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Maracay, Sábado 20 de noviembre de 2010

Crónicas del Olvido

Salomario, nueve libros de poemas Una dinámica cuya cualidad geométrica se hace necesariamente intelectual, acompañada por la gran emoción radical de la existencia… Oscar Rodríguez Ortiz

-ALBERTO HERNÁNDEZ1.-

P

oesía geométrica, fría, me dida sobre la base de un te rreno en el que crece "una naturaleza desbordante y barroca", como afirma en el mismo prólogo Rodríguez Ortiz. Esta afirmación va pareja con la idea de que la poesía de Alfredo Chacón ocupa un ser y un espacio. Una traducción libre de esta idea nos conduce a pensar que lo arriba dicho es falso: no es una poética fría sino reveladora de una solitaria fe que lo arrima a un clima tan humano como que forma parte de la misma hondura del frío que habita en el ser. Digamos: ser y espacio. Quien ocupa un lugar vive, se desliza sobre una línea, quiebra una curva, pronuncia una voz, se silencia. Es una poesía -definitivamente- callada, pero no porque no hable sino porque sabe hablarse a ella misma, a ese "sí" reflexivo que anuda el espíritu, lo comprime, lo aguza y lo echa al afuera donde vive y se estira el poema. Es una poesía que habla en el interior del poeta y del mismo lector. No es una poesía que habla desde el adentro. Es una poesía que está donde está el lugar del espíritu. Habla en el adentro. De allí que éste, el espíritu, tenga forma, sea medido con cabeza fría, calculadora, inteligente. Pero también, para contradecir parte de lo arriba expuesto: no se trata de que el poeta sea frío en su manera de abordar la poesía. Es que la poesía se hace fría en la medida en que se hace espacio de afuera, sitio de acomodo en el oído, en el ojo, en la tierra que pisa. De modo que, quien buscaba una lectura fácil se encuentra con un agujero negro donde impera una extraña luz, una poesía confirmada en su propia solidez. El mismo prologuista dice de una poesía barroca. Si barroca es por la manera de usar adjetivos e impulsos, o por saberse cercano a Carpentier en préstamo por el complejo sistema de la poética, también es bueno dejar sentado que el mismo tono, proferido por la voz en soledad, acompañada por el sonido metálico, sonoramente silencioso, hace de la poesía de Chacón un mundo donde impera una madeja de riesgos y peligros, que va

más allá de imaginar que el poeta se confronta, se hace su propio lector desde su más carnal y ósea cercanía. Es barroco porque hace pensar desde una selva de sonidos. Que son intelectuales, pero que están cruzados por el espíritu. Es decir, la geometría poética de este autor venezolano toca lo que no se ve, pero se siente. Una línea recta o curva llega al sitio donde se elaboran los motivos del ser, del sentir.

2.-

Abstracción que se mueve, naturaleza que anuncia el comienzo de una aventura verbal: "Nube. Madeja brusca. Urdimbre/ de un solo temporal, / en cuenco lleno/ altivo risco se abandona. Cala grandiosa. Seda/ domando el movimiento". Tiempo y desplazamiento. Que aparezca el lugar que se mueve: "Un pájaro se encumbra/ en los aires que arrastran su presencia. / De antiguas marejadas entre el aire y la piedra, / surgen, dueñas del campo, / vislumbres nuevas que nos dan lo propio". He allí, entonces, el espacio abierto: se mueve el lugar, la geometría invisible: nube es altura; madeja es pensamiento; tiempo es movimiento. Todo lugar se mueve. Entre el aire y la tierra: entre el pájaro y el paisaje de abajo, "lo propio", la mirada, el mundo, el lugar, el poema. El texto respira: el poeta sigue su curso verbal. Escribe y piensa, geometriza con los ojos abiertos. Toma tiempo y lugar, se mueve: "cada roce/ en asalto/ desparrama/ su tiempo/ y nos recorre". No en vano somos tiempo, edad, deterioro. Toda lectura es contradictoria. Afirmo: toda mirada se contradice. Se contrapone. Quien escribe, afirma: "Estamos en guerra, no hay tiempo, no hay fuerzas para más. / Estamos en guerra con nosotros mismos. Los cuarteles cam-/bian constantemente de apariencia, tanteamos puertas falsas, / salidas de emergencia". Este es un tiempo real, donde emblema, signo, código se muestran para decirnos una verdad: el tiempo existe, los uniformes existen. El poema viene de una abstracción, pero sabe llegar a una versión de la realidad: "guerra", "cuarteles". Los contrarios confirman que somos, que el poema tiene razón: se razona. De allí

