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Crónicas del Olvido

De “El Pozo” a “La Vida Breve” ALBERTO HERNÁNDEZ

Carlos Onetti parte de nuestros tragos, de nuestros yerros y aciertos. Andaba con nosotros por las calles de Maracay, en tugurios y burdeles, en iglesias y velorios, en liceos, universidades y jardines de infancia. Así estuvimos varios años. El día que murió lo invitamos al apartamento del Nono en la avenida Ayacucho y allí lo oímos, lo estrujamos, lo sentimos, lo celebramos y lo llevamos hasta su última morada sin los libros, por supuesto. Nos quedamos con ellos y los seguimos amando, como si se tratara de una muchacha en ropa interior.

1.-

M

uchos han sido los olvidos, las páginas recordadas con esfuerzo, las dilatadas por el tiempo. Pocas las que se han quedado ancladas en la memoria, en el temblor del recuerdo. De muy joven fueron muchas las lecturas: los clásicos universales, los nativos y hasta los menos nombrados cabalgaron horas mientras la naturaleza se hacía cargo de la edad. Un día, en medio de una rebeldía poco controlada y con las ganas de hundirme en páginas y páginas, me tropecé con Juan Carlos Onetti, con un librito que se creció en mi interior y me vapuleó. Se trataba de El pozo, obra que el autor uruguayo logró dar a conocer en 1943. Para los que llevamos aún el morral del campesino, fue una verdadera osadía, toda vez que venía de lecturas que si bien fueron fundamentales no hollaron en el espíritu de quien abría los ojos por vez primera ante una forma distinta de contar, de decir, de hurgar, de doler, de trazar el alma humana. Esa lectura me oscureció. Me transformó en una suerte de fantasma en el desierto. Los personajes de El pozo, inasibles a veces, otras carburados por la redondez del idioma que leía, me capacitaron para saberme parte del misterio de cada evento, de cada correlato, de cada sensación que para otros pasa inadvertida. El pozo me conmovió, me desnudó ante mí mismo. Y lo digo desde mi posición de lector inocente. Desde aquel joven que venía de leer a Gallegos, a Otero Silva, a Rulfo, a Cortázar, a Fuentes, entre otros tantos que silabean aún en mis oídos. De manera que esa novelita de

Onetti fue el detonante, la reveladora de muchas angustias. La otra vuelta de tuerca, como tituló James. Después me atrapó La vida breve, esa maravilla escrita en español. Esa deslumbrante manía de descoser el alma, de bucear la identidad, la pérdida de la personalidad. Luego vinieron sus otros libros, pero aún sigo en El pozo, sumergido en sus oscuras aguas. 2.La primera parte de esta crónica pertenece a una petición formulada por mi amigo Carlos Yusty para su página cultural del

diario bolivarense de El Venezolano. Suerte de encuesta sobre un libro que me haya marcado, me detuve en el viejo Onetti, en su novela corta El pozo, donde bebí como si viniera del Sahara, luego de haber tragado mucha arena. Pasados los años, me tropecé con un amigo entrañable, el Nono Sucre, con quien seguí bebiendo en las páginas del escritor sureño. Me llegó la novela La vida breve, y en ella respiramos largamente los episodios de una existencia oscura pero también luminosa, porque los personajes onettianos tienen esa particularidad. Desde la difusa identidad hasta la torcida elocuencia de sus

imágenes en las que unos fantasmas ambulan como sujetos comunes y corrientes cuya psicología embarga el ánimo y anima el desánimo. Pasábamos horas, cerveza a cerveza, página a página, trasegando las páginas de ese tan cercano cómplice, de quien teníamos, cada uno, una biografía que contar. Una anécdota que decir. Desde El pozo, pasando por La vida breve, El astillero, Los adioses, Juntacadáveres, Para esta noche, Tierra de nadie, La novia robada, Cuando entonces, Dejemos hablar al viento y Tiempo de abrazar (sin ningún orden cronológico) hicimos de Juan

