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7 Consejos de escritura

CUENTO CATALÁN

Mark Twain

60 pesos

1. Empieza por los acontecimientos Primero dale forma a los hechos, luego podrás distorsionarlos tanto como quieras.

2. Escribe correctamente

núm. 14

Emplea una gramática correcta. Usa la palabra adecuada, no su prima segunda. En cuanto a los adjetivos, si tienes alguna duda, quítalo. Dios sólo exhibe sus truenos y rayos a intervalos, por eso nos llaman la atención. Esos son los adjetivos de Dios. Si tú muestras demasiados rayos y truenos, el lector se cansa poco a poco.

3. Sé paciente y perseverante No esperes tener el libro a la primera. Trabaja, edita, rescribe.

4. Olvídate de los adverbios Sustituye con la palabra jodidamente la palabra muy. Tu editor la borrará y el texto quedará como debería ser.

5. Pon distancia de por medio Levántate de vez en cuando para dar una vuelta a la manzana y deja que los sentimientos se diluyan. Hay una única cosa que no soporto y no soportaré: el falso sentimentalismo.

El Puro Cuento

CUENTOS DE

Alberto Torres Blandina | Aina Tur | Quim Monzó Albert Sánchez Piñol | Óscar Gual | Sergi Pamies Jordi Andreu Corbaton | Francesc Serés CUENTO, LUEGO EXISTO | Ana Fortuny | Marcelo Cohen

6. Sé conciso y directo Usa un lenguaje simple y sencillo, palabras cortas y frases breves. Ésa es la forma de escribir en la época moderna y resulta la mejor manera. Recuerda: no dejes que fluyan la pelusa, las flores y la verborrea.

7. Empieza cuando crees que has terminado El tiempo para empezar a escribir es cuando crees haber terminado y estás satisfecho. En ese momento empiezas a percibir con claridad y lógica lo que de verdad quieres decir.

CUENTEARTE PEP AVILA


Botella vacĂ­a y cuento acabado, no valen un cornado. P roverbio

espaĂąol


www.elpurocuento.com

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ÍND IC E 4

Introducción

La literatura catalana Amanda Ruiz Navarro

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C uentos catalanes Entre las doce y la una

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El héroe de la bicicleta

Quim Monzó Aina Tur

25 Paisaje nevado con pájaros y desconocida Alberto Torres Blandina

29 La carta

Francesc Serés

31 Cuentos para no dormir J ordi Andreu Corbaton

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Un monstruo cualquiera Óscar Gual

47 Bokassa, el emperador del mal gusto Albert Sánchez Piñol

50 Precisamente hablábamos de ti Sergi Pamies

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C uento , luego existo La última neurona Ana Fortuny

55 Mi tierra

Karina Castro

57 Habitación 14 Edgar Aguilar

63 Atrapado

Mateo Mansilla Moya

65 Tiro de gracia Juan Antonio Rosado

72 Tal vez mañana Gregorio Fritz

74

En busca de Nils Runeberg Héctor Palacio


L as

íes y sus puntos

78 Del origen del cuento Janitzio Villamar

83 C uentearte : P ep A vila 99

C inescritura Carver Y Altman: vidas cruzadas Estrella Asse

P á jaros

en el alambre

107 La mujer sin sombra Rebeca Mata

112 El 14

Agradecemos a Diego Gómez-Pickering, coordinador de la sección de cuento catalán y de fotografía, la traducción de algunos de esos cuentos.

DIRECTOR

Carlos López CONSEJO DE REDACCIÓN Carlos Adampol Galindo, Rogelio Guedea, Javier Muñoz Nájera, José Luis Perdomo Orellana

Editorial Praxis, Vértiz 185-000, col. Doctores, del. Cuauhtémoc, c.p. 06720, México, df Ventas: 57 61 94 13 Colaboraciones: elpurocuento@editorialpraxis.com

Todos los derechos

de reproducción de los textos aquí publicados están reservados. Reserva de derechos para el uso exclusivo del nombre: 042006-100514362500-102.

eÑO

DIS

Javier Muñoz Nájera/ Carlos Adampol Galindo www.elpurocuento.com www.editorialpraxis.com

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bierno o privadas. Es una publicación libre que se hace con el trabajo independiente de quienes aparecen en el directorio y gracias a las colaboraciones de los generosos autores. No se establece correspondencia sobre textos no solicitados.


EL PURO CUENTO

núm.

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Cuentos de los países catalanes Diego Gómez Pickering compilador 4


LITERATURA CATALANA Amanda Ruiz Navarro

Actualmente, el catalán se habla en el Alguer (Italia),

la Cataluña Norte (Francia), Andorra y dentro de España, en Cataluña, la Comunidad Valenciana, la Franja (Aragón) y las Islas Baleares.

C

uando en 2007 la literatura catalana fue la cultura invitada en la Feria de Fráncfort, Quim Monzó convirtió el discurso inaugural en un cuento nada inocente. ¿Cómo era posible —se preguntaba, perplejo, su personaje— que hubiesen decidido invitar a «una cultura con una literatura desestructurada, repartida entre diversos estados en ninguno de los cuales es lengua verdaderamente oficial»? Y sin embargo allí estaba, porque la literatura catalana es mucho más que una literatura fragmentada y a veces silenciada por las adversidades geopolíticas. Tiene autores y obras sobresalientes que bien podrían etiquetarse como universales o incluirse en el llamado canon literario. En la Edad Media, por ejemplo, destaca la poesía trovadoresca o las llamadas cuatro grandes crónicas de la Corona de Aragón. Por eso tampoco debe sorprendernos que Mario Vargas Llosa haya dedicado varios estudios al Tirant lo Blanc, una sorprendente novela de caballería del siglo xv, considerado el Siglo de Oro de la literatura catalana. Pero la etiqueta «universal» y el concepto de «canon» no dejan de ser términos conflictivos porque suponen una visión de la literatura parcial y a menudo elitista, o al menos marcadamente occidental. Además, como bien señala Enric Iborra (2013), hay pocas literaturas europeas modernas que presenten autores de primera fila en cualquier período1. Así como la literatura rusa no comienza verdaderamente Enric Iborra, Un son profund. Dietari d’un curs de literatura universal, Viena Edicions, Barcelona, 2013 1

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hasta el siglo xix, en la literatura catalana hay que hacer un gran salto desde el final de la Edad Media hasta prácticamente el siglo xx. Esto no significa que durante la llamada Época Moderna no se escriba nada, pero quizás nada que posea la calidad de las obras precedentes y sin duda posteriores. La literatura del siglo xix viene marcada por la influencia del romanticismo y la llamada Renaixença. Es un momento clave en la medida en que supone la restauración de la lengua y la cultura catalanas, así como su reconocimiento europeo. Modernizarla y acercarla a Europa será precisamente el objetivo del movimiento del modernisme, surgido a finales del siglo xix y vigente durante la primera década del siglo xx. Con el Noucentisme, movimiento que coexiste con el modernisme a principios de siglo, autores como Eugeni d’Ors formularán todo un ideario estético ligado al nacionalismo catalán de raíz burguesa. Sin embargo, frente a esta cultura burguesa y como reacción general al momento histórico y político, surgirán las vanguardias, con artistas como Joan Salvat-Papasseit o Vicenç Foix. Durante los años veinte y treinta hay tres autores cuya mención resulta imprescindible: el poeta y traductor Carles Riba (Elegies de Bierville), el polifacético dramaturgo Josep Maria de Sagarra (Vida privada) y el inconmensurable prosista Josep Pla (El quadern gris). Pero al estallar la Guerra Civil, la producción literaria en catalán se ve truncada, ya que como bien señalan Ferran Carbó y Vicent Simbor (2005: 121), «la instauración de la dictadura franquista, en el año 1939, conllevó para Cataluña, el País Valenciano y las Islas Baleares no sólo la pérdida de las libertades democráticas, como en el resto del estado español, sino también la persecución de su lengua y de su literatura»2. Frente a la censura y la represión los escritores sólo tienen dos opciones: la clandestinidad o el exilio. Quienes optaron por la clandestinidad al fin y al cabo vivieron su propio exilio interior y su obra se vio marcada por el peso de la censura. Quienes se marcharon reconstruyeron como pudieron las plataformas culturales necesarias para mantener vivo el circuito literario catalán: revistas, editoriales y premios se celebraron tanto en América como en Europa. Y a pesar de 2

Ferran Carbó y Vicent Simbor, Literatura catalana del siglo xx, Editorial Síntesis, Madrid, 2005

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la dispersión, se forjaron carreras literarias tan importantes como la de Mercè Rodoreda, exiliada en Francia, o la de Pere Calders, en México. Con la progresiva degradación del régimen franquista a finales de los años sesenta, se abre el camino para la normalización lingüística y el surgimiento de nuevas generaciones de escritores. Nuevas generaciones que empezarán a alejarse del realismo comprometido para subvertir o renovar los modelos tradicionales a partir de influencias exógenas, como el realismo mágico. Entre las voces más singulares de la Generación de los 70 cabe destacar la obra de Jaume Cabré, Jesús Moncada, Carme Riera y Quim Monzó. Todos ellos, a excepción de Jesús Moncada, fallecido en 2005, siguen escribiendo y han dedicado particular atención al cuento. Y, aunque cada uno lo ha hecho de un modo particular y han creado un universo narrativo propio, en todos ellos se distingue de alguna manera la huella de Pere Calders y su afán por deconstruir la realidad a través de un uso irónico de lo fantástico. Otros escritores más jóvenes o que empezaron a escribir más tarde, también han publicado en los últimos años libros de cuentos más que notables. Es el caso de Albert Sánchez Piñol (Tretze tristes tràngols) o Francesc Serés (Contes russos), por citar solo algunos ejemplos más. Tal vez la vigencia del cuento en la literatura catalana y en general en la posmodernidad signifique que ha sabido superar sus propias limitaciones como género. Y es que, como dijo Cortázar, «un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta»3.

La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande. Jacinto Benavente 3

Julio Cortázar, Obra crítica, vol. II, Alfaguara, Madrid, 1994

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EL PURO CUENTO

Entre las doce y la una Quim Monzó Traducción de Marcelo Cohen

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l hombre da una calada y descuelga el auricular. —¿Dígame? —Hola —es una voz de mujer—. Soy yo. El hombre endereza el espinazo. Aplasta el cigarrillo contra el cenicero que hay al lado del teléfono. Habla en voz baja: —Te he dicho mil veces que no me llames nunca a casa. —Es que… —Te he dicho que me llames siempre al despacho. —¿Puedes hablar? —Claro que no. Ya te imaginarás. —¿Dónde está…. ella? —En el dormitorio. —¿Nos…, te oye? —No. Pero puede entrar en cualquier momento. —Perdóname. Lo siento. Pero es que necesitaba llamarte ahora. No podía esperar hasta mañana, en el trabajo. Hay una pausa. Es el hombre quien la rompe. —¿Por qué? —Porque esta situación me hace sufrir mucho. —¿Qué situación? —La nuestra. ¿Cuál va a ser? —Pero… A ver si nos entendemos… —¡No! No. No digas nada. No hace falta —intenta ser irónica y no lo consigue—. Podría oírte. —Ahora no me oye. Escucha… —Creo que ha llegado el momento de tomar una decisión.

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los países catalanes

—¿Qué decisión? —¿No te lo imaginas? —No tengo ganas de jugar a las adivinanzas, María. —Tengo que elegir. Entre tú y él. —¿Y? —Y como tú no me puedes dar todo lo que quiero… No nos engañemos: para ti yo nunca seré nada más que… —Respira hondo. A lo lejos se oye una ambulancia—. No quieres dejarla, ¿verdad? No sé ni por qué te lo pregunto. Ya conozco la respuesta. —¿Qué es todo ese ruido? —Te llamo desde una cabina. —Hemos hablado de esto mil veces. Siempre he sido sincero contigo. Nunca te he escondido cómo estaban las cosas. Tú y yo nos caemos bien, ¿no? Pues… —Pero yo estoy muy colgada de ti. Tú ya sé que no lo estás nada de mí. —Siempre te he dicho que no quiero hacerte ningún daño. Nunca te he prometido nada. ¿Alguna vez te he prometido algo? —No. —Tienes que ser tú quien decida qué debemos hacer. —Sí. —¿Te he dicho o no te he dicho siempre que tienes que ser tú quien decida qué debemos hacer? —Sí. Por eso te llamo. Porque ya he tomado una decisión. —Siempre he jugado limpio contigo —se detiene—. ¿Qué decisión has tomado? —He decidido… dejar de verte. La mujer lo dice y se echa a llorar. Llora durante un buen rato. Poco a poco los sollozos disminuyen. El hombre aprovecha para hablar. —Lo siento. Pero si realmente esto es lo que… La mujer lo interrumpe: —¿Pero no entiendes que no quiero dejaaar de veerteee? Cuando el hombre deja de oír el llanto, habla: —María… —No —se suena—. Prefiero que no digas nada.

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De golpe el hombre sube el tono de voz. —Hombre, yo más bien elegiría un coche que te asegurase mejor rendimiento. —¿Qué? —Sobre todo si tienes que hacer tantos kilómetros —se para un momento. Hace otra pausa—. Sí, ya lo entiendo. Yo, claro, en eso no sé qué aconsejarte. Pero me parece que lo que te convendría sería un coche con mucha más…, con mucha más… —simula buscar la palabra—. Sí, de acuerdo. Pero consume demasiado. —¿No puedes hablar? —No, claro. —¿La tienes cerca? —Sí. —¿Enfrente? —Sí. Pero este modelo no tiene tanta diferencia de precio con los japoneses. Y los japoneses… —Tú con tu mujer enfrente y yo aquí sentada sin saber qué hacer —cada vez más indignada—. Sin decidirme de una vez y acabar con esta desazón. —Lo ideal son cuatro puertas. Para vosotros, cuatro puertas. —¿Ves como no hay otra solución? Así no podemos seguir. No podemos tener ni una conversación civilizada. —Pero ése gasta unos seis litros y medio. —Tú hablando de coches, de litros de gasolina, de si cuatro puertas, y yo sin decidirme siquiera a colgar. —Un momento —el hombre ha tapado el auricular con la mano. La mujer oye un diálogo amortiguado—. Dice que…—Vuelve a tapar el auricular con la mano. Vuelve a retirar la mano—. Dile a Lluïsa que dice Anna que el pastel le quedó perfecto. —¿Con quién cree que hablas? —En fin, ya nos veremos. —¿Quieres que cuelgue o…? Pero antes de colgar dime si mañana nos veremos. —Sí.

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—No tengo remedio. Llamo para decirte que hemos terminado y acabo preguntándote si mañana… ¿Quedamos donde siempre? —Sí. —¿A la hora de siempre? —Exacto. —Y –ahora habla con voz melosa— ¿haremos como siempre? Te imagino de rodillas, delante de mí, subiéndome la falda… ¿Me lamerás? ¿Me morderás? ¿Me harás mucho daño? —Síí —de golpe vuelve a hablar bajo—. ¡Hostia, María! Por poco se da cuenta. Ahora está en la cocina, pero en cualquier momento puede volver. ¿Y si me hubiese pedido el auricular para hablar contigo? —¿Y por qué tendría que hablar conmigo? —No quiero decir contigo, quiero decir con quien cree que hablaba yo. —No hay quien te entienda. Y no hay quien me entienda a mí. No me entiendo ni yo misma. Estoy que me reconcomo, decido terminar y basta que oiga tu voz para que se me esfumen todas las decisiones. Me gustaría mucho estar contigo. Ven. ¿No puedes? Claro que no. No pasa nada. Es cuando no puedo escucharte cuando me angustio. ¿Me quieres? —Claro que sí. —Más vale que cuelgue. Adiós. —¿Dónde estás? —En un bar; ya te lo he dicho. —No. Me has dicho que estabas en una cabina. —Y si sabías que estaba en una cabina, ¿para qué me lo vuelves a preguntar? —Pero no estás en una cabina sino en un bar. Eso es al menos lo que dices ahora. —Un bar, una cabina: lo mismo da. —Oh, «lo mismo da, lo mismo da»… —Oye: ¡basta! —Y ahora, ¿qué piensas hacer? —¿Ahora? ¿Quieres decir con lo nuestro? —No. Quiero decir ahora mismo. ¿Piensas ir al cine? ¿Ya has comido? ¿Tienes que ir a clase de actuación?

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—Oye: cuelgo. —Espera un momento. —Es que… —A veces, María, pienso que sólo con que quisiéramos, sólo con que nos lo propusiésemos de verdad, podríamos conseguir que todo marchase de otra manera, sin tantas tensiones. —Vale, pues sí. —Sí, ¿qué? —Sí. —¿Qué te pasa? ¿No puedes hablar? ¿Hay alguien y por eso no puedes hablar? —Mm… Sí. —Has quedado con él en un bar y ya ha llegado. O estaba contigo y ahora se ha acercado al teléfono. ¿Sí o no? ¿O qué? —Ya te devolveré el libro. Quédate tranquila. —Ahora me tratas en femenino. —Bueno, hasta luego. Llámame. Y recuérdame que te devuelva el libro. —Ah, no. ¡Ahora no cuelgues! Tú me has hecho soportar la angustia de escucharte sin poder contestar más que estupideces y ahora… —Ése no lo conozco. ¿Qué título dices que tiene? —Perfecto. Lo estás haciendo muy bien. Ahora dirás el título del libro. ¿O no? —Ya… —Muy bien ese ya. Da verosimilitud, hace real el diálogo con esa chica con la que se supone que hablas. —¿El amor por la tarde? —¿Qué es ese título: una indirecta, una invitación? —Pero mucho mejor que El amor por la tarde era Las cien cruces. Vaya, al menos para mí. —Ése, ¿ves?, no lo he leído. ¿También es una novela? —¿Las cien cruces, aburrida? De repente el hombre vuelve a hablar con voz grave. —Hombre, ya te lo he dicho. Consume menos el otro. —Pero la protagonista de El amor por la tarde es más verosímil.

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—¿Y cómo es que una empresa como la Peugeot no tiene previsto un caso así? —Pero eso pasaba en Ahora estamos los dos igual. ¿Me equivoco? —En absoluto. —¿Y entonces? —Nada. Hay una breve pausa. —¿Ves cómo no hay nada que hacer? Ahora ya puedo hablar de nuevo —vuelve a haber una pausa—. ¿No dices nada? ¿Se te acabó la charla o quieres dejar el ramo del automóvil y pasar a otro? —Yo también vuelvo a estar solo. —Pues adiós. —Tienes razón. Más vale que nos digamos adiós. —Antes tengo que decirte algo. —Di. —Estoy embarazada —él no responde—. ¿Me oyes? Estoy embarazada. De ti. —¿Cómo que de mí? ¿Cómo sabes que es de mí? —¡Porque desde la última regla sólo me he acostado contigo imbécil! —¿Y ese novio que te puede dar todo lo que yo no puedo darte? ¿Resulta que no…? Perdona. ¿Qué piensas hacer? —¿Cómo que qué pienso hacer? ¿Es que tú no tienes nada qué decir? —¿Yo? No. —Por fin. Por fin veo bien claro cómo eres. Por fin me doy cuenta de que, si alguna vez me encontrase en esa situación, te desentenderías totalmente. —¿Qué quiere decir «si alguna vez me encontrase»? —Quiere decir que, evidentemente, no estoy embarazada. ¿Te crees que soy tonta? Se me ha ocurrido de golpe, para ver cómo reaccionarías en una situación así. ¿Acaso crees que si de veras hubiese estado embarazada te habría pedido opinión sobre lo que tenía o no tenía que hacer? La voz de él suena irritada: —¡Oye, María…!

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La mujer lo desafía: —¿Qué? ¿Qué tengo que oír? —¡Sabes que no tolero que me hables en ese tono, ni que me torees! —Ah, ¿no? —Te partiré la cara. —Ah, ¿sí? —Te hincharé los morros a puñetazos. —Sí… —Hasta que chilles. -Sí… —Te ataré a las patas de la cama. —Sí, sí… —Te escupiré en la boca. —¡Sí! —Y te daré de bofetadas hasta que sangres. —¡Sí! ¡Sí! —Y te obligaré a… —¿A qué? ¿A qué? —Te obligaré… —¿A qué? —Te llenaré la boca. Y te obligaré a tragártelo todo: no dejarás caer ni una gota. —Ni una. La mujer respira agitadamente. El hombre está excitado. —¡Ni una, he dicho! Lámete esa que te resbala por el labio de abajo. —«Guarra», dime «guarra». —Guarra. Arrodíllate y abre la boca. La mujer resopla. —Basta. Tengo que decírtelo pase lo que pase. No tiene sentido hacerlo durar más —calla un momento, como para tomar impulso—. Escúchame: no soy María. —¿Qué quiere decir que no eres María? —Que no soy María: eso quiere decir. María está… María me ha pedido que te llamara y que te hablase como si fuera ella. —Me estás tomando el pelo.