entonces que el mismo texto, páginas más adelante, meses más adelante, añada: "Predispuesto; entresacado por sí mismo/ del caos y el marasmo, / el acto personal/ acoge a solas o en tumulto/ las chispas de su abrazo/ con las multitudes y las soledades". Una confirmación de que hay alguien entre las palabras, apresado en la voz. Alguien, el poema, dice, habla, medido por sí mismo, por él y su circunstancia, su tiempo y su significado. Por eso se hace breve y pregunta: "Eres tú, ¿no éramos nosotros?". Uno y múltiple. Solo y multitud. Uno y nosotros. Esta lectura, desordenada y vuelta de revés, llega a este poema, a un trozo de sus sonidos: "Entretanto/ la imagen desbocada y el acto renacido/ ávido de una piel nunca mirada/ palpando abultamientos/ recorriendo declives/ con cualquier parte del que era mi cuerpo". Cuerpo, espacio en pasado, consumido, que fue movimiento, traje medido, tiempo y espacio. Ser y lugar. Fue mirado, tasado. El poema lo alberga, lo dice: "la imagen desbocada" ansía mirarse, hacerse.

3.-

Tomado al azar, un poema entra y sale de otro. Los anteriores se atan con el mismo tono, son líneas del mismo afán. Éste, colocado sobre la curva de la lengua, tan solitario, habla: "Es sólo eso, / pero/ eso/ es todo". Aquí se resume una poética tan fáctica como hermosa en su solo empaque. Un poema redondo en su propia afirmación, contradictoriamente afirmativo. Del anterior, de ese reflejo que agobia, a este que completa el

aliento: "El poema es un hecho/ vale decir/ el acto del trazado de su impulso/ y su trasluz". Desplazamiento: el sentido, la palabra se mueve hacia un lugar que es resquicio de iluminación. Momento, instante del poema. Chacón celebra a seres humanos, a poetas y pintores, a realidades que se mueven y sienten. En el "Autorretrato" en tributo a Cristóbal Rojas, el texto es continuun, el río que no se detiene. Se trata de un poema que llega al yo del autor y se hace otro en la voz de otro. En el rostro del otro, el que lo mira desde el silencio. Habría que pensar que nuestro poeta ha visitado la sombra y la luz del pintor, que ha medido la geometría de su existencia. He aquí el sonido de esta impronta:

En el trato con la imagen que destina la imagen de los otros que se salva la imagen que me salva con los otros la que me salva de los otros pero aún más la imagen mía la imagen que no salva que no salvo de los otros mucho menos de mí mismo Tal es el modo de no ver mi autorretrato. Juego de palabras, juego de voces con el otro, con él mismo. "Madeja" "de un solo temporal" en movimiento. El yo se desplaza hacia otro yo que es el otro, pero que redime al otro. Así se ve, así se figura y desfigura. Son trazos de un cuadro que tiene nombre en el poeta fijado en el pintor. Este juego de voces, de significados, encuentra teoría en este texto: "Palabras asaltantes ¿qué he de hacer?/ ¿qué les propongo/ en vez de tanto ímpetu incesante/ si lo que quiero es coincidir con ellas/ y ser su nadador mas no su dique/ y que ellas sean mi morichal sombrío/ mi caño complaciente/ mi caudal de agua en movimiento respirado/ como mi apetito de nadar en ellas?". Continente y contenido, las palabras se mueven, se revuelven, se encuentran en una pregunta que pregunta. Las palabras llegan y se hacen dueñas del lugar, asaltan el alma y la completan, la desmadejan, la desfiguran, la miden, la borran. El poeta se sumerge en ellas para no ahogarse. El azar me conduce a estas líneas. Tan cercanas al poema anterior, tan alejadas de la in-