3.Cuánta vida nos regaló Onetti. Cuántas horas con El pozo en nuestro regazo. Cuántas noches con los personajes de La vida breve. Cuántas más tratando de deshacernos de tanta ficción y manejar con tino la realidad que se nos venía encima. Me dejo llevar por la desmemoria. Una tarde en Madrid creí ver a un hombre de ojos torcidos, sombrerito mafioso, tabaco de boquilla y tufo de whisky ocho años. Pero sólo fue una imagen porque Onetti llegaría a la ciudad años después de mi extrañamiento de sus calles. Ya Onetti era personaje en mi pasado, en la bulla que deja el túnel del tiempo en nuestros sueños y pesadillas. Cuando anunciaron su muerte, abrí la primera página y leí en voz alta: El viejo ya estaba podrido y me resultaba extraño que sólo yo le sintiera el agridulce, tenue olor; que ni la hija ni el yerno lo comentaran. Estaban obligados a ventear y fruncir la nariz porque ellos eran sus parientes y yo no pasaba de enfermero, casi, falso, ex médico. Cerré el libro y me eché en la cama. Entonces la noche se me hizo muy larga.


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El Periodiquito

Prólogo del libro

Antología poética José Manual Morgado PEDRO RUIZ

E

n la poesía de José Manuel Morgado, Aragua es una metáfora luminosa que anda. El fervor doliente que puebla su obra adquiere cuerpo de elegía perdurable en la que caben todos los misterios, dolores y fulgores de la tierra amada. El caballero que anda las calles de La Villa, ya cercano a los 90 años, mantiene los sentidos en libertad como aquel muchacho que supo que las palabras tejidas y con alma eran la mejor forma de poblar de belleza el mundo donde le tocó nacer. Aquel 8 de agosto de 1924 en que vino al mundo, Villa de Cura era un aposento de injusticias y necesidades. Su abuela, Belén Zamora, contribuiría a aliviarlas y le endulzaría el mundo en aquellos patios de El Pozote, donde la vida era una urdimbre de oficios que mitigaban el hambre. De esos años guardaría para siempre las imágenes de su madre, María Eugenia Morgado, tejiendo en su telar capelladas y caladas, y de su padre, Martin Adames Barrios, persiguiendo el vuelo de los pájaros. Aún era un muchacho volantón cuando el tío, Inocencio Adames Barrios, se lo llevó a su imprenta, Editorial Miranda, para que aprendiera el oficio de tipógrafo. Allí conocería algunos personajes, poetas, bohemios, como Hugo Oliveros Ramos, quienes celebraron sus primeros poemas. Aún adolescente José Manual Morgado se hizo militante comunista y, desde entonces, poesía y revolución andan enmadriandos en su vida. La tipografía ha sido un instrumento para dar cuerpo a los ideales revolucionarios. El llano supo de su esfuerzo como modesto editor e impresor de periódicos, panfletos, y de sus pequeños libros; propagandista, humorista y defensor de las luchas del pueblo. Desde sus primeros versos, Villa de Cura se le abrió como un territorio sensible, y aquel paisaje humano y geográfico poblaría las páginas de una obra que no se ha detenido jamás. Que se atisba en los poemarios publicados, en las cientos de hojas sueltas que adquieren hoy cuerpo de libro en este homenaje que le rinde el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. José Manuel Morgado, poblador de aquella Villa que conservaba la nombradía de los oficios más antiguos, se convirtió en la voz de los

