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Raíces 1


ANTOLOGÍA CUATRO ISLAS

RAÍCES IDEA ORIGINAL: while @wguail || http://wguail.blogspot.com.es/

PORTADA Romomo @Romomoo

Jana Yamata http://janayamata.deviantart.com/

MAQUETACIÓN: Elito @Bajoelalmendro_ || http://piel-de-nieve.blogspot.com.es/

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De cómo nos hicimos fuertes con las manos manchadas

Raíces siempre ha sido un refugio, pero no siempre ha sido Raíces. Empezó como un rincón desamparado de arena rojiza y cálida que poco a poco fue convirtiéndose en hogar. Un gigante anestesiado que abrazaba a quien buscase la suerte entre su ceniza dormida. Porque en realidad, esta isla siempre fue un lugar donde escapar (aunque siempre haya quien chasquee la lengua y diga huir), una cuna entre el océano donde poder respirar. Cuando se inició la antigua guerra, Raíces se negó al combate. Su tierra estaba llena de pedazos de todo el archipiélago, corazones que ya estaban anclados a esta arena y a la vez tenían su mano estirada hacia la mar, aunque hiciese tiempo que dejaran su isla. Nadie quería luchar. Nadie quería verse las manos manchadas de sangre: de hermanos, padres, primos, amigos; de la familia que habían dejado al otro lado del mar y que aún les golpeaba el pecho. Pero no se pudo evitar el conflicto, y pronto la muerte cayó sobre las islas como estalla el mareaje contra los acantilados. El primer año fue nefasto. Las pérdidas fueron incontables, y cuando la batalla se acercó de nuevo Raíces alzó las armas con pesar. El pueblo se miraba las manos y ya no distinguía la sangre de la arena. Miraban sus armas arrepentidos y deseosos, porque la guerra les había enseñado que aquellos a quienes querían no habían dudado en atacarles. La culpa y la venganza les empapaba los ojos, y con el tiempo dejaron de distinguir la una de la otra; pero incluso con la crueldad que atenazaba al archipiélago, cada noche juraban que siempre intentarían ser el peso en la balanza que parase la guerra. Y al fin, cuando llegó la Guerra de Letras, Raíces guardó luto meses y meses, y en aquel tiempo se lloró tanto que algunos incluso dijeron que había subido la marea. Todo había terminado, y la isla volvió a ser refugio y no bastión.

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índice Desde la raíz, Linda Ravstar ............................................................................ 6 Desde la ceniza profunda, Anfítrite ….......................................................... 10 A veces existen miedos que se enquistan en la piel, Albanie Casswell …...... 12 Dudas que hacen nido entre las manos, Srta. Pasión …................................. 14 Porque el corazón es un volcán dormido, Maibaik ….................................. 17 Una cueva a rebosar de tempestades, J ….................................................. 19 Porque es cura y a la vez veneno de la carne, SadBoy …............................. 22 Y allí donde la lava roza, Lydia Gallego Barco …........................................... 24 La herida siempre amenaza con volver, Adara Arya …................................. 27 Con no supurar nunca, Elito ….................................................................... 29 AGRADECIMIENTOS …......................................................................... 32

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Seremos el peso en la balanza

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Desde la raíz _______________________________ Linda Ravstar @LindaRavstar || http://huellasenlaneblina.blogspot.com/

«La misma orilla de siempre», pensó mientras notaba la neblina escurrirse entre su ropa. Apenas notaba el sonido del mar bamboleando entre los roqueríos. Quizás un rumor tenue un poco más allá de la orilla, la frontera del mundo, la línea que no los iba a separar por mucho tiempo. Nila se metió las manos a los bolsillos y miró a un punto indefinido del horizonte. Con la bruma matinal apenas se notaba la silueta de las olas. La arena estaba fría y quebradiza y la enorme roca en la que se sentó estaba congelada y dura. Nila se removió incómoda en la superficie de la piedra y hundió la boca en su bufanda. Esa era una postal que le hubiera gustado conservar. La mañana solitaria y ella allí, congelándose hasta los huesos, intentando limpiarse de la tristeza, envuelta en silencio, una nostalgia dramática que acariciaba su vanidad. No estaba sola. Nila escuchó los pasos de la isla que se despertaba. Las mismas pisadas arrastradas, las botas que se hundían en la arena y hacían ese fup fup fup de la suela con cada zancada. Carraspeos, carritos con arbustos, el frotar de las manos, el chispazo de un encendedor, el estornudo de un perro. –Y, sin embargo… –dijo Nila en voz alta y se interrumpió sin sonreír. Se le enrojecieron un poco las mejillas, pero no volteó a ver si alguien la miraba. Nadie lo hacía nunca como ella tampoco volteaba a ver a nadie cuando se envolvían en silencio. «Ahora todo es silencio». Quiso reírse con la forma en que las palabras se formaban en su mente. No era espontáneo. Era un monólogo sostenido que tomaba forma de repente y luego desaparecía para dejar solo un vacío frío dentro de su cabeza hasta la espera del próximo, como un libreto. Quizás como las olas, porque siempre el mar era un buen pozo de metáforas. La orilla fría donde nadie se acercaba era un buen lugar para estar triste, había decidido, al igual que todo el mundo. O quizás era un buen lugar donde intentar mirar más allá del agua y recordar las masas de tierra, como fantasmas confusos, que se escondían detrás. –En Raíces siempre hay gente sentada en la orilla mirando al horizonte –le dijo una vez a Jol y su hermano no respondió de inmediato. Se la quedó mirando un rato hasta que apartó los ojos e hizo un gesto de resignación con la boca apretada.