tención de relacionarlas, de racionalizarlas, pero allí están, graciosas, bellamente ilustradas en el blanco del ojo, en la página abierta: "justo a tiempo el ave mensajera que me acosa siente que la miro/ cae/ entierra/ su/ último graznido en el hueco que se abre al yo cerrar los ojos". Y así como el poema es medida por lo que dice, por lo que contiene y acerca al espíritu, igual pasa con lo que mide, con la unidad que marca y agrega a un lugar: "La legua se mide. No sirve para medir/ Ella es su medida// Una legua/ no ocupa el espacio que la mide/ es el espacio medido/ más sus límites/ El espacio/ del cual se ignora cuánto mide/ el espacio que es de ella// El espacio que es una legua El espacio que es ella". ¿No podría ser que la legua sea el poema, la poética que Alfredo Chacón ha descubierto, la creada desde la mirada del lector, de ese viajero que migra en las distancias para encontrar la belleza del poema para hacerse el poema en su medida? Esta teoría, este poema de la legua, es el poema del poema. Llegó a las últimas páginas de este libro con este encanto. Es un poema que define todo lo anterior. Es el poema que midió el lugar. Es el poema de la geometría convertida en espíritu. Es el poema/ poema revestido de "emoción radical", de verdadera poesía, de la ilusión de habitarlo y consagrarlo:

El pájaro que en una de sus alas siente cuando se pone el sol es el pájaro en cuya otra ala el sol se está poniendo cuando pasa frente a mí perdiéndose de vista hasta que reaparece dándome la cara y yo aparezco frente a él… La lectura de los nueve libros que contiene Salomario (Ediciones El otro el mismo, Mérida, Venezuela, 2005) lleva implícita una emergencia: se trata de un libro que está allí para ser leído. Se trata de una aventura verbal llena de asuntos que nos tocan de cerca y nos transforman. El azar me condujo a afirmar que el lector existe en la medida de estos poemas. Que somos todo y nada, que estamos en un verso que más tarde, en la próxima página, nos inventa y nos borra.


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Miguel Hernández: Un centenario donde la telaraña y el alacrán no habitan -ANTONIO GONZÁLEZ LIRA-

J

oseph Brodsky valora ampliamente el papel de las regiones alejadas de los grandes y reconocidos centros de poder. Para este poeta existe un momento en que estos espacios dejan de "realizar su misión de soporte" del quehacer sociopolítico dándole paso a esas veladas y apartadas zonas, quienes serán las que, a través de la lengua, impidan la decadencia de tales focos. Así lo explica: "lo que impide la desintegración no son las legiones sino las lenguas"; y serán los habitantes de las provincias, "de la periferia quienes realizan esta labor de contención". Si trasladamos estos sólidos y esclarecedores argumentos al tiempo y espacio que le tocó transitar a Miguel Hernández Gilabert (1910-1942), estaríamos otra vez en presencia de una condición que dentro del quehacer cultural y en especial, del literario se repite y renueva cada vez. Como olvidar la casi caminada por el hombrillo obra de Cervantes; el origen y la esencia rural de tanto poeta venezolano (Enriqueta Arvelo Larriva, Miguel Ramón Utrera, Vicente Gerbasi), la impronta determinante de los pueblos costeños en la creación de García Márquez. Sólo algunos ejemplos dentro de campo de la lengua que nos conforma y arraiga como componentes de una tradición indiscutible.

¿De qué manera Miguel Hernández, un humilde pastor de cabras de Orihuela, puede convertirse en un símbolo literario de la España de su tiempo?

