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Ibagué, diciembre 28 de 2008

NOTA ACLARATORIA Los diablillos de la Literatura nos hicieron cometer un error en la autoría del artículo La multitud errante: desplazado en el foco, que apareció el pasado domingo como del escritor danés Hans Christian Andersen, siendo en realidad de nuestro colaborador LEONARDO MONROY ZULUAGA, escritor e crítico literario. Les ofrecemos disculpas al escritor y a nuestros lectores.

Hotel Pekín: La ficción al servicio de la Encarta y la superación personal

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona* n su Lección inaugural Roland Barthes destaca de la literatura su carácter irreductible, es decir, su capacidad de resistir a los discursos tipificados que la rodean. Lo anterior pone de relieve lo que, en otras palabras, Milan Kundera denomina el espíritu de la complejidad. Desde esta perspectiva, nada más decepcionante para un lector que tropezar con una obra que cae en la simpleza (no confundir con la sencillez, entendida como valor estético desde Ítalo Calvino), en la obviedad ramplona, en una narración despojada de rigor en el lenguaje, en una historia maniquea donde las acciones de unos personajes representan lo adecuado y las de otros lo que resulta cuestionable. Habría que tener en cuenta lo anterior al abordar Hotel Pekín, la última novela de Santiago Gamboa, publicada por Seix Barral en el 2008. En ella se narra la vida de un colombiano seducido por el estilo de vida norteamericano que decide no ser más Francisco Munevar (evitándose así el incomodo y parroquial “Pachito”) para convertirse en Frank Michalski, un exitoso promotor de la empresa Enhancing the future que ofrece programas de capacitación a altos ejecutivos de naciones diferentes. Frank llega a Pekín para dar un seminario a empresarios que requieren conocer los hábitos del mundo occidental de los negocios. Sin embargo, entre sus pupilos, encuentra un millonario que le enseña la importancia de un hogar estable y un respeto profundo por las tradiciones. De este modo, Frank se conmueve y maravillado por los ejemplos que en su existencia introduce Li Qiang, habrá de emprender la conquista del afecto de su hijo. Por su parte Li Qiang abre la posibilidad de que su familia pueda ir de vacaciones a Estados Unidos y que, a pesar de la indignación histórica por las invasiones europeas sufridas por China (Inglaterra, Alemania, Francia, Portugal, entre otras), la compañía que representa expanda actividades a otras latitudes. La novela presenta, igualmente, a un periodista de Selecciones llamado Bordewich Dordewich, quien viaja a Pekín en busca de historias que pueda tornar en crónicas. Éste le enseñará a Frank que aparte de los hoteles, bancos y oficinas o de atenerse únicamente a lo que dicen los manuales, un viajero debe recorrer las calles y disfrutar las múltiples experiencias que brinda cada contexto. Si bien otros personajes cuentan sus historias cuando interactúan con Bordewich o con el protagonista, la historia central (ligada a Frank) pareciera convertir a Hotel Pekín en un libro que, así intente poner en relieve la interculturalidad, tiene tintes de superación personal pues está cargado de consejos, sensiblerías y ejemplos cursis para motivar unos comportamientos familiares y una simpatía por las filosofías de “Oriente”. Alguna vez Jack Goody expresaba su inconformidad por el facilismo con que se ve a Oriente o a Occidente como si fuese un todo homogéneo, desatándose generalizaciones

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reduccionistas de los espesores culturales y las diversidades. Maxime Rodinson decía que “no hay oriente, existen tan sólo pueblos, países, regiones, sociedades y una gran cantidad de culturas en la tierra” (citado por Renato Ortíz, Lo próximo y lo distante, Interzona, 2003, 32). Por lo tanto, resulta primario representar, encarnados en personajes antagónicos, las ventajas de un modo de vida “oriental” frente al consumismo y pragmatismo “occidental”. No se trata de desmeritar Hotel Pekín por su cuestionamiento aa un modo particular de vida, pues la obra ni siquiera suscita reflexiones profundas sobre el proyecto de la modernidad, sus metarrelatos o su visión de una historia progresiva. La novela en su simpleza y su ficción moralizante resulta incomoda a la lectura. Es una obra casi pedagógica, llana en su expresión y en la presentación de episodios donde se pretende resaltar que es posible una modernización que logre articularse con la tradición y el patrimonio cultural de un pueblo. Además, el maniqueísmo del narrador lleva a que su protagonista caiga en el ridículo. Recuérdese, por ejemplo, cuando Frank, quien escribe un libro dirigido a negociantes (El mundo en que creo), se sueña contestando preguntas en el show nocturno de Larry King tras el éxito editorial. El pasaje recuerda uno similar de Los impostores, otra novela de Gamboa donde un mediocre escritor peruano, pero reconocido profesor universitario, se imagina recibiendo premios, invitado a entrevistas y conferencias. Sólo que a diferencia de Los Impostores donde la ironía, la intertextualidad y el humor intentaban poner en crisis el mundo de la academia (donde los profesores por manejar unas teorías consideran que pueden ser buenos escritores), en Hotel Pekín este tipo de escenas no trascienden y resultas accesorias. El Santiago Gamboa de im-

