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El Periodiquito

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Crónicas del Olvido

EMERGENCIAS ALBERTO HERNÁNDEZ

hacia dónde conduce cada uno su manera de decir, de escribir, de vivir o de morir. En este caso el protagonista para tal evento será el lector. He allí entonces el temario, variopinto, rico en posibilidades. Desde los problemas vecinales, familiares, conyugales, citadinos, urbanos, parroquiales, comunales, hasta las diferentes crisis que proponen las nuevas tecnologías y los asuntos puramente humanos, tan comunes como el hombre mismo.

1.-

E

ntre Jorge Carrión y Juan Villoro se debaten 12 narradores jóvenes iberoamericanos. Entre esas dos experiencias se anuda este libro donde el cuento nada en aguas que se encuentran en un delta. Emergencias (Editorial Candaya, Barcelona, España, 2013) es una suerte de sala de atención en la que cada autor se somete a la auscultación de los lectores. O mejor, al diagnóstico de quienes se han quedado unas horas frente a sus páginas. El catalán abre la puerta con un prólogo donde habla y teoriza sobre el cuento, mientras el mexicano cierra con el relato de su relación con Augusto Monterroso durante un taller en el que aprendió las trampas, técnicas, sabores y sinsabores de la literatura, en este caso del relato corto. Así emergen Carolina Bruck (Argentina), Ramón Bueno Tizón (Perú), Wilmer Cabrera (Colombia), Mariana Font (Uruguay), Antonio Galimany (Argentina), Carlos Gámez Pérez (España), Yannick García (España), Jari Malta (Uruguay), Mónica Ojeda (Ecuador), Álex Oliva (España), Eduardo Ruiz Sosa (México) y Tomás Sánchez Bellocchio (Argentina), quienes formaron parte del Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y cuyos profesores fueron Carrión y Villoro. 2.Este libro de reencuentros (porque en el pasado ya hubo encuentros exitosos) resume temáticamente una crisis, la del ser humano frente a sus propias realizaciones, frente a los referentes que lo copan y lo ocupan. De reencuentros porque, una vez más, no es la primera vez que narradores –en este caso cuentistas- españoles y latinoamericanos se atan a un cordón umbilical para refrendar la lengua, para hacerla más cercana o para disipar distancias.

Emergencias es, como alguien afirmó, una urgencia, una aventura ficcional, diría yo, que abre la posibilidad de que emerjan de estas páginas uno o varios narradores que refundan la estirpe del contador de historias, que propicie una nueva navegación, un espacio nuevo en medio de los cambios

que se han suscitado tanto en España como en América Latina. No es la misma España que catapultó al García Márquez de Cien años de soledad, a Fuentes, a Onetti, a Cortázar o al otrora joven Vargas Llosa, hoy en la cresta de la ola. América Latina no es la misma de esos prominentes nombres. Son

dos países sumergidos en varios acentos que cuentan, relatan e historian sus crisis, sus angustias, sus distancias, sus diferencias y sus cercanías, pero también el poco conocimiento actual de uno y de otro. Emergencias porque la sala de atención precisa de alguien que diagnostique la necesidad de saber

3.Abrir y cerrar el libro, los ojos de estos relatos breves que inclinan al lector a sacudirse la modorra de otras costumbres, entre ellas la de verse el ombligo y hacerse el invisible a la hora de saberse españoles o americanos de habla española. Allí está la locura relatada por Eduardo Ruiz; la clase media como problema o los problemas de una clase que casi no es media, como lo establece Sánchez Bellocchio. La tragedia de la migración por asuntos económicos o culturales en la voz de Wilmer Cabrera. La crisis, el horror de quienes tienen que traspasar las fronteras de los Estados Unidos y sobrevivir en una sociedad complicada, según Bueno Tizón. La visión de mundo de Carolima Bruck a través de la pantalla del cine. El uso y abuso de las redes sociales vistos por Jari Malta. Carlos Gámez y su tratamiento de la televisión por cable. Yannick García y el enciclopedista Diderot. Mariana Font y la búsqueda insistente de nuevos referentes. Y así, una experiencia literaria que une dos aguas, dos turbulencias que a la larga terminarán haciéndose un delta de voces, de sorpresas, de crisis si la consideramos como posibles nuevas revelaciones, descubrimientos, decepciones o palpitaciones emocionales. Una emergencia que tiene como pacientes a quienes esperan abrir con impaciencia la primera página y respirar profundo al llegar a la última.


