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© Federico Gama.

EN IMÁGENES Federico Gama: Fotoetnografías juveniles


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CONTENIDO

En imágeneS Maritza Urteaga Castro Pozo Octavio Hernández Espejo Federico Gama

Proyectos inah Condicionamiento, represión, sociedad y cultura

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Hilario Topete Lara

Propuesta de Manual para trabajos arqueológicos de salvamento

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Luis Alberto López Wario y Pedro Francisco Sánchez Nava

Reflexiones Jóvenes nativos digitales: Mitos sobre la competencia tecnológica

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Enedina Ortega Gutiérrez y Paola Ricaurte Quijano ( tec )

Géneros difusos: entre espadas y crisantemos, monstruos y prodigios Mauricio Sáenz Ramírez ( enah )

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DesDE... Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo

Educación y juventud en Sonora: paradigmas, enfoques y realidades Rosario Román Pérez, Ma. José Cubillas Rodríguez y Elba Abril Valdez ( ciad, Sonora)

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La Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa

Jóvenes entre fronteras y al borde: la Mara Salvatrucha y la pandilla del Barrio 18 Alfredo Nateras Domínguez

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Reseñas La investigación sobre los jóvenes indígenas. Avances y aportaciones del libro Jóvenes indígenas y globalización en América Latina Maya Lorena Pérez Ruiz ( deas - inah )

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Referencias documentales sobre jóvenes y violencia Perla Medina ( enah )


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© Federico Gama.

Federico Gama: Fotoetnografías juveniles Maritza Urteaga Castro Pozo*

ederico Gama se autoadscribe como fotógrafo documental y especialista en fotoperiodismo en temas urbanos; sin embargo, preferiría adscribirlo a esa calidad de fotógrafos que se saltan la valla y se van convirtiendo en la práctica, y según sus intereses, en etnógrafos visuales o fotoetnógrafos. Con una gran y premiada trayectoria nacional e internacional,1 Gama nos ofrece en este número especial sobre Juventudes cerca de doscientas fotografías seleccionadas especialmente del proyecto denominado “Mazahuacholoskatopunk”, el cual viene realizando desde el 2006. Más que como fotografías, pueden interpretarse antropológicamente como imágenes culturales, en la medida en que el ojo del fotógrafo penetra/dialoga (con) los universos simbólicos que configuran ciertos mundos juveniles, así como los atributos ideológicos, valores y ritos que estos jóvenes subjetivamente se asignan a sí mis-

mos por intermediación de los objetos. En términos generales, las imágenes culturales segregadas por las identidades y culturas, tribus, juveniles, son sus formas de presentación –de conocimiento y reconocimiento simbólico– en la escena urbana, pública. Históricamente han permitido asociar esta “realidad” (los jóvenes) con ciertas “ideas sobre la juventud”. Las fotoetnografías de Gama presentan ciertas realidades juveniles del nuevo milenio, en especial aquellas expresiones juveniles emergidas en los márgenes culturales de lo hegemónicamente urbano, como los mazahuacholoskatopunks. Ese trata de las imágenes juveniles generacionales circulantes en ciertos espacios públicos de un Distrito Federal que con todo y presunción de cosmopolitismo rechaza/niega/invisibiliza la presencia indígena de maneras brutales, con espectaculares como “¡No te pases el alto! ¡No seas indio!”.

Profesora investigadora del Posgrado en Antropología Social de la enah-inah. Entre su vasta obra figuran proyectos como “Islas Marías” (1993), “Top models, retratos de la vida loca” (2002), “Historias en la piel” (1996-2007) y “Mazahuacholoskatopunk”, además de otras fotografías sobre los punks de la ciudad de México de fines de los 80 y el movimiento estudiantil del ceu. Todos estos proyectos expresan un gran interés por los jóvenes, las migraciones culturales, la identidad y la vestimenta como forma de expresión. En este texto en mucho evocaré toda su obra, la cual puede verse en muchos sitios de Internet, y sólo en ciertas partes me referiré específicamente al proyecto “Mazahuacholoskatopunk”.

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Representando esa presencia, Gama apunta a visibilizar lo negado: jóvenes de diferentes grupos étnicos, habitantes de una ciudad a la que también experimentan recreativamente desde una identidad en construcción. Con ello también apunta a preguntar si en la actualidad en esta ciudad se puede vivir la indiandad, la juventud y la migración de maneras diferentes a las presentadas por generaciones anteriores. A diferencia de otros fotógrafos e investigadores sociales, que rápidamente asocian y hacen creer en la asociación marginalidad=pobreza= pasividad=copia=aculturación, Gama interpela/ da vida a ciertas identidades, culturas y “tribus” juveniles de la marginalidad urbana al plasmar con su lente modas (estéticas y estilos) construidas con base en una variedad de bienes de consumo activamente seleccionados. Cada imagen juvenil nos da la posibilidad de imaginar los elementos inmateriales (músicas, lenguajes y prácticas culturales) entretejidos en los objetos materiales que ellos/as eligen para construir su presencia en la ciudad y la sociedad mayor. ¿Qué tienen en común presos de las Islas Marías, punks, hip hoperos o graffiteros, bboys, cholos y mazahuacholoskatopunks de ascendencia indígena en la ciudad? La juventud de los fotografiados, sí, pero también algunos tópicos/obsesiones subyacentes del autor. Tópico Uno. Federico Gama fotografía con mucho detalle los espacios sociales urbanos, donde jóvenes tan diversos como los punks o los mazahuacholoskatopunks, (con) viven, circulan, se agregan: los barrios de Neza, del noroeste y oriente defeño, la cárcel, las esquinas, las tocadas, la Alameda, el Centro Histórico, las explanadas. Son espacios públicos ubicados en zonas periféricas, áreas obreras o informales o áreas céntricas de la ciudad donde circula lo negado en la urbe. Universos sociales en los que comparten la experiencia de su agregación, de su estar allí en colectivo, espacios sociales donde crean y recrean códigos, normas, reglas de comportamiento colectivo: solidaridad, lealtad, silencio, liderazgos, valores como el logro del prestigio y el respeto social; héroes, estéticas e historias en común, con una lógica y una ética algo distintas a la normas hegemónicas locales. Mundos duros, algunos de los cuales –por las circunstancias de años de crisis económicas y sociales, cuyos costos recaen una y otra vez sobre los más pobres– ya al margen de la ley. Mundos en los que coexisten las utopías colectivas del futuro punk, el individualismo radical de los graffiteros que aspira al reconocimiento y prestigio entre su

Defectuoso: Defeño: del Distrito Federal.

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crew y los espacios delincuenciales de los cholos, recreando en las condiciones y espacios de Nezayork no sólo el mítico Aztlán chicano, también la violencia armada con que manejan sus relaciones con unos otros distintos a ellos. Tópico Dos. Si bien Gama admite estar obsesionado por la identidad y la vestimenta como forma de expresión, lo que se lee en las imágenes presentadas va mucho más allá y remite a la conformación de estilos juveniles que cruzan constantemente “la línea” de otras identidades/estilos juveniles, cualquiera que ésta sea. Los estilos son manifestaciones expresivas de las culturas juveniles, construcciones elaboradas con elementos materiales e inmateriales heterogéneos provenientes de la moda, la música, el lenguaje, las prácticas culturales, espaciales y las actividades focales. Un estilo juvenil no se resume en lo fashion, la facha o moda, expresa la actividad y selectividad de los grupos de jóvenes en la apropiación, modificación y reorganización de las mercancías en función de actividades y valores que producen desde/en el entramado culturalsocial generacional que organiza sus identidades de grupo. En contextos urbano populares duros como los que nos presenta Gama, las fronteras entre quienes comparten intereses generacionales apuntan a la mezcla, a la transgresión de lo puro, al préstamo inter/intracultural de estilos, al intercambio/mutación de fachadas, lenguajes, expresiones y a la creación de un universo simbólico compartido. Las imágenes de pelones, punks, rastas, hippies, ravers, b-boys, skatos, mazahuacholoskatopunks capturadas por este fotoetnógrafo son ejemplos de algunos estilos juveniles trasnacionales localizados en lo urbano defectuoso, 2 a través de personajes juveniles emplazados en el barrio o los pueblos indígenas de la modernidad mexicana. Gama penetra aspectos importantes de estos universos juveniles: las producciones culturales (graffitis, cletas o baikas, ranflas o muebles, murales, tatuajes y alteraciones y decoraciones múltiples del cuerpo); diversas estéticas del reconocimiento o las fachas extremas; las prácticas sociales gregarias (uso social de drogas, bailes, grupos musicales); rituales que la sociedad les celebra y en los que voluntariamente participan (quince años, procesiones a la Virgen y el culto a la Santa Muerte); iniciaciones rituales al interior de los grupos de pares (consumo de drogas, fotografiarse posando con armas, el proceso de tatuarse); así como su participación en marchas de estudiantiles y sociales como el ceu. Todo ello nos habla de creatividad y acción cultural,


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de empoderamiento/agencia del sujeto joven en ámbitos como la socialidad, lo cultural y lo político. Tópico Tres. Estas imágenes hablan de la existencia de cierto tipo de subculturas al interior de lo juvenil urbano. La que el ojo etnofotográfico de Gama nos muestra –vía punks, chavos banda, cholillos o cholos, mazahuacholoskatopunks, personajes de las Islas Marías– es precisamente la tradición bandosa juvenil, originada en el centro y norte del país durante la década de los cuarenta y en función de imágenes de palomillas, gavillas, pachucos y tarzanes. De fuerte arraigo entre los sectores populares urbanos –generalmente al margen de la cultura hegemónica juvenil– la cultura bandosa, gregaria, de estos jóvenes se ha recreado de generación en generación a través de la migración cultural de objetos/artefactos, lenguajes, elementos, actitudes, producciones culturales, etc., no sólo entre el Gabacho y México, sino entre las fronteras identitarias de los jóvenes mismos. Y esto último nos remite a los procesos de hibridación cultural, término que prefiero al de migración cultural, 3 en tanto propone cruce de fronteras culturales y la producción de espacios intersticiales como nuevos espacios que inauguran relaciones, en términos de vincular conjuntos de elementos bastante distintos –en su origen, pero también en su desenvolvimiento espacial

y temporal– que se modifican/alteran en esos procesos. Hibridación, a menudo, connota cruce de fronteras, “estar dentro y entre”, movilidad, “incertidumbre”, avatar, eventualidad y multiplicidad de ámbitos o fuentes de interpelación del sujeto contemporáneo. Tópico cuatro: Simultáneamente a esta apertura, hay otra tendencia en movimiento, la que remite al insularismo/aislamiento/autismo identitario juvenil en contextos mucho más agredidos, y agresivos, estructural y culturalmente. Gama lo manifiesta a través de figuras alrededor del encierro. El encierro es una cárcel sin rejas, el encierro social de los cholos nezayorkinos en el espacio local, en el barrio; el encierro de fragmentos de “la vida” en la piel y el encierro de los cuerpos jóvenes en fachadas/looks/estilos imbricados/articulados a identidades con las que pueden parecer y ser alguien en la ciudad. Paradójicamente, las fachadas o las presentaciones estético sociales en el ámbito urbano, público, al visibilizar a los grupos posibilitan, a su vez, una estigmatización social que produce más encierro, más diferenciación en la marginalidad y más encierro en sí mismos, entre sí mismos, entre los propios iguales a ellos/as, lo cual no es más que otra forma de nombrar la identidad que emerge en defensa del nosotros y el sí mismo.

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Prefiero usar el término hibridación aunque haya suscitado observaciones por parte de algunos investigadores, para quienes el término sugiere fáciles integraciones y fusiones de culturas sin dar suficiente peso y/o cabida a las contradicciones, si no tensiones, entre sistemas socio-culturales valorados de manera jerárquica desde el espectro occidental, y a lo que no se deja hibridar.

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El fotógrafo y la fotografía Octavio Hernández Espejo*

pinar acerca de la fotografía presenta una disyuntiva intelectual filtrada por un dilema perceptivo: hablar acerca de la fotografía y el autor o sobre los contenidos de la imagen. De esta manera nos podemos referir al autor y su acercamiento a los sujetos fotografiados desde la perspectiva del rapport, o ubicarnos desde la perspectiva estrictamente fotográfica y atender la técnica y lenguaje de la imagen. Tomo como punto de partida que la fotografía puede respaldar la certeza etnográfica. En la secuencia que acompaña la presente publicación encontramos algunas particularidades: Se configura una relación dinámica donde las imágenes que se muestran ponen el acento en elementos figurativos, tanto los construidos por la propia creación fotográfica como los que representan a la propia realidad. Lo que se muestra en ambos casos hace referencia a significados, de tal manera que entre lo real y la imagen cada una encuentra su canal de expresión y su forma particular de generar sentido. La fotografía ya no es igual a su referente, el referente como la realidad es complejo, pero la fotografía es sintética. El fotógrafo que observa se ubica a la distancia, para retener la imagen de lo fotografiado y dotarlo del tiempo necesario para que cada mirada, la de los espectadores, elijan su modo de sentir y comprender. En este caso el fotógrafo define su estilo al aplicar con regularidad el principio de fondo y figura para separar o armonizar, para poner el acento en la corporalidad y sus expresiones simbólicas. Otra característica es el seguimiento a los personajes en distintos escenarios, como emulación a una estrategia etnográfica, aunque frecuentemente mantiene a la distancia al espectador a la vez que muestra una imagen cercana por el uso frecuente del telefoto. El fotógrafo va a la caza de símbolos dominantes y contundentes, que nos llaman la atención con figuras provocadoras, en ocasiones extravagantes.

Símbolos y cambio de identidad La serie fotográfica en su carácter etnográfico es un como un retrato que nos muestra una nueva cara, la apariencia que guarda la complejidad del conflicto o la profundidad de los procesos.

Cuando los símbolos hacen plaga y se saturan, se encuentran y se construyen las identidades, veo a los personajes y reconozco los símbolos porque me atrapa la fotografía. La secuencia también nos muestra la conformación de una nueva identidad mimetizada. Nuevas identidades de jóvenes que se adaptan y renuevan, cambios de imagen y símbolos; cambios de identidad reconocida como una estrategia de mímesis en respuesta a la marginación. Las imágenes provocan algunas incógnitas: ¿dónde quedó esa imagen casi rural y campirana de aquellos jóvenes dotada de sencillez y simpleza figurativa? La imagen nos devela algunas reminiscencias discretas o difusas de la identidad originaria del grupo de adolescentes fotografiados. Las imágenes nos hablan de nuevas identidades en las que vemos a los personajes de la casa al trabajo, al ocio, al pasatiempo y al encuentro con los propios a través de lo otro, así como diversas formas de compartir lo otro con los propios. Lo otro que se hace propio para ser otro sin dejar de ser lo mismo.

El equilibrio en la estrategia fotográfica No cabe duda que la presencia de un texto visual incorporado al mensaje antropológico es cada vez más indispensable. Complementa de manera significativa el mensaje antropológico, tanto en la perspectiva de los contenidos temáticos como en tópicos particulares. La secuencia fotográfica explicita el carácter autónomo que adquiere el texto visual cuando presenta coherencia por su estructura sintagmática. Es relevante en este sentido también el carácter etnográfico que adquiere el trabajo del fotógrafo, en su condición de representación de una realidad cultural. El registro fotográfico siempre ha sido un recurso para el levantamiento de información etnográfica. En la actualidad, cuando la comunicación visual prevalece como canal idiomático dominante en la comunicación contemporánea, su presencia es indispensable en los procesos de investigación y comunicación de la antropología. Ahora más que antes, ya no podemos pensar un texto antropológico sin un conjunto de imágenes que nos refiera de manera directa a expresiones y espacios en donde se manifiesta la cultura. Particularmente, las expresiones urbanas y juve-

* Profesor asignatura en Antropología Visual, Escuela Nacional de Antropología e Historia.


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niles recurren a símbolos y expresiones visibles que dan la cara ante la sociedad en que habitan, grupos de adolescente que son observados por la sociedad a veces distante, recelosa o temerosa. El fotógrafo los observa y los retrata desde una posición más cercana y dialógica; los sujetos que son fotografiados posan ante la cámara y dan respuesta a los cuestionamientos del fotógrafo, responden a la posibilidad de otorgar su propia imagen. Acceden a la petición del fotógrafo con la conciencia de saberse fotografiados, que es entregar su imagen, para ser probablemente reproducida quién sabe dónde, quién sabe cuándo. Pero también están aquellos que han sido fotografiados desde el anonimato, desde la sorpresa, desde la discreción; desde la protección cautelosa y quizá necesaria que da una óptica de mayor distancia focal. Este recurso permite acortar la distancia social o cultural justo a partir del uso de la técnica que posibilita un acercamiento artificial; pero a la vez permite develar, cuando el encuadre y el disparo son oportunos, rasgos y expresiones profundas y espontáneas. En este caso el sujeto no es conciente de que se le está fotografiando, no se percata de la presencia de la

cámara, por lo que no hay riegos de sobreactuación enfado o inhibición. El fotógrafo recurre a ambas estrategias que emergen en cada fotografía de manera diáfana y explicita. Si bien lo primordial en cuanto al contenido de la imagen es lo que expresa por sí misma y no la estrategia del acto fotográfico, es importante reconocer la incidencia que tienen estas estrategias en el resultado final, es decir, en la naturalidad o en la espontaneidad frente a un acto franco como el de la fotografía. El equilibrio entre la posibilidad de ser fotografiado y la necesidad del fotógrafo es ineludible. Es el fotógrafo, y en todo caso el antropólogo, quien debe construir este equilibrio. La fotografía puede ser una oportunidad para los grupos juveniles, una oportunidad de expresión, la posibilidad para aprovechar un medio de comunicación que posibilita mostrarse tal cual se es, cuando se es conciente de la presencia de la cámara. Pero si el acto fotográfico corresponde a la estrategia discreta no se da este equilibrio. Esto no implica el demérito de la imagen, al menos si el fotógrafo es claro en sus intensiones y si, por supuesto, mantiene una actitud ética en la explicitación de las razones de su búsqueda fotográfica.

Mazahuacholoskatopunk La indumentaria como medio de expresión Federico Gama*

os seres humanos, desde que la cultura existe, no sólo nos vestimos por necesidad: la indumentaria nos define, nos identifica, nos evidencia, nos integra, nos margina, nos distingue, nos expone, nos encubre, nos ubica. Es decir, está cargada de señales, significados y símbolos, es un medio de expresión consciente o inconsciente. En este proyecto documento fotográficamente cómo la indumentaria se convirtió en el medio de expresión de un grupo de jóvenes migrantes de origen indígena y rural para conquistar la ciudad de México. La resignificación (apropiación creativa) que hace este grupo de su imaginario (lo que ellos imaginan que es), ese look contracultural (de cholos, skatos y punks), les da la seguridad necesaria

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Fotógrafo independiente

para sentirse parte del contexto urbano por derecho propio. Siguiendo esta idea, con el estilo de la fotografía de las pasarelas de moda registro la forma de vestir y personalidad de estos jóvenes que yo he denominado Mazahuacholoskatopunk. Los Mazahuacholoskatopunk son un grupo heterogéneo de jóvenes que proviene de diferentes regiones del centro del país (básicamente los estados de Hidalgo, Veracruz, Michoacán, Oaxaca, Estado de México y Puebla); por tanto, son de culturas diversas pero que se integran como grupo en la ciudad de México, y por ello comparten diversos hechos: 1. Son migrantes, 2. Vienen a trabajar a la ciudad de México en empleos similares (la construcción


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los hombres y las labores domésticas las mujeres) 3. Se congregan en espacios determinados (la Alameda Central, la feria de Tacubaya y los alrededores del metro Tacuba o Pino Suárez) 4. Se buscan y se encuentran los domingos, por ser su día de descanso para socializar (encontrarse con sus familiares y amigos, divertirse, platicar, bailar, comer, tomar cerveza y buscar pareja), y 5. Han adoptado como propio el atuendo de cholos, skatos o punks o la mezcla de todo esto.

la ciudad (su imaginario urbano) y el papel que ellos deben representar en ella y, por tanto, el poder para decidir su imagen en su nuevo territorio (la ciudad de México), algo sin duda totalmente inédito en estos grupos. La actitud que expresan es, por un lado, de rebeldía y por otro de conquista de la ciudad, donde el factor económico no es en sí lo más importante en su vida urbana como lo fue para sus antecesores. No vienen únicamente a ganar dinero, sino por el orgullo de ser, a su modo, en su imaginario urbano, un dandy callejero. Los mazahuacholoskatopunks se visten para su día de descanso, para dominguear. Es su atuendo nuevo o limpio para salir a pasear, bailar, conquistar, presumir, algo totalmente diferente a la ropa del trabajo y que, además, les da poder: el poder de sentirse bien en el contexto urbano. Es como si se vistieran como el Santo, el enmascarado de plata, pero sin la máscara porque no quieren ser anónimos: con su atuendo incorporan todas las cualidades del súper héroe. El atuendo los hace sentir o ser diferentes, no tanto como para engañar, ni suplantar, sino para personificar o encarnar la identidad urbana, interpretar su imaginario.

En esta definición o neologismo, la palabra mazahua (del náhuatl “lugar que tiene venados”) se utiliza como un elemento verbo-sonoro, ya que por una parte permite generalizar el origen indígena y rural de estos jóvenes y, por otra, ligarlo a las culturas juveniles urbanas. Cabe aclarar que no se usa este término porque los mazahuacholoskatopunk provengan únicamente de este grupo étnico o región. Las otras tres palabras se agregan necesariamente por las cualidades similares de la indumentaria de cholos, skatos y punks. Por resignificación de la indumentaria se entiende la apropiación creativa del look, donde además interpretan (en el sentido de expresar de un modo personal la realidad) su imaginario de la indumentaria urbana. No imitan al cholo, skato o punk tal cual, no hacen una fotocopia o escaner del vestuario contracultural y se lo montan tal cual (porque además no compran su atuendo en los mismos lugares ni es de la misma calidad), sino que se visten como se imaginan que es un cholo, un skato y un punk y lo enriquecen. Los mazahuacholoskatopunks reafirman (agregan o mezclan) consciente o inconscientemente elementos básicos de su atuendo de origen, que es parte fundamental de la belleza o la estética juvenil en sus pueblos. De tal manera que el resultado es un mezcla barroca y colorida con claras diferencias de su referente. La resignificación de la indumentaria contracultural dota al mazahuacholoskatopunk de una seguridad necesaria para desplazarse por las calles y conquistar la ciudad, los hace parte del contexto urbano (apropiación simbólica del territorio) y eso se refleja en su actitud y en su lenguaje corporal. En su apariencia (esto es, en lo que parecen, por su aspecto) se expresa un lenguaje corporal donde se evidencian los cambios radicales que se están generando entre estos jóvenes migrantes, sobre su forma de ver © Federico Gama.


Proyectos INAH

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Proyectos INAH

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Condicionamiento, represión, sociedad y cultura Hilario Topete Lara*

n El contrato social o principios de derecho político, una obra maestra para la ciencia política publicada en 1762, Jean-Jacques Rousseau señala que “El hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive en todas partes entre cadenas” (Rousseau, 2004: 3). Enseguida agrega que ignora la forma en que esto ocurrió y manifiesta su proclividad hacia la recuperación de la libertad perdida. Se refiere, en sus propias palabras a la libertad social, a la libertad de los pueblos. y en la búsqueda de argumentos para lograrlo propuso en el capítulo II, para referirse a las primeras sociedades, particularmente a la familia, ese mismo lugar común que tanto preocuparía más tarde a los primeros abogados que fundaron la disciplina antropológica: Maine,

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ENAH-INAH.

Morgan, Lubbock y otros más. Y voy a citar un pequeño fragmento de Rousseau porque de él quiero asirme para darle fuerza a la idea central de este ensayo: “La más antigua de todas las sociedades (…) es la de la familia; sin embargo, los hijos no permanecen ligados al padre más que durante el tiempo que tienen necesidad de él para su conservación. Tan pronto como esta necesidad cesa, los lazos naturales quedan disueltos. Los hijos, exentos de la obediencia que debían al padre (…) entran a gozar de igual independencia. Si continúan unidos [como familia es sólo] por convención” (Rousseau, ibidem: 4). La sociedad, así, fue producto de la conveniencia y conviene mientras satisface necesidades, una idea que, para

efectos del presente ensayo, sería aceptable a condición de que la noción de sociedad tenga un soporte más natural que la conveniencia razonada; como sea, hay un dejo de ambigüedad, de positividad y negatividad, en el planteamiento: ceder libertad a cambio de supervivencia. No abundaré más porque incursionaría en la ciencia política y este no es el espacio para ello, y tampoco discutiré sobre el evidente dislate que constituye esta teoría para explicar, circularmente, el origen de la sociedad. Thomas Hobbes, otro gigante de la historia de la teoría política, para explicar la sociedad partió justamente del extremo opuesto, la maldad humana condensada en la frase “el hombre es un lobo para el hombre”. Hobbes llamó al


Condicionamiento, represión, sociedad y cultura

Estado “Leviatán”, comparándolo con el mítico monstruo marino de los fenicios referido en el libro de Job. Este pasaría a ser ese hombre artificial que protegería y defendería a los hombres de los propios hombres. Sólo así podrían permanecer y perdurar juntos. Así los orígenes de la sociedad, tanto en el caso de Rousseau como en el de Hobbes, salieron del terreno religioso, donde por siglos habían tenido su explicación. Y no es que no se hayan propuesto otras interpretaciones, simplemente ocurre que las enunciadas aún hoy sirven como punto obligado de referencia para cualquier tratado de política. Y la política no puede realizarse sino en sociedad, sobre cuyos orígenes quiero centrar las siguientes reflexiones. Para ello permítaseme un salto gigantesco y aproximarme más a nuestro tiempo y a nuestra disciplina, la antropología, para presentar un hermoso relato, que aquí pergeño en una versión libre y con agregados absolutamente biologistas introducidos por mí: En el principio los hombres vivían en grupos de hembras fecundables (algunas con críos pequeños, otras preñadas y unas más con el potencial de reproducirse), rodeando a, y bajo protección de, un macho dominante; a su alrededor, y en permanente acecho, un grupo de machos jóvenes en edad reproductiva que disputaban la primacía de apareamiento al macho dominante. El preñador vivía en la permanente zozobra de saber que el reto de un macho joven y la posible derrota en el siguiente combate podía ocurrir en cualquier momento. Incluso el líder de una banda de jóvenes que derrotara al macho dominante, al ocupar el lugar de éste, sufriría la misma suerte. Sin embargo, una fuerza irresisti-

ble, inscrita en su naturaleza, les impedía hacer cualquier otra cosa. Un buen día, el macho dominante tuvo una genial idea: acaparar sólo las hembras de su generación y dejar las más jóvenes, de la siguiente generación y todas hijas de él, para los machos más jóvenes. Así los machos jóvenes tendrían hembras para aparearse y no habría gran motivo para disputarle al dominante su prelación coital. El éxito obtenido mediante la decisión había introducido la primera norma, la primera prohibición, el primer tabú: el tabú del incesto. Este fue, a decir de Sigmund Freud, el primer indicio de cultura y, consecuentemente de la sociedad; algo similar defendería décadas más tarde Claude Levi-Strauss. Es este un excelente relato, agradable y convincente, para explicar los orígenes de de la sociedad y la cultura, pero parte de premisas discutibles: de un lado tiene como punto de arranque cierto gregarismo fincado –quizá– en la naturaleza humana, lo que no aparece explícito ni explicado aunque sea indiscutible; después presu-

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pone la innata agresividad motivada por la necesidad de apareamiento de un sáculo portador de espermatozoides ansioso del sáculo portador de óvulos, cuyas uniones preservarían la especie, lo que no es plenamente acorde con el comportamiento sexual-reproductor del Homo sapiens; en tercer lugar, presupone al hombre entero, completo, tanto como Atenea surgida del ceño de Zeus o Huitzilopochtli del seno de Coatlicue, en este caso los seres completos son dioses y, comprensiblemente, no-humanos; pero también presupone al hombre en algún género de sociedad. Por esta ruta es imposible ensayar en torno de los posibles orígenes. Además, el tabú del incesto más que referir al origen se aproxima a una de las más grandes preocupaciones de la sociedad judía, un traspatio compartido por Freud y Levi-Strauss; a saber, que los padres se apareasen con las hijas. Una preocupación tan grande como la expresada por occidente en Edipo: la copulación de la madre con el hijo; o la preocupación de los padres por tener nietos con “cola de cochino”, o la preocupación

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Proyectos INAH

Hilario Topete Lara

tolteca porque Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl se hubiese apareado con su hermana. En cualquier caso se presupone tanto al hombre como a la cultura. En cualquier caso se trata de razonamientos circulares en los que, para dar cuenta de los inicios de “X”, se presupone a “X”; ello es válido para un mito, para un relato religioso, pero carece de potencial explicativo. Pero podría parecer demasiado cizañoso cebar mis observaciones en ensayos canosos, de piel amojamada, así que voy a aproximarme un poco más al presente y tomaré un ensayo de Clifford Geertz de los años sesenta, titulado La transición a la humanidad, con el cual criticaba a quienes afirmaban que el desarrollo cultural se había iniciado antes de terminar el desarrollo orgánico (membrana cortical), bajo el entendido siguiente: El hecho manifiesto de que las etapas postreras de la evolución biológica del hombre ocurrieran una vez comenzadas las primeras etapas del crecimiento de la cultura, presupone […] que la naturaleza

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humana “básica”, “pura” o “impreparada”, en su sentido de constitutiva innata, es tan incompleta desde un punto de vista funcional que no sirve para nada. Las herramientas, la caza, la organización familiar y después el arte, la religión y una forma rudimentaria de “ciencia” moldearon el cuerpo del hombre y, en consecuencia, le fueron necesarias no únicamente para sobrevivir sino para realizarse existencialmente. Es verdad que sin los hombres no existirían las formas culturales; pero también es cierto lo inverso: sin formas culturales no existirían los hombres (Geertz, s.f.: 54).

Había motivos para estar de acuerdo con él y razones para no estarlo. La primera es el hecho de que su conclusión es circular, “redonda” y reacia a cualquier intento de llegar a ella mediante la noción de proceso. La segunda es la propia evidencia paleontológica: los homínidos no australopitecinos, es decir, los “primigenios homos” ya habían elaborados instrumentos de piedra, utensilios bastante propios para

una actividad carroñera, es decir, habían creado formas elementales de cultura (“protocultura”), entre las que no poca importancia tuvieron la delimitación de los espacios para destazar, eliminar desechos y dormir, evidencia indubitable de inteligencia y algún género de categorización. La habilitación de herramientas y la transmisión-imitación de la experiencia para hacerlas, como en los casos de los chimpancés que extraen termitas con varas deshojadas, entre otras manifestaciones inteligentes, bien podrían ser consideradas como protocultura y ésta, bajo la presente acepción, antecedió indudablemente a la cultura, a la que he propuesto en más de una ocasión que deberíamos reservar para Homo sapiens. En otras palabras, la modificación de la naturaleza por homínidos inteligentes se había iniciado antes de Homo sapiens, e incluso formas protoculturales avanzadas como las del Homo neanderthalensis estaban allí, puestas a expensas de un animal bípedo, innatamente imitador, instintivamente imitador, genéticamente imitador gracias a sus neuronas-espejo y al parecer más inteligente, con lóbulos prefrontales desarrollados para el razonamiento maduro, con un área de Brocca y un áreaa de Wernicke inusuales y orientadas hacia el lenguaje, todo lo cual implicaba una masa encefálica proporcionalmente más densa y abundante que cualquiera otro homínido, pero sobre todo una neocorteza cerebral extraordinaria y una densidad neuroglial incomparable. La imitación, el aprendizaje, la categorización, la transmisión selectiva y el enriquecimiento de la producción previa estaban a “tiro de piedra”. Esta hipótesis de Geertz, si bien limitada por el desarrollo de la paleontología y princi-


Condicionamiento, represión, sociedad y cultura

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palmente por la genética y la psicología, no carece de lógica, sobre todo al proponer que las teorías de la cultura bien pronto tendrían que revisarse bajo la consideración de que los patrones culturales no son simplemente encauzadores de la naturaleza humana, sino que son capaces de modificar esa naturaleza humana (para bien o para mal). Resalto las palabras “encauzadores” y “capaces de modificar” para volver más tarde sobre ellos. Y agrego además que, aun cuando podría parecer que Geertz aceptó y adoptó la propuesta del modelo de retroalimentación autocatalítica positiva de Philip Valentin Tobias, tiene un sesgo de originalidad: no es lo mismo encauzar y modificar la naturaleza humana a través de los patrones culturales, que suponer que luego de milenios de evolución mejores cerebros producirían mejor cultura, y que en un momento determinado la propia cultura tomó el relevo evolutivo y emprendió una espiral ascendente mediante el simple uso de cerebros evolucionados.

La propuesta de Geertz –por cierto, también una propuesta redonda– fue compartida por otros investigadores de los años sesenta, entre ellos el sociólogo y teólogo austriaco Peter Ludwig Berger, quien señalara que “la sociedad es un fenómeno dialéctico en tanto que es un producto humano y nada más que un producto humano, que sin embargo reacciona constantemente contra su productor. La sociedad es un producto del hombre. No tiene otra existencia que la que le conceden la actividad y la conciencia humanas. No puede haber ninguna realidad social fuera del hombre. Pero también puede afirmarse que el hombre es un producto de la sociedad” [¡Todo sea en aras de la bendita dialéctica!] (Berger, 1999: 14). En la segunda mitad de los años setenta, Richard Newbold Adams nos obsequió un ensayo sobre evolución social bajo la perspectiva neoevolucionista, retomando el segundo principio de la termodinámica y las interpretaciones de Alfred Lotka, además de la noción de

estructuras disipativas de Ilya Prigogine. El panorama evolutivo que nos plantea es más o menos el siguiente: Existen dos fases culturales de evolución sociocultural […] La primera fue un periodo de expansión horizontal [durante la fase de bandas, caracterizado por el] control directo […] sobre la particular combinación de recursos naturales ofrecida [por el entorno natural, sin que pueda establecerse con precisión cuándo y dónde] experimentó el hombre el desarrollo más decisivo de las diversas habilidades que hoy identificamos como “culturales”. El hombre apareció en esta era, durante los últimos 500 mil años, esencialmente con el mismo aparejo mental y físico con el cual lo reconocemos en la actualidad. Vivía en bandas […] se alimentaba de la tierra; adelantándose un paso a sus primos primates, su cultura le permitió desarrollar implementos de adaptación para enfrentarse a nuevos ambientes, e implementos de poder social que volcaran la atención

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de los miembros individuales de la banda hacia los problemas de la supervivencia colectiva. Entre los subproductos de esta nueva habilidad se produjo inevitablemente el exterminio de todos los parientes cercanos que no pudieron desarrollar habilidades culturales comparables (Adams, 1978: 148).

