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Extranjeras


PĂ­a Bouzas

Extranjeras


Bouzas, Pía Extranjeras. - 1a ed. - Buenos Aires : El fin de la noche, 2011. 162 p. ; 20x13 cm. - (Mapamundi) ISBN 978-987-1491-35-3 1. Narrativa Argentina. I. Título. CDD A863

Imagen de tapa: “Chuva Dupla”, de la serie El camino de senderos que se bifurcan, de Nelson González Leal http://www.fotoleal.com

© Editorial El fin de la noche, 2011 © Pía Bouzas, 2011 Buenos Aires, Argentina ISBN 978-987-1491-35-3 Editorial El fin de la noche Hecho el depósito que previene la ley 11.723 Para sugerencias o comentarios acerca del contenido de esta obra, escríbanos a: info@elfindelanoche.com.ar www.elfindelanoche.com.ar


Índice

Amigas������������������������������������������������������������������������������������13 El miedo de las vacas������������������������������������������������������������29 El otro país�����������������������������������������������������������������������������65 Cuestiones de familia ����������������������������������������������������������85 Lucrecia y Ernestina�������������������������������������������������������������95 Una gota de sangre del talón���������������������������������������������125 La amorosa realidad de un sueño������������������������������������145


Para Gustavo y Manuel A la memoria de NenĂŠ


Voy a plegar el mapa para acercarla. Voy a cubrir sus fiordos con bosques de palmeras. Eugenio Montejo, Islandia


Amigas

Aun hoy a veces pienso en Sara. Ocurre sin previo aviso; de repente la imagino caminando por las calles del Soho en Nueva York, o esperando el futuro en el metro ruidoso de Berlín, o con demasiada elegancia en algún café de Champs-Élysées. Ocurre que en la imagen ella siempre es castaña y de pelo largo, delgada y sutilmente atrevida; una sonrisa fugaz le dice al mundo éste es mi lugar. La veo de espaldas o de perfil, siempre en otoño y a los veintisiete años: la edad que tenía cuando se fue de Buenos Aires con Javier, cuando Javier fue seleccionado entre cientos de arquitectos para trabajar en un importante estudio francés. Trato de corregir con la conciencia el error de la memoria, pero el intento es infructuoso: hace cuatro años que no sé nada de ella. La última vez que la vi fue aquí, justamente en Buenos Aires. Javier y Sara venían de vacaciones tras una larga temporada en Nueva York. Llegaron un sábado a la tarde y fui a buscarlos al aeropuerto de Ezeiza, contenta y corriendo por la autopista. Me había jurado que esta vez llegaría a tiempo, incluso antes de la hora prevista. El auto que me habían prestado era un Fiat viejo y abollado, y las probabilidades de que se detuviera sin previo aviso y lejos de un teléfono SOS eran altas. Pero no fue así. Todavía recuerdo el abrazo que nos dimos en el aeropuerto con Sara: pegada una al cuello de la otra, mirándonos con sonrisa amplia, borrando en un instante los años de distancia. Desde que la conocí a los veinte años, Sara siempre usó el mismo perfume dulce y frutal, damasco suave y aterciopelado. 13


Es curioso, nunca supe el nombre del perfume; pero si cerraba los ojos veía color damasco, y ese era el olor de Sara para mí. Incluso un día viajando en micro hacia Córdoba (ella ya no vivía en Buenos Aires), tuve la súbita revelación de su presencia. El perfume me había enlazado como un vestido de novia, y yo que estaba dormida, sentada junto a la ventanilla, detenida en ese pueblo de vacas y trigo, desperté. Miré hacia la derecha, hacia el fondo de la cabina y luego hacia adelante, entre las luces amarillentas del pasillo que chocaban contra la vidriera triste del café de la terminal. Incluso bajé, recorrí los andenes, el hall habitado por cuerpos insomnes. Sólo había un olor penetrante a nafta y una mujer rubia que abandonaba la estación. Claro, algo que era obvio en la vida real, para la memoria del cuerpo era imposible: esa mujer rubia usaba el perfume de Sara. Hacía frío en Ezeiza, y ellos, los internacionales (como los llamábamos), estaban con ropa ligera, sobre todo Javier. Llevaba puesta una chaqueta de cuero reluciente pero fría, y se aguantó el viento abrazando fuerte a Sara. Mientras tanto fui a buscar el auto estacionado un poco más lejos. Cuando regresé elogió mi entereza por lucir contra viento y marea minifaldas que dejarían frío a cualquiera. –Muy porteña, Daniela. Como siempre –dijo y abrió la puerta derecha. Sara se sentó en el asiento trasero del auto y Javier en el puesto de copiloto. No le di importancia al comentario, agradecida como estaba de que nadie dijera nada del auto destartalado. Pero además me pareció insignificante. Sara, en cambio, no fue de ese parecer; la vi ponerse en guardia por el espejo retrovisor. Una sutil contracción de los labios y la mirada inquisitiva clavada en la sonrisa de Javier, me hicieron dudar acerca de la felicidad de la pareja. ¿Quería su marido decir algo más 14


