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Maracay, Sábado 16 de julio de 2011

Los Caballos

de Zapata ALBERTO HERNÁNDEZ 1.-

M

ás que caballos, los de Zapata son apariciones. Se trata de imágenes que hacen alusión al tiempo, a las riendas que alguien le propuso a la historia para intentar doblegarla. Jinete a pelo, centauro o bandolero que herró con los cascos los campos de un país empobrecido. Caballos desmelenados, con el cuello torcido hacia el pasado, perseguidos por la centella del viento. Son caballos ilusorios, como los prometidos por los patriotas, los realistas, los federales, los gomecistas y hasta por los Maisanta y Arévalo Cedeño regocijados en la espuma que el potro reventado regaba por las sabanas. Sí, definitivamente, son caballos pegados a un hombre. Como aquellos que llegaron a México y fueron confundidos con dioses. Es Miguel Aceves Mejías bailando, adherido a la silla, a la carne de la montura. El otro Zapata, de sombrero ancho y campesino. Es Florentino en plena carrera sobre el agua arenosa de la sed, mientras el diablo esbozado lo persigue para quitarle el escapulario de la Virgen del Socorro. Son caballos flamígeros, llenos de una poesía de sombras, lamidos por la noche de un tiempo terrible. Son caballos-hombres alucinados. El caballo desatado del botalón, el caballo candela, el caballo humo, el caballo bajo la tormenta de la muerte, el caballo del escudo nacional, tan blanco como el caballo blanco de la patria, el caballo

loco de nuestros abuelos, el caballo silencioso de Ledesma, el caballo de Zárate, el caballo de Boves, el caballo de Nicolás Llovera, el caballo maniático del Tuerto Vargas, el caballo cimarrón de la barbarie en Doña Bárbara, el caballo filósofo bajo un árbol incendiado, el caballo calavera de los lamederos del Guárico, el caballo bíblico del Apocalipsis. El caballo venezolano con el vientre abierto y las tripas pegadas de los mastrantales. El caballo díscolo y epiléptico de Páez. Detrás de ese caballo de Zapata se fueron los hijos de la Loca Luz Caraballo, los mismos hijos que regresan a Pedro Pérez Delgado a pacer en Santa Inés con el de Zamora, mientras los cadáveres del día remueven el cielo enzamurado. Como en la anécdota apureña: vientre refugio del perseguido. Caballo podrido, na-

vío de la ancha corriente, en procura de salvar la vida. Caballos, puros caballos. Un bosque de caballos, inocentes de quien los conduce. Bestias frutales del diablo. Caballos universales, criollitos, cuarto de milla reventado por el odio o la libertad. 2.-

Caballito de palo, el que aún jadea detrás de la puerta de la infancia. Ese está a punto de relinchar: el caballo más bonito de Aquiles, el que cagaba

flores y retozaba con un paraíso en los ojos. Pero ese es otro caballo y otra historia. Y así, los caballos de Zapata, los de Pedro León, los que dibujó, pintó y regó por el país hace unos años, a comienzos del siglo que comienza, a comienzos del siglo que nos consume entre caballos tristes en el Llano de Apure, en los arenales de los ríos que llegan y se cristalizan en la mirada de los esqueletos que el trópico siembra en toda la geografía de Rómulo Gallegos. Los caballos de Zapata cuelgan de las paredes. Cocean en silencio de la paz de muchas casas y se sacuden el rocío de la locura de la guerra. Por allí anda la Independencia de Venezuela llena de palabras y silencios. Por allí andan los caballeros de las batallas, sordos de tanto ruido contemporáneo. Por allí, cerca, podemos ver a quienes daban con el rejo en los ijares del potro de quien se desapareció en la noche y sólo dejó el olor que el diablo frecuenta en cada pedazo de este continente. Caballos ahogados por su propio relincho. Relevados por las gusaneras, por el martirio de las llagas en las ancas, por la costura de la herida en los ojos, por las moscas en la gangrena de los cascos. Esos caballos siguen vivos detrás de los huesos de quienes aún andamos por estos predios ahumados. Caballos fantasmales. Caballos de Calabozo y Guardatinajas. Caballos de El Miedo y de El Frío. Caballos de Monagas. Caballos marinos que salen de la arena y se sumergen en la linfa de todos los nombres de otros siglos. Caballos de Pedro León

