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Un recorrido por la literatura erótica Nota del 1 del 2 de 1998.

Como texto de práctica religiosa o como expresión pagana, como solaz de salones de la nobleza o como contracultura popular, se ha escrito literatura erótica en todas las épocas y en todas las culturas. Para salvar el riesgo de incluir a casi toda la literatura en este recorte, los títulos y autores señalados aquí corresponden a obras en las cuales lo erótico tiene un lugar central, y a países europeos principalmente. Textos que buscan el efecto de erotizar al lector, poemas que festejan el sexo, comedias de enredos sexuales, tratados escatalógicos, libelos procaces, escritos de alta lubricidad y lascivia: lo aquí citado pertenece a la zona de incertidumbre entre lo pornográfico y aquello socialmente mejor admitido que suele calificarse como literatura erótica. Atentos a que este conjunto siempre debió hacer frente a opiniones que no lo conceptúan como literatura o si lo hacen la pretenden baja, sus defensores, los prologuistas de antologías y sus estudiosos, como ALEXANDRLN y su Historia de la literatura erótica (Planeta, 1990), exprimido para esta reseña, remontan los primeros ejemplos a Grecia y citan entre sus cultores a celebridades de la literatura clásica. La antigua comedia griega nació en las flestas anuales en honor de Dioniso, dios del vino, donde se cantaban himnos licenciosos celebrando al falo. Dioniso había sido descuartizado en su juventud por los Titanes, pero Démeter, diosa de la vegetación, reunió los pedazos para hacerlo resucitar. Llevar un falo al templo de Dioniso tenía para el pueblo griego el sentido simbólico de contribuir al renacimiento del dios aportándole el órgano esencial que le habían quitado los Titanes. En las aldeas se formaban cortejos llamados faloforias, en las que cada familia blandía un falo a la manera de un cirio y en las procesiones se entonaban cantos


fálicos y se intercambiaban bromas obscenas. Después del sacrificio a Dioníso, la celebración jubilosa incluía farsas, vistas ahora como primeros bosquejos de la comedia antigua. En un ambiente cultural semejante no parece inapropiado que Aristófanes escribiera Lisístrata, primera obra importante del erotismo antiguo, historia de una joven que convoca a las demás mujeres atenienses a una huelga de sexo para detener la guerra del Peloponeso. Con la misma veta erótica, humorística, feminista y sindical, Aristófanes escribió otras obras donde lo sexual es motivo frecuente y el lenguaje es humorístico por procaz, como ocurre en La Asamblea de la mujeres. Por el lado de] relato, entre los antecedentes griegos más remotos están los cuentos milesios, zaga de chistes transmitidos de boca en boca que contaban las licenciosas costumbres de los habitantes de Mileto (Jonia). Estos chistes fueron recogidos en el siglo II a. de C. por ARíSTOES DE MILETO en el libro bro Milesiarcas. En poesía el más obsceno del os escritores griegos -juicio de sus propios Contemporáneos- fue Sotades, quien dio lugar a la expresión "literatura sotádica", aplicable a los textos de temas lúbricos. Meleagro, autor de la primera antología de epigramas eróticos y fino cultor de ese género, y Estratón de Sardes, que escribió cientos de poemas a la homosexualidad masculina, son los nombres que sobresalen entre los muchos escritores "especializados" en erotismo de la Grecia anterior a nuestra era. A Luciano, escritor griego de origen si rio, que nació en el 125 d. J. C. se lo considera autor del libro pornográfico más antiguo: los Diálogos de las cortesanas. En Lukios o el asno, Luciano retomó un chiste referido a las mujeres de Mileto: el protagonista, convertido en burro, deleita sexualmente a una dama que se indignará al recobrar él la forma -y las proporciones-humanas. Cimentada sobre una cultura popular que también sabía celebrar lo sexual y era rica en diálogos procaces, chistes, obscenidades y retruécanos pícaros, la literatura erótica romana muestra obras de mayor refinamiento literario que las griegas, de cuyas formas es deudora. Escritas entre el siglo II a. de C. y, 11 d. de C.; sobresalen entre ellas las comedias de Plauto, la poesía de Catulo, las sátiras de Horacio, el Arte de amar, de Ovidio El satiricón, de Petronio; los epígramas de MARCiAL, los textos satíricos de Juvenal, y El asno de oro, de Apuleyo, la novela de tema erótico más lograda de la época, que echa mano del mismo motivo que Luciano. En lo que Alexandrian recorta como "erotismo cristiano" -escritos que históricamente coinciden con el ascenso del cristianismo en Europaaparece Ausonio en el siglo IV, quien escribió la pieza teatral Tres en


una cama y numerosas poesías que podemos ejemplificar con dos versos: "Ella se mueve, chupa, se hace servir por ambos agujeros/ Teme que morirá de decepción si no lo prueba todo". AGATíAs, Filodemo y PABLO EL SiLENCIARIO también escribieron textos eróticos y aportaron al género la novedad de incluir a las ancianas como objeto de adoración: "Tus arrugas, Filina, valen más que la savia de cualquier juventud, y en cuanto a mí, estoy más ávido de tener en mis manos tus manzanas que cuelgan con las puntas hacia abajo, que los senos bien erguidos de una mujer todavía en la joven. Tu fin de otoño es superior a la primavera de otra y tu invierno más cálido que su verano" (Pablo el Silenciario, epigrama V). De la Edad Media se conservan numerosas trovas que cantan hazañas sexuales e impudicias. En la colección francesa de ANATOLE MONTAICILON, de seis volúmenes, se recopilan manuscritos originales con títulos como El debate de la concha y el culo, De putas y cogedores. De una sola mujer cuya concha servían cien caballeros y El obispo que bendijo a la concha. La caricatura de costumbres y la farsa teatral servían ala diversión popular en Francia con piezas que se solazan en el lenguaje grosero y escatológico: Farsa de TarabínTarabás; Farsa de la mujer a quien, su vecino comienza a dar una lavativa y Farsa de las mujeres que se hacen llenar la parte baja. El erotismo medieval también tenía su expresión en las cortes, como el libro De amore, de ANDREAs CAPFLLANUS, y los poemas eróticos de EUSTAcHE DESCHAWS. Entre el fin de la Edad Media y el comienzo del Renacimiento escribió el florentino Govanni Boccaccio, autor de El Decamerón, donde la tradición anterior que celebraba lo grosero es refundida en una estructura literaria rica y compleja. Son cien narraciones divididas en diez jornadas, con un tema central para cada serie, dispuestas como conversación entre personas distinguidas, hombres y mujeres, que con un realismo de tono humorístico intercambian historias de adulterios, amantes, curiosos encuentros sexuales y todo tipo di relaciones camales. Emparentado con el Decamerón, en Inglaterra. Aparecieron en 1398 los Cuentos de Canterbury, de Geofrey Chaucer: son veintinueve peregrinos que en el camino a Canterbury se cuentan historias picarescas. Quizás el momento cumbre de la literatura erótica sea el del Renacimiento en Italia. Entre los autores más celebrados en el género se puede apuntar a Gian Francesco Poggio (secretario apostólico


nombrado por el papa Bonifacio IX), autor de las Facecias, 273 historias breves donde predominan los argumentos lujuriosos; Girolamo Morloni, autor, en 1520, de Novellae, colección de cuentos sobre las costumbres sexuales de Nápoles; PiETRO ARMiNO, una celebridad adorada por los lectores de la época, gozador desenfrenado, incomparable en el arte de ridiculizar, autor de Razonamiento (donde da cuenta de todas las perversiones de la época), de Sonetos lujuriosos, y de cinco comedías igualmente escandalosas; LORENZO VENIERO, discípulo de Aretino, que escribió La puttana errante, y por último Nicollo Franco, quien en 1541 escribió La priapea, 175 sonetos injuriosos contra Aretino, que se burlan de lo usos sexuales del maestro. Influida por los autores italianos surgió una vigorosa literatura erótica en Francia. Antoine La Sale, quien a los 50 años se casó con una chica de 13 (vida y obra! ) publicó en 1450 Las quince bromas de matrimonio, y en 1456, Le Petit Jehan de Saintré, una típica novela de iniciación en la que una viuda educa sexualmente a un joven paje. En 1532, tiempos de la Reforma, se publicó Las horribles y espantosos hechos y proezas del muy renombrado Pantagruel , rey de los dipsodas, de RABELAIS, que junto a la segunda parte, La inestimable vida de Gargantúa, padre de Pantagruel, (1535) conocemos ahora como Gargantúay Pantagruel. Este tratado sobre "la dignidad de las braguetas, según definición de su autor, es un monumento a la ruptura de los cánones literarios, una carnavalesca fuente donde rastrear la cultura popular de la Edad Media, una colección de críticas y sarcasmos hacía la cultura alta de la época y sin duda uno de los picos del humorismo universal y de la parodia donde son celebrados los excesos, la glotonería, el libertinaje y las palabras. En la poesía, el gran poeta erótico fue Ronsard, que encabezó un grupo de poetas (la Pléiade) dedicados a los encendidos temas amorosos. En 1553 Ronsard publicó El librito de los retozos ?que le acarreó acusaciones de paganismo donde en ritmo de villancico contaba los escarceos sexuales de una joven pareja. Otros autores de la Pléiade fueron Joachim Du BELLAY (La vieja cortesana) y JEAN?ANTOINE DE BAW (Amores), y PONTUS DE TYARD (Elegía para una dama enamorada de otra dama). A principios del siglo XVII apareció El medio de conseguirlo, un texto de estirpe rabelesiana, obra de Francois de Verville, nacido en París en 1558. Cuenta la vida de un banquete fantástico donde intervienen filósofos, poetas y grandes personalidades de todas las épocas, quienes beben desmesuradamente y con un lenguaje erudito y obsceno hacen insólitos abordajes de cuestiones sexuales y escatológicas. El medio de conseguirlo fue lectura humorística de culto en los círculos de


pensadores y dejó su rastro en muchas obras que posteriormente intentaron repetir la combinación de la alta retórica y los temas procaces. Con el siglo XVII, la represión empezó a estrechar las posibilidades de los textos eróticos. Tanto desde el calvinismo como desde el luteranismo se empezó a criticar al papado por ser permisivo y favorecer la comisión de los pecados y en especial de la lujuria. La lucha entre protestantes y católicos los hizo a todos más puritanos, aunque de uno y otro bando se escribieron libros obscenos para desacreditar al enemigo. La boda de Lutero (1538), de Simon Lemmius, fue uno de ellos. Con gran violencia verbal se presenta a Lutero como desenfrenado sexual. En el otro bando el pastor TEÉODORE DE BÉZE -popularmente conocido como "cerdo” por las palabras que utilizaba en los sermones contestaba con sátiras como la Epístola de Benedícto Pasadelante. De la primera década del 1600 se conocen los sonetos eróticos de FRANCOIS DE MALHERBE, a quienes sus discípulos llamaban "el padre Lujuria". En uno de ellos se lamenta el haber empezado a copular recién a los 15 años. De la misma época son La fuente de las grandes posaderas de las nodrizas y La fuente y origen de las conchas salvajes, de JEAN DE MONTAGNE. En 1618 apareció El gabinete satírico o recopilación perfecta de versos picantes y atrevidos de estos tiempos, con 460 piezas de las cuales la mitad llevaban firma. En 1623 salió a la venta El Parnaso de los poetas satíricos, seguido rápidamente por la antología La quintaesencia satírica, donde se incluían 325 piezas eróticas. Uno de los poetas satíricos más conocidos, THEÓPHILE DE ViAU, autor de buena parte de la antología, fue acusado de libertinaje y su proceso marcó mi cambio para la literatura erótica francesa, porque a partir de entonces la sobras "libertinas pasaron a la clandestinidad o se acomodaron a los nuevos tiempos donde su voltaje expresivo, sus obscenidades y su anticlericalismo. El panorama en Italia, la otra patria del erotismo, no era muy distinto. La excepción a la pobreza y al avance del puritanismo fue FERRANTE PALLAViCINO, autor de El príncipe hermafrodita, La red de Vulcano y La retórica de las putas, que extendió su éxito entre lectora londinenses y de otras capitales europeas, y usó parte de su talento para escribir sátiras anónimas contra el papa Urbano VIII. En la línea más extremista de la crítica literaria el papa lo hizo decapitar en Avignon, en 1644. El mismo destino les cupo en Francia a MICHEL MILLOT (tras publicar La escuela de las mujeres, en 1655), y a CLAUDE LE PETTIT, autor de El burdel de las musas, que incluía La Europa ridícula (sátiras contra París, Venecia, Viena, Madrid y Londres), y 64 sonetos cuyos títulos no juegan


con la ambigüedad: la polución nocturna “ Una vieja me ruega que la coja” pética improvisada meando, etc. Millot fue ahorcado y a Le Petit le cortaron una mano en la plaza de Gréve, lo ahorcaron y quemaron. Al fin llegó el siglo XVIII, que en Francia resultó serla edad de oro del libertinaje. Empezó con los poemas eróticos de JACQUES VERGIER y de JEAN-BAPTISTE VILLART DE GRÉCOURT, siguió con los cuentos de hadas eróticos cultivados por distintos autores y los cuentos ambientados en ámbitos como Arabia o el Japón, según la moda del exotismo y lo maravilloso que se cultivó por entonces. El sultán Misapoul, de CLAUDE HENRI FUSSE, abad de Voisenon, es la pieza más lograda de toda esa producción. Un sultán, que en su infancia fue bañera -por obra de un hada tenebrosa- le cuenta todas las peripecias de su existencia a la sultana, que antes de ser persona fue bacinilla. Uno de los cultores del cuento de hadas eróticos fue ni más ni menos Diderot, quien en 1748 publicó anónimamente. Las joyas indiscretas, libro condenado a la destrucción por el rey Luis Felipe en 1835. En sintonía con el pensar ni cierto anticlerical de VÓLTAIRE se escribieron muchos libros donde el tenia era la lujuria de los monjes. El más reeditado de ellos fue la novela Historia de don B..., portero de los cartujos, de CHARLE DE LATOUCHE. La gran proliferación de libros eróticos en el siglo XVIR en Francia se debe a una extraña mezcla de prohibiciones ineficaces que beneficiaban a los libros como actos propagandísticos y al hecho de que parte de la nobleza cultivó esos textos, al punto de que los autores y editores condenados cumplían sus castigos en La Bastilla, cárcel de la aristocracia Paralelamente, proliferaron en Francia las comedias eróticas que se representaban clandestina ni crite en casas de grandes señores. MARC ANTOINE LEGRAND fue uno de los autores?actores más sobresalientes. En Inglaterra, en tanto, se habían publicado numerosos textos eróticos de circulación popular a partir de Erolópolis (1684), de CHARLES COTTON, una alegoría en la que el cuerpo femenino es presentado como un país. Acaso el más import ante de estos libros y el más abundante en orgías y desenfreno, resulte Memorias de Fanny Hill (1749), de JOHN basada en la vida real de la prostituta de 17 años Fanny Murray. La descripción de orgías, de paso, fue uno de los fuertes del mayor novelista de tema erótico de la Europa de entonces: el francés ANDREA DE NERCIAT. Escribió, entre otros, El diablo en el cuerpo (1777), La velada libertina (1787) y Mi noviciado o los placeres de Lolotte(1792). Llegó entonces el momento de SAM, el hombre brillante y libertino entregado a las orgías, a la sodomía y la flagelación, que amplió los


horizontes imaginables del género erótico. El célebre marqués escribió Los ciento veinte días de Sodoma en 1785 mientras estaba preso en la Bastilla; Justine o los infortunios de la virtud (179l), varias piezas de teatro, La nueva Justine (1797), Juliete o las prosperidades del vicio (1797) y numerosos cuentos. En la consideración de sus contemporáneos fue un depravado, pero el tiempo reubicó al marqués en el lugar del intelectual subversivo, "maestro de los grandes temas del pensamiento y la sensibilidad modernos", palabras de BLANcHoT. Su filosofía del mal, su oposición a toda ley, sus apologías del incesto, la sodomía y crueldad y su transgresión sin límites a los convenios humanos dieron pie a una lectura política de su obra erótica. La influencia de Sade puede rastrearse en obras y movimientos literarios posteriores, desde LAUTREAMONT hasta APOLLINAIRE de BATAILLE al surrealismo. Juliette o las prosperidades del vicio agrega al género erótico un condimento de terror nunca antes transitado: Juliette goza con crímenes, descuartízamientos y desollamientos que se hacen en medio de oras, o ayuda a su amigo a violar y luego a comerse a la parrilla a tres muchachos. La carrera licenciosa de la heroína culmina en el libro cuando su amigo es nombrado primer ministro de Francia y ella se convierte en su favorita. Por la misma época escribió MIRABEAU (no confundir con OCTAVE MIRBEAU), un hombre al que se describe como obeso, feo y con el rostro picado de vimela, que supo hacer una inigualable carrera como seductor. Escribió Erotika Biblion (1782) y Mi conversión o el libertino de calidad (1783). RESTIF DE LA BRETONE escribió El señor Nicolás o el corazón humano sin velos (1797), con la forma de memorias, tan frecuente en la literatura erótica. Allí cuenta la obsesión fetichista por los pies, su tendencia al incesto y todas sus experiencias sexuales. El siglo XIX representó al erotismo desde la óptica del romanticismo. GOETHE escribió en Alemania los poemas de Erótica romana E. T. A HOFFMAN escribió numerosos textos de este tenor, la mayoría de los cuales fueron quemados tras su muerte. En Francia apareció en 1832 Los amores secretos del señor Mayeux, de Travies, la historia de un jorobado cínico y fanfarrón que realiza sus proezas sexuales en los burdeles. Corresponden a la mitad del siglo las curiosas cartas "sucias” que escribía THEOPHILE GAUTIER desde Roma y otras capitales europeas, para ser leídas en un salón literario de la rue Frochot que se reunía los domingos. Las cartas dirigidas a la presidenta del salón, APOLONIE SABATER, eran leídas y festejadas por los habitués. La frontera de lo erótico, naturalmente, siempre fue motivo de discusión. Durante el reinado de Napoleón III fueron muchos Ios autores


