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ACTUALIDAD OPINIÓN

Marihuana y parques

Por Leo Quintero

E

l primer lugar que funcionó en Cali como un parque fue la Plaza Mayor, que en 1898 se convirtió en el parque de Caycedo en homenaje al ilustre alférez Joaquín de Caicedo y Cuero. Como parque fue declarado por solicitud de los concejales Heliodoro Álvarez del Pino, Fidel Lalinde y Nicolas Olano. El primer administrador fue Joaquín Bueno. Un decenio después, el parque fue encerrado con un reja ornamental alemana, que en los años cincuenta fue trasladada  al Cementerio Central de la capital del Valle. En la capital del Valle, esa es la historia primigenia de los parques como lugar de encuentro; sitios, hace muchos lustros, convertidos en escenario pasivo para el dialogo entre los miembros de la comunidad. En los años ochenta del siglo pasado, en Cali se creó la

Corporación para la Recreación Popular con Harold Zangen, Leonor Salazar Puyo y el alcalde de la época, Rodrigo Escobar Navia. La vocación de dichos lugares se transformó. Nacieron las unidades recreativas integrales, comenzando por el Parque de la Caña, que abrió sus puertas al público el 3 de julio de 1983, hace treinta años. El resto de la historia la conoce la ciudad. De las unidades recreacionales sabemos que existe más de una veintena, regadas por todas las comunas de la capital del Valle, excepto en la 22, que tiene de vecinos a los escenarios naturales más hermosos de la ciudad: el río Pance y el Parque Nacional Natural los Farallones, con sus más de 250.000 hectáreas en Cali, Jamundí, Dagua y parte de Buenaventura. El parque más grande de esta ciudad es la colina de San Antonio o el Parque del Acueducto, constituido como tal en los años cincuenta, aunque la planta de tratamiento de aguas del río Cali tiene cerca de ochenta años. En ese punto, en varias ocasiones (la última, hace más de un decenio) se ha intenta-

Los parques de Cali hoy en día se han convertido lamentablemente en refugio de toda clase de personajes, que han desalojado a los vecinos do construir el Parque de las Aguas. Ideas que han formado polémica porque en Cali a la hora de apoyar somos pocos y en el momento de criticar formamos mayorías. Los parques  de Cali, que deben estar siempre bajo el

Estado débil, cultivos ilícitos y marginalidad regional

Por Alejo Vargas Velásquez

H

ay dos grandes problemas que atraviesan en buena medida la conflictividad social colombiana: la debilidad del Estado y el narcotráfico. Los dos se relacionan, pues en buena medida el gran auge del narcotráfico en las últimas décadas tiene que ver con la profunda debilidad del Estado, que no se resuelve solo fortaleciendo la Fuerza Pública –eso solo es una parte del problema–; implica que el Estado esté presente en todo el territorio, esto es que haya una administración de justicia creíble y que opere, que haya escuelas, puestos de salud, partidos políticos, en fin, institucionalidad estatal y social. Y esto se encuentra lejos de darse. Podemos decir que hay dos Colombias totalmente diferentes, una es la del país andino del centro y de las grandes ciudades –donde hoy en día vive la mayor parte de los co-

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Edición No. 57 / Cali, del 27 de julio al 2 de agosto de 2013 / Valor $ 1.500 / www.elpueblo.com.co

lombianos–, con una presencia por lo menos medianamente aceptable del Estado. Otra es la Colombia de las regiones y del mundo rural, la que parcialmente vemos y ‘descubrimos’ los colombianos urbanos cuando hay conflictos sociales como el del Catatumbo, pero que es similar en buena parte de la Orinoquía, la Amazonía, las zonas de la costa Pacífica y en general las regiones de colonización reciente; allí el Estado es una ficción y si hay algún vestigio es el de la Fuerza Pública, que la mayoría de veces va de paso, pero los compatriotas que allí habitan no tienen ninguna percepción y por lo tanto mínima identidad con eso que llamamos Estado –no existen vías de comunicación aceptables, los puestos de salud y las escuelas son impresentables, si existen, la autoridad es un rey de burlas frente a los poderes ilegales reales–. Allí la vida social y económica es regulada por el

