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Maracay, Sábado 10 de septiembre de 2011

Crónicas del Olvido

Cavafy

de taberna en taberna ALBERTO HERNÁNDEZ

brimos nuestras ropas -no eran muchas,/ pues ardía el divino mes de julio". Sin embargo llovía aquí en el trópico. Un solo poeta en la calle basta para saber cuán desolados vivimos. Un hombre amparado por sus cuadernos es suficiente para sabernos perdidos. En esta ciudad nadie resucita en medio de la madrugada. No obstante, el poeta sin Dios entra y sale de los lugares prohibidos, sueña bajo el farol de una esquina. Atiende con amabilidad los duendes de sus zapatos y sabe decirle amor o puta a una mujer nocturna. Era julio. Sigue siendo julio. O mejor, siempre es julio. Siempre es poesía. Una maldición.

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L

a noche tuerce el destino. Al trote del tiempo, la imagen de un borracho recostado de su último impulso. El horario de la muerte empuja hacia la madrugada. En Itaca como en Maracay nos abruma un poema, nos arrastra con sus caballos enloquecidos por aceras y puentes derribados. Que no quede deidad bajo los cielos, cabría oírle a Emile Teste al hablar de Cavafy y otorgarle aquella hermosa imagen aún fresca sobre el friso de todas las ciudades: "místico sin Dios". La certeza no es casual. Un heleno multiplicador de mitos. Un heleno que yuxtapone voces, personajes, instancias, momentos, soledades. Sin Dios. Místico. ¿Se trata de esconderse del misterio de los cielos o de buscar sin descanso al Alguien deseado? En definitiva, Dios siempre anda desnudo y m á s a l o s ojos de un poeta. Quien esgrime este atentado, esta lectura, sabe que le espera un verso, una puerta abierta donde la bohemia reúne todos los fantasmas. "Debía ser la una de la madrugada, / o la una y media./ En un rincón de la taberna,/ detrás de un tabique de madera./ Sólo nosotros dos, en

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el local totalmente vacío./ Lo iluminaba apenas una lámpara de petróleo./ A la puerta, cansado de tanto velar, dormía el camarero". 2.-

La lumbre se agita contra el viento que entra y sale del lugar. El poeta, acosado por la viudez de las horas, intenta un balbuceo. La boca, cerrada al estrépito de una ventana rota, pronuncia un juego de sonidos: "A permanecer". La fron-

tera del país que lo aprisiona corre con los ruidos de la tierra. La soledad lo salva de la mirada de un ebrio que en el fondo de la taberna se responde preguntas. El plural de las líneas no es nada extraño en soledad: se vive con el yo. Se vive en dos estados de muerte: el yo y quien vive sabiéndose yo u otro. "Nadie nos veía. Pero, de todos modos, / estábamos ya tan excitados/ que no éramos capaces de cautelas.// Semia-

"Oh gozo de la carne por entre/ ropas entreabiertas; / rápido desnudar de la carne: su imagen/ ha atravesado veintiséis años y viene ahora/ a permanecer en estos versos". Carne prohibida. Carne del otro, concebida hasta el último sonido del poema. Ya en la calle, el texto se bifurca, es otro. Y así, dos poemas, dos momentos, dos pecados. La taberna sigue en el mismo sitio y hasta se multiplica en el portal de otra que una cuadra más adelante se abre entre ventanas. Camina entre rostros. La hojarasca de un otoño imposible deja la lluvia de julio y revienta en olores. "Su simpática cara, un tanto pálida; / sus ojos marrones, como ojerosos;/ de veinticin-

co años, pero más bien aparenta veinte;/ con algo de artista en el vestir/ -algo en el color de la corbata, la forma del cuello-, camina por la calle a la ventura,/ como hipnotizado aún por el placer prohibido,/ el placer tan prohibido que acaba de obtener". ¿Qué destino tenía en proyecto el hombre, el poeta miserable, el recóndito, el de los libros suministrados por los dioses que no están en su agenda de creencias? Mentira, nada se ha torcido. Es el mismo destino: el tiempo sabe mucho, suda bajo las manecillas del reloj, soporta el sonido perfecto de la maquinaria diminuta del tiempo. El poeta se mira los zapatos. La lluvia corre hecha forma por las sucias calles. Más allá del poema pensado, un asesino arrastra sus cuchillos. Trae la muerte en el filo de un puñal. ¿Qué puede hacer Platón ante un homicida? Cavafy escribe: "Aquí somos una mezcla: sirios, griegos, armenios, medos./ Y así es Remón. Sin embargo, ayer, cuando la luna/ iluminaba su amoroso rostro,/ nuestro pensamiento se remontó al Carmides de Platón". Una hoja de cuaderno empoemado se aleja del solitario. Piensa en la enfermedad de Clitos. La fiebre de Alejandría se ocupa de los vivos. Los muertos disfrutan del olvido. El demonio ambula por esta ciudad. Un poeta entra y sale de una taberna. Maldice los relámpagos. Cambia de sitio en la calle. Regresa a sus asuntos sobre una mesa impregna-