enviados a la cárcel por publicar sus folletines. Incluso BAUDELAIRE por Las flores del mal, y FLAUBERT por Madame Bovary. fueron llevados a los tribunales. La reacción ante. ese avance represor trajo algunas novedades como el teatro erótico de marionetas de AMEDEE ROLLAND, creado en 1862, que funcionó dos años en el Erofikon Theatron (domicilio de Rolland). En Inglaterra la literatura erótica tuvo gran difusión en el siglo XIX en tomo de una especialidad nacional: la novela s~ tenias relativos a la flagelación, explicado por algunos especialistas como consecuencia de los tradicionales castigos corpolares aplicados en las escuelas, el ejército y las cárceles. Venus maestra de escuela o los juegos de la flagelación (1840), de GEORGE CANNON, y The Meny Order of St. Bridget (1857), de JAMES BERTTRAM, fueron las novelas más populares. Un adicto a la flagelación, el poeta CHARLES SWINBURNE, escribió en esa sintonía el poema épico The Flogging Block. EDWARD SELLON escribió Memorias de una proxeneta y El nuevo excitador de las mujeres. Amores precoces (1868) -que empalice de a nuestra más cercana Lolita de Nabókov- que cuenta la historia de una niña de 12 años que mantiene relaciones sexuales con un barón y una lady. En 1856 apareció en Alemania un libro erótico de Wn1imm REiNHARD que tuvo gran exito, Leuchen im Zuchthause, que describía los castigos fisicos que recibían los reclusos en las prisiones alemanas. La relación del placer erótico con el castigo recibido encontró su autor paradigmático en LÉOPOLD SACHER MASOCH de quien derivó la expre sión masoquismo (véase aparte). Y así como cabe hablar de una tradición erótica inglesa relacionada con la flagelación, en Alemania llaman la atención los autores que toman el masoquismo. RICHARD BROHMEK publicó en Berlín Bajo la fusta femenina (1900). En la misma línea, FEDOR ESSÉE escribió un buen número de libros en los que la mujer es cruel y sádica y el hombre aparece como dominado y pasivo. Los Estados Unidos mantuvieron severas leyes que restringieron la circulación de libros como los tratados aquí. El primer libro erótico escrito en Norteamérica fue Venus in Boston (1849) de GEORGE THOMPSON, un autor que escribía policiales y que en ese caso contó la historia de una viuda virgen, quien, acompañada de un amigo, sale a divertirse vestida de hombre para terminar acostándose con la esposa de un capitán de marina – A partir de 1860, la publicación de libros pornográficos se convirtió en un gran negocio, así que de pronto surgieron decenas de autores y rápidamente, como también es tradición en la historia de los Estados Unidos, se formó una cruzada contra esos libros. La represión no impidió que se continuaran editando algunos


textos. El más llamativo, obsceno y escatológico de ellos fue 1601 o una conversación junto al fuego, nada menos que de MARK TWAIN, editado clandestinamente en la imprenta de la Academia Militar de West Point en 1882. Trata sobre una conversación entre Isabel I, Shakespeare, Bacon, Ben Johnson y otras personalidades, quienes departen elegantemente hasta que se escucha ... un pedo. La tertulia deriva hacia una discusión erudita sobre las flatulencias, que conduce a su vez a historias palaciegas de alcobas y cuernos, contado con el más riguroso empleo de obscenidades de la época isabelina. Por los mismos años, en París, GUY DE MAUPASSANT escribía la comedia En el pétalo de la rosa, casa turca, ambientada en un prostíbulo adonde va a alojarse un alcalde de provincia con su esposa, al confundir esa morada con un hotel respetable. 1,a novela erótica austríaca más famosa es Jósephine Mutzenbacher y fue publicada en 1905. Trataba sobre los círculos libertinos de Viena y su autor, FÉLIX SALTEN contaba con el antecedente de haber escrito un clásico de la literatura infantil: ¡Bambi! La historia de la literatura erótica de nuestro siglo es más conocida. Los hitos fundamentales de esta producción muestran la novedad de la incorporación de las mujeres en esta escritura, Algunos de los nombres y títulos son RENÉE DUNAN, autora de Los caprichos del sexo (1928); Una hora de deseo (1929), y Comerciantes de lujuria (1934); ANAIS NIN, autora que consideramos aparte; Historia de 0, (1954) firmada con seudónimo y presuntamente escrita en colaboración por un hombre y una mujer (JEAN PAULHAN y RÉGiNE DEFORGES), al igual que Enmanuelle (1960), y VIOLETTE LEDUC autora de La bastarda(1964) y La caza del amor, novela autobiográfica. De PIERRE LOUYS se publicó, tras su muerte en 1925, Manual de urbanidad para niñas, para empleo de los establecimientos educativos, un libro paródico que en el tono de los textos pedagógicos invierte el contenido moralizante con increíbles obscenidades. El mismo autor, amigo de GIDE Y VALÉRY, escribió los sonetos de El trofeos de las vulvas legendarias. De los grandes nombres de la literatura de este siglo que frecuentaron el erotismo se puede citar a APOLLINAIRE, autor de Las hazañas de un joven don Juan y Las once mil vergas, publicadas en 1907, Mirely o el agujerito a buen precio, Las tetas de Tiresias y otras. El personaje de Las once mil vergas es Mony Vibescu, un joven que, cansado de ser sodomizado en Bucarest por el vicecónsul de Servia, viaja a París donde experimenta junto a prostitutas las variantes del sexo sadomasoquista y la flagelación D. H. LAWRENCE quien escribió


Lady Chatterley, se defendió de acusaciones y procesos con un opúsculo, Pornografía y obscenidad, donde ataca a los censores y fija los términos de un erotismo "limpio". ANDRÉ GIDE escribió Corydion (1911) y Si la semilla no muere (1924). Louis ARAGóN, pertenecient e al grupo surrealista, publicó en edición clandestina El coño de Irene, El libertinaje y El bromista pesado (1929). En la revista Varietés, de Bruselas, se publicó en el mismo año un opúsculo con poemas eróticos de ARACÓN y de BENJAMiN PÉRET, ilustrados con fotografías de MAN RAY. JEAN COCTEAU se valió de una confesión anónima titulada. El libro blanco (1928), en el que relata experiencias homosexuales. GEORGE BATAILLE, uno de los escritores más relevantes del género erótico y uno de sus estudiosos, publicó Historia del ojo (1928), El ano solar (1931), y Madame Edwarda (194 l), de la cual incluimos un fragmento. JEAN GENET trabajó en sus libros sus experiencias juveniles homosexuales en una colonia correccional, sus andanzas corno delincuente y joven prostituido entre hombres. Escribió Notre Dame-des-Fleurs, El milagro de la rosa y Pompas fúnebres. WILLIAM BURROUGHS, norteamericano recientemente fallecido, profeta de la generación beat, escribió novelas con fuertes componentes autobiográficos, en las que describió el ambiente underground y sus experiencias con la heroína y el sexo con homosexuales. Escribió. Yonqui, El almuerzo desnudo, The Soft Machine, Nova Express y Los muchachos salvajes, en la que los hombres crean una sociedad sin mujeres. Sobre las obras eróticas de HENRY MíLLER, BORIS VIAN y CHARLES BUKOWSKI, autores sumamente representativos de la literatura erótica de este siglo, hacemos referencias aparte. Queda pendiente, además, la vasta literatura erótica de los últimos veinte o treinta años, cuya mención comentada requeriría por lo menos otro espacio como el presente.


Tiziano, Aretino, Darío y la Venus de Urbino tocándose O acerca de como la mejor musa es la de carne y hueso Para Alicia que mira incrédula

…No protesteís con celo protestante, contra el panal de rosas y claveles en que Tiziano moja sus pinceles… RD

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El foreplay comienza entonces con Darío pues la vívida y sensual imagen, proveniente no por casualidad de la Balada en honor a las musas de carne y hueso, del pintor mojando sus pinceles (los mismos que un día recogiese para él el emperador Carlos V) en el panal de rosas y claveles de, muy


probablemente, Venus misma, pareciesen ser fraterna y alegóricamente fálica defensa de la pintura erótica del Vecellio (1490-1576), tantas veces señalada como libertina y soft porn: la Penthouse o Hustler del alto renacimiento veneciano hasta en el apaisado formato. 2 Y es la acusación, al menos en cierta medida, cierta. Al maestro le gustaron todas y cada una. Escuchemos por un instante a su también licencioso y reconocido broder el poeta Pietro Aretino (1492-1556): Me fascinan los burdeles y el tiempo que no me ven en ellos realmente me mata. Este no es el caso de Tiziano…. Lo que me maravilla de él es que cuando ve una mujer hermosa, sin importarle donde se encuentre, la comienza a acariciar y tocar, la besa y la entretiene con una y mil bromas juveniles, pero no va más alla. 3 No se enamoraba, pues, nuestro pintor, como no se enamoró tampoco Darío, nuestro poeta, las especulaciones del porque, en este último caso, le quedan a don Pedro Salinas y a don Alberto Acereda, a Tumel con la cabanga le sobra y basta, a falta de burdeles de la categoría espléndida de los de Venecia.4 Probaba Tiziano apenas y tan solo la ambrosía ¡Oh Maravilla! y dejaba que fuesen sus pinceles los que chorreasen. De allí quizá, sin olvidar el gran bisnes que era y es pintar lo deseado por los clientes, la proliferación de tanta hembra en su pintura. ¿Cuántas Danaes? ¿Cuánta carne? Cuánta hambre!5 Las pinta, pues, Tiziano a todas. Y a todas las pinta desnudas.6 Las pinta una y otra vez hasta convertirse en el creador del arquetipo de la belleza femenina y hasta convertirlas a ellas en la imagen misma de la belleza artística.7 Para Tiziano, pues, pintar una mujer bella era sinécdoque para la belleza de la pintura en sí".8 Y no es que sea el primero en hacerlo. Cualquiera podrá de inmediato rememorar a Giorgone (14771510) para sólo mencionar al más distinguido contemporáneo del pintor.9 Y sería lo justo. El también y antes pintó a su Venus desnuda. Lo hace en medio de aquellos paisajes ya modernos y en "estado de rara perfección" que lo caracterizan como


maestro. La pinta durmiendo un sueño recatado, a pesar de lo implicitamente sexual.10 Pero no tendrá Giorgione el tiempo necesario para despertar a su bella y prototípica Venus. Eso le tocará a Tiziano. Se dejará fascinar por "la tentadora gracia de la carne" y desnudara a la diosa en una acogedora habitación, la acostará en una desordenada pero elegante y suave cama y entonces y como para acabar, la despierta y hace que nos vea directámente hacia los ojos, mientras el juego de su mano sigue apurando aquel vórtice inamovible. Aún hoy en día el perro duerme.

De hecho todo el desnudo anterior al maestro veneciano, con la salvedad quizás del desnudo helénico, jamás encontró la ruta a la lascivia corporal producida por el placer de la mirada. Para decirlo de otra manera, el desnudo hasta Tiziano, con raras excepciones que confirman la regla como la mencionada Venus dormida, fue un desnudo política y religiosamente correcto, ajeno por lo general de los encantos de Eros.11 Será Tiziano quien reinventa a la mujer consibiéndolas como definidas y


particulares individualidades sexualidad. 12

imbricadas

de

sicología

y

El enardecido desparpajo, asi como la dignidad y afirmación de sus diosas paganas, e incluso de sus vírgenes cristianas (como la Zingarella), o sus esposas y Magdalenas, lejano ya de la prudencia idílica y campestre de Giorgone, es el indicio seguro del nacimiento de la nueva Venus.13 De la Venus de carne sólida y fragante que confronta y hace sucumbir a la Venus Púdica de antaño. Sólo en Venecia se pudo dar el fenómeno. Sus mujeres, ya para el siglo XVI, eran diferentes : ajenas, hasta cierto punto, a la mansedumbre y subyugación acostumbrada en la época y aún.14 Recordemos, aunque no hace falta hacerlo, que la mujer entonces era una mercancía más a ser consumida por los hombres. Y eran solamente tres las profesiones a las que podía optar una mujer: esposa, monja o puta. Irónicamente la que le permitía mayor libertad y acceso a la cultura y su producción era la de cortesana. Nos quedan sus nombres: Angela Zaffeta, Elena Ballerina, Verónica Franco; sus historias y hasta su poesía como en el caso de Franco, la cortigiana onesta, que no sólo rebatió en sus poemas de Terze rime (1575) los obsenos y misógenos textos de su contemporáneo el poeta Maffio Venier, sino que también pintó un cruel retrato del sufrimirnto, la desigualdad y la subyugación de la mujer en sus tiempos. Y al hacerlo, como lo señala Margaret Rosenhal, lo hace con indignación y no con arrepentimiento. Será acá en Venecia, pues, en donde el amor carnal y romántico se una a las ineludibles virtudes de la piedad y la castidad tan apreciadas y reguladas en la mujer renacentista. Será en Venecia, y más precisamente en las telas del Tiziano, en donde la mujer desafiando las normas imperantes levanta su mirada y con ella, su status. 15 Es de suponer entonces que el llamado de Eros residente en aquellas miradas "calmas e inteligentes", como nos recuerda Maupassant, de las nuevas diosas-cortesanas de Tiziano cautivaran a lo inmediato a Rubén Darío. "En tus ojos, un misterio;/ en tus labios, un enigma…" "Conocedor apasionado de los poetas y del arte de todos los tiempos", sus pensares y


sus gustos buscan " el amor a la Belleza en general y a la femenina en particular" (....) Siente "ese gran placer del sensitivo que toca los nervios, va al culto del beso y del verso, y la savia pagana, y la locura sensual de todo panida".16 Busca a las mismas musas que el pintor. Las musas de la carne en flor. Las sensuales musas de carne y hueso. Y en "esa misteriosa encarnación que es la mujer" -Darío encontró - "reconcentrado por voluntad, por instinto, por influencia divina…. Todo el cielo y toda la tierra". 17 Es decir, Alicia, la fundición precisa de las dos Venus. El ideal neoplatónico redivivo. Again.

El poeta estuvo tres veces en Italia. Era necesario. Era una tradición que debía ser honrada por un hombre de letras y artes como él. Antes habían estado Goethe, Stendhal, Taine, Ruskin, Buckhardt y Gautier, su admirado maestro.18 Todos escribieron al respecto.19 También lo haría él. "Estoy en Italia, y mis labios murmuran una oración… Bien vinieron siempre aquí los peregrinos de la belleza de los cuatro puntos cardinales. Aquí encontrarán la dulce paz espiritual que trae consigo…. la contemplación de mármoles divinos de hermosura, de bronces orgullosos de eternidad, de cuadros, de


obras en que la perfección ha acariciado el esfuerzo humano…. Bendita es para el poeta esta fecunda y fecundadora tierra…" "Recorreré"- nos dice iniciando su Diario de Italia- " la divina península, rápidamente, en un vuelo artístico, como un pájaro sobre un jardín." 20 Lo hace tres veces, en 1900, 1904 y en 1909. Visita Turín, Génova, Pisa, Liorna, Roma, Nápoles, Florencia y dos veces "la poética, la soberbiamente dulce, la celeste Venecia",21 la Papessa d´ogni altra cittade…qui il buon´Forestieri non solo si aguaglia al Cittadino, ma si pareggia al Gentil´huomo, como aseguraba Aretino. En aquellos viajes Rubén confronta su alma pictórica con la gran pintura renacentista europea.22 "Antes de entrar en esos santuarios artísticos, siente el alma una sensación de primera comunión"nos dice emocionado en Pisa. Visitó y comulgó con la ansiedad propia del adicto a los paraísos artificiales las grandes galerías y museos de Europa: la Galería de los Oficios y el Palacio Pitti en Florencia, El Prado en Madrid, El Louvre y el Luxemburgo en París, La Galería Nacional en Nápoles y el Museo Cívico en Venecia y la National Gallery de Londres.

En aquellos encuentros Darío debió haber tratado con la quintaesencia de las mujeres y diosas de Tiziano.23 Y en ellas debió encontrar de seguro a aquella muchacha blanca que comía uvas a la entrada de la forja en su Aguafuerte de Azul.


Aquella de "….hombros delicados y tersos que estaban desnudos, (y) hacían resaltar su bello color de lis, con un casi imperceptible tono dorado". Sí, en las carnaciones vibrantes del colorito de aquellas macizas y suculentas damas del Vecellio, de aquellos "ondulantes cuerpos, de una voluptuosidad cálida, de una languidez y animalidad como orientales; casi todas de un color acanelado, pues las que son rubias y de azules ojos cambian con el tiempo, cual si el sol las adorara demasiado, encendiéndolas…" 24, nuestro poeta, "intérprete de la pintura y de la música, de Leonardo a Tiziano", encontraría no sólo el placer físico y espiritual de la mirada, implícito en un scopofílico, sino además la fuente generatrix de sus adorados Rubens (1577-1640), Watteau (1684-1721), Boucher (1703-1770) y Fragonard (1732-1806). Todos, como él , amantes de la hostia suprema y vibrante que reside en los "cálices vacíos" de las hembras universales. Será, sin lugar a dudas aquella "frenética exaltación de la mujer de carne y hueso", que menciona Salinas, aquella adoración obsesiva y perfeccionista a la vez con "el panal de rosas y claveles" de la doble Venus ,la que hermana al pintor y al poeta a través de los siglos. Darío fue a pesar de su encanto con la candidez de los primitivos italianos (tan cercanos a sus admirados prerafaelistas), otro de los adoradores incansables de la geografía erótica de la mujer expuesta de manera tan espléndida por Tiziano. 25


Guiome por varios senderos Eros… nos susurra Darío y lo mismo podrían hacer los labios de Tiziano, pues fueron varios también los senderos luminosos y nuevos recorridos por el pintor en su búsqueda de Eros.26 "El instrumento suena, ya como una mandolina de Venecia, ya como una melancólica guitarra americana, o bien como una lira de arte nuevo". Pero aclaremos que la busqueda de Tiziano, igual que la de Darío, si bien no ajena a la lujuria y al placer como tal, tampoco se detenía propiamente en lo genital.27 Iba más allá. Tocaba la emoción y con ella al erotismo mismo. Así Tiziano, o más bien, las mujeres de Tiziano, tienen tanto el poder de la voluptuosidad como el encanto de la mirada cómplice y sensual. La fascinación de lo recíproco. La gracia del protagonismo total. Pero la presencia fundamental y abrumadora de la tersa carne tiende a confundir. Y lo hace con muchos estudiosos del poeta Pietro Aretino, creador induscutido de los famosos e infames Sonetti lussuriosi y con ellos del género pornográfico como tal. 28 Si bien ambos, poeta y pintor, se trataron con afecto y con frecuencia, aun compartiendo (como queda claro en la citada carta de Aretino) no sólo los asuntos del espíritu sino además los de la carne, esto no justifica la apresurada caracterización de "las pinturas de mujeres realizadas por Tiziano como el equivalente visual de los notorios escritos pornográficos de Aretino". 29 Pues si bien los principios y el reconocimiento del placer como válido, legítimo y bello eran compartidos por ambos artistas renacentistas, ya que…


Qué de malo hay en ver a un hombre montar a una mujer? Me parece a mí que aquello que la naturaleza nos entrega para la preservación de la especie debería llevarse alrededor del cuello como pendiente…Fue lo que te creó. Me creó a mi, que soy mejor que el pan. Produjo a los Bembos… Varchis…Dolces… Tizianos y Miguel Angeles… Generó guapos muchachos y a las más bellas mujeres con sus "sagrados sagrarios". Por lo tanto hay que decretar festivos en su honor y no encerrarlo en un trapo o seda. 30 el llamado del pintor era más personal y sofisticado en origen que la sarandeada faceta porno del poeta. A diferencia de las hembras de Aretino que servían de alegoria para la decaencia del renacimiento y sin lugar a dudas eran genuinas putas (porne en griego), las de Tiziano eran hembras ideales e idealizadas. Mujeres imaginarias cuya desnudez emanaba, no sólo perfume sino poesía y cultura.31 No importa en lo más mínimo que el pintor usara a las unas como modelos de las otras. Escuchemos a Pascal Bonafoux: "Tiziano pinta. Los textos posan para él. Los mitos posan para él. Tiziano pinta. Las mujeres posan para él. Las prostitutas, las cortesanas, las santas…. La mujer transfigurada posa para él, para siempre…. Misterio y acertijo." Poesie y favole llamó Tiziano, recordemos, a sus exquisiteces paganas, apropiándose del dictum Horaciano "ut pictura poesis" y concientemente buscando tanto el parangón entre antiguedad clásica y el cinquecentto renacentista, como entre poesía y pintura. Y la gran triunfadora de la contienda será la pintura "moderna" del Tiziano. Sus poesías y fábulas serán, pues, sus propias versiones libres y críticas de los textos antiguos. No eran meras traducciones o ilustraciones de Ovidio, Catilo o Filóstrato, sino sus recreaciones arqueológicas de la antiguedad clásica.32 Ecos y maneras de épocas pasadas… 33 Tiziano de hecho creó muchas veces su propia antiguedad all´antica sin mayor referencia que su imaginación y sin referencias literarias clásicas. En ella, en su antiguedad, el cuerpo femenino desnudo ocupaba el sitio privilegiado y merecido.