pulsos metaficcionales para burlarse del universo académico y literario, el autor de una ficción que impugnaba creativamente las actuaciones de la clase dirigente colombiana en novelas como Perder es cuestión de método o Vida Feliz de un joven llamado Esteban, el escritor que se deslizaba por variados géneros (novela policiaca, novela de artista, novela confesional y novela de espionaje) para intentar cautivar al lector así cayera en ocasiones en el simple gusto por la anécdota, termina dándole al mercado una novela que, como Hotel Pekín, más pareciera un “instant book”, un libro fácilmente digerible, descaradamente simplón y despreocupado por la forma por responder a unos compromisos comerciales. No sólo el escritor se ve obligado a copiar a sus personajes anteriores ciertas acciones (repitiéndose mal en el intento), sino que también colma las 220 páginas de su texto narrativo de escenas carentes de tensiones, configuradas desde un lenguaje excesivamente descriptivo. Finalmente, resulta postizo y pretensioso en su intento de crear una obra con cierto carácter enciclopédico el que, reiteradamente, por boca del protagonista, se den datos sueltos sobre China, sus presidentes, revoluciones e inventos. Podría leerse entonces Hotel Pekín no precisamente para recrearse con una buena historia contada con un estructura artística sólida, sino para aprender algo de China, como si se tratara de una visita a Encarta, o también para conocer un tipo de ficción que, por más que pretenda anclarse a una “filosofía oriental” y poner en abismo el asunto de la interculturalidad, bordea peligrosamente con los libros de superación personal. *Grupo de Investigación en literatura del Tolima, UT. jlgaitan@ut.edu.co


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Navidades siniestras Por Gabriel García Márquez*

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a nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social. Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau. La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la

píldora. Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germanicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. Y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad. Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año.

Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos. *Escritor colombiano. El País, Madrid, 24 de Diciembre de 1980 www.elnuevodia.com.co>Léalo.


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> EL CUENTO

> POESÍA

Iván Vargas García Poeta colombiano Metalenguaje “Conserva la calma, amigo. Me da miedo pensar qué es lo que realmente estamos diciendo” SÓCRATES

Escuchas el sonido del sol apoderándose del oleaje azul, como una lucha polvorienta del mediodía. ¿Escuchas las flores con su sexo abierto librando los élitros de los escarabajos, con un color de estambres? ¿también la lluvia con sus trenzas grises, rompiendo indescriptibles trazos de hielo, sobre los ojos con lágrimas de pétalo? Escuchas cuando el alba se derrama sobre la loza de tierra, desnudando calles, como un espectáculo, fraternal, eólico, y orgánico. ¿Alcanzas a tocar la textura del viento, con tus pómulos abiertos, como si fueran pieles de coral que se sonrojan al chocar del viento? Tocas lo que ya conoces el viento y su manto de tela invisible también tu propia voz que se choca con ella, inflándola. Oyes todo lo que mueves (lo asimilable) como quién abre una gaveta con automatismo. ¿Pero acaso escuchas el sonido de las cosas, de aquellas que se muestran como un lienzo sordomudo? ¿Alcanzas a oír, cuando las ramas se acuestan a dormir, jaladas por los hilos de la noche? Oyes bien todas aquellas palabras que se quedan sin aire,

Obras del pintor mexicano Santiago Carbonell www.elnuevodia.com.co>Léalo.