allá de las palabras? Eso pretendía adivinar Sara. Pero esa era una típica actitud de Sara y la desestimé; Javier no quería decir nada más. Volvimos entonces al trabajo, a Nueva York, a la propuesta que le habían hecho a Sara: escribir una columna semanal sobre el mundo hispano para un periódico de la ciudad. –¡Qué fantástico! –dije. A Sara siempre le aparecían las oportunidades sin hacer esfuerzo; con estar en el lugar adecuado fumando un cigarrillo era suficiente. –¿No es cierto? –contestó Sara como si se tratara de otra persona, casi desinteresada. Sonreía con cierta cortesía, mirando por la ventanilla el campo abierto de Ezeiza, algunos pinos perdidos y el césped prolijo, antes de cruzar los monobloques, Ciudad Oculta y Ciudad Evita, antes de entrar verdaderamente en la ciudad. –¿Y vos? ¿Tus cosas? –me preguntó de repente, aunque todavía distraída. Hablé del nuevo trabajo. Por fin había conseguido una buena traducción: una antología de cuentos norteamericanos, de cuatrocientas páginas. –La de Richard Ford, ¿la conocés? Sara no la conocía. –La deben haber hecho para los latinos nada más. –Puede ser –agregué, y quité los ojos del espejo retrovisor. Borré su imagen y me concentré en la recta de automóviles. –Igual está muy bien –dijo ella–. Siempre fuiste una excelente traductora. –Sí. A veces un sí equivale a un silencio, a una autopista llana y sin tráfico, sin alma. ¿Para qué negar que su comentario me había molestado? Tan de ella era, 15


tan de chica rica criada en Acassuso: el taco filoso de un Gucci aplastando la insurgencia de una hormiga. Pocas cosas quedaban en pie en esta ciudad, ¿o no se había fijado en la extensión de las villas que bordeaban la autopista como un rosario? ¿En el ejército de cartoneros revolviendo la basura? ¿Tanto le costaba festejar con nosotros lo que conseguíamos después de años de trabajo? Precisamente ella, que se daba el lujo de vivir en Nueva York o París o Berlín. Está bien, una antología para latinos. ¿Y? Ella iba de acá para allá por Javier, ¿quién le decía algo? Al estacionar frente al apart-hotel de la calle Arenales donde se iban a alojar, Sara insistió en que subiera con ellos a la habitación. No podía irme así nomás, como un remisero, dijo. Insistió y al final accedí; en la habitación brindamos por el reencuentro con unas copas de vino blanco. Sara siempre había preferido el vino blanco seco y helado, áspero como la madera. Después de la primera botella, pedimos una picada de quesos y fiambres y más vino. Nos quedamos hasta tarde. A eso de la una de la madrugada nos despedimos: un poco borrachos los tres, a los besos y abrazos –creo que nos saludamos tres veces–, riéndonos por las escaleras, Sara y yo, jugando como siempre a ser las viejas amigas de la facultad. Ver a Sara era reencontrarme con gente de la facultad, dispersa en la ciudad como sal en un mantel a cuadros. Almorzamos un domingo en un bodegón de San Telmo. El lugar lo elegí yo; San Telmo los domingos tiene ese aire de ciudad amable y distendida que uno sólo encuentra –o disfruta– cuando va como turista a otra ciudad. Todos fuimos puntuales: Josefina, flaca y ácida como siempre; Pablo, un antiguo novio de Sara; Sara misma; e incluso Gabriel, con su bebé. ¿Un bebé? 16