No voy a ahondar en el asunto de los 500 mil años, pues a la fecha en que Adams elaboró su ensayo los trabajos de paleogenética de Bryan Sykes (2001) no se habían iniciado. Con esto abandono todo lo que de imprecisión se derive de un dato históricamente determinado, y si Newbold Adams hubiese conocido las nuevas dataciones seguramente las hubiese considerado. Pero hay algo que no puede dejarse de lado: si consideró a la cultura como un hecho en el arranque de la sociedad, es posible que en materia de hominización no se haya avanzado un ápice. No abundaré más al respecto y recuperaré a J. J. Rousseau en la expresión “El hombre ha nacido libre, y sin embargo vive en todas partes entre cadenas”, para ligarla con la noción general que se tiene del hombre en psicología, la que dice que es una unidad biopsicosocial y, en tanto individuo, diferente uno de otro, aunque en tanto todos y cada uno de ellos miembros de una especie, no podrían sino ser necesariamente comunes genéticamente hablando (Sykes, 2001). Voy a convocar también una idea de Ernst Gellner que se identifica en algo con Rousseau: “El rasgo verdaderamente esencial de lo que llamamos la sociedad humana es su asombrosa diversidad [y es ella misma la que] nos brinda una pista hacia el origen de eso que llamamos sociedad” (Gellner, 1997: 47). La diversidad,

en términos de Gellner, ofrece variedad, y en la variedad (la variabilidad darwiniana) existen probabilidades de éxito. Esto lo sabemos todos aquellos que caemos en cuenta de que, en condiciones críticas (variaciones climáticas abruptas, por ejemplo), los animales especialistas tienen por lo general menos oportunidades de sobrevivir si las condiciones ejercen presión sobre su alimento exclusivo. Sin embargo, a muchos puede molestar una idea tan obvia, tan evidente como la del reconocimiento de la diversidad. Es riesgosa, peligrosa, angustiante en tanto idea y en tanto expresión concreta. Permítaseme una digresión para traer a la memoria el mundo feliz de Aldous Huxley, cuya sociedad imaginaria escapó de los horrores de la diversidad mediante la producción controlada de seres humanos en orden y pre-ordenados, clasificados, jerarquizados, alejados de los horrores del azar, de la posibilidad de una mayor diversidad a la socioeconómico-afectivamente útil y, por supuesto, vacunados contra la eventualidad de la libertad en la que nacemos, según Rousseau, y a la que estamos condenados según Jean Paul Sartre –... a menos que les cayese una gota de alcohol en el sucedáneo–. Éstos, los diversos, no tienen el derecho a permanecer siquiera entre los épsilones –y al decir esto no puedo evitar el recuerdo de la animadversión de nuestra sociedad ante los transexuales, homosexuales y bisexuales, hippies o punks, por citar algunos casos de humanos diferentes. Nada atenta más contra el orden y lo ordenado que lo diferente. Esto resulta curioso porque en tiempos de una considerable tolerancia y reconocimiento a la diversidad, hoy, como en el pasado,

ésta sigue causando grandes conflictos en el seno de una sociedad. Sin embargo, lo diferente, lo diverso, nos seduce. Imágenes como la de John en Un mundo feliz (Huxley, 2005), o la de los rebeldes, son sorprendentemente admirables y reivindicables, quizá porque la diversidad misma está en nuestra naturaleza. Pero es el caso que los diferentes, a contrapelo de la imagen que se nos presenta, es más común de lo que suponemos. Es más, podría afirmar que es la constante, si es cierto que cada miembro de nuestra especie es diferente a todos los demás, y es original; si no lo es, la idea del individuo único en su unidad biopsicológica –y no agregué social por razones que expondré más tarde– es en buena medida errónea. Y si es original y diferente, puesto que potencialmente tiene un comportamiento instintivo más o menos homogéneo y potenciales intelectuales diversos, lo que probabilísticamente daría una gran diversidad de conductas y pensamientos, esto introduce un enigma en nuestras disciplinas ¿Cómo es que se logra homogenizar al conjunto de miembros de un grupo y se evita la diversidad caótica enclaustrada en nuestra naturaleza común? Hay una respuesta fácil pero controversial: somos un animal gregario, y es fácil suponer que la sociedad se monta sobre el instinto gregario; pero no basta: existen muchos animales gregarios que están lejos de aproximarse a la sociedad en su acepción humana –y no simplemente como metáfora, aclaro–. Empero, es más factible suponer una sociedad edificada sobre el cimiento gregario, ni duda cabe. La diversificación, en tanto proceso, es una peculiaridad del Homo sapiens, pero dista mucho de ser su diferencia


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específica. La diversificación está también en la distancia cultural manifiesta entre uno y otro grupo social. Esta diversificación, aunque inicialmente y de manera universal atiende a la solución de necesidades básicas desde épocas tempranas de la subespecie, muestra una gran cantidad de diferencias en la forma de lograrlo, lo que indudablemente coadyuvó a la formación de múltiples culturas. Hasta aquí no parece haber mayor problema, aunque planteado así volvemos a caer en las reflexiones circulares donde la cultura aparece en el inicio, y por ello sus orígenes permanecen en la oscuridad. Entonces lo que se impone, como casi siempre se hace dentro de un callejón sin aparente salida, preguntar de una manera diferente lo mismo o hacer preguntas diferentes. En esto coincido plenamente con Gellner. Por eso, voy a preguntarme no cómo es que pudo ser posible, por ejemplo, que en lugares diferentes, sociedades aisladas (por ejemplo las amerindias de las del resto del mundo), hayan llegado de manera independiente y en ocasiones con cierta simultaneidad en el tiempo, a la piedra pulimentada y a la agricultura, por citar sólo dos casos. La respuesta no

estaría en la diversidad, sino en la unidad de la especie, y se encuentra también, en parte, entre los millones de posibilidades individuales atrapadas entre los cerebros diversos de múltiples bandas. De esto daría cuenta la unidad de la especie. Aquí tenemos un dilema formidable: la unidad de la especie no basta para explicar la homogeneidad de comportamientos, la homogeneidad sintáctica, la homogeneidad conceptual en el interior de cada grupo; tampoco basta para explicar el contraste de grupo a grupo. No nos comportamos al respecto como simples máquinas receptoras de preceptos; de allí la diversidad de culturas. Más bien esto último parece contradecirlo, y lo que ocurre en el seno de un grupo parece oponerse a lo que la psicología y la genética afirman en torno de la diversidad individual. Permítaseme plantear otro escenario hipotético: si a los Homo sapiens se les dejase en completo estado de naturaleza, aun dentro de una banda –y contrariamente a lo que suponía Rousseau para su Emilio–, crecerían de manera desordenada, y por ello representarían un riesgo contra la seguri-

dad individual y la del grupo. Visto en la circunstancia de la especie, lo anterior no es una buena estrategia para la supervivencia, excepto quizá para los más hábiles, fuertes, ágiles y creativos; sí, pero, ¿por cuánto tiempo? No olvidemos sus ventajas y desventajas anatómicas y fisiológicas. Una vez en este sitio, debemos preguntarnos entonces, ¿qué es lo que frena la heterogeneidad natural y el desorden? ¿Qué es lo que impide, por ejemplo, el desorden sintáctico? ¿Qué es lo que impide el desorden conceptual, que junto con el desorden sintáctico a su vez impediría la comprensión de la comunicación verbal? ¿Qué es lo que impide que este ser inevitablemente condenado a la libertad aparezca gradualmente como sujeto del grupo y no se comporte y se exprese tan libremente como su naturaleza parece indicarle? ¿Qué es eso que, además, le impide desarrollarse de manera más rápida y le sujeta a otros ritmos? No olvidemos otra premisa: las limitaciones genéticas del Homo sapiens, como dice Gellner, “son demasiado amplias como para atribuirles la explicación de la estabilidad y la homogeneidad en las sociedades humanas específicas” (Gellner, 1997: 28). Al parecer la respuesta hay que buscarla en la propia naturaleza humana y en la lucha por la supervivencia. Permítaseme un paréntesis más, para recordar que el proceso de incorporación de los niños al mundo social construido por los adultos no ocurre mediante la verbalización, un proceso gradual y relativamente tardío si nos comparamos con el resto de los animales para quienes su ingreso a su mundo no requiere de construcciones mayores ni de procesos prolongados. El proceso de incorporación se realiza mediante el manejo


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intencional, o inintencional, de emociones, palabras y gestos, en tanto que el niño responde más eficazmente a las emociones. Por último, y más importante para las líneas siguientes, lo más común es que el proceso de incorporación al mundo no se realice como el instinto y la propia capacidad intelectual y madurez psicomotriz del niño le dicten; casi siempre se dice lo que no debe hacerse, bajo el supuesto de que el resto de los comportamientos son permisibles o tolerables, agradables o útiles. Los estudios de primatología comparada nos dicen que los comportamientos indeseables o riesgosos para la supervivencia, del individuo y de la especie, son inevitablemente reprimidos, en la mayoría de los casos, por la madre. El destete va acompañado de empujones, gestos faciales y corporales y sonidos; el miedo a las serpientes es transmitido al crío con una diversidad de expresiones “dramatizadas”, tanto de la madre como del grupo (el miedo a las serpientes no es innato). Ambos comportamientos nos hablan de un condicionamiento permanente. Y esto no es un detalle menor, pues en tanto ocurre en prácticamente todos los individuos de la especie y ha ocurrido en todos los pueblos y a lo largo de la historia, los Homo sapiens somos innatamente proclives al aprendizaje por imitación y por condicionamiento; y el condicionamiento inicia como un acto de represión ejercido sobre la multliplicidad conductual de la especie. La etnografía y la psicología nos dicen que la mayor parte del proceso educativo en la primera infancia, luego de concluida la primera “poda (selección) neuronal”, está vinculado con el “no”; lo demás es permitido, tolerado. Y mucho de lo que se aprenda antes de la racionali-

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zación de la norma será imitativo, instintivamente imitativo o condicionado (mas no racional), pero no lo es todo; si el comportamiento útil para la supervivencia (o simplemente para su inserción en el grupo, que en términos de evolución es imprescindible) es condicionado efectivamente, corre el riesgo de ser impuesto y, en su momento, categorizado, definido y normado. La infraestructura anatómico-funcional (córtex, neuroglías, lóbulos frontales y prefrontales, áreas del lenguaje y procesamiento, etc.) para lograrlo ya está en el paquete genético de la especie. La banda es necesaria, evidentemente; sin embargo una banda en la que cada cerebro pudiera desarrollar sus propios conceptos y hacer uso de las diversas posibilidades sintácticas dada la plasticidad de sus individuos, sería –permítase el contrasentido– una banda incomunicada e incapaz de transmitir sus conocimientos y experiencias, o las transmitiría dentro de los límites de la imitación; una banda donde cuya conducta de sus individuos pone en peligro a todos y cada uno de ellos, difícilmente puede sobrevivir. Pero la evo-

lución nos ha mostrado que el camino no desembocó en la extinción, sino en la permanencia; ergo, la represión de las manifestaciones peligrosas o potencialmente peligrosas devino útil a la supervivencia. Reitero: aunque resulte chocante la hipótesis de la represión, el acotamiento de la libertad tuvo beneficios, y los homínidos que recurrieron a ella adquirieron cierta ventaja en la lucha por pervivir. Rousseau, a pesar de su metáfora de las cadenas, perfectamente aplicable al caso, estaba a años luz de distancia de imaginarlo. Sin embargo, es tan sorprendente su intuición como paradójica la de Mijail Bakunin al proponer un programa educativo para los seres humanos en el que las primeras etapas de su formación serían las más represivas de su existencia, en tanto que las últimas serían las de mayor libertad (Maximoff, 1978: 108); pero se debe tener cuidado con este último comentario: lo de libertario alude a un programa educativo, y no un intento de ensayar en torno de la evolución humana. Más tarde –y reitero: más tarde y no antes–, con la instauración de una sintaxis y un

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cuerpo categorial (el equipamiento encefalo-funcional para lograrlo es casi universalmente consustancial a la especie, y lo único que requiere es su puesta en marcha), fue trabajo menor un escenario-mundo creado por el hombre; un escenariomundo en el que un siguiente paso para reprimir se realizó mediante la ritualización-mitificación: danza, sonidos, quizá algún psicotrópico, tal vez algún martirio corporal y fórmulas verbales cuyo contenido estaría vinculado con el tabú, y al día siguiente, en medio de la resaca, el condicionamiento simbólico estaría instalado y/o reforzado, según el caso. La eficacia simbólica tomaría su sitio entre las estrategias culturales de represión-significación; las normas (en tanto producto de represiones efectivas, útiles, y ya categorizadas) habían logrado un aliado eficaz. Todos los que se han aproximado a las teorías de la religión saben que la función del rito es dotar al individuo, de manera directa o simbólica, de conceptos compulsivos que definen el mundo social y natural, a la vez que focalizan, restringen y controlan sus percepciones y su conducta; en efecto, todo concepto, querámoslo o no, tiene un rostro descriptivo y otro normativo, apremiante, diría Gellner. Los procesos de internalización de la norma (restrictiva u orientadora, que para el caso es restrictiva) se hicieron más sutiles en su represió, pero también más eficaces en su condicionamiento; a la vez, el sistema conceptual coadyuvó a establecer el orden social. La idea de Locke parece más próxima a este proceso. Visto así, el comportamiento exigido y útil, poco coincidente con la pasmosa flexibilidad innata del H. sapiens, se instaló antes que su conceptualización en forma de norma sentida, como un comporta-

miento restringido y útil para la supervivencia. Pero en esto hay un riesgo: la esclerotización de la norma significa la muerte del cambio, y H. sapiens mostró, como ninguna especie en la historia natural, que podía compaginar conservación y renovación. La norma se encargaría de conservar y la flexibilidad genética de innovar; esto crearía un campo de permanente tensión grupal, y más tarde social (siempre he sostenido que la sociabilidad se montó sobre una base instintiva: el gregarismo; y que no es lo mismo individuos agrupados que una sociedad: la

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sociedad sólo es posible en las normas, mismas que, a su vez, sólo son posibles mediante la experiencia, la conceptualización, el lenguaje, la valoración y la reproducción). Como planteara Jacques Lacan, nombrar las cosas significa apropiarlas, dominarlas, ordenarlas, estabilizarlas; nombrar las cosas, además, proporciona seguridad, certezas sobre el mundo que con ellas se construye para insertarse en una realidad carente de sentido para un instinto difuso, impreciso en relación con su entorno mediato (no así con el inmediato que es el vínculo con quien le ali-


Condicionamiento, represión, sociedad y cultura

menta y le cuida de las adversidades fisiográficas). La sintaxis y el vocabulario son formas de ordenamiento montadas sobre la infraestructura innata y consustancial a la especie para soportarlos y procesarlos; casi ningún miembro de la misma puede escapar a ese sino y está condenado a participar en el orden y control del mundo interior y del exterior construidos como una forma de supervivencia, cuya eficacia se ha hecho manifiesta en la permanencia. En realidad el ser humano no nace libre, y más que poseer su libertad en el principio bregará por constru-

irla, pero en una dimensión diferente a la referida. Voy a tirar de un último hilo de la madeja. Mucho se ha dicho que la posición bípeda conllevó varios tributos, de los cuales necesito destacar uno: productos inmaduros. El proceso final de maduración del H. sapiens debe ser completado fuera del útero materno, lo que implica para la madre –y para los machos colaboradores, si se aceptase la hipótesis de la selección de machos por las hembras– un desgaste energético adicional que se prolonga por una buena cantidad de años posteriores al alumbra-

miento del crío (no me refiero a las adolescencias prolongadas que logran retener a los hijos hasta los 30 o cuarenta años en el seno familiar). Como planteaba O. Lovejoy, el H. sapiens tiene pocos críos a lo largo de su vida y en un solo parto, pero invierte mucho tiempo en cuidarlos (Johanson, 1981: 341 -376); esta es una constante de las especies, y expresada en forma inversa nos dice que las especies que no cuidan a sus críos (usa el ejemplo de las ostras como caso extremo) y no consumen energía en su cuidado pueden exhibir, en una puesta o en un parto, gran

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cantidad de huevos o productos. Este proceso, además, implica forzosamente la inserción del pequeño en un mundo incierto, algo enteramente ajeno a lo que ocurre al resto de los animales. En efecto, de los cientos de miles de huevecillos que arroja una ostra, muchos no eclosionarán porque servirán de alimento a otras especies, pero las que nacen no requieren ser enseñadas, entrenadas, capacitadas para moverse en el mundo; el H. sapiens, sí. El animal que somos está obligado a aprender y aprehender el mundo (su especialidad) artificiosamente dispuesto; en efecto, el crío no ingresa con ventaja alguna, salvo con la cobertura grupal, su inteligencia en el nivel de promesa y un arsenal de conocimientos y experiencias distribuidas en diversos cerebros.

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Llegado a este punto, recuerdo una idea cautivadora expresada en El dosel sagrado: “La exteriorización es una necesidad antropológica. El hombre, tal como empíricamente lo conocemos, no puede ser concebido prescindiendo de su modo continuo de volcarse en el mundo en el cual se encuentra” (Berger, 1999: 15-16). Tenemos muy pocos casos documentados de H. sapiens en aislamiento: los documentados de Amala y Kamala, criadas entre lobos y se comportaron como lobas a las que fue imposible integrar a la sociedad; los emitaños (anacoretas) que voluntariamente se retiran de la sociedad; los involuntariamente perdidos en alguna isla despoblada, como el Robinson Crusoe de Daniel Defoe hasta que encontró a Viernes, y por último los comatosos y los autistas. En cualquiera de los casos son aislamientos

extraordinarios, ajenos a la propia naturaleza de la especie. Los casos de verdadero aislamiento son los de Amala y Kamala; el resto, como planteara Marx, son robinsonadas porque todos y cada uno de ellos tienen la cobertura social (autistas y comatosos) o han introyectado la sociedad y la llevan consigo (anacoretas, ermitaños y robinsones). Lo que aquí interesa, pues, es lo que nos es consustancial. Y regreso a la noción de externalización. Efectivamente, el viaje eterno hacia el interior haría imposible la supervivencia del H. sapiens. Requiere, como animal gregario, de la cobertura del grupo que ha construido al mundo en que se ha de desarrollar (y no sin limitantes), y con los cuales (grupo y mundo que le anteceden) ha de interactuar; sin embargo, para hacerlo es necesario introyectar ese


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mundo. La materia prima y los instrumentos morfofuncionales para procesarlo se encuentran diseñados y posibilitados por el paquete genético que hace posible su soma, el sáculo orgánico de su humanidad, decíamos; el contenido está inicialmente afuera y debe llevarlo hacia adentro para entrar en consonancia con el continente, el mundo creado por los otros y que irremediablemente le antecede; más tarde será el continente y formará parte del contenido social. Reitero: la banda, inicialmente, la sociedad luego, son realidades que le anteceden, son realidades objetivas que debe vivir también subjetivamente. La uniformidad de lo que ha de representar y como lo ha de representar corrió coevolutivamente con la selección de aquellos con capacidad para aprender y aprehender comportamientos útiles; corrió coevolutivamente –aunque con asimetrías imposibles de demostrar hasta el momento– con el desarrollo funcional del área de Brocca, el área de Wernicke, los lóbulos frontales y prefrontales, la neocorteza, el control del aparato fonador y la capacidad de asimilar la protocultura del resto de los homínidos que le antecedieron y sus coetáneos de la especie. Bajo estas premisas, la conservación de lo transmisible, depositado en diversos cerebros (el más primitivo banco de datos sin una

matriz, porque todos los cerebros la constituyeron), operaría como conservador; la represión coadyuvaría también al control de las múltiples posibilidades de pensar y operar acordes con la flexibilidad y plasticidad de su cerebro. El mejoramiento cualitativo y cuantitativo, en cambio, está estrechamente vinculado con su irrefrenable plasticidad y flexibilidad. No voy a abundar más en demostraciones. Sólo voy a recordar un hecho: Los primeros homo (habilis, erectus y demás, hasta llegar a los neandertales) pasaron cientos de miles de años picando piedra con sólo dos o tres tradiciones líticas; en cambio, desde la aparición de este ser especial al que llamamos Homo sapiens se transita de niveles rudimentarios de conceptualización y transmisión a la posible categorización de la vida y la muerte, además de posibles cultos que hemos reconocido en los neandertales. Sin embargo, existe un salto cualitativo en la evolución homínida con la aparición de nuestra especie. En un periodo breve, cercano una décima parte del tiempo que tiene el género Homo sobre la faz de la tierra, este homínido igualó y rebasó la creación y la producción de todos sus antecesores de una manera incomparable, como ningún otro animal pudo hacerlo en un periodo de tiempo tan corto: de la lítica a la nanotecnología,

ni más ni menos. Voy a hacer una pregunta retórica para finalizar: ¿cómo es posible en un animal con una gran cantidad de instintos? La respuesta es justamente por eso. Es claro que, entre más complejos, los animales tienen más instintos (apego, cuidados, compartir alimentos, imitación, comunicación, etcétera), y a mayor número de instintos una menor especialización de los mismos. Allí puede estar buena parte de las respuestas a los enigmas de la hominización/humanización: si el ingreso de los animales no humanos al mundo se da de una manera específica y eficiente por la especialización instintiva (impulsos muy específicamente orientados para la acción; ante un estímulo agresor, por ejemplo, una respuesta muy concreta conforme a un programa genético), parece muy poco probable su supervivencia; empero, ante esa enorme desventaja y merced al equipaje genético al que hemos aludido, el Homo sapiens se levantó gradualmente desde las estrategias más elementales de supervivencia hasta la construcción de mundos posibles en diferentes ambientes naturales y con diversidad de grupos con los cuales crearlos y vivirlos. Y en el pecado llevó la penitencia: su carencia de especialización instintiva lo ha hecho dependiente de esos entornos “por los milenios de los milenios”.

Gellner, Ernst, Antropología y política, Barcelona, Gedisa, 1997. Huxley, Aldous, Un mundo feliz, México, Porrúa, 2005. Johanson, Donald y M. Edey, El primer antepasado del hombre, Barcelona, rba, 1981. Maximoff, G. P. (comp.), Mijail Bakunin. Escritos de filosofía polí-

tica, Madrid, Alianza, 1978, t. II. Rousseau, Jean-Jacques, El contrato social o principios de derecho político, México, Porrúa, 2004. Sykes, Bryan, Las siete hijas de Eva, Madrid, Debate, 2001.

Bibliografía

Bibliografía Adams, Richard Newbold, La red de la expansión humana, México, ciesas, 1978. Berger, Peter, El dosel sagrado, Barcelona, Kairós, 1999. Geertz, Clifford, “La transición a la humanidad”, en S. Tax (ed.), Antropología, una nueva visión, Bogotá, Norma, s.f.

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Propuesta de “manual” para trabajos arqueológicos de salvamento Luis Alberto López Wario* y Pedro Francisco Sánchez Nava*

ara conocer y proteger la vasta, dispersa e importante presencia de vestigios arqueológicos e históricos en el país, se requiere de la participación de múltiples instancias gubernamentales y de la sociedad en general, pero principalmente de la definición y aplicación de estrategias para su investigación, protección y difusión ante el peligro de su afectación o destrucción por obras públicas o privadas. Ante la necesidad de satisfactores de bienes sociales (alimentos, vivienda, industria, desarrollos urbanos y turísticos, energéticos, entre otros), el desarrollo de nuevas técnicas constructivas y la agiliza-

ción de los procesos administrativos para la construcción se torna imperativo que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ( inah ) instaure estrategias legales y técnicas que le permitan proteger, investigar, conservar y defender a ese enorme patrimonio cultural. Una estrategia básica se encuentra en el impulso a la prevención de afectaciones al patrimonio. A través de ello, el inah registra la presencia y características de los vestigios arqueológicos; de la misma manera, acuerda con las instancias de gobierno, empresas u organismos constructores, e incluso particulares, los meca-

* Dirección de Salvamento Arqueológico-inah

nismos técnicos y legales que posibiliten la preservación y el estudio de los materiales y de la información de las sociedades humanas que nos antecedieron. Participar previamente a la realización de los proyectos de obras otorga al inah la posibilidad de incidir en los planes parciales de desarrollo y en la determinación de los usos de suelo, con base en rigurosos estudios y en lo que establece la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. En las labores de salvamento arqueológico destaca la limitada oportunidad de ampliar en tiempo y espacio


Propuesta de “manual” para trabajos arqueológicos de salvamento

las investigaciones, así como su indisoluble relación con el desarrollo de obras públicas o privadas, la diversidad de estrategias arqueológicas en función de las características de las obras y la posibilidad de investigar en cualquier área geográfica y cultural del país, en las que se presentan vestigios arqueológicos de muy diversa temporalidad. De la misma manera, esta modalidad en la investigación se caracteriza por efectuarse bajo los lineamientos que establece una normatividad de tipo patrimonialista y una estructura institucional que convive con legislaciones de construcción y financiamiento cada vez más precisas, y con mayor celeridad en la resolución, técnicas constructivas más expeditas, así como un panorama político, financiero y social que históricamente ha sido centralista hacia los capitales de los estados, y en particular hacia la capital de la república. No se debe olvidar que el inah es la instancia oficial encargada de atender las solicitudes y emitir los permisos para llevar a cabo obras en áreas que son consideradas sitios arqueológicos o paleontológicos porque presentan, o se presume presentan, vestigios del periodo que va del origen de la vida humana hasta el establecimiento del dominio de los españoles en territorio nacional, y frecuentemente anteriores y posteriores. De la misma manera, esta normatividad se aplica a las áreas vecinas a estas zonas (artículos 28, 28 bis y 39 de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos). Así mismo, se debe subrayar que está vigente en la administración pública federal el trámite para la obtención de visto bueno de obra con el número inah-006.

En este documento se establecen las diversas estrategias operativas que se sugiere se apliquen para evitar que el patrimonio cultural se pierda o sea afectado, aprovechando esta última oportunidad para recuperar e investigar, conservar y difundir los vestigios.

Los tipos de obras Un aspecto fundamental para realizar de manera más eficiente y eficaz este tipo de arqueología radica en la definición de los tipos de obra con base en sus características técnicas. Se debe subrayar que estas características de las obras permiten plantear las estrategias tanto de investigación como de protección, por lo que podemos clasificarlas por el tipo de obra de la siguiente manera: Tipo A. Intensivas o lineales. A estas obras corresponden los transectos que pueden llegar a incluir varios estados y regiones. Los cinco tipos de obra son: 1) Carreteras. En este tipo de obras se deben evaluar ejes de trazo, derechos

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de vía, localización de puentes y distribuidores, desviaciones, bancos de material, campamentos y áreas de servicios, además de obras colaterales como reubicación de redes de drenaje, o de ductos para conducción de agua potable o combustible (petróleo y gas), tendidos eléctricos y ferroviarios. Es común que la mayor afectación de estas obras se produzca por la explotación en los bancos de material, dada su extensión, forma de aprovechamiento y principalmente porque, por lo general, no existe localización previa a la obra. Un aspecto general es que en estas obras los constructores modifican las prioridades constructivas, así como la dirección de la obra y sus frentes; sin embargo, a través del convenio general vigente entre el inah y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (sct) son factibles, aunque limitadas, las modificaciones al trazo o al sistema constructivo, al menos en algunos tramos específicos. Cabe señalar que el convenio vigente entre estas instituciones obliga a que

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la sct instruya a los constructores particulares (que realizan los proyectos constructivos) para aplicar los acuerdos establecidos, independientemente de lo que establece la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos. 2) Gasoductos, oleoductos y poliductos. Sus características son semejantes a las referidas para las carreteras, por lo que se recomienda evaluar los mismos aspectos; sin embargo, por lo general se trata de obras más expeditas y con áreas de afectación de menores dimensiones. El tiempo de obra es, en la mayor parte de los casos, menor que el aplicable para las carreteras. Las afectaciones mayores se presentan por la apertura del derecho de vía, el uso de espacios para cam-

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pamentos de los constructores y durante la introducción de maquinaria pesada para maniobras en la colocación de los ductos. A pesar de que también son factibles las modificaciones de trazo, mas no el sistema constructivo, debe considerarse el riesgo social por consecuencias en el cambio de rutas, pues se podrían presentar fugas de combustible (al menos es un argumento muy usual por parte de los constructores). En su caso, a pesar de no ser materia ni facultad del inah, se deben valorar los impactos al entorno. 3) Tendidos eléctricos. Con características similares a las señaladas para carreteras y ductos, pero con mayor celeridad en la realización de la obra y con afectaciones limitadas a la ubicación de las torres de soporte y en las áreas de

acceso para equipo, personal y maquinaria. Es posible la reubicación de las torres, sobre todo de manera tangencial, pero se debe evaluar el grado de afectación derivado de modificar trazo y ubicación. 4) Líneas de Sistema de Transporte Colectivo-Metro. Este tipo de obras presenta variantes en el sistema constructivo, pudiendo ser elevado, superficial, subterráneo (de cajón) o profundo (por escudo). Para las líneas del Metro se solicita información de dimensiones y ubicación del eje de trazo, estaciones, puestos de rectificación y obras colaterales, así como de dirección de obra. La información obtenida no se limita al transecto, ya que las obras colaterales afectan áreas fuera de trazo y con alta probabilidad en el registro de datos arqueo-


Propuesta de “manual” para trabajos arqueológicos de salvamento

lógicos. Esas áreas son definidas como “zonas de amarre” o “puntos de correlación”, que hacen las veces de bancos de material en otras obras lineales. En este caso concreto, ya iniciada la obra no es posible realizar modificaciones al trazo señalado y se presentan fuertes presiones para cumplir los tiempos del programa de trabajo, con objeto de reabrir las vialidades. En este tipo de intervención arqueológica se aplica de manera indudable un proyecto de salvamento arqueológico. Se trata de obras típicamente urbanas, por lo que las exploraciones arqueológicas se efectúan a partir del confinamiento (cierre) de las vialidades o la demolición de las construcciones que se ubican en los predios en que se construirán las estaciones o puestos de control. Las modalidades en este tipo de obras permiten señalar que las posibilidades de excavación arqueológica son inversamente proporcionales a la no alteración y protección del patrimonio; es decir, a menor excavación por obra, mayor protección física, pues no se afectarían las evidencias, pero se reducen las posibilidades de investigación. 5) Fibras ópticas y ductos urbanos de gas natural. Para estas obras, el riesgo mayor se presenta durante la introducción de maquinaria para colocar la fibra óptica o el ducto. La flexibilidad del sistema constructivo apoya la protección del patrimonio, ya que se pueden plantear modificaciones al trazo, pero restringe las investigaciones porque las canalizaciones no rebasan 60 cm de ancho y sólo en los “pozos de visita” es posible sondear arqueológicamente. A ello se aúna que son obras principalmente urbanas,

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las que con gran frecuencia se efectúan con base en la técnica de penetración direccional (no se excava “a cielo abierto”) y en horarios nocturnos. En la mayor parte de estos casos las labores arqueológicas se limitan a la supervisión de obra. Tipo B. Se trata de obras extensivas o regionales. Aunque existe una gran variedad, se pueden agrupar en tres tipos: 1) Proyectos hidroeléctricos e hidroagrícolas (presas), termoeléctricas y plantas de tratamiento de aguas residuales. En estas obras es necesario evaluar e investigar en las áreas de casa de máquinas y servicios, cortina, zona de embalse (principalmente en la franja comprendida por los niveles máximos y mínimos), así como campamentos, bancos de material, depósito de residuos, reubicación de poblaciones, tendidos eléctricos previos provisionales y posteriores definitivos, distritos de riego, caminos y tendidos ferroviarios, plantas de bombeo, canales de conducción

y obras de excedencias, entre los principales. Se deben considerar algunas zonas ubicadas fuera del área de embalse, por la eventual afectación de sitios arqueológicos, así como tener siempre presente que en todos los casos esas obras tienen futuras ampliaciones, ya sea para la distribución de la energía producida o para la canalización en distritos de riego. Por lo general son obras más lentas que el resto, pero con un mayor grado de afectación. Las posibilidades de modificación son mínimas, por no decir nulas, y complejas. 2) Desarrollos turísticos y urbanos. Entre otros factores, se considera su extensión, ubicación de construcciones, usos de suelo específicos al interior del área del proyecto constructivo, características de afectación al subsuelo y las posibles incorporaciones de monumentos arqueológicos inmuebles registrados a las nuevas áreas verdes. Las dificultades se incrementan en los casos de áreas urbanas habitadas, por las restricciones inherentes a una ciudad viva

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(por ejemplo, en vialidades es necesario aguardar al confinamiento de las áreas a explorar, considerar las presiones por tenencia de la tierra y especulación, sin olvidar la incidencia de la legislación sobre centros históricos, entre otros aspectos). Por lo general se trata de predios de gran extensión, con amplias y graves modificaciones al entorno ambiental. Son posibles las modificaciones al sistema constructivo o al proyecto de obra, considerando la eventual creación de áreas de reserva arqueológica. En este caso concreto se debe abordar todo el proyecto de obra como unidad, acordando con la constructora o propietaria general y no con los compradores de predios particulares. 3) Labores en áreas urbanas. Se investiga en predios que por lo general corresponden a espacios reducidos y se realizan en plazos cortos, con escasos recursos y bajo fuertes presiones políticas, financieras y, principalmente, de tipo social. Estas labores se atienden comúnmente bajo la denominada modalidad de “rescate”, y su duración varía en función de la extensión del área, sistema constructivo, objetivos de investigación y cantidad y calidad de los materiales. El rescate implica afectación al patrimonio, con el consecuente proceso jurídico; se debe remitir comunicado de inicio y dictamen técnico al Consejo de Arqueología, así como el informe final de labores; de ser necesaria mayor actividad arqueológica, se deberá remitir como proyecto de salvamento. En este caso sí son posibles las modificaciones al sistema constructivo e incluso, al proyecto de obra. A partir de estas intervenciones se pueden definir áreas con alto potencial arqueológico, lo que permite su aplica-

ción en futuras intervenciones arqueológicas.