Zapata. Caballos arrejuntados con cabras, mulas y burros flautistas. Caballos de adorno, de cerámica pulcra. De lujos y crines contra el viento. Caballos fuera del poema. Caballos poemas. Caballos criminales. Inocentes. Caballos de Zapata, pues. 3.-

Más que caballos, los de Zapata son apariciones. Fantasmas que relinchan sin luna en los ojos. Con los belfos inflamados, leídos por los animales de la nocturnidad. Son caballos que llevan el sudor de todos los jinetes del tiempo. En uno iba el hombre sin cabeza. En otro un libertador. En otro el Llanero Solitario. Cada caballo merece su jinete. O mejor, cada caballo lleva un jinete en la conciencia, aunque no tenga conciencia ni jinete. Cada uno de estos caballos del pintor lleva en el trazo la sangre del olvido. Zapata nos recuerda el mundo a través de caballos. Los caballos de Zapata nos hacen caballos. Nos modelan menos personas porque perdimos el caballo en la huida hacia el poniente. Los caballos de Zapata, el pintor, el dibujante, el hombre de este país, son una insignia, gestos y palabras de un país que se hizo caballo y no ha dejado de serlo, para dolor de quienes saben que el caballo es inocente. Aquellos hombres a caballo ya no son dibujables con el trazo que utilizan quienes creen que los caballos rebuznan. Y que los burros, los asnos y borricos, sobre todo los sabaneros, me disculpen. Es que hay tanta gente disfrazada de caballo que lo denuncian las ancas postizas.


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Maracay, Sábado 16 de julio de 2011

Poética del desatino (Aforismos)

EFRÉN BARAZARTE Gracias a una vieja costumbre de urdir en los significados, encuentro que las acepciones de la Real Academia de la Lengua van por un camino mientras que el artificio literario del poeta se le escapa entre risas. Es así que llego a la palabra Poética: Conjunto de principios o de reglas, explícitos o no, que observan un género literario o artístico, una escuela o un autor. Luego me detengo en la palabra desatinado que apunta hacia Falta de tino, tiento o acierto. || Locura, despropósito o error. Y por último la palabra aforismo que cuelga en la Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte. Y si uno se pone serio, bien circunspecto, sabe que un principio o regla, mientras más desatinada sea puede alejarse de la sentencia. Es por consiguiente, que este título desatinado de Alberto Hernández, juega como todo poeta a la destrucción de un lenguaje decoroso y formal para así convocarnos al goce o al sufrimiento de caminar con los ojos cerrados pero viendo bien claro un camino de revelaciones que sólo nosotros sus humildes lectores podemos descifrar. Creo que Poética del desatino continúa una tradición renacentista del ensayo, de esa peculiar forma de pensar donde un tema se va gestando para llegar a otro y que a su vez hayamos la revelación convocada por el escritor. La palabra es aquí el alimento que una vaca mastica lentamente, una suerte de cavilación y, a su vez, un oprobio de las formas convencionales del lenguaje.Pero cuando digo la palabra ensayo, lo digo realmente para tratar de ensayar sobre el libro que se escapa a sí mismo, por aquello de ver el tema de la estupidez, la feal-