–No se lo esperaban de mí –dijo Gabriel apenas entró–. Que fuera tan lindo, digo. –¡Qué ojazos! –exclamó Sara en un suspiro–. Qué hermoso bebé tenés, Gabriel. Los cuatro nos pusimos al día con los registros propios de un grupo de treintañeros: el trabajo, la vida, los amores; y en ese orden. Pero el sol frío del mediodía impidió las extensas confesiones: sólo quedaron brillando en la superficie puntas filosas de icebergs. El mejor momento fue el del recuerdo, una verdadera melodía alegre y juguetona: andanzas de pasillos, amores feroces en aulas vacías, borracheras ilustres y chismografía de profesores que por entonces imantaban nuestra imaginación, pero que con los años se habían convertido en personas comunes y corrientes. Sin embargo, la conversación caía inevitablemente por un desfiladero cada vez que llegábamos al presente. Entrecortadas, las palabras nos salían golpeadas como batidos de tambores. Ni con un coñac después del café lo superamos. Sólo con el bebé había plena libertad; Sara estaba volcada sobre él, pendiente de cada gesto. Gabriel lucía orgulloso su flamante paternidad y cosechaba miradas felinas de todas las mujeres del restaurante apenas lo sacaba del cochecito y lo cargaba en brazos. Como Javier no pasó a buscar a Sara (la llamó en el medio del almuerzo para avisarle que se demoraría más de lo previsto en la casa de unos amigos), salimos juntas del restaurante y nos perdimos un rato por las calles inundadas de turistas. Al igual que en las viejas épocas, se imponía el comentario sobre cada uno de los comensales. Pablo pasó sin pena ni gloria por nuestro tamiz; siempre igual, siempre una versión clásica de sí mismo, una libreta prolija y en blanco. Josefina, en 17


cambio, una imagen recurrente en los treinta y pico: intentaba cubrir con una sonrisa la amargura que se le había comenzado a dibujar con huella indeleble en los pliegues de la boca. –Pobre –dijo Sara y la voz bajó hasta detenerse en las baldosas de la vereda angosta–. Quedarse sola así, después de tantos años. Dejamos la calle Defensa y seguimos por Humberto Iº hacia la avenida 9 de Julio, pero las calles se iban vaciando y el silencio que por momentos se incrustaba entre nosotras resultaba insoportable. Josefina me permitió saltar acrobáticamente sobre su tristeza para inaugurar con Sara temas clásicamente femeninos y neutros, que hasta hace unos años no estaban en nuestra agenda. –Estás loca, claro que uso. Lancôme tres veces por día en la piel. ¿No se me nota? –dijo Sara. El juego era tonto, pero lo jugamos un rato. Le vi la piel tersa y sin arrugas, hidratada, los labios paspados (siempre se le paspaban en invierno), y los ojos marrones apagados, un poco tristes. Sara continuaba siendo abrumadoramente hermosa. –El que está bien es Gabriel, ¿no? –propuso Sara como quien da una nueva ronda de cartas. –El patito feo se convirtió en cisne, quién lo hubiera dicho. –Efecto bebé –dijo Sara con gesto de sabiduría y encendió un cigarrillo–. Apuesto a que ahora tiene más levante. –¡Te parece! –Mujeres al fin, Daniela –dijo Sara, como si hablara de gente extraña a ella. Nos detuvimos frente a un bazar de antigüedades. Desde chica siempre me gustaron los ambientes atestados, el olor a mueble viejo, la luz amarillenta de un velador. Cada vez que entraba a uno sentía la emoción 18