cuando las entrañas son de papel, al borde de un deseo mudo? Oyes como no digo lo que esta presente. Ves entonces, como mi boca no se mueve, cuando lo que ves no se relata a sí mismo o cuando el pez torpedo no te alcanza. ¿No ves la bufona añagaza? ¿Su nudo en medio de las cejas? Es aquella que te muestra la apariencia Ves algo que ya reconociste atas su textura a la mirada continua la sorpresa se derrumba ante tus ojos Entonces, tampoco has visto nunca, como un lamento es disparado hasta dar al corazón de alguna criatura voladora, aquellas que respiran con los ojos y tocan con las lágrimas. Cuando escuches, veas, oigas y toques sin dar una carcajada, sientes que un pudín gris inunda tu cabeza como una gelatina de juicios juguetones. Sí ves ahora... ¿cuánto nos debe costar decir una palabra?

El ojo del cielo Por Isabel Alí* Cuando ninguno, pero ninguno, de los abuelos de nuestros abuelos había nacido, la Tierra era un lugar en el cual, apenas el sol se escondía tras el horizonte, la gente se iba a dormir de inmediato porque todo se entenebrecía y las estrellas eran puntos celestes sin ningún brillo. En ese tiempo no existía la luna. La noche caía como una manta pesada sobre los campos y los ríos, y hasta los animales se metían en sus escondrijos hasta que amanecía. Cuentan que, una tarde de verano, los niños jugaban a las escondidas entre los árboles. Las madres llamaron a sus hijos para que entraran a sus casas antes que la luz del sol desapareciera. Todos los chicos volvieron, menos Rafael. Rafael se había dormido detrás de una roca mientras esperaba que descubrieran su escondite. Cuando la mamá notó su ausencia, el último rayito dorado se escapaba tras las montañas. Los adultos salieron a buscarlo en la oscuridad. Pero era inútil... ¡la noche era tan negra! Rafael dormía profundamente y no escuchó

que los hombres gritaban su nombre y tropezaban chocando con los pinos. Entonces, las mujeres encendieron un fuego en un claro del bosque y, tomadas de las manos, le pidieron al cielo que las ayudara. El cielo lo meditó durante unos minutos y sintió que el ruego llegaba con tanto amor que era imposible ignorarlo. Al fin, decidió abrir uno de sus ojos. Era redondo como un anillo, blanco como la sal y brillante como una perla. El bosque se iluminó de pronto, como si estuviera por amanecer, y las estrellas refulgieron como espejos de plata lustrada. Los hombres encontraron a Rafael y se reunieron con las mujeres y los niños a admirar la belleza del resplandor. Dicen que el ojo del cielo es la luna. Dicen que nunca más se cerró por las noches. Para que los hombres puedan encontrar lo que buscan. Para que los niños no se pierdan. Y para que las mujeres recuerden que el cielo siempre concede aquello que el amor clama, con las manos unidas, cerca de una hoguera. *Escritora argentina.


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El esperpento T

LA PALABRA DEL DÍA

Petróleo

Por: Omar Ortiz* iene razón el doctor Fernando Hinestroza, rector de la Universidad Externado de Colombia, cuando en reciente entrevista concedida al diario El Espectador se duele de la falta de estudio y reflexión sobre la Constitución de 1863 que redactó y sirvió de norte a las tesis políticas del liberalismo radical, que preconizaba los valores civiles defendidos por la cultura burguesa, hoy en proceso de extinción, pero que los colombianos no alcanzamos a percibir, porque al ganar la Regeneración con los postulados de Caro y Núñez, se elaboró una Carta Magna que defendió e impuso por las armas, (Guerra de los Mil Días), los intereses del clero y los terratenientes, o sea las fuerzas económicas y políticas más retardatarias y funestas de la Nación, lo que años más tarde (1940-1960) condujo a la llamada Violencia Política, impulsada y patrocinada por los rentistas de la tierra para expandir sus dominios a costa del desplazamiento y la expoliación de miles de campesinos que terminaron en los centros urbanos o en los movimientos guerrilleros que intentaban defenderse de las prácticas depredadoras del régimen. Cuando dicho mandato constitucional se hizo insostenible por las exigencias económicas que comenzaron a tener vigencia a partir de la llamada Escuela de Chicago, que desde los ochenta preconizó la supremacía del mercado y el modelo neoliberal, se instauró en el país una nueva Carta Política que entregó el manejo de los recursos públicos a los intereses privados, posibilitando la creación de organizaciones delincuenciales que coparon el Estado desde las regiones hasta la jefatura del mismo. Y legitimando de paso grandes capitales producto del narcotráfico e impulsando el conflicto armado para beneficio de los rentistas del capital que controlan el mundo de los negocios, las finanzas públicas y el aparato estatal; es decir, que como la Santísima Trinidad, son tres personas distintas, ejecutivo, legislativo y judicial y un solo Dios verdadero, el capital financiero. Con este panorama de criminal exclusión es delirante afirmar que es el pueblo colombiano el responsable de sus continuas ingenuidades que por su total ignorancia lo hacen presa fácil de tahúres, timadores y farsantes de toda laya, sin que el Estado encargado de velar por sus intereses haga lo más mínimo por cumplir con sus obligaciones. Y que por el contrario, cuando hay propuestas empresariales que participan de sus uti-