DESATINADOS Y LIBRES LECTORES: Poética del desatino no es un libro sino un conjunto de libros que van cristalizándose. Es un rizoma que, subterráneamente, crece hacia distintas formas temáticas, donde un autor agrede a las palabras y las arroja a nuestro rostro como si estuviéramos frente al espejo. Usted tiene la libertad de hacer una mueca pero sabe de antemano su destino. El sentido de decir está en nosotros pero las palabras del escritor no tienen relación racional con el afuera, de ser así, se perdería el sentido lúdico del arte. Como diría una vez Charles Baudelaire: la poesía es un caos ordenado de los sentidos y alegóricamente halló que el desatino es la materia del lenguaje poético, de su imaginación que nos hace a fin de cuenta, humanos, terribles y sensibles. Antes de seguir escribiendo y con sabor amargo de vivir de un momento a otro una revolucionaria falla eléctrica, opto por plagiar este libro. Desatino se paga también con desatino: Terminar este libro significa comenzar desde la primera página lo que la última no revela. Así, sin aspavientos, un aforismo es una muestra de timidez extrema, por eso el destino frecuenta con regularidad los actos de quien escribe y se hace el idiota. Sabe el lector que le han tendido una trampa, pero aún así, cae en ella. dad, el odio, el sueño, reflexiones sobre la poesía y su odio amoroso hacia el adjetivo que persigue al autor pero éste no deja que lo alcance. El lector podrá sentirse golpeado con un garrote pero luego de su caída, se levantará vigoroso de sentir que la (s) palabra(s) no se sostiene (n)

en su (s) significado(s) sino en su(s) resonancia(s). El libro es una voz pero el lector viene siendo su eco. Es así que el poeta cristaliza su decir cuando invoca al poeta y crítico Ezra Pound: Escribir poesía es como echar una lluvia de pétalos de rosas al Cañón de Colorado y esperar el eco. Supo

Ezra Pound que mientras los pétalos caían era posible oír todos los ruidos del mundo. El eco suena en el interior de quien se atreva a esperar la caída. (p.52). Este libro tiene un autor mientras el autor escribe varios libros. Si uno encuentra el aforismo del comentario que viaja hacia la reflexión sobre el oficio de escribir poesía, encontramos también que el autor abre varias trochas. Y podemos llegar al juego que llega hacia la técnica del cuento breve llamado mini cuento: El sombrero: Al quitárselo, todos los conejos invadieron al mundo. Justicia: La vaca entró a una carnicería y rumió su dolor al ver en la nevera uno de sus solomos. Lujuria: La rápida erección perturbó el descubrimiento de un nuevo planeta. (p.71) Labios : Se besaron y pensaron que era para siempre. Murieron asfixiados. (p.72). Por otra lado, hallamos la revelación de la alegoría que sentencia la crudeza del mundo desde un sentido de la parodia, propia de la sabiduría de un pensar humorístico. Por ejemplo: Lengua: Órgano estratégico del partido de gobierno. Los mudos las prefieren sordas. Poder: Larga sucesión de venganzas. La poética propiamente dicha irrumpe en el libro. Coexiste un conjunto de certezas sobre el quehacer poético que bien pueden publicarse en libro aparte. -Esta afirmación rompe claro está el desatino pero de algo este lector debe escribir-. El poeta escribe, por ejemplo: Una herejía, creer que el silencio no está hecho de palabras. (p.59). (…). El poeta recrea una cita de Víctor Bravo: la literatura -recordemos a Mallarmé - no se hace con buenas intenciones sino con la textura y la ensoñación de las palabras (62).


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Elías Álvarez y su último vuelo

cuyo fin es la eternidad VÍCTOR PARRA

H

ablar de un amigo con el cual se ha compartido cosas y pareceres, resulta algo complicado por las implicaciones del acto en sí. Pero hablar ya del amigo desaparecido es harina que pertenece a otro costal, ya que el hecho en si convida a los recuerdos que acuden en tropel y escudriñan el corazón de ese pasado y de todos los momentos vividos con ese ser que se nos fue, resultado del sino fatal e implacable que todo lo borra, menos la memoria que todo tiende a recuperar a su paso. Resulta tarea inexorable afrontar el reto de traer a la palabra el trazo de una vida intensa, que lleva a cualquier redactor de notas o de crónicas al borde de la emoción y la tristeza. Con Elías sucede lo descrito, ya que se nos fue un amigo de nítida fe, en este mes aciago de enero de 2011, mes de las cabañuelas, mes inadmisible, que lo colgó a su alforja para hacerlo vivir la perpetua eternidad de ser, leyenda inmortal de la pintura, la escultura y la poesía. Canta Gallo, un campo ubicado en el estado Guárico, supo de su nacimiento un 26 de julio del año 1957. Villa de Cura lo acogió posteriormente a su más tierna edad. Producto del hogar humilde conformado por la familia Álvarez Tovar, de raigambre numerosa de hermanos: es de conocimiento de San Luis de Cura que él fue hijo de Bernardino Álvarez, destacado bedel que cumplió labores en la escuela estadal Leopoldo Tosta, fallecido hace muchos años. Fue parte Elías de un núcleo familiar donde la precariedad se hacía visible, y reinaba, pero sustentado en la decencia y las normas que regían la moral y la formación. Fue esa fuente familiar la moral de su sustento a pesar del origen de campesinos de sus progenitores. La niñez de éste baluarte de la plástica y cultor se cimentó en la eglógica calma de la calle Guárico número 8. Allí, entre esa calle, los inocentes juegos, y la escuela Leopoldo Tosta recreó su primaria y su infancia. Durante el quinquenio transcurrido desde los años que van del 75 al 80 en-