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—Ha tenido que irse. Y quería que… —¿Irse a dónde? —Fuera de la ciudad. Quería que creyeras que estaba aquí y no… Es que… No puedo seguir fingiendo. Mira: María y yo nos conocemos de las clases de actuación. Yo también estudio en el instituto del teatro. Me ha pedido que te llamara y me lo montase de manera que nos peleásemos. Porque mañana teníais que veros y ella todavía no habrá vuelto. ¿Me oyes? —¿Dónde está? —Se ha ido una semana. Con un novio. —¿Con quién? —Con Jaume. —¿Con Jaume? —Sí. —¿Con qué Jaume? —Jaume Ibarra. —Oye, pero sí Jaume Ibarra soy yo. ¿Con quién creías que estabas hablando? ¿A qué número has llamado? —¿Tú eres Jaume? —Sí. —Hostia. —¿Con quién pensabas que estabas hablando? —Con Joan. —¿Con Joan? O sea que María y Joan… —Ahora me doy cuenta: he confundido los números. —¿Y cómo es que tienes mi número de teléfono? —Es que María me apuntó los dos, uno justo encima del otro, y me he equivocado: he marcado uno en vez del otro. —¿Por qué te apuntó mi número si a mí no tenías que llamarme? ¿O también me tenías que llamar? Pero si has dicho que pensabas que se había ido conmigo… —Si te lo explicase no me creerías. —Dime una cosa, eeh.... ¿cómo te llamas? —Carme. —Carme, dime una...

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La mujer lo interrumpe. —Un momento. ¿De verdad eres Jaume? Pero si Jaume no vive con nadie. ¡El que vive con su mujer es Joan! ¿Por qué me has dicho que tenías a tu mujer enfrente? —Tú tampoco eres la verdad personificada. —Si te creías que estabas hablando con María, ¿por qué querías hacerme creer que vivías con una mujer? —Es que con María a veces (últimamente no mucho, por cierto, pero a veces) hacemos cosas así. Como juegos. —No me lo había dicho nunca. —¿Por qué te lo iba a decir? ¿Es que os lo contáis todo? —Casi. —Ah, ¿sí? ¿Y qué te dice de mí? —Uf. —¿Qué quiere decir ese «uf»? —Quiere decir que lo interesante me lo cuenta todo. —¿Con pelos y señales? —Con pelos, señales y lo que haga falta. —¿Dónde estás? —En un bar, ya te lo he dicho. —También me has dicho que estabas en una cabina. —¡Y dale con la cabina! —¿Qué haces ahora? —Ya me lo has preguntado antes. —Cuando eras María. Ahora que eres Carme, puede que tengas que hacer otra cosa. Además, cuando eras María tampoco me has contestado la pregunta —el hombre se muerde un labio—. ¿Por qué no nos vemos? —¿Cuándo? —Tendrá que ser por la noche. Por la tarde tengo clase. —Por la noche, pues. —¿Dónde? —¿En el bar del Ritz? —De acuerdo. —¿A las ocho?

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—A las ocho salgo de clase. Quedamos a las ocho y media. —¿Cómo te reconoceré? —Llevaré una chaqueta de piel, la que le regalaste un mes antes… Llevaré la chaqueta de piel. —¿Un mes antes de qué? ¿La chaqueta se la regalé un mes antes de qué? —Jaume, tengo que decírtelo. Si no, voy a reventar. —Dímelo, pues. —María está muerta. La chaqueta se la regalaste un mes antes de que se muriese. Escucha… No tendría que… Yo sabía cómo os queríais. Y cuando se murió decidí, decidimos, toda la clase… —Me parece una broma de muy mal gusto. —Encontrémonos y hablemos. A las ocho y media, ¿vale? O si quieres, me salto la clase. —La vi la semana pasada. —Hace cinco meses que está muerta. —Estos últimos cinco meses la he visto muchas veces. La semana pasada estuve con ella. Y estaba bien viva, guapa a más no poder. No era ningún fantasma. —Hace cinco meses que sales con una María que no es María. —Y según tú, ¿quién ha hecho de María todo este tiempo? —Yo. —Me habría dado cuenta. —Te estoy diciendo la verdad. —Si fuese verdad, ¿por qué habrías decidido que mañana no querías venir a la cita? —Estoy harta de hacer de María. —Sin embargo, ahora has aceptado que nos veamos. —Porque ahora voy haciendo de Carme, no de María. Jaume, por favor, te lo explicaré después. —¿Y cómo no te has dado cuenta de que yo no era Joan sino Jaume? —¿Te crees que no sabía a quién llamaba? Claro que eres Jaume. Te conozco perfectamente. Te he tenido de novio durante cinco meses. Y cinco meses dan para mucho. Incluso para saber que… —la voz de

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la mujer se quiebra—, que me he enamorado de ti como una imbécil. Y quiero acabar con esta farsa. —No creo nada de todo esto. ¿Cómo habrías podido hacer, todas la veces que nos hemos visto (que tú dices que nos hemos visto), para que no notase que no eras María? —Piensa que estudio teatro. —¡Por mucho teatro que estudies! ¿Cómo quieres hacerme creer que no me habría dado cuenta de la diferencia? Lo único que me faltaría es que me salieras con el cuento de la gem… Oye, pero María tiene, tenía, una hermana gemela. —Soy yo. —No la he visto nunca. —Ya lo creo que la has visto. Quiero decir, ¡ya lo creo que me has visto! Desde hace cinco meses, un par de veces por semana. Algunas semanas una sola vez: justamente de eso tendríamos que hablar. Porque yo te quiero ver más a menudo. ¿Quedamos como hemos quedado? ¿A las ocho y media? —¿De verdad te llamas Carme? —A las ocho y media, ¿de acuerdo? —Sí. —Te quiero mucho. Si alguna vez dejara de quererte me moriría.

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El héroe de la bicicleta Aina Tur

A

nte la avalancha de artículos y reportajes dedicados al insospechado caso del héroe de la bicicleta, con el objetivo de poner fin a habladurías difamatorias, sensacionalismos lastimosos y quejumbrosas súplicas de amigos y conocidos para que la verdad, la única verdad —con todo lo que tal afirmación implica— pueda asomarse entre tan desmesurado alboroto, finalmente he decido romper el silencio que me tortura y explicar mi versión de los hechos. Me habría gustado transcribir todo lo que él anotó meticulosamente en el pequeño cuaderno que guardaba celoso, seguro de que algún

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día aquella pesadilla llegaría a su fin y la verdad, su verdad, la única verdad, trascendería. Pero no ha podido ser así. Durante la última inspección encontraron la pequeña libreta, el testimonio escrito que el héroe de la bicicleta me pidió custodiar. Lo leyeron. Se burlaron. Arrancaron páginas. Las destruyeron en pequeños pedazos. Mientras, yo asistía impávido a tan iracundo embate, concentrado en que esa lágrima dispuesta a derramarse no lo hiciera. No estaba dispuesto a entregarles ni una pizca de mi dolor. Cuando parecía que no podía engendrarse más crueldad, los guardias me obligaron a recoger cada trocito de papel disgregado por el suelo de la celda. Era difícil contener esa lágrima que llevaba demasiado tiempo esperando, pero lo hice. Al amontonar los fragmentos de los últimos capítulos de la vida de mi amigo, porque para mí el héroe de la bicicleta ante todo fue un amigo, decidí arriesgarme e ir guardando alguna hoja que había salido ilesa de las garras de aquellos perros indómitos. Pero me descubrieron. Me forzaron a lanzar la despedazada memoria de mi amigo por el retrete y luego tuve que tirar de la cadena, aplacado por el dolor de las patadas que me propinaron cuando pretendí negarme. Así que ahora tan solo la memoria me permite remontar la historia que ha cambiado el curso de este ya no tan desafortunado país. Fueron muchas las horas que pasé conversando con mi compañero de celda y por lo tanto muchas fueron las veces que le pedí que me contara y volviera a contar cómo empezó todo. Les presento, pues, nuestro relato, el de mi amigo y mi memoria. Solía empezar así: Dantesco. El paisaje se dibujaba dantesco. Hacía ya tiempo que cualquier atisbo de esperanza había desaparecido de las mentes de los ciudadanos de este nuestro país. Solamente el desconsuelo conseguía esbozar algún indicio de vida en sus rostros. Rendidos ante la absurdidad con la que actuaba el gobierno, navegábamos desconsolados mientras se iban aplicando leyes absurdas que desencadenaban, como no puede ser de otro modo, comportamientos absurdos. Esa mañana en la que el tórrido sol rubricó una bendita tregua otoñal —teníamos tanto tiempo que nuestro héroe, mi amigo, gustaba

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de avivar bonitas palabras y descripciones—, esa mañana y no otra, la más absurda de las ordenanzas se instauró: quedaba absolutamente prohibido transitar en bicicleta por cualquier núcleo urbano y vía de circulación, y se multaría a toda persona que tuviera una bicicleta en su casa. Hombres armados y sin escrúpulos confiscaron tantas bicicletas como encontraron a su paso, se hicieron numerosas inspecciones en viviendas, desproveyendo a más de un ciudadano de su único medio de locomoción. Ante tal despliegue de fuerza algunos sintieron tanto miedo que decidieron acudir por su propio pie a entregar su bicicleta. Otros se las ingeniaron para esconderlas desmontadas en lugares realmente extraños, aguardando que en algún momento algún organismo internacional se animase a intervenir para revocar esa ley. Pero no hubo suerte, nadie actuó. Las autoridades competentes decidieron agudizar los mecanismos de vigilancia inundando el país de cámaras al otro lado de las cuales había personal policial dispuesto a detectar cualquier tipo de subversión relativa al uso del velocípedo. Cuando parecía que calles, caminos, carreteras y plazas estaban limpios de tan indeseado medio de transporte, saltó la alarma: un peligroso individuo de complexión normal paseaba por las calles de la capital del reino montado en una bicicleta. Llegado este punto, solíamos reír un buen rato. A mí, particularmente, el hecho que él se refiriera a él mismo como «un peligroso individuo de complexión normal» me hacía desternillar. A él también. Recordaba las descripciones sobre su persona que inundaron televisiones y periódicos: «Me han descrito y me han llamado de muchas maneras en esta vida, pero jamás habría pensado que acabaría dándome a conocer como EL PELIGROSO INDIVIDUO DE COMPLEXIÓN NORMAL QUE DEAMBULA EN BICICLETA», solía declarar mi amigo mientras yo le pedía que continuara con el relato. Empezó la búsqueda, activaron todos los dispositivos de control que habían preparado para situaciones como aquella: multiplicaron las patrullas policiales que interrogaban incansablemente a los habitantes de la capital; dos helicópteros recorrían el cielo de la ciudad noche y

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día en busca del osado sujeto que había decidido burlar la ley; y se ofrecían jugosas recompensas a cualquiera que consiguiera dar una sola pista, por ridícula que pareciera, sobre el indómito personaje que recorría la ciudad montado en una bicicleta, la única bicicleta del país. Aun así no conseguían dar con él. Parecía que se diluía cada vez que estaban a punto de atraparlo. Entonces llegó la gran medida: se promulgó el toque de queda. La ciudadanía estaba atemorizada, cualquiera podía ser sospechoso de haberle dado a los pedales, cualquiera podía ser retenido preventivamente en las comisarías del país. Si alguien era sospechoso de guardar alguna relación con tan inadmisible subversión, podía ser interrogado hasta desfallecer en manos de cretinos torturadores. La población, coaccionada ante tal despliegue de poder, reaccionó publicando manifiestos, cartas de opinión, recogidas de firmas y testimonios audiovisuales, en los cuales se pedía al peligroso individuo que diera la cara —que se entregase, en definitiva–. Pero mi amigo no lo hizo. Al preguntarle el porqué de tan determinante decisión él contestaba: «Querido amigo, si me hubiese rendido, todo el país se habría sometido para siempre, yo quería seguir luchando ante tanta absurdidad, aunque tuviera que hacerlo solo, aunque tuviera pagar con mi más preciada moneda: la libertad. No estaba haciendo nada malo, únicamente andaba en mi bicicleta… dime: ¿puede ser eso malo?». Evidentemente, y como era de suponer, dieron con él, consiguieron atraparlo y lo condenaron. Quisieron silenciar el juicio, pero no lo consiguieron, atemorizados por la proyección internacional que estaba adquiriendo la noticia (ante todo era necesario preservar la condición de país democrático). Así que permitieron la entrada de cámaras llegadas de todo el mundo al tribunal. El juicio fue retransmitido y consiguió superar los índices de audiencia de cualquier acontecimiento deportivo. Fueron largas las sesiones y en ellas se puso en entredicho gran parte de la legislación vigente. Se habló de historia, de libertad, se citaron grandes filósofos, también de economía e incluso del miedo. El gobierno intentaba acallar lo que allí estaba ocurriendo, pero fueron muchos los periodistas que consiguieron eludir la censura amparados por su condición de extranjeros.

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El abogado defensor era bueno y ayudó a que mi amigo hiciera un despliegue de valentía esperanzador, consiguiendo despertar en un sector amplio de la ciudadanía algo muy semejante a un espíritu de revolución. Y así fue como la población erigió como «el héroe de la bicicleta» al «peligroso individuo de complexión normal que deambula en bicicleta». Nuestro héroe fue declarado culpable. Contra él, numerosos cargos: perturbación grave del orden público, obstruir a la autoridad en la ejecución de sus decisiones administrativas y judiciales, tenencia ilegal de un medio de locomoción prohibido por la autoridad, entorpecer la circulación peatonal; y como con estas acusaciones no podían retenerle indefinidamente en un calabozo, decidieron echar mano a su licencia sancionadora y empezaron a inventar: tenencia ilegal de armas reglamentarias, explosivos catalogados y material pirotécnico, consumo y tenencia de drogas y un largo etcétera sobre el cual una mano invisible empezó a fabricar pruebas. De la noche a la mañana su casa se había convertido en un peligroso reducto terrorista y entre el material bélico yacía expectante una gran cantidad de estupefacientes. La gota colmó el vaso, la ciudadanía harta de tanta absurdidad y de tanta mentira —y socorrida por la proyección internacional de lo que en ese tribunal estaba ocurriendo—, se lanzó a la calle pidiendo justicia para mi amigo. Nuestro héroe ingresó en prisión. La presión internacional para derogar la sentencia no fue suficiente, ni tampoco las multitudinarias manifestaciones en contra de tan desatinada condena. Asociaciones internacionales de derechos humanos focalizaron sus campañas en nuestro absurdo país y durante unos meses conseguimos que nuestros gobernantes mesuraran su ostentación de poder. A nuestro héroe se lo cargaron en la trena. A golpes, lo subieron a una silla, le colocaron una soga alrededor del cuello y con una estrepitosa patada le desproveyeron de soporte para sus pies. —Llorón, tú serás el siguiente —me dijeron, cuando esa lágrima se escurrió arrastrando un líquido mar de desconsuelo. El Ministerio del Interior convocó a una rueda de prensa para declarar que mi amigo se había suicidado.

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Empezó la revolución. Centenares de ciclistas salieron a la calle el primer día, millares la segunda semana, personas de todo el mundo acudieron a nuestro país para deambular en bicicleta. Calles, caminos, carreteras, puentes y autopistas, plazas y parques se llenaron de gentes de todas las edades y todas las nacionalidades montadas en sus bicis. Las autoridades estaban desbordadas, en los despachos no se vislumbraba solución posible ante tal subversión. Los teléfonos ardían, los mandamases encolerizaban, el ejército intervino, pero no consiguió acallar a los que habían decido no dar ni un paso atrás. Nadie pudo detener a todos los que pedaleaban hacia un futuro mejor. Al final, y como debería haber sido hacía ya demasiado tiempo, el gobierno dimitió. Huyeron despavoridos, con las carteras atestadas de lo que debería haber sido nuestro parné; dejando atrás un país hundido en la miseria, pero con una ciudadanía dispuesta a no tolerar ni un gramo más de insensatez.

Cuando se lee un libro según

qué estado de ánimo, sólo se encuentran en él interpretaciones de ese estado. Georges Duhamel

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Paisaje nevado con pájaros y desconocida Alberto Torres Blandina

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athalie es el nombre que elegí para ella. Podría haber sido cualquier otro pero fue Nathalie. A los cinco años se cayó de la bici y se hizo una cicatriz en la ceja. Lo recuerdo porque yo también sentí el dolor. Resbaló con una placa de hielo que se había formado frente a su casa. Yo estaba sentado viendo el televisor y de pronto el dolor me

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hizo cerrar los ojos. Sé que desde su ventana se ve un bosque de arces y que cuando los pájaros migran hacia el sur se pone alegre porque significa que está cerca la primavera. Sé que su tarta favorita es la de arándanos y que siempre le ha dado miedo el hombre que lleva la leña a su casa. Y también otras cosas. Mis padres me llevaron a ver la nieve a los siete años. Al principio la miré con indiferencia porque estaba harto de verla desde la ventana de Nathalie. Después me acerqué, me quité los guantes y la toqué. Me gustó el tacto. Me recordó a los inviernos, cuando hacíamos batallas de bolas de nieve en el patio del colegio. Después me di cuenta de que en mi colegio jamás ha nevado. A los ocho años, Nathalie se levantó de la cama como accionada por un resorte. Yo también me desperté. Era la madrugada del día de Navidad. Se sentó en el sofá de cara a la chimenea y esperó la llegada de Santa Claus. Quería contarle que, a pesar de lo que comentaban en el colegio, ella no había sido quien escaló el árbol y dejó caer el nido sobre la nieve, matando sin querer a los polluelos. Yo sabía que lo había hecho ella, pero le prometí mentalmente que jamás se lo diría a nadie. No sé si ella me escuchó. Nunca he sabido si ella me escucha. El día más alegre y más triste de mi pubertad fue aquel en que se dejó besar por un chico de su clase. Con el chico cuyo nombre solía escribir junto al suyo dentro de grandes corazones. Su felicidad bajó desde sus labios a mi pecho, agitándolo. Al mismo tiempo los celos me retorcieron el estómago. El placer y el dolor viviendo juntos en el cuerpo delgaducho de un niño de doce años. Cogí un mechero y lo encendí. Después puse el dedo en la llama. Grité y acto seguido busqué un grifo para calmar el dolor. Entonces me excusé mentalmente: quiero saber si lo has sentido, solo quiero descubrir si tú también sabes de mí. La realidad era que quería hacerle daño. Nunca más lo hice, intentar hacerle daño. Las puestas de sol duran varias horas en su latitud. El sol se mueve sobre el horizonte como si flotara sobre el aire. Por primera vez soy yo el que asiste a uno de estos interminables atardeceres. He viajado hasta aquí para buscarla. No sé su nombre (Nathalie es sólo el que yo inventé) ni he visto jamás su rostro (o más bien habría que decir lo contrario: la veo en el rostro de cada mujer de piel blanca y rasgos

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nórdicos, en cada foto, en cada extranjera que visita mi ciudad). Tampoco sé el lugar donde vive, pero reconocería el perfil de las montañas que se ven desde su ventana en cualquier lugar. Y ese bosque que hay al cruzar la carretera, donde va una vez al mes con algunos vecinos a rellenar los sacos de pienso que cuelgan de los árboles más cercanos a las casas. Comida para los alces que evitará que intenten cruzar el asfalto y haya un accidente. A los quince años perdió la virginidad con un idiota que no la merecía y que la hizo sufrir. Yo también era idiota y también hice sufrir a una chica. No estaba enamorado de ella pero la necesitaba. Cuando sentía que él comenzaba a tocar a Nathalie, salía a buscarla. Para eso la necesitaba. Para fingir que era ella, para hacerle el amor mientras él se lo hacía a Nathalie. Tres años después enfermé. Me sentía cansado y vomitaba por cualquier cosa. El médico no supo qué me ocurría pero yo lo adiviné cuando meses más tarde sentí la primera patada: estaba embarazada. Cuando naciste, entre los dolores más intensos, supe que eras un niño. El padre no quiso saber nada de Nathalie ni de su hijo en común. No le importó demasiado. Ya hacía tiempo que había dejado de quererlo y le pareció mejor así. Dejó los estudios y comenzó a trabajar de camarera. Tampoco le importó. Nunca había sido buena estudiante. A los veinte años tuvo el accidente. La «prueba del alce» es una de las pruebas más exigentes por las que debe pasar un automóvil. Consiste en dar un volantazo brusco circulando a 80 km/h y después otro para recuperar la posición inicial. Pero la «prueba del alce» no contaba con el hielo que se había formado en la carretera. Por segunda vez el hielo. Esta vez la cicatriz fue en el vientre y tardamos casi un año en recuperarnos. Los médicos no se explicaban qué me había pasado. Cómo podía haberme herido de tanta gravedad cayéndome de la silla en la universidad. Yo tampoco supe qué decirles. Durante estos últimos años he intentado comunicarme con ella. Algunas veces mojo mi dedo en agua fría y suavemente, con la yema, dibujo letras en mi pecho, como en aquella película. Letras que forman palabras que hablan de ella, de mí, de nosotros. Después cierro los ojos y espero contestación. Pero nunca hay respuesta.