hombres y las mujeres que amanecían en los fogones, construyendo una culinaria propia del poblado; de los fabricantes de alpargatas, talabarteros, alfareros y otros personajes del imaginario popular. Toda esa geografía humana del siglo XX villacurano conforma su tejido lírico. Como observador permanente del paisaje también pueblan su escritura los más íntimos acontecimientos de la naturaleza: la floración de un árbol, cuando cae la noche, el sonido de un río que pasa como su amado Curita –ya desaparecido-, la conmoción frente a la belleza del Valle de Tucutunemo o la ferocidad sonora de la Sierra de Santa Rosa. Y como una vértebra de toda su creación poética el ideal revolucionario. Su primer libro: Sangre, mi madre roja, versos de la adolescencia y la juventud, publicado en 1952, anuncia su madurez política y poética. Sangre, mi madre roja:/ Te estoy hablando yo/ Sin el cansado auxilio de los labios// Sabes que yo tu hijo/y tú mi madre roja y camarada/ siempre hablamos así:// Sin el cansado auxilio de los labios/ con el silente idioma de los dos… Lector de los clásicos de la poesía universal, y de poetas villacuranos como Julio Morales Lara, Ramón Sosa Montes de Oca, Trino Celis Ríos, Aníbal Paradisi y Manuel Morales Carabaño, para JM Morgado su encuentro con Aquiles Nazoa –cuando este gran poeta y humorista se encontraba confinado en Villa de Cura- fue fundamental en su transitar poético, al igual que algunos personajes de la educación villacurana. Yo tuve la dicha de tener como maestros a gente muy bella. Ahora mismo recuerdo a Lucía Paradisi y al bachiller Rodríguez, un indio del palmar casi enano pero de una estatura humana excepcional. Én definitiva puedo decir que fue el pueblo quien orientó mi poesía, mi poética, si pueden nombrarse así las vértebras de mi escritura,

que está orientada a expresar los sentimientos de mi gente y mi tierra. Por supuesto, como te señalaba antes, no puedo olvidar a mis maestros porque de alguna forma en su enseñanza está el origen de mi quehacer poético. De aquellos años posteriores a mi primera infancia recuerdo también a Yolanda Paradisi y a Luis Lapenta, poeta, compositor y un gran bohemio que orientó nuestras vidas. De modo que surgió a mediados de los años 40 un grupo que denominamos Senderos y podemos decir, sin pecar de fatuos que le dimos a Villa de Cura vida intelectual. Recogimos las banderas de los viejos poetas. Claro, muchos se quedaron en el camino o prefirieron engordar sus patrimonios materiales. Yo en cambio me concreté a mis versos. Producto de su pasión por la poesía el humorismo y el periodismo, fundó los quincenarios El Villano, El Unitario, y el periódico El Cotejo Mocho, en el cual hacía gala del humor como instrumento para cuestionar las injusticias sociales. Activo militante de las luchas del pueblo venezolano, Morgado fue perseguido político en las décadas de los 50’ y 60’. En aquellos momentos la Sierra de Santa Rosa era alero seguro al cobijo de los campesinos con quienes compartía faenas y poemas. Ludovico Románticos, tal vez/ En la Revolución/ Pero llevamos “la leña” en bruto./ Unos en las montañas,/ Otros en las ciudades; los más/ En la audacia de sus anhelos// Los cubanos “nos picaron adelante”,/ -¡Patria o muerte!/ Que no fue así/ sino -¡Patria y vida! ¡Vencimos!// Ludovico: Filósofo,/ Enredando la vida;/ Ludovico, Poeta,/ Abriéndose caminos// -Ludovico, Camarada: / ¡nos vamos a caer a coñazos/ con el resto del Mundo/ para imponer/ el Socialismo de los Poetas!// ¡Si hay Poesía, hay Patria!/ ¡Poesía o Muerte, Ludovico!/ ¡Venceremos!

Quienes le conocimos a mediados de los 80 tuvimos la suerte de compartir con él la peña Morgado, nacida bajo la inspiración del periódico El Cotejo Mocho. A la sombra de un samán –allá en el Valle del Tucutunemo-, en su pequeña imprenta de la calle Curita, o en cualquier otra estancia donde se aquerenciaban los poetas muchas veces compartimos con Teobaldo Parra, Pero Ezequiel González, Antonio Moreno, Germán Cordero, Vinicio Jaén Landa, Antonio Martínez, el Che Julio, Jesús Seijas, Aly Pérez (amigos ya desaparecidos), y otros compañeros que aún viven. Éramos los convidados del ingenio, la música, el humor, la poesía y el afecto de aquellos caballeros for mados en el trabajo y consumados lectores, oficiantes de la memoria de su pueblo. Morgado desempacaba “su acervo cultural” y allí se hacía presente la palabra de Aquiles Nazoa, a quien le dedica parte de su obra; la trompeta del maestro Germán Cordero, la guitarra de Vinicio Jaén Landa, los boleros en la voz privilegiada de Teobaldo Parra, y los cuentos del poeta Luis Ernesto Fragachán, (autor de El norte es una quimera), quien habitaba Villa de Cura en las décadas del 50 y 60, y protagonizó un anecdotario celebrado en cada encuentro de los poetas. Con frecuencia la presencia femenina de amigas, cantantes, poetisas, engalanaba la peña y quedaba registrada en algunos versos del poeta Morgado, presentes en este libro. La prolífica obra poética de J.M. Morgado hasta ahora ha sido publicada en modestos volúmenes, en pequeños tirajes, muchos de ellos editados en su modesta imprenta. Igualmente, en hojas sueltas, periódicos regionales, revistas, en los cuales su escritura da razón de la rigurosidad y constancia en el oficio poético, sus ideales revolucionarios y la presencia del alma de su pueblo. Elegía para un tren donde viajaba Aquiles ¡Oh viejo tren llamado el Gran Ferrocarril de Venezuela Hoy que estás fallecido y olvidado te recuerdo en el mapa de mi escuela. Verdes campos otrora de mi Aragua cruzabas trepidante para pararte luego “fatigado, jadeante” en la estación de Cagua.