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Maracay, Sábado 10 de septiembre de 2011

Las herraduras

no se han perdido NÉSTOR MENDOZA

CABALLO DE ESCOBA Estas calles son mías yo las barrí con un caballo

Con este libro de Arnaldo Jiménez observamos una cabalgata incesante que se estira en cada texto. Caballo de escoba abrevia los objetos y vivencias de la infancia con el rigor que da el alejamiento de la escritura poética: un alejamiento que interroga y cuestiona, que estimula a decir más; que funge como un pequeño homenaje al padre y a los hijos: "después de esa calma / mis hijas y yo /nos ensuciamos de horas / juguetes de nosotros mismos". Quien escribe el poema no es el niño; quien escribe es el poeta. Sin embargo, Arnaldo no ha perdido esa primera inocencia: aún conserva el asombro tan frecuente en ellos, capaz de dar un nuevo fulgor y un nuevo orden al pasado. Los juguetes, los dibujos de la escuela, el papagayo; en fin, los diferentes motivos que ha seleccionado aparecen reescritos, llevan el acento que abandona la ingenuidad y va asumiendo el desarraigo: la lucidez de quien no guarda concesiones y confronta: "mi caballo cabía en cualquier rincón / y pasaba la noche cansado de tanto aire". Ahora, muchos años después de esa primera visión, Arnaldo nos confiesa que "un día mi caballo de escoba / empequeñeció // y escuchó dentro de mí / el relincho de su propio agotamiento". En Caballo de escoba permanece otra infancia: aquella que se sobrepone a los cambios y al desgano. También, encontramos algo distinto, no sólo divertimento y carácter lúdico: hallamos la corporeidad de la muerte en forma de una epístola limpia y terrible, que reclama un espacio entre los recuerdos del poeta. Así vemos, por ejemplo, cómo se mate-

el regreso de mi padre no conseguía sus herraduras

CAJAS

Las muñecas esperaban sus manos para volver al inicio yo las metía en una caja y me acomodaba en sus muertes

me agarraba a las crines de mi caballo de escoba

envuelta en mudez mi madre caminaba a ningún sitio

y una carrera de ausencia recorría la casa

metida en la casa prendía velas en los rincones de su memoria

mi padre daba vueltas en el corral de las fotos y pastaba la quietud de otras horas mi caballo cabía en cualquier rincón y pasaba la noche cansado de tanto aire ¿acaso mi padre soñaba con su jinete y deseaba el calor de las aceras

y aguardaba en el temor de volver a lo dormido la llegada de mis hijas le devolvían el calor a las cosas y todos los muñecos jugábamos a vivir y nos salíamos de las cajas.

para que fuesen guardando en los ojos el mismo paisaje? yo no fui su peso montado en otro mar su espalda miraba hacia la orilla y no respondía a los tonos de mi voz un día mi caballo de escoba empequeñeció y escuchó dentro de mí el relincho de su propio agotamiento así cabalgó hasta desvanecerse en el sucio de adiós que mis palabras dejan caer sobre esta hoja.

rializa esta imagen en el poema Carta a la muerte, texto que cierra el poemario: muerte alimenta tu espíritu con estas risas y déjate llevar de las manos los perfumes señalan la enfermedad de amor que te acompaña

* Las herraduras no se han perdido es el prólogo del libro Caballo de escoba, de Arnaldo Jiménez, Ediciones El Cayapo, Valencia (2011).

Este caballo portátil cabe en los márgenes de la memoria. Este caballo de carne y madera sirve para cabalgar junto a los hijos, el padre, la muerte, el tiempo y los garabatos. Es una

EL POZO

Tu mirada es el pozo donde entro descalzo la polea sube mi corazón una piedra de amor mucho tiempo olvidada tu sonrisa es el pozo donde entro desnudo la polea sube mis anhelos unas monedas olvidadas hace mucho tiempo en mi corazón tu sonrisa entra descalza a mis ojos.

forma de prolongar lo que se va irremediablemente: aquel juego perenne de estar vivos que no acaba y se transforma: "más allá de ese pueblo / estoy jugando / con otro adiós / y mi alma gira y gira en la rueda". "Las herraduras no se han perdido", pareciera decirnos el poeta en cada verso, secretamente. Quizás como aquel niño que no conoce la mentira y dice los pecados de los demás, sin miedo y sin recato. Que protege los juguetes del extravío y piensa que una simple escoba no es sólo un objeto utilitario, sino un cuerpo trascendente.


