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6 LA SOMBRA

Sábado 12.11.16 EL NORTE DE CASTILLA

DEL CIPRÉS

Jóvenes disfrazados se preparan para celebrar el Halloween cerca de la localidad escocesa de Peebles. :: DAVID CHESKIN-EPA

Juegos prohibidos A

bro la puerta sin mucho recelo y me encuentro esto: una pequeña tropa, siniestra y simpática, con guadañas de cartón y costurones como raspas de pescados sobre heridas mal inventadas. ¿Truco o trato? Eso me preguntan a coro apechugándome desde su temeraria estatura infantil. Son los otros juegos de la muerte, que los niños practican en estos días de lápidas y flores mientras los mayores andan en otro juego, en poner algo de vida sobre las tumbas por ver si fuera cierto que aquellos que se fueron pudieran regresar a estar de nuevo con nosotros. En todas las culturas siempre se ha hecho así en los hechos graves: los adultos se reúnen en alguna parte entre palabras solemnes mientras los niños aprovechan que se han quedado solos para llevar a otros límites los mismos juegos de los mayores; en el fondo, para reírse a costa de ellos o para perderle el miedo a eso que ellos no se atreven siquiera a nombrar por si ese nombre los arrastrase por los cabellos hasta el reino incierto

del que pugnan por escapar. En la antigua Grecia, a la llegada de cada primavera, los niños de Rodas iban también de puerta en puerta exigiendo pequeñas ofrendas (¿truco o trato?) mientras coreaban una canción lasciva y misteriosa protagonizada por una golondrina. Es una canción que habla a favor de la vida, del amor, y que siempre me ha hechizado por lo que tiene de falsa ingenuidad. Aquellos niños exigían a sus mayores que les diesen queso o vino para garantizarles la fertilidad tras el parón biológico del invierno. Y ahora veo a esta cuadrilla de galopines a quienes abrí la puerta y me parece que estoy yo en Rodas. Proceden directamente de allí y vienen a reírse ante nosotros de nuestro miedo a la muerte, de nuestros ritos ancestrales y llenos de negra majestad. Ellos prefieren exagerarlo todo hasta la ridiculez con vestimentas desmedidas y caretas grotescas que transforman irremediablemente la mueca en risa, lo macabro en desenfado inocuo. Y no, no nos puede hacer daño esta cuestación (¿truco o trato?)

cuando caemos en la cuenta de que han saltado al otro lado de los mayores y hay que elegir con quién estamos. Con ellos o con el olor a vinagre de estos días que pierden luz y temperatura y que en los calendarios del mundo adulto imponen una primera menesterosidad. De modo que antes de despedir a la alegre feligresía les doy lo que me piden y luego los veo irse escaleras abajo a llamar a la puerta de otro vecino. Yo cierro la puerta pero ya han puesto luz en la tarde, partida en dos como una naranja agridulce (¿truco o trato?) que me ha sacado sin preguntar del orden sombrío de estos días que empiezan a oxidar los colores del mundo. Los niños, que juegan a todo, juegan también a la muerte. Nada se les resiste. Esa es su gran lección. Nadie lo ha expuesto mejor que René Clément en aquella película, ‘Juegos prohibidos’, esa historia maravillosa y terrible a la vez en la que la inocencia está más cerca de tocar con todos los dedos la crudeza de la vida que el afán aparatoso de los adultos con sus

CEREZAS EN EL ESCONDITE TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

En las culturas ancestrales se tiraba un ramo al agua para ahuyentar con él a la muerte

himnos, sus oficios y sus símbolos llenos de advertencias. Recuerdo que la vi por casualidad muy pronto, demasiado pronto para hacerme cargo de todo el peso de su significado. Fue en una sesión continua en el cine Principal de mi ciudad. Tendría yo doce o catorce años y fui a sortear una tórrida tarde de verano en aquel local en el que se podía entrar y salir en cualquier momento, sin necesidad de esperar a que una película comenzase o terminase. Tú te enhebrabas como podías al argumento en marcha y ya está. Así, las películas se veían de otro modo y luego uno, de camino a casa, iba recomponiendo todo a partir de las escenas inconexas e intermedias que nos asaltaban nada más sentarnos en la penumbra. Por cosas como esta, mi generación fue la más preparada para leer ‘Rayuela’ según las instrucciones dislocadas de Cortázar. Años después volví a ver aquella película admirable. Lo hice porque sabía a ciencia cierta que aún me estaba esperando aquella niña gritando ‘¡Michel, Michel, Mi-

chel!’ para que yo le encontrara un final de rotundidad tranquilizadora que hasta hoy no he podido lograr. La historia de la pequeña Paulette se desenvuelve en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en la Francia ocupada por los nazis. Queda huérfana en un bombardeo y esa es su primera experiencia de la muerte, que ella acepta con pasmosa naturalidad (se abraza al cadáver de su pequeño perro y continúa con el animal como si aún pudiera revivir) porque no conoce aún ese fenómeno que es el miedo a ella. Recogida por una familia campesina, Paulette conoce la vida de la mano del pequeño Michel. Juntos roban cruces del cementerio del pueblo y las colocan en las tumbas de animales que ellos han enterrado (perros, lombrices, polluelos…). Todo tiene el aire de una travesura que acaba agitando la vida de la aldea pero en realidad no es más que una revancha natural, un reflejo de aquello a lo que los mayores –a quienes siempre hay que imitar– se dedican ante ellos: hacer sufrir, matar, enterrar. Cuando Michel arroja las cruces río abajo antes de que se las descubran, la escena se carga de simbología. En las culturas ancestrales se tiraba un ramo al agua para ahuyentar con él a la muerte; Claudio Rodríguez tiene un hermoso poema sobre eso mismo: «¡Que nadie hable de muerte en este pueblo! / ¡Fuera del barrio del ciprés hoy día / en que los niños van a echar el ramo, / a echar la muerte al río! (…) ¡Ved que allá va, miradla, ved que es cosa / de niños! Tanto miedo / para esto». Cosa de niños. Como esto otro, este coro infantil que ahora va de casa en casa recordándonos que son ellos, con su teatro pintoresco, los que anuncian el triunfo de la vida sobre todo lo demás, y más en estos días desgastados de luz cuando los adultos roen oraciones y se aplican a colocar flores sobre las tumbas. Y, mientras, ellos así, encargándose de mantener aun sin saberlo estos juegos prohibidos que a nosotros nos consuelan, nos llenan la cabeza de algo parecido a la esperanza, nos hacen decir, como el final del poema de Claudio, que la muerte ya no está aquí: «Dios sabe / si volverá, pero este año / será de primavera en nuestro pueblo». Y ese es el trato; nada de trucos.

Emily Dickinson, más allá de Terence Davis  

Suplemento La sombra del ciprés del 12.11.2016

Emily Dickinson, más allá de Terence Davis  

Suplemento La sombra del ciprés del 12.11.2016

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