiciera por aquello de los niños traumatizados por el enojo de los padres. No quise recurrir a la vulgaridad y me conformé con ser tolerante. —¡Eres una tonta! ¡Debiste esperar a que terminara! No me escuchó. Se marchó corriendo sin tomar su muñeca. Tuve que soportar la sopa de cebolla, uñas y orina. El hedor agredía mi olfato y, para olvidarlo, rememoré algunos episodios familiares. Hace dos días, Pedro, otro de mis hijos, se bajó los pantalones frente a la fila que esperaba el autobús. Con autoridad —casi despotismo— les ordenó que le dieran dinero para un taxi. —¡Malcriado! —Déjenlo, no hace daño. Terminaron por subirle los pantalones a la fuerza y despacharlo en taxi. No le dieron ni un centavo. —Papá, papá, ¿me das dinero? —me dijo al llegar.


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—Está bien, está bien. Sólo quiero platicarle lo que le pasó a mi prima, por favor. —No —el calvo insistía. La tenía sujeta—. Vas a mamármela y si me lastimas, te mato, puta. —Por favor... Hago todo lo que usted quiera, pero deje contarle, por favor. —Pero rápido. Entre sollozos, tu hermana le contó lo siguiente: «La semana pasada, un señor quiso asaltar a mi prima. Era de noche, en una calle desierta, pero mi prima fue veloz y...» —Rápido —exclamó el hombre. —Sí. Suélteme esta mano, que me lastima. Ya la tengo roja. —No se te ocurra gritar ni golpearme con esa mano, porque... —Entonces mi prima hirió al hombre y se fue corriendo. Me recomendó llevar un... Tu hermana no completó la frase. Con un filoso cuchillo, le rebanó la oreja derecha. Al lado, los coches y los claxonazos seguían circulando furibundos por llegar a sus destinos. Tu hermana se soltó, recogió la oreja y se fue corriendo como una liebre. El hombre se retorcía de dolor entre la sangre que le brotaba. —¿Y ella qué hizo?

—Escapó en taxi. Insistió en mandar a disecar la oreja, como recuerdo. —¿Lo hicieron? —¿Estás loco? Por supuesto que no. La quise tirar a la basura, pero tu mamá la frio en aceite de olivo y se la comió. Ayer, cuando terminé la sopa, ya no quise comer más. Subí a mi habitación. Un ataque de náuseas se transformó en secuencias de vómitos y malestares. Recapacité sobre la monotonía, esa condición latente que envuelve las situaciones y las transforma en tedio, lo contrario de una situación. La gente suele preferir ese estado, tan ajeno a la naturaleza y al arte, a los instintos y sentimientos, porque en él se siente segura, estable, sin vestigio de contradicción o cambio, íntegra, fiel a lo que cree perenne, protegida tras una palabra o un epíteto para hacer ver a los demás que con sus cómodas pantuflas y su aparato televisor son alguien. A veces una palabra borra cualquier sospecha. ¿Es posible salir de la monotonía sin arriesgar la vida? ¿Es posible? ¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos, por lo menos de vez en cuando, transgredir alguna norma, aunque haya sido impuesta por nuestra conciencia,


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los cabellos entrecanos y crispándose los músculos del rostro. —¡Le prometo que voy a pintar todo de verde! —¡Pues ya no compre pintura verde! ¡es monótono! —El señor dio media vuelta y se fue. «Hago justo lo que condeno», me dije. Hoy, antes de llegar al trabajo, compré pintura violeta. Si no le gusta al dueño, que coma mierda. En el trabajo, Sergio se extrañó de verme llegar con dos botes. No dijo nada. Creo que por la riña de ayer me aplicó la «ley del hielo». Lilia también contribuyó a la campaña contra el monotonismo. Anteayer compró tres cajas de alpiste para nuestro bebé adoptivo. La leche comenzó a aburrirle y mi mujer dice que es un pajarito; además, intuye a la perfección cuándo el niño está insatisfecho con sus alimentos. —Si se escuchan eructos estridentes, el bebé está insatisfecho. Su modestia me preocupa. En realidad intuye muy bien cuándo van a llegar esos eructos, se adelanta horas. Su padre decía que no podía intuir nada y con frecuencia se mofaba: —Nunca le ha funcionado el sentido de la intuición; se le

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por nuestros propios temores? Hace una semana, mi hijo Raúl se masturbó delante de dos monjas, una decena de transeúntes y varios coches. No me extrañó: ya de muy niño lo hacía y, justo porque podía volverse monótono, su madre le aconsejó no elegir más monjas. Pero el niño es necio y la necedad es ignorancia y estupidez. —Hay una inmensa gama de personas en la ciudad, Raúl. Y Raúl escuchaba... La monotonía es un mal del que debemos huir. Ayer, ya caída la tarde, me dirigí a la tienda y compré un bote de pintura verde. No supe qué hacer con ella y la derramé desde la azotea. Una hora después, llamaron a la puerta: era el dueño del edificio, que vive en el departamento de abajo. —Buenas noches —exclamé. El hombre estaba irritado. —Espero no molestarlo si le hago una observación... — frunció el ceño, levantó el labio superior y, casi mostrando los dientes, se sonrojó. Pequeños temblores recorrieron su cuerpo. Parecía una olla de presión. —¿No quiere pasar? —¿Qué va a hacer con toda esa pintura? ¡Debería darle vergüenza! —gritó, sacudiéndose


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atrofió de niña cuando lamió a su gatito desde la cola hasta la nuca. La escena fue tierna, pero ya no intuye, ¡y hasta casi le da asma! Pero era él quien no intuía. Lo sé porque fui testigo: al entrar por primera vez en su casa le expliqué, muy respetuosamente, que venía a pedir la vagina de su hija. Lilia se echó a reír. Los ojos de su padre se vistieron de fijeza; la boca dibujó una ligera sonrisa. Me acerqué a él: —Vamos a ponerla seria. —¿Qué se te ocurre? —Voy a decir que vine a pedirle la mano. —Entonces ahora vengo. El hombre dio largos pasos, subió las escaleras y bajó con un hacha. Lilia, exacerbada, seguía riendo. Su padre me guiñó el ojo. Después de entregarme el hacha con solemnidad, se puso a espaldas de Lilia y la sostuvo con fuerza. —Lilia —le dije, tomando su mano y acercándola al filo del hacha—, ¡vengo por tu mano! Su padre la apretó y volvió a guiñarme el ojo. La mujer dejó de reír, se puso pálida. Con ímpetu, me arrebató el hacha, giró con gran rapidez hacia atrás y cortó la quijada de su padre. La sangre saltó por todos lados. No lo podíamos creer.

—¡Fue un accidente, un accidente! —Lilia empezó a llorar. —¡Parece que no le pasó nada, no te preocupes! Al llegar la ambulancia, dijimos que había sido la sirvienta. —¡Huyó, acaba de huir! —Cosa que tenía su parte de verdad: la joven no sólo había deseado la muerte del padre de Lilia, sino que había desaparecido días antes. —Deben dar aviso a la policía, darles una foto de la criada — nos explicó uno de los camilleros. Durante dos meses, la policía intentó dar con ella. Se interrogó a mucha gente, se perdió tiempo, pero por fin la localizaron. Tres oficiales y la joven organizaron una reunión que, al finalizar, cuando los agentes estaban listos para esposar a la muchacha y remitirla a las autoridades correspondientes, se convirtió en escenario de crimen: los oficiales cayeron y se retorcieron como bichos rociados con ácido. Habían ingerido bocadillos con venenos capaces de matar a una docena de ratas. La criada llamó a tres o cuatro reporteros y, en una especie de conferencia de prensa, les mostró, presuntuosa, su colección de insecticidas: —Hay uno para cada ocasión, caballeros. Aprendí a