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Mapa portátil de lugares comunes JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

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arafraseando al duque de Alba, que dijo una vez que el abanico más cursi era el de posibilidades, cabría decir que el lugar menos literario de la literatura es el lugar común. De hecho, cualquiera que trabaje con las palabras haría bien en tener a mano, tanto o más que el Diccionario de la RAE, el Diccionario de tópicos de Flaubert, ese prontuario gamberro que el escritor francés dejó sin terminar cuando andaba engolfado en las andanzas de Bouvard y Pécuchet, y que vio la luz entre 1911 y 1913, es decir, hace ya un siglo. “La palabra humana”, escribió en Madame Bovary —o La señora Bovary según la traducción—, “es como una especie de caldero roto con el que tocamos una música para hacer bailar a los osos, cuando lo que nos gustaría es conmover a las estrellas con su son”. No sabemos si el puntilloso escritor de Ruán conmovió a las estrellas, pero es posible que las hiciera reír con las entradas de un glosario que —primo hermano del aún más punzante Diccionario del diablo de Ambrose Bierce— lo mismo habla de los arquitectos —“siempre se olvidan de poner las escaleras”— que de la imaginación —“cuando uno no la tiene, criticarla en los demás”— o de los periódicos —“no poder pasar sin ellos, pero denigrarlos”—. Gustave Flaubert, que fue uno de los campeones mundiales de la literatura epistolar, murió en 1880 antes de rematar su diccionario y también antes de que floreciera un género nacido al calor de los periódicos: la entrevista. Hay quien dice que su versión oral era la más brillante de algunos clásicos (Oscar Wilde, Sócrates, Jesucristo), y con las mismas se podría decir que la versión mate de algunos contemporáneos hay que buscarla en sus declaraciones. La idea de que el primero que comparó a una mujer con una flor fue un genio y el segundo, un ingenuo

sigue vigente. Tanto que ya es casi un tópico. Como es normal entre gente sofisticada, muchos lugares comunes literarios conservan su barniz de prestigio y su parte de verdad por lo mismo que en la noche electoral todos cantan victoria y en la pretemporada todos los futbolistas fichan por el mejor equipo del mundo. Ya se sabe, el fútbol es así y unas veces se gana y otras se pierde. El repertorio de los escritores es menos previsible que el de políticos y deportistas, pero no siempre menos tópico, hasta el punto de que se podría redactar un flaubertiano libro de antiestilo para novelistas en pro-

moción durante la rentrée que empieza la semana que viene. Estos podrían ser algunos ejemplos: —La patria de un escritor es su infancia. No, mejor, su lengua. —Me recuerdo siempre escribiendo. —No leo a mis contemporáneos. Solo releo. Por cierto, las traducciones son muy malas. —Escribo los libros que me gustaría leer. —Veo poco riesgo hoy, poca originalidad. —Cuando escribes te conviertes en otro. Llegado a un punto, los personajes se te rebelan.

—Me encantan Sant Jordi y la Feria del Libro, el contacto con los lectores. Escribir es un oficio tan solitario… —Tengo mis pequeños ritos a la hora de escribir. (Versión larga: trabajar de ocho a tres de espaldas a la ventana, con la puerta cerrada, en cuadernos que compro en Londres y vestido con el pantalón de un pijama de felpa). —Cuando escribo una novela no leo. No quiero que me influya nada. —Cuando termino un libro me siento vacío. —Yo hago novela negra pero trascendiendo el género. Aunque el género es muy digno, no digo

que no: siempre ha sido un gran reducto para la crítica social. Y un gran reducto para las ventas, dicho sea de paso, pero, ojo, yo la escribo trascendiendo el género. De hecho, si algún día gano el premio Planeta será trascendiendo el premio Planeta. —Hablando de trascender: no me interesa el realismo sino trascender la realidad. Odio el realismo español, sobre todo el realismo madrileño. En una novela, una lata de sopa Campbell es literatura; una de fabada Litoral, vulgar costumbrismo. —Ya no quedan maestros. —La novela ha muerto. (Versión larga: puedes atribuirlo a que me hago viejo, a que me da pereza, a que me cuesta meterme en una ficción, a que me chirrían los diálogos, a que estoy ya en la edad de las sopitas, el buen vino, las biografías y los libros de historia... pero la novela ha muerto). —¿Te he dicho que escribo poesía? Pero me la guardo para mí. —Yo respeto a la crítica, pero el crítico que reseño mi última novela no la entendió. (Interviene el jefe de prensa: “No la leyó”. Interviene el editor: “Nos tiene manía”). Todos los tópicos, ya dijimos, tienen algo de verdad, incluso el último, que responde a otro tópico con doble fondo de base real: solo hay algo que a un escritor le guste más que estar en la lista de libros más vendidos, estar en una lista negra. Pero en fin, no seamos intransigentes, escribir es un oficio muy solitario y bastante tiene un novelista con evitar que se le rebelen los personajes. Tampoco hay que pedirle a todo el mundo que tenga el genio y el ingenio de Ramón Gaya, al que una vez sometieron a uno de esos cuestionarios sobre curiosidades en los que uno cuenta que iba a ver una de Bergman y terminó en una porno. O que se encontró a su padre en la sesión de las cuatro cuando el padre debería estar en el trabajo y el hijo, en clase. Pregunta: “¿Algo extraordinario que le ocurriese en un cine?”. Ramón Gaya: “Que me gustase la película”.


