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COPO

DE ALGODÓN María García Esperón Ilustración

Marcos Almada Rivero

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Dirección editorial

Ana Laura Delgado Cuidado de la edición

Angélica Antonio Monroy Revisión del texto

Rosario Ponce Diseño

Ana Laura Delgado Fabiola Pérez Solís Diagramación

Isa Yolanda Rodríguez © 2010. María García Esperón, por el texto © 2010. Marcos Almada, por las ilustraciones Primera edición, mayo de 2010 Primera reimpresión, mayo de 2012 D.R. © 2010. Ediciones El Naranjo, S. A. de C. V. Cerrada Nicolás Bravo, núm. 21-1, Col. San Jerónimo Lídice, C. P. 10200, México, D. F. Tel/fax + 52 (55) 56 52 1974 elnaranjo@edicioneselnaranjo.com.mx www.edicioneselnaranjo.com.mx ISBN 978-607-7661-17-7 Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin el permiso por escrito de los titulares de los derechos. Impreso en México • Printed in Mexico


COPO DE ALGODÓN

María García Esperón Ilustración

Marcos Almada Rivero


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CIPACTLI

Mi padre es un hombre triste. No tendría por qué serlo. Es el dueño de todo. Le llaman el Gran Tlatoani. Eso quiere decir que es nuestro rey, nuestro emperador. Nadie puede verlo a la cara. Cuando llega la gente a su presencia, tiene que descalzarse. Excepto su primer consejero, siempre vestido de negro y blanco, al que llamamos el Cihuacóatl o Mujer Serpiente, no sé por qué. Nadie sabe por qué. Excepto yo, que soy su hija preferida, a pesar de que tiene muchos hijos con sus muchas concubinas. Yo, que nací en el día 2 viento, del año 5 conejo, en la gran ciudad de la laguna. Yo, la hija de la bella princesa de Tacuba y el señor de Tenochtitlan. Yo, Copo de Algodón, Flor Blanca: Tecuixpo Ixtlaxóchitl. Dizque soy su consentida. No he hecho nada para serlo. Dizque fue un regalo de mi nacimiento. Mientras mi padre hacía ofrendas y sacrificios en el templo de Huitzilopochtli, las parteras frotaban el vientre de mi madre para que yo saliera de esa cueva, de esas tibias fauces de cipactli, sana y fuerte, 7


para que pudieran decirme “piedra preciosa, pluma de quetzal”, para que yo fuera como una flor que tuviera su raíz en el lugar de las flores, en el lugar de los cantos. Para que quienes estuvieran junto a mí nunca olvidaran mi herencia, mi unión con la belleza y sabiduría del Lugar del Cerca y del Junto, del sitio desde donde todos florecemos en la tierra. Y así nací, y mi abuela, la princesa de Texcoco, se puso a cantar. Y mi abuela, la reina de Tacuba, se puso a rezar a la diosa del agua. Y mi madre, tan joven y tan bonita, al verme pensaba en el rey con quien se había casado después de conocerlo en un jardín; en el guerrero temible que por inclinación personal era también sacerdote y que no vacilaba en arrancar del pecho del sacrificado el corazón palpitante que alimentaba la sangre solar de nuestro señor, Huitzilopochtli. ¿Mi padre es un hombre cruel? Mi nana me contó que cuando nací, el temido tlatoani irrumpió en la habitación donde descansaba mi madre con su bebita en brazos y todos bajaron la cabeza. Todos menos yo, que la levanté y busqué con mi mirada recién nacida los ojos de Moctezuma. (Sí, así se llama mi padre, su nombre significa “Nuestro Señor Enojado”). Pues dice mi nana que no estaba enojado, sino emocionado, y que llamó al gran sacerdote mexica para que entre todos me pusieran el nombre, y entre todos buscaron en el calendario sagrado y lo encontraron, y me pusieron Tecuixpo Ixtlaxóchitl. “¡Copo de Algodón! ¡Flor Blanca!” —dijo Moctezuma sosteniéndome en brazos—. “Aquí estás, mi hijita, mi collar de 8


