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Maracay, Sábado 27 de agosto de 2011

Crónicas del Olvido

Cansancio ALBERTO HERNÁNDEZ 1.-

E

se día prometí no hablar más. No abrir más la boca. Los que me conocían saben que cumpliría con la promesa de no pronunciar palabra alguna. Juraban que lo haría, que no dejaría escapar el más mínimo de los susurros, razón por la cual habría que tener cuidado con esa conducta cercana al suicidio. "No hablar acerca de la muerte, del desarraigo. Si él no quiere hablar, pues que no lo haga. No lo obliguen. Le hace un favor a la humanidad, necesitada de silencio". 2.-

Ese día comenzó la tragedia de los más cercanos. Un silencio áspero acaparó todos los espacios de la casa. La madre de Francisco asumió con dignidad la decisión del empecinado hijo. Pero se le veía en los ojos las ganas de arrancarle una frase, una palabra que pudiera expresarle la razón por la cual había dejado de abrir la boca para hablar. En vista de la tozudez de Francisco, doña Mercedes decidió acompañarlo en su épico autocastigo. Los dos estaban sentados -cara a cara-, mientras el resto de la familia, los visitantes y los curiosos hacía apuestas de cual de los dos rompería con ese extraño voto en una casa donde nadie se queda callado frente al más insignificante de los sucesos. 3.-

Una semana después de la determinación de doña Mercedes, Francisco cayó en un letargo profundo. El cuerpo se enfrió a extremos de muerte.

Pero la madre no abrió la boca. Pese al estado del hijo, quien permanecía sentado con la mirada extraviada, la madre no daba muestras de preocupación alguna. Los que hacían guardia en caso de que alguno de los dos decidiese regresar o caerse de la silla, bostezaban y esperaban ansiosos que abandonaran esa "extraña promesa", puesto que para muchos se trataba de un problema religioso, de una deuda con Dios, de una flagelación espiritual. Cuando todos habían perdido el interés, pasados los tres meses de silencio, Francisco salió del letargo, se levantó de la silla y se le acercó a doña Mercedes, quien pestañeó en el momento en que el hijo le sopló la cara. La

mujer sonrió, entonces el hombre regresó a su posición original y cerró los ojos. 4.-

Un día, olvidado el mundo de estos empecinados seres, la hija menor de doña Mercedes entró a la habitación y se tropezó con unos huesos. Llamó al resto de la familia y ordenó una misa por el descanso eterno de sus parientes. En medio del rito religioso, se oyó la voz grabada de Francisco, quien le respondía a doña Mercedes una pregunta harto peligrosa: -¿Por qué te quedaste en silencio? -Por la misma razón que tú lo hiciste, madre.

-¿Por cansancio por agotamiento? -Por eso y por más, pero no importa. Los feligreses, familiares y amigos, miraron al sacerdote con el ceño fruncido. Este, con mucha calma, apagó el grabador y encaró a los preocupados asistentes: -Nada, que ellos decidieron lo que decidieron. No hay más palabras. Quien tenga algo que indagar que le pregunte a los hermanos Francisco y Mercedes. El cansancio es una prolongación de la vida. Sin él es imposible entender la muerte. De modo que váyanse tranquilos a sus casas y no hablen más de este asunto. Todos salieron en silencio,

sin entender nada. El cura encendió de nuevo el grabador, una vez solo en la iglesia, y escuchó: -¿De qué vale madre haber escrito y leído tanto, haber hablado tanto si no llegamos a nada. Yo me cansé de las palabras. -Sí. Eso lo entendí cuando tomaste la decisión de cortarte la lengua por haber delatado a tu padre. Yo sí cumplí. En estos momentos debo tener la boca llena de gusanos. 5.-

El día que me senté en esta silla pensé que ocurriría lo que ya pasó, excepto saber que me habían cortado la lengua y darme cuenta de eso cuando la muerte ya era inevitable.