Usurpar la identidad de los destinatarios originales de aquellas mujeres no deja de ser tentador y justo, a pesar de algún mandamiento.34 A veces ellas mismas nos invitan a mirar y recorrer despacio y al suave aquella carne de mujer. La experiencia no deja de ser erótica, a pesar o debido a que lo hacemos generalmente viendo reproducciones de las mismas. Abrazamos aquella llama. Respiramos aquel perfume que embalsama. Gozamos de la carne, ese bien, que hoy nos hechiza… Sentimos la necesidad impostergable y entendible a todas luces, y más a la luz de la serenísima Venecia, de parafrasear entonces a Darío. Al Darío que vio y se inclinó antes los originales altares que el Tiziano visitó en sus caminos hacia Eros. 35 ¿Y cómo eran ellas? ¿cómo eran aquellos ángeles celestiales vueltos carne por Tiziano? Eran palpables y rellenas. Eran jóvenes y carnosas. Hembras en busca "de roce, mordisco o beso". ¡Pan Divino! Ñomi Ñomi. Así que forget Claudia Schiffer y forget toda la estética anoréxica de finales del siglo XX. A Tiziano sus Venus le gustaban opíparas. O sea, y una vez más, la belleza es una construcción cultural y/o no ando tan perdido en este arrebato. Pero no seamos egoístas y escojamos una para usted lectora o lector. ¿La menade dormida y ofrecida como jugosa fruta en la esquina inferior del "Bacanal" de 1518, o la "Bella" de 1536, vestida completamente de azul a pesar de sus insistentes senos (ajenos a cualquier implante de silicona) tratando de adquirir la libertad? ¿O quizá mejor la misma Bella, excepto que desnudándose, ya con un seno libre e inquieta en el "Retrato de joven dama"? O tal vez, para los ambiciosos y ambiciosas, las dos Venus gemelas del Amor Sagrado y el Amor Profano. Más qué decir o sentir ante la piel vibrante de aquella "Europa" abriéndose con ganas en medio del rapto, sino las palabras del propio Rubén recordando las carnes fragantes de Deyanira: "Mi espalda aún guarda el dulce perfume de la bella…" ¿Y a quien acompañar por los bosques esta tarde? ¿Al fisgón de Júpiter que vuelve a llegar tarde a la performance de Antiope ante el travieso fauno, que dichosamente para nosotros desnuda


aquella carne núbil, o al desdichado, pero afortunado, Acteon descubriendo a Diana y su séquito de ninfas que pudorosas, pero invitantes a la vez, tapan y ofrecen sus deliciosas y tiernas carnosidades? Aunque claro no faltara entre ustedes quien prefiera seguir al desenfrenado violador de Tarquino rumbo a la deshonra violenta de la virtuosa Lucrecia, como tampoco faltarán los émulos de Zeus mismo, disfrazándose una y otra vez de lluvia de oro, para coger una y otra vez a la virginal y siempre dispuesta, por alguna razón, Danae. ¿Y a cuáles brazos acudir sumisos y dispuestos? ¿Al ángulo recto formado por los tiernos de la Venus Anadiómenes o a los de Venus implorando a Marte para que no vaya a su encuentro con la muerte y reclamando una última caricia que no se dará? ¿ Y a cual de los músicos acompañar. Al que busca la cara de la diosa, o al que encuentra el monte de la misma? ¿Al que le toca el laud o al que le toca el organo? ¿Y qué con Lavinia, Violante, Isabella d´Este, Laura dei Dianti, Flora, la extasiada Magdalena en medio de su pequeña muerte, o incluso y porque no, la nada idealizada, pero rotunda, doble Schiavona?


No sabemos. Pues queremos, igual que ustedes, tenerlas a todas. Poseerlas a todas. Amarlas a todas. Mas, de repente nos capturan unos ojos. "…una mirada" (…) "Luego el toque de fuego". Es la hetaira de Urbino quien nos clava la mirada a través de los siglos. Nos mira, como ha mirado y excitado a incontables desde que vio al propio Tiziano y a Guiobaldo II della Rovere pocos meses después. 36 Nos mira a los ojos y nos mira mirarla. Y le gusta. "Y yo, fijo en tus miradas/ y extasiado en tus sonrisas" dice Darío.37 Y la enardece quizás tanto como a nosotros todos. Nos lo dicen sus ojos y nos lo dice su mano eternamente ocupada sobre el monte que lleva su dulce nombre Venus.38 "…Es el cuadro más obseno que el mundo posee", se alarma Mark Twain. "Es el cuadro con los más bellos ojos del mundo" – refuta apropiadamente Donatien Alfonse François – "el que uno puede pasar examinando en todos sus detalles sin jamás llegar a cansarse". Sí, es con la cortesana divina de Urbino, o con la esposa fiel de Urbino (si ustedes así lo prefieren), con quien decidimos gozar "de la carne, ese bien que hoy nos hechiza, y después se formará en polvo y ceniza". Y al escogerla la escogemos con Maupassant quien "si tuviese que escoger entre la más bella mujer de la tierra y la pintada por Tiziano, sin dudarlo un minuto, escogería la mujer de Tiziano". Será ella "L´idolo mio, che I begli occhi apre e gira…" 39 Será con ella, desnuda para siempre, despierta para siempre, igual a nosotros para siempre, que decidimos pasar esta noche eterna. Sí: "Primero una mirada y luego el toque de fuego". Francisco pico NOTAS

1. Rubén Darío. Balada en Honor a las Musas de carne y hueso. El Canto Errante. 2. Tiziano Vecellio nació en Pieve di Cadore cerca de los Alpes del sur entre 1488 y 1490 y no en 1477 como había sido establecido por la tradición, con una pequeña ayuda de Tiziano mismo, quien "hizo un fetiche de su edad"(van Loon).Tiziano Vecellio es quien "porta la bandiera….il primo liego a aquel pennelo" ,afirma, nada más y nada menos, que el cotito de Velázquez (1599-1660) y Ludovico


Ariosto(1474-1533), celebrando al pintor, en su Orlando Furioso (1510): "…e Tizian che onora/ Non men Cador, che quei Vinezia e Urbino. El primer pintor en dignificar la profesión como tal. Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558), en cuyo Imperio "no se ponía el sol", emuló con el gesto de inclinarse ante el artista, para recogerle sus pinceles, a Alejandro Magno(356-323 ane) que hiciese lo mismo con `el más ilustre de los pintores griegos´, su preferido, Apelles (s.IV ane). "Tiziano es digno de ser servido por Cesar" fue la respuesta dada por el soberano ante los atónitos cortesanos y Tiziano. 3. Pietro Aretino. Carta a Jacopo Sansovino, Enero de 1553. The Letters of Pietro Aretino (1967). 4. La incapacidad de "amar" de Darío la documentan tanto Máximo Soto Hall como Alejandro Sux, quien relata como el propio poeta con "acento trágicamente sincero" le relata su "incapacidad para enamorar, para enamorarse y para que una mujer se enamorara de él. Salinas habla del "angostamiento del amor a su pura superficie sensual", mientras que Raimundo Lida ve aparecer en la obra dariana "el amor concebido con una profundidad, fuerza y amplitud ajenas a los modelos franceses". Y Alberto Aceredo, siguiendo al propio Darío: "Darío debió amar mucho aunque a su manera." 5. " Parece ser que en Venecia la religión, tratada como rival y no como cómplice por la tiranía, tuvo en el perfeccionamiento de la pintura menos parte que en otros sitios. Los cuadros más numerosos que nos han dejado Andrea del Sarto, Leonardo de Vinci y Rafael son madonnas. La mayor parte de los cuadros de los Giorgone y de los Tiziano representan bellas mujeres desnudas. Entre los nobles estaba de moda pintar a sus amantes disfrazadas de Venus de Médicis." Stendhal, Historia de la Pintura en Italia (1817). Nuestro subrayado. 6.

Exagero, pero es luna llena.

7. Idea Vilariño en su Conocimiento de Darío comenta lo siguiente con respecto a nuestro poeta: "Son seguramente esa reiteradas olas sensuales sin mañana las que le hacen decir "He amado mucho" y muy posiblemente "esa pasión intensa y total" que dice Lida, es la pasión única que enciende su vida y para la que cada mujer que alienta y pasa no es sino un nuevo nombre, un nuevo cuerpo, un nuevo rostro de la Mujer, del Amor." Antes, durante la antiguedad clásica, Zeuxis, según relata Cicerón, elige entre los cuerpos vivientes de las cinco jóvenes más bellas de la ciudad de Crotón las partes hermosas a fin de reconstruir la belleza ideal de Elena de Troya. Y Rafael de Sanzio, en la


famosa carta a Baldessare Castiglione: "…y diría que para pintar una mujer hermosa me vería obligado ver unas cuantas mejeres hermosas" (….) "Pero como escasean los jueces certeros tanto como las mujeres hermosas, voy a recurrir a cierta idea que tengo en la mente." Citado por E.H.Gombrich. Nuevas Visiones de Viejos Maestros. 8.

Elizabeth Croper citada por Rona Goffen, Titian´s Women.

9. "Fu senza dubbio il primo che dimostrasse la buona strade nel dipingere", afirma categó" ricamente Carlo Ridolfi en 1648 refiriéndose a Giorgio Barbarelli, el Giorgone (citado por J de la Encina. La Pintura Italiana del Renacimiento.) y tiene absoluta razón, Giorgione fue el primero en mostrar el camino a la nueva pintura renacentista y si no huebiese sido por su temprana muerte a causa ya sea de tristeza o de la peste, su estrella brillaría al menos tanto como la del Tiziano. Jamás lo sabremos. 10. Es importante señalar que ya la Venus Dormida de Giorgone (c.1508/ Dresden), fuente visual primaria de la Venus de Urbino de Tiziano, está tocándose y no tapándose como la clásica Venus Púdica de Praxíteles. La explicación, al igual que el gesto, es deliciosa, pero viene más tarde. 11. Werner Sombart en su Lujo y capitalismo señala que "hasta el quattrocento posterior no aparece el desnudo de la mujer, como mujer, ni se descubre la belleza íntima de sus formas, ni se desarrolla el encanto del amor sensual." 12.

Rona Goffen. Titian´s Women. 1999.

13. Ya las dos Venus, la celestial y la terrenal, Venus Coelestis y Venus Vulgaris, coexistentes pero diferentes, son discutidas por Pausanias en el Symposium de Platón, en donde son llamadas Afrodita Urania y Afrodita Pandemus. Praxíteles las esculpe vestida una y la otra desnuda. Filóstrato, en su Imagines las describe como "dos Venus: una vestida y la otra desnuda". La Venus Celestial, hija de Urano (no tiene madre), pertenece a una esfera enteramente inmaterial, vive en el cielo y su belleza es divina. La Venus terrenal, por su parte, es hija de Zeus Jupiter y Dione-Juno y su belleza es corporea. La primera representa la forma contemplativa del amor; la segunda la forma activa del mismo. Para los humanistas de siglo XV ambas eran virtuosas, la Venus Vulgaris siendo considerada como una etapa en el ascenso a la Venus Coelestis.


14. Indudablemente la misoginia (respaldada por la concepción cristiana que establece el cuerpo canónico como uno sólo y masculino) es endémica a la cultura occidental, caracterizada por el odio y la desconfianza a sus Evas. 15. Ludovico Dolce (quien también aconsejaba el velo para las solteras) describe a la señorita ideal como aquella "joven mujer honesta que no busca mirar ni ser mirada por nadie…" 16. Rubén Darío, Prólogo a OPERA LIRICA (1908) de Rufino Blanco Fombona. Quince prólogos de Rubén Darío. Anotados por José Jirón Terán. 17.

Rubén Darío, Autobiografía.

18. "Quienes iniciaron a Darío en el secreto de la descripción de pinturas fueron Gautier y los Goncourt y quiza su sueño de arte." Arturo Marasso Rubén Dario y su Creación Poética. 19. J.W.Goethe: "Viaje a Italia: 1786-1788"; Stendhal: "Historia de la Pintura en Italia "(1817); H.Taine: "Italia: Florencia y Venecia " (1872); J.Buckhardt: "El Ciceron: Guia de Arte para la pintura en Italia. Para uso de viajeros" (1873); T.Gautier: Italia. 20. Rubén Darío nos deja sus crónicas italianas en Peregrinaciones (1901) y en Tierras Solares (1903). Vale la pena apuntar la bibliografia manejada por el poeta. El mismo menciona entre otros a Hipolito Taine(1828-1893) y su Filosofía del Arte; a G.Vasari (15111574) y sus Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos"; a Vittorio Pica (el gran crítico de arte que posteriormente sería presidente de la Bienal de Venecia, a quien conoce personalmente en 1900 durante su estadía en Nápoles) y sus álbumes artísticos; a P. Melmonti (biógrafo de Tiepolo); a John Ruskin (1819-1900) y sus Siete Lámparas de la Arquitectura y Las Piedras de Venecia; a Mauricio Barrès(1862-1923), autor de El Greco o el secreto de Toledo; a Benvenuto Cellini(1500-1571) y sus Memorias ; a G.E.Lessing (17291781) y su Laocoonte (ensayo acerca de los límites de la pintura y la poesía); a Cavalcaselle y su Storia della pittura in Italia (a la cual nuestro poeta, siguiendo a D´Annuncio, refuta en cuanto al valor del Giotto); y a los hermanos Goncourt (Edmond y Jules). Tampoco habrá que olvidar la Mythologie de Rene Menard que Darío conoció desde Buenos Aires.


21. "…Y me esforce en hacer todo lo posible para presentarle, en cortas frases, una monografía veneciana, una imagen pequeña como en un pequeño espejo, de la soberana y magnifica república, del poderío antiguo, de la maravilla de sus grandezas comerciales y políticas, de su vida artísticamente real y práctica, y cruel, y terrible y poética y sangrienta. Le cincelé en poca prosa un Puente de los Suspiros… Le hice ver el Canalazzo, casi en verso, con estrofa por palacio… Le diluí con mi mejor manera la dulzura de amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le hice sentir a Giorgone, y adorara el Tiziano a su manera. Vió de oro, de marmól y sol amable la ciudad del silencio, de amor y de crepúsculo. …" Rubén Darío. Tierras Solares. Realmente fueron tres las visitas de Rubén a Venecia, pues también estuvo, como lo relata candorosamente, en la "Venecia de guardaropía (de la Ferie Internacional de 1900)… únicamente propia para divertir a los snobs de París y el extranjero…: una reducción para feria, con imitaciones de las conocidas arquitecturas, góndolas y gondoleros y por la noche la iluminación da, en efecto, la sensación de horas italianas en la ciudad divina de arte y de amor… Esta Venecia, sinembargo, ayuda a soñar" 22. "La pluma, en mano de Rubén, hizo mucho de pincel. Sus poemas nacieron con frecuencia de motivaciones plásticas." Antonio Oliver Belmas. Este Otro Rubén Darío. 23. La Venus de Urbino, La Bella , y Flora en Los Oficios; Venus y los organistas, Danae, La Bacanal, y Venus y Adonis en El Prado; La Venus del Pardo y Mujer Peinándose en el Louvre, etc. Lamentablemente no dejo Darío, o no se conocen aún, crónicas (aunque si referencias) de estas visitas a los grandes cementerios del Arte. Ademas de las anteriormente mencionadas Darío visita el Museo Borbónico en Napoles, la National Gallery en Londres, asi como museos y galerias de Bélgica, Berlín, Viena y Budapest. Sus textos mas extensos tratan acerca de sus visitas a las pinacotecas de Génova, Pisa y Turín. "…Imposible" – nos dice emocionado- " observar tanta y tanta obra meritoria. Mas en la sala séptima me inclino delante del Mantegna, con su Madonna con il Bambino e sei santi; ante varios Tizianos….." 24.

Rubén Dario. El Oro de Mallorca.