Los procedimientos generales Para realizar este tipo de arqueología se debe tener acceso a los programas generales de obras anuales, trianuales o sexenales de dependencias o instituciones como la Comisión Federal de Electricidad (cfe), Comisión Nacional del Agua (Conagua), Petróleos Mexicanos (Pemex), Gobierno del Distrito Federal ( gdf) y la sct, entre otras. De la misma manera, es necesario solicitar la información equivalente de las instancias oficiales a nivel estatal y municipal. Todos estos datos se solicitan formalmente a través de las instancias centrales o las representaciones estatales del inah. A partir de ello se deberán evaluar las potenciales afectaciones al patrimonio arqueológico e histórico por el desarrollo de dichas obras (para los aspectos específicos de la evaluación se sugiere ver el apartado 2) Fases del proyecto de la sección Técnicas específicas). La evaluación permite, en primer lugar, despreciar aquellas obras que son remodelaciones, sustituciones e inclusive obras en derechos de vía ya existentes, así como aquellas en que no se presentarían afectaciones por ausencia de vestigios arqueológicos, determinación tomada con base en investigaciones de archivo y biblioteca. Se recomienda centrar la atención en aquellas obras en las que con seguridad o alta probabilidad se afectaría al patrimonio arqueológico, pues el área presenta un alto potencial de vestigios, inclusive con registros previos o por sistemas constructivos agresivos. Al contar con una lista depurada, se deberá solicitar información precisa de las

obras, básicamente planos, trazos, plazos, prioridades y sistemas constructivos, y revisar información sobre el área y el tema en los archivos técnicos del inah, así como por referencias bibliográficas. Con esta información se hace posible plantear proyectos o estudios arqueológicos de los que deriven programas, presupuestos y bases de colaboración concretadas en convenios. Los trabajos arqueológicos se programan de acuerdo con los siguientes criterios: la evaluación de la obra, si se ubica o no en zona urbana, la dimensión del área que se afectará (puntual, transecto, extensa, horizontal, vertical), los plazos de realización y si existen o no apoyos por parte de los promotores de dicha obra, observados por la legislación vigente.

Técnicas específicas La arqueología de protección sigue los procedimientos comunes a cualquier otra modalidad, pues cubre todas las fases académicas pertinentes, según lo establecen las Disposiciones Reglamentarias para la investigación arqueológica en México, en su capítulo II, artículo 9. 1) Fases y técnicas específicas Ante el aviso de afectación o de realización de proceso constructivo, se intentará privilegiar la selección del personal de base y preferentemente titulado, para que realice la inspección, considerando que deberá rendir un dictamen legal. Para ello, el arqueólogo comisionado establece contacto con el responsable de la obra, tanto para establecer día y hora de visita, y posibilitar el acceso a una propiedad privada, como para obtener datos técnicos de la obra que no son presentados en la memoria descriptiva o programa de obra. Se le comi-


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siona con oficio del titular del área, en vehículo oficial y con gastos cubiertos por el inah. Por lo general, la inspección toma un día. Derivado de la inspección, se dictamina con base en la evaluación del potencial arqueológico del que se conoce su existencia por referencia bibliográfica o hemerográfica, archivos técnicos, informantes o presencia en superficie del área inspeccionada, así como por la incidencia y potencial afectación del patrimonio arqueológico e histórico y las características de la obra (sistema constructivo, plazos de realización, extensión, datos de mecánica de suelo). Por lo general son dos días para realizar esta labor. El dictamen se rinde considerando tres posibilidades, las cuales pueden utilizarse parcialmente para áreas específicas dentro de la zona de afectación. a) No afectación al patrimonio. Toda vez que no existen

evidencias arqueológicas o no serán afectadas por la obra, se libera el área para realización de obra, señalando expresamente la obligación de suspenderla y dar aviso inmediato al inah si se llegaran a presentar evidencias arqueológicas; de la misma manera, se obliga a autorizar el acceso al personal comisionado por el inah para supervisión y bitácora de obra. b) No autorización de obra, pues se encuentra en área de vestigios ya registrados y catalogados por el inah. Se pone en conocimiento de ello, mediante oficio, al Consejo de Arqueología, a las coordinaciones nacionales de Arqueología, de Asuntos Jurídicos y de Monumentos Históricos; en su caso, y toda vez que las labores sean por parte de la Dirección de Salvamento Arqueológico (dsa), se informará al centro o centros inah respectivos; en todos los casos se reportará al propietario y a las autoridades estatales, municipales o delegacionales en que se ubique.

c) Se propone un proyecto de salvamento, el que permitirá definir si la obra afectará o no al patrimonio, o determinar las medidas necesarias que eviten su destrucción o alteración. Estas medidas pueden ser: recuperar las evidencias, proponer modificaciones al proyecto de obra considerando área de reserva arqueológica e incorporando las evidencias arqueológicas inmuebles en las áreas verdes o modificaciones al sistema constructivo (terraplén, rellenar, dejar los vestigios como reserva arqueológica). A manera de ejemplo, en algunas carreteras se ha aplicado el terraplén, permitiendo que los vestigios arqueológicos sean investigados, consolidados y protegidos al ser cubiertos con materiales suaves compactados, para sobre ellos construir la obra. A partir del dictamen, se realizan reuniones de trabajo con las constructoras, que permiten definir el documento legal (convenio, para lo cual existe ya un formato disponible) en que se especifican objetivos, actividades, plazos, alcances, montos y tipos de recursos, entre otros aspectos. El presupuesto se establece de manera coherente y congruente a partir de los recursos señalados en el proyecto o programa, solicitando únicamente los recursos excedentes y necesarios con los que no cuenta el inah. No debe entenderse a los constructores como el organismo o empresa que resolverá todas las carencias de infraestructura del inah. Asimismo, el manejo de recursos de “terceros” (aportaciones) debe seguir las disposiciones generales que para el caso estableció el inah. El proyecto de investigación de salvamento se presentará para su evaluación al Consejo de Arqueología. Siendo específicos en el caso de los rescates, y considerando la celeridad y


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riesgo de afectación inmediata, se atiende de manera urgente, se da parte al Consejo de Arqueología marcándole copia del oficio de comisión del responsable y se remite, en plazo breve, el informe de actividades. Se insiste en que la duración de los rescates es por una sola temporada, la cual no puede ser medida en plazos prefijados por el inah, pues está en función de la duración de la obra en general. Eventualmente, los rescates se pueden derivar en salvamentos si el programa de obra cuenta con diferentes fases y en diferentes temporadas, lo que posibilita que el arqueólogo responsable plantee el proyecto respectivo, pues la intervención de urgencia habría concluido. 2) Etapas del proyecto Se utilizan ortofotos y fotografías aéreas; en este último caso se recomienda usar preferentemente la foto más antigua del área y en la escala más adecuada. Esta técnica ha mostrado su bondad principalmente para la zona central y occidente del país. Permite definir áreas con potencial de presencia de vestigios. Se integra con la información cartográfica, considerando los usos del suelo actual e histórico en el área, así como la información del catálogo nacional de sitios arqueológicos, integrado en el Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos. Son de gran utilidad las referencias en los archivos históricos. Se realizan recorridos de superficie, preferentemente en las áreas de afectación, considerando para ello que dichas áreas no son únicamente las de afectación directa, sino también indirecta, secundaria y temporal. Se considera un promedio diario de 3 a 4 km como recorrido de verificación y

registro para un equipo de dos arqueólogos en una franja de 40 metros de ancho (se investigan exclusivamente las áreas de obra). Se obtienen croquis de los sitios arqueológicos, se recolectan materiales diagnósticos y se efectúa un registro gráfico y fotográfico; incluso, se aprovecha la información de la población acerca de áreas con evidencias. Con base en el recorrido se procede a dictaminar sobre las áreas que no requieran mayor trabajo arqueológico; a partir de los dictámenes técnicos de los investigadores, el titular del Centro de Trabajo expedirá mediante oficio las liberaciones de áreas de obra respectivas; en ellos se obliga a mantener la supervisión y aviso, con suspensión, en caso de hallazgo, por parte de la constructora. En caso de no existir la posibilidad técnica o legal para realizar modificaciones al proyecto de obra, se requerirá desarrollar un nuevo programa de trabajo arqueológico con el objetivo de evitar o minimizar en lo posible la eventual afectación al patrimonio.

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Para la primera inspección es común que los recursos erogados sean cubiertos por el inah, con base en los presupuestos de los proyectos denominados Protección Técnica y Legal del Patrimonio Arqueológico; las fases subsecuentes son cubiertas con aportaciones del constructor, propietario o representante legal de la empresa o institución que pretenda construir. Para ello, derivado de la inspección, de ser necesario se elabora un proyecto arqueológico en el que se definen objetivos, estrategias y cronograma, entre otros aspectos. Establecidas las necesidades, se propone un presupuesto y convenio. En este último documento se anexan programa y presupuesto firmado por las partes, estableciendo alcances, obligaciones, derechos, actividades, plazos y montos, entre otros. Derivado de lo anterior, y ya como parte de un proyecto de salvamento, se plantean exploraciones en las zonas que serán afectadas en primer lugar y en aquellas cuya evaluación señale alta presencia de vestigios (por

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evidencias en superficie, informantes o saqueos). Los sondeos se inician, generalmente, con unidades de dos por dos metros, ampliándose en función de las evidencias muebles e inmuebles que se presenten, así como por los objetivos de la investigación. Aquellas áreas en que se exploró y no existe impedimento por carencia de vestigios, porque se encuentren previamente alterados, o no serán afectados por la obra, se liberan también. Tratamiento diferente se aplica si las áreas pueden ser protegidas con modificaciones al proyecto de obra o al sistema constructivo, ya que luego del acuerdo técnico con los constructores se involucra a las áreas centrales del inah, pues ello implica la creación de áreas de reserva arqueológica. El análisis de los materiales arqueológicos se realiza, preferentemente, en los campamentos instalados en la zona, de manera paralela a los recorridos y exploraciones. Se debe incluir en el informe de análisis lo referente a muestrarios y catálogos de piezas completas y semicompletas, así como proceder al registro de las mismas a través de la Dirección de Registro Público de Zonas y Monumentos Arqueológicos (drpzma). El tiempo promedio aplicable para esta etapa de la investigación es el mismo que se dedicó a la excavación. Se realizan supervisiones permanentes de obra, por la eventual presencia de vestigios en áreas ya estudiadas y en las que por diversas razones no se pudieron detectar o recuperar. Se elaboran informes de inspección y los que resulten de las etapas posteriores, siendo estos últimos quincenales o mensuales y finales, los cuales tienen carácter académico y legal, por lo que se les considera dictámenes; del informe final se remiten ejem-

plares al Consejo de Arqueología (dos impresos y dos en formato electrónico), uno a la empresa, institución pública o privada u organismo que financió (una vez que se cuenta con la aprobación del informe por parte del Consejo de Arqueología) y uno más al Centro inah respectivo. Asimismo, deberá anexarse al informe el envío de cédulas de registro de sitios a la drpzma. Una actividad necesaria consiste en la difusión, tanto para los especialistas como para la sociedad en general. Se realiza mediante conferencias y ponencias, impartiendo cursos, a través de publicaciones (libros, artículos, noticias, boletines y carteles), produciendo videos y audiovisuales, así como por medio de exposiciones, lo cual permite que esta labor llegue a vecinos, estudiantes, ingenieros, arquitectos, propietarios, antropólogos, historiadores y arqueólogos, entre otros grupos. Para completar el proceso de la manera más eficaz, al gobierno de cada una de las 32 entidades federativas se deberán entregar de manera oficial los listados con información básica de ubicación y coordenadas geográficas y mercator (utm), así como sus características generales, dimensiones, cronologías, referencias de las zonas susceptibles para exploración, para protección a través de trabajos arqueológicos de salvamento a fin de mantener el uso del suelo o, en su caso, para modificación con la posibilidad de su apertura al público o su uso como reserva arqueológica, entre otras. Lo anterior requiere una actualización permanente y la urgente verificación de la información sobre ubicación y estado de conservación de lo sitios arqueológicos a través de los centros inah y de las

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direcciones de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos, Salvamento Arqueológico y de Estudios Arqueológicos. De la misma manera, se precisa definir la relevancia de cada una de las áreas con evidencias arqueológicas que se hayan detectado hasta la fecha en cada una de las entidades (definir cuáles han sido objeto de un rescate, que se conservan como reserva arqueológica, o para su apertura al público e incluso las que son únicamente susceptibles de ser estudiadas). Para evitar el uso inadecuado de los datos se deberá enfatizar su uso estrictamente oficial, y restringir su aplicación para la definición en los planes parciales de desarrollo, las restricciones para su publi-


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cación o difusión por cualquier medio (sin autorización del inah) y especificando con claridad que el listado no implica la no existencia de más áreas con vestigios arqueológicos, pues se enlistarían únicamente las áreas que hasta esa fecha se hubieran registrado, y por ello se continuaría requiriendo de la autorización previa de las obras por parte del inah. De forma paralela, se requiere la firma de convenios de colaboración en que se establezcan alcances, estrategias, plazos y recursos para contar con el apoyo de los organismos público federales y estatales, máxime si se consideran las modificaciones al artículo 115 constitucional, que por una parte fortalecen y fomentan la actividad en los munici-

pios, y por otra la relativa a las acciones de “regularización” de tenencia y propiedad de la tierra derivada del Procede, impulsado desde hace un par de décadas. Tales acuerdos de colaboración garantizarán las acciones que trascenderían los periodos de gestión municipal, estatal y federal, llevando a un plano de vigencia real la protección del patrimonio cultural. Al término de cada proyecto, rescate, o estudio arqueológico de factibilidad, se deberá remitir a la autoridad estatal y municipal el listado de nuevos sitios, señalando su estado de conservación, las restricciones permanentes y las determinaciones o recomendaciones en cuanto al posterior uso del suelo.

Trámite de obra Estas labores arqueológicas por lo general inician a partir de una obra, lo que conlleva la realización de un trámite administrativo generado por una persona, empresa, o institución, a quien se le denomina promovente. Los pormenores del trámite son los siguientes: La vigencia o duración del trámite solicitado será variable, pero no menor a la vida del proyecto autorizado; es decir, el trámite solicitado será permanente hasta que se termine la obra autorizada, por ello no será necesario solicitar ningún tipo de prórroga para continuar con la obra, a pesar de que ésta, por alguna razón, haya sido suspendida. Esto aplica siempre y cuando no se modifique el proyecto de obra.

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Por lo anterior, al término de la obra autorizada el solicitante dará aviso de terminación de obra al inah, con lo cual y si la obra fue realizada conforme con lo autorizado dicho instituto dará por terminado el trámite. Para el permiso de obra se considera que la oficina receptora será, en el Distrito Federal, la Dirección de Salvamento Arqueológico, y en los estados de la república esa tarea será responsabilidad del Centro inah correspondiente excepto en el caso de proyectos interestatales, pues la dsa estará encargada de desarrollar el proyecto respectivo, con conocimiento y anuencia de los centros inah involucrados. El trámite podrá ser presentado personalmente o por el representante legal; el inah remitirá oficio o resolución al interesado por la misma vía y con acuse de recibo. Este trámite será determinado o resuelto mediante oficio de autorización o negación en la oficina en la cuál presentó su solicitud, para lo cual deberá presentar solicitud en original y copia, memoria de obra que incluya las características del sistema constructivo, los plazos, áreas de obra, cantidad y dirección de frentes de obra, nombre de la constructora, programa constructivo incluyendo bancos de material y obras secundarias, como son las brechas de acceso, áreas de desperdicios, áreas de relocalización de asentamientos humanos, entre otras, planos de ubicación, ortofotos y aerofotografías del área de obra, cartas topográficas actualizadas de inegi, carta poder del propietario, copia de la identificación del propietario e identificación del representante legal; en el caso de obras en predios no se requerirán aerofotografías y planos topográficos, entre otros, pero

deberá presentarse copia del alineamiento y número oficial, planos arquitectónicos (sólo planta general) y uso de suelo autorizado. Los datos se especifican en el trámite inah006, disponible en el portal del inah. El inah emitiría su resolución en un lapso no mayor a 15 días hábiles, contados a partir del día hábil siguiente a la fecha de recepción de la solicitud. En caso de requerirse ampliación en información por parte del solicitante, el inah realizará la petición para que se subsane la omisión, y reiniciará el conteo de los 15 días a partir de la fecha en que el promovente entregue la información completa al instituto. La resolución que rinda el inah podrá ser una de las siguientes: Visto bueno, autorizándose la realización de la obra, solicitando en su caso el acceso permanente a bitácora y a la obra durante su desarrollo, para supervisión. Necesidad de realizar un salvamento, lo que implica que esa labor arqueológica se deberá desarrollar previamente a la obra un programa de trabajo que permitirá determinar la factibilidad total o parcial de la misma. En dicho programa arqueológico se definen actividades, fases y requerimientos de recursos financieros, materiales y humanos plasmándose en un convenio de colaboración (artículos 3, 16, 29 y 43 de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos). En caso de entrega de recursos financieros, se entregará al promovente recibo de la tesorería del inah por el monto total. La duración del programa arqueológico estará en función del programa constructivo y de la cantidad y calidad de vestigios arqueológicos detectados.

Negativa de visto bueno, especificando los argumentos técnicos respectivos. Esta resolución no implica que se desautorice el proyecto cuando se presente de nueva cuenta con las modificaciones técnicas pertinentes que eviten la afectación al patrimonio. Los dictámenes y resoluciones rendidos son de carácter interno y técnico, y se ponen en conocimiento de las Coordinaciones Nacionales de Monumentos Históricos, Asuntos Jurídicos y Arqueología. Si la resolución indica la necesidad de realizar un programa de trabajo arqueológico, se le informará directamente al solicitante, así como la determinación final en caso de negativa de visto bueno.

Glosario Salvamento. Investigación arqueológica originada como consecuencia de la realización de obras públicas y privadas, y cuya necesidad puede ser prevista. El área por estudiar está determinada por las obras que originan la investigación, con tiempo disponible para llevar a cabo el trabajo de campo en forma planificada. Se debe remitir proyecto al Consejo de Arqueología previamente al inicio de los trabajos arqueológicos. Rescate. Investigación arqueológica originada de manera imprevista como consecuencia de la realización de obras públicas, privadas o causas naturales. El área a ser investigada y el tiempo necesario para llevarla a cabo están determinados por esas obras o causas. Basta con comunicado de inicio remitido al Consejo de Arqueología. Considerando que de manera formal y legal existen trabajos arqueológicos de tipos denominados “salvamento” y “rescate”, que conllevan un proceso


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administrativo largo y complejo, además que implican en los hechos la autorización (así sea parcial) de una obra, se propone crear la modalidad de “estudio arqueológico de factibilidad”, cuyo énfasis radica en el concepto de evaluación bajo la óptica de prevención de afectaciones, y que permitirá determinar la procedencia o no de la obra en consulta. Estudio arqueológico de factibilidad. Estas actividades arqueológicas son previas a la obra, y bajo el espíritu de protección e investigación; consisten en intervenciones rápidas y rigurosas, al contar para ello con la información precisa del área de afectación, sistema constructivo y plazos, por lo que al conjuntar los datos y evaluarlos a la luz del proceso constructivo se determina si existirá afectación o no al

patrimonio arqueológico y, en su caso, se definen las estrategias para evitar que sean afectados los vestigios registrados. Son evaluaciones que permiten registrar y demostrar la existencia, características culturales y estado de conservación del patrimonio arqueológico e histórico en eventual riesgo de afectación o pérdida por obras, para lo cual propone diversas medidas que lo eviten o mitiguen, en todos los casos, previamente al inicio de la obra. Los estudios arqueológicos de factibilidad hacen posible que las determinaciones institucionales estén basadas en dictámenes académicos de corte riguroso, los que demuestran fehacientemente la existencia o no de vestigios en riesgo, establecen los procedimientos técnicos para su protección, y con ello se permite que la práctica arqueológica de investigación y protección del patri-

monio sea coherente con el discurso nacionalista y patrimonialista que establece la preservación y estudio de los vestigios arqueológicos; además, hace posible recuperar el papel al que obligan al inah los preceptos académicos, su historia y compromiso social, así como los elementos legales que lo fundan, participando activa y fundamentadamente en el desarrollo nacional. Áreas de reserva arqueológica. Espacios con vestigios arqueológicos ubicados dentro de las áreas a ser dotadas de infraestructura, pero que quedarán protegidos mediante modificaciones al proyecto de obra o al sistema constructivo. Estas evidencias no serán liberadas, cuando más sólo consolidadas, para garantizar su conservación y exploración futura e, incluso, su eventual apertura a la visita pública.


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Bibliografía

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arqueológico”, en Arqueología de rescate, Washington, D.C., Organización de Estados Americanos, 1982, pp. 158177. Martínez Muriel, Alejandro, “El salvamento arqueológico”, en Carlos García Mora y María de la Luz del Valle Berrocal (coords.), La antropología en México. Panorama histórico. Vol. 6, México, inah, 1988, pp. 395-410. __________, “El patrimonio arqueológico de México”, en Arqueología Mexicana, núm. 21, 1996, pp. 6-13. Sánchez Nava, Pedro Francisco et al., Treinta años de registro arqueológico en México, México, inah (en prensa).

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Jóvenes nativos digitales: mitos sobre la competencia tecnológica Enedina Ortega Gutiérrez* y Paola Ricaurte Quijano*

os jóvenes son un grupo social con rasgos distintivos que se está construyendo a partir de un contexto de innovación tecnológica en permanente recreación y dinamismo. La carencia de datos empíricos que aporten mayor claridad acerca de los mitos existentes en torno a la relación de los jóvenes con la tecnología, y sobre los rasgos que caracterizan a la llamada generación digital (o nativos digitales) en el entorno mexicano, impide la comprensión profunda de su complejidad. La adopción y la apropiación de las nuevas tecnologías generan preguntas y retos a las instituciones socializadoras (principalmente la familia, la escuela y el Estado), que están obligadas a responder con acciones diligentes a las necesidades, peculiaridades y prácticas de los jóvenes, puesto que son quienes se encuentran marcados de manera más aguda por esta nueva coyuntura. La población joven es representada en el imaginario social –medios de comunicación, políticas

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públicas y sectores académicos– como aquella que incorpora naturalmente la tecnología en su vida y como la que más se desplaza, vive, interactúa, produce, consume, aprende y se divierte en un nuevo espacio que apenas ha empezado a gestarse. En este contexto, es necesario plantearse algunas preguntas que tienen que ver con las formas en que los jóvenes se constituyen como sujetos y se insertan en el espacio social: ¿Poseen las competencias tecnológicas que la nueva realidad demanda? ¿De qué manera y en qué contexto las adquieren? ¿Qué papel juegan la formalidad y la informalidad en el aprendizaje de estas competencias? ¿Para qué, cómo y cuál es la lógica de su utilización? ¿Cómo se manifiesta la brecha generacional?

El ciberespacio como prolongación del mundo social El ciberespacio es un nuevo espacio social que simultáneamente reproduce, cuestiona y amplía

Cátedra de la Sociedad de la Información y del Conocimiento, pricaurt@itesm.mx

itesm-Campus

Ciudad de México. eortegag@itesm.mx,


Jóvenes nativos digitales: mitos sobre la competencia tecnológica

las posibilidades de la realidad física. En este sentido, la red no es un medio de comunicación más, sino un universo que construye un entorno de socialización donde el joven crea su propia autoconciencia, se relaciona y siente. No es pertinente hablar del ciberespacio como un espacio opuesto al mundo real: el ciberespacio existe de manera inmaterial y configura, condiciona e impacta la vida cotidiana del joven y su ser en el mundo. El ciberespacio es una prolongación y complemento indisociable del mundo físico, que a manera de anillo de Moebius lleva en sí las marcas indelebles de su origen social. El mundo virtual está condicionado por el físico y en él coexisten y se materializan dos posibilidades: por un lado la de reproducir el orden social, y por otro la de trastocarlo o transgredirlo. El ciberespacio modifica no sólo los aspectos materiales del hombre, sino además los simbólicos: transforma el significado mismo de lo humano y la forma de ser joven. El ciberespacio es un lugar de habitación preferente de los jóvenes: un lugar tomado y poblado por ellos, un espacio privado que les permite agregarse socialmente como comunidades virtuales (Rheingold, 2003). Estas comunidades se construyen como una continuidad de sus espacios sociales tradicionales, sirven para reforzar o renovar esos vínculos preexistentes o construir nuevos: son una proyección del universo emocional de los jóvenes.

de esos contextos (Estados Unidos y Canadá, países desarrollados de la Cuenca del Pacífico y Europa). Si lo consideramos de manera estricta, estaríamos siendo testigos del nacimiento de la primera generación de nativos digitales (Prensky, 2001) que correspondería a la generación Z conforme a la clasificación de Strauss y Howe. Sin embargo, consideramos que las fechas que enmarcan el nacimiento y fin de una generación deben asumirse únicamente como marcos referenciales y no en sentido estricto. Debe tomarse en cuenta que una generación está marcada por los hechos históricos, políticos, mediáticos, culturales y tecnológicos que perfilan la memoria, los gustos, las prácticas de los jóvenes y que les permiten construir una identidad generacional a partir del reconocimiento e identificación de estas vivencias compartidas. Por otra parte, es necesario considerar que en América Latina la desigualdad social determina que estas categorías sean aplicables solamente a sectores minoritarios de la población que poseen acceso a la educación y la tecnología. Coincidimos con autores como Tapscott (1998) y Feixa (2005) en que si los baby boomers de la segunda posguerra protagonizaron la revolución cultural de los años sesenta ―basada en la emergencia de los medios masivos, las culturas del rock, el pacifismo, la libertad de expresión y la libertad sexual― los jóvenes de hoy son

La generación digital: jóvenes en el ciberespacio En términos generales, las definiciones de generación y de joven son parte de una polémica teórica que no está cerrada. A ésta se le suma una nueva distinción fundamental entre aquellos grupos generacionales que han debido incorporarse al uso de las nuevas tecnologías y quienes nacieron teniendo a las tecnologías como una parte constitutiva de sus vidas. Prensky (2001) propone la diferenciación entre migrantes y nativos digitales para caracterizar a estos dos grupos. ¿Quiénes son los nativos digitales? Son los jóvenes nacidos a fines del siglo xx e inicios del xxi y que han sido denominados de diferentes maneras: generación net (Tapscott, 1998), generación@, generación I (Internet), generación Google, generación digital, nativos digitales (Prensky, 2001) o nacidos digitales (Palfrey y Gasser, 2008). En este punto podríamos tomar como referencia la distinción conceptual que hacen Strauss y Howe (1991) entre generaciones, a pesar de que son categorías construidas para contextos distintos al nuestro y responden a marcas culturales e históricas específicas

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protagonistas de la revolución tecnológica y los niños del siglo xxi conforman la primera generación que habrá nacido y vivido toda su vida en la era digital. Podemos hablar de las generaciones B.C. (before computer) y A.C. (after computer) como el rasgo distintivo entre los migrantes y los nativos digitales. Antes de la revolución tecnológica la brecha generacional se marcaba por los grandes hechos históricos (guerras, movimientos guerrilleros, el 68) o por las rupturas musicales (Beatles, Sex Pistols, la nueva trova); sin embargo, en la actualidad la brecha generacional se distingue esencialmente por el acceso, uso y apropiación de las nuevas tecnologías (Feixa, 2005). Las nuevas tecnologías y el ciberespacio han generado nuevas prácticas sociales como el cibersexo, la ciberpolítica (campañas políticas a través de la red) el ciberactivismo (formas de protesta y de participación ciudadana); comunicativas (produsers), económicas (e-commerce, e-bussiness, prosumers) y éticas (open source knowledge, copyleft) que instauran nuevas formas de socialización y de exclusión. Algunos de los cuestionamientos que se derivan de la distinción entre estos jóvenes y las anteriores generaciones discuten las posibles diferencias cognitivas, afectivas, sociales y políticas existentes. Estos jóvenes, cuyo crecimiento, desarrollo y socialización ha tenido lugar en el nuevo entorno tecnológico, sustancialmente distinto al que tuvieron sus padres y maestros, son multifuncionales, hacen las cosas de manera distinta, tienen otras capacidades, otras prioridades, aprenden con otras estrategias, son otro tipo de ciudadanos. La distinción entre migrantes y nativos digitales empieza a ser cuestionada por autores como Piscitelli, quien plantea algunas preguntas que debemos empezar a responder: ¿existe una brecha cognitiva sumada a la brecha generacional? ¿Las visiones encontradas entre padres y maestros (migrantes) e hijos y estudiantes (nativos) pueden pasar de la separación a una colaboración? Solamente la aproximación empírica profunda y rigurosa a este fenómeno nos permitirá generar acciones consecuentes para que la sociedad alcance una comprensión atinada de las transformaciones que se están gestando de manera tan vertiginosa. Queremos acercarnos a esta generación digital a partir de la conceptualización analítica y crítica de la categoría de nativos digitales planteando que la definición trasciende los límites temporales estrechos de las generaciones y que debe construirse en relación con la exposición a la tecnología y su apropiación por parte de los sujetos. Además, debe enmarcarse social y geográficamente para dar cuenta de las realidades

múltiples y complejas que envuelven el fenómeno en distintos contextos. Nuestro estudio retoma el concepto de nativos digitales de una manera más amplia y se centra en jóvenes estudiantes de nivel medio superior y superior que se encuentran entre los 16 y los 25 años (formalmente pertenecientes a la generación Y según la clasificación de Strauss y Howe) y que incorporaron la tecnología a muy temprana edad (5-6 años). Trataremos de caracterizar a estos jóvenes nativos digitales mexicanos a partir de los resultados obtenidos en nuestros estudios empíricos, contrastándolos con otros realizados a escala nacional e internacional. Los nativos digitales en el contexto de la brecha digital Cuando hablamos de una generación digital en América Latina debemos considerar las distintas brechas a que nos enfrentamos. La brecha digital es un fenómeno complejo que comprende a su vez varias brechas interdependientes: la económica, la tecnológica, la de conocimiento, la cultural y la política (Crovi, Toussaint y Tovar, 2006: 30-32). La brecha digital se sostiene sobre abismos profundos y difíciles de revertir en las actuales condiciones políticas, económicas, educativas y sociales de nuestros países. ¿Nativos vs migrantes? Además de la brecha digital, es necesario tomar en consideración el papel que juega la brecha generacional en la construcción del perfil de los nativos digitales. Ambas brechas enmarcan las relaciones que establecen los jóvenes con la tecnología, por ello no podemos soslayar su importancia en un estudio que quiera dar cuenta de nuestra realidad social. La brecha generacional se refiere a la distancia significativa en naturaleza e intereses que existe entre una generación y otra. Para el caso de la generación digital esta brecha se encuentra definida principalmente por su relación con las nuevas tecnologías. Las competencias tecnológicas acentúan la capacidad que tienen los sujetos para adaptarse a los cambios tecnológicos y culturales; capacidad que en las nuevas generaciones suele ser superior con respecto a las anteriores. Para algunos autores la brecha digital es sinónimo de brecha generacional. En este sentido, los migrantes y los nativos digitales estarían separados no por el hecho de pertenecer a generaciones distintas, sino por el hecho de poseer una mayor o menor competencia tecnológica. A diferencia de lo que señala Prensky, sostenemos que estas competencias no son de carácter innato. Desde una postura menos rígida y más adecuada a la realidad empírica, sostenemos que


Jóvenes nativos digitales: mitos sobre la competencia tecnológica

la brecha digital contribuye a reforzar la brecha generacional, pero esa distancia se vuelve reversible cuando la brecha digital se reduce. Es frecuente la percepción de que los jóvenes son naturalmente cercanos a la tecnología, y en consecuencia la brecha se asume como algo previsto entre las generaciones. Sin embargo, a partir de nuestros datos consideramos necesario matizar que en nuestro país las generaciones muestran apropiaciones dispares de la tecnología, lo cual significa que no todos los jóvenes de la generación digital poseen las competencias distintivas de esa generación, ni que las generaciones anteriores sean incompetentes tecnológicamente. Las competencias tecnológicas, como ya mencionamos, varían de acuerdo con las condiciones determinadas por la brecha digital (infraestructura tecnológica, nivel socioeconómico, etcétera), la ocupación de los sujetos y otra serie de factores que debemos considerar. En este escenario, hemos encontrado que los más hiperconectados y equipados de nuestra sociedad poseen competencias que los sitúan en un uso intermedio de la tecnología, a pesar de poseer todas las ventajas que su nivel educativo y socioeconómico les ofrece. La brecha digital refuerza la brecha generacional a través del empoderamiento que se les ha dado –a través de los diversos discursos– y han asumido los jóvenes a través de la tecno-

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logía. El empoderamiento se materializa sobre la base de las competencias tecnológicas de los jóvenes y su habitación del ciberespacio. Por una parte se encuentra la apropiación de espacios virtuales poblados predominantemente por jóvenes (Facebook, YouTube, MySpace, Twitter, blogs, messenger, sms) y a los cuales las generaciones de migrantes no quieren o no pueden acceder, sea por desconocimiento, desinterés o falta de competencia tecnológica. Asimismo, otro espacio de empoderamiento se erige sobre la percepción de que el mundo es abarcable, próximo y contenido en la red. Internet se convierte en la fuente de todo el conocimiento universal, de la sabiduría y la experiencia ancestral del mundo. Esto permite que la autoridad que antes se concedía a las anteriores generaciones se traslade a Internet: el mundo se define según Google y Wikipedia. A decir de una de nuestras fuentes durante el trabajo de campo (mujer, 21-25): La experiencia más curiosa que he tenido fue cuando en mi servicio social me pidieron que creara una cuenta de Facebook para el campus y para cada una de las carreras y programas de prepa. Una vez que hice esto tuve que darle asesoría a cada director de programa sobre cómo utilizarlo y me di cuenta de la gran brecha generacional y cultural que hay entre nosotros (a pesar de que ellos son muy jóvenes). También me di cuenta de que

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Reflexiones

muchos le tienen miedo a las redes sociales porque se les hizo una campaña mediática muy fuerte sobre cómo los secuestradores y stalkers consultan y utilizan tu información. La verdad fue una experiencia padre porque aprendí mucho sobre la gente y cómo se comportan y reaccionan ante la tecnología, algunos buscando aprender y otros rechazándola sin importar su nivel socioeconómico, de estudios, etcétera.

