2 Brunetto - Vinker (Mundo Amateur)

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LUIS BRUNETTO

NUESTRO PRIMER HÉROE OLÍMPICO Si no se tratara de circunstancias, épocas y deportes completamente distintos podríamos referirnos a Winter-Brunetto como uno de aquellos grandes duelos que marcaron historia. Valga un Vilas-Borg, un Monzón-Benvenutti o un Independiente-Santos por (intentar al menos) para establecer algún esquema de comparación.

Ese choque entre Luis Antonio Brunetto (argentino, hijo de italianos) y Anthony William “Nick” Winter (australiano, de un remoto confín llamado Brockelsby en New South Wales) tuvo apenas un capítulo, casi un siglo atrás. Pero un capítulo inolvidable, de esos que se agigantan hasta convertirse en leyenda. Ocurrió un 12 de julio de 1924 en el estadio de Colombes, en París, donde la Argentina hacía su aparición en los Juegos Olímpicos. Esa misma edición contemplaba la consagración de Johnny Weismuller en la natación. O la de Paavo Nurmi en el atletismo cuando, en menos de una hora, se adueñó de los 1.500 y los 5.000 metros llanos, dos de las cinco doradas que capturó en las pruebas de fondo. Más cercana en el tiempo, la película Carrozas de Fuego le brindó su cuota de leyenda, belleza y dramatismo a la saga de los sprinters británicos Harold Abrahams y Eric Liddell, también campeones en Colombes. Y fue en ese marco donde, un tórrido 12 de julio, Argentina disfrutó de sus primeros podios olímpicos: el oro con la cuarteta de polo y la medalla de plata con el atleta Luis Brunetto en el salto triple. “Nuestra familia venía de Italia, del Piamonte –nos cuenta Luis Evaristo Brunetto, el hijo de Luis- y mis abuelos se establecieron en Rosario”. Luis Antonio Brunetto nació allí el 27 de octubre de 1901. “Cuando él era tenía tres años volvieron a Italia, allí nació su hermano Orestes y cursaron toda la primaria en ese país. Pero un día, mi abuelo que también se llamaba Luis decidió radicarse definitivamente aquí”. Y así la Argentina ganó un atleta excepcional. Luis Antonio y Orestes fueron puntales del Club Atlético Provincial, referencia del deporte rosarino, como integrantes del equipo de básquet que ganó los campeones santafesinos. Orestes también era un excelente tenista, pero Luis triunfó como atleta, el mejor de la Argentina en aquellos tiempos fundacionales. El día de su 22° cumpleaños, batió el récord sudamericano de salto triple con 15,15 metros, una marca de clase mundial para su época. Meses más tarde, en la pista de San Isidro, se apoderó del título sudamericano con 14,64 m. Entrevistado por El Gráfico poco antes de su partida para los Juegos, Brunetto describió sus comienzos: “Yo estaba en el Club Provincial y Victorio Demarchi, el entrenador de atletismo, me pidió que defendiera sus colores en un torneo atlético. Me inscribió en varias pruebas y me dio un breve entrenamiento. Pero el día del torneo, desaparecí entre el público. Demarchi me descubrió, me llevó al vestuario y prácticamente me desvistió... Yo estaba temblando. Ya habían pasado dos pruebas. Hasta que debuté más muerto que vivo y salto en alto sin impulso y quedé segundo con 1,38. Enseguida, ocurrió lo mismo con el salto en largo...”. Desde ese día, se tomó al atletismo “más en serio. En 1921 me hice federado, participé en torneos y conseguí mi primer récord de salto triple con 13,09 metros. Mi entusiasmo fue in crescendo”. Brunetto tenía un físico privilegiado (1m88 de estatura y 83 kg. de peso) y explicaba que, su entrenamiento para el salto triple, se basaba en otras pruebas: “Hacía velocidad, vallas y lanzamiento de bala para fortalecerme”.


La delegación argentina para el debut olímpico tenía en Brunetto a una carta segura, más allá de su inexperiencia en estas lides (de hecho, su participación en París fue la única gran competición internacional de su vida). Winter, en tanto, era un veterano de 30 años, incluido a último momento en la delegación australiana, pese a un antecedente de 15,15 metros como triplista. Vivía en Sidney, donde su padre manejaba una casa de billar (especialidad en la que Nick también llegaría a ser un experto jugador y empresario). Nick había combatido para las fuerzas australianas en la Primera Guerra Mundial, desde Egipto hasta Francia, para colaborar luego como bombero. De tremendo potencial físico y ambición, éste era un punto de identificación con Brunetto. “Para Nick Winter, ganar los Juegos Olímpicos era la ambición de su vida” describió Paul Jenes, experto australiano en atletismo y presidente de la Asociación Mundial de Estadísticos. “Mi padre repetía: cuando salgo a competir, siento que no me gana nadie. Y siempre salgo a ganar” recuerda Luis Evaristo. El sistema de competición era algo diferente al actual (donde la fase clasificatoria requiere tres saltos y los doce mejores quedan para la final de seis intentos). En París, los 20 participantes se dividieron en dos grupos y los ocho mejores de la primera etapa de tres saltos avanzaron a los tres intentos finales. El arranque de Brunetto fue colosal: 15 metros y 42,5 centímetros, un récord olímpico que colocó en alerta a todos sus rivales. Entre ellos se encontraba el finés Vilho Tuulos, defensor del título logrado cuatro años antes en Amberes. Winter, quien había comenzado con un nulo, acertó con 15.18 en la segunda tentativa, que le permitió ingresar a los tres saltos decisivos. Al llegar al último intento, Brunetto mantenía la punta y Tuulos se acercaba con sus 15.37 del cuarto salto. Brunetto venía de una serie positiva: 15.42, 14.80, nulo, 15.20 y 14.78. Su esfuerzo para salto final fue heroico y, hasta hoy, extendido en la controversia. Según testigos, alcanzó los 15.70 metros, pero los jueces marcaron el nulo por una pisada leve, casi imperceptible, más allá de la tabla de pique. El Gráfico había destinado dos enviados especiales en esos Juegos, su redactor jefe Aníbal Vigil y Pedro Fiore: en la tapa de la revista, dedicada a Brunetto, consignan que aquel último salto fue nulo, por apenas dos centímetros.