25. Rubén Darío. Tierras Solares/ Venecia "… Y la belleza de las mujeres venecianas, consagrada en rimas y en cuadros magistrales, con sus gloriosas cabezas que Tiziano amaba, esta allí, indestuctible, atractiva, demandando la ofrenda del canto y el tributo del amor. …"


26. (En Darío) "no se trata de un erotismo único, sino que puede calificarse de diversos modos que (P.) Salinas califica de "lo erótico insuficiente", "lo erótico fatal", "el sentimiento agónico del erotísmo", "lo erótico trágico" y "lo erótico transparente". Alberto Acereda. Rubén Darío Poesía erótica. 27. La mujer y lo erótico será el gran tema de Darío. Tanto Salinas como Acereda lo documentan eruditamente. Este último afirma que al menos un 1/3 de los poemas publicados por el poeta están relacionados de alguna manera al tema de Eros. Sinembargo no habrá que olvidar que la diferenciación establecida por el mismo Darío entre lo erótico y lo exclusivamente sexual es categórica: "La literatura ha caído en una absoluta y única finalidad: el asunto sexual. La concepción del amor que aún existe entre nosotros, es aquí absurda. Más que nunca el amor se ha reducido a un sumple acto animal." Rubén Darío. Peregrinaciones. 28. Los Sonetti lussuriosi, compuestos por Pietro Aretino ca. 1525, fueron escritos para acompañar los grabados de Marcantonio Raimondi, a su vez basados en "I Modi" de Guilio Romano. Los susodichos Modi, no eran otra cosa que 16 entretenidas y acrobáticas posiciones sexuales, solo dos de las cuales ponían a la hembra abajo, a como era "aconsejado" por los teólogos y doctores para la propagación de la especie. En 1558 la obra editada de Aretino fue puesta en el Indice de Libros Prohibidos de la Inquisición lo cual creó una nueva demanda que desembocó en una serie de ediciones clandestinas e ilícitas de las mismas, asi como lastimosamente también con la prisión de Raimondi en las ergástulas del Vaticano. Las protagonistas femeninas de los Sonetos de Aretino, según la muy documentada Rona Goffen, " son iguales y entusiastas compañeras de las aventuras sexuales de sus compañeros masculinos." Además de los sonetos lujuriosos Aretino escribió también con la misma temática il ragionamento della Nanna e della Antonia (1534) y Diálogo nel quale la Nanna insegna a la Pippa. En ambas obras Aretino, hablando como mujer y como puta, caracteriza despiadadamente a la sociedad renacentista de su tiempo. Astutamente la crítica la dirige a Roma y no a la República Veneciana que lo había adoptado, pero entre líneas no quedan muchos títeres con cabeza, incluyéndose a él mismo. En sus diálogos las cortesanas podrán ser presentadas como "explotadoras y manipuladoras de hombres" pero " jamás como víctimas". (R.Goffen) 29. Quedan para provar esta amistad dos extraordinarios retratos de Aretino realizados por el pintor y un sinnumero de sonetos y epístolas laudatorias escritos por el licencioso poeta.


30.

Pietro Aretino. Citado por R. Goffen. Titian´s Women.

31. A propósito de las cortesanas, tan caras a Darío (bastará recordar a Marion Delorme "la cortesana de los más bellos hombros"), como a Aretino y al mismo Tiziano, nuestro poeta, incursionando en la misoginia renacentista, las describe como: "Esas damas…. ¡Preciosas estatuas de carne, pulidas y lustradas como dijes, como joyas, flores, o animales encantadores, estuches de placer, maestras de caricias, dignas de una corona de emperatriz, ducales, angelicales, y tan brutas, tan ignorantes, tan plebeyas en su mayoría" (…) "La ninfa no esconde a veces a la verdulera y la marquesita Watteau no oculta que sabe el vocabulario de su papá el cochero." Rubén Darío citado por Idea Vilariño en Conocimiento de Darío. 32. Las principales fuentes clásicas utilizadas por Tiziano y sus asesores fueron Ovidio y su Metamorfosis (de la cual Darío conoció la versión de Sánchez Viana), Catulo y su Carmina, Filóstrato y sus Imagenes (única fuente iconográfica de la antiguedad clásica griega). 33. Darío hablando de Recreaciones arqueológicas: "son ecos y maneras de épocas pasadas, y una demostración" (….) "de que, para realizar la obra de reforma y de modernidad que emprendiera, he necesitado anteriores estudios de clásicos y primitivos" 34. No deja de ser divertido y simpático saber que los dueños de las pinturas de Tiziano (todos hombres con la excepción probable de Laura Bagarroto, dueña e inspiración para El Amor Profano y el Amor Divino), no eran siempre precisamente los que las encargasen, sino aquel que pagase el mejor precio al pintor. Fue Tiziano el primer pintor verdaderamente independiente, ajeno pudiesemos decir, a la cruz de patrocinio y el mecenazgo. El decidía a quien vender y a como. De allí quizás tambien las innumerables versiones de sus flamantes hembras. 35. "Todas las escuelas de pintura han dejado un resplandor en su poesía. Pocos ojos miraron en forma tan penetrante, con más lúcida percepción de lo exquisito y lo extraordinario, que los de Darío, a los pintores, en los cuadros o en las reproducciones…" Arturo Marasso. Rubén Darío y su Creación Poética. 36. La Venus de Urbino, cuadro conmemorativo de la boda de Giulia Varano y Guiobaldo II della Rovere, duque de Camerino, y posteriormente de Urbino, fue adquirido este último en 1538..


37. Rubén Darío. Otoñales. Rima X: "En tus ojos, un misterio;/ en tus labios, un anigma./ Y yo, fijo en tus miradas/ y extasiado en tus sonrisas." 38. "Desde los tiempos de Galeno la llamada "emisión" de la mujer era considerada relevante para la concepción. Y la concepción- o su posibilidad- era la justificación principal para el acto sexual, de acuerdo a las enseñanzas de la iglesia. Para alcanzar, pues, este desideratum, la masturbación femenina era aceptada y a veces considerada necesaria." Rona Goffen. Sex, Space and Social History. Titians Venus of Urbino. 39. Soneto de Monseñor Giovanni della Casa honrando a Tiziano y al retrato que este hiciese de Isabel Quirini, una noble dama amada por él. Citado pore Vasari en Vidas…


Mario Benedetti Una mujer desnuda y en lo oscuro tiene una claridad que nos alumbra de modo que si ocurre un desconsuelo un apagon o una noche sin luna es conveniente y hasta imprescindible tener a mano una mujer desnuda. Una mujer desnuda y en lo oscuro genera un resplendor que da confianza entonces dominguea el almanaque vibran en su rincon las telaranas y los ojos felices y felinos miran y de mirar nunca se cansan. Una mujer desnuda y en lo oscuro es una vocacion para las manos para los labios es casi un destino y para el corazon un despilfarro una mujer desnuda es un enigma y siempre es una fiesta descifrarlo. Una mujer desnuda y en lo oscuro genera una luz propia y nos enciende el cielo raso se convierte en cielo y es una gloria no se inocente una mujer querida o vislumbrada desbarata por una vez la muerte.


Mía Mía: así te llamas. ¿Qué más armonía? Mía: luz del día; Mía, rosas, llamas. ¡Qué aroma derramas en el alma mía si sé que me amas! ¡oh Mía! ¡Oh Mía! Tu sexo fundiste Con mi sexo fuerte, Fundiendo dos bronces. Yo triste, tú triste... ¿No has de ser entonces mía hasta la muerte? Rubén Darío


Gabriel García Márquez

Mientras el niño jugaba Mientras el niño jugaba en el patio, él esperó en la hamaca, temblando de ansiedad, sabiendo que Pilar Ternera tenía que pasar por ahí. Llegó. Arcadio la agarró por la muñeca y trató de meterla en la hamaca. “No puedo, no puedo”, dijo Pilar Ternera horrorizada. “No te imaginas como quisiera complacerte, pero Dios es testigo que no puedo”. Arcadio la agarró por la cintura con su tremenda fuerza hereditaria, y sintió que el mundo se le borraba al contacto de su piel. “No te hagas santa”, decía. “Al fin, todo el mundo sabe que eres una puta”. Pilar se sobrepuso al asco que le inspiraba su miserable destino. - Los niños se van a dar cuenta – murumuró -. Es mejor que esta noche dejes la puerta sin tranca. Arcadio la esperó aquella noche titiritando de fiebre en la hamaca. Esperó sin dormir, oyendo los grillos alborotados de la madrugada in término y el horario implacable de los alcaravanes, cada vez más convencido de que lo habían engañado. De pronto, cuando la ansiedad se había descompuesto en rabia, la puerta se abrió. Pocos meses después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio habría de revivir los pasos perdidos en el salón de clases, los tropiezos contra los escaños, y por último la densidad de un cuerpo en las tinieblas del cuarto y los latidos del aire bombeando por un corazón que no era suyo. Extendió la mano y encontró otra mano, con dos sortijas en un mismo dedo, que estaba a punto de naufragar en la oscuridad. Sintió la nervadura de sus venas, el pulso de su infortunio, y sintió la palma húmeda con la línea de la vida tronchada en la base del pulgar por el zarpazo de la muerte. Entonces comprendió que no era esa la mujer que esperaba, porque no olía a humo sino a brillantina de florecitas, y tenía los senos infladosy ciegos con pezones de hombre, y el sexo pétreo y redondo como una nuez, y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada.


Mario Vargas Llosa Desde que hizo el amor... Desde que hizo el amor con el niño por primera vez, había perdido los escrúpulos y ese sentimiento de culpa que antes la mortificaba tanto. Ocurrió al día siguiente del episodio de la carta y de sus amenazas de suicidio. Había sido algo tan inesperado que, cuando doña Lucrecia lo recordaba, le parecía imposible, algo no vivido sino soña do o leído. Don Rigoberto acababa de encerrarse en el cuarto de baño para la ceremonia nocturna de la higiene y ella, en bata y camisón de dormir, bajó a dar las buenas a Alfonsito, como se lo había prometido. El niño saltó de la cama a recibirla. Prendido de su cuello, le buscó los labios y acarició tímidamente sus pechos, mientras ambos escuchaban, encima de sus cabezas, como una música de fondo, a don Rigoberto tarareando la desafinada canción de una zarzuela a la que hacía contrapunto el chorro de agua del lavador. Y, de pronto, doña Lucrecia sintió contra su cuerpo una presencia pugnaz, viril. Había sido más fuerte que su sentido del peligro, un arrebato incontenible. Se dejó resbalar sobre el lecho a la vez que atraía contra sí al pequeño, sin brusquedad, como temiendo trizarlo. Abriéndose la bata y apartando el camisón, lo acomodó y guió, con mano impaciente. Lo había sentido afanarse, jadear, besarla, moverse, torpe y frágil como un animalito que aprende a andar. Lo había sentido, muy poco después, soltando un gemido, terminar. Cuando volvió al dormitorio, el aseo de don Rigoberto aún no había concluido. El corazón de doña Lucrecia era un tambor desbocado, un galope ciego. Se sentía asombrada de su temeridad y – le parecía mentira – ansiosa por abrazar a su marido. Su amor por él había aumentado. La figura del niño también estaba allí, en su memoria, enterneciéndola. ¿Era posible que hubiera hecho el amor con él y fuera a hacerlo ahora con el padre? Sí, lo era. No sentía remordimiento ni vergüenza- Tampoco se consideraba una cínica. Era como si el mundo se plegara a ella, dócilmente. La poseía un incomprensible sentimiento de orgullo. “Esta noche he gozado más que ayer y que nunca”, oyó decir a don Rigoberto, más tarde. “No tengo cómo agradecerte la di cha que me das”. “Yo tampoco, mi amor.”, susurró doña Lucrecia, temblando.


Mario Vargas Llosa, “Elogio de la madrastra�.


Anne Sexton La balada de la masturbadora solitaria Al final del asunto siempre es la muerte. Ella es mi taller. Ojo resbaladizo, fuera de la tribu de mí misma mi aliento te echa en falta. Espanto a los que están presentes. Estoy saciada. De noche, sola, me caso con la cama. Dedo a dedo, ahora es mía. No está tan lejos. Es mi encuentro. La taño como a una campana. Me detengo en la glorieta donde solías montarla. Me hiciste tuya sobre el edredón floreado. De noche, sola, me caso con la cama. Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío, en la que cada pareja mezcla con un revolcón conjunto, debajo, arriba, el abundante par en espuma y pluma, hincándose y empujando, cabeza contra cabeza. De noche, sola, me caso con la cama. De esta forma escapo de mi cuerpo, un milagro molesto, ¿Podría poner en exhibición el mercado de los sueños? Me despliego. Crucifico. Mi pequeña ciruela, la llamabas. De noche, sola, me caso con la cama. Entonces llegó mi rival de ojos oscuros. La dama acuática, irguiéndose en la playa, un piano en la yema de los dedos, vergüenza en los labios y una voz de flauta.


Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada. De noche, sola, me caso con la cama. Ella te agarró como una mujer agarra un vestido de saldo de un estante y yo me rompí como se rompen una piedra. Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar. El periódico de hoy dice que se han casado. De noche, sola, me caso con la cama. Muchachos y muchachas son uno esta noche. Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras. Se quitan zapatos. Apagan la luz. Las brillantes criaturas están llenas de mentiras. Se comen mutuamente. Están más que saciadas. De noche, sola, me caso con la cama.


Jaime Sabines

Siempre fui pene

Siempre fui pene, Dios mío, siempre fui el pedazo de mi carne que entraba en las mujeres, que me hacía hombre, conocedor del mundo, propietario de la vida y de la muerte. ¿Por qué me disminuyes? Yo no quiero aprender de tu sabiduría Yo quiero ser falo erecto, pero erecto, para entrar a la hora precisa en el dulce terrón de la tierra dulce ¡Concédeme vivir entero hasta los ochenta! Te desnudas igual Te desnudas igual que si estuvieras sola y de pronto descubres que estás conmigo. ¡Como te quiero entonces entre las sábanas y el frió! Te pones a flitrearme como a un desconocido y yo te hago la corte ceremonioso y tibio. Pienso que soy tu esposo y que me engañas conmigo.


¡Y como nos queremos entonces en la risa de hallarnos solos en el amor prohibido! (Después, cuando pasó, te tengo miedo y siento un escalofrío.) Jaime Sabines, La señal (1951)


Mónica Lavín Los jueves No debí hacerlo. No pude evitarlo; me bastaba verlos entrar con ese paso excitado y cauteloso: ella con el cuerpo garboso y las piernas largas y bien formadas, él, esbelto, con la mirada protegida por los lentes oscuros y el brazo asido a la cintura de la mujer. Yo los espiaba por el pasillo oscuro, tras la puerta entornada de otra habitación, y sentía alivio cuando después de los pasos sigilosos verificaba que eran los mismos. Los del jueves a las cinco de la tarde, los de la habitación 39. Esa repetición semanal me reconfortaba. En el torbellino de los encuentros pasajeros que atestiguaba todas las tardes, este hilvanar jueves tras jueves con puntadas de deseo exhalaba continuidad. Quién pudiera como ellos robarle unas horas a la tarde, una tan solo, y encontrar cierta dulzura entre unos brazos. Quién pudiera olvidarse del olor a los frijoles hirvientes y, con las piernas enfundadas en medias suaves, dejarse recorrer las pantorrillas y los muslos con el interés de quien mide y palpa las formas; quién pudiera ser objeto de deseo respondido y consumado. Antes ni pensaba esto, ni siquiera me veía las piernas, sólo servían para llevar mi andar por todos sitios. Ni con las inacabables parejitas que deambulaban por estos pasillos, sofocando sus gemidos tras las puertas cerradas, había hecho yo conciencia de mi abandono. Ahora sabía que tener marido no era ningún consuelo. Y si no, ¿por qué iban a volver los del 39 con ese gesto de inevitable engarzamiento?, ¿por qué iban a venir aquí una vez a la semana si tuvieran otra posibilidad, por qué los lentes, por qué la hora, por qué la prisa? A las siete se abría la puerta del 39, él atisbaba el pasillo e indicaba a la mujer que no había peligro. Volvía de nuevo a mirarlos. Ahora por las espaldas, con las manos apretadas deteniendo la despedida, prolongando el encuentro. Yo también lo prolongaba, me atrevía a acercarme a la escalera para ver sus cabezas desaparecer por el pasillo que daba a la calle. De prisa entraba en su habitación, no quería que me la ganara Teresa que a esa hora rondaba el mismo piso. Cerraba la puerta y miraba el desarreglo, el mismo que en otros cuartos me producía hastío y a veces repulsión. Entonces me tiraba boca abajo sobre la cama y aspiraba los aromas atrapados entre las sábanas gastadas, extraía el perfume de olor a hierba de ella y la loción leñosa


de él, olfateaba los sudores que humedecían esos palos relavados y rastreaba las gotas de semen escapadas de la vagina repleta y saciada dela mujer. Con la sábana descompuesta, mi corazón se violentaba y una ola de sangre me ponía en éxtasis. Entre las evidencias, asistía al ritual del amor. Después de un rato salía de nuevo a la penumbra del pasillo y depositaba en el cesto rebosante de blancos el atado de sábanas con más delicadeza que la usual. Agradecía profundamente esas visitas semanales, me resistía a cualquier cambio de horario, de piso. Esos meses se había convertido en una sucesión gozosa de jueves. Así que me atreví. Se nos insistía al entrar a ese trabajo que debíamos ser discretas y nunca tener contacto con los clientes, evitar ser vistas, no hablar con ellos. Pero yo quería manifestar mi contento por su presencia, como en una boda ciando se abraza de corazón a los desposados. Entonces se me ocurrió lo de la flor. Las muchachas choteaban que si me la había dado un galán o que si apoco el Nacho era tan romántico. Era una rosa color coral a punto de abrir. A las cuatro y media el cuarto se desocupó, entré presurosa a hacer el aseo y pensé en no salirme hasta unos minutos antes de la hora. No quería arriesgar la posibilidad de una ocupación ajena a la pareja, a pesar de que Tomás ya tenía la consigna en recepción de tenerla libre los jueves a las cinco. Llené un vaso con agua y con la rosa, lo coloqué sobre una cómoda despostillada. La rosa se reflejó en el espejo, las paredes desnudas y la colcha con huellas de cigarro se iluminaron con el rubor de la flor. El 39 parecía un cuarto de otro lugar. Aspiré el aroma de la flor que esta vez celebraría la fiesta con los humores y secreciones de los cuerpos de los amantes. Salí al minuto para las cinco, excitada, nerviosa por aquella irrupción que tambaleaba el anonimato de la pareja. Me encomendé a Dios, quien después de todo, los había puesto en mi camino. Durante las dos horas de amorío mi corazón no estuvo sosegado. Tendí camas, puse papeles de baño, toallas limpias, barrí, caminé. Y todo el tiempo la imagen de la rosa fresca y colorida presenciando sus cuerpos desnudos y la entrega desbordante me persiguió como si yo misma tuviera los pies metidos en aquel vaso de agua. Escuché el ruido de la puerta y me asomé desde otra habitación. Noté que la mirada de él escrutinaba el pasillo con mayor insistencia. Respiré y contuve la tentación de correr a presentarme y confesar que yo era la de la rosa y esperaba no haberlos molestado. Apreté los puños y no me atrevía a observar cómo se perdían al final de la escalera. Entré en la habitación. El mismo desarreglo tributario. Bajo el vaso de agua, sin


flor, estaba un billete. Era una forma de respuesta. Lo tomé después de soslayarme entre los aromas familiares y el rito al que añadí mi rosa. Salí gustosa con el itacate fuertemente pegado al pecho para abandonarlo con dolor en el montón de sábanas manchadas. El jueves siguiente dieron las cinco treinta y los del 39 no aparecieron. Esperanzada supuse algún contratiempo pasajero, pero el siguiente jueves me confirmó la ruptura del hábito. Aún así me aferré a la posibilidad de un cambio de horario, después de locación, tal vez ella tuviera un marido que la hubiese descubierto, o él una mujer que se interpusiera. Tal vez se enfermó alguno, tal vez se murieron, tal vez. Desde entonces las sábanas gastadas me parecen una tortura y penitencia y el olor a rosas me enferma. Mónica Lavín (México)


