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—¡Eh! A dejar esa cubierta tan limpia como el vientre de una ballena… ¿Cómo se puede saber si la panza de una ballena es limpia? Lisa sí será, pero limpia… Cuando por fin terminó de enjuagar la asimétrica duela de madera que conformaba la proa, buscó refugio en la cocina, su lugar favorito. Ahí, un hombre gordo y calvo —como corresponde siempre a los que habitan las cocinas— se afanaba en introducir unos nabos en un frasco de boca estrecha que rebosaba un turbio vinagre a fuerza de ser usado una y otra vez. —¿Ya acabaste de lamer la proa, Pedrete? —preguntó, de buen humor. —Sí, Crock —contestó el niño, sentándose en un taburete tan inclinado como el propio barco. —A ver, enséñame la lengua —volvió a bromear el ventrudo. Pero era difícil arrancarle una sonrisa a Pedrete. Frente a él, una larga mesa de trabajo lucía increíblemente sucia. Restos de pellejos y cáscaras ennegrecían su superficie. La propia plancha parecía contener restos de miles de naufragios comestibles. No era complicado entender por qué había tantas enfermedades a bordo. —Ayúdame entonces a picar estos nabos. Van a pasar muchos días antes de que encallemos. Pedrete aceptó de buena gana. Prefería estar sentado un momento después de restregar con fuerza toda la proa. Además, así estaría un momento lejos de la vista de sus superiores. El barco se llamaba El Prodigioso. Y vaya que era un prodigio que siguiera navegando. Parchado a más no poder, 10

Lotería de piratas  

Lotería de piratas da saltos en el tiempo a través de dos relatos. En el primero, un joven descubre que la misma electricidad que experiment...

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