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Maracay, Sábado 2 de febrero de 2013

Crónicas del Olvido

Una metáfora líquida: El cuerpo de la transparencia ALBERTO HERNÁNDEZ 1.-

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l poema lava las piedras por donde pasa el agua. El poema mismo es el agua y la piedra que se lava para decirse en su caída y en su continuada corriente. Por eso, este libro no se lee, se navega, y a veces provoca el naufragio del lector que se ve agitado entre tantas imágenes. Se trata, entonces, de un grupo de poemas que se advierten metáfora líquida, libre, abierta a distintas lecturas. Rosana Hernández Pasquier, la autora de El cuerpo de la transparencia (Blacamán Editores y Asociación Civil En Cambio, Villa de Cura, 2012), se aventuró en medio de la lluvia, de la contemplación de su mensaje, de los tantos sonidos y consecuencias de su abundancia e hizo este universo en el que también se lee el desarraigo de quien huye de ella, de quien trata de reinventarla, de posesionarse de sus significados. El agua, motivo de reflexión, de pensamiento y silencio. El agua, instancia de mares, lagos y ríos. Momento de tragedias, pero también visión de sed física y espiritual en su ausencia. Con razón, la poeta invoca a Job para instalarse en el cielo de aquellas aguas que luego doblan la flor que, desde una ventana, vislumbra el mundo. Con razón, el viejo Heráclito sacude sus sandalias en cualquier recodo de los poemas que hoy leemos en este libro. 2.El agua lee de corrido la tierra. La vanguardia de su permanencia la ha hecho dueña de territorios y memorias. Guardada, instala en quien la consume y la observa los códigos de la dificultad para atraparla. Libre

como ha sido siempre, ha tenido que retornar a la lluvia que era. Dice el poema que La imagen del río que corre libre/ convoca la paz que somos, pero más adelante le imprime a esta afirmación el cálculo de saberla encerrada y luego liberada para volver al origen: Si el agua del grifo sale y escucha llover/ aprende a ser lluvia. La duda con-

tenida en el verso nos obliga a destacar que siendo líquida la imagen, el poema es capaz de asimilarse líquido, corriente en el entender de quien lo lee. En este sentido, agua y poema anuncian la imagen que vendrá: Espejo de la profundidad que nos hace. Reúno los saltos de la primera parte de este libro para

establecer una relación con la segunda, "Voces del hacedor de lluvia". Es decir, el poemario contiene dos alientos en los que el tema es tan sólido como líquida la imagen. El agua y quien la usa, quien la disfruta, quien la sufre y quien la hace. Digamos de algunos poemas que se admiten en la lectura como traductores de todo el libro: La vida puede vislumbrarse/ por la pequeña gota de agua/ en el descenso no pierde su trasluz. / (…) y llega la luz de la alianza al ojo distraído. Un elemento mueve los signos, la luz, la transparencia, el cielo. El agua se vierte luminosa. Es luz. Y así, en segunda persona: Cabes en el cuenco de nuestras manos. Vulgarizada, humano elemento, traído para la sed y la limpieza. La metáfora tiene olor en la flor de Dulce María Loynaz, doblada por el peso de la lluvia. En otro lugar, la enfermedad, la suciedad, hueso que devuelve la razón y la trastorna: Los signos de las aguas estancadas/ tan ajenos a su naturaleza/ En sus bordes reside la muerte/ Detenidas/ su código es distinto/ su número es finito. Por eso, en cada anuncio, Rosana Hernández llega a preguntarse: ¿Qué palabra pronuncia la caída? Alguien puede decir también en qué árbol se movió la tarde del entierro de Omar Gutiérrez Peña, en qué lugar del alma quedó su cuerpo roto. Bajo el sol también estaba la lluvia, lejana. Un tramo más adelante la voz afirma: La lluvia/ su presencia de animal mitológico/ sobre las grietas de la tierra, para luego arribar silenciosa al cauce que espera la corriente: El río no está más/ sólo un cofre de cemento lo escucha sufrir. Esa humanización sonora hace que la poeta diga de la máscara de la tragedia, la que vendrá en páginas pos-

