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Edición No. 57 / Cali, del 27 de julio al 2 de agosto de 2013 / Valor $ 1.500 / www.elpueblo.com.co

¿Salvar el planeta?

Por Gustavo Wilches-Chaux

L

o han sabido desde siempre las culturas que se formaron en estrecho contacto con sus territorios, para la cuales conocer y entender las dinámicas de los ecosistemas era –y es, para las que quedan todavía– un requisito de supervivencia. Lo saben los científicos “occidentales” que han estudiado nuestro planeta como un sistema indivisible y complejo y no como una colección de elementos desconectados. James Lovelock, el científico inglés, lo expresó a través de la Hipótesis Gaia. La Tierra es un ser vivo: no es solamente una roca inerte, habitada por seres vivos, sino que toda ella es cuna, expresión y producto de la vida. Los seres humanos, como los demás seres vivos, estamos formados por una gran cantidad de elementos químicos, que al integrarse en órganos y sistemas interrelacionados entre sí, todos con todos, adquieren –o adquirimos– la capacidad de intercambiar materiales, energía e información

con los demás componentes de eso que llamamos “el ambiente”, que no es solamente “algo que nos rodea” sino un sistema del cual somos parte. Como bien lo decía hace ya varias décadas el lema de una de las primeras organizaciones ambientalistas que hubo en Popayán (creo que era el Grupo Ecológico del Cauca): “Nosotros somos la otra mitad del medio ambiente”. Al igual que nosotros, y como los demás seres vivos, la Tierra tiene una función inmunológica. Hasta hace poco habría dicho “un sistema inmunológico”, pero ahora entiendo que es más bien un modo de ser y de actuar de todo el organismo humano, en unos momentos determinados, al cual contribuyen de una u otra manera todos los sistemas que nos conforman. Si bien es cierto que poseemos un sistema inmunológico, también lo es que este depende de sus interacciones con el sistema circulatorio, con el digestivo, con el muscular, con el óseo, con el nervioso. Y claro, con ese otro sistema que podríamos llamar emocional y afectivo. Es bien sabido, por ejemplo,

Lo que tenemos que salvar, entonces, no es el planeta, sino la posibilidad de que nuestra especie humana siga formando parte de la Tierra. Para eso necesitamos cambiar radicalmente la manera como nos relacionamos entre nosotros mismos que una depresión o una tensión que no seamos capaces de manejar de manera adecuada, puede inhibir el funcionamiento del sistema inmunológico y volvernos vulnerables a múltiples enfermedades, incluyendo el cáncer. Pero nosotros no somos seres aislados, sino que formamos parte de un sistema cultural (en el sentido más amplio de la palabra), que de muchas maneras determina cómo vivimos, qué comemos, cómo nos vestimos, cómo nos relacionamos con los demás y con el mundo que nos rodea, e incluso, claro, cómo reaccionamos ante cada una de las circunstancias que enfrentamos. Esa función inmunológica nos permite transformarnos, ya sea para resistir sin traumatismos los efectos de determinados cambios que nos afecten desde el exterior o desde el interior de nosotros mismos,

ya sea para recuperarnos oportuna y adecuadamente cuando hayamos sido “golpeados”. A eso se refiere esa hoy tan común palabra “resiliencia”. Cuando un niño sano es atacado por un virus, su organismo produce fiebre como estrategia para deshacerse del invasor indeseado. Oímos con frecuencia, en la escuela, a través de los medios, en las conversaciones casuales, que tenemos que “salvar el planeta”. Pero realmente el planeta se está salvando por sí solo. De hecho, ese conjunto de fenómenos y de procesos de corto, mediano y largo plazo que englobamos bajo el nombre de “cambio climático” son manifestaciones de la función inmunológica de la Tierra, transformando (y transformándose) al planeta para que pueda adecuarse a los múltiples cambios que le hemos impuesto los seres humanos, en particular en el último siglo y especialmente en las últimas cinco o seis décadas. Lo que tenemos que salvar, entonces, no es el planeta, sino la posibilidad de que nuestra especie humana siga formando parte de la Tierra. Para eso necesitamos cambiar radicalmente la manera como nos relacionamos entre nosotros mismos y con esos que llamamos “recursos naturales”, que realmente son componentes esenciales de los múltiples sistemas concatenados (encadenados entre sí) que le otorgan vida a la Tierra: la atmósfera (aire), la hidrósfera (agua), la litósfera (rocas), la biosfera (seres vivos). Si analizamos cuidadosamente esos

ACTUALIDAD OPINIÓN sistemas (que realmente no son “capas”, como se suelen denominar convencionalmente), nos daremos cuenta de que todos estén entrelazados con todos. Para citar un solo ejemplo, el agua forma parte esencial de todos los demás sistemas: de la criósfera (agua congelada), de la atmosfera (vapor, gotas líquidas y hielo de diferentes tamaños y formas), de las rocas (no solamente en “acuíferos” sino en la estructura de las rocas mismas) y, por supuesto, en todos los seres vivos, que esencialmente estamos hechos de agua y que por lo tanto bien podríamos considerarnos parte de la hidrósfera… como también podríamos considerarnos parte de la atmósfera dada la enorme cantidad de aire que atraviesa nuestros cuerpos cada instante. Estas no son solamente curiosidades científicas ni meras reflexiones teóricas, sino consideraciones que debemos realizar de manera permanente y en particular cuando se toman las grandes decisiones del desarrollo. ¿De qué manera una intervención que hagamos sobre cualquiera de los sistemas concatenados de la Tierra puede activar su sistema inmunológico? ¿A qué tipo de auto-ajustes vamos a obligar a ese ser vivo del cual todavía formamos parte? ¿Y esos autoajustes de la Tierra cómo van a afectarnos? Estoy convencido de que el cambio climático es a los sistemas concatenados de la Tierra, lo que el “movimiento de los indignados” es a las comunidades que, en distintas partes del mundo, han resuelto decir ¡basta!

Edicion 57  
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