Miguel Hernández, un "alumno de bolsillo pobre" como es denominado por muchos de sus coterráneos, debe lidiar, por una parte, con el peso de un acervo social que lo conduce a vivir de la labor ancestral de la tierra; y por la otra, con ese impulso que lleva al artista, al poeta, a remontar las más disímiles inconveniencias para lograr expresar lo luminoso que le brota de la más honda pasión. En ese entorno familiar donde la labranza (aún nutricia) devora gran parte de la fuerza vital; donde es menester fundirse a la brega por la vida, porque, como él mismo lo afirma en una dedicatoria a Vicente Aleixandre, "nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra", un hijo con vocación literaria resulta más que un profundo desacomodo, se convierte en una terrible calamidad. Sin embargo, nuestro poeta asume la segunda opción y se entrega casi desbocado al placer de la tarea literaria. Y como todo ser agradecido, como una muestra fehaciente de que

la tierra duele y palpita en las venas, Miguel Hernández afilia en sus obras ese paisaje de honda presencia que se deslava de los sueños y los recuerdos. Su experiencia con la naturaleza se convierte en el tópico inevitable que inunda su alma de escritor. La belleza del paisaje, el esplendor del ambiente pastoril, constituyen la materia prima de sus trabajos literarios. Recurrimos a Vicente

Gerbasi con estas justas definiciones: "La poesía, podríamos decir, nace de un profundo entusiasmo por la belleza. Este entusiasmo se va formando en nosotros por nuestro contacto con la naturaleza." Miguel Hernández asimila ambos elementos: su origen pastoril y el deseo de formación y del reconocimiento de los ámbitos lejanos de la literatura española. Numerosos estudiosos recogen testimonios de cómo el poeta acudía a su cita con el laborar de la tierra; de irse con humildad a satisfacer las necesidades naturales de sus cabras, acompañado siempre de esa otra noble tierra que urge cultivar: los libros. En horas de adormecido rebaño, el futuro autor del múltiple canto a la libertad y a la resistencia civil, enriquece su verbo con los matices exuberantes de los clásicos españoles. Entre éstos algo que más le impacta es l a p ro p u est a gongo ri na , y como apunta Jorge Urrutia (uno de sus biógrafos): "Góngora le estalló en las manos como una granada de furiosa hermosura". Hermosura que Miguel supo amoldar y combinar con la vivencia natural que lo integrará como ser humano

poéticamente sensible. Es comentario de sus tutores escolares que ese niño de mirada verde oliva y de timidez proverbial "leía todo lo que se le proporcionaba", y que junto a la inteligencia excepcional que poseía, un espíritu creciente de superación evidenciaba el talento acendrado en su ser. Para este escritor la poesía es la brecha luminosa que parte en dos su fervoroso destino. Gracias a ella se sumerge en el mundo cosmopolita de la gran ciudad. Después de cantar al paisaje de Orihuela; de componer himnos a los equipos de fútbol donde milita con el entusiasmo del regocijado niño de siempre; con los más de mil versos escritos en el monte de su labranza o junto al ciprés que adorna la huerta; después de producir esa obra a los dieciocho años, asume el quehacer poético como la inexorable ru t a p a ra ex pr e s a r a h o r a e s a nueva realidad que se cierne sobre la España republicana. Y ese duro proceso formativo lo conduce a compartir con lo más representativo de la litera t u ra esp añ o la : M a ch a d o , Al ei xa ndre, L o r ca , A lb e r t i , entre otros. En un poema dedicado a Neruda ("Oda entre sangre y vino") se retrata de esta manera: "Yo que he tenido siempre dos orígenes/ un antes de la leche en mi cabeza/ y un presente de ubres en mis manos;/ yo que llevo cubierta de montes la memoria/ y de t i erra v i ní c o la la ca r a , e s t a cara de surco articulado...". Es el inquieto pastor de cabras que no desdeña de su procedencia campesina. En sus primeros escarceos poco favorables con el pesado corrillo de literatos que cunde en Madrid, pudo sentir crudamente los que sus propios versos delatan: "Como el toro te sigo y te persigo,/ y dejas mi deseo en una espada/ como el toro burlado, como el toro". Sin embargo, esta situación se transforma positivamente al estrechar los vínculos con aquellos consagrados poetas. Allí, en su quehacer diario late la provincia; esas regiones menos "enteradas" y "oscuras", que en no escasas oportunidades simulan veletas subordinadas a las brisas (mejor a las tormentas) del poder y a los egoísmos de las capitales. En el trabajo del juglar de Orihuela palpita la fuerza de los seres humanos, que como señala Brodsky, se hace mucho más poderosa que los grandes ejércitos logrando defender y llenar de orgullo la cultura de los pueblos. El sentir del poeta está lleno de la tierra que se labora y que debe renovarse con el sentimiento eterno de quien se reconoce sustento y deudo de su