Los jóvenes nativos digitales mexicanos Proponemos desglosar algunas de las principales características señaladas como distintivas de esta generación de jóvenes nativos digitales y que hemos corroborado con nuestros datos. Son rasgos que no se plantean como excluyentes de las generaciones precedentes de migrantes digitales y que por supuesto consideran como punto de partida fundamental los factores del contexto social y la brecha digital que tienen que ver con el acceso, la adopción y apropiación de la tecnología más allá de su fecha de nacimiento: 1. Edad: los principales usuarios son jóvenes entre 15 y 19 años. A partir de esa edad tan sólo la utilizan quienes poseen estudios superiores. 2. Nivel educativo y tipo de escuela: estos jóvenes poseen un nivel educativo superior a la media mexicana y estudian en escuelas privadas. 3. Ocupación: ser estudiante es una condición importante para utilizar más las nuevas tecnologías porque se encuentran incorporadas al sistema educativo, no necesariamente en el currículum pero sí como parte de sus herramientas de estudio. 4. Nivel socioeconómico: los jóvenes de clase media y alta poseen mayor acceso

Figura 1. Hombre, estudiante de tecnologías de la información.

a la infraestructura tecnológica y cuentan con mejores competencias tecnológicas. 5. Género: siguen existiendo diferencias de género, los hombres tienen mayor acceso y se apropian más de las nuevas tecnologías, aunque esta diferencia se diluye cada vez más. 6. Infraestructura y renovación de equipo: el equipamiento básico es la computadora de escritorio o portátil, celular sin Internet, ipod y videojuegos; que renuevan en un rango de uno a cuatro años. Los jóvenes con mayores posibilidades económicas se distinguen por tener netbook, celular con Internet (iphone, Blackberry) consolas de juego (XBox, PlayStation, Nintendo), videojuegos portátiles (PSP, Game Boy, etcétera. 7. Lugares de acceso: son principalmente la casa y la escuela; luego los cibercafés y otros lugares donde exista una red inalámbrica a la que pueden conectarse por dispositivos móviles. 8. Usos: se concentran en comunicación, entretenimiento y socialización: búsqueda de información, correo electrónico, chat, mensajes cortos de texto, redes sociales. 9. Naturaleza: los nativos digitales se caracterizan por la realización de varias tareas simultáneamente. 10. Presencia de la tecnología y convergencia digital: la importancia de la tecnología en sus vidas y el uso constante de la convergencia de distintas tecnologías, tanto en el espacio físico como en el virtual. La representación gráfica de la importancia de la tecnología en la vida de los jóvenes se puede observar a través de estas imágenes que responden a la pregunta: ¿qué significa la tecnología en tu vida? (figs. 1 y 2)

Figura 2. Mujer, estudiante de ciencias políticas


Jóvenes nativos digitales: mitos sobre la competencia tecnológica

Despierto gracias a mi celular, que uso como despertador. Inmediatamente lo que hago es prender mi laptop y pongo música. Me meto a bañar y cuando salgo, normalmente mientras me cambio, reviso mis correos electrónicos. Al llegar a la escuela suelo ir a la zona de computadoras para encontrarme con mis amigos, que normalmente se encuentran realizando tareas pendientes. En algunas clases nos piden buscar en internet algunos datos, o crear reportes para antes de terminar la clase. Algunos compañeros llevan laptop o recurrimos a las computadoras de la © Federico Gama. escuela. Al terminar las clases, puede hablarme algún amigo o yo llego a hablarles para localizarnos e ir a comer o simcran actividades relacionadas con la búsqueda de plemente estar un rato juntos. Llego a mi casa en información. Sin embargo, el uso de la compula noche. Suelo ver la televisión mientras ceno. tadora en casa se amplía y se aprovecha para los Cuando me voy a acostar prendo la laptop un rato juegos en línea y el correo electrónico: “Sobre la y me pongo a jugar en internet, algún juego instatecnología recuerdo el Nintendo NES, y el Game lado en mi lap. También puedo leer algunos foros Boy del tamaño de un ladrillo. En mi escuela en los que estoy inscrito o ver videos en You tube. desde primaria nos daban clases de computación Así mismo, casi siempre a las 12 de la noche suelo (unas Mac viejísimas), pero el acceso a Internet entrar a la página del New York Times para enteera muy malo. Cuando lo tuvimos en el hogar rarme de las noticias del día (informante hombre, lo usábamos principalmente como medio de ende 16 a 20 años). tretenimiento y correo electrónico” (informante

Rituales de iniciación tecnológica En la generación Y el primer acercamiento a la tecnología se da principalmente a través de los videojuegos. Los padres y familiares son quienes proveen a los niños de estos juegos y en cierta forma los inician a ellos. En nuestro estudio, 79 por ciento de los jóvenes estudiantes usaron videojuegos entre los cinco y diez años. Aquí se presentan diferencias de género: unas se explican por exclusión y otras por opción de las propias niñas que no encuentran atractivos los videojuegos (en el imaginario los videojuegos se asocian con los niños/hombres). Sin embargo, también encontramos testimonios de jóvenes mujeres que, como en el caso de sus pares masculinos, fueron iniciadas por hermanos o primos mayores. Creemos que en la generación Z esta brecha de género se irá borrando, en respuesta a las aproximaciones más equitativas de los roles de niños y niñas y a la hipersegmentación del mercado que desarrolla videojuegos y equipo para niñas (PSP color rosa, por ejemplo). La generación Y (y probablemente también los jóvenes de la generación Z) empiezan su segundo rito de iniciación tecnológica a través de la computadora y el acceso a Internet, puesto que es parte de una reforma curricular que incluye programas de computación desde la educación básica e involu-

hombre, 21-25 años). En tercer lugar tenemos los celulares, que en la generación Y aparece entre los 11 y 15 años (relativamente tarde si los comparamos con la generación Z). El celular también aparece como un equipo provisto por los padres para resolver problemas de comunicación con los hijos, particularmente en el contexto de zonas urbanas: “Con la tecnología, me dieron un celular porque mi mamá estaba embarazada, entonces si nacía mi hermano me tenían que avisar para saber quién iba entonces a recogerme a la escuela” (informante mujer, 16-20 años). Luego aparecen los chats y los mensajes de texto, ritos que son iniciados por sus pares (amigos, hermanos, primos) principalmente mediante razones relacionadas con la comunicación y la sociabilidad: estar en contacto con amigos y familiares, cambios de escuela o ciudad, vacaciones, entre otros.

Competencias tecnológicas Estamos entendiendo las competencias tecnológicas como el manejo eficiente de las nuevas tecnologías. A pesar de que en muchos casos los jóvenes inician su acercamiento y conocimiento de la tecnología en el área de la formalidad (escuela), es importante mencionar el papel crucial que juega la informalidad en el proceso de adquisición de esas competencias. El aprendizaje

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tecnologías con fines más allá de la consolidación de sus redes sociales, la comunicación y el entretenimiento.

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Cibercomunicación

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informal se articula a través de distintas vías: el autoaprendizaje de prueba y error (picándole), el autoaprendizaje a través de tutoriales obtenidos en la misma red y, en menor medida, manuales; el aprendizaje por imitación o iniciación de pares mayores (hermanos, primos) y el aprendizaje por iniciación de los padres. En resumen, la adquisición de las competencias es un conjunto de estrategias mixtas, formales e informales, que permiten al joven descubrir el universo tecnológico. Sin embargo, es importante señalar que en la mayoría de casos estas competencias no las integran y aplican a sus competencias académicas, ya sea por falta de visión, interés o de curiosidad por explorar en esta esfera, o porque la propia institución educativa no proporciona los espacios para ello: “Picándole” (hombre, 16-25 años), “por inercia” (hombre, 16-25 años) “prueba y error, la práctica hace al maestro” (hombre, 16-20 años). Encontramos que las posibilidades que ofrece la tecnología se encuentran subutilizadas por los jóvenes. La mayoría baja música (88.3 por ciento) o ve videos en YouTube (97.2 por ciento), pero sólo utiliza uno o dos motores de búsqueda (Google o Yahoo, 60.4 por ciento), no están suscritos a flujos RSS (53.2 por ciento) y la mayoría no ha creado materiales para incorporar en la red (podcasts, videos para YouTube, artículos para Wikipedia). Esta situación hace evidente que sus opciones de gestión de la información y producción de contenidos es bastante limitada y no aprovechan las posibilidades de las nuevas

La computadora Este aparato no sólo es hardware, software y dispositivos auxiliares, sino el medio principal a través del cual los jóvenes estudiantes trabajan (off y on line). En los resultados de nuestro estudio encontramos que 95 por ciento de ell@s tienen laptop, el resto son de escritorio. En la “compu” buscan contenidos, acceden a la red, se construyen, se representan, se divierten, consumen, juegan, interactúan, en este nuevo entorno que es el ciberespacio. Este equipo es parte fundamental de la vida juvenil. Es el único aparato del que no se desprenderían. Otra distinción interesante es que las computadoras de escritorio se utilizan en el ámbito privado, mientras los teléfonos celulares de todo tipo, laptops y palms están hechos para ser usados en espacios públicos “por lo que independientemente de ser o no necesarios (…) son símbolos de estatus.” (Yehya, 2008: 31) Las computadoras de escritorio son renovadas por lo general cada cuatro años o más y las laptop cada dos o tres años. El celular Si los jóvenes tuvieran que elegir un segundo dispositivo electrónico, éste sería el celular. Dicho aparato nos ha permitido comunicarnos a distancia prácticamente en todo momento y casi en cualquier lugar. Por los jóvenes es asumido como algo natural. Naief Yehya clasifica al celular dentro de las tecnologías transparentes, que son aquellas tan integradas a la cotidianidad que pasan inadvertidas, prácticamente invisibles. En la encuesta realizada encontramos que el total de los estudiantes encuestados tienen celular, de los que 70 por ciento no tiene conexión a Internet. Estos celulares se caracterizan por ser cada vez más versátiles y con mayor capacidad para ser personalizados. Son renovados por lo general cada año o menos (52 por ciento): “En cuanto a celulares es una herramienta de uso muy común, mi celular lo utilizo como reloj, calculadora, despertador, agenda, para escuchar música, para llamar a mis amigos en la escuela y saber en dónde están o para hablar con mis papás o mi hermano” (informante mujer, 16-20 años). El correo electrónico El correo electrónico ha sido un medio natural y pragmático de comunicación entre los jóvenes y de los jóvenes con los adultos (principalmente


Jóvenes nativos digitales: mitos sobre la competencia tecnológica

maestros y familiares) que responde “a una era de intercambios vertiginosos, un tiempo en que domina la ilusión de que nadie tiene un segundo que perder” (Yehya, 2008: 51). Sin embargo, en la percepción de los jóvenes el correo constituye un medio de mayor formalidad, de mayor lentitud (no se maneja en tiempo real) y con mayores limitaciones que otros medios. Para los jóvenes el correo electrónico presenta un inconveniente mayor a causa de la saturación de la bandeja de entrada con correos no deseados o spam (cadenas, publicidad, chismes, etcétera), lo que implica invertir un tiempo considerable en seleccionar aquello que es necesario o interesante y desechar el resto: “Muchos no leen el correo electrónico porque hay muchos avisos, cadenas. A la gente le aburre ver cadenas. El inbox se llena mucho, prefiero usar el chat” (informante mujer, 16 años). Por estas razones, el correo electrónico entre los jóvenes se destina a funciones específicas que tienen que ver con relaciones más distantes, con personas de mayor jerarquía o asuntos que se consideran menos urgentes. Los chats y los mensajes de texto son más flexibles, dinámicos y funcionales, permiten la interacción en tiempo real y la accesibilidad de manera prácticamente permanente: pueden estar disponibles para sus contactos en el momento que lo decidan y resolver cualquier eventualidad de manera inmediata. El chat El chat es uno de los espacios sociales y de comunicación de mayor antigüedad y popularidad entre los jóvenes para interactuar en tiempo real. Los chats son fáciles de usar, y junto con el correo electrónico y los mensajes de texto de celular constituyen las primeras herramientas que los niños y jóvenes aprenden a usar para establecer comunidades afectivas y sociales. El chat detona para los jóvenes múltiples posibilidades de exploración de su ser y la adopción de identidades líquidas, fluidas y cambiantes (Bauman, 2004) que pueden ser reinventadas por ell@s, adquirir el poder de la ubicuidad y asumir la capacidad de multiplicidad o estar presente en diversos espacios al mismo tiempo (Yehya, 2008: 54). El chat es muy utilizado por los jóvenes en diferentes sentidos: puede servir como válvula de escape o alivio de la monotonía cotidiana (distraerse, hacer amigos), como herramienta o instrumento de trabajo (envío de © Federico Gama.

archivos, solución de problemas) o como una forma de interacción directa, dinámica, efectiva y afectiva con sus redes sociales: el chat crea comunidad. El servicio de chat más popular entre nuestros jóvenes es el messenger (95.5 por ciento lo usa). Este programa aporta nuevos atractivos con una mayor sofisticación en relación con los programas de chateo tradicional, incorpora iconos gestuales que ayudan a simular la comunicación no verbal, se puede incorporar una cámara para obtener la imagen del interlocutor, además se puede personalizar (fondos y colores), lo que permite que los jóvenes puedan expresar su estilo e identidad. Actualmente las innovaciones tecnológicas en los celulares (bluetooth, cámara integrada, grabadora, etcétera) potencializan las aplicaciones del messenger y permiten a los jóvenes nuevas posibilidades: “En la mañana conecto mi ipod para escuchar música mientras me baño y arreglo. Después me pongo los audífonos y los traigo todo el día mientras no interactúe con otra persona o entrene. Me conecto a msn desde mi teléfono al llegar a casa me conecto a internet desde mi laptop, también me conecto a msn desde mi laptop. Busco información en internet, bajo música, facebookeo y duermo” (informante mujer, 21-25 años). Mensajes de texto o instant messages ( im ) Son uno de los medios más exitosos y populares de comunicación. Se trata de un programa basado en el intercambio de breves mensajes de texto en tiempo real, por lo cual se mantiene una conversación muy similar a la que se desarrolla cara a cara. Los jóvenes lo utilizan principal-

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Reflexiones

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mente para ponerse de acuerdo con los amigos y forma parte esencial de la cotidianidad juvenil (encuentros y desencuentros, coqueteo, seducción, participación política, acuerdo para tareas y trabajos en equipo). Los mensajes de texto son recibidos por aparatos compatibles que pueden ser computadoras, teléfonos celulares, etcétera. Resultan económicos e instantáneos. Redes sociales El crecimiento de las redes sociales en los últimos cuatro años ha sido exponencial. La popularidad de las redes sociales radica en su versatilidad, la posibilidad de reforzar redes emocionales preexistentes a través de recursos multimedia y contenidos simbólicos: ver fotos, saber qué hacen tus amigos, conocer sus estados de ánimo, obtener información acerca de sus rasgos de personalidad e intereses, intercambiar música o “seguirlos” son algunas de sus posibilidades. El uso de estos sitios de redes sociales gira en torno a la autoexploración y el reforzamiento de relaciones preexistentes fuera de lo virtual. La interfaz moldea el tipo de sociabilidad que se da dentro de ella: “Mantengo contacto vía messenger, email, Facebook y hi5 con miembros de mi familia que viven en otros estados. Compartimos fotos y platicamos a veces” (informante femenino, 16-20 años).

Conclusiones La población de este estudio comparte algunas de las características de los migrantes digitales y también características de los llamados nacidos digitales. Son una generación tecnológicamente liminal, pues tuvieron que aprender a utilizar

la tecnología, pero su corta edad y su contexto socioeconómico les permitió adoptarla y apropiársela de manera más rápida que la generación anterior. Este hecho se explica probablemente por la cohorte de edad y formas de exposición a la tecnología en función de su extracción social. Se ha planteado la existencia de gradientes en el manejo de la tecnología. La diferencia en el nivel de competencia entre migrantes y nativos digitales no necesariamente coincide con la edad como primera condición, sino con factores relacionados con la brecha digital, el nivel socioeconómico, el nivel de exposición de los jóvenes a estas tecnologías, los niveles de adopción a través de la educación formal (sistema escolarizado) e informal, y la apropiación de estas tecnologías tanto para la sociabilidad como para sus actividades académicas. Nuestro grupo de estudio corresponde a la elite interconectada y altamente equipada de la sociedad mexicana y por ello presenta un alto nivel de conocimiento e infraestructura tecnológica que los acerca en esos aspectos a jóvenes de otros contextos más desarrollados. La tecnología es una parte indispensable o muy importante en sus vidas (78 por ciento), constituye su cotidianidad. El resultado, como señala Carles Feixa, es la constitución de una “subcultura juvenil de internet” de márgenes difusos que acerca a estos jóvenes mexicanos con los de otros países, en este caso tanto en la intensidad o calidad de su acceso a la red como en el efecto que las comunicaciones y comunidades virtuales (redes sociales) tienen en su vida cotidiana. Entre las limitaciones de nuestro estudio podemos mencionar la necesidad de ampliar


Jóvenes nativos digitales: mitos sobre la competencia tecnológica

el rango generacional y de nivel socioeconómico, para demostrar en términos comparativos intergeneracionales y entre distintos niveles económicos cómo se construye la brecha generacional y digital (niños y adultos de mediana edad y mayores, escuelas públicas y privadas). Algunas de las preguntas abiertas para futuras investigaciones giran precisamente en torno a la distinción entre esta generación de jóvenes y las generaciones precedentes y su generación subsecuente, la distinción entre estudiantes de escuelas públicas y privadas, urbanas y rurales, en el desarrollo de competencias tecno© Federico Gama. lógicas, la pregunta sobre competencias cognitivas y la educación en este de las tecnologías de la información y el uso de nuevo entorno, y las nuevas formas de democrainternet se da a edades cada vez más tempranas. cia y participación política que pueden tomar La problemática sobre la gestión de la informaforma a partir de las posibilidades tecnológicas ción (selección, jerarquización, análisis, producy de la red. ción) es también una competencia que debe Es necesario construir una cultura digital y el ser desarrollada a temprana edad, si pretendedesarrollo de competencias tecnológicas a través mos que nuestros jóvenes estén suficientemente de su incorporación curricular en los primeros capacitados para enfrentar los retos del mundo años de escolaridad, en correspondencia con el actual. hecho de que el acceso, adopción y apropiación

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Géneros difusos: entre espadas y crisantemos, monstruos y prodigios Mauricio Sáenz Ramírez*

La ciencia debería de ser el primer dios que escape a esa desagradable tentación divina de hacer al hombre, a su imagen y semejanza (Anónimo). Muchos jóvenes son jóvenes aun a pesar de ellos (Anónimo).

Los niños con los niños, las niñas con las niñas n 1961 James S. Coleman señalaba: “existen indicios de que la cultura de las muchachas deriva en algún modo de la de los muchachos: el papel de la chica es estar ahí y verse bonita, esperando que la estrella deportiva vaya hacia ella. Debe cultivar su apariencia, ser vivaz y atractiva, usar la ropa adecuada y luego esperar hasta que el jugador de futbol, cuyo estatus está determinado por sus logros específicos, venga a escogerla” (Coleman, 2008: 153). Casi medio siglo después, Lazeena Muna reporta la situación de la “conducta sexual” de la gente joven en Dacca mediante un texto en el que un punto focal corresponde a ideas como “las conductas aceptables”, “cómo ser un hombre

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o una mujer ideales” y la “pureza sexual” (Muna, 2005). A más cuatro décadas de distancia, y a través de una variopinta gama de formas y contextos espaciales y temporales; el fondo de los discursos ha mantenido cierta cadencia, uniformidad y continuidad cuando se trata de hablar de esos puntos en que confluyen juventud, sexo y género. Desde las investigaciones de Talcott Parsons, Margaret Mead y Ruth Benedict, hasta muchas de las más recientes –insertas ya en los estudios de juventud propiamente dichos–, las categorías de sexo, género y sexualidad han sido dadas por sobreentendidas, así como la juventud ha sido estereotipada en otros ámbitos.

Estudiante del Posgrado de Antropología Social, enah-inah. Email: meurigthefool@yahoo.com


Géneros difusos: entre espadas y crisantemos, monstruos y prodigios

Y aun cuando encontrar menciones de hombres y mujeres jóvenes, en realidad no es algo que se dé con poca frecuencia; son los supuestos que este nombrar encierra los que deberían ser sujeto de debate. Un primer paso en este sentido se da al considerar desde los primeros estudios en que se conjuntaban la juventud, el género y el sexo que tales conceptos han partido de la construcción de una identidad heterosexual (tomada como la regla, la “normalidad” y la mayoría/hegemonía), dejando de lado jóvenes lesbianas, homosexuales, transexuales, bisexuales... (Valentine, Skelton y Chambers, 1998), negando así toda una arista de la diversidad humana © Federico Gama. en general, y de las juventudes en particular. Un segundo señalamiento se refiere a toda adjetivos y no llegan a conformarse como cateesa investigación juvenil que intenta ahondar en gorías de análisis. estos temas, pero considera las problemáticas del Todo lo cual demuestra la necesidad de inisexo y el género a partir de preocupaciones, conciar investigaciones en estos tres temas evitando textos y actividades adultas, lo cual acaba por priorizar el análisis de sólo una de estas categollevar muchas de las discusiones alrededor de la rías por encima de las otras y, por el contrario, equidad de género, la salud sexual y reproduchaciendo énfasis en sus interacciones, imbricativa; en el mejor de los casos, quedan reducidos ciones y articulaciones. a narraciones sobre particularidades culturales consignadas como estudios de caso (Bucholtz, El, ella, eso 2002). El problema en este sentido es que los Desde épocas tempranas, cuando eran púberes, jóvenes aparecen como actores silentes, con voz efebos y mozos, hasta que se constituyen como prestada por los adultos; mudos transeúntes promuchachos, adolescentes y finalmente jóvenes ducto de todo menos de su capacidad de deci(Urteaga, 2007), estos “ya no niños” y “aún no sión, y que tienen como prioridad no quiénes adultos” han sido percibidos socialmente como son, sino en quiénes deberán convertirse. seres liminales con tintes fisiológicos, enfrasEl tercer escollo es identificable al considerar cados en ritos de paso y transiciones. No son que además del heterosexismo y adultocentrismo sujetos, sino que están sujetos por los discursos que regían (y siguen rigiendo) de manera indirecta jurídicos, médicos, escolares y/o religiosos, los (o no) las investigaciones en que se imbrican la cuales pretenden que los jóvenes sean seres sexualidad, la juventud y el género, no se puede asexuados, andróginos e incorpóreos, que sólo dejar de lado el hecho de que en muchos casos, adquieran sustancia en razón del papel que los y por mucho tiempo, cuando se ha hablado de adultos crean que deberán desempeñar. Y sólo jóvenes en realidad se está hablando de hombres bajo determinadas circunstancias el “ser hombre jóvenes, reforzando la hegemonía masculina fino ser mujer” (sea lo que sea que esto signifique) cada en muchas sociedades. Quedando las mujecobrará cierto valor e interés académico. Por otro res jóvenes fuera de la historia, sin importar su lado, se da por sentado que este ser hombre o ser historia y papel dentro de las juventudes. mujer es heterosexual, y esta categoría ha estado Por último, es necesario cuestionar aquellas asociada a una fórmula que parece simple: tener investigaciones en las que se denomina a los pene es igual a ser hombre, y tener una vagina es sujetos de manera contundente (e incluso arbiigual a ser mujer; eso es lo “natural”, y quien lo traria) como “jóvenes, hombres o mujeres, hetedude sólo tiene que mirar entre las piernas. rosexuales u homosexuales”, y que sólo por este El resto, eso que es “lo masculino” y “lo femesimple acto clasificatorio se asignan a sí mismas nino”, es cuestión de género. Pero incluso el lecun sitio dentro de las investigaciones sobre juventor podría no extrañarse por ello, porque la idea tud, sexo y género, aun cuando en estos casos en de que el género es la expresión cultural de un “sexo particular tales denominaciones no pasan de ser natural” con supuesto sustento en las diferencias anató-

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micas, es una propuesta que hasta hace poco era considerada científicamente válida; sin embargo, recientes debates han señalado que esta definición deja de lado el hecho de que el género, lo mismo que el sexo, es una construcción social, sólo que la primero fue creada ex profeso para tener un carácter prediscursivo que sustente a la segunda (Butler, 2000, 2001). Y aun cuando género y sexo, como construcciones culturales, poseen una condición constitutiva dentro de los procesos de las conformaciones identitarias; ambas son categorías normativas. Ello tiene su origen en las teorías biologicistas y el saber médico, las concepciones jurídicas del individuo y todas las formas institucionales de normar, las cuales insisten en demarcar a los sujetos sin ambigüedad, para evitar la proliferación de seres que no puedan ser definidos ni controlados. Por ello, los discursos institucionales expresan en cierta medida lo que los sistemas históricamente situados quieren y desean para y de los sujetos: [...] el efebo es objeto de una preocupación valorizante en toda la cultura griega a causa de la posición que le tocaba cumplir al adolescente en la economía de la sexualidad, donde podía ser pasivo, pero era noble como ciudadano varón. Sin embargo, el hecho de que en este mismo efebo

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estuviera en germen el futuro ciudadano y éste pudiese conservar rastros de “pasividad sexual” en la vida adulta (lo que le asemejaba a una prostituta) llenaba a los pensadores griegos de honda preocupación [...] (Amícola, 2000: 25).

A su vez, al hablar de los llamados hermafroditas en el siglo xvi, Ambroise Paré señala: [...] y a estos, las leyes antiguas y modernas les hicieron –y les hacen aún– elegir qué sexo desean utilizar, con prohibición, so pena de perder la vida, de utilizar aquél que no hubieran escogido, debido a los inconvenientes que de ello pudiera resultar. Pues algunos han abusado de tal manera, que mediante un uso mutuo y recíproco se entregaban a la lascivia con uno u otro sexo, a veces de hombre, a veces de mujer, puesto que tenían naturaleza de hombre y mujer adecuada para tal acto [...] (Paré, 2000: 38)

Estos ejemplos sirven para demostrar que, debido a su propia naturaleza regulatoria, los propios sistemas normativos no sólo acaban excluyendo, sino además, y de manera paradójica pero consecuente, produciendo a los sujetos que van a excluir: todos aquellos que no resulten definibles o “inteligibles” –como sostiene Judith Butler– en los discursos hegemónicos; es decir, los que no se ciñen a las concepciones clásicas de sexo, género y deseo. Por ello se puede concluir que no hay género, ni sexo, ni cuerpo, e incluso no hay juventud, previos a la cultura. Todos son discursos construidos y determinados por sujetos históricamente ubicados. Sin embargo, es erróneo pensar a los actores como simples cántaros que se van llenando de significados que constituirán su esencia. En todo caso estas construcciones, de forma irónica conducen a un resultado no deseado por las instituciones, pues dan pauta a la formación de sujetos reflexivos que no necesariamente se identifican con las representaciones impuestas, resignificando o elaborando nuevos elementos que les sean de utilidad en la construcción de su “yo”. Bajo estas circunstancias, nuevas categoría entran en juego. Dado que parte de estos procesos reflexivos se dan desde las prácticas mismas, los deseos, la búsqueda de placer, las ansias por satisfacer la curiosidad y la significación/resignificación del cuerpo, todo ello puede invitar a transgredir las normas y elaborar estrategias que ayuden a lidiar con ellas. Tales prácticas aportan nuevos elementos a la conformación de identidades, lo cual no es un proceso estático sino reflexivo, que involucra e incorpora constantemente nuevos elementos a partir de la capacidad de agencia, la creatividad y los cuestionamien-


Géneros difusos: entre espadas y crisantemos, monstruos y prodigios

De los jóvenes y lo que se supone que tienen entre las piernas. ¿De qué sexo eres? ¿Masculino o femenino?

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Otra de las complicaciones surge cuando hablamos de heterosexuales; porque ni todos los que tienen pene son “hombres”, ni todas las que tienen vagina “esperan al pene de su vida”, por lo que se hace necesario elaborar una pequeña reflexión en torno al sexo y la juventud. He sostenido que el sexo es en sí una construcción elaborada para dar sustento y justificación al género. Esta definición pone en tela de juicio un supuesto que se ha dado por sentado y “evidente” durante siglos, al proponer que la vagina o el pene son una construcción social, y por tanto no son naturales. Esto no niega la presencia de estructuras anatómicas, sino el que éstas posean de manera intrínseca “atributos” que impliquen normar el comportamiento, las prácticas, los deseos y las afectividades (sobre todo de forma tan homogénea). En principio se ha querido manejar el sexo como acultural y ya dado; sin embargo, cuando se trata de delimitar lo que éste significa la situación se complica, pues incluso bajo las perspectivas más conservadoras tener vagina o pene no sólo se interpreta como ser hombre o ser mujer. Ello da pie a una de las críticas más severas en torno a las posturas que sostienen que el género es una consecuencia causal del sexo, dado que lo femenino y lo masculino no tienen una única forma de expresarse en las diversas culturas.

tos mismos. Así, la experiencia se constituye como una fuerza ante la imposición de normas y teorías. Todo este proceso deriva entonces en una suerte de batalla campal entre nombrar y nombrarse, ya que los discursos institucionales (incluyendo los de muchos investigadores) exigen una coherencia de los actores juveniles respecto a las representaciones creadas para ellos, donde la coherencia se entiende como una consecución lógica de elementos: pene = hombre = masculino = deseo por las mujeres. Esto tiene por intención que los seres sean inteligibles para las instituciones, pues en caso contrario se toparían con esas “bestiecillas transgresoras y depravadas que se deben “enderezar” y/o “curar” para que sean buenos adultos, coherentes y heterosexuales, o bien eliminarse. Las disputas por los nombres se han extendido incluso a muchos cuerpos académicos que aún presentan posturas reacias –conscientes o no– en torno a la diversidad, lo cual se traduce en una ansiedad constante por crear nuevas categorías que delimiten y, de ser posible, limiten a los actores. © Federico Gama.

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Incluso tal relación sólo cobra sentido cuando es concebida a partir de un sistema binario, pene/ vagina-hombre/mujer, heterosexuado y reproductivo, que en caso contrario da paso a anormalidades, transgresiones y perversiones; tornando en seres abyectos a quienes no se ciñan a tales premisas. En adición, el sexo se ha manejado como elemento clave que sustenta conceptos normativos basados en etapas de un desarrollo físico. Ejemplo de esto son los “caracteres sexuales secundarios”, generadores de tantas angustias entre jóvenes a quienes no les aumenta el tamaño de sus senos, no se les engrosa la voz, no les sale barba o, peor aún, no les crece el pene. Bajo esta lógica, el sexo en relación con los jóvenes se erige como un referente de prestigio y poder, pertenencia y afirmación del “ser”. Y sirva esto como ejemplo para resaltar la tendencia a utilizar y reducir el “sexo” a sólo un sinónimo de género, genitalidad e identidad, lo cual pone en evidencia las exigencias y posturas de un sistema sociopolítico. En el otro extremo, existe una tendencia a utilizar sexo como sinónimo de práctica sexual, y dado el “desenfreno de los jóvenes por todos conocido” es necesario regularle –aun cuando esto parte de supuestos y posturas de adultos–, para así evitar enfermedades, embarazos y expresiones de violencia que pongan en riesgo a los adultos (presentes y futuros). En estos casos el problema es que las prácticas en general, y la reproducción en particular, son utilizadas como argumentos que refrendan las diferencias y desigualdades creadas a partir de lo que “debe o no ser”. Sin embargo, no hay un sólo momento en que el sexo no se esté significando, por lo que todo aquello que se es y se hace a partir del mismo sólo puede corresponder en última instancia a los ámbitos de la cultura.