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Maracay, Sรกbado 27 de agosto de 2011

Festival Internacional del Libro Universidad de Carabobo (Filuc 2011)


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Maracay, Sábado 27 de agosto de 2011

Tráfico: 30 años después

o todavía seguimos en la noche ANTONIO GONZÁLEZ LIRA

Sueño de la razón que engendra monstruos

Goya

E

n algunas de sus reflexiones Octavio Paz se refiere a la disminución que experimenta el poder de negación que socialmente muestra el arte moderno. Para el crítico mexicano la rebeldía enarbolada por muchas de las manifestaciones y grupos culturales o artísticos estaba "convertida en procedimiento, la crítica en retórica, la trasgresión en ceremonia." Concluyendo que muchas de las posiciones de rebeldía adoptadas terminaban convertidas en rituales repetitivos. Esta condición que denominó "tradición de la ruptura", establece que a lo largo de la historia, cada cierto tiempo o cada cierta generación -el autor habla desde el nacimiento del Romanticismo- se producen movimientos o tendencias que insurgen contra lo establecido, convirtiéndose esa discrepancia en una continua repetición que termina por ser una práctica establecida. Camarillas, cenáculos, asociaciones y cualquier otro tipo de agrupación tienden a renegar contra lo que les precede, ofreciendo una supuesta renovación, y aun una originalidad en el hacer y decir, pero que al final, como precisa Paz, sólo consiguen solidificar una tradición que se nutre de lo que los antecedió. Para nuestro caso, la irrupción de un grupo de jóvenes poetas en la Caracas de los 80' con una declaración denominada Sí, manifiesto, permite ahora, treinta años después, seguir viéndonos en el mismo y destartalado espejo que permanece enmarcado en las roídas paredes de la patria fundacional. Si bien en el manifiesto en cuestión se proponen las consideraciones estéticas y literarias que impulsaron al grupo contra "los estereotipos de la poesía nocturna, extraviada en su oficio chamánico", lo que

le permitiría al poeta regresar "al universo diurno de la vida concretísima de los hombres"; y dándoles, como apunta Juan Liscano, la oportunidad a sus integrantes de crear "una dimensión propia de afirmación personal y de estilo", del mismo modo se enuncian y denuncian las precariedades y desafueros que ocurrían en una nación que, apenas una década anterior, había disfrutado de presupuestos millonarios por concepto de la renta petrolera: "Mientras tanto, en esta hora incolora, a menudo nauseabunda, de la democracia petrolera, sólo nos queda sincerar al máximo la relación del poeta con Venezuela", sentenciaban en aquel momento Yolanda Pantin, Rafael Castillo Zapata, Miguel Márquez, Igor Barreto, Alberto Márquez y Armando Rojas Guardia. No obstante, sería interesante preguntar si a la gente de Tráfico les importaba sinceramente una locha lo que ocurría en el resto del país, y si estaban al tanto de lo que a otros artistas y poetas venezolanos les preocupaba. Y saber también si conocían de los proyectos literarios surgidos en la "periferia" y cuán semejante podrían ser de aquellas con las cuales los "muchachos caraqueños" se descubrían al mundo. Porque como ha ocurrido secularmente, la

capital ofrece y permite la "consagración" y difusión de ideas y propuestas hacia el resto del país, hecho que difícilmente ocurre en dirección contraria ya que toda la ventaja reposa en aquellos que tengan muy a la mano los contactos, los preceptos y los recursos que la institucionalidad cultural puede prever. Desde allí siempre es posible instaurar cualquier tipo de "higiene solar". En Venezuela se reafirma lo que Edward W. Said propone: "La cultura es un sistema de exclusiones regulados desde arriba pero difundido a través de una organización, mediante la cual pueden identificarse rasgos tales como anarquía, desorden, irracionalidad, inferioridad, mal gusto o inmoralidad"; elementos que luego pasarían a ser "amontonados fuera de la cultura y mantenidos allí por la intervención del Estado y sus instituciones". Y aquellos que acometen hace treinta años resultan una muestra fehaciente de lo señalado, ya que, contrario a toda intención de desvalorizar las obras y trayectorias que han desarrollado aquellos protagonistas, sí puede reconocerse que su proximidad a los centros decisorios de la cultura nacional les permitió (y aún les permite) difundir su pensamiento y creación; y si alguno de ellos permanece, como apunta Said