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lidades a los que nunca ganan, dichas posibilidades sean cercenadas de tajo por estar en contravía de los dueños de la banca, propietarios también del poder político y represivo del Estado. Así las cosas es imposible pedir que en Colombia haya de verdad un pensamiento político, unas ideas políticas serias y respetables, cuando la historia de nuestro devenir estatal nos muestra una tradición de componendas entre negociantes para favorecer intereses particulares o eliminar posibles obstáculos de ganancia inmediata. Cuando la verdadera historia del ejercicio de la política en nuestro país está diseñada como una empresa piramidal con los riesgos de ganar o perder que la misma conlleva. Por ello no es raro que un grupo de senadores de una organización política que dice por lo menos defender el ideario de los liberales radicales, termine patrocinando una candidatura al cargo de Procurador General de la Nación de alguien que preconiza ideales que reafirman la validez de lo autoritario y de lo dogmático. Y que este candidato, hoy elegido Procurador, en aras de su exclusivo beneficio acuda a una agencia política que en verdad desprecia. Pero es que al fin y al cabo, todos hacemos parte del mismo esperpento. *Escritor colombiano

El periódico parisino Le Petit Journal convocó en 1894 la primera carrera de automóviles de la historia, que tuvo lugar el 22 de julio de ese año en un trayecto de 126 km entre las ciudades francesas de París y Rouen. El vencedor de la prueba -en la que participaron 102 competidores- fue el conde Jules de Dion, uno de los pioneros de la industria automovilística europea, a bordo de un De Dion Bouton equipado con un motor de vapor. El vehículo del ganador había sido fabricado por la sociedad que De Dion mantenía desde 1882 con Georges Bouton y Armand Trépardoux. Los demás corredores utilizaron todo tipo de motores: los había eléctricos, varios de vapor y hasta algunos de aire comprimido, pero lo que más llamó la atención fue una máquina nueva, propulsada por un émbolo movido por la explosión de los gases de la nafta, un combustible extraído del petróleo, aceite mineral que hasta entonces se usaba para iluminación. El conductor de este último coche, cuyo nombre la historia no registró, se quedó, probablemente, sin saber que estaba inaugurando la industria más poderosa de la historia humana, capaz de suscitar guerras interminables y crisis incesantes, derribar gobiernos y construir fortunas sin precedentes. La palabra fue tomada del latín medieval petroleum, formada por petra ‘piedra’ (en alusión al carácter mineral del producto) y oleum ‘óleo’, ‘aceite’. Uno de los primeros registros en castellano es de Melchor Gaspar de Jovellanos, en 1778, cuando describe en sus Diarios un horno para la producción de carbón de piedra en Asturias. Por el tubo saldrá el humo mezclado con el petróleo y pasará a un lavadero, por dentro del cual han de penetrar otros tubos de barro cocido, para irse refrescando y cuajando el petróleo, que ha de salir a caer en sus receptáculos. En portugués se mantuvo igual, en francés fue adoptada como pétrole, en italiano como petrolio y en inglés como petroleum y oil, pero en alemán se prefirió Erdöl, literalmente ‘aceite de la tierra’.