de escabullirme en el mundo de otros, de ser una intrusa entre las estatuillas apiñadas, los relojes detenidos, la lencería fina colgada indiscretamente en un placard sin cerradura. Todavía hoy siento ese placer. –Gabriel es tres veces hombre ahora: hombre, padre y esposo de otra mujer. A Sara siempre le gustó hacerse la interesante en cuestiones intelectuales, como ahora que resaltaba con tonito la frase de otra mujer. Tenía con qué, era inteligente y observadora, y aunque esta vez la tríada era bastante evidente, le seguí el juego. –Por lo tanto, es tres veces más atractivo –dijo, y remató con una pitada larga al cigarrillo–. No hay nada que hacer. Los Marlboro de acá son los que más me gustan. Un leve matiz en su voz fue la señal. Algo estaba mal. Sara decía las mismas palabras de siempre, pero ahora estaban agrias, como un damasco olvidado debajo de los almohadones del sofá por mucho tiempo. Me animé: –¿Y ustedes no piensan tener bebés? –Ni loca –dijo Sara con estruendo–. No quiero que me metan los cuernos. Quería mostrarse alegre, divertirse como antes con sus escapadas oblicuas; pero se me colgó del brazo y me preguntó más íntima: –¿Y vos? –Cinco. De padres diferentes. Así me anticipo. También yo jugaba a ser la de antes. ¿Por qué iba a decirle la verdad? Terminamos la ronda frente a la Plaza Dorrego, la luz de la tarde cayendo detrás de los edificios, sobre los puestos de artesanías de la plaza. En una esquina había una pareja bailando tango disfrazada a lo malevo, y más allá, una vieja loca de pelo blanco, que hacía una demostración de percusión con una batería de juguete, un par de tapas de cacerolas y un extraño silbato en la boca, estilo trompeta con sordina. No lo 19


hacía mal y era insistente y curiosa; cada tanto se enojaba con algunos extranjeros: “Si sacás foto, pagá, poné tu colaboración”, decía señalando una gorra repleta de monedas de un peso. –Javier no quiere –dijo de repente Sara con voz neutra, como si no supiera qué voz usar al hablar conmigo. Y aunque entendí al instante, fingí asombro. –Él no quiere –repitió–. Yo me muero de ganas de tener un bebé. Me aburro en Nueva York. Ya no sé qué hacer para convencerlo. Giré y la miré como en una película muda, desconcertada. Hice las preguntas básicas y Sara contestó. Sara, extrañamente, ahora se veía más ligera, más aliviada. Al rato nos despedimos. Sara se fue por el medio de la gente fumando un cigarrillo, el cabello abultado debajo del gamulán, mirando sin ver, como una extranjera en un país conocido: sin curiosidad. Hay confesiones que uno nunca debería haber escuchado. Esa es la verdad. El asunto del bebé era un conflicto que le ocurría a la mitad de las parejas que conocía: o uno de ellos no quería, o el embarazo no llegaba con facilidad; en algún punto, siempre era difícil. Además la maternidad era un asunto que todavía podía esperar para mí. Lo que resultaba escandalosamente insólito, en cambio, era que Sara se aburriera en Nueva York. Eso sí era imperdonable. Uno en esta ciudad, anclado en la decadente humedad portuaria, y ella desperdiciando oportunidades como quien está cansado de comer frutas exóticas. Porque incluso escribir para ese periódico había rechazado, me confesó al final. Estaba harta de los latinos, los gringos, los franceses, estaba harta de todo el mundo, dijo. El taxi caracoleó sobre el empedrado de la calle, y sólo cuando se detuvo frente al edificio donde yo vivía, 20


el taxista suspiró aliviado. Con esos baches no hay auto que aguante, dijo malhumorado. Si lo sabré yo; cada dos por tres escuchaba comentarios de taxistas ofendidos. Ciudad de trastornados, esa es la verdad. Cerré la puerta con rabia, justo cuando comenzaba la lluvia. En la esquina estaba el grupo de adolescentes tardíos fumando marihuana. Se guarecían bajo el umbral de una casa abandonada. Como siempre, me saludaron de lejos, y sin margen alguno de error, adiviné la sonrisa de imbécil que se les dibujaba en los labios apenas levantaban vuelo rasante. Me apuré, sentía ya las gotas de agua en el cabello. Entré a casa con el cielo plomizo atravesado por relámpagos. En el palier temí lo de siempre: cada vez que llovía fuerte el edificio se quedaba sin electricidad. Y en efecto, el ascensor no funcionaba. Subí por la escalera los tres pisos hasta mi departamento; por suerte dentro de casa había rico olor, olor a casa. Afuera, el mundo se venía abajo. La mañana siguiente fue una mañana perdida. Buenos Aires había amanecido inundada; Barracas, La Boca, Plaza Italia, Núñez: todo bajo agua. Cancelé la cita que tenía con el editor de la antología (su oficina estaba en una de las zonas críticas) y me quedé un rato más en la cama. Sara llamó cuando me estaba duchando. El mensaje telefónico que dejó decía que era ella, nada más. No le devolví el llamado de inmediato; después de la conversación del día anterior me había quedado un sabor amargo. Y al final se me pasó. Me puse a trabajar en la traducción y su mensaje quedó pinchado entre las frases difíciles que debería revisar con más atención en algún otro momento. También llamó Gabriel para decirme que le había encantado verme. 21