contramos un vacío en cuanto a su trayectoria personal, sin embargo, esa fue la etapa donde cursó los estudios de Arte Puro en la Escuela Rafael Monasterios. Se presume que simultáneamente estaba realizando estudios de bachillerato que no completó, el motivo de haberlos interrumpido aún se desconoce. Villa de Cura contaba para esos años hasta principios de los ochenta con ésa gran escuela que funcionaba en la calle Miranda y que posteriormente fue trasladada a Maracay. Aquí aún se añora ese espacio cálido que contribuyó no sólo con la formación artística, si no con la ideológica y cultural inclinada hacia el pensamiento político y progresista de izquierda y, que dio su contribución de manera significativa con la sensibilización artística de la población joven villacurana que se forjaba en sus instalaciones. Contó Elías en esos estudios de arte puro con preceptores de talla y renombre. En pintura, con el profesor Pier Dessene; dibujo artístico, Nelson Sarabia; escultura, Julio Vera; cerámica, Dora Sarmiento; historia del arte, Ugas Nicorsin. Durante la década del 80, el pueblo vivió una efervescencia en música, teatro y poesía, toda una fiesta era la aldea en ese momento, llegó de los Teques Orlando Ascanio con su teatro estable, el cual registró bajo la denominación de Teatro Estable de Villa de Cura, que funcionaba inicialmente anexo a lo que era el Museo Inocencio Utrera cuando quedaba en

la calle Bolívar. Tiempo después se estableció Ascanio en la Miranda, cerca de lo que es hoy la Casa de la Cultura Rafael Bolívar Coronado. Allí, el amigo Älvarez aprendió colocación corporal, actuación, dirección teatral y representó obras inolvidables producto de la pluma de Orlando Ascanio. Si mis recuerdos no me traicionan, trabajó en la obra Simulacros donde representaba un papel de militar, otros roles los cumplió en las piezas Sueños, Carne Roída, Simulacros en la Soledad, Divos. En Carne Roída representó un anciano, y en Divos asumió el papel de un actor retirado, su permanencia sobre las tablas de la actuación data de cinco a seis años. Paralelamente, se dedicó a exposiciones colectivas de pintura en plazas, bibliotecas, salones de La Villa y de todo el país. Con el poeta y pintor Aly Pérez, Ugas Nocorsin, Marco Antonio Torrealba fundaron el movimiento Gente del Común de grata recordación en los años ochenta y que tenía como finalidad llevar el arte al ámbito cotidiano de la calle. Desde entonces hasta la actualidad. Fue fundador de la Galería de Arte Reverón durante 25 años consecutivos y además se destacó por ser activador de la Misión Sucre en el Municipio Zamora. ANÉCDOTAS Conocí al amigo Elías en el año 1987. Me habían nombrado Promotor Cultural del Municipio Zamora. Me llamó la atención su carácter huraño y despectivo

