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LOS CUENTOS DEL PEQUEテ前 VIAJERO


© D.L.B. 11 - 2000

EL PEQUEÑO VIAJERO

A veces se nos queda pequeño el mundo que siempre hemos conocido, la curiosidad se apodera de cada rincón con una propuesta tentadora a la que tenemos que responder y hay un mapa en las aceras que promete desvelarnos los secretos mejor guardados.

“…¿Y para ti, que es un viaje? la pregunta no dejaba de latir y el Aire me dio las respuestas…” FOTOGRAFIAS DE DANIEL LASALLE BORRAS

Contacto: dlasalle@colgeocat.org

Nunca es fácil preparar la maleta cuando no se sabe hasta dónde se quiere llegar, dónde nos llevarán las preguntas sobre los templos antiguos o esa nueva ciudad, pero cuando se comienza a andar nada es tan ligero como el sueño de llegar a un final imaginado. Y los caminos nos conducen a las perfectas praderas de la infancia, a las terribles ausencias frente a la tormenta más crucial preñada de silencios, a la niebla que promete perdernos en las esquinas del mundo, a dudar hasta de nosotros mismos, de quiénes somos, de lo que hacemos. Ese es el motivo del viaje, el deseo de encontrar quienes vamos a ser en el preciso instante en que los vagones dejan de tronar y nuestros pies coronan las ciudades antes desconocidas. Entonces ya no importa el equipaje, ni el tiempo, hemos descubierto la verdad, hemos desentrañado el misterio. Somos el viajero anónimo, somos un instante más en la historia del mundo

Gracias a tod@s los que habéis soñado textos inspirados en mis fotografías, y a l@s que gratamente me habéis cedido textos por los que he podido viajar y han acabado siendo fotografía. Sin vosotros esto no hubiera sido posible.

Un texto de Patricia Garcia-Rojo para El Pequeño Viajero

© D.L.B. - 01 - 2013


MAS VALE TARDE QUE NUNCA La melodía del móvil le despertó de un estado de semi inconsciencia. Se encontró a sí mismo, sentado al borde de la cama, vestido para salir. A su lado, la vieja maleta de cuero, medio llena-medio vacía, rodeada de varias camisas, camisetas y pantalones, aún unidos a sus respectivas perchas, pero en disposición de ser doblados y empaquetados, en busca de nuevo rumbo. Dos pares de zapatos descansaban sobre la alfombra. Aún aletargado, pulsó, maquinalmente, la tecla con dibujo verde de su teléfono. Notó en ese instante, que sus manos estaban cálidas, sudorosas y brillantes. Del otro lado, una voz familiar dijo “Hola”. Entonces, quien debiera haber contestado, dejó caer la parte superior de su cuerpo 90 grados, apoyándolo sobre la cama, y colgó. Confuso, se preguntó cómo había llegado hasta allí la maleta, y quién la habría ido llenando, pues no recordaba haberlo hecho él mismo. Era la única persona en la casa...¿Sería posible que…? Siempre había querido viajar, pero, la universidad, la falta de dinero, su pareja y el trabajo, en orden cronológico, se lo habían impedido. Y parecía que, al final, habían ganado la partida los deseos encerrados bajo llave en el lugar más remoto de su inconsciente. Sus anhelos dominaron cada uno de sus músculos. Tras contemplar por largo rato la maleta a medio hacer, no pudo evitar continuar colocando cada pieza de ropa en su interior. Terminada esta tarea, se encaminó hacia la puerta. Sobre la mesa de la entrada estaba su sombrero de cuero. Aquél comprado hacía años, después de un flechazo tras verlo en un escaparate. Jamás lo había usado. Pero, cuando viajaba en sueños, siempre cubría su pelo tostado. De nuevo sonó el teléfono, el mismo nombre en la pantalla. La misma voz familiar, esta vez en un tono ligeramente más agresivo, dijo: -

¿Por qué me has colgado? Y en esta ocasión, sí obtuvo respuesta: Me voy ¿Qué? Que me voy. Pero… ¿a dónde? A cualquier otra parte.