"amontonado fuera de la cultura", puede sólo ser atribuido a los vaivenes caprichosos de la realidad político-partidista por la que ha transitado la realidad venezolana. Si nos ubicamos en las circunstancias sociales de los últimos años se hace perentorio establecer algunas comparaciones entre aquel ámbito donde aparece el manifiesto de Tráfico y las condiciones en que ha devenido el espíritu crítico de cierta "intelectualidad", incluyendo a algunos de los integrantes del grupo señalado. Porque es de advertir que el espacio político-cultural en el que se desenvuelven los sujetos e instituciones culturales, determina una serie de tramas complejas donde se distribuyen y atribuyen al sector intelectual y artístico posiciones específicos. Estas posiciones o roles que se hayan articuladas con los otros componentes del poder social, pudieran entran en conflicto cuando las funciones y relaciones caigan en contradicción o cuando alguno de los actores no se sienta satisfecho en sus aspiraciones. Es entonces, que mientras los poetas de Tráfico presentan y denuncian de manera diáfana el deterioro del país, (con acusaciones graves y contundentes, que para cualquier gobierno resultarían excusa sufi-

ciente para tomar medidas más que de advertencia para silenciar tal osadía cultural) desde el resto de la intelectualidad -incluyendo el campo político- sólo existe una leve y tímida respuesta. Liscano nos describe parte de la atmósfera que en el campo cultural depara la aparición del Si, manifiesto: "Por un momento pareciera que se va a suscitar una polémica importante con sus inevitables rupturas y pugnas, revisiones desgarradoras y afirmaciones normativas habituales. No es así. Muy pronto baja la tensión." Es probable que las condiciones por las que atravesaba el país (una economía en franco descalabro) determinan esta inesperada frialdad y desazón ante la toma de posición de unos jóvenes poetas que se declaran "hijos de una clase media cuyo paradigma vivimos mitad como cómplices y mitad como renegados". La aparición del Sí, manifiesto de Tráfico en los años ochenta y la condición reinante a la que se ha visto sometido parte de los escritores venezolanos que de alguna manera manifiestan su descontento ante el actual estado de cosas establece, igualmente, una marcada diferencia entre el "poder decir" de aquéllos y el no decir o el decir "con tapujos" de los de ahora; entre el autocensurarse y el poder correr algún tipo de riesgo. ¿Cuestión de poderes?, nos preguntamos. También pudiera existir desde estos "treinta años después" un espacio de reflexión crítica, por una parte hacia lo que acontece en los actuales momentos: a esta lamentable hora del mea culpa que promulgan ciertos integrantes lacerados de Tráfico; y por la otra, a las celebraciones reivindicativas que desde el poder político irradian los otros. Porque, al fin y al cabo como afirma Pierre Bourdieu: "los escritores y artistas constituyen, al menos a partir del romanticismo, una fracción dominada de la clase dominante". Y esto claramente lo debieron saber -y aún hoy recordar- aquellos levantiscos jóvenes poetas de la Caracas de los ochenta.


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Maracay, Sábado 27 de agosto de 2011

Adagio de Cuatro Estaciones GABRIEL ALEJANDRO CASTILLO ESQUEDA

L

a situación había llegado a su punto, no tenía más intención que hacer de esa idea, mi alquimia. A un hombre no se le enseña a pensar, se le enseña amar cada vez que se dé un paso, pues la vida te enseña a sentir, luego razonar. Marmoleado humano, sigues dando embates y susurros, pacto de latidos que te llena la cabeza de recuerdos, de moralejas y algunos besos boreales. Los estadistas, seres de piel árida y alma telarañosa, nos colocaron en un panorama no planificado en nuestras vidas. Santiago, viejo iracundo, la edad le dibujaba pocas líneas en su lienzo de fina tez, mientras la existencia fumaba sus ánimos dejándola transformada en cenizosas dudas. El quería ser el mejor padre del mundo, pero hoy estaba en la misma fila que yo, deseaba decirle a su hijo que las flores crecerían como las nubes, que su madre lo abrazaría al graduarse y el lo despediría cuando ya fuese mayor, pero una fiebre nocturna no dejó si quiera que cumpliese dos años en nuestro planetario. La mirada del fugaz infante se extinguió. Las esperanzas de aquel hombre parecían sobrar en este universo; nuestro destino, un barco enjaulado en un mosaico de gritos, hombres llevados a la nada, unos por sus ingenuos delitos, otros por sus ideales, quizás yo esté aquí por la desdicha, pasiones humanas que me juzgan. El ojo receloso nos recibe, una sombra verdosa, manto delirante que cubre el rostro del capitán oceánico me hace entender que su mente no piensa en la gratitud de los recién nacidos. Pasillos carcelarios, cuartos oscuros y el mismo crujir de las cadenas, uno tras otro, todo en este barco de muertas melodías. Poco antes que tomaran por asalto mi libertad, releía algunas cartas, quitaba algunas fotos del espejo de la sala, tomaba el abrigo y disponía a salir a un pequeño encuentro laboral, al cerrar la puerta, algún sonido citadino me llevó a un recuerdo, la bailarina, se-