para conmigo, sin embargo, como había establecido su negocio de arreglar zapatos frente a mi casa en la calle Rivas Castillo, me las ingenié para ganarme su amistad y su confianza. Todas las tardes recalaba en su negocio, donde era común observar pintores, poetas, gente de teatro, titiriteros, aquello era una pequeña Atenas enclavada en una humilde zapatería.Yo para ese entonces sólo sacaba unos acordes a la guitarra, ya que estaba estudiando el instrumento, tocaba las baladas de los ochenta, pero en una oportunidad entre con él al Teatro Estable en la calle Miranda y de las cornetas de un equipo de sonido escapaban unas melodías que cambiaron mi concepción de la música para siempre. Eran las canciones del cubano Silvio Rodríguez, aleatoriamente me embriagó una canción llamada “Debo Partirme en Dos” y otras que me deleitaron esa tarde. De allí en adelante el amigo me consiguió la cinta y empecé a cantar las canciones y advino el momento de recorrer los botiquines de La Villa, entre ellos el de Carlos Almenar, El Chorrito, el bar de Salomón, el bar de Oscar Salvatierra, además de las incursiones en la casa de Aly Pérez, Flora Araujo, Ingrid Chicote y su ex esposa María Martínez, en la casa de Domitila Pérez, la de Isidro Tirado y la del siempre recordado catire Vargas donde solíamos reunirnos para departir y oír viejos acetatos de música vieja. Nos sucedió una situación muy particular con un amigo que frecuentaba ese lugar, cuyo padre tenía unos hijos que vivían a poca distancia de donde estábamos. A Elías se le ocurrió realizar un encuentro entre esos hermanos que no se conocían. Cuando trasladamos al amigo al hogar de uno de ellos, el de sexo masculino, donde se desarrollaba una reunión familiar, nos hicieron a todos un desaire, nos pusieron mala cara, salimos apresurados y Elías lanzó la siguiente sentencia "Esto nos pasa a Víctor Parra y a mí por andar de buenos samaritanos". En una oportunidad, el amigo Wilfredo Aristiguieta nos convida a una actividad de La Victoria porque se iba a presentar Sol Musset, la esposa de Alí Primera, en esos días estaba desatada la euforia por el grupo Salserín donde debutaban dos estrellas, hijos de éstos iconos, Servan-

do y Florentino. Ella, Sol, se dirigía al público que no la dejaba hablar sobre todo niñas, que pitaban y daban gritos y perseguían a unos niños hijos de ésta que casi se les escapaba el corazón por la boca de tanto correr en ese club perseguidos cual Beatles por las Fans en una noche de concierto. Cantamos Wilfredo, otros cantautores y yo, y nadie nos percibía. Irrumpió Elías Álvarez en alta voz en el micrófono y dijo molesto a la audiencia de niñas locas e histéricas que si creían que Sol Musset tenía el hilo de Ariadna para traspasarle sus emociones triviales a sus hijos famosos. Otra circunstancia que cabe destacarse es que le dio la dirección a una presidiaria de Tocorón, hecho que recapacitó cuando se percató de la locura que iba a cometer dándole acceso a una mujer implicada en narcotráfico. Voy a referir lo que pasó con el ex rector Pedro Rincón Gutiérrez en la zapatería célebre. Llegó éste a la casa de mi padre con el doctor Chagín Buáiz, cruzamos hasta donde se encontraba Elías Álvarez y le dejó la mano extendida al rector diciendo que él no quería conocer a nadie, porque lo que él tenía era hambre. Cerró su puerta sin despedirse. Se alejó, he allí su irreverencia a flor de piel. Tuvo una vida plagada de amores y aventuras con mujeres bellas, una de ellas amiga de mi esposa por lo cual se convirtió en mi compañero de viajes hasta las Lomas de Urdaneta en Catia. Durante un año en ese lugar escanciamos cebadas y amanecíamos hasta el día siguiente. Era un ser que creía en su propia inmortalidad, un Dorian Grey de esta década en decadencia. Hasta el año 2005 mantuvimos los encuentros. Mi enfermedad y operación a corazón abierto lo separaron de la casa. Ya la amistad había quedado en lo casual o en el encuentro por el azar de coincidir en un lugar cualquiera. El año pasado volvió a los rieles de la exposición itinerante, para culminar su graduación de Licenciado en Educación, mención Desarrollo Cultural. Enero aciago, la euforia lo embargaba, los planes para el futuro los entretejía en su mente. Pero se graduó, no en una carrera con y contra el tiempo, sino en la carrera intemporal de la eternidad de dejar una obra que patentiza su credo inmortal e imperecedero.