Lucia Corujo


NUNCA JAMÁS HABIA ESCUCHADO UN VIENTO TAN FUERTE Me tiraba del pelo, se colaba bajo mi abrigo, me mordía la nariz. Un par de veces me elevó del suelo y sentí que estaba volando. Pero a mis zapatos les dio miedo y se pusieron a lloriquear. Hundí las manos en los bolsillos para hacer contrapeso porque el llanto me da dolor de cabeza y seguí caminando a zancadas. clap, clap, clap. de pronto quise cerrar los ojos y extender los brazos, y ver qué pasaba, pero mis zapatos ponían morros y amenazaban con hacer pucheros. Quédate en el suelo, no dejes que te lleve. pero igual no era mala idea. ¿A dónde va a parar el viento cuando deja de soplar? Siempre he pensado que hay un lugar donde se encuentran todos esos paraguas voladores. Quizás si levantaba los brazos un momento, como si planeara, me reuniría con ellos. Así que me quité los zapatos. Se pusieron a berrear, ¡no nos dejes, el viento nos da miedo, llévanos contigo, no nos dejes, no nos dejes, no nos dejes! Pero yo ya había extendido los brazos y volaba. Veía paraguas a mi alrededor. Negros, azules, naranjas. Un perro ladró en el aire, una niña con trenzas me saludó a toda velocidad. Ese viento inmenso nos llevaba con él. ¿Habría té de las cinco en el lugar donde se reúnen todos los paraguas voladores? ¿y viento, habría viento allí? Dara Scully


MI MALETA DE MEDUSAS VOLADORAS Entro en casa: abro la puerta. Salgo de casa: cierro la puerta. Ahora que lo pienso, me he pasado todos estos años abriendo y cerrando puertas. Entrando y saliendo de lugares, de vidas, de universos, de antros. En algunas estancias he permanecido más tiempo, algunos años. En otras, apenas unas horas o minutos. Así es mi vida: un tránsito de un lado a otro, sin apenas paradas. Soy un pasajero que cambia de medio de transporte y de lugar; apenas de amores, y allá donde vaya se vienen conmigo, en mi pequeña maleta de medusas voladoras. ¿Qué es una medusa voladora? Las medusas voladoras crecen dentro de las lágrimas suicidadas, esas que asoman sobre el borde de los párpados sin llegar a caer porque no se atreven, porque tienen miedo; miedo a resbalar sobre las mejillas, hacerse visibles, expuestas, y vulnerables al mundo. Cuando acumules muchas lágrimas suicidadas podrás tener una maleta de piel de medusa voladora, convertirte en un alma errabunda, tu hogar será una estrella errante, y viajarás de universo en universo, buscando un lugar donde poder brillar por ti mismo, así, sin más. Sin tener que ocultar cómo eres, ni quién eres. Y dejarás de abrir puertas y cerrar puertas. Aunque, ahora que me lo pregunto: ¿las estrellas brillan por sí solas o su brillo se acentúa por la presencia de otra estrella que luce en igual intensidad junto a ellas? Tendré que averiguarlo. Ya tengo la maleta de medusas voladoras y mi estrella errabunda, ahora tan solo me falta encontrar el universo donde poder brillar y anclarme: abrir la maleta y dejar que las lágrimas suicidadas se hagan visibles al mundo, mi mundo. Un mundo que no existe en este mundo, que se alimenta de realidades efímeras no ordinarias, extravíos atemporales y atmósferas fugaces. Cártobas Alumbakata


SE FUE CON EL VIENTO DEL NORTE Nunca se le había ocurrido mirarlo de esa manera. Y no tenía nada más que contar a nadie, porque nadie parecía entender lo que quería decir. Ahí subido, con el sombrero y el pañuelo en el bolsillo. Parecía un personaje de novela. Y al llegar a casa sólo había flores mustias que soñaban con escapar por la ventana. Pero nunca había pensado que lo que pasaba era que su monólogo ya había calado. Que todos los demás personajes giraban entorno a un mismo centro: él. Miró los zapatos. Estaban mojados, empapados. Llenos de barro. Era curioso, no recordaba que hubiera llovido. Entonces recordó que la noche anterior se había colado en otras vidas. Paz Serra