–Cuando quieras te invitó a tomar un café. –Totalmente –le dije con voz ondulante, relajada, de mujer libre. De porteña, habría dicho Javier. Al rato colgamos sin habernos citado. Probablemente no volviéramos a vernos en un buen tiempo, quizás hasta que Sara regresara otra vez de alguna parte del mundo. Pero jugar al reencuentro era divertido. Quizás Sara había perdido esa pizca de ligereza al opinar sobre Gabriel. Quizás Gabriel sólo jugaba un poco. Sería mitad de semana cuando Sara me encontró. –Por fin –exclamó cuando al segundo ring levanté el auricular–. No estás nunca en tu casa. Entre amigas hay una confianza que no se pierde aun cuando pasen años de distancia. Sara se sentía con derecho a reclamarme que no le devolvía las llamadas. A mí me gustaba que hiciera eso y se lo dejaba pasar, en definitiva era una cuestión de cariño, pero no le devolvía las llamadas. No por nada en particular; creo que era un aspecto de la nueva realidad. Aunque me halagara, su gesto me resultaba extemporáneo, un tic sin eco, una pieza que pertenecía a un rompecabezas viejo, desleído por el tiempo. Ella ya no vivía aquí, y yo tenía todo mi mundo y mis relaciones en ebullición. Al principio, cuando Sara se fue, me había resultado difícil acostumbrarme a la idea de que ya no estaría disponible como siempre, de que nuestras vidas se convertirían inexorablemente en vidas lejanas. Pero con el tiempo lo había logrado. –Muchísimo trabajo –contesté–. El editor está encantado con el avance de la traducción que le envié. ¿Y vos? Javier. Sara siempre entraba en crisis cuando volvía a Buenos Aires. Apenas llegaba, Javier ya tenía una agenda atiborrada de encuentros: amigos, colegas, conocidos derivados por compañeros franceses o americanos, y hasta alguna prima lejana. 22


–A esta altura ya no le queda café de Buenos Aires por visitar –dijo con voz seca. A mí me parecía absolutamente lógico. Si el pobre venía cada muerte de obispo, ¿qué iba a hacer?, ¿quedarse en el hotel viendo televisión? –Javier siempre es así –contestó Sara–. Eso es lo que pasa. Su trabajo, sus asuntos. Siempre está primero. –¿Y vos? –Yo ya tengo ganas de irme. –... –No sos vos, ni los amigos. Pero tampoco los veo... No sé, soy yo. No tengo nada que hacer acá. Ni en ninguna parte, nena, alguien tendría que decirle. Hasta le hubiera cortado el teléfono. Sara siempre actuaba como una nena cuando no se giraba como trompo a su alrededor, hacía sus berrinches encerrada en una habitación de cristal. ¿Era importante ver a los amigos? ¿Y que alguien se tomara el trabajo de organizarle una fiesta? No, definitivamente, no. ¿Le interesaba cómo iban las cosas acá? ¿Cómo hacíamos para sobrevivir? No. Ni falta hacía que aclarara, era evidente que ella no estaba bien. No quise preguntarle a dónde se querría ir porque no quería seguir escuchando respuestas infantiles. Corté. Supuse que Javier debía sentirse así a menudo, con ganas de huir. No entendía por qué le parecía tan obtuso que quisiera ser exitoso en su profesión, que ampliara cada vez más su mundo. ¿Estaría celosa? ¿Qué le había pasado en estos años? ¿Por qué no se ocupaba de su vida cuando tenía todo lo que cualquiera hubiera deseado? Esa noche soñé con Sara. Estaba sentada en un banco de plaza, mientras el agua del río le subía por las piernas. Toda la ciudad estaba inundada y yo veía desde lejos; era consciente de que ella estaba ahí pero no le hablaba. Sara sonreía, su cuerpo era plano como una figurita de papel. Miraba hacia el cielo buscando el sol, 23