guro se encontraría en una gira por el extranjero, recibiendo miles de aplausos en segundos, cautivos espectadores que hacen de su lenguaje la única forma de expresión que dice todo en instantes que desaparecen tan versátilmente. Esa mujer, de la cual considere la posibilidad de no encontrar más que horas de placer con ella, unas cuentas citas con un café como pretexto, me llevó a preguntarme por qué caía tan fácilmente en la isla de indagarla tan permanentemente en mi mente, mientras tanto el caminar me lleva extrañamente a otra faceta no buscada. La calle se mostraba tan serena que las rocas dudarían ser tan tercas como las cataratas, los caballos sonreían sin saber el destino que nos acariciaba a la vuelta de todas las esquinas. Las cantinas se encontraban en un festejo y no sé cuántas veces escuché himnos a las banderas, todas ellas de colores tan diversos como antagónicos, todo en este viaje de cuadra y media. Si fuera tomado la calle anterior, si en la noche hubiese ido a cualquier pueblo vecino con la excusa de conocer la menguante luna desde allá, tal vez no fuera conocido a los prófugos del cielo, mi hígado no estaría a punto de desprenderse y de seguro estuviese dando pasos con suma normalidad. El barco zarpó sin mucho explicación, ¿para qué darlas? las democracias en el continente se extinguían y solo me quedaba contar las lunas y amaneceres que la pequeña ventana de vidrio gastado me permitía mirar. Carbón azul, blando, carbón aceitoso y otro con rasgos naranjas; que convivencia tan amena la de aquel cúmulo de hombres en hacer del calor nuestro oxigeno y del carbón nuestro Leit Motiv. Les aseguro que no protesté, no tenía sentido hacerlo, un hombre perdió su ojo derecho por pedir un poco más de comida. Su nombre es Benjamin, se que estudió mucho y le costó demasiado a sus padres lograr que llegase a grado. Hoy, es uno más que carga en sus hombros toneladas de carbón azul, hora tras hora y sin explicación ni certeza su vida se quema en este suspendido fondo marino. Yo olvidé todo lo que fui y es lo

mejor, la melancolía solo abriría más grietas en mi desalmada alma. Por las noches dedicaba a detallar ésta cadena, una mezcla de un brillante de aceite y una pálida sangre; definitivamente es el único vínculo certero de quienes hoy la abrazamos. 300 hombres que se desconocen en esencia y origen, nada tenemos que hablar, enrumbados al meteórico desconsuelo de la ignorancia destinataria, sin esperanzas, sin nada. Cuando se quiere humillar a un hombre basta con sentarlo a esperar su muerte. Olor a sal floreada y vapor de diablo, aquel barco rechinaba con su canto la huella de tumba marina, mientras entendía que el oleaje es un método de los ángeles para darle movimiento al mundo. El muelle se desdibujó hace mucho, la mar no me seducía ni me mareaba. Ojalá aparecieran las sirenas y estás fuesen tan encantadoras como decían los viejos marineros. Paramos en varios puertos, algunos se bajaban y llegaban nuevos ciervos del carbón, parecía un mercado de manos esclavas. Santiago no duró mucho, la pena lo arropó y al llegar a la luna 185 ya había dejado de respirar, hoy las nubes lo deben guiar con su primogénito. Me extrañó que una noche de lluvia, el agua trajera consigo una cantidad nada común de luces, ¿luciérnagas en el mar? Mi abuela comentaba que la lluvia podía ser alejada con una cruz colocada en agua. El capitán en su delirio, la tormenta en su madurez y