teriores. La imagen que la congrega se alista en los ojos: Somos recipientes apenas. La belleza aturde por su síntesis. 3.La tragedia de Vargas está en este libro. El agua, por supuesto, es la protagonista. Desde el comienzo, desde el primer viento, el lector de la naturaleza, así como el lector del poema, ve hacia el cielo y toma los designios como culpa, de allí tantas preguntas sin respuestas. De allí que Soy ojo de tierra/ montículo que aspira el arriba// Una germinación/ Soy un brote/ obnubilado en los flancos/ por el brillo de la sal/ / Soy una isla/ lo sé// Temerosa de sucumbir/ apenas si me asomo. De allí que se diga de la vida y de la muerte. De los anuncios negros que bajan del Ávila hacia el mar. Del lodo que lo arrastra todo. Del barro que se hace cuerpo temeroso, del agua que ahoga. De los rasguños en el lomo del cerro. El agua violenta. Y así Heráclito, de nuevo: Sobre qué se refleja/ la sombra/ si el agua del río/ siempre corre, deja dicho esta mujer que hace del poema una respiración urgente. ¿Quién es el hacedor de lluvia? En esta parte del libro el tono se eleva. La sacralidad de la imagen nos impulsa a pensar que el agua también viene del eco de Dios. Larga oración que queda vibrando en los ojos, en los oídos. Una imagen para no silenciar las últimas páginas: En el bosque sagrado// en lo más alto de tus abetos// tres hombres gotean/ sobre sus cimas// Uno golpea su caldero// y es trueno// El segundo hace volar chispas// y es relámpago// El hacedor de lluvia/ con ramitas asperja agua/ en todas direcciones/ vendrás lo sabemos/ y del estiaje surgirá un brote.


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Andamios

Uno que habita en Calle del Pez

KEVORK TOPALIAN

ALBERTO JOSÉ PÉREZ

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ntre Andamios y el lector media el tópico del acto de observar, de la mirada pausada que se da el tiempo de descubrir en lo real y circundante una dimensión distinta de la ya aprendida, usual o demasiado simple. Entre el lector y Andamios se establece una relación: el futuro y la memoria encuentran su coincidencia en el presente que personifica el lector, pues aunque no lo pretenda, este libro se torna didáctico, propone un juego: pide acompañarnos una vez que hemos soltado el libro y nos disponemos a salir a caminar, por ejemplo, de la casa al trabajo o a cualquier otra parte, atravesando las calles y los jardines que no son necesariamente los de la ciudad de Valencia : es el juego de ver-por-cuenta-propia a costa de esa interpretación que entendemos por "realidad". Detrás de lo consuetudinario, mediante el detenimiento, la calma y la contemplación, surge la imagen imprevista, un acontecer que vincula al caminante con el lugar, la vida y el presente. Cada poema, cada andamio, es un ejemplo que nos dice "Mira, esto se puede hacer". Con este libro, Néstor Mendoza hace permeable el tiempo presente al pasado, un pasado impersonal, aunque sus referentes sean muy personales, cotidianos o inmediatos el abuelo, la amante, un puente particular o la naturaleza en torno-; es precisamente esa contradicción de lo impersonal referido por la cotidianidad de lo personal lo que nos pone ante la poesía que emana de sus páginas, pues ¿cómo sería posible que la segunda refiriera al primero de manera tan expedita? La versificación sosegada y consistente auspicia una lectura relajada y detenida, condición para experimentar el efecto descrito. Es así que desde la mirada de un poeta joven, el presente, que pudiera parecernos mudo, demasiado delimitado dentro de la inmediatez, es ampliado de pronto por la presencia del pasado, que sigue allí silente en los objetos, el paisaje e incluso los allegados: una solución de continuidad para el futuro.