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que le pagó no sé cuánto. El cura vino después a casa, medio indignado. Insinuó que yo dañaba a mi hija. Le contesté que el dañado era él y que si las nalgas de Marta no le gustaban, que convenciera a su puta madre para que se las mostrara. —Correcto —vociferó y, cambiando de actitud, me dio a entender que me tomaba la palabra o que me consideraba un idiota a quien se le debía dar por su lado. En una carta que casi no entiendo, el hombre se dedicó a hablar de las heridas de mis dedos, sin saber que me las hice al clavar unos cuadros. Advertí que estaba enterado de mi afición por las catapultas de juguete y los espejos. Aun así, su carta me pareció tonta, sin sentido. Pero resultó que me hizo caso: embarazó a su madre y en cuatro meses tuvo que abandonar la orden. Uno de sus hijos se hizo novio de mi sobrina. Son una pareja extravagante. Hace un mes tuvieron relaciones sexuales a mitad de clase. El maestro interrumpió lo que decía y exhortó al grupo para que aprovechara la ocasión. En poco tiempo, la orgía se propagó por toda la escuela. Sorprendieron al director violando a un gatito sin misericordia: lo tenía bien sujeto por

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preparar los bocadillos de mi mamá. Ella se los ofreció a mi pa’, luego puso la receta dentro del horno y se suicidó. L a j o v e n a c a b ó en e l psiquiátrico. Ahora que recuerdo, Marta, otra de mis hijas, ofreció esos bocadillos a una de sus compañeras en la universidad. Por desgracia, está en la cárcel. Ya era mayor de edad. La ley dice que sabe cuidarse, pero desde muy niña supo hacerlo. La primera vez que lo hizo fue al colocar nueve tachuelas sobre el asiento de su maestra. La mujer fingió enojo para hacer creer a los demás alumnos que eso no debe hacerse. Lo cierto es que le gustó mucho, al grado de que invitó a nuestra hijita a dormir a su casa. Telefoneó para venir por ella: —Mañana se la devuelvo. Hoy es viernes. No pasa nada. Según Marta, todo lo que hicieron después de desnudarse fue clavarse, mutuamente, tachuelas en las nalgas. Conservamos una foto donde aparece desnuda, de espaldas, con veintidós tachuelas adheridas a las nalgas, cada una con un hilillo de sangre chorreando... ¡Ay! ¡Se ve encantadora! Transcurrió una semana y le mostró las nalgas a un sacerdote


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el cuello con la mano izquierda. Al lado, un bote de vaselina. Cuatro jóvenes, conmovidos por el animalito, separaron al director del gato y lo llevaron a un restaurante. El hombre se resistía, pero le ataron las manos y lo amordazaron. Le quitaron el saco y la corbata. Después lo desnudaron por completo y convencieron a los cocineros para que lo untaran con aceite de olivo y lo metieran al horno. Cuando empezó a oler lo sacaron y se lo comieron. Convidaron a los meseros, pero éstos se quejaron por su falta de condimento: —¡La monotonía de la gastronomía! —¡Hay muchos chiles: serrano, chipotle, chile de árbol! —¡Cállense! ¡Los malos meseros dan mala digestión! —¡Hay cardamomo que mama, estragón fregón! ¡Está insípido este director!

—¡Hay comino para el minino y ajo del carajo! —¡Albahaca con caca; tomillo del fundillo! —¡Mejorana para la cama; jengibre para el tigre! Ya son las doce de la noche. El mismo olor a humedad; la misma sensación de aislamiento e incomunicación, como si mi familia jamás hubiese existido. Ni Lilia ni los monstruos han regresado. ¿Dónde estarán? Ella dejó su teléfono celular sobre la estufa : no puedo hablarle. Pero... ¿Qué ocurrió hoy en la mañana? ¿Por qué me dijeron cerdo? ¿Por qué les doy asco? Creo que tendré que cenar solo una vez más. Iré a la tienda a preguntar si tienen director sazonado. Después de todo, mi esposa tiene razón: ¡para la monotonía, el condimento es lo más importante!


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arte

Aarón Cruz (México, DF, 1941) nos invita a

reconocer en el ámbito cotidiano la sensualidad de la vida: en el sueño, en la memoria, en el interior de una casa o al contemplar un paisaje, nos encontramos ante un asombro vibrante de color. Las formas, enérgicas o delicadas, dejan ver la intensidad de un mundo propio, íntimo, lúdico, solitario, que nos convida a la contemplación y al goce de todo lo que nos rodea.

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Pesadilla, 2008 óleo/tela

• Pescados, 2008 acrílico/lienzo


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arte Puente, 2008 贸leo/tela


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Mar dom茅stico, 2008 贸leo/tela


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arte Flores rojas, 2008 贸leo/tela


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Malabares, 2008 贸leo/tela


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arte Perro y bicicleta, 2008 贸leo/tela


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Puente colgante, 2008 贸leo/tela


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arte Ducha, 2008 贸leo/tela


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Paisaje subterr谩neo, 2008 贸leo/tela


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arte Manzanas, 2008 贸leo/tela


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Coctel, 2008 贸leo/tela


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arte Tiresias, 2008 贸leo/tela


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Cabezas de pescado, 2008 贸leo/tela


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arte Peras, 2008 贸leo/tela


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Soldaditos de plomo, 2008 贸leo/tela


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Patricia Conde

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l sueño que tuve anoche me hizo recordar que, para impedir que los demonios lo conviertan en realidad, es indispensable narrarlo antes de las doce del día. Ansiosa, acudí primero al espejo, pero éste ni me miraba, ni imitaba mis gestos. Quizá debía contárselo a alguna amiga. Llamé a un par de núme-

ros telefónicos, pero me contestaron máquinas que no escuchaban

Ilustración: José Luis Corral

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Ceci n´est pas une pipe


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completa mi historia. Apremiada por la hora, recurrí a mi laptop. Esperé a que apareciera en la pantalla la hoja en blanco e inicié el tecleo nervioso de letras que contaban una pesadilla que empezaba a olvidar. Soñé con una calle interminable, apenas iluminada por algunos faroles; debía ser de noche. Yo caminaba despacio por esa suerte de laberinto construido en la duermevela. Sentía la amenaza de algo mayor que la soledad, no la de la muerte —eso sería poca cosa— sino la de un riesgo sustancial que debilita la voz y hace atorarse a las palabras. Los pies se hunden en el lodo sanguinolento y el temor a no salir de él es superior a la certeza de vencer. Había casas a sendos lados del camino cuyas puertas se encontraban cerradas y los muros cubiertos de hiedra. Una tímida luz alumbraba sus fachadas. Mi andar movía las hojas que producían un ruido ligero parecido a la huida de un animal. Mis piernas temblaban de dolor en las subidas y bajadas de esta calle que no conducía a ninguna parte. De pronto, se abrió un portón. Me acerqué y pude ver a una pareja. Gritaban. La voz masculina era acusadora. Las palabras de la mujer se

convertían en agua. Una zozobra me urgió a dar la espalda y arroparme en la soledad de la calle. Me senté a la orilla de la banqueta. Lentamente, mientras trataba de aliviar mis piernas adoloridas, levanté la mirada. Frente a mí, vi a una niña. Vestía su uniforme escolar, con su cuello de plástico rojo y blanco y la corbata de moño. Sus cabellos estaban nítidamente recogidos con una liga. Con la cabeza metida entre sus manos, lloraba. Era el llanto de mi yo pasado. Gemía sin pudor, con la certidumbre de no ser escuchada, con la esperanza de que todos la oyeran. Quería que le leyera un cuento, pero yo no tenía ningún libro. Mis manos estaban vacías, sucias, despedían un hedor amargo. Las líneas de mis palmas desaparecieron y me quedé sin tiempo. Traté de acercarme a la niña, pero ella se alejó, esperando eternamente un cuento, regando las piedras con las lágrimas que se habían quedado suspendidas en el aire. Me eché a andar para cumplir el destino trazado por el sueño. Mientras caminaba, la calle se cerraba tras de mí y un gran fuego me impedía regresar. Me adentré en la oscuridad. Después de años, encontré una casa grande,


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«

frente a los grandes espejos. Desvestí mi cuerpo. Mi costado estaba herido, metí los dedos en sus llagas. El ombligo primordial colgaba fresco. Mis pechos se secaron por no amamantar a nadie. Toqué la cama; estaba fría. Me recosté. La desolación me impedía cerrar las cuencas de mis ojos. Me venció el cansancio y me obligó a soñar que escribía en mi laptop un sueño después de las doce y cinco.

