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EDITORIAL

Este mes comienza la Cuaresma, una época especialmente propicia para acercarnos más a Dios, purificando nuestro corazón y todo nuestro ser. El perdón es algo fundamental en este proceso. Por este motivo en esta Edición de «El Poder del Espíritu» quisimos presentar dos aspectos a tener muy en cuenta por el cristiano: el pecado y el perdón de Dios. Dios es infinitamente misericordioso, esto significa que Él perdona a todos los que verdaderamente se arrepienten de sus pecados. «Él que tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias; rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y ternura; satura de bienes tu existencia, (…) El Señor es clemente y compasivo, lento a la cólera y lleno de amor…» (Salmo 103: 38).

FEBRERO: MES DE LA «DIVINA AUTORIDAD» *****

«Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño» (Lucas 10:19)

Durante la audiencia general dedicada a comentar el Salmo 129 (19 de octubre de 2005), el Papa

Benedicto XVI expresó:

El Salmo que hemos escuchado, conocido como el «De profundis», es uno de los salmos penitenciales preferidos por la devoción popular. Es un canto a la misericordia divina y a la reconciliación entre Dios y el pecador. La súplica del salmista arranca del mundo oscuro del pecado y se eleva hasta el horizonte luminoso en el que se manifiesta «la misericordia y la redención», dos grandes características de Dios, que es amor. Dios, pues, no es un soberano inexorable que condena al culpable, sino un Padre Amoroso al que debemos amar por Su bondad siempre dispuesta a perdonar. (…) Os invito a todos a dirigiros a Dios con el corazón contrito y confiado, porque de Él procede el perdón.

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

III Dios, «El que es», es Verdad y Amor

STAFF

*Dirección General: Juan Carlos Hovhanessian Diego Hovhanessian

*Asesor Espiritual: Monseñor José Guido Pesce *Redacción: Alba Acosta Carmen Alviña Miriam B. de Mavilian Lourdes Chiappetta Laura Gómez Lucía Hovhanessian Milagros Hovhanessian Lidia I. de Papazian Geraldine Miguel Lic. Anahí Raggio Lic. Valeria Salinas Agustina Spegazzini *Diseño: Roxana B. de Hovhanessian Lucía Hovhanessian Geraldine Miguel Agustina Spegazzini *Coordinación de contenidos: Dra. Mónica V. de Adanalian *Coordinación General: Roxana B. de Hovhanessian LA COMUNIDAD SANTA MARÍA NO ES RESPONSABLE DE DISTRIBUCIÓN ALGUNA HECHA POR TERCEROS www.elpoderdelespiritu.org

214 Dios, «El que es», se reveló a Israel como el que es «rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas Sus obras, Dios muestra Su benevolencia, Su bondad, Su gracia, Su amor; pero también Su fiabilidad, Su constancia, Su fidelidad, Su verdad. «Doy gracias a tu Nombre por tu amor y tu verdad» (Sal 138,2; cf. Sal 85,11). Él es la Verdad, porque «Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5); Él es «Amor», como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4,8). Dios es la Verdad 215 «Es verdad el principio de tu palabra, por siempre, todos tus justos juicios» (Sal 119,160). «Ahora, mi Señor Dios, tú eres Dios, tus palabras son verdad» (2 S 7,28); por eso las promesas de Dios se realizan siempre (cf. Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, Sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la Palabra de Dios en todas las cosas. El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la Palabra de Dios, de Su benevolencia y de Su fidelidad.

“A ti la alabanza y la Gloria, ¡oh Dios, fuente de las misericordias! Yo me hacía cada vez más miserable y tú te me hacías más cercano. Tu Mano estaba pronta a sacarme del cieno y lavarme, pero yo no lo sabía” San Agustín