FANTASIAS DISFRAZADAS DE AMARGURA Entonces comenzó a sentir que su cuerpo era capaz de flotar inmerso en la humedad, imaginaba el latir arrítmico de su corazón, los movimientos sinuosos que materializaba su cuerpo, su bracear cada vez más lento y armónico, sus pies que con el transcurrir del tiempo retornaban a su estado inerte de aletas, en soplos era capaz de sacudir la cabeza de un lado a otro y entonces volvía a la superficie ceñida de un infinito haz de luz; salía a flote y respiraba hondo muy hondo. La corriente la había llevado a un nuevo lugar. Abrió los ojos, y aunque lo dudara el cielo seguía ahí, con su misma serenidad de siempre acompañado de una complaciente brisa. Todos estaban lejos y el agua se desvanecía en medio del silencio. Zai Vélez


NACHO Entonces, ¿cuál es tu plan para conquistar el mundo? -me pregunta Nacho en mitad de la conversación. Besar a todos. Patricia Garcia-Rojo


MIAU MIAU MIAU Hoy no, tristeza… hoy no. Y me da igual que aporrees tan fuerte la puerta que termines por echarla abajo. Me da igual que apedrees las ventanas de mi casa y me dan igual tus mil y un mensajes en el contestador. Hoy no es el día, hoy no es nuestro día. Hoy no podemos discutir, ni gritarnos hasta desgarrarnos las gargantas. No pienso sentirme culpable, ni insistirte, ni llenarme las tripas de odio. No quiero darte explicaciones y pelear para que las creas… Hoy elevo mi amor propio a su máximo exponente y te hago invisible. ¿No te das cuenta?, soy un súper héroe… valiente e inmune, capaz de matar tus monstruos o de agitar fuertemente los brazos hasta formar huracanes. Sí, tristeza… puedes marcharte bien lejos por los aires si yo lo quiero así.

La chica de los lacasitos


EL TRAPECISTA Todo es blanco o nada. Estoy a la sombra de una farola que desprende rayos blancos de luz trazando un círculo en el suelo. Hay un ruido como de aleteo sobre mi cabeza y, como una imagen fugaz, cruza mi frente el trapecista. Una vez. Otra vez. Otra vez. Es un maestro, liviano, sereno, preciso, perfecto. Cae al suelo con una pirueta imposible y clava los pies sin un titubeo. No hace reverencia. Me mira. En el suelo hay una maleta, la recoge y cruza a mi lado, sobre el círculo blanco de la farola, antes de marcharse rumbo a la oscuridad. Quiero llamarlo, pero no recuerdo su nombre. Sólo soy capaz de llamarlo "malabarista". ¡Malabarista! -grito y se detiene, sobre un paso, a medio paso, con la maleta en la espalda, entre la luz y las sombras, a punto de perderse-. ¡Sé que no es tu nombre, pero no lo recuerdo! No se gira, pero sé que sonríe. Sabes cuando una persona sonríe porque se mueven las orejas. Lo recuerdo, como un triunfo, lo recuerdo. ¡Trapecista! -grito como si acabase de rozar un milagro con la punta de mi lengua. Y él regresa, y ya nada va tan despacio. Ahora el ritmo parece girar bajo la farola, en nuestro círculo perfecto, mientras abre la maleta y saca tesoros azules: un vestido, varias telas, caracolas, marionetas... Bailamos, un vals en el círculo blanco, con la maleta derramándose sobre el suelo. Y me hace reír, me hace reír como a una niña. Me hace sentir vieja y pequeña. Me enseña a volar. Me enseña a ser infinita. Me hace sentir oportuna. Pero todo se detiene. Mi trapecista comienza a guardar sus tesoros en nuestra maleta, en su maleta. Y vuelve a cargársela al hombro. El círculo de luz se ha hecho cada vez más grande, hay una acera, una calle, edificios, pero se va, va a irse. No... -ruego alcanzando su espalda con mis manos vacías-. No te vayas. Se gira, acaricia mi frente con su boca serena y susurra: No hago falta aquí -sonríe con tristeza-, estás curada. (me desperté ahí, sientiéndome completa y sola)