Sobre la Tierra veo muchedumbres dormidas. Bajo la Tierra veo muchedumbres sepultas. Y en tanto veo el yermo de la Nada, contemplo a los que no vinieron y a los que se marcharon». Rubaiyat, Omar Khayyam

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adornada con rosas blancas. Corté una; aspiré su aroma. Me tragué sus espinas y se me resecó la lengua. La puerta se abrió dando paso a un corredor donde se prolongaba la soledad de la calle y se adueñaba de las habitaciones. Se sentía el rondar de agonías antañas. Grité nombres conocidos sin recibir respuesta. El brillo de la luna entraba por las ventanas del patio. Me dirigí hacia mi recámara. Me planté


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Café Popular Adam Critchley

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uizá me hayas visto, sentado frente a la ventana. Todos los días vengo y siempre trato de agarrar el mismo lugar. Tomo mi café a sorbos lentos, a veces mordisqueo un pedazo de pan dulce. Nunca hablo con nadie, sólo para decirle a quien me pregunta si puedo compartir la mesa, cuando ya no hay lugares, que estoy esperando a alguien. Y si debo compartir la mesa con algún extraño le esquivo la mirada para poder ver la gente que pasa

Ilustración: José Antonio Platas Olvera


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jóvenes que salían de los antros hasta los suburbios. A veces me pedían que los esperara afuera de alguna vecindad mientras compraban algo, luego se subían de nuevo con prisa y algo nerviosos, pidiéndome que manejara más rápido, como si estuviesen huyendo de alguien. Sólo después me enteré de que compraban droga. Pero trabajo es trabajo y esas cosas son los riesgos del oficio. Como padre de familia siempre sentí que el dinero no alcanzaba. Yo estaba contento de tener un niño, nada más. Aun cuando mi esposa dejó de trabajar y vivíamos sólo de mi sueldo, ella insistía en que el niño se sentiría muy solo, que debíamos hacer una familia más grande. El siguiente año nació nuestro segundo hijo, pero hubo complicaciones y murió al día siguiente. Creo que ella nunca lo superó y una parte de ella también murió ese día. También murió nuestro amor. Quizá ella pensó que habíamos fallado, que nunca debimos llegar a ser padres, que éramos unos fracasados. Ya casi no hablábamos y entonces empecé a buscar a Etelvina. Ella y yo fuimos a la misma escuela. Solíamos vernos para tomar unos tragos después

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en la calle afuera. Llevo tanto tiempo de cliente aquí que ya me sé de memoria toda la carta. Aunque la primera vez que vine no fuera mi idea, ya me siento como en casa. Y la comida no está mal. La idea fue salir a cenar para que mi nuera Eva no tuviera que cocinar. Sus hijos, Jaime y Tania —mis nietos— suelen llegar tarde a casa. Tania estudia para ser estilista y Jaime tiene un puesto de ropa en el mercado. Ese día los esperamos y tomamos el autobús nocturno hasta el centro de la ciudad. El café estaba casi vacío, sólo una que otra pareja sentada en los reservados en la parte de atrás; un tipo solitario que hojeaba el periódico sentado en un banco frente a la barra cromada que refleja las luces incandescentes; quizá un trabajador que esperaba empezar su turno de noche o que demoraba su regreso a casa. Yo dejé de trabajar hace unos cinco años. Ya nadie contrata a los viejos. Sacaba un taxi e iba en busca de clientes de noche, pero es algo arriesgado, sobre todo para un hombre de mi edad. Sin embargo, sí dejaba dinero: dos o tres idas al aeropuerto o a la central de camiones antes de la medianoche y luego llevar


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del trabajo. Mi esposa estaría en casa cuidando al hijo y se me hacía fácil convencerla de que necesitaba trabajar horas extras para ganar más, y pues nunca se opuso. Etelvina y yo íbamos al California Dancing Club, a veces a un hotel por un par de horas. Ella también estaba casada, pero me decía que su marido le era infiel. Me decía que prefería mi compañía, que yo la hacía sentirse bella y joven otra vez y que ella necesitaba eso de vez en cuando. Cuando me contó con quién se había casado, me hizo pensar todo dos veces. Él era el chico rudo de la escuela. Nada inteligente, pero sabía arreglárselas y se llevaba con la flota pesada. Había entrado a trabajar a la Compañía de Luz y Fuerza y rápidamente metió una pata en el sindicato. Acumulaba contactos y privilegios mientras los demás acumulábamos deudas. Yo no quería arriesgar el pellejo, pues mucha gente en la política acaba muerta por asuntos menores, pero Etelvina decía que no le importaba, que el tipo sólo quería que ella estuviera feliz y que, además, nunca se daría cuenta. Así empecé una segunda familia. Ellos ya tenían dos hijos, pero él perdió el interés. Por

aquel entonces estaba escalando dentro del partido, con viajes por toda la república y todos los gastos pagados; además, ella estaba convencida de que tenía una mujercita en cada puerto, podía olfatearlas en su ropa. Por eso sugería que nos viéramos, que fuéramos a un hotel donde hacíamos el amor con prisa y después ella lloraba. Yo siempre quise quedarme ahí con ella, tratar de darle consuelo, pero siempre tuve que regresar al trabajo; siempre con el sentimiento de culpabilidad por hacerla llorar y apenado por ser el débil, miedoso a perder mi trabajo e incapaz de hacer algo para cambiar nuestra situación y rescatarnos de esa vida de mentira. Yo le acariciaba su vientre hinchado, la extrañaba durante semanas y luego nos reuníamos otra vez; Etelvina, cansada y melancólica. Todavía le llamaba de vez en cuando, pero nuestros encuentros ya habían cesado varios años atrás. Mi esposa murió hace una década y me mudé a casa de mi hijo, con Eva y los nietos. Sé que desde el principio mi presencia les molestaba, y cuando mi hijo se largó poco tiempo después no nos cayó como sorpresa a nadie. Cuando eres joven, todo lo que tienes es el futuro; de viejo, lo


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«Sí. Soy yo». Le dije que quería verla. Que era urgente. Me dijo que la esperara en el lugar de siempre. Que me pidiera algo y ella lo pagaría al llegar, que no se tardaría. Me quedé con la bocina en la mano después de que ella colgó, como si fuera su mano. Caminé las cuatro cuadras al restaurante El Cardenal, un lugar elegante revestido de madera oscura, con sus manteles blancos y cubiertos de plata. Siempre íbamos ahí. Tan distinto al café, con su vajilla quebrada y manteles manchados, las meseras en sus uniformes amarillos desteñidos, medias de color carne y sus zapatos raspados de lona. Etelvina me invitaba a almorzar ahí y luego me pasaba servilletas rellenas de billetes. «Para que no te haga falta —me decía—. Tendrás que coser unos bolsillos secretos en tus pijamas». Cuando llegué, el restaurante estaba casi vacío, sólo dos mesas ocupadas de hombres de negocios en traje y corbata que tomaban café mientras leían el periódico. Elegí la mesa frente a la ventana y pedí un café con leche. Me lo trajeron con una canasta de pan y un vaso con agua, los cuales consumí con tranquilidad, esperando a que Etelvina llegara.

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único que te queda es el pasado. Yo nunca abandoné a mi familia como lo hizo él, pero tampoco me imaginé que me quedaba la opción de hacerlo. Creo que a la gente le cambian las prioridades. Hay tantas oportunidades hoy en día. Así les decía Eva a mis nietos. Yo la observaba criar a los niños, pero nunca quise entrometerme. Yo dependía de ella para todo y lo que menos quería era provocar tensión e ira. Me pasaba los días en la casa y era difícil salir a solas. Sólo podía lograr ver a Etelvina si Eva me dejaba a solas por un rato cuando íbamos juntos al centro para hacer compras. Una vez logré convencerla de acompañarla al dentista para salir a la calle mientras la atendían. Siempre le marcaba desde un teléfono público en la calle. El teléfono sonaba y sonaba. Me imaginaba su tono agudo haciendo eco en la casa vacía y los pasos de una sirvienta sobre un piso de duela. Pero contestó Etelvina, su voz baja y suave, como si la hubiera despertado. Oírla me paralizó. No podía anunciar palabra alguna. Habló de nuevo, su voz más fuerte, más firme, casi impaciente. Otra vez hubo un silencio y luego, lentamente, dijo mi nombre.