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–Todos echan de menos… –Jol siguió ordenando las tazas en las que habían bebido té sin mirarla directamente–. Pero nadie quiere volver. –Ya. Nila recordaba ese monosílabo que había salido de su boca como un bufido. Si a su hermano le pareció extraño que dejara el asunto hasta ahí, no lo mencionó. Continuó apilando las dos tazas con sus respectivos platillos y guardando las cucharitas en el cajón con la mirada clavada en sus propias manos. Quiso decirle «estás pensando en ellos», quizás incluso añadir un no vale la pena, un no te preocupes, y decir algo en otro idioma, alguna estupidez que lo hiciera soltar las cucharitas y el paño mugriento con el que estaba secando, y doblarse en risotadas, pero se quedó allí observándolo. Pensando en ellos, aunque no valía la pena y notaba que se le congelaba el pecho y que el té se le amargaba en el estómago. –¿Vas a estar aquí todo el rato? Ella no se sobresaltó. Había escuchado las pisadas amortiguadas del pescador viejo, pero no le sonrió cuando levantó la mirada. El mar seguía callado y la niebla avanzaba un poquito más a través del aire. Nome chasqueó la lengua y le dio una palmada suave en el hombro. Llevaba un chaleco grueso que le cubría todo el cuello y que le quedaba largo de mangas, pero iba con pantalones cortos y sandalias. –A nadie le hace bien estar tanto rato en el frío –dijo él y se frotó las manos–. Siempre puedes dramatizar en tu casa, abrigada y con un café en la garganta. –Quería estar un rato aquí. Nadie intenta hacer conversación –mencionó ella y se rascó la cabeza. Tenía pajizo el pelo rizado y los dedos se le enredaron al deslizarlo entre los mechones. Le sostuvo la mirada al viejo un segundo. No mencionó que en casa tampoco había nadie para conversar, no ahora–. Además... el frío se siente… bien aquí. –Más como frío que como si te estuvieras ahogando en silencio. Más como mañana y menos como miedo, un miedo profundo y terrible, que es el que sentimos todos. –Nila no respondió. Se frotó los brazos casi sin darse cuenta, pese a que apenas corría viento. Apretó los dedos contra la tela, contra su piel, sin dejar de mirarlo–. También dejaste alguien atrás, ¿verdad? Asintió. El viejo sonrió. No era la sonrisa de arrugas en la cara que aparecía todas las mañanas en sus buenos días. Era una sonrisa de ojos caídos, de recuerdos ahogados en el océano. Nila parpadeó varias veces y notó que los ojos insistían en humedecerse. Apartó la vista y carraspeó, porque la garganta le había empezado a picar. Volvió a frotarse los brazos, esta vez con más fuerza. –¿De nuevo? –preguntó en voz muy baja. Clavó la mirada en la arena irregular, llena de piedrecitas–. ¿Va a empezar…? 7


Nome le apretó el hombro con suavidad y ella se sobresaltó con el contacto. Se miraron de nuevo y Nila se preguntó cuán viejo sería el pescador realmente. Si acaso detrás de las manos agrietadas por la sal, las sandalias estropeadas y el chaleco demasiado grande no habría también otra anciana con problemas de vista, quizás que tejía chalecos enormes para que nadie pasara nunca frío, si tal vez se perdió también en un remolino, como se perdieron todos… –Ve a casa, Nila –dijo el pescador y ella volvió a hundir la boca en la bufanda para no tener que mirarlo mientras luchaba por no llorar–. Hace frío. No sintió los pasos sobre la arena mientras se alejaba de la roca. El mar continuaba mudo, apenas moviéndose, y la neblina se espesaba por las calles. Nila hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta ligera y tragó saliva varias veces. También dejaste alguien atrás… Todos, todos allí eran fugitivos que nadie perseguía, con el alma rota en dos, tres, cuatro, decenas de partes, en cada lugar donde había alguien que hubieran abrazado con lágrimas en los ojos, en donde hubiera alguien que les deseara buenas noches al dormir, en donde hubiera alguien con la mitad del recuerdo de una risa, de un secreto, de una travesura, de un beso en la oscuridad. Raíces… Y esas raíces atravesaban la isla hacia abajo y se extendían por el mar en miles de direcciones, a donde estuvieran todos esos que quedaron al otro lado del agua. Firmes garras de tierra en la costa, rocas imperturbables en el invierno, pero intentando alcanzar siempre al océano y más allá. «Ve a casa», le había dicho Nome. ¿Se preguntaban también los demás cuál era su casa? ¿Dónde estaba su hogar? ¿O sabían, al igual que ella, que ya eran sal, arena rojiza, que ya eran silencio en la orilla, que ya eran juguetes compartidos aquí y allá, pero sin nunca volver? Desde allá y desde acá. Una sola raíz, un solo pedazo anclándose en la arena… y estirándose por el agua. Nila se detuvo en mitad de la plaza rumbo a su casa. La ciudad despertaba, la Isla bostezaba y estiraba los brazos lentamente. Se encendían luces, se barrían calles, se saludaban vecinos, se desempolvaban las ganas de levantarse y no volver a la cama y perderse en los sueños. Entornó los ojos y pensó en la misma plaza, pero ahora desierta, con las bancas destrozadas y las cenizas que nadie podría barrer, en el olor del humo y de la madera podrida, en la fuerza de un silencio interrumpido apenas por el dolor. No cerró los ojos para imaginarlo mejor. Alcanzaba a ver las puertas trancadas y las ventanas tapadas. Sombras acercándose a través del mar y pisando la arena blanca hasta teñirla por completo. Sombras que tenían los ojos pequeñitos de su padre y la nariz de gancho que avergonzaba a su madre. Que tenían manos fuertes y regordetas como los de ella. Que tenían piernas delgaduchas y pies frágiles como los de él. Que tenían voces como los de sus amigos. Que tenían el cabello del color del pasado. Y cómo se detenían frente a ellos para arrasar la Isla. El mar seguiría igual, quieto, vibrante, temeroso. Y allí estarían también todos, confundidos, con los ojos muy abiertos, 8