generosidad. Y capaz es Miguel Hernández, como apunta Neruda, de "escuchar el rumor secreto que brota del interior de las ubres de las cabras". Es cantor telúrico que escribe lo que contempla y lo conmueve, dándole el impulso lírico de su intimidad. Transforma lo que le rodea: el pedazo de tierra que lo soporta, la luz nítida que revive la huerta, la tarde moribunda que recoge al labriego y a su arreo. Todo eso en un ca lur o s o ca n t o lo d e vue lve a l mundo. Su vida está colmada de esa necesidad de integrarse al mundo lejano, y a veces inaccesible de los focos de poder de decisión política y cultural, pero, no para transformarse en un extraño de sus voces heredadas; no para desestimar sus raíces provincianas. Nunca. Los poetas como Miguel Hernández acometen con su oficio los dura paredes de los centros capitalinos. Socavan brillantemente los espacios "esclarecidos" de las burocracias, enriqueciendo las aburridas arcas literarias con el lustre que ya perdieron gracias al añejo círculo de los grupos y contertulios de las poesías nacionales. Comparece en la sociedad madrileña mostrando los amplios giros de los que está constituida una cultura. Unos versos del pastor de "los ruiseñores levantinos" nos acerca a las difíciles condiciones que le tocó vivir:

La cebolla es escarcha cerrada y pobre: escarcha de tus días y de mis noches. hambre y cebolla hielo negro y escarcha grande y redonda. Con mucho esfuerzo se fue formando en los estrechos límites del autodidacta hasta vencer en muy buena lid todos los obstáculos. Sólo la tiranía y los bárbaros que arrojan "las arañas más negras de su nido", lo detienen. Pero el verbo que asalta trincheras y enarbola dignidades permanece vivo derribando guerras, mentiras y muerte. Y para aquellos que se atreven a deshonrar y zaherir la sangre del poeta sentencia: "Son los traidores asesinos del pueblo y la poesía, y nadie los lavará: en su misma suciedad quedarán cegados". Aboga en su canto que de aguerrido y noble no muere que: "Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,/ donde la telaraña y el alacrán no habitan". Porque allí donde ya no prevalecen las legiones, donde han desfallecido las armas, seguirán atentos los libros. Y será el noble espacio donde se yerga, como afirma Neruda, la eléctrica sabiduría verbal.


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Conmemoración: (En el centenario del nacimiento de Miguel Hernández)