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La vi caminar por la acera opuesta hacia el restaurante. Siempre con tanto estilo, aun a nuestra edad. Sobria elegancia. Vestía de negro, un abrigo de tres cuartos, a pesar del calor que prometía el día, medias negras y botas de charol con tacón. Llevaba su cabello, ya bastante canoso, recogido. Al verme a través de la ventana pausó, como si hubiera interrumpido el ritmo de su paso. Volvió a sonreír y entró al restaurante. Su perfume parecía llenar el lugar. Traía aretes largos incrustados con obsidiana que hacían juego con sus pupilas oscuras. Mantuvo la sonrisa mientras me paré a besar su mejilla, pero la sonrisa se desvanecía mientras se acomodaba en la silla frente de mí. Supuse que se había percatado de mi desesperanza total. Colocó su mano sobre mi antebrazo. —Hola, mi amor —me dijo. —Te ves hermosa, como siempre. Me apretó la mano con la suya y me preguntó qué me pasaba. Bajé la mirada mientras torcía la taza de café sobre su platillo. «Nada —le dije—. Sólo quería verte de nuevo. Y pedirte un favor. Necesito que me consigas unas drogas». Sacó

un cuaderno y una pluma de su bolsa. «Escribe lo que necesitas. Le encargo al chofer que las traiga». Sacó un palillo del contenedor de porcelana y empezó a hurgar entre sus dientes. Era una maña que tenía, sin importarle en dónde se encontraba. Tomé la pluma y empecé a apuntar. «Te voy a dar varios nombres. Ahora venden fármacos genéricos y luego tienen nombres distintos, pero que consiga lo que pueda». Ella sacó sus lentes de un estuche de piel, lista para leer lo que le escribía. En cambio, mi vista siempre ha sido perfecta. Siempre pude leer los nombres de los países pintados sobre las popas de los barcos atracados en el puerto. Una vez pasamos un fin de semana en Veracruz. Pude convencer a mi esposa de que debía asistir a un curso de capacitación. Etelvina y yo tomamos el tren de noche el jueves y regresamos el domingo. Fuera de la capital nos sentíamos libres, sin miedo de que nos vieran juntos caminando del brazo por la calle, al bailar al ritmo de la marimba en la plaza, bajo las palmeras en la calurosa noche tropical. Fue la única vez que nos permitimos hacer muestras de afecto en público. Una vez de


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una mancha que no quise borrar nunca, pero extendió la mano y me la quitó, frotándome con un dedo. Se despidió y me guiñó el ojo. Al cerrarse la puerta sonó el timbre y me quedé quieto por un rato, escuchándolo. Pago la cuenta y salgo a la calle, deteniéndome sobre la acera al escuchar el timbre de nuevo. Miro al interior de la bolsa y veo que me ha echado otro fajo de billetes junto a las cajas de pastillas. Abro una de las cajas y mastico una píldora mientras camino de regreso hacia el Café Popular, en donde me instalo junto a la ventana. Pido un jugo de naranja para mitigar el sabor de la droga. A veces pienso en llamarle. Saco la tarjeta telefónica de mi bolsillo y la miro. Está estampada con un detalle de la obra La espina, de Raúl Anguiano: un campesino que extrae la espina de un cactus de la planta de su pie con un largo cuchillo de hoja ancha. La mesera me sonríe. Es siempre tan amable, su cabeza ladeada, buscándome los ojos, quizá feliz de saber que sigo vivo. «¿Qué le traigo hoy, mi amor?». Así me pregunta siempre. Aquella noche yo no comí mucho, un omelet de jamón y

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regreso en la ciudad, sentí que habíamos perdido algo para siempre. Le pasé la lista y me la leyó. Colandine, Cogentin, Thorazine. La pronunciación se le dificultaba. Diphenhydramine. Le dije que cualquiera me serviría. «No debe haber problema —me dijo, volteándose para observar a la gente en las demás mesas y bajando su voz—. El chofer suele comprar cosas para mi marido». Dobló el papel y lo guardó en su bolsa. Se echó hacia delante y me dio un fajo de billetes. «Come algo», me dijo. Se paró del asiento, ajustándose la falda. Intenté pararme también, pero ella puso una mano sobre mi hombro. «No te levantes; está bien. Ahorita vengo». Llamé al mesero y pedí un plato de fruta, unos huevos motuleños, un jugo de naranja y otro café, que apenas había empezado a tomar cuando Etelvina reapareció. Traía una bolsa de plástico con el logotipo de una farmacia, la caricatura de un doctor simpático, pero que me parecía más bien terrorífico. Me dio la bolsa. «Aquí tienes, me tengo que ir. Llámeme en la noche». Se agachó y me plantó un beso en la mejilla. Sentí cómo su lápiz labial me había dejado


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un café. Dejé que la mesera me lo sirviera bastante fuerte. Trae una jarra de peltre con café de grano y otra con leche caliente y te sirve hasta que levantes la mano o le digas que ya. La cafeína me cae bien, siempre me despierta y reduce la somnolencia que me inducen las drogas. No sé si fue la cafeína o el colesterol en los huevos, pero traía un remolino en mis tripas. Oía el timbre de la puerta y sentía un chiflón de aire frío que acariciaba mi mejilla. Veía la televisión colocada en lo alto de la pared: los resultados y los goles de los partidos de futbol del día en diferentes ciudades, reproducciones múltiples reflejadas en el espejo que corre sobre un costado del café y en donde se veían las caras de los pocos clientes y el humo de sus cigarros que se sostenía en una delgada nube azul. Fue la mesera quien se me acercó primero. Vino a limpiar la mesa, a volver a colocar el salero, las salseras y la azucarera en su charola y a arreglar las servilletas. Me preguntó si quería algo más. Mi silencio hizo que se agachara para verme los ojos y puso una mano sobre mi antebrazo. —Te han dejado, ¿verdad? —me preguntó con voz baja pero firme.

Caminó hacia un hombre que supuse era el gerente de turno. Luego los dos vinieron a la mesa, ambos viéndome a los ojos de cerca, como si estuvieran en busca de signos vitales. El hombre me preguntó mi nombre y si sabía mi dirección. Me dijo que podía llamar un taxi. —Yo no sé dónde vivimos ahora. La ciudad es tan grande. Nos mudamos el año pasado a un fraccionamiento nuevo de asistencia social. Se trata de un desarrollo enorme de miles de casas idénticas. Todas las calles llevan nombres de políticos de la administración pasada, muchos de ellos caídos en desgracia y algunos otros muertos. Después de un mes las paredes de las casas y los letreros estaban llenos de graffiti y obscenidades y los chavales se encargaron de romper todo el alumbrado público, de modo que todas las calles lucen iguales y yo no sé ni por dónde entramos o salimos. Me quedé callado y se fueron. La mesera me trajo un vaso con agua y me miraba mientras me lo tomaba. Se me había resecado la boca. A lo mejor las drogas ya estaban haciendo efecto. Eso es lo que Eva hubiera dicho. «Ahora hay un tratamiento para todo», decía. Vi


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amarillas de humedad. Una ventana arrojaba una luz pálida sobre la pared. Pensé en cómo quemábamos papel de niños con los rayos del sol a través de una lupa. Sobre la mesa de noche había una jarra de agua, un vaso y una Biblia de bolsillo. Por el silencio total supuse que todos seguían dormidos. Pensé que tarde o temprano vendría una enfermera a poner su mano calientita sobre mi frente, tomarme la temperatura y traerme el desayuno en una bandeja de plástico que colocaría sobre la cama. Me levanté por las ganas de orinar. El baño era muy pequeño, de azulejos desportillados color rosa y un cubículo de ducha de acrílico quebrado. Sobre la cisterna del excusado había dos toallas y dos barras de jabón Rosa Venus. Así me di cuenta que me habían dejado en un hotel de paso. Me desvestí y me duché, sin poder secarme bien por la toalla desgastada y casi calva. Al revisar los bolsillos de mi pantalón descubrí unos billetes, debió dármelos el taxista en un gesto de generosidad que, sin saberlo, me había salvado la vida. Era poco dinero, pero suficiente para dos cosas: un desayuno y, lo más importante, hacer una llamada