Patricia García-Rojo


PERDIDO Creo que sigo estando igual de perdido que cuando tenía dieciséis años; creía que me había encontrado, pero simplemente dejé de buscarme. Me conformé con lo que tenía, con lo que sentía y con lo que veía, aunque no me gustase. A veces siento el impulso de saltar para estrellarme contra el suelo y así despertar de golpe, y pensar que todo ha sido un mal sueño, y que no estoy metido en toda esta mierda que cada vez me asfixia más. Quizá las drogas no fuesen la mejor solución para evadirme de la realidad, lo reconozco, pero cuando sientes que todo en lo que habías creído se derrumba, todos en quienes habías confiado te dejan de lado, te agarras a cualquier clavo ardiendo. Cuando era pequeño soñaba con verme, en un futuro, trabajando en mi propio bar, con los clientes habituales, de copa, puro y café a media tarde, con una esposa maravillosa y un par de hijos correteando, llenos de inocencia y vida. Pero supongo que la vida sólo les sonríe a los de siempre, a los demás, siempre nos putea. Quizá algún día lo haga, quizá algún día sea lo suficientemente valiente, aunque sea lo último que haga, para cambiar todo esto, y ser, de nuevo, aquel chico de mirada brillante, de sueños atrapados en botes de cristal, que soñaba por encontrar su destino en un camino lleno de espinas. Leyre L.G.


DEL OTRO LADO Lila caminaba por calles brillantes de un otoño enloquecido. Entre los árboles de la avenida cruzó él. Era el viajero perdido. Lila lo reconoció sin dudar y apuró el paso para poder seguirlo. Cuando estuvo cerca vio que había envejecido. Mucho. Demasiado. Él camina sin ver. Sólo siente dolor. Dolor de pérdida. Dolor de grito. Él camina una vereda por la que alguna vez caminaba un niño. Un niño que ya no recuerda el camino. Él recuerda al niño, de pronto, lo recuerda. Lo recuerda al caminar el interminable laberinto de su memoria. Hoy para él no hay salida. Hoy se cerraron los espejos. Lila camina bajo acacias que salpican la vereda de chispas solares. La vereda por donde él había caminado. Recordó que fue en otoño. Recordó que, alguna vez, supo de signos y señales. Rayuela


SALTA Di una calada a mi cigarro y contemple las extrañas figuras que formaba el humo al salir de mi boca, retorciéndose expuesto al frío aire de una noche de Diciembre. Subí del todo la cremallera de mi chaqueta y apoyé la espalda contra la pared de la terraza sentándome sobre las frías baldosas. Dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Una lágrima escapo de mi ojo derecho y se deslizó lentamente por la mejilla, abriendo un cálido surco sobre ella. Me la sequé molesta. Odio llorar. Me hace sentir débil, pequeño y e incompetente. Llorar no es una forma productiva de solucionar mis problemas o ponerle un fin a mi malestar, y sin embargo, no pude evitar que el caudal de lágrimas se incrementara hasta acabar intentando ahogar mis sollozos contra la manga de mi chaqueta. Opté por apagar lo poco que quedaba ya de mi cigarro medio consumido, y tiré la colilla a la calle. -¿Llorando otra vez? No contesté a la vocecita que resonaba en mi cabeza. Aunque hubiera querido tampoco tenía fuerzas. - Muy maduro. Normal que tu vida sea una mierda. No eres capaz de llevar las riendas y no haces nada por aprender. Te limitas a sentarte y llorar. Cerré los ojos mientras las contracciones de mi tórax aumentaban, mi garganta se cerró, mis pulmones encogieron y mis ojos se inundaron de lágrimas. Mi cabeza comenzó a dar vueltas, incapaz de procesar la avalancha de pensamientos que la inundó.