l hombre nunca se va de los lugares que habita, algo se lleva consigo para conservar el aire y el olor de esos lugares, en Madrid, hay una Calle del Pez, no la he pisado aunque otras calles de esa ciudad, recuerdo. Douglas Bohórquez, el poeta, nacido en Maracaibo, en 1951, puso en mis manos un hermoso conjunto de poemas, titulado: Calle del Pez, Monte Ávila Edito-

res, Caracas, 2004, por eso hube de consultar su existencia con el mismísimo Douglas Bohórquez. Calle del Pez, es el canto del lugar donde el poeta es pregunta y respuesta en la resonancia del retorno del vacío, no del abismo, el abismo es el infierno y en Calle del Pez, no lo hay. Pero si los tiempos de la infancia, la desnudez de las edades del poeta que denotan una personalidad poética interesante y digna de celebrar:

CALLE DEL PEZ I Yo vivía en el aire como pez en su nube como árbol en su rama ensimismado sobre el pie del horizonte

II Yo era el pájaro escapado del aire sobrevolando apenas alrededor del pensamiento Reconociéndose en la distancia que los tiempos de la vida, le marcan, Douglas Bohórquez, se erige en un hombre de memorias, que lo abordan y se hacen palabras que resplandecen como el mejor de los cultivos que el alma de un hombre puede sostener:

CABALLO

EL PUENTE En ambos extremos del puente los remaches petrificados inmovilizan las cuerdas. Los paseantes no pierden el tiempo en detallar los cambios que los años han marcado en la estructura. Es el mismo puente: no es necesario mayor esfuerzo para nombrarlo de nuevo. Fundado hace cincuenta años, por personas que probablemente ya han muerto, mantiene la utilidad de siempre: debajo, el mismo río sin filosofía, niños que juegan a ahogarse, dos muchachos que se tocan escondidos en la leve corriente para disimular el roce. Los paseantes van de punta a punta con la naturalidad acostumbrada. No hay un asombro que les indique una nueva interpretación. Andamios (Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, Caracas, 2012)

Como un caballo rojo me vi anoche. Volaba. Brillaba adentro, en el interior. Sentía un fulgor que me alumbraba. Era una fuerza ciega, dentro de mí, una visión. Entre arcos y columpios galopaba el caballo que amé, en mi infancia, volando por encima de todas las casas. Y estás confesiones van haciendo un discurso donde el tema del amor, como templo que debe ser lugar de oración, va tomando cuerpo, el poeta va dejando sus cantos de amor en el sonido, en la música de sus palabras, los cantos mágicos que esa palabra, dolorosa en su belleza, causa:

PONGO ÁRBOL EN LA VIDA Pongo árbol en la vida pongo tierra fuerza de adentro para resistir contra todos los demonios y como un colibrí quiero saltar amor sobre tu ventana. Es, pues, Calle del Pez, lugar de retratos encantados que van siendo dejados en cada página, con su tiempo, como cartas marcadas para no traicionar la memoria, la dulzura con que han sido cantados.


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Expresiones etégenas de P Gómez LEONARDO MAICÁN "La bancarrota de las ideas destruyó el concepto de humanidad en sus estructuras más íntimas y por esto el acervo hereditario y el trasfondo instintivo emergen ahora patológicamente" HUGO BALL.

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bordar la pictórica de Pablo Gómez (Maracay, 1956), escribir sobre su obra, no es una tarea fácil, cómoda. Todo lo cual supone un reto, un compromiso intelectual para quien intente descifrar sus trazos y trasladarlos al papel. Eterno nudo gordiano es la cuestión del arte (intrínseca a su naturaleza), criterio que nos conduce a mirar el problema desde distintos y diferentes ángulos. Problema (el del arte) que Gómez asume con la madurez plena de quien lleva añales entregado a un oficio que requiere formación, disciplina y conciencia. Degustar la obra de este artista es un aproximarse lentamente, con cautela, como quien intuye que camina sobre un terreno minado, tratando de no dar un paso en falso; reptando, caminando en puntillas, retrocediendo a veces para luego reemprender la marcha en otra dirección, hasta finalmente llegar al objetivo, a sabiendas de que, al "tocar" la obra (mirar su alma, no sus líneas ni sus colores), el corpus estilístico habrá de estallar irremediablemente en nuestra memoria. Catarsis. Asombro. Descubrimiento. Y es que Pablo Gómez pertenece a esa estirpe de creadores cuyo lenguaje, aun siendo el mismo en cuanto a códigos y semántica, constantemente va renovando su piel, como la serpiente, sin perder por ello su esencia. Anclados en El Molino, donde el anfitrión Santiago a ratos participa de la molienda del grano de la tertulia, entre sorbos de cerveza y voces extraviadas me dijo Pablo Gómez: "Comencé a echar colores cuando me di cuenta que mi realidad interior era tan perversa y compleja como la realidad que nos circunda: la calle, las instituciones, el Estado, la religión, la sociead en gene-