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que un taxi se detuvo afuera. El taxista se bajó sin apagar sus luces y entró al café. El gerente se le acercó y hablaron durante unos minutos, mientras el taxista me miraba por encima del hombro del gerente, a quien vi darle unos billetes. De pronto, ambos vinieron a la mesa, se agacharon para observarme y el gerente me tomó de un brazo. «Vamos a llevarte a casa», me dijo. Trató de levantarme. Yo resistí, pero el taxista me agarró por debajo del otro brazo y pronto me pusieron de pie. El taxista se agachó, colocó su cabeza debajo de mi axila y me levantó de tal manera que yo ya no pisaba; con una maniobra, los dos lograron llevarme hacia la salida. El gerente abrió la puerta del taxi y me empujaron adentro, acostándome sobre el asiento de atrás y cerrando la puerta. El taxista se subió y arrancó. Ya ni me levanté en el asiento. Preferí quedarme acostado y ver cómo las auras de los faroles iluminaban las ramas en lo alto de los árboles. Desperté en una cama dura, cubierta por un cobertor de felpilla y con la cabeza hundida en una almohada flácida y rasposa. Las paredes estaban pintadas de blanco con manchas


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telefónica. Sólo me sé un número de memoria. Salí del cuarto. La llave había quedado pegada al otro lado de la puerta, la retiré y la metí en mi bolsillo. El elevador descendía lentamente y crujía entre cada piso. Las quemaduras de cigarro hacían un patrón en la alfombra y una fragancia barata persistía en el aire. Un letrero en neón colgado por encima de la entrada destellaba, la falta de focos causaba que el nombre quedara incompleto: Hotel Atlantic. Pero eran suficientes las letras para que reconociera la calle y saber que seguía en el centro de la ciudad, tan sólo a unas cuantas cuadras del café. Entré en la tienda de la esquina y me compré una tarjeta telefónica. Había un tiempo en que las llamadas dentro de la ciudad eran gratuitas. Un gesto de solidaridad por parte del gobierno en respuesta a los temblores, cuando comunicarse se volvía lo más urgente. Pero ahora hay que comprar una tarjeta y se ha impuesto un costo mínimo a la comunicación, como si una palabra valiera lo mismo a veinte. Sabía de memoria el número telefónico de Etelvina porque le había marcado durante años.

En casa no podía apuntar nada porque Eva empezaría a hacerme preguntas, así que lo memoricé y le llamaba una vez por semana, ya que ella nunca podía llamarme a mí. Nadie sabía de su existencia y supusieron que a mí ya no me quedaban amigos. «Toda tu generación está muerta», me decían los nietos de manera jocosa, pero mientras pasaban los años se volvió una verdad. Después de salir de la escuela, tomé un trabajo en la cervecería, pues pagaban mejor, aunque estaba más lejos. Empecé a salir con una muchachita del departamento de facturación. No tomaba las cosas muy en serio, pero luego se embarazó y tuve que casarme con ella. En aquel entonces uno se hacía responsable de su familia y hacía lo que podía para salir del apuro; no como ahora. Al principio mi hijo nos enviaba dinero, algo para ayudarnos, para llenarnos de esperanza, pero después de unos meses el dinero dejó de llegar. A lo mejor estaba demasiado ocupado con su nueva familia. En el norte hay pueblos polvorosos y desolados en donde sólo ves niños, mujeres y ancianos, como yo. Todos los que pueden se van al otro lado en busca de


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echar si no pido nada, pero me deja la carta y atiende a otra mesa. Toma su tiempo. Siempre sé lo que voy a pedir, pero leo toda la lista de platillos de nuevo, antes de mirar por la ventana a la gente que pasa por la calle. Si hay muchos clientes me tomo una pastilla para calmarme, tratar de hacer que mis dientes dejen de castañetear. Así siento que no llamo tanto la atención.

Debajo de la Rueda que inexorablemente, eterna e impasible, sin cesar gira y gira, sabrás que sólo existen dos grupos de dichosos: los que lo saben todo, los que no saben nada». Rubaiyat, Omar Khayyam

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una vida mejor. Y aunque no la encuentran, no regresan. Los que regresan sólo llegan para la Navidad, traen unas camionetas enormes, de pintura metálica y con ruedas altas y cromadas, repletas de regalos. Pero desde hace quién sabe cuánto que habíamos dejado de contar las Navidades. Paso todo el día en el café y regreso al hotel en las noches. La mesera sabe que me tendría que


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En lo oculto del témpano: los asesinos de Hemingway Estrella Asse

¿Por qué se mató, papá? No sé, Nick, supongo que porque no podía soportar las cosas. «Campamento indio», Ernest Hemingway

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n la reseña de su biografía, Gabriel García Márquez recuerda que, al siguiente día de llegar a México, recibió una llamada de Juan García Ponce para avisarle que Hemingway «se había partido la madre de un escopetazo». Era el 2 de julio de 1961 y «esa barbaridad» quedó por siempre en su memoria como el comienzo de una nueva época.

Como homenaje, García Márquez escribió «Un hombre ha muerto de muerte natural», «un vibrante y emocionado artículo a su maestro», en el que afirmó que la trascendencia de Hemingway está sustentada en la oculta sabiduría de una obra objetiva, de estructura directa, incluso en su dramatismo.


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Entre dos extremos irreconciliables, entre la admiración y el rechazo, el nombre de Ernest Hemingway no pasa desapercibido en la enorme masa de cuentistas que imprimieron, en el cuento del siglo xx, novedosas formas y temáticas, que elevaron el género a niveles nunca antes conocidos en distintos espacios geográficos. El laconismo de Hemingway, su personalidad ruda, viril y desafiante, la parquedad de sus respuestas o la fama de misógino que crearon sus historias, alimentaron el mito de un escritor insensible y áspero que usaba como material de escritura las temerarias aventuras a las que se enfrentó,

Ernest Hemingway

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En voz de Borges, el autor de El aleph expresa sus ideas sobre diversos temas y escritores. Acerca de Hemingway dice que siente «una gran antipatía» por todo lo que escribió; entre otras razones, porque piensa que una persona que trabaja con tanto desinterés sobre ideas como la brutalidad y la crueldad debe tener algo malo en su personalidad. Piensa que Hemingway se dio cuenta de esa verdad, porque se arrepintió de todas sus vivencias entre toreros, boxeadores y gángsters, «hasta el punto que su propio suicidio lo calificó como un juicio póstumo a la temática de su obra».


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ya fuera como boxeador, torero, aviador o cazador. Las principales novelas de Hemingway se convirtieron en adaptaciones cinematográficas exitosas, como Adiós a las armas (1932), Por quién doblan las campanas (1943), Las nieves del Kilimanjaro (1952) y El viejo y el mar (1958), entre otras. Sin embargo, los novedosos recursos que imprimió en sus cuentos y su particular estilo se convirtieron en una escuela para muchos de sus seguidores En una entrevista con George Plimpton, Hemingway desmiente que el lenguaje directo y escueto que utiliza en sus cuentos sea producto de la actividad periodística que por años ejerció. Es, más bien, una técnica de escritura que el autor denominó el principio del «témpano de

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Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca y eso sólo fortalece el témpano de uno. Es la parte que no se deja ver. Si un escritor omite algo porque no lo conoce, entonces hay un boquete en el relato». Hemingway

hielo». El témpano o iceberg conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Al trasladar esta idea a su estilo, demuestra cómo la anécdota de una historia, en apariencia completa, guarda correspondencia con un significado oculto, con un contenido secreto que para Hemingway era similar a ese pedazo de hielo enterrado en la profundidad del océano. Por medio de esta imagen visual, metáfora que alude al nivel simbólico que subyace en lo no dicho, es el lector quien conjetura y configura el trasfondo de lo que aparece en la superficie. Hemingway confiesa en esa entrevista que, viviendo en Madrid, una tarde de 1927 y por causa de una fuerte nevada que obligó a cancelar la corrida de toros en la plaza de San Isidro, escribió tres de los cuentos —entre éstos, «The Killers» («Los asesinos»)— que después conformaron la colección de catorce, bajo el título de Men without Women (Hombres sin mujeres). En el lenguaje hermético de esos breves relatos se despliega un universo que habitan personajes incompatibles: hombres y mujeres encubiertos por máscaras que sofocan sus íntimos