De nuevo, mi garganta se cerró aún más, y las contracciones de mi tórax comenzaron a hacer que mis músculos se agarrotaran poco a poco, comenzando a sentir dolor cada vez que trataba de inspirar profundamente. Me levanté ayudándome de la barandilla. -Estás solo- Me recordó. -Estoy solo porque quiero estarlo- Respondí soltando de golpe todo el aire que había conseguido reunir. Y era verdad. Quería estar solo. Cuando estás rodeado de gente, por lo general tus problemas se magnifican. Te agobian con preguntas que no quieres contestar e impiden que lo saques de tu mente. Además, considero que es imposible que una persona que se odia quiera permitir que otras personas entren en su vida y conozcan esa parte deplorable de la cual reniega. Conclusión: Si no los aparto yo, acabarán marchándose por decisión propia. -Buena excusa para justificar tu miedo a la gente, a lo nuevo, a exponerte aunque tengas la posibilidad de ganar si también existe la de perder. Porque la mayor parte de las veces perderás, y lo sabes. Me asomé a la calle -Salta- Susurró- Es lo único que tienes que hacer para que todo acabe. Salta y no tendrás una sola preocupación más. Todos tus problemas desaparecerán y dejarás de vivir odiándote eternamente. Cerré con fuerza mi mano alrededor de la fría barandilla de metal. Mir�� hacia abajo.

-Yo… yo puedo…-Jadeé incapaz de terminar mi frase. -Pero yo soy mejor que eso- Murmuré no muy convencido. - ¿Tú puedes qué?- Me espetó en tono de burla- ¿Qué quieres hacer? ¿Qué tienes? ¿Quién te quiere? ¿Qué puedes hacer? -Cállate- Gemí llevándome una mano al pecho, agarrando con fuerza el trozo de tela que tapaba el punto bajo el cual supuestamente se encontraba mi corazón.

-¿Eso crees?- Inquirió- Porque si es así, sería mejor que comenzaras a demostrarlo ¿No te parece? Gabby


WEF El frío le congelaba las pestañas, los labios se agrietaban y todo su cuerpo se estremecía con cada copo de nieve posado en el suelo. Dejaba huellas por la nieve virgen, como siempre le había gustado hacer, y se tiraba horas sentado en el mismo banco, bajo el mismo árbol. Pensaba en la vida, en la muerte, en el calor, en el frío. Pasadas unas horas su pelo tostado se adornaba de copos de nieve, sus ojos se enfriaban hasta llegar al azul intenso, y, su sonrisa, se quedaba congelada en el tiempo, como toda él, teniendo cierto símil con una estatua que espera el dinero para moverse. Quizás lo fuera, después de todo. Hacía mil vidas que había dejado de moverse, que había dejado de vivir como todos los demás parecían hacer. Le gustaba la nieve, le gustaba la perfección del blanco y la sensación de lleno vacío que le inundaba cuando estaba allí, bajo millones de copos únicos y que el mundo no volvería a ver jamás. Pero eso no era suficiente, nunca lo había sido y estaba aterrorizado al pensar en que nunca lo sería. Se tiraba las horas muertas en pensar en todo y en nada, y al final del día se daba cuenta de que nada de todo ello tenía la menor relevancia en su vida. Querría acabar con eso: vivir para ver la nieve, y, viéndola, pensar en que el sol recobraría fuerzas y echaría cruelmente a sus estrellas de hielo, nublaba sus ojos. Pensando que pronto tendría que regresar, que la nieve partiría para no volver hasta meses después, había veces en las que ni siquiera los copos cayendo como plumas mecidas por el aire lograban avivar su espíritu. A aquellas alturas, ya sabía que su vida sería así: un largo letargo estival para renacer con la nieve un año más, y cuando renaciese, llorar amargamente porque sabrá que es una felicidad injustamente efímera. ¿El consuelo? Primero, que la nieve siempre regresaba... siempre regresaría. Y, después, lo único que le gustaba tener en común con el resto de la gente gris: que, un día, su pelo se volvería igual de blanco que la nieve. Sería igual de anciano, igual de suave y perfecto, igual de níveo. Y un día, poco después de aquél, la última visión de sus ojos serían las estrellas de cristal.