y al final el sol aparecía (siempre aparecía cuando ella lo deseaba). Pero esta vez cuando le daba de lleno, su cuerpo perdía consistencia, se iba volviendo transparente como papel de arroz. Entonces el agua empezaba a empujarla de un lado al otro con la fuerza de la corriente. Me desperté abruptamente, transpirada y con las sábanas calientes, enredadas, como si hubiera estado girando de un lado al otro de la cama. Abrí la ventana y respiré el aire frío de la madrugada. La calle estaba vacía y silenciosa. La soledad del barrio estaba dormida, apaciguada. Sin embargo, había una luz encendida en el departamento de enfrente, justo en el dormitorio de la pareja. Una luz amarillenta en la madrugada siempre inquieta, como la intimidad ajena que se muestra solita y refulgente en un mundo oscuro. Quizás han estado discutiendo todo este tiempo, o quizás acaban de hacer el amor. ¿Da lo mismo? Al rato volví a dormir. Creo que en el sueño apareció un bebé, quizás el de Gabriel. ¿Qué quiere decir el brillo en la mirada de un hombre? Si un hombre en una fiesta se te acerca, te invita una copa, te da conversación y, como al descuido, te acaricia el brazo al hablar, ¿qué quiere decir? ¿Es flirteo social, o es algo más? Si con la mirada te escudriña, te juguetea, te desnuda de pies a cabeza, ¿cuántas veces más necesitará mirarte antes de llevarte a una cama? Y si ese hombre es un amigo, ¿qué insinúa?, ¿insinúa algo? Hay hombres que no suelen iniciar el juego pero están siempre dispuestos, y al mínimo gesto de una mujer se meten en su cama. Hay otros que se cuelan por los ojos desprevenidos, y hay otros que nunca están disponibles. De la mayoría nadie sabe nada. Javier era de los hombres que miraban con brillo en los ojos a más de una mujer. Siempre había sido así, 24


atractivo y seductor. El brillo en la mirada era parte del juego, te decía acá estoy y a la vez no te pertenezco. Era la frontera de la intimidad. Sara y yo conocimos a Javier en la misma época, cursando en la facultad. Recuerdo muy bien ese trimestre primaveral porque la materia se dedicaba al discurso amoroso, y como nunca antes, fuimos obedientes y sumisos a la tiranía del estudio. Nadie quiere hablar de amor si no es por alguien, decía Roland Barthes en uno de sus fragmentos, y de ahí en más, todos asistimos a las clases seducidos, abandonados, celosos y calientes. Yo había cedido dócilmente al embrujo de mi profesor (aunque ahora debo admitir que él no había hecho nada para que yo quedara seducida); otros compañeros, al mío; y otras mujeres, al de otros compañeros. Y todo rodando así, sucesivamente, en una espiral de desencuentros. Sólo Sara despuntó con Javier: excéntrico y atlético, se presentó una tarde lluviosa al frente del aula y nos dio una conferencia sobre la arquitectura de Gaudí. Para todos (incluso para los que apenas distinguíamos un bajorrelieve de un arco de medio punto en las fotos que circulaban entre las filas de estudiantes), Gaudí representaba en su arte la esencia del juego amoroso, con sus formas caprichosas y sensuales. Y Javier lo dijo tan bien que, después de la clase especial, Sara se metió en su cama y nunca más salió de allí. Pero hoy Sara no ha venido a la fiesta. No sé por qué. No hablé con ella en estos últimos días. Javier sólo dice que no se sentía bien. Y es una lástima y una gran contradicción, porque la fiesta está animada y de alguna manera fue organizada porque ella está en Buenos Aires. Hay mucha gente que quería verla. Se acercan a donde estamos Javier y yo conversando y nos preguntan por ella. Al principio disfruto del hecho de que me pregunten a mí, todos sabemos quién es quién: soy yo la gran amiga 25


