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animamoto desde su cuerpo a su entorno, desde lo inexplicable a lo racional a medida que van creciendo. Crecer es harto difícil. Un niño está lleno de imaginación, de absurdo, de poesía. Ve todo según parámetros misteriosos y le gusta reír, goza moviéndose de manera incesante, y es curioso como un gato. Todo esto termina el día que entran a pre kinder o cómo se llame. La educación les corta las alas, el ritalín hace de las suyas y, cosa aún más preocupante, en los colegios municipalizados ni siquiera recurren a droga alguna; se limitan a pasarlos de curso aunque no

“Una de mis razones para creer necesario el cambio fue la largura y largueza del gobierno de una coalición que, sin ser un partido único, reflejaba una sola mirada sobre la realidad del Chile” gar a la universidad, donde continúan en la vacua tarea de aprender sin saber y de graduarse sin haberse destacado mayormente en ningún campo específico. El problema atraviesa un campo minado: la tecnología, Internet y la televisión les otorgan demasiadas horas de entontecimiento y el famosos “cut & paste” los ha llevado a creer que saber es copiar y copiar es legítimo. La lectura es cuento aparte. Soy ferviente defensora de la lectura en todos los niveles del aprendizaje, pero tal como lo hacen no es leer. A diferencia de lo que algunos sostienen, los niños no son tontos. Intentan aprender desde que nacen y es admirable el esfuerzo de tan pequeño ser por dominar

sepan escribir ni la palabra ojo. Este desmedro no ocurre por responsabilidad infantil o docente. Nos ha venido una fiebre letárgica frente a la literatura clásica, a nuestros grandes escritores, a la poesía y la prosa que se cumplen a sí mismas y no rinden pleitesía al mercado. Tener en el siglo XXI una prudente biblioteca es signo de retraso –para los iletrados–, naturalmente. El país, tan fácilmente convertido en más de una ocasión en nuevo rico, hoy es el Super Star de los siúticos, encandilado por los libros digitales. Falta mucho para que la lectura se convierta aquí en una necesidad real. Chile, lleno de sí mismo, cree bastarse a sí mismo. Y ni siquiera. El Premio Nacio-

nal de Literatura es un regalo japonés que, como por arte de magia, hace desaparecer los libros del escritor de todo sitio o lugar. Ya no se venden, no se editan, no interesan. ¿Qué significa esto? Muchas cosas. Pero una es solucionable: demos el Premio Nacional de Literatura agregándole una cláusula fundamental, la obligación del Ministerio de Educación de editar en el término de uno a dos años toda la obra de ese escritor, para entregarla en dos tomos de lomo duro a bibliotecas, colegios, universidades y clubes de lectores. No es posible que un premiado borre a su antecesor y menos resulta comprensible que olvidemos que la carencia de lenguaje es el lastre más grave de nuestra sociedad. Con setecientas palabras promedio en uso, el país no logra discutir, argumentar o digerir ideas nuevas. Condenados a leer lo que se importa, resulta que los lectores carecen de la noción de lo que importa. La chilenidad no es un aliño ni un chauvinismo. Aprendamos quienes somos antes de sentirnos gallitos de pelea. A los alumnos, entréguenles la Ilíada y La Araucana, y no los obliguen a leer por sí mismos El Quijote. Para leer al Quijote se necesita haber leído otros autores antes, y es necesario un profesor que explique aquellos tiempos, aquellas luchas, aquella locura de Quijano. Y como todos somos un poco locos, y muchos enfiestados con la idea mediática, es necesario repensar qué ofreceremos a la juventud. Me gustan los deportes, pero un país que solo habla de fútbol y reniega de la historia universal, del poder de la palabra justa y su belleza, está perdiendo algo que no recuperará si no tomamos medidas. La palabra es la única arma que desarma la ignorancia. Los niños deben aprender a leer textos dignos, a pensar en el sentido del lenguaje. Por el momento, Chile yace sumido en una euforia lingüística mezcla de jergas y jitanjáforas que augura muy mal futuro. Hay que educar. Pero no olvidemos que primero tenemos que enseñar a leer. *Escritora 22 DE ENERO DE 2010 / 49

El Periodista 186  

Edición 186

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