De los jóvenes y de lo que se supone que deben hacer por lo que tienen entre las piernas. O sobre quién soy, con quién lo hago y quién se me antoja El género, entonces, como consecuencia de un sexo previamente establecido por la “madre naturaleza”, es traducido como la expresión cultural del segundo, lo que da paso a la conformación de la feminidad o masculinidad “correspondiente” a la genitalidad. Así, género es una categoría que se ha esencializado y naturalizado como parte del desarrollo humano, pero también de los sistemas de poder, y ha servido para justificar la inequidad. Entre los jóvenes, el género parece ser la carta de admisión dentro de los procesos de socialización y socialidad en la escuela, el trabajo, la

familia o la calle. Hay cosas que los “muchachos” hacen y está mal visto que “una señorita” haga. O en ciertos casos, la manera más “lógica” de ser trasgresor es actuar o figurar dentro del género “opuesto”. Parece que la juventud es el último lugar en el que puede estarse “desdibujado” y, como mucho de lo que se espera en el futuro adulto, después de este “periodo” ya no se admite la indefinición, mucho menos la trasgresión en los ámbitos tocantes al género. Ser hombre o ser mujer entonces –al igual que convertirse en adulto–, se convierte en la meta. Pero el proceso no es simple, ni mucho menos inicia con la aparición de los “caracteres sexuales secundarios” –de hecho tampoco transita por un solo camino–. Si bien es en la juventud cuando se espera que esto se afirme –por lo menos en la sociedad occidental–, todo da inicio desde el nacimiento (y quizá antes). En el momento mismo en que un doctor tiene a bien decir “es una niña” o “es un niño”, parece que “naturaleza se convierte en cultura y cultura en destino”, y la vida de cada sujeto entra en un proceso de normatividad y “normalización”. Se le enseña qué puede o no hacer o decir en torno a su cuerpo, pero también a sus emociones, sus deseos, sus placeres y sus hábitos, todo lo cual da paso a un género que es contingente, pero también performativo (Butler, 2001, 2002). El género se traduce en un referente mismo de la existencia humana. Pero aun cuando se constituye como regidor, “ser hombre” o “ser mujer” no es precisamente algo tan concreto. Pensemos en todas las características, atributos, imágenes y representaciones que existen en torno a “ser hombre”, ¿es posible que cada individuo con tal adscripción cumpla con todas y cada una de ellas? No. De igual forma pasa con “ser mujer”; entonces la pregunta es ¿qué pasa con todos aquellos que no cumplen con siquiera alguno de esos ideales? Y es justo aquí donde el género puede verse como estructura en el sentido que plantea Anthony Giddens (1979): se conforma a la vez como referente de lo permitido y como institución que constriñe y excluye a partir de lo que no puede o no debe hacerse. Por ejemplo, no importaría tanto un hombre joven sin bigote como el hecho de que se pintara los labios. O bien no es tan “problemática” una mujer joven a la cual no le aumente la cadera, siempre y cuando no actúe como “machorra”. Muchos ejemplos dan cuenta del carácter estructural del género (y en este caso en su matriz heterosexual) y de su papel como categoría normativa, donde la diferencia está dada sólo a partir del complemento dentro del binomio hombre/mujer.


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Los géneros difusos. De cachorros y titos hasta intersexuales y queers La anterior discusión plantea retos a las investigaciones que involucren las categorías de juventud, cuerpo, género y sexo. El mismo hecho de cómo articularlas o entrelazarlas plantea el problema de ubicar y cuestionar los sistemas normativos que permiten y regulan determinadas construcciones en contextos particulares, así como la postura de los actores frente a ellos. Pues incluso bajo la mirada más rígida no hay una forma única de ser hombre o mujer, masculino o femenino para los jóvenes, por lo que valdría le pena considerar su postura a este respecto. También se debe recordar que, en el caso de los jóvenes, la apropiación de sus discursos en tanto sujetos juveniles es un proceso reciente, heterogéneo y local. Por ello, una aproximación a ellos y ellas requiere elaborar definiciones desde sus propios términos, retomando las formas en que se apropian y resignifican elementos. Esto implica la capacidad de autonombrarse y autoconstruirse, lo cual a su vez puede dar paso a la elaboración de un discurso que permita hablar a cada actor en primera persona, pues quien posee el lenguaje posee la capacidad de nombrar y clasificar. El nombrarse da la posibilidad de asumir un papel en un contexto social, lo que podría ser una forma inicial de construcción del sujeto. Y esta resignificación no sólo se referiría al sujeto, sino también a sus prácticas, entornos, materialidad, y por supuesto a la forma en que se viven y significan categorías como sexo y género. Con

ello la apropiación, elaboración y resignificación de elementos referentes llevaría al consecuente análisis sobre los procesos de agencia de los actores. Un punto importante a considerar es que los jóvenes pueden encontrarse en una posición en que la comunidad que los acuna no acaba de conocerles y aceptarles, pero sí está dispuesta a rechazarlos y sancionarlos con presteza, lo cual recrudece la tensión cuando se trata de cuestiones como sexo y género. El rechazo de los jóvenes que no se ajustan a los cánones sociales establecidos en torno al sexo y el género puede conllevar deterioro de la autoimagen y la concepción de su propio ser como algo abyecto. Dichas presencias rompen la “normalidad social”, pierden su anterior realidad, y usualmente son ubicados en el terreno de lo “malo”, entendidos como amenaza al sistema normativo. Y nuevamente eso que se cree tan esencial rebasa lo biológico, dado que la vivencia del sexo y el género en cada sujeto se ve forzosamente modificada por una experiencia vinculada a los contextos socioculturales e históricos. Cabe recordar que ningún órgano sensorial está especializado en la percepción de la trasgresión y lo subversivo; lo “normal” tampoco tiene un sonido, olor, sabor, color o textura inherente, por ello jamás se perciben de manera idéntica por dos o más personas. Factores como la religión, la educación, la familia, el momento histórico, los sistemas de consumo, los medios de comunicación, las relaciones interpersonales, la identidad, y las ideologías hegemónicas juegan un


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papel destacado en la (auto) concepción de tales constructor; éstos no parten de un flujo sensorial, sino de la percepción (entendida como racionalización) de ciertos rasgos. Ser joven, ser hombre o mujer, o no serlo, está más íntimamente relacionado con formas elaboradas, aprendidas y transmitidas a lo largo de la historia de la humanidad, y no tanto con características de la evolución biológica. Por tanto, estas categorías, y el impacto de su trasgresión, en realidad dependen en gran medida de la significación dada por quien vive lo uno y lo otro, conformando una caja de resonancia de significaciones sociales y personales que muestran claramente los procesos sociales e históricos que intervienen en la constitución de los sujetos en un momento y lugar determinados. Partiendo de esto es posible entender la necesidad de los adultos de definir a los sujetos jóvenes. Es muy factible que mientras menos referencias de identificación, haya mayor espacio para el rechazo y la desconfianza. La imposibilidad de identificarse con los jóvenes por cuestiones etarias o generacionales ya es de por si fuente de ansiedad; por lo cual es probable que se acuda a un segundo grupo de categorías para estable-

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cer tratos. Entre ellas estarían el sexo y el género, dado que se sigue “siendo hombre o mujer” sin importar edad o generación. Por tanto, cuando también estos referentes se cuartean, cuando son aun menos los atributos (físicos o no) que favorezcan la identificación, es cuando surge la necesidad de normar y sancionar con mayor rigidez. Por esto se explica que si los jóvenes inspiran ideas de rebeldía y “locura”, y además infringen (o parecen hacerlo) aspectos como el sexo y el género, sean considerados como amenaza. Parecen oponerse a la sociedad y se sitúan fuera del conjunto de reglas que parecen no querer reconocer, perturbando las nociones de identidad, las instituciones y los límites. Como además se tiende a pensar en estos jóvenes como evidentes o visibles, es decir “se les nota”, la perturbación aumenta cuando estas evidencias no pueden ubicarse a simple vista. La idea de “si no se puede confiar en la propia percepción de la ‘realidad’ para distinguir los ‘peligros, ¿en qué se puede confiar?´” incrementa la tensión, lo cual puede traducirse en una mayor rigidez en las normas. Pero aun dentro de esta situación no todos los jóvenes son valorados de la misma manera, interviniendo factores como la edad, etnia, nivel

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socioeconómico, vínculos afectivos o los conceptos de belleza hegemónicos. Así, las características de unos, aunadas a la percepción y juicios de los otros, condicionan el trato entre ambas partes, dejando como resultado algunos seres tolerados y otros aún más rechazados. Recordemos que los grupos ejercen presión en favor de sus normas de identificación, y que incluso en el terreno de las prácticas sexuales no todos los cuerpos se mezclan de la misma manera. Un ejemplo de ello me lo proporcionó un informante, cuando al hablar sobre el “ligue” refirió: “a los viejos nadie los pela,

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por eso hay que hacer todo lo posible para verse joven; pero si además pareces muy nacional y proletario, la cosa se te a va complicar, digo, alguna gracia debes de tener...”. Los sistemas de poder intentan mantener cierto control sobre las cosas, e incluso llegan a utilizar la tolerancia como un recurso que permite manejarse todavía bajo las propias reglas y ser dueño de las percepciones. Eso sí, en todo momento se le recuerda a quien es “tolerado” el precio que ha de pagar por transgredir su existencia: perdida de reputación, reprimendas, aniquilación de la autoestima, privación de libertades y derechos; tristemente, los grados de la reacción colectiva son más numerosos que las alternativas. Por ello valdría la pena recordar que cuando miramos también descubrimos, reconocemos e identificamos, pero también ignoramos y culpamos, lo cual debería llevarnos a preguntar si los demás lucen así por lo que son, o si nos parece que lucen así por lo que creemos que son. Todo esto se puede traducir en nuevos derroteros en los procesos de investigación, al poner bajo la mirilla discusiones que pueden abarcar tanto lo empírico como lo conceptual. Identidades como “trans”, “cachorros” y “titos” en México, o los twinks o genderqueer en países angloparlantes, movimientos como el bash back o gender fuck y términos como queer deben ser problematizados a la luz de la ingerencia que los jóvenes tienen en ellos. Incluso la ausencia de las mujeres jóvenes en las investigaciones es una deuda pendiente: desde el hecho de ignorar cómo se construyen (o cuestionan) sus feminidades, la forma en que conceptualizan sus cuerpos, los discursos que manejan en torno a sus deseos y placeres, la significación y resignificacion de procesos como la menstruación, la maternidad, las prácticas sexuales, e incluso la violencia sexual, son sólo algunos ejemplos de la larga lista de pendientes en este rubro. La apropiación de espacios, la resignificación de elementos, y la elaboración de nuevos códigos son también aspectos fundamentales que se han dejado de lado; incluso, el uso clásico de las categorías hombre y mujer debería ser cuestionado, ante las nuevas formas en que los jóvenes las toman y resignifican. Cuestionamientos como ¿qué papel han jugado los actores juveniles en la conformación de eso que se llama diversidad sexual y genérica?, ¿qué papel juegan la juventud, ser joven y lo juvenil como categorías en


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la construcción de las identidades que se conforman en torno al género y la preferencia sexoafectiva (sea que cuestionen o no)?, ¿qué pasa con los jóvenes que deciden apegarse a los sistemas hegemónicos o que no quieren ser identificados fuera de ellos?, ¿cuáles son las supuestas transgresiones de los jóvenes que no se ciñen a los patrones tradicionales de sexo y género?, ¿cuáles podrían ser verdaderos actos subversivos y cuál es el papel de los contextos y las instituciones en el desarrollo de los mismos? Tales cuestiones marcarían las pautas de entrada a estudios

que imbriquen juventud, sexo y género, junto a categorías como cuerpo, deseo y placer, sin las cuales difícilmente se puede hablar de una investigación más integral. Y si a esto se le suma la deconstrucción y replanteamientos de conceptos como identidad, representación, práctica, dimensión e imaginario, el resultado nos daría un panorama más amplio de lo que significa ser joven. Porque no existe un sólo joven que no exista en un cuerpo sexuado, sometido, cuestionado y/o cuestionando al género, nos guste o no.

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Educación y juventud en Sonora: paradigmas, enfoques y realidades Rosario Román Pérez, M., Ma. José Cubillas Rodríguez y Elba Abril Valdez*

a educación formal es un proceso que demanda la participación de diversas entidades, como la escuela, la familia, el Estado y la sociedad. De acuerdo con Freire (1996), educarse no es un acto individual, ya que todos los seres humanos nos educamos en colectivo. El proceso educativo, al igual que la investigación educativa, requiere por tanto asumir una posición ético-política, para ir más allá de contenidos y conceptos que guarden poca relación con las prácticas cotidianas. Para ello es necesario algo más que recursos económicos, buenas intenciones y voluntad. La educación formal no es sólo un diploma o certificado que acredita el paso por un sistema educativo. Es menester que cumpla con su función de educar para vivir mejor en sociedad, como ciudadanos y ciudadanas activas y críticas. Las escuelas son arenas de lucha donde se dirime qué formas de autoridad, tipos de conocimiento, regulación moral e interpretaciones del

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pasado y el futuro de un país deben ser legitimadas y transmitidas a los estudiantes (Giroux, 1990). La educación escolar continúa siendo en México uno de los principales retos. Actualmente se ha logrado elevar el promedio de escolaridad de la población y la cobertura, así como reducir el analfabetismo y la deserción escolar vigentes a mediados del siglo pasado. De acuerdo con las estadísticas del último Censo de Población, nuestro país ha incrementado su tasa de alfabetismo de 90.5 por ciento en 2000 a 92 por ciento en 2005, casi 20 por cinto más respecto a lo reportado para 1970. Igualmente se incrementó la asistencia escolar, ya que 96 por ciento de niños (as) de seis a catorce años asiste a la escuela, un avance significativo respecto a años anteriores (64.4 por ciento para 1970 y 85.8 para 1990). Para Sonora, según datos del mismo censo, la tasa de alfabetismo es de 96.1 por ciento, superior a la reportada para el promedio nacional, mientras la asistencia escolar de niños (as) de 6 a 14 años

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ble, y que manejado acertadamente les asegure resultó similar a las cifras nacionales (96.1 por un futuro holgado sin depender de un salario que ciento). pierde valor día a día, con prestaciones reducidas Pese a estos avances, persisten las desigualday la incertidumbre de ser despedidos en cualquier des entre los que más tienen y los grupos margimomento, quizás en plena madurez profesional nados de la sociedad. Tal contradicción demanda ante la falta de contratos de trabajo. impulsar la investigación científica social sobre De acuerdo con la Organización Internacioaspectos como la calidad de la educación y el nivel nal del Trabajo (oit), los pronósticos para el meralcanzado, ya que ambos influyen en problemas de salud pública como el embarazo a temprana cado laboral son negativos, pues se advierte un edad, el consumo de drogas, la violencia social y recrudecimiento en la crisis global del empleo en familiar, la ideación y el intento de suicidio, y la los años venideros. Muchos jóvenes no lograrán deserción escolar entre otros. También se asocia incorporarse a la fuerza de trabajo, y la discricon el tamaño de la familia y la edad en que se minación y la violencia institucionalizada contra contrae matrimonio (Wyn y Dwyer, 2000). las mujeres jóvenes persistirá. La globalización La investigación educativa requiere, por lo en México prácticamente ha establecido cammismo, considerar las transformaciones que bios en los mercados de trabajo sin necesidad de experimenta nuestro país en la estructura polírealizar una reforma laboral. Las multinacionales tica, social, económica y de población, con otras no sólo han enterrado los sindicatos y las condinámicas desiguales, móviles y flexibles que se quistas laborales de principios del siglo xx, sino suman a las todavía irresueltas por cuestiones de que en la práctica han impuesto el perfil de trabaclase, de género o de poder (Fitoussi y Rosanvajador que requieren, sin pasar por el desgaste de llon, 2005). Las configuraciones promovidas por un debate en el Congreso de la Unión. La globalización demanda empleados maquiladores, agenel capitalismo flexible construyen un discurso tes de ventas y personal menos calificado. que enfatiza la individualización y la autonomía. En el presente trabajo buscamos responder a Estas características hasta ahora no han demosdos preguntas básicas para entender las dificultrado ser exitosas para elevar la productividad y tades que experimenta el sistema de educación mejorar la economía familiar, particularmente en países que como el nuestro, carecen de un andamiaje estructural que las sustente. Más aún, sus efectos parecen afectar elementos fundamentales como la integridad, la identidad y el compromiso de las personas al cambiar los sentidos de pertenencia y los modos de socialización (Sennet, 2000). Las instituciones tradicionales, más lentas en adaptarse a los cambios, enfrentan dificultades para ajustarse al modelo impuesto por el neoliberalismo y la globalización, y poco conocemos sobre las respuestas de las generaciones jóvenes a dos dinámicas –las de la familia y la escuela– con ritmos de transformación distintos. Si una de las instituciones básicas para educar a la persona humana continúa siendo la escuela, cabe preguntarse cómo está respondiendo a las demandas de una juventud que se desarrolla en un entorno distinto al de sus antecesores. Generalmente se asumía que el alumnado de las universidades o las escuelas técnicas se preparaba para ser un “buen empleado”, mientras la capacitación para desarrollarse como empresario(a) exitoso(a) sólo se ofrecía en algunos programas de instituciones privadas y en muy pocos de instituciones públicas. De acuerdo con los nuevos modelos del perfil laboral, los y las estudiantes deberían formarse como microempresarios, en un camino más flexi© Federico Gama.

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formal en nuestro país, y particularmente en el estado de Sonora. La primera tiene que ver con el análisis del perfil del educando, y la segunda cuestiona cómo la política educativa actual aborda las complejidades de la educación para responder a los nuevos escenarios y paradigmas globalizadores en función de las características de la población. Para ello tomaremos como estudio de caso la población de 15 y 19 años de edad que asiste a escuelas de educación media superior a partir de datos de las encuestas nacionales de juventud 2000 y 2005, así como los generados por las autoras a lo largo de más de quince años de investigación en el tema.

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Tensiones y paradojas de la juventud Según Hopenhyn (2004), la juventud de hoy ha logrado obtener un mayor nivel de educación que sus antecesores, pero no por eso tiene mayor acceso a empleos bien remunerados. En un estudio de seguimiento con jóvenes sonorenses desertores de educación media superior, el nivel promedio de educación de la población de 15 a 19 años fue de 11.9 años, mientras el de sus padres fue de 7.8 y el de sus madres 7.6. Sin embargo, al analizar los ingresos que percibían en ese rango de edad se encontró que era de dos salarios mínimos, lo que nos habla de padres que no lograron completar su educación secundaria, y si bien su prole los supera en el grado escolar alcanzado, una vez que desertan les resulta insuficiente para escapar del ciclo generacional de la pobreza (Abril et al., 2008).

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En ese mismo estudio se preguntó a los padres sobre su reacción ante el hecho de que su hijo(a) abandonara la escuela, 78 por ciento dijo no haber hecho nada al respecto, 13 por ciento mencionó que dieron apoyo económico hasta donde pudieron y 6 por ciento aconsejaron a su hija(o) para que siguiera estudiando. En cuanto a las reacciones ante tal problemática, 53 por ciento mencionó que dialogaron con el o la joven para tratar de que continuara en la escuela, 26 por ciento menciona que no hizo algo –reacción similar a la que tuvieron sus propios padres cuando ellos dejaron de estudiar– y en 12 por ciento de los caso la reacción fue de enojo y desánimo. Un 60 por ciento de los padres/madres/tutores reportó que tenían otros hijo/as con antecedentes de abandono escolar, reportando razones similares a las mencionadas anteriormente. Tal situación resulta preocupante, en tanto la deserción aparece como una constante familiar en un círculo que limita las posibilidades de movilidad social de las familias sonorenses. Al preguntar a los padres/madres por qué su hijo(a) ya no estudiaba, más de una quinta parte lo atribuyó a la situación económica; 23 por ciento dijo que por falta de interés (no le gustaba estudiar, ya no quiso seguir, flojera, no asistía, entre otras), 32 por ciento menciona que reprobó materias, 27 por ciento por problemas económicos, 11 por ciento porque no le gustó la escuela/el ambiente, y en menores porcentajes se menciona la ubicación de la escuela, embarazo/ matrimonio y problemas familiares. La reprobación de materias y la falta de interés, razones aducidas por más de la mitad de las personas entrevistadas, son aspectos que asignan un peso importante a la política educativa. Ello sin menoscabo de la responsabilidad de las familias y de los factores estructurales que interfieren con el logro de los objetivos de la educación. Varias investigaciones ponen de manifiesto que los resultados escolares tienen relación con el nivel educativo de la familia. Cuatro de cada cinco hijos(as) de universitarios(as) terminan con éxito la escuela, y sólo uno de cada cinco de padres sin estudios lo consigue (Vera y Ribó, 2000; Jurado, 2003). Ello refuerza la importancia de la retención escolar en estos niveles, a fin de que las familias cuenten con mejores recursos humanos para enfrentar la pobreza y romper su transmisión generacional. Otros estudios realizados muestran que el grado en que los padres animan


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a sus hijos se relaciona con el aprovechamiento de éstos en la escuela. Igualmente señalan que el grado en que los y las jóvenes perciben que reciben apoyo adecuado de sus familias son indicadores significativos de la adaptación escolar (Frías et al., 2002; Ginsburg y Bronstein, 1993; Valdés, 2001). Desde la perspectiva de las instituciones educativas, Posner (2004) analiza los factores que determinan la eficacia de las mismas mediante la revisión de algunos estudios realizados en países anglosajones y europeos. Entre los factores que hacen probable una mejora en la eficiencia terminal, el autor señala: liderazgo profesional del profesorado, visión y metas compartidas, entorno apto para el aprendizaje, enseñanza con sentido, seguimiento del proceso, entre otros. Concluye que es importante replantear las soluciones para problemas como la falta de acceso a la educación formal y los obstáculos socioculturales para el aprendizaje, al igual que reflexionar sobre cómo interactúan dichos factores con las estructuras educativas y las instituciones. El punto de los obstáculos socioculturales resulta crucial. Al analizar los resultados de innovaciones educativas, Angus (1993) llegó a la conclusión de que éstas resultan insuficientes para mejorar el rendimiento de estudiantes de bajos recursos y minorías étnicas. En este mismo sentido Thomas et al. (1997) señalan que las escuelas difícilmente logran borrar las diferencias en el rendimiento entre los distintos niveles socioeco-

nómicos. La desventaja social y los logros escolares parecen ser las variables claves del análisis para documentar el proceso que lleva a un(a) estudiante a desertar de la educación formal. En un estudio realizado en 2000 por Abril, Román y Cubillas (2002) con estudiantes del nivel medio superior en Sonora, se encontró que en una muestra de 650 jóvenes, 40 por ciento de ellos señalaron que estudiar era una actividad desagradable, 15 por ciento había interrumpido sus estudios en alguna ocasión, y 35 por ciento en su plan de vida no consideraba continuar estudiando. En otro trabajo realizado con jóvenes embarazadas se observa la poca motivación de éstas por el estudio. Además se reporta que estudiar no es percibido por las participantes como un factor de impacto positivo en su futuro (Román, 2000). La escasa valoración que la educación parece tener en las familias de sectores populares se acentúa en las regiones rurales e indígenas, como se muestra en un con población guarijía (Román, 1996).

Ser joven en Sonora Ser joven en una región específica como Sonora plantea diversos retos que no pueden enfrentarse bajo reglas caducas y paradigmas tradicionales. Dicho estado no sólo representa el norte mítico de una revolución verde que ya no es rentable, de la rebeldía reprimida de los mineros de Cananea o de los ya no tan valientes yaquis. Es también un espacio donde coexiste simultáneamente

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actividades destinadas al uso del tiempo libre. Los espacios de encuentros para la juventud son limitados, particularmente para las personas de escasos recursos. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Juventud 2005 (enj-2005), en la región noroeste 27.6 por ciento de la muestra va al cine, 21 por ciento se reúne con amigos y sólo 12.7 por ciento va a bailar. ¿Qué hace entonces la juventud en Sonora para divertirse? La juventud clasemediera y de niveles socioeconómicos acomodados inventa y reinventa fiestas que tienen como sello la exclusividad y la exclusión: coronaciones de un sinúmero de reinas, bailes de debutantes en sociedad, fiestas de oropel con sabor pueblerino que se reeditan en su versión modesta en los barrios populares. Los lugares públicos de diversión son pocos, y los llamados “antros” son contados pero muy visitados, especialmente a partir del jueves, por jóvenes de cierto sector social que busca diversión. En consecuencia, los lugares por excelencia para los encuentros entre pares son la escuela y la calle. La calle, territorio de varones por decreto de una cultura patriarcal (Keijzer y Rodríguez, 2002), empieza a verse transformada ante la incursión de las jóvenes decididas a ocupar estos espacios también por las noches-madrugadas y convivir con sus pares masculinos en territorios que los fines de semana son de todos y de nadie. Según datos de la enj-2005, en la región noroeste 39.6 por ciento de jóvenes se reúne en las calles o en las casas (24 por ciento). Uno de cada cinco mencionó también que en la escuela, lo cual confirma a este espacio urbano como un lugar de encuentros para la juventud. El patrón de respuestas es similar para mujeres y varones, aunque para éstos el porcentaje fue más elevado para la calle, y las casas de amistades para las mujeres, sin que las diferencias sean significativas estadísticamente. En los últimos años se ha dado una apertura “no oficial” de la sexualidad; esto es, la sexualidad se ejerce al margen de discursos moralistas, y su indicador más visible es el número creciente de jóvenes embarazadas –con o sin pareja– menores de 20 años (cuadro 1). Las autoridades han realizado esfuerzos para prevenir los embarazos, pero han soslayado el desarrollo de una autén-

la modernidad de una economía que pretende desarrollar actividades industriales demandadas por un proceso forzado de globalización, pero sin abandonar su arraigo en el sector primario, y con ello el apego a las costumbres de una sociedad anclada ideológicamente en los estilos de vida generados en los espacios dependientes de las tareas del campo. Pese a su desarrollo comercial, basado principalmente en todo tipo de franquicias extranjeras y del acceso de su gente a sofisticada tecnología cibernética (inegi, 2001), la juventud sonorense vive las limitaciones de una escasez de opciones para el entretenimiento nocturno, con pocos lugares de esparcimiento y un transporte público que se paraliza a partir de las ocho de la noche. En franca contradicción con su apariencia de modernidad la juventud sonorense transita confrontando a sus mayores y negociando con ellos su derecho a romper con los paradigmas tradicionales para re-conocer y vivir su identidad juvenil, y particularmente su sexualidad. Considerada por Foucault (1989) como un conjunto de significados dados a las prácticas y actividades, constituye un saber que conforma las maneras en que pensamos y entendemos el cuerpo. Por lo mismo, los discursos sobre el sexo en sociedades como la sonorense pretenden ser mecanismos de control, no tanto basados en la prohibición o en la negación, sino en la producción e imposición de una red de definiciones que condiciona las posibilidades del cuerpo. Así, la sexualidad de la juventud sonorense se construye entre las reglas y normas tradicionales, la variedad de ofertas mediáticas con contenido sexual copiados o transmitidos directamente por los medios nacionales y estadounidenses y el doble estándar de una sociedad conservadora. La población sonorense joven vive las contradicciones de la integración y la división, la globalización y la territorialización como procesos complementarios (Bauman, 1998) que impactan no sólo el ámbito económico, sino también los procesos de socialización juveniles. En otras palabras, la juventud sonorense enfrenta las contradicciones de las distintas caras de un mismo fenómeno. Por ejemplo, el flujo de las corrientes migratorias y el desarrollo económico de Sonora no han sido suficientes para generar inversión en

Cuadro 1. Nacimientos registrados de madres menores de 20 años (2002- 2005). Año

2002

2003

2004

2005

Sonora

18%

18.5%

18.4%

18.8%

Nacional

17.2%

16.8%

17.2%

17.4%

Fuente: inegi. Estadísticas de Natalidad.


Educación y juventud en Sonora: paradigmas, enfoques y realidades

Cuadro 2.

Tasas específicas de fecundidad en Sonora (1960-2005) 1970 TEF 15-19

93

*

1980

1990

1995

2000

2005

%

TEF

%

TEF

%

TEF

%

TEF

%

TEF

%

6.94

89.5

10.13

86

13.42

83

14.16

92.7

16.06

87.7

16.44

1

1

1

1

1

Fuente: 1970-1995, Sonora Demográfico, Consejo Estatal de Población. Datos 2000, Frontera Norte, 2006. 1 Tasa calculada a partir de los nacimientos ocurridos en el año referido por cada mil mujeres de la edad señalada. Porcentaje de participación en la fecundidad total

tica cultura sexual. Además, han ignorado que las y los jóvenes son actores sociales con derechos sexuales y reproductivos, no meros sujetos de políticas públicas diseñadas desde una moralidad sesgada y programas que pretenden negar su carácter de sujetos deseantes y deseados. Más aún, Sonora fue el primer estado donde se legisló para proteger la vida desde el momento de la concepción, penalizando el aborto en cualquier circunstancia. Si bien expresado en términos de porcentajes los nacimientos de madres menores de veinte años muestran un incremento gradual, son superiores a los registrados a escala nacional. Igualmente, la contribución de la natalidad en este grupo de edad se observa en su aportación a la totalidad y al analizar las tasas específicas de fecundidad a lo largo de varios periodos (cuadro 2). En los últimos treinta años el porcentaje de participación de la fecundidad de las jóvenes ha casi triplicado su contribución a la fecundidad total. Los datos anteriores muestran que a pesar de los riesgos, y en medio de discursos contradictorios, la juventud ejerce su sexualidad por distintas razones: ganas, deseo o persiguiendo un ideal de compromiso amoroso (Bauman, 2005: 8). En “un mundo de rampante individualización”, las relaciones humanas son parte vital de la vida moderna, pero son las encarnaciones más comunes, intensas y profundas de la ambivalencia.

micas (49 por ciento), entre ellas la necesidad de trabajar para apoyar a los padres. Tal diferencia entre los sexos debe ser estudiada a profundidad desde una perspectiva de género, en tanto culturalmente se asume que los varones son los proveedores, no las mujeres. Por ello este cambio en las tendencias entre la población joven de Sonora si bien señala una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral, también apunta a una pérdida potencial de la posibilidad de que las mujeres alcancen mejores niveles educativos. La deserción en este grupo se presentó principalmente en los primeros semestres: 38 por ciento de los participantes abandonó la escuela en el primer semestre, 29 por ciento en el segundo, 19 por ciento en el tercero, y en menores porcentajes en el cuarto, quinto y sexto semestres (Abril et al., 2008). El mayor porcentaje de deserción durante los primeros semestres nos habla de un periodo de

Juventud y educación. Algunas conclusiones Aunque la cobertura de la educación básica en Sonora es de 96.1 por ciento, en el nivel medio superior se agudiza el problema de la deserción escolar. En el estudio de seguimiento de 174 jóvenes que desertaron del nivel medio superior, las principales razones reportadas entre los varones para abandonar la escuela fueron de tipo académico, principalmente la reprobación de materias (49 por ciento). En el caso de las mujeres, cerca de la mitad mencionó razones econó-

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riesgo cuyo antecedente puede rastrearse en la historia escolar durante la educación básica o en el primer semestre de la educación media superior. Este resultado es similar a lo reportado por Abril et al. (2002) en un estudio con jóvenes de educación media superior, donde el abandono escolar ocurrió en los primeros semestres. Igualmente, en otra investigación realizada con estudiantes de educación secundaria se concluye que la deserción en ese periodo puede estar relacionada con la falta de metas y proyectos de vida de los y las estudiantes, así como con las relaciones familiares, principalmente las conflictivas y autoritarias. Los autores mencionan que si hay problemas en las relaciones familiares es muy probable que se vean reflejados en el desempeño académico provocando en algunos casos la deserción (Suárez y Ortega, 1998). En nuestros días, pese a las limitaciones de los programas educativos, la escuela brinda a los y las jóvenes distintas experiencias que pueden contribuir a definir su plan de vida, además de representar un factor indispensable para el aprendizaje social y el desarrollo personal. Así, quien deserta se encuentra en desventaja en el proceso de integración ante los cambios impuestos por la sociedad. Son jóvenes que no tienen la oportunidad de prepararse adecuadamente para el mundo

laboral y la deserción escolar confirma la dificultad de romper con el círculo de la pobreza y la falta de movilidad social (Goicovic, 2002; Suárez y Zárate, 1999; Beyer, 1998). Quien no alcanza por lo menos 12 años de escolaridad y adquiere la condición de egresado de la educación media superior, tiene pocas oportunidades de insertarse en el mercado laboral en empleos de calidad, que le permitan mantenerse fuera de la situación de pobreza. A su vez, los desertores tienen mayores probabilidades de entrar en dinámicas excluyentes y socialmente desintegradoras, y también empobrecen el capital cultural que luego transmiten a sus hijos, con lo cual reproducen la desigualdad educativa (Guerra, 2000; Goicovic, 2002). Revertir el proceso de deserción escolar involucra hacerse cargo, en primer lugar, de los intereses, demandas y formas de intervención social de la juventud. Es tratar de integrar la cultura juvenil al interior de la cultura escolar; es decir, desarrollar procesos de enseñanza-aprendizaje acordes a la realidad y a los intereses juveniles, pero también ampliar los espacios y mecanismos de participación institucional de la juventud para promover la ciudadanía plena de las nuevas generaciones. Aun cuando los subsistemas han planteado cambios a nivel curricular, el trabajo docente continúa siendo una actividad aislada, pocas veces sujeta a observación o evaluación. En consecuencia, la crítica o autocrítica a su trabajo y al sistema de incentivos salariales es escasa, al igual que las acciones realizadas para mejorar la calidad y la productividad. De ahí que la relación maestro(a)/alumno(a) no siempre se da de manera clara. Por un lado los directivos mencionan que sus alumno(a)s están desmotivado(a)s, mientras por otro los y las jóvenes manifiestan que las clases lo(a)s aburren, no lo(a)s motivan. Así, podríamos decir que existe poca comunicación entre el maestro y el alumnado, de tal forma que en algunas ocasiones se aprende sólo lo necesario para aprobar. Tal como señala Goicoivic (2002), la escuela se reduce a obligaciones e instrucciones que la juventud vive en forma pasiva, a veces aburrida, y en las que sus intereses, preocupaciones y problemas tampoco tienen cabida. A su vez, en su estudio sobre las implicaciones del poder en el logro académico, Fuentes (2005) identifica los comportamientos contestatarios de lo(a)s jóvenes como respuesta a un entorno al que no logran adaptarse. Por ello es tiempo de replantear el tema de la educación bajo un nuevo paradigma más incluyente y realista.


Educación y juventud en Sonora: paradigmas, enfoques y realidades

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Jóvenes entre fronteras y al borde: la Mara Salvatrucha y la pandilla del Barrio 18 Alfredo Nateras Domínguez*

Los puntos de partida ste artículo tiene la finalidad de reflexionar acerca del dispositivo teórico/metodológico utilizado con respecto a uno de los sujetos juveniles trasnacionales1 más complejos y cambiantes en el tiempo histórico y el espacio social: me refiero a la Mara Salvatrucha (MS-13) y la pandilla 2 del Barrio 18 (B-18), cuyos integrantes son oriundos de los países que integran el triángulo del norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras, El Salvador), si bien muchos de ellos emigran a los Estados Unidos de América. Dichas reflexiones se sustentan en mi reciente experiencia de investigación antropológica realizada de octubre a diciembre de 2008 en el Salvador, Honduras y Guatemala, por lo que en

algún momento utilizaré fragmentos y notas de mi diario de campo. Al mismo tiempo, haré uso de ciertos testimonios de integrantes de estos agrupamientos y daré voz a otros actores de esta trama sociocultural. A fin de proteger a los informantes, se omitirá cualquier información que pueda identificarlos y ponerlos en riesgo, por lo que se inventarán nombres, apodos y lugares. El planteamiento va a ser muy abierto, descriptivo y, a ratos, esquemático, en tanto sólo interesa problematizar, construir interrogantes y preguntas, más que desarrollar un análisis profundo, interpretativo/comprensivo; en todo caso bosquejaremos únicamente algunas respuestas provisorias o hipótesis a manera de acercamientos y aproximaciones.