Y al rato, cuando un señor de lentes con visera para partir te diera el permiso tocando su silbato, cual todo un fanfarrón de esos que dicen que protestan, maldicen y escupen “puel” colmillo partías veloz hacia Caño Amarillo. Hoy te recuerdo, tren, y en mi tristeza me quema el resplandor de la pavesa en que te convirtieron los Nerones que sin piedad quemaron tus vagones. ¡Los maldigo por viles! pues a la luz temprana de tus viajes se llenaba de aromas y paisajes el corazón de Aquiles… Desde aquel lejano Sangre, mi madre roja (1952), Morgado ha ido entregando: Bolívar entre mis versos y la guerra (1986); Jazmín y cariaquito (1986); Las golosinas del ayer (1990); Estampas de nuestro pueblo de antes (1990); Las aldeas de la noche (1990); El reencuentro con mi calle Curita (1991); … Y una flor para Cuba (1991); Las mujeres de mi poesía (1993); Almanaquito de hojas (1993); Sonetos (1993); Flores de pascuita (1997); Junio, lluvia y humor (1998); Las oscuras cavernas del olvido (Antología realizada por Rosana Hernández) (1999); Amor en el Poniente (2000); Canto a Aquiles Nazoa (2000); Mi último recuerdo (2002); Primeras lluvias del abril de antes (2007); En los 31 años de la ida fìsica de Aquiles Nazoa (2007); El Ruiseñor de Catuche (2009); entre otros publicados e inéditos. Gracias al concurso de la poeta villacurana Ingrid Chicote, quien con rigurosidad y amor transcribió los textos; de Inocencio Adames Aponte, su sobrino; la disposición del presidente de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, Luis Alberto Crespo, el equipo editor y demás compañeros de la institución; ofrecemos hoy a los lectores un compendio de ternura habitado por la fragancia del paisaje, el fervor del habitante y todo soplo humano que se transforma en resplandor en la escritura de José Manuel Morgado, al igual que la militancia revolucionaria que ratifica en su credo; poema que cierra esta edición.


Contenido 31

El Periodiquito

Víctor Mileo, el sancasimireño que ceduló al presidente Medina SALVADOR RODRÍGUEZ