ral. Esa realidad interior, un poco a lo André Breton, era una mezcla de inquietudes, sueños, fantasías y vivencias. Sabía que sólo a través del arte podía yo aligerarme de espantos. Empecé primero con la escultura, incluso hice unas con petróleo que merecieron algún reconocimiento por parte de la crítica. Pero el cúmulo de imágenes que albergaba mi espíritu era tan grande que no podía darme abasto con la escultura. Fue entonces cuando encontré en la pintura el infierno perfecto donde desaguar mis demonios. Desde entonces no he parado de pintar". Días antes había visto su más reciente trabajo, que lleva por título "Serie Etégenas". Me lo mostró el artista en los espacios de la tristemente des-

cuidada Casa de la Cultura de Maracay: Un grueso número de dibujos, signados por un cierto grado abstracción. Conocedor de imaginarios semánticos, este demiurgo de las formas y los colores sabe que "etégena" significa extraterreste, alienígena (entre nosotros, en nuestro submundo de diccionarios secretos). De donde el lector puede darse una idea de las imágenes que conforman la Serie: humanoides, seres deformes, "bultos" de líneas y trazos cuya lectura nos pierde en laberintos donde la materia (o el cuerpo) parece reproducirse en cada mirada, en cada gesto matizado de protuberancias y sensualidad. "Serie Etégenas -dice Pablo Gómez- es un intento de refle-

jar a través del dibujo una tipología diferente del hombre, que en una primera mirada pareciera que fuera más allá del mundo que conocemos, lo cual es una verdad a medias, relativa, pues mis etégenas representan, ante todo, al cotidiano ser de nuestros días, con sus problemas, sus pecados, sus angustias, frustraciones y aspiraciones. Y es la retina del otro quien en definitiva, navegando en las confusas aguas del arte y la abstracción, quien da vida y pertenencia al etégena -humano o no-, entidad que en cierto modo el otro reconstruye con su mirada, con su capacidad de interpretar el decadente mundo de nuestro tiempo". Pablo Gómez es un artista que sorprende por su versati-

lidad, por esa capacidad creadora que lo ha llevado a incursionar en la pintura, el grabado, la escultura y el dibujo. No es un artista monotemático, de esos que pasan toda la vida pintando un mismo cuadro. Y es que Gómez es capaz de pasar con espontaneidad del objeto (jarrones, botellas, mesas...) al sujeto (la mujer, el hombre, el niño). Capaz de abordar tanto lo figurativo como lo abstracto. Capaz asimismo de mezclar ambas tendencias estilísticas, como ha ocurrido con sus "etégenas", donde lo abstracto, lo figurativo y lo onírico se funden, dando como resultado una aleación visual de extraña belleza. Lugar etegénico donde la mirada es fuga, exilio de nosotros mismos.