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La magia del idioma castellano Por Diana A. Ocampo* i usted es uno de aquellos que cuando contempla los programas de televisión o escucha las cadenas radiales de habla hispana experimenta molestia por la diversidad de términos, acentos y expresiones regionales, y si además, se atreve a criticar estos rasgos de folclor en nuestro idioma, permítame entonces mostrarle la otra cara de la moneda. Nuestro idioma, segunda lengua en importancia en el planeta e idioma oficial de 23 países, lejos de ser uno solo, resulta en su lugar múltiple y caprichosamente heterogéneo. En esta tierra de inmigrantes, el fenómeno se hace aun más notorio y constantemente somos testigos de situaciones donde personas de distintas nacionalidades que tienen en común el mismo idioma, requieren de la traducción e interpretación de términos y expresiones locales para poder establecer una comunicación coherente y con sentido. Dejo de lado en este análisis a todas aquellas expresiones derivadas de la fusión errática de dos lenguas que tienden a degenerar el idioma con expresiones inexistentes en los diccionarios. Me refiero aquí para ser breve en mi ejemplo, a las tuberías que liquean, a los documentos que se faxean, o a los mensajes que se bipean, es decir, al bien conocido spanglish que aunque difundido por todos los Estados Unidos no deja de ser una mutilación de nuestro idioma. Las variedades dialectales a las que me refiero obedecen a circunstancias específicas de lugar, tiempo y modo, y trascienden como reflejo de la identidad cultural y nacional de quienes hablan ese idioma. La ubicación geográfica, el momento histórico, el grado de educación, e incluso factores de tipo económico y político, son los generadores de esa diversificación en el idioma y narran por sí solos la historia del país al que pertenecemos. Para comprender este fenómeno debemos remontarnos a más de un milenio de historia durante el cual el idioma español o castellano ha sufrido numerosos cambios. En un comienzo eran diferentes las lenguas que se hablaban en la Península Ibérica, y fue sólo hasta finales del siglo XV, con la unificación de los reinos de Castilla y Aragón, cuando la lengua de Castilla, el castellano, extendió sus horizontes hasta el continente americano gracias a Colón y al posterior desfile de colonizadores y evangelizadores. Desde entonces y hasta la fecha nuestro idioma ha ido generando hábitos lingüísticos particulares que cambian de frontera en frontera, y que aun cuando aparentan ser causa de confusión y malos entendidos entre los hablantes del mismo idioma, constituyen, por el contrario, una defensa del

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individualismo, y ante todo se presentan como una salvaguardia a la identidad nacional. ¿Cómo concebir un idioma sin el sabor que le imprime el ritmo de la isla o de la pampa? ¿Un idioma neutro sin el acento de la selva o la montaña? Son entonces, y sin lugar a dudas, estos controvertidos dialectos, refranes y modismos los que visten el lenguaje de color y evitan una comunicación aburrida, carente de las cadencias y del sabor propio de cada región. No puede ignorarse la idea de que la homogenización de estas diferencias dialectales resultaría beneficiosa en algunos aspectos profesionales de la comunicación. Sin embar-

go, cualquier intento por unificar nuestro idioma implicaría también un sacrificio a su originalidad, y un despedazamiento figurado del mismo. La lengua perdería su vivacidad y su fuerza. Nuestro idioma luminoso y rico se nutre de las modificaciones que le imprimen sus hablantes, quienes lo reinventan y lo transforman según sus vivencias personales y los vaivenes del pedazo del mundo al que pertenecen. Nuestro idioma es magia pura generadora de nexos que nos permite acercarnos los unos a los otros y nos mantiene unidos. *Elcastellano.org, la página del idioma español


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El primer camino que ha sido recuperado hace parte de la Ruta Mutis

Rehabilitan los caminos reales Este Camino Real es uno de los más importantes en la consolidación de la dinámica social, política y económica del actual territorio colombiano. Por este camino, José Celestino Mutis identificó diversas especies de plantas que hoy están presentes en las láminas que dibujaron sus asistentes, entre ellos, Matis, uno de sus más talentosos dibujantes de la expedición, cuyo lugar de origen es Guaduas. La Gobernación de Cundinamarca aportará 150 millones de pesos para la recuperación completa de este Camino Real, en el que se inicia, con el acompañamiento técnico de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, el proceso en el 2009. De esta manera, con el apoyo de los grupos de Vigías de Patrimonio del país, se iniciará la identificación, recuperación y apropiación de los caminos reales.