Henry Miller

Germaine era distinta Germaine era distinta. No había en su aspecto nada que me lo revelara. Nada que la distinguiera de las otras zangarillejas que encontraba todas las tardes y todas las noches en el café L’Eléphant. Como digo era un día de primavera, y los pocos francos que mi esposa había ahorrado para enviármelos por cable me tintineaban en el bolsillo. Tenía una especie de vago presentimiento de que no llegaría a la Bastilla sin que una de esas auras me remolcara. Vagando por el bulevar advertí que se me acercaba con ese curioso aire trotón de la puta y los tacones gastados, y las joyas baratas, y el semblante pastoso de su género, que el colorete sólo sirve para acentuar. No fue difícil arreglarme con ella. Tomamos asiento en el fondo de un pequeño tabac llamado L’Eléphant y lo discutimos prontamente. Unos minutos después nos encontrábamos en un cuarto de cinco francosde la calle Amelot, corridas las cortinas y abiertas las mantas. Germaine no apresuró las cosas. Se sentó en el bidé enjabonándose y me habló agradablemente sobre esto y lo otro: le gustaban mucho mis pantalones bombachos. Tres chic!, en su opinión. Lo fueron en otro tiempo, pero les había desgastado los fondillos; por fortuna, la chaqueta me cubría el culo. Cuando se levantó para secarse, hablándome todavía agradablemente, dejó caer de pronto la toalla y, adelantándose hacia mí sin prisa, comenzó a refregarse el minino afectuosamente, frotándoselo con las dos manos, haciéndole arrumacos, acariciándolo, acariciándolo. Había algo en su elocuencia de ese momento y en la forma en que me puso el rosal bajo la nariz, que sigue siendo inolvidable: hablaba de él como si fuera un objeto extraño que hubiera adquirido a gran precio, un objeto cuyo valor hubiese aumentado con el tiempo y que ahora estimara por encima de todo en el mundo. Sus palabras le imbuían una fragancia peculiar; ya no era nada más su órgano privado, sino un tesoro, un tesoro mágico, potente, un don de Dios, y no lo era menos porque traficara con él sin cesar a cambio de unas cuantas monedas de plata. Al arrojarse a la cama, con las piernas despatarradas, lo apretujó con las manos y lo acarició un poco más, murmurando sin parar con su voz ronca, cascada, que era bueno, hermoso, un tesoro, un tesorito. ¡Y sí que era bueno su pequeño minino! Aquel domingo por la tarde, con su venenoso hálito de


primavera en el aire, todo marchó bien otra vez. Al salir del hotel la examiné de nuevo a la áspera luz del día y vi claramente qué puta era: los dientes de oro, el geranio en el sombrero, los tacones gastados, etc., etc. Ni siquiera el hecho de que me hubiera sacado la comida, y los cigarrillos, y el taxi tuvo el menor efecto perturbador en mí. En realidad, di pábulo a ello. Me gustó tanto Germaine que, después de comer, volvimos al hotel y echamos otro polvo. Esta vez fue “por amor”. Y nuevamente esa su cosa grande, peluda, dio su floración y obró su magia. También para mí comenzó a tener una existencia independiente. Allí estaba Germaine y allí estaba su rosal. Me gustaban separadamente y me gustaban juntos. Cuando poco después vine a escribir sobre Claude, no era en ella en quien pensaba, sino en Germaine... “Todos los hombres con quienes ha estado y ahora tú, sólo tú, y lanchones que pasan, mástiles y cascos, toda la condenada corriente de la vida que fluye por ti y después de ti, las flores y los pájaros, y el sol que entra a raudales, y su fragancia que te ahoga, que te aniquila”. ¡Eso fue por Germaine! Claude no era lo mismo, aunque la admiraba tremendamente: hasta pensé por algún tiempo que estaba enamorado de ella. Claude tenía alma y conciencia; también tenía refinamiento, lo que es malo... en una puta. Claude impartía siempre una sensación de tristeza; dejaba la impresión, sin proponérselo, claro está, de que sólo eras uno más que se sumaba a la corriente que el destino había ordenado para destruirla. Sin proponérselo, digo, porque Claude era la última persona del mundo que hubiera creado concientemente una imagen tal en la mente de uno. Era demasiado delicada, demasiado sencilla para ello. En el fondo, Claude no era más que una chica francesa de crianza e inteligencia de tipo medio a quien la vida le había jugado una mala pasada; había algo en ella que no era lo bastante empedernido para soportar los golpes de la existencia cotidiana. A ella se referían esas terribles palabras de LouisPhilipe: “Y llega una noche en que todo ha terminado, en que son tantas las mandíbulas que se han cerrado sobre nosotros, que ya no tenemos fuerza para soportar más, y nos cuelga la carne de los cuerpos como si la hubieran masticado todas las bocas”. Germaine, en cambio, era una puta desde la cuna: se sentía completamente satisfecha de su papel, le gustaba en verdad, salvo cuando le punzaba el estómago o se le acababan los zapatos, cositas superficiales sin importancia, nada que le llegara al alma, nada que la pudiera atormentar. Ennuil! Eso era lo peor que llegaba a sentir. Había días, sin duda, en que estaba hasta la coronilla, como solemos decir, ¡pero nada más! La mayor parte del tiempo le gustaba... o daba la impresión de que le gustaba. Naturalmente no dejaba de importarle con quien se iba... o con quien se venía. Pero lo principal era un hombre. ¡Un hombre! Eso era lo que anhelaba. Un hombre con algo entre las piernas que pudiera hurgarle,


que pudiera hacerla retorcerse de placer, aferrarse a su chocho peludo con ambas manos y restregárselo alegre, jactanciosa, orgullosamente, con la sensación de unión, la sensación de vivir. Ese era el único lugar donde sentía vida alguna: allá abajo, donde se agarraba con las dos manos. Henry Miller, estadounidense, es autor de Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Big Sur, Plexus y otras


Kama Sutra (India)

En la cámara del placer En la cámara del placer, decorada de flores y embalsamada de perfumes, el ciudadano, en compañía de amigos y sirvientes, recibirá a la mujer, que acudirá bañada y engalanada, y él la invitará a refrescarse y a beber libremente. La hará enseguida sentar a su izquierda; después, tomando su cabellera y tocando la extremidad y el nudo de su vestido, la abrazará delicadamente con su brazo derecho. Se entregarán entonces a una grata conversación sobre varios asuntos, y podrán así hablar, con palabras veladas, de cosas que se consideran como poco decentes en la sociedad. Podrán cantar, con o sin gesticulaciones, tocar instrumentos de música, disertar sobre bellas artes y excitarse el uno al otro al libar. En fin, cuando ella no pueda más de amor y de deseo, el ciudadano despedirá a los visitantes que estén alrededor de él, dándoles flores, ungüentos, hojas de betel; y así que ambos estén solos, procederán como va descrito en los capítulos precedentes. Tal es el comienzo de la unión sexual. Acabado el coito, los amantes, con modestia y sin mirarse el uno al otro, se irán separadamente al tocador. Enseguida, sentados en sus respectivos puestos, comerán algunas hojas de betel, y el ciudadano aplicará con su propia mano al cuerpo de ella un ungüento de sándalo puro, o de cualquier otra esencia. Entonces la abrazará con su brazo izquierdo y, con frases amables, le hará beber en una copa que tendrá él en su propia mano, o le dará agua. Podrán comer dulces u otras cosas, a su capricho, y beber jugo fresco, sopa, cocimiento de grano, extractos de carne, sorbete, zumo de mango, zumo de limón mezclado con azúcar, o toda otra cosa que sea del gusto del país y conocida como dulce, agradable y pura. Los amantes pueden también sentarse en la terraza, para gozar allí del claro de luna y entregarse a una agradable charla. En este momento también, estando la mujer recostada sobre sus rodillas con la cara vuelta hacia la luna el enamorado le mostrará los diferentes planetas, la estrella de la mañana, la polar y los siete Rishis u Osa Mayor.


-Así acaba -La unión es de -Unión -Unión de -Unión de -Unión de -Unión a la -Unión -Unión de

la unión sexual distintas clases, como sigue: de amor amor subsecuente amor artificial amor transferido manera de los eunucos engañosa amor espontáneo

1. Cuando un hombre y una mujer que se aman desde un cierto tiempo se ven así reunidos después de grandes dificultades; o cuando uno de los dos regresa de un viaje; o cuando se reconcilian después de haber estado separados a consecuencia de una riña, su coito se llama la unión de amor. Se practica según la fantasía de los amantes, y tan largamente como les plazca. 2. Cuando dos personas se reúnen, estando su amor mutuo todavía en la infancia, su unión se llama unión de amor subsecuente. 3. Cuando un hombre practica el coito excitándose él mismo por medio de las sesenta y cuatro maneras, tales como el beso, etcétera, etcétera, o cuando un hombre y una mujer tienen relación sexual aunque cada uno de ellos ame a persona diferente, su unión se denomina unión de amor artificial. En semejante caso, bueno es emplear todos los procedimientos y medios indicados por los Kama Shastra. 4. Si un hombre, del principio al fin del acto carnal, cuando maniobra sobre la mujer, no cesa de pensar que está gozando de otra a la que prefiere, practica lo que suele llamarse unión de amor transferido. 5. La unión de un hombre y una aguadora, o una sirvienta de casta inferior a la suya, que dura solamente hasta que el deseo es satisfecho, se llama unión a la manera de los eunucos. Hay que abstenerse, en este caso, de los tocamientos exteriores, de los besos y de las diversas manipulaciones. 6. La unión entre una cortesana y un campesino, la de un ciudadano y aldeanas o mujeres de extramuros, toma el nombre de unión engañosa. 7. El coito entre dos personas afectas la una a la otra y que se efectúa según el grado de su fantasía, es el que se llama unión espontánea.


Tales son las clases de uni贸n.


Julio Cortázar

Toco tu boca Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. Capítulo 7 de "Rayuela"


Julio Cortázar

Austin intenta todavía Austin intenta todavía abrazar a Georgette y tenderla contra él, pero le ve en los ojos que perderá el tiempo porque Georgette hará cualquier cosa en este mundo y en esta cama siempre que su cabeza se mantenga lejos de la almohada. Austin que es tímido (“ya lo dijiste”, rezonga Polanco) comprende que la gama de sus previstas fantasías con Georgette, elegida de la rue Ségal because unas pantorrillas que le han dado ideas de íntimo comercio, se ve incurablemente reducida, y además ya no puede seguir perdiendo tiempo porque el tratamiento de la médica lo ha puesto a la vez en buena y mala situación, buena para lo que sea y mala porque ya no se puede seguir mucho tiempo en deliberaciones. “Seguí contando”, dice Polanco que no necesita de tantos detalles, y menos aún Georgette que es muy inteligente y que proporciona enseguida las bases científicas para el resto de la sesión, tú vas voir, c’est tres bien, maintenant je vais m’asseoir doucement sur toi, comme ca tu pourras voir mes fesses. Y como Austin ya no se mueve desbordado por tanta disciplina, Georgette se encarama sobre él dándole la espalda, y casi sin tiempo de permitirle admirar unas nalguitas codiciables, se va empalando con mucha precaución hasta quedar prácticamente sentada, no sin algún quejido sospechoso y una referencia a los ovarios que Austin encuentra casi aceptable en una atmósfera tan científica como la que ha logrado crear el duc d’Aumale. - Pero que idiota sos – dice Polanco, harto-. ¿Por qué no le pegaste ahí no más un chirlo y la tumbaste como se te da la gana a voz y no al duque? - Era difícil – murmura Austin-. No quería que le estropeara el peinado. - ¿Y a vos te gustó, a la duc d’Aumale? - No mucho, así sentada y dándome la espalda.


- Horrible, salvo como suplemento – suspira Polanco-. Yo le hubiera clavado las diez uñas en el pelo y ahí no más un galope a media rienda que te la debo. - Era nada más que un trotecito – dice Austin. Julio Cortázar, autor de Rayuela y 62 modelo para armar.


Giacomo Casanova Píldoras de cabellos Un día en que su doncella le cortaba a la señora F. las puntas de sus largos cabellos en mi presencia, me distraía recogiendo los pequeños y bonitos mechones y los iba colocando sobre el tocador, excepto un mechoncito que me metí en el bolsillo, pensando que no se daría cuenta. Pero, en cuanto estuvimos solos, me dijo con dulzura pero un poco serie que le devolviese aquel rizo que había recogido. Me pareció que me trataba con un rigor tan cruel como injusto, pero obedecí y con aire desdeñoso arrojé el rizo sobre el tocador. - Caballero, estáis faltándome. - No, señora. No os costaba nada fingir que no advertíais este inocente robo. - No me gusta fingir. - ¿Tanto os molesta un robo tan pueril? - No es eso. Pero ese robo demuestra unos sentimientos hacia mí que a vos, que sois hombre de confianza de mi marido, no os está permitido alimentar. Me encerré en mi cuarto, me desvestí y me eché en la cama. Me fingí enfermo. Por la tarde fue a verme y me dejó un paquetito al darme la mano. Cuando lo abrí, a solas, descubrí que había querido reparar su avaricia regalándome unos mechones larguísimos. Con ellos me hice un cordón muy fino, en uno de cuyos extremos hice poner un lazo negro, para poder estrangularme su alguna vez el amor me llevaba a la desesperación. El resto lo corté con unas tijeras, lo reduje a un polvo muy fino y le encargué a un confitero que en mi presencia lo mezclase con una pasta de ámbar, azúcar, vainilla, cabello de ángel, alquermes y estoraque. Aguardé a que las grageas estuvieran dispuestas antes de irme. Las guardé en una preciosa bombonera de cristal de roca, y cuando la señora F. me preguntó su composición le dije que tenían algo que me obligaba a amarla.


Giacomo Casanova, “Historia de mi vida�.


Coral Bracho Oigo tu cuerpo Oigo tu cuerpo con la avidez abrevada y tranquila de quien se impregna (de quien emerge, de quien se extiende saturado, recorrido de esperma) en la humedad cifrada (suave oráculo espeso; templo) en los limos, embalses tibios, deltas, de su origen; bebo (tus raices abiertas y penetrables; en tus costas lascivas -cieno brillante- landas) los designios musgosos, tus savias densas (parvas de lianas ebrias) Huelo en tus bordes profundos, expectantes, las brasas, en tus selvas untuosas, las vertientes. Oigo (tu semen táctil) los veneros, las larvas; (ábside fértil) Toco en tus ciénegas vivas, en tus lamas: los rastros en tu fragua envolvente; los indicios (Abro a tus muslos ungidos, rezumantes; escanciados de luz) Oigo en tus légamos agrios, a tu orilla: los palpos, los augurios -siglas inmersas; blastos-. En tus atrios: las huellas vítreas, las libaciones (glebas fecundas), los hervideros.


Pietro Aretino La cópula (Hombre): - Follemos, vida mía, follemos ya pues todos nacimos para follar, y si tú el pene adoras, yo el coño amo, y el mundo una mierda sin esto sería Y si post mortem follar se pudiera diría: así follemos hasta morir, pues tanto follaron Adán y Eva que la muerte les pareció harto injusta. (Mujer): - Y es verdad, que si los muy tunantes no hubiesen comido aquel fruto engañoso, bien se hubieran saciado los amantes. Mas dejémonos de historias, y hasta el corazón híncame el pene, y ahí reviente el alma que vive y muere por él. (Hombre): - Y, si es posible, fuera del coño no me dejes los testículos, de todo placer gozado, testigos. Pietro Aretino, “Sonetos lujuriosos”


PIETRO ARETINO. LOS REGIONAMENTI. DIALOGOS PUTAÑESCOS. SONETOS LUJURIOSOS. SONETO II

Méteme, rey, un dedo en el trasero; cuélame ahora la pieza despacito; húndela también, que no me quito, Y gózame, pues que goces quiero.

¡Ay, qué placer! Me matas y me muero; si esto es pecar, ¡peque hasta el infinito! ¿quieres meter tu gloria en mi culito y en el chisme el dedillo traicionero?

Bien está ahora ensartada en el chumino; La próxima detrás irán los tiros, Si es que no me equivoco en el camino.

¡Esto es vivir! Y no los insensatos que lejos de la cama y de la mesa pierden el tiempo como mentecatos.

¿Qué gozar es morir? Bah!, estupideces;


para vosotros la virtud, pazguatos; por una vez amar...ยกmorir cien veces!


Pietro Aretino. Los Ragionamenti. Diálogos putañescos. Sonetos lujuriosos. Soneto III

--Déjame la acaricie...¡Oh, qué tesoro! ¡Cómo sin esta joya ser feliz! Cuando me llena soy...¡emperatriz! ¡Verga divina, más rica que el oro!

Húndete en mi sin miedo, te lo imploro; llégame de un invite a la matriz, que no hay pieza que valga una lombriz si en la ocasión observa ruin decoro.