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Hace unas semanas vine a buscarla. No ha sido fácil pero he llegado hasta su ciudad y finalmente hasta esta casa desde la que se ve un bosque de arces, un largo atardecer y las bandadas de pájaros que migran hacia el sur anunciando la llegada de la primavera. Aquí estoy al fin, temblando por la mezcla de frío y miedo. Cuando llame a la puerta me abrirá una señora de pelo canoso y mirada triste. Me contará que no estás, que has muerto en un accidente de coche. Que la culpa fue de un alce y una placa de hielo. En ese momento aparecerás tú de detrás de sus faldas. Me observarás parapetado tras tu abuela y podré ver cuánto te pareces a mí. El color de pelo y de piel es el de tu madre, pero tienes mis mismos ojos traviesos y esas pequitas sobre la nariz que yo tanto odiaba cuando era pequeño.

Cuanto menos se lee,

más daño hace lo que se lee. Miguel de Unamuno 28


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La carta Francesc Serés

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ace un par de años visité Minsk invitado por el crítico bielorruso Karl Batlóvich. Me buscó alojamiento cerca del centro, en uno de los dos o tres hoteles de referencia de la ciudad. El primer día que bajé a desayunar cogí una hoja plastificada, una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia: la carta. En ella se podían leer las diversas opciones del menú en inglés y en ruso. Delante de cada plato había un número que servía de correspondencia entre ambos idiomas. Excepto la opción omelette, el resto de posibilidades me eran absolutamente irreconocibles si no recurría a la traducción inglesa. Pedí el número tres, ham, jamón, pero cuando llegó, en el plato había una omelette, una tortilla francesa, babosa, mal cocida. Le dije a la camarera que se había equivocado, que aquella tortilla debían de estar esperándola en otra mesa, pero ella me lo negó de mala manera y añadió que era para mí. Por su expresión deduje que tendría que comerla, tanto si me gustaba como si no. A la mañana siguiente no vi a la camarera por ninguna parte. Volví a pedir jamón señalando el jamón de otra mesa y me sirvieron jamón. Jamón cocido: dulce y pésimo cartílago. Como en el desayuno anterior, tampoco me atreví a beber café. El tercer día volví a toparme con la misma camarera. Intenté salir de su radio de acción, si ella iba hacia la derecha, yo hacia la izquierda; ella hacia la entrada, yo hacia la salida… Pero nada, en cuanto me senté, se acercó para preguntarme qué deseaba para desayunar…Y otra vez me sirvió tortilla. Como protesta, la corté en líneas finas, dibujé un NOT en el plato y me fui. La cuarta vez que entré en el comedor volví a pedir cartílago también por cuarta vez pero, antes de que la camarera volviera, fui a

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hablar con el maître que, teóricamente, tenía que saber algo de inglés y le pregunté por qué, si pedía jamón, me traían tortilla. El hombre miró la hoja de la carta y me dijo que no entendía. Insistí. Me pidió que me sentase, que me traerían el jamón, pero cuando la camarera volvió traía una tortilla. Entonces, cargado de razón, fui a buscarlo y lo llevé del brazo hasta mi mesa: omelette. El maître se rascaba el cogote. Preguntó en la cocina y preguntó a la camarera sin llegar a conclusión alguna. Bueno, quizá sí, me miraba como si fuese un cliente conflictivo, alguien que pide tortilla y que se queja cuando se la traen alegando que quería jamón. El quinto día de lo que ya consideraba que era una cuestión de honor tuve la suerte de que la señora de la mesa contigua a la mía, huésped también, hablaba inglés y ruso. Le pregunté si a ella le había pasado algo parecido y si le servían lo que pedía, quizá eso de dar tortilla era una costumbre, quizá había algún superávit quinquenal de huevos. La señora, que al principio no sabía de qué le estaba hablando, y que le dijo al maître —que se dirigía hacia nosotros visiblemente nervioso— que no había ningún problema, miró la carta y se echó a reír. Alguien había copiado mal las traducciones y había repetido dos veces un plato, por eso, el 3 de ham pasaba a ser el 3 de omelette. El resto de los platos también estaban mal. Comprobé las otras cartas y eran fotocopia de fotocopia… Las cogí todas y fui a buscar al maître, que me esperaba con cara de malas pulgas. Le dije que todo había sido un error de la carta, que los platos en inglés estaban mal traducidos. Él me contestó que sí que era verdad, pero como no tenían muchos clientes foráneos… Le pregunté si lo solucionarían y me dijo que sí, pero a la mañana siguiente y durante los días posteriores las fotocopias estaban donde siempre, intactas. Pedí el número 4, que correspondía al jamón de cartílago. Y me lo trajeron, con la misma mala cara, pero me lo trajeron.

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Cuentos para no dormir Jordi Andreu Corbaton Televisión ancestral

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ejo la maleta sobre la cama y ésta se separa cansada, como el cadáver de un cerdo abierto en canal. De su vientre, como entrañas rojizas, salpican en todas direcciones los papeles del divorcio. Dejo mi cuerpo sobre el colchón, compañero ahora del animal descuartizado que sigue vomitando trastos en todas direcciones, como tu boca vomitaba insultos aquella noche… El cuarto está a oscuras, sólo un leve destello entre las cortinas marrones, que cierran los ojos a esa habitación de hotel que hoy me acoge. Hace frío, un frío terrible… pero en mi interior, en mi cerebro… pues sudo por cada maldito poro de mi piel y la mugrienta habitación arde a 35 grados. He visto una televisión, roja, con una antena rota y torcida al fondo de la sala… «Como la que teníamos en casa de pequeños», pienso. Y no pienso más porque me duele la cabeza. Me acerco a la tele, tropezando con todos los muebles que hay en esa maldita sala. Le doy al botón varias veces. No funciona. ¡Maldito trasto! ¡Jodida mierda! Me cago en todo, en tu puta madre, en ti, en la custodia de los niños… y me sigo cagando antes de darme cuenta que la amapola con antena está desconectada. Dejo las llaves del coche. Cojo el enchufe. Ya está. Estrujo de nuevo al botón para observar cómo una figura oscura brilla en blanco y negro. El trasto no funciona nada bien, se ven rallas, y la mitad del aparato está completamente oscura… pero la figura sigue, moviéndose, como sombra china, rodeado de gris y de una metálica canción. Fijo los ojos, y veo…

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El NODO… hacía tanto que no lo veía… me acerco de nuevo, cambio de canal… nada, otra vez… nada… sólo el NODO… me voy a acostar en la cama. Pero no hay cama, ni maleta, ni reloj, ni llaves… Y paseo desorientado por la habitación que huele ahora a humo, a humedad, sin tropezar. Y finalmente corro las cortinas… no hace falta, no hay cortinas… tampoco pared. Y las bombas caen fuera.

Golpes

S

iento tu cuerpo cansado sobre el colchón vacío y sucio. Siento tus manos, tu respirar difícil e indeciso. La noche cubre el mundo con su manto de hollín y sólo el silencio dirige el mundo. Me muevo, levemente, aún dormida, para encontrarme con tus ojos cerrados. Vuelves a respirar, exhalando aire con un chillido estridente que me eriza el vello como una ventisca en un anochecer lejano. Siento tus manos otra vez, paseando bajo las sábanas, y entonces… Entonces ese sonido, el susurro de palabras desconocidas en tus labios, esos que tanto quiero… susurras en una lengua extraña, plagada de fonemas sordos y en mi mente, como si fuera un cartel luminoso de esos que anuncian cualquier cosa, se enciende una frase. Sólo pienso, no sé por qué, pero pienso que es la lengua de los muertos. Tus ojos se abren, piedras duras y negras, resbaladizos agujeros de la inconsciencia. Y entonces… Entonces se encienden en la noche, son brasas errantes de un incendio perdido, guardianes celosos de los espasmos descontrolados que te poseen como si fueras un pajarillo en manos de un niño sádico. Tirito. No tengo frío, no… Tu cuerpo flota a dos centímetros de mí cubierto como un cadáver y dos golpes en la puerta. El silencio, la nada, la ciudad. Los golpes se repiten, una luz cegadora rodea el marco de la puerta, y entonces…

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Llamada a media noche

C

ogió el teléfono con un movimiento brusco tirando por el suelo el aparato, los libros y toda la basura que yacía en la mesita. Estaba dormido, con las sábanas marcadas aún en la tez blanca e impoluta de su rostro, pero sostenía con una fuerza sobrehumana el altavoz, mirando de vez en cuando como la serpiente de cable se enrollaba una y otra vez en su mano. El susurro se repitió en la otra parte del mundo, le llegó como un gemido cansado y olvidado. Respiro profundamente, el corazón le latía descontrolado, lanzando bocanadas de aire al infinito, y el gemido volvió. Ahora ya era una voz, una voz gastada y débil, pero una voz… familiar. Caminó dos pasos atravesando la vorágine de trastos que reposaba en el suelo igual que cuerpos magullados de una guerra sin sentido, hasta la mesa del comedor. Allí seguían las flores, los recuerdos del funeral, las velas consumidas bajo la mirada cansada de la luna llena, y las fotos de Laura que había roto la noche anterior porque no podía mirarlas. —¿Hola? —dijo de nuevo, con una angustia que le crecía en el alma. Laura estaba al teléfono.

Mensaje cifrado

J

enifer lo miró a los ojos, esos ojos azules como el cielo. Sentía sus manos en los hombros, el contacto de esa piel que se entrelazaba con la suya en un manto de sollozos y caricias. Y por un momento se sintió viva. El latido de su corazón la volvía loca, y sólo oía el repicar angelical de la sangre en las sienes, en los muslos, mientras la conquistaba un calor creciente. Notó los dedos huesudos de Cristian sobre su espalda, y se perdió en las ventanas azules de su alma. No cambió nada, y a la vez, todo. Sus ojos ya no eran azules, sino oscuros, pozos profundos que la llevaban a la nada. Cristian, un muñeco

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de cera con una grotesca mueca en la boca, le cogía fuerte, dominando un cuerpo, carcasa tosca de un diablo errante. De él nació una voz grave y cortada, como la de un locutor de radio perdido detrás de mucho ruido y estática. No entendió qué decía, nadie lo entiende nunca… pero ese era el menor de sus problemas.

Después de todo

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ientras se colocaba un manojo de cartones encima de la barriga escuálida vio cómo en la distancia quemaba el rascacielos de Banco Rio Corp. Encendido como una antorcha olímpica, destacaba en el cielo, faro en la lejanía de una ciudad oscura. Las sirenas estridentes lloraban en la noche y latía el corazón de una ciudad dolida y maltratada por el fuego. Se acurrucó un poco, hacía frío, y volvió a mover los cartones. No estaba del todo cómodo, pero no importaba. Sus compañeros de trabajo saltaban desde las ventanas de la torre, presos del pánico y la desesperación, y él dormía, envuelto en trapos y basura. Después de todo, el destino había sido benevolente con él y bendijo aquel día en que su vida se había ido al carajo. Cerró los párpados pesados como losas mientras una sonrisa se le paseaba por la cara y oyó un leve murmullo de ropaje. Se quedó quieto un segundo y abrió los ojos. Enfrente, escondida por las tinieblas de la noche, se intuía una sombra, una figura vestida con túnica y capucha. Una afilada hoja, como si de un destello de estrella se tratara, mostraba su brillante semblante en el negro atardecer, semblante metálico y afilado. Después de todo el destino no había olvidado sus maldades…

S

ólo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa. André Maurois 34


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Un monstruo cualquiera Óscar Gual

E

l reportero Berton despliega sus bártulos y procede a montar el trípode mientras de soslayo observa embelesado el majestuoso escenario natural a su alrededor. Dispone minuciosamente el improvisado set de entrevista tan cerca del lago como le resulta posible, es un lugar con encanto, no será él quien lo niegue, pero hay algo flotando en el ambiente que le incomoda, una sobrecogedora quietud en el agua que tensa todos sus músculos faciales y le eriza el bigote. Coloca la cámara de forma que cada una de las dos sillas quede en una mitad del encuadre, de cuerpo entero y con el lago de fondo. Es una alborada deslumbrante, el paraje abandona lentamente su estado espectral y accede a la vida de forma tan feroz que da la impresión de que cualquier cosa podría suceder en esos precisos y mágicos instantes que el reportero Berton no se olvida de registrar para insertarlos en los créditos iniciales. El reportero Berton maneja una amplia lista de preguntas que van desde las más cínicamente burlescas a las simplemente condescendientes, aunque tiene previsto empezar con cautela, pues le han contado del difícil carácter de Kris y no quiere fastidiar la entrevista a las primeras de cambio. Lo observa con disimulo, es un hombre esquelético y pecoso de esa forma pecosa y desencantada en la que maduran algunos niños pelirrojos, y luce una llamativa brecha en la parte trasera de la cabeza que trata de cubrir sin fortuna con su acartonada mata de pelo. También aplazará las cuestiones concernientes a Snaut, el socio desaparecido en misteriosas circunstancias, para cuando se gane su confianza. Sin embargo, no puede dejar de señalar, a unos cincuenta metros de allí, en una orilla próxima tras un suave entrante arenoso, no puede evitar advertir un extraño

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movimiento en el agua. Un bulto blanquecino, una especie de pequeña isla móvil que parece merodear como si buscase o se escondiese de algo. El reportero Berton no cree pertinente realizar tal observación en voz alta, no quisiera comenzar la entrevista dándoselas de enteradillo y además el propio Kris está siendo testigo del mismo fenómeno en estos precisos instantes sin concederle la menor importancia al bulto. Deben de ser remolinos o efectos del oleaje aderezados por la enigmática bruma matinal. A través del objetivo de la cámara, la mirada de Kris refleja su sobrecogedora determinación. —Comunica con el mar. El lago Ness se comunica con el mar. Existe un túnel, como un desagüe conectado con el océano. Por ahí es por donde el monstruo accede al lago y por donde lo abandona. Imagíneselo como un estómago. El lago es como un estómago conectado al Océano Atlántico por una gigantesca garganta. Ésa es mi explicación. La ha repetido en tantas ocasiones que esa frase, esa explicación, esas mismas palabras en ese mismo y repetitivo orden, empiezan a sonarle a Kris como un conjunto inconexo de fonemas, algo así como un refrán o un mantra conocido pronunciado en una lengua olvidada. Sonidos huecos. Se ha visto obligado a aclararlo una y otra vez para los diferentes medios de comunicación que han ido acudiendo hasta allí, hasta la gélida Inverness, a interesarse por los motivos y entresijos de su obstinada búsqueda. Pero lo cierto es que ante los focos se siente tan fuera de lugar como un perro callejero en una peluquería canina. Un frío terrible le ha endurecido la barba, estalactitas colgando de su pétreo rostro como una puerta que ocultase el abismo insondable de su mente. Porque la mente de Kris, pese a lo que pueda parecer dada la fluidez de su conversación con ese capcioso reportero, está conectada emocionalmente con la masa de agua que hay justo unos metros más allá, una desmedida masa de agua que aparece de fondo en la entrevista que lo presentará como el osado aventurero que, en pleno siglo xxi, pretende encontrar al monstruo del lago Ness. Porque el interior de la cavidad craneal de Kris no lo ocupa un cerebro tal y como sucede con el resto de cráneos residentes en las Highlands escocesas, en realidad esa cabeza está rellena de un líquido humeante y espeso, cubierta por su voluminosa melena. Una mente líquida que es una réplica exacta

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del lago, y cuando reina la calma lo siente, lo percibe en sus adentros porque él también forma parte, él tiene y él es un pedazo del lago Ness. Bajo las nubes, la oscilante masa acuosa del lago ensombrece y un leve oleaje baila segregando una saliva aceitosa, como el preludio de una despiadada tempestad. Cuando alguna circunstancia imprevista enturbia la pureza y la calma de su expedición, Kris siente como si un ligero torbellino se agitase justo ahí donde el resto de personas guardan su masa cerebral. Se desata un tsunami en su recipiente craneal. Y eso le provoca dolorosas migrañas. La superficie del lago se pliega formando surcos laberínticos por los que se desliza una burbujeante espuma arremolinándose a cada revirada. Todo en un único movimiento bello y armónico. Ronquidos guturales reverberan en las cavernas del fondo marino, como estertores de un gigante ahogado. La cara del reportero Berton es una de esas caras que tienen todos sus órganos pequeños y en continua tensión. Dos ojos diminutos y entrecerrados, una nariz que apunta hacia arriba como si tirasen de ella con un hilo de pescar, dos berberechos colgando de las mejillas a modo de orejas y un bigote a todas luces exiguo sobre una boca siempre entreabierta, siempre cogiendo aire del susto. Es una cara que, al tenor de su expresión, parece estar en ese instante que precede al momento de recibir una colleja; una colleja que el dueño de la cara sabe perfectamente que va a recibir y de ahí esa visible tensión pero también una colleja que resulta conocida e inevitable y de ahí esa especie de sonrisa resignada como pidiendo al autor de la hipotética pero enésima colleja que la cosa se quede así, con una sola colleja, o dos como mucho. Y si a la prolongada exposición frente a ese rostro abstruso e incongruente le sumamos la tarea de contestar a una serie de malintencionadas preguntas realizadas en un tono periodísticamente sarcástico, eso no ayuda a que Kris mantenga el control. De ahí que deba realizar verdaderos funambulismos mentales para que no se desborde su lago craneal y acabe dándole a esa cara huidiza una soberbia colleja que la deje en paz con sus perennes expectativas. El viento, aunque suave, se vicia en los aledaños del lago aullando y formando pequeños dientes de sierra en las orillas. Gorgotean copos de crema lechosa, erupciones de vida y misterio. Sucede que esa tensión

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en el rostro del reportero es una tensión que parece sostenida únicamente por la supuesta colleja para la que parece estar acomodando el cogote, pero el hecho de saber que esa colleja, si no la provoca él mismo, si no es el propio Kris quien la ejecuta, esa colleja nunca pasará de un plano teórico a este plano de realidad, con lo cual la tensión en la cara del reportero se seguirá acumulando del mismo modo en que se acumula el agua de un diluvio en el tejado de una chabola: para acabar arrasándola; así, de repente, la reveladora conciencia de que él es la única opción que tiene esa cara de armonizar su alma con su tiempo y su ser es una responsabilidad que abruma sobremanera a Kris. Pero no quiere más responsabilidades. Hay sin embargo cierta naturalidad en el modo en que el reportero gestiona su hipertensión facial, detalle que compensa y tranquiliza de alguna manera a Kris aunque cada pregunta que pronuncia parece despegar la toma de tierra del circuito eléctrico que recorre esa cara y elevar de nuevo la tensión hasta límites poco humanos. Tal vez esa tensión gestual o esa forma de metabolizar la tensión gestual del reportero Berton tenga su origen en una niñez repleta de collejas inflamatorias y traicioneras a cargo de traviesos compañeros de pupitre, siempre a la espera del próximo chasquido. Quizá fuesen sus gafas, su olor corporal o su condición de delegado de clase, qué más da ahora. Una niñez en continua y dolorosa tensión causada por el hecho de que aquel niño debía, por una parte, comprimir el cuello de manera que quedase la menor parte posible de su nuca al aire, reduciendo así el área de impacto de la casi segura colleja. Pero por otra parte se daba la contradictoria circunstancia de que, recibiese o no la colleja, aquel niño debía sonreír al autor de la colleja sin saber si ésta iba a ser hipotética o real, para mostrarle sumisión y evitar de ese modo otra, entonces sí, segura, rotunda y enrojecedora colleja. Es la cara de este reportero un artefacto verdaderamente complejo, una composición anclada en un momento del pasado que de tantas veces repetido ha llegado a convertirse en el único momento de la vida de esa cara, cuyo tiempo atascado no se mide en granos de arena sino en collejas. Es un rostro que no muestra la línea evolutiva que muestran habitualmente los rostros sino que muestra una derivada

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de esa misma ecuación vital, muestra aquel traumático y concreto momento en que todos los tendones, nervios, ligamentos y músculos faciales quedaron suspendidos en un eterno retorno a la normalidad tras recibir la última de las collejas. Kris está empezando a creer que toda esa tensión de su invitado podría eliminarse de un buen tortazo, de un manotazo con la palma firme y abierta como el que se le da a un inoportuno despertador. Pero Kris no cede a la tentación y guarda su inquieta mano en el bolsillo. Hay una serie de compromisos que deben cumplirse y la atención a los medios es uno de ellos. Los patrocinadores que llevan años pagando por todo esto se lo han dejado claro: no puede negar ninguna entrevista, aunque tenga la certeza de que van a reírse de él. Que hablen de él aunque sea mal, todo eso. Que esperan contemplar a un bicho emergiendo del agua que al menos recuerde vagamente al conocido monstruo del lago Ness. Ni una ballena ni una morsa. Y que son ellos quienes mandan, quienes pagan todo, quienes le hacen llegar esos fardos repletos de cereales y café y también ese magnífico whisky escocés destilado a tan sólo unos kilómetros de allí. No es que la dieta de Kris sea un ejemplo de nutrición equilibrada, pero lo cierto es que con la descabelladamente purgativa cantidad de café que traga cada día, daría lo mismo que comiese como un campeón olímpico de halterofilia porque los alimentos apenas si se detienen para saludar a su estómago de camino al inodoro químico, también patrocinado. Su dentadura es de un amarillo negruzco y puede deducir la hora del día en base a su irritación anal. La teoría de Kris al respecto del monstruo del lago Ness, la teoría o la hipótesis que trata de hacerle llegar a los lectores de la publicación pseudocientífica para la que trabaja ese reportero cuyo indescifrable rostro espera una liberadora y postrera colleja que de tanto aguardarla ha adquirido cualidad de ente juguetón y huidizo como un mesías largamente esperado, esta hipótesis es un compendio de varias teorías acerca del monstruo del lago Ness expuestas a lo largo del último siglo. Sucede con la criptozoología como con la física cuántica, suele decir Kris, lo válido no tiene por qué ser incuestionable, basta con que no sea falseable. Pero en realidad de lo que estamos hablando aquí no es