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Disolución

de la Máscara ARNALDO JIMÉNEZ

S

áquela desde el fondo de los baúles, desde el mareo de los armarios, desde la superficie insultante de los espejos. Mida su altura, cuente sus gajos. Palpe el suspenso de los ojos vacíos, las líneas paralelas de las pestañas, el cráter del sueño. Véase sin reflejo, en un círculo lleno de huecos, una expectativa llameante. Registre la última voz, el cajón del disimulo. Grábela si es posible, eche eso en un recipiente donde no sea posible el salto. Lo delicado de este procedimiento no es el líquido disolvente, sino la posibilidad latente de que la máscara salte y lo mire a usted fijamente hasta que usted crea que se está mirando a sí mismo y ya no sepa quién es ni cómo realizar las trampas que lo han mantenido oculto desde que comenzó a traficar con las palabras. Ya ha entrado a lo profundo, al abismo. Se ha ido por círculos continuos, por vértigos infames. Ha visto los límites, esas risas que apremian, ese silencio que persigue. Escuchó el gemido de mujer, se dilató en el centro de la respiración, del estallido del instante, cuando una materia moldea el cobijo nocturno y se desecha la confesión. Muy bien, sujete bien el rostro, aún no es tiempo de sumergirlo en la solución disolvente. Es bueno que levante de nuevo sus gestos, los que ha visto que se van con los reflejos del día con el polvo de las noches. Rehaga esos gestos, póngalos en vilo, en marcos de ventanas, en espesuras de retratos. Remonte sin compasión las infinitas ranuras del rostro, recórralas, ámelas, abra su solitaria transparencia, su conjuro de opacidad viscosa. Nómbrelo, bautícelo con agua de lluvia, con talco de duermevela. Sienta su densidad, compárela con los meses, con los gatos, con los zumbidos de las abejas en las mañanas.

Le pregunto, ¿acaso no vé la semejanza? ¿No vé su intacta declinación? Pues bien, tome entonces el líquido disolvente, coloque el recipiente de porcelana dentro de otro que lo pueda albergar y evite que las gotas de la sustancia química le salpiquen. Comience a verter el líquido sobre la máscara. En seguida surgirá la sombra, se elevará delante de usted y mirará al fondo de su tristeza, por momentos se verá impedido de seguir, sentirá que ese sentimiento se le perderá como una huella in-

deleble en medio de una tormenta y entonces comprenderá su importancia, no se niegue a seguir, es sólo una perturbación momentánea, la máscara le hará creer en las pérdidas, pero no hay nada que perder, por tanto tampoco qué ganar. Empuje los muñecos que se pondrán de pie delante de usted, espiando, oliendo sus tormentos, sus alegrías, los colores de su ropa. Eche el líquido sobre la nariz erecta, la boca perpleja de designios, de secretos, eche y observe bien cómo gi-

ran en vientres promiscuos, en apoyos de recuerdos que se tornan harina jalada por el mar. Inclínese, comienza a formarse la desmemoria, comienza a cobrar forma el tiempo en el que no es, las horas que lo niegan, que le hacen ver la vida más pequeña de lo que realmente es. Rasgue el lienzo de su desierto, rasgue la pintura de sus rostros, rasgue las pinceladas de agua, de viento, de idas. Ya disuelta la sombra emergen igualmente los desvelos, chispazos de luz como en un cortocircuito, fo-

gonazos de pálpitos que develan verdades y sitúan las caras en el camino de su propia recreación. Los desvelos son vísperas de velas y así se disuelven, con humitos temblorosos, con agonía de lucero en el amanecer. Se estremece la máscara, se contiene, se suelta. Se amontona la máscara, se le cortan los tentáculos, los brillos, las burlas, ya sólo queda el líquido como un agua transparente en donde vuelve a surgir una máscara, su propio rostro retándolo al sacrificio.


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