el barco en la espera del demonio, creo el inmutable hombre del mar tuvo las mismas orientaciones que yo desde infante por parte de los mayores, claro la utilidad fue distinta. Sacó provecho de la situación y tomó a 7 hombres, sus rostros de desespero decía en su desconocimiento lo que ocurriría, ¿Quién dijo que el miedo no cantaba con su lenguaje el porvenir? Esos rostros llenos de sueños frustrados, ideales maniatados, rostros cuyos hijos nunca sabrán del paradero de sus desaparecidos progenitores. La lluvia azotó la cubierta y el cielo pagando la culpa de celo con el mar. Los hombres fueron llevaron al borde derecho de aquel barco y quizás observe la acción cristiana más deplorable que había imaginado alguna vez. Los 7 soñadores fueron lanzados al mar atados a una cruz, sus cuerpos fueron cubiertos con brea en incendiados. Siete cruces encendidas flotaban en alta mar, mientras esos hombres perdían sus gritos entre la desgracia de sus vidas y la tempestad de aquella inigualable noche. No hay llama que pueda callar el dolor ni tempestad que sea tan indiferente. A la media hora el mar se había apaciguado, un velorio de suaves vientos mientras el delirante miraba el horizonte de sus acciones y lo que aún le faltaba por hacer. Quise imaginar por un momento que los compañeros de cadenas, los cuales nunca supe sus nombres se despedían de nosotros montados en aquellas enormes naves, mirar las como las sirenas desataban a esos hombres y se los llevaban sin mucho pudor, la sinverguensura les cubría con su manto de complacencia, así se perdían de mi vista y también de mi recuerdo. A veces, el barco se detenía, dejaba de latir y yo respiraba hondo, el capitán buscaba la dirección correcta en aquel sombrío mar. Tal vez escuchaba entre tanta soledad un suave canto que le dijera la ruta correcta, que olvidara la brújula y las estrellas, que mandara las guías al viento y que confrontara definitivamente sus pesares. Nadie tenía que ver con la muerte de su madre ni de sus desnudos oficios. Nadie tenía que saber que su padre es un desapare-

cido jornalero; Aquel hombre nos envolvió en su soledad, los gritos y maldiciones dejaban ver el lado estrecho de aquel tirano. Ese hombre se detuvo, se dejó llevar por las gaviotas y sus cantos de hambre, se volvió niño y no regreso más en sí. Lo dejaron en una habitación. Tal vez las cruces humanas sean mejor no lanzarlas al mar porque te vuelven como olas embravecidas al país de los mudos. Que indiferencia tan grande en saber la ruta de nuestras vidas. Esa noche, ocurrió una rebelión, los alzados tomaron por sorpresa a los guardias, algunos hombres se liberaban de las cadenas mientras que otros quedaban inmóviles por el peso de las mismas. Una desigual lucha que no veía fin en esa hora de gritos jubilosos y llantos de cualquier emoción cruzada. La señora de negro apareció tomando entre sus dedos los cadáveres que empezaban a ser la alfombra de aquel barco de soledades, la llama no podía faltar y cuando un compañero finalmente libero una línea de cadenas, 120 hombres nos lanzamos a recorrer los pasillos en búsqueda de la lucha o la desesperación. En realidad no sabíamos a donde dirigirnos y cuantos disparos esquivar, a cuantos soldados golpear, a cuantas miradas esperar, hasta que todo, se calmó. Por un momento de vida me sentí dueño de las estrellas. Aquella noche el mar se pintó de todas las carnes posibles. Debíamos llegar a una tierra que no fuese la nuestra y empezar de nuevo. Algunos protestaron, otros no, pero necesitábamos salir de esa prisión, afortunadamente algunos sabían como dirigir aquel corcel de océanos. Yo me dediqué en plasmar con algunos signos y letras lo aquí sucedido, bitácora de un extraño relato. Dos semanas más tardes llegamos a una tierra de nuestro mismo idioma pero distinto acento. Su clima es muy frío y el hambre es enorme, juro que deseo saber lo que una almohada y una sopa. Debíamos llegar de noche y de la manera más discreta, sabíamos que se darían cuenta que apareció repentinamente un barco, de con siglas extranjeras y con su capitán crucificado al revés. (...)

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