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de estómagos ni gargantas ni tampoco de animales prehistóricos, de lo que estamos hablando aquí es de un hombre que siente al lago en su médula, de un hombre que antes fue niño y de un niño que vio un monstruo y desde entonces no cejó en su empeño de volver a verlo. De un niño pelirrojo y enjuto que se desmayó de miedo y se abrió la cabeza. De una aparatosa brecha por la que pudo filtrarse el monstruo. Kris tiene que arreglárselas políticamente para que le esponsoricen todo el tinglado, pero cuenta con una ventaja significativa: y es que él ya ha visto al monstruo con anterioridad. Por eso su moral jamás decae, no se deprime tras años de espera ni tras la última nevada ni se viene abajo cuando su compañero Snaut desaparece sin más ni tampoco cada una de las siete veces diarias que se sienta en el inodoro químico y caga un mojón de arroz congelado. Y es ahora, durante las dos últimas semanas, cuando Kris percibe que el monstruo pretende comunicarse con él. No es algo que pueda explicarle a ese traumatizado reportero sin provocarle una subida letal de tensión porque no es traducible sino palpable, está ahí, agitándose en el interior de su cabeza como un pájaro enjaulado. —No es ningún saurio. Podría estar lejanamente emparentado con la familia de los cetáceos gigantes y habría evolucionado, pudiendo pasar largas temporadas a mucha profundidad, por eso lo creemos extinguido… Sí, es curioso. No deja de ser curioso, observa para sus adentros el reportero Berton, que aquel bulto o islote móvil se haya ido acercando poco a poco y haya accedido a la orilla y se haya como desenrollado violentamente sobre sí mismo y en estos momentos tenga todo el aspecto de un ser humano, un ser humano lanudo y aterradoramente blanco. Tampoco deja de ser curiosa y turbadora la flemática brutalidad con la que ese descomunal ser humano ejecuta cada uno de sus, en apariencia, inocentes movimientos. Ejecuta una serie de rápidos espasmos oscilatorios para sacudirse el agua. Camina describiendo círculos, gruñe y se rasca la cabeza y entrecierra los ojos como si otease el horizonte. Después se sienta y se vuelve a levantar, así hasta ocho veces seguidas. Una sucesión de hechos que ocurre tras una confusa y nebulosa cortina. Todo esto no deja de ser curioso, turbador y decididamente

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insólito aunque quizá no tenga la menor trascendencia, pero el reportero Berton no se resiste a señalárselo a Kris con el dedo, ya editará la escena en posproducción. Además no resulta conveniente tener un objeto bípedo no identificado como fondo en una entrevista de exterior. Tenía entendido que no habría nadie más en el equipo, acordaron estar ellos dos solos. Kris se gira al fin con desgana, más por dar carpetazo al asunto y proseguir con la entrevista que por verdadero interés, y, tras unos vacilantes segundos, señala que: —Este lugar es una fuente de pareidolias. Ocurre a menudo. El alto contenido en turba, el complicado ángulo de incidencia solar, la niebla y los continuos cambios de corriente pueden llegar a confundirnos y hacernos ver cosas que no están, como esos dragones que encuentran los niños en las nubes. Pero el rigor científico debe prevalecer por encima de todo. ¿No está de acuerdo? De algún modo cree Kris que el lago trata de comunicarse con él, aunque no es capaz de descifrar el mensaje resultante de su simbiosis mental con la masa de agua helada. El lago le muestra leones de barro y cazadores efervescentes, le muestra a su amada Harey y el soviético bigote de Snaut, le construye altares líquidos y soles momentáneos, porque el sol es el único y primigenio dios y da igual postrarse ante un hombre, un monstruo o el mismo astro rey. Eso parece decir el lago, y por la noche cubre todas esas formas con un manto violáceo que refleja la luna. En ocasiones Kris se siente como si estuviese a punto de presentarle una novia un poco rara a su familia, sólo que en este caso esa novia es un monstruo legendario de quince toneladas con las fauces como un túnel de dos carriles. Relativo y peculiar concepto el de la monstruosidad, piensa, pues no depende tanto del sujeto sino del entorno, por lo que cada monstruo es diferente y ninguno sabe que lo es, ninguno comprende su propia marginación. Y entonces le invade cierta sensación de solidaridad, de duda sobre si está haciendo lo correcto, de si no sería mejor abandonar, desmontarlo todo y desaparecer del mundo con el secreto bien guardado. O al menos poder proseguir eternamente con la búsqueda, porque la propia búsqueda no es el proceso sino el nudo de su relación con el monstruo y, en cuanto diese con él y lo hiciera público, el idilio acabaría. La palabra traición

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también se cruza por su mente siempre que habla para un medio y lo atasca en el mismo conflicto moral. No debería hacerlo, no debería venderlo, Snaut nunca se lo hubiese permitido. O tal vez sí. Pero no le cuenta nada de esto al reportero, cuya cara ahora, más avanzada la entrevista, es el exacto y tenso reflejo de una cara que está recibiendo una torrencial lluvia de collejas que desconoce cuándo terminará aunque está claro que no será una ducha rápida. Snaut se preocupaba mucho por el aburrimiento, aseguraba que el motor que hacía girar el mundo era el aburrimiento y no el conocimiento. Y que en su cometido, en su búsqueda del monstruo, era necesario acceder a un estado de monstruoso aburrimiento para fijarse en las cosas tal y como son, entes desnudos desprovistos de nuestra opresiva interpretación. Cuando la existencia de uno ya no tiene sentido es entonces cuando podemos focalizar toda nuestra atención en el exterior. Cuando no le otorgamos un sentido previo al análisis es entonces cuando nuestra mirada amorfa atraviesa sin problemas la condensada, ancestral y agobiante espuma del saber. El hastío es el paso previo al nirvana, afirmaba un melancólico y disciplinado Snaut. Desapareció durante uno de sus habituales paseos matutinos por la orilla del lago. Antes gritó algo ininteligible y para cuando Kris se despertó y salió de la tienda su compañero se había desvanecido sin más. Sumado al estado de constante indefinición en el rostro del reportero, circunstancia caduca y perenne a la vez y sobre la cual Kris no carga de toda la responsabilidad a su interlocutor, hay que añadir a ese ya de por sí exasperante estado un bigote si no maligno, sí portador de malos augurios. Es un bigote de escaso volumen, dada la evidente cualidad barbilampiña del reportero, y además un bigote que involuntariamente cumple un rol contrario al que se le encomendó en el momento de su creación. Porque piensa Kris que un bigote debe ir acompañado de algo parecido a la seguridad, puede ser confianza o incluso cierta arrogancia, pero necesita de una actitud que lo sustente, que lo mantenga honrosamente en la vanguardia facial de su propietario. Pero en un rostro acomplejado y lánguido como el de este reportero un bigote no es más que un lastre, es una humillante letra escarlata marcada a fuego en la puerta más visible de su ser. Cuatro pelos bailando al son

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de la más absoluta inconsistencia. Las intermitentes gotas de sudor le confieren un aire púbico y gelatinoso. El bigote de Snaut era un bigote ardoroso, un bigote con surcos amarillentos por el humo de tabaco que en sus mejores días podía incluso camuflar el movimiento del labio superior haciéndole parecer un ventrílocuo ruso. Aquel era un bigote magnífico, pero esto es un error flagrante, un altavoz de la desgracia, una nefasta consecuencia de la huíida hacia adelante que emprendió ese grosero rostro hace demasiado tiempo y que le ha llevado hasta aquí, hasta Kris y su lago. La réplica del lago que Kris guarda en el interior de su cráneo no es, evidentemente, un lago en miniatura de verdad. La réplica que Kris almacena en el interior de ese cráneo cuya lejana brecha aún lucha por cicatrizar es un constructo teórico levantado a partir de unos pocos e inexplicables momentos mágicos de conexión con el lago. Kris es consciente de que no pueden ser mágicos pero se dan de una forma tan humanamente inconcebible y provocan una sensación tan similar a la magia que tan sólo un mago de renombre o un avezado criptozoólogo como él reconocerían la diferencia. Porque cuando el lago se comunica no transmite determinado mensaje, cuando el lago se comunica transmite determinada sensación, insufla cierto tipo de verdad atávicamente ulterior y retira los velos que cubren el mundo. El lago es como un cerebro, una criatura, un músculo psíquico, enorme y lento pero sensible. No es que el cerebro de Kris sea una réplica del lago, es que el lago es el propio cerebro de Kris, quien ve reflejado allí aquello que desea, sus anhelos y temores, pero a la vez es abismalmente consciente de que en realidad lo que allí se refleja no es más que aquello que el lago quiere que él crea que desea ver allí, porque el lago no es inteligente a la manera de una persona, es inteligente a la manera de un dios: no actúa sino inspira. A veces se sienta en la orilla y se dedica a la contemplación pasiva durante un día, a la espera de una señal. La tensión superficial de cada gota, su elasticidad, sus reflejos y tonalidades, la velocidad del flujo de la corriente, todo eso es lo que Kris siente aunque no comprende. Otras veces prefiere emplear el sonar de alta frecuencia y rastrear el fondo marino como si le hiciese cosquillas a su viejo y líquido amigo. Y

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esos rugidos abisales le indican que todo está en orden. Son fenómenos cuyo irregular patrón no detectaría ninguna máquina procesadora de datos pues se perciben con el corazón, se sienten en las entrañas. Fenómenos secuencialmente invertidos u ocultos por otros fenómenos simultáneos. Cualquiera que no pasase día y noche pegado al lago los consideraría meras singularidades naturales forzadas por la socorrida casualidad, pero es que las facultades perceptivas humanas son limitadas. Las señales, las contorsiones del lago son inconmensurablemente lentas para apreciarlas, como escuchar cada día una nota suelta de la Novena de Beethoven. Hay que tomar otra perspectiva que Kris comprendió al fin, de modo que siente cómo todo converge hacia un mismo punto, hacia un mismo momento futuro, hacia el instante en que el monstruo se mostrará a él y al mundo. Y allí, sentado frente a la sopa primordial de su existencia, suele limarse sus uñas hipertróficas de tanta cafeína y desear que el tiempo deje de correr para siempre. A veces recuerda a Harey, la incapacidad de ella para comprender su obsesión con el monstruo, los celos de esa extraña relación. A Kris le gusta sumergir su mano en el agua, acariciar a la criatura y que ésta salpique pícaramente sus pies. Y entonces deja que la humedad entumezca todo su ser, que el alma del lago lo tome en brazos y que sus huesos se vayan envolviendo con una leve pero gélida lámina acuosa que lo hace tiritar de gozo. Pero mientras recuerda aquellos placenteros momentos le vuelve a interrumpir esa voz que surge de un fluctuante bigote y una cara irresoluta, un hilo de voz que suplica por una colleja que salde de una vez aquella deuda infantil para así restablecer su consistencia facial y su equilibrio emocional. Kris duda qué hacer al respecto. —Es un principio de pulmonía, lo tengo bajo control… Sí, puedo afirmar que el monstruo no siempre fue el mismo ejemplar. Ha tenido descendencia, no hay lugar a dudas. Y no es que el reportero Berton dude de la sapiencia de Kris. No es tampoco que el reportero Berton se crea más sagaz o con una capacidad analítica superior a la media, no es eso. Pero es que el reportero Berton, por más que Kris siga sin concederle trascendencia alguna a ese gigante chorreante y peludo, a esa especie de orangután albino

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que se aproxima hacia ellos todo lo sigilosamente que puede hacerlo un simio cuyas huellas son del tamaño de una tienda de campaña; el reportero Berton está empezando a preocuparse. Kris no cree necesario interrumpir su discurso. El reportero Berton observa el chivato de la cámara, sigue grabando, sigue registrando este suceso que devendrá histórico ya no por la entrevista sino por la asombrosa aparición de la que están siendo testigos. Pero entonces el gigante se acerca al improvisado set de rodaje, se acuclilla, despliega unos dedos formidablemente gruesos y amorcillados y se frota los testículos con encomiable ahínco. Y se le queda mirando. El gigante hiede a pescado podrido y se queda mirando a un paralizado reportero Berton mientras el monocorde tono de voz de Kris sigue dando explicaciones técnicas y relatando anécdotas acaecidas durante estos infructuosos años de búsqueda. El gigante lo observa con una mirada abominablemente humanoide, de esa forma abominablemente humanoide en que lo son las miradas de los profetas o de los asesinos en serie, una mirada que si hablase por sí misma tal vez diría algo como «estoy sólo en el mundo» o «la sociedad me hizo así»; lo observa con esa mirada abominable que aterra y bloquea al reportero Berton hasta que de repente éste percibe una sensación plácida en la nuca. Es un golpe. Una dolorosa colleja en la que sin embargo el dolor es agradable, un dolor placentero, es la esencia de cada cosa buena que se ha perdido en la vida a causa de aquellas collejas y que ahora recibe todas a la vez, como una base concentrada de placer inyectada directamente en su liberada conciencia. Es una colleja reveladora y fundamental que le confiere sentido a su vida, que restablece un traumático desequilibrio interior arrastrado desde su niñez. Es una colleja epifánica y aletargante que inocula armonía neuroeléctrica en su alma a través de la espina dorsal y es también una colleja sabia ejecutada por ese ser primordial que ahora emprende el camino de vuelta al lago arrastrándolo consigo de un pie. El reportero Berton es consciente, es extáticamente consciente de que su vida tal y como la ha conocido hasta entonces se acaba pero no siente pena, no siente rabia, el reportero Berton es feliz porque se da cuenta de que al menos quedará en paz consigo mismo

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y con su pasado y por ello da gracias al Señor y también al inquieto gigante, que ya tiene medio cuerpo dentro el agua. En un vidrioso y último vistazo, el reportero Berton aún logra atisbar el chivato rojo de la cámara en marcha y a Kris al pie del cañón, continuando profesionalmente con la entrevista. —No, cualquier cosa no es un monstruo. Todos albergamos cierta idea de qué aspecto debería tener el nuestro.

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Bokassa, el emperador del mal gusto Albert Sánchez Piñol Traducción de Diego Gómez-Pickering

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okassa, Jean Bedel, mejor conocido como Jean Bedel Mindogon N’Goundoulou Dondagdokanda Sesekelebolta A Da Diaye A Da N’Zou A Da Zolavo A Da Kongue A Da Gagoula A Da Mohauzo A Da Zini A Da Dabogu Gbokossegoto Bokassa. Éste era el hombre pero, ¿cómo clasificarlo? Si se le acusa de dictador sería mejor pensar en Chaplin; si se le tacha de loco, remite sin duda a su delirio napoleónico: de todos los dementes que se han creído rencarnación del emperador de los franceses, él será el único que conseguirá coronarse emperador de los centroafricanos. Se le juzgue como se le juzgue, Bokassa desborda la acusación de tal forma que antes de emitir sentencias, la historia se preguntará: ¿realmente existió Jean Bedel Bokassa? Yo creo que sí, que un tal Jean Bedel Bokassa nació en M’Baiki, una pequeña localidad de la actual República Centroafricana, el 22 de febrero de 1921. La imagen de Bokassa será pronto conocida en Europa, al menos durante sus años de apogeo. No era especialmente turbadora. Algunos tiranos consiguen hacernos creer que esconden secretos carismáticos; Bokassa, no. Había más que pensar en un visionario que no ve nada. Las imágenes que se conservan no hablan de un individuo que se sitúe por encima del género humano, sólo al margen. De alguna forma extraña, Bokassa se emancipa del fotógrafo. Vive en otra dimensión. Cuando se nos aparece con sus hijos, parece que conduce

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una manada. Cuando le coronan, se diría que es una estatua más del decorado. Cuando saluda a un jefe de estado extranjero, es tan afable que se reduce a la condición de súbdito. Pero no ocupa la posición que en teoría le corresponde, siempre vive en una órbita extraña. De su juventud temprana sólo destacan dos noticias. La primera es que recibirá una superficial educación católica. La segunda, que con tantos jóvenes africanos sin oficio ni beneficio, se incorporará a las tropas coloniales. Comparado con la inmensa mayoría de sus compatriotas, Bokassa vivía en unas condiciones dignas. En justa retribución, él siempre será un soldado modelo. A fines de los años 40 acompaña a su regimiento hasta Europa, en donde participa en algunos combates de la Segunda Guerra Mundial. Poco después, la vida militar al servicio de Francia le lleva hasta Indochina, en donde por una afortunada coincidencia escapará la matanza de Dien Bien Phu. ¿No fue aquello una señal de que la Providencia le tenía reservado un destino superior? A partir de este momento Bokassa sigue el guion típico de los tiranos africanos. Cabo en 1940, suboficial en 1956 y oficial en 1958. Bokassa regresa a su país y descubre que es un estado independiente. Esto implica un importante cambio sociopolítico; antes lo saqueaban los franceses, ahora lo saquean los franceses y también algunos africanos. Dacko posee dos características típicas de los presidentes africanos que han de ser derrocados. La primera: El Coronel Bokassa sólo sirve para coleccionar medallas. La segunda: Es también demasiado estúpido como para encabezar un golpe de estado. Por si fuera poco, Dacko restringirá los presupuestos militares y aumentará los de la policía, donde siempre tuvo hombres que le rendían más fidelidad. Eso habrá de enfurecer al coronel Bokassa, quien comentará a sus amigos más íntimos: —Estoy sumamente indignado. Si me niegan presupuesto para el ejército, alguna solución habré de encontrar. ¿Y qué solución podría encontrar? —Haré un golpe de estado.

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El golpe de estado lo llevará a cabo el último día de 1966. Como tantos dictadores, el presidente Bokassa comenzará su obra gubernamental con hechos y declaraciones inmaculadas: —Sólo tengo un deseo: que la república se desarrolle. De Francia llega una flota de autobuses con la finalidad de crear un servicio de transporte público. El país no tenía orquesta nacional, él creará dos. Bokassa destinará buena parte de sus esfuerzos al Hospital General de Bangui. Hará acto de presencia en los oficios religiosos públicos. Era común verle al pie de la estatua de la Virgen María, rezando con auténtico fervor. Aquello no era del todo hipócrita, puesto que todavía calificaba a su golpe de estado como un milagro. ¿Y la moral pública? Bokassa sentía una especial debilidad por el sexo femenino. Los destacamentos de soldados cerraban locales sospechosos de solapar la prostitución. Una velada, incluso, decidirá que la mejor manera de celebrar el día de las madres será poniendo en libertad a todas las mujeres presas, cosa que lleva a cabo. Pero eso no fue suficiente. Grupos de presión feministas, con peso considerable en la República Centroafricana, le solicitarán que acabe con la discriminación contra la mujer. Poco después, Bokassa firma un decreto que atacaba la esencia de la masculinidad nacional: quedaba prohibida la poligamia. Acusado de antropofagia y despilfarro, Bokassa es víctima de su propia ambición. Exiliado, preso y juzgado, años después se le dará amnistía. Al final de su vida se le podía ver pasear por las calles de Bangui, vestido con su uniforme de mariscal. Hasta el último de sus días, el 3 de noviembre de 1996, firmará como Bokassa I, el emperador.

Si me detengo a reflexionar en lo que es propio decir a ésta o aquella persona, pronto dudaré que exista una parte de mi relato que con propiedad pueda contarse.

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Precisamente hablábamos de ti Sergi Pamies Traducción de Diego Gómez-Pickering

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l 13 de marzo de 2000, al cuarto para las cuatro de la tarde, mi mujer me manda llamar. Me mira a los ojos y, como si lo hubiera ensayado, me hace saber que quiere que nos separemos, que ya no me quiere, y que, tan pronto como me sea posible, comience a buscar un departamento. Puede ser que sea porque ya me lo esperaba, pero no intenté defenderme. Me toma pocos días encontrar un departamento y, no sé por qué, le digo a mi mujer que si quiere acompañarme a mirarlo lo haga. La portera que nos lo enseña nos pregunta si es para nosotros y le contesto que sólo será para mí. Mi mujer me mira con una expresión que ya no delata ni desesperación ni cansancio. Cierro el trato con el administrador y al terminar busco a un electricista y un pintor. Mientras duran las reformas al departamento duermo en el sofá-cama desde el cual ella me dijo que ya no me quería. Son unos días extraños. Procuramos mostrarnos atentos el uno con el otro; sin embargo, nos vemos afectuosos. Un día me invitará a que cenemos fuera y aceptaré. Me preguntará cuándo tengo previsto instalarme en el nuevo apartamento. Le responderé que muy pronto y le propondré visitarlo. E iremos. Elogiará el color de la pintura de las paredes y los cuadros que habré colgado y todo lo que no le guste me lo habrá de decir, y la agradará que la cama del dormitorio no sea matrimonial.