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Los años prodigiosos

ANTONIO COLINAS

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emos venido afir mando que, quizá, Juan Ramón Jiménez sea el poeta español del siglo XX que mejor resiste la prueba del paso del tiempo. Ello es así, sobre todo, porque la amplitud de su obra sigue deparando sorpresas, tanto a sus estudiosos como a sus lectores; pero también porque poseyó el don de una voz propia que lo distingue -condición primordial para valorar la autenticidad de un creadory porque su obra responde a un sentido universalista. El desenlace de este afán -extremado y bello como una música- serían sus últimos libros, en los cuales su sentir y su pensar se decantan con extremada pureza expresiva, quedando la palabra en los límites del silencio. También constatamos que son varios los registros de esa voz suya y que, en consecuencia, son igualmente varios sus libros emblemáticos. Por ejemplo, se coincide en ver como decisivo el

cambio estético que supuso el Diario de un poeta recién casado. Otros señalarían, y con razón, la última etapa, con cumbres como Espacio y Tiempo, en reciente y preciosa edición (Linteo, 2012); o, como raíz primera de su mundo, el sentimentalismo desbordado de Arias tristes o Jardines lejanos. También es clave, al referirnos a Idilios, hablar de una etapa para mí central y decisiva -Rocío Fernández Berrocal la llama "encrucijada clave"-, que es la que va de 1908 a 1917. Década que tiene sus orígenes en los días de retiro en Moguer y que se cierra con el cambio radical que supuso el Diario de un poeta recién casado. Ahora -a la espera de la cuidada edición de Idiliospodríamos pensar que éste es el libro que resume esa década prodigiosa. Primero, porque al haber sido escrito entre 1912 y 1913 (entre esos dos polos decisivos en su vida que fueron Moguer y Madrid: el tercero fue América), es decir en el centro de esa década; luego, porque Idilios podría ser el fruto decantado, esencial, de esa

etapa que ha sido reconocida con fulgurantes calificativos: la de los "libros amarillos", los "borradores silvestres" o los "fastuosos tesoros". ¿Por qué fue así? ¿Por qué esa intensidad en la emoción y esa emoción hacia lo puro? Porque el poeta dejó fluir en aquellos años (y en este libro concreto) su voz con naturalidad. Porque ni deja desbordar sus sentimientos, como en sus primeras entregas, ni "construye" los textos como en sus últimos libros. En esta etapa el poema fluye al utilizar, en grado sumo, medios que son muy de él: la emoción, la intensidad, la ternura, un lirismo finísimo, la conmoción en el sentir y los hallazgos en el pensar (poético), la sorpresa, la palabra ajustada, el fulgor de la concisión… Reunido ahora el libro y estudiado gracias a la sensibilidad y a la laboriosidad de Rocío Fernández Berrocal, vemos que esta obra -hasta ahora dispersa como otras suyas-, se funde en una unidad preciosa que, a su vez, proviene de una dualidad: la de las dos partes que compo-

Manuscrito de uno de los poemas de Juan Ramón Jiménez contenidos en 'Idilios'

nen el libro: "Idilios clásicos" e "Idilios románticos". Dualidad que, en principio señala una engañosa significación meramente "literaria", cuando el significado último está en lo hondo de cada palabra, verso y poema. La relación, ahora probada contundentemente, de esta obra con la esposa del poeta, Zenobia, enriquece enormemente el sentido de la misma ("el idilio eras tú"). Con dedicatorias, además, expresas, como la perturbadora que abre el libro: "In Memoriam/ Z. C. A/ muerta para el amor". Mujer y amor -temas esenciales a lo largo de la obra de Juan Ramón-, adquieren en Idilios una significación muy especial. Pero lo importante se halla en ese afán de unidad que reúne todos esos medios y recursos

de la palabra inspirada a que atrás hemos hecho referencia y del que puede ser bellísima y arriesgada muestra este poema: "¡Dame tu carne! ¡Quiero ir en ella, loco jinete, al norte, al sur, al este y al oeste! ¡Quiero cruzar el mundo con tu cuerpo luciente, derramarlo, un instante, más allá de la vida y la muerte!" Antonio Colinas es poeta, ensayista, novelista y traductor. Es autor del prólogo del libro Idilios, que incluye los poemas inéditos de Juan Ramón Jiménez y que se publicará entre enero y febrero. Ganó el Premio Nacional de Literatura en 1982 y su último libro es Obra poética completa (2011).

Suplemento Cultural Contenido 02-02-13  

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