Profesor-investigador. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. E-mail: tamara2@prodigy.net.mx En relación con el concepto de lo trasnacional compartimos la postura de Michael Kearney (1995), en tanto refiere a los vínculos que se establecen entre varias naciones desde el imaginario de los Estados-nación y cuyas dimensiones más significativas están en los ámbitos de lo cultural y lo político. 2 En inglés, gang significa pandilla/pandillero y connota la idea de violencia, delincuencia/delincuente. Dicha terminología se desprende de los estudios de la escuela de Chicago durante la década de 1930. Lo interesante es que una parte importante de la academia/la investigación y de los propios integrantes de estos agrupamientos lo tienen tan incorporado que han reproducido dicho término en los estudios contemporáneos y en las definiciones o identificaciones de sí. *

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Jóvenes entre fronteras y al borde: la Mara Salvatrucha y la pandilla del Barrio 18

Los intersticios Estos trozos de narrativa de investigación van encaminados a reposicionar la importancia de los contextos (políticos, sociales, económicos y culturales) a partir de los cuales se construyen estos sujetos juveniles y formas diversas de agrupamientos trasnacionales, por lo que centraremos nuestra mirada etnográfica en algunos miembros de la Mara Salvatrucha y de la pandilla del Barrio 18. 3 Si la investigación e intervención etnográfica es un proceso social que construye determinados conocimientos/saberes, éstos necesariamente tienen que estar anclados, y de igual manera nos preocupa enfatizar las particulares vicisitudes socioculturales a partir de las cuales se producen y reproducen esos conocimientos que adquieren el © Federico Gama. rostro de discursos en su vertiente o veta de lo académico, particularmente en los circuilas irreconciliables contraposiciones identitarias tos mediáticos. entre ambos grupos que conllevan a situaciones En dicho proceso social de la investigación extremas en el ejercicio de las violencias, es decir, también vamos a fijar la reflexión en el sujeto en su vertiente de eliminar (asesinar) al otro y, que investiga (la tesitura subjetiva), en su quehapor consiguiente, activar al infinito los mecaniscer de reconstruir las subjetividades sociales de mos de las venganzas. los otros (las alteridades). Situación que conlleva En términos generales, en Centroamérica el reflexionar no sólo acerca del lugar académico, significado de la palabra mara alude a grupo o sino sobre todo el posicionamiento político del agrupamiento, por lo que podemos afirmar que sujeto de la enunciación –llamémosle como le hay distintas configuraciones de maras; la mara llamemos–: el investigador, el etnógrafo, el gesdeportiva, la mara de amigos, la mara estudiantil tor, el interventor. y la mara Salvatrucha, de cuya descomposición Ya que la investigación, y el sujeto que investenemos: Salva de El Salvador y, trucha, ponerse tiga, construye conocimientos y saberes, inevilisto, avispado. Por el contrario, la pandilla se tablemente se circunscriben a una ética social constituye y alimenta de una parte de los choencaminada a probar su legitimidad a partir de los mexicanos, y en realidad son éstos quienes su rigurosidad científica y utilidad social; es deaportan los tonos y matices identitarios a los cir, deben estar encaminados a desmontar los integrantes del Barrio-18 a partir de su clásico discursos hegemónicos (orales/visuales) cuando anclaje territorial: el diseño de su estética corse dice y representa a esos sujetos juveniles trasporal (los atuendos, las fachas, los tatuajes –con nacionales y sus formas de agregamientos, como todo e imágenes–), las gestualidades del cuerpo, es el caso de las configuraciones de la MS-13 y la los códigos de honor, las reglas y los rituales de pandilla del B-18. iniciación, por mencionar tan sólo estos. La rivalidad entre ambos es a “muerte”, es Los sujetos trasnacionales decir, se trata de aniquilar al contrario, por lo que Es muy importante marcar y aclarar una diferense da una abierta contraposición a partir de reafircia simbólica (de representación identitaria) muy marse ante “el otro” y qué mejor que matarlo o importante entre la pandilla del Barrio 18 y la causarle algún daño (herirlo o dejarlo lisiado, por mara Salvatrucha. Situación no menor, en tanto ejemplo). Estas formas de reafirmación pasan que aquí encontramos algunas claves interprepor la eliminación física del “otro como distinto” tativas y comprensivas para tratar de entender

Estas formas de agrupamientos o de adscripciones identitarias (infantil/juvenil) se configuraron en escenarios de guerra civil en Centroamérica (El Salvador, Guatemala, Honduras) y en los procesos migratorios como formas de estrategia familiar para proteger la integridad física y afectiva de los niños (as), adolescentes y jóvenes de esa época, por lo que el surgimiento de la MS-13 y la pandilla del B-18 se da en la década de 1980 en el país de llegada, que por excelencia fue/es Estados Unidos de América.

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(la alteridad), aunque creo que lo que subyace es borrarlo en su carácter identitario; es decir, en la batalla urbana que protagonizan no sólo se trataría de asesinar al otro, sino que a través de su muerte se intenta (en el imaginario) borrar su adscripción grupal o su adscripción identitaria, según sea el caso como elemento de la MS-13 o de la pandilla del Barrio 18. La siguiente entrevista, realizada el 24 de noviembre de 2008, a un joven de 14 años, miembro de la pandilla del Barrio 18 en El Salvador, es muy elocuente al respecto y fuerte en el discurso: Simón, la raza, hasta la muerte, va, órale ahí va, copiado ahí va, la raza 18 va, hasta la muerte me entiendes, va, nuestro barrio 18 va, aquí en El Salvador, me entiendes va, nos protegemos hasta la muerte va, barrio 18, la Uno-Ocho, me entiendes va, lo que nosotros llevamos de corazón va, a huevo, me entiendes va, desde que nacemos hasta la muerte, el día que te guste brincar, llevas el barrio de cora, me entiendes va, y si vos te lo planchas en el cuerpo, así como yo lo ando, “la eighteen street” va, a huevo, me entiendes va, no tenéis que andar cruzando palabras con los chavalas, me entiendes va, si te topas un chavala, lo reventáis, me entiendes va, son los contrarios me entiendes, no la llevan con nosotros, a huevo va, esos culeritos tratan de imitarnos, pero no pueden contra nosotros va, porque a huevo, me entiendes, somos más y llevamos el barrio de cora, me entiendes va, hasta la muerte va, a esos culeros los explotamos

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me entiendes va, los chavalas contra nosotros va, hasta la muerte, me entiendes, a esos culeros los matamos y no nos dicen nada, me entiendes va, tenemos un armamento recio porque somos el barrio 18 que controla El Salvador va, que controla El Salvador y a nivel mundial me entiendes va, Argentina, todo va, Canadá, Belice, Guatemala, va, Honduras, Nicaragua, El Salvador, El Salvador en grande, me entiendes va, la 18, El Salvador te saluda va, todos los homies de la 18 en grande va, los chavalas a la verga, la Mierda Seca a la verga, la Mierda Seca me entiendes va….4

Quizá lo más llamativo de esta narración sea cierto “fanatismo identitario” por el Barrio 18, la rivalidad a muerte contra los miembros de la Mara Salvatrucha y las redes trasnacionales de la pandilla.

De los contextos a los textos etnográficos Uno de los asuntos centrales para la comprensión de la emergencia de la Mara Salvatrucha y la pandilla del Barrio 18 es situar y ubicar los contextos sociales, políticos, económicos y culturales de la localidad, la región y el país, tanto en la que se produce y reproduce su conocimiento como su condición contemporánea, ya sea en Centroamérica (la patria de origen), o en Estados Unidos (la patria de llegada). Esta ubicación de los contextos de ninguna manera implica una vuelta a las posturas estructuralistas/deterministas, sino una recuperación en tanto su valor como claves interpretativas/

En este relato, cuando se habla de brincar tiene que ver con el ritual de ingreso al grupo; de cora, se refiere de corazón; los chavalas, como la mierda seca, alude a los integrantes de la Mara Salvatrucha.


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kaibiles (entrenados por militares estadounidencomprensivas de esas situaciones juveniles, por ses en la Escuela de Las Américas), los paramilo que la trayectoria de análisis estaría establelitares utilizados como fuerzas de choque, los cida de la antropología interpretativa (Geertz), temibles escuadrones de la muerte —ahora en pasando por la antropología reflexiva (Bourdieu) su versión de La sombra negra, dedicados a las y la antropología multisituada (Marcus). ejecuciones extrajudiciales y la limpieza social, Por tanto, una pregunta fundamental es la y los sicarios —una suerte de modernos mersiguiente: ¿cuáles serían las cualidades más sigcenarios—. Situación que, en palabras de Tilly nificativas de esos nuevos contextos que están (2003), configura una gran diversidad de profeconfigurando lo contemporáneo, o que le están sionales en el mercado de la muerte. Lo paradódando nuevos rostros a las adscripciones identijico es que actualmente los índices de violencia tarias de la MS-13 y la pandilla del B-18, en paren El Salvador son bastante más altos que los ticular en El Salvador y Honduras? registrados en tiempos de la guerra civil a finaConsidero que hay varios sucesos o aconteciles de la década de 1980 y principios de la de mientos paradigmáticos que van definiendo esas 1990. nuevas modalidades en las dinámicas actuales En este sentido, a mediados de los años de estos agrupamientos o adscripciones identinoventa las fuerzas más conservadoras son las tarias. Uno de ellos es la gran debilidad de los que llegan al poder en El Salvador a través del Estados-nación, en el entendido de que definitipartido Arena de ultra derecha, 5 muy vinculados vamente ya no están cumpliendo sus funciones sociales en proveer los mínimos en educación, a la Iglesia católica, a los empresarios locales y al salud, empleo, vivienda y seguridad respecto a la capital trasnacional, quienes construyen un enepoblación en general, y en particular respecto a migo público en el cual depositar todos los males sociales y adjudicarle las causas de la inseguridad los sectores juveniles más desprotegidos (matey la violencia: la MS-13 y la pandilla del Barrio rial y simbólicamente hablando); es decir, los 18. En sí, se tiene un Estado muy debilitado, aconiveles de empobrecimiento crecen cada vez y tado, y cada vez más desafiado en la administraello muestras el fracaso del proyecto neolibeción del poder por la acción de nuevos y diversos ral aplicado en la mayoría de países de América Latina. actores sociales. El otro asunto es el hecho de que desde Otro suceso de suma importancia es la aplihace rato los estados-nación dejaron de mediar cación de los programas de mano dura y súper los conflictos y las tensiones sociales, por lo mano dura instrumentados particularmente en que su legalidad se ve cuestionada por la emergencia de ciertos agrupamientos que le disputan su presencia, como son, por ejemplo, el avance y el fortalecimiento del crimen organizado a escala trasnacional, cuyas manifestaciones más duras se encuentran en el narcotráfico, la venta clandestina de armas, el tráfico de personas, el robo de identidades, el secuestro, el robo de autos de lujo y el tráfico de órganos, entre las más emblemáticas y que dan cuenta de esta situación. Esto conlleva a sostener que, particularmente en El Salvador y Honduras, el Estado no logró desmontar ni desarticular determinadas estructuras o maquinarias de la represión y la contrainsurgencia, por lo que éstos siguen funcionando y operando; por ejemplo, los cuerpos de élite del ejército salvadoreño en su formato de © Federico Gama.

Después de más de veinte años en el poder, Arena, acaba de perder las elecciones presidenciales ante el candidato Mauricio Funes, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional ( fmln ).

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El Salvador y Honduras, a partir del 2004, lo cual implicó el encarcelamiento de todo joven sospechoso, ya sea por su estética corporal, o su estilo de agrupamiento, de pertenecer a la MS-13, o a la pandilla del B-18. Acontecimientos en los cuales se violaron sistemáticamente los derechos humanos de estos jóvenes y, en casos extremos, se llegó al aniquilamiento y asesinato de miles de ellos, tanto al interior de las cárceles como en el espacio público de la calle, los barrios y en los lugares del entretenimiento: como en las canchas de futbol. Estos son algunos de los contextos más significativos a partir de los cuales se fueron construyendo determinadas narrativas académicas y mediáticas dominantes en relación con la manera en que se representaba en el imaginario colectivo a los agrupamientos de la Mara Salvatrucha y a los pertenecientes a la pandilla del Barrio 18, que implicaba considerarlos como los únicos causantes de las violencias sociales. Situación que construyó un miedo y pánico social en una parte importante de la población con respecto a los integrantes de estos agrupamientos, o adscripciones identitarias juveniles, plagado de prejuicios, estereotipos, estigmas y mitos. Estas circunstancias sociales y culturales –entre otras– fueron alimentando la construcción de categorías o dimensiones de análisis de tal condición juvenil o, dicho de otra manera, se fueron edificando desde una parte de la academia, especialmente por parte de los medios masivos de información, ciertas narrativas y articuladores culturales en los que se fue circunscribiendo a l@s jóvenes pertenecientes tanto a la Mara Salvatrucha como a la pandilla del Barrio 18. En este sentido, creemos que las categorías y los articuladores culturales más significativos que empezaron a nombrarse –y que por ende fueron construyendo toda una narrativa– se jugaron en los siguientes ejes o planos: las violencias sociales, los tatuajes, los procesos migratoriossujetos juveniles trasnacionales, las deportaciones de pandilleros, el uso social de sustancias ilegales, el crimen organizado y la cultura de la muerte. Leamos la siguiente secuencia de entrevista realizada a la doctora Amparo Marroquín, investigadora de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en El Salvador, el 12 de noviembre de 2008: Alfredo. —Vayamos entonces con el otro paradigma, las leyes de mano dura y súper mano dura, ¿cómo fue la construcción mediática?

Amparo: […] yo hice como dos estudios al mismo tiempo, hice uno que era sobre migraciones pero que era como mucho más largo y otro sobre pandillas sobre cómo la prensa estaba tratando a las pandillas, yo lo que me encontré fueron […] cuatro grandes narrativas, […] y, esto es ya justamente 2004/2005 […] primero una narrativa donde se construye el sujeto, los medios de comunicación construyen al pandillero y, el pandillero, según los medios de comunicación: es hombre, es joven, está tatuado, rapado, ropa floja.. Alfredo. —Acholado. Amparo: Si, totalmente […] una segunda narrativa para mí tiene que ver con el sujeto verbo, el verbo que se designa al sujeto, siempre son verbos relacionados con la violencia, asesinan, matan, violan, roban, todos los verbos tienen que ver con esto y yo hice el trabajo en los periódicos de Honduras, de Guatemala y del Salvador. Los medios de comunicación que trabajaban de una manera menos estigmatizadora […] son los de Guatemala, la explicación tenía que ver, en el momento en el que yo hago el estudio, tenía que ver con dos cosas, por una lado Guatemala, de los tres países, son los únicos que tienen medios amarillistas y medios serios, nosotros no tenemos esta división entre tabloides y no tabloides, entonces claro, acá todo va al mismo recipiente y entonces te salen este tipo de notas a veces muy amarillistas, en cambio en Guatemala, los periódicos serios, respetan, trabajan como con más cuidado el tipo de la asignación […]. Pero por otro lado, de ser una primera explicación, la segunda explicación tiene que ver con que cuando yo hice el trabajo, tanto Honduras como El Salvador, estaban en campañas políticas y Guatemala no, entonces cuando hay campaña política, de alguna manera aparecen con mucha más fuerza y, después, el otro está ahí pero tampoco, entonces, me encontré […] con esta asignación digamos de la violencia como el ejercicio y me he encontrado que los medios de comunicación dan tres explicaciones de esta violencia; una explicación tenía que ver con que los jóvenes de pandillas ejercen violencia porque están en una guerra contra la pandilla contraria, entonces ellos van a asesinar a alguien de la pandilla contraria etcétera. Segunda explicación, los pandilleros ejercen violencia hacia la sociedad porque la sociedad no los obedece, porque no pagan la renta, un muchacho no se quería meter a la pandilla, entonces lo fueron a matar, crean toda esta sensación de que hay que obedecer a las pandillas, o sea ya el orden para legal digamos.


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Y una tercera explicación que de hecho me la encontré en algunos periódicos de Guatemala, tenía que ver con todo este tema de realizar ritos satánicos, se les mete el diablo que para mí era la explicación como más peligrosa en el sentido de que ahí tienes dos temas, por un lado, no les adjudicas a ellos la responsabilidad de la violencia que están ejerciendo […] porque si se les metió el diablo que culpa tienen ellos y por otro lado […] incrementas la espiral del miedo que se está produciendo porque entonces en realidad no hay manera de controlarlo, o sea, en cualquier momento voy pasando se les mete el diablo y me van a matar […]. Entonces tenemos primero la narrativa de la estética del sujeto, segundo la manera como ejercen la violencia, tercera la narrativa que yo me encontré es el adjetivo que se les pone a ese sujeto que es el adjetivo deportado. Entonces, esas notas sobre deportados y maras siguen saliendo, siguen saliendo y siguen como haciendo denso el tema y si la periodista fulana de tal se fue en un avión donde venían deportados de las peores cárceles criminales y, ese avión ya llegó al Salvador, entonces, hacen mucho ese tipo de cobertura, entonces, el tema de deportados, sigue siendo un discurso muy fuerte.

© Federico Gama.

A partir de lo anterior queda clara la manera en que los discursos dominantes, como el mediático, construyen a un enemigo público llamado la Mara Salvatrucha y los pandilleros del Barrio 18, descontextualizándolos y saturando su representación social, en el sentido de que tornan visible la parte en que estos agrupamientos ejercen la violencia y, por consiguiente, hacen invisible el contexto cuando son ellos objetos de violencia, es decir, cuando son aniquilados, eliminados o simplemente asesinados justamente por los profesionales de la muerte.

El sujeto de la enunciación en la construcción de conocimientos situados: la utilidad social Uno de los debates contemporáneos más agudos en ciencias sociales —en especial, en una parte de la psicología social, la sociología de la cultura y la antropología simbólica— está relacionado con la cualidad de los conocimientos construidos, es decir, con el estatuto epistémico perceptible como parte del rigor científico, tanto en el uso de la “caja de herramientas teóricas” (Ibáñez, 1988, 1992) en consonancia con el diseño de las estrategias metodológicas (el dispositivo en sí de la investigación e intervención social), como de la utilidad social de esos conocimientos; en otras palabras, su valor en lo político. Tal debate tiene varios pliegues, o se manifiesta a través de diferentes rostros y tesituras: marcaremos tan sólo algunos de éstos. Uno de ellos, poco explicitado, es el lugar del sujeto de la enunciación —llámese gestor, etnógrafo, investigador— en relación con el objeto de estudio y los sujetos de la investigación y/o la intervención, en este caso la MS-13 y la pandilla del Barrio 18. Esto conlleva a la necesidad de situar y reflexionar la propia subjetividad del gestor en la reconstrucción de sentidos y significados de los sujetos de la investigación y/o la intervención. En este tenor es importante emprender o activar el proceso y el camino de lo que Bourdieu (2003; Bourdieu y Wacquant, 1995) ha denominado “objetivar el sujeto de la objetivación”. Situación que lleva a sostener que la “mirada” que “mira”, o va a “mirar”, a los sujetos trasnacionales agrupados es una “mirada” construida, por lo cual es imprescindible que el etnógrafo, investigador o gestor reflexione —antropología


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reflexiva— los contenidos subjetivos/objetivos de su particular “mirada”, su lugar de la enunciación, y, por consiguiente, de su posicionamiento político. En este sentido, comparto al lector las siguientes notas de mi diario de campo respecto a mis miedos, las sensibilidades y preocupaciones como investigador en el momento en que emprendo el viaje y llego a El Salvador, así como mis primeras observaciones e impresiones recorriendo la ciudad:

Sábado 18 de octubre de 2008 Finalmente llegó el día y el tiempo: viajo a El Salvador como profesor huésped de la Universidad Centroamericana (uca) José Simeón Cañas (tres meses), a partir de la beca otorgada por mi antro del saber: Universidad Autónoma Metropolitana/Iztapalapa [en la ciudad de México], bajo la denominación: “Beca de investigación bibliográfica en el extranjero”. Estoy un poco inquieto, ya que sé que El Salvador es el país más violento de América Latina y además la situación de las maras y las pandillas está muy difícil, a decir de los colegas Salvadoreños: “muy caliente”. La idea con respecto a la investigación que estoy corriendo es recopilar información lo más actualizada posible en relación a la situación de las maras, la pandilla, la violencia, la muerte y las cárceles. Levantar imágenes fijas (fotografía), quizás algunas entrevistas con maras y pandillas (Barrio 18), y más que nada con los equipos de investigación e intervención; ya sean universitarios o de las asociaciones civiles.

Domingo 19 de octubre de 2008 Caminé alrededor de la uca con Juan, amigo colombiano, filósofo del ser. Los custodios de la universidad nos recomiendan andar con cuidado, no ir solos al centro (recordar que El Salvador es la ciudad más violenta de América Latina), ponernos listos (salvatruchos) y si nos piden algunos colones (moneda salvadoreña que ya no existe, ahora son dólares), dárselos. Roxana Martel me lleva por la tarde al centro de El Salvador (lleno de vendedores ambulantes y comercio ilegal). Tengo varias sensaciones: es un centro deteriorado y abandonado, aunque muy de Latinoamérica (parecido al de Caracas). Se desborda el desorden urbano y se respira cierta tensión (así lo sentí: me entró algo de miedo), quizás reforzado por las constantes menciones de los amigos salvadoreños del cuidado que hay que tener circulando la ciudad en esa zona peligrosa (eso hizo que no tomara fotografías del centro por discreción, a fin de no hacerme visible como extranjero o forastero).

Me comenta Roxana que los turistas difícilmente van al centro, ni mucho menos la clase media alta y rica de El Salvador, que se la pasan en los centros comerciales y en la playa. A su vez, esa área es conocida porque se pueden conseguir toda clase de cosas y objetos ilegales (robados), drogas, armas, prostitutas y demás. Escena urbana: dos policías revisando a dos chicos contra la pared (abiertos de piernas) y tomándoles sus datos en una mini libreta. Metralletas a un costado. Situación común, ya que la policía tiene esa facultad de detener a quien desee (no tomé fotografías por precaución). Cuando reflexiono en relato de lo que estaba sintiendo, es claro que la construcción de mi miedo tenía que ver con varios motivos, uno: las lecturas previas que había hecho y daban cuenta de la violencia en el país centroamericano; dos: las constantes recomendaciones de los colegas respecto a cuidarme, o incluso andar con camisa de manga larga por los tatuajes que tengo en mis brazos; tres: la saturación de noticias de la violencia y muertes que llevan a cabo los medios, tanto en la prensa escrita como en los espacios de la televisión; cuatro: las constantes imágenes urbanas que observaba al circular la ciudad: policías fuertemente armados vigilando casas, edificios, negocios, gasolineras, y los propios sistemas de vigilancia en las colonias: cámaras de video y alambres de púas, incluso en los sectores de la clase media y baja. Debo decir que el miedo social me invadió y fue una de las constantes que me acompañaron en todo momento en mi trabajo de campo no sólo en El Salvador, también en Honduras y Guatemala. Creo que esto repercutió en el levantamiento visual, es decir, me inhibió en la toma de fotografías y en la manera en que transitaba la ciudad o los barrios; no tomaba los camiones del sistema urbano, sino que me transportaba en taxi por seguridad. Diría que mi objeto y mis sujetos de la investigación me atraparon y, más aún, el miedo se instaló y atravesó mi cuerpo; ya que me dolía por la tensión y empecé a tener trastornos en el sueño. A partir de estas vivencias, me parece de suma importancia para el quehacer etnográfico edificar un dispositivo metodológico a partir del cual se cuente con un equipo de acompañamiento que no sólo marque las directrices, sino que funcione como contención de esas realidades extremas en que se sitúa el investigador, ya que se está interviniendo en situaciones de violencias, muerte y de exterminio de determinadas adscripciones identitarias (juveniles). Si las “miradas” que “miran” las diversas realidades de la Mara Salvatrucha y la pandilla del

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Barrio 18 son construidas, entonces esto nos lleva a afirmar que la “verdad”, en todo caso, sería una “verdad” relativa, en tanto distintos recortes de la realidad social; es decir, no hay verdades absolutas, ni tampoco neutras o puras, lo cual nos alejaría de cualquier dogma, fanatismo o fetichización teórica de una parte de la investigación y del pragmatismo en que a veces cae la intervención social: un hacer por hacer, sin reflexionar en lo que se hace cuando se investiga o interviene, y que carece de cualquier sentido y utilidad social. Otros de los aspectos del debate en ciencias sociales es lo relacionado con la utilidad social y política de los conocimientos y saberes construidos vía la investigación y la intervención social. En tanto las ciencias son un discurso oral y visual, entran en la disputa en la edificación e imposición de sentido y significado respecto a los otros discursos hegemónicos e institucionales: la academia, la familia, la educación, la religión, los medios masivos de comunicación; en el caso que nos ocupa, ello sucede cuando se dice y representa visualmente a este tipo de agrupamientos o de adscripciones identitarias, que suelen ser muy espectaculares dada su estética, puesta en escena y las características de la creación de su presencia. Desde la academia, de entrada esta disputa debe darse en su interior, es decir, confrontando los discursos académicos “conservadores” y que abonan a favor del status quo, por lo que urge recuperar el carácter crítico en relación con esos discursos hegemónicos, de ahí que la función estaría encaminada a desmontar esos decires e imágenes del poder cuando se nombra y representa a la mara y a la pandilla, en particular desde los discursos mediáticos. Una vía sería contextualizar justamente esas imágenes o narrativas en función de marcar las condiciones sociales y culturales en las cuales se han construido, señalar la trama de vínculos en que se producen/reproducen y anteponer a la saturación o híper visibilización de los sujetos de las maras y las pandillas cuando algunos de ellos ejercen la violencia; a las iconografías o narrativas de cuando ellos padecen la violencia, es decir, mostrar lo que no muestran las narrativas hegemónicas: los relatos e imágenes en que son ajusticiados extrajudicialmente, o las constantes detenciones y desapariciones que sufren por parte de los cuerpos de seguridad del Estado. Tales discursos devienen o decantan en determinadas narrativas orales y visuales, por ejemplo: las narrativas de la violencia de las maras y las pandillas, o las narrativas del miedo y el temor social respecto a este tipo de agrupamientos, o las narrativas en tanto rechazo a las

modificaciones corporales que llevan a cabo una gran parte de los integrantes de estas adscripciones identitarias (juveniles). Estas narrativas van alimentando el imaginario colectivo a partir de los cuales se edifican una serie de estigmas —la identidad deteriorada diría Goffman—, prejuicios y estereotipos que en las relaciones sociales con miembros de estos sujetos, operan y aplican permanentemente.

Dispositivos metodológicos En el diseño de los dispositivos metodológicos descriptivos y comprensivos, cuantitativos y cualitativos, que en su combinación conllevan la imposición de lo que se conoce como metodologías triangulares, nos conducen en la trayectoria de interrelacionar o conectar la parte objetiva de las realidades sociales —lo macro— de esos sujetos trasnacionales: la MS-13 y la pandilla del Barrio 18 –datos, cifras, porcentajes–, con el sustrato de las subjetividades colectivas —lo micro de las grupalidades, el lenguaje, lo simbólico–; en palabras de Martin Hopenhay (2005), estaríamos situados en estudios de investigación etnográfica a nivel “meso”. Esta dimensión analítica meso sería un espacio teórico de desmontaje de las narrativas hegemónicas en la medida en que utilicemos los datos “duros” que generan las propias instituciones del Estado, los centros de investigación, las organizaciones de la sociedad civil y la academia respecto a las situaciones de la violencia, la muerte y el miedo social; y las contrapongamos a una etnografía densa y contextualizada, a partir de la cual demos voz a los sin voz y se tornen visibles los sujetos divergentes y alternos. La metáfora sería la de un péndulo, que va oscilando o articulando de lo macro a lo micro y de lo micro a lo macro. Dentro de lo denominado descriptivo/cuantitativo destacamos los análisis de las bases de datos —encuestas nacionales/locales, reportes— y en lo comprensivo/cualitativo destacamos las narrativas como método de investigación, el análisis oral: grupos focales, historias de vida, entrevistas a profundidad, y el visual: fotografía, documental y video.

Palabras finales Estas son las primeras aproximaciones de reflexión etnográfica que realizo después de mi trabajo de campo con sujetos sociales y actores culturales adscritos identitariamente a la Mara Salvatrucha y a la pandilla del Barrio 18. Sujetos trasnacionales situados en nuevos contextos que conllevan al mismo tiempo cambios vertiginosos en las actuales dinámicas y estructuras de configuración de estos agrupamientos,


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lo cual nos coloca en serias dificultades como etnógrafos en tanto algunas categorías de análisis teórico ya no alcanzan para tratar de captar o comprender; además, deben repensarse ciertos dispositivos metodológicos tradicionales tipo observación participante, por lo que reditúa más, por ejemplo, la etnografía multisituada, sobre todo por la movilidad en el tiempo y el espacio social en que se ubican estas adscripciones identitarias. Aunado a lo anterior, la complejidad aumenta en la medida en que trabajamos con sujetos socialmente muy marcados, a quienes se les ha recargado el estigma, los estereotipos y los prejuicios; dada la actual represión contra ellos, que se traduce en detenciones arbitrarias, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales, se han

vuelto invisibles en el espacio público, es decir, han dejado de tener un anclaje territorial —ahora difícilmente se les encuentra en las esquinas, las calles y los barrios—, por lo que se han convertido en una especie de nómadas como estrategia para no ser detectados o identificados. A su vez, como sujeto de la enunciación, la información que he construido a través de las narrativas orales e iconografías (600 fotografías), no alcanzo todavía a elaborarla o asimilarla, en tanto que el material, real y simbólicamente hablando, es muy fuerte, me impacta y sigue movilizando mis afectividades. Aunque lo que sí puedo decir es que me estoy acercando a la construcción de ciertas dimensiones que me permitirán el análisis “meso”, de lo micro a lo macro y viceversa.

Bibliografía

Bibliografía Bourdieu, Pierre, “Por qué las ciencias sociales deben ser tomadas como objeto”, en El oficio de científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad, Barcelona, Anagrama, 2003, pp. 149-195. Bourdieu, Pierre y J.D. Wacquant Loïc, “La objetivación del sujeto objetivante” y “Una objetivación participante”, en Respuestas. Por una antropología reflexiva, México, Grijalbo, 1995 pp. 149-157 y 191-196. Hopenhayn, Martin, América Latina. Desigual y descentrada, Buenos Aires, Norma, 2005.

Ibáñez, Tomás (coord.), Ideologías de la vida cotidiana, Madrid, Sendai, 1988. __________ (coord.), El conocimiento de la realidad social, Madrid, Sendai, 1992. Kearney, Michael, “The Local and the Global: The Anthropology of Globalization and Trasnationalism”, en Annual Review of Anthropology, vol. 24, 1998, pp. 547-565. Tilly, Charles, The Politics of Collective Violence, Cambridge, Cambridge University Press, 2003.

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Reseñas

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La investigación sobre los jóvenes indígenas. Avances y aportaciones del libro Jóvenes indígenas y globalización en América Latina. Maya Lorena Pérez Ruiz* En el artículo “Los jóvenes indígenas, ¿un nuevo campo de investigación?”, publicado en 2002 en esta misma revista, hice la invitación para que los estudiosos de las ciencias sociales nos adentráramos en la temática juvenil indígena; también formulé preguntas y reflexiones necesarias para avanzar en ese nuevo campo de trabajo. Haciéndome eco de los retos planteados en ese artículo, convoqué a un grupo de estudiosos de diferentes disciplinas y países para explorar la temática. Los resultados de esa experiencia son el motivo del presente artículo.

El libro Jóvenes indígenas y globalización en América Latina

Reseñas

Publicado por el inah en 2008 y coordinado por quien esto escribe, reúne 13 ensayos sobre jóvenes indígenas rurales y urbanos en México, Gua-

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temala, Colombia, Ecuador, Bolivia y Chile, con el propósito de indagar lo que significa ser joven indígena en una época impactada por los medios masivos de comunicación, el dinamismo de las migraciones humanas y la creciente mundialización de la cultura. En la Primera Parte se narra la situación general de los jóvenes indígenas en contextos nacionales fuertemente caracterizados por la asimetría y la desigualdad, y en algunos de ellos actualmente se desarrolla una lucha por el reconocimiento. En el caso específico de México, Maya Lorena Pérez Ruiz expone un panorama nacional sobre la situación de los jóvenes indígenas urbanos, en tanto Laura Valladares discute la situación de las mujeres indígenas frente al reconocimiento de sus derechos humanos y de género. Sobre Chile escriben Milka Castro Lucic, Gemma Rojas Roncagliolo y Carlos Ruiz Rodríguez, mientras la problemática en Ecuador es abordada por Alexis Rivas Toledo; además de señalar las condiciones generales de los jóvenes en sus respectivos países, los autores analizan el creciente proceso político en que debe participar la juventud para reivindicar derechos propios e incidir en la vida política nacional. En la Segunda Parte se da cuenta de lo que sucede en la cultura y la identidad entre aymaras y quechuas de Bolivia, los jóvenes purhépechas de México, y entre refugiados guatemaltecos que habitan la frontera sur de México. Todos ellos son habitantes de localidades rurales en condiciones de permanente contacto intercultural, ya sea mediante fuertes procesos migratorios o por la influencia de los medios de comunicación; tales problemas son analizados por Eva Fisher, Maziel Terraza, Álvaro Bello y Verónica Ruiz Lagier, respectivamente. La Tercera Parte del libro se enfoca a los indígenas que viven en las ciudades, ya sea porque llegaron a ella recientemente o porque nacieron en ella al ser hijos de padres inmigrantes. Marta Romer analiza lo que sucede con los mixes y mixtecos de segunda y tercera generación nacidos en la ciudad de México; Rebeca Igreja reflexiona sobre los jóvenes indígenas y su participación en organizaciones sociales de la ciudad de México; a su vez, Manuela Camus discute la situación de los jóvenes indígenas en la ciudad de Guatemala y relativiza el papel de la ideología y la denominación de esta población como indígena; por último, Martha Lilia Mayorga analiza la presencia de

Investigadora titular de la Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH. Email: mayaluum@gmail.com


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los jóvenes indígenas en la Universidad Nacional de Colombia. Para resolver el problema de la definición de lo joven en las diferentes culturas casi todos los autores investigan dicha noción en las lenguas indígenas de los grupos trabajados, para identificar desde allí los cambios de su significado y de las prácticas asociadas al ser joven. Es así como los autores se introducen en los complejos procesos de negociación entre el cambio y la continuidad de las culturas y las identidades.