de Sara; ni Gabriel ni Josefina ni Pablo, que están en otras partes de la casa. Sin embargo, a medida que los tequilas desaparecen y los platos se cubren con rodajas de limón mordidas, algo me empieza a fastidiar. Quisiera olvidarme y que nadie pregunte nada. Javier me invita a bailar y damos unas vueltas entre la gente. Siento su mano pegada a mi cintura y el brillo de los ojos en mis labios. La música flota en el aire con curvas insinuantes y bailamos lindo, encajamos perfectamente. El tequila sube rápido mientras ruedan en cascada los merengues fáciles, que en el último tiempo se han puesto tan de moda. Sin embargo me detengo en el medio de una pieza. Por primera vez recupero la conciencia. No sé si soy yo o la mirada de Gabriel incriminándome desde un rincón de la sala. Esquivo a la gente en el pasillo y me meto en el baño. Me desagrada mi imagen en el espejo, adivino la resaca, la cara agrietada. Abro la canilla y dejo que el agua corra: pongo las muñecas debajo del chorro para que pase el efecto de la borrachera, me enjuago la cara una y otra vez, tomo agua. Recién entonces levanto la mirada, me animo mientras me seco con la toalla. Primero me sorprende, después no sé. Un ramalazo eléctrico me recorre toda la columna, baja por las vértebras y las curvas de mi vestido hasta las piernas. No tengo que sostenerme porque es placentero. Detrás de mí, apoyado contra el mármol frío de la pileta, está Javier. Al día siguiente las náuseas me hicieron salir de la cama temprano. Todo el sábado me la pasé vomitando. No me animé a levantar las persianas del dormitorio ni a contestar el teléfono, no quise comer más que una manzana. No quise hablar ni conmigo misma. Sólo encendí la televisión un rato, por la tarde. Apareció Tropicalísima, un larga duración de bandas chatarra, con músicos 26


producidos en serie y enjambres de mujeres aullando histéricas. Quité el sonido pero dejé la imagen. Tampoco podía soportar la oscuridad total de mi habitación. Aunque fuera ineludible. Volví a ver a Sara un día antes de que se fuera. Nos citamos en un bar de Palermo, frente a la plaza Serrano. Siempre le gustó esa plaza. Llegué primera y elegí una mesa junto a la ventana, dejé el sobre con la traducción sobre una silla. Pensé que quizás Sara no vendría, ¿o yo debería haberme negado? Sin embargo me equivoqué, el encuentro parecía inevitable, como todo lo demás. Sara llegó con el estilo que jamás perdería: la sonrisa levemente ladeada, la boca pintada de rojo: una señal de vida hacia el mundo, ese mundo que siempre se la llevaba corriendo. Cada una pidió un capuchino. Apenas se sentó, Sara encendió un cigarrillo. Parecía inquieta. Sin embargo, luego de dar dos pitadas lo aplastó contra el cenicero de vidrio. Bajó la mirada. La madera de la mesa estaba tajeada y escrita, como en los bares de San Telmo. Una suerte de bohemia insistía en dejar las huellas de sus conquistas los fines de semana. Vio el sobre de papel madera sobre la silla y adivinó. –¿Ya está lista? Hablamos de la traducción, de los trabajos, del futuro. Me dijo que después de todo había aceptado la oferta de escribir para el periódico en Nueva York. Por fin sabía que estaba arrancando una nueva etapa en su vida. –Me gustaría leer lo que publiques –le dije. –Te lo envío, claro... Javier está muy contento. –Me imagino. –Muy contento con volver –dijo neutra, ensayando una voz nueva. 27


Me miró por un instante con la verdad escrita en sus ojos pardos, una verdad dura como una muralla. Pero fue fugaz, casi imperceptible. Luego desvió la mirada hacia la calle, hacia los artesanos que vendían sus baratijas en puestos improvisados. Incluso llegué a pensar que no sabía con qué voz hablarme, pero no era así, me equivocaba otra vez. –Esta vez fue diferente venir... Buenos Aires, no sé, es extraña. –Cambió mucho en estos años –agregué, sabiendo que acumulaba palabras, nada más. –Sí... –dijo y asintió con impaciencia, como si no fuera esa la idea que tenía en mente. Dio un sorbo al pocillo y agregó–: Viví años pensando que mi lugar era este, pero no, ahora sé que no. La charla siguió con frivolidad por temas importantes. La charla era fluida, sospechosamente fluida; teníamos tantos temas en común que era fácil deslizarnos por el tobogán. Pero estábamos lejos, afortunadamente lejos. Cada una pidió otro café: un café negro, fuerte, espeso. ¿Para qué insistir? A la hora salimos de allí. Al despedirnos me lo dijo: –Estoy embarazada. La abracé fuerte, sentí por última vez su olor a damasco. Una brisa fuerte nos embarulló. Le acomodé el pelo detrás de la oreja, su piel era tibia. Ella extendió la mano y paró un taxi, me sonrió por última vez antes de sentarse, y luego de un golpe seco cerró la puerta. El taxi arrancó y se metió de lleno en la corriente; vi cómo se perdía entre las luces rojas de los taxis que avanzaban sin descanso. Mi casa estaba cerca. Fui caminando por las calles empedradas, sin oír los ruidos, sin oír las voces, sin ver los semáforos: extranjera en un país que alguna vez fue mío. 28