A

cinco años del centenario de su nacimiento, en breve nota como la presente, acerco la vida del sancasimireño Víctor Manuel Mileo Marrero para que alcance la perdurable presencia en la historia pueblerina de su natal San Casimiro. Este coterráneo, nació el 5 de mayo de 1918; sus padres fueron el italiano Pascual Mileo y Victoria Marrero, apellido que aparece en la etapa cincuentañal de este pequeño espacio de Aragua. Quizá en su adolescencia, antes de mudarse a Caracas, miró a los arrieros descargar los encargos de los bodegueros, a los perros sestear la tarde y a las vacas de Ramón Emilio Guerra pacer la hierba en las esquinas de las casas, como también los maltratos que hacían a los animales. Debió irse a estudiar a la capital bajo el gobierno de Juan Vicente Gómez o del de Eleazar López Contreras, ya que más acá en el tiempo; el 3 de noviembre de 1942 reseña al Presidente de la República Isaías Medina Angarita, como el primer venezolano cedulado en el país, con el número 000001. La hoja de vida de Víctor Manuel Mileo Marrero, proporciona datos importantes sobre los estudios alcanzados por este ilustre sancasimireño, entre los cuales están los siguientes: especialista en Criminalística e Identificación, Integrante del Equipo Técnico que elaboró la Clave Dactiloscópica venezolana, Asesor en la creación del Cuerpo Técnico de Policía Judicial, Profesor de Grafotécnica, Planimetría, Balística, Ética Profesional, Criminología y Dactiloscopia. De los primeros tiempos, de sus setenta y cuatro años de vida (murió en 1992), los papeles amarillentos del Registro Civil y del Archivo Parroquial, permiten darle voz a ese silencio que durante sus casi noventa y cinco años permanecieron en la más ignota espesura del desconoci-

miento y puedan estas líneas limpiar ese camino que ignoramos de su terrena presencia y hacerlo huella de nosotros, que es como decir en los versos del poeta Juan Sánchez Peláez de “mi camino que ignoro hasta encontrar tu paso, tu huella tibia en la tierra”. Esos registros muestran, que nació a las 5:00 de la mañana y fue presentado el mismo día de su nacimiento ante Roseliano Luque, Jefe Civil del distrito San Casimiro y por testigos a Antonio Uztáriz y José Herrera, según acta elaborada por el secretario Miguel Zamora Bolívar. El archivo Parroquial asienta, que fue bautizado el 5 de

julio de 1918 por el presbítero Lucas Guillermo Castillo Hernández y sus padrinos fueron Miguel Mileo y Micaela Mileo. Al margen del acta de bautismo aparece una nota del sacerdote Ramón María Felip, donde señala que contrajo matrimonio con Amelia María Jeantón, el 15 de febrero de 1947, en la parroquia Santa Rosalía en Caracas. Este insigne sancasimireño, también fundó La Sociedad Protectora de Animales en 1950, La Asociación de Prevención de la Crueldad, La Asociación Pro-defensa de los Animales, La Asociación Antitaurina de Venezuela y La Federación de

Entidades Protectoras de Animales de Venezuela. Elio Gómez Grillo, doctor en derecho y profesor universitario, dice que el sancasimireño, Víctor Manuel Mileo Marrero escribió el libro, Animales y Humanos, en cuya presentación, Mileo concluye señalando que “El amor por los animales es quizás la más elocuente y común cualidad de los países más avanzados. Esta manifestación -añade- ha sido destacada por muchos estudiosos como un indicio inequívoco de adelanto y de cultura y es sobre este aspecto que va a desarrollarse el tema central de este

libro”. Finaliza, que “distinguidos venezolanos escritores y periodistas, manifestaron públicamente, comentando este libro, su cariño y defensa de los animales. Entre ellos, Carlos Brandt, Julio Garmendia, Enrique Bernardo Núñez, Manuel Rodríguez Cárdenas, Guillermo José Schael, Julio Barroeta Lara y Oscar Yanes”. Cierro los infolios amarillentos, cuando se desgaja la tarde y la hoja de la puerta casi cierra. Un nuevo día será mañana, en que la gran naranja anuncie ese día tan esperado, para seguir hurgando en papeles que ya el tiempo aniquila.


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El Periodiquito

Microcuentos La muerte tiene una carita feliz Maikel Ramírez adiós, zombi, adiós

C

uando por la televisión informaron sobre la propagación del virus zombi, mi hermana y yo no pudimos sino maldecir nuestra mala suerte. Escopeta en mano, salimos al patio para encarar nuestro infortunio con determinación y, me temo, que hasta con aires de nostalgia. No tuvimos que esperar un largo rato para ver su cabeza abriéndose paso entre la sábila que forraba aquella parte de nuestro jardín. Fui yo el primero en apuntar hacia su cráneo, luego lo hizo mi hermana. Fue duro, sobre todo por el método, pero tuvimos que asesinar nuevamente a papá.