Los hallazgos de este libro. Ser joven: de cualidad biológica-cultural a demanda social

sonas, la edad continúa siendo un marco de referencia “objetivo” para la construcción de subjetividades generacionales a partir de la cual se construyen imágenes, estereotipos, representaciones, auto-representaciones y comportamientos sociales. Entre los purépecha, como señala Álvaro Bello, la construcción de la masculinidad y el tránsito hacia la adultez están asociados con el rapto de una joven (uatsï ), de modo que existe un término (sïupajpestia) para señalar socialmente a los hombres que no han podido hacerlo, y ello les acarrea desprestigio. Desde estos referentes lingüísticos, lo que concluyen los investigadores de este libro es que a los significados tradicionales de ser joven se agregan otros, los cuales implican la construcción de espacios juveniles asociados con la forma en que se vive y se sufre la modernidad, y con el conflicto entre lo tradicional y lo moderno. Se trata de procesos agudizados por los ritmos de la migración, las consecuencias de las guerras, el impacto de los sistemas educativos nacionales y la mayor apertura de las comunidades a la globalización y a la influencia de las llamadas industrias culturales. Así que sobre el sustrato de una noción tradicional se construyen nuevas maneras de ver y sentir lo joven; y desde la escuela, la iglesia, los medios de comunicación y la vida en las ciudades, entre otros factores, se le otorgan nuevas características, que en ocasiones implican la exigencia de derechos propios. Un cambio generacional similar reporta Manuela Camus entre los jóvenes de origen indígena que viven en la ciudad de Guatemala, y quienes según varios adultos “se despiertan”, “comprenden más”, “están más vivos” que sus progenitores cuando llegaron a la ciudad.

Una de las constantes encontradas por los investigadores, y que puede ser el primer hallazgo de este libro, es que en América Latina los jóvenes indígenas existen como sector, tanto en comunidades rurales como urbanas. Donde existe el concepto de joven en lengua propia, se trata de una categoría social que marca una etapa de vida que se inicia con la madurez biológica de los individuos y concluye con la madurez social, con cual el joven se incorpora a la vida adulta y asume comportamientos y compromisos sociales como el matrimonio. Además de responsabilidades con la comunidad. Sólo por mencionar dos ejemplos, y según reporta Eva Fisher, cabe decir que entre los aymaras de la comunidad de Upinhuaya (Bolivia) se designa wayna al hombre que está en la juventud, y como tawako a la mujer joven, mocetona, moza, señorita, o mujer soltera. En ambos casos la designación está asociada a la madurez biológica y al inicio de la fertilidad como característica principal e inherente. Este rango generacional abarca a los jóvenes más o menos entre 16 y 20 años de edad, mientras los términos imilla y jokalla se emplea para designar a las niñas y niños menores de 14 años. Algo similar reporta Verónica Ruiz entre los kanjobales refugiados en La Gloria, Chiapas: para ellos la juventud masculina llega con la madurez sexual, en tanto la adultez se adquiere con el matrimonio y el trabajo comunitario; en cambio, entre las mujeres se adquiere con el primer embarazo. Un niño se denomina unin, una niña ix unin, un hombre joven es aché y una mujer joven es copó. Si éstos permanecen solteros adquieren el prefijo naan, que significa mitad o madurez, pero los distingue de quienes sí están casados. De esta manera, y aunada a las características biológicas de las per© Federico Gama.


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Reseñas

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Entre las demandas de los jóvenes indígenas destacan la voluntad de oponerse a los adultos, modificar las reglas de convivencia, de divertirse, de disfrutar lo efímero, de vestirse con lo que está de moda y hacer lo que suponen los caracteriza como jóvenes. Un elemento importante de ser joven es poder organizarse para emigrar cuando ellos lo decidan, así como contar con espacios propios dentro de las estructuras tradicionales de gobierno y de la vida social de sus comunidades. En un contexto en que los jóvenes indígenas encuentran limitantes para ejercer su liderazgo, como sucede en muchas comunidades indígenas tradicionales, Milka Castro narra el caso de los mapuches en Chile, quienes al ser educados en las ciudades son fundamentales para la defensa de sus recursos naturales; ello es posible porque los jóvenes no se perciben como incompletos, tal y como sucede entre los wingka (gente no mapuche), o entre otros grupos indígenas. Sin embargo, es pertinente aclarar que la existencia del sector juvenil entre los indígenas de América Latina ha conducido a la posibilidad de que dentro de los miembros de jóvenes de un mismo grupo cultural emerjan su–grupos juveniles. De allí la pertinencia de agregar nuevas identidades, las juveniles, a la definición tradicional de ser joven. Esto sucede, por ejemplo, entre los purhépecha de Nurío, los indígenas de la ciudad de Guatemala, los jóvenes de origen guatemalteco nacidos en México, y los jóvenes aymaras y quechuas de Bolivia que han decidido ser cholos, según la identidad así denominada que surgió en la frontera de México y Estados Unidos, y que incluye cierta forma de vestir, determinado lenguaje corporal, comportamiento y hasta una forma similar de nombrar a las bandas juveniles.

Un elemento interesante que aportan dichos trabajos es la posibilidad de que sea desde la propia comunidad como se establecen las diferencias al interior del sector juvenil. Por ejemplo, entre los estudiantes indígenas que asisten a la Universidad Nacional de Colombia, Martha Lilia Mayorga encuentra que las autoridades comunitarias establecen diferencias para los jóvenes que salen a estudiar, y éstas pueden incluir elementos negativos como indica una abuela Wayúu: “hoy en día los jóvenes no pueden contar sus sueños porque ni siquiera saben que sueñan”; o pueden ser de confianza, ya que esos jóvenes son los que “traen mensajes (de afuera)” para llevarlos sus comunidades. Lo que se muestran, en todo caso, es que los contenidos de ser joven se definen por la interacción entre lo definido por los mayores como joven y lo que éstos asumen como tal. Un segundo hallazgo es que las poblaciones indígenas habitan en espacios sociales altamente heterogéneos, cruzados por diferencias de géneros, generación y posiciones socioeconómicas; lo cual desencadena tensiones y conflictos que expresan, entre otras cosas, vínculos de jerarquía y diversas relaciones de poder. Así que a la tradicional noción de joven se agregan nuevas valoraciones y significados que expresan las nuevas condiciones de socialización, y en torno a las cuales se generan nuevas prácticas y confrontaciones sociales.

Cambios en la socialización y la desobediencia de los jóvenes El tercer hallazgo de este libro es la constatación del impacto entre los jóvenes de los cambios en los procesos de socialización: si éstos se desarrollaban fundamentalmente en el seno de la fami-


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trar jóvenes comprometidos políticamente con lia y de la vida comunitaria, hoy tales procesos la pervivencia y el desarrollo de sus pueblos, y tienen lugar a través de la escuela, la universidad, elementos similares son reportados para México la migración, la iglesia, las relaciones interétnipor Maya Lorena Pérez Ruiz, Rebecca Igreja y cas, los medios de comunicación y las experienLaura Valladares. cias de destierro generadas por conflictos bélicos. De esta forma, los contenidos de los procesos de socialización son múltiples, se producen en La juventud como problema diversos ámbitos y no siempre son compatibles Otro aspecto que atraviesa la mayoría de traentre sí, además de que se generan fuera de los bajos es la asociación del sector joven indígena ámbitos del control comunitario. En ese sentido, con comportamientos que los adultos identifican por ejemplo, Verónica Ruiz presenta el impacto como problemas: la desobediencia, la creciente negativo de la educación escolarizada entre los afición por el alcohol y las drogas y su tendencia niños y jóvenes indígenas de origen guatemala formar “bandas” juveniles. También se reiteran teco nacidos en México cuando los maestros de las quejas por la poca participación de los jóveese país les prohíben hablar su lengua o portar nes en la vida familiar, productiva y comunitasus trajes tradicionales en las ceremonias cívicas ria, y por su alejamiento de las tradiciones. Según por no ser mexicanos. Un caso similar es analos adultos, lo anterior pone en peligro la contilizado por Rebecca Igreja al describir la vida en nuidad cultural del grupo. Eva Fisher, por ejemlas vecindades de la ciudad de México, donde la plo, señala las consecuencias de que las jóvenes ausencia de los padres por trabajo o abandono, aymaras ya no aprendan el tejido tradicional de sumada al hacinamiento y a la vida colectiva en cintura, antes empleado para enseñar el parenlos patios, propicia que niños y jóvenes socialitesco, desarrollar la paciencia y adquirir ciertos conocimientos y roles sociales. A su vez, entre cen en medio de la violencia, la drogadicción y el los varones ya es común el uso de ropa deporpandillerismo, factores que se articula con la distiva y peinados al estilo de los global kids, que los criminación y la falta de acceso a la justicia. Pero también la nueva sociabilidad se vive durante los identifica con su grupo de pares y desde el que se procesos migratorios asociados con la obtención confrontan con los adultos. Para Ruiz Lagier, la del prestigio para construir su masculinidad; y formación de esos subgrupos juveniles implica se advierte en los problemas de los jóvenes para la formación de “identidades colectivas contraacatar disposiciones comunitarias que los oblihegemónicas” con las que los jóvenes desafían gan a fortalecer una identidad y un compromiso la autoridad adulta, además de que sirven para colectivo, antes que el individual. Un ejemplo distinguirse de los jóvenes que no han migrado de esto último, dice Eva Fisher, sucede entre los a Estados Unidos. Es decir, los hace partícipes jóvenes aymaras rurales dotados con cedulas de de cierto rito de iniciación y les brinda prestigio, identidad, que les otorga derecho a votar y les desde donde se oponen y rebelan a la autoridad fortalece la libertad de decidir cómo y a dónde de los adultos. migrar, dónde y cómo vivir. Otro caso es abordado por Maziel Terrazas cuando habla del efecto provocado entre los quechuas por los partidos políticos y las estructuras municipales del Estado boliviano, al incorporar una lógica monetarista en la vida de los ayllus andinos que son parte de la división y administración municipal. Sin embargo, la educación escolarizada, la migración y la vida en las ciudades no siempre son elementos de ruptura y conflicto entre los jóvenes y sus comunidades de origen, y Marta Lilia Mayorga analiza el Programa para Estudiantes Indígenas en la Universidad Nacional de Colombia, que contempla el retorno obligatorio de estos jóvenes para servir a su comunidad. En Chile, según Milka Castro, también es posible encon© Federico Gama.


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Maziel Terrazas, sin embargo, demuestra que los jóvenes no son los únicos responsables del conflicto generacional, y para ello recupera los testimonios de los médicos kallawaya, hoy padres de jóvenes migrantes y que en su propia juventud abrieron el camino hacia las ciudades y la fascinación por su modo de vida. En una línea similar de análisis hablan otros autores, quienes además cuestionan que la migración sea o la causa de todos los males o la panacea para resolverlos. Así, recuerdan tanto la violencia simbólica y física asociada a las migraciones como sus elementos reforzadores de identidad. Álvaro Bello, por ejemplo, señala cómo en lugares tan lejanos como Carolina del Norte los purhépecha se han reagrupado en pequeños pueblos o barrios donde persiste el sentido de comunidad y sobreviven ciertas normas, que pueden incluir el control de los mayores sobre los jóvenes. También hablan de ello Rebecca Igreja, Marta Romer, Manuela Camus y Maya Lorena Pérez Ruiz, al mostrar que el proceso de negociación de las costumbres no es exclusivo de los jóvenes. En estas circunstancias, un cuarto hallazgo es que los jóvenes viven la tensión no resuelta entre los requerimientos de los adultos y sus propias expectativas de vida, lo cual muchas veces resulta contradictorio. De esta forma, la juventud no es la única responsable de los conflictos intergeneracionales, ni la única que provoca los cambios que viven hoy las comunidades indígenas —entre ellos la pérdida de la lengua entre los jóvenes por la decisión de sus padres de no enseñarla, según reportan Milka Castro, Marta Romer, Rebecca Igreja y Maya Lorena Pérez Ruiz—; tampoco es la única que ha provocado la existencia de cierto sentimiento de superioridad y distinción entre los jóvenes que han salido a estudiar —respecto a los adultos y otros jóvenes que no lo han hecho—. El sector joven, en cambio, expresa las tensiones, la diversidad de opciones, de condicionamientos y de conflictos, que cada pueblo indígena enfrenta —con su propia diversidad y desigualdad interna—, así como la manera en que cada uno busca resolverlos.

Jóvenes, pero no iguales. Diversidad y desigualdad entre los jóvenes indígenas Los trabajos aquí reunidos demuestran la complejidad de las comunidades indígenas, rurales o urbanas, así como las disyuntivas y opciones culturales que sus miembros tienen hoy en este mundo ampliamente interconectado pero desigual. Demuestran cómo entre los jóvenes indígenas hay diferentes opciones de vida: los que se integran de lleno a la producción local tradicional y a la vida de su unidad doméstica; los que prolongan su etapa escolar y pueden llegar a ser

universitarios; los que optan por irse definitivamente; los que van y vienen; y quienes manejan una combinación de algunas de esas opciones, que incluye incluso el retorno y el fortalecimiento de la identidad local, a pesar de haber salido largamente de su comunidad. A ello debe añadirse, como muestra Manuela Camus, la particularidad que le otorga a esos subgrupos la pertenencia de algunos jóvenes a ciertas iglesias, pues si bien algunas de ellas ayudan a los jóvenes indígenas a salir de las drogas y el alcohol, o a encontrar un grupo de apoyo, pueden ser opuestas a la continuidad de las tradiciones y a las formas de organización comunitarias, además de que pueden generar fuertes conflictos entre subgrupos en defensa de su religión. Otra fuente de diversidad es la incorporación de los jóvenes indígenas a organizaciones políticas, culturales o específicamente juveniles. En esa diversidad influye, además, su posición socioeconómica (de clase) y cierta forma de tomar posición frente su cultura, su comunidad y su proyecto de futuro. Al explicar las diferencias que se presentan entre los jóvenes —por ejemplo entre los grupos de varones o mujeres que han logrado migrar o realizar carreras profesionales y los que no—, autores como Maziel Terrazas, Rebecca Igreja, Marta Romer, Manuela Camus y Maya Lorena Pérez Ruiz enfatizan la existencia de subgrupos y los conflictos que se desarrollan entre ellos. También muestran las particularidades de los comportamientos según pertenezcan a comunidades y familias altamente cohesionadas y con proyectos alternativos, o a comunidades y familias donde la falta de comunicación, la dispersión o la desagregación se agudizan por la debilidad de las estructuras comunitarias y familiares, y por la falta de opciones de vida. De especial interés en ese aspecto es el estudio comparativo de Manuela Camus, quien muestra cómo diversas condiciones familiares y sociales de los indígenas urbanos en la ciudad de Guatemala pueden generar respuestas diversas a la cuestión de mantener o no la identidad propia. Sin embargo, para Maya Lorena Pérez Ruiz y Marta Romer tales proceso tienen como sustrato las relaciones de asimetría y desigualdad que contextualizan las relaciones sociales que establecen los jóvenes indígenas con el mundo no indígena, ya sea el nacional o el globalizado. Un marco en el que operan interrelacionadas, aunque no siempre de la misma forma, las relaciones de clase y las relaciones interétnicas para reproducir y acentuar las diferencias culturales y las desigualdades sociales. En el ámbito nacional, como aseguran Alexis Rivas, Milka Castro y Rebecca Igreja, las relaciones de asimetría y desigualdad se expresan en los datos sobre pobreza, pero también en la forma


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de construir la categoría de indígenas, tanto para la elaboración de los censos nacionales de población como para el diseño de las políticas públicas. En términos del poder de imposición que tiene la enunciación desde los grupos dominantes, Manuela Camus analiza cómo la frontera étnica entre indígenas y no indígenas en la ciudad de Guatemala se recrudece aún más con el desconocimiento de la figura social del indígena y su adjetivación como “igualado, “contaminado” o “lamido”, para así deslegitimar su presencia en la ciudad. Además, el uso de términos como “shumo”, “muco”, “cholero”, “indio” y “marero” —una clasificación que mezcla criterios étnicos, clasistas y generacionales— para designar a los jóvenes indígenas urbanos guía los comportamientos de los citadinos hacia ellos, pues al adscribirlos a tales agrupaciones populares se les clasifica como inferiores. Dicho lo anterior, un quinto hallazgo de este libro es que incluso entre el sector joven indígena es imposible hablar de homogeneidad y lo que prevalece es la diversidad; ésta se relaciona con factores como la desigualdad social, las opciones que cada individuo o subgrupo construye en interacción con su propia localidad, su entorno inmediato, las alternativas que puede tomar y la manera de apropiarse del mundo globalizado.

El género, otra forma de diversidad y desigualdad

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En la categoría de juventud está implicada la construcción de los géneros, y por tanto las prescripciones sociales que marcan el ser y el comportamiento de cada uno de los sexos en cada etapa de la vida. Pero ¿cómo se construyen las

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diferencias de género entre los indígenas, y cómo viven el cambio cultural las y los jóvenes indígenas? Varios trabajos de este libro, entre ellos el de Álvaro Bello y Laura Valladares, muestran cómo es posible que en las comunidades indígenas contemporáneas la construcción de los géneros y las generaciones se establezca desde la estructura misma de la tenencia de la tierra y la organización social comunitaria asociada con ella, elementos que se han gestado en interacción y dependencia con la historia del Estado nacional. Ello sucede en las comunidades que generalmente otorgan derechos plenos sólo a los comuneros hombres y casados, sin importar la edad. Por tanto, la generación adulta y masculina es la hegemónica, y tal status se alcanza mediante un matrimonio que se realiza normalmente a edad temprana, a partir de los 12 o 13 años. El matrimonio, entonces, forma parte de un ritual de paso hacia la adultez, ya que permite el acceso a los bienes comunales y a los órganos de gobierno comunitarios, aunque también es un ritual asociado a la regulación y al control de la sexualidad, sobre todo de las mujeres. En los casos aquí comentados se da cuenta de la persistencia del matrimonio arreglado, la compra de la novia o el rapto de la mujer entre purhépechas, refugiados guatemaltecos, nahuas, otomíes, mixtecos, huicholes, y mazahuas, ya que marcan un hito en la construcción de la masculinidad, mientras para la mujer joven significa el fin abrupto —además de no decidido por ella— de su niñez o adolescencia, según sea el grupo, y además implica para la joven la obligación de vivir con su comprador o agresor. El matrimonio, voluntario o no, para ellas es un


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indicador de maduración sexual y de capacidad reproductiva, y es común que después de casadas carezcan tanto de derechos agrarios como de participación plena en los órganos de gobierno locales. No obstante, tal carencia de derechos no les impide adquirir fuertes responsabilidades después de casada, y a ello se suma la violencia verbal y física presente en su vida cotidiana. En ese marco generalizado de pobreza y subordinación múltiple de las jóvenes indígenas —en sus comunidades y dentro de las sociedades nacionales globalizadas—, los trabajos de Laura Valladares, Martha Lilia Mayorga y Verónica Ruiz muestran el papel creciente de la migración, el trabajo asalariado, la educación, la capacitación, la información y la profesionalización en la vida de las mujeres jóvenes indígenas, pues por esa vía están modificando la forma de percibirse, valorarse y proyectarse al futuro, a la vez que influyen para que los demás cambien su visión y su valoración sobre ellas. De esta forma, si antes la definición de su género y su pertenencia a cierta generación estaba asociada directamente con el surgimiento y control de la sexualidad y sus capacidades reproductivas, ahora las mujeres jóvenes incorporan a su identidad nuevos valores, definiciones y derechos. Sin embargo, la contraparte de este proceso en que las jóvenes adquieren mayo libertad para decidir sobre su cuerpo y sexualidad, según indica Laura Valladares, es el creciente número de adolescentes embarazadas fuera del matrimonio y que se transforman en madres solteras —lo que también representa un cambio en las comunidades tradicionales. Pero no sólo Laura Valladares insiste en que ahora las mujeres indígenas tienen menos opciones que los varones. En ese sentido, Marta Romer demuestra que la adscripción identitaria al grupo de origen entre las mujeres mixes y mixtecas nacidas en la ciudad de México se concentra más que entre los varones, ya que sobre ellas se ejerce mayor control y tienen menos posibilidades de moverse fuera de los círculos familiar y comunitario, con lo cual se limita su acceso a otros modelos de socialización. En tanto, Milka Castro analiza cómo la mayor concentración de mujeres indígenas se presenta en zonas rurales de Chile (8 por ciento más entre aymaras y 15 por ciento más entre quechuas). En países como México, donde la educación preescolar y primaria es obligatoria y la cobertura del sistema educativo estatal es amplia, Maya Lorena Pérez Ruiz reporta que 56 por ciento de las mujeres indígenas y 77 por ciento de los hombres son analfabetas, mientras entre la generación joven ya están alfabetizadas 78 por ciento de las mujeres y 88 por ciento de los hombres. Para el caso de Colombia, como reporta Marta Lilia Mayorga, entre los jóvenes

universitarios 34 por ciento son mujeres y 56 por ciento hombres, y son ellas quienes organizan y apoyan a los demás estudiantes de su grupo o comunidad. En este caso las jóvenes han decidido casarse con sus compañeros de escuela y en ocasiones surgen parejas culturalmente mixtas, lo que genera nuevos acuerdos y formas de convivencia. Pese a estas ventajas que la migración tiene para las mujeres indígenas, la vida en las ciudades no siempre tiene resultados positivos, y tanto Rebecca Igreja como Manuela Camus muestran que para las mujeres puede estar acompañada de violencia y rechazo: entre las mujeres casadas, invertir el rol y volverse proveedoras les costará ser golpeadas o abandonadas por sus hombres; y si son solteras pueden quedar desamparadas del cuidado de sus familias, lo que atraerá sobre ellas la posibilidad de vivir el desprestigio, ser violadas y maltratadas. Como sexto hallazgo de este libro, la construcción de lo que significa ser mujer y ser mujer joven en las comunidades indígenas representa uno de los aspectos más cambiantes al interior de las comunidades, lo cual está asociado con las transformaciones del contexto y con la interacción múltiple y dinámica que cada vez más tienen las mujeres con otros actores sociales. Así, las jóvenes comparten con los varones muchas demandas, pero también construyen demandas específicas de género, algunas de ellas relacionadas con su edad, aunque enarbolan otras comunes a mujeres de cualquier edad. Esto no es contradictorio con su apoyo para fortalecer los derechos culturales y políticos para sus pueblos.

Ni sólo híbridos ni todos deslocalizados Marta Romer, Maziel Terrazas y Maya Lorena Pérez Ruiz, dan cuenta de cómo el alejamiento de los jóvenes indígenas de sus lugares de origen, así como su incorporación a los circuitos de consumo masivo globalizado —ya sea mediante la migración, la escuela, su vida en las ciudades y lo aprendido por su fascinación por las industrias culturales—, contribuye a desintegrar y disolver las culturas e identidades locales. Sin embargo, frente a opiniones que consideran que la tendencia predominante es hacia la hibridación —en el sentido de collage, arbitrario y sin sentido—, así como a la pérdida de identidades propias y a la adopción de identidades globales y deslocalizadas, los trabajos aquí reunidos muestran cómo los procesos gestados entre los indígenas latinoamericanos no son unidireccionales, ni producto de una oposición mecánica entre lo tradicional y lo moderno. Lo que se advierte, en cambio, es cómo ese poderoso flujo de modernidad en las comunidades indígenas, tanto rurales como urbanas, puede producir también el forta-


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lecimiento de las identidades propias, además de generar nuevas formas de identidad y cultura, si bien —como explica Marta Romer— éstas pueden hallarse en tensión, o inclusive en conflicto. Junto a la desterritorialización y la deslocalización inherentes a la globalización, entre los jóvenes indígenas encontramos que también se están gestando nuevas formas de re-territorialización y re-localización de culturas e identidades particulares. Esto quiere decir que el surgimiento de nuevas identidades juveniles —las punks o cholas, por ejemplo— no necesariamente implica el abandono de la identidad local comunitaria propia, e incluso tampoco conllevan la destrucción o el abandono de identidades y pertenencias más amplias como las etnolingüísticas, étnicas o nacionales. Así, por ejemplo, Maziel Terrazas propone que bajo una mirada profunda se advierte que frente a la confrontación entre el imaginario tradicional que sustentan los padres y abuelos indígenas, y los imaginarios globalizados que abrazan cada vez más algunos jóvenes, el resultado no es siempre el mismo: no son obligatorios ni el marcado rechazo de lo propio ni la confrontación, como tampoco lo es una obligada y arbitraria hibridación. Por el contrario, existen espacios de interacción entre jóvenes y mayores en los que se generan procesos de tolerancia, convivencia y hasta de aprendizaje cultural. Es más, existen casos de retorno de algunos jóvenes al ayllu después de haberse decepcionado en las ciudades. Y frente a la pregunta de si la globalización está creando entre los jóvenes indígenas una identidad híbrida y global, única y que sea común a una gran diversidad de jóvenes en el mundo, sin importar su lugar de origen ni las cualidades culturales específicas de su grupo original de adscripción, las respuestas apuntan a una misma dirección y Maziel Terrazas contesta que no: por lo menos hasta ahora, eso no está sucediendo entre los jóvenes del ayllu de Chari, pues tampoco existe una sola cultura global que haya alcanzado a todos por igual y sea vivida de la misma forma. Algo similar plantea Álvaro Bello al señalar que inclusive una identidad juvenil como la del cholo –que podríamos llamar global, y se ha considerado desterritorializada y deslocalizada– se vive de forma particular y diversificada entre los jóvenes purhépecha de Nurío; así que se vive de muchas maneras en una misma localidad y sin que las fronteras entre una y otra estén perfectamente definidas, lo cual deriva en que no todos los jóvenes cholos tienen el mismo gusto por la música, ni asumen idéntica forma de vestir. De allí que entre los jóvenes purhépecha que son cholos haya distinciones que aluden a múl-

tiples experiencias y no sólo a un mismo patrón de comportamiento, gusto o moda. El relato de los cholos entre los jóvenes kanjobales de La Gloria, Chiapas, habla también en ese sentido y deja ver cómo, pese a ese vínculo simbólico con las bandas estadounidenses, los integrantes de las bandas locales tienen un fuerte apego por la comunidad de origen y su fiesta patronal. Por lo demás, las menciones a las fiestas, ritos y eventos deportivos dejan ver, como señalan Maziel Terrazas, Álvaro Bello, Verónica Ruiz, y Milka Castro que constituyen espacios de encuentro y desencuentro entre grupos y sectores diversos de la comunidad, pero también son espacios propicios para el encuentro y la negociación, para la cohesión y continuidad pero también para la apertura de fronteras y la maleabilidad de las costumbres, sin que ello implique necesariamente la destrucción de identidades locales. Otros autores explican cómo los jóvenes reciben y se apropian de la alternatividad “global” y la “culturas de masas”, y cómo responden ante la homogenización cultural neoliberal. Milka Castro y Maya Lorena Pérez Ruiz hablan de la formación de artistas e intelectuales indígenas que han desarrollado lenguajes estéticos propios, pero en diálogo creativo con otras culturas. Pintar, escribir, hacer poesía, hacer música, video y cine, son algunos de los caminos escogidos. En este punto, es importante la formación de organizaciones culturales que los convocan y reúnen, así como el surgimiento de nuevos conceptos para dar cuenta de esas nuevas estéticas, como sucede con el “rock marichiwe” o los fenómenos de la “mapurbe” y los “mapunkies” reportados por Milka Castro entre los jóvenes mapuches de los centros urbanos argentinos y chilenos. Sin embargo, Marta Romer, alerta sobre la tentación de ver esa capacidad indígena (muy visible entre los migrantes de segunda y tercera generación en las ciudades) de adaptarse y apropiarse de la modernidad como si se tratara de una elección libre. Y si bien reconoce que los individuos pueden desarrollar diversas “estrategias identitarias”, y con ello hacer uso de su libertad de elección en el marco dinámico y relacional en que surgen y se desarrollan las identidades, también nos recuerda que el contacto cultural y la socialización de los jóvenes indígenas se desarrolla en un marco de interacción en el que la cultura propia está subordinada respecto a otros modelos culturales, como el nacional. Como séptimo hallazgo se debe apuntar que si bien entre las comunidades indígenas contemporáneas existen una tendencia hacia la apropiación de bienes culturales producidos por las industrias culturales hegemónicas, y esto genera a primera vista modos y estilos de consumo globalizados,


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ello no debe entenderse mecánicamente, pues un análisis cuidadoso muestra que tales consumos no se dan de la misma manera en todos lados, y que su apropiación y resignificación tiene lugar de manera variable, de allí que deba analizarse en contextos culturales y sociales específicos. En cuanto a la pérdida de la identidad local, si bien representa una posibilidad y una realidad entre ciertos sectores, tanto de jóvenes como de adultos y niños, ello no siempre sucede así; es posible que junto a la transformación de las identidades locales –que se flexibilizan para acoger y acomodar los cambios que están sucediendo– se agreguen identidades nuevas, que no necesariamente se opongan y busquen la destrucción de otras identidades. Sin embargo, en estos complejos procesos de cambio cultural e identitario no predominan únicamente los deseos y gustos individuales —los cuales harían posible que los jóvenes indígenas, por voluntad y libremente, entraran y salieran de un modo de vida a otro, transitaran de una identidad a otra y optaran a su gusto por la tradición o la modernidad—; por el contrario, existen condiciones estructurales y subjetivas que intervienen tanto para inducir el sentido del cambio como para limitarlo y acotarlo, así como para inhibir o posibilitar la pérdida o la adquisición de nuevas identidades.