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Cambios FRANCISCO ARÉVALO

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ambios. Mo Yan. Ediciones Seix Barral, Biblioteca Fomentor. 127 páginas. Dentro de mi rutina de lunes está acudir a la otra iglesia (planta baja de la Torre CEM) para verme con panas y conversar sobre lecturas y cualquier tema que esté sonando en el abundoso país de noticias que nos ha tocado vivir. Eso sucede desde un tiempo en que el hastió lo pisé sin ver para los lados y me dediqué con cierta saludable escrupulosidad a buscar coincidencias y desacuerdos que me hagan sentir vivo, que es una manera de escribir, porque todo lo que hagan los que me rodean es susceptible y puede llenar una página en blanco. Hay de los que no creen que en los desencuentros se consigue pasto que alimente las coordenadas existenciales. Pobre del que crea que si no se está de acuerdo con él entra en el penumbroso camino de la querella, por no decir algo muy de moda que es la exclusión. Aquello de que si no estás de acuerdo conmigo eres mi enemigo es de un imbécil antológico, que intoxica y hace que se viva bajo sus influjos. A esas citas acuden disímiles habitantes de estos parajes de hormigón, las bebentinas estan a la orden del día y yo como no bebo les preocupo y a mí me da cínica risa. Entre los que nos contamos fijos está Igor, quien es contable pero con una clara panorámica de la vida, nada más entre el mundo gélido de los números pasan sus días, creo es el más joven, Rafael quien aparece cuando generosamente el güisqui le da permiso, con sus ocurrencias y su caballerosidad, su millaje existencial le permite que nos ilustremos del buen vivir trasmutado en malo por los aburridos temerosos de sus esposas. Jesús, algo así como un filósofo del deporte, que le mete a la política desde las esquinas de lo veleidoso, haciendo su papel de antipático que le queda bien, también contable. Franco con sus aires de romano angostureño, dueño del templo y Aní-

bal, el más trashumante, por no decir el único, quien siempre me sugiere lecturas que van más allá del entretenimiento. No se puede esperar menos de alguien que lee a Fernando Pessoa y sus heterónimos, a José María Eca de Queirós, autor del Crimen del Padre Amaro, que fue adaptada en México y carga con una catajarra de premios.

Como a mí, no le gustan las novelas de José Saramago, pero sí sus posturas mundanas; los poemas de Camoes y el fado. Aníbal sufre para bien un sentido de la tierra compartida entre lusitania y esta tierra de gracia, a eso hemos denominado saudade, concepto indescifrable, por lo tanto palabra rara que encandila, que camina la hermosura de lo femenino con

sabor a cóctel de frutas prohibidas que ponen a alucinar en índigo. Días atrás Aníbal, me dejó con Pequeño, el pana que hace el mejor expreso de la ciudad, el breve libro Cambios, del chino Mo Yan (alias Guan Moye), a quien la academia sueca en el 2012 le otorgó el Premio Nóbel y que varios sabihondos mas envidiosos que lo otro, protestaron porque