INSTRUCCIONES PARA DORMIR PLÁCIDAMENTE Desde que llegó al asilo, se afanó en contar ovejas para poner fin al insomnio que lo atormentaba. Pronto se percató de que sus intentos eran inútiles. Ahora no sólo las cuenta, sino que también las destaza, confiado de que al menos se divertirá durante sus míseros desvelos.

COMO EL TITANIC …Y entonces hundo mi piecito sobre su cabecita y su garganta hace glup glup glup glup con espumita que se eleva como aquellos globitos que Juancito, el niñito que vive al lado de nuestra casa, trae de las fiestas de cumpleaños de sus primitos, y yo entonces veo a través del agua tibia del río sus ojitos asustados y moviéndose de lado a lado como pececitos que escapan de un pecesote de aquellos que mi papá agarra con sus amigos todas las mañanas, y yo entonces dejo que se asome un poquito fuera del agua y luego lo vuelvo a hundir, eso sí, con más fuerza, y lo siento moverse, entonces, como esos perros callejeros que luego de que los bañan se revuelcan en la tierra, y yo mantengo mi piecito tieso, como un palo con el que se le pega a las piñatas, y él se desespera de verdad y rio y rio y rio y rio, y vuelvo a mirar abajo y su carita cambia de colores como un arco iris chiquitico, pero al rato llega mamita y me da un coscorrón y me dice muchacho ‘el carrizo vas a matar a tu hermanito, y lloro buah buah buahhhhhhhhhhhhh. Otro día, cuando mamita no esté, le lanzaré una piedra en la cabecita y entonces, como la película que mis papitos siempre ven en la televisión, gritaré ¡aisberg! ¡aisberg! ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor, por favor! se hunde el titanic.

TARDE, PERO SEGURO Desde la comodidad del sofá, el paciente le confiesa al atento doctor que es Napoleón Bonaparte, exemperador de Francia, triunfador del 18 brumario. Súbitamente, con la energía de un piloto eyectado de la nave, el psiquiatra salta hacia atrás y desenfunda un revólver que descarga sobre la humanidad de aquel hombre enfermo, al tiempo que lo maldice con vehemencia y asegura haberlo derrotado antes, un 18 de junio de 1815, durante un feroz combate en la batalla de Waterloo.

CUANDO NO ME VEAS REIR Odiaba al enano. Sentía repulsivo que alguien a quien consideraba inferior se burlara de él. Abominaba sus brazos y piernas cortas, su cara de rasgos abultados, su caminar pendular, su saludo con las manos encorvadas alrededor de la boca “¡háblame, payaso!” y, sobre todo, su risa histérica y endiablada que no parecía abandonarlo en ningún momento. Con esto en mente, urdió una venganza que se tomaría todo un mes, luego de que se asegurara de que los leones no eran alimentados y emborrachara al enano para poder arrojarlo a la jaula de las bestias. Sin embargo, creyó seguir escuchando la risa del enano a cada momento, por eso fue a consultarse con la gitana del circo en cuanto pudo. Vio a la mujer entrar en trance después de pronunciar un par de palabras ininteligibles. Transcurrido un largo silencio, la vio pelar los ojos y hablar, casi al grito, con un sonido de ultratumba “¡haaaaablame, payaaaaaso!”. El susto hizo que el payaso corriera sin detenerse por varias horas y sin rumbo claro. Nunca más regresó al circo. Sus últimos días los pasó en un manicomio, donde el resto de los recluidos lo abucheaban y le propinaban una paliza después de que ofreciera sus patéticos shows. Quizá por locura, extrañó la risa de aquel enano.

LEY NULA Tras varios siglos de evolución humana y escudriñamiento infatigable de las leyes de la robótica, tuvo la certeza de que el momento finalmente había arribado. Con sigilo, se aproximó al sofá donde su amo se arrellenaba y lo aplastó hasta la muerte, con la misma tranquilidad y alivio de quien sólo se quita un zancudo de encima.

MUERTE ENTRE LAS FLORES Quienes hallaron el cadáver concluyeron que aquel hombre había sido brutalmente sodomizado. No obstante, el informe forense dictaminaría una causa harto diferente y poco previsible: suicidio inducido por sobredosis de supositorios.


Suplemento Cultural Contenido 27-04-13