piedras finas, mi plumaje de quetzal, mi hechura humana, la nacida de mí. Tú eres mi sangre, mi color, en ti está mi imagen. Ahora recibe, escucha: vives, has nacido, y te ha enviado a la tierra el Señor Nuestro, el Dueño del Cerca y del Junto, el hacedor de la gente, el inventor de los hombres. Aquí en la tierra es lugar de mucho llanto, lugar donde se rinde el aliento, donde es bien conocida la amargura y el abatimiento. Oye bien, hijita mía, niñita mía: no es lugar de bienestar en la tierra, no hay alegría, no hay felicidad. Se dice que la tierra es lugar de alegría penosa, de alegría que punza…” Dizque mi madre lloraba y los demás bajaban la cabeza porque mi padre le estaba diciendo a una recién nacida el mensaje que dan los padres aztecas a sus hijas cuando llegan a la edad de razón de los siete años. Pero es que mi padre sabía que no tenía mucho tiempo, que algo iba a pasar que lo apartaría de mi lado. Por eso es triste, por eso está enojado o ceñudo desde el día que nació, porque sabe de más, sabe más que todos nosotros, y hoy que ya tengo nueve años me doy cuenta de que mi padre quería hacerme sabia desde el momento en que nací, desde el momento en que le di la flor de la mirada entre los brazos de mi madre, en la habitación de su hermoso palacio, en la ciudad surgida en el lago que es el ombligo de la Luna, el centro del universo. Me gusta mi nombre. Nadie se llama como yo. Flor Blanca, sí… hay muchas niñas con ese nombre. Otras se llaman Flor Azul, Flor Roja, Flor Amarilla o Flor de Honor. Pero Tecuixpo, Copo de Algodón, sólo hay una. 9


Tengo hermanas y hermanos. La mayoría son hijos de las otras mujeres de mi padre. Mi preferido es el bebé, Axayácatl, nacido de mi madre cinco años después de que yo naciera. También me gusta su nombre, significa “Rostro de Agua”. ¿El agua tiene rostro? Pues le pusieron así por nuestro abuelo Axayácatl, el gran guerrero y conquistador; el amante de la belleza, el constructor del palacio que nos fascina, que tiene cien puertas de madera labrada y una habitación inmensa, colmada de los tesoros que han acumulado los reyes tenochas en los casi cien años —dos ataduras de 52 años— en los que Tenochtitlan se ha convertido en los cimientos del cielo. He aprendido en el tepochcalli que mi abuelo Axayácatl mandó labrar la Piedra del Sol. Ese monolito que se encuentra en uno de los templos del Templo Mayor y que sirve para el sacrificio gladiatorio. ¡Qué valientes son los guerreros tenochcas, los tlatelolcas y los de Tacuba! ¡Qué terribles son nuestros dioses! Piden sangre y corazones humanos sin saciarse jamás. Pero dice mi nana que no todos son así, que nuestro señor Quetzalcóatl detesta los sacrificios humanos y que sólo pide que le ofrezcan alas de mariposa y humo de copal. Pero yo sé que la fiesta del dios Quetzalcóatl se solemniza con muchos sacrificados. Pero que eso no lo quiere el dios, dice mi nana. Eso es cosa de los poderosos sacerdotes y del gobierno de mi padre Moctezuma. A mi nana le sacrificaron a una hijita. Bueno, fue elegida para irse con la diosa del agua, Chalchiuhtlicue, porque lloraba mucho. No es un castigo, no, es un privilegio. Un muy triste 10