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horas que marca el reloj de pared en el estrecho espacio del restaurante donde transcurre la acción del cuento. Los lectores las asimilan en una lectura que no excede los diez minutos; los espectadores aceptan la propuesta en la pantalla de expandir el compacto nudo de eventos en una gama de incidentes que cubren 105 minutos en matices blanco y negro. De origen alemán, el director emigró a los Estados Unidos en 1930, trabajó como guionista en distintas compañías productoras hasta que en 1943 firmó un contrato definitivo con Universal. Su inclinación por el género negro —herencia del cine expresionista alemán— lo colocó en la lista de los directores más codiciados por su éxito en películas como La escalera espiral (1945) y A través del espejo (1946), reconocidas también por contener ingredientes de la corriente psicoanalítica, de moda

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deseos; jóvenes soldados, actores de la guerra, en el frente glorioso de la muerte; militares italianos que lloran pérdidas ante los ojos impávidos de otros; indios que son reminiscencia de un pasado colonial inexistente; orgullosos matadores que ejecutan el ritual sanguinario, sutil expresión que se extiende, en «Los asesinos», al espacio urbano de los barrios de Chicago por los que transitan matones en busca de sus potenciales víctimas. Los asesinos, gángsters a sueldo, son explícitos en la intención de ejecutar su crimen, matar a Ole Anderson, el sueco, «por hacerle el favor a un amigo», pero queda suspendido, en el abrupto final que cierra el cuento, un silencio que flota entre el asombro y el vacío que permanece como eco de la sentencia que está por cumplirse. Robert Siodmak la imaginó, dotó de voz y movimiento a los estáticos personajes que apenas hablan en el transcurso de las dos


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en el cine estadunidense de los años cuarenta. The Killers (Forajidos), de 1946, fue producto de la fusión —casi literal del cuento— en los primeros diez minutos de la película, junto a una serie de flashbacks que hilan la secuencia de acontecimientos y develan las causas por las que el boxeador Swede Anderson pagó con su vida. Es así que la mayoría de la trama, ausente del relato original, corre por cuenta de la pluma del guionista, de la creatividad de los adaptadores y es independiente de su fuente literaria. El narrador objetivo de «Los asesinos» se limita a presentar los hechos en la veloz secuencia de la conversación que mantienen los personajes. La distancia que marca deja solo al lector frente al relato para imaginarlos, construirlos y adivinar cómo son, qué harán, cómo sienten. Desprovistos de calificativos, de juicios, de cualidades o defectos, Max, Al, George y El Negro remarcan el único rasgo distintivo

que los separa de Nick Adams. La sutil diferencia del apellido de Nick no sólo contrasta con la identidad fragmentaria del compacto grupo; es, a la vez, un destello que ilumina, un motivo esperanzador que moviliza su carrera para darle «al sueco grandote» el mensaje de sus asesinos. La imparcialidad del narrador hace un leve movimiento, introduce su foco en Nick, lo deja al albedrío de su decisión, pero nos acoge en su centro, nos convierte en sus cómplices, por sus ojos vemos, momentáneamente, el panorama desolador de

Burt Lancaster en The Killers, 1946


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da vida a la película se abre una segunda puerta por la cual se conocen múltiples perspectivas narrativas que, no obstante su variedad, se anudan bajo la óptica del investigador de una compañía de seguros que busca a la beneficiaria de la póliza de vida del sueco Anderson. A partir de su encuentro con la anónima camarista de un hotel, su función será la de desenredar una compleja maraña de eventos que envuelven el misterio del crimen, pese a que, en un principio, se trata «de un asunto de poca importancia

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Cuando se está en compañía de gente del mismo oficio, uno por lo general habla de los libros de otros escritores. Mientras mejores son los escritores, menos hablan de lo que han escrito. Joyce era un escritor muy grande y sólo les explicaba lo que estaba haciendo a los necios». Hemingway

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un hombre «con la vista fija en la pared» para quien la proximidad de la muerte es tan cierta como ineludible. La estrategia narrativa de Hemingway, en el cuento, da a Nick una perspectiva por la que se filtra la historia y transmite al lector su punto de vista respecto de los acontecimientos que presencia. El narrador lo deja solo al final, quiere irse de ese pueblo, la vivencia ha sido suficiente para expresar lo que siente: «No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible». El horror se manifiesta, mas no encuentra eco, se sofoca en la impasibilidad de una última sentencia —«mejor deja de pensar en eso»—, con la que comienza un nuevo ciclo de sueños fallidos, de nexos inexistentes, de absurdos deseos. El traslado textual del cuento como marco de inicio de la película justifica la adaptación, aunque lo despoja, como subraya Jack Shadoian, de su esencia. Mientras que el cuento ensancha las posibilidades interpretativas, la película estrecha la visión bajo un punto de vista narrativo demasiado explícito. Al margen de la narración que


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económica». De un simple investigador se transforma en una especie de detective que descubre una red de engaños como consecuencia del robo de una nómina —asegurada también por su compañía— por una cuantiosa suma y que implica a varios malhechores. Por partida doble, Reardon resuelve el misterio que dejó una cadena de asesinatos y que lo acercó, en cada secuencia de acontecimientos, a peligrosos encuentros. Al final se desenmascaran los cruces de engaños, prevalece el castigo al lucro ilícito, a la venganza, al poder y los culpables mueren; la engañosa y seductora mujer, única sobreviviente y principal motivo del trágico desenlace, terminará sus días en la cárcel. Entre el cuento y la película median veinte años en los que persisten —como dice Ronald Schartz— una «mutua incomprensión» que nace del contacto directo entre el texto literario y el orbe cinematográfico, aunado a los intereses de las grandes compañías productoras de Hollywood que fomentaron la producción de estrenos afines al clima de la posguerra. La creciente aglomeración urbana, sumada al sentimiento de incertidumbre y vacío después

de la guerra, infectó las calles de crímenes sórdidos, impredecibles, ejecutados por agresores que habían perdido el carácter aristócrata de las grandes mafias. El refinado detective, representante del orden social, cambia en esta película por el del investigador anónimo que no posee un sentido ético claro y que genera diferentes reacciones en la audiencia. Su meta no es restaurar la justicia, sino recuperar las ganancias de la compañía que representa. El atractivo thriller se sirve del cuento como pieza introductoria de una intrincada explicación del porqué de la muerte de Anderson; no obstante, concluye que «murió por nada». El cuento deja al lector el camino despejado para asomarse, junto con Nick Adams, al abismo de un hombre que se resigna a morir porque «está harto de escapar». La persecución no lo reduce a una víctima que aguarda a sus verdugos, se expande al destino trágico de un exboxeador de peso pesado, tendido en una pequeña cama, exiliado en una pensión, ajeno a su entorno. La visión del héroe de antaño queda en el recuerdo de dos puños deformes que se posan «a las seis en punto» en la barra


Todo cambia a medida que se mueve. Esto es lo que produce el movimiento en el cuento. Algunas veces el movimiento es tan lento que parece no estarse moviendo. Pero siempre hay cambio y siempre hay movimiento». Hemingway

dimensionar el mensaje desolador que se oculta detrás de los concisos diálogos, para hablar entre las líneas que se sumergen en la fría profundidad, donde habitan seres inmersos en el oscuro fondo. Título original: Forajidos Año: 1946 País: Estados Unidos Lenguaje: inglés Duración: 105 minutos Director: Robert Siodmak Guion: Anthony Veiller

Reparto:

Ava Gardner, Burt Lancaster, Edmond O’’Brien, Phil Brown, Charles D. Brown, Albert Dekker, Virginia Christine, Queenie Smith, William Conrad, Sam Levene, Vince Barnett, Jack Lambert, Donald MacBride, Charles McGraw, Jeff Corey

del restaurante del pueblo; El Negro prepara los platillos en ese escenario por el que deambulan el camionero, el cliente, el conductor de tranvías. Al término de otra jornada de trabajo, los mudos huéspedes, testigos cosificados en un brutal entorno social, comparten el sinsentido de su existencia vacua, drama humano que se alimenta en la soledad. Nick Adams, conocido personaje de Hemingway, es como una conciencia mutante que se desplaza en gran parte de los relatos del autor; cada trayecto es inesperado, pero convergen en una ruta de inacabados fragmentos, piezas diseminadas que reconstruyen instantes que se alojan en la memoria y que se disuelven en la siguiente historia. Nick llega a «Los asesinos» pero su estancia es breve. Está ahí para presenciar la inerte esp era de la muer te, para

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El lado más bestia de la vida Susana Iglesias

Mi profesión es escribir, como todos saben. No necesito decir el tipo de literatura que hago. Rubem Fonseca