¿Globalizarse o desaparecer? Uno de los rasgos presente en los trabajos de este libro es la asociación generalizada entre ser indígena con pobreza, la falta de opciones para el desarrollo local, e incluso para encontrar

opciones dignas mediante el trabajo migratorio y la estancia en las ciudades. Lo común es que el conflicto y la valoración negativa de la identidad propia que facilita su abandono estén asociados —mas no necesariamente determinados— a condiciones de desigualdad, discriminación, inequidad, injusticia y exclusión. Son amplias las quejas de adultos frente al cambio cultural que viven los jóvenes y pocas las opciones de aquéllos para evitar la pérdida y retener localmente a las nuevas generaciones. De parte de los jóvenes, son muchos sus deseos de conocer, experimentar y abrirse al mundo, y hasta de dejar sus identidades propias, fuertemente estigmatizadas y por las cuales se les discrimina y se les considera pobres, vándalos, delincuentes o gente sin cultura. Y aunque algunos creen que la modernidad debería ser una opción que no los desarraigara ni alejara de sus familias y lugares de origen, otros no ven perspectivas y prefieren omitir los rasgos visibles de su identidad y cultura: dejan de hablar su lengua, asumen comportamientos urbanos y hasta llegan a romper con su familia y su comunidad. Frente a ese panorama desolador respecto del futuro y la permanencia de las culturas locales ante políticas nacionales y las tendencias hacia la globalización, algunos trabajos dan cuenta de los esfuerzos que realizan significativamente algunos sectores de jóvenes indígenas, quienes más que enarbolar demandas como sector generacional quieren modificar las condiciones estructurales, ideológicas y culturales que contribuyen a la reproducción de las condiciones de pobreza y


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exclusión que han vivido sus pueblos, y en consecuencia han influido a lo largo del tiempo en el desinterés de sus miembros por conservar las culturas e identidades propias. Con ello es posible observar, entonces, que frente a las tendencias que empujan hacia la homogeneización y la globalización de la cultura existen otras tendencias, muchas veces enarboladas por los jóvenes, mediante las cuales si bien no se busca cerrarse a lo nuevo, sí se considera que el cambio debe ser decidido por los indígenas autónomamente, para que beneficie su desarrollo en ámbitos locales, regionales, nacionales y globales. Tal como lo señalan Rebecca Igreja y Alexis Rivas, los vínculos entre jóvenes indígenas y diversos movimientos sociales —como con los zapatistas en México o el movimiento indígena nacional en Ecuador— han sido de gran influencia para la recuperación y valoración positiva de sus culturas e identidades, e incluso para la presencia de procesos de etnogénesis como el generado entre el pueblo zapara, supuestamente desaparecido en Ecuador. Alexis Rivas, por tanto, invita a analizar el surgimiento de los liderazgos de corte político entre los jóvenes indígenas como un proceso asociado a los movimientos sociales, la profesionalización, la acción de las iglesias, los proyectos de desarrollo y la necesidad de algunos pueblos indígenas, como los amazónicos, de dejar en manos de los jóvenes hablantes del castellano la representatividad comunitaria y el desarrollo de las relaciones con compañías petroleras, madereras y de turismo

con fuerte presencia en zonas indígenas. Además señala que, por lo menos entre los otavaleños, no son incompatibles las reivindicaciones de los jóvenes como sector social, de las que enarbolan a favor de sus pueblos. En ese proceso de reflexión y decisión para el futuro en que están inmersos los jóvenes, importan los contextos y sus interacciones con diversos agentes sociales, así como el carácter de esas relaciones y de los proyectos a que se aplican. Martha Lilia Mayorga, por su parte, muestra que desde el Estado es posible generar condiciones educativas diferentes a las actuales, que tienden a la homogeneización cultural y a ignorar o rechazar la diversidad cultural. En su artículo, los jóvenes indígenas que viven en la ciudad y van a la universidad tienen experiencias de menor conflicto cultural, y surgen diálogos interculturales entre indígenas y no indígenas en los que se generan procesos de aprendizaje mutuo y fortalecen sus identidades, sin excluir ni ignorar la cultura del otro. Paradójicamente, experiencias como la de la Universidad Nacional de Colombia actúan no para que los jóvenes indígenas pierdan sus identidades locales, se globalicen y se queden en las ciudades, sino para que revaloren positivamente su cultura, adquieran conocimientos especializados y fortalezcan sus vínculos comunitarios. Así, en el contexto nacional de fuertes conflictos por las tierras y las aguas entre pueblos indígenas y los sectores oligárquicos de la sociedad chilena, y con las dificultades que aún tienen los pueblos originarios para su reconocimiento constitucional como pueblos, Milka Castro narra las demandas más importantes planteadas por los jóvenes indígenas, enfocadas a modificar las condiciones de relación entre pueblos indígenas y Estado nación. A través del recuento histórico de las demandas y luchas indígenas juveniles, muestran la evolución de la capacidad de los indígenas para responder políticamente a las diversas acciones del Estado y, en esos contextos de represión y de violencia, para generar demandas y proponer opciones para sus pueblos, lo cual han hecho desde diferentes perspectivas ideológicas y organizativas. Actualmente, por diversas vías los jóvenes indígenas militantes están planteando mejorar la cantidad y calidad de hogares estudiantiles en las ciudades para continuar con sus estudios, quieren impulsar políticas nacionales de educación intercultural y que se construyan mayores espacios de participación en las políticas culturales, al tiempo que pretenden mejorar la capacitación para la transferencia de tecnologías. Algunos incluso han planteado la recuperación y el retorno a sus territorios originarios mediante un re-poblamiento bajo nuevas condiciones de etnodesarrollo. En ese contexto, prin-


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De allí, que en diversos trabajos se perciba el cipalmente entre los mapuche, son jóvenes los interés de las vanguardias indígenas universitalíderes indígenas que se enfrentan a la represión, rias y educadas en las ciudades por cambiar las son jóvenes los acusados por terrorismo y asociacondiciones de inserción y articulación de los ción ilícita, y son y serán mayoritariamente los pueblos indígenas con los estados nacionales y jóvenes quienes logren cambiar las condiciones los espacios de la globalización, para permanecer de sus pueblos. Demandas similares, ancladas en y fortalecer la cultura propia, y desde ahí aprenel reconocimiento y la activa participación políder y decidir qué toman, y cómo lo hacen, de las tica indígena, tienen lugar entre otros jóvenes de culturas nacionales y globales. América Latina, como se apunta en los trabajos Los márgenes de esa posible negociación y de Maya Lorena Pérez Ruiz, Alexis Rivas Toledo acuerdo entre los proyectos de los adultos y los y Rebecca Igreja. jóvenes, de las comunidades indígenas y los estaEste tipo de demandas trasciende los probledos nacionales, y de lo local con lo global —como mas de corte cultural y se ubican en el ámbito de hacen ver Maziel Terrazas, Verónica Ruiz, Maya las disputas políticas por el reconocimiento, para Lorena Pérez Ruiz, Rebecca Igreja, Milka Castro que haya equidad en la distribución de recursos y Martha Lilia Mayorga—, podrán establecerse y modificar las formas y montos de la participasiempre y cuando la persistencia de lo tradicioción indígena en la vida pública de las naciones. nal no se oponga ni vete lo nuevo, y lo nuevo no Para que pudiera suceder esto, como señalan se imponga, sustituya ni anule arbitrariamente Milka Castro y Maya Lorena Pérez Ruiz, resullo tradicional. Además, cuando ello suceda en un taba importante que a la par de la reivindicación marco social en el que se fortalezcan las capade las identidades propias surgiera y se institucidades propias —entre ellas la de autonomía y cionalizara el concepto de indígena, que con su decisión— y se generen alternativas de desarrollo sentido político, movilizador, reivindicativo y local, social y económico, que brinde opciones trans o supra étnico ha convocado a una gran no sólo para las nuevas generaciones indígenas, diversidad de poblaciones originarias para intersino para los pueblos indígenas en su conjunto. pelar a los estados nacionales en busca del recoEllo podrá suceder cuando en los países de nocimiento de sus derechos como pueblos. En el América Latina la diferencia cultural no sea sinócampo cultural e identitario ello ha significado, nimo de desigualdad social, y cuando ser indígeneralmente, más que una oposición simplista gena no sea sinónimo de ser pobre y atrasado; por a la cultura occidental, y más que pretender la el contrario, cuando se establezcan condiciones construcción de un solo sistema cultural indígena de equidad social para el desarrollo económico, la demanda es por generar las condiciones que social y cultural. Así que la utopía, más que en permitan el vigor y fortalecimiento de la diverla amorfa hibridación cultural y en la globalizasidad de las culturas locales, rurales y urbanas, ción sin sentido, se ubica en el fortalecimiento para conseguir voz y participación en los nuevos del diálogo cultural con autonomía, tal como se escenarios políticos nacionales y globales. concibe la interculturalidad desde la perspectiva Como octavo hallazgo de este libro, puede indígena latinoamericana. concluirse entonces que así como la globalización y la hibridación cultural no son la única opción para los pueblos indígenas, tampoco en las demandas y luchas indígenas contemporáneas existe un rechazo total y general a la cultura externa, moderna y globalizada. No se pretenden evitar las relaciones entre los indígenas y los no indígenas, no se rechazan las culturas nacionales, ni los aportes de la globalización cultural en abstracto. Hay, en cambio, un rechazo a la imposición cultural, a la falta de control sobre los procesos de cambio de sus pueblos y al contenido hegemónico con que se pretenden imponer esos cambios desde ámbitos cada vez más lejanos, y por la acción e interés de agentes cada vez más difusos y poco identificables. © Federico Gama.


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Referencias documentales sobre jóvenes y violencia Perla Medina* Vázquez V. y R. Castro ¿Mi novio sería capaz de matarme? Violencia en el noviazgo entre adolescentes de la Universidad Autónoma Chapingo Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, vol. 6, núm. 2, 2008, pp. 709-738.

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Los autores analizan ocho testimonios de jóvenes estudiantes de la universidad que vivieron situaciones de violencia en el noviazgo, identifican violencia física, sexual y psicológica. La pregunta que suscita el análisis final es ¿qué hace que las mujeres permanezcan en una relación de violencia? Confrontan planteamientos teóricos con los testimonios ubicados contextualmente en las características particulares de la universidad en su modalidad de institución total. Rescatan la reciente y precaria emergencia de una conciencia de género formada a partir de la experiencia. A manera de conclusiones, los autores hacen un recuento de los alcances y limitaciones de su investigación, al tiempo que enfatizan la importancia de analizar la violencia de género no sólo desde el punto de vista femenino.

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Saldívar G., L. Ramos y M. Romero ¿Qué es la coerción sexual? Significado, tácticas e interpretación en jóvenes universitarios de la ciudad de México Salud Mental, vol. 31, núm. 1, 2008, pp. 45-51. A través de grupos focales con estudiantes universitarios, las autoras analizan el concepto de coerción sexual y las tácticas que utilizan hombres y mujeres para obtener una relación sexual. Concluyen que la mayoría de entrevistados asocian el concepto “coerción sexual” con el uso de la fuerza extrema, que hombres y mujeres culpan a las segundas de su victimización, que la coerción sexual es un problema más frecuente en las mujeres, y que las tácticas indirectas son las más utilizadas, sólo que los hombres utilizan tácticas sutiles con amenaza y las mujeres no. González R. y J. Santana La violencia en parejas jóvenes Psicothema, vol. 13, núm. 1, 2001, pp. 127-131. Las autoras plantean que durante el noviazgo está presente la violencia, y aun cuando esta condición no es tan estudiada como la violencia marital, resaltan que la violencia tiene una progresión gradual: aunque no se presente sino con el inicio de la convivencia, algunos indicios pueden preceder su aparición, entre ellos un ambiente familiar violento. En el estudio se analiza el nivel de violencia de pareja que manifiestan los jóvenes encuestados y se calculan la predicción de ésta a través de dos variables: el clima familiar y las expectativas respecto a la pareja. Sus resultados sugieren que la violencia que ejerce la madre es la variable que mejor predice la violencia entre hombres y mujeres; encontraron también que el porcentaje de casos donde se produce violencia es similar en ambos sexos (7.5 y 7.1 por ciento, respectivamente), pero sugieren prudencia al tomar los resultados de las mujeres, por limitaciones de la escala utilizada. Para la variable “expectativas sobre la pareja” encontraron que el atractivo en la pareja predice significativamente la violencia, tanto en hombres como mujeres, y proponen algunas explicaciones para ello.

Estudiante del Posgrado en Antropología Social, Escuela Nacional de Antropología e Historia. Email: medinaperla@ hotmail.com


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Acevedo M., L. Ramos y C. González-Forteza Violencia de género. Sugerencias para la intervención en escuelas secundarias Decisio, núm. 2, 2006. En este trabajo la violencia se asume como “una forma de ejercicio de poder mediante el empleo de la fuerza, ya sea física, psicológica, económica o política, esto implica la existencia de un arriba y un abajo reales o simbólicos”. Este tipo de ejercicio de poder entre los jóvenes no sólo se vive en las relaciones con los adultos, sino también entre pares, y en este punto el enfoque del artículo se centra en la perspectiva de género. Utilizando grupos focales de una escuela secundaria, se obtienen las similitudes y diferencias entre las experiencias y opiniones de los participantes. Paredes, M.T., M. Álvarez, C. Lega y A.Vernon Estudio exploratorio sobre el fenómeno del bullying en la ciudad de Cali, Colombia Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, vol. 6, núm. 1, 2008, pp. 295-317. Las autoras empiezan con una revisión de los estudios relacionados con el fenómeno del bullying en Europa, donde el problema existe de forma similar a pesar de contextos y marcos culturales diferentes. La mayoría de estudios revisados se centran en las consecuencias negativas para la salud que proporciona ser víctima de acoso por parte de los pares, entre estas consecuencias destacan la depresión y el suicidio. Es visible también la predicción de conducta antisocial y violenta de un adulto que acosó a otros en la escuela. El estudio del bullying, sin embargo, tiene sus dificultades, para empezar no hay una

traducción consensuada de la palabra, lo que dificulta el manejo metodológico del fenómeno. El estudio muestra los resultados de una encuesta aplicada en 14 colegios de la ciudad de Cali, en los que se identifica la presencia del fenómeno y sus actores: víctimas y agresores (incluyendo agresores pasivos), así como la agresión verbal y la ridiculización como principal forma de agresión. Finalmente se discute la poca exploración del bullying en Colombia y la poca participación de los adultos cercanos para contrarrestar el problema. Serrano, J. La cotidianeidad del exceso. Representaciones de la violencia entre jóvenes colombianos F. Ferrándiz y C. Feixa, Jóvenes sin tregua: culturas y políticas de la violencia, Barcelona, Anthropos, 2005, pp. 129-143. En este texto de corte descriptivo el autor aborda la relación entre los jóvenes y la violencia cotidiana en Colombia. Inicia con un breve recuento de la construcción del joven como sujeto de investigación sociológica en la escuela de Chicago y la escuela de Birmingham, para llegar a la forma en que los jóvenes construyen su lugar social asociados a la violencia. Plantea ejemplos sobre la experiencia cotidiana de la violencia, en partidos de futbol, en la calle, con la guerrilla y al interior de la familia, estableciendo diferencias de género. Propone que en la convivencia continua con prácticas violentas se ha dado una naturalización y legitimación de éstas, y ante eso se generan narrativas de religiosidad y consumo cultural. Frente a la expresión “socialidad fragmentada” de Mafessoli, el autor discute el


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contexto colombiano, que plantea un escenario donde los jóvenes están excluidos como “sujetos completos”. Sánchez, P., (2006) Prevención versus influencia social en las adicciones Liber-Addictus , núm. 89, 2006, pp. 18-20. El autor reflexiona sobre los factores sociales que influyen en el consumo y abuso de alcohol y drogas, enfatizando las consecuencias negativas. Su interés se centra en los jóvenes, quienes “enfrentan una constante presión proveniente de sus amigos, para consumir o usar diferentes tipos de sustancias” y propone la enseñanza de “habilidades para la vida” como herramienta para resistir la presión del grupo que conduce al consumo. Juárez F. et al. Tendencias de la conducta antisocial en estudiantes del Distrito Federal: mediciones 1997-2003 Revista Salud Mental, vol. 28, núm. 3, 2005, pp. 60-68.

Reseñas

A través de un análisis epidemiológico, los autores concluyen que entre 1997 y 2003 ha aumentado el número de jóvenes, estudiantes de secundaria y bachillerato que incurren en conductas antisociales, especialmente en el periodo 2000-2003, y que el mayor aumento corresponde a conductas relacionadas con violencia y robos. Se discute sobre los factores que favorecen este incremento

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y afirman que estas conductas no son privativas de condiciones marginadas o de desventaja, sino se ven favorecidas por nuevas formas de relación que se establecen entre los jóvenes. Caballero, M.A.; L. Ramos, C. González-Forteza y M.T. Saltijeral La violencia que ejercen los padres hacia sus hijos adolescentes M. Jiménez, Caras de la violencia familiar, México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2005. El objetivo de este estudio fue establecer la relación entre ser víctima de violencia familiar con la sintomatología depresiva y el intento de suicidio entre estudiantes de dos escuelas secundarias en la ciudad de México. Los autores categorizan en tres niveles la violencia familiar: psicológica, física moderada y física severa. A través del cuestionario “Escala de tácticas de conflicto padreshijos” y la escala ces-d establecen la relación entre violencia e intento de suicidio y depresión. Rodríguez, E. Jóvenes y violencias en América Latina: Priorizar la prevención con enfoques integrados Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales Niñez y Juventud, vol. 5, núm. 2, 2007, pp. 539-571. Ernesto Rodríguez hace un análisis sobre las condiciones de exclusión social que benefician los cuadros de violencia en que se ven inmersos los jóvenes, ya sea como receptores o emisores. El interés de este trabajo es analizar las diferentes acciones que se han llevado a cabo en países de Centro y Sudamérica y sus resultados. Entre ellos las políticas de “cero tolerancia”, los programas de seguridad ciudadana en Colombia y Uruguay, la prevención de violencia en escuelas de Brasil y “las escuelas abiertas” en ese mismo país, siendo este programa el que ha reportado mejores resultados; se analizan también los programas de prevención de la violencia desde los municipios, así como el programa de capacitación laboral y formación de multiplicadores jóvenes creado en El Salvador, y el modelo de justicia para niños y adolescentes de Costa Rica. Finaliza al puntualizar a) logros y limitaciones de los diferentes enfoques—salud pública, derechos humanos, de seguridad ciudadana y económicos— que han abordado lo juvenil; b) las diferencias que existen entre países de América Latina, y c) sugerencias a considerar en la elaboración de futuras respuestas alternativas.


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Lomnitz, L. Los usos del miedo pandillas de porros en México F. Ferrándiz y C. Feixa, Jóvenes sin tregua: culturas y políticas de la violencia, Barcelona, Anthropos, 2005, pp. 85-93. Larissa Lomnitz analiza el fenómeno de los “porros” y su vinculación con la vida política universitaria y nacional. Inicia con un recuento histórico para contextualizar la formación de estos grupos y su participación violenta en los movimientos universitarios y las campañas de desprestigio para algún candidato o partido político en periodos electorales. Luego describe la organización jerárquica de estos grupos y analiza algunas prácticas violentas, como las violaciones a mujeres estudiantes, a la luz del machismo imperante en México. Distingue las actividades porriles en dos momentos: “tiempos de paz” y tiempos de guerra”; en el primero los “porros” actúan como delincuentes menores, y en el segundo “organizando manifestaciones, provocando violencia y rompiendo marchas de estudiantes políticamente motivados”. Finaliza al ubicar a los “porros” como parte de la estructura vertical social de México, y concluye que “su presencia y facilidad de organizarse representa una amenaza para la democracia en México”. Huerta, F. La violencia virtual: una experiencia de los jóvenes en las videosalas Estudios Sociales, vol. 13, núm. 26, jul.-dic. 2005, pp. 172-206. En este trabajo el autor plantea una serie de reflexiones sobre el juego virtual como instrumento para aprender, introyectar y practicar la violencia de género. Ante esto las videosalas son espacios de socialización y aculturación, donde se entretejen lealtades hacia el grupo o la pandilla, se expresan significados y símbolos de clase, etnia y cultura, se construyen e intercambian códigos, normas y valores, se internalizan el reto y la temeridad como atributos masculinos. Las prácticas violentas perpetradas a edades tempranas son el contexto histórico desde el cual los jóvenes reelaboran los conceptos o imágenes de sí mismos, del mundo y de la vida. El autor enfatiza que la violencia virtual en los jóvenes es un proceso relacionado con las conductas que la sociedad espera de ellos en los órdenes de lo político, económico, social cultural y genérico.

Para los jóvenes la experiencia virtual es la posibilidad de la fantasía y la ilusión como refugio de las contradicciones sociales, económicas, políticas y genéricas que se viven en la realidad. Los videojuegos forman parte del capital cultural de los jóvenes. Bourgois, P. Más allá de una pornografía de la violencia. Lecciones desde El Salvador F. Ferrándiz y C. Feixa, Jóvenes sin tregua: culturas y políticas de la violencia, Barcelona, Anthropos, 2005, pp. 11-33. En un ejercicio reflexivo, el autor confronta dos de sus trabajos: el primero sobre la violencia represiva en El Salvador revolucionario y el segundo sobre la violencia en las prácticas cotidianas en un gueto neoyorquino. Propone una clasificación de cuatro tipos de violencia: política directa, estructural, simbólica y cotidiana. A partir de su experiencia etnográfica y la discusión de sus referentes teóricos —Bourdieu, Sheper-Hughes y Galtung— el autor propone que todas estas violencias están imbricadas, y el reto de la etnografía consiste en contener el impulso de presentar una imagen saneada y esclarecer las cadenas de causalidad que unen la violencia estructural, política y simbólica con la producción de violencia cotidiana.

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Juris, J. Violencia representada e imaginada. Jóvenes activistas, el Black Bloc y los medios de comunicación en Génova F. Ferrándiz y C. Feixa, Jóvenes sin tregua: culturas y políticas de la violencia, Barcelona, Anthropos, 2005, pp. 185-207. Jeff Juris inicia este ensayo describiendo la organización y prácticas de las manifestaciones anti globalización, y en tal contexto utiliza el término violencia “performativa” para analizar el uso de la violencia desde el Estado –como represor del movimiento– y desde el Black Bloc –que intenta hacer visible la manifestación a través de ella–. Enfatiza el papel de los medios de comunicación en la producción de realidad social y el uso que hacen de su intervención cada una de las partes. Concluye con un recuento de las modificaciones al interior del movimiento a partir de la experiencia de la manifestación en Génova, y propone el uso de tácticas innovadoras y creativas como una vía más efectiva de oponerse a las campañas estatales de represión.

Reseñas

Ramos, L., C. González y F. Bolaños Juventud, género y violencia A. Nateras, Jóvenes, culturas e identidades urbanas, México, uam, 2002, pp. 415-432. El ensayo inicia con una reflexión sobre la separación que han tenido las ciencias sociales y de la salud en la comprensión de lo juvenil. A través de datos epidemiológicos, y bajo una perspectiva de género, los autores analizan la problemática suicida (violencia autoinflingida) y la violencia interpersonal, dos de los tres tipos de violencia propuestos por la Organización Mundial de la Salud. Finalizan con la propuesta de integrar perspectivas feministas en el abordaje de problemáticas como la violencia. Valenzuela, J. Introducción: Cien años de Choledad J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 11-32. Valenzuela realiza un breve recorrido sobre la forma en que barrios y “clicas” juveniles”, integrados por grupos étnicos y migrantes residentes en Estados Unidos, fueron cobrando presencia y generando espacios de socialización, bajo las miradas discriminatorias y racistas de las autoridades de aquel país: desde los pachucos, pasando por los homies y otros tantos. El autor analiza a la par las “experiencias protomareras” en Estados

Unidos junto al desolador contexto de la guerrilla salvadoreña como parte del contexto en el que se configura la Mara Salvatrucha. Posteriormente da cuenta del interés y preocupación generado por el fenómeno no sólo en Estados Unidos, sino en los países centroamericanos e incluso europeos. El endurecimiento de las medidas de seguridad y un bombardeo mediático sobre estos jóvenes, ha impedido observarlos como una alternativa de socialización ante la desestructuración de instituciones sociales que definieron certezas y trayectorias a amplios sectores de la sociedad. Valenzuela, J. La mara es mi familia J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 33-61. Valenzuela Arce observa la aparición de la Mara Salvatrucha como uno de los fenómenos de carácter trasnacional y trascultural de la actualidad, característica que obliga a un estudio en complejidad tanto en el contexto estadounidense como en la propia realidad de El Salvador. El autor da cuenta de las distintas agrupaciones juveniles que han hecho aparición en la frontera sur de Estados Unidos desde hace décadas, comenzando por los pachucos, pasando por los cholos, y culminando con los maras (o a la que define como trayectoria pachoma). Fue en los años ochenta cuando los maras comenzaron a atraer la atención de distintos sectores de la población, medios de comunicación y autoridades. Para el autor es importante notar que más allá de la relación social que articula a estos jóvenes, el territorio o barrio simbolizado y la objetivad en el control territorial y su significación forman parte de su sentido de identidad al límite y permanencia. Con estos elementos trata de comprender y explicar las prácticas, códigos, espacios socioculturales de los maras en contraposición con los estereotipos que dominan el ambiente. Vigil, J. Marginalidad múltiple: un marco comparativo para comprender a las pandillas J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 63-81. Para el autor, las pandillas callejeras en Estados Unidos y otros lugares son resultado de una marginalización que ocurre en varios niveles: familiar, escolar e institucional. Ante esta “marginalidad múltiple” Vigil propone una enfoque


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distintos ritmos de crecimiento, vinculación y criminalidad que diferencian a ambos grupos. Por otra parte, el autor incursiona en el polémico tema del control social partiendo de la idea de que el debilitamiento de los lazos familiares, escolares e institucionales “libera” al adolescente de los caminos de la conformidad, y debido a la socialización callejera. Concluye con una propuesta de prevención, intervención y estrategias de supresión que ayude a la juventud a respetar a la sociedad y sus leyes, con el recíproco respeto hacia dicha juventud.

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Reseñas

transcultural para explicar las diferencias históricas, políticas y étnicas entre las poblaciones marginadas de las que provienen los miembros de una pandilla. Desde este enfoque se puede facilitar el examen de las disrupciones del control social dentro de la familia, la escuela y el cumplimiento a la ley, y cómo estas disrupciones conducen a la socialización callejera y a la participación en pandillas. La particularización de carácter entnohistórico nde los grupos mexicano-estadounidenses, por un lado, y de salvadoreños y vietnamitas, pueden explicar los

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Martel, R. Las mara salvadoreñas: nuevas formas de espanto y control social J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 83-125. La autora realiza una caracterización de la violencia en El Salvador desde los años setenta hasta nuestros días, que va de una violencia de carácter político-bélico a una violencia criminal (o no criminal) reproducida cotidianamente en espacio públicos y privados en los últimos diez años. Dentro de una de sus diversificaciones se encuentra la violencia juvenil. La autora propone una historización del fenómeno de los mara bajo la premisa de que la historia salvadoreña se ha construido con la presencia de grupos o sujetos sociales que condensan los miedos colectivos y permiten determinar las fronteras entre lo legítimo e ilegítimo —hoy los mara, ayer los “revolucionarios” y antes los indios—. Por otra parte, bajo esta perspectiva analiza detalladamente la construcción narrativa de los maras como forma de identidad a partir de dos discursos encontrados: el discurso oficial —mediático, político-institucional y académico— y el de los propios maras. Concluye que la primera de estas construcciones narrativas nos permite acercarnos a las nuevas formas de control que el poder hegemónico utiliza para mantener su proyecto social y económico. La operación de exclusión de los maras justifica su integración al sistema mediante tres mecanismos: desconocimiento de los jóvenes vinculados a las pandillas como ciudadanos con derechos; la instalación del miedo como dispositivo de control, y la violencia estructural, física y simbólica. Así, para alimentar el espanto y garantizar el control social, las pandillas muestran la decadencia de un sistema y sus instituciones, que se agotan cada día de manera más acelerada.


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Nateras, A. Adscripciones juveniles y violencias trasnacionales: cholos y maras J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 127-155. Desde una perspectiva latinoamericana el autor intenta problematizar la fractura de los sentidos sociales de las ciudades contemporáneas, las violencias que se construyen y los jóvenes —banda y pandilleros— como objetos y sujetos de ella. Los casos a estudiar son los cholos y la Mara Salvatrucha. En primer término el autor considera necesario observar los contextos histórico, político, cultural y local que producen la condición juvenil en general, y en particular la circunscrita a las violencias. En segundo, es indispensable aceptar que los jóvenes, por el hecho de serlo, no son violentos, y analizar la violencia como una construcción social y cultural que tienen que ver con el ejercicio del poder. En tercero, el autor admite como característica fundamental que signa a la mayoría de formas de agregamiento y adscripción urbana a los procesos de migración, y este fenómeno es particularmente visible en el caso de los cholos y los maras. Para el autor, los jóvenes son los chivos expiatorios y coartada del fracaso de los estados latinoamericanos en garantizar mejores condiciones de vida para su población. Ante un panorama desolador, propone “ciudanizar” los institutos de juventud, incorporar a los propio jóvenes en el diseño de políticas y programas dirigidos a ellos, tender las políticas de juventud a una amplia variedad e instituciones y al mundo adulto, incentivar la construcción de ciudadanía juveniles más allá de su adscripción identitaria, crear espacios sociales y culturales de tolerancia hacia sus prácticas y expresiones, reconstruir el tejido social entre la comunidad, los agrupamientos juveniles y las instituciones, implantar dispositivos metodológicos –como la etnografía– para un mayor comprensión, y realizar intervenciones de rápida reacción del tipo observacional.

cometidos por estos grupos en Guatemala, Honduras y El Salvador. El resultado de las políticas del gobierno, bajo un mal diagnóstico, ha sido el incremento de la violencia y el aumento de las pandillas juveniles en Centroamérica. Propone analizar a detalle el origen del fenómeno social de la Mara, su estructura y funcionamiento, y en particular la participación de las mujeres. Un apartado especial es dedicado a la situación del fenómeno en México, y partir de ello se finaliza con un cuestionamiento clave, ¿son estos grupos un problema para la seguridad nacional en México? Después de echar por tierra los datos que circulan en general en los medios de comunicación y poner sobre la mesa la definición misma de “seguridad nacional”, concluye que los maras, aunque realizan actos delictivos y consumo de drogas, no son un riesgo para la seguridad nacional, sino en todo caso para la seguridad pública. Así, la atención gubernamental, lejos de la represión, debe atender demandas de los jóvenes mexicanos —como salud, educación, deporte, cultura y empleo— y fortalecer los mecanismos internacionales de cooperación para la prevención de grupos delictivos.

Iñiguez, M. Los maras, un problema sobredimensionado J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 157-185. La autora afirma que los medios de comunicación han sobredimensionado el fenómeno de los maras en cuanto a sus prácticas violentas, cuando sólo entre 5 y 10 por ciento de los delitos son

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Reseñas

Navarro, J. La construcción de un enemigo: seguridad, maras y derechos humanos de los jóvenes J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 187-208. El autor pretende demostrar la capacidad de construir y potenciar imágenes –medios colectivos– a partir de un discurso que construye enemigos y fobias como forma más sencilla de resolver problemas que no entiende. Para Navarro, el gobierno no alcanza a visualizar cabalmente el fenómeno en cuestión pues no toma en cuenta elementos fundamentales: la gran pobreza, violencia e incipiente proceso de democratización en sus vecinos centroamericanos, la migración masiva, el importante tráfico de drogas, la desigualdad social en la región sur del país, el ejército/guerrilla en esa misma zona y que cuestiona la legitimidad estatal. Los problemas internos y las políticas impulsadas por Estados Unidos en su cruzada antiterrorista derivaron, entre otras cosas, en que los maras formaran parte de las preocupaciones de seguridad del gobierno mexicano. El autor describe los operativos antimaras, implantados por el gobierno con objetivos específicos a partir de 2004, a la par del manejo de

un concepto de peligrosidad intrínseco sobre la población marginal, y más aún sobre el binomio mara-violencia propagado en medios de comunicación y agencias de gobierno. De ahí que la necesidad de investigar el fenómeno en su contexto y proponer alternativas al pragmatismo que rodea los asuntos de seguridad nacional sea un desafío a corto plazo. Perea Restrepo, C. Pandillas y sociedad contemporánea J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 271-306. La pregunta que pretende resolver el autor es ¿cómo comprender la sorprendente extensión y arraigo de las pandillas en casi todas las ciudades del mundo? En primer lugar presenta un “enunciado general” sobre la pandilla contemporánea bajo dos aspectos: la configuración del tiempo paralelo —cuyos catalizadores son el gesto pandillero, lo joven y el crimen— y los arreglos colectivos en que es factible la abstracción de lo social que atraviesa la pandilla —cuyos mediadores son el símbolo, el vínculo y el poder—. Sobre este último punto, el autor pone énfasis en un significante central del discurso pandillero: la


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muerte; la cual cruza la pandilla, la vertebra y organiza, y es la única realidad donde la pandilla se desmorona y ritualiza. Por otro lado, es posible visualizar la presencia del deseo, el emblema de la subjetividad contemporánea, como producto del proyecto cultural del mercado, pues el emblema del movimiento sin fin no apela ya al reinado de la razón, debe hacerlo sobre una entidad difusa y deslocalizada, precisamente, el deseo. Desde esta perspectiva, sugiere el autor, la pandilla no es otro, sino es un extremo de nosotros, razón por la cual carece de sentido la pretensión de eliminarla por la vía de la represión y la fuerza. Reguillo, R. La mara: contingencia y afiliación con el exceso (re-pensando los límites) J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 307-322.

Monsiváis, C. Los enigmas de la Mara Salvatrucha (carta abierta a manera de epílogo) J. Valenzuela, A. Nateras y R. Reguillo, Las Maras, identidades juveniles al límite, México, uam-i / El Colegio de la Frontera Norte/ Juan Pablos, 2007, pp. 323-333. El autor se cuestiona si es fantasiosa la elevada percepción social sobre la inseguridad pública, y si es evitable en cualquier sociedad amedrentada la estela de prejuicios, estigmas y estereotipos Para él lo que más se conoce sobre la Mara, lo primordial de su incorporación al imaginario delincuencial, es su aspecto. Monsiváis platea, entre otras cuestiones polémicas, ¿por qué los maras son una “identidad juvenil al límite”? Jóvenes al límite, sí, pero ¿no es forzada la idea de “identidad juvenil? También cuestiona las vinculaciones entre pachuchos, cholos y maras, y —tal vez de mayor importancia— trata de enunciar sus características “irremediables”: amor a la patria o, a veces a la madre, ausencia o supresión de oportunidades laborales, carencia notoria de educación formal, cercanía con el crimen organizado, experiencia cercana de la violencia exterminadora del Estado y la derecha, fácil acceso al mercado de armas, y pertenencia a familia pobrísimas. El autor sostiene que se puede entender bajo el aura delincuencial en que se envuelve a la Mara la intervención de la violencia legítima del Estado, mas no justificarla, y en todo caso se debe situar en perspectiva.

La autora afirma que sin contextualización histórica, sin un análisis de las políticas neoliberal en Centroamérica, sin pensar las secuelas del 11 de septiembre estadounidense y su efecto en las políticas migratorias y la “guerra preventiva”, no resulta explicable que en últimos tiempos la Mara se convirtiera en el emblema de la violencia brutal, el caos y el deterioro. Esto, más la propia práctica de sus integrantes, entremezcla la ficción y leyenda sobre este fenómenos. Para Reguillo, por ejemplo, más que como emblema de la violencia se puede pensar a la Mara, y especialmente sus representaciones, como un síntoma, como la expresión radicalizada del malestar contemporáneo, que encuentra en la carencia o insuficiencia de lenguajes para ser expresado un vehículo idóneo en “lo criminal”. Ante este panorama, la Mara opera bajo una lógica cultural y no bajo un óptica legal porque funda su propia legalidad, es decir, es portadora de un poder paralegal que destroza la oposición legalilegal. Lo que para la norma o la ley es un estado de excepción, en la Mara es cotidianeidad. Reguillo concluye que más que establecer los márgenes de verdad sobre el fenómeno, se deben discutir los límites de verosimilitud y sus efectos, tanto en la sociedad como para la mara misma, y reflexionar en consideraciones serias que sean capaces no de destruir por la violencia lo engendrado por la violencia. © Federico Gama.


Instituto Nacional de Antropología e Historia Licenciado Alfonso de Maria y Campos Castelló Director General

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Diario de Campo Gloria Artís Dirección editorial

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OCTUBRE • DICIEMBRE 2009 / No. 106

Es una publicación de la Coordinación Nacional de Antropología del Instituto Nacional de Antropología e Historia

Agradecimientos Las imágenes que ilustran este número de Diario de Campo y su Suplemento forman parte del proyecto titulado Mazahuacholoskatopunks del fotógrafo Federico Gama, algunas de las cuales se publican por primera vez. Vaya para él nuestro más sincero agradecimiento. De la misma manera deseamos hacer extensivo este reconocimiento a la doctora Maritza Urteaga, por su invaluable apoyo para hacer posible esta edición dedicada a las culturas juveniles en México.

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