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Cuando llegue el momento de despedirnos, se pondrá la llave entre los dientes y se acomodará la camisa con movimientos nerviosos. Recuerdo que en el piso de al lado se escucha una canción de cumpleaños y muchos aplausos. No nos abrazaremos ni nos besaremos por última vez. Le tomaré la llave y le diré que si necesita cualquier cosa no dude en buscarme. Pasarán dos semanas. Intentaré acostumbrarme a mi nueva vida. Los amigos me ofrecerán salir el fin de semana, tener escapadas nocturnas, idas al cine. Yo me excusaré diciendo que tengo mucha pereza y que no me movería del sofá, más pequeño y de un color más alegre que el de casa de ella. En las noches veré la televisión. Llegada la mañana, me afeitaré muy lentamente y escucharé la radio. Un día, en el supermercado, me la encontraré con una amiga suya. «Precisamente hablábamos de ti», me dirá. Se le verá más feliz. No sé por qué cualquier cosa que le diga la hará reír. Quedaremos en buscarnos, aunque sin compromiso de por medio. Durante algunos días, esperaré encontrarla aunque sin mostrarme ilusionado ante esa posibilidad. No sabré más pero me convenzo de que no debo de buscarla porque podría interpretarlo como una presión de mi parte. Alguna vez, me dejaré convencer para salir del departamento y hablaré con algunas personas que no conozco, quienes me tratarán con un afecto extraordinario, como si fuese un náufrago que ha sobrevivido una dolorosa experiencia. Pasará una semana e iré a comprarme una camisa y en el momento de probármela se me caerá un botón. «Es un presagio», pensaré. No habré de afeitarme. No contestaré el teléfono. Por la manera en que suena pensaré que debe de ser ella. Pero si lo contesto y fuese otra persona, ¿cómo me sentiría? En la radio escucho que si comes un limón sin hacer muecas se cumplen todos tus deseos. Pero al probarlo y hacer muecas no se hacen jamás realidad.

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La última neurona Ana Fortuny

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ólo me queda una neurona. Me di cuenta cuando empecé a reaccionar muy despacio, más despacio que nunca. Las fui perdiendo una a una. El deterioro inició en la campaña, cuando me proclamaron candidato presidencial. Cien mil millones de neuronas, ¡qué cantidad exorbitante! Pensé que nunca se acabarían. En mi juventud las utilicé bien. Estudié mis cursos, leí un par de poemas de Rubén Darío y me porté buena onda con ellas: las estimulé. Estaban «en su salsa», recibiendo y mandando impulsos a todos lados.

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Las primeras se marchitaron en las giras proselitistas, cuando aún no pensaba que podría ser candidato. En aquella época apoyaba al partido marrón. Pero el mundo dio vueltas y, un día, los expertos en ajedrez pensaron que yo era la pieza indicada: me proclamaron. Perdí muchas al pensar en qué eslogan utilizaría, al elegir los trajes que resaltaran mi figura, al ensayar la sonrisa, o al escribir aquel libro que al final tuve que destruir. Algunos pueden pensar que fue muy doloroso perder las neuronas, pero la verdad es que no sentí nada. Lo que uno siente es que el tiempo corre con más lentitud. El discurso que preparé para la toma de posesión en el Teatro Nacional arrasó con cincuenta mil. ¡Uff… me costó tanto escribirlo! Pero no sólo escribir las mató; el juramento con la mano sobre la Constitución de la República aniquiló a muchas. Y es que yo pensaba en otra cosa cuando juraba defender al país, lo que, sin querer, les provocaba un corto circuito. Ya en pleno ejercicio de mis poderes, la masacre se acentuó. Se consume mucha energía al trasladar fondos de un rubro a otro, o al desvanecer pistas, y eso afectó sus dendritas. Las hacía trabajar día y noche y no las dejaba descansar. No recargaban sus pequeñas baterías. Pensaba, pensaba: cómo construir más carreteras, cómo abastecer los hospitales, cómo mejorar las escuelas. Eso querían ellas, pero yo deseaba otra cosa, y de nuevo propiciaba el corto circuito: se derretían o perdían su cubierta y ya no funcionaban. Eso sí, construí aquel enorme puente. Duró al menos seis meses. Colapsó; no por mi culpa. Fueron las condiciones climatológicas las que lo derribaron, o tal vez el Efecto Mariposa: algo hicieron en la India, que afectó a mi obra maestra. Las leyes que aprobé inutilizaron a la mitad de mis células cerebrales, pero al menos la pérdida no fue exclusiva de un único hemisferio, se difundió por varios lugares al azar, en ambos. Perder el hemisferio izquierdo, de un solo, habría sido terrible: no hubiera podido seguir hablando. Mi esposa me dijo que tuviera cuidado, que si no podía hablar bien, me pediría el divorcio. Al final lo hizo, pero por intenciones más bien políticas, y no porque se avergonzara de mí ante el público. Los médicos se preocuparon cuando nombré al ministro de Cultura. Sabían que algo muy malo tenía que estar ocurriendo dentro de mi

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cabeza; ni yo mismo me explicaba cómo pude nombrar al nadador en ese puesto. Él es eso, un nadador que nada y nada, y sólo eso sabe hacer. Me hicieron una tomografía. No se atrevieron a mostrármela. Tal vez, si lo hubieran hecho habría cambiado el rumbo, pero en la vicepresidencia me presionaban para que actuara conforme a lo pactado. Y así, seguí perdiendo mis neuronas, mi raciocinio. Sin embargo, no todo fue en vano: logré colocar a mi hijo en un buen puesto. Algún día, tal vez él sea presidente, igual que yo. Lo elegirán, habrán olvidado que pasé un par de años en la cárcel o que maté a unos cuantos, eso se borra fácilmente con un par de canciones, con cuatro láminas de zinc o con unas bolsas solitarias. Lo que más deseo es poder volar de nuevo en mi helicóptero y que me digan Quimiquín, como en aquel entonces, cuando empezaba la campaña. Ahora ya sólo me queda una neurona, y como ustedes saben, las demás no podrán regenerarse. Pero las máquinas de Hawking son un gran adelanto, con mis escasos ahorros compré el modelo más avanzado. La última neurona funciona en mi cuerpo; con ella puedo comunicarme con el pueblo. No se darán cuenta, las cámaras están listas, hoy el programa es en vivo.

La literatura añade, aporta

a la realidad: no se limita a describirla. Enriquece las habilidades necesarias que la vida diaria exige y proporciona a la vez. En este sentido, irriga los desiertos en que nuestras vidas se han convertido. C.S. Lewis

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Cuento, lueg oLUEGO existoEXISTO CUENTO,

MI TIERRA Karina Castro

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a madrugada del nueve de septiembre de 2007, Alán Efrén, autor del best seller Un despertar espiritual, se soñó caminando por la Alameda Central. Nadie alrededor. Era extraño: todo estaba desierto. Un anciano que parecía de más de un siglo lo invitó a jugar ajedrez. Aguardaba el tablero de piedra. El encuentro fue muy cerrado, y a unos cuantos movimientos para terminar, el viejo se levantó para irse. —Pero no hemos terminado. —Ya no hay tiempo —dijo el anciano. En ese momento, Alán despertó. La lluvia —más bien tormenta— intentó persuadirlo de permanecer en su confortable cama; no quería levantarse ni ver por la ventana, pero lo hizo. Todo había desaparecido en un lapso de treinta días; primero los relojes, siguieron edificios, fábricas y medios de transporte. Esa especie tan propensa al análisis intentó hallar un patrón en la incontenible desaparición de la materia. Era inútil: los hechos derrumbaban cada nueva teoría en cuestión de horas. Ejemplo de ello fue la repentina extinción de los animales. Nadie encontraba explicación al fenómeno. Ni la encontrarían, porque, de un día a otro, también los humanos comenzaron a ausentarse. Las últimas casas desaparecieron esa noche. En medio del paisaje desolador, y asediada por el fuerte viento que ya señoreaba sobre la tierra desértica, se mantenía aún en pie una casa, la única hasta donde abarcaba la vista. Allí se encontraba Alán un día más al abrigo de su techo. Sintió el impulso de subir a la azotea. El azul oscuro del firmamento se disipaba con los rayos cobrizos que perforaban las densas nubes. En el horizonte, el sol se anunció rojo y violento, mas la oscuridad no le permitía dar luz a todo el cielo. Escuchó atento el silencio: nada caminaba sobre la tierra sin asfalto. Soy el último hombre. La certeza le había llegado como

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una poderosa sensación originada en el horizonte. Como un rayo, viajó hasta él y rebotó en su interior para proyectarse de nuevo en la inmensidad. Acaso para conservar la cordura, buscó algo a qué aferrarse; pensó en la teoría del tiempo constante de Petr Hořava. Pasó los dedos entre el cabello cano de sus sienes. Si realmente Einstein se equivocó y en ciertas condiciones el tiempo y el espacio no se entretejen, era posible que algún hilo se hubiese roto afectándolo sólo a él; de ese modo, no desaparecería: viviría siempre en la constante del no tiempo. Alán era físico, pero más que eso, un sobreviviente. Tenía cincuenta años cuando un accidente automovilístico lo dejó varios meses en coma. Nadie esperaba su recuperación, pero un día despertó con una idea fija: unirse a un grupo que impulsara el desarrollo humano. Publicó un libro sobre su experiencia cercana a la muerte. Abandonó las aulas universitarias para impartir seminarios sobre la evolución del ser y el desarrollo de la conciencia. A sus sesenta y dos años, se sentía pleno, con muchos proyectos. Nunca imaginó un futuro como éste: ver desaparecer al mundo sin razón alguna, y a su esposa, esfumarse ante sus ojos. Si cada uno abriera su mente a un pensamiento de unidad, a un pensamiento positivo, daríamos paso a una nueva era para la humanidad, a un amanecer de paz. En efecto, la Tierra estaba en paz, pero Alán no se refería a eso cuando pronunciaba sus discursos a un emocionado auditorio. A pesar de sus reflexiones, una sensación de fatalidad lo perturbaba. Mi casa existe porque pienso en ella; mi mente la sigue creando. La noche caía. Soñó que caminaba por la Alameda Central. Al encontrar al anciano del ajedrez, le preguntó: —¿Por qué no has desaparecido, si ya no queda nadie? El anciano le respondió: —Porque sigues creyendo en mí. ¿Y tú? ¿Por qué no has desaparecido? Alán despertó sobresaltado, bañado en sudor. «¿Por qué existo aún? ¿Quién continúa creyendo en mí?». Sus últimas palabras se desvanecieron en el silencio, y su cuerpo, entre la oscuridad. Ahora mi tierra celebra una nueva era de paz.

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Cuento, lueg o existo

Habitación 14 Edgar Aguilar Para Cécile

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a extranjera llegó alrededor de las siete. Un hombre pequeño, de cejas pobladas y cabeza descomunal le atendió. El recibidor era apenas una modesta barra decorada con anticuados azulejos verde-amarillo. Un viejo televisor encima de ésta emitía voces roncas y apagadas y destellos casi imperceptibles que pegaban de perfil sobre la cara mofletuda del hombre pequeño, creándole un efecto sombrío y tétrico en el resto del rostro. —Habitación catorce —dijo el hombre pequeño—. Subiendo las escaleras, siguiendo el barandal a la izquierda. Tomó la llave que colgaba de un trozo de madera, desgastado ya por los años, en el que se leía en rústico número tallado a mano 14, y en donde el 4 aparecía ligeramente más abajo e inclinado que el 1. Caminó con su mochila a la espalda en dirección a las escaleras; miró con aire nostálgico el patio vacío con su suelo de baldosas verde-amarillo, además de una fuente de piedra en el centro del mismo, por la cual no emanaba una sola gota de agua. Subió las escaleras y sus pisadas sonaron calladas, huecas y lejanas por el oscuro edificio; tomó el pasillo del barandal y, a su izquierda, enmarcado en un mosaico verde-amarillo, arriba de la puerta, artísticamente pintado, observó el número que correspondería a su habitación de esa extraña noche. Cerró la puerta tras de sí. Había aún suficiente claridad proveniente del exterior como para distinguir los muebles que se hallaban en la reducida pieza. No quiso encender la luz. Colocó su mochila al pie de una mesita, por debajo de un gran espejo incrustado al ras de una de las paredes laterales; en la pared frontal resaltaba un cuadro con una pintura a base de aerosol de sumo compleja: un paisaje

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cósmico se extendía a lo largo de líneas oblicuas que se proyectaban y convergían por ambos extremos del cuadro y desembocaban en un conjunto de cráteres rojos de indistintos tamaños. Al fondo y por encima de éstos flotaba un castillo de arena; siete lunas redondas y anaranjadas parecían girar alrededor del castillo. La cama era bastante grande como para una persona, y por un momento dudó de no haber pedido correctamente una habitación sencilla, o que el hombre pequeño se hubiese confundido y le hubiera proporcionado una habitación con cama matrimonial. Pero sólo pasaría una noche, y esto en realidad no importaba. Quiso tenderse en la cama, recuperarse del viaje. Y lo hubiera hecho acto seguido a no ser por un ligero dolor en el vientre que le hizo postergar el descanso y buscar el baño. Sumido en la penumbra que repentinamente empezaba a cubrir la habitación, un delgado muro de azulejos verde-amarillo sobresalía de uno de los costados, cerca de la cama. El muro se cortaba en dos secciones hacia un extremo de las paredes laterales, al ángulo opuesto del cuadro. La primera sección topaba prácticamente con la puerta de la habitación; la segunda sección terminaba al fondo de ésta y se introducía a la derecha, dejando un escaso reducto entre la cama y el propio muro, lo que formaba un rectángulo. ¿Encendería la luz para encontrar el baño? Habría sido ridículo. Se aventuró unos pasos, y con su mano delgada palpó el muro; sintió el frío del azulejo; posó su otra mano sobre el muro y se deslizó lentamente a través de él; con su rodilla rozó una puerta; luego una de sus manos bajó y manipuló sin dificultad el seguro; abrió y se introdujo al baño. Le sorprendió el tamaño del baño. Le pareció más amplio de lo que habría pensado, pues nunca pensó en ello. Acodada sobre sus blancos muslos, miraba sentada en la taza del baño el muro que tenía frente a sí, aunque debió admitir que el muro quedaba a una distancia considerable, tomando en cuenta lo estrecho de la habitación. No obstante, lo que más le sorprendió fue, pero quizá se equivocaba, pues con toda seguridad esto era originado por la atmósfera cada vez más sombría, ver su cama en el mismo espacio que ocupaba el baño, arrinconada justo a un lado del muro. Por su parte, la cama ya no le

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Cuento, lueg o existo pareció matrimonial como en un principio, sino una simple cama individual. Miró instintivamente hacia arriba y reparó en cómo el muro interior, que ahora era un muro exterior, no llegaba hasta lo más alto del techo, sino que acababa a una distancia relativamente corta del techo del resto de la habitación. Se levantó. Fue al lavabo e identificó con cierta dificultad, al coger uno de los minúsculos jabones y desprenderle el papel que le servía de envoltura y propaganda, el nombre del sitio en que se hospedaba: Hotel Limón. Lavó sus manos, y el sonoro borboteo del agua le trajo sin saber por qué la fuentecilla que acababa de ver y dejar abajo. Se humedeció el rostro, y en el espejo del lavabo se esforzó por reconocer la imagen de una mujer joven y hermosa, la mirada un tanto cansada, los ojos serenos y levemente chispeantes, las líneas de la cara como surgidas en trazos rápidos e imprecisos, como aquellos rostros impresionistas de los pintores franceses que tanto admiraba y que tan bien conocía; tal vez el cabello corto y las cejas pronunciadas demasiado negros para ser europea. Sin proponérselo sonrió y, curiosamente, le gustó su sonrisa. Salió del baño. Su habitación respiraba un aire apacible y soñoliento. Se tendió perezosamente en la cama. Deseaba descansar, quizás dormir un rato antes de salir a la calle y cenar algo. Le vino a la mente la calle empedrada y angosta que subía o bajaba, no lo sabía bien, afuera del hotel. Recordó la catedral con la enorme imagen de un santo gordo con gorro episcopal en una de las torres, la plaza, la gente, el bullicio de la ciudad… Se quitó la chamarra, que arrojó al piso, luego los jeans y el brasier, que empezaba a oprimirle el busto; quedó en calzones y en una blusa fina y delgada que hacía traslucir sus senos firmes y generosos. Echó a un lado la cobija y probó la textura de las sábanas con una rara sensación de placer. Recorrió con el cuerpo el largo de la cama, moviendo piernas, brazos y cabeza en delicado éxtasis. No le extrañó constatar que de nuevo la cama parecía más grande de lo normal. La habitación se fundió con la noche. Los últimos vestigios de la luz de la tarde habían desaparecido. Ahora ya no lograba distinguir el muro interior de la habitación. Pero de pronto tuvo la impresión de encontrarse

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una vez más en el baño, o, mejor dicho, de no haber salido de él. Miró en torno suyo y no consiguió ver nada. Esperó un instante tratando de acostumbrarse a la oscuridad y sólo pudo percibir, como entre una bruma opaca y espesa, el contorno de una figura parda que supuso debía de ser la mesita de cuarto; a su lado otro objeto flanqueaba vagamente la pared. Entonces, ostensiblemente a su derecha, vislumbró el espejo. Y se sobrecogió al descubrir que en el espejo se dibujaba el cuadro que pendía a su costado. En la oscuridad, el paisaje cósmico brillaba tenue aunque intermitentemente en el reflejo del espejo. Veía las líneas oblicuas que se proyectaban a una distancia casi infinita para luego desembocar al fondo, muy al fondo, en los cráteres rojos; veía el castillo de arena flotar y resplandecer por encima de éstos; veía las siete lunas redondas y anaranjadas girar alrededor del castillo… pero todo lo veía a través del espejo, como si estuviese accediendo a otra dimensión en la que al mismo tiempo su existencia cobraba otra realidad... y el televisor se encendió… Ahogó un grito. De un viejo televisor empotrado en una de las esquinas superiores de la habitación, más allá del espejo, con el volumen insoportablemente alto, se desprendían eufóricas voces. Las imágenes eran difusas, quizás un programa cómico transmitido por cable: un hombre y una mujer se contaban chistes y reían absurda y estúpidamente. Pero en cuestión de segundos el televisor se apagó, dejando una estela luminosa en la pantalla que poco a poco devolvió a la habitación en la total oscuridad y silencio. Probablemente un falso contacto. Y fue en ese instante efímero de pavor contenido y de luminosidad forzada que la extranjera advirtió que, en efecto, el baño se hallaba dentro de su habitación o, más exactamente, su habitación embutida en el baño. Cerró los ojos, como deseando no ver ni saber nada, a pesar de la oscuridad. Escuchó a lo lejos el abrir y cerrar de una reja. Oyó voces que se prolongaban y se extinguían. Creyó reconocer pasos que se cortaban y se perdían y se disolvían por todo el antiguo edificio. Su mente y su cuerpo se relajaron y su respiración se volvió cada vez más regular, acompasada y tranquila... En sueños, vio la fuente del hotel en el patio central, una fuente alegre y viva por la cual se desprendía un gran chorro de agua que salpicaba más allá de su base de piedra, y esa humedad se extendía por el patio y alcanzaba el recibidor, en donde el hombre pequeño de cejas

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Cuento, lueg o existo pobladas y cabeza descomunal miraba sin ver, como abstraído en un mundo ajeno y sin sentido, el viejo televisor encima de la barra; la humedad serpenteaba y reptaba por las escaleras, seguía el curso del barandal y torcía a la izquierda, hasta llegar a la habitación marcada en un cuadro de mosaico verde-amarillo con el número 14; entonces se introducía por debajo de la puerta, trepaba a la cama matrimonial y lamía, como una lengua humana, su húmedo sexo… Sus pezones se hincharon y levantaron al tacto húmedo y suave —aunque palpitante— que familiarmente la acariciaba en la oscuridad. Gradualmente sintió que su cuerpo se encendía y gravitaba, como si flotase bajo cráteres al rojo vivo con las lunas redondas y anaranjadas derritiéndose y girando a su alrededor. Sabía que dormía, pero el sueño estaba siendo soñado en el territorio de lo real, dejándose llevar a un mar calamitoso. Y esa sensación de naufragio la excitó más. Se encontraba ahora atrapada en el castillo de arena. Rodó por la cama matrimonial y sintió la lengua que le lamía el vientre y ascendía hasta tocar y morder los pezones ardientes por debajo de la húmeda blusa y le amordazaba la boca para no dejar entrever los gritos y gemidos que empezaban a colmar la reducida habitación del castillo de arena, que a punto estaba de desgranarse. El vértigo se produjo una vez que se supo penetrada, y después todo se vino abajo… Despertó. Una franja de tímida luz asomaba por la rendija de la puerta. Escuchó su respiración agitada. Su cuerpo sudaba. Vio el cuadro iluminado débilmente. Se levantó y buscó su ropa. Se vistió apresuradamente y se dirigió a la mesita de cuarto. Tomó la llave y su mochila. Se miró en el espejo pero en esta ocasión no hubo sonrisa alguna, aunque sí una mirada de extraña complicidad. No tuvo valor para voltear y mirar la cama deshecha que en el reflejo del espejo parecía una cama individual. Tampoco quiso dirigir la mirada hacia el muro interior que servía de división con el baño, porque decidió que si lo miraba le provocaría un ligero dolor en el vientre. Abrió la puerta y salió de la habitación. La gris claridad de la mañana le cegó los ojos. Caminó por el pasillo del barandal y bajó las escaleras. Vio la fuente sin vida en medio del patio y le invadió una honda tristeza. En el recibidor no se hallaba nadie y el viejo televisor estaba apagado. Había

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una completa calma en todo el edificio que le pareció casi irreal. Dejó la llave de la habitación sobre la modesta barra de anticuados azulejos verde-amarillo. Dio unos pasos y abrió una reja. Recorrió un pequeño y oscuro pasillo; en una de las paredes observó una pintura de la cual no se había percatado la tarde anterior a su llegada: era el hotel en tiempos mejores, con su fuente en medio del patio emanando un gran y alegre chorro de agua. Se acercó y logró ver su habitación en la segunda planta, con el numerito artísticamente pintado en un mosaico verde-amarillo. El cuadro no tenía fecha ni quien lo firmase. Salió del hotel hasta encontrarse con la calle empedrada. Escuchó las campanas de la catedral, quizá llamando a la primera misa. Hasta ese momento sintió que algo había cambiado en ella, pero no entendía qué.