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ubem Fonseca nació en Minas Gerais, Juiz de Fora, el once de mayo de 1925; es escritor y guionista de cine brasileño. Estudió derecho y ejerció diversas actividades antes de dedicarse por completo a la literatura. En el año 2003 ganó el prestigiado premio en lengua portuguesa Camões. En 1952 inició la carrera en la policía, en São Cristóvão, Río de Janeiro. Muchas de las experiencias vividas en aquella época parecen estar plasmadas en sus relatos; tiempo después obtuvo una licencia para estudiar. Retrocedamos en el tiempo. «Los crímenes de la calle Morgue», de Edgar Allan Poe, es la obra que quizás marca el inicio del género de crimen y misterio en la narrativa. En la literatura policiaca y detectivesca del siglo xx surgen, al menos, variaciones en este género —que sería injusto clasificar—, como en el caso de la narrativa de Fonseca, la cual, por una parte, tiene algo de novela policial, donde más allá de la resolución de un misterio es el protagonista quien se convierte en el tema central. Sus protagonistas se presentan como hombres y mujeres solitarios, son inteligentes, valientes, con un extraño sentido de la justicia. La cofradía de los Espadas contiene personajes que son asesinos o sus víctimas. El crimen es


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Ilustración: Javier Muñoz Nájera

comunicación y de la moda, seguía todos sus designios». Más allá de resolver crímenes, a veces los protagonistas son los criminales o aquéllos contra los que se comete un crimen. Este primer asesino es controversial, pues asesina mujeres a petición de las mismas, lo que resulta en una especie de eutanasia auxiliada: «al establecer un nexo entre las tres muertes, robusteció, claro está, la tesis del asesinato, una conclusión apresurada y ridícula, pues no existe asesinato sin víctima. Y no había víctimas».

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parte de la naturaleza humana, los crímenes narrados a través de sus cuentos no siempre nos dan pistas acerca del asesino y, tal como sucede en la novela policiaca, los crímenes que Fonseca expone están ligados íntimamente al deseo. Lo que engancha al lector en sus narraciones es la sensación de no saber a dónde nos llevará el autor; los personajes parecen estar siempre peleando a la contra, luchando contra su soledad, el amor y el desamor. En sus relatos, las emociones e impulsos del criminal parecen tan naturales como beber agua; Fonseca sugiere que el hombre siempre mata por deseo. Su estilo directo hace que su narrativa sea ágil, casi vertiginosa. El personaje del cuento «Libre albedrío» se involucra con mujeres extrañas, misteriosas, algunas veces con mujeres superficiales y comenta : «después de algunas citas descubrí que usaba cocaína, le gustaba frecuentar tugurios, teñirse el cabello de verde, era un juguete de los medios de

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«Ángeles de las marquesinas» es quizás el relato más tétrico; el protagonista es un viejo jubilado y viudo que se dedica a salir todas las noches después de que algo llama su atención: la miseria de las calles, de los seres humanos que están tirados en la calle. Una noche ve cómo una ambulancia se lleva a un hombre y decide que su vida, de ahí en adelante, será colaborar con las personas que se dedican a socorrer indigentes. Intenta comunicarse con las personas de la ambulancia, nada, se da cuenta de que no tiene razón social y una noche que los vuelve a ver les deja su teléfono. Al no recibir la llamada de Dulce —así nombrada de forma irónica—, sale todas las noches a las calles a buscarlos; los vuelve a ver, les recuerda que les ha dejado su teléfono y después de noches de espera por fin recibe la llamada de Dulce. Los ángeles de las marquesinas lo esperaran esa noche en el lugar donde los conoció y se lo llevan argumentando que así podrá conocer mejor la sede de trabajo. Sorpresivamente, al entrar al recinto dos enfermeros lo sujetan, lo inyectan, lo desnudan, «quitaron las córneas y las pusieron en un recipiente. Enseguida destazaron el cuerpo

de Pavia». A diferencia de la nota roja, el tráfico de órganos y la violencia existente en América Latina contra indigentes es tratado con más crudeza. Sin necesidad de entrar en los detalles amarillos de la nota roja, el final de este cuento está tan bien logrado que nos aleja del morbo; para Fonseca no importa el hecho de que Pavia sea secuestrado y destazado, lo importante es el modo en que el crimen opera en las calles. Dicen las estadísticas que en Brasil y Colombia este tipo de delitos involucran a paramilitares, policías y narcotraficantes. En el relato, Pavia no es un indigente, pero es testigo de lo que sucede con ellos; al principio piensa que son ángeles quienes recogen indigentes en las calles, pero la denuncia que hace Fonseca contra la violencia impune ejercida hacia personas de la escala social más baja es cruda. Cuando me refiero a baja, lo hago en el sentido monetario, pues la bajeza no conoce posición social; ahí tenemos el caso de los juniors en Zacatecas (hijitos chulos de empresarios, la sobrina del senador de Zacatecas, hijos de ricos comerciantes y, de pilón, el hijo de un capo) cuya diversión era golpear indigentes por las noches. Sus


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a diario se cometen crímenes contra vagabundos. La narrativa de Fonseca logra atmósferas reales, creíbles, por su estilo directo y el humor negro que habita en sus páginas: «Matar a una persona es fácil, lo difícil es librarse del cuerpo. Esta frase, que podría haber sido dicha por uno de los verdugos de Auschwitz, pero que en realidad se refería, en principio, a un elefante, vino paradójicamente a mi cabeza cuando deposité el cuerpo inanimado de Heloísa».

El escritor debe ser esencialmente un subversivo, y su lenguaje no puede ser ni el lenguaje mistificatorio del político (y del educador), ni el represivo del gobernante. Nuestro lenguaje debe ser el del noconformismo, el de la no-falsedad, el de la no-opresión. No queremos poner orden en el caos, como suponen algunos teóricos, ni siquiera hacer el caos comprensible. Dudamos de todo siempre, incluso de la lógica. El escritor tiene que ser escéptico. Tiene que estar contra la moral y las buenas costumbres». Rubem Fonseca

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bromas pararon cuando a un vagabundo le prendieron fuego tras propinarle tremenda golpiza. Las investigaciones dieron con los responsables. Lo terrible es que a nadie parece importarle lo que ocurre en las calles, mucho menos del destino de las personas que, obligados por la necesidad y complejos problemas del tejido social, viven en ellas. La hipócrita limpieza social de las calles es un crimen, pero, ¿a quién le importa realmente por qué esas personas viven en las calles? Nuestro país no es la excepción,


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Violencia, sexo, soledad y marginación conviven en sus páginas de una forma muy creativa. Asesinos, pobres, ricos, mujeres y hombres solitarios, almas podridas, sensibles, atormentadas y miserables que se mezclan, de manera insólita algunas veces, otras como si el destino trazara esos hilos. De manera injusta se ha catalogado la obra de Rubem Fonseca como policiaca; si bien sus cuentos y novelas están situados en ambientes reales, al mismo tiempo son misteriosos, fantásticos, sórdidos. Atmósferas cercanas a la putrefacción humana y la muerte, que nos llevarían a pensar que el autor

escribe la llamada literatura negra —en lo cual difiero de los críticos—; Fonseca logra algo más que historias detectivescas, misteriosas, brutales, historias donde se narra un crimen y se descubre al asesino; el autor siempre dará la vuelta de tuerca (la que también logró Henry James, al que se le encasilló, injustamente, como autor de novela negra). Personajes excéntricos deambulan en sus páginas, con carencias emocionales, radiografías humanas, humor y erudición gastando una broma macabra. Hombres que justifican y aderezan sus actos más bajos con algún chiste intelectual... Inmersos en impulsos y abismos, los personajes de Fonseca se ubican en los extremos. Su narrativa conserva algunos elementos policiacos que son parodiados por el autor; la interacción que sus personajes tienen con el crimen es el placer. Placer y muerte parecen ser su motor principal; buscan el placer en la muerte, otras veces buscando placer encuentran la muerte. En el relato «La fiesta» un invitado muere de un infarto en la mejor fiesta del año, mientras