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Tiempo de Cuaresma

El tiempo litúrgico de Cuaresma dura 40 días; comienza el miércoles de Ceniza y termina el Domingo de Ramos, día en que se inicia la Semana Santa. Cuaresma es el tiempo de preparación para la Pascua, cima del año litúrgico, donde celebramos la Victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el mal. La Cuaresma es un tiempo favorable para convertir el corazón y volver a Dios Padre, lleno de misericordia. Es un tiempo de reflexión, de conversión espiritual. Durante este tiempo contamos con una serie de medios concretos que la Iglesia propone y que ayudan a profundizar el sentido de la cuaresma: el ayuno, la oración y la limosna. Los tres son mencionadas por Jesús en el Evangelio de San Mateo 6:1-6 y vs. 16-18; precisamente es el Evangelio que corresponde al miércoles de ceniza. El ayuno, la oración y limosna nos recuerdan que la conversión incluye todos los aspectos de la vida: expresan conversión con relación a uno mismo, a la relación con Dios y a la relación con los demás. Ayuno: Es la práctica de limitar el consumo de comida y bebida para imitar los sufrimientos de Cristo durante Su Pasión y a través de toda Su vida terrena. El ayuno nos recuerda que la conversión afecta y debe afectar todas las áreas de nuestra vida. El ejemplo principal es el de Jesucristo, quién preparó Su Ministerio Público retirándose al desierto para orar y ayunar por cuarenta días (Lc 4 y Mt 4). Basándonos en el ejemplo de Cristo podemos entender que Su crítica al ayuno de los fariseos se fundamenta en la falta de sinceridad con que la hacían y no en el ayuno en sí mismo. El ayuno auténtico debe siempre estar unido a la conversión, la sinceridad y la conducta moral. Limosna: La limosna es esa disponibilidad a compartir «todo», la prontitud a «darse a sí mismo». Significa la actitud de apertura y la caridad hacia el otro. San Agustín escribe: «Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna». San León Magno nos recuerda que: «Estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en sí a las demás y cubre multitud de pecados». La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.(Catecismo de la Iglesia Católica: 2462). Oración: es apertura a Dios, comunión con Él. Sin oración, tanto el ayuno como la limosna no se sostendrían. En la oración, Dios va cambiando nuestro corazón. La oración es generadora de amor y conduce a una conversión interior; lleva a hacer obras buenas por Dios y por el prójimo. En la oración encontramos la fuerza para salir victoriosos de las asechanzas y tentaciones del mal. Dice el Catecismo respecto de la oración: (2752) «... Se ora como se vive porque se vive como se ora» (2757) «Orad continuamente» (1 Ts 5, 17). Orar es siempre posible. Es incluso una necesidad vital. Oración y vida cristiana son inseparables. (2664) No hay otro camino de oración cristiana que Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no tiene acceso al Padre más que si oramos «en el Nombre» de Jesús. La Santa humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre. Cuaresma, pues, es un tiempo de intensa oración. Miremos a Cristo en esta Cuaresma. Antes de comenzar Su Misión Salvadora se retiró al desierto cuarenta días y cuarenta noches. Allí vivió Su propia Cuaresma, orando a Su Padre, ayunando...y después, salió por el mundo repartiendo Su Amor, Su Compasión, Su Ternura, Su Perdón. Que Su ejemplo nos estimule y nos lleve a imitarle en esta Cuaresma.

Jesús, acuérdate de mí...

El pecado -aunque también lastima a los demás- daña principalmente a quien lo comete. La Palabra nos dice: «…pero el que peca contra Mí se hace daño a sí mismo…» (Proverbios 8:36). Es por eso que muchas veces hay quienes sienten en su corazón que no pueden ser perdonados, que su maldad ha sido muy grande, que lo que han hecho es irreparable… Y aún cuando se reconocen culpables consideran que Dios ya no los perdonará, apartándose de la Gracia que podría rescatar sus vidas de la miseria del pecado. El pasaje de la Escritura, que la Nueva Biblia de Jerusalén titula como «El buen ladrón», dice así: «Uno de los malhechores colgados le insultaba: ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros! Pero el otro le increpó: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino. Jesús le dijo: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.» (Lucas 23:39-43). Palabras pronunciadas en el momento final de su vida y la respuesta de Jesús que le asegura la salvación. Pero aún así puede que a simple vista no se dimensione la grandeza de lo que realmente ocurrió. Sabemos por la tradición de la Iglesia que ese hombre recibía semejante castigo por ser ladrón, saqueador, por haber robado los libros de la Ley en Jerusalén y por haber dejado desnuda a la hija de Caifás. No estamos hablando de «cosas menores» sino de alguien que declaradamente vivió apartado de Dios en un camino de pecado e iniquidad. Sin embargo ante la inminencia de la muerte se arrepintió, se reconoció pecador y clamó por la misericordia de Dios. ¡Y bendito sea el Señor!, pues este hombre recibió el perdón y la salvación. Es bueno aclarar que esto para nada significa «licencia» para vivir fuera de la Voluntad de Dios dejando el arrepentimiento para el mañana, ¡NO! este pasaje es un maravilloso testimonio de la indescriptible misericordia de Dios que siempre perdona al pecador arrepentido: «…un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.» (Salmo 51:19). La conversación entre Jesús y el «buen ladrón» nos muestra que Dios ve el corazón y siempre perdona -por más que sea una historia tan terrible como la de este hombre- al pecador que se arrepiente. Jesús derramó Su Preciosa Sangre para limpiar nuestra vida de todo el pecado. Su Misericordia es infinita. En una palabra: para quien se arrepiente de corazón, siempre está disponible el perdón del Señor. Nunca dudes de esto, acércate siempre confiadamente a recibir Su perdón y vive bajo la Gracia, con el firme propósito de apartar tu vida de todo pecado y ocasión de pecado, en el Nombre de Jesús. Amén!!!

Rezamos el «Padre Nuestro» y creemos cada una de las palabras que allí pronunciamos. A la vez, Dios escucha y toma en cuenta cada una de nuestras palabras. Por eso prestemos mucha atención a esta parte: «…perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…». Somos nosotros mismos los que ponemos «la medida» en que Dios nos perdonará. Al respecto, dice San Juan Crisóstomo: «¿Hay cosa más favorable ni más dulce que el precepto de la reconciliación? A nosotros mismos hace Dios jueces de la remisión de nuestros pecados. Si nosotros perdonamos poco, poco nos perdonará Dios: si perdonamos mucho, mucho nos perdonará Dios: si enteramente perdonamos de lo íntimo de nuestro corazón, del mismo modo nos perdonará Dios». www.elpoderdelespiritu.org


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Periodico EL PODER DEL ESPIRITU - Cuaresma 2013  

Periódico mensual de la Comunidad Santa María de la Renovación Carismática Católica. www.elpoderdelespiritu.org

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