En el territorio nacional hay más de 1.000 Caminos Reales, a los que es necesario identificar, clasificar y diagnosticar su estado, por esto, uno de los objetivos principales del proyecto es la recuperación y reactivación económica de las comunidades en torno de un Camino Real. Los caminos reales fueron vías construidas durante la época colonial con el fin de unir los principales centros poblados de la Nueva Granada, los que se convirtieron en testigos del devenir de nuestro país. Durante el periodo Colonial, por disposición de la Corona Española, se tejió una red de caminos en el territorio americano, siguiendo los parámetros de los caminos romanos presentes en la península. Estos caminos pretendían mejorar el tiempo de intercambio de mercancías entre los pueblos y las condiciones de transporte de pasajeros y carga. Son obras de avanzada técnica constructiva y con un impresionante despliegue de tecnología desde la ingeniería, la que tenía como objetivo fundamental la evacuación de las aguas para su conservación. En este sentido, se han detectado varias formas para mantener secos los caminos, acequias cubiertas y descubiertas y los drenajes para las quebradas.

BOGOTÁ, COLPRENSA Contribuir al rescate y la difusión de los valores del patrimonio material e inmaterial y su papel fundamental en las tradiciones, memoria, historia e identidad de los pueblos, es el objetivo de Recuperación de Caminos Reales, el nuevo proyecto del Ministerio de Cultura. El paso inicial de este proyecto se dio en Guaduas (Cundinamarca), con la presentación de la primera ruta turística cultural del país, la Ruta Mutis. “Los caminos reales son piezas fundamentales de nuestra memoria, porque son ejes de construcción y consolidación de nuestra identidad diversa, de nuestra memoria, hilos conductores de nuestra historia con futuro”, aseguró la viceministra de Cultura, Martha Elena Bedoya. Este primer Camino Real acaba de ser abierto para turismo entre las poblaciones de Guaduas (Cundinamarca) y Honda (Tolima), pero era la vía a través de la cual se unía el río Magdalena con la capital del país. www.elnuevodia.com.co>Léalo.


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Compositor colombiano con proyección internacional

“La música clásica es para todo el mundo”:

Diego Vega Por JEIMMY SIERRA BOGOTÁ, COLPRENSA Unas manos blancas, pulcras, cuidadísimas y casi perfectas delatan su profesión. Mesura y calidez al hablar y fluidez que impacta. Esa es la imagen que proyecta Diego Vega, un compositor colombiano de 40 años, que con la ayuda de su piano ha brindado a diferentes grupos de cámara y orquestas sinfónicas del mundo lo mejor de su música. Diego se graduó como músico en la Universidad Javeriana de Bogotá, pero su formación académica no paró ahí. Realizó una maestría en el conservatorio de música de la Universidad de Cincinnati y un doctorado en Artes Musicales en Cornell University, en Nueva York. Dentro de su trayectoria profesional, Vega registra logros importantes. Su música ha sido interpretada por el Cuarteto Latinoamericano, Eighth Blackbird, Ensemble X, Alea III, la Orquesta Sinfónica de Colombia, la Orquesta Filarmónica de Bogotá, la Youth Orchestra of the Ameritas y la Maitrise de Notre-Dame de París. Como todos los genios que han puesto su talento a disposición del arte, este colombiano, quien también se desempeña como docente en la Universidad Javeriana de Bogotá, vive en función de producir obras. Antes de irse a dormir, al despertarse o mientras todo el mundo está en sus actividades, él está creando. Su amplio recorrido internacional lo hizo merecedor de una nueva distinción: el Cartagena Festival Internacional de Música lo designó como compositor invitado. Durante este evento la obra de Vega será interpretada por músicos colombianos y extranjeros de alto nivel. Con una pasión enorme, con sencillez y sin pretensiones, Diego Vega, quien es también amante del pop y del jazz, habló con Colprensa sobre su carrera, su participación en el festival y la música contemporánea en Colombia. ¿Cómo decidió dedicarse a la música? Pensé en dedicarme a la ingeniería porque creí que no iba a tener el apoyo de la familia. Pero siempre la música estuvo muy clara en mi vida. Cuándo decidió que la música sería su profesión ¿cómo reaccionó su familia? Muy bien, especialmente mi papá. Él fue mi fan número uno. Mi más asiduo oyente. Iba a todos mis conciertos. Él lloraba de