El rayo que no cesa -EDUARDO GASCA-

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n el cementerio alicantino de Nuestra Señora del Remedio una lápida mortuoria reza, con elocuencia escueta, MIGUEL HERNÁNDEZ / POETA, 1910-1942. Cierre literalmente lapidario que, no obstante, se abre como partida de nacimiento iluminada y fe de vida que no caduca nunca: "Miguel Hernández, poeta". Pues eso es Miguel Hernández: poeta. Simplemente. Y en presente perfecto, siempre. Poeta es lo que siempre quiere ser Miguel, poeta a secas. Y sin embargo, en 1937, en Valencia, España (su España del pueblo y la esperanza y el amor y la vida, la España de la luz en guerra contra la España oscura, reaccionaria, mortífera y mortuoria) le rinde un homenaje y lo declara "el gran poeta del pueblo". De haber tenido que escoger un atributo de su ser poeta, Miguel hubiese preferido (¿quién que lea sus poemas de amor y de vida y de sueños lo pondría en duda?) "el gran poeta del amor y de la vida y de los sueños". Lo de la pertenencia al pueblo es aclaratoria y título y reconocimiento que ya vendría como sobrando, si se nace pastor de cabras y en Orihuela, y se es pastor de cabras y en Orihuela hasta bien pasada la adolescencia. Y se hace poesía a escondidas del padre (que hubiese preferido para él el epitafio "Miguel Hernández, cabrero", como todos los Hernández de Orihuela) mientras pastorea cabras, y se gana el primer concurso literario pasando en limpio los textos con una máquina de escribir prestada. Miguel es pueblo, entonces, por derecho de cuna. Mas no es por eso nada más, por pastorcillo provinciano, que la España de la luz y los poetas nuestros, la de Antonio Machado y García Lorca y Rafael Alberti, pero también de Pablo Neruda y César Vallejo, hispanos españolísimos de oficio, lo nombra "el gran poeta del pueblo". Es que del 30 de octubre de 1910, cuando nace, a 1937, cuando el pueblo soberano en armas lo nombra su vocero (pues de eso se trata: de reconocer en la poesía de Miguel la voz poética del pueblo que lucha a muerte por la vida) se ha atravesado en el camino la Guerra Civil española. Miguel, que hasta de la muerte había escrito fundamentalmente con amor (¿no es acaso la "Elegía" a Ramón Sijé, la más hermosa escrita jamás en castellano, ante todo un poema de amor dolido?) aprende a escribir también con ira. Con y para el pueblo airado combatiente en una guerra desigual que enfrenta a la República (que con todo y sus terribles contradicciones e incoherencias internas es mal que bien el bando de los justos y los libres y los desposeídos), apoyada desde afuera directamente tan sólo por la

Unión Soviética, simbólicamente por México y demasiado tímidamente por Francia, contra el sector reaccionario del ejército al servicio del oscurantismo, el fascismo, los grandes terratenientes, los dueños de fábricas implacablemente explotadores, el alto clero cómplice y aprovechador que le da cobertura reli-

giosa a la iniquidad, con el apoyo masivo de Alemania e Italia, y la complicidad más o menos abierta de las grandes potencias imperialistas europeas y los Estados Unidos. Cuando estalla la Guerra Civil, en julio de 1936, hace rato ya que Miguel Hernández ha tomado partido por el pueblo. Es

decir, ha asumido un compromiso político activo, militante, con la causa popular. De hecho, en 1931 había ingresado a la Juventud Socialista. Y es como militante político revolucionario que Miguel Hernández, poeta, asume su papel en la guerra. Hacedor de poemas y combatiente en el frente. Se alista en una compañía de zapadores, asciende a comisario político y luego a Delegado Cultural de la Primera Brigada Móvil de Choque. "En los campos de batalla animaba a través de altavoces del frente a los soldados del ejército popular para llenarlos de entusiasmo con la lectura de sus versos", dice uno de sus biógrafos. ("¡Salud, hombre de Dios, mata y escribe!" le dice el hablante poético al combatiente Ramón Collar en un poema sobre la Guerra Civil, de César Vallejo. Miguel, hombre de Dios que nunca conoció el poema de Vallejo, mata y escribe. Y arenga). Y a pesar de todo (¿o acaso precisamente por ello?), el Miguel Hernández personaje de epopeya que es a la vez poeta épico y voz del pueblo en combate escribe en esos tiempos varios de sus poemas líricos más conmovedoramente hermosos. A la amada presente, a los hijos que nacen. A la presencia del amor. Intimidad y ternura, a pesar de los pesares. Y luego, poco a poco, al ritmo de los reveses en la vida y en la guerra, a la amada ausente, al hijo que muere, a la presencia del amor que duele. Las batallas perdidas. Esa guerra, como se sabe, la perdimos nosotros. El poeta perdió al final todas las suyas, menos la de la dignidad. El 1º de abril de 1939 el ejército popular es derrotado finalmente. Miguel Hernández, poeta ex combatiente vencido, intenta escapar de la represión brutal y letal que sobreviene a la derrota, pero en