el aludido se comporta complaciente con la elite China, en otras palabras es gobiernero, a mí esas bolserías me resbalan, con tal y escriba bien es suficiente, lo que me parece abominable es escribir mal y meterse bajo el manto protector de quien gobierna, eso abunda en este país en estos tiempos valga la aclaratoria, de vivianes está plagada esta viña del Señor. Leí estas breves memorias de un solo tirón. Mientras desde el centro de nuestra Caracas llegaba a Maiquetía, mientras esperaba abordar hacia Puerto Ordaz esos gusanos de hierro que causan temor por lo destartalados que están. La lectura más que amena fue un recorrido por parte esencial de la vida del escritor, donde el ejercicio sin pretensiones que no sea más allá de contar lo bueno que significa tener capacidad de asombrarse ante el tiempo transcurrido sin fisuras, teniendo claro que se llega el momento de partir, de dejar sentado el pretérito para bien. Reconocer un tiempo insuperable, que lo hace a uno humano y hasta cierto punto inocente. Escriben en la contratapa de feliz confidencia, yo diría de reconocer el viejo dicho de esquina que todo tiempo pasado fue mejor y es allí que vuelvo a poner sobre el tapete la palabrita saudade, que esta vez le agrego otros rasgos, como el del entrañamiento y la nostalgia saludable por las cosas que hemos hecho bien en la vida y que nos queda contemplar que hasta ciertas equivocaciones suelen ser un aprendizaje que tiene como fin sentar en el sillón de lo permitido las quimeras, los amores idos, las juergas licenciosas, los bullicios, todo pasado por el aro de la observancia. El silencio saludable que nos hace descubrir los misterios de ser un escucha que aprende cada día más que todo ser humano es una abstracción con muchas palabras que hilvanar en este teatro del absurdo que le llaman existencia, vida, ciclo, o póngale o agarre lo que más amigo lector le apetezca para decir que se han sentido unos cuantos soles y unas cuantas lunas pasar la piel. Buena lectura.


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Poemas de Mónica Griolio DE VERSOS ABOMINADOS Y OTRAS PALABRAS I

Se desabrochan los botones y el pecho se descubre desangrado, desbordado de heridas, maniatado de dudas, quebrantado de tristeza (sólo quien ha caminado las estrellas del dolor advierte la constancia que deja su latido) Las palabras se agolpan feroces en las fauces de esta luna (inquietante y rellena de mordaces ironías, hendida en el costado de la soledad que permanece inmaculada en mis constelaciones) He parido la oscuridad absoluta: Otras luces prodigaron leche fértil de mis pechos, cuando escalaba cumbres nevadas, descalza, marcando designios divinos que me devoraban las luminarias de la conciencia. Infame, derrochada, fecunda serpenteé las huellas y grité, ausente y malherida que la sangre seguía frenética cabalgando los caudales de mis venas. Se descorchan los días, se deshojan los años, se marchitan los sueños y un puñal anónimo hostiga las gotas del rocío: Mi sustrato perdido en la vorágine del exilio se contrae en una única célula que aún conserva su esencia cósmica: Soy un árbol arrasado mil veces por las tormentas, Impuro, amputado, que el viento sigue cimbrando: A punto de la quiebra.

II

¿Acaso el Dios de los hombres y el de los dueños de la mansedumbre oculta, vejez, balbucea a flor de arrugas la bendita cadencia de los refugios cósmicos de los tiempos? ¿Se ha percatado de que en mi vientre se despliega un poema cuando él, intruso y despiadado se repliega en la hendidura vorágine de la ironía, mientras la piel acomete el ardid ceniciento sombrío de una vacía madriguera? Pero cuando el tiempo sea el enigma, en tribunal santidad ,

vituperaré mi sangre extinta: Espanto. Espejo. Memoria profanada por este salvaje bosquejo de mí misma. Voy a partir al olvido y entonces, absuelta, los velos se correrán, los fantasmas desertarán y mi cárcel muralla gigante diablo ángel prisionero sincronizará la cicatriz y la aureola peregrina escribirá el apocalipsis de la seta embrionaria de mi tristeza.

Mónica Griolio es una poetisa y narradora argentina. Nació en Bella Vista, Corrientes, (1962). Gracias a su trabajo poético, ha recibido numerosos galardones dentro y fuera de su país. Además, ejerce la docencia y es la editora principal de “Astrolabium” (http://issuu.com/astrolabium/docs/revista.numerocero) una revista digital dedicada a la difusión de la literatura Latinoamericana. Ha publicado los siguientes libros: Yo: desnuda (poemas) Corrientes, Argentina, 1991, Los descensos interiores (cuentos) Corrientes, Argentina, 1994. El letargo de la infamia (cuentos) Corrientes, Argentina, 1995. Historias al borde del abismo (cuentos), Mérida, México, 2003. Actualmente prepara la publicación de los poemarios Ritos Íntimos y De versos abominados y otras palabras.


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