Eso le empujaba a seguir disfrutando de la lenta caída de la nieve sentada en aquel banco y con una sonrisa pintada en la cara. Stra While


LA ESPERA Esa tarde teníamos pensado emprender aquel largo viaje juntos. Sentado en el andén aguardaba a que vinieses a la estación. Apenas una pequeña maleta acompañaba mi soledad. El tiempo pasaba. La espera era en vano. De repente, un chispazo de intuición me concedió lucidez. Supe que no te habías retrasado en un atasco ni te habías olvidado de venir. Simplemente ya no estabas. No en esta ciudad abrumadora. Tampoco en este vasto país costero. Algún otro lugar del mundo acogía tu soledad. Sara Lew


ETER A veces, como ya he dicho alguna vez, confundo conceptos. Los dichosos conceptitos no son lo mío, yo les hago reformas en sus tripas de mecano, los despedazo y los reconstruyo como me place. Hago míos los conceptos y los vuelvo ventanas en las que sólo yo me asomo porque me desencajan. Creí que la libertad, imbécil de mí, tenía forma de alas, que la libertad era el vacío de éstas paredes, tantas veces me estampé contra ellas, pero tantas, y el techo, ese que de pequeña cubría el contorno microscópico de un dios irreal, ese se me desplomó hasta asfixiarme. La libertad es romperse las estructuras desde los pies, es sentirse capaz, es sentir, sentir como un punto inquebrantable, sentir como el vórtice dónde sucumben y renacen todas las alas del firmamento. Qué rica la sensación, dejar sobre el suelo las capas fantasmas de mi crisálida. Ser libre de mí, serme, sentirme y volar.

Hoba


RECUERDOS ¿Sabes? Ayer me di cuenta de que no recuerdo nada antes de los 15 años- Comentó sorprendida. -Normalmente no eres capaz de recordar lo que has comido el día anterior- Respondí sonriendo- ¿Debería sorprenderme por tu descubrimiento? Hacía frío… MUCHO frío. Aún no entendía como había conseguido convencerme con una sola sonrisa. -No, deberías ser un poquito menos borde- Me reprochó ella tirando de su foulard para colocarlo bien- ¿Tu recuerdas algo? -No antes de bachillerato ¿Por? – Me metí las manos en los bolsillos en un desesperado intento por mantener mi calor corporal. -¿No te agobia olvidar tu infancia tan fácilmente?- Preguntó con los ojos muy abiertos. Conocía esa cara. Es la cara que pone cuando algo la inquieta mucho pero es tan abstracto que no puede expresarlo con palabras- No se, me inquieta la idea de olvidar poco a poco mis recuerdos mas preciados. Soy consciente de haber dicho en varias ocasiones “Siempre recordare este momento” Pero nada, ha desaparecido de mi disco duro- Se quejó afligida dejándose caer sobre una duna relativamente alta. -Quizás no fueran momentos con un impacto tan grande en ti como para que los fueras a recordar toda la vida ¿No?- Sugerí tomándola de la mano para obligarla a levantarse. -¿Qué quieres decir?- Preguntó dejándose envolver por mis brazos. -Que a pesar de no recordar quien era mi profesor de la única asignatura que suspendi en 4ª de E.S.O, si recuerdo que el día en que nos conocimos tu llevabas el pelo recogido en una coleta- Sonreí divertido al ver cómo se sonrojaba entre mis brazos- Y un jersey de color azul oscuro, unos vaqueros oscuros y rotos y unas converse negras. -Tu llevabas una sudadera gris dos tallas mas grande, unos vaqueros caídos y unas preciosas zapatillas nike negrasMurmuró ella tras un leve carraspeo. Me separé un poco de ella, lo justo para apreciar el rubor en sus mejillas, señal de lo avergonzada que se sentía. No era una chica que expresara fácilmente sus sentimientos, y quizás fuera eso lo que más me llamó la atención de ella en un primer momento. Rodeé su cintura y atrapé suavemente sus labios entre los míos. Sentí como su respiración se aceleraba al igual que mi propio pulso, y de pronto pareció hacer menos frío. -Apuesto a que dentro de cinco años también recordarás este momento- Susurré abrazándola con fuerza mientras ella besaba suavemente mi cuello. -Dentro de cinco años probablemente recuerde incluso que lo primero que me dijiste fue “Esa maleta es mía”- Contestó riendo. Gabby



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