--Libro abierto es tu boca, amada mía. Negarle a buena almena buen invite es negarle a un enfermo una sangría.

Culos cate quien tenga leve falo; Mas quien goce, cual yo, de un buen retoño, Busque siempre en las rajas su regalo.

--Dices verdad, que la ilusión del coño son las piezas cual ésta que me llena


el conducto que va del papo al mo単o.


Pietro Aretino Los Ragionamenti. Diálogos putañescos. Sonetos lujuriosos. Soneto IV

Levanta bien la pierna, vida mía quítame ya la mano del carajo, y si quieres que te haga un buen trabajo el culo has de mover, reina, a porfía.

Y si mi verga ves que desvaría Y se te va por el postrero atajo, Calma, que no tiene ojos el badajo, Calma y disculpa su trapacería.

--¡Por el cielo! Gran locura en mí fuera soltar ahora este ariete, y no apuntarle donde tenerle siempre bien quisiera.

Que de dejarte por detrás colarle Tan sólo tu persona gozaría, Y sin goce yo habría de aguantarle.

Cumple, pues, bien, o vete de mi lado.


ÂżIrme sin ver y hacerte ver el cielo? No harĂŠ, aunque pecador, tan gran pecado.


Sonetos sobre los dieciséis modos por Prieto de Aretino

Pero ¿qué mal hay en ver cómo monta un hombre a una mujer? ¿Pero es que las bestias deben ser más libres que nosotros?- se cuestionaba Aretino en el texto introductorio a estos sorprendentes sonetos, que compuso en 1524 y cuya publicación le obligaría a abandonar Roma. Inspirados en los dibujos eróticos de Giulio Romano, describen distintas posturas y picardías amorosas. Son un inusual canto al erotismo sensual, no necesariamente procreativo, en una cultura que siglo tras siglo se iría haciendo más y más sexófoba.

-1-Follemos, alma mía, vamos a follar que para follar todos nace mos. Si tu adoras el carajo, yo amo la higa, y un carajo sería el mundo sin todo esto. Y si follar después de muerto fuese honesto, yo diría: -Moriremos de tanto follar para más allá follar a Adán y a Eva, que encontraron un morir tan deshonroso. -De veras digo que si esos bribones no hubieran comido la fruta traicionera, sé que hoy no retozarían los amantes. Mas dejémonos ya de cháchara. Hasta el corazón hinca el carajo, y haz que allí se parta el alma, que en la verga nace y muere. Y, si es posible, fuera de la higa no dejes los cojones, del placer de follar siempre testigos. -2-Méteme un dedo en el culo, viejote e híncame la verga poco a poco. Alzándome bien esta pierna haz buen juego. Luego menéate sin remilgos. Que a fe mía esto es mejor bocado que comer pan tostado junto al fuego.


Y si no te place la higa, cambia el sitio que no es uno hombre si no es bujarrón.. -Quiero hacerlo en el coño esta vez, y esta otra en el culo: la verga en coño y culo me hará a mi feliz, y a vos feliz y beata. El que quiere ser un gran maestro está loco, pues no es más que un pajarito pierde tiempo que en todo menos en follar se solaza. Que la palme en el palacio el cortesano, esperando que su rival muera, que yo en darme a la lujuria solo pienso.

-3-Esta verga quiero yo, y no un tesoro. Ella es la que procura la dicha, es una polla digna de una emperatriz; esta gema vale más que un pozo de oro. Ay de mí, socorro polla, que me muero. Trata de enfundarte en la matriz, más al fin, la verga pequeña se desdice si en la crica quiere actuar con decoro. -Señora mía, es verdad lo que bien decís: que quien tiene poca verga y folla en coño, merecería un enema de agua fría. Si es corta, que folle por el culo noche y día, pero si es despiadada y fiera, como la mía, que se desahogue siempre con los coños. -Cierto, pero tanto nos deleitamos con la polla, y tan divertida nos parece, que ese obelisco delante y atrás tendremos. -4-Tienes un buen rabo, grande y bello. Venga, déjamelo ver, si es que me amas. -¿Quieres probar a mantenerte con él en el coño y conmigo encima? -¿Que si quiero probarlo? ¿que si puedo? Mejor esto que comer o que beber.


-¿Y si así tumbados, luego os desgarro y os hago daño?. -Piensas igual que el Rosso. Vamos, ponte en la cama o en el suelo sobre mí, que si fueses Marforio o algún gigante, más aún disfrutaría. Pero alcanza la médula y los huesos con esta verga tuya tan venerable, que hasta protege a los coños de la tos. -Abríos bien de piernas. Puede que se vean por ahí mujeres mejor vestidas, mas no tan bien gozadas -5-¿Por dónde os la vais a meter?, responded, ¿por delante o por detrás? Quiero saberlo. -¿Por qué? ¿es que os molestaría si en el culo me la clavo, por desgracia? -No, señora. Es porque el coño sacia tanto a la polla que da poco placer. Mas así lo hago yo por no parecer un fraile Mariano, verbi gratia. -Pues si la polla entera en el culo deseáis, como anhelan los grandes, estoy contenta de que con el mío hagáis lo que queráis. -Agarradla con la mano y metedla dentro, que tanta utilidad para el cuerpo encontraréis como la asistencia a los enfermos. Y yo tal gozo siento al sentir mi verga en la mano vuestra, que pronto moriré si ahora follamos. -6-Menuda tontería ha sido, pudiendo elegir cómo follaros, la polla en el coño haber metido cuando no me negabais vuestro culo. Que conmigo acabe mi genealogía, pero por detrás quiero meterla muchas veces,


pues el ano y la raja son tan distintos como el vino aguado y el malvasía. -Fóllame y haz conmigo lo que quieras por el coño y por el culo ¿qué importa por dónde tú hagas tus asuntos?; Hay en mi higa y en mi culo tales fuegos que ni pollas de mulos, bueyes y asnos, pueden un poco calmar mis ardores. Un calzonazos serías si lo haces a la usanza antigua; Si yo fuera hombre, coños nunca querría. -7-Tienes la verga en el coño y ves mi culo, y yo veo tu culo cómo está hecho. -Mas podrías decir que no estoy cuerdo, porque las manos las tengo donde los pies. -Pues si así crees que puedes follar, un bestia eres, y no lo lograrás porque al follar mejor me adapto cuando tu pecho sobre el mío está. -Yo os quiero follar con maña, comadre, y acariciaros el culo mil veces con los dedos, la polla y la lengua, que vais a sentir un placer infinito, un no sé qué más dulce que el rascar de la diosas, duque sas y reinas. Al final me diréis que es estas ceremonias soy valiente, más tengo la polla pequeña y desespero. -8-Me perdonarás, pero la quiero en el culo. -Señora, no quiero cometer tal pecado, porque esa es vianda de prelados que han perdido el gusto para siempre. -Vamos, métela aquí. -Que no. -Que sí. -¿Por qué? , ¿no se usa ya el otro lado,


o sea, el coño? -Sí, pero es más grato la verga por detrás que por delante. -De vos dejarme quiero aconsejar. Vuestro es el carajo, y si así os place, como a carajo le debéis mandar. -Aceptado, mi bien, métela de lado: Por aquí, así, y no te corras todavía, Oh verga, buena amiga, oh verga santa. -Metétela toda entera -Ya ha entrado toda dentro ¡qué placer!, y así quisiera estar sentada un año. - 12 -No tires, Cupido sinvergüenza, de la carriola. Párate, borrico, que quiero dar por coño, y no por culo, a quien me toca la polla, y yo me río; En los brazos y en las piernas confío, mas tan incómodo estoy, no te engaño, que así hasta un mulo, en una hora moriría. Sin embargo, soplo y grito con el culo. Si acaso te cansaras, Beatriz, me habrás de perdonar, porque ya sabes que follar en esta postura me destroza; y si no tuviera tu culo por espejo, sosteniéndome así, en ambos brazos, Nunca concluiría nuestro asunto. Oh culito blanco y rosado, Si no me recreara mirándote, no tendría la verga tiesa apenas.


Fábulas prohibidas de Félix María Samaniego - Las bendiciones del aumento Primera

bendición: la mujer satisfecha Reñía una casada a su marido porque no estaba bien favorecido por la naturaleza, y a gritos le decía: "Fue grande picardía que con tan chica pieza pensaras casarte y engañarme,

puesto que no puedes contentarme; marcha, marcha de casa, pues tu fortuna escasa te dio para marido sólo el nombre y eres en lo demás un pobre hombre" En efecto, saliose despechado el infeliz al campo, contristado, y a muy poco que anduvo, el buen encuentro tuvo de un mágico que al sol leyendo estaba y en su libro las furias invocaba. Luego que vio al marido, el mágico le dice: "Tú has venido, amigo, a este paraje a remediarte, y yo te espero para consolarte: por mi ciencia sé bien lo que te pasa


y ahora mismo a tu casa te volverás contento. Toma: ponte al momento en la derecha mano este anillo, que tiene virtud rara, pues todo miembro humano bendecido con él, crece una vara a cada bendición rápidamente; pero, puesto en la izquierda, prontamente mengua lo que ha crecido por la mano derecha bendecido." Al punto el hombre, lleno de impaciencia quiso hacer del anillo la experiencia: lo pone en su derecha, se bendice la piltrafa infelice y se la ve aumentar de tal manera que, si el mágico a un lado no se hiciera, con él diese en el suelo; tan rápido estirón dio aquel ciruelo. Alegre, a su mujer volvió el marido y le dice: "Ya vengo prevenido para satisfacer tu ardiente llama: ven conmigo a la cama, pero encima de mi has de colocarte para poder mejor regodearte." Sobre él luego se pone la mujer, y al ataque se dispone; y, viéndola el marido bien montada,


echó la bendición premeditada... y otra... y otras corriendo, de tal suerte que alzándola en el aire el miembro fuerte, la moza en él elevada parecía un esclavo que empalan en Turquía. Viéndose contra el techo así ensartada, pide al cielo favor. Entra asustada la madre, y ante cuadro tan terrible da un alarido horrible diciendo: "¡Santa Bárbara bendita, qué visión tan maldita! ¡Venga un hacha que esté bien afilada para cortar garrocha de tal porte!" Mas la mujer repuso atragantada: "¡No, madre! ¡Rompa el techo, más no corte!" Segunda bendición: el caudal del obispo Ya se acuerda el lector de aquel marido que, por mágico anillo socorrido, alzó en su miembro a su mujer al techo; sepa también que, al cabo satisfecho de su esposa y vengado, en un medio dejó proporcionado el lanzón monstruoso, viviendo en adelante muy gustoso, dándole aumento o merma en ocasiones con derechas o zurdas bendiciones.


Un día, paseando alegremente, llegó junto a una fuente en donde, por azar, quiso lavarse las manos, y en el agua refrescarse; la sortija encantada sacó del dedo y la dejó olvidada allí, sin que cayera en ello ni su falta conociera; fuese, verificando su deseo, y a muy poco el obispo de paseo vino a la misma fuente deliciosa, y viendo una sortija tan preciosa, con tal hallazgo ufano, se la coloca en su derecha mano. Al tiempo que a su coche se volvía, un pasajero le hizo cortesía, a que el obispo corresponde atento con una bendición, y en el momento, saltando el trampillón de sus calzones, ve salir de sus lóbregos rincones un matamoscas largo de una vara que igual entre mil frailes no se hallara. Su ilustrísima, al verlo, con el susto, se empezó a santiguar como era justo; pero, mientras más daba en santiguarse, más veía aumentarse por varas, a la vista su lanzón, sin saber en qué consistía.


Los pajes al obispo rodearon y a sostener el peso ayudaron de aquella inmensa cosa, encubriendo la mole prodigiosa con todos sus manteos y sotanas; pero estas diligencias eran vanas, porque, apenas un nuevo pasajero se quitaba el sombrero viendo el obispo y él le bendecía, cuando otra vara más se le crecía. Por fin, cerca la noche, como mejor pudieron a su coche llevan al Ilustrísimo afligido; pero, para que fuese en él metido, el cristal delantero le quitaron y así la mitad fuera colocaron de aquel feroz pepino semejante a una viga de molino. A oscuras, muy despacio, al Obispo llevaron a Palacio, con trabajo pusiéronlo en el lecho y de la alcoba abrieron en el techo agujero por donde penetrara, según su altura, aquella cosa rara. La fama en breve lleva de unos en otros la sensible nueva del caudal que al obispo le ha crecido, hasta que, sabedor de ella el marido


de la sortija dueño, trató de recobrarla con empeño. Para esto en el palacio se presenta, y por seguro cuenta menguar del ilustrísimo el recado, si un anillo le da que se ha encontrado. Admitiendo el partido, el obispo, gustoso, al buen marido entrega la sortija, y él con tiento en su siniestra mano en el momento la pone, y bendiciendo a su prelado, vio por varas el miembro rebajado. No quedaba al paciente más que aquel tamaño suficiente con que desempeñara sus funciones; pero viendo que a echar más bendiciones se disponía el médico oficioso, le ataja temeroso diciéndole: "¡Por Dios, que se detenga, y no otra nueva bendición prevenga, que me pierde con ella si porfía! ¡Déjeme al menos la que yo tenía!"

- La fuerza del viento


En una humilde aldea el Jueves Santo la pasión predicaban y, entre tanto, los payos del lugar que la escuchaban a lo vivo la acción representaban, imitando los varios personajes en la figura, el gesto y los ropajes. Para el papel sagrado de nuestro Redentor crucificado eligieron un mozo bien fornido que en la cruz extendido con una tuniquita en a cintura mostraba en lo restante su figura, a los tiernos oyentes, en pelota, para excitar su compasión devota. La parte de María Magdalena se la encargó a una moza ojimorena, de cumplida estatura y rolliza blancura, a quien naturaleza en la pechera puso una bien provista cartuchera. Llegó el predicador a los momentos en que hacía mención de los tormentos que Cristo padeció cuando expiraba y su muerte los orbes trastornaba. Refirió, entusiasmado, que con morir aniquiló el pecado original, haciendo a la serpiente


tragarse, a su despecho, aunque reviente, la maldita manzana que hizo a todos purgar sin tener gana. Esto dijo de aquello que se cuenta, y después su fervor aún más aumenta contando los dolores de la Madre feliz de pecadores, del Discípulo amado, y, en fin, del sentimiento desgarrado de la fiel Magdalena, la que, entre tanto, por la iglesia, llena de inmenso pueblo, con mortal congoja los brazos tiende y a la cruz se arroja. Allí empezó sus galas a quitarse y en cogollo no más vino a quedarse, con túnica morada por el pecho escotada tanto, que claramente descubría la preciosa y nevada tetería. Mientras esto pasaba, el buen predicador siempre miraba al Cristo, y observó que por delante se le iba levantando a cada instante la tuniquilla en pabellón viviente, haciendo un borujón muy indecente. Queriendo remediarlo por si el pueblo llegaba a repararlo,


alzó la voz con brío y dijo: "Hermanos, el vigor impío de los fieros hebreos se aumentaba al paso que la tierra vacilaba haciendo sentimiento, y lla fuerza del viento era tal, que al Señor descomponía lo que sus partes púdicas cubría." Apenas oyó Cristo este expediente cuando, resucitando de repente, dijo al predicador muy enfadado: "Padre, el juicio sin duda le ha faltado. ¿Qué viento corre aquí? ¡Qué berenjena! ¿Las tetas no está viendo a Magdalena? Hágala que se tape, si no quiere que el Cristo se destape y eche al aire el gobierno con que le enriqueció su Padre Eterno."

- Al maestro, cuchillada " Allá en tiempos pasados salieron desterrados de la Grecia los dioses inmortales. Un asilo buscaban, cuando en nuestro Hemisferio se fundaban


diversas religiosas monacales, y entre ellas, por gozar la vita bona, se refugió el Dios Príapo en persona. De tal diedad potente el atributo con que hace cunda el genitario fruto, es que todo varón que esté en su vista siempre tenga la porra tiesa y lista. Con que de esta excelencia sintiendo la influencia, en todos los conventos en los que estaba el vigor de los frailes se aumentaba de modo que las tapias eran pocas para tener a raya sus bicocas. Furibundos salieron y atacaron a roso y a velloso; pero, aunque más metieron y sacaron, el efecto rijoso no por eso cedía y cada miembro un roble parecía. El dios Príapo al momento vio que este monacal levantamiento sus fuerzas desairaba, pues más que él cualquier fraile trabajaba, y por miedo a los rudos empujones de tales campeones, abandonarlos luego pensó, tomando las de Villadiego.


Fuese, por no pasar el tiempo en vano, a un convento de monjas de hortelano; pero cuando las madres recogidas sintieron de tal dios las envestidas, crecieron sus deseos a par de los continuos regodeos, tanto que al huésped molestando andaban y a puto el postre daban y tomaban. Entre ellas el potente fornicario todavía estuviera si un caso extraordinario por su influjo viril no sucediera; y fue que, como siempre en los conventos hay algunos jumentos, en este dos las monjas mantenían que los trabajos de la huerta hacían; item más, un verraco había en ella, de gordura hecho pella, y un choto ya mancebo que para procrear tenía cebo; por desdicha los pobres animales sintieron los impulsos naturales del dios que los cuidaba, y al tiempo que en la huerta paseaba la femenil comunidad en tropa, oliendo que ern hembras en la ropa, el cerdo con gruñidos, el choto con balidos, y los asnos a dúo rebuznando


y sus virotes a lucir sacando, tras de las monjas daban y, aunque corriesen, bien las alcanzaban; pero como enfilarlas no podían, en el suelo caían, donde el polvo, esperma y otras cosas las dejaban molidas y asquerosas. Entonces protección al hortelano pedían, pero en vano, porque a los animales su presencia aumentaba la gana y la potencia. Así que esto las madres conocieron, por el maligno a Príapo tuvieron, que, después de gozarlas, enviaba el Señor a castigarlas; conque dando al olvido los méritos del dios antecedentes, despué s que le hubieron despedido quisieron, penitentes, de su buen confesor aconsejadas, solo por este ser refociladas. Príapo, despechado, se marchó a la mansión de un purpurado de geniazo severo, donde entrar pretendió de limosnero El señor cardenal, con mil dolencias se hallaba, de sus obras consecuencias,


con tres partes de un siglo envejecido y en la cama impedido, cuando sus pajes en la alcoba entraron y al pretendiente dios le presentaron. Ya había en ellos hecho la presencia del huésped buen provecho inflamando sus flojas zanahorias de suerte que, tornando a la antesala, las empuñaron con primor y gala y se hicieron sus cien dedicatorias. En tanto, el cardenal, que estaba a solas con Príapo, sintió que se estiraba el cutis arrugado de sus bolas y que se le inflamaba tanto su débil pieza, que enderezó la prepucial cabeza. Hallóse, finalmente, como nuevo y, echándole al mancebo una ardiente ojeada, saltó del lecho, la camisa alzada, cerró la puerta y atacó furioso a Príapo a traición, que, valeroso, vio que era, en tal apuro, descubrirse el remedio más seguro. Con efecto, impaciente se desataca y muestra de repente


al cardenal impío por miembro un mastelero de navío. Quedóse estupefacto el purpurado porque, a su vista, el suyo viejo y feo era lo mismo que poner al lado del Coloso de Rodas un pigmeo; y mucho más, oyendo que decía el dios: "¡Habrá mayor bellaquería! Sacrílega Eminencia, Eminencia endiablada, ¿quieres dar al maestro cuchillada? Sepas que es mi presencia la que tu miembro entona, porque soy el dios Príapo en persona; las cópulas protejo naturales, pero no los ataques sensuales de puerca sodomía; y, pues gozar ojete es tu manía, quédese el tuyo viejo, que en sempiterna languidez lo dejo." "¡No, por la diosa Venus! -humillado exclamó el cardenal- ¡A ti, postrado, dios de fornicación, perdón te pido! Mis sucias mañas echaré en olvido; pues, más que en flojedad tan incedente, quiero tenerlo tieso eternamente."