la frontera con Portugal lo detiene la policía portuguesa y lo entrega de vuelta a sus hermanos fascistas españoles. Sin embargo, esa primera vez la represión se equivoca y le conceden la libertad provisional. Y el poeta provinciano esposo y padre que añora su casa en Orihuela y la esposa y el hijo que ama, desatiende vulnerable e ingenuo al instinto del poeta ex combatiente que le dice que aproveche para huir. Regresa a Orihuela, a la esposa, al hijo, al último reducto. Y en su propio pueblo lo detienen de nuevo. Ese sí es el encierro final, en rotación por diferentes cárceles que a fin de cuentas son una misma prisión definitiva. Y saber del hambre y la penuria económica de la familia. La soledad, la separación. Y en 1940, la tuberculosis pulmonar aguda. Por él interceden influencias de renombre nacional e internacional, y el régimen está dispuesto a ganarse algunas indulgencias en la opinión pública accediendo graciosamente a su liberación. Bajo la condición, por supuesto, de que firme una declaración en la que abjure de su compromiso político. Oferta que se le repite varias veces y bajo diferentes formas, y siempre se niega a aceptar. Los interrogatorios constantes, las amenazas de condena a muerte alternadas con la oferta de libertad si claudica. Y no claudica. Y por supuesto muere la muerte terrible del tuberculoso. Es 28 de marzo de 1942. No llega a los 32. Y en esos tres años finales literalmente agónicos, Miguel Hernández, poeta, decanta para cantar tanta derrota de la historia, tanta derrota del pueblo, tanta agonía personal. Ya no más la voz de la arenga, proyectada hacia afuera, al oído del pueblo. Ahora el poeta, pueblo reducido a sí mismo canta quedo, acorralado en un adentro en el que ya sólo habitan las ausencias, la sedienta necesidad de la esposa y del hijo, la familia. Dice de él y para ellos. Y del amor. Con dolor, con un dolor inmenso y amatorio. Hace Cancionero y romancero de ausencias, y compone "Nanas de la cebolla" para que la poesía en lengua española toque el límite de la pureza lírica perfecta. Y para que esa lápida lacónica en el cementerio de Alicante resulte en verdad partida de nacimiento y fe de vida.

Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida. Con tres heridas viene: la de la vida, la del amor, la de la muerte. Con tres heridas yo: la de la vida, la de la muerte, la del amor.


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El Mocho Hernández en San Casimiro -SALVADOR RODRÍGUEZ-

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n los últimos días de octubre llegó el Mocho Hernández a San Casimiro de Güiripa. En estos tiempos se cumplen 111 años de esa histórica incursión que terminó con la ocupación del pueblo por tropas del gobierno. Los hechos del 29 de octubre de 1899, carecen de la verdad de los acontecimientos y se hace necesario ajustarlos para que la ortodoxia ceda el paso ante pesquisas que permiten narrar las vicisitudes que pasaron los sancasimireños en ese inolvidable día. El 22 de octubre de 1899, en horas de la tarde, hizo su entrada a Caracas, el general Cipriano Castro. Al día siguiente, el presidente del Consejo de Gobierno, general Víctor Rodríguez, hizo entrega formal del gobierno al general Cipriano Castro. 70 horas después, su ministro de Fomento, el Mocho Hernández, renuncia al Ministerio y se subleva por considerar que el Gabinete no cumplía con las expectativas morales y administrativas. El Mocho se va a los Valles del Tuy y luego pasa a San Casimiro, perseguido por el general Luciano Mendoza, comandante en jefe del Ejército Nacional. Esta historia quiere abordar con claridad apodíctica los pormenores, de ese 29 de octubre, en que los hombres de Luciano Mendoza llegaron a una especie de centavería, olvidando que en este pedazo de Aragua vivían los seres más pacíficos a pesar de ser tierras de generales. Ese día quedó grabado, en la mente de los vecinos, todo el terror y desolación en aquellos que tuvieron la suerte de no morir a manos de fieros perseguidores que sólo preguntaban por el Mocho Hernández. Algunos historiadores cuentan que el MOCHO HERNÁNDEZ utilizó la vía de Tácata para llegar a Güiripa y luego descender a San Casimiro hasta advenir a la plaza pública por las dos quebradas (llamada en 1933, la Rehabilitación). Este itinerario no pudo ser, ya que la carretera que une a Cúa con San Casimiro era transitable desde 1873, año en que empezó a construirse bajo el gobierno de Guzmán Blanco. Otro dato importante es que el general Luciano Mendoza (su perseguidor) era conocedor de la zona por haber tenido un campamento militar, cuando gobernaba el "ilustre americano". Otra cuestión significativa es que el MOCHO no conocía el terreno que pisaba, debido a que su carrera política y militar la había desarrollado en territorio Yuruari, donde luchó por la integración de esa tierra

