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MENSAJE

Hoy más que nunca, cuando el desarrollo tecnológico y la globalización son procesos acelerados que afectan todos los órdenes sociales, nos percatamos que, con frecuencia, actuamos como si olvidáramos o ignoráramos una importante realidad: “toda actividad humana se da necesariamente entre seres humanos”. La educación, como actividad humana fundamental, es, en esencia, participación, convivencia, relación entre conciencias formadas y aquellas que están en proceso de formación. Por ello redescubrimos a la escuela como el espacio vital y privilegiado donde convergen valores, deseos, sueños y situaciones que se manifiestan en nuestra compleja realidad como pueblo. El sistema educativo debe ser capaz de enfrentar los retos que se nos presentan en el umbral del siglo XXI, retos que han transformado los roles tradicionales en el seno de la escuela. La realidad contemporánea es reto, cambio continuo, una aventura global sin igual. Pero así mismo, la “modernidad” ha traído signos que apuntan a un vacío, a una cierta sensación de inseguridad que, según los expertos, ha producido una pérdida de valores sin precedentes. Es como si educación y vida se hubieran separado irremediablemente. El marco conceptual que aquí presentamos constituye el trabajo de numerosos maestros puertorriqueños comprometidos con la ampliación y extensión de la educación cívica y ética de nuestros estudiantes. Todos conocemos que los elementos de la conciencia ética y cívica tales como valores, responsabilidad, respeto y convivencia están casi de forma perpetua en la palestra de la discusión social y en nuestras escuelas se pone en evidencia la urgente necesidad de reeducar, reorientar, recuperar las perspectivas éticas de nuestra historia como pueblo, de nuestra convivencia como sociedad civil. Nos satisface presentarles este trabajo que ha sido probado en el salón de clases y en el contexto de la comunidad escolar. Entendemos que constituye una alternativa para construir una educación que fomente y sostenga la convivencia cívica y democrática para fortalecer las posibilidades para que nuestros estudiantes puedan convertirse en actores de su propio destino y protagonistas de su propia experiencia de vida. Confiamos en que será fermento de desarrollo y crecimiento de la cultura de paz que como comunidad de aprendizaje, nos hemos propuesto cultivar.

César A. Rey Hernández, Ph. D. Secretario octubre 2003

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Educacion civica y etica  
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