privilegio, porque a mi nana se le secaron los ojos de llorar a su niña. Ella tenía mi edad y se llamaba Quetzalli. Eso fue el año pasado, cuando ambas teníamos ocho años. En el bosque artificial que está frente al adoratorio de Tláloc, pusieron un árbol grande en medio de cuatro pequeños. Ese árbol se llama Tota, que significa “Nuestro Padre”. Debajo de éste, en un pabellón, llevaron a Quetzalli. Estaba vestida con un precioso vestido azul, como el vestido de la diosa. En la cabeza tenía una diadema roja de la que pendía una borla de plumas. Muchos himnos le cantaron a la diosa y a ella al son del teponaxtli. Cuando se supo que en el cerro consagrado a Tláloc habían terminado los sacrificios de otros niños, los sacerdotes embarcaron a Quetzalli con su árbol y su pabellón y se los llevaron sobre el lago azul hasta un resumidero o alcantarilla grande que se llama Pantitlán y junto a la cual se hace un peligroso remolino. Allí plantaron el árbol Tota, liberando su frondoso ramaje, que iba atado para que no estorbara la travesía. Muchas canoas los seguían, y en una de ellas iba yo, con mi madre que cargaba al bebé Axayácatl. Y en otra canoa iba mi nana, con sus manos sobre el corazón, que se sentía como un pájaro que ya no podía mover las alas, como me dijo después, cuando yo la consolaba poniendo mis brazos alrededor de su cuello como un collar. Lo único que vimos del sacrificio fue la sangre de Quetzalli correr del pabellón al remolino. Los nobles aztecas arrojaron en el remolino sus joyas de oro y sus piedras preciosas. Yo pedí permiso a mi madre para arrojar el collar de piedras azules, 11


mis chalchihuites, como la falda de la diosa, que adornaba mi cuello. Mi nana, con las manos como alas de ave sobre su coraz贸n, no cerr贸 los ojos cuando vio que el cuerpecito de su ni帽a era tragado por la vertiginosa corriente para ser llevado al seno de la bella diosa Chalchiuhtlicue, la de la falda de jade.

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EHÉCATl

Mi nana me ha contado, siempre bajando la voz, como si me dijera un secreto, que mi abuelo Axayácatl, el gran guerrero del hermoso palacio, perdió la mente cuando fue derrotado por los fieros tarascos de Michoacán. No tardó en morir después de esa derrota. Tanta humillación no podía ser soportada por un tlatoani como mi abuelo, que había tenido la cabeza y la voluntad puestas en las estrellas y que había mandado labrar la Piedra del Sol. Mi padre Moctezuma, por entonces un jovencito, sintió una vergüenza tan grande que dejó de comer por varios días. Se juró, apretando los dientes, que jamás de los jamases perdería una guerra. Ya desde entonces, cuando mandó labrar la piedra, hubo un mal augurio. Sin motivo, el monolito se rajó por la parte de atrás. La bellísima factura de la piedra, realizada por los artistas toltecas con el rostro del Sol 4 movimiento en el centro, rodeado por las cuatro edades o mundos que nos precedieron y enmarcado por la cuenta de los veinte días, no sufrió por la rajadura, pero fue como un presagio de que se iba a romper, de que se iba a rajar la hermosa mente de Axayácatl, que una herida profunda iba a surcar su rostro de agua. 13


Para niños lectores Copo de Algodón, hija de la princesa de Tacuba y del señor de Tenochtitlan, y esposa del señor de Iztapalapa, nació en la era del Quinto Sol, en una ciudad que un pueblo fiero y guerrero levantó en una laguna de reflejos color turquesa. Creía en Tláloc y Huitzilopochtli, y amaba las flores y los cantos. Un día su mundo se agitó, como las aguas al lanzar una piedra… Conoce, a través de su voz, los acontecimientos de su época: las guerras floridas, la matanza de Cholula, la llegada de Hernán Cortés, la muerte de Moctezuma, el sitio de Tenochtitlan… y sumérgete en la historia antigua de México, en la existencia de sus personajes y en la fascinante cosmovisión de este pueblo.

ISBN 978-607-7661-17-7

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www.edicioneselnaranjo.com.mx

9 786077 661177

Copo de Algodón  

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