Toda obra de un hombre, ya sea literatura o música o imágenes o arquitectura o cualquier otra cosa, siempre es un retrato de sí mismo. Samuel Butler

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Cuento, lueg o existo

Atrapado Mateo Mansilla Moya

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hí estábamos todos reunidos. Sentados alrededor de una larga mesa de madera cuyos bordes labrados atraían la atención de los visitantes; a punto de iniciar el banquete, los invitados charlaban entre sí. A pesar de nuestra cercanía, podía escuchar sus voces y sus risas a la distancia. Lejos de mí. Mientras tanto, afuera de la casa, el pálido resplandor de la luna y las estrellas en el cielo había opacado la ausencia del sol, dándole una leve iluminación a la diversa flora que se extendía por el amplio jardín que se encontraba en la parte trasera de ésta. Todo lo podía ver con claridad desde la ventana junto a la que tomé asiento cuando el sonido de la campanita de bronce del cocinero anunció que la cena estaba lista. Era una escena espectacular. Cobraban vida, en mi cabeza, las pequeñas y coloridas alas de las mariposas que habían estado revoloteando de un lado al otro del jardín esa misma tarde; el canto de los pájaros que seguramente ya se habían refugiado en los árboles llegaba a mis oídos como un eco en mi memoria; y el susurro del viento que contaba sus historias a las hojas de los árboles haciéndolas golpearse con regocijo había cesado. Era ya tarde y el jardín reposaba. La verdad es que no sabía cómo había terminado en ese lugar. Sólo recordaba haber despertado en una espléndida alcoba, como las que solía incluir en mis historias. Había lámparas que del piso se erguían acariciando el techo y tocando con sus largos brazos de luz hasta los rincones más recónditos del cuarto, y sofás que eran ocupados únicamente por los fantasmas de viejas fotografías. Todo parecía irreal. Al cabo de un par de minutos, tomó asiento junto a mí un comensal cuyo rostro se me hizo conocido. Su fina cara —con las marcas que sólo el tiempo le podía dejar— y su corta y negra barba me eran familiares. Enseguida, el camarero llegó a servirnos la cena y una pareja se sentó enfrente de nosotros.

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El hombre parecía no tener más de veinticinco años; su pareja tenía la cara cubierta por un velo. El trío parecía conocerse muy bien, pues conversaban con toda confianza acerca de sus familiares y amigos. Hablaron por un rato acerca del tío Sergio, quien, por como lo describieron, se asemejaba a mis propios tíos. Cuando acabaron de charlar, las tres personas fijaron sus miradas en mí, y entonces los reconocí. Alterné mi mirada con cada uno de ellos, hasta que mis ojos se detuvieron en los de la dama que estaba sentada enfrente de mí; en ese momento, el olor a familia impregnó con su fragancia la estancia que por varias horas me había mantenido excluido de ella. No podía creerlo. La dama era una niña muy parecida a la protagonista del cuento en el que había estado trabajando desde hacía una semana. Me quedé estupefacto mirándola; era justo como la había imaginado. Ella se volvió a su pareja y al hombre que estaba a mi lado (quienes también se parecían a los personajes de mi cuento, o al menos, a como yo los había imaginado) para reanudar su conversación. Miré a la ventana en busca de una explicación a lo que estaba sucediendo, y me encontré únicamente con el jardín cubierto por una leve capa de hielo. Las hermosas flores que lo cubrían ya no estaban. Había empezado a nevar. Intrigado por la nieve después de un caluroso día, me volví nuevamente a mis compañeros de mesa e intenté adherirme a su plática. —Está nevando. ¿Por qué está nevando? —murmuré. Nina —como se llamaba mi personaje— interrumpió, y me sonrió. —Tú dínoslo. Nuevamente, eché un vistazo por la ventana y me percaté de que el clima en el jardín cambiaba rápidamente. Cambiaba igual que cambiaban mis pensamientos. De manera paralela. Me di cuenta que el jardín era tan real como lo que estaba sucediendo. Tan real como las lámparas de la habitación en la que desperté y los sofás que allí había. Tan real como los personajes que había creado un viernes por la noche derivados de una cansada imaginación. Hacía frío y calor. Llovía y enseguida el agua se evaporaba. Los caídos pétalos de las rosas se levantaban poniendo en alto su majestuosa belleza, y volvían a caer. Todo era tan real como la historia que estaba imaginando. Como la historia que estaba creando. Como la historia en la que estoy atrapado.

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Cuento, lueg o existo

Tiro de gracia (caricatura mexicana) Juan Antonio Rosado

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l auditorio se encontraba repleto. Detrás de la mesa sobre la gran tarima, el gordo vicerrector se inclinaba hacia el micrófono. Sus ojillos cafés brillaban con ansiedad. La papada —obscena prolongación de los cachetes y de la barba partida— se sacudía como gelatina sobre la corbata impecable. Si no fuera por la nariz chata, podría confundírsele con el casi recién fallecido Winston Churchill. El vice supo mantener el interés de los profesores, que permanecíamos atentos o simplemente callados: —Por último, les recuerdo que ésta es una universidad católica —golpeó el escritorio con el puño cerrado—; por tanto, la filosofía que se aprenderá seguirá siendo tomista. Las mujeres no se vestirán de modo indecente ni utilizarán minifalda. Quien así lo haga quedará fuera de la institución. Permítanme decirles que durante el ciclo 64-65, hace dos años, tuvimos que dar de baja a una alumna por las razones expuestas. No queremos hippies ni existencialistas. No debemos permitir atentados contra la moral en esta época de

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Sergio Diaz


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desenfreno, en la que el Tentador ronda por cada esquina. Gracias y bienvenidos a nuestro nuevo año escolar. La entusiasta asonada de aplausos llenó el lugar e hizo que el cuerpo adiposo se levantara para expresar su gratitud, ahora con una reverencia. El cachetón sacó un puro discretamente y sin encenderlo caminó hacia el extremo derecho, donde desapareció con un saludo y una sonrisa tan roja como su semblante. Tal vez fui el único que no aplaudió. Me retiré entre los comentarios favorables de las profesoras («¡Qué bien! ¡Necesitábamos un vicerrector más enérgico!». «Sí... ¡El anterior era un miedoso!». «¡Qué bueno que vaya a haber orden en nuestra querida universidad!»). El vice me conocía de años. Sabía que yo era un profesor polémico y que a mis alumnos les hablaba, por ejemplo, de la moral del Marqués de Sade y de la muerte del Dios dogmático. Estaba al tanto de que en mis clases les recomendaba leer La bruja, de Michelet, y que analizábamos los martirologios como textos de literatura fantástica, propaganda elaborada para imponer una nueva creencia en el imperio romano, donde siempre hubo tolerancia y diversidad religiosa. Conocía mis comentarios sobre los pocos mártires cristianos, un puñado de provocadores, revoltosos, intolerantes e instigadores políticos. En fin, estaba enterado de mis lamentaciones por los millones y millones de auténticos mártires paganos. Todo esto lo sabía de sobra y su miedo hacia mí se incrementaba cada vez más. Yo era como la Muerte en persona, y eso que nunca me han gustado las guadañas. Al día siguiente, cuando entramos a clase, me burlé de su eminencia sin percatarme de que en mi grupo había dos o tres chismosos que a la próxima hora irían con el vice para decirle lo peligroso que yo era. Pero mis ataques no terminaron ahí. Les advertí a mis alumnas: «No me molesta que vengan en minifalda o en bikini». Una de ellas se rio; otra se puso pálida; los alumnos se indignaron. Sólo dos me hicieron eco y apoyaron la propuesta. El coordinador del piso mandó llamarme con una de las afanadoras. Lo vi en su despacho, ubicado en el extremo derecho del patio central, justo sobre la papelería. Era un hombre pequeño, pálido, bien rapado, con unos

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Cuento, lueg o existo lentes cuadrados que le agrandaban los ojos y lo hacían parecer caricatura. De manera amable y un tanto afectada, me recordó que debía acatar las normas. —Perdón, ¿atacar? —¡No! A-ca-tar, profesor Mejía. Si no desea usted que vaya con el vicerrector... Argumenté que la escolástica había muerto, que la realidad era heterogénea y que muchos mexicanos seguían viviendo entre la mierda y el lodo. —¡¿Cómo?! —Sí, el adobe. Me recomendó que renunciara, aunque la obstinación me ganó. Preferí soportar hasta el final del curso. Si me expulsaban, tenían que indemnizarme con una fuerte cantidad. Transcurrieron dos meses. Ya me tenían harto. No encontraban el modo de joderme, de interrumpir mis clases, de poner objeciones. Me convertí en blanco de censuras y hostigamientos. Llamaban a los alumnos para interrogarlos sobre lo que leíamos y sobre lo que yo decía de la religión. La idea era limpiarlos de las impurezas que les inculcaba ese irremediable librepensador, ese adorador del Más Acá, ese pagano en connivencia con el Diablo: su maestro de ética, ¡nada menos que de ética! Una semana después de que les pedí a mis estudiantes leer un relato de carácter histórico titulado «El drama de Calixto», el coordinador de piso volvió a llamarme para insistirme en que renunciara: él podría hacerse cargo de mi grupo: —Profesor Mejía, me duele comunicarle que ya no lo queremos más aquí —el individuo me clavó en los ojos su mirada penetrante—. No se preocupe por sus alumnos: yo me encargo de ellos. —Pero si usted estudió administración de empresas. ¿Les va a enseñar ética empresarial? —¡Por favor, ya no lo queremos con nosotros! Y de paso le comento que ese cuento que le recomendó a su grupo, «El drama de Calixto» o como se llame, ¡está plagado de viles mentiras! ¿Me escucha?

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—Como usted diga, pero no me levante la voz. Si usted tiene el teléfono de la Inquisición, llámela de una vez por todas. Nunca olvidaré su expresión cuando le sugerí hablar a la Inquisición. Ese día, tres alumnos míos fueron a denunciarme de nuevo con el vicerrector. Yo les había asegurado que la existencia de Jesucristo no estaba comprobada históricamente, que había innumerables y contradictorias interpretaciones sobre su persona ya desde los primeros siglos, y que la versión original del Nuevo Testamento fue organizada por un millonario al que después se le consideraría hereje. Además, les proporcioné pruebas, lo cual produjo mayor indignación. Salieron del aula sin siquiera terminar de oír lo mejor. Cuando llegaron con el gordo, éste se hallaba en el baño de su oficina. La secretaria había salido. Estaban tan ansiosos los muchachos, que a uno de ellos se le ocurrió abrir la puerta del sanitario de un empujón. Vieron al vice con los pantalones bajados y las peludas nalgas en movimientos que ellos calificaron de obscenos: le hacía el amor por atrás a una de las afanadoras. El culo rojo y velludo moviéndose hacia delante y hacia atrás; los brazos prendidos de la muchacha desnuda, inclinada hacia abajo, con la cabeza casi sobre la tapa del excusado, los impactó aún más porque el vice le cubría la boca con una mano mientras repetía: —¡Soy sacerdote! ¡Te indulto! ¡Soy sacerdote! Al acercarse mis alumnos para contemplar de cerca el espectáculo, el vicerrector se salió apresuradamente de la mujer, guardó su verga en el calzón y se subió los pantalones, lanzando un tremendo grito: —¡Lárguense de aquí! ¡Quedan expulsados! Los chicos se dirigieron de inmediato al rector y, sonrojados, nerviosos, tartamudos, le contaron lo que habían presenciado. —¿Sexo con la afanadora? ¡Eso es muy grave! Espero que no estén mintiendo —les contestó con preocupación, dejando sus lentes redondos sobre la mesa. Horas después, se le practicó un examen médico a la muchacha. El rector no pudo desmentir a los testigos: se encontraron rastros de semen. Luego fue revisado el vicerrector, quien ni siquiera había tenido la ocurrencia de lavarse.

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Cuento, lueg o existo Por mi parte, traté de averiguar lo sucedido. «La curiosidad mató al gato, pero la satisfacción lo revivió», me dije, recordando que el felino goza de nueve vidas. Con este sutil razonamiento fui a ver a la joven afanadora. Se llamaba Patricia. La encontré algo nerviosa, reticente. Aceptó la tentación de comer conmigo en una fonda. —¿Qué mesa te agrada, Pati? —le pregunté. Era un lugar bonito, con amplias ventanas y una decoración que mezclaba motivos mexicanos con reproducciones artesanales de cuadros del Renacimiento. Las mesas de madera le imprimían calidez. —Me da igual. —Su mirada parecía regresar de una conciencia abrumada. Se mordió el labio inferior, con cierta intranquilidad en el semblante moreno. Nos sentamos junto a la avenida. El mesero nos extendió los menús y se retiró. Opacada por el tránsito ensordecedor, la música de fondo apenas se oía, rociada por claxonazos, silbatazos y motores rugientes. Patricia abrió la boca y se rascó el paladar con el índice. La imagen me produjo risa. Tenía una boca grande, carnosa, cuyo intenso color rojo delataba, más que el lápiz labial, algún dulce que pinta los labios y que quizá probó antes de llegar. Pati se levantó con aire marcial para ir al sanitario. Me fijé en sus pantalones ajustados; le quedaban de maravilla con el chaleco café sobre la camisa blanca y abombada. Ella sabía que el vice me aborrecía. A su regreso me comentó que el gordo le había dado una gruesa cantidad de dinero para cogérsela, y que la había amenazado con despedirla si no lo aceptaba. A la hora del postre, me confesó que el idiota no tenía la más mínima educación ni delicadeza, que su miembro parecía taladro y su modo de acariciar era como el de una «bestia peluda» (ésas fueron sus palabras). —¿Y si te embarazas? —pregunté. —No creo. Estoy tomando la píldora. —¡Privilegio de vivir a mediados del siglo xx! Después de una hora, pagué la cuenta y nos despedimos con un beso en la mejilla. Faltaba una semana para el fin de los cursos. Se les aconsejó a los santos alumnos que no dijeran ni una palabra de lo ocurrido con Patricia y el vice, para no producir escándalo. El sacerdote tuvo que

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retirarse a la vida privada. Sin embargo, lo peor sucedió la noche en que salí de una reunión de maestros. De regreso a casa, el vicerrector, que me acechaba desde varias cuadras atrás, se aprovechó de mi complexión delgada para acorralarme en una esquina sin alumbrado. Me practicó una llave y trató de desabrocharme el pantalón. Noté claramente sus intenciones de violarme. Forcejeé, lancé de codazos, di dos pasos rápidos y alcancé un palo que había junto a la calle. Otro codazo y una patada lo alejaron. Cuando el gordo trató de huir, lo agarré de la solapa. Sin pensar que lo hacía con el exvicerrector, lo tiré al piso con un par de puñetazos y lo golpeé con el palo hasta que quedó inconsciente, con el rostro sanguinolento. Arrojé el palo y me eché a correr a toda prisa, con la adrenalina escurriendo por toda la piel. Días después, me comuniqué con mi amigo Raúl, que trabaja en la Delegación e hice cita con él en un café cercano a su departamento, en la Zona Rosa. Era una tarde soleada y escogimos una mesa en plena acera. Ya con las dos tazas humeantes y la atmósfera relajada, le comenté lo que trató de hacerme el vicerrector. Me aseguró que uno de los extremos del palo estaba lleno de mierda. —Lo más probable es que lo hayan violado con ese palo después de la golpiza —me dijo, con una tos nerviosa y una expresión de profundo malestar. —¿No ha habido denuncias ni quejas? Con toda seguridad él se lo metió. —Le di un largo sorbo a mi taza. —No, Pablo... El curita está moribundo. No pienso que se haya introducido el palo después de tantas heridas. ¡Ni que estuviera preparándose pa’ las próximas Olimpiadas...! —A veces las ganas vencen al dolor, mi estimado. —¡No te hagas el pendejo, Pablito! —Mi amigo frunció el ceño, sacó los dientes y puso una cara más agria que el limón—. Si resucita, aunque no sea al tercer día, el cura puede denunciarte y yo estoy dispuesto a atestiguar que estuviste conmigo... Sólo no trates de hacerme el pendejo. —¿De qué hablas, Raúl? Yo no fui y no me voy a romper la cabeza para averiguar qué pasó...

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Cuento, lueg o existo Noté que iba a ser imposible y contraproducente convencer a mi amigo de que yo no había violado al cura con el palo. Preferí no insistir. —Mejor imparte clases en una institución atea, en lugar de andar violando sacerdotes con palos, imbécil... Francamente, no sé cómo carajos le atinaste a la pobre cola del señor ése con tanta oscuridad. ¡Ah!, y da gracias que tengo un puesto bien cabrón en la Delegación. Si no, ahora estarías refrito. —Una institución atea... ¡Si hubiera de ésas! A nadie le puedes quitar sus mitos. —Entonces pide chamba en una escuela laica, güey, o haz propaganda contra el celibato, o escribe un manifiesto —Raúl abrió al máximo sus ojos rasgados, levantó el brazo derecho y en una actitud teatralmente triunfalista, gritó: —¡Afanadoras de todos los países, uníos! —Los demás clientes nos vieron con gestos de desaprobación. No nos importó. Le di otro sorbo a mi café y dije: —Ya me vale madres la docencia. Para las autoridades es básico que la gente siga revolcándose entre la mierda y el lodo. —Claro… El adobe. Te hubieras llevado el palo para hacer un ladrillo, o para la tumba del chaquetero ése... En su lápida pondrás: «Aquí yace el Tentador... No le fue bien por delante... Pero obtuvo su paredón... Por donde ya sabes». —Tómalo como quieras... Voy a seguir tu consejo. Después de todo, puede haber un desarrollo en el subdesarrollo. Hay que poner nuestro grano de arena… —O de mierda, profe, ¿no crees? ¡Qué asco, Pablito, tu pinche tiro de gracia...! Ambos reímos amargamente, mientras yo llamaba con la mano a la mesera para solicitar la cuenta. Ese día terminó mi amistad con Raúl. Por cierto, también empecé a frecuentar a Patricia... Pero ésa es otra historia.