al estado Bolívar. También hay otro asunto que es bueno dilucidar. Algunos historiadores afirman que el perseguidor del MO-

CHO era el general Natividad Mendoza; esto no es cierto, ya que este General se encontraba herido de gravedad producto de

un lance personal con el general Celestino Peraza. Otros acontecimientos permiten contradecir lo que hasta hora se daba

como cierto. Don Pedro Manuel Álvarez y su esposa Cleotilde Portilla no pudieron recibir al MOCHO porque para la fecha de su llegada estas honorables personas no estaban casadas, como sí lo hicieron el 14 de mayo de 1903 ante el presidente del Concejo Municipal, Francisco Nieves. Hay otra razón que derrumba la invectiva de muchos, cuando afirman que fue recibido por los Vargas. Esta valiosa familia comienza a conocerse a partir de don Rafael Vargas y éste, cuando llega el MOCHO HERNÁNDEZ, contaba con 12 años de edad, ya que su nacimiento fue en 1887. Otra opinión manifiesta que el Sr. Pedro Manuel Álvarez Vera dio el discurso de bienvenida al MOCHO. No se puede negar, pero a contracorriente aparece que "para conformar el Concejo Municipal se debía tener en cuenta que las personas en quienes recayeran los nombramientos fueran adictos al gobierno". No se puede creer que, el ilustre cuéño, se fuese inmolar en primavera, y él sabía a lo que se exponía si daba ese mal paso. Igualmente debe haber intuido que con el tiempo podría ser primero entre sus iguales. En 1899, San Casimiro ya era Distrito y funcionaba el Concejo Municipal, instalado el 19 de febrero de 1899, y era su Presidente (primero en la historia) el Sr. Reinaldo Alva y tuvo por colegas de cámara a Rodulfo Requena (dueño de una imagen de San Casimiro), Ignacio Carreño, Pedro Manuel Álvarez, Gil Fonseca y Mariano Carrera en la Secretaría. Casimiro se excedía en tranquilidad donde lo prodigioso era el poder curativo de las aguas de chupadero. Rara vez el sosiego era alterado como el día en que el gremio de pesadores de carne para el abasto público, representado por Elías Hidalgo, Pedro Jesús Peña, la sociedad Hidalgo y Díaz, Luis Tomás Carpio y Mateo Blanco, solicitaban al Concejo Municipal "les concediera la gracia de rebajar a 10 bolívares de cada una res que beneficiaban en lugar de 16 bolívares que en ese entonces pagaban". Igualmente, por el pleito que sostuvieron el Concejo Municipal con los ciudadanos, Guillermo Goos (dueño de la bodega "Las 2 Velitas" y que, luego, se conoció como la Perseverancia), José María Carreño (dueño de una bodega frente a la plaza pública y en el mismo sitio donde estuvo Rubén Sosa enfrente de la plaza Bolívar) y Luis Villalta por un contrato de arrendamiento del Matadero Público. ¿Podrán imaginar la tremolina que se armó ese 29 de octubre de 1899?


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