poder armado que exista –un grupo guerrillero, una banda criminal, un grupo armado de traficantes, etc.-. Y es en ese mundo donde el desarrollo de actividades ilegales como los cultivos ilícitos y toda la cadena del narcotráfico que se deriva y se vuelve, lamentablemente, una opción económica para muchos de los colombianos que allí habitan. Y claro, el narcotráfico ha sido probablemente el factor más perverso para la sociedad colombiana, cambió en buena medida valores sociales, colocando el enriquecimiento fácil y a cualquier precio como referente para muchos colombianos; se convirtió en un dinamizador del conflicto interno armado al suministrar elementos de financiación fundamentales para la guerra; penetró instituciones del Estado, incluyendo personas y unidades de la Fuerza Pública, pero también la política, sectores de la economía, etc. Pero todo esto fue posible por la inexistencia y debilidad del Estado.   Por eso hay tantas regiones marginalizadas y donde equivocadamente –aunque con la mejor buena fe– tratamos de adelantar un proceso de descentralización a las carreras y sin bases reales sobre las cuales sustentarse. Esto explica

mando de la comunidad, hoy en día se han convertido lamentablemente en refugio de toda clase de personajes, que han desalojado a los vecinos. No hay parque en el cual el problema de venta y consumo de drogas no sea pan diario, incluidos los que el gobierno municipal adecuó con luz led en un esfuerzo para que la comunidad retornara a sus áreas comunes. El segundo parque urbano más extenso de Cali es el del barrio El Ingenio, ahora cruzado por las calles 14 y 16, que tiene también problemas de ventas ambulantes y algún rezago de la venta de marihuana y otros estupefacientes. En las comunas de Cali hay numerosos parques. Aunque Cali tiene un déficit serio en materia de zonas verdes, es más preocupante la carencia de vecinos que se ocupen de esas áreas. Como la inmensa zona verde de las calles 25 y 26 o de la carrilera del ferrocarril, transformada en un insoluble callejón de la droga que se toma once barrios, donde los vecinos siguen esperando que sean las autoridades y el Estado quienes solucionen el problema mayúsculo que no han podido superar desde hace más de una generación.

El otro parque grande de Cali es la Alameda Sol de Oriente, en la Comuna 21, recuperado por Emcali con las platas del fondo de capitalización social al que aportamos obligados todos los usuarios de la empresa de servicios públicos. Hoy en día es un pulmón verde donde los pajaritos tosen abrumados por el altísimo consumo de marihuana y otras yerbas. Los parques de Cali son propiedad de la comunidad que, aunque tema recuperarlos, debe asumirlos como propios. Es la única fórmula para desterrar a los jíbaros, que encuentran debajo de las sillas, en las ramas de los árboles, en las raíces de las plantas y en otros puntos, los escondites perfectos para camuflar la droga que expenden; esos que nunca son sorprendidos por las autoridades, a pesar de la presencia de la Policía en muchos barrios de la ciudad, por el silencio temeroso de los vecinos, que saben bien quiénes son los que abrogan el poder sobre diferentes poblaciones, vendiendo drogas a los jóvenes, su mercado objetivo, hoy , mañana y después. Los caleños no reaccionan frente a este tráfico que golpea las familias en todos los estratos sociales de Cali.

Podemos decir que hay dos Colombias totalmente diferentes: una es la del país andino del centro y de las grandes ciudades, con una presencia por lo menos medianamente aceptable del Estado. Otra es la Colombia de las regiones y del mundo rural, la que parcialmente vemos y ‘descubrimos’ los colombianos urbanos cuando hay conflictos sociales como el del Catatumbo porque muchos de los gobernantes locales y regionales, si bien son elegidos, realmente no tienen una visión de desarrollo de sus regiones y menos de construir proyectos que generen consensos regionales, pero adicionalmente no cuentan con institucionalidad para adelantar de manera adecuada cualquier gestión de gobierno. Por ello podemos decir que la tarea más importante que debemos adelantar los colombianos, en lo que se ha denominado la implementación de

los acuerdos con la guerrilla, o el postconflicto como lo denominan otros, es adelantar un proceso de construcción y fortalecimiento del Estado en múltiples regiones, para que no sean más los ilegales quienes regulen la vida en esos territorios; un Estado legítimo en la medida en que es útil y sirve al ciudadano. Hay que recordar que si no existe un Estado con legitimidad y por lo tanto aceptación social, tienden a llenar esos vacíos actores ilegales de diversa naturaleza.

Edicion 57  
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