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Tal vez mañana Gregorio Fritz

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uchos de mis amigos, bueno, los pocos que me quedan, tratan con demasiada frecuencia de convencerme de que escriba mis memorias. Tengo ochenta y dos años y era una prima bailarina que triunfó en las grandes capitales del mundo. Nunca he dicho, como lo hacen tantos, que «la danza es mi vida». Digo más bien que la danza me costó la vida. ¿Qué me queda de vida a estas alturas? Cuando era joven y me gustaba un galán decía: «¿Quieres ser mi amante? Te doy permiso para amarme». Y no pocos tomaron el reto. Mis años de amistad y amantes se acabaron hace mucho. Todos se han distanciado o se han muerto. Ahora apenas me hacen caso mis dos gatos. De vez en cuando hipócritamente fingen amarme. Pero me hacen compañía. ¿A quienes les podría interesar mis memorias? A nadie. A nadie vivo por lo menos. Ya el mundo es otro. Es una lástima y una pérdida de tiempo lograr vivir tanto. Mejor me hubiera muerto a los cuarenta y cinco. Así hubiera evitado cuatro décadas de inutilidad. Nunca me casé. La danza no me permitía tal lujo. ¿Amantes? Muchos y muy buenos. Después de cada función de ballet seguía la función en la recámara. Estuve maravillosa en ambos escenarios. ¿Para qué negarlo? Hice el amor con duques y príncipes. Mi colección de joyas queda como testigo de mis encantos. Siempre era yo el centro de atención en las fiestas y en los bailes danzaba como el viento. El champagne aligeraba mis pasos y me daba vuelo. ¡Ah!, sí. Tengo buenos recuerdos, pero no tardarán en desaparecer. Ya no me acuerdo de centenares de nombres y dentro de poco comenzaré a confundir la diversidad de rostros tan bellos que me rodeaban constantemente. Y mis vestidos, todos hechos por los grandes modistos, supongo que quedarán en algún museo. Como dije, nunca me casé. No tengo hijos. Sólo tengo una sobrina que me habla en Navidad y para mi cumpleaños. Una vez me embaracé,

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Cuento,los lueg o existo países catalanes pero abortar era la única solución viable. El padre era casado, además. Fue hace tanto que ni siquiera recuerdo cómo me sentí al respecto. Aliviada, supongo. Era muy joven. Demasiado joven como para contemplar otro escenario. ¿Ves? Como te dije. ¿A alguien le podría interesar mi vida? Es la clásica pero verídica historia de una mujer que renuncia a todo para triunfar. Lo has visto miles de veces en el cine. Mis amantes no fueron mi perdición como con la pobre de Madame Bovary. Todo lo contrario. Me daban vida y los disfrutaba como una bebida exótica y embriagante. Era una vampiresa que volvía a la vida con cada chupada de sangre. Los poseía y luego me libraba de ellos en el baile. Cada ovación me servía de borrón y cuenta nueva. Fueron tantos. Y cosa chistosa, no me acuerdo de ninguno sobresaliente. Igual que el champagne, lo disfrutas en el momento pero no puedes realmente recordar más que su bello efecto; delicioso, sublime. Y luego nada. Hubo muchas proposiciones de matrimonio, sin duda. Pero la vida es demasiado corta como para pasarla con un solo hombre. Igual que el cisne, mis pies están chuecos y destrozados. Tiene que ser así. Eso es realidad, no ficción o una invención dramática. Sí. Me cuesta trabajo caminar. Pero no tengo adónde ir, así que me es casi igual. Tengo otros dolores más apremiantes. Tengo el dolor del comienzo de senilidad. El cuerpo se dio por vencido hace mucho. Un poco por aquí, un poco por allá. Ahora estoy sufriendo de los ataques a la mente y al espíritu. La lucidez ha perdido ya algo de su brillo. Hay más días nublados y sombríos que días de sol. Así tiene que ser. ¿Memorias? ¿Para qué? Prefiero que me olviden lo más pronto posible. ¡Que venga la muerte! Que me envuelva en su manto negro y helado; que me triture y que me haga polvo. El ego siempre trata de engañarte. Trata de convencerte de que es tú. No. Yo soy otro. No soy mi ego ni mi ego es yo. Yo existo aparte. No me puedes engañar, ego. Yo te controlo. Aquí reino yo. Tú, estimado ego, eres y siempre serás mi súbdito. Gloriosa pero efímera vanidad. Me has acompañado durante tantos años. Ahora es tiempo de descansar y dejarme en paz. ¿Escribir mis memorias? Tal vez mañana, pero definitivamente hoy no.

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En busca de Nils Runeberg (en el aniversario 101 de su muerte) Héctor Palacio

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Nils Runeberg se le quebró el cerebro —rotura de un aneurisma, registra Jorge Luis Borges en «Tres versiones de Judas» (Artificios, 1944)— cuando, enfebrecido, erraba por alguna de las heladas y estrechas calles de la pequeña ciudad de Malmö un primero de marzo de 1912. «Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica», posiblemente abatido por el fracaso de librería tres años atrás de su obra capital, Den hemlige Frälsaren, había llegado desde la ciudad universitaria de Lund (¿andando, a caballo, en carruaje, en bicicleta?; poco importa el móvil). Fracaso que, por otro lado, atribuía a la negligencia del entendimiento de su tiempo o a una poderosa voluntad divina empeñada en prolongar en la oscuridad el terrible secreto desenmascarado y develado por el propio Runeberg. Aunque invierno, recorriendo con cierta desolación el viejo muelle de Copenhague y acicateado por relecturas que cobraban nuevo sentido, resolví tomar el tren hacia el sur de Suecia. Descendí en la primera estación una vez pasado el puente de conexión entre ambos países, desde donde pude ver el cuerpo de un buque abandonado, semihundido al medio del océano que rozaba sus costados. Sin reparar en la nieve de Malmö, subí a un autobús que me transportó hacia el norte, a Lund (germen, por decirlo así, del hombre escéptico de los símbolos atesorados, del que no cree en nada de lo que hasta él se ha dicho, Nils Runeberg; no sin ingenuidad, algunos proponen que Nils obedece al griego Nikolaos, pero olvidan el latino nihil, nihilum).

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Cuento,los lueg o existo países catalanes Luego de avanzar algunas avejentadas pero admirables calles, alcancé la puerta que da acceso a la acreditada ciudad universitaria habiendo antes visitado la enorme catedral y sus catacumbas, desde donde antiguo tal vez un obispo descalificara a Runeberg, tras cuya huella me llevaban, más que mis pasos, las íntimas elucubraciones. Franqueé la pesada puerta ceñida de secas enredaderas que adivinaban no obstante un agradable aunque doliente verano verde, florido y oloroso. Escasa atención puse a la chica que sólo pretendió el sueco.

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Garnabiuth


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Dirigiéndome una sonrisa nada rigurosa, me condujo a mr. Mikael Lindgren, bibliotecario de profesión quien, azorado, reconoció jamás haber escuchado de un tal Runeberg. De nada me sirvió repetirle la frase de Borges sobre el hombre: «Dios le deparó el siglo xx y la ciudad universitaria de Lund». Escrupuloso vigilante de su profesión, Lindgren hurgó los catálogos sin encontrar Kristus och Judas y mucho menos Den hemlige Frälsaren (¿se cumplía aún la aprensión metafísica del autor?; libros, por otro lado, datados por Borges en 1904 y 1909, respectivamente). Sonriendo, pero flotando en el aura de la incredulidad crédula incrédula (pues tras consultar Google halló a Borges —de quien se enunció lector y admirador— y, sobre todo, no sin sorpresa, cierta información de Runeberg y su vínculo con Lund), me condujo a la sala de fotografía de los directores de la biblioteca. Con certeza y alguna timidez ufana dijo no ubicar a Nils entre aquellos hombres rancios. Me ofreció un recorrido que naturalmente rechacé. Subí solo cada uno de los pisos de la biblioteca. Visité salas, salones y el café. La más vigorosa confirmación fue, al fin, el olvido y desdén, de parte de los jóvenes estudiantes, por los magníficos libros intachablemente empastados y ordenados en favor de las computadoras personales y demás instrumentos virtuales. La célebre biblioteca reducida, en menos de cien años (se había trasladado allí en 1919, siete años después del fallecimiento de Runeberg), a una hermosa escenografía caduca, a un democrático museo del siglo xxi. Me despidió el señor Lindgren a las puertas de la edificación no sin alguna simpatía y asegurándose de reiterar las indicaciones para orientarme hacia la biblioteca primigenia de Lund. Una torre corta de arcaicas escaleras por donde, se dice, un rey loco, Karl xii, trepara con su caballo en el siglo xvii. Escalé equinamente, pues, los desgatados escalones de madera que sin duda Nils mismo ascendiera. Mi curiosidad quedó insatisfecha; tampoco hubo rastro oficial para mi búsqueda. Luego de ingresar, para extinguir toda posibilidad, a la rectoría, me quedé pensando, inmóvil entre la torre y la catedral, en el excéntrico rey, el acerado obispo (dixit Borges), y en el cerebro de Runeberg, quien con toda probabilidad en algún momento se detuvo a meditar en los sitios sobre los cuales mis pies precisamente me ubicaban. Malogrado

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los países catalanes

pero resuelto, me dirigí calle abajo imaginando Malmö en el horizonte, y más allá, quizá por un instante, al océano que, cuesta arriba y entre Suecia y Dinamarca, me planteaba desde lejos el enigma de Elsinor, definitivamente establecido por Shakespeare. ¿Obedecía el ostracismo de Runeberg en efecto a la revelación de un secreto terrible? Un casi terror para el hombre de fe y al mismo tiempo una sonrisa mental para el escéptico que como yo prefería identificarse, antes que con Jesús, con Judas: «Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús: eligió un ínfimo destino: fue Judas» (Borges, op. cit.). Más allá de la hipótesis de que «Judas entregó a Jesús para forzarlo a declarar su divinidad y encender con ello una vasta rebelión contra el yugo de Roma», quise creer en la superfluidad del acto de la cruz y más bien reivindicar al verbo hecho carne, «pecador», como toda carne. Sobre todo, la consideración de que la «traición» no había sido casual sino «un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención». Era necesario reivindicar a Nils Runeberg, quien estableciera que «el Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y la muerte», al hombre que al final de la existencia rogara «a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno». El develamiento de Nils era nítido. Sin embargo, a veces tornaba a la oscuridad y a la perplejidad de las arduas paradojas: ¿era Jesús y no Judas el dios verdadero? Convencido del descomunal hallazgo, ignorado por todos, Nils se perdió en sí mismo. El tiempo, el invierno no le importó para echarse hacia el sur. Allí le acogería la muerte. Y así, de vuelta a la estación de trenes, creería encontrar al fin a Nils Runeberg, mientras en una suerte de progresivo aturdimiento me adentraba inadvertido a una de las ceñidas y gélidas calles de Malmö, Suecia.

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Las íes y sus puntos

Del origen del cuento Janitzio Villamar

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icen que los orígenes del cuento se remontan a épocas prehistóricas, que los hombres se reunían para narrar sus hazañas, los acontecimientos del día, sus descubrimientos, y que la magia y lo sobrenatural en muchas ocasiones se mezclaban con todo aquello. Eso dicen, pero la historia que nos ocupa no es de ésas, porque es un hecho que las narraciones no son sinónimo de cuento, pues las novelas y la poesía épica también narran. Las leyendas, las fábulas, las crónicas y tantos otros esquemas creados por el hombre para narrar son narraciones. Dicen que la primera historia que conservamos es un texto egipcio que narra la historia de dos hermanos; sin embargo, los hallazgos en cuneiforme refutan esta aseveración y, ¡oh, sorpresa!, los textos hallados se asemejan a algunos pasajes de la Ilíada. ¿Son éstos cuentos? No, es la respuesta tajante y sin lugar a dudas. A los textos de Herodoto, el llamado «padre de la historia», se les llama actualmente Historias y ya no Los nueve libros de la historia. ¿Por qué? Primero, porque los hechos contados no siempre

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Las íes los y sus puntos países catalanes son comprobables, aunque muchos lo sean. Segundo, porque el método de investigación ocupado no cumple con los requisitos actuales. ¿Son, entonces, las historias narradas por testigos a Herodoto, simples cuentos o forman parte de la unidad de sus Historias? Edmundo Valadés, quien dirigiera y fuera por tantos años el motor de la revista mexicana El Cuento, diría que sí. Sin embargo, la respuesta es no. En esta sintonía, ¿son las narraciones recopiladas por los autores de los siglos xvii, xviii y xix cuentos? Me refiero a las famosas recopilaciones de los hermanos Grimm, Perrault, Andersen, La Fontaine. Madame de Stäel, en el siglo xviii, reunió en diversas antologías historias de hadas. Se trata, es obvio, de narraciones orales a las que De Stäel les dio forma en sus antologías. Lo mismo para los anteriores. Dentro de este conjunto, podríamos agrupar Las mil y una noches o Los cuentos de Canterbury o el Decamerón. Sin embargo, ¿se trata de cuentos? Es curioso que, en los segundos, las obras se hayan

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concebido como conjuntos y estén vinculados por una historia eje. En los primeros, insisto, se trata de narraciones orales y, es también curioso, la literatura lleva en su nombre su destino: letera, letra. Es decir, se trata de textos y esta palabra también sufre del mismo defecto. La literatura nació con la escritura y la narración oral se convierte en literatura cuando un investigador o escritor le da forma al escribirla, porque es la forma en que se puede transmitir sin alteraciones a los lectores, o por lo menos con la menor cantidad de ellos. Existe gran cantidad de textos que en sus traducciones disponibles los lectores jurarían que son cuentos y que han sido compuestos así. Ejemplo de esto son las Fábulas, de Higinio, o los Lays, de Marie de France, o incluso los primeros textos de la leyenda artúrica, como el Libro del Grial, de Chretien de Troyes, también conocido como El cuento del Grial. El problema es que se trata de poemas, como la mismísima Ilíada, Odisea, Eneida y La divina comedia. Cuando nos enteramos que la Ilíada y la Odisea se cantaban y que las estructuras del resto obedecen en gran medida a que están escritas en verso, tal vez, y que quede claro que digo solo tal vez, las consideremos narraciones, pero narraciones en verso. Es curioso, además, el caso de las limitaciones que Prop y Todórov impusieron a sus estudios sobre el relato, el cuento, si consideramos a los relatos como cuentos. Se trata, aunque actualmente generalicemos, del «relato fantástico». Ellos, los pioneros de su estudio sistemático, llamaron расказ (raskás) a este tipo de textos. Prop utiliza narraciones orales como ejemplo de sus afirmaciones y como materia de estudio. Resulta claro, entonces. Se trata de «narraciones» y no cuentos. No obstante, el adjetivo «fantásticos» tiende a separarlos de las narraciones estilo Herodoto, menos fantásticas o, en teoría, no fantásticas. Todórov parte de esta división, pero nos remite a épocas más recientes y al campo de la escritura. Hasta ahora ha quedado claro que términos como relato o cuento se ocupan indistintamente para narración corta, muy cortas, largas o muy largas, aunque la tendencia es a ocupar «cuento» para las cortas y «novela» para las largas. Wilde es prueba del error, pues propone novelas cortas, mientras autores como Dostoievski ya habían escrito cuentos largos, de ¡100 páginas! También queda claro que «narraciones» agrupa a todas las anteriores y a las orales. ¿Y entonces, vuelvo a preguntar, qué es un cuento, cuál es su origen? La solución está a la vista. Obedece a necesidades específicas y no de los escritores ni de los lectores. Resulta que el cuento es una invención moderna,

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Las íes los y sus puntos países catalanes sólo que toma su nombre de otras narraciones que ya eran llamadas así. ¿Cómo puede ser? Fácil, porque los dichos textos se volvieron rápidamente paradigmáticos y pasaron a ser eso, modelos. Pronto, muy pronto, ante su éxito, fueron imitados y llamados también «cuentos», «tales», en inglés, «contes», en francés, etcétera. El objetivo que perseguían era utilitario por completo y lo cubrieron con creces, de modo que pronto cundió el ejemplo y los cuentos se multiplicaron hasta ocupar un lugar en el imaginario general y dar carta de naturalización a las palabras que los designaban, «cuentos», en español. Actualmente, los muy breves ya luchan por obtener su propio nombre, una especie de abolengo literario. Para ellos, se han propuesto ficciones, microrrelatos, etcétera. Edmundo Valadés era especialista en crear, sin querer, paradojas literarias. Me remito a él por su obvio trabajo, descomunal, en este campo. Entresacaba historias que creía autónomas de textos mucho mayores. El libro de la imaginación es ejemplo. Lo mismo sucede con las antologías de Lauro Zavala sobre el cuento, aunque sus recopilaciones parten de la época que yo estoy usando para demostrar mi tesis. El mundo editorial se fue organizando poco a poco, desde la invención de la imprenta de tipos móviles. Cuando Gutenberg editó la Biblia, no existían periódicos ni revistas. Los libros era copiados por «copistas», personas dedicadas a pasar a mano los manuscritos, a veces solo como forma de conservarlos, como durante la Edad Media, y a veces para venderlos, como en la antigüedad. Así, se reunían grupos de personas con poder económico y escuchaban la lectura de algún libro, o por referencia directa o por otro libro se enteraban de la existencia de algún libro de su interés y mandaban a hacer copia de él, pagando al copista. Esto, por supuesto, acarreaba la posibilidad de cometer algunos errores, lo que generó numerosos manuscritos de los textos, hecho que actualmente genera discusiones interminables entre los filólogos, como yo, que he discutido el stemma codicum de los manuscritos de Catulo y hecho algunas emmendationes a los textos de Anacreonte. Durante la Edad Media, se mantuvo el sistema, aunque más cerrado, pues no se hacían lecturas públicas, porque la cultura quedó encerrada sobre todo en monasterios y algunas «bibliotecas» de hombres poderosos o grandes congregaciones, como el Vaticano. Quienes leían, hallaban citas y menciones de miles de libros. Ellos, y entre ellos quienes podían costearlo, mandaban hacer copia del manuscrito. La Biblia de Gutenberg no es la Biblia, sino una Biblia, pues la Biblia «original» está escrita en hebreo, arameo y griego. Para enturbiar aún más

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las cosas, la parte griega es una traducción hecha por un grupo de «sabios», los Setenta. Posteriormente, la Biblia se tradujo al latín porque la gente ya no entendía el griego. La mayoría comprendía el latín, de manera que a tal idioma fue traducida. A esta traducción se le conoce como Vulgata. Posteriormente, la Biblia ha sido traducida a miles de lenguas. La necesidad de divulgar, de comunicar, creó periódicos, excelentes vehículos de comunicación y en ellos se alojaron las primeras historias que podemos llamar «cuentos», fundamentalmente para crear interés o cubrir espacios. Los primeros periódicos, como el Strassburger Relation, de 1605, no los incluían y su periodicidad era irregular. El Daily Courant, de 1702, fue el primero de aparición regular, aunque no aparecía todos los días. En español, el primero fue el Diario Noticioso, de 1758. Sin embargo, fue hasta el siglo xix que la prensa escrita ganó la importancia con la que la conocemos. A sus autores se les pagaba por página. Quienes inicialmente llenaron estos espacios fueron los privilegiados que obtuvieron espacios en las páginas de periódicos, entre ellos Nathaniel Hawthorne. De los periódicos, tras el éxito, los textos aparecieron en revistas dedicadas a publicar grupos de este tipo de textos. La primera revista impresa fue Gentleman’s Magazine, de 1731. Entre las primeras en incluir cuentos, está The Black Cat Magazine (1895-1922), que se promovía como «a monthly magazine of original short stories». Poe inició su carrera en los periódicos y después hizo tentativas por ser editor. De los periódicos y revistas, los cuentos pasaron a los libros y pronto hubo colecciones de cuentos firmadas por prestigiosos autores. Desde su inicio, en el siglo xvi, la inventiva humana pasó por editar pocos ejemplares, pero todos iguales y lo más ceñidos al original, pues la imprenta permite revisar antes de imprimir, a imprimir periódicos y revistas, una vez que el costo de impresión se abarató y las imprentas mejoraron su productividad en tirajes cada vez mayores. El público se ha ido incrementando paulatinamente, a la par que la enseñanza de la lectura. Entonces, el cuento, con la forma actual, con la idea preconcebida que ahora tenemos de él, aunque a la hora de discernir entre lo que es y no nos hallemos en una encrucijada, tuvo su origen a causa de la necesidad de los editores en el siglo xix. Desde entonces se inició la acumulación de cuentos de grandes autores y desde entonces los autores han apostado o parte de su carrera a estos maravillosos textos o la totalidad.

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CUENTEARTE

PE P ÁVILA Pep Ávila es fotógrafo. Se especializó en publicidad, moda, presentación de informes y paisajes en los últimos veinte años. Ha recibido varios premios en prestigiosos festivales de todo el mundo, como Cannes, Epica, Art Directors Club of Europe, Sol, Lux, Círculo Creativo, entre otros. Publica de manera intermitente en Luerzer’s Archive Magazine. Su sentido de la estética y su labor imaginativa y testimonial lo llevaron a incursionar en el retrato, la moda,

el paisaje y el fotoperiodismo; ahora explorará en la narración cinematográfica. Pep se une a una importante tradición de fotógrafos que encuentran un equilibrio en la dirección de cine. Sus habilidades probadas para crear ambientes con iluminación, de fundición, ubicación, vestuario y maquillaje, y su ingenio en la dirección de actores se unen a su capacidad de contar historias. Pep vive en Barcelona con su esposa mexicana y dos hijos.


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CINE S CR IT UR A

CARVER Y ALTMAN: VIDAS CRUZADAS

el puro

cuento

ura Cinescrit

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Estrella Asse La escritura, una luz cuyo resplandor es persistente y firme. Raymond Carver

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n Birdman, ganadora del Óscar 2015 a la mejor película, aparece Raymond Carver como referencia temática que sostiene el desarrollo de la trama. El director Alejandro González Iñárritu crea un tejido multifacético de montajes con los rasgos característicos de la prosa de Carver e intercala los episodios que corren paralelos a la vida de un actor fracasado que renace con una nueva identidad. A manera de epígrafe, el poema de Carver «Último fragmento» da inicio a la historia que se conecta más adelante con el argumento de su cuento «De qué hablamos cuando hablamos de amor», un intento por descifrar el amor en distintas facetas.