- El raigón Mientras ausente estaba un pobre labrador de su alquería, su mujer padecía dolor de muelas; esto lo causaba un raigón que, metido en la encía, tenía carcomido. En el lugar hacía de barbero un mancebo maulero a quien ella quería, por lo cual mandó a un chico que tenía le buscase y dijese que a sacarla un raigón luego viniese. El rapabarbas, como no era payo, vino con el recado como un rayo, y para hacer la cura se encerró con la moza. ¡Qué diablura! A veces son los niños de importancia para que en la ignorancia no se queden mil cosas picantes y graciosas; digo esto porque nunca se sabría lo que el barbero con la moza hacía a no ser por el chico marrulero, que curioso atisbó en el agujero de la llave la diestra sacadura del raigón. Repitamos: ¡qué diablura!


La operación quirúrgica acabóse y el barbero marchóse dejando a la paciente mejorada, más del tirón bastante estropeada, mientras el chico, alerta, a su padre esperó puesto a la puerta. Este, a comer viniendo presuroso, preguntóle al muchacho cuidadoso: "¿Está mejor tu madre?" El chico dijo: "Ya está buena, padre; porque ha poco que vino el barbero a curarla quiso el raigón sacarla, y se encerraron para... ya usté sabe; bien que yo por el ojo de la llave pude con disimulo ver que no sacó muela, sino que estuvo... amuela que te amuela, dale... y la sacó por fin de junto al culo un raigón...de una tercia, goteando; con sus bolas colgando; y al mirarlo, en voz alta dijo mi madre:«¡Ay, cómo se hace falta!»" En otras ocasiones, al buen entendedor, pocas razones; dígolo porque luego


que éstas oyó el buen hombre, echando fuego a su hijo: "Ve corriendo -le dijo-; di al barbero que en nada se detenga y a sacarme un raigón al punto venga, que entre tanto prevendré una estaca; veremos si se lleva lo que saca ese bribón malvado cuando hace falta lo que se ha llevado." Partió a carrera abierta el chico, y con la tranca de la puerta el padre prevenido, a quien le había así favorecido con intención dañosa esperó, sin decir nada a su esposa. Erramos los mortales en nuestros juicios intelectuales; Bien el proverbio aqui lo manifiesta: «Quien con niños se acuesta...» Pues, como iba diciendo de mi cuento, el chico en un momento, llegó a la barbería, llamó al autor de la bellaquería y le dio su recado. El hombre, descuidado, tomó capa y gatillo,


y ya se iba a marchar con el chiquillo cuando, por su fortuna, de sus ventosidades soltó una; lo que el muchacho oyendo, le dijo sonriendo: "Bien puede usted, maestro, ahora aflojarse, que pronto ha de ensuciarse, pues mi padre, enfadado, del raigón que a mi madre le ha sacado porque falta le hacía, la tranca de la puerta prevenía; y es que sin duda intenta de lo que usté saco tomarle cuenta." Cuando esto oyó el barbero, soltó capa y sombrero y le dijo: "Para esa paparrucha no es menester que vaya yo. Hijo, escucha: corre y dile a tu padre que le meta a tu madre, si le hace falta, en el lugar vacío, otro raigón que tiene igual al mío."

- El onanismo Un zagalón del campo, de esos de acá me zampo, con un fraile panzón se confesaba,


que anteojos gastaba porque, según decía, de cortedad de vista padecía. Llegó el zagal al sexto mandamiento, donde tropieza todo entendimiento, y dijo: "Padre, yo a mujer ninguna jamás puse a parir, pues mi fortuna hace que me divierta solamente, cuando en un caso urgente, con lo que me colgó Naturaleza, y lo sé manejar con gran destreza." "¿Conque contigo mismo -dice el fraile enojado-, en un lance apretado te diviertes usando el onanismo?" "No padre -el zagal clama-; no creo que es así como se llama mi diversión, sino la...". "Calla, hombre -dice el fraile-; yo sé muy bien el nombre que dan a esa vil treta, infame consonante de retreta. ¿Tú no sabes que fue vicio tan feo, invención detestable de un hebreo, y que tú, por tenerla, estás maldito; del Espíritu Santo estás proscrito; estás predestinado para ser condenado; estás ardiendo ya en la fiera llama


del Infierno, y...?". "¡No más! -el mozo exclama, queriendo disculparse-, Esta maña no debe graduarse en mi de culpa, padre. Yo lo hacía porque veo muy poco, y me decía el barbero mi primo aclaraba la vista al que retreta se tocaba." Aquí con mayor ira el fraile replica: "!Eso es mentira! Pues si fueran verdad juicios tan varios, las pulgas viera yo en los campanarios."

- El país de afloja y aprieta En lo interior del África buscaba un joven viajero cierto pueblo en que a todos se hospedaba sin que diesen dinero; y con esta noticia que tenía se dejó atrás un día su equipaje y criado, y, yendo apresurado, sediento y caluroso, llegó a un bosque frondoso de palmas, cuyas sendas mal holladas sus pasos condujeron al pie de unas montañas elevadas donde sus ojos con placer leyeron,


en diversos idiomas esculpido, un rótulo que hacía este sentido: Esta es la capital de Siempre-meta, país de afloja y aprieta, donde de balde se goza y se mantiene todo el que a sus costumbres se conviene. "¡He aquí mi tierra!", dijo el viandante luego que esto leyó, y en el instante buscó y hayó la puerta de par en par abierta. Por ella se coló precipitado y vióse rodeado, no de salvajes fieros, sino de muchos jóvenes en cueros, con los aquellos tiesos y fornidos, y armados de unos chuzos bien lucidos, los cuales le agarraron y a su gobernador le presentaron. Estaba el tal, con un semblante adusto, como ellos, en pelota; era robusto y en la erección continua que mostraba a los demás sobrepujaba. Luego que en su presencia estuvo el viajero, mando le desnudasen, lo primero, y que con diligencia le mirasen las partes genitales, que hallaron de tamaño garrafales.


La verga estaba tiesa y consistente, pues como había visto tanta gente con el vigor que da Naturaleza, también el pobre enarboló su pieza. Como el gobernador en tal estado le halló, díjole: "Joven extranjero, te encuentro bien armado y muy en breve espero que aumentarás la población inquieta de nuestra capital de Siempre-meta; más antes sabe que es el heroísmo de sus hijos valientes vivir en un perpetuo priapismo, gozando mil mujeres deferentes; y si cumplir no puedes su costumbre, vete, o te expones a una pesadumbre." "¡Oh! Yo la dejaré desempeñada" el joven respondio, "si me permite que en alguna belleza me ejercite. Ya véis que está exaltada mi potencia, y yo quiero al instante jo..." "¡Basta! Lo primero" dijo el gobernador a sus ministros "se apuntará su nombre en los registros de nuestra población; después, llevadle donde se bañe; luego, perfumadle;


despué s, que cene cuando se le antoje; y después enviadle quien le afloje." Dijo y obedecieron, y al joven como nuevo le pusieron, lavado y perfumado, bien bebido y cenado, de modo que en la cama, al acostarse, tan solo panza arriba pudo echarse. Así se hallaba, cuando a darle ayuda una beldad desnuda llegó, y subió a su lecho; la cual, para dejarle satisfecho, sin que necesitase estimularlo, con diez desagües consiguió aflojarlo. Habiendo así cumplido las órdenes, se fue y dejó dormido al joven, que a muy poco despertaron y el almuerzo a la cama le llevaron, presentándole luego otra hermosura que le hiciese segunda aflojadura Esta, que halló ya lánguida la parte, apuró los recursos de su arte con rápidos meneos para que contentase sus deseos, y él, ya de media anqueta, ya debajo, tres veces aflojó, ¡con qué trabajo!


No hallándole más jugo ella se fue quejosa, y otra entró de refresco más hermosa, que, aunque al joven le plugo por su perfección rara, no tuvo ya nada que le aflojara. Sentida del desaire, esta empezó a dar gritos, y no al aire, porque el gobernador entró al momento y, al ver del joven el aflojamiento, dijo en tono furioso: "¡Hola! Que aprieten a este perezoso." Al punto tres negrazos de Guinea vinieron, de estatura gigantea, y al joven sujetaron, y uno en pos de otro a fuerza le apretaron por el ojo fruncido, cuyo virgo dejaron destruido. Así pues, desfondado, creyéndole bastante castigado de su presunción vana, en la misma mañana, sacándole al camino, le dejaron llorar su desatino, sin poderse mover. Allí tirado le encontró su criado,


el cual le preguntó si hallado había el pueblo en que en balde se comía. "¡Ah, sí, y hallarlo fue mi desventura! -el amo respondió. "Pues ¿qué aventura -el mozo replico- le ha sucedido, que está tan afligido? En esa buena tierra no puede ser que así le maltrataran." "Mil deleites -el amo dijo- encierra y, aunque estoy desplegado, yo lo fundo en que si como aflojan no apretaran, mejor país no habría en todo el mundo."


El Heptameron del Margarita de Navarra

- El clérigo incestuoso. De la abominable conducta de un clerigo incestuoso, que embarazo a su hermana, bajo pretexto de vida santa, y del castigo que sufrió. El conde Carlos de Angulema, padre del rey Francisco, primero de este nombre, príncipe fiel y temeroso de Dios, estaba en Cognac cuando alguien le contó que en una aldea cercana, llamada Chevres, vivía una muchacha virgen de conducta tan austera que era algo admirable, a pesar de lo cual había aparecido embarazada, sin intentar disimularlo, asegurando a todo el mundo que nunca había conocido varón y que no sabía cómo le había ocurrido, a no ser que fuera obra del Espíritu Santo; lo que el pueblo creyó fácilmente, y la tenía y reputaba por una segunda Virgen María, ya que todos sabían que, desde su infancia, siempre fuera muy juiciosa y nunca hubo en ella un solo signo de mundanería. Practicaba, no solamente los ayunos mandados por la Iglesia sino también, por devoción, varias veces a la semana, y siempre que había algún servicio en la iglesia no se movía de allí. De modo que su vida era tan estimada por el pueblo que todos la iban a ver como si se tratara de un milagro, y se sentían muy felices pudiendo tocarle la ropa. El cura de la parroquia era su hermano, hombre ya de edad y de vida muy austera, apreciado de sus feligreses y tenido por hombre santo, con opiniones tan rigurosas que hizo encerrar a su hermana en una casa, con lo que el pueblo estaba descontento; y tanto creció el rumor que las noticias (como os dije) llegaron a oídos del conde, el cual, al ver el engaño en que estaba todo el mundo, quiso deshacerlo. Así que envió a un oidor y un limosnero (ambas personas muy de bien) para saber la verdad. Estos llegaron al lugar y se informaron del caso lo más galanamente que pudieron, dirigiéndose al cura, que estaba tan aburrido del asunto que les rogó asistieran a la verificación que esperaba hacer al día siguiente. El dicho cura, por la mañana, cantó misa, a la cual asistió su hermana, siempre de rodillas y muy abultada; y al final de la misa, el cura tomó el "Corpus Domini", y, en presencia de todos los asistentes, le dijo a su hermana:


- ¡Malhadada de ti! He aquí a Aquel que sufrió muerte y pasión por ti, y ante Él te demando, ¿es cierto que eres virgen, como siempre me has asegurado? Ella, audazmente y sin temor, le respondió que sí. -¿Y cómo es posible que estés preñada si sigues siendo virgen? Replicóle ella: -No puedo dar otra razón, a no ser por obra y gracia del Espíritu Santo que ha hecho en mí lo que le plugo; pero no puedo negar el bien que Dios me ha concedido al conservarme virgen, porque nunca tuve deseos de estar casada. Entonces su hermano le dijo: - Aquí te entrego el cuerpo precioso de Jesucristo, del cual recibirás tu condenación si no es tal como has dicho, de 10. cual serán testigos estos señores aquí presentes, enviados por el señor conde. La muchacha, de casi trece años de edad, hizo este juramento: - Acepto el cuerpo de Nuestro Señor, aquí presente, y que El me condene, ante vuesas mercedes y ante vos mi hermano, si nunca me tocara hombre alguno que no fuerais vos. El oidor y el limosnero se fueron muy confusos, creyendo que con tales juramentos no podía haber lugar a) engaño, y dieron cuenta al conde, queriendo persuadirlo para que creyera lo mismo que ellos. Pero éste, que era muy sabio, tras pensarlo bien, les hizo repetir de nuevo las palabras del juramento, y habiéndolas sopesado bien, les respondió: - Os ha dicho que nunca la tocó otro hombre que no fuera su hermano y yo pienso que en verdad, ha sido su hermano quien le ha hecho el hijo y quiere encubrir su maldad con este gran fraude; y nosotros, que creemos que Jesucristo ya ha venido, no debemos esperar otro. Así que id allá y poned al cura en prisión; estoy seguro de que confesará la verdad. Lo que fue hecho según su mandato, no sin grandes reproches por el escándalo que hacían a este hombre honrado; y así que el cura fue encarcelado, confesó su maldad y cómo había aconsejado a su hermana lo que tenía que decir para encubrir la vida que habían llevado juntos, no sólo con una excusa ligera, sino con un falso dar que pensar con el cual vivieran honrados por todo el mundo; y cuando se le reprochó cómo había podido, ser tan malvado para hacerla jurar en falso sobre el Cuerpo de Nuestro Señor, respondió que no era tan atrevido y que había presentado un pan ni consagrado ni bendito. Se dio cuenta de todo al conde de Angulema, quien pidió a la justicia que hiciera lo pertinente. Se esperó a que la hermana pariera, y después que naciera un hermoso niño, fueron quemados juntos hermano y hermana; y el pueblo sintió un gran asombro al ver, so capa de


santidad, monstruo tan horrible, y bajo vida tan, sana y digna de encomio reinar tan detestable vicio.

~ ~ ~ - Así fue, señoras, cómo la fe del buen conde no se dejó engañar por milagros ni signos externos, sabiendo muy bien que no tenemos más que un Salvador, que al decir "Consummatum est" no dejó lugar a otro sucesor para conseguir nuestra salvación. - Os aseguro -exclamó Doña Oisille-, que es una extrema audacia bajo una gran hipocresía: ¡encubrir bajo la capa de Dios y buen cristiano tamaño pecado! - He oído decir -comentó Hircan-, que aquellos que, so pretexto de una comisión del rey, cometen tiranías y crueldades, son castigados doblemente, porque encubren su injusticia con la justicia real; igualmente, ved cómo los hipócritas, aunque prosperen algún tiempo a la capa de Dios y de su supuesta santidad, bien es cierto que cuando Dios retira su manto los descubre y los deja desnudos del todo; y, al momento, su desnudez, indecencia y vileza se encuentran tanto más infames cuanto más honorable era su cobertura. - Nada hay más placentero -aseguró Nomerfide-, que hablar con sencillez, tal como el corazón lo siente. Hay motivo para burlarse de ella -respondió Longarine-, y creo que vos dais vuestra opinión según vuestra condición. - Os diré -dijo Nomerfide-; yo veo que los locos viven {si no se les mata) más tiempo que los juiciosos; y no encuentro para ello más que una razón, y es que no disimulan en absoluto sus pasiones; si están furiosos, golpean; si se sienten felices, ríen; mientras que los que cuidan de ser juiciosos, disimulan tanto sus imperfecciones que tienen el corazón emponzoñado. - Creo que decís verdad -asintió Guebrony que la hipocresía, ya sea para con los hombres o para con la naturaleza, es la causa de todos los males que padecemos. - Sería una bella cosa -exclamó Parlamente-, que nuestro corazón estuviera tan henchido por la fe en Aquel que es toda virtud y toda alegría, que pudiéramos enseñarlo a todo el mundo. - Eso sólo ocurrirá -arguyó Hircan-, cuando ya no haya carne sobre nuestros huesos. - Pues bien cierto es que el espíritu de Dios, que es más fuerte que la muerte, puede mortificar nuestro corazón sin mutación de nuestro cuerpo-, dijo Doña Oisille. - Señora -le respondió Saffredant-, vos habláis de un don de Dios...


- Que apenas tiene nada de común con los hombres -continuó Doña Oisille-, a no ser en aquellos que tienen fe. Mas, como esta materia es ininteligible para los que son carnales, sepamos a quién cederá Simontault la palabra. - A Nomerfide -dijo aquél-, ya que como tiene un corazón alegre, sus palabras no serán tristes. - Puesto que tenéis ganas de reír, en verdad que voy a aprestaros la ocasión, para mostraros cuánto dañan el miedo y la ignorancia.