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Maracay, Sábado 10 de septiembre de 2011

Jorge Semprún: Conciencia desgarrada de un siglo MANUEL CABESA

E

l pasado martes 7 de mayo murió Jorge Semprún, uno de los autores españoles más importantes de finales del siglo XX y lo que va de este, sin que en nuestro país, hasta el momento en que escribo estas líneas, se suscite el menor comentario. La verdad no se si alguien en la actualidad esta pendiente de leer sus libros, sin embargo, algunos de sus títulos deberían estar presentes en la mente de muchos a la hora de evaluar las grandes crisis políticas que degeneran en violencia e intolerancia. Nacido en Madrid en 1923, su vida estuvo marcada por los grandes acontecimientos de la historia mundial. Nieto de Antonio Maura, presidente de la I República Española, siendo aún niño conoce los rigores del exilio al no más comenzar la Guerra Civil. Luego de una temporada en Holanda donde su padre, escritor y abogado, representa a la República en La Haya, pasa a París luego de la caída de Madrid. En esta ciudad comienza sus estudios en el Liceo Henry IV, pero debe abandonarlos ya que en el torbellino de la II Guerra Mundial Francia es ocupada por las fuerzas alemanas, así que apenas saliendo de la primera adolescencia se integra a la resistencia antifascista lo cual le granjea su deportación al campo de concentración de Buchenwald. Esta experiencia esta retratada en varios de sus libros El largo viaje, Aquel domingo, Viviré con su nombre, morirá con el mío y sobre todo La escritura o la vida donde el autor impulsado por el suicidio de otro sobreviviente: el gran novelista italiano Primo Levi, reflexiona sobre la necesidad de dejar un testimonio del ho-

rror: "En el centro de todo el siglo están los campos, -comenta Ricardo Cayuela- el siglo XX es el siglo de los campos de concentración, de la masificación del dolor, del exterminio, del anonimato. Por ello la voz de los supervivientes será la voz de la posteridad."

Luego de salir del Buchewald, Semprún se integra a la lucha clandestina contra Franco en España como militante del Partido Comunista Español, de allí nace su nombre de batalla, Federico Sánchez que terminará por convertirse en la conciencia

de una izquierda manejada desde el triunfalismo y el sectarismo poco visionario de sus dirigentes. Esta aventura culmina con su expulsión del partido en 1965 cuando, por seguir una postura crítica, la Pasionaria y Santiago Carrillo consideran

que se aleja de la línea doctrinaria impuesta por ellos, suceso que en 1977 se convierte en una de las novelas más leídas en todo el mundo: Autobiografía de Federico Sánchez, donde a través de su alter ego, va contando y analizando uno a uno las razones de los sucesivos fracasos del PCE en sus vanos intentos de derrocar al dictador. Federico Sánchez vuelve algunos años después en otro libro: Federico Sánchez se despide de ustedes, escrito luego que Semprún aceptara ser Ministro de Cultura del Gobierno de Felipe González. Allí arremete contra la política entendida como espacio de poder y control del aparato partidista, y no como vocación de servicio público. A parte de sus libros testimoniales donde vida y política se juntan en el devenir histórico de occidente, Semprún nos ha dejado también un par de novelas que se leen con la fruición de un thriller policial, pero que en el fondo son comentarios muy lúcidos acerca de la guerra fría y el terrorismo: La segunda muerte de Ramón Mercader y Nechaietv ha vuelto. Además de sus aportes al cine escribiendo los guiones de películas como La guerra ha terminado y Stavisky de Alain Resnais por un lado y de Z y La confesión de Costa-Gavras por otro; films de una clara conciencia política sin llegar a la denuncia panfletaria lo que las convierte en piezas clásicas de la cinematografía mundial. La poética narrativa de Jorge Semprún se distingue por su prosa inteligente capaz de relacionar el pasado en sus diversas vertientes con el presente y su incertidumbre; una obra que funciona como respuesta a cuanto totalitarismo exista sin importar la causa que intente imponer. Por todo esto Jorge Semprún fue simplemente la conciencia desgarrada de todo un siglo.


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Maracay, Sábado 10 de septiembre de 2011

Poemas

de Willy Mckey Saldremos, manando de bocas ulceradas agua nueva; tendremos la fiebre vieja. Frente al fuego en nuestros pechos tronará un zumbido; alas de langosta; gruñidos de manada; las voces de un ave negra (serán ecos animales reminiscencias para el reposo) Fe y alguna palabra tendrá sentido : lugar Allí nos llenaremos de verdad, hacer cuerpo, hacer sombra, silencio. El alma en la boca y tendré miedo, hermano: me tragarás vencido, me olvidarás temprano, me disolveré en tu boca. -yo estaré muy lejos de tu voz, quemándome en tus oídos, habitando el aire, percutiendo(antípodas sonoros, huiremos) Al fondo del abismo, una osamenta Y sobre ella la roca. El altar urgente huérfano de ungidos -vencidas las consignas, hoy resucitará la diosa blanca conjurada por el odio(mostraremos nuestros lomos tasajeados por encima de ella, el dolor, sus sanagres, la calavera fraterna reconociéndonos en cada pacto antiguo). Borrarás tu nombre, yo el mío y una voz ordenará derribarlo todo, "Ya es la hora -nos dice:se ha cumplido" nuestra voz. 1. No soy de aquí: me tiñe una mudanza. Los abismos demandan que mi vista caiga desde el cielo hasta la roca. Allá pesan las rígidas montañas: sus sombras dormidas saben que en los picos nevados se esconde un gris infértil. Me agota el aire del cerro, quemado por los fríos nativos de aquella cima blanca que nunca merezco, devolviéndome color falso que lastima.


Suplemento Cultural Contenido 10911  

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