“Muchas veces le preguntaron a mi padre por aquel salto, si sentía que lo perjudicaron o, directamente, si le habían robado el triunfo. Jamás quiso aceptar eso, era un caballero y un deportista en todo sentido. Siempre respondía: si los jueces marcaron nulo, fue nulo” cuenta Luis Evaristo.


El instinto de competidor de Winter se mantuvo hasta ese momento. Arrastraba tres nulos (primero, tercero y quinto intentos) y dos saltos válidos (el citado 15.18 y los 15.13 del cuarto intento). Se proyectó hasta 15,525 que le dieron la victoria, el récord olímpico y –también- el récord mundial, igualando el implantado trece años antes por el británico Daniel Ahern. Tuulos se llevaba la medalla de bronce, delante de su compatriota Vaino Rainio, otro por arriba de los 15 metros (15,01). “Cuando ya no esperábamos sino el momento de ver flamear nuestra bandera y escuchar el himno para corearlo, este „maldito‟ Winter sobrepasó a Brunetto y batió el récord mundial. Para los argentinos y sudamericanos, la performance de Brunetto y su regularidad merecen ser recibidas con orgullo”, escribió Vigil, quien además comentó prueba por prueba del atletismo de estos Juegos. La intensidad del duelo Winter-Brunetto posiblemente hizo olvidar las durísimas condiciones en las que disputó. Pasado, el mediodía de ese 12 de julio, la temperatura trepó hasta los 40 grados y varios de los participantes del cross country se desmayaron, en lo que se recuerda como “el infierno de Colombes” y que motivó –posteriormente- que esa prueba quedara borrada del programa olímpico. Semanas más tarde, en la bahía de Sidney, Winter fue recibido como un héroe nacional, era uno de los tres australianos que había ganado medalla dorada en los Juegos. Siguió compitiendo por varias temporadas más, pero su nivel decrecía y en los Juegos de Ámsterdam terminó 12°, mientras la victoria fue para el japonés Miko Oda –el sexto clasificado en París- con 15,21. Winter se retiró del atletismo con 38 años de edad, se dedicó al billar y a sus negocios, y lo encontraron muerto en su casa en 1955 por un escape de gas... Aquellos 15,425 metros de Brunetto (15,42 con las nuevas reglamentaciones) quedaron como una de las marcas-símbolo del atletismo argentino. Como récord nacional recién fue mejorado más de medio siglo después, cuando Emilio Mazzeo llegó a 15,85 m. en la altitud de México durante los Juegos Panamericanos de 1975. Y como récord sudamericano permaneció 25 años, hasta la aparición de ese fenómeno llamado Adhemar Ferreira da Silva, quien lo llevó a 15,51 m. en 1949 en San Pablo, antes de iniciar su cosecha de récords mundiales y el bicampeonato olímpico. “Mi padre conoció a Adhemar, lo quería mucho y lo alentaba. Y cuando se hicieron los homenajes por los 75 años del récord, nuestra mayor emoción fue recibir el telegrama de felicitación del querido Adhemar” cuenta hoy el hijo de Luis. Este se mantuvo como campeón sudamericano por cinco ediciones consecutivas: a la victoria en San Isidro les siguieron las de Montevideo (1926), Santiago (1927), Lima (1927) y Buenos Aires (1931). Su heredero fue Tomás Diz, campeón en 1933. Pasaron casi ocho décadas hasta que, hace pocos meses en Buenos Aires, el salteño Maximiliano Díaz le devolvió a la Argentina la corona sudamericana del triple salto. Luis Evaristo Brunetto, uno de los cinco hijos del gran campeón, nos cuenta que “después de su retiro, se entregó por completo a su trabajo en Correos y Telégrafos. Pero no dejó el atletismo de lado, acompañó como juez y colaborador. Aquí cerca, por ejemplo, ayudó a levantar la pista de Lomas de Zamora, que fue una de las más importantes del país”. Brunetto se recibió como perito mercantil en Rosario y, dentro de Correos y Telégrafos (hoy Correo Argentino), atravesó todo el escalafón hasta llegar a la Administración General antes de su retiro en 1951. Empezó como contador en Rufino, donde fue gran amigo de Bernabé Ferreyra. También Pedro Quartucci – a quien conocía desde París- y más adelante Noemí Simonetto, otra subcampeona olímpica que dio el atletismo, se contaban en el círculo de sus relaciones. Brunetto pasó a Mercedes y luego, como interventor, recorrió todo el país. Desde 1945 fijó residencia en Llavallol, aunque con alguna ilusión de regresar a su Rosario natal: era fanático de Central. “Al poco tiempo de jubilarse en Correos, sufrió cáncer de pulmón y lo operó el doctor Taiana. Volvió a trabajar como contador para una compañía privada, pero no dejó de fumar”. Y eso lo llevó a la muerte, al recrudecer el cáncer, el 7 de mayo de 1968. En la casa de Llavallol. Fuente: Libro AVENTURAS EN LAS PISTA “Héroes y protagonistas del atletismo argentino” de Luis Vinker Ediciones Al Arco Febrero 2014.