- El marido tuerto. Sutileza de una mujer que hizo evadirse a su amigo cuando su marido, que era tuerto, iba a sorprenderles. Hubo una vez cierto mayordomo de Carlos, el último duque de Alençon, que había perdido un ojo y estaba casado con una mujer mucho más joven que él, y a quien su señor y su señora amaban tanto como merecía por el puesto que ocupaba en su casa; y no podía ir tan frecuentemente como hubiera querido, a ver a su mujer. Esto dio ocasión a que ella olvidara su honor y su conciencia y se enamorase de un hidalgo, amores que a la larga hicieron tanto ruido que el marido acabó por enterarse, pero no podía creerlo por las grandes muestras de afecto con que su esposa lo recibía. Aún así, un día, pensó que debía hacer una prueba y vengarse, si podía, de quien le hacía tal afrenta. Para conseguirlo fingió que se iba a cierto lugar próximo para dos o tres días. Creyéndose que había ido, su mujer envió a buscar a su amante, y no habría pasado ni media hora cuando llegó su marido, que llamó fuerte a la puerta. Ella, conociéndole, advirtió a su amante, que hubiera querido estar en el vientre de su madre y que maldecía de ella y del amor, que le habían colocado en semejante peligro. Aquélla le pidió que no se preocupase y que ella encontraría el modo de hacerle salir sin vergüenza ni daño y que se vistiese lo más rápidamente posible. Mientras tanto, el marido llamaba a la puerta y gritaba tan alto como podía. Ella fingía que no le conocía y gritaba al criado: - ¿Por qué no os levantáis y vais a hacer callar a los que llaman a la puerta? ¿Son éstas horas para venir a molestar a casa de gentes de bien? ¡Si mi marido estuviera aquí ya os guardaríais! El marido, al oír la voz de su mujer la llamó lo más alto que pudo: - Esposa mía, abridme. ¿Me vais a hacer permanecer aquí hasta el amanecer?- y cuando vio que su amigo estaba en condiciones de salir, abrió la puerta y empezó a decir a su marido.


- ¡Oh esposo mío!, qué contenta estoy de que hayáis venido; estaba soñando algo maravilloso como no se puede imaginar. Soñaba que habías recuperado la vista de vuestro ojo- y abrazándolo y besándolo lo cogió por la cabeza y tapó el ojo bueno mientras le preguntaba: - ¿No veis mejor que de costumbre?- y mientras no veía ni gota hizo salir a su amigo, lo que el marido sospechó y le dijo sin poderse contener: - Mujer, nunca más estaré a tu acecho, pues queriendo engañarte he recibido el engaño más fino que nunca se ha inventado. Dios quiera castigarte, pues no hay hombre que pueda dar órdenes a la malicia de una mujer si no es matándola. Pero ya que el buen trato que te he dado no ha podido servir para tu enmienda, puede ser que el despecho que te demostraré de hoy en adelante te castigará. Y diciendo esto se fue y dejó a su mujer muy desolada. Mas después, por oficios de parientes, amigos, excusas y lágrimas, aún volvió a su casa junto a ella.

~ ~ ~ - Por todo lo cual podéis ver, señoras mías, cuán pronta y sutil es una mujer cuando se trata de escapar de un peligro. y si para encubrir un mal encuentra remedio con tanta prontitud, para evitarlo o para hacer algún bien, su espíritu sería aún más sutil: porque el buen espíritu, como siempre oí decir, es el más fuerte. Hircan le contestó: - Podéis hablar de sutilezas cuanto queráis; pero según la opinión que tengo de vos, no sabríais celarlo, si el caso os llegara. - No sabéis cuánto os agradezco -respondió ella- que me tengáis por la más tonta del mundo. - No digo tal -exclamó Hircan-, pero creo que sois de aquellas que más extrañarían de un ruido y no de las que con astucia lo acallarían. - Os parece -dijo Nomefide-, que todo el mundo es como vos, que con un ruido mayor queréis cubrir los menores. Pero hay el peligro de que la cubierta arruine a lo que cubre y que el cimiento se cargue tanto que al fin se arruine el edificio. Pero si pensáis que las argucias de los hombres, de las que cada uno se estima bien provisto, son mayores que las de las mujeres, os dejo mi turno para que nos contéis otra historia. y si queréis tomaros a vos mismo por ejemplo creo que aprenderíamos bastante malicia. - No estoy aquí -dijo Hircan-, para hacerme pasar por peor de lo que soy, pues hay algunos que dicen que soy peor de lo que quiero que digan. Al decir esto miró a su mujer, que le dijo de repente:


- No temáis por mí en decir la verdad, pues me será más fácil oíros contar vuestras astucias que véroslas hacer ante mí, ya que no hay ninguna que pueda hacer disminuir el amor que os tengo. Hircan respondió: - Igualmente, no me quejo de las falsas opiniones que de mí habéis tenido. y ahora que ya nos conocemos el uno al otro es la ocasión de la mayor seguridad para el porvenir. Pero si no soy tan tonto como para referiros una historia mía: cuya verdad os pueda molestar, os contaré una de uno de mis amigos.

- Sutilezas de un enamorado. Sutilezas de un enamorado que, presentándose como un buen amigo, recogió de una dama milanesa el fruto de sus anteriores trabajos. En el ducado de Milán, por los años en que era gobernador el gran señor Chaumont, vivía un caballero llamado el señor de Bonnivet, que por sus merecimientos llegó más tarde a almirante de Francia; siendo muy apreciado en Milán, tanto por el gobernador como por todo el mundo, dadas las virtudes que se reunían en él. asistía gustoso a las fiestas en que se reunían las damas, de las que era el más apreciado, después del rey Francisco, tanto por su apostura, gracias y palabras como por la fama que todos le daban de ser uno de los más diestros guerreros de su tiempo. Un día que vestido de máscara fue a un carnaval, se puso a bailar con una de las más distinguidas y hermosas damas de la ciudad y, cuando los oboes hacían una pausa, le dirigía endechas amorosas, cosa que sabía decir mejor que nadie. Pero ella, que no estaba obligada con él, en lugar de seguirle el juego quiso desviar la conversación, asegurándole que nunca amó ni amaría a otro hombre que no fuera su marido y que no debía esperar nada de ella. No se sintió desalentado el caballero con esta respuesta y la persiguió insistentemente todo el carnaval. A pesar de todo, la encontró firme en su propósito de no amar ni a él ni a otro, cosa que no pudo creer, vistas las pocas prendas de su marido y la gran belleza de ella. y puesto que ella practicaba el disimulo, se decidió a usar él también el engaño, y desde aquel momento cesó en la persecución que la hacía y se informó tan bien de su vida que supo que amaba a un caballero muy prudente y honesto. El dicho señor de Bonnivet frecuentó poco a poco la amistad de este caballero, con tal suavidad y astucia que aquél no se percató del motivo y le profesó tal estima que, después de su dama, era la persona que más apreciaba del mundo. El señor de Bonnivet, para arrancarle su secreto del corazón, fingió confiarle el suyo, diciéndole que


amaba a una dama que no podía imaginarse quién era, y rogándole le guardara el secreto y que ellos dos no fuesen más que un solo corazón y un solo pensamiento. El infeliz caballero, en prueba de estima recíproca, va y le confiesa de cabo a cabo sus relaciones con la dama de la que Bonnivet se quería vengar; y una vez al día, se reunían en cualquier lugar para darse cuenta juntamente de las aventuras que les habían ocurrido durante la jornada, cosa que uno decía con mentira y el otro con verdad. y confesó el caballero haber amado durante tres años a esta dama sin haber conseguido nada de ella, a no ser buenas palabras y certeza de ser amado. El llamado Bonnivet le aconsejó por todos los medios a su alcance para que consiguiera su intento, con lo que al cabo de pocos días el caballero se encontró con que ella le concedió lo que le pedía, y no quedaba más que encontrar el medio, lo que en seguida fue hallado por consejo del señor Bonnivet. y un día, antes de comer, le dijo el caballero: - Señor, estoy más obligado con vos que con ningún hombre del mundo, ya que, a causa de vuestros buenos consejos, confío en tener esta noche lo que durante tantos años he deseado. - Yo te ruego -le dijo Bonnivet- que me digas cómo piensas que se realice tu propósito, para que yo vea si hay engaño o riesgo y poder socorrerte y servirte como amigo. El caballero le contó cómo ella tenía medio de hacer dejar abierta la gran puerta de la casa, bajo pretexto de cualquier enfermedad de alguno de sus hermanos, la cual requería en todo momento ir ala ciudad a preguntar por su estado, y así podría él entrar en el patio, pero guardándose bien de subir por la escalera y debiendo subir unos pocos escalones que había a mano derecha y entrar en la primera habitación que encontrara, donde se reunían todas las puertas de las habitaciones de su suegro y cuñado, y que eligiera con cuidado la tercera más cercana a los dichos escalones; y, si al empujarla la encontraba cerrada, que se fuera, pues era señal de que su marido había vuelto, lo que sin embargo, no debía hacer antes de dos horas; y, si la encontraba abierta, que entrara suavemente y la cerrara rápido con cerrojo, constándole que en la habitación estaría ella sola, y, sobre todo, que no olvidara mandar hacer unos zapatos de fieltro, por temor al ruido, y que se guardara mucho de llegar antes de pasadas dos horas de la medianoche, porque sus cuñados a quienes gustaba mucho el juego, no se iban nunca a acostar antes de la una de la madrugada. El citado Bonnivet le dijo: - Ve, amigo, Dios te guía; te ruego que evites los inconvenientes y si mi amistad te sirve para algo, no ahorraré esfuerzos por cuanto esté en mi roano. El caballero se lo agradeció mucho y le dijo que en este asunto no podía estar demasiado seguro, y se marchó para disponer las cosas. El señor


Bonnivet, por su parte, no quedó inactivo; y viendo que era llegado el momento de vengarse de dama tan cruel, se retiró a su morada y se hizo cortar la barba de igual longitud y anchura que la del caballero; también se hizo cortar el pelo, a fin de que al tocarlo no se pudiera advertir la diferencia. No olvidó los zapatos de fieltro y el vestir ropas semejantes a las del caballero. Y, como era muy estimado por el suegro de esta dama, no tuvo temor de ir más temprano, pensando que si era apercibido iría en derechura a la habitación del buen hombre con el cual tenía algunos asuntos. Y, sobre la medianoche, entró en la casa de la dama, donde encontró bastantes gentes que iban y venían, mas pasó entre ellos sin ser reconocido y llegó a la galería y tocando las dos primeras puertas las encontró cerradas, que no así la tercera, a la que empujó suavemente. y una vez estuvo dentro, la cerró con llave y tendiendo la vista en derredor vio la habitación vestida toda de lienzo blanco, incluido el techo y el suelo, y un lecho con telas muy finas, tan blanco como no era posible más; y la dama estaba sola en él, con su cofia y su camisa toda cubierta de perlas y pedrería, como pudo advertir mirando por una esquina de la cortina sin que ella lo viera, ya que había un gran cirio de cera blanca que volvía la habitación clara como en pleno día; y, por miedo a ser reconocido, extinguió primeramente el velón que ardía en la habitación y después se despojó de la camisa y fue a acostarse junto a ella. Esta, que esperaba que fuera aquel que durante tanto tiempo la había amado, lo recibió con las mejores caricias que pudo. Pero él, que sabía bien que estaban dedicadas a otro, se guardó mucho de decir una sola palabra y no pensó más que en llevar a cabo su venganza, que no era otra que arrebatarle su honor y su pudor sin poner de su parte agrado ni gracia. Pero contra su propósito y mal de su agrado, la dama se tenía por tan contenta con tal venganza, que pensó haberlo recompensado de sus afanes, hasta que una hora después de que sonara la medianoche llegó el momento de decir adiós. y en aquel instante, y en el tono de voz más bajo que pudo, le preguntó si ella estaba tan contenta de él como él lo estaba de ella. Esta, creyendo que se trataba de su amigo, le dijo que no sólo estaba contenta, sino incluso maravillada de la profundidad de su amor, que lo había mantenido una hora sin hablar con ella. En aquel momento, él se puso a reír muy fuerte, diciendo: - Ahora bien, señora, ¿me rechazáis otra vez, como habías acostumbrado hasta ahora? La dama, que lo conoció por la voz y la risa, se sintió desesperada de vergüenza, llamándole mil y mil veces traidor, malvado y falso, queriendo arrojarse del lecho para buscar un cuchillo con el que matarse, vista su desgracia de que había perdido el honor por un hombre al que no amaba nada y que, para vengarse de ella, podía divulgar el asunto a todo el mundo. Pero él la retuvo entre sus brazos y, con buenas y dulces palabras, le aseguró amarla más que aquél a quien ella amaba y celar cuanto se


refiriera a su honor de tal modo que ella no tendría tacha alguna nunca. Lo que la pobre tonta creyó, escuchando de sus labios la trama que había ingeniado y los trabajos que se había dado por conseguirla, asegurándole que la amaría mejor que el otro, que no había ocultado su secreto, y diciéndole que ya conocía franceses, que eran más prudentes, perseverantes y discretos que los italianos. Así fue, como en lo sucesivo, ella no compartió la opinión de sus compatriotas, para coincidir con la de él. Pero le rogó encarecidamente que durante algún tiempo no acudiera alas fiestas o lugares donde ella se encontrara, a no ser disfrazado, porque sentiría tal vergüenza que su aspecto lo diría a todo el mundo. El se lo prometió y le rogó también que, cuando su amigo viniera a las dos de la madrugada, se mostrara cariñosa y luego, poco a poco, podría deshacerse de él; cosa que hizo con tanta dificultad que, ano ser por el amor que le profesaba, por nada se lo hubiera concedido. Sin embargo, al decirle adiós, la dejó tan satisfecha que bien hubiera deseado ella que permaneciera a su lado durante más tiempo. Después que él se levantó, volvió a ponerse sus vestidos, salió de la habitación y dejó la puerta entreabierta, tal como la encontrara. Y, como había estado casi dos horas a partir de la medianoche y temía encontrarse al caballero en su camino, se retiró a lo alto de los escalones, desde donde en seguida lo vio pasar y entrar en la habitación de la dama. y se fue a su morada a descansar de sus trabajos, como así hizo, de modo que las nueve de la mañana le dieron en la cama, y cuando se levantaba llegó el hidalgo, que no tardó en contarle su buena suerte, aunque no tan buena como había esperado; ya que, según dijo, al entrar en la cámara de la dama, la encontró levantada y envuelta en su bata de noche, con una gran fiebre, el pulso muy alterado, el rostro ardiendo y un sudor que comenzaba a brotarle por todo el cuerpo, de forma que ella le rogó se volviera en seguida, ya que, por miedo a los inconvenientes, no se había atrevido a llamar a sus doncellas; porque se encontraba tan mal que tenía mayor necesidad de pensar en la muerte que en el amor, y de oír hablar de Dios que de Cupido, y que se sentía muy pesarosa del riesgo en que él se colocara por su culpa, visto que ella no tenía poder para devolverle en este mundo lo que esperaba se lo concediera en seguida en el otro. Así que se sintió tan triste y asombrado que su ardor y alegría se convirtieron en hielo y tristeza, marchándose acto seguido. Ya la mañana, al despuntar el día, envió por noticias y supo que ella se encontraba verdaderamente muy mal. Y, al contar sus desventuras, lloraba tan intensamente que parecía que el alma se le iría por las lágrimas. Bonnivet, que tenía tantas ganas de reír como el otro de llorar, lo consoló lo mejor que supo, diciéndole que las cosas de larga duración tienen siempre un comienzo difícil y que el retraso de la satisfacción de su amor le . haría encontrar más tarde un mejor goce; y en tales términos se separaron. La dama guardó cama algunos días; y, al recobrar la salud, dio permiso a su primer pretendiente, fundándolo en el temor que había temido de morir y


en remordimientos de conciencia, y se decidió por el señor de Bonnivet, cuya amistad duró según costumbre, lo mismo que la belleza de las flores del campo.

~ ~ ~ - Me parece, señoras, que la hipocresía de esta dama bien se merecía la astucia del caballero, ya que después de fingirse mujer de bien, se declaró tan ligera. - Diréis lo que os plazca de las mujeres -declaró Emarsuitte-, pero ese caballero hizo una mala pasada, porque, ¿cuándo se ha visto que si una dama amaba a alguien, otro podría conseguirla con artimañas? - ¿Creéis -preguntó Guebron- que tales mercancías no se pueden poner en venta y que no son adquiridas por los mejores ofertantes y últimos postores? No penséis que aquellos que persiguen a las damas pasan demasiadas fatigas por conseguir su amor; no, no, que sólo tratan de conseguir su propio placer y satisfacerse a sí mismos. - A fe mía que os creo -dijo Longarine-. Porque para deciros la verdad, todos los pretendientes que tuvo comenzaron sus intentos interesándose por mí, demostrando desear mi vida, mi bien, mi honor; pero al fin fue por ellos, deseando su placer y su gloria. Lo mejor es despedirlos en la primera parte de su sermón, que cuando se llega a la segunda ya no hay tanto mérito en rehusarlos, dado que el vicio por sí mismo, cuando es conocido, debe ser rehusado. - ¿Sería preciso, entonces -dijo Emarsuitteque, desde que un hombre abre la boca, se le denegara todo sin saber lo que quiere decir? Parlamente le respondió: - Me parece que desde el principio una mujer no debe nunca dar la impresión de querer oír donde un hombre quiere llegar, ni siquiera de creerlo cuando le ha declarado su amor; pero cuando llega a jurarlo con insistencia, me parece más honesto por parte de las damas dejarlos en ese buen camino que llegar hasta el valle. -Pero, veamos -exclamó Nomerfide- ¿debemos creer por esto que nos aman mal? ¿No es pecado juzgar al prójimo? - Podéis creer lo que queráis -contestó Doña Oisille- pero es tan preciso temer que sea verdad que, desde que percibáis una chispa, debéis huir de ese fuego, que ha quemado más de un corazón que no se apercibió. - En verdad -dijo Hircanque vuestras leyes son demasiado duras, y si las mujeres, a quienes la dulzura sienta tan bien, quisieran ser rigurosas como es vuestro parecer, también nosotros tornaríamos nuestras súplicas en astucias y presiones.


- Lo mejor que veo en todo esto -intervino Simontault- que cada uno siga su natural; que ame mucho o no ame nada, lo demuestre sin disimulo. - ¡Quiera Dios que esa regla entrañe tanto honor como dará placer!exclamó Saffredant. Dagoncin no se puso reprimir de decir: - Quienes prefieren morir antes que su pensamiento pueda ser conocido no se acomodan a vuestra ordenanza. - ¿Morir? -dijo Hircan-. Aún está por nacer el caballero que por semejante cosa pública quisiera morir.

Un recorrido por la literatura erótica  
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