El miedo de las vacas

Hacía calor la mañana que llegó, demasiado calor para esa hora; había moscas revoloteando en los rincones de sombra y la limonada fresca se volvía un tecito tibio en cuestión de minutos. Había que agregarle hielo constantemente. Yo estaba sentada en los sillones de la galería, matando el tiempo con una revista de actualidad o de la farándula, no sé, no recuerdo bien. ¿Qué otra cosa se podía hacer con ese calor? La galería era el lugar más fresco de la casa. Fue desde allí que los vi llegar. La camioneta y la polvareda detrás, en el bulevar de eucaliptos. El campo verde estallando bajo el sol de enero. Era la camioneta azul que mi marido usaba para ir hasta Junín. Pero esta vez Juan Pablo venía con alguien más, en el asiento del copiloto se adivinaba una silueta oscura, alta; el chico sería, el ingeniero que venía a ayudarlo en las ocupaciones de la estancia. Di un sorbo a la limonada y me dejé el hielo en la boca un instante. Me gustaba jugar con la lengua en la superficie lisa del cubito, saborearlo, extraerle el limón y el azúcar antes de devolverlo al vaso. Era una costumbre que tenía desde chica, que no se me había quitado nunca. Había aprendido a hacerlo imitando a una mucama, sentada en el piso frío de baldosas de la cocina. Mi madre al descubrirme pasando el hielo de un lado al otro de la boca, horrorizada, insistió durante años para que no lo hiciera, dale que dale con lo mismo. Yo se lo prometía, pero al darle la espalda seguía con lo mío. También ahora actué de la misma manera. Los recibí como siempre, con mi mejor sonrisa anfitriona, 29


y agité el brazo en señal de saludo justo cuando Juan Pablo hacía sonar la bocina de la camioneta. –Javier –dijo y me extendió la mano. Era una mano fuerte y joven, bronceada; mendocino dijo que era. –Mercedes –contesté mirándolo a los ojos y pensando ¿a quién me recuerda? Juan Pablo me dio un beso en la mejilla y pasó un brazo sobre mis hombros. –Se queda con nosotros hasta marzo. Por lo menos. A ver si lo convenzo después. ¿El cuarto está preparado? –Claro –dije, un poco ausente, perdida entre fotos viejas. No, no se parecía a nadie que hubiera conocido. ¿A algún actor? –Es fresco y da a la pileta. Es perfecto, Javier. Cuando Juan Pablo ponía en marcha sus proyectos era un torbellino que no se detenía. Iba de un extremo al otro con la violencia de un tren. Al principio, convencerlo de que debía contratar a alguien para que lo ayudara – hasta los médicos te lo aconsejan, no te das cuenta– había sido una pulseada feroz (esta es la última, la última vez, me había jurado a mí misma). Pero luego de aceptar la idea se había encaprichado con que compartiera la casa con nosotros. “Si viene lo incorporamos a la familia”, había dicho, “no es un peón, no podemos tratarlo de esa forma”. Y yo lo dejé hacer, aunque en secreto me inquietaba la idea de vivir con un extraño de buenas a primeras. Lo que ocurrió, tengo que admitir, es que en el último tiempo dejé de oponerme a las cosas. No sé por qué, simplemente ocurrió. De pronto me escuché diciendo a todo lo que Juan proponía que sí, que cómo no, que era una buena idea. Incluso yo me sorprendí, me sentí extraña. Era otra Mercedes quien hablaba, una 30


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