preguntándose de dónde venían esas sombras que se parecían a todos los que querían. Hasta que todos fueran sombras y nadie recordara nada más que los gritos. ¿Dónde estaban todos esa vez? ¿No entendieron acaso que todos tenían las mismas raíces, uniendo el océano, tocando la punta de todos los rincones, que el mar no los convirtió en sombras irreconocibles, enemigos de sal y roca? El peso en la balanza. Quizás alguien, una niña, un muchacho, romperían las filas y darían la espalda al enemigo para intentar detener a sus amigos. A sus amigos para detener a otros amigos. Hasta que alguien les atravesara la espalda y el mar rugiera en un torrente que azotara la costa hasta desangrarla. Y todos fueran solo uñas rasgando la piel, hasta que fueran solo llantos en la oscuridad, con las manos manchadas y el cuerpo temblando. Nila se llevó una mano al pelo cuando el viento sopló desde su espalda, desde el mar, revolviéndole el cabello ya enmarañado. Tenía los dedos congelados de frío y la garganta le ardía como si hubiera tragado agua salada. Apretó el paso para volver a casa. Jol no la miró cuando entró. Estaba de espaldas en la cocina, sacando las tazas de la alacena, colocando los platillos, acomodando las cucharitas, calentando un poco de agua para el té. Silencio. Silencio. No la quieta serenidad de una costa melancólica o de una tarde perezosa bajo un sol frío. Silencio amargo, vibrante, que le marcaba la piel a cada segundo. Silencio chillón, de tazas viejas, de hermanos asustados, de una historia antigua que volvería a teñir la arena de rojo, de negro, de dolor. Nila tomó la taza que su hermano había sacado, la dejó con cuidado a un lado y lo abrazó, rodeándolo con sus brazos. Jol se rio al principio. –¿Qué pasa? Ella no respondió. Lo siguió abrazando, apretándolo fuerte, con los ojos cerrados hasta que dejó de reírse y la abrazó de vuelta. Hasta que lo sintió temblar también y apoyar la cabeza contra su hombro. Hasta que ambos se echaron a llorar con sollozos apagados que rasgaban el silencio con pálpitos furiosos de terror y de pena. Las historias decían que los guerreros rotos lloraron hasta que el mar creció… Quizás el mar solo había intentado abrazar la isla y perdonarlos a todos, quizás también había llorado con ellos durante las noches, mudo, impotente, atravesado por la tristeza. Nila apretó fuerte los ojos y trató de olvidar el frío que venía del mar. Afuera, en la misma orilla quieta de siempre, una ola rompió contra las rocas en un rugido ronco. No se escuchaba nada más en el silencio.

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Desde la ceniza profunda _______________________________ Anfítrite Desde la ceniza profunda uno puede llegar a entender muchas cosas, especialmente si están relacionadas con la historia que las ha puesto ahí. Si la guerra algo enseña es que no hay fin que merezca el horror, el dolor y la muerte que esta causa. Resulta ser como un trágico incendio, poco importa cómo empiece o por qué motivo, si lo que pretendía era tratar de iluminar el mundo o de arrasar con una parte, pues algo tan peligroso y difícil de controlar lo único que conseguirá es hacerte ver todo aquello que uno pudo conocer, amar o admirar, reducido a nada más que cenizas y provoca que mirar a tu alrededor se vuelva una pesadilla, pues muy rápidamente todo aquello con lo que estabas conectado de pronto ya no existe, ha sido exterminado. Finalmente, te ves rodeado del desastre, del fuego y la ceniza, todo reducido a la más absoluta nada y tú, lamentablemente, has tenido que participar. ¿Pero qué puedes hacer cuando te ves forzado a tomar un arma y acabar convirtiendo en polvo a todo aquel que se te cruce por delante si no deseas que sea esa tu suerte? Por mucho que te disguste, cuando te ves en medio del fuego a la fuerza, tus únicas opciones son convertirte en ceniza o convertir sin tener casi tiempo para pararte a pensarlo pues es ahora, es este momento es ya y debes decidir. Tú o tu hermano Tú o tu padre. Tú o tu amigo. De pronto un ser amado se convierte en verdugo y apunta a tu pecho casi sin vacilar, amenazando con reducirte a cenizas como a todo tu alrededor. ¿Y sería acaso tan malo? ¿Tan grave resultaría marchar a donde al fin y al cabo estamos destinados a terminar? Pero todos somos humanos y no queremos ser solo un recuerdo, todos queremos vivir un día más. Rodeados de fuego y ceniza nos levantamos y arremetemos sin vacilar, tomando a la fuerza ese día, un día más para lamentarnos, para llorar, para comprender, para perdonar, redimirnos, aprender y recordar.

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Al final los recuerdos no acaban siendo más que eso, tan solo cenizas las cuales puedes dejar desaparecer con el viento o de las cuales puedes aprender y resurgir como el Ave Fénix. No importa cuantas veces vengan a buscarnos y traten de destruirnos, a nosotros, nuestro mundo, nuestra gente, nuestras vidas, porque una vez más nos levantaremos y nos sacudiremos las cenizas, pues de ellas venimos y en ellas renacemos. Como esta isla, que siempre fue ceniza dormida, cálida y apacible. En la ceniza habitamos y desde la ceniza profunda nos alzaremos.

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A veces existen miedos que se enquistan en la piel (o de cómo se amaba en la guerra)

_______________________________ Albanie Casswell http://albaniecasswell.blogspot.com.es/

¿Recuerdas, cariño? Cuando la guerra estalló estalló también nuestra batalla, y la sangre que bañaba nuestras costas, no era para nosotros más que tu leche derramándose en mi tripa. ¿Recuerdas, cariño? Que el mundo aullaba, y nosotros, en silencio perdíamos (nos) perdíamos en ese llanto, y prometíamos siempre sanar, no la guerra, sino nuestras heridas. ¿Recuerdas, cariño? Escondidos en las cuevas, como monstruos o ladrones, ahí fuera balazos y tiros y fuego. La de veces que resbalé en tus ojos y tu resbalándote en mis bragas, precavidos y cautos , esperando pacientes la derrota; la isla tornándose desierto. ¿Recuerdas, cariño? Antes de que partiéramos a otro mundo y sólo nos quedara el sueño para regresar a estas tierras, cómo te precipitaste en mi boca, 12


bebiste de mi carne. Y el único gesto imprevisiblemente bello de la guerra, fueron tus manos, buscando mis manos, entrelazando los pulgares, índices, corazones, anulares; susurrando por los poros de la piel; te extrañaré cuando seamos polvo y aire. Se acumuló entonces, en todas nuestras uñas, la prudencia y la frialdad, con la que se vestía el cielo. Y si alguna vez nuestras almas se acercan de nuevo a la orilla, sólo inspirarían un lugar asesinado, lleno de grutas y huesos, y la secuela de violencia; será seguir sintiendo, la misma sensación a renuncia, el mismo aliento contenido, y el mismo miedo enquistado, no de morir -pues ya muertos estamossino de seguir matándonos.