la emoción cuando escuchaba algo mío. ¿Por qué se inclinó por la composición y no por la interpretación? Cuando iba a los conciertos de la Filarmónica de Bogotá, a los que mi papá me llevaba, yo quería estar al lado de la persona que creaba esa música. Y pensaba: “Yo quiero poner esas ‘noticas’ juntas para que suenen así”. ¿Y el gusto por la música clásica? La escogí porque me genera mucho más placer, por puro hedonismo. Tiene mucho más contenido y todos los seres humanos estamos atraídos hacia lo complejo. La música de concierto tiene un nivel de dificultad que produce un placer mucho más profundo. ¿Cómo es Diego cuando compone? Soy un neurótico normalmente, pero cuando compongo, aún más. Debo estar en absoluto silencio y concentrado. Estoy reflexivo y pensativo todo el tiempo. No hablo mucho. ¿Cómo es la etapa de composición? Hay momentos difíciles antes de empezar una obra. Pueden pasar muchos días antes de que encuentre una idea a la que le vea futuro. Durante esos días, semanas o meses me puedo llegar a sentir miserable. Hay períodos de mal humor en los que no me sale nada. Y pienso ¿para qué me metí en esto?

El Cartagena Festival Internacional de Música, que se realizará del 10 al 17 de enero de 2009, lo escogió como compositor invitado a su tercera versión. Y cuando la obra está lista… Cuando termino la obra me siento eufórico otra vez. El resultado de la composición siempre es feliz, porque produces algo nuevo. ¿Qué cualidades debe tener un buen músico? El talento es necesario y una formación auditiva muy fuerte. Tiene que ser persistente, constante y disciplinado. En el siglo XIX un músico es un personaje aterrizado y concentrado. ¿La música que usted hace es para intelectuales? Es para todo el mundo. Yo pienso en el público cuando estoy

componiendo. Me gusta moverle las emociones a la gente. No puedo creer que se requiera una formación intelectual para escuchar la música que hago. Entonces, ¿cuál es la intención de su música? Quisiera que todo el mundo sin excepción la escuche, le abra el corazón y sienta algo con eso. La música clásica es para todo el mundo. Me parecería deprimente que la música que yo hago fuera para una élite.

Su faceta como docente Usted es profesor universitario, ¿disfruta esta faceta? Me encanta enseñar. Me mantienen joven y activo. Los muchachos tienen esa pasión casi romántica por lo que hacen. Todo lo que dices lo guardan y me he encontrado con alumnos muy prometedores. Y cuándo se encuentra con un joven talentoso… Lo apoyo, pero soy exigente porque cuando uno tiene talento cree que lo tiene todo y no es así. Tiene que ser constante y trabajar. Enfocar el talento con trabajo y disciplina. Me encanta que la gente sea apasionada por lo que hace y se sienta artista desde joven. Ese es un buen comienzo. ¿Se puede formar un buen músico en Colombia? A nivel de pregrado sí. Me impresiona lo que ha pasado con fundaciones como Batuta. Ahora hay competencia, más intérpretes y gente preparada que está enseñando. El nivel ha subido, pero necesitamos gente que salga, aprenda y se actualice.

III Cartagena Festival Internacional de Música ¿Cómo recibió la invitación al festival? Como una buena oportunidad y con agradecimiento. Es un festival de muy alto nivel y en Cartagena, que es una ciudad que adoro. Me siento muy responsable, porque los músicos que van a tocar mi obra son de primer orden. Tengo el compromiso fuerte con ellos de que todo esté impecable. ¿Cómo se dio su participación? El Cuarteto Manolov presentó su audición para el Festival con música mía y de esta forma me presentaron. Stephen Prutsman, director artístico, se llevó música mía y le gustó, además tuve la fortuna de que escuchó algo mío en vivo. Y decidió escogerme como el compositor del festival 2009. ¿Conocía el Festival? Cuando se realizó por primera vez no estaba en Colombia. Después me enteré de que existía un festival de semejante nivel. Me alegré, pensé que iba a ser muy bueno para la música en Colombia y me sentí orgulloso de que se estuviera haciendo. Ahora resulta que estoy metido íntimamente con él. ¿Iniciará el 2009 con pie derecho? Sí. Además este año ha sido absolutamente activo en cuanto a composición. He tenido estrenos, comisiones y mucha música tocada.

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Facetas Dic.28