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Rob Stolzer


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La popularidad de la obra de Carver como fuente inspiradora de cineastas no sólo refrendó su vigencia en la interpretación más reciente, sino que cubre un lapso temporal amplio de adaptaciones que revelan la capacidad de una narrativa amoldable en diversos escenarios. Si bien la producción literaria de Carver dominó gran parte del panorama estadunidense de los años ochenta, no es de extrañar la atención que recibió de dramaturgos, guionistas o directores que pusieron en práctica el desplazamiento de su obra a otros ámbitos. Robert Altman había consolidado su carrera años antes de filmar la película Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993), una adaptación libre de los cuentos de Carver. Ambientada en el espacio urbano de la ciudad de Los Ángeles, el director diseña el cruce simultáneo de diversas historias que enlazan la acción de más de veinte actores al estilo de un collage formado de pequeñas piezas. La experiencia del rodaje le permitió prologar el libro que póstumamente se publicó con el mismo título; en él se encuentran los nueve relatos y un poema que llevó a la pantalla. No obstante, su intención no era hacer una adaptación literal, mucho menos ceñirse a los nombres de los cuentos o disponerlos de manera ordenada, sino acortar la distancia que existe entre el medio narrativo y el cinematográfico, explotar la esencia de prosa carveriana, romper con la cronología lineal y crear un tiempo flexible para todas las historias en secuencias yuxtapuestas. Robert Altman por Don Bachardy

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CINE S CR IT UR A los países catalanes Vidas cruzadas se deja escuchar en la polifonía de voces que remite a la diversidad de enfoques que no tienen principio ni fin, visualizar un escenario común o múltiples rincones por donde deambulan los personajes en la totalidad de retratos que son espejo de una realidad caótica. De una escena a la otra, en el relevo de acontecimientos fugaces, Altman no pasa por alto amoldar la naturaleza intrínseca de la prosa de Carver o ir al fondo de su construcción minimalista; considera que la obra de Carver es un solo cuento, pues sus cuentos son todos incidentes, cosas que ocurren a la gente y que provocan que sus vidas tomen un nuevo cariz: «He tratado de hacer lo mismo: ofrecer al público una visión. La película podría seguir

Título: Shortcuts (Vidas cruzadas) Año: 1993 País: Estados Unidos Duración: 187 minutos Género: drama

Director: Robert Altman Reparto:

Fred Ward Andie MacDowell Bruce Davison Tim Robbins Julianne Moore

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eternamente, porque es como la vida misma. Quizá estas vidas se derrumben. Quizá vivan un traspié que acaba en desastre. Tratan más de aquello que no sabemos que de lo que sabemos, y el lector va llenando las lagunas, mientras reconoce un murmullo subterráneo». Altman rescata en su película los murmullos que se hallan ocultos en los relatos de Carver; son eco de un lenguaje compuesto de enunciados breves que crean silencios y obligan a ser descifrados, como si el vigor de las palabras estableciera un significado secreto que es tan sólo aludido. Con ello, el lector se convierte en espectador activo de momentos, actitudes o estados de ánimo y configura diferentes acepciones a lo largo del texto. Limitar la narración a los recursos básicos fue inherente al movimiento minimalista literario que surgió en los años setenta en los Estados Unidos. Escritores como Ernest Hemigway ya habían implantado la modalidad de combinar únicamente unas cuantas pistas dentro de sus cuentos por medio de la selección minuciosa de registros descriptivos para crear una atmósfera y delimitar los personajes en situaciones triviales, aunque decisivas como sostén de temáticas profundas. Como prueba del empleo radical de estos recursos, afirmaba: «La prosa es arquitectura, no decoración interior y el barroco está pasado de moda. Cualquier cosa que se diga de manera extensa de todas maneras no expresa nada». Heredero de las nuevas corrientes narrativas, Carver dio sus primeros pasos como escritor con el volumen de cuentos ¿Quieres hacer el favor de callarte? (1976). En ellos desarrolla el extremo minimalista, imprime viveza al realismo en boga, exalta el cuento como género dominante de fin de siglo en su país. El ritmo conversacional de sus historias, aparentemente transparente y fácil de seguir, esconde la crítica penetrante que aflora en el trazo social que dibuja del sistema de vida estadunidense. Aborda la realidad con el novedoso tratamiento de anécdotas que reproducen el habla de seres comunes y ordinarios, sujetos a los hábitos de sus oficios diarios, encarnados en personajes 102


CINE S CR IT UR A los países catalanes que se precipitan hacia abismos existenciales que los atrapan en situaciones absurdas. Van a la deriva, se aprisionan en trampas emocionales de las que no pueden escapar ni tampoco entender, beben en exceso, no encuentran trabajo, son incapaces de mantener relaciones sentimentales duraderas, luchan por cambiar y se pierden en sueños irrealizables. El apego a esta narrativa cargada de crudeza identificó a otros escritores como Charles Bukowski, Richard Ford o Tobias Wolff con la corriente hiperrealista, conocida también como realismo sucio (dirty realism) o realismo sórdido. Carver recreó en sus historias experiencias del entorno que conoció, del mismo modo que compartió con sus personajes algunos rasgos de su vida azarosa. Nació en 1938 en Clatskanie (Oregon), un pueblo a orillas del río Columbia y vivió su infancia en Yakima, al este de Washington. Durante su adolescencia, desempeñó distintos empleos —peón de aserradero, repartidor en una farmacia, velador de un hospital y otros—, actividades que lo alejaban día a día del deseo de convertirse en escritor. A los 19 años, casado y con dos hijos, enfrentaba la precaria situación económica que tampoco le daba la suficiente holgura para dedicarse a estudiar de lleno. Sin embargo, se inscribió en cursos de escritura por correspondencia y años más tarde participó activamente en los talleres literarios que dirigía el escritor John Gardner, quien le abrió la puerta al mundo literario y a la obra de los grandes maestros del cuento. Gardner intuyó las aptitudes de su alumno para el relato breve y le aconsejaba «limitarse a quince palabras en vez de treinta». A su primera colección de cuentos, siguieron: De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), Catedral (1983) y Tres rosas amarillas (1988), que fueron en principio relatos aislados que se dieron a conocer en periódicos y en revistas de gran circulación como Esquire y New Yorker; asimismo, en incontables antologías que favorecieron el traslado continuo de sus cuentos a la par de estudios especializados. Recibió los 103


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premios de la Academia Norteamericana y del Instituto de Arte y Literatura en reconocimiento por su obra narrativa y poética, la cual comprende los títulos: Donde el agua se une con otra agua (1985), Ultramarina (1986), Bajo la luz marina (1990) y Un sendero nuevo a la cascada (1993). Carver adopta en su poesía el tono de sus relatos en la unión de versos libres al ritmo de las sensaciones que quiere expresar, en la holgura de una sintaxis coloquial y en el acomodo de frases precisas. Creía que cualquier objeto, por habitual que fuera —«una silla, un tenedor, una piedra, un anillo— poseía un inmenso, incluso asombroso poder. Es posible escribir una línea y transmitir un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector». Su muerte en 1988, a los 50 años, dejaría inconclusos otros proyectos que apenas despuntaban en pleno apogeo de su carrera dentro y fuera de los Estados Unidos. En ediciones póstumas —La vida de mi padre, Si necesitas, llámame, Sin heroísmos, por favor— se recopilaron cuentos, poemas y ensayos inéditos que posteriormente se editaron en español entre 2001 y 2005. Robert Altman encontró el medio ideal para revivir en Vidas cruzadas escenas que quedaron impresas entre las páginas de Carver. Logra transmitir su particular óptica en el proceso de conciliar el discurso cinematográfico y el literario. Decía que «escribir y dirigir constituyen, ambos, actos de descubrimiento. Al final la película está ahí y las historias están ahí y uno tiene la esperanza de que la mutua influencia haya sido fructífera». Se distinguió por incorporar innovaciones técnicas en su cine y dirigir a sus actores con una naturalidad extrema. Su filmografía cubre treinta años de actividad ininterrumpida con igual número de películas que le valieron diversos premios. Mash (1970), Las reglas del juego (1992), Vincent y Theo (1996), El parque Gosford (2001), El último adiós (2006), que filmó meses antes de su muerte, son algunas de la larga lista.

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CINE S CRcatalanes IT UR A los países Vidas cruzadas fue un proyecto personal largamente concebido y por fin realizado luego de tres años de intensa lectura y planeación. El director sabía de antemano el reto de interpretar la prosa críptica de Carver y crear un marco contextual adecuado para insertar los encuentros casuales que dan coherencia a cada una de las historias. Aunado a ello, la intención de Altman era hacer una película apegada al modelo del cine modernista internacional y tejer una red de varias locaciones que pudiesen hacer tangible la realidad física de la vida diaria de los personajes al tiempo de explorarla en sus matices discontinuos, incoherentes o efímeros. La fragmentación de la trama en cuadros aislados permite ver de cerca las contradicciones de las relaciones humanas, dilata la mirada que ilustra las vicisitudes del mundo actual y rompe la escala de valores que sujeta el orden social. Mas no por ello lanza mensajes moralizantes ni repara en las conductas escandalosas de sus personajes; deja que el espectador norme su juicio a partir de la presentación de sucesos aleatorios. Si para Altman «el arte no debía buscar la razón definitiva del comportamiento de las

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personas», para el público dicha actitud ampliará la expectativa interpretativa, lejos de perseguir verdades contundentes o lógicas estrictas. En la escena que abre la película, el director utiliza la panorámica de un helicóptero que sobrevuela la ciudad y riega veneno para combatir una plaga de insectos; hacia el final, un terremoto sacude repentinamente la gran urbe. Son dos acontecimientos externos que recluyen a los personajes en una zona afín e incierta que fractura la estabilidad cotidiana. Sujeta entre estos extremos, la evolución de las historias aclara la idea de individualizarlos, ya sea en lugares exteriores o al interior de sus casas. Por ahí circulan el matrimonio perfecto que se derrumba, los reproches constantes entre padres e hijos, el ama de casa que trabaja de manera clandestina como receptora de sexo telefónico, la música altisonante que contrasta con los acordes solemnes de un funeral que augura el suicidio de una mujer, el ensueño que pierde a otros en el erotismo del deseo sexual insatisfecho, la constelación de soledades en que anida la banalidad, la fuerza de una realidad descarnada que obsesiona, invade y se resume en la tranquilidad fingida de días y noches que repiten el ciclo fatigoso de la monotonía. La flexibilidad de la adaptación de Altman reafirma la libertad autoral que vinculó dos esquemas narrativos en la pluralidad de voces que viajan de la palabra a la imagen. Como creador de nuevos sentidos, su trabajo es fruto que nace del ingenio y la sensibilidad; transformó la fuente literaria original con la certeza que «Carver habría comprendido que tuviera que ir más allá del hecho de rendir tributo. Algo nuevo ocurrió en la película y quizás sea ésta la manifestación más verdadera de respeto».

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Cuento, Pájaros luegen o existo el a lambre

La mujer sin sombra Rebeca Mata

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n libreto casi siempre se basa en un texto y se encuentra al servicio de la música. Si se separan libreto y música, el primero suele perder el valor por sí mismo, mientras la música lo mantiene. La mujer sin sombra es una de las excepciones en que el texto se independiza de la música. Hugo von Hofmannsthal, poeta, escritor y amigo de Richard Strauss, comenzó a escribir el libreto para esta obra en 1914. Al regreso de un viaje a Marruecos y con una gran admiración por Las mil y una noches el poeta creó un relato exótico en que mezcla la mitología, los símbolos y el hermetismo. La acción se lleva a cabo fuera del tiempo y del espacio en lugares simbólicos. Los personajes carecen de nombre, a excepción de Keikobad, una deidad (ausente y omnipresente) y Barak, un hombre. El destino entrelaza los caminos de la hija

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EL PURO CUENTO

del rey de los espíritus (la emperatriz) y un emperador con un matrimonio de tintoreros. En este escrito, Hofmannsthal desarrolla el tema de la transformación mutua en una relación amorosa que dará como resultado la consolidación de la pareja y la liberación mutua de todo hechizo. También, muestra la posibilidad de que las almas de los hijos no nacidos puedan modificar el destino de sus padres. El texto de la ópera es conservador moralmente y lleva entretejida una crítica a las actitudes morales freudianas y a la filosofía del individualismo de Nietzsche. El escritor defiende la idea de que la sexualidad solamente es válida en relación con la reproducción y señala que el imperativo moral de la humanidad es la procreación como un deber. Las dos parejas centrales no tienen hijos. La falta de fertilidad de la emperatriz, a pesar de su deseo materno se muestra como una amenaza a la humanidad de su marido. La sombra le dará la posibilidad de reproducirse. La mujer de Barak no tiene hijos porque trata mal a su esposo por su falta de asertividad. Richard Strauss, al cumplir 50 años en 1914, inició la composición de La mujer sin sombra, con la colaboración de Hofmannsthal. Esta obra los enfrentó y los encerró en un laberinto de dificultades. Strauss más tarde la consideraría «el fruto de su pena». Al escribirla, el compositor sentía un entusiasmo respetuoso, a causa de la complejidad del texto y algunos cuestionamientos al trabajar con tanto misticismo literario. Hofmannsthal se unió al ejército a los pocos días de comenzar la guerra, actuó como corresponsal de guerra austriaco y no volvió a trabajar en el texto hasta 1915. La comunicación fue difícil entre los dos amigos y confrontó sus ideas y sus posturas políticas. Durante este tiempo Strauss se sintió envuelto en una conspiración en su contra, que además lo privaba de la posibilidad de estrenar sus obras fuera de Alemania. Strauss se mantuvo con una posición apolítica durante este tiempo y permaneció encerrado en su villa, componiendo y, como era rico, no pasó 108


Pájaros en elcatalanes a lambre los países penurias. En esta época dejó de ser un modernista y perdió frescura. Tardaría tres años en terminar la ópera. Por otra parte, Hofmannsthal se dedicó activamente a su país, sufrió los efectos de la guerra y lloró por los heridos. Escribía en un periódico para el frente, por lo tanto enviaba el libreto a cuentagotas. La mujer sin sombra es una obra importante del siglo xx, sin embargo, tiene un relato complejo lleno de símbolos. El tema principal es el de la purificación por la prueba. La emperatriz, personaje principal, es hija de un dios y una madre terrenal, vive en un mundo espiritual. Ella pierde sus poderes sobrenaturales y su esposo se convertirá en piedra a menos que consiga una sombra terrenal (la fertilidad, la compasión, la ternura, la comprensión y la capacidad de sentir). Junto con su ama entra al mundo de los vivos y persuaden a la mujer de Barak para que venda su sombra a cambio placeres terrenales. Posteriormente, la mujer se da cuenta de que ama a su esposo y Barak se reprocha no haberla defendido. Al final la emperatriz prefiere no aceptar la sombra para no cometer una injusticia contra un ser humano. De esta forma ella pasa la prueba de su padre Keikobad al no sucumbir a la tentación de destruir a una pareja humana a cambio de mantener su propio matrimonio. Keikobad está representado por los metales graves en un inicio y después se transforma uniendo ambos mundos. La humanidad es poseedora de lo que llama Hofmannsthal una prexistencia. Los hijos no nacidos de las parejas, que están siendo sacrificados potencialmente, son capaces de mantener una conexión con sus padres, quienes pueden modificar su propio destino. Nietzsche veía al hombre como una cuerda que atraviesa un abismo, al final del primer acto los vigilantes de la ciudad les hablan a las parejas que hacen el amor recordándoles que son un puente sobre un gran abismo que separa a la muerte del regreso a la vida. Al final de la ópera, la emperatriz obtiene una sombra y el emperador es perdonado. La trama en realidad es mucho más compleja. 109


EL PURO CUENTO

Por su parte, Strauss es igualmente conservador, aunque maneja cierta ambigüedad que desaparece en sus obras posteriores; ésta se muestra con claridad en la emperatriz, quien es musicalmente más interesante cuando está en el mundo espiritual que en el humano. En su parte espiritual la línea de la soprano se parece más al canto de un ave inquieta. Al convertirse en humana su línea melódica se transforma en la de una soprano cualquiera. Strauss siguió las ideas del escritor acerca de lo que debería hacer musicalmente: recitativos heroicos para el mundo espiritual y conversación real para el terrenal. El tema de la mujer se encuentra anclado a la tierra.

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Pájaros en elcatalanes a lambre los países No obstante que es una gran obra, tiene muchas desigualdades en el tratamiento musical y dura 4 horas y media. La escena es complicadísima y por lo tanto muy difícil de ejecutar. Está llena de música sublime que a ratos se vuelve pesada. La orquestación es muy voluminosa. Las escenas terrenales transcurren en un trasfondo mientras que las sobrenaturales son acompañadas por una orquesta de cámara. Los interludios, por lo general son estupendos. Al tocarse los dos mundos la paleta musical se llena de armonías ricas y sutiles. La ópera se terminó durante la guerra y ambos amigos se dieron cuenta de que la obra era muy compleja para la situación de posguerra, así que esperaron dos años. El estreno se llevó a cabo en Viena en 1919; a pesar de la publicidad y la gran expectativa, no tuvo éxito. La mujer sin sombra con un subtítulo: Un cuento de hadas, de Hofmannsthal, se publicó en 1919 casi al mismo tiempo del estreno de la ópera. La obra se vuelve a montar ocasionalmente porque presenta grandes desafíos y porque tiene buena música. En México se estrenó en 2012. Discografía: Sendagorta, Enrique de, La mujer sin sombra, Universidad de Cantabria, 2009 Strauss, Richard, Die Frau Ohne Schatten, Solti, Wiener Philarmoniquer, Evelyn Herlitzius, Stephen Gould, Anne Schwanewilms, Michaela Schuster and Wolfgang Koch, Unitel Clasica, DVD, Blue Ray, 2012 ____, Die Frau Ohne Schatten, Giuseppe Sinopoli, Deborah Voigt, Ben Heppner and Hanna Schwarz, Teldec, CD, 1997 ____, Die Frau Ohne Schatten, Georg Solti, Wiener Philharmoniker, Julia Varady and Plácido Domingo, DECCA, CD, MP3, 1992 ____, Die Frau Ohne Schatten, Solti, Wiener Philarmoniquer, Thomas Moser, Cheryl Studer, Ellen Shade, Marjana Lipovsek and Bryn Terfel, DECCA, DVD, 1992 ____, Die Frau Ohne Schatten, Herbert von Karajan, Vienna State Opera Chorus & Orchestra, Leonie Rysanek and Christa Ludwig, Deutsche Grammophon, CD, MP3, 2008

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EL PURO CUENTO

E

El 14

n el Tarot, la carta 14 es la de la templanza. Representa el equilibrio, la moderación. En numerología es la transmutación, la metamorfosis para bien, porque resulta de la suma de 7 más 7. En Mateo 1:17, se habla de 42 generaciones desde Abraham hasta Cristo: «Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones». La letra 14 en alfabeto fenicio es la N, nun, que los egipcios dibujaban con un pez; éste fue el símbolo de los cristianos primitivos. Una de las formas más tradicionales, preferidas y practicadas de composición poética, el soneto, tiene catorce versos. El verso alejandrino (de 14 sílabas) consta de dos hemistiquios que no pueden recurrir entre ellos a la sinalefa. Fueron creados en honor de Alejandro Magno, a principios del siglo xiii, en Francia, por Alexandre de Paris (Le Roman de Alexandre) y Gautier de Châtillon (Alexandreis).

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Suemei Mar La templanza


7 Consejos de escritura

CUENTO CATALÁN

Mark Twain

60 pesos

1. Empieza por los acontecimientos Primero dale forma a los hechos, luego podrás distorsionarlos tanto como quieras.

2. Escribe correctamente

núm. 14

Emplea una gramática correcta. Usa la palabra adecuada, no su prima segunda. En cuanto a los adjetivos, si tienes alguna duda, quítalo. Dios sólo exhibe sus truenos y rayos a intervalos, por eso nos llaman la atención. Esos son los adjetivos de Dios. Si tú muestras demasiados rayos y truenos, el lector se cansa poco a poco.

3. Sé paciente y perseverante No esperes tener el libro a la primera. Trabaja, edita, rescribe.

4. Olvídate de los adverbios Sustituye con la palabra jodidamente la palabra muy. Tu editor la borrará y el texto quedará como debería ser.

5. Pon distancia de por medio Levántate de vez en cuando para dar una vuelta a la manzana y deja que los sentimientos se diluyan. Hay una única cosa que no soporto y no soportaré: el falso sentimentalismo.

El Puro Cuento

CUENTOS DE

Alberto Torres Blandina | Aina Tur | Quim Monzó Albert Sánchez Piñol | Óscar Gual | Sergi Pamies Jordi Andreu Corbaton | Francesc Serés CUENTO, LUEGO EXISTO | Ana Fortuny | Marcelo Cohen

6. Sé conciso y directo Usa un lenguaje simple y sencillo, palabras cortas y frases breves. Ésa es la forma de escribir en la época moderna y resulta la mejor manera. Recuerda: no dejes que fluyan la pelusa, las flores y la verborrea.

7. Empieza cuando crees que has terminado El tiempo para empezar a escribir es cuando crees haber terminado y estás satisfecho. En ese momento empiezas a percibir con claridad y lógica lo que de verdad quieres decir.

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