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extraño, pero siempre me gustó aquello que tuviera que ver con la muerte. Hace algún tiempo, alentada por un hombre del cual no quiero recordar su nombre (pues pertenece a una historia de desamor), hice fotografía forense, fui a lugares de hechos, a las planchas de la morgue. Me asqueaba que los peritos comieran ahí como si nada, que abrieran los cuerpos sin el mayor respeto; aprendí de un modo primitivo que el crimen no es un arte, sino el resultado de la putrefacción de la sociedad. Por lo general, el asesino de nota roja, distante de los asesinos de Fonseca, son personas que, al revisar su ficha, apenas tenían la primaria o secundaria. Esto no es lo importante, pues también hay asesinos con cédula profesional; lo que me asqueaba era que esas mujeres que mataban a hombres que las golpeaban habían soportado por años, así que el asesinato perdía encanto ante mis ojos: mataban, de paso, a los hijos; después, cobardes, se ahorcaban o tomaban veneno. Los que más me deprimían eran esos ladrones adictos que no pudieron contener el tiro, hombres engañados y borrachos que en un impulso apuñalaron. Muchas veces, al salir de la morgue,

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todos bailan. El cadáver es expuesto ante los invitados y la organizadora de la fiesta —una mujer frívola, vacía, sola— está más preocupada por el hecho de que su fiesta sea arruinada con la muerte de Casemiro: «María Clara se apoyó en el brazo de Farah y durante algunos instantes pareció que iba a desmayarse, pero rápidamente recuperó las fuerzas. “¿Cómo pudo Casemiro hacerme esto?”, preguntó sentándose en uno de los escalones, él vio el trabajo que me costó preparar esta fiesta». Fonseca escribe literatura de ciudad, pero no una ciudad común o turística, él escribe una ciudad violenta —como es en realidad una gran ciudad—; su prosa está siempre en confrontación con las normas sociales, que no son expuestas por el autor en forma de reglas o con un consejo moralizante; por el contrario, las pone siempre en jaque. Los asesinos de Fonseca no son cualquier clase de asesinos; si bien el asesino es la basura social, el de los relatos de Fonseca está dotado de imaginación, erudición y un humor exquisito. Un rasgo notable en su obra es la variedad de tonos y texturas, siempre en la penumbra, pero creando en cada relato una atmósfera única. Es


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vomité; el olor a muerte y sangre podrida es insoportable, me recordó el olor de algunos cuerpos que maquillé en Gayoso para ganarme la vida, años atrás, pero no era tan fuerte como en la morgue, ahí los cuerpos olían a formol, mezclado con perfume y naftalina; los cadáveres eran cuidadosamente lavados, perfumados, vestidos por otras personas, a mí sólo me tocaba la parte menos sucia del trabajo. Abrir las páginas de Fonseca es abrir una caja de sorpresas. Por una parte, nos deja ver el lado sórdido del crimen; por otro, la muerte aparece sonriendo, mostrando un humor magnífico y que no sabemos adónde nos lleva. Incluso llegando al final del relato, muchos de sus finales nos sugieren una nueva historia. La ciudad parece un laberinto, los lectores buscamos la salida; de paso, en cada salida falsa están todas las pasiones y carencias humanas. Los cuentos de Fonseca contienen varias técnicas, que sabe incorporar de una forma impecable: monólogo, diálogo, guion, todas las formas están permitidas, Fonseca ha contribuido a la transformación de las formas clásicas del cuento. La cofradía de los Espadas es una crítica social a la vida cotidiana, a la

condición humana, a la podredumbre que habita las ciudades. El nombre del libro corresponde al último cuento, que nos habla de una cofradía secreta de poetas que han encontrado el modo de llegar al orgasmo masculino múltiple sin eyaculación, lo cual, al final, les provoca problemas con sus mujeres. La cofradía se desintegra y hacen un juramento de sangre para no revelar el secreto del orgasmo múltiple; la única desventaja (o ventaja, nunca lo menciona el personaje) es que tienen que cambiar constantemente de mujer, antes de que descubran que son diferentes a los demás hombres y «capaces de gozar con infinita energía sin derramamiento de semen. No podemos enamorarnos, pues nuestras relaciones son efímeras. Sí, yo también me volví un monstruo, y mi único deseo en la vida es volver a ser un chango». Leer una página es similar a aparecer ante una escena del crimen y reírse de ella, reírse de nervios o producto de la gracia con que Fonseca la narra. Fonseca recurre a todo lo posible para mantener el vértigo en sus historias: intrigas, personajes ambiguos, contradictorios, desolados, destinos cruzados,


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redentores ni redimidos, ni en la miseria de las calles, ni en las lujosas casas. El único modo de sobrevivir es ser hedonista, ser un gran cínico. Fonseca no quiere cambiar el mundo, pero denuncia su lado más bestia, la verdad es que nadie en sus relatos quiere cambiar su realidad, lo que es, quizás, el rasgo más distintivo en su obra. Sus personajes se parecen a la humanidad, a la cual cada día le quedan menos siglos, destinada a sobrevivir, no a vivir.

Creo que querer vivir es tan extraño como querer morir». Rubem Fonseca

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voluntades caprichosas... los elementos que gobiernan al mundo salen a dar la vuelta. La ciudad, la soledad, la vida son sitios peligrosos, donde las posibilidades las determina el azar o el capricho de sus asesinos. Matar y morir, tener que hacerlo, todo parece lo mismo; olor a sexo, a soledad, a víctima y victimario. Todo puede ser la muerte, todo puede matarnos, las calles son el filo de la navaja donde caminamos a través de sus relatos. En sus líneas no existe la conmiseración, no hay


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la última y nos vamos Quickly love —¡Ay! —¿Ya?

Coctel de camarón —¿Por qué lloras, camaroncito? —Porque mi mamá se fue a un coctel.

Ergo sum

Dibujo: Pedro Luis Rodríguez

Toc, toc. —¿Quién? —Nadie. Soy yo.


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Patricia Conde (Azcapotzalco, df, 1951) tuvo una niñez

habitada por los libros de Elena Fortún, con cuyo personaje, Celia, llenó sus propios anhelos de fantasía y preñó sus relatos, desde entonces y para siempre. Parte de su trabajo se ha publicado en antologías.

Adam Cristchley (Inglaterra, 1969) publicó cuento en

Estados Unidos y en su país natal. Vivió en México de 1993 a 2007, donde publicó poesía y ensayo. En la actualidad, vive en Beijing.

Aarón Cruz (México, df, 1941) estudió en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura La Esmeralda, del inba, y en la Escuela Nacional de Artes Plásticas San Carlos, de la unam. Ha realizado diversas exposiciones en México y en el extranjero. Nino Gallegos (Durango, México, 1957) es autor de los libros Agua que se está haciendo tarde, tarde que se está haciendo agua (uas, 1997), Andar en la soledad del puerto, con la cabeza a pájaros (Difocur/Editorial Praxis, 2001), entre otros. Gerardo Gutiérrez (Guadalajara, México, 1964) es doctor en análisis del discurso por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado El cuaderno de Liszt (1994), Viaje a los Olivos (1998), Bajo la niebla de París (2005). Susana Iglesias (Centro Histórico, df, 1973) de oficio, barman; de ocio, escritora. Intereses: perros, coctelería, autos viejos y grandes velocidades, rock and roll, fotografía, literatura, en ese orden. Isaí Moreno (México, df, 1967) es narrador. Fue antologado en Cuentistas de Tierra Adentro, del Conaculta. Publicó Pisot (2000), que obtuvo el premio Juan Rulfo por primera novela. Luis Pineda Villaseñor (México, df, 1952) es médico. Ha cursado diversos talleres literarios; estudia el posgrado en creación literaria en el Centro de Cultura Casa Lamm.

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siete

Dios ordenó a Noé que de todos los animales puros tomara siete parejas, macho y hembra, para salvarlos en el arca. Dicho aviso se lo dio siete días antes de que soltara todas las aguas de la tierra y del cielo para inundar la Tierra, con el fin de desaparecer todo vestigio de vida sobre ella. Después, la señal de Dios en el cielo, el arcoiris de siete colores, sería su pacto de buena voluntad con los hombres. W En el Apocalipsis se habla de los siete ángeles de las siete trompetas, de los siete sellos, de las siete plagas, de las siete copas. También, de los siete espíritus de Dios que arden en siete antorchas delante del trono. La bestia del apocalipsis tendrá siete cabezas. Los siete sellos o marcas de Dios cierran el libro en el cual él escribió el destino de la humanidad.


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El Puro Cuento 7