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Dudas que hacen nido entre las manos _______________________________ Srta. Pasión @SrtaPasion || http://instagram.com/srtapasion/

Llegamos a la isla buscando un hogar, con las ganas y las esperanzas desbordantes en el pecho. Huíamos de una realidad que a día de hoy, sigo sin soportar recordar. Sólo queríamos avanzar y formar una familia, y por esa misma razón, sabíamos que Raíces sería -por fin- nuestro lugar. Aún recuerdo la efusividad en las palabras de Rickson cuando me dijo que había encontrado un lugar en el que podíamos, por fin, ser felices, que podríamos dejar de escondernos porque allí nadie trataría de hacernos daño. Le miré incrédula y comencé a llorar. En aquel momento, comenzó nuestra nueva vida, una cuna en medio del océano en la que poder respirar. El día que les dijimos a mis padres que nos marchábamos para siempre y que no les podíamos decir a dónde, se me rompió el corazón. Sé que a ellos también, pero sabían de nuestra necesidad de huir. Se sentían culpables de que hubiera nacido diferente, de que mis capacidades no fueran como las del resto, pero yo les agradecía una y otra vez que me hubieran querido tanto. Mi abuela besó mi vientre antes de marchar, era la única además de Rickson que sabía que estaba embarazada; me dijo que serían mellizos, yo no la creí. Lloré tanto en la despedida que todos pensaron que me deshidrataría si no fuese por la particular razón de que estaba hecha de mar. Atracamos un día calmado, con la mar serena y sin nubes en el cielo. Yo estaba embarazada de siete meses, nerviosa por si el viaje había afectado a mi bebé. Llevábamos demasiado tiempo sin descansar como se debía, tuvimos que cambiar de transporte en innumerables ocasiones, escondernos más de lo que nos hubiera gustado. Llegar hasta allí había sido más arduo de lo que habíamos pensado pero por fin estábamos a salvo. Una gaviota graznó y a nosotros nos sonó a bienvenida. Desde la playa podíamos observar las pequeñas casas de la gente que allí habitaba. Un amigo de Rickson, Marven, nos esperaba allí. Sonrió al ver mi tripa y corrió a abrazarnos. No nos costó demasiado acostumbrarnos a la vida de la isla, aunque echábamos en falta nuestra rutina anterior. Rickson aprendió a cazar y a construir cosas con sus propias manos (lo que le hacía realmente feliz, ya que siempre se 14


había considerado bastante torpe), mientras que yo tejía ropa para cuando el bebé naciera. Solía juntarme con un grupo de mujeres de la isla, algunas que llevaban allí toda la vida y otras que, como yo, habían tenido que abandonar su mundo y esconderse de la realidad. Poco tiempo después comenzó la guerra. Al principio, Raíces se mantuvo al margen, pero luego tuvo que intervenir. Sé con exactitud el día que comenzó la guerra porque fue el día que nacieron mis hijos. Mi abuela tenía razón, dos preciosos mellizos vinieron al mundo: Ardan y Katrina. Tratamos de que los niños crecieran al margen de guerras y disputas, que fueran felices y disfrutasen de una infancia tranquila. La isla aún era segura y podían compartir días y tardes de juegos con otros niños del lugar. Por las noches rezábamos porque aquello acabase, porque los especiales, como así nos llamaban fuera de aquellos terrenos, dejasen de pelearse por ver quién era mejor y qué atolón sobresalía frente al resto. La guerra se llevó a muchos de los que se habían sacrificado por salvarnos, y, llegado el momento, Rickson decidió que tenía que participar para protegernos. Primero comenzó con salidas nocturnas puntuales para salvaguardar la zona, pero después, y al mismo tiempo que otros caían, fue escalando puestos y asumiendo responsabilidades. Su carácter cambió, se volvió más frío y más duro, pese a que intentaba ser el de siempre con los niños y conmigo. Perder a sus amigos le afectaba demasiado, sobre todo tras la muerte de Marven. Los días pasaban demasiado rápido, pero hubo un día que se hizo eterno. Rickson nunca estaba más de 24 horas fuera de casa, no quería que estuviésemos demasiado tiempo solos, pero aquella vez, no volvió. A la mañana siguiente vino uno de los comandantes de Raíces. Mi marido había caído. El mundo se me vino encima, todo pareció desaparecer. Me sentí engañada, él había querido ir allí a construir una nueva vida, y se había terminado por llevar la mía. Ahora tenía a dos hijos que cuidar y proteger y un hogar que ya no sentía como propio. Estaba tan sedienta de venganza que comencé a entrenarme. Aprendí a controlar mi cuerpo, a manejar un arma, y sobre todo, a proyectar mi poder. Me convertí en la más fría de todas las guerreras, no dejaba que nadie me tocara a excepción de Ardan y Katrina, quienes no entendían dónde estaba su padre y en qué se había convertido su madre. La rabia y la desesperación me empapaban los ojos, y con el tiempo dejé de discernir una de la otra. Quería ser el peso en la balanza, finalizar la guerra y poder centrarme en mis hijos, quienes ya alcanzaban los cinco años y necesitaban aprender a controlar sus poderes, pero la mayoría de veces me era imposible. Fue una tarde en la que me tocaba descanso hasta media noche cuando me dijeron que todo había terminado. Se había llegado a una tregua y la guerra, por fin, había acabado. Lloré tanto, por el dolor y el cansancio, por la furia y la rabia, por lo que echaba de menos a mi amor, que sentía que las mareas habían crecido y que el tiempo se había parado. Por fin podíamos enterrar a nuestros muertos y homenajearlos como se merecían. Todo se llenó de flores. No había nada más triste que aquel lugar que en antaño había sido casa y ahora era ruinas. 15


Desde entonces hasta ahora ha pasado menos tiempo del que nos gustaría, mis hijos han dejado de ser niños y se han convertido en jóvenes que luchan e intentan recordarnos por qué la guerra entre las islas no puede volver a suceder. Pero, por desgracia, ya no es así. Prepárate, tenemos que irnos. No dejes que las dudas se hagan nido en tus manos, da lo mejor de ti. La isla nos necesita.

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Porque el corazón es un volcán dormido (las tinieblas) _______________________________ Maibaik El día que nací no había estaciones. Hacía frío y también hacía tiempo que nadie miraba el calendario. Shanay dijo una vez que cuando se está triste no se mira el calendario, que cuando ya no queda nada que perder y no se tiene miedo y la vida es gris oscuro no se mira el calendario porque da igual la fecha, que no se mira el reloj porque da igual que sea de día o de noche si en el pecho sólo tenemos tinieblas. Shanay no tiene hijos pero yo nací por su culpa. Tiene el pelo canoso y los días que sonríe siempre cuenta que una vez sus rizos fueron rojos. Rojo fuego, dice, y sonríe. Los días de tormenta nos reúne alrededor de la hoguera y siempre empieza las historias hablando de su pelo. ‘Rojo sangre’, dice entonces, ‘tenía el pelo rojo sangre como los ríos que bañaban los cuerpos sin vida en El Valle’. Y es que hubo una guerra y antes de eso un mundo que me habría gustado conocer. El día de mi trece cumpleaños, Shanay me llamó temprano y me contó la verdad de mi historia. Yo siempre había sabido que de existir una única verdad, sería la vieja la que la tendría. Yo siempre la llamaba vieja y nunca supe por qué sólo me dejaba que yo la llamara así. Por supuesto que jamás lo hice en tono despectivo, todo lo contrario, respetaba a Shanay como a nadie, y siempre tuve un cariño especial por esa extraña mujer. Recuerdo que de pequeño me daba un poco de miedo quedarme sólo con ella. Esas noches en la caverna se me hacían interminables, pero luego amanecía y cuando todo el mundo partía ella llegaba a mi cama y me acunaba, y yo me dejaba. Jamás le conté eso a madre, porque algo dentro de mí me decía que me habría llevado una regañina. Entonces el miedo se escondía y yo me dejaba acunar por la vieja. Recuerdo también una vez que Fred la llamó vieja y ella le soltó un guantazo. Creo que Shanay no sabe que yo vi la escena y mi hermano no se lo contó nunca a nadie. En aquel momento no lo entendí. ¿Por qué Shanay se había molestado tanto? ¿Por qué no tenía esa reacción cuando yo la llamaba así? Sé que Fred no lo dijo con mala intención, de hecho creo que era uno de los kanua más respetuosos del clan. Sin embargo, delante de Shanay siempre se hacía pequeñito. 17


Como decía, el día de mi trece cumpleaños, Shanay me fue a buscar y me llevó a un lugar de la caverna en el que nunca había estado. Supongo que aquella puerta siempre había estado ahí, pero era la primera vez que la veía. La estancia era una sala con forma redondeada y una gran alfombra redonda en mitad. Shanay me cogió la mano y me sentó en el centro, y se puso enfrente mía, también sentada. Y fue así, con sus manos sobre mis rodillas, con su pelo canoso y sus arrugas, con sus ojos negros como la noche, como me contó su historia. Su historia que era la mía. Porque el corazón es un volcán dormido y el día que se despertó fue el día que nací. Porque ahora sé que estoy vivo y tengo latiendo en el pecho tambores de guerra con sed de venganza. “Se te pasará”, decía Shanay, que me dejó elegir mi reacción y me dejó llorar a gusto. “Se te pasará, y cuando desaparezca el rencor será cuando estés preparado para honrar el nombre de tus padres.”

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Una cueva a rebosar de tempestades _______________________________ J @sr_j_ || http://josecarax.blogspot.com.es/

Una postal reposa sobre el petate, miré hacia mis botas y luego hacia mi compañero. Él estaba limpiando sus botas manchadas de barro de una forma parsimoniosa y ceremonial, ensimismado. Cuando terminó levantó la vista y se tumbó sobre el petate. –Qué calor hace en esta condenada cueva, parece que hay un microclima de esos. –Pero aun así llueve. Es raro todo esto. –Esta guerra lo es. En eso llevaba razón, pensé. Me removí el pelo que salía debajo del casco y me tumbé sobre mi petate, que en aquel aciago momento era la mayor de mis comodidades. –¿Y esa fotografía? –me dijo el compañero casi sin mirarla. –Es de casa –miré la fotografía, se veía un atardecer y la ciudad al fondo. El cielo estaba teñido de rojo, con el mismo rojo con el que se tiñen la camisa de los soldados, las nubes hacían dibujos imposibles y se comenzaban a fundir con la incipiente oscuridad. Aquel día había cenado en un restaurante del barrio, uno de esos lugares casi lúgubres donde la decoración era un mito, pero la comida una leyenda. Cené con mi madre, mi padre y mi hermano pequeño. Mi madre se despidió de mi con lágrimas en los ojos mientras me daba aquella foto con una rúbrica de cada uno de los tres y un mensaje que rezaba “Hogar es aquel sitio al que siempre podrás volver, pase lo que pase.” Mi hermano me dio su muñeco preferido al cual le había pintado un casco y un arma y me dijo que era yo, que iba a luchar por ellos y que, aunque estuviera lejos el cuidaría de la perra. Mi padre me dio uno de esos abrazos que sólo se guarda para las ocasiones especiales.

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Aquella noche toda la ciudad me olía a despedida y cuando me desperté a las cinco de la mañana sin poder dormir tuve que echar a andar. El barrio, de edificios altos e iguales dejaba poco a la imaginación o la improvisación. Había dejado de lado la belleza por lo práctico. Era de un gris horripilante, todos copias unos de otros como si la originalidad se hubiera esfumado para no volver. Después de caminar un rato los tenderos comenzaban su larga jornada laboral, los barrenderos terminaban la suya y el sol volvería a coger el trono. El fresco de la mañana me abofeteó la cara y metí mis manos en los bolsillos a ver si estas no se congelaban de vuelta a casa. La pequeña postal de mi madre se presumía arropada en mi bolsillo. La saqué y la miré. Al cabo de unos instantes identifiqué el lugar desde donde pudo haber sido tomada aquella instantánea y decidí poner camino hacia el lugar, apenas me separaban un par de manzanas de donde me encontraba. El camino se me hizo corto, cuando llegué los primeros rayos de sol de la mañana asomaban entre los edificios, abriéndose hueco entre los ladrillos. Y apostado en un banco allí decidí que la eternidad se me hacía corta para volver a aquel lugar y que daría igual el tiempo, pero volvería. –Yo llevo una carta de mi novia y el deseo todos los días de volver junto a ella. –Supongo que lo que nos hace fuertes aquí es tener un buen compañero y aferrarte a la idea de volver a casa. –Y aferrarte a la idea de volver a casa… Tras unos minutos de descanso, irrumpieron en el silencio de aquel lugar compañeros que traían un herido, perdía la vida con aquella herida. Yo me acerqué y le dije que ya estaba a salvo, él me dijo que si tenía un papel y bolígrafo. Asentí y le di el roído papel que tenía y escribió algo en aquel trozo de papel. Cuando peor se sentía me llamo y devolviéndome el papel me dijo que luchara hasta el final y que volviera a casa y le devolviera aquel papel a su mujer. Abrí el papel que estaba hecho una bola y ponía: Una cueva a rebosar de tempestades. A lo lejos se escuchan tambores de guerra Y en mi cabeza retumba otra melodía. Una cueva construida en el abismo Para ser refugio de soldados y forasteros. La guerra se cierne sobre mí, El barro y el fango hacen una pasta Que ya huele a podredumbre y yo… 20


Yo solo pienso en la flor de los almendros, Lo poco que ha llovido este año, y que podría estar encendiendo el caldero. Aún dentro de la cueva se escucha como mueren algunos ciudadanos libres, como agoniza la valentía en la misma tierra en la que deberían pastar nuestros carneros. Pero esta noche es diferente, suena otra melodía. Alguien trajo consigo un viejo instrumento de percusión Y se dispone a cantar viejas historias. En esta cueva a rebosar de tempestades la guerra es sólo un paréntesis. No me eches de menos que yo, Vaya donde vaya, te esperaré. Supongo que cada uno tiene una razón para luchar y una razón para volver a casa. Y que la nobleza reside en tu razón para volver. Al final es allí donde los sentimientos están más a flor de piel y donde más los reprimimos. Espero que en la otra vida si es que la hay, se encuentren.

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Porque es cura y a la vez veneno de la carne _______________________________ SadBoy @SadBoyy_ || http://palabrasdestrozadas.blogspot.com.es/

Hace tiempo que me pregunto a mí mismo donde he estado. Estoy distinto. No me reconozco, creo que me he enamorado. Tras nuestra guerra de discusiones, reproches y besos que nos faltaron por dar, ya no queda nada. Solo este malestar, rencor y dolor. Ese inevitable y silencioso dolor que te mata por dentro. Y poco a poco te va consumiendo hasta que no queda nada. Tras aquel golpe no sabía qué hacer. Mis piernas fallaban y únicamente quería saber por qué te marchaste más antes que después. A veces querías y otras odiabas, pero... ¿Cómo quieres si odias? A lo mejor odiabas sin querer. Y ese fue el problema, el detonante y la explosión que desencadenó aquella terrible situación. No querer. Nuestra guerra terminó y esa rosa que llaman amor, marchitó. Yo pensé que seríamos el enemigo de cupido por haberle superado. Pues empezamos queriendo y acabamos tan pero tan enamorados. Quizá me engañaste o me engañé a mí mismo pensando que me querías, pero ¿Cómo ibas a querer? Si solo te quieres a ti misma. Todo era muy contradictorio porque era cura y a la vez veneno de la carne. Te besaba y... O te mataba o te curaba. Ya no queda nada de eso. Desde que te marchaste eché raíces en este refugio, en esta vía de escape que llaman poesía. Cambié tus besos por estas líneas, tus caderas por estas rimas de infarto y tu horrible alma por cada una de estas letras con las que me intento recomponer. No te voy a mentir, aún hay días en los que la marea del mar sube y a mis ojos no les queda otra que dejar que caiga esa lluvia inmensa, pero, insisto, de aquí no me voy. Es mi isla paradisíaca, mi refugio, mi vía de escape creada con 22


los trozos rotos de mi alma. Creo que me he enamorado y no me arrepiento. No me he enamorado de algo ni de alguien, solo de ti, poesĂ­a. Ya no me importa que me rompan si te tengo a ti al lado que tiemblen los males y los complejos, y que los miedos se pongan a bailar por encima de estas letras. Porque desde que comencĂŠ a escribir la soga que me ahogaba ya pesa menos. Estas letras ya han echado raĂ­ces en este refugio y me han sujetado tan fuerte que ya no me caigo porque hacen de soporte y evitan que toque el suelo. Es mi escudo.

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Y allí donde la lava roza _______________________________ Lydia Gallego Barco Deyanira vagaba por la playa de arena rojiza a solas, como hacia cada día desde que era una renacuaja. Le gustaba acercarse hasta la orilla, a veces para recoger algunas conchas o estrellas marinas, pero en otras ocasiones, se acercaba meramente para sentir el mar bajo sus pies. Cerraba los ojos y sólo sentía la brisa acariciando sus mejillas, el mar haciéndole cosquillas, las gaviotas a lo lejos. Todo permanecía en semejante armonía que era impensable creer que allí mismo, hacía años, el sonido de un arma contra otra arma, los gritos de hermanos contra hermanos habían resonado con gran estruendo. Deyanira procuraba no pensar en eso. Ella no había llegado a vivirlo, pero escuchaba hablar a los mayores. Ellos siempre tenían algo terrible que contar, pero ella prefería escuchar al mar y hacer oídos sordos a las palabras. Hacía tan sólo unos días que Dey (así es como la llamaban sus amigos para abreviar) había encontrado una pequeña cueva cerca de allí. La primera vez, cuando encontró el lugar, apenas tuvo tiempo de explorarlo, por lo que lo único que observó fue el comienzo de lo que parecía una gruta. No fue hasta la tercera visita que Dey pudo adentrarse lo suficiente en aquel misterioso lugar como para encontrar algo maravilloso, algo tan increíble que creía que jamás volvería a encontrar nada igual (o al menos eso se repetía ella una y otra vez en su cabeza): todo el interior de aquella cueva se encontraba bajo la hermosa luz de… ¿estrellas? Pero, no, no podían serlo, aquello era el techo, no el cielo. Pero el lugar brillaba tanto… Maravillada, Dey se acercó más y le pareció ver luciérnagas, volvió a mirar, más cerca aún, y vio que eran bichitos que jamás antes había visto. Iluminaban el lugar por entero, pero le daban un toque mágico, casi divino. Se dijo entonces a sí misma que no revelaría el secreto de la localización de semejante tesoro, de su tesoro. Y allí iba todos los días decidida a encontrar un nuevo recoveco, una nueva gruta. Hoy resultó ser el día en el que Dey llegó hasta la zona más profunda de la cueva, que, aunque también se encontraba inundada por la luz de aquellos bichitos, tenía la particularidad de encontrarse llena de agua cristalina también. Parecía una pequeña laguna azul abierta al cielo. Dey miró su reflejo en las aguas y vio que también toda ella era ahora azul. Pudo sonreírle a su reflejo hasta que decidió tocar el agua con sus propias manos, entonces su figura se difuminó y aparecieron pequeñas ondas que se extendieron por toda la cueva. Fue entonces, cuando mirando hacia el fondo, Dey se percató de algo. Allí mismo, a lo lejos, en otra zona de tierra, había algo, aunque no podía ver bien el qué. La única manera 24


de saberlo es nadando hasta allí, pensó, Pero el agua…el agua está helada. Aun así, como casi siempre, la curiosidad le pudo más que cualquier otra cosa, así que se sumergió poco a poco en las aguas, maldiciendo un poco por lo bajo debido al frío. Dey decidió nadar bocarriba, para así poder contemplar el maravilloso techo. Eran verdaderamente estrellas, pequeñas estrellas azules al alcance de la mano. Cuando al fin llegó al otro lado la figura oscura y borrosa que había visto resultó ser un pequeño baúl. Dey se acercó, decidida a abrirlo inmediatamente. Lo que encontró allí, bueno, la luz no era lo suficientemente intensa como para que pudiera leer, pero al menos pudo ver el contenido: algunos libros viejos, una…, ¡una brújula! Dejó los libros a un lado para centrarse en el artefacto. Siempre marcando el Norte. Con esto algún día podría salir de la isla para explorar otros sitios. Raíces se había conformado con las gentes que venían de las otras islas, que venían buscando paz y tranquilidad. A Dey le encantaba su hogar, pero quería ver todo lo que había por ver fuera de allí. Se quedó mirando la brújula, imaginándose a sí misma surcando las olas en un barco, sola, como a ella le gustaba pasar el tiempo, con la brisa en el rostro, sintiendo cómo el mar balanceaba el barco, su barco. Libertad, aquello era la libertad verdadera. Tras volver en sí misma, siguió explorando el pequeño tesoro, donde encontró mapas, mapas de las cuatro islas, mapas de más allá, de muy lejos. Y, por último, entre todos aquellos grandes libros, uno más pequeñito hecho de cuero y hojas gruesas. Parece un diario. Dey quería leerlo, le invadía, como siempre, una enorme curiosidad, pero allí dentro era prácticamente imposible. Guardó el resto del contenido dentro del pequeño baúl y nadó hacia el otro extremo con una mano siempre fuera del agua, para mantener el diario a salvo. Ya atardecía cuando al fin salió de las grutas, un precioso atardecer entre anaranjado y rosado. Así que se sentó cerca de la orilla de cara al mar y empezó a hojear lo que tenía entre manos: –¡Vaya! –el libro era de un tal Samuel y la primera entrada estaba escrita mucho antes de que ella hubiese nacido. Hablaba de la guerra, del miedo, del dolor, de cosas que no alcanzaba a comprender, pero sobre todo hablaba desde el corazón. Desde un corazón dividido en cuatro partes, desde un corazón que provenía de Fragor, pero que encontró refugio en aquella pequeña cueva y sus grutas. “Esta es mi cueva, mía y de nadie más”, había escrito. “Mías son las aguas, mías las pequeñas lucecitas, mía la explosión del mar”, continuaba. Al final del diario había una frase, una sola en toda la página: “Y allí donde la lava roza”. Abajo ponía la fecha: –¡Ayer! ¡Es de ayer! –Dey dirigió su mirada en todas las direcciones, sintiéndose de repente observada sin saber por qué. Decidió volver rápidamente a la gruta de las luces para devolver algo que no le pertenecía, sintiéndose culpable también por leer algo que no le pertenecía. Pero cuando entró en aquel refugio, tan suyo como de aquel, se quedó paralizada viendo aquella “explosión del mar”, contemplando cómo efectivamente, era allí donde la lava roza…

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Salió del lugar tan pronto como pudo. Gracias a dios los volcanes bajo agua no expulsaban lava con tanta potencia, o al menos no este. Sentía pena por el resto del contenido del baúl, quizá la lava no le alcanzara, quizá el agua la aplacara antes. Quizá la gruta serviría de verdadero refugio para aquellas posesiones tan preciadas. Quizá… Miró su mano izquierda, que contenía el diario, al salir de la cueva, la miró mientras aún observaba también las entrañas de aquel refugio, y se dijo a sí misma, que, aunque la tierra se tragara aquellas pertenencias, ella cuidaría del diario, y que ella se lo daría a su dueño, incluso si tenía que buscarlo día y noche. Ella guardaría sus palabras con su vida por siempre.

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La herida siempre amenaza con volver _______________________________ Adara Arya @migatoesdj

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https://lachicadelosrecuerdos.wordpress.com/

Y es que es así de inevitable. Las heridas no desaparecen de nuestra tersa y pálida piel, se acomodan conviviendo allí, acompañándonos en nuestro destino, en nuestra futura guerra tal vez. Esta mañana al verme en el espejo he visto la gran cicatriz que atraviesa mi espalda, casi se camufla con el color de mi piel rosada. Cada vez que la miro recuerdo con orgullo que fui, que soy una guerrera a la que no puede vencer nadie. Que podrán marcar mi piel, mi cuerpo, mi rostro, incluso puedes tintar mi mirada de tristeza, pero no puede derrotarme. El brillo de mis ojos, rebosa por sí solo, cada vez que recuerdo lo que vivimos hasta reconstruir nuestro hogar. Se avecinó un tiempo desastroso para nuestras almas y corazones, pero lo vencimos, aunque fueron muchos corazones perdidos en esa batalla. Esa mañana la herida por alguna razón que desconozco, se volvió a reabrir. No lo creía capaz tal hecho que volviese a suceder. Era como señal de que un mal augurio acechaba de nuevo por nuestro mar. Digo el mar, porque estaba especialmente revoltoso, y el cielo también quiso acompañarle con un viento incesable, casi a punto de sollozar las nubes esponjosas que le rodeaban. La puerta entre abierta de la cocina, que daba con vistas al mar, no dejaba de dar portazos. Fue ahí cuando me vestí rápidamente, salí fuera para ver que estaba pasando. Todos aún seguían dentro de sus hogares, un poco atemorizados y con pena en sus ojos. No se atrevían a pisar la tierra que fue manchada, aunque a día de hoy no queda ni una señal. Las señales las llevamos tatuadas en la piel, ellos lo llaman heridas, yo lo llamo mi historia. Salí, me dirigí a la orilla con el cuaderno que desempolvé la noche anterior, para retomar mi viejo diario. Respiré profundo y me susurré a mí misma –¿qué está pasando?–. Me senté. Acto seguido reabrí mi diario, con mucha nostalgia, donde escribía mis días para mantenerlos vivos en mi memoria. Recordarme mi historia, mis pasos, mis comienzos, mis victorias y también las batallas perdidas bañadas en lágrimas. Rendirse nunca estuvo en mi subconsciente. Lucho hasta el fin de mis días. Eso redacté en mis primeras hojas de aquel diario. Me daba el impulso cada mañana al despertar. Escribí que el 27


mismo mar que, vio tanta sangre esparcida por sus alrededores de almas inocentes, él nos curaría hasta tal punto de cicatrizarnos. Y así fue. Iba temprano a bañarme en sus cálidas primeras horas de la mañana, para refrescar esa herida de mi espalda. Allí donde todos solíamos gritar como la canción de love of lesbian, que nos describía a la perfección. Los primeros días fueron terriblemente dolorosos, descargaba toda mi rabia allí, en el mar. Entre gritos ensordecedores, con el que podía atravesar un cristal y silencios pronunciados, a media que pasaba el tiempo, sal y arena, fueron mi mejor terapia de choque. Pero esa mañana, en la que salí a ver que estaría por avecinarse, sentada en la orilla pensando a la par que escribiéndome. Se abalanzó sobre mí una ola gigantesca dejándome así tendida sobre la orilla con una capa de arena gruesa encima hasta en las pupilas. El mar me estaba gritando. Entré en casa rápidamente para darme un baño caliente, y no coger uno de esos resfriados que me debilitaban por unas semanas. Debía de estar entera y fuerte para cualquier improvisto. Mientras jugaba con las pompas de jabón en la bañera este fue mi pensamiento. Debo lealtad a mi gente, son mi familia, aunque no llevemos en nuestro organismo la misma sangre. Nuestro corazón bombea al compás, gritando que no van a volver a vencernos si se avecina una lucha. Sacaremos nuestras garras, y apretaremos los dientes para defendernos entre nosotros y lo nuestro. Esta vez, si algo está por venir, no estaremos desprevenidos, nos quitarán a más gente. Miraremos al mar, nos vendrá el viento de cara, estiraremos nuestros brazos hasta intentar rozar el gran inmenso cielo azul que tendremos encima de nuestra cabeza. El olor a sal entrará por la rendija de la ventana al igual que también se colará algún que otro rayo de sol, para deslumbrarnos. Las nubes que navegan en él dejándose llevar por el viento, nos parecerán tan apetecibles que querremos darle un mordisco. Al fin la balanza se equilibrará, podremos ser felices.

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Con no supurar nunca _______________________________ Elito @Bajoelalmendro_

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http://piel-de-nieve.blogspot.com.es/

Los pétalos se derramaron de las manos de Terence. Había recogido flores que se habían marchitado, porque las espinas que bailaban sobre ellas no habían dejado de asustarle. Ya no quedaba nada. –¿Qué vamos a hacer? Ruby no contestó. Hecho un ovillo, sus ojos manchados de ojeras apenas asomaban sobre las rodillas. Tenía la vista fija en el suelo, y cuando habló su voz sonó a ruego y no a respuesta. –Quiero irme a casa. Pero ya no había ningún lugar al que volver. Frente a ellos se habían secado las fuentes y los charcos, aunque la sangre siempre parecía fresca y estar envenenada. No quedaban paredes. No sonaba la música ni el despertador por las mañanas. Se habían quedado sin gasolina, pero todo había ardido tras ellos y ahora tenían las manos envueltas de culpa y cenizas. –¿Crees que su fantasma vendrá a por nosotros? Ruby tembló y tras levantarse abrazó a Terence con fuerza. Terence quiso cerrar los ojos y tapárselos a su hermano, pero en el fondo ninguno era capaz de apartar la mirada del amasijo frente a ellos. Apestaba a violencia. Apestaba a carne quemada y apestaba a cicatrices que les harían de peso en el pecho durante toda la vida. ¿No eran unos críos? ¿No se suponía que aquello sólo pasaba en las películas? Ya no quedaba nada, pero a su alrededor todo se antojaba inmenso y escalofriante. Cuando Ruby se separó, se acercó a los restos quemados y escupió sobre ellos. Tenía los ojos llenos de lagrimones que no paraban de salir, aunque su gesto parecía impasible. Le agarró la mano a Terence y su hermana se tuvo que poner de puntillas para besarle en la frente, y Ruby sollozó de nuevo y perdió en un momento su dureza cuando se limpió los mocos con la manga de la camisa. –Vámonos, Terence. Por favor, vámonos ya.

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Seremos el peso

en la balanza

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Desde la raíz, desde la ceniza profunda, a veces existen miedos que se enquistan en la piel, dudas que hacen nido entre las manos. Porque el corazón es un volcán dormido, una cueva a rebosar de tempestades. Porque es cura y a la vez veneno de la carne, y allí donde la lava roza la herida siempre amenaza con volver, con no supurar nunca.

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A G R A D E C I M I E N T O S No sé cómo lo hace While que siempre consigue tener ideas en las que meterme, pero desde luego eso es algo que agradecer. Y lo mismo va por Eri y por Verónica, porque hemos ido todas de la mano. Gracias a quienes habéis escrito, a quienes comprasteis el ticket corriendo y montasteis en nuestros barcos en apenas un suspiro. Gracias por hacer que esta guerra tenga sentido, y por conseguir que no se derramara ni una gota de sangre. Gracias a quienes habéis formado Raíces y habéis querido compartir arena y mar conmigo. Gracias, de verdad.

Elito